jueves, 14 de diciembre de 2017

La primer víbora

Una vez que Oba, el gran padre de los dioses y los hombres
cunas, había creado la tierra, mandó a Píler, su primogénito, para
que la poblase y organizase. Los hijos de Píler fueron numerosos,
y como en la tierra había muchas cosas que hacer, enseguida comenzaron
a ayudar a su padre en la enorme tarea.
Entre los hijos de Píler había dos gemelos, eran Olocuma y
Olocuna, dos muchachos que se querían entrañablemente y que
siempre andaban juntos correteando por la pelada y lisa tierra.
-Tengo ganas de ser mayor -decía muchas veces Olocuma a
¿u hermano-; tengo ganas de ayudar a los demás y hacer algo
que sea bueno para esta tierra.
A Olocuna le sucedía lo mismo, pero como todos consideraban
a los dos gemelos con muy poca edad, nadie hacía caso de lo que
decían.
Mas pasó el tiempo, y los dos muchachos se convirtieron en
dos jóvenes fuertes. Su padre quedó un día asombrado al verlos
-pues aún tenía la reciente visión de los dos niños correteando
por la arena-, y les dijo:
-Veo que ya son dos hombres. Desde ahora tendrán que ayudarme.
Vayan pensando en lo que desean hacer que, mientras
tanto, yo les buscaré las que serán sus mujeres.
Los dos gemelos se sintieron llenos de gozo; pues, al fin, había
llegado el momento que tanto habían soñado en su infancia,
y, en cuanto se vieron solos, comenzaron a imaginar infinidad de
cosas.
-Yo -dijo Olocuma- quisiera ver la tierra de otra forma.
Es tan parda y arenosa, tan igual, tan plana que está pidiendo
algo, aunque no sé qué.

Asintió Olocuna, pues también él había pensado lo mismo.
-Realmente -le contestó-, la tierra resulta fatigosa a la vista.
Menos mal que a lo lejos el mar es un descanso. Pero ¿qué podríamos
hacer?
-Eso no lo sé -replicó Olocuma-, sólo Oba sabe qué es lo
que esta tierra necesita.
Entonces los dos gemelos determinaron consultar al gran padre
de los dioses para que les instruyese sobre lo que debían hacer,
pero antes esperaron a que Píler les diese las esposas prometidas.
Éstas fueron Olonaguiguir y Olocundile.
Después, los cuatro se sumieron en un letargo profundo para
ponerse en comunicación con Oba, que hablaba a sus descendientes
a través del sueño.
Despertaron lentamente, pues sus miembros parecían adormecidos,
y los cuatro se miraron como si apenas se reconociesen.
Olocuma dijo al fin:
-He escuchado la voz de Oba; sé que tenemos que cambiar el
aspecto de esta tierra.
Entonces su mujer, Olonaguiguir, dijo como si hablase para
ella misma:
-Sí; ahora recuerdo. El dios me dijo: baja tu mano y toma lo
que cerca de ella encuentres.
Olonaguiguir bajó la mano y cogió un poco de tierra humedecida.
Los otros la miraban hacer aquello llenos de un recogimiento
profundo. Olonaguiguir miró primero el barro que en
su mano había, después a los demás con un gesto de impotencia.
-No sé qué hacer con ello -les dijo.
Pero, impulsada por una fuerza mayor, comenzó a estrujar el
barro entre sus manos hasta darle una forma alargada, después
lo colocó sobre el suelo y al momento surgió de él el tronco
de un árbol. Sin embargo, era tan débil que cayó al primer airecito.
Olonaguiguir no desistió de su empeño; tomó de nuevo
en sus manos el pequeño tronco, que volvió a convertirse en
barro, lo moldeó y lo fijó con fuerza, incrustándolo, en la tierra.
Allí echó raíces con las que se fijó a ella fuertemente, y el primer
árbol comenzó a crecer pujante. Todos lo miraban entusiasmados,
excepto Olonaguiguir que, acuciada por un ciego instinto,
cogió más barro e hizo unos finos travesanos que colocó sobre
ei tronco. Entonces creyó que su obra había quedado terminada,
y dijo:
-Ya está. Esto es lo que Oba me ha mandado que hiciese.
Pero mis manos han quedado llenas de pegotes de lodo.
Al mirarse las manos, comprendió que aún le faltaba algo por
hacer. Con cuidado fue desprendiendo el barro que a ellas estaba
pegado, lo aplastó entre sus dedos y lo colocó en los extremos
de los travesanos. Después, con un fuerte suspiro, recobrando
su actividad acostumbrada, se levantó.
-Yo he terminado -dijo.
En aquel momento el sol pareció acercarse y concentrar sus
rayos sobre el árbol recién nacido. El barro de los travesanos se
secó y se fijó fuertemente al tronco. En sus extremos aparecieron
tiernas hojitas.
Fue entonces cuando Olocuna sintió que había llegado su hora
y, arrodillándose, cogió un puñado de arena que colocó junto a
las hojas. El sol seguía calentando, y pronto las arenas fueron
creciendo hasta reventar.
-¡Qué hermoso! -gritó Olocundile.
Los cuatro miraban inmóviles el árbol prodigioso. Junto a
las hojas y contrastando con su color, habían surgido flores amarillas
y encarnadas. Después apareció el fruto: era el cacao.
De este modo, entre los dos hermanos y sus mujeres fueron
llenando la tierra pelada de árboles hermosos, y el deseo de los
gemelos quedó satisfecho. La visión de aquellos campos ya no
era fatigosa como antes, pues desde lejos semejaba un mar de
aguas más verdes que las que se extendían a todo lo largo de la
costa.
Creyeron ellos que su obra sobre la tierra había terminado y
se dispusieron a descansar, pero Oba les tenía reservados aún
muchos trabajos, y habló a Olocuna y a su mujer:
-Aún les queda mucho que hacer en la tierra.
-Díganos, Señor, cuáles han de ser las obras de nuestras manos
-preguntó Olocuna.
-Han visto -continuó el dios- que son muchos y muy diversos
los árboles y las plantas que han crecido. Pero ahora es necesario
que las distingan y sepan para qué sirven, pues todas les
serán muy útiles. Unas les darán frutos; otras, sin embargo, serán
venenosas y pueden causar la muerte.
Entonces, Olocundile preguntó temerosa:
-¿Y cómo las distinguiremos?
Apaciguó Oba el temor de los dos esposos, y les dio la facultad
de conocer las virtudes de todas las plantas, y ellos vieron
con asombro que algunas poseían la propiedad de curar las eníerm
edades.
Mientras los dos hijos gemelos de Píler y sus esposas se dedicaban
a la tarea encomendada, sucedió que una de las mujeres
de la tribu vivía en continuo tormento. Iban sucediéndose los
años y, mientras las demás tenían hijos fuertes y hermosos, ella
no tenía ninguno. Su carácter se fue haciendo huraño y envidioso,
y terminó deseando el mal para todos aquellos que eran felices.
Un día, no pudiendo soportar por más tiempo su situación, llevada
por el espíritu maligno, se fue hacia el mar y se escondió
entre unas rocas. Todos los días se reunían allí para jugar sobre
la arena muchos niños de la tribu, y ella esperó pacientemente
la llegada de los muchachos. Éstos no tardaron, y la mujer, llena
de contento, imploró al mal espíritu:
-¡Ven y ayúdame! ¡Que la angustia que me atormenta lleve
el dolor y la desesperación a estos muchachos y a sus madres!
Al instante, la envidiosa mujer se sintió llena del espíritu
del mal y saliendo de entre las rocas corrió hacia los niños.
Pero Oba, que vio desde el cielo lo que sucedía, castigó a la
mujer, que en un instante perdió su figura y se vio arrastrándose
por el suelo. Ella quiso gritar, suplicar al padre de los dioses,
pero se sintió impotente para ello, y toda su rabia, su envidia,
su rencor, pareció concentrarse en aquel deseo de hablar,
mas ya no era posible, se había convertido en un reptil asqueroso:
sobre el país de los cunas había aparecido la víbora llena
de veneno.
Con cautela avanzó hacia los niños, que jugaban confiados.
-¡Miren, miren qué animal tan extraño! -gritó uno de ellos.
Todos se quedaron quietos mirándola, sin sospechar el mal
que podía causarles. Ella siguió avanzando, y, de pronto, alargó
su cabeza hasta el niño que había dado la voz de alarma. Gritó
él aterrado, pero la víbora lo mordió llena de saña y le dejó
su veneno.
Al ver los demás niños lo que sucedía, echaron a correr; uno
de ellos se encontró con Olocuna y le explicó lo que había sucedido.
Inmediatamente el gran padre de los dioses puso ante los ojos
de Olocuna la visión de la planta cuya sustancia podía contrarrestar
el veneno de la víbora. Corrió el joven, cogió al niño mordido
y lo llevó en sus fuertes brazos en busca de la planta bienhechora;
caminó lleno de angustia, pues comprendía que cada
instante que pasaba era esencial, pero a pesar de que tenía una
visión clara de la planta, no la hallaba por ninguna parte. jSi
al menos encontrase a su mujer y a sus hermanos ! Ellos eran
los únicos que podrían ayudarlo en aquella empresa, pero cada
vez se iba alejando más y no era fácil hallarlos. De pronto,
cuando ya estaba fatigado y creía que su esfuerzo era inútil, vio
entre los árboles la pequeña mata. Su fuerza aumentó en un momento
y llegó rápido hasta ella. Al poco rato, el niño dejaba de
quejarse; poco después Olocuna lo llevó al poblado.
Desde aquel momento los dos gemelos y sus mujeres comprendieron
que con el conocimiento que Oba les había dado de las
plantas, podían hacer mucho bien entre los suyos, y a ello consagraron
sus vidas.
Pasaron los años, y Oba deseó que comenzase para aquellas cuatro
personas un poco de descanso; y Olocuna, a pesar de los muchos
conocimientos que poseía para recobrar la salud, enfermó
y murió.
Olonaguiguir se consumió de tristeza, de un dolor profundo
que le llenaba siempre los ojos de lágrimas. Fue primero un
llanto angustiado, irreprimible, enloquecedor; después se fue
tornando más sosegado, pero ya no la abandonó durante su
vida.
Olonaguiguir se separó de los suyos y, casi enloquecida, caminó
a través del bosque, y subió hasta las altas montañas. Sus
lágrimas fluían continuamente y caían al suelo fertilizando la
tierra reseca. Tan grande fue su llanto, que de él surgieron los
torrentes del país de los cunas.
Han pasado miles de años, pero la memoria de los hijos de
Píler y sus mujeres se conserva, por las cosas buenas que hicieron
en aquella tierra.

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