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miércoles, 6 de marzo de 2019

La sirena del bosque

El árbol llamado lupuna, uno de los más originalmente hermosos de la selva amazónica, “tiene madre”. Los indios selváticos dicen así del árbol al que creen poseído por un espíritu o habitado por un ser viviente. Disfrutan de tal privilegio los árboles bellos o raros.
La lupuna es uno de los más altos del bosque amazónico; tiene un ramaje gallardo y su tallo, de color gris plomizo, está guarnecido en la parte inferior por una especie de aletas triangulares. La lupuna despierta interés a primera vista, y en conjunto, al contemplarlo, produce una sensación de extraña belleza. Como “tiene madre”, los indios no cortan la lupuna. Las hachas y machetes de la tala abatirán porciones de bosque para levantar aldeas, o limpiar campos de siembra de yuca y plátanos, o abrir caminos. La lupuna quedará señoreando. Sobresaldrá en el bosque por su altura y particular conformación. Se hace ver.

Para los indios cocamas, la “madre” de la lupuna, el ser que habita dicho árbol, es una mujer blanca, rubia y singularmente hermosa. En las noches de luna, ella sube por el corazón del árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por la luz esplendente, y canta. Sobre el océano vegetal que forman las copas de los árboles, la hermosa dama derrama su voz clara y alta, singularmente melodiosa, llenando la solemne amplitud de la selva. Los hombres y animales que la escuchan, quedan como hechizados. El mismo bosque parece como aquietar sus ramas para oírla.

Los viejos cocamas previenen a los mozos contra el embrujo de tal voz. Quien la escuche, no debe ir hacia la mujer que la entona, porque no regresará nunca. Unos dicen que muere esperando alcanzar a la hermosa mujer y otros que ella lo convierte en árbol. Cualquiera que fuese su destino, ningún joven cocama que siguió a la voz fascinante, soñando con ganar a la bella, regresó jamás.
Es aquella mujer, que sale de la lupuna, la sirena del bosque. Lo mejor que puede hacerse es escuchar con recogimiento, en alguna noche de luna, su hermoso canto próximo y distante.

El barco fantasma

Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Está extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos¹ vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come. En Europa, el delfín es plato de reyes. En la selva amazónica, se los puede ver nadar en fila, por decenas, en ríos y lagunas, apareciendo y desapareciendo uno tras otro, tan rítmica como plácidamente, junto a las canoas de los pescadores. Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas. Diose el caso de que una muchacha, entretenida hasta la madrugada por su galán, vio con pavor que se convertía en bufeo. Pudo ocurrir también que el pez mismo fuera atraído por la hermosa hasta el punto en que se olvidó su condición. Corrientemente, esos visitantes suelen irse de las reuniones antes de que raye el alba. Sábese de su peculiaridad porque muchos los han seguido y vieron que, en vez de llegar a casa alguna, fuéronse al río y entraron a las aguas, recobrando su forma de peces.
El barco fantasma está, pues, tripulado por bufeos. Un indio del alto Ucayali vio a la misteriosa nave no hace mucho, según cuentan en Pucallpa y sus contornos. Sucedió que tal indígena, perteneciente a la tribu de los shipibos, estaba cruzando el río en una canoa cargada de plátanos, ya oscurecido. A medio río distinguió un pequeño barco que le pareció ser de los que acostumbradamente navegan por esas aguas. Llamáronlo desde el barco a voces, ofreciéndole compra de los plátanos, y como le daban buen precio vendió todo el cargamento. El barco era chato, el shipibo limitose a alcanzar los racimos y ni sospechó qué clase de nave era. Pero no bien había alejado a su canoa unas brazas, oyó que del interior del barco salía un gran rumor y luego vio con espanto que la armazón entera se inclinaba hacia delante y hundía, iluminando desde dentro las aguas, de modo que dejó una estela rojiza unos instantes, hasta que todo se confundió con la sombría profundidad. De ser barco igual que todos, los tripulantes se habrían arrojado al agua, tratando de salvarse del hundimiento. Ninguno lo hizo. Era el barco fantasma.
El indio shipibo, bogando a todo remo, llegó a la orilla del río y allí se fue derecho a su choza, metiéndose bajo su toldo. Por los plátanos le habían dado billetes y moneda dura. Al siguiente día, vio el producto del encantamiento. Los billetes eran pedazos de piel de anaconda y las monedas, escamas de pescado. La llegada de la noche habría de proporcionarle una sorpresa más. Los billetes y las monedas de plata, lo eran de nuevo. Así es que el shipibo estuvo pasando en los bares y bodegas de Pucallpa, durante varias noches, el dinero mágico procedente del barco fantasma.
Sale el barco desde las más hondas profundidades, de un mundo subacuático en el cual hay ciudades, gentes, toda una vida como la que se desenvuelve a flor de tierra. Salvo que esa es una existencia encantada. En el silencio de la noche, aguzando el oído, puede escucharse que algo resuena en el fondo de las aguas, como voces, como gritos, como campanas… 
1. Bufeo: delfín.

Leyenda de Tungurbao

Contemplo el Marañón, admirando su corriente poderosa, y pienso que el gran río podría hablarnos del Tungurbao. Veo el cerro Lluribe, apenas columbro su frente de roca perdida entre las nubes, y sé que también nos diría de Tungurbao. Esas piedras de Chacratok, con las cuales labró su casa, serían igualmente capaces de contarnos de Tungurbao. Las peñas, los árboles, los senderos, las yerbas, los aromas, cada grumo de la tierra, saben de Tungurbao. 

Las nubes que se levantan después de la lluvia, darían razón de Tungurbao, de veras. Lo mismo el cielo limpio, que es espejo de la tierra, y el sol que alumbra toda cosa. La oscuridad de la noche vio pasar a Tungurbao con sus ojos de negro pedernal. También la luna, dueña de la claridad que pelea con la sombra. El aire quieto o hecho viento llevó la música de la flauta de oro de Tungurbao. 

Los animales mansos y salvajes saben de Tungurbao a tal punto que digo salvajes por decir. Tungurbao los apacigua con su sola presencia. El puma cauteloso, el cóndor de alto volar, el oso de las quebradas, la víbora de salto traicionero, el colibrí posado en el aire y aún el insecto que es chispa o zumbido fugaz, eran amigos de Tungurbao. 

Todos los seres y las cosas de los cuales creemos que no hablan, podrían contarnos la historia de Tungurbao, de manera cierta y sabia. Pero no atinamos a entender cuanto dicen con sus rugidos, gritos, cantos y silbos, ruidos y rumores. Menos aún lo que dicen con su silencio. 

Para conocer la historia de Tungurbao, debemos atenernos, pues, a las palabras de los hombres, que no son siempre exactas ni prudentes. 

Es así como hay muchas historias de Tungurbao que los hombres repiten a pedazos y sin concierto. Unos creen que Tungurbao era un genio del bien y otros que del mal. Los más le llaman el hombre misterioso de Chacratok. Todos aceptan que era un extraño encantador. 

Oyendo contar de Tungurbao, cuando las gentes hablan por gusto, preguntando de propósito, quedándome en la ignorancia de mucho y conociendo hasta pasmarse o llorar, yo he logrado juntar hartas historias de TungurbaoQuien sabe, para contarlas enteras tanto como se pueda... 

En las noches así enlunadas crecen los pensamientos y la mente suele soltarse. Yo hablo de Tungurbao con el esmero del que rema en aguas torrentosas. 

Miren el sendero de oro que une la luna con el Marañón... El Lluribe se ha limpiado las nubes de la frente... Oigan cómo llega el viento y parla en los árboles... Si serán señales de Tungurbao... que él me ayude a contar... 

jueves, 14 de julio de 2016

Leyenda del ayaymama

Hace tiempo, mucho tiempo, vivía en las márgenes de un afluente del Napo —río que avanza selva adentro para desembocar en el Amazonas— la tribu secoya del cacique Coranke. Él tenía, como todos los indígenas, una cabaña de tallos de palmera techada con hojas de la misma planta. Allí estaba con su mujer, que se llamaba Nara, y su hijita. Bueno: que estaba es sólo un decir, pues Coranke, precisamente, casi nunca se encontraba en casa. Era un hombre fuerte y valiente que siempre andaba por el riñón del bosque en los trajines de la caza y la guerra. Donde ponía el ojo clavaba la flecha y esgrimía con inigualada potencia el garrote de madera dura como la piedra. Patos silvestres, tapires y venados caían con el cuerpo traspasado y más de un jaguar que trató de saltarle sorpresivamente rodó por el suelo con el cráneo aplastado de un mazazo. Los indios enemigos le huían.

  Nara era tan bella y hacendosa como Coranke fuerte y valiente. Sus ojos tenían la profundidad de los ríos, en su boca brillaba el rojo encendido de los frutos maduros, su cabellera lucía la negrura del ala del paujil y su piel la suavidad de la madera del cedro. Y sabía hacer túnicas y mantas de hilo de algodón, y trenzar hamacas con la fibra de la palmera shambira, que es muy elástica, y modelar ollas y cántaros de arcilla, y cultivar una chacra —próxima a su cabaña— donde prosperaban el maíz, la yuca y el plátano.

  La hijita, muy pequeña aún, crecía con el vigor de Coranke y la belleza de Nara, y era como una hermosa flor de la selva.

  Pero he allí que el Chullachaqui se había de entrometer. Es el genio malo de la selva, con figura de hombre, pero que se diferencia en que tiene un pie humano y una pata de cabra o de venado. No hay ser más perverso. Es el azote de los indígenas y también de los trabajadores blancos que van al bosque a cortar caoba o cedro, o a cazar lagartos y anacondas para aprovechar la piel, o a extraer el caucho del árbol del mismo nombre. El Chullachaqui los ahoga en lagunas o ríos, los extravía en la intrincada inmensidad de la floresta o los ataca por medio de las fieras. Es malo cruzarse en su camino, pero resulta peor que él se cruce en el de uno.

  Cierto día, el Chullachaqui pasó por las inmediaciones de la cabaña del cacique y distinguió a Nara. Verla y quedarse enamorado de ella fue todo uno. Y como puede tomar la forma del animal que se le antoja, se transformaba algunas veces en pájaro y otras en insecto para estar cerca de ella y contemplarla a su gusto sin que se alarmara.

  Mas pronto se cansó y quiso llevarse consigo a Nara. Se internó entonces en la espesura, recuperó su forma y, para no presentarse desnudo, consiguió cubrirse matando a un pobre indio que estaba por allí de caza y robándole la túnica,que era larga y le ocultaba la pata de venado. Así disfrazado, se dirigió al río y cogió la canoa que un niño, a quien sus padres ordenaron recoger algunas plantas medicinales, había dejado a la orilla. Tan malo como es, no le importó la vida del indio ni tampoco la del niño, que se iba a quedar en el bosque sin poder volver. Fue bogando hasta llegar a la casa del cacique, que estaba en una de las riberas.

  —Nara, hermosa Nara, mujer del cacique Coranke —dijo mientras arribaba—, soy un viajero hambriento. Dame de comer…

  La hermosa Nara le sirvió, en la mitad de una calabaza, yucas y choclos cocidos y también plátanos. Sentado a la puerta de la cabaña, comió lentamente el Chullachaqui, mirando a Nara, y después dijo:

  —Hermosa Nara, no soy un viajero hambriento, como has podido creer, y he venido únicamente por ti. Adoro tu belleza y no puedo vivir lejos de ella. Ven conmigo…

  Nara le respondió:

  —No puedo dejar al cacique Coranke…

  Y entonces el Chullachaqui se puso a rogar y a llorar, a llorar y a rogar para que Nara se fuera con él.

  —No dejaré al cacique Coranke —dijo por último Nara.

  El Chullachaqui fue hacia la canoa, muy triste, muy triste, subió a ella y se perdió en la lejanía bogando río abajo.

  Nara se fijó en el rastro que el visitante había dejado al caminar por la arena de la ribera y al advertir una huella de hombre y otra de venado, exclamó: «¡Es el Chullachaqui!». Pero calló el hecho al cacique Coranke, cuando éste volvió de sus correrías, para evitar que se expusiera a las iras del Malo. Y pasaron seis meses y al caer la tarde del último día de los seis meses, un potentado atracó su gran canoa frente a la cabaña. Vestía una rica túnica y se adornaba la cabeza con vistosas plumas y el cuello con grandes collares.

  —Nara, hermosa Nara —dijo saliendo a tierra y mostrando mil regalos—, ya verás por esto que soy poderoso. Tengo la selva a mi merced. Ven conmigo y todo será tuyo.

  Y estaban ante él todas las más bellas flores del bosque, y todos los más dulces frutos del bosque, y todos los más hermosos objetos —mantas, vasijas, hamacas, túnicas, collares de dientes y semillas— que fabrican todas las tribus del bosque. En una mano del Chullachaqui se posaba un guacamayo blanco y en la otra un paujil del color de la noche.

  —Veo y sé que eres poderoso —respondió Nara, después de echar un vistazo a la huella, que confirmó sus sospechas—, pero por nada del mundo dejaré al cacique Coranke…
Entonces el Chullachaqui dio un grito y salió la anaconda del río, y dio otro grito y salió el jaguar del bosque. Y la anaconda enroscó su enorme y elástico cuerpo a un lado y el jaguar enarcó su lomo felino al otro.

  —¿Ves ahora? —dijo el Chullachaqui—, mando en toda la selva y los animales de la selva. Te haré morir si no vienes conmigo.

  —No me importa —respondió Nara.

  —Haré morir al cacique Coranke —replicó el Chullachaqui.

  —Él preferirá morir —insistió Nara.

  Entonces el Malo pensó un momento y dijo:

  —Podría llevarte a la fuerza, pero no quiero que vivas triste conmigo, pues eso sería desagradable. Retornaré, como ahora, dentro de seis meses y si rehúsas acompañarme te daré el más duro castigo…

  Volvió la anaconda al río y el jaguar al bosque y el Chullachaqui a la canoa, llevando todos sus regalos, muy triste, muy triste subió a ella y se perdió otra vez en la lejanía bogando río abajo.

  Cuando Coranke retornó de la cacería, Nara le refirió todo, pues era imprescindible que lo hiciera, y el cacique resolvió quedarse en su casa para el tiempo en que el Chullachaqui ofreció regresar, a fin de defender a Nara y su hija.

  Así lo hizo. Coranke templó su arco con nueva cuerda, aguzó mucho las flechas y estuvo rondando por los contornos de la cabaña todos esos días. Y una tarde en que Nara se hallaba en la chacra de maíz, se le presentó de improviso el Chullachaqui.

  —Ven conmigo —le dijo—, es la última vez que te lo pido. Si no vienes, convertiré a tu hija en un pájaro que se quejará eternamente en el bosque y será tan arisco que nadie podrá verlo, pues el día en que sea visto, el maleficio acabará, tornando a ser humana… Ven, ven conmigo, te lo pido por última vez, si no…

  Pero Nara, sobreponiéndose a la impresión que la amenaza le produjo, en vez de ir con él se puso a llamar:

  —Coranke, Coranke…

  El cacique llegó rápidamente con el arco en tensión y lista la buida flecha para atravesar el pecho del Chullachaqui, pero éste ya había huido desapareciendo en la espesura.

  Corrieron los padres hacia el lugar donde dormía su hijita y encontraron la hamaca vacía. Y desde la rumorosa verdura de la selva les llegó por primera vez el doliente alarido: «Ay, ay, mamá», que dio nombre al ave hechizada.

Nara y Coranke envejecieron pronto y murieron de pena oyendo la voz transida de la hijita, convertida en un arisco pájaro inalcanzable aun con la mirada.

  El ayaymama ha seguido cantando, sobre todo en las noches de luna, y los hombres del bosque acechan siempre la espesura con la esperanza de liberar a ese desgraciado ser humano. Y es bien triste que nadie haya logrado verlo todavía…

Los rivales y el juez

Un sapo estaba muy ufano de su voz y toda la noche se la pasaba cantando: toc, toc, toc… y una cigarra estaba más ufana de su voz y se pasaba toda la noche y también todo el día cantando: chirr, chirr, chirr… Una vez se encontraron y el sapo le dijo: «Mi voz es mejor». Y la cigarra le contestó: «La mía es mejor». Se armó una discusión que no tenía cuándo acabar. El sapo decía que él cantaba toda la noche. La cigarra decía que ella cantaba día y noche. El sapo decía que su voz se oía a más distancia y la cigarra decía que su voz se oía siempre. Se pusieron a cantar alternándose: toc, toc, toc…; chirr, chirr, chirr… y ninguno se convencía. Y el sapo dijo: «Por aquí, a la orilla de la laguna, se para una garza. Vamos a que haga de juez». Y la cigarra dijo: «Vamos». Saltaron y saltaron hasta que vieron a la garza. Era parda y estaba parada en una pata, mirando el agua. «Garza, ¿sabes cantar?», gritó la cigarra. «Sí sé», respondió la garza echándoles una ojeada. «A ver, canta, queremos oír cómo lo haces para nombrarte juez», dijo el sapo. La garza tenía sus intenciones y respondió: «¿Y quiénes son ustedes para pedirme prueba? Mi canto es muy fino, despreciables gritones. Si quieren, aprovechen mi justicia; si no, sigan su camino». Y con gesto aburrido estiró la otra pata. «Cierto —dijo el sapo—, nosotros no tenemos por qué juzgar a nuestro juez». Y la cigarra gritó: «Garza, queremos únicamente que nos digas cuál de nosotros dos canta mejor». La garza respondió: «Entonces acérquense para oírlos bien». El sapo dijo a la cigarra: «Quién sabe nos convendría más no acercarnos y dar por terminado el asunto». Pero la cigarra estaba convencida de que iba a ganar y, dominada por la vanidad, dijo: «Vamos, tu voz es más fea y ahora temes perder». El sapo tuvo cólera y contestó: «Ahora oirás lo que es canto». Y a grandes saltos se acercó a la garza seguido de la cigarra. La garza volteó y ordenó al sapo: «Canta ahora». El sapo se puso a cantar, indiferente a todo, seguro del triunfo y mientras tanto la garza se comió a la cigarra. Cuando el sapo terminó, dijo la garza: «Ahora, seguirá la discusión en mi buche», y también se lo comió. Y la garza, satisfecha de su acción, encogió una pata y siguió mirando tranquilamente el agua.

La Madre de las Enfermedades

Se llama Unguymaman, o sea, Madre de las Enfermedades. Vive en las aguas profundas y sale a la superficie en las noches oscuras, tempestuosas o lluviosas, para hacer el mal.

  Va dando voces desde el agua, por ríos, quebradas, lagos y lagunas. Da voces cuando ve lanchas, balsas y canoas, o también casas en las orillas. Con la entonación del grito del sapo y algo más, llama: «¡Uf!», «¡uf!»… Puede también que su voz parezca el aullido del viento, o el de algún otro animal, y hasta la llamada confusa de un ser humano. Si sale a tierra, la Unguymaman llama de casa en casa, sin tocar la puerta, con la misma voz. Es una voz a la que se puede reconocer por su tono lúgubre y aleve.

  Cualquier persona que escuche a la Unguymaman, hombre, mujer o niño, no debe contestar. Si responde, la Unguymaman le dará la enfermedad. No hay que contestarle con una sola palabra ni con nada. La persona que necesite de nosotros, debe tocar a la puerta o llamarnos hablando, para reconocerla debidamente. Sólo en tales casos se contestará.

  De la Unguymaman se sabe únicamente que es un ser maligno, cuya forma nadie ha llegado a precisar. ¿Quién podría verla durante esas noches lóbregas en que abandona su habitual morada y sale en busca de sus víctimas? Para hacer daño bástale la voz, pero a condición de que se le conteste.

La sirena del bosque

El árbol llamado lupuna, uno de los más originalmente hermosos de la selva amazónica, «tiene madre». Los indios selváticos dicen así del árbol al que creen poseído por un espíritu o habitado por un ser viviente. Disfrutan de tal privilegio los árboles bellos o raros. La lupuna es uno de los más altos del bosque amazónico, tiene un ramaje gallardo y su tallo, de color gris plomizo, está guarnecido en la parte inferior por una especie de aletas triangulares. La lupuna despierta interés a primera vista y en conjunto, al contemplarlo, produce una sensación de extraña belleza. Como «tiene madre», los indios no cortan a la lupuna. Las hachas y machetes de la tala abatirán porciones de bosque para levantar aldeas, o limpiar campos de siembra de yuca y plátanos, o abrir caminos. La lupuna quedará señoreando. Y de todos modos, así no hay roza, sobresaldrá en el bosque por su altura y particular conformación. Se hace ver.

  Para los indios cocamas, la «madre» de la lupuna, el ser que habita dicho árbol, es una mujer blanca, rubia y singularmente hermosa. En las noches de luna, ella sube por el corazón del árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por la luz esplendente, y canta. Sobre el océano vegetal que forman las copas de los árboles, la hermosa derrama su voz clara y alta, singularmente melodiosa, llenando la solemne amplitud de la selva. Los hombres y los animales que la escuchan quedan como hechizados. El mismo bosque parece aquietar sus ramas para oírla.

  Los viejos cocamas previenen a los mozos contra el embrujo de tal voz. Quien la escuche, no debe ir hacia la mujer que la entona, porque no regresará nunca. Unos dicen que muere esperando alcanzar a la hermosa y otros que ella lo convierte en árbol. Cualquiera que fuese su destino, ningún joven cocama que siguió a la voz fascinante, soñando con ganar a la bella, regresó jamás.

  Es aquella mujer, que sale de la lupuna, la sirena del bosque. Lo mejor que puede hacerse es escuchar con recogimiento, en alguna noche de luna, su hermoso canto próximo y distante.

El barco fantasma

Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Está extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come. En Europa, el delfín es plato de reyes. En la selva amazónica, se los puede ver nadar en fila, por decenas, en ríos y lagunas, apareciendo y desapareciendo uno tras otro, tan rítmica como plácidamente, junto a las canoas de los pescadores. Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas. Diose el caso de que una muchacha, entretenida hasta la madrugada por su galán, vio con pavor que se convertía en bufeo. Pudo ocurrir también que el pez mismo fuera atraído por la hermosa hasta el punto en que se olvidó su condición. Corrientemente, esos visitantes suelen irse de las reuniones antes de que raye el alba. Sábese de su peculiaridad porque muchos los han seguido y vieron que, en vez de llegar a casa alguna, fuéronse al río y entraron a las aguas, recobrando su forma de peces.

  El barco fantasma está, pues, tripulado por bufeos. Un indio del alto Ucayali vio a la misteriosa nave no hace mucho, según cuentan en Pucallpa y sus contornos. Sucedió que tal indígena, perteneciente a la tribu de los shipibos, estaba cruzando el río en una canoa cargada de plátanos, ya oscurecido. A medio río distinguió un pequeño barco que le pareció ser de los que acostumbradamente navegan por esas aguas. Llamáronlo desde el barco a voces, ofreciéndole compra de los plátanos y como le daban buen precio, vendió todo el cargamento. El barco era chato, el shipibo limitose a alcanzar los racimos y ni sospechó qué clase de nave era. Pero no bien había alejado a su canoa unas brazas, oyó que del interior del barco salía un gran rumor y luego vio con espanto que la armazón entera se inclinaba hacia delante y hundía, iluminando desde dentro las aguas, de modo que dejó una estela rojiza unos instantes, hasta que todo se confundió con la sombría profundidad. De ser barco igual que todos, los tripulantes se habrían arrojado al agua, tratando de salvarse del hundimiento. Ninguno lo hizo. Era el barco fantasma.

  El indio shipibo, bogando a todo remo, llegó a la orilla del río y allí se fue derecho a su choza, metiéndose bajo su toldo. Por los plátanos le habían dado billetes y moneda dura. Al siguiente día, vio el producto del encantamiento. Los billetes eran pedazos de piel de anaconda y las monedas, escamas de pescado.

La llegada de la noche habría de proporcionarle una sorpresa más. Los billetes y las monedas de plata, lo eran de nuevo. Así es que el shipibo estuvo pasando en los bares y bodegas de Pucallpa, durante varias noches, el dinero mágico procedente del barco fantasma.

  Sale el barco desde las más hondas profundidades, de un mundo subacuático en el cual hay ciudades, gentes, toda una vida como la que se desenvuelve a flor de tierra. Salvo que ésa es una existencia encantada. En el silencio de la noche, aguzando el oído, puede escucharse que algo resuena en el fondo de las aguas, como voces, como gritos, como campanas…

Panki y el guerrero

Fue cuando el pueblo aguaruna supo de veras lo que es muerte. Allá lejos, en esa laguna de aguas negras que no tiene caño de entrada ni de salida y está rodeada de alto bosque, vivía en tiempos viejos una enorme panki. Da miedo tal laguna sombría y sola, cuya oscuridad apenas refleja los árboles, pero más temor infundía cuando aquella panki, tan descomunal como otra no se ha visto, aguaitaba desde allí. Claro que los aguarunas enfrentamos debidamente a las boas de agua, llamadas por los blancos leídos anacondas. Sabemos disparar la lanza y clavarla en media frente. Si hay que trabarse en lucha, resistiendo la presión de unos anillos que amasan carnes y huesos, las mordemos como tigres o las cegamos como hombres, hundiéndoles los dedos en los ojos. Las boas huyen al sentir los dientes en la piel o caer aterradamente en la sombra. Con cerbatana, les metemos virotes envenenados y quedan tiesas. El arpón es arma igualmente buena. De muchos modos más, los aguarunas solemos vencer a las pankis. Pero en aquella laguna de aguas negras, misteriosa hasta hoy, apareció una panki que tenía realmente amedrentado al pueblo aguaruna. Era inmensa y dicen que casi llenaba la laguna, con medio cuerpo recostado en el fondo legamoso y el resto erguido, hasta lograr que asomara la cabeza. Sobre el perfil del agua, en la manchada cabeza gris, los ojos brillaban como dos pedruscos pulidos. Si cerrada, la boca oval semejaba la concha de una tortuga gigantesca; si abierta, se ahondaba negreando. Cuando la tal panki resoplaba, oíase el rumor a gran distancia. Al moverse, agitaba las aguas como un río súbito. Reptando por el bosque, era como si avanzara una tormenta. Los asustados animales no osaban ni moverse y la panki los engullía a montones. Parecía pez del aire.

  Al principio, los hombres imaginaron defenderse. Los virotes envenenados con curare, las lanzas y arpones fuertemente arrojados, de nada servían. La piel reluciente de panki era también gruesa y los dardos valían como el isango, esa nigua mínima del bosque, y las lanzas y arpones quedaban como menudas espinas en la abultada bestia. Ni pensar en lucha cuerpo a cuerpo. La maldita panki era demasiado poderosa y engullía a los hombres tan fácilmente como a los animales. Así fue como los aguarunas no podían siquiera pelear. Los solos ojos fijos de panki paralizaban a una aldea y era aparentemente invencible. Después de sus correrías, tornaba a la laguna y allí estábase, durante días, sin que nadie osara ir apenas a columbrarla. Era una amenaza escondida en esa laguna escondida. Todo el bosque temía el abrazo de panki. Los mismos árboles recelaban de la implacable panki.

  Habiendo asolado una ancha porción de selva, debía llegar de seguro a cierta aldea aguaruna donde vivía un guerrero llamado Yacuma. Este memorable hombre del bosque era tan fuerte y valiente como astuto. Diestro en el manejo de todas las armas, ni hombres ni animales lo habían vencido nunca. Siempre lucía la cabeza de un enemigo, reducida según los ritos, colgando sobre su altivo pecho. El guerrero Yacuma resolvió ir al encuentro de la serpiente, pero no de simple manera. Coció una especie de olla, en la que metió la cabeza y parte del cuerpo, y dos cubos más pequeños en los que introdujo los brazos. La arcilla había sido mezclada con ceniza de árbol para que adquiriera una dureza mayor forrada en cuero. Protegido, disfrazado y armado así, Yacuma avanzó entre el bosque y llegó a orillas de la laguna. Resueltamente entró al agua mientras, no muy lejos, en la chata cabezota acechante, brillaban los ojos ávidos de la fiera panki. La serpiente no habría de vacilar. Sea porque le molestara que alguien llegase a turbar su tranquilidad, porque tuviese ya hambre o por natural costumbre, distendiese hasta Yacuma y abriendo las fauces, lo engulló. La protección ideada hizo que, una vez devorado, Yacuma llegara sin sufrir mayor daño hasta donde palpitaba el corazón de la serpiente. Entonces, quitose las ollas de greda y ceniza, desnudó su cuchillo y comenzó a dar recios tajos al batiente corazón. Era tan grande y sonoro como un maguaré. Mientras tanto, panki se revolvía de dolor, contorsionándose y dando tremendos coletazos. La laguna parecía un hervor de anillos. Aunque el turbión de sangre y entrañas revueltas lo tenía casi ahogado, Yacuma acuchilló hasta destrozar el corazón de la sañuda panki. La sierpe cedió, no sin trabajo, porque las pankis mueren lentamente y más ésa. Sintiéndola ya inerte, Yacuma abrió un boquete por entre las costillas, salió como una flecha sangrienta y alcanzó la orilla a nado. No pudo sobrevivir muchos días. Los líquidos de la boa de agua le rajaron las carnes y acabó desangrado. Y así fue como murió la más grande y feroz panki y el mejor guerrero aguaruna también murió, pero después de haberla vencido.

  Todo esto ocurrió hace mucho tiempo, nadie sabe cuánto. Las lunas no son suficientes para medir la antigüedad de tal historia. Tampoco las crecientes de los ríos ni la memoria de los viejos que conocieron a otros más viejos. Cuando algún aguaruna llega al borde de la laguna sombría, si quiere da voces, tira arpones y observa. Las prietas aguas siguen quietas. Una panki, como la muerta por el guerrero Yacuma, no ha surgido más

Leyenda de Tungurbao

Contemplo el Marañón, admirando su corriente poderosa, y pienso que el gran río podría hablarnos de Tungurbao. Veo el cerro Lluribe, apenas columbro su frente de roca perdida entre las nubes, y sé que también nos diría de Tungurbao. Esas piedras de Chacratok, con las cuales labró su casa, serían igualmente capaces de contarnos de Tungurbao. Las peñas, los árboles, los senderos, las yerbas, los aromas, cada grumo de la tierra, saben de Tungurbao.

  Las nubes que se levantan después de la lluvia darían razón de Tungurbao, de veras. Lo mismo el cielo limpio, que es espejo de la tierra, y el sol que alumbra toda cosa. La oscuridad de la noche vio pasar a Tungurbao con sus ojos de negro pedernal. También la luna, dueña de la claridad que pelea con la sombra. El aire quieto o hecho viento llevó la música de la flauta de oro de Tungurbao.

  Los animales mansos y salvajes saben de Tungurbao a tal punto que digo salvajes por decir.

  Tungurbao los apacigua con su sola presencia. El puma cauteloso, el cóndor de alto volar, el oso de las quebradas, la víbora de salto traicionero, el colibrí posado en el aire y aun el insecto que es chispa o zumbido fugaz, eran amigos de Tungurbao.

  Todos los seres y las cosas, de los cuales creemos que no hablan, podrían contarnos la historia de Tungurbao, de manera cierta y sabia. Pero no atinamos a entender cuanto dicen con sus rugidos, gritos, cantos y silbos, ruidos y rumores. Menos aún lo que dicen con su silencio.

  Para conocer la historia de Tungurbao, debemos atenernos, pues, a las palabras de los hombres, que no son siempre exactas ni prudentes.

  Es así como hay muchas historias de Tungurbao que los hombres repiten a pedazos y sin concierto. Unos creen que Tungurbao era un genio del bien y otros que del mal. Los más le llaman el hombre misterioso de Chacratok. Todos aceptan que era un extraño encantador.

  Oyendo contar de Tungurbao, cuando las gentes hablan por gusto, preguntando de propósito, quedándome en la ignorancia de mucho y conociendo hasta pasmarme o llorar, yo he logrado juntar hartas historias de Tungurbao. Quién sabe, para contarlas enteras tanto como se pueda…

  En noches así enlunadas crecen los pensamientos y la mente suele soltarse. Yo hablo de Tungurbao con el esmero del que rema en aguas torrentosas.

  Miren el sendero de oro que une la luna al Marañón… El Lluribe se ha limpiado las nubes de la frente… Oigan cómo llega el viento y parla en los árboles… Si serán señales de Tungurbao… que él me ayude a contar…