sábado, 31 de marzo de 2018

De la niña Edelmira que supo conseguir parte del tesoro de Suesca

Cuando por la noche empiezan a soplar los vientos fríos del páramo, la gente
de la Sabana de Bogotá cierra las puertas y les pone tranca. Se queda al lado
de la estufa para calentarse y tomar una sopa caliente, y ya nadie sale. Sólo los
perros y los borrachos andan por las calles después del atardecer.
Los perros y los borrachos no temen encontrarse con los «bultos»; no ven las
llamitas azules que bailan por los potreros; no viven en el mundo -real que está
lleno de terrores porque, por la noche, se despiertan los espíritus de los
gobernantes muiscas que vienen a ver qué está pasando en su país. Quieren
saber si sus gentes siguen trabajando y manteniendo llena de hortalizas sanas
y buenas aquella sabana.
Las personas temen encontrarse con los «bultos», pues muchas se volvieron
perezosas, olvidaron a sus antepasados y dejaron de respetarlos. Y hay
quienes dicen que estos espíritus son vengadores.
Hace muchos años, cerca de la laguna de Suesca vivía una familia numerosa
que tenia una casita y algunas tierras que se extendían hasta la orilla de dicha
laguna. El padre había muerto y era muy difícil para la madre sostener a la
familia sin la ayuda de un hombre. Sólo Edelmira, la hija mayor, estaba en
capacidad de ayudarle.
Edelmira recordaba muy bien la noche en que muno su padre; él había salido a
traer sal de una mina escondida que había pertenecido a los gobernantes
muiscas, pero que a la llegada de los españoles quedó en poder de los
habitantes de la región.
Edelmira había entendido muy bien lo que había dicho su padre antes de que
le diera la fiebre que después lo mató.
«Varios bultos me atacaron cuando venía de la mina». dijo. «Me roctearon y
me atropellaron; tuve que botar la sal que trala. Traté de correr, pero no pude.
Quedé paralizado. Creo que los señores están furiosos porque entramos en
aquella mina a sacar sal, como si fuera nuestra. ¿Qué piensan ustedes?»
Nadie supo responderle. Siguió hablando de su angustia y nadie pudo
calmarlo. La fiebre lo abrasaba. Murió dejando a su mujer sola con todos sus
hijos.
Desde ese entonces algunos vecinos siguieron viendo aquellos «bultos», y
nadie se atrevía a entrar en la mina. Tenían que comprar cara la sal.
Algunas noches, Edelmira oía gritar a su padre, pero cuando se despertaba no
sabía si era cierto o si lo había soñado. ¿Sería, acaso, que no le era posible
descansar en su tumba? ¡Que horror!
Con los primeros pesos que la familia pudo ahorrar hizo celebrar una misa por
el eterno descanso del difunto, pero para nada sirvió. Edelmira siguió oyendo la
voz de su padre, y la gente siguió viendo aquellos «bultos» que asustaban a
todos los que habitaban por los lados de la laguna.
¿No habría algún remedio? ¿Algo que se pudiera hacer para liberar a aquellas
almas de su terror, de su deseo maligno de atormentar a los demás?
Edelmira tenía que trabajar muy duro. Sembraba papa y maíz, y la madre y los
hermanos le ayudaban, pero muchas veces bregaba sola. Un buen día pensó
que tal vez si ayudaba a aquellos espíritus, su padre podría descansar en paz.
El cura había dicho que el agua bendita y la cruz liberaban a los espíritus, así
que decidió ir recogiendo agua bendita de la iglesia y, cuando tuviera
suficiente, rociar con ella todo el camino hasta la mina donde aparecían por la
noche aquellos «bultos».
Naturalmente tenía que hacerlo a escondidas, sin decirle nada a nadie, y
menos al cura. El había llegado de otra parte y no sabía nada de lo que pasaba
en Suesca. Rechazaba todas «esas creencias», y decía que eran cuentos, no
más.
Edelmira iba a misa de seis. Trataba de llegar temprano, cuando acababan de
abrir los portones; se acercaba llena de miedo a la pila y hundía una totumita
en el agua bendita, la sacaba con mano temblorosa y la ocultaba debajo del
pañolón. Después de la misa la llevaba cuidadosamente a su casa para echarla
en una ofta de barro que escondía detrás de los dos santicos que tenía en su
alcoba. Y la olla se iba llenando.
Un día la vio el cura sacando agua de la pila, pero como era tan poquita, no dijo
nada y se la dejó llevar. Seguramente pensó que la necesitaba para sus
siembras.
Finalmente, una noche, cuando Edelmira pensó que tenía suficiente agua, se
levantó y salió a regarla en el camino. ¡Qué raro se veía todo a esa hora!
Nunca había salido sola después del atardecer. Ningún «bulto» de los que
mencionaba la gente se acercaba; no se oían sino las ramas movidas por el
viento. Había sombras por todos los lados. La Luna se había escondido detrás
de las nubes, y todo estaba oscuro.
Edelmira dejaba caer el agua sobre el camino, gota a gota, mas, cómo se
acababa de rápido; ¡ni la tercera parte del camino había quedado regada! Todo
había sido en vano. Llorando, la niña regresó a su casa.
Al otro día, cuando estaba desherbando la plantación de papa, encontró una
figurita de oro. «¿Los "bultos" estarán agradecidos?», se preguntó.
«¡Seguramente quieren decirme que continúe!»
Llevó el tunjo a la casa, lo dejó junto a los santos, y empezó otra vez a reunir a
ua bendita hasta que la olla quedó llena de nuevo. Había puesto una marca en
el camino para saber hasta dónde había regado el agua la vez anterior. Las
rodillas le temblaban cuando empezó de nuevo. Las gotas caían mojando el
camino, pero esta vez los espíritus tampoco se dejaron ver, ni le alcanzó el
agua bendita. Tenía que hacer un tercer esfuerzo, «¡y lo haré!», prometió al
acostarse.
Pasaron las semanas. Cada mañana Edelmira traía agua de la iglesia hasta
que, por fin, se llenó la olla. Por tercera vez se escapó de la casa. Por tercera
vez recorrió aquel camino por el cual todo el mundo temía pasar. Con manos
temblorosas regó el agua por la última parte del camino, y esta vez sí le
alcanzó. Arrodillándose, rezó por todos aquellos espíritus y también por el alma
de su padre.
Cuando se levantó, vio algo raro: Delante de ella bailaba una llamita azul, una
llamita que jamás había visto antes. «¿Querrá mostrarme algo?», se preguntó.
Y siguió a la llama hasta la laguna de Suesca, a la tierra que pertenecía a su
madre. La llamita que iba adelante, se colocó en el agua, ondulando y bailando
sobre las olas.
La niña se puso a sacar piedras del agua y a amontonarlas en la orilla,
buscando el lugar que la llamita le había indicado. Después la llama se apagó,
y Edelmira regresó a su casa, llena de esperanza.
Al día siguiente volvió a la laguna con una pala. Se metió en el agua fría, y se
puso a cavar; arrojaba la tierra lejos. De repente, la pala tocó algo duro.
Edelmira se arrodilló y se puso a sacar tierra con las manos, hasta que palpó
algo que parecía una olla. Finalmente la pudo sacar, y ¡qué sorpresa! La ollita
era de oro y estaba llena de piedras preciosas, verdes y transparentes.
«Me quieren agradecer lo que hice por ellos», exclamó, y corrió hacia la casa
para contarle todo a su madre.
Las piedras verdes eran esmeraldas. Poco a poco la familia las fue vendiendo
en la gran ciudad, y pudo comprar más tierra, hacer una casa mejor y vivir sin
preocupaciones. La voz del padre no se volvió a oír por las noches. Edelmira
no solamente le había ayudado a él, sino también a aquellos «bultos» que
después de la tercera noche jamás volvieron a verse ni a asustar a la gente de
Suesca.
Pero Edelmira y su madre guardaron para siempre su secreto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario