domingo, 27 de octubre de 2013

El Mahabharata relatado en 15 episodios (XI) Kurukshetra

Los trece años del exilio habían pasado, y los Pandavas una vez más se revelarían ante sus amigos por su habilidad en la batalla. Ahora se organizaba un gran consejo de reyes en la corte de uno de sus aliados, y Dhritarashtra, oyendo esto, envió un embajador cargado con vagas palabras de paz y amistad a los Pandavas, pero sin ningún poder para hacer alguna propuesta definitiva para devolverles su reino y propiedad. Todos estuvieron de acuerdo con Yudhishthira en que había sólo una respuesta para dar a este embajador: «¡O nos entregáis lndraprastha o prepararos para la batalla!»
Ahora estaba claro realmente a todos los hombres que no quedaba alternativa para esas familias sino la guerra. Las agresiones de Duryodhana habían sido excesivas y muy persistentes. Demasiado personales y ofensivos habían sido los insultos hechos en la partida de juego. Duryodhana, además, había tenido todas las oportunidades que él anhelaba. Durante trece años, mientras sus primos estaban en el exilio, había gozado de la posibilidad de hacer alianzas y distribuir beneficios. Ahora debería poner a prueba la fidelidad y el coraje de los amigos que había conseguido. Las nubes de la guerra colgaban espesas y oscuras sobre las casas rivales, y ambas sabían que ahora la contienda debía ser a muerte. Y Duryodhana puso el mando de las fuerzas de los Kauravas en las manos de Bhishma, mientras Karna, para que no se creara una facción separada en el ejército, prometió no luchar mientras no fuera muerto el gran señor. Las fuerzas de los Pandavas estaban bajo el mando del príncipe Panchala, el hermano de Draupadi, Dhrishtadyumna. Y Hastinapura, al aproximarse la batalla, poblada de reyes y hombres en armas, con elefantes y carros y miles de soldados a pie (de infantería), parecía el océano al salir la Luna. Y los Pandavas también juntaron sus fuerzas en la capital de Drupada, y ambos bandos marcharon a la gran llanura de Kurukshetra, la cual sería el escenario de batalla. Así entraron ambas partes a la mansión en que el juego sería la guerra, los apostadores serían los hombres y sus propias vidas las apuestas, y donde el tablero de juego sería el campo de batalla, cubierto de ejércitos, carros y elefantes. Desde el principio Duryodhana había dado órdenes de que Bhishma, como comandante, debía ser protegido de los peligros, y habiendo oído vagamente del mismo Bhishina que sólo Shikhandin podía traer su muerte, ordenó que a lo largo de Ea batalla debían hacerse todos los esfuerzos necesarios para matar a Shikhandin.
El ejército menor que marchaba bajo las banderas de los Pandavas y Panchalas estaba lleno de alegría y ánimo. Sus hombres parecían ebrios de deleite ante la idea de la batalla; sus mentes renacían ante el combate.
Mientras tanto, Bhishma percibió terribles augurios, y dondequiera que Duryodhana se sentaba a pensar en la batalla se lo oía suspirar.

La batalla


Cuando salió el sol en el día fatal los dos grandes ejércitos estaban cara a cara el uno frente al otro; con sus carros y corceles y sus espléndidos estandartes parecían dos ciudades rivales. Sonó la caracola y las trompetas de batalla, y con un enorme movimiento, como el de un maremoto sobre el océano o una tempestad barriendo sobre los bosques, las dos fuerzas se echaron una sobre otra, y el aire se llenó con los relinchos de los corceles y el ruido y los gemidos de los combatientes. Con rugidos leoninos y gritos clamorosos, con el estruendo de las trompetas y cuernos de vaca y el estrépito de los tambores y címbalos, los guerreros de ambos lados corrían unos sobre otros. Por un momento el espectáculo fue hermoso, luego se convirtió en furioso, y todo estaba escondido en su propio polvo y confusión. Los Pandavas y los Kurus lucharon como si estuvieran poseídos por demonios. Padre e hijo, hermano y hermano se olvidaron unos de otros. Los elefantes se desgarraban unos a otros con sus colmillos. Los caballos caían muertos y grandes carros caían aplastados sobre la tierra. Las banderas fueron hechas pedazos. Las flechas volaban en todas direcciones, y en cualquier sitio en que la oscuridad se aclaraba por un momento se veía el resplandor de las espadas y armas en mortífero encuentro.
Dondequiera que el combate era más intenso, allí estaba Bhishma, el líder kuru, con su blanca armadura sobre su carro plateado, como una Luna llena en una noche sin nubes. Sobre él flameaba su estandarte, con una palmera plateada sobre un suelo blanco. Y ningún guerrero a quien apuntara podía sobrevivir al disparo de su mortífera flecha. Y todos sus Óponentes temblaban, y uno tras otro derribó a oficiales demasiado confiados. Y como la oscuridad de la noche llegaba los comandantes rivales retiraron sus tropas para el descanso nocturno. Pero había pena en ambos bandos por los caídos en el combate durante el día. Pasaron un día tras otro, y entre la creciente ruina y carnicería los Pandavas vieron claro que mientras Bhishma viviera ellos no podrían vencer. En el décimo día, entonces, un combate fatal fue emprendido. Bhishma fue mortalmente herido, y el mando kuru recayó en Drona.
Bajo Drona los Kurus otra vez gozaron de un resplandor de victoria. La ciencia del viejo preceptor tenía su valor en permitirle disponer sus fuerzas adecuadamente para avanzar y conocer cuál era el punto acertado para atacar. Después de un tiempo se hizo evidente que, bajo su dirección, toda la fuerza kuru se estaba concentrando en el secuestro de la persona de Yudhishthira, dado que Drona, según se sabía, había hecho la promesa de capturar al rey Pandava. El enemigo, por otra parte, había tomado el desafío desde el comienzo del vencimiento personal de Drona; sólo era la voluntad de Arjuna que su viejo maestro fuera cogido con vida.

El engaño de Bhima


Este deseo no fue realizado. Mientras Ashvatthaman, el hijo de Drona, viviera se creía que su padre nunca sería vencido, dado que el amor e ilusión por su hijo eran suficientes para mantenerlo lleno de coraje y energía. Bhima, por tanto, empeñado en la derrota de Drona, eligió un elefante llamado Ashvatthaman y lo mató con sus propias manos, y entonces se lanzó con todo su poder hacia el frente de los kurus cerca de donde se encontraba Drona, gritando:
«¡Ashvatthaman está muerto! ¡Ashvatthaman está muerto!»
Drona escuchó las palabras, y durante el primer momento su fuerte corazón se abatió. No sería fácilmente que él aceptara la noticia que al final resultó ser su golpe mortal. A no ser que esto fuera confirmado por Yudhishthira, quien era, él decía, incapaz de mentir, aun por la soberanía de los tres mundos, él nunca creería que Ashvatthaman estaba muerto. Yendo hasta Yudhishthira, Drona le preguntó por la verdad, y éste contestó con una voz clara: «¡Sí, oh Drona! ¡Ashvatthaman está muerto!» Y esto lo repitió tres veces. Pero después de la palabra Ashvatthaman dijo indistinguiblemente cada vez «el elefante». Estas palabras, sin embargo, Drona no las oyó. Hasta ese momento los caballos y las ruedas del carro de Yudhishthira nunca habían tocado la tierra. Pero luego de esta mentira bajaron un palmo y fueron por el suelo. Entonces Drona, desesperado por la pérdida de su hijo, se volvió incapaz de pensar en sus armas divinas. Viendo entonces que el momento había llegado, instruyó a los grandes arqueros que estaban a su alrededor sobre cómo debían conducir la batalla, y dejando a un lado sus propias armas, se sentó en el frente de su carro, con la mente puesta en sí mismo. En ese momento Dhrishtadyumna, el general Pandava, había empuñado su espada y saltado al suelo para atacar a Drona en un combate personal. Pero antes de tocarlo el alma del general kuru se había marchado, y para los pocos que tuvieron la visión pareció por un momento como si el cielo tuviese dos soles al mismo tiempo. Pero nadie desvió el brazo de Dhrishtadyumna, y la espada alzada cayó y cortó la cabeza de Drona, y ésta fue alzada inmediatamente del suelo por su supuesto verdugo y lanzada como un balón a la mitad de la multitud kuru. Por un momento pareció como si el ejército se dispersara y huyera. La oscuridad llegó, y fatigados y afligidos todos se marcharon a sus cuarteles.
Todavía faltaban unos pocos días, y Karna cogió el mando. Pero con su muerte dos días después se hizo claro que los Pandavas iban a ser los ganadores. Sin embargo, Duryodhana permanecía con imbatible coraje; no avanzaba pero estaba decidido a no ceder terreno; y cuando él fue derrotado en una lucha individual por Bhima, y todos sus odios juveniles terminados con la muerte, recién entonces los Pandavas pudieron ser aclamados como victoriosos.
Entonces fmalmente los dieciocho días de batalla terminaron con la victoria de Yudhishthira y sus hermanos, y Duiyodhana y todos los hijos de Dhritarashtra fueron vencidos con la muerte, como una lámpara que se extingue al mediodía.

El Bhagavad Gita

El Bhagavad Gita es una declaración de Krishna, de inspiración en parte filosófica y en parte devocional, hecha por éste inmediatamente antes de la gran batalla entre los Kurus y los Pandavas, y dicha en respuesta a la protesta de Arjuna en que expresa su falta de voluntad de dar muerte a sus amigos y parientes. Este Gita, o canción, se ha convertido en un evangelio universalmente aceptado entre todas las sectas indias. Ningún trabajo de igual longitud expresa tan bien la tendencia del pensamiento indio, o tan completamente describe los ideales del carácter indio.
Habla de diversos caminos de salvación; esto es, escapando del yo y conociendo a Dios: por amor, por trabajo y por estudio. Dios tiene dos modos de ser: el no manifiesto y absoluto, y el manifiesto y no absoluto. Hay, en realidad, algunos que buscan la experiencia directa de lo absoluto; pero, como dice Shri Krishna:
«Excesivamente grande es la tarea de aquellos cuya mente está junto a lo no manifiesto, dado que el camino a lo no manifiesto es ganado penosamente por aquellos que visten el cuerpo.» Para todos aquellos que no están aún maduros para tan supremo esfuerzo Shri Krishna enseña una devoción pasional hacia él y un tenaz sva-dharma —esto es, acción de acuerdo a los deberes de cada individuo—. Hemos visto ya (Ramayana, pág. 10) que la moralidad o las reglas de conducta no son lo mismo para todos los individuos: la moralidad de un yogui es diferente a la de un caballero. Shri Kríshna enseña que hacer la acción para la cual un hombre es llamado, sin vínculos a los frutos de la acción —esto es, indiferente de el éxito o el fracaso, o a alguna ventaja o desventaja resultante a uno mismo—, es un cierto medio de progreso hacia el conocimiento de Dios. Y a aquellos a quienes el problema del sufrimiento consterna él les dice: «No te aflijas por la vida o muerte de los individuos, dado que es inevitable; los cuerpos por cierto van y vienen, pero la vida en su conjunto es inmortal e ilesa, no es muerta ni es matada» —nayam hanti na hanyate.
Por ello, cuando Arjuna protesta que él no desea matar a sus parientes en la batalla, Krishna contesta, como Brynhild a Sigurd:

¿Harás la acción y te arrepentirás? Mejor no hubieses nacido:
¿Harás la acción y la exaltarás? Entonces tú serás anticuado.
Tú harás la acción y la soportarás, y te sentarás en tu trono en alto,
Y mirarás al hoy y al mañana como aquel que nunca estará muerto.

El extracto siguiente expresa estas ideas en las palabras del mismo Gita:

Habla Arjuna:

«Oh Krishna, cuando veo mis parientes formados para la batalla, Gandiva cae de mis manos y mi mente está toda desordenada,
»Porque no ansío la victoria, oh Krishna, ni reino, ni deleites;
¿qué es el parentesco, qué es el placer, o aun la vida misma, oh Señor del Rebaño,
»Cuando aquellos para los cuales son queridos el parentesco, el placer y el deleite están aquí formados para la batalla, ¿abandonando vida y riqueza?
»No los mataré, aunque ellos buscarían matarme; no para el señorío de los tres mundos, mucho menos para el reino de la Tierra.
»¿Qué placer puedo encontrar, oh agitador de la gente, al matar al pueblo de Dhritarashtra? Estaremos manchados por el pecado si matamos a esos héroes.
»Sería mejor que los hijos de Dhritarashtra, arma en mano, me mataran sin resistencia y desarmado.»
Así el del lazo en el cabello habló al Señor del Rebaño, diciendo: «No lucharé.»

Krishna responde:
«Tú has dicho palabras que parecen sabias, pero sin embargo te apenas por aquellos por cuyo bien la pena no es adecuada. Los sabios de ninguna manera se apenan por los vivos o los muertos.
»Nunca en ningún momento he dejado de estar yo, ni tú, ni alguno de los príncipes de los hombres, ni realmente dejaremos alguna vez de estar en tiempos venideros.
»Como el habitante del cuerpo soporta la niñez, la juventud y la madurez, de la misma forma él pasa a otros cuerpos. El fuerte no se apena por esto.
»No son sino los sonidos de los instrumentos del sentido, oh hijo de Kunti, que traen el frío y el calor, el placer y la pena; son ellos los que vienen y se van, sin resistir; resiste a ellos, oh hijo de Bharata.
»Pero sabe que Eso que interpenetra todo es indestructible; nada puede destruir esos desafíos del Ser.
»No son sino estos cuerpos del habitante del cuerpo, eterno, infinito, inmortal, que tienen un fin; entonces lucha, oh hijo de Bharata.»

Entonces, todavía hablando de esa vida imperecedera, a que la vida y la muerte no tocan, Krishna continuó:

«Que no ha nacido, ni ha muerto, ni ha sido, ni dejará de ser; lo no nacido, eterno, perpetuo y antiguo, eso no es matado cuando un cuerpo muere.
»Sabiendo que Eso es imborrable, perpetuo, no nacido y no disminuido, ¿a quién o qué puede ser que un hombre pueda matar, o mediante qué puede el ser muerto?
»Como un hombre que se ha quitado sus prendas coge otras nuevas, el habitante del cuerpo, quitándose del cuerpo en desuso, entra en otro nuevo.
»No manifiesto, impensable, imperturbable es Eso. Sabiéndolo así, no deberías apenarte.
»Dado que este habitante del cuerpo podrá nunca en ningún cuerpo ser herido, oh hijo de Bharata; por ello, no deberías apenarte por ninguna criatura.
»Sino que, mirando a la tarea que tú tienes fijada [svadharma], no temas; dado que no hay nada mejor bienvenido para un caballero que una batalla justa.»

En los pasajes posteriores Shri Krishna proclama su propia naturaleza:

«Oye, oh niño de Pritha, cómo podrías tú conocerme completamente de verdad, practicando yoga, y tu mente unida a mí.
»Ocho componentes tienen mi naturaleza —tierra, agua, fuego y viento; espacio, cerebro y comprensión, y sentido de mí mismo.
»Eso es lo menor; tú también conoces mi otra naturaleza, la mayor —de alma elemental que sujeta al universo, tu poderoso héroe.
»Sabe que de estas dos parten todos los seres; en mí está el universo y en mí su disolución.
»No hay nada que sea mayor que yo, oh rico ganador; todo este universo parte de mí como filas de piedras preciosas sobre una hebra.
»Soy el sabor de las aguas, oh hijo de Kunti, y la luz en el Sol y la Luna; y en los Vedas soy el Orn, en el espacio soy el sonido, en el hombre soy la virilidad.
»Soy la pura fragancia de la tierra y la luz en el fuego; yo soy la vida en todos los seres vivos y el ascetismo de los ascetas.
»Sabe, niño de Pritha, soy la siembra eterna de uno y todos los seres; yo soy la razón de lo racional, el esplendor de lo espléndido.
»La fuerza del hombre fuerte soy yo, vacío de ansias y pasión; en las criaturas soy el deseo que no está en contra de la ley, oh Bharata señor.
»Sabe que de mí parten los humores y las bondades, la ferocidad y la melancolía; yo no estoy en ellos, sino ellos en mí.
»Desconcertado por este triple humor, todo este mundo no me conoce a mí, que estoy sobre los humores e imperturbable.
»Dado que a esta ilusión divina, nacida en los humores, es difícil atravesarla. Vienen a mí quienes pasan más allá de este encanto.

»Conozco los seres que pasaron, están presentes y por venir, Arjuna; pero nadie me conoce a mí.»

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