jueves, 14 de diciembre de 2017

Leyenda de Maitén y el dios del lago

En medio de los Andes Patagónicos, rodeada por la belleza natural de los lagos del sur, se hallaba enclavada la toldería.
Allí vivía Maitén, una hermosa india araucana que despertaba la admiración de los jóvenes del lugar.
Según las costumbres de la tribu, Maitén ya estaba prometida a Coyán, un joven indio que amaba a la muchacha y deseaba formar su familia con ella.
Pero sucedió que un día, dos indios pehuenches que se encontraban por los alrededores cazando vieron a Maitén a orillas del lago Nahuel Huapi y quedaron prendados de su belleza.
—Me casaré con esa muchacha —dijo uno de ellos.
—También yo quisiera casarme con ella —dijo el otro.
—¿Qué vamos a hacer entonces? ¿Pelear entre nosotros que somos hermanos de sangre, para conseguir su amor?
—No, nada de eso haremos; hablaremos con ella para que decida con cual de los dos se quedará. No olvides que pertenece a otra tribu y que, además de su elección, queda aún por saber si su familia está de acuerdo.
—Está bien, pero antes juremos respetar la decisión de esa joven, sin celos ni venganzas.
Se hicieron mutuamente el juramento y fueron a hablar con Maitén.
—Eso no puede ser posible —les contestó la muchacha conmovida—; mis mayores ya me prometieron a Coyán desde pequeña; nos queremos y cumpliremos con el deseo de nuestras familias.
Los indios se sintieron desairados y estaban dispuestos a no darse por vencidos. Entonces fueron a consultar a una vieja adivina.
—Es muy difícil lo que me piden —contestó la mujer—; Maitén y Coyán se quieren.
—No nos importa, uno de los dos se casará con ella, está decidido.
—Bien, en ese caso, sólo una cosa podré hacer; consultaremos al dios del lago.
Los dos pehuenches estuvieron de acuerdo. La adivina adormeció a la joven y la colocaron en una embarcación.
Luego la arrojaron al lago y comenzó a deslizarse suavemente en las azuladas aguas, hacia la morada del espíritu.
Los indígenas se quedaron apostados en la orilla, esperando impacientes.
De pronto, levantando gigantescas olas, el dios del lago emergió de las profundidades, bramando. El cielo se oscureció y un viento huracanado azotó los rostros de los dos indios.
Luego, las gigantescas olas se lanzaron con fuerza hacia la orilla abriendo un lecho en la tierra por donde se deslizó el agua formando un río.
Los pehuenches vieron asombrados cómo la embarcación donde estaba Maitén navegó segura por aquel río y a Coyán aferrado a ella.
Impulsados por la corriente se alejaron y no se los vio más por el lugar.
Cuentan los nativos que el dios del lago Nahuel Huapi los llevó a una hermosa tierra donde pudieran vivir felices y en paz y que, después de mucho tiempo, aparecieran transformados en “macá * plateados”.
Estas aves llegaban al caer la tarde, y después de sobrevolar el lago, se posaban unos instantes sobre sus aguas azules; dicen que en agradecimiento al espíritu del lago, por haberles brindado esta dicha.



* Macá: también se lo llama “zambullidor”. Es un pájaro acuático del tamaño y apariencia más o menos de una paloma y que tiene la característica de tener sus patas de dedos largos muy atrás, lo que hace que camine erguido; no tiene nada de cola y en su cabeza se destaca su largo y fino pico, sus ojos rojos y un penacho de plumitas blancas que sólo lucen los machos. Su caminar es torpe y gracioso por la ubicación de las patas, pero en el agua demuestra gran habilidad para nadar y bucear.

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