sábado, 31 de marzo de 2018

Las tres princesas de las nueces de coco

Hace muchos siglos, en la ciudad de Pasto (así me lo contó mi bisabuela),
sucedió algo bastante raro. Pasto en ese entonces era un pueblito, y todo el
mundo se conocía.
Un domingo por la mañana, un joven estaba jugando enfrente de su casa,
mientras esperaba a sus padres para ir a misa. Hacía bailar un limoncito sobre
un tambor; lo hacía saltar hacia arriba y lo atrapaba una y otra vez.
limón la golpeó en la cabeza y después cayó al su elo. La anciana se sobó la
cabeza, luego se arregló el pañolón y gritó enfurecida: «Maldito seas. ¡Con uno
de los tres cocos del mundo te has de casar!»
El joven no supo qué hacer, y quedó completamente aturdido. Seguía oyendo
aquella voz y la maldición que no entendía. Así lo encontró su padre y le
preguntó: «¿Qué te pasó, hijo mío? Estabas tan alegre, ¡y ahora te veo tan
triste!» Entonces el muchacho le contó al padre lo que había pasado y repitió la
maldición de la desconocida anciana.
«Esto es grave», exclamó el padre. «Seguramente fue la bruja Mascucha, que
llega cada siete años a hacer algún mal. ¡Es muy poderosa! Nadie te puede
ayudar en este asunto. Tienes que buscar aquellos cocos, o la maldición te
perseguirá toda la vida».
La madre saco una mochila y le echó chicharrones que acababa de preparar, y
el padre trajo un botellón lleno de chicha. Luego le hicieron poner una ruana y
le dieron un machete para que se defendiera.
Por mala suerte, el limón saltó a un lado cuando pasaba por allí una anciana
coja, que el muchacho no conocía. El limón la golpeó en la cabeza y después
cayó al su elo. La anciana se sobó la cabeza, luego se arregló el pañolón y
gritó enfurecida: «Maldito seas. ¡Con uno de los tres cocos del mundo te has de
casar!»
El joven no supo qué hacer, y quedó completamente aturdido. Seguía oyendo
aquella voz y la maldición que no entendía. Así lo encontró su padre y le
preguntó: «¿Qué te pasó, hijo mío? Estabas tan alegre, ¡y ahora te veo tan
triste!» Entonces el muchacho le contó al padre lo que había pasado y repitió la
maldición de la desconocida anciana.
«Esto es grave», exclamó el padre. «Seguramente fue la bruja Mascucha, que
llega cada siete años a hacer algún mal. ¡Es muy poderosa! Nadie te puede
ayudar en este asunto. Tienes que buscar aquellos cocos, o la maldición te
perseguirá toda la vida».
La madre saco una mochila y le echó chicharrones que acababa de preparar, y
el padre trajo un botellón lleno de chicha. Luego le hicieron poner una ruana y
le dieron un machete para que se defendiera.
Al despedirse, el padre le dijo: «Hijo mío, que Dios te bendiga, y que la santa
Virgen te ampare. No olvides que con bondad y cariño se logran las cosas más
fácilmente. Estoy seguro de que podrás encontrar aquellos cocos. No te enojes
cuando algo no te resulte. Ten paciencia. Así conseguirás quitarte la maldición
de la anciana. Anda por las montañas; el Sol se levantará por tu lado derecho y
se pondrá por tu lado izquierdo. Al fin llegarás a la orilla del mar y, ahí,
encontrarás los cocos de los que habló la anciana».
El muchacho abrazó a sus padres y salió del pueblo. Se arrodilló ante el cuadro
de la Virgen, pero no esperó a oír las campanas que llamaban a misa. Sentía la
necesidad de salir de sus preocupaciones. No podía perder más tiempo. El
camino que tenía que tomar estaba lleno de piedras y pendientes difíciles de
superar. ¡Y cómo ardía el Sol! Cuando tenía sed, buscaba una quebrada de
agua limpia, que encontraba sin dificultad, pues el agua murmuraba y lo guiaba
hacia ella. Sólo por la noche, cuando hacía mucho frío, se tomaba un traguito
de la chicha de su botellón.
Pronto se le acabaron los chicharrones, y tuvo que comer plátanos, pedir
mazorcas y freír él mismo el maíz en el fuego que prendía para calentarse de
noche.
Las alpargatas que llevaba puestas se le acabaron antes de llegar a su destino,
y tuvo que seguir descalzo. Entonces sí quiso enojarse y maldecir, pero
recordó los consejos de su padre y se tranquilizó.
Así pasaron un verano y un invierno con mucha lluvia.
Por los caminos encontraba poca gente, y el joven se sentía solo y triste y le
pedía socorro a Dios.
Fue entonces cuando encontró una casita de barro al lado del camino; estaba
bien pintada y arreglada y por todos lados tenía flores y matas. El muchacho se
asombró, pues no había ningún pueblo cerca. Al asomarse vio una bella joven
con un muchachito en los brazos, y la saludó.
El joven le contó lo de la maldición por la cual tenía que buscar los tres cocos
del mundo, y le preguntó si iba por buen camino y si los encontraría.
La señora de la casa, que no era otra que la Virgen María, que había bajado
del cielo para ayudarle, lo hizo pasar y le ofreció comida.
Había preparado un buen pusandao que el muchacho comió con gusto, pues
no había probado nada bueno durante todo el viaje.
Después de la comida bebió un vaso de leche tibia, se levantó y dio las gracias.
«¿Dónde podré encontrar aquellos cocos del mundo?», le preguntó a la
bondadosa señora, que lo miraba con una sonrisa en los labios. «¿Su merced
no ha oído hablar de ellos? ¿Será cierto que los tengo que buscar a la orilla del
mar, como me dijo mi padre?»
La señora le puso la mano en la cabeza y le contestó: «Haz lo que tu padre te
aconsejó». Le acarició la cabeza y continuó: «Pronto verás el agua azul de los
mares y la arena de sus playas. Allí crecen las palmeras que dan cocos, y la
más alta de ellas tiene solamente tres. Los verás, si te paras debajo de ella. En
aquellos cocos están ocultas las tres princesas, a quienes la bruja que te
maldijo encerró. Tú las puedes sacar de los cocos y devolverles la vida, pero
necesitas tres cosas para la hazaña: un espejo, una peinilla de oro y un jabón
fino. Mientras no se hayan lavado la cara y se hayan peinado, no podrán seguir
su camino y acompañarte.
El muchacho había escuchado las explicaciones de la Virgen con toda
atención. Al principio se alegró de saber que ya estaba cerca del mar, pero
luego se puso triste porque no sabía dónde conseguir los tres objetos que eran
necesarios para lograr la salvación de las princesas.
«No puedo hacerlo, su merced, no tengo con qué comprar el espejo, la peinilla
y el jabón», le dijo, mientras le brotaban lágrimas al ver que todo había sido en
vano.
Entonces la Virgen abrió un cofre y sacó todo lo que el muchacho necesitaba, y
le dijo: «Eres un muchacho muy querido y sano. Nunca te he oído maldecir ni
decir palabras indecentes, y nunca te has quejado de tu mala suerte. Con tu
bondad y tu paciencia lograrás hacer lo que te has propuesto. ¡Vete con Dios!»,
le dijo, y le llenó la mochila con galletas y bocadillos y le empacó los regalos.
El muchacho se arrodilló ante la señora, le besó las manos y le prometió
portarse bien. Nuevamente le dio las gracias por todo lo que había recibido y se
marchó con buen ánimo. No miró hacia atrás, pero si lo hubiera hecho se
habría dado cuenta de que la casita había desaparecido y la Virgen había
vuelto al cielo de donde había bajado para socorrerlo.
Pasó por una región llena de arbustos y malezas, y sólo con el machete pudo
abrirse camino. Temía que las culebras lo atacaran, pero éstas desaparecían
cuando usaba el arma, y no quiso decir una mala palabra, pues pensó que
seguramente la señora perdería el interés en su hazaña si él no cumplía su
promesa.
Por fin vio ante él aquella playa extensa y aquel mar azul. Al oír el susurro de
las palmeras, con ansiedad buscó la más alta entre ellas. Miró hacia arriba y
distinguió los tres cocos grandes. ¿Cómo llegaría a esa altura? Abrazó el
tronco y con los pies desnudos empezó a trepar. «¡Me voy a marear!», pensó,
pero miró hacia arriba y siguió subiendo. Llegó, arrancó el primer coco y lo dejó
caer. Al tocar la arena, el coco se abrió y de él salió una princesa que empezó
a crecer ante sus ojos hasta alcanzar la altura humana. El corazón le latía
rápidamente al bajar; temió que todo fuera un sueño.
La princesa lo miró, y enseguida preguntó por el espejo, la peinilla y el jabón.
«Me diste de nuevo la vida, y quiero arreglarme para la boda», le dijo. El joven
corrió a sacar los regalos que la señora María le había dado, y se los alcanzó a
la muchacha; mas se dieron cuenta de que no había ni una gota de agua dulce
con la cual la muchacha pudiera lavarse la cara. Entonces corrieron hacia la
orilla del mar, pero el agua era salada y el jabón no daba espuma.
No me he podido arreglar;
no me sirve el agua de mar,
contigo no me he de casar.
¡Ay de mi, ¡qué pesar, qué pesar!
La princesa se tapó la cara con las manos, y entre lágrimas y sollozos se
convirtió en un pájaro blanco y carmelita, como el coco.
El muchacho se quedó mirando el pajarito que desaparecía en la lejanía. Se
había prendado de aquella bella princesa de pelo castaño. «Tengo que ver si
soy capaz de conquistar a la hermana», pensó, y se fue en busca de agua
dulce. Llevó el coco del cual había salido la princesa, pero era muy difícil
encontrar un arroyo. Al fin lo encontró. Se arrodilló a probar el agua, pues tenía
mucha sed. Luego se bañó y después llenó de agua la cáscara. Al regresar la
dejó al pie de la palmera, y trepó nuevamente. Se dio cuenta de que había un
mono tití que saltaba de un coco a otro. Tomó el segundo de los cocos y
sucedió lo mismo que con el anterior. Cuando la princesa llegó a su tamaño
normal, dijo: «¡Ay, qué bueno ver el Sol y sentir el aire fresco! ¡Gracias por
haberme ayudado! ¿Me trajiste los regalos para poder arreglarme para la
boda?»
El joven le dio el espejo y la peinilla, y ella, tomándolos, se puso a peinarse el
cabello; cuando se miraba en el espejo su blanco rostro enrojecía.
«Ahora alcánzame por favor el jabón y el agua», le rogó la princesa. «¡Quiero
liberarme de la maldición!»
El muchacho iba a darle el agua, pero el tití la había derramado; no quedaba ni
una gota. La princesa se puso a llorar.
No me he podido arreglar;
no me sirve el agua de mar,
contigo no me he de casar.
¡Ay de mí!, ¡qué pesar, qué pesar!
Y la princesa se convirtió en pájaro como su hermana. Voló hacia las montañas
y se perdió en la lejanía.
«Gracias a Dios que queda un coco en la palmera. La última princesa será mi
esposa, y me dirá a dónde se fueron sus hermanitas», pensó el muchacho.
Y nuevamente se fue a buscar agua. Esta vez la guardó bien, la tapó y puso
piedras alrededor del coco. Así era imposible voltearlo. Trepó a la palma y
cogió el último de los cocos del mundo.
La tercera princesa le pareció mucho más bella que sus hermanas. Ella
también saludó al muchacho y al Sol. También se alisó el cabello de color coco
y se sonrojó al mirarse en el espejo. Esta vez, cuando la princesa le pidió agua,
sí se la pudo ofrecer el joven.
Y la princesa se pudo arreglar bien. ¡Qué alegría! La maldición de la bruja se
había acabado para ambos. Se abrazaron llenos de emoción y se arrodillaron
para darle gracias a la Virgen.
La princesa entonces tomó las cáscaras del coco y dijo: «Gracias a Dios que
no las botaste». Echó la nuez a la mochila. «Tú no sabías que esta nuez no se
acabará nunca, ¿verdad? Nos alimentará hasta que lleguemos a casa de tus
padres. Y ya verás para qué servirán las cáscaras».
Luego cantó la princesa:
Sobre piedra y monte no he de caminar; necesito una mula para poder montar.
Apenas pronunció estas palabras, una de las cáscaras se transformó en mula.
Tomó la otra, y, al repetir los versos, también se convirtió en mula.
Qué alegría, ya no tenían que caminar, pues las mulas conocían el camino de
regreso. Al joven no se le hizo largo el viaje porque la princesa le contaba
muchas cosas. Ella era muy amable y muy sencilla, y como sabía preparar el
coco, éste siempre sabía diferente, así que al muchacho nunca le dio ni
hambre ni sed.
Una mañana, al despertarse, vieron que dos pajaritos se habían posado en los
hombros de la princesa. Y ahí se quedaron durante el resto del viaje. Cómo
cantaban y cómo se quedaban dormidos por la noche. Eran sus hermanas.
«Tenemos que buscar al rey de este país para que nos ayude a capturar a
aquella bruja», dijo la princesa. «Mis hermanas han de ser princesas otra vez o,
si no, me moriré de tristeza».
Y así sucedió. Llegaron a la ciudad de Popayán, con sus casas grandes y sus
iglesias majestuosas. Encontraron al rey, y la princesa le contó lo que les había
pasado. El rey se sorprendió. Hizo traer ropa hermosa para el joven, le dio una
espada y lo declaró caballero.
Luego llevó a la princesa para que la reina la conociera. Y la reina vertió
lágrimas por lo que había sucedido. les ordenó a sus costureras que hicieran
un vestido de novia para la princesa, y a los sastres, uno de novio para el
muchacho. Y entonces ambos se casaron en la catedral, y todas las campanas
repicaron.
Más tarde el rey acompañó a los esposos y a los dos pajaritos. El rey quería
hacer justicia, castigando a aquella bruja que vivía en el municipio de Pasto.
Los soldados del rey capturaron a la bruja Mascucha. Todo el pueblo les ayudó
a encontrarla. En la plaza se hizo una pila de leña para prender una hoguera.
Iban a quemar a la bruja, que a tantos había hechizado.
Y cuando las llamas alcanzaron a la maldita mujer, los dos pájaros se volvieron
princesas. ¡Qué alegría! Los hijos del rey se enamoraron de ellas y hubo otra
boda, más alegre y más suntuosa que la primera.
Las tres bellas princesas decidieron emprender un viaje para saludar a su
padre. Pasado un tiempo regresaron a Popayán, y desde entonces vivieron
muy felices con sus esposos.

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