Teseo, era hijo de Egeo, rey de Atenas, y de Etra, hija de Piteo, rey de Trezena, hombre justo y sabio, en cuya corte se educó su nieto Teseo. Era primo de Hércules, y aunque menor, ansiaba por imitarle en sus hazañas. Egeo, antes de ausentarse de Trezena, había ordenado que no se le enviase a su hijo a Atenas hasta que hubiese levantado una roca y sacado de debajo de ella su espada, que al intento había colocado allí. Apenas tuvo Teseo dieciséis años, cuando se sintió con fuerza para levantar la roca, lo que ejecutó, sacó la espada y marchó a Atenas. Pero antes de darse a conocer, quiso hacerse célebre por sus hazañas. Libertó al Ática de bandoleros; entre ellos estaban: Escirón, que arrojaba al mar cuantos infelices caían en su poder, y Procusto, que los tendía en su lecho cortándoles las extremidades si excedían del lecho, y estirándolos hasta descoyuntarlos si eran más pequeños. Después trató de libertar a su patria del tributo de siete doncellas que estaban obligados a pagar a Minos, rey de Creta. Estas pobres doncellas eran pasto de un monstruo medio toro y medio hombre, que había dado a luz la mujer de Minos, Pasifae, y que se mantenía de carne humana. Encerró Minos a este monstruo en un laberinto, que al intento mandó construir por Dédalo, hábil arquitecto, discípulo de Mercurio. De este laberinto no se podía salir, una vez que en él se entraba. La primera víctima fue el mismo Dédalo, a quien con su hijo Ícaro encerró Minos allí por quejas que de él tenía. Dédalo fabricó unas alas, que colocó a su hijo, y que le pegó con cera, recomendándole que huyese volando, pero que no se acercase mucho al sol, para que no se derritiesen sus ligamentos. Ícaro no hizo caso de la recomendación de su padre: remontó su vuelo, de manera que la cercanía del sol derritió la cera; se desprendieron sus alas, y cayó al mar, en que se ahogó. Por eso se dice de las personas que se remontan y envalentonan sin mérito ni causa, que lo hacen con alas de Ícaro.
Teseo fue, pues, a Creta; pero antes de entrar en el laberinto, recibió de Ariadna, hija de Minos, un ovillo de hilo, que fue deshilando al tiempo que penetraba en el laberinto, de manera que después que con sus acostumbrados bríos hubo muerto al terrible Minotauro, guiado por el hilo pudo hallar la salida del laberinto. Volvióse a embarcar llevándose a Ariadna, a la cual traidora e ingratamente abandonó en la isla de Naxos, donde, como ya sabéis, la encontró Baco, que se casó con ella. Teseo había convenido con su padre Egeo que si salía bien de su empresa, pondría a su regreso velas blancas en sus barcas; pero como se dice que con las glorias se pierden las memorias, se le olvidó, y Egeo, viendo aparecer las barcas sin la convenida señal, conjeturó que su hijo había sido devorado por el Minotauro, y desesperado se tiró al mar, por lo cual adquirió éste el nombre de mar Egeo.
Pirítoo, rey de Tesalia, envidioso de los triunfos de Teseo, quiso combatirle; pero cuando le vio, quedó tan prendado de él, que de enemigo se convirtió en íntimo amigo. Unidos combatieron y vencieron a unos hombres feroces llamados Centauros, que eran tan buenos jinetes, que decían los griegos que eran un mismo ser con sus caballos, o medio hombres o medio caballos. Unidos bajaron Teseo y Pirítoo al infierno con intento de robar a Proserpina, mujer de Plutón. El can Cerbero despedazó a Pirítoo; pero Teseo fue sacado de allí por Hércules. -Teseo acompañó a Hércules en su expedición contra las Amazonas. Cuéntase así el origen de estas mujeres guerreras. Después que Nino hubo fundado el imperio asirio, su mujer, sus hijos y Escolopita fueron echados de aquel país y se retiraron con sus partidarios más allá del Caúcaso, desde donde hostilizaron a los pueblos vecinos, hasta que éstos exasperados se reunieron, los asaltaron y mataron a todos los varones de aquella grey. Entonces las mujeres se reunieron, se armaron, eligieron una reina y juraron que, para vengarse, declaraban la guerra a los hombres, combatiendo con gran valor, sin dar cuartel a ninguno, hasta que fueron vencidas por Hércules y Teseo. Este se enamoró de su reina, que se llamaba Antíope, y tuvo de ella un hijo, que se llamó Hipólito.
Más adelante, cuando murió Antíope, Teseo se casó en segundas nupcias con Fedra, hija menor de Minos. Venus, para vengarse de Hipólito, que era un joven estudioso y de mucho juicio, que no se entregaba a su culto, inspiró a Fedra un horrible y furioso amor por él; y habiéndola Hipólito reconvenido y rechazado con horror, ella, para vengarse, le acusó a su padre de haberla querido seducir. Teseo, furioso con su hijo, le maldijo, y como la maldición de un padre es tan terrible, aun entre aquellas gentes tan desmoralizadas, dicen que Neptuno creó un monstruo horrendo, que asustó a los caballos del carro en que iba Hipólito, y desbocados se despeñaron, haciendo pedazos al carro y a su dueño. La malvada Fedra, arrepentida y desesperada, se dio la muerte. Esculapio resucitó a Hipólito, y Diana le transportó a Italia, en donde se le denominó «Virbius», que quiere decir segunda vez hombre. El fin de la vida de Teseo es triste. En un viaje que hizo, Mnesteo le usurpó sus estados, se retiró a Sciros, cuyo rey Licomedes le dio muerte, precipitándole de lo alto de una roca.
Cadmo
Cadmo era hijo de Agénor, rey de Tiro. Habiendo Júpiter, que al efecto se transformó en un hermoso y manso toro blanco, robado a su hermana Europa, Agénor mandó a su hijo corriese tras del raptor, rescatase a su hermana y no volviese a parecer a sus ojos sin ella. No habiendo encontrado ni podido dar alcance a los fugitivos, Cadmo no pudo volver a la presencia de su padre, y consultó con el oráculo de Delfos dónde debiera establecerse. El oráculo le respondió que se estableciese y labrase una ciudad allí donde le condujese un buey. Así eran por lo regular las respuestas de los oráculos; como suele decirse, nada entre dos platos. Los oráculos, de que varias veces he hecho mención, los define Séneca de esta suerte: «La voluntad de los dioses expresada por boca de los hombres», esto es, la de los sacerdotes de los templos, y como todos los dioses tenían templos, había infinidad de oráculos. Sus sentencias o respuestas eran siempre ambiguas o de dos sentidos, para que pudiesen tener varias interpretaciones y evitar de esta suerte que los que preguntaban conociesen que eran hechas al acaso y sin inspiración divina.
Cadmo encontró en Fócida un buey, que siguió hasta el lugar en que se paró, que fue en el que labró la ciudad de Tebas.
Habiendo enviado a sus compañeros a traer agua de un bosque cercano, fueron devorados por un dragón que en él residía. Cadmo mató al dragón y le arrancó los dientes, que por consejo de Minerva esparció por el suelo.
Estos dientes se volvieron entonces guerreros armados, que empezaron a pelear entre sí con tal furor, que sólo quedaron vivos cinco, que ayudaron a Cadmo a labrar la ciudad. Casó con Hermíone, hija de Venus y de Marte, y tuvieron muchos hijos. Habiéndole predicho el oráculo que su descendencia sería muy desgraciada, se retiró con su mujer a Iliria por no ser testigo de estas desgracias. Otros autores dicen que fue expulsado por Anfión, que acabó de cercar la ciudad de murallas; era tan consumado músico, que al son de su lira atraía las piedras, que venían de por sí a colocarse en el lugar que les correspondía. Tuvo Tebas siete puertas; pero en Egipto hubo una ciudad del mismo nombre que tuvo ciento; sus alrededores eran solitarios, áridos y se denominaron «Tebaida».
Cadmo y Hermíone fueron transformados por Júpiter en serpientes; otros dicen que fueron llevados en un carro, tirado por éstas, a los Campos Elíseos, que como sabéis era su paraíso. Cadmo enseñó a los griegos el arte de escribir, ese arte del que ha dicho un poeta: que pinta la palabra y habla a los ojos, da color y cuerpo al pensamiento.
Jasón
Era hijo de Esón, rey de Iolcos, en Tesalia, y de Alcimeda. Destronado éste por su hermano Pelias, el oráculo le predijo que lo sería él a su vez por el hijo que tuviese su hermano. Así fue que cuando Esón tuvo un hijo, temeroso de que le matase Pelias, le dio por muerto y le llevó secretamente al monte Pelión, en el que residía un hombre docto y sabio, llamado Quirón, a quien encargó de criar y educar a su hijo. -Era éste Jasón, que cuando tuvo veinte años, favorecido por Juno, a la que había hecho un favor sin conocerla, vino a Iolcos a pedir a Pelias la restitución de su usurpado trono. Como Jasón, por su saber, valor y belleza se había captado el amor del pueblo, que odiaba a Pelias, éste no se atrevió a negarle su petición, le prometió pues concederle lo que pedía; pero le persuadió que emprendiese la honrosa hazaña de reconquistar el Vellocino, que, como ya os he referido, había arrebatado Eestes a Frixo, a quien al intento asesinó. Jasón, seducido por esta gloriosa expedición, se embarcó con otros cincuenta príncipes griegos en la nave Argos, llegando felizmente a Cólquida los intrépidos Argonautas. Pero Eestes no se prestó a entregar el Vellocino sin que Jasón hubiese primero matado al dragón que lo custodiaba, y después amansado a los fieros toros con pies y cuernos de acero, que arrojaban llamas, y que le habían sido regalados para el mismo objeto por Vulcano. Arando con ellos cierta cantidad de tierra con un arado de diamante y sembrando en ella los dientes del dragón, de ellos nacieron guerreros, que tuvo Jasón que exterminar. Todas estas proezas las hizo este héroe con la ayuda de Medea, hija de Eestes, que era una hábil hechicera que se había enamorado de él. Huyeron después, llevándose el Toisón, y regresaron a Iolcos; pero Pelias no cumplió su palabra y retuvo el trono. Medea, para vengar a su marido, persuadió a las hijas de Pelias que para rejuvenecer a su anciano padre le cortasen a pedazos e hiciesen hervir en un caldero; pero este crimen no aprovechó a Jasón, porque Acaste, hijo de Pelias, se hizo proclamar por rey, y desterró a Jasón y a Medea, que se retiraron a Corinto. Allí, olvidando Jasón lo mucho que debía a Medea, la repudió para casarse con Glausea, hija del rey de Corinto. Medea, para vengarse, envenenó al rey y a la princesa, degolló a presencia de Jasón a sus propios hijos y huyó por los aires en un carro tirado por fieros dragones. Pasó a Asia, donde se casó con un poderoso rey, y tuvo un hijo llamado Medas, que sucedió a su padre, y del que tomaron sus súbditos el nombre de medos.
Jasón, después de la muerte del rey de Corinto, su protector, llevó una vida triste y errante: Medea le había predicho que moriría por su nave Argos, y en una ocasión que dormía a la sombra de la arrumbada embarcación, se cayó uno de sus masteleros y le mató. Otros autores dicen que conquistó la Cólquida, en la que reinó tranquilamente hasta su muerte. Sobre su expedición en busca del Vellocino se escribieron dos poemas, el uno en griego, por Apolonio, y el otro en latín, por Valerio Flaco.
Mostrando entradas con la etiqueta Teseo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teseo. Mostrar todas las entradas
miércoles, 27 de febrero de 2019
jueves, 21 de febrero de 2019
Mitos y Leyendas de Atenas
EN la perdida y lejana noche de los tiempos se dice de los dioses que pretendieron un mayor protagonismo y, por ende, buscaron proteger a los humanos. Los mitos y leyendas surgieron, entonces, por doquier; en campos y regiones otrora olvidados se desarrolló, por así decirlo, una febril actividad. Merece la pena destacar el mítico suelo del Ática, puesto que constituye un claro paradigma de lo antedicho. Aquí se disputaron su influencia dos poderosos dioses del Olimpo: Posidón y Atenea. Ambos intentaron atraer hacia sí los favores de los mortales y recabaron de éstos culto exclusivo y plena adoración. Las versiones que narran los sucesos que acaecieron hasta llegar a la consolidación de una u otra deidad en el Ática son contradictorias. Y así, por ejemplo, se dice que fue Posidón quien llegó primero a la región de marras y que con su tridente golpeó el suelo e hizo brotar un manantial de límpidas aguas. Enseguida llegó Atenea y plantó un olivo. Mas, como ambos se disputaran la hegemonía sobre el Ática, surgió entre ellos cierta desavenencia que el propio Zeus -rey del Olimpo- se apresuró a solucionar. Congregó en torno a él a las demás deidades para que se erigieran en jueces y dilucidaran a cuál de los dos, a Posidón o a Atenea, corresponderla la hegemonía del Ática. El veredicto de los dioses del Olimpo fue claramente favorable a la diosa Atenea y, a partir de entonces, quedó bajo su custodia todo el centro álgido de la Acrópolis y, muy especialmente, la ciudad de Atenas. Las deidades del Olimpo habían fallado en favor de Atenea porque Cécrope, a la sazón soberano del Ática, había afirmado que fue Atenea quien primero llegó a esta región.
CECROPE
LA tradición clásica considera a Cécrope como el primer rey legendario del suelo ático. Su mítica existencia es avalada por los propios dioses del Olimpo cuando se disponen a consultarle, y a valorar su testimonio, antes de asignar la hegemonía del Ática que, como sabemos, correspondía Atenea. No obstante, existen otras versiones que difieren de lo hasta aquí expuesto y narran los hechos de distinta forma. Según esto, quien primero llegó a la región del Ática fue Posidón, el cual golpeó la tierra con su tridente e hizo manar abundante agua; a continuación la diosa Atenea plantó el primer olivo y lo regó. Pero los habitantes de la mítica región se interrogaban acerca de aquella maravilla que aparecía ante sus ojos, merced a la cual el nacimiento del primer olivo coincidía con el brote de una corriente de agua en árido lugar. Surgieron, aún, otras interpretaciones de tan memorables hechos. En este caso, la iniciativa parte del propio Cécrope, quien no acertaba a comprender -y eso que era hijo de la Madre Tierra, tal como podía colegirse de la propia forma de su cuerpo: mezcla de ser humano y serpiente- cuál era el verdadero significado de todo aquello. Y se dirigió hacia Delfos para consultar al oráculo. La respuesta que recibió fue esclarecedora por demás: “El olivo es símbolo de Atenea y el agua personifica a Posidón”, contestó el oráculo.
En consecuencia, a partir de ahora, los propios ciudadanos atenienses deberán elegir a una sola de las dos deidades como depositaria de su culto y como protectora de su ciudad. El resultado favorecerá obligatoriamente a una en detrimento de la otra, lo cual implicar determinadas consecuencias
LA IRA DE POSIDON
A tal efecto, se reunieron los hombres y mujeres de Atenas y, mientras los primeros votaron a favor de Posidón, las segundas se decantaron por Atenea. Cuentan las crónicas que, puesto que el número de mujeres era sensiblemente superior al de hombres, fue la diosa Atenea quien consiguió la hegemonía del Ática. En lo sucesivo, sólo ella sería objeto de culto Atenas y únicamente en su honor se erigirían nuevos templos. Pero las cosas no iban a quedar así puesto que Posidón, que extendía su poder sobre mares y océanos y gobernaba sus profundidades abisales, montó en cólera ante tan adverso resultado y decidió anegar de agua las tierras del Ática. De nuevo volvieron a reunirse los ciudadanos atenienses y, para calmar la ira de Posidón, acordaron llevar a cabo transformaciones legislativas sustanciales por mor de las cuales ya no podrían votar las mujeres -prohibición del voto a las mujeres-, y los niños deberían llevar únicamente el nombre de su progenitor -patria potestad de exclusiva competencia paterna.
Otras versiones, sin embargo, no dramatizan tanto los hechos hasta aquí expuestos, sino que explican que ambas deidades intentaron atraer hacia sí las simpatías de los ciudadanos atenienses y, para ello, les ofrecieron toda clase de presentes. Los más conocidos y valiosos fueron el olivo de Atenea y el manantial de agua de Posidón. Si en el Ática se decidió aceptar el ofrecimiento de la diosa y rechazar el del dios fue simplemente porque el manantial que Posidón había hecho surgir con su tridente era de agua salada, lo cual no satisfacía las necesidades de los ciudadanos de la acrópolis, por lo que prefirieron el presente de la diosa Atenea.
DESCENDIENTES DE CECROPE
LA tradición hace de Cécrope no sólo el primer rey del Ática, sino también el más idóneo de sus gobernantes. Este personaje legendario, del que se afirmaba que poseía dos naturalezas -una humana y otra animal- porque portaba entre sus atributos reales una cola de serpiente, se había casado con Aglaura -hija de Acteo, al que algunas tradiciones consideran primer soberano del Ática-, que le dio tres hijas y un hijo. Este último murió antes que su propio padre y no dejó descendencia. Por ello, historiadores como el prestigioso Estrabón señalan que Cécrope era, en realidad, uno de los doce soberanos que poblaban con sus gentes las vetustas tierras del Ática y que, en cuanto se vieron amenazados por otros pueblos -tales como los Carios, que venían por mar, y los Beocios, que intentaban penetrar desde tierra-, procedieron a unirse. Fue Cécrope quien distribuyó a todos los habitantes del Ática en doce ciudades y quien desarrolló la idea de amurallarlas. Más tarde, Teseo se encargarla de formar un único centro que resultarla de la fusión de los doce recintos creados por Cécrope al que se denominarla definitivamente Atenas.
Puesto que este mítico rey Cécrope se había casado con la hija de otro rey de una de las tribus de la región del Ática, no resultaba extraño que se hubiera impuesto sobre los demás, al ver aumentado su poder, y llegara así a constituirse en el primero de los ancestrales soberanos de aquellas tierras. Además, diferentes leyendas ensalzan la figura de Cécrope y lo presentan como inventor de la escritura y como el adalid de la abolición de los sacrificios cruentos.
EGEO
CON el tiempo hubo en la región del Ática otros personajes dignos de mención. Entre ellos destacaremos a Egeo -padre de Teseo-, cuya historia se halla envuelta en leyendas de diverso tipo. Se dice que había nacido en Megara, metrópolis situada entre Corinto y Atenas; su madre era hija del ilustre rey de Pilas y, en cuanto a su padre, había sido expulsado de la región del Ática por el tirano Metión y sus hijos. Pero, muerto éste, sus descendientes fueron derrotados y los vencedores se instalaron en los territorios conquistados; a Egeo le correspondió la región del Ática y como primera iniciativa se propuso introducir el culto a la diosa del amor,
Afrodita/Venus, en toda la región. Acaso procedió de tal modo porque, según cuentan las narraciones clásicas, Egeo se había casado por dos veces con la intención de dar un heredero a la Argólida. Mas, preocupado por no tener descendencia, se dirigió hasta Delfos para consultar el oráculo: fue tan oscura la respuesta de la sacerdotisa que oficiaba de “pitonisa” de Delfos que el propio Egeo abandonó aquel lugar como había ido, es decir, sin comprender nada. Entonces, decidió contarle sus preocupaciones al rey de la comarca Trecén, el soberano Piteo que le había ofrecido hospitalidad en el camino hacia el Ática.
Este interpretó el mensaje del oráculo de manera acertada y, con cierto tacto, conminó a su invitado para que yaciera con su bella a Etra. Ningún reparo puso Egeo al respecto, antes bien se sintió halagado por el padre y cautivado por los encantos de la hija y, en cuanto la ocasión fue propicia, los dos muchachos iniciaron el siempre joven y fresco juego del amor.
MENSAJE DESCIFRADO
DE la unión de ambos nacerla el héroe Teseo y, paradójicamente, las predicciones del oráculo quedarían cumplidas. Este había anunciado que Egeo “tendría descendencia con la primera mujer con que se uniese”. El mensaje había sido entendido en todos sus extremos por el rey Piteo que, enseguida, atisbó la posibilidad de una continuidad para su reino en la persona de sus posibles herederos. De aquí que se apresurara a presentar a su hija a aquel ilustre huésped. Para llevar a cabo sus planes llegó incluso, según algunas versiones de los hechos, a emborrachar a Egeo.
Al día siguiente, y poco antes de partir para su región, el viajero agradeció las atenciones de sus amables anfitriones y, al propio tiempo, recomendó a la bella Etra que si tenía un varón lo educara en la intimidad y, cuando ya hubiera crecido en fuerza y vigor, le mostrara el camino que llevaba al lugar en el que estaban depositados los atributos que le conducían hasta el conocimiento de su progenitor. Con todo esto, Egeo se estaba refiriendo a la leyenda de la pesada roca bajo la cual se encontraban la espada y las sandalias que, al llegar a la juventud, deberla ceñirse el valeroso Teseo -después de haber conseguido levantar la roca y probado, así, su fuerza- si quería saber quién fue el hombre que le engendró. La espada salvarla al muchacho de todos los peligros que le salieran al paso y, en tanto en cuanto la llevara consigo, nadie lograrla vencerle. También, mientras calzare sus sandalias, se distanciarla de cualquier enemigo y hallarla siempre el camino que le conducirla hasta la presencia de su padre.
UN EXTRANO ENTRE LOS SUYOS
HABÍA pasado mucho tiempo desde que sucedieran los acontecimientos que acabamos de narrar y Egeo vivía en la región del Ática, rodeado de su familia. Dice la leyenda que cuando Jasón expulsó de su casa a Medea, ésta se dirigió a la Argólida y pidió a Egeo que la acogiera bajo su protección y, a cambio, ella le proporcionarla descendencia Egeo la aceptó por esposa y, efectivamente, tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Medo. Y así vivían, en relativa armonía, hasta que cierto día se presentó en Atenas un extranjero que solicitó ser llevado ante la presencia del rey Egeo. Se trataba de su propio hijo Teseo quien, al instante, fue reconocido y aceptado en palacio, excepción hecha de Medea que no pudo ocultar su animadversión hacia el recién llegado. Cuentan los narradores clásicos que, en cierta ocasión, la malvada mujer había planeado con minuciosidad dar muerte a Teseo y que, al no conseguir sus propósitos, huyó de Atenas y de la ira de su soberano.
Por entonces, Egeo se hallaba acosado por sus sobrinos, que eran numerosos -se cree que en número de cincuenta- y recibían el nombre de “palántidas” porque eran hijos de Palante, hermano de Egeo. Entre todos se habían confabulado para derrocar del trono de Atenas a Egeo y ya estaban a punto de conseguirlo, cuando llegó Teseo; por ello, su presencia era muy clara cara para su padre Egeo, quien le expuso la gravedad de su situación en cuanto pudo quedar a solas con el valeroso muchacho. Este no lo dudó ni un instante y, al momento, hizo causa común con su progenitor. El arrojo y el valor de Teseo frustraron los planes de los “palántidas”, que resultaron derrotados y muertos en la lucha.
MAR DE LEYENDA
EL espíritu aventurero del joven Teseo y el amor que profesaba hacia su progenitor hicieron que, en lo sucesivo, ambos se prestaran ayuda mutua. Ocasiones no faltaban para ello, puesto que un sinfín de peligros acechaba al reino de Egeo, aparte de las numerosas envidias y celos que despertaba su persona entre algunos soberanos colindantes. Mencionaremos, al respecto, el brutal tributo que el rey de Creta había impuesto a los atenienses para resarcirse de la muerte accidental - aunque en Creta se decía que había sido provocada por Egeo- de su hijo Androgeo que, según la narración clásica, era uno de los atletas más destacados de la antigüedad. En un principio, los atenienses hicieron caso omiso de la brutal exigencia de Minos; sin embargo, como consultaran al oráculo para saber a qué atenerse y éste les respondiera que sus cosechas se agotarían, y que una sequía asolarla sus campos, si no satisfacían el capricho del rey de Creta, decidieron aceptar tan brutales imposiciones. En cuanto Teseo fue informado de semejantes hechos, consideró la pretensión de Minos como una burla hacia los ciudadanos atenienses y se propuso librarlos de tamaña carga y servidumbre. Estableció una contraseña con su progenitor en caso de que su aventura fuera coronada por el éxito. Si salía victorioso traerla desplegadas en su nave velas blancas y si, por el contrario, las velas que ondeaban al viento eran negras, ello indicarla que sus objetivos no se habían cumplido. Como ya Teseo regresara de su bien cumplida misión y su padre, Egeo, le esperara con ansia, sucedió que, debido a un fatal error, la nave traía desplegadas las velas negras. Enseguida Egeo interpretó que su querido hijo había fracasado en su empresa y, temiéndose lo peor, se arrojó al acantilado que se abría bajo sus pies y se precipitó a las profundidades abisales del mar. Nunca más se supo de él y cuenta la leyenda que a partir de entonces aquellas aguas reciben el nombre de “mar Egeo.”
SURGIDO DE LAS AGUAS
AUNQUE la muerte de su padre ensombreciera el triunfo de Teseo, la aventura de este héroe quedarla recogida en los anales de las narraciones míticas y se la conocerla, para siempre, como la “expedición contra el Minotauro”.
El Minotauro era un monstruo que tenía figura de toro y de hombre a un tiempo. Había nacido de la unión de Pasífae, esposa de Minos, y del toro que Posidón hiciera surgir de las aguas. Era tan bello el animal que el rey de Creta decidió no sacrificarlo. Este gesto benevolente le acarrearla consecuencias funestas pues su propia esposa -que tenía fama de hechicera y de conocedora de las artes adivinatorias y esotéricas- se enamorarla de tan hermoso ejemplar y conseguirla yacer con él utilizando, para ello, todo tipo de artimañas. El Minotauro fue engendrado, pues, en el vientre de la hechicera Pasífae y, a partir de aquí, una especial maldición recaerla sobre el pueblo ateniense que tenía que destinar, cada nueve años, siete doncellas y siete mancebos para el pago del tributo exigido por el rey de Creta. Los jóvenes eran devorados por el Minotauro, que vivía en un laberinto al cual eran arrojadas sus potenciales víctimas y del que nadie había podido salir con vida, pues sus enrevesados vericuetos y caminos siempre llevaban, de modo indefectible, hasta la presencia del inexorable monstruo.
EXPEDICION CONTRA EL MINOTAURO
ERA la tercera remesa que se enviaba a Creta y entre los muchachos varones iba Teseo, que se había apuntado por propia voluntad y con el ánimo de acabar para siempre con el Minotauro y librar así a los suyos de tamaña vileza y crueldad. Llegado que hubieron a la isla que gobernaba Minos y, antes de ser introducidos en el laberinto para ser pasto del Minotauro, los jóvenes atenienses fueron recibidos por la población cretense. Allí conoció Teseo a una bella muchacha llamada Ariadna que resultó ser la hija del rey Minos. Ambos jóvenes se enamoraron mutuamente y Ariadna entregó a su amado un ovillo de hilo que le servirla, una vez cumplida su misión de dar muerte al Minotauro, para salir del intrincado laberinto. Teseo logró vencer al monstruo y halló la salida del laberinto siguiendo el hilo que había ido desmadejando Creta y Ariadna lo acompañó. Nadie pudo perseguirlos puesto que, previamente, el osado muchacho había hundido, y encallado, todas las naves cretenses que se encontraban arribadas en sus propios puertos. Mas muy poco duró el entendimiento entre ambos jóvenes pues, en cuanto llegaron a la isla de Naxos -que se encuentra a medio camino entre Creta y Atenas, aproximadamente-, el muchacho abandonó a Ariadna aprovechando que ésta se había dormido de cansancio. Los narradores clásicos pretenden dejar en buen lugar a Teseo y explican que no había querido presentarse en Atenas con Ariadna para no hacer sufrir a Egle, la hija de Panopeo, que estaba enamorada del héroe y era, al propio tiempo, correspondida por éste quien, antes de embarcarse y partir hacia Creta, la juró fidelidad. Otras versiones, en cambio, son más explícitas puesto que aparece en ellas el dios Dioniso/Baco que se enamora de Ariadna y la rapta, por lo que Teseo tuvo que seguir su viaje sin la compañía de la joven que tanto le había ayudado. Todavía harían un alto más en su camino los expedicionarios, antes de llegar a Atenas y, así, avistado que hubieron la pequeña isla de Delos, se dirigieron hacia ella y desembarcaron de sus naves para aprovisionarse de comida y agua. Cuentan las crónicas que Teso y sus compañeros iniciaron en aquel mismo lugar un baile cuyos pasos reproducían la estructura misma del laberinto siniestro de Creta. Desde entonces, los habitantes de la isla de Delos incorporaron a su folclor, como algo muy preciado, aquellos movimientos y aquella danza que, por primera vez, habían visto interpretar a los expedicionarios del Minotauro.
ASTUCIA DESMEDIDA
DE Pasífae se decía, además, que era muy celosa y que, como conociera a la perfección todas las especies de las plantas y toda clase de venenos, acababa con las amantes de su marido Minos de una forma un tanto sofisticada. Por ejemplo, cuando Pasífae tenía conocimiento de que su esposo había concertado una cita con alguna mujer, frotaba el cuerpo de éste con una planta que desprenda un olor peculiar y cuyo efecto más directo era servir de reclamo para las víboras, las cuales acudían de inmediato hasta el lugar en donde yacían los amantes y mordían a las acompañantes del rey Minos que, al momento, calan envenenadas. Otras versiones indican también que, Pasífae, sirviéndose de sortilegios diabólicos, hacía brotar serpientes del cuerpo de Minos, las cuales devoraban, al instante, a sus acompañantes.
Esta especie de maldición que se cernía sobre el rey de Creta acabó cuando llegó a la isla la hermosa Procris y fue acogida por Minos con inusitado cariño. Como agradecimiento al amor que la dispensaba su anfitrión, la nueva amante fabricó para él un brebaje que neutralizaba el olor y el poder de las plantas con que Pasífae refregaba su cuerpo y, al propio tiempo, toda dolencia cesaba y todo dolor era mitigado. Cuentan las crónicas que Procris terminó por abandonar la corte y la compañía del rey Minos, pues los celos que azuzaban a Pasífae aumentaban de día en día y su carácter se estaba haciendo insoportable. Como recuerdo de su estancia entre los cretenses se llevó un galgo que cazaba con tan singular maestra que ninguna pieza se le escapaba: también una lanza que siempre hacia blanco. Ambos regalos le fueron donados por el rey Minos, que siempre recordarla con nostalgia a la bella Procris. Esta regresó de nuevo Atenas y se reconcilió con los suyos, les ofreció valiosos presentes y les hizo entrega de los regalos que ella había recibido de Minos, es decir, del galgo y de la lanza. Según la tradición, Procris se había escondido tras unos matorrales para vigilar a su esposo, puesto que tenía ciertas dudas de su fidelidad hacia ella. Mas, éste, en cuanto oyó un ruido de ramas, y observó que se movían, pensó que allí se encontraba una pieza de caza valiosa y disparó la lanza que su esposa le había regalado, y que nunca fallaba. Entonces, Pocris, resultó herida de gravedad y poco después falleció. No obstante, los temores de Pocris respecto a si su marido le era infiel o no, carecían de fundamento pues, en realidad, lo que aquél iba a buscar cada mañana era la fresca brisa que traía la ”Aurora, de azafranado velo.
VICISITUDES DE TESEO
ANTES de que Teseo tuviera aún edad para iniciar un periplo de aventuras, se cuenta que el gran héroe Hércules/Heracles visitó la corte de Trecena. Como se despojara de su piel de león para mejor acomodarse en los asientos de palacio, todos los niños corrieron llenos de temor. Sólo Teseo, que a la sazón tenía siete años, dio pruebas de un valor inusitado pues, en vez de abandonar el lugar, arrebató el hacha de un centinela que montaba guardia y se lanzó contra lo que él pensaba era un león de verdad. Además, la enorme piedra bajo la cual había depositado su padre la espada y las sandalias fue movida de su sitio por Teseo cuando aún no había cumplido diecisiete años. También su afán por acudir hasta Atenas a través de intrincados y muchas veces peligrosos caminos, en vez de cruzar con relativa facilidad el plácido mar, ya indica un principio de osadía por su parte y una preferencia por lo difícil, como si quisiera medir sus posibilidades ante lo desconocido y ante el peligro. Y, así, llegado el día de su partida, se calzó las sandalias y se ciñó la espada -atributos que otrora le donara su padre para cuando llegara esta ocasión- y se encaminó hacia el lugar que consideraba su destino. Antes de atravesar el istmo de Corinto que, por lo demás, se caracterizaba por su peligrosidad y porque en sus aledaños se concentraban todos los ladrones, bandidos y criminales más famosos de la antigüedad, el joven Teseo ya se topó con su primer obstáculo. Según las narraciones tradicionales, salió indemne y victorioso de esta primera prueba y consiguió, por ello, cierto prestigio entre los habitantes de aquella comarca.
MAZA DE BRONCE
LOS narradores de mitos cuentan que, por aquella época, en cada encrucijada de caminos se apostaba un bandido presto a caer sobre sus víctimas y despojarlas de todo lo que llevaran encima. Tal era el caso del famoso ladrón Perifetes, que siempre llevaba con él una pesada maza de bronce con la que atacaba a los caminantes para robarles. Y puesto que era cojo se servía también de ella como eficaz muleta, merced a la cual huía con rapidez de sus perseguidores. Gracias a este curioso atributo era conocido, y muy temido, en toda la región como el bandido de la muleta de bronce. Con él se toparla el héroe Teseo y le vencerla en cruenta lucha; se quedarla con la maza de bronce como trofeo y, al mismo tiempo, como prueba de su victoria sobre tan criminal personaje. Los ciudadanos, que se vieron librados de un peligro tan grande, le ofrecieron a Teseo presentes varios pero, sobre todo, le aclamaron como héroe.
LAS ROCAS DE ESCIRON
EN otra ocasión, el héroe Teseo se adentró por la región montañosa de Megara y le acontecieron sucesos similares a los ya expuestos. Según la leyenda más difundida, aquí habitaba un curioso personaje que se abalanzaba sobre quienes osaran transitar por aquellos parajes. Se le conocía por el nombre de Escirón y permanecía apostado en un estrecho sendero -lugar de paso obligado para todos los caminantes- que bordeaba el mar. Cuantos por aquí atravesaban eran saqueados por el bandido y sometidos a toda una serie de vejaciones. Parece que Escirón se divertía con sus víctimas después de haberlas robado. Las obligaba a lavarle sus callosos pies y, cuando se encontraban enfrascadas en esta faena, de una patada las precipitaba en el mar y de las profundidades abisales de aquellas aguas surgía, según la leyenda, una gigantesca tortuga que las devoraba sin tardanza. Cuando llegó Teseo al siniestro sendero y le salió al paso Escirón, se enfrentó a él con arrojo y lo mató. Mas sus restos no fueron acogidos ni por la tierra ni por el mar y terminaron por endurecerse de tal modo que formaron las escarpadas rocas que, hasta nuestros días, se conocen por el nombre de “rocas escironias”
LECHOS DE HIERRO
TAMBIÉN protagonizó Teseo otra curiosa aventura en la que su oponente fue un personaje siniestro y asaz malévolo. Su nombre era Procusto y, al decir de los narradores tradicionales, era el más astuto de los bandidos de aquel tiempo. Sus métodos distaban de los hasta entonces conocidos; por ejemplo, convencía con halagos y zalameras palabras a los viajeros -sus potenciales víctimas- que atravesaban aquellos lugares, los invitaba a su mansión y los trataba con refinada corteza al principio, hasta que se confiaran. Pero una vez que se hallaban a su merced, y después de robarles todo cuanto llevaban consigo, les infligía horribles suplicios y torturas. Acostaba a sus víctimas en dos lechos de hierro, que había construido al efecto, y que tenían una extraña particularidad acorde a sus fines criminales. Uno de los lechos era más largo que el otro y Procusto, usando de su fuerza bruta, obligaba a los viajeros de alta estatura a acostarse en la cama corta. Como las piernas de éstos sobrepasaran la longitud del lecho de hierro, el protervo anfitrión se las cortaba de un hachazo. Y, al contrario, si su invitado era de baja estatura, el avieso criminal le obligaba a echarse en la cama más larga para, a continuación, tirar de la forma más atroz de todo su cuerpo, hasta conseguir que se igualara con la longitud del lecho de hierro. La leyenda cuenta que el héroe Teseo venció a tan nefasto verdugo, y le aplicó el mismo suplicio que Procusto imponla a sus desgraciadas víctimas.
EL MANANTIAL DE ALOPE
OTRO de los siniestros personajes con que se topó el héroe Teseo, al atravesar las tierras comprendidas entre la región de Eleusis y Megara, fue el temible bandido al que llamaban Cerción. Su brutalidad llegaba a tal extremo que, según explican las diversas narraciones, fue capaz hasta de matar a su bella hija Alope, porque ésta le había ocultado sus relaciones con el poderoso dios de las aguas. En el sitio donde murió su querida Alope, el dios Posidón hizo brotar un manantial de aguas cristalinas para que fuera recordada para toda la posteridad. Cerción era un experto gimnasta y un hábil luchador, y obligaba a sus víctimas a pelearse con él; nadie se podía negar y, consecuentemente, todos terminaban sufriendo graves mutilaciones y heridas que, muy a menudo, les producían la muerte. Teseo se enfrentó con Cerción y salió vencedor como otras muchas veces y, según la tradición, para que sirviera de escarmiento a otros bandidos de aquella región, le arrancó la vida. A continuación, el héroe tuvo que librar también una cruenta lucha con otro bandido de nombre Sinis. Este deambulaba siempre por los alrededores del istmo de Corinto y su propio nombre ya movía a temor a los caminantes. Sinis significaba “torcedor de pinos” y quienes calan en sus manos estaban condenados a soportar un terrible tormento ideado por el brutal criminal. En ocasiones, Sinis ataba a sus víctimas a la copa de un pino que él mismo mantenla curvado para, a continuación, soltar el árbol y lanzarlas a enormes distancias y destriparlas contra las montañas y las rocas. Cuentan las leyendas que Teseo se enfrentó a este siniestro personaje y lo venció, con lo que el istmo de Corinto se vio librado de un peligroso facineroso.
CECROPE
LA tradición clásica considera a Cécrope como el primer rey legendario del suelo ático. Su mítica existencia es avalada por los propios dioses del Olimpo cuando se disponen a consultarle, y a valorar su testimonio, antes de asignar la hegemonía del Ática que, como sabemos, correspondía Atenea. No obstante, existen otras versiones que difieren de lo hasta aquí expuesto y narran los hechos de distinta forma. Según esto, quien primero llegó a la región del Ática fue Posidón, el cual golpeó la tierra con su tridente e hizo manar abundante agua; a continuación la diosa Atenea plantó el primer olivo y lo regó. Pero los habitantes de la mítica región se interrogaban acerca de aquella maravilla que aparecía ante sus ojos, merced a la cual el nacimiento del primer olivo coincidía con el brote de una corriente de agua en árido lugar. Surgieron, aún, otras interpretaciones de tan memorables hechos. En este caso, la iniciativa parte del propio Cécrope, quien no acertaba a comprender -y eso que era hijo de la Madre Tierra, tal como podía colegirse de la propia forma de su cuerpo: mezcla de ser humano y serpiente- cuál era el verdadero significado de todo aquello. Y se dirigió hacia Delfos para consultar al oráculo. La respuesta que recibió fue esclarecedora por demás: “El olivo es símbolo de Atenea y el agua personifica a Posidón”, contestó el oráculo.
En consecuencia, a partir de ahora, los propios ciudadanos atenienses deberán elegir a una sola de las dos deidades como depositaria de su culto y como protectora de su ciudad. El resultado favorecerá obligatoriamente a una en detrimento de la otra, lo cual implicar determinadas consecuencias
LA IRA DE POSIDON
A tal efecto, se reunieron los hombres y mujeres de Atenas y, mientras los primeros votaron a favor de Posidón, las segundas se decantaron por Atenea. Cuentan las crónicas que, puesto que el número de mujeres era sensiblemente superior al de hombres, fue la diosa Atenea quien consiguió la hegemonía del Ática. En lo sucesivo, sólo ella sería objeto de culto Atenas y únicamente en su honor se erigirían nuevos templos. Pero las cosas no iban a quedar así puesto que Posidón, que extendía su poder sobre mares y océanos y gobernaba sus profundidades abisales, montó en cólera ante tan adverso resultado y decidió anegar de agua las tierras del Ática. De nuevo volvieron a reunirse los ciudadanos atenienses y, para calmar la ira de Posidón, acordaron llevar a cabo transformaciones legislativas sustanciales por mor de las cuales ya no podrían votar las mujeres -prohibición del voto a las mujeres-, y los niños deberían llevar únicamente el nombre de su progenitor -patria potestad de exclusiva competencia paterna.
Otras versiones, sin embargo, no dramatizan tanto los hechos hasta aquí expuestos, sino que explican que ambas deidades intentaron atraer hacia sí las simpatías de los ciudadanos atenienses y, para ello, les ofrecieron toda clase de presentes. Los más conocidos y valiosos fueron el olivo de Atenea y el manantial de agua de Posidón. Si en el Ática se decidió aceptar el ofrecimiento de la diosa y rechazar el del dios fue simplemente porque el manantial que Posidón había hecho surgir con su tridente era de agua salada, lo cual no satisfacía las necesidades de los ciudadanos de la acrópolis, por lo que prefirieron el presente de la diosa Atenea.
DESCENDIENTES DE CECROPE
LA tradición hace de Cécrope no sólo el primer rey del Ática, sino también el más idóneo de sus gobernantes. Este personaje legendario, del que se afirmaba que poseía dos naturalezas -una humana y otra animal- porque portaba entre sus atributos reales una cola de serpiente, se había casado con Aglaura -hija de Acteo, al que algunas tradiciones consideran primer soberano del Ática-, que le dio tres hijas y un hijo. Este último murió antes que su propio padre y no dejó descendencia. Por ello, historiadores como el prestigioso Estrabón señalan que Cécrope era, en realidad, uno de los doce soberanos que poblaban con sus gentes las vetustas tierras del Ática y que, en cuanto se vieron amenazados por otros pueblos -tales como los Carios, que venían por mar, y los Beocios, que intentaban penetrar desde tierra-, procedieron a unirse. Fue Cécrope quien distribuyó a todos los habitantes del Ática en doce ciudades y quien desarrolló la idea de amurallarlas. Más tarde, Teseo se encargarla de formar un único centro que resultarla de la fusión de los doce recintos creados por Cécrope al que se denominarla definitivamente Atenas.
Puesto que este mítico rey Cécrope se había casado con la hija de otro rey de una de las tribus de la región del Ática, no resultaba extraño que se hubiera impuesto sobre los demás, al ver aumentado su poder, y llegara así a constituirse en el primero de los ancestrales soberanos de aquellas tierras. Además, diferentes leyendas ensalzan la figura de Cécrope y lo presentan como inventor de la escritura y como el adalid de la abolición de los sacrificios cruentos.
EGEO
CON el tiempo hubo en la región del Ática otros personajes dignos de mención. Entre ellos destacaremos a Egeo -padre de Teseo-, cuya historia se halla envuelta en leyendas de diverso tipo. Se dice que había nacido en Megara, metrópolis situada entre Corinto y Atenas; su madre era hija del ilustre rey de Pilas y, en cuanto a su padre, había sido expulsado de la región del Ática por el tirano Metión y sus hijos. Pero, muerto éste, sus descendientes fueron derrotados y los vencedores se instalaron en los territorios conquistados; a Egeo le correspondió la región del Ática y como primera iniciativa se propuso introducir el culto a la diosa del amor,
Afrodita/Venus, en toda la región. Acaso procedió de tal modo porque, según cuentan las narraciones clásicas, Egeo se había casado por dos veces con la intención de dar un heredero a la Argólida. Mas, preocupado por no tener descendencia, se dirigió hasta Delfos para consultar el oráculo: fue tan oscura la respuesta de la sacerdotisa que oficiaba de “pitonisa” de Delfos que el propio Egeo abandonó aquel lugar como había ido, es decir, sin comprender nada. Entonces, decidió contarle sus preocupaciones al rey de la comarca Trecén, el soberano Piteo que le había ofrecido hospitalidad en el camino hacia el Ática.
Este interpretó el mensaje del oráculo de manera acertada y, con cierto tacto, conminó a su invitado para que yaciera con su bella a Etra. Ningún reparo puso Egeo al respecto, antes bien se sintió halagado por el padre y cautivado por los encantos de la hija y, en cuanto la ocasión fue propicia, los dos muchachos iniciaron el siempre joven y fresco juego del amor.
MENSAJE DESCIFRADO
DE la unión de ambos nacerla el héroe Teseo y, paradójicamente, las predicciones del oráculo quedarían cumplidas. Este había anunciado que Egeo “tendría descendencia con la primera mujer con que se uniese”. El mensaje había sido entendido en todos sus extremos por el rey Piteo que, enseguida, atisbó la posibilidad de una continuidad para su reino en la persona de sus posibles herederos. De aquí que se apresurara a presentar a su hija a aquel ilustre huésped. Para llevar a cabo sus planes llegó incluso, según algunas versiones de los hechos, a emborrachar a Egeo.
Al día siguiente, y poco antes de partir para su región, el viajero agradeció las atenciones de sus amables anfitriones y, al propio tiempo, recomendó a la bella Etra que si tenía un varón lo educara en la intimidad y, cuando ya hubiera crecido en fuerza y vigor, le mostrara el camino que llevaba al lugar en el que estaban depositados los atributos que le conducían hasta el conocimiento de su progenitor. Con todo esto, Egeo se estaba refiriendo a la leyenda de la pesada roca bajo la cual se encontraban la espada y las sandalias que, al llegar a la juventud, deberla ceñirse el valeroso Teseo -después de haber conseguido levantar la roca y probado, así, su fuerza- si quería saber quién fue el hombre que le engendró. La espada salvarla al muchacho de todos los peligros que le salieran al paso y, en tanto en cuanto la llevara consigo, nadie lograrla vencerle. También, mientras calzare sus sandalias, se distanciarla de cualquier enemigo y hallarla siempre el camino que le conducirla hasta la presencia de su padre.
UN EXTRANO ENTRE LOS SUYOS
HABÍA pasado mucho tiempo desde que sucedieran los acontecimientos que acabamos de narrar y Egeo vivía en la región del Ática, rodeado de su familia. Dice la leyenda que cuando Jasón expulsó de su casa a Medea, ésta se dirigió a la Argólida y pidió a Egeo que la acogiera bajo su protección y, a cambio, ella le proporcionarla descendencia Egeo la aceptó por esposa y, efectivamente, tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Medo. Y así vivían, en relativa armonía, hasta que cierto día se presentó en Atenas un extranjero que solicitó ser llevado ante la presencia del rey Egeo. Se trataba de su propio hijo Teseo quien, al instante, fue reconocido y aceptado en palacio, excepción hecha de Medea que no pudo ocultar su animadversión hacia el recién llegado. Cuentan los narradores clásicos que, en cierta ocasión, la malvada mujer había planeado con minuciosidad dar muerte a Teseo y que, al no conseguir sus propósitos, huyó de Atenas y de la ira de su soberano.
Por entonces, Egeo se hallaba acosado por sus sobrinos, que eran numerosos -se cree que en número de cincuenta- y recibían el nombre de “palántidas” porque eran hijos de Palante, hermano de Egeo. Entre todos se habían confabulado para derrocar del trono de Atenas a Egeo y ya estaban a punto de conseguirlo, cuando llegó Teseo; por ello, su presencia era muy clara cara para su padre Egeo, quien le expuso la gravedad de su situación en cuanto pudo quedar a solas con el valeroso muchacho. Este no lo dudó ni un instante y, al momento, hizo causa común con su progenitor. El arrojo y el valor de Teseo frustraron los planes de los “palántidas”, que resultaron derrotados y muertos en la lucha.
MAR DE LEYENDA
EL espíritu aventurero del joven Teseo y el amor que profesaba hacia su progenitor hicieron que, en lo sucesivo, ambos se prestaran ayuda mutua. Ocasiones no faltaban para ello, puesto que un sinfín de peligros acechaba al reino de Egeo, aparte de las numerosas envidias y celos que despertaba su persona entre algunos soberanos colindantes. Mencionaremos, al respecto, el brutal tributo que el rey de Creta había impuesto a los atenienses para resarcirse de la muerte accidental - aunque en Creta se decía que había sido provocada por Egeo- de su hijo Androgeo que, según la narración clásica, era uno de los atletas más destacados de la antigüedad. En un principio, los atenienses hicieron caso omiso de la brutal exigencia de Minos; sin embargo, como consultaran al oráculo para saber a qué atenerse y éste les respondiera que sus cosechas se agotarían, y que una sequía asolarla sus campos, si no satisfacían el capricho del rey de Creta, decidieron aceptar tan brutales imposiciones. En cuanto Teseo fue informado de semejantes hechos, consideró la pretensión de Minos como una burla hacia los ciudadanos atenienses y se propuso librarlos de tamaña carga y servidumbre. Estableció una contraseña con su progenitor en caso de que su aventura fuera coronada por el éxito. Si salía victorioso traerla desplegadas en su nave velas blancas y si, por el contrario, las velas que ondeaban al viento eran negras, ello indicarla que sus objetivos no se habían cumplido. Como ya Teseo regresara de su bien cumplida misión y su padre, Egeo, le esperara con ansia, sucedió que, debido a un fatal error, la nave traía desplegadas las velas negras. Enseguida Egeo interpretó que su querido hijo había fracasado en su empresa y, temiéndose lo peor, se arrojó al acantilado que se abría bajo sus pies y se precipitó a las profundidades abisales del mar. Nunca más se supo de él y cuenta la leyenda que a partir de entonces aquellas aguas reciben el nombre de “mar Egeo.”
SURGIDO DE LAS AGUAS
AUNQUE la muerte de su padre ensombreciera el triunfo de Teseo, la aventura de este héroe quedarla recogida en los anales de las narraciones míticas y se la conocerla, para siempre, como la “expedición contra el Minotauro”.
El Minotauro era un monstruo que tenía figura de toro y de hombre a un tiempo. Había nacido de la unión de Pasífae, esposa de Minos, y del toro que Posidón hiciera surgir de las aguas. Era tan bello el animal que el rey de Creta decidió no sacrificarlo. Este gesto benevolente le acarrearla consecuencias funestas pues su propia esposa -que tenía fama de hechicera y de conocedora de las artes adivinatorias y esotéricas- se enamorarla de tan hermoso ejemplar y conseguirla yacer con él utilizando, para ello, todo tipo de artimañas. El Minotauro fue engendrado, pues, en el vientre de la hechicera Pasífae y, a partir de aquí, una especial maldición recaerla sobre el pueblo ateniense que tenía que destinar, cada nueve años, siete doncellas y siete mancebos para el pago del tributo exigido por el rey de Creta. Los jóvenes eran devorados por el Minotauro, que vivía en un laberinto al cual eran arrojadas sus potenciales víctimas y del que nadie había podido salir con vida, pues sus enrevesados vericuetos y caminos siempre llevaban, de modo indefectible, hasta la presencia del inexorable monstruo.
EXPEDICION CONTRA EL MINOTAURO
ERA la tercera remesa que se enviaba a Creta y entre los muchachos varones iba Teseo, que se había apuntado por propia voluntad y con el ánimo de acabar para siempre con el Minotauro y librar así a los suyos de tamaña vileza y crueldad. Llegado que hubieron a la isla que gobernaba Minos y, antes de ser introducidos en el laberinto para ser pasto del Minotauro, los jóvenes atenienses fueron recibidos por la población cretense. Allí conoció Teseo a una bella muchacha llamada Ariadna que resultó ser la hija del rey Minos. Ambos jóvenes se enamoraron mutuamente y Ariadna entregó a su amado un ovillo de hilo que le servirla, una vez cumplida su misión de dar muerte al Minotauro, para salir del intrincado laberinto. Teseo logró vencer al monstruo y halló la salida del laberinto siguiendo el hilo que había ido desmadejando Creta y Ariadna lo acompañó. Nadie pudo perseguirlos puesto que, previamente, el osado muchacho había hundido, y encallado, todas las naves cretenses que se encontraban arribadas en sus propios puertos. Mas muy poco duró el entendimiento entre ambos jóvenes pues, en cuanto llegaron a la isla de Naxos -que se encuentra a medio camino entre Creta y Atenas, aproximadamente-, el muchacho abandonó a Ariadna aprovechando que ésta se había dormido de cansancio. Los narradores clásicos pretenden dejar en buen lugar a Teseo y explican que no había querido presentarse en Atenas con Ariadna para no hacer sufrir a Egle, la hija de Panopeo, que estaba enamorada del héroe y era, al propio tiempo, correspondida por éste quien, antes de embarcarse y partir hacia Creta, la juró fidelidad. Otras versiones, en cambio, son más explícitas puesto que aparece en ellas el dios Dioniso/Baco que se enamora de Ariadna y la rapta, por lo que Teseo tuvo que seguir su viaje sin la compañía de la joven que tanto le había ayudado. Todavía harían un alto más en su camino los expedicionarios, antes de llegar a Atenas y, así, avistado que hubieron la pequeña isla de Delos, se dirigieron hacia ella y desembarcaron de sus naves para aprovisionarse de comida y agua. Cuentan las crónicas que Teso y sus compañeros iniciaron en aquel mismo lugar un baile cuyos pasos reproducían la estructura misma del laberinto siniestro de Creta. Desde entonces, los habitantes de la isla de Delos incorporaron a su folclor, como algo muy preciado, aquellos movimientos y aquella danza que, por primera vez, habían visto interpretar a los expedicionarios del Minotauro.
ASTUCIA DESMEDIDA
DE Pasífae se decía, además, que era muy celosa y que, como conociera a la perfección todas las especies de las plantas y toda clase de venenos, acababa con las amantes de su marido Minos de una forma un tanto sofisticada. Por ejemplo, cuando Pasífae tenía conocimiento de que su esposo había concertado una cita con alguna mujer, frotaba el cuerpo de éste con una planta que desprenda un olor peculiar y cuyo efecto más directo era servir de reclamo para las víboras, las cuales acudían de inmediato hasta el lugar en donde yacían los amantes y mordían a las acompañantes del rey Minos que, al momento, calan envenenadas. Otras versiones indican también que, Pasífae, sirviéndose de sortilegios diabólicos, hacía brotar serpientes del cuerpo de Minos, las cuales devoraban, al instante, a sus acompañantes.
Esta especie de maldición que se cernía sobre el rey de Creta acabó cuando llegó a la isla la hermosa Procris y fue acogida por Minos con inusitado cariño. Como agradecimiento al amor que la dispensaba su anfitrión, la nueva amante fabricó para él un brebaje que neutralizaba el olor y el poder de las plantas con que Pasífae refregaba su cuerpo y, al propio tiempo, toda dolencia cesaba y todo dolor era mitigado. Cuentan las crónicas que Procris terminó por abandonar la corte y la compañía del rey Minos, pues los celos que azuzaban a Pasífae aumentaban de día en día y su carácter se estaba haciendo insoportable. Como recuerdo de su estancia entre los cretenses se llevó un galgo que cazaba con tan singular maestra que ninguna pieza se le escapaba: también una lanza que siempre hacia blanco. Ambos regalos le fueron donados por el rey Minos, que siempre recordarla con nostalgia a la bella Procris. Esta regresó de nuevo Atenas y se reconcilió con los suyos, les ofreció valiosos presentes y les hizo entrega de los regalos que ella había recibido de Minos, es decir, del galgo y de la lanza. Según la tradición, Procris se había escondido tras unos matorrales para vigilar a su esposo, puesto que tenía ciertas dudas de su fidelidad hacia ella. Mas, éste, en cuanto oyó un ruido de ramas, y observó que se movían, pensó que allí se encontraba una pieza de caza valiosa y disparó la lanza que su esposa le había regalado, y que nunca fallaba. Entonces, Pocris, resultó herida de gravedad y poco después falleció. No obstante, los temores de Pocris respecto a si su marido le era infiel o no, carecían de fundamento pues, en realidad, lo que aquél iba a buscar cada mañana era la fresca brisa que traía la ”Aurora, de azafranado velo.
VICISITUDES DE TESEO
ANTES de que Teseo tuviera aún edad para iniciar un periplo de aventuras, se cuenta que el gran héroe Hércules/Heracles visitó la corte de Trecena. Como se despojara de su piel de león para mejor acomodarse en los asientos de palacio, todos los niños corrieron llenos de temor. Sólo Teseo, que a la sazón tenía siete años, dio pruebas de un valor inusitado pues, en vez de abandonar el lugar, arrebató el hacha de un centinela que montaba guardia y se lanzó contra lo que él pensaba era un león de verdad. Además, la enorme piedra bajo la cual había depositado su padre la espada y las sandalias fue movida de su sitio por Teseo cuando aún no había cumplido diecisiete años. También su afán por acudir hasta Atenas a través de intrincados y muchas veces peligrosos caminos, en vez de cruzar con relativa facilidad el plácido mar, ya indica un principio de osadía por su parte y una preferencia por lo difícil, como si quisiera medir sus posibilidades ante lo desconocido y ante el peligro. Y, así, llegado el día de su partida, se calzó las sandalias y se ciñó la espada -atributos que otrora le donara su padre para cuando llegara esta ocasión- y se encaminó hacia el lugar que consideraba su destino. Antes de atravesar el istmo de Corinto que, por lo demás, se caracterizaba por su peligrosidad y porque en sus aledaños se concentraban todos los ladrones, bandidos y criminales más famosos de la antigüedad, el joven Teseo ya se topó con su primer obstáculo. Según las narraciones tradicionales, salió indemne y victorioso de esta primera prueba y consiguió, por ello, cierto prestigio entre los habitantes de aquella comarca.
MAZA DE BRONCE
LOS narradores de mitos cuentan que, por aquella época, en cada encrucijada de caminos se apostaba un bandido presto a caer sobre sus víctimas y despojarlas de todo lo que llevaran encima. Tal era el caso del famoso ladrón Perifetes, que siempre llevaba con él una pesada maza de bronce con la que atacaba a los caminantes para robarles. Y puesto que era cojo se servía también de ella como eficaz muleta, merced a la cual huía con rapidez de sus perseguidores. Gracias a este curioso atributo era conocido, y muy temido, en toda la región como el bandido de la muleta de bronce. Con él se toparla el héroe Teseo y le vencerla en cruenta lucha; se quedarla con la maza de bronce como trofeo y, al mismo tiempo, como prueba de su victoria sobre tan criminal personaje. Los ciudadanos, que se vieron librados de un peligro tan grande, le ofrecieron a Teseo presentes varios pero, sobre todo, le aclamaron como héroe.
LAS ROCAS DE ESCIRON
EN otra ocasión, el héroe Teseo se adentró por la región montañosa de Megara y le acontecieron sucesos similares a los ya expuestos. Según la leyenda más difundida, aquí habitaba un curioso personaje que se abalanzaba sobre quienes osaran transitar por aquellos parajes. Se le conocía por el nombre de Escirón y permanecía apostado en un estrecho sendero -lugar de paso obligado para todos los caminantes- que bordeaba el mar. Cuantos por aquí atravesaban eran saqueados por el bandido y sometidos a toda una serie de vejaciones. Parece que Escirón se divertía con sus víctimas después de haberlas robado. Las obligaba a lavarle sus callosos pies y, cuando se encontraban enfrascadas en esta faena, de una patada las precipitaba en el mar y de las profundidades abisales de aquellas aguas surgía, según la leyenda, una gigantesca tortuga que las devoraba sin tardanza. Cuando llegó Teseo al siniestro sendero y le salió al paso Escirón, se enfrentó a él con arrojo y lo mató. Mas sus restos no fueron acogidos ni por la tierra ni por el mar y terminaron por endurecerse de tal modo que formaron las escarpadas rocas que, hasta nuestros días, se conocen por el nombre de “rocas escironias”
LECHOS DE HIERRO
TAMBIÉN protagonizó Teseo otra curiosa aventura en la que su oponente fue un personaje siniestro y asaz malévolo. Su nombre era Procusto y, al decir de los narradores tradicionales, era el más astuto de los bandidos de aquel tiempo. Sus métodos distaban de los hasta entonces conocidos; por ejemplo, convencía con halagos y zalameras palabras a los viajeros -sus potenciales víctimas- que atravesaban aquellos lugares, los invitaba a su mansión y los trataba con refinada corteza al principio, hasta que se confiaran. Pero una vez que se hallaban a su merced, y después de robarles todo cuanto llevaban consigo, les infligía horribles suplicios y torturas. Acostaba a sus víctimas en dos lechos de hierro, que había construido al efecto, y que tenían una extraña particularidad acorde a sus fines criminales. Uno de los lechos era más largo que el otro y Procusto, usando de su fuerza bruta, obligaba a los viajeros de alta estatura a acostarse en la cama corta. Como las piernas de éstos sobrepasaran la longitud del lecho de hierro, el protervo anfitrión se las cortaba de un hachazo. Y, al contrario, si su invitado era de baja estatura, el avieso criminal le obligaba a echarse en la cama más larga para, a continuación, tirar de la forma más atroz de todo su cuerpo, hasta conseguir que se igualara con la longitud del lecho de hierro. La leyenda cuenta que el héroe Teseo venció a tan nefasto verdugo, y le aplicó el mismo suplicio que Procusto imponla a sus desgraciadas víctimas.
EL MANANTIAL DE ALOPE
OTRO de los siniestros personajes con que se topó el héroe Teseo, al atravesar las tierras comprendidas entre la región de Eleusis y Megara, fue el temible bandido al que llamaban Cerción. Su brutalidad llegaba a tal extremo que, según explican las diversas narraciones, fue capaz hasta de matar a su bella hija Alope, porque ésta le había ocultado sus relaciones con el poderoso dios de las aguas. En el sitio donde murió su querida Alope, el dios Posidón hizo brotar un manantial de aguas cristalinas para que fuera recordada para toda la posteridad. Cerción era un experto gimnasta y un hábil luchador, y obligaba a sus víctimas a pelearse con él; nadie se podía negar y, consecuentemente, todos terminaban sufriendo graves mutilaciones y heridas que, muy a menudo, les producían la muerte. Teseo se enfrentó con Cerción y salió vencedor como otras muchas veces y, según la tradición, para que sirviera de escarmiento a otros bandidos de aquella región, le arrancó la vida. A continuación, el héroe tuvo que librar también una cruenta lucha con otro bandido de nombre Sinis. Este deambulaba siempre por los alrededores del istmo de Corinto y su propio nombre ya movía a temor a los caminantes. Sinis significaba “torcedor de pinos” y quienes calan en sus manos estaban condenados a soportar un terrible tormento ideado por el brutal criminal. En ocasiones, Sinis ataba a sus víctimas a la copa de un pino que él mismo mantenla curvado para, a continuación, soltar el árbol y lanzarlas a enormes distancias y destriparlas contra las montañas y las rocas. Cuentan las leyendas que Teseo se enfrentó a este siniestro personaje y lo venció, con lo que el istmo de Corinto se vio librado de un peligroso facineroso.
Etiquetas:
Cecrope,
Egeo,
Mitología griega,
Mitos de Atenas,
Teseo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)