jueves, 14 de diciembre de 2017

Leyenda de la quena

En los dominios de Maratec, mucho tiempo antes que bajara de los altos valles la gente de Manco Capac, el hijo del señor de la comarca se enamoró de una india llamada Zenaguet.
El Sol contempló con ternura este amor limpio y puro, y les envió sus rayos protectores. La Luna, en cambio, se opuso a este idilio y miró con antipatía a los enamorados, bañándolos con su luz enfermiza.
Un día Zenaguet enfermó gravemente y nada pudo hacer su enamorado por salvarla. Un atardecer, antes que apareciera en el cielo el Lucero del Alba, murió.
La angustia y la desesperación invadieron al pobre muchacho que enloqueció de dolor, junto al cuerpo inmóvil de la joven.
Allí se quedó largos días, velando a su amada, y cuando llegó el momento de sepultarla, sacó la tibia de una de sus piernas y comenzó a tallarla. Poco a poco de entre sus manos nació un instrumento.
El viento se filtró por sus agujeros y brotó un sonido triste y dulce como jamás se había oído.
El muchacho creyó que era el alma de su amada y con empeño trató de tocar música para ella. Pero su corazón se estremecía de dolor y sólo pudo sacar de aquel instrumento dolientes melodías.
Así echó a rodar por montes y quebradas, llevando sus quejas por toda la comarca, hasta que un día calló para siempre.
De un gran amor y un tremendo dolor había nacido la quena, y hasta el día de hoy siguen brotando de ella las melodías más tristes, pero también las más dulces.


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