domingo, 27 de octubre de 2013

Mitología finlandesa (I)

Muchas otras tribus nómadas, que provienen del extremo oriente, desde los
confines del mar Amarillo, vienen a configurarse en la zona septentrional de
Eurasia. Primero viven del pastoreo y de la cría de ganado, por ello necesitan
asentarse en lugares muy extensos y con mucha vegetación. Desarrollan sus
creencias, también a partir del temor que les imponen los fenómenos naturales, y
unifican su trabajo de forma conminatoria para hacer frente a la depredación y al
robo. Su origen étnico es muy dispar, por lo que es preferible denominarlos
genéricamente como los pueblos de la estepa, y su pragmatismo era su principal
característica. Por ello, todas las tribus aceptaban el caudillaje y se organizaban
de forma férrea y sólida, tanto en lo político como en lo social. Sus
asentamientos debían realizarse en espacios abiertos y extensos; cada horda
tenían plena autonomía, y sus guerreros gozaban de igualdad de derechos y
obligaciones. Al mando de todos ellos se hallaba el príncipe o caudillo
—"Kan"— que ejercía su autoridad a partir de su conocimiento y relación con
las armas de hierro. El oficio de herrero era uno de los más estimados, pues se
pensaba que quien era capaz de dominar el hierro con el fuego es porque
conocía secretos que los propios dioses le habían confiado. Por todo esto, los
jefes eran, a menudo, identifica dos con la divinidad. Por ejemplo, uno de los
dirigentes más célebres, como era el caso de Gengis, estaba considerado como el
enviado de los dioses, y su poder perduraría después de su muerte. Una de las
hordas más sanguinarias fue la de los hunos, que tuvieron por jefe al feroz Atila,
quien consiguió invadir occidente y saqueó numerosas poblaciones galas;
también devastó ciudades como Padua y Milán.
Estos pueblos de la estepa tenían gran fe en la magia que los "Chamanes"
—sus sacerdotes— sabían utilizar en momentos críticos. Los "Chamanes"
afirmaban, también, que el cosmos estaba poblado de genios de naturaleza
ambivalente: y, así, había buenos y espíritus malos. Toda persona acoge dentro
de sí misma ambos espíritus, y otro tanto sucede en el cosmos y en la naturaleza.
Los espíritus que habitan en el aire son benéficos; los que habitan en la tierra,
maléficos. Por ello, es muy importante contentar a estos últimos. El firmamento
era el lugar en el que se hallaban las divinidades y, también, las nubes que
enviaban la lluvia necesaria para que hubiera pasto para los animales.
Las leyendas de Finlandia
Luonnotar, virgen e hija del aire, se lanzó al mar y allí quedó henchida por
el viento durante siete siglos y nadando sin cesar por todos los mares, hasta que
pidió a Ukko, dios supremo, que la ayudase a parir tras aquel interminable
embarazo del aire. Un pájaro, una magnífica águila del cielo, vino a posarse
sobre sus piernas y en ellas puso su nido y seis huevos de oro y otro más de
hierro, empollándolos durante tres días, hasta que Luonnotar sintió el calor
abrasador de los siete huevos y vendió sus piernas en el agua, para refrescarlas;
entonces los huevos cayeron al mar y de ellos brotó la Tierra, con su cielo, su
Luna y su Sol, pero la virgen seguiría en el agua, durante otros diez años más,
hasta que Luonnotar decidió crear vida en esa Tierra y dar forma a los
continentes y a las islas; pero todavía esperó otros treinta años más, hasta que
por fin parió al ya viejo y gigantesco Váinaámáinen, quien cayó al mar y en él
siguió, como su madre, nadando, hasta que después de ocho años, tocó la tierra
firme y pudo contemplar ensimismado aquella primera isla, aquel mundo
maravilloso que su madre había creado y que ahora le rodeaba con todo su
esplendor. Solo estaba Váinámáinen, hasta que el dios Sampsa vino a enseñarle
como cultivar el suelo con sus semillas, aunque a Váinámáinen no le pareció
demasiado perfecto lo que creció en su isla. Así que cuatro vírgenes salidas del
mar cortaron la hierba y quemáronla hasta que de la verde vegetación sólo
quedó ceniza. Y una encina comenzó a crecer, imbatible, apoderándose de la
tierra y del aire. Así que Váinámáinen pidió a su madre que le ayudara a tumbar
aquel árbol, y apareció un diminuto ser que luego creció y creció también, como
la encina. Con una hoja de hierba formó un hacha y con ella derribó de tres
golpes la encina. Había probado cual era la fuerza y el poder de la magia; había
dejado también espacio para que la vegetación recibiera la luz del sol y todas las
plantas medrasen. Váinámáinen se hizo él mismo un hacha y tumbó todos los
árboles que habían crecido, todos menos el abedul, sobre el cual se posaron los
pájaros del cielo.
Joukajainen y Aino

Váinámáinen era cantor de potente voz y profundo verso, y su fama llegó
hasta las tierras del norte perdido, hasta Pohjola. Un lapón presuntuoso, el
joven Joukahainen, emprendió la marcha al sur, para desafiar al viejo en su
terreno, en su casa de Vainola, a pesar de los consejos en contra de sus prudentes
padres. Y en tres jornadas de marcha desenfrenada llegó a los bosques de
Vainola, para enfrentarse con Váinámáinen, para demostrarle que era más sabio
que el viejo aquel, pero no pudo ganarle con la palabra y quiso imponerse con la
fuerza de su espada, obteniendo sólo mayor desprecio por parte de su rival
Váinámáinen, que se puso a cantar sus magias, y a dominarle con su poder.
Joukahainen quedó anonadado, dándose cuenta de quién era en realidad su rival.
Intentó comprar su libertad, pero sólo podía ofrecer sus arcos, algo de oro, algo
de plata, pero nada conseguía de su vencedor, hasta que ofreció a su propia
hermana Aino. Aquella oferta le gustó al viejo y cambió la magia de sentido,
liberando al presuntuoso Joukahainen de su hechizado encierro y ordenándole ir
a buscar a su hermana, según había prometido. Joukahainen volvió al norte, aún
más rápidamente que había venido, y llegó a casa de sus padres, para
comunicarles que había dado su hermana a Váinámáinen para recuperar su
libertad. Pero la madre estaba orgullosa de que su bella Aino fuera la esposa de
tan poderoso señor, aunque la joven Aino sufría por su infortunio y no quería
unirse a un viejo como Váinámáinen, sabía que debía cumplir la palabra dada
por su hermano, para que sobre ellos no cayeran las maldiciones del poderoso
viejo. Aino aceptó resignadamente su suerte y luego, entre los bosques, conoció
a Váinámáinen, en un penoso y mágico primer encuentro, que apenas pudo
resistir. Sobreponiéndose a sus deseos de huir, Aino marcha hacia su destino en
el lejano Sur, pero no llegará a Kaleva, porque se ahoga mientras nada
alegremente en las aguas del mar, inocente víctima de un destino que se volvió

en contra suya.
El dolor de Váinámáinen
Fue muy triste para todos conocer la cruel muerte de Aino; lloraron sus
padres, sus amigas, todos; lloró más que nadie, Váinámáinen. Pero salió al mar,
como tantas veces, con su aparejo de pesca para olvidar a Aino, y la encontró sin
saberlo, bajo la forma de un pez desconocido que escapó a tiempo de su
cuchillo, diciéndole quién había sido ella antes de convertirse en salmón.
Váinámáinen se quedó aún más triste, al comprender que la había perdido de
nuevo y para siempre. Pero su madre la virgen del aire se apiadó de su pena y le
habló sobre cómo debía buscar en Pohjola una bella virgen que fuera su esposa.
Obedeció Váinámáinen a su madre y marchó al norte, en busca de la novia
recomendada, sin saber que Joukahainen le esperaba dispuesto a vengarse, listo
para matarle con su arco tenso y sus flechas afiladas, desoyendo de nuevo los
consejos de su madre. Pero esos consejos desviaron la puntería de Joukahainen y
sus flechas fallaron, no alcanzaron al jinete, sino a la cabalgadura. Váinámáinen
cayó al mar y tragado por sus aguas, mientras Joukahainen creía haberle matado
y se jactaba de ello ante su horrorizada madre, que le maldecía por el daño
cometido. Joukahainen supo, después, por intermedio de la sombra de la
Justicia, que Váinámáinen, tras nueve días flotando a la deriva, había sido
sacado de las aguas por un águila y llevado hasta Pohjola; el viejo estaba vivo y
más cerca que nunca de conseguir la meta de su viaje: la novia que su madre
Luonnotar le había designado desde su tumba marina. El pobre y estúpido
Joukahainen no pudo superar su cobarde angustia, su miedo al castigo que sin
lugar a dudas se le venía encima, y se ahorcó de las ramas de un árbol que iba a

cortar.
Louhi y su hija
Váinámáinen estaba en las tierras de Pohjola, pero estaba cansado, herido y
perdido, al menos hasta que la buena Louhi supo de él y se le acercó para
ofrecerle la solución a sus cuitas, el regreso pronto a su casa de Vainola, todo a
cambio de un campo, un molino mágico, y — además— le ofrecía a su hija, una
virgen como la que su madre le había señalado. Váinámáinen no sabía forjar el
campo, pero sí prometió, de regreso a su hogar, mandarle a Ilmarinen el herrero
más capaz, el mismo que había forjado la cúpula celestial. Louhi aceptó el trato
y le dio un caballo mágico para que regresara al sur en un encantamiento sin
levantar la vista de su regazo, so pena de maldiciones sin fin. Y no era fácil la
tarea, ya que, a poco de empezar su camino, oyó un telar sobre él, sin acordarse
de lo que le había dicho Louhi, Váinámáinen levantó la cabeza y vio a la
hermosa doncella que tejía en oro y en plata, a la bella que le pidió un sitio en su
trineo, no sin antes exigirle que partiese la crin de su caballo rojo con una espada
sin filo, y que hiciera un nudo invisible con un huevo. Así lo hizo Váinámáinen,
pero no bastó, la caprichosa doncella le exigió una y otra vez nuevas pruebas. El
enamorado no llegó a darse cuenta de que los tres genios del mal estaban tras de
él, hasta hacer que se hiriera con su hacha, con una tremenda herida que
sangraba sin parar. Así que Váinámáinen no tuvo más remedio que abandonar a
la deseada doncella y salir en busca de alguien que pudiera cerrar su herida, pues
él había perdido todo poder mágico. Curado y repuesto, Váinámáinen prosiguió
su ruta hasta Kalevala para llegar al taller del herrero Ilmarinen y convencerle de
que debía ir a Pohjola a forjar el campo; no lo logró y tuvo que recurrir a su
recobrada magia para hacer que un torbellino lo arrebatara de su forja y lo

llevara hasta la oscura y fría tierra del norte.

La promesa cumplida en parte
Luohi vio llegar mágicamente al herrero Ilmarinen a su casa y apenas se
sorprendió cuando supo que se trataba de él. Ordenó al punto que se le preparase
el mejor acomodo y hasta hizo que se adornase con las mejores galas su bella
hija virgen, para ser después mostrada a Ilmarinen y ofrecida como recompensa
a cambio del campo anhelado. A la vista de la preciosa criatura Ilmarinen fue
buscando por Pohjola el lugar donde realizar su trabajo, y se puso a trabajar
febrilmente en la construcción de aquella forja, primero, y en la realización del
campo pedido después. Tardó tres días Ilmarinen en preparar la fragua y tres
días en fraguar el molino de tapa suntuosa, que era molino de harina por un lado,
molino de sal por otro y molino de moneda por el tercero. En su primer trabajo,
el campo molió una medida para ser comida, otra medida para ser vendida y una
tercera para que fuera guardada. Entregado el molino a Luohi, ésta lo guardó en
el lugar más recóndito de su casa. Fue entonces, cumplida su parte, cuando
Ilmarinen reclamó aquella virgen prometida, pero ella se negó a acompañarle,
porque no estaba dispuesta a ser su esposa. Ilmarinen se abatió, sin fuerzas para
nada, hasta tal punto que la madre de la virgen, la anciana Luohi se compadeció
de su tristeza y lo envió en una barca de regreso al sur, envuelto en la fuerza
mágica de un viento que ella convocó para que fuera transportado sin peligro en
tres singladuras hasta su añorada Kalevala. Allí, en la orilla, le esperaba el viejo
y a él dijo que el campo había sido construido y entregado a Luohi, según se
había acordado, pero también hizo saber que la doncella prometida no cumplió
su parte del trato y él, Ilmarinen, tanto como Váinámáinen, habían sido

doblemente burlados por la virgen de Pohjola.




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