jueves, 14 de diciembre de 2017

Mitología de Cuscatlán

La profunda imaginación de los pipiles creó su cosmogonía, que tanta poesía encierra. La tierra rodaba en el espacio, zumbando en el silencio, dice. La noche se agrandaba en los contornos de las cosas. Todo es negro, negra la tierra y negro el cielo. El frío se extendía en las frías cavernas de la Nada.
Es el vacío.
La muerte está echada sobre el mundo. Nada vuela, nada flota, nada calienta. Ni ríos, ni valles, ni montañas. Sólo está el mar.
Un día Teotl frotó dos varitas de achiote y produjo el fuego. Con las manos regaba puñados de chispas que se esparcían por el vacío formando las estrellas. El misterio se poblaba de puntos de luz.
De pronto, en lo más alto del cielo, surgió Teopantli, el Reformador, que rige el Universo. Surgió sonriente, envuelto en una cascada de luz.
Teotl lanzó el último puñado de fuego, que allá abajo se condensó en un témpano de luz: ese fue Tonal, el buen padre Sol.
Pero entre el ruido de los capullos de la vida que reventaban, de los mundos que se engolfaban en sus órbitas, de las explosiones de la luz, Teopantli lloró.
Y su lágrima rodó, hasta quedarse suspendida. Se hizo blanca y giró. Esa fue Metzti, la buena madre Luna. Por eso es triste. Proyectó su luz sobre la tierra y ya no estaba vacía. Los mares se rompían contra las costas. Había montañas y había barrancos. Sobre las cumbres peladas rugían las fieras. Su luz pálida iluminó un combate de leones. En las charcas y entre las lianas corrían las lagartijas. Los ríos se retorcían como culebras blancas. La vida cantaba.
Explica después cómo fue creado el hombre, nacido del coágulo de un nopal, que se enfangó dando origen a una casta de hombres malos, que indignaron al Creador. Se desató sobre ellos una furiosa lluvia, y el huracán silbaba quebrando las montañas. Todos murieron, a excepción de Coscotágat y Tlacatixitl, nuestros padres.
Después de ese desastre la humanidad ha venido perfec­cionándose poco a poco.
Curiosa es, entre los pipiles, la leyenda de los cuatro soles, extinguidos en épocas anteriores, y que corresponden a cuatro edades durante las cuales ha desaparecido la vida en el planeta, a consecuencia de grandes cataclismos.
En todas esas fábulas se ha creído ver fenómenos alusivos a conmociones sísmicas, a fases geológicas por las que ha atravesado nuestro planeta.
Los Dioses
No hablaremos largamente de los dioses pipiles, a cuya cabeza estaba Teotl, el creador, padre de la vida; Teopantli, que regula el cielo y la tierra; Tonal, esposo de Metzti (el Sol y la Luna); Tlaloc, dios del agua; Camaxtli, de la guerra; Teomikistli, de la muerte; Lulin, del infierno; Centeotl, diosa del maíz, y Cuetzpálin, diosa de la riqueza.
Entre los chortis, de Chalatenango, Acat, dios de la vida; A-Balam, de los bosques; Abolok-Balam, de la cosecha; Chaac, inventor de la agricultura, dios de los truenos y relámpagos; Ahulneb, dios guerrero; Ixchebel-Yak, diosa de la pintura; Zuhuy-Kak (la virgen del fuego), vestal de Uxmal deificada a causa de sus grandes virtudes; Ixchel, diosa de la medicina; Xocbitún, dios del canto; Pizlintec, de la música y poesía; Citbolontun, de la medicina; Ah-Tubtún, que escupía piedras preciosas.
Sólo esbozamos este capítulo para hablar de los semidioses y del Nahualismo, aquí incluido, que es donde la imaginación india puso más poesía, y que para nuestro fin pedagógico es más ventajoso.
Los Bacabes
HUBO un tiempo en que la creación se vio amenazada. El cielo se estaba desmoronando. Vacilaba al peso de las estrellas.
Era la infancia de la humanidad. Poco hacía que la tierra, en forma de una nube larga y gris se arrastraba por el espacio húmedo. Poco hacía que se había condensado, dando origen a esta inmensa bola en que vivimos.
Pero era lo cierto que el cielo se caía, como una plancha sin sostén. Tal era el derrumbe, y las quejas de la tierra eran tan numerosas, que Dios pensó seriamente en cortar el mal.
Y creó cuatro gigantes.
En las cuatro esquinas del cielo apoyaron sus espaldas los enormes hombres. Y el cielo se detuvo. Las estrellas afianzaron sus pilgajos de luz.
Desde entonces están, firmes siempre, parados los gigantes en las esquinas del cielo. Son cuatro: Kan-Xibchac, en el Sur; Chac-Xibchac, en el Oriente; Zac-Xibchac, en el Norte; Ek-Xibchac, en el Poniente. Kan es amarillo, Chac, rojo; Zac, blanco, y Ek, negro.
Presidían cada uno, por turno, un período de cuatro años. Representaban los puntos cardinales, a quienes daban su nombre.
Eran tenidos como dioses del aire. Súbditos de Achuncan (centro o fundamento del cielo) su poder se cernía por sobre las estrellas, y agitaban sus alas membranosas entre las furias de las tempestades.

Los Arbolarios
ERAN los genios de las tempestades. Ladrones de los lagos, hace poco tiempo que aún cometían sus fechorías. Una vez traían robada una laguna en un cascarón de huevo, de quién sabe dónde, y al pasar por el volcán de Tecapa se les cayó, de lado, motivo por el cual esa laguna está inclinada. Otra vez intentaron, con mal éxito, robarse el lago de Guija.
Era de verlos, cuando la tormenta venía bramando, despedir chispas con sus ojos barcinos. Eran mujeres malas y dejaban la destrucción por donde pasaban.
Si en las tardes borrascosas se oía un ruido sordo, era que venían montados sobre palos secos, chiquitos y terribles. Caían sobre las milpas y las tronchaban. Se hacían lagartijas o culebras y mordían a los curiosos que los veían.

Chasca, la virgen DEL AGUA
CHASCA era la Diosa de los pescadores. Salía en la barra de Santiago, en las noches con luna, remando sobre una canoa blanca. La acompañaba Acayetl, su amado. La pesca abundaba en esas noches. Aún hoy día se la recuerda:
Pescador, salió la luna,
desenvuelve tu atarraya:
esta noche es de fortuna,
pues ya viene,
la hermosa canoa blanca.
Nada temas, Chasca es buena,
no hay quien sea como Chasca
que le quita a uno la pena
cuando sale
en su gran canoa blanca.
Fue en un tiempo lejano. En la Barra vivía Pachacutec, un viejo rico, pero cruel. Tenía una hija prometida por él a un príncipe zutuhil. Se llamaba Chasca y era bella.
Un día ella conoció a un pescador, apuesto mancebo a quien llamaban Acayetl. Vivía en la isla del Zanate.
Y se amaron.
Pero Pachacutec se opone a ese amor. Sin embargo, todos los días cuando el sol abría los ojos tras la montaña, ella escapaba de la choza, situada entre un bosquecito de guarumos, y se iba a la playa donde Acayetl desde su balsa cantaba dulces canciones.
Pero una mañana fue triste. La poza del Cajete amanecía dorada por el sol. Un viento frío que se arrastraba raspando los piñales vecinos, olía a mezcal. Triste y fría, triste y callada; triste y solitaria; así estaba la poza del Cajete.
De pronto una canoa apareció. Era Acayetl. Corría, y ya se acercaba a la playa, cuando entre los juncos de la orilla un hombre oculto disparó una flecha. Era un enviado de Pachacutec. El pescador cayó muerto.
Y cuando el mar se estaba poniendo rojo, una mujer gritó en la playa. Era Chasca.
Corrió, loca en su dolor. Poco después volvía con una piedra atada a la cintura y se lanzó al agua. El mar tiró sus olas sobre el cuerpo de la virgen.
Cuando Pachacutec murió era una noche de luna. Entonces se apareció por primera vez Chasca, en su canoa hecha de una madera blanca, al lado de Acayetl.
En el paisaje de arena y sal, sobre el fondo negro del monstruo que se agita, a la luz serena de la luna llena, Chasca con su vestido de plumas, es la eterna nota blanca de la Barra.

La Siguanaba
ALTA, seca. Sus uñas largas y sus dientes salidos, su piel terrosa y arrugada le dan un aspecto espantoso. Sus ojos rojos y saltados se mueven en la sombra, mientras masca bejucos con sus dientes horribles.
De noche, en los ríos, en las selvas espesas, en los caminos perdidos, vaga la mujer. Engaña a los hombres: cubierta la cara, se presenta como una muchacha extraviada: "lléveme en ancas", y les da direcciones falsas de su vivienda, hasta perderlos en los montes. Entonces enseña las uñas y deja partir al engañado, carcajeándose de lo lindo, con sus risas estridentes y agudas.
Sobre las piedras de los ríos golpea sus "chiches", largas hasta las rodillas, produciendo un ruido como de aplausos.
Es la visitante nocturna de los riachuelos y de las pozas hondas, donde a medianoche se la puede ver, moviendo sus ojos rojos, columpiada en los mecates gruesos.
Hace mucho tiempo que se hizo loca. Tiene un hijo, de quien no se acuerda: Cipitín, el niño del río. ¡Cuántas veces Cipitín no habrá sentido miedo, semidormido en sus flores, al oír los pasos de una mujer que pasa riendo, río abajo, enseñando sus dientes largos!
Existió en otro tiempo una mujer linda. Se llamaba Sihuélut y todos la querían. Era casada y tenía un hijo. Trabajaba mucho y era buena.
Pero se hizo coqueta. Lasciva y amiga de la chismografía, abandonó el hogar, despreció al hijo y al marido, a quien terminó por hechizar.
La madre del marido, una sirvienta querida de Tlaloc, lloró mucho y se quejó con el dios, el que irritado, le dio en castigo su feúra y su demencia. La convirtió en Sihuán (mujer del agua) condenada a errar por las márgenes de los ríos. Nunca para. Vive eternamente golpeando sus "chiches" largas contra las piedras, en castigo de su crueldad.
Siguanaba era el mito de la infidelidad castigada.

ClPITIN
Así era. La Siguanaba estaba loca; la habían visto, riéndose a carcajadas, correr por las orillas de los ríos y detenerse en las pozas hondas y obscuras. Cipitín emigró a las montañas y vivió en la cueva que había en la base de un volcán.
Hace ya mucho tiempo, han muerto los abuelos y se han rendido los ceibos, y Cipitín aún es bello, todavía conserva sus ojos negros, su piel morena de color canela, y todavía verde y olorosa la pértiga de cañas con que salta los arroyos.
Han muerto los hombres. Se fueron los topiltzines, canos están los suquinayes, y el hijo de la Siguanaba aún tiene diez años. Es un don de los dioses ser así. Siempre huraño, irá a esconderse en los boscajes, a balancearse en las corolas de los lirios silvestres.
Cipitín era el numen de los amores castos. Siempre iban las muchachas del pueblo, en la mañanita fría a dejarle flores para que jugara, en las orillas del río. Escondido entre el ramaje las espiaba, y cuando alguna pasaba debajo sacudía sobre ellas las ramas en flor.
Pero... es necesario saberlo. Cipitín tiene una novia. Una niña, pequeña y bonita como él. Se llama Tenáncin.
Un día Cipitín, montado sobre una flor se había quedado dormido.
Tenáncin andaba cortando flores. Se internó en el bosque, olvidó el sendero, y corriendo, perdida, por entre la breña, se acercó a la corola donde Cipitín dormía.
Lo vio.
El ruido de las zarzas despertó a Cipitín, que huyó, saltando las matas.
Huyó de flor en flor, cantando dulcemente. Tenáncin lo seguía. Después de mucho caminar, Cipitín llegó a una roca, sobre las faldas de un volcán. Los pies y las manos de Tenáncin estaban destrozados por las espinas del ixcanal.
Cipitín tocó la roca con una shilca y una puerta de musgo cedió. Agarrados de las manos entraron, uno después del otro. Tenáncin fue la última. El musgo cerró otra vez la caverna.
Y no se le volvió a ver. Su padre erró por los collados y algunos días después murió, loco de dolor.
Cuentan que la caverna donde Cipitín y Tenáncin se en­cerraron estaba en el volcán de Sihuatepeque (cerro de la mujer), situado en el actual departamento de San Vicente.
Han pasado los tiempos. El mundo ha cambiado, se han secado ríos y han nacido montañas, y el hijo de la Siguanaba aún tiene diez años. No es raro que esté, montado sobre un lirio o escondido entre el ramaje, espiando a las muchachas que se ríen a la vuelta del río.
¡Oh el Cipitín! Guárdate de sus miradas que encienden el amor en el pecho de los adolescentes.

Nahualismo                           
DEMASIADO acostumbrada entre los indios era la práctica del nahualismo. Cuando un niño nacía era llevado por el hechicero al patio de la casa, en donde invocado el espíritu del demonio, se presentaba en la forma de cualquier animal. Durante varios días, a misma hora, se llevaba al niño al punto indicado, a donde concurría el nahual, con el fin de que se familiarizara con éste.
El nahual era el protector del niño durante su vida, estableciéndose tal unión, decían los indios, que el animal moría junto con el protegido. Conocida es la leyenda de que cuando Tecum-Umán murió, Alvarado tuvo que matar un ave que volaba encima de él —quetzal— amenazándolo. Era el nahual del príncipe.
El indio que llegado a la mayoría de edad no tenía nahual —cosa indispensable para obtener riquezas o ser feliz— se lo buscaba por sí propio.
Marchaba a un lugar apartado, en donde por abuso de ejercicios físicos e impresionado por la soledad del lugar, se dormía. En el sueño se le aparecía el demonio en la forma de cualquier animal, que en adelante pasaba a ser su nahual.

El tigre del Sumpul
ESTABA allí. Negro bajo las ramas, salpicada de luna la faz siniestra. Se le distinguía claramente por las tres plumas de guara que llevaba en la frente; era el Tigre del Sumpul, aquel río solitario y perdido que se arrastra bajo peñas y entre raíces, el río de los crímenes que se ha teñido tantas veces en sangre y ha escuchado tantos gritos de angustia y de dolor. ¡Río de cadáveres y de huesos!
Allí mismo, aquel hombre que se ocultaba tras el tronco de aquel nudoso tigüilote, había robado a los viajeros y había abonado sus márgenes con sangre. Era de origen maya. Se había creado en las montañas, en las altas montañas de Chalatenango, donde la con­federación pipil había detenido el avance del imperialismo ulmeca. Desde el alto Cayaguanca hasta el tétrico Sumpul, había recorrido cometiendo crímenes.
En la orilla de los caminos quemaba una mezcla de hojas de "tapa" (datura) y de tabaco, cuyo humo produce sueño, delirios y debilidad física instantánea; hacía caer a sus víctimas por medio de ese violento veneno de la daturina.
Quién sabe por qué circunstancias estaba ahora en tierras pipiles. Y seguía siendo el criminal de antes.
Era bastante entrada la noche. El silencio engrandecía el ruido de las lagartijas que corrían.
Y se oyeron unos pasos apagados por el polvo del sendero. Un mancebo avanzaba. Un indio querido de todo el pueblo, Malinalli (yerba retorcida). A la luz de la luna se le veía, cruzado sobre el pecho, el valioso tejido de piel de chinchintor, que acostumbraba llevar siempre, venía distraído, cantando una vieja canción, cerca ya del tigüilote fatal.
Detrás del tronco nudoso, el Tigre del Sumpul prepara su cerbatana, un carrizo largo con el que dispara dardos envenenados.
Apunta, y en el momento en que Malinalli pasa frente al árbol, sopla en la cerbatana.
Y el joven cayó. El veneno, quizá demasiado viejo, no produjo su efecto inmediato, porque el indio pudo defenderse por algún tiempo sin que la parálisis nerviosa lo imposibilitara. Tras corta lucha, el Tigre del Sumpul sacó una cuchilla de obsidiana, y bajo la mirada inocente de Metzti, la hundió en el pecho de su víctima. Salió la sangre, manchando el suelo, y con un ademán violento arrancó el tejido de piel de chinchintor que llevaba en el pecho.
Y se alejó del lugar.
La desaparición de Malinalli, causó mucho pesar en el pueblo. Todos aseguraban que sería vengado por su nahual: una furiosa culebra Masacuat que, según aseguraban algunos, ostentaba la señal de una gran mancha blanca sobre su lomo negro.
Pasó el tiempo.
El Tigre del Sumpul había huido de tierras pipiles, asustado por los frecuentes encuentros que tenía con una Masacuat larga, con una mancha blanca sobre el lomo negro. Está ahora en el peñón de Cayaguanca.
Era de noche. La luna se paseaba sobre la selva silenciosa. De las montañas vecinas venía un aire frío.
Por la orilla de una ladera escueta, entre un ralo grupo de árboles, caminaba un hombre con una flecha al hombro. En el tronco de un nudoso tigüilote, la luna dibujaba sobre el suelo la figura como de una rama que se movía. Avanzó el hombre, y al pasar frente al árbol, algo se alargó, enrollándosele rápidamente al cuello. Se oyó un grito. Allí, contra el árbol, había un hombre apretado al tronco.
De pronto quedó libre.
Y por la ladera escueta rodó un cadáver.
En la frente se le distinguían tres plumas de guara.
Rodó, rodó por la ladera escueta, bajo la infantil mirada de la luna.
Del tronco se desprendió una culebra.
Se deslizó rápidamente por el sendero.
Una gran mancha blanca se distinguía sobre su lomo negro.

Lolot, el nahualista
CHONTAL
El consejo de ancianos, cuya palabra obedecía ciegamente la tribu, había decretado la muerte de Lolot, el joven siniestro que, un invierno hacía, había llegado a Cuscatlán, llenando con sus terribles amuletos de ruidos y de fantasmas las tristes y desoladas playas del lago de Cuscatlán.
En el pueblo corrían graves rumores. Se habían visto unas llamaradas que salían de entre los árboles, y un olor, un insoportable olor como a orégano quemado. Unas mujeres que volvían de caza a eso de las ocho de la noche, habían oído los gritos lastimeros de un niño torturado.
Un lobo, un espantoso lobo gris, se paseaba rodeando el teocali, a eso de la medianoche. Los esclavos de guardia que lo habían visto se estaban muriendo del susto.
Era necesario poner remedio a tanto mal. Los sacerdotes se reunieron y ya habían dado su informe. Lolot era extranjero. Hijo del vecino pueblo chontal, había atravesado a nado el Lempat, en la más furiosa época del invierno. Con permiso especial había establecido su vivienda en las orillas del lago. Pero los ruidos, el fuego, las extrañas cosas que habían sucedido desde su llegada, habían hecho pesar sobre él una grave acusación: decían que se dedicaba a las artes del nahualismo negro, a la hechicería. Cuando iba a la plaza llevaba siempre de la mano una muchachita negra que parecía mico; marchaba siempre inclinada, con la cabeza cubierta de trapos, y la gente curiosa contaba que no se le veía nariz ni boca.
El pueblo no toleraría más su presencia en el país. Y todo se dispuso. Aquella misma tarde cuarenta hombres bien armados habían recibido los consejos del sacerdote, que había terminado prometiéndoles la ayuda de Teotl.
En el pueblo no se durmió. Cuentan que aquella noche hizo un calor insoportable, y que unos buhos graznaron sobre el pueblo. Por lo demás, ningún signo extraño acusó la captura del hechicero.
A la mañana siguiente Lolot estaba ya en una prisión. Se le habían quebrado los barros de que se servía para sus sortilegios, conteniendo aguas hediondas. Se quemó la vivienda.
El Consejo había decidido que se sacrificara a las 6 de la tarde, para que el buen padre sol contemplara el castigo. A mediodía se le sacaría de la prisión en que se hallaba para amarrarlo al poste de los sacrificios, hasta la hora en que el gran tecti diera la señal del sacrificio; se sacrificaría con él a su hija, pues era imposible separarlos.
Y todo se cumplió. A mediodía se le sacó de su prisión. Atado al poste permaneció hasta las cuatro de la tarde, hora en que una tormenta amenazó con su cola negra la metrópoli pipil. Comenzó a  llover y la gente se refugió en las casas vecinas.
La hora del sacrificio no se podía cambiar; la voluntad de Teotl era irrevocable, decían los sacerdotes.
El chubasco, bastante fuerte se prolongaba. La multitud tenía clavada la vista en el prisionero, que hacía señas a las nubes. Los ojos le brillaban, y el cabello hirsuto y el rostro descompuesto le daban un aspecto macabro. Su hija siempre inclinada, estaba a su lado.
De repente, Lolot, dio un grito, un relámpago se desgajó de las nubes, y parecía que el cielo había estallado en una espantosa carcajada de muerte. Continuaba la lluvia, y a lo lejos se oía como que la selva se estuviera quebrando. Los ojos del prisionero despedían chispas. El pueblo estaba aterrado. Ya cerca, un viento, avanzaba tronchando selvas. Se oía ya, como un carro que estaba entrando por el pueblo. Se oía, se oía...
Y... desembocó en la plaza. En medio, un lobo, un espantoso lobo gris cabalgaba. El prisionero dio un grito y rompió las ligaduras, saltando como un tigre.
Un remolino reventó en el poste, y el huracán pasó rugiendo, agitando su vientre peludo de basura, aleteando con sus alas gi­gantescas y negras. Pasó reventando las casas y barriendo el suelo con su bostezo infernal, rabioso, violento.
Y todos abrieron los ojos. En la plaza había un hombre menos. El poste estaba arrancado, y a su lado se veía un bulto negro. Corrieron hacia el lugar.
Y... un grito de admiración se escapó de todos los labios. La hija de Lolot... era una muñeca de ulli, a quien el hechicero hacía andar quién sabe por qué raros modos.
Por eso andaba siempre agachada, con la cabeza cubierta de trapos, ocultando su cara, sin boca ni nariz.

LOS PÁJAROS NAHUALES
PERO no vayáis a pensar que sólo había nahuales tétricos. Aves negras que graznaban sobre campos sangrientos, en noches de asalto, con ojos terribles. No. También había nahuales dulces, pájaros que sabían llorar cuando moría una niña bella. Aves a quienes la luna sorprendía regando flores sobre las tumbas de dueñas o muertas.
Yo conozco una leyenda. Fue bajo la tiranía de Pilguanzimit, que los señores de Ixtepetl alzaron el estandarte de la rebelión. Fue una lucha sangrienta. El invierno llenó de agua las cuencas de millares de calaveras que se quedaron mirando al cielo. Ciudades, selvas, todo lo destruyó el incendio y la muerte fijó su guarida en nuestras selvas.
Por fin cayeron los bravos caciques, y sólo allá, en el recodo de las montañas, un grupo huraño de rebeldes se aisló. Estaba con ellos Apanatl, hija del cacique muerto. Tenía el espíritu guerrero de su padre y con sus huestes atacó al tirano varias veces.
Tenía por nahual una chiltota que en los combates cantaba apoyada sobre sus hombros.
Una noche Apanatl se alejó del vivac. Estaba en guerra con la metrópoli.
Y ya sus guerreros no la volvieron a ver. En la mañana la encontraron rígida y yerta, con el corazón atravesado de un flechazo.
Ya su grito guerrero no se oyó en el combate, y su brazo gallardo no agitó más hachas contra el tirano.
Pero en las ramas floridas del aromo, al pie del cual había caído muerta, una chiltota edificó su nido. Sacudía las ramas y cubría el suelo de flores.
Cuentan que una noche la chiltota también murió. A medio canto la luna la vio caer, rígida y muda, sobre la alfombra de flores que ella misma había tendido...
Ahora ya no hay nahuales dulces. Ni sobre las ramas floridas, pueblan chiltotas que cantan y cubren de flores las tumbas. ¡Oh los nahuales queridos que se fueron con la raza!

Atlahunka
El teponahuastista de la corte de Atlacatl, roba la princesa Cipactli
ENTRE el oro, la corte reía. Bajo aquel desfile de música y plumas se estaba muriendo la pobre princesa. Ya el rey no escuchaba sus risas sonoras, y estaba muy triste, se estaba muriendo, se estaba muriendo de tanto llorar. La laguna verde de aguas estancadas, en su playa blanca, a la luz de la luna la oía llorar. Allá, en el boscaje perdida y huraña, gustaba en las tardes de fiesta y de baile, llorar bajo toldos de lirios en flor. Estaba muy triste, la corte no oía su risa sonora poblar de armonías el rudo festín. De noche y de día, lloraba, lloraba, lloraba.
¿Por qué la princesa se estaba muriendo?
La luna no más lo sabía. Desde aquella tarde, desde aquella noche, la princesa ya no se reía.
Lo había mirado, lo había querido; ¡Atlahunka cantaba tan dulce! En la corte triunfaba cubierto de flores su teponahuaste. Veía, con celos, al joven moreno de lacios cabellos y mirada ardiente a quien todas las bocas sonríen, por valles y montes, hermosas mujeres suspiran por él. Cruzando montañas ha cantado siempre sobre las ventanas de los calicantos dolientes canciones de amor. Por eso lloraba. Desde aquella tarde, Cipactli escuchaba los versos que Atlahunka le había cantado.
Tengo un río de oro,
Un lago que canta
Y una flor que llora,
Un pájaro que vuela y una estrella que mira,
Pero esa flor que llora y ese lago que canta
Y la estrella que mira
No cantan ni miran como miran tus ojos.
Desde aquella tarde, desde aquella noche, Cipactli lloraba a la luz de la luna. Desde aquella tarde se estaba muriendo y el día y la noche pasaba llorando.
La corte pasea su lujo, pasea sus armas, pasea sus oros.
Pero Atlahunka está triste.
La princesa Cipactli se muere, no come, no duerme... y no tiene nada.
Ya no se casa con el señor de Tehuacán. No puede, no come, no duerme.
Pero el señor es bravo. Sus terribles guerreros esperan. Ha puesto su término, y deben casarse ese día.
La princesa está triste. La princesa se muere.
En la noche los guardias oían la música triste, la música lenta, la música dulce de un teponahuaste. El castillo se yergue altanero a la luz de la luna.
Los guardianes han visto la sombra de un joven que pasa cantando los versos de un lago que canta y de una flor que llora. Y se oían las notas de un teponahuaste.
Pero nadie sabía. La luna no más lo miraba y no lo contaba.
Cuando el joven cantaba los versos de la flor que llora, una mano asomaba en la torre más alta del negro castillo de piedra.
La luna no más lo sabía. La princesa ya no estaba triste. Reía... En la noche ya no estaba enferma.
La luna no más lo sabía que la mano aquella deshojaba flores, y que el joven del teponahuaste lloraba.
Una noche los guardias quizás se durmieron.
En la torre aquella del negro castillo de piedra no estaba la pobre princesa. ¿Se la habrían robado las nubes? La luna no más lo sabía.
Sabía que el joven había llegado, que había cantado. Que por una cuerda había bajado... la pobre princesa, la pobre, la enferma, la triste. Reía. Reía. Reía. Y después... La selva cubría a la luz el sendero.
Después... el señor de Tehuacán espera. Se busca a Cipactli. Se escruta, se piensa.
Y  después... Atlahunka no canta en la corte. ¿Se lo habrían robado, quizás las estrellas?
La luna no más lo sabía. El señor de Tehuacán moría de cólera, pero ella reía y no lo contaba.
Un día trajeron a Atlahunka. Venía Cipactli amarrada.
Y los condenaron.
El santuario de Mictlán decía: "En el bosque hay fieras. Irás a decir tus pecados. Y si te perdonan no te comerán".
Y fue la princesa con el bello joven del teponahuaste.
Ya todo dormía. La luna brillaba en el cielo.
Y la selva quieta traía rumores de bestias dormidas.
Un buen tigre venía brincando para oír los pecados.
Y se hincaron llorando.
Pero antes había cantado el joven moreno del teponahuaste, los versos tan dulces del lago que canta y de la flor que llora.
Y se hincaron llorando. Juntaron los labios. El tigre venía saltando.
¿Los pecados? —se habían besado.
Cuentan que el tigre se rió como un loco del pecado aquel.
En la corte brillan hermosas mujeres. Cipactli no llega. Atlahunka no ha vuelto. ¿Los perdonaría aquel tigre austero que llegó saltando, y al oír el pecado reía?
La luna no más lo sabía y no lo contaba. Cómo aquella mano que de la alta torre del negro castillo deshojaba flores, cómo aquella niña que bajó llorando y se fue corriendo, tampoco decía.

Pero entre los ruidos de la inmensa corte, Cipactli no ríe, y Atlahunka, se fue con las nubes o con las estrellas y aún no ha venido.

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