sábado, 31 de marzo de 2018

El secreto del Samuchu

Hace algún tiempo conocí a don Ramiro. Todavía llevaba bombachas y botas,
como las que usa la gente del campo en el Paraguay. A don Ramiro le gustaba
entretener a los amigos con sus cuentos. Cuando pasaba el mate de boca en
boca y cada uno tomaba un sorbito de agüita por la caña de plata, don Ramiro
comenzaba a hablar sin que nadie se lo hubiera pedido.
«De joven», empezó don Ramiro, «lo que más me gustaba era perderme en la
selva que se extiende entre los ríos Paraguay y Paraná. Llevaba mi escopeta y
mis anzuelos y jamás me faltó comida.
»Una tarde de diciembre, caliente y sofocante, decidí dedicarme a la pesca.
Estaba cerca del Paraná, que lleva sus aguas verdes hacia el Sur, aguas que
casi no ven el Sol, porque los árboles y las enredaderas no lo dejan penetrar.
La selva estaba silenciosa. Ya no se oían ni se veían los pájaros de vistoso
plumaje. Encontré un pequeño claro en la selva donde crecían orquídeas y un
samuchú. El árbol competía en belleza con las flores que había a su alrededor.
Me senté, dejé caer mi anzuelo al agua y enseguida se hundió. Saqué el primer
pez. ¡Qué bonito era! Sus escamas brillaban y daban visos de muchos colores.
Nunca había visto uno igual. Volví a sumergir el anzuelo y no tardó en picar el
otro. Y así pesqué más y más, hasta que me cansé. Hacía calor. Brillaban los
rayos del Sol, que estaba por ponerse, y los peces que estaban a mi lado; el
olor de las flores me adormecía.
»Creo que me dormí, o por lo menos empecé a soñar. Vi que el tronco del
samuchú se abría ante mis ojos y que de él salía una hermosa muchacha, que
se sentó a mi lado y colocó mi cabeza sobre su falda. Sonriéndome, me pasó
las manos por la frente, y me quitó el cansancio y el calor.
-Dime quién eres -le dije.
-¿Cómo? ¿No viste mi albergue de color bermejo? Soy Samuchú, la que cuida
los árboles de mi nombre, la que los hace crecer, la que ama a todos los
animales que viven a su alrededor -contestó-. He llamado a los peces y te he
llamado a ti, porque cada cien años me permiten salir de mis árboles para que
le revele mi historia a un hombre. Lo escojo bien, porque quiero que me
entienda, que oiga mi historia con asombro y luego se la cuente a otros, para
que se respeten mis árboles en la selva y no se tumben sin necesidad.
»Y dirigiéndose a los peces, les dijo:
-Ayúdenme a contar mi historia.
»La muchacha había hablado en guaraní, el idioma de los habitantes de la
selva, y en ese mismo idioma empezaron a charlar los hombres en que se
habían convertido los peces que había yo sacado del agua.
»Detrás de ellos vi unos toldos y escuché el sonido de tambores.
-¿Quién se ganará a la bella Samuchú como esposa? --dijeron-. Será difícil
conquistarla y satisfacer los deseos de su gran padre, nuestro jefe.
»De pronto, el sonido de unas flautas se mezcló con el clamor de los tambores
y apareció el jefe, el gran Augbaí, llevando de su mano a una muchacha. Todos
guardaron silencio y también la música se silenció, cuando el jefe empezó a
hablar:
-Esta es mi hija Samuchú. Ha llegado el momento de que tome esposo. Ella es
la última de los Augbaí, familia que por tanto tiempo gobernó el país de los
guaraníes. Su esposo debe ser digno ante Tupá, nuestro dios y señor/ para
que pueda gobernar a nuestro pueblo. Demos comienzo a las competencias
entre los jóvenes que quieren someterse a las pruebas previstas.
»Samuchú inclinó la cabeza y se sentó en una butaca al lado de su padre para
presenciar la lucha de los guerreros, quienes nadaron, corrieron, saltaron y
compitieron con arco y flecha, hasta que Samuchú alzó la mano y todo
desapareció delante de mis ojos.
»A mi lado estaba ella, sonriendo como en aquella escena que acababa de ver,
y volviéndose hacia mí, explicó:
-Las competencias siguieron durante más de tres días, después de lo cual
sucedió lo que verás ahora.
»Era como un teatro. Ante mis ojos volvieron a presentarse los actores del
cuadro anterior, sólo que en esta ocasión aparecían en un orden distinto. Ya se
habían destacado tres de los jóvenes, y el jefe Augbaí le dijo a su hija:
-Debes escoger a tu futuro esposo entre estos guerreros. Son los más valiosos
de nuestros pueblos. Los tres son dignos de ser elegidos y agradecerán tu
amor.
»Samuchú los miró fríamente. Después levantó los brazos y, dejando a su
padre y a los jóvenes a un lado, se acercó al río y exclamó en voz alta:
-Nuestro padre, el río Paraná, decidirá mi suerte. A él le pido que me escoja
esposo -dijo, y con estas palabras se sumergió en las aguas.
»El río empezó a murmurar y a levantar su oleaje. La niebla lo cubría todo, y no
se podía ver lo que estaba pasando.
»Los guaraníes estaban muertos de miedo, jamás se habían atrevido a llamar
al gran dios del no para que interviniera en un asunto personal. ¡Era un
atrevimiento que le costaría la vida a la bella hija del jefe! Pero las aguas se
volvieron a calmar y la niebla fue levantada por el viento. Samuchú salió del
agua, acompañada de un joven de aspecto extraño. Su piel blanca contrastaba
con sus ojos verdes, que eran del color del agua de la cual había salido. Su
pelo era amarillo como el maíz, algo que los guaraníes jamás habían visto.
-¿Qué extraño comportamiento es éste? --dijo el jefe-. ¿A quién me traes aquí?
-Este es el esposo que me eligió el gran Paraná -contestó Samuchú.
»Todos los guaraníes se inclinaron hacia las aguas del río, pero el jefe no
estaba satisfecho.
-Tendrá que someterse a las pruebas que acabamos de terminar. Que luche
con los tres guerreros más valientes. Si este desconocido no gana, deberá
morir, y tú con él. No permitiré que la sangre de los Augbaí se mezcle con una
que no sea digna de ellos, y preferiré que mueras con él.
»Y otra vez empezaron las competencias. Todos lucharon hasta el cansancio,
pues ninguno quería darse por vencido. Finalmente, el joven de color blanco
ganó, y el jefe cumplió su palabra y lo unió en matrimonio con su hija.
»Yo había presenciado todo esto como si hubiera sido uno de los guaraníes,
pero entonces la muchacha que estaba a mi lado levantó la mano y la visión
desapareció.
-La historia no ha terminado -dijo, y sus ojos negros se llenaron de lágrimas.
»Otra vez me hallé entre las personas del pueblo. Vi un toldo, y en el toldo a
Samuchú, que, horrorizada, descubrió a su esposo muerto. Había sido
asesinado a cuchillo, y su sangre manchaba el lecho.
»También este cuadro desapareció.
»La muchacha siguió contándome la historia de su vida:
-Mi padre parecía estar contento con la muerte del extranjero, como solía
llamarlo, y no se preocupaba por encontrar al asesino. Me dejó llorar, pero
pasados siete meses me ordenó elegir otro esposo entre los tres guerreros que
habían ganado las competencias en aquel entonces. No pude obedecer.
Nuevamente me eché a las olas del río, suplicándole al gran Paraná que me
ayudara.
»Vi cómo el dios salió de las aguas, tomó de la mano a Samuchú, y le dijo:
-Tú encontrarás paz y albergue aquí en las orillas de mi río. Te daré vida eterna
en los árboles que llevarán tu nombre. Cuidarás de ellos, y ellos de ti. Como no
tendrás un hijo propio, mis peces serán tus hijos. Cada cien años te permitiré
salir de tu casa del samuchú a contarle tu historia a un hombre, a quien podrás
ayudarle, si él desea sembrar tu árbol al lado de su casa.
»Así, mientras el río Paraná desaparecía, en todas partes empezaron a crecer
los árboles de los cuales había hablado el dios, y en cuya flor se mantenía la
belleza de Samuchú.
»Cuando me desperté, no hallé a la muchacha a mi lado. El árbol había
cerrado su tronco y el albergue había desaparecido. Pero los peces que
estaban a mi lado no habían muerto. Los volví a echar al río, y al llegar a mi
casa lo primero que hice fue sembrar un samuchú».
Don Ramiro terminó su cuento. El fuego se estaba apagando. La luz de la Luna
alumbraba las flores del samuchú que abrazaba el techo de la casa. Todos
sentíamos el aroma de aquellas flores y la dulce presencia de la hija del jefe
Augbaí.

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