miércoles, 13 de diciembre de 2017

La mora encantada

Mariquiña era de una aldea del Ayuntamiento de
Villar de Santos, en la Limia. Hay allí, por encima
de la parroquia de Parada de Outeiro, un monte
Heno de maravillas: el Monte das Cantariñas. Entre
otras formas raras de granito erosionado, hay un
penedo ovoide, excavado por dentro de modo que
se puede uno sentar cómodamente en el hueco,
como en un confesionario, y hasta tiene una ven-
tanilla lateral: aquello se llama el Peinador de la
Reina. Como es natural, de una reina mora; porque
allí habitaban los moros. En las mañanas serenas,
entre el rayar, el alba y la salida del Sol, sacan las
moras sus tesoros a asoellar; es decir, a que les dé
la luz. Y los caminantes solitarios que se dirigen a
Allariz, a Ginzo o a la veiga —o sea la llanura—
pueden verlas; pero suelen desaparecer cuando se
acercan.
La Mariquiña era hija única de una viuda, y
llevaba todos los días al Monte de Cantariñas una
vaca de leche, un par de ovejas y una cabra.

Un día vio sentada en una piedra a una vieja muy
vieja que la llamó por su nombre. La Mariquiña se
sorprendió al ver que la llamaba así una descono-
cida; pero como era muy buena, por respeto a la
vieja, se acercó. La vieja le pidió que le «catase los
piojos». La Mariquiña se los cató, y la vieja quedó
muy contenta. Luego se le antojó una cunea de

leche y la Mariquiña se la dio. Entonces la vieja
 le pidió el pañuelo y se metió con él entre las rocas del
monte, y a poco volvió a salir con el pañuelo lleno
de una cosa, se lo entregó a la niña y le dijo:
—Toma, para ti; pero no lo mires hasta llegar a
casa, y después, por mucho que te pregunten, no
digas nada a nadie de quién te lo dio, ni digas que
me viste; vuelve por aquí todos los días y te daré
otro regalo igual.
La Mariquiña marchó a su casa con el ganado.
La curiosidad propia de los niños le hacía tantear el
pañuelo por fuera; pero no se atrevió a abrirlo. Por
fuera parecían piedras. Cuando llegó a casa y lo
abrió, eran monedas de oro.
Como se comprende, la madre de la rapaza se
alegró muchísimo; pero entró en tal curiosidad, que
la acosó a preguntas. Mariquiña fue fiel y no dijo
nada.
Al otro día volvió al Monte das Cantariñas y
encontró a la vieja, que la esperaba. Era una mañana
fresca, y cuando estaba catando los piojos a la
vieja, a la Mariquiña le dio tos. Entonces la vieja le
dijo:
—Tose para otro lado, no me vayas a escupir en
la cabeza, que entonces me vuelvo cristiana.
Mariquiña comprendió entonces que ía vieja era
una mora del monte, acaso la reina que se peinaba
en el Peinador, o que se peinó cuando era joven y
hermosa, y que temía ser bautizada por la saliva de
una cristiana.
Después de haber bebido una taza de leche, la
mora entregó a la rapaza otra vez el pañuelo lleno
de piedras, que al llegar a casa se volvieron monedas
de oro.     



Así pasaron muchos días hasta que la amdre, 
cada vez más intrigada, la apretó tanto con sus
preguntas, insistió de tal manera y le dijo tales
cosas, que la pobre Mariquiña, por no ser desobe-
diente, le contó todo.
Y a la mañana siguiente marchó, como siempre,
con el ganado al Monte das Cantarínas; pero no
volvió.
La vaca y las ovejas, y la cabra, como tenían por
costumbre, volvieron; pero la niña no apareció.
La madre, loca de temor, preguntó a todos los
muchachos que iban por allí con el ganado, pre-
guntó a todos los vecinos, a todos los que pasaban
por el camino: nadie le daba razón. Desolada, se
fue al Monte das Cantariñas y buscó por todas
partes, sin hallar ni rastro. Comenzó a llamar a
grandes voces por su hija:
—¡Mariquiña! ¡Ay Mariquiña!
Nadie respondía. Por fin, se fue acercando a los
penedos, donde su hija solía encontrar a la vieja
mora. Toda angustiada, llamó:
—¡Mariquiña! ¡Ay Mariquiña!
De los penedos salió una voz que le respondió:
¡A Mariquiña, por lengoreteira,
está na miña barriga,

fritida con alio e manteiga!

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