domingo, 27 de octubre de 2013

EL CICLO DE FINN McCUMHAILL, FENNIANO O CICLO DE OSSIAN (II)

 A diferencia del ciclo del Ulster, las narraciones del ciclo fenniano abundan en sagas de amor, tanto correspondidos como desdichados; la leyenda del origen del mismo Oissin, el primogénito de Finn, es un buen ejemplo de ello. Recordemos la forma en que Finn McCumhaill y la madre de Oissin unieron sus vidas, según la traducción de Eugene Connery de un manuscrito tomado del Libro amarillo de Lecan, recopilado en el siglo VII por un ignoto amanuense irlandés de la orden de San Patricio:
Un día, mientras Finn McCumhaill (acompañado de sus fieles mastines Bran y Skolawn) y su comitiva cazaban en los bosques de su fortaleza de Alien, una corza dorada cruzó repentinamente la senda que seguían, haciendo que los perros se lanzaran en su persecución.
Luego de varias horas de seguirla, llegaron a un hermoso valle, donde la corzuela, sin duda agotada por la carrera, se detuvo y cayó al suelo; inmediatamente los perros se lanzaron hacia ella pero, para asombro de Finn, en lugar de destrozarla, comenzaron a jugar a su alrededor, lamiendo su cara y su cuello. Extrañado, Finn dio órdenes de que nadie le hiciera daño, y todos comenzaron el regreso a la fortaleza, con la corza siguiéndolos y los perros jugando a su alrededor mientras lo hacía. Esa misma noche, Finn despertó, sobresaltado, y vio parada al lado de su cama a la mujer más bella que jamás hubieran contemplado sus ojos.
—Yo soy Sadv, oh, Finn —dijo la joven— y soy la corza que perseguiste hoy. Como no quise brindarle mi amor al druida del Pueblo de las Hadas, me condenó a llevar esa forma, que soporto hace ya tres años. Pero un esclavo suyo, apiadándose de mí, me dijo que, si lograba entrar en la fortaleza de Alien, recuperaría mi forma original.
Y así Sadv se quedó a vivir en el castillo, como la esposa de Finn, cuyo amor era tan profundo que la guerra y la cacería ya no tenían aliciente para él, y pasó largos meses sin moverse de la fortaleza. Sin embargo, un día le llegó noticia de que los barcos de guerra de los Hombres del Norte se encontraban en la bahía de Dublín, y su deber como rey lo obligó a marchar a la batalla, al frente de sus hombres.
Sólo siete días permaneció Finn ausente de su castillo. A su regreso, al no encontrar a Sadv esperándolo en la explanada y notando una expresión extraña en los rostros de sus servidores, exigió saber qué pasaba.
—El día antes del de ayer—contestó por fin el más antiguo de sus servidores— nos pareció veros llegar, acompañado por Bran y Skolawn, y todos nos apresuramos hacia el portal, pero en cuanto la reina Sadv lo cruzó un misterioso fantasma que apareció de la nada la cubrió con un halo de niebla y ¡oh! ya no había más reina, sino sólo la figura de una corza dorada; y entonces aquellos perros comenzaron a acosarla, y por más que se debatió, no la dejaron regresar al portal, sino que la hicieron huir hacia el bosque, donde se internó y ya no la volvimos a ver. ¡Oh, amo! Hicimos lo que pudimos, pero a pesar de nuestros esfuerzos, Sadv se ha ido.
Finn apretó las manos contra su pecho y se retiró a su cámara real, sin pronunciar una palabra. A partir de ese día, dirigió los destinos de los Fianna como antes, pero no cejó en su búsqueda de Sadv, recorriendo constantemente los bosques de toda Irlanda, hasta que al fin, luego de siete años, siguiendo el rastro de un jabalí en los montes de Ben Gulbann, en Sligo, oyó que el ladrido de los perros se convertía en fieros gruñidos y, precipitándose hacia ellos, descubrió a un niño desnudo, de largos cabellos rubios, acosado por la jauría y defendido por Bran y Skolawn.
Los Fianna alejaron a los perros y el niño fue llevado al castillo. Según contó cuando pudo hablar, no había conocido padre ni madre, sino sólo una corza dorada, con quien había vivido en un hermoso valle, rodeado por los picos más altos y los abismos más profundos de la tierra. Sólo se acercaba a ellos un anciano alto, de ceño fruncido, que hablaba con su madre, ora amablemente, ora amenazante, y luego se alejaba furioso cuando ella lo rechazaba. Finalmente, un día, el hombre la sujetó con un lazo de niebla y se volvió para irse, esta vez con ella siguiéndolo, pero mirando a su hijo con ojos lastimeros, mientras él permanecía allí, incapaz de mover sus piernas para seguirla.
Inmediatamente comprendió Finn que la corza no era otra que su amada Sadv, y el hombre el druida del Pueblo de las Hadas, pero por más que recorrió durante largo tiempo las laderas del Ben Gulbann ningún hombre pudo darle noticias de su paradero.
Finn adoptó al niño como su hijo y lo llamó Ossian (literalmente: "pequeño ciervo"), quien más tarde se transformó en un guerrero famoso, cuyas artes marciales sólo eran superadas largamente por las canciones y relatos que cantaba.

La derrota del gigante escocés


Sin embargo, la magia y las hazañas bélicas continuaban siendo el centro de las leyendas fennianas. En cierta ocasión, por ejemplo, Finn McCumhaill debió emplear sus conocimiento de las artes mágicas para derrotar a un gigante escocés, hazaña que dejó como saldo la creación de tres famosos rasgos de la geografía de las Islas Británicas: la Calzada de los Gigantes1 en la costa noroeste de Erín, la Isla de Man y el Loch Ness,2 en la región central de la actual Irlanda del Norte.
Finn se había enterado por los bardos ambulantes de que un gigante escocés ponía en duda y se mofaba de la valentía de aquél y de sus aptitudes para la lucha. Enfadado, envolvió una enorme roca con un mensaje de desafío, tomó su honda y lanzó el proyectil a 80 km de distancia, por sobre el mar de Irlanda, hasta llegar a Escocia.
El ogro recibió el mensaje y fríamente replicó (por medio de un mensajero) que iría gustoso a Irlanda a aceptar el desafío, pero era demasiado grande para encontrar una nave a su medida y no podía cruzar el océano a nado. Furioso por la evasiva, Finn desenvainó su colosal espada y cortó con ella algunos cientos de las gigantescas rocas basálticas que se encuentran desperdigadas a lo largo de la costa irlandesa, dándoles forma de pilares hexagonales que luego clavó en el fondo del mar de Irlanda, hasta formar una calzada que permitiera al gigante cruzar desde Escocia hasta Erín sin siquiera mojarse los pies.
Este, sin excusa para negarse, cumplió a regañadientes con lo que se esperaba de él, pero, al llegar al castillo de los Finn, sólo encontró allí a Sadv, su esposa, quien invitó al ogro a que pasara al interior de la fortaleza para esperar a su esposo, que no tardaría en llegar. Así lo hizo el gigante, sentándose junto a la supuesta cuna del hijo de Finn y contemplando con aprensión creciente al gigantesco niño, de más de seis metros de estatura.
—Si éste es el hijo de mi adversario —se preguntaba, ya que así se lo había asegurado Sadv—, ¿cómo será su padre?
Finalmente, la idea llegó a ser demasiado inquietante para el ogro, que salió disparado del castillo y atravesó de regreso la Calzada de los Gigantes, perseguido por los enormes terrones de greda que el bebé, que no era otro que el mismo Finn disfrazado, le arrojaba desde la costa. Y según cuenta la leyenda, el terrón más grande que arrancó, extraído del centro del Ulster (hoy territorio de Irlanda del Norte), provocó un profundo agujero que inmediatamente se llenó de agua, formando lo que luego (y hasta la actualidad) se conocería como Lough Neagh (o Loch Ness = Lago Negro). El gigantesco terrón así desarraigado y arrojado por Finn al gigante en fuga, cayó cerca de la costa escocesa, formando lo que hoy se conoce como la Isla de Man.

La muerte de Finn y el ocaso de los Fianna


A pesar de sus artes mágicas y su sabiduría adquirida al comer del Salmón del Conocimiento, la inteligencia y la astucia de Finn fue decreciendo con la edad y llegó un momento, como sucede con muchos ancianos que durante su juventud han sido hombres fuertes y poderosos, en que empezó a albergar dudas sobre su potencia y su vigor, enfrentando a menudo situaciones que estaban por encima de sus ya considerablemente mermadas capacidades físicas. Hasta que en una ocasión, participando de una competencia entre un grupo de jóvenes guerreros, trató de impresionarlos cruzando de un salto el río Boyne, pero fracasó en el intento, cayendo en el centro de la corriente y ahogándose.
Sin embargo, las hazañas anteriores de Finn McCumhaill había hecho crecer sobremanera el prestigio de los Fianna, de manera tal que, a la muerte del rey Cormack McArt, su hijo Cairbry se vio en la necesidad de poner coto a las pretensiones de la Orden, que por ese entonces agobiaba a los restantes clanes exigiéndoles pesados tributos en todo el país.
Cairbry convocó a todos los reyes provinciales a dejar de pagar las prebendas exigidas por los Fianna y a levantarse en armas contra ellos. La batalla decisiva de aquella guerra tuvo lugar en la llanura de Gowray y, según cuentan las leyendas, la matanza entre ambos bandos fue tan sangrienta que después de aquel combate, la población de Erín sólo contaba con ancianos, mujeres y niños.
Al cabo de varios días de lucha, los Fianna habían sido prácticamente exterminados, y Cairbry, Alto Rey de Irlanda, y Osgur, hijo de Oissin, se trabaron en combate individual, hiriéndose mortalmente el uno al otro, hecho que condujo al fin de la guerra y la pacificación, al menos temporal, del territorio de Erín.

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