domingo, 27 de octubre de 2013

Los ciclos mitológicos galeses (III)

EL ENSUEÑO DE

MAXEN WLEDlC




Maxen Wledic era emperador en Ruvein (Roma) y estaba considerado por sus subordinados como el más atractivo, simpático y sabio de los hombres, y el más adecuado para el cargo de todos los que habían regido el imperio antes que él.
Hasta que en una ocasión en que se encontraba en una partida de caza, homenajeando a treinta y dos reyes de otros tantos países aliados, llegó junto con ellos al valle del río Tíber, donde se detuvieron a descansar. El sol se hallaba alto en el cielo, y el emperador decidió descabezar un sueñecito, protegido del resplandor del astro por los escudos de sus soldados, colgados de los cabos de sus picas de caza.
Nunca sabría luego Maxen Wledic si lo que sucedió a continuación fue un sueño o una visión, pero lo cierto es que le pareció remontar el valle del río hasta llegar a sus fuentes, y luego más allá aún, ascendiendo a la montaña más alta del mundo, cuya cima le pareció tan elevada como el mismo cielo. Pero su viaje no se detuvo allí; una vez superada la montaña, descendió a los valles y llanos de más allá, donde pudo contemplar grandes ríos que bajaban tumultuosamente de sus laderas, para perderse en su camino hacia el océano.
Siguió el cauce del mayor de ellos hasta llegar a su desembocadura, y allí encontró una fastuosa ciudad y, dentro de ella, una gigantesca fortaleza custodiada por un sinfín de torres y almenas de diferentes colores. Junto a la muralla más alta podía verse un activo puerto, en el centro del cual se destacaba airosamente un navío de mayor porte que los demás, ricamente decorado con paneles dorados y plateados, al cual permitía el acceso un puente de madera de ébano y ricas cuerdas de raso, que lo unía a la ribera cercana. Mientras lo miraba, le pareció que él mismo subía a bordo; al momento, las velas se hincharon, se soltaron las amarras, y el barco zarpó a través de las mansas y redondeadas olas.
Varios días transcurrieron antes de volver a avistarse tierra, esta vez la de una isla, al pasar junto a la cual Maxen Wledic pudo distinguir tantas maravillas que su mente se resistía a aceptarlas: angostas cañadas por las que serpenteaban susurrantes arroyuelos, precipicios insondables, llanuras tan extensas como el océano y bosques en los que podían recogerse todo tipo de frutas.
Cuando la barca amarró en el muelle de un lujoso palacio, Maxen pudo entrar y recorrer maravillado un inmenso salón cuyo techo era de oro y los muros estaban tachonados de piedras preciosas. Las puertas eran de bronce, las mesas de plata y los divanes forrados en seda recamada en oro; sobre uno de ellos se tendían dos muchachos morenos jugando al gwyddbwyll.1
En el centro del salón, junto a una de las inmensas columnas de ébano, sentado en una silla de marfil adornada con dos águilas de oro, se encontraba un anciano de cabellos blancos. Frente a él se sentaba una muchacha tan hermosa, que su vista encandilaba como la del sol en todo su esplendor. Lucía una camisa de seda blanca cerrada sobre el pecho con dos broches de oro rojo, y un vestido de seda dorada, recamado en piedras preciosas.
Cuando Maxen se aproximó, la muchacha abandonó su silla, le echó los brazos al cuello, y ambos volvieron a sentarse en la silla, tan juntos que el mueble no pareció más ocupado que antes. Pero los sonidos del salón, suaves y armónicos, fueron trocándose en ruidos discordantes: los perros sacudían sus correas, los escudos se entrechocaban contra las espadas y los caballos piafaban y relinchaban inquietos, anticipando la trompa de caza.
Pero el daño ya había sido hecho y el emperador ya no recuperaría su reposo. Desde ese día no habría en él una molécula de su cuerpo que no se estremeciera y vibrara por su amor por la desconocida muchacha de la isla. Con un esfuerzo, logró comprender las palabras de su asistente:
—Majestad, ya es hora de que regresemos a palacio.
En silencio, Maxen Wledic montó su brioso palafrén y se dirigió hacia Roma, en medio de un triste y ominoso silencio. Así pasaron los días, que pronto se convirtieron en semanas; su único alivio era el sueño, porque en él podía volver a ver a su amada. Pero cuando despertaba no quedaban rastros de ella, y no tenía forma alguna de saber dónde podría hallarla. Y así siguió, hasta que un día su lugarteniente le dijo compungido:
—Mi señor, el pueblo ha comenzado a murmurar. No logran obtener respuestas a sus peticiones ni a sus necesidades. Se sienten abandonados y no saben qué hacer.
—Reúne al Consejo de Sabios —respondió el Emperador—; ellos me ayudarán a tomar una decisión sobre mi problema.
—Majestad —resumió el portavoz del Consejo luego de la deliberación de sus miembros—, ya que nos has honrado al consultarnos, te daremos nuestra opinión sincera. Creemos que tu estado de ánimo actual no resulta beneficioso para tu pueblo, para tus nobles y ni siquiera para ti mismo. Pensamos que sería más provechoso para todos que abandonaras temporalmente Roma y te dedicaras a buscar a la dama desconocida, ya que eso te devolverá la paz de espíritu que necesitas para recomponer tu imperio.
Rápidamente se reclutaron los guerreros más experimentados del reino, se los puso a las órdenes de los capitanes más diestros en el combate y en pocos días se logró reunir un ejército pequeño, pero avezado y dispuesto para una misión extraña y delicada: encontrar a la enigmática doncella entrevista por el emperador en el transcurso de su ensueño mágico.
La expedición de búsqueda se inició sin contratiempos; ascendieron una escarpada montaña que con sus dedos de roca arañaba los confines del cielo; recorrieron un río hasta su desembocadura en el mar, junto a una gran ciudad de torres coloreadas, y allí abordaron una nave que surcó las olas redondeadas y suaves para, finalmente, desembarcar en una isla desconocida para todos los integrantes de la expedición.
Sin embargo, desde el momento mismo de poner su pie en la dorada arena de la playa, las brillantes tonalidades de verde del paisaje parecieron liberar de un extraño sortilegio la mente de Maxen Wledic, quien inmediatamente supo, como por arte de magia, que se encontraban en la isla que sus habitantes llamaban Bretaña.
Recuperado de su letargo, el emperador reorganizó rápidamente a sus tropas y marchó sobre el territorio dominado por Beli, hijo de Manogan, y sus hijos, haciéndolos retroceder hacia el mar. Luego avanzó hacia Arvon, cuyos habitantes se rindieron sin luchar, y finalmente se encontró frente a la fortaleza de Aber Sein, en cuya sala penetró sin dificultad. Como en un sueño repetido pudo ver en el interior de la estancia a Kynan y Adeon, hijos de Eudav, jugando su partida de gwyddbwyll y al propio Eudav, sentado en su silla de marfil y tallando pacientemente sus trebejos. Intencionadamente demoró en volver sus ojos hacia el fondo de la sala... ¡y allí estaba ella: Elen, la doncella que había entrevisto en su sueño y que desde ese mismo momento había ocupado la totalidad de sus pensamientos, hasta el punto de hacerle postergar sus deberes de emperador!
Lentamente, Maxen se acercó hasta la silla de oro y, sin que mediara una sola palabra entre ellos, tomó las manos de la joven entre las suyas y la guió sin demora hacia sus aposentos, donde esa misma noche consumó su ansiado matrimonio.
A cambio de la virginidad que le había concedido, Maxen le ofreció que solicitara su agweddi,2 a lo que ella prudentemente respondió que deseaba la isla de Bretaña para que fuera regida por su padre, desde el Mor Rudd hasta el Mor Iwerddon,3 dejando las tres islas restantes bajo la hegemonía de Roma; además solicitó la construcción de tres fortalezas, a erigirse en los lugares que ella designara. El emperador accedió sin demora a su pedido, y el primero de los fuertes fue levantado en Arvon, donde Maxen Wledic radicó la corte principal de su imperio. Para ello se hizo traer tierra desde Roma, para que así resultasen más sanas para el emperador las tareas de dormir, sentarse o pasear. Para las restantes fortalezas se eligieron las regiones de Kaer Llion y Kaer Virddyn.
Siete años permaneció Maxen Wledic en Bretaña sin que surgieran contratiempos apreciables en su reinado, pero por aquel entonces las costumbres romanas establecían que todo emperador que permaneciera en el extranjero por más de siete años, debía quedarse en el lugar y perdía el derecho de regresar a Roma, donde se nombraba un reemplazante. Con tal motivo, Maxen recibió en Kaer Llion una carta amenazante escrita por el nuevo regente, en la que le prevenía que no volviera, so pena de ser ajusticiado.
Pero la carta tuvo un efecto contrario al previsto y despertó la ira de Maxen, que inmediatamente se puso en marcha con sus tropas en dirección a Roma. En el camino sometió a Francia, Borgoña y a todas las comarcas que se encontraban en su camino hacia la capital, a la que puso bajo asedio durante más de un año, aunque sin obtener resultados positivos.
Al cabo de ese año infructuoso, los hermanos de Elen Lluyddawc se agregaron al ejército de Maxen con una armada pequeña en número, pero compuesta por guerreros de tal envergadura que su efectividad era mayor que la de una de doble cantidad de soldados romanos. El emperador de la ciudad sitiada fue advertido de esta contingencia cuando sus observadores vieron a esta pequeña pero disciplinada tropa adosarse al ejército enemigo y desplegar sus pabellones.
Lo primero que Kynan y Adeon, hijos de Eudav y hermanos de Elen, hicieron al reunirse con el ejército de Maxen fue ir a recibir órdenes de su cuñado, pero mientras miraban juntos la forma desmañada en que los soldados romanos se lanzaban al asalto de las murallas, decidieron, de común acuerdo, intentar otro método menos esforzado y más efectivo de romper el cerco.
Para ello, midieron durante la noche la altura de las murallas y enviaron al bosque a sus carpinteros, con la orden de construir escalas, una para cada cuatro soldados.
Según las costumbres de la época, durante el mediodía los dos jefes enemigos tomaban sus comidas diurnas, por lo que las acciones bélicas se detenían por ambas partes, hasta que ambos terminaban de comer. En aquella oportunidad, sin embargo, los hombres de la isla de Bretaña tomaron su almuerzo más temprano, y bebieron hasta sentirse entonados para la batalla; y entonces, aprovechando el momento de tregua para el almuerzo, los bretones avanzaron contra las murallas y pusieron sus escaleras, logrando penetrar a la fortaleza al amparo de la sorpresa. Y antes que el nuevo emperador tuviera tiempo de reagrupar a sus tropas, lo sorprendieron y lo mataron, al igual que a la mayoría de los jefes y capitanes que pudieron encontrar. A pesar del factor sorpresa, sin embargo, invirtieron tres días con sus respectivas noches para someter a la totalidad de los hombres y apoderarse de la fortaleza. Mientras tanto, parte de la tropa bretona se ocupaba de impedir el acceso a las murallas a todo soldado de la armada de Maxen, antes de finalizar la tarea de limpieza que se habían adjudicado. Sorprendido por aquella actitud, Maxen comentó a Elen:
—Me extraña mucho que no haya sido en mi nombre que tus hermanos conquistaran la ciudad.
—Emperador —contestó ella—, mis hermanos son los hombres más valientes y más sabios del mundo. Ve tú mismo a reclamársela, y si son ellos quienes se han apoderado de ella, seguro que te la ofrecerán gustosos.
Así que ambos se dirigieron a pedirles que le entregaran la ciudad sometida, y los hermanos respondieron que la conquista de Roma y su rendición incondicional sólo se debían al esfuerzo de los soldados bretones, pero luego las puertas fueron abiertas de par en par y el emperador se sentó nuevamente en su trono, donde los romanos conquistados le rindieron el debido homenaje.
En agradecimiento a los servicios prestados, Maxen se reunió con Kynan y Adeon, y les dijo:
—Caballeros, ha sido gracias a vuestra astucia y valentía que he recobrado enteramente mi imperio. Por lo tanto, os ofrezco esta armada para que sometáis cualquier parte del mundo que deseéis.
Siguiendo su consigna, los hermanos de Elen se pusieron en campaña y sometieron feudos, fortalezas y ciudades amuralladas, donde mataban a los hombres pero dejaban con vida a las mujeres. Y así continuaron hasta que los jóvenes que con ellos se habían iniciado en las artes de la guerra fueron hombres de cabellos grises, cansados ya de luchas y de conquistas.
Llegados a ese punto, Kynan preguntó a Adeon, su hermano menor, si prefería quedarse exiliado en esas lejanas regiones, o si prefería retornar a la patria. El menor eligió la última opción, y muchos de sus jefes principales opinaron igual, por lo que Kynan permaneció en el último país sojuzgado, con el resto de las fuerzas.

Y así es como culmina esta narración, llamada "El ensueño de Maxen Wledic, emperador de Roma".

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