domingo, 31 de marzo de 2019

La piedra llorosa (tradición)

Si subís por la calle Alfonso XII hasta su final encontraréis a mano derecha la
iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en la esquina de la calle Goles. Un poco más
arriba empieza el muro de San Laureano, antiguo convento y noviciado, que después
de haber servido de cuartel, almacén y cine de verano, es hoy una sala de fiestas
donde los muchachos jóvenes bailan las tardes de los domingos.
A la terminación del citado muro hay una piedra que los viejos del barrio de los
Humeros y de la Puerta Real, llaman con el nombre de «la Piedra Llorosa»…
En el año 1857 época en que España sufría simultáneamente los horrores de una
guerra civil —la primera guerra Carlista—, y al mismo tiempo reajustaba los restos
de su perdido Imperio de Ultramar, mientras que Europa emprendía la transformación
de su política, pasando del absolutismo de la etapa anterior al liberalismo, Sevilla
vivió unas jornadas de profunda inquietud.
En la noche del 29 de junio salieron de nuestra ciudad, unos cien o ciento veinte
jóvenes, ilusionados con ideas de cambiar el país. Muchos de ellos eran casi niños, y
ninguno quizás había cumplido los veinte años.
Mandaban al parecer esta menguada tropilla, de muchachos mal armados y peor
entrenados, un caballeroso sevillano, don Joaquín Serra, coronel retirado y don
Cayetano Morales, hombre de letras y de gran relieve social. Por cabo de la
vanguardia iba don Manuel Caro, también de familia conocida y recién graduado
universitario. Al parecer los tres jefes, confiaban ilusoriamente en que su ejemplo
serviría para levantar a la nación, hacia un más alto nivel de ciudadanía.
Sin embargo su marcha por los pueblos andaluces, no arrastró a nadie hacia
ningún fervor revolucionario. Pasando por El Arahal, incendiaron el archivo
municipal y varias escribanías de los notarios y registradores de la propiedad. Eso al
menos se dijo en Sevilla, aunque no falta quien piense que personas interesadas en
apoderarse de bienes comunales, o en no pagar derechos de fincas, fueron quienes
incendiaron los registros después del paso de la minúscula tropilla romántica.
Sin embargo, en una época en que se sucedían los motines, revueltas,
pronunciamientos y guerrillas, el Gobierno de Isabel II, necesitaba consolidar
enérgicamente su autoridad. Y ya que no en las montañas de Navarra donde había de
vérselas con un aguerrido ejército de Requetés Carlistas, quiso hacer una
demostración de fuerza, contra los infelices muchachos sevillanos.
En persecución del grupo, que iba cantando en alborozado paseo militar, salieron
varios destacamentos, entre ellos una compañía del Regimiento Albuera, y dos
secciones de caballería de Alcántara a más de una columna de artillería.
El grupo de muchachos, con el único jefe que había podido mantener el paseo
(que los otros se habían cansado y se habían vuelto a Sevilla), era don Manuel Caro.
El encuentro de las tropas con el grupo de infelices sevillanos, tuvo lugar en
Benaojan, un pueblecito de la Serranía de Ronda. De la forma del combate da idea el
hecho de que los sevillanos no mataron un sólo soldado, porque no sabían disparar,
mientras que en la primera carga les hicieron a ellos veinticinco muertos y
veinticuatro prisioneros. Los otros arrojaron las armas y huyeron campo a través, por
las asperezas de la Serranía, gateando por riscos adonde los caballos no podían
seguirles.
Los veinticuatro prisioneros, entre ellos don Manuel Caro, fueron conducidos a
Sevilla. A los demás se les buscó por la Sierra, y como no hallaban qué comer, y
muchos de ellos eran chicos estudiantes o aprendices, nunca habían andado por el
campo, no sabían ingeniárselas para encontrar de comer y los cogieron desfallecidos
de hambre a los dos días.
Al llegar a Sevilla les esperaba una inflexible represión. Desde Madrid había
llegado un decreto destituyendo al gobernador don Joaquín Auñón y al Capitán
General don Atanacio Aleson, teniente general, hombre pundonoroso, de brillante
historial en la guerra, de grandes prendas personales. La autoridad de ambos cargos
se concentraba en un comisionado especial del Gobierno, don Manuel Lassala y
Solera, hombre «duro», hechura de toda confianza del Gabinete de Narváez y
Nocedal.
En la mañana del día 11 de julio la ciudad —dice un cronista— presentaba un
aspecto tétrico y sombrío. La consternación se pintaba en todos los semblantes. Tanto
los veinticuatro presos de la primera captura, como otros veintisiete que habían sido
aprehendidos después, iban a ser fusilados.
Media Sevilla se echó a las calles para ver, desde la de las Armas —hoy calle
Alfonso XII— y desde el barrio de los Humeros, la salida de los presos que iban a ser
fusilados. Se les había reunido en el Convento de San Laureano, como aún no existía
la estación de ferrocarril, desde la Puerta Real o la Puerta de Triana, era un amplísimo
llano donde solían hacer sus maniobras e instrucción las tropas de la guarnición
sevillana, por lo que se llamó primero Campo de Marte, a imitación del de París, y
después Plaza de Armas o Campo del Ejercicio.
Al sacarlos de San Laureano, un clamor de dolor estremeció a la multitud, entre la
que había muchos parientes de los infelices reos. Muchos de éstos eran muchachos de
dieciséis o diecisiete años, imberbes, que al salir preguntaban incrédulos a los
soldados, si era verdad que los iban a fusilar. Entre ellos, don Manuel Caro, joven
universitario, el único que tenía más de veinte años, les animaba a no desmayar y
morir como hombres, como él iba a morir.
Un oficial apartó a uno de los presos y lo volvieron a San Laureano, al darse
cuenta de su corta edad. Aunque llevaba pantalones largos, no pasaría de los trece
años, y el oficial arguyendo que no tendría la edad mínima penal se negó a fusilarlo.
Los sacerdotes y Hermanos de la Hermandad de la Santa Caridad, acostumbrados
a estos duros trances de ejecuciones, no podían sin embargo contener las lágrimas, y
a varios de ellos los tuvieron que llevar a San Laureano porque se desmayaron de
horror.
En medio de aquel dramático desconcierto, precedido por dos alguaciles
municipales llegó el alcalde de la ciudad, que lo era interinamente el teniente de
alcalde Vinuesa. Al ver el espectáculo, quedó anonadado. Don Manuel Caro era
amigo de sus sobrinos, y varios de los muchachos que eran llevados a la muerte eran
hijos de sus amigos, e incluso empleados de sus oficinas municipales.
El alcalde Vinuesa se sentó en aquella piedra, y hundiendo la barba en el pecho
lloró amargamente, diciendo estas palabras: «Pobre Ciudad, pobre Ciudad».
Mientras tanto la cuerda de presos había sido llevada hasta el final del Campo,
cerca de la Puerta de Triana, donde ahora está la calle Julio César, y allí los colocaron
en fila para ejecutarlos. Mientras un redoble de tambores estremecía la mañana,
sonaron las descargas.
Y entonces se vio algo más horrible todavía. Algunas balas, de rebote, dieron en
un grupo de chicos que se habían subido a un árbol. Dos de ellos cayeron muertos, y
otro gravemente herido. Hasta el público espectador resultaba víctima de aquel acto
de barbarie.
Cuando dejaron de oírse las descargas, el alcalde Vinuesa que había tenido los
ojos cerrados apretando los párpados, sacó lentamente su pañuelo y se limpió las
lágrimas que le corrían por el rostro. Con un gesto, indicó a los alguaciles que le
ayudasen a levantarse, y cuando estuvo un poco más repuesto, dijo:
—Vamos al Ayuntamiento.


La piedra llorosa, delante de San Laureano.
Allí estaba reunida la comisión municipal, que había esperado hasta última hora
el indulto que se había pedido y que la dureza de corazón de Narváez y de Nocedal,
no había tramitado.
El alcalde Vinuesa, presentó ante el Ayuntamiento una sola moción, con voz
trémula:
—Designen ustedes una comisión que vaya a Madrid. Hay que hablar
personalmente con la reina Isabel II, porque a través de Narváez no es posible obtener
nada.
El Ayuntamiento designó dos personas para acudir a Madrid: el propio Vinuesa, y
el concejal Calzada. Ambos hicieron el viaje en nueve días y medio que entonces se
tardaba en diligencia, cruzando los caminos ásperos y peligrosos, infestados de
bandidos, de la Sierra Morena.
Mientras tanto el comisionado don Manuel Lassala y Solera, habiendo sabido la
marcha de los dos munícipes, y pensando que la reina podría ordenar la suspensión de
las ejecuciones, quiso ser hasta el último instante, hechura fiel del cruel Narváez y del
cruel Nocedal, y así apresuró la ejecución del coronel retirado don Joaquín Serra y de
don Cayetano Morales, a los que fusilaron el 26 de agosto.
El día 15 del mes siguiente caía ruidosamente el Gabinete Narváez-Nocedal y se
nombraba presidente del Consejo de Ministros a don Francisco Armero.
Un período de terror había terminado. De él quedaron en Sevilla como recuerdo
ochenta y dos familias de luto, y con aureola de leyenda el nombre de «la piedra
llorosa» donde el alcalde Vinuesa, se sentó en aquella dramática mañana del 11 de
julio de 1857.

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