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miércoles, 6 de marzo de 2019

La sirena del bosque

El árbol llamado lupuna, uno de los más originalmente hermosos de la selva amazónica, “tiene madre”. Los indios selváticos dicen así del árbol al que creen poseído por un espíritu o habitado por un ser viviente. Disfrutan de tal privilegio los árboles bellos o raros.
La lupuna es uno de los más altos del bosque amazónico; tiene un ramaje gallardo y su tallo, de color gris plomizo, está guarnecido en la parte inferior por una especie de aletas triangulares. La lupuna despierta interés a primera vista, y en conjunto, al contemplarlo, produce una sensación de extraña belleza. Como “tiene madre”, los indios no cortan la lupuna. Las hachas y machetes de la tala abatirán porciones de bosque para levantar aldeas, o limpiar campos de siembra de yuca y plátanos, o abrir caminos. La lupuna quedará señoreando. Sobresaldrá en el bosque por su altura y particular conformación. Se hace ver.

Para los indios cocamas, la “madre” de la lupuna, el ser que habita dicho árbol, es una mujer blanca, rubia y singularmente hermosa. En las noches de luna, ella sube por el corazón del árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por la luz esplendente, y canta. Sobre el océano vegetal que forman las copas de los árboles, la hermosa dama derrama su voz clara y alta, singularmente melodiosa, llenando la solemne amplitud de la selva. Los hombres y animales que la escuchan, quedan como hechizados. El mismo bosque parece como aquietar sus ramas para oírla.

Los viejos cocamas previenen a los mozos contra el embrujo de tal voz. Quien la escuche, no debe ir hacia la mujer que la entona, porque no regresará nunca. Unos dicen que muere esperando alcanzar a la hermosa mujer y otros que ella lo convierte en árbol. Cualquiera que fuese su destino, ningún joven cocama que siguió a la voz fascinante, soñando con ganar a la bella, regresó jamás.
Es aquella mujer, que sale de la lupuna, la sirena del bosque. Lo mejor que puede hacerse es escuchar con recogimiento, en alguna noche de luna, su hermoso canto próximo y distante.

El barco fantasma

Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Está extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos¹ vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come. En Europa, el delfín es plato de reyes. En la selva amazónica, se los puede ver nadar en fila, por decenas, en ríos y lagunas, apareciendo y desapareciendo uno tras otro, tan rítmica como plácidamente, junto a las canoas de los pescadores. Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas. Diose el caso de que una muchacha, entretenida hasta la madrugada por su galán, vio con pavor que se convertía en bufeo. Pudo ocurrir también que el pez mismo fuera atraído por la hermosa hasta el punto en que se olvidó su condición. Corrientemente, esos visitantes suelen irse de las reuniones antes de que raye el alba. Sábese de su peculiaridad porque muchos los han seguido y vieron que, en vez de llegar a casa alguna, fuéronse al río y entraron a las aguas, recobrando su forma de peces.
El barco fantasma está, pues, tripulado por bufeos. Un indio del alto Ucayali vio a la misteriosa nave no hace mucho, según cuentan en Pucallpa y sus contornos. Sucedió que tal indígena, perteneciente a la tribu de los shipibos, estaba cruzando el río en una canoa cargada de plátanos, ya oscurecido. A medio río distinguió un pequeño barco que le pareció ser de los que acostumbradamente navegan por esas aguas. Llamáronlo desde el barco a voces, ofreciéndole compra de los plátanos, y como le daban buen precio vendió todo el cargamento. El barco era chato, el shipibo limitose a alcanzar los racimos y ni sospechó qué clase de nave era. Pero no bien había alejado a su canoa unas brazas, oyó que del interior del barco salía un gran rumor y luego vio con espanto que la armazón entera se inclinaba hacia delante y hundía, iluminando desde dentro las aguas, de modo que dejó una estela rojiza unos instantes, hasta que todo se confundió con la sombría profundidad. De ser barco igual que todos, los tripulantes se habrían arrojado al agua, tratando de salvarse del hundimiento. Ninguno lo hizo. Era el barco fantasma.
El indio shipibo, bogando a todo remo, llegó a la orilla del río y allí se fue derecho a su choza, metiéndose bajo su toldo. Por los plátanos le habían dado billetes y moneda dura. Al siguiente día, vio el producto del encantamiento. Los billetes eran pedazos de piel de anaconda y las monedas, escamas de pescado. La llegada de la noche habría de proporcionarle una sorpresa más. Los billetes y las monedas de plata, lo eran de nuevo. Así es que el shipibo estuvo pasando en los bares y bodegas de Pucallpa, durante varias noches, el dinero mágico procedente del barco fantasma.
Sale el barco desde las más hondas profundidades, de un mundo subacuático en el cual hay ciudades, gentes, toda una vida como la que se desenvuelve a flor de tierra. Salvo que esa es una existencia encantada. En el silencio de la noche, aguzando el oído, puede escucharse que algo resuena en el fondo de las aguas, como voces, como gritos, como campanas… 
1. Bufeo: delfín.

Leyenda de Tungurbao

Contemplo el Marañón, admirando su corriente poderosa, y pienso que el gran río podría hablarnos del Tungurbao. Veo el cerro Lluribe, apenas columbro su frente de roca perdida entre las nubes, y sé que también nos diría de Tungurbao. Esas piedras de Chacratok, con las cuales labró su casa, serían igualmente capaces de contarnos de Tungurbao. Las peñas, los árboles, los senderos, las yerbas, los aromas, cada grumo de la tierra, saben de Tungurbao. 

Las nubes que se levantan después de la lluvia, darían razón de Tungurbao, de veras. Lo mismo el cielo limpio, que es espejo de la tierra, y el sol que alumbra toda cosa. La oscuridad de la noche vio pasar a Tungurbao con sus ojos de negro pedernal. También la luna, dueña de la claridad que pelea con la sombra. El aire quieto o hecho viento llevó la música de la flauta de oro de Tungurbao. 

Los animales mansos y salvajes saben de Tungurbao a tal punto que digo salvajes por decir. Tungurbao los apacigua con su sola presencia. El puma cauteloso, el cóndor de alto volar, el oso de las quebradas, la víbora de salto traicionero, el colibrí posado en el aire y aún el insecto que es chispa o zumbido fugaz, eran amigos de Tungurbao. 

Todos los seres y las cosas de los cuales creemos que no hablan, podrían contarnos la historia de Tungurbao, de manera cierta y sabia. Pero no atinamos a entender cuanto dicen con sus rugidos, gritos, cantos y silbos, ruidos y rumores. Menos aún lo que dicen con su silencio. 

Para conocer la historia de Tungurbao, debemos atenernos, pues, a las palabras de los hombres, que no son siempre exactas ni prudentes. 

Es así como hay muchas historias de Tungurbao que los hombres repiten a pedazos y sin concierto. Unos creen que Tungurbao era un genio del bien y otros que del mal. Los más le llaman el hombre misterioso de Chacratok. Todos aceptan que era un extraño encantador. 

Oyendo contar de Tungurbao, cuando las gentes hablan por gusto, preguntando de propósito, quedándome en la ignorancia de mucho y conociendo hasta pasmarse o llorar, yo he logrado juntar hartas historias de TungurbaoQuien sabe, para contarlas enteras tanto como se pueda... 

En las noches así enlunadas crecen los pensamientos y la mente suele soltarse. Yo hablo de Tungurbao con el esmero del que rema en aguas torrentosas. 

Miren el sendero de oro que une la luna con el Marañón... El Lluribe se ha limpiado las nubes de la frente... Oigan cómo llega el viento y parla en los árboles... Si serán señales de Tungurbao... que él me ayude a contar... 

La oveja falsa

Era, pues, un tiempo de mucha hambre para los zorros… y había uno que no aguantaba. Tenía hambre, es cierto, y todos los rediles estaban muy altos y con muchos perros. Entonces el zorro dijo:

-Aquí no es cosa de ser tonto: hay que ser vivo.

Y se fue hacia el molino, y aprovechando que el molinero estaba distraído, se revolcó en la harina hasta quedar blanco. Y en la noche se fue hacia el redil:

-Mee, mee -balaba como una oveja-. Salió la pastora, vio un bulto blanco en la noche y dijo:

-Se ha quedado afuera una ovejita.

Y abrió la puerta y metió al zorro. Los perros ladraban y el zorro se dijo:

-Esperaré a que se duerman, lo mismo que las ovejas.                                                                       

Después buscaré al corderito más gordo y ¡guac!, de un mordisco lo mataré y luego me lo comeré. Madrugaré y, apenas abran la puerta, echaré a correr y a ver quién me alcanza.

Y como dijo así lo hizo, pero no llegó a salir. Y es que él no contaba con el aguacero. Sucedió que llovió y comenzó a quitársele la harina, y una oveja que estaba a su lado vio blanco el suelo y pensó:

-¿Qué oveja es ésa que se despinta?

Y al ver que era el zorro, se puso a balar. Las demás también lo vieron entonces y balaron y vinieron los perros y con cuatro mordiscos lo volvieron cecinas…

Y es lo que digo: siempre hay algo que no está en la cuenta de los más vivos…

El puma de sombra

Fue que nuestro padre Adán estaba en el Paraí- so, llevando, como es sabido, la regalada vida. Toda fruta había: ya sea mangos, chirimoyas, naranjas, paltas o guayabas y cuanta fruta se ve por el mundo. Toda laya de animales también había y todos se llevaban bien entre ellos y también con nuestro padre. Y así que él no necesitaba más que estirar la mano para tener lo que quería. Pero la condición de todo cristiano es descontentarse. Y ahí está que nuestro padre Adán le reclamó al Señor. No es cierto que le pidiera mujer primero. Primero le pidió que quitara la noche. “Señor —le dijo—, quita la sombra: no hagas noche; que todo sea solamente día”. Y el Señor le dijo: “¿Para qué?”. Y nuestro padre le dijo: “Porque tengo miedo. No veo ni puedo caminar y tengo miedo”. Y entonces le contestó el Señor: “La noche para dormir se ha hecho”. Y nuestro padre Adán dijo: “Si estoy quieto, me parece que un animal me atacará aprovechando la oscuridad”. “¡Ah! —dijo el Señor— eso me hace ver que tienes malos pensamientos. Ni un animal se ha hecho para que ataque a otro”. “Así es, Señor, pero tengo miedo en la sombra: haz sólo día, que todito brille con la luz”, le rogó nuestro padre. Y entonces contestó el Señor: “Lo hecho está hecho, porque el Señor no deshace lo que ya hizo”. Y después le dijo a nuestro padre: “Mira”, señalando para un lado. Y nuestro padre vio un puma grandenque, más grande que toditos, que se puso a venirse bramando con una voz muy fea. Y parecía que quería comerse a nuestro padre. Abría la bocota al tiempo que caminaba. Y nuestro padre estaba asustado viendo cómo venía contra él el puma. Y en eso ya llegaba y ya lo pescaba, pero lo ve que se va deshaciendo, que pasa por encima sin dañarlo nada y después se pierde en el aire. Era, pues, un puma de sombra. Y el Señor le dijo: “Ya ves, era pura sombra. Así es la noche. No tengas miedo. El miedo hace cosas de sombra”. Y se fue sin hacerle caso a nuestro padre. Pero como nuestro padre también no sabía hacer caso, aunque indebidamente, siguió asustándose por la noche, y después le pegó su maña a los animales. Y es así como se ven diablos, duendes y ánimas en pena y también pumas y zorros y toda laya de fealdades entre la noche. Y las más de las veces son meramente sombra, como el puma que le enseñó a nuestro padre el Señor. Pero no acaba todavía la historia. Fue que nuestro padre Adán, por no saber hacer caso, siempre tenía miedo, como ya les he dicho, y le pidió compañía al Señor. Pero entonces le dijo, para que se la diera: “Señor, a toditos le diste compañera, menos a mí”. Y el Señor, como era cierto que toditos tenían, menos él, tuvo que darle. Y así fue como la mujer lo perdió, porque vino con el miedo y la noche…

De cómo repartió el diablo los males por el mundo

Voy a contarles, y no lo olviden, porque es cosa que un cristiano debe tener bien presente, esta historia que nosotros no olvidaremos jamás y que diremos a nuestros hijos con el encargo de que la repitan a los suyos, y así continúe trasmitiéndose, y nunca se pierda.
Esto ocurrió en un tiempo en que el Diablo salió para vender males por la tierra. El hombre ya había pecado y estaba condenado, pero no había variedad de males. Entonces el Diablo, con su costal al hombro, iba por todos los caminos de la tierra vendiendo los males que llevaba empaquetados en su costal, pues los había hecho polvo. Había polvos de todos los colores que eran los males: ahí estaban la miseria y la enfermedad, la avaricia y el odio, y la opulencia que también es mal y la ambición, que es un mal también cuando no es la debida, y he aquí que no había mal que faltara… Y entre esos paquetes había uno chiquito y con polvito blanco, que era el desaliento…
Y así es que la gente iba para comprarle y todita compraba enfermedad, miseria, avaricia y los que pensaban más compraban opulencia y también ambición… Y todo era para hacerse mal entre los mismos cristianos.
El Diablo les vendía cobrándoles buen precio, pero a aquel paquetito con polvito blanco lo miraban, mas nadie le hacía caso…
“¿Qué es, pues, eso?”, preguntaban por mera curiosidad. Y el Diablo se enojaba, pues la gente le parecía demasiado cerrada de ideas. Y cuando de casualidad o por mero capricho alguno lo quería comprar, preguntaba: “¿Cuánto?”, y el Diablo respondía: “Tanto”. Y era pues un precio muy caro, más precio que el de toditos los paquetes, y he aquí que la gente se reía diciendo que por ese paquetito tan chico y que no era tan gran mal no estaba bien que cobrara tanto, insultando también al Diablo diciéndole que era muy Diablo por quererlos engañar así… Y el Diablo tenía cólera y también se reía viendo como no pensaba la gente…
Y es así que vendió todos los males, pero nadie le quiso comprar aquel paquetito, porque era chiquitito y el desaliento no era gran mal. Y el Diablo decía: “Con éste, todos; sin éste, ni uno”. Y la gente más se reía, pensando que el Diablo se había vuelto zonzo. Y he aquí que sólo quedó aquel paquetito, por el que no daban ni un cobre… Entonces el Diablo, con más cólera todavía y riéndose con la misma de un Diablo, dijo: “Esta es la mía”, y echó al viento aquel polvo para que se fuera por todo el mundo.
Desde entonces, todos los males fueron peores, por ese mal que voló por los aires y enfermó a todos los hombres. Sólo, pues, hay que reparar, nada más, para darse cuenta… Si es afortunado y poderoso, pero cae desalentado por la vida, nada le vale y el vicio lo empuña… Si es humilde y pobre, entonces el desaliento lo pierde más rápido todavía… Así fue como el Diablo hizo mal a toda la tierra, pues sin el desaliento ningún mal podría pescar a un hombre…
Es así como está en el mundo, donde algunos más, donde otros menos; siempre nos llega y nadie puede ser bueno de verdad, pues no puede resistir, como es debido, la lucha fuerte del alma y el cuerpo que es la vida…
Niños del mundo: que el desaliento no empuñe nunca vuestro corazón.

La raposa y el jaguar

Un día la raposa, que se encontraba de paseo por el bosque, oyó un extraño ronquido: Uj, uj, uj... -¿Qué será aquello? -se dijo-. Voy a ver... Después de cruzar entre unos grandes árboles, llegó a un sitio pedregoso y pudo ver de lo que se trataba. Era que el jaguar estaba prisionero en un hueco. A1 distinguirla, él le dijo: -He caído dentro de este hueco y no puedo salir, pues tras de mí rodó esa piedra. Ayúdame a retirarla. La raposa le ayudó a quitar la piedra y el jaguar salió. Entonces ella le preguntó: -¿Qué me pagas? El jaguar, que estaba con hambre, le dijo: -Ahora te voy a comer.

La raposa no esperaba ese proceder y no tuvo tiempo de darse a la fuga, por lo cual el jaguar la atrapó. Teniéndola presa, le hizo esta pregunta: -¿Cómo es que se paga un beneficio? La raposa le contestó: -Un bien se paga con un bien. Allí cerca vive el hombre que lo sabe todo; vamos a preguntarle.

El jaguar la soltó y dijo: -Bien, vamos. Caminaron un buen trecho por el bosque, luego atravesaron por el platanar y en seguida encontraron al hombre, que estaba parado a la puerta de su cabaña. La raposa le contó que había sacado al jaguar del hueco y que él en pago la quería comer. El jaguar explicó: -La quiero comer porque un bien se paga con un mal.

El hombre entonces dijo: -Está bien, vamos a ver el hueco. Fueron los tres y, al llegar al hueco, el hombre dijo al jaguar: -Entra que quiero ver cómo estabas. El jaguar entró y el hombre y la raposa rodaron la piedra y el jaguar ya no pudo salir.

Entonces el hombre le advirtió: -Ahora te quedas allí sabiendo que un bien se paga con un bien. El jaguar se quedó preso, y los otros se fueron.

Desde esa vez el jaguar, que no aprovechó la lección, se propuso atrapar a la raposa. Un día, el hombre, que había salvado a la raposa, iba por un camino. La raposa lo vio y dijo: -Ése es un buen hombre, voy a entretenerme con él. Se echó en el camino por donde el hombre tenía que pasar y fingióse muerta: El hombre la vio y dijo: -¡Pobrecita raposa!

Hizo un hueco, arrojó en él a la raposa, la cubrió con un poco de tierra y se fue. La raposa salió del hueco, corrió por el bosque, se adelantó al hombre, se echó en el camino y se fingió muerta.

Cuando el hombre llegó donde estaba, dijo: -¡Otra raposa muerta! ¡Pobrecita! La retiró del campo, la cubrió con hojas y se fue.

La raposa corrió otra vez por el bosque, se adelantó al hombre y echóse en el camino, fingiéndose muerta.

El hombre llegó y dijo: -¿Por qué habrá muerto tanta raposa? La sacó fuera del camino y se fue. La raposa volvió a correr y de nuevo se fingió muerta en el camino. El hombre llegó y dijo: -¡Lleve el diablo tanta raposa muerta! Cogió de la punta de la cola y la tiró en medio de unas matas.

La raposa dijo entonces: -No se debe abusar de quien nos hace un

bien.

El jaguar, después de esforzarse mucho, logró empujar la piedra y salir del hueco. Entonces no pensó sino en vengarse y dijo: -Ahora voy a agarrar a la raposa. Se echó a andar y, estando por lo más intrincado del bosque, oyó un barullo: Tan, tan, tan... Caminó hacia el lugar de donde provenía el ruido y vio que la raposa estaba jalando bejucos, o sea, unas lianas muy resistentes y flexibles.

Debido al barullo, la raposa sólo se dio cuenta de la presencia del jaguar cuando ya lo tenía muy cerca y le era imposible fugarse. Entonces se dijo: -Estoy perdida; ahora el jaguar quién sabe me va a comer. Pero se le ocurrió inmediatamente un plan y, así, dijo a su enemigo: -Ahí viene un viento muy fuerte; ayúdame a sacar bejucos para amarrarme a un árbol, pues de lo contrario el viento me arrebatar...

El jaguar le ayudó a sacar los bejucos y, temiendo también al viento, dijo a la raposa: -Amárrame a mi primero; como soy más grande, el viento puede llevarme antes. La raposa le contestó que se abrazara a un palo grueso y, luego, con el bejuco más largo y fuerte, le amarró los pies y las manos contra el palo. -¿Oyes? Es un viento muy fuerte -dijo la raposa.

-Apriétame bien -respondió el jaguar, a quien le pareció que de veras venía un huracán. La raposa, entonces, dio varias vueltas al bejuco ajustando el cuerpo del jaguar contra el tronco, que era el de un árbol muy grande y muy frondoso. Después dijo: -Ahora quédate aquí, que yo me voy...

El jaguar se quedó allí amarrado y la raposa se fue. No llegó ningún viento.

Pasados algunos días, llegaron los ratones y comenzaron a hacer su nido en la copa del árbol a cuyo tronco el jaguar estaba amarrado.

Los ratones subían y bajaban por el lado del tronco que no se encontraba ocupado por el cuerpo del jaguar. El les dijo: -¡Ah ratones! Si ustedes fueran buenos roerían pronto este bejuco y me soltarían.

Los ratones le contestaron: -Si nosotros te soltamos, tú nos matarás después. El jaguar prometió: -¡No los mato!

Los ratones trabajaron toda la noche royendo el bejuco y, a la mañana siguiente, el jaguar estaba libre. Como tenía bastante hambre, no hizo caso de su ofrecimiento y se comió a los ratones. Después se fue en busca de la raposa.

¡Si tu enemigo hace alguna cosa y dice que es en tu beneficio, estás en riesgo! Tal era una de las máximas de la raposa. En los tiempos en que tuvo ocasión de aplicarla, caminaba solamente de noche, pues tenía mucho miedo al jaguar. Y éste, que la había perseguido tanto inútilmente, resolvió cogerla en una trampa.

Armó una trampa en el camino por donde la raposa acostumbraba pasar y luego, para halagar a la raposa, barrió un trecho del camino. Cuando la raposa llegó, te dijo: -He limpiado tu camino a causa de las espinas, pues puedes pisarlas debido a la oscuridad...

La raposa, acordándose de su máxima, desconfió y dijo: -Pasa tú adelante. El jaguar pasó y desarmó la trampa. La raposa volvióse hacia atrás y se fugó.

El verano era muy riguroso, el sol secó todos los ríos y quedó solamente un pozo con agua. El jaguar dijo: -Ahora cogeré a la raposa, pues voy a esperarla en el pozo de agua. La raposa acudió al pozo, observando atentamente descubrió al jaguar en acecho. No pudiendo acercarse por eso, se fue pensando lo que tendría que hacer para lograr un poco de agua. Por el camino iba una mujer llevando un tarro de miel sobre la cabeza y un cesto al brazo. Entonces la raposa, que no sabía si lo que contenía el tarro era miel, o agua, o leche, dijo: -Si se agacha derramar el líquido y si quiere cogerme tendrá que dejar el tarro en el suelo.

Se tiró entonces en el camino por donde la mujer tenía que pasar y fingióse muerta. La mujer dio un rodeo y siguió. La raposa corrió entre las matas y, adelantándose a la mujer, de nuevo fingióse muerta en el camino. La mujer dio un rodeo y siguió. La raposa volvió a correr entre las matas y, adelantándose a la mujer, otra vez se fingió muerta en el camino. La mujer llegó y, al verla, dijo: -Si hubiera recogido las otras, ya tendría tres; las pieles podrían servirme... Bajó el tarro de miel al suelo, puso a la raposa dentro del cesto, la dejó allí para no llevar peso y regresó a fin de recoger a las otras. No encontrándolas, pensaba que era más atrás que las había dejado y, yendo en su busca, cada vez se alejaba más.

Entretanto, la raposa salió del cesto y, viendo que lo que había en el tarro era miel, se untó con ella y en la miel pegó hojas verdes. Así desfigurada, fue al pozo y pudo beber el agua, pues el jaguar la dejó pasar. Pero, cuando estaba en el agua, la miel se fue derritiendo y las hojas se cayeron, por lo cual el jaguar la reconoció. Cuando quiso saltarle, la raposa se fugó.

La raposa, que ya no podía disfrazarse con hojas verdes, estaba de nuevo con mucha sed. -¿Qué haré?, ¿qué haré? -se decía. Entonces fue a un árbol resinoso, se untó bien con resina, revolcóse entre hojas secas, que se pegaron en la resina, y así desfigurada se dirigió al pozo.

El jaguar, que ya estaba receloso, preguntó: -¿Quién es? -Soy el animal Hoja-seca -contestó la raposa. Entonces el jaguar, recordando lo que ocurrió en la vez anterior y para no dejarse engañar, le ordenó: -Entra al agua, sal y después bebe...

La raposa entró; no se le cayeron las hojas porque la resina no se derrite en el agua; salió y después bebió.

Y así fue siempre durante ese verano, pues el jaguar se quedó convencido de que quien bebía era el animal Hoja-seca. Cuando llegó el tiempo de la lluvia, abandonó su puesto de guardián, diciendo: -No volvió más la raposa; sin duda habrá muerto de sed.

Pero a los pocos días la distinguió, a lo lejos, en el bosque; pues la raposa, teniendo agua en los ríos y arroyos y no necesitando ir ya al pozo, se restregó hasta quitarse las hojas y la resina. El jaguar se enfureció y dijo: -Tengo que atrapar a la raposa.

E1 jaguar hizo todo lo posible para realizar todos sus propósitos. Día y noche siguió y acechó a la raposa por los lugares en que ella solía cazar, dormir y caminar. Nunca consiguió caerle encima. La raposa -que tiene­ vista, olfato y oídos finos- lo descubría siempre por el rumor de sus pisadas, su acre !olor o el fulgor de sus ojos en medio de la sombra! Echaba a correr llevando ventaja y el jaguar no la podía alcanzar. Hasta que un día el jaguar, después de pensar mucho, dijo: -Me voy a fingir muerto, los animales vendrán a ver si es cierto, la raposa también vendrá y entonces la atraparé...

Todos los animales, al saber que el jaguar había muerto, fueron a su cueva, entraron a ella, y viéndolo tendido largo a largo, decían: -El jaguar ha muerto; gracias sean dadas a Tupa (dios de la selva), ahora ya podremos pasear...

La raposa también fue a la cueva, pero no entró y si preguntó desde afuera: -¿Ya estornudó? Los animales respondieron: -No.

Entonces la raposa les advirtió: -Yo sé que un difunto, al morir, estornuda tres veces.

El jaguar la oyó y, sin darse cuenta de las intenciones de la raposa, estornudó tres veces. La raposa se rió y dijo: -¿Quién ha visto nunca que alguien estornudara después de muerto? Y se fugó, lo mismo que todos los animales.

Y hasta ahora el jaguar no ha podido atrapar a la raposa, porque ella es muy astuta.

El tigre negro y el venado blanco


El tigre negro, el más feroz y vigoroso de los animales de la selva (jungle), buscaba un lugar (was looking for a place) para construir su casa y encontró un lugar (found a place) junto a un río. El ciervo blanco, el más tímido y frágil de los animales de la selva, también buscaba un lugar para construir su casa. Los dos animales escogieron (chose) el mismo lugar: un hermoso sitio, con mucha sombra de árboles y con abundante agua.
Al día siguiente, muy temprano en la mañana, antes de que (before) saliera el sol, el ciervo blanco cortó la hierba y los árboles. Después se fue y muy pronto llegó el tigre negro para empezar el trabajo. El tigre vio la hierba y los árboles cortados. Estaba muy sorprendido de ver parte del trabajo ya hecho, y exclamó:
—Es Tupa (el dios de la selva) que ha venido a ayudarme.
Y se puso a trabajar con los árboles cortados. El tigre construyó la parte inferior de la casa con los árboles cortados.
Al día siguiente cuando el ciervo blanco llegó y vio la casa medio construida, exclamó:
—¡Qué bueno es Tupa! Él ha venido a ayudarme.
El ciervo construyó el techo (roof) de la casa, y dividió la casa en dos habitaciones. Después, el ciervo se instaló en una de ellas.
Cuando llegó el tigre negro y vio la casa terminada, creyó que eso era obra (this was the work) de Tupa y se instaló en la otra habitación. Pero al día siguiente, en la mañana, los dos animales se levantaron, salieron de sus habitaciones al mismo tiempo, y se encontraron. Los dos comprendieron entonces lo que había ocurrido(what had occurred). El ciervo blanco dijo:
—Es obvio que Tupa quiere que nosotros vivamos juntos. ¿Quieres tú que vivamos juntos?
El tigre negro aceptó y dijo:
—Sí, vivamos juntos. Hoy iré yo (I will go) a buscar la comida y mañana irás tú (you will go.)
Entonces el tigre se fue por la selva y regresó a las 6:00 de la tarde, cargando un ciervo rojo. El tigre echó el ciervo rojo ante su compañero de casa, diciéndole:
—Toma. Haz la comida.
El ciervo blanco, temblando de miedo y de horror, preparó la comida, pero no probó (didn’t taste) ni un bocado de ella. Es más: ni siquiera (didn’t even) durmió en toda la noche. Quedó despierto (stayed awake) hasta la mañana. Temía que su feroz compañero sintiera hambre, y tal vez lo comiera.
Al día siguiente, le tocaba al ciervo blanco buscar la comida y se fue por la selva. Encontró un tigre dormido, un tigre más grande que su compañero, e imaginó un plan. Buscó a un oso enorme, que era muy fuerte, y le dijo:
—Allí hay un tigre dormido. Hace un rato estaba diciendo que tú no eres muy fuerte.
El oso fue calladamente (quietly) hacia el tigre, lo tomó por el cuello (neck) entre sus poderosas patas (paws) y lo estranguló.
El ciervo blanco arrastró (dragged) el tigre muerto hasta la casa y lo echó a los pies del tigre negro, fingiendo(pretending) una actitud de indiferencia:
—Toma, prepara la cena (dinner). Eso es lo poco que pude encontrar.
El tigre negro no dijo nada, pero se sentía muy receloso (suspicious). Él cocinó el tigre muerto, pero no comió ni un bocado.
En la noche no durmió ninguno de los dos. El ciervo blanco temía la venganza del tigre negro y el tigre negro temía ser estrangulado como el otro tigre mayor.
Cuando llegó la mañana, ambos (both) se caían de sueño. La cabeza del ciervo blanco golpeó la pared que separaba las habitaciones. El tigre negro creyó que su compañero iba a (was going to) atacarlo y empezó a correr. Pero sus garras contra el piso hicieron un fuerte ruido espantoso (loud, scary noise) y el ciervo blanco pensó igual cosa como el tigre: que el tigre iba a atacarlo. Los dos animales se asustaron mucho, el uno al otro, y los dos salieron de la casa corriendo con pánico, y nunca regresaron.
Y la casa quedó abandonada.

El sapo y el urubú

¿Saben, niños, por qué el sapo tiene manchas y protuberancias en el lomo? Pues porque se golpeó.
Antes de tal accidente mostraba, sin duda, una espalda pulida y lustrosa, de la cual se enorgullecería ante los otros animales acuáticos, pues ya sabemos que el sapo anda siempre hinchado de vanidad.
Sucedió que el sapo y el urubú, o sea, el buitre, fueron invitados a una fiesta que se iba a realizar en el cielo de los animales.
El urubú, después de hacer sus preparativos, fue donde el sapo con el fin de burlarse de él. Lo encontró entre los juncos de un charco, croando de la manera más melodiosa que le era posible. Es que estaba adiestrando la voz.
—Compadre —le dijo el urubú—, me han contado que irás a la fiesta del cielo.
—Desde luego —contestó el sapo, muy satisfecho—, saldré mañana temprano hacia allá. Me invitan debido a mi gran habilidad de cantante…
—Yo también iré —afirmó el urubú, para que el sapo se dejara de jactancias ante un testigo que lo iba a sorprender mintiendo.
—¡Magnífico! —exclamó el sapo—, y espero que estarás ensayando tu instrumento.
Se refería a la guitarra, a la que era muy aficionado el urubú.
Como éste lo mirara un tanto asombrado, pues no esperaba tales alardes, el sapo agregó, dándose importancia:
—Sí, compadre, iré. Una ascensión me será bastante útil para el vigor del cuerpo y el esparcimiento del espíritu, pues la vida rutinaria me disgusta…
En seguida volvió las espaldas al urubú y siguió croando a voz en cuello. Al oírlo se estremecían hasta los juncos.
El urubú se quedó convencido de que el sapo era un gran farsante.
Al otro día, muy de mañana, el urubú estaba posado en la rama de un arbusto y se alisaba las negras plumas, preparándose para el viaje, cuando se le presentó el sapo. La guitarra se encontraba en el suelo, ya lista, pues el urubú la estuvo templando durante la noche.
—Buenos días —saludó el sapo.
—Buenos días —le contestó el urubú, con cierto tono de burla.
—Como yo avanzo con mucha lentitud —exclamó el sapo—, he resuelto irme primero. Así es que ya nos veremos. Hasta luego…
—Hasta luego —respondió el urubú, sin mirar al sapo, y pensando que salía con esa propuesta para escabullirse por allí y no quedar en vergüenza.
Pero lo que hizo el sapo fue meterse, a escondidas, en la guitarra.
El urubú se pasó el pico por las plumas hasta que quedaron relucientes y, en seguida, cogió su instrumento y levantó el vuelo.
Entusiasmado como iba con la perspectiva de la fiesta, no advirtió que su guitarra tenía más peso que el de costumbre. Volaba impetuosamente, y pronto dejó tras sí las nubes y luego la luna y las estrellas.
Al llegar al cielo, que, como ya hemos dicho, era el cielo de los animales, le preguntaron por el sapo.
—¿Creen que va a venir? —contestó el urubú—. Veo que ustedes se han olvidado del sapo. Si en la tierra apenas marcha a saltos, ¿piensan que puede remontarse hasta esta altura? Es seguro que no vendrá…
—¿Por qué no lo trajiste? —demandó el pato, que tenía cierta simpatía por el sapo debido a su común afición al agua.
—Porque no acostumbro cargar piedras —respondió el urubú. Dicho esto, dejó a un lado su guitarra y, esperando que llegara el momento de la música, se puso a conversar con el loro.
Entonces el sapo salió de su escondite y apareció de improviso ante la concurrencia, más hinchado y orgulloso que de costumbre. Como es natural, lo recibieron con gran asombro, en medio de aplausos y felicitaciones. Al mismo tiempo, se reían del urubú. Alguien contó, por lo bajo, la forma en que viajó el sapo, y el urubú, al notar que rezongaban de él, se sentía muy incómodo.
Después comenzó la fiesta.
Repetimos que ése era el cielo de los animales. Todos estaban allí felices y contentos.
El burro ya no sufría los palos del amo ni el caballo los espolazos, pudiendo ambos estar quietos o galopando según su gusto.
El león conversaba tranquilamente con la oveja, que disfrutaba de un verde prado.
Del mismo modo, el puma se entendía bien con el venado, y el ñandú corría solamente cuando se le antojaba, pues no había allí gauchos que lo persiguieran con boleadoras.
Los monos tenían árboles cuajados de frutos, que compartían con pájaros felices, pues nadie les robaba sus nidos.
En fin, no había animal que se encontrara triste, por falta de alimentos o por la persecución de otro animal o del hombre.
Las palomas revoloteaban sobre ese cuadro de felicidad, llevando en el pico la rama del olivo de la paz con más éxito que en la tierra.
Para mejor, todos se dedicaban a cultivar el canto, el baile o el instrumento de su preferencia. Y era precisamente para lucir sus habilidades que se realizaba la fiesta.
Llegado el momento, el elefante soplaba el clarinete, los pájaros hacían sonar las flautas, la serpiente de cascabel agitaba uno muy grande, la jirafa se entendía con el saxófono, el grillo tocaba su violincito de una sola cuerda y la tortuga golpeaba el bombo con mucha compostura.
En cuanto a canto, el león rugía una melodía severa y profunda, el caballo relinchaba un aria, el gato maullaba una patética serenata, y el gallo, de todos modos, lo hacía mejor que cuando quiso actuar en Bremen.
No nos hemos olvidado del burro, que tiene también potente voz, pero haciendo honor a su nombre, no había logrado perfeccionarse, por lo cual los demás animales le pidieron que no desafinara. Estaba por allí tocando, discretamente, el triángulo.
La música celestial contaba también con el silbo, a cargo de la vizcacha, que lo hacía tan bien como el mirlo.
Quien bailaba era el oso, bamboleándose muy gustosamente, sin tener que obedecer ya el látigo del gitano.
También hacían piruetas los monos, a quienes fue imposible sujetar, y ni qué decir que las ardillas se movían más que nunca.
Desde luego que el buitre, invitado para refuerzo de la orquesta, rasgueaba su guitarra con gran entusiasmo, y el sapo, que era partidario de formar un orfeón, daba unos “do de pecho” con una voz de tenor bastante apreciable.
A todo esto, el loro hablaba y lanzaba vivas en todos los idiomas.
El sapo no las tenía todas consigo pensando en la vuelta y por eso, aprovechando un momento en que eran mayores la alegría y el alboroto, se metió de nuevo en la caja de la guitarra.
Terminada la fiesta, nadie notó su ausencia a la hora de despedirse. Nadie, salvo el urubú, que le guardaba rencor por haberlo puesto en ridículo.
Éste echó a volar al fin hacia la tierra y, como ya estaba receloso, advirtió el mayor peso de su instrumento.
Como no residía de firme en el cielo, tenía aún malos sentimientos, y se propuso vengarse del sapo que, por la misma razón de no vivir allí, se encontraba aún a merced de las trapacerías de sus enemigos.
El urubú voló sin hacer ninguna investigación hasta que le fue posible distinguir el suelo. En ese momento estaba también bajo la luna y, dando inclinación a la guitarra para que la luz entrara en la caja, distinguió al pobre sapo acurrucado en el fondo de ella.
—Sal de ahí —gritó el urubú.
—Por favor, no me eches —rogó el sapo, angustiosamente.
—¿No eres capaz de volar hasta el cielo? Sal, sal pronto —insistió el urubú.
—No, no puedo salir, porque tú me arrojarás… —se lamentaba el sapo.
El urubú continuó exigiéndole que saliera, cosa que no pudo conseguir, pues el sapo, de ningún modo quería exponerse a caer. Por último, el urubú volteó y agitó la guitarra hasta que consiguió disparar por los aires al clandestino ocupante.
El sapo movía las patas, cayendo vertiginosamente.
Por mucha que fuera la velocidad, la distancia era también muy grande, y el choque demoraba. El pobre sapo tuvo entonces tiempo para pensar y lamentarse:
—Ojalá no caiga en rocas ni piedras —decía—. Ojalá caiga en una laguna…, o en arena…, o en blanda yerba…
El urubú, entretanto, le gritaba:
—¡Qué rápido vuelas!... ¡Sin duda fue un águila tu madre!...
El pobre sapo ni le oía.
En cierto momento le pareció que caería en una laguna, pero un ventarrón lo alejó, haciéndole perder esa esperanza.
Luego creyó que se precipitaba sobre un prado, y, por último, sobre un frondoso ombú; mas siguió apartándose de la dirección de estos lugares.
Ahí estaban unos largos y duros caminos. Ahí, unos roquedales. Ahí, el patio de una casa.
Descendía dando volteretas, pues el viento arreció. Por último, cerró los ojos, prefiriendo no ver el sitio en el cual iba a estrellarse.
Al fin llegó. Se dio contra el suelo, de espaldas, en un lugar lleno de piedras.
Quedóse sin sentido y, cuando despertó, andaba rengueando más que nunca, y pasaron muchos días antes que se repusiera completamente.
Pero el golpe había sido tan fuerte que la espalda le quedó para siempre manchada y llena de protuberancias.
He ahí, pues, la razón por la cual el pobre sapo tiene tan fea presencia. También dicen que debido al golpe se le malogró la voz, pero esto no se puede asegurar.