domingo, 27 de octubre de 2013

El ramayana (II)

Hanuman


Pero hay en el Ramayana uno que, aun siendo un mono, lo es de una clase diferente. En esas partes de la India en que, como en el Himalaya o el interior de Maharashtra, los símbolos del hinduismo primitivo todavía abundan, pequeñas capillas de Hanuman son tan comunes como las de Ganesha, y el mono, como el elefante, ha alcanzado en la forma un singular y obvio convencionalismo de avanzada edad. Él es siempre visto de perfil, vigorosamente representado en bajo relieve sobre una losa. La imagen expresa la impresión de un complicado emblema más que realismo plástico. Pero no hay duda de la energía y belleza de las cualidades que representa. Puede cuestionarse si hay en toda la literatura otra apoteosis de lealtad y autorrenuncia como la de Hanuman. Él es el ideal hindú del sirviente perfecto, el sirviente que encuentra la completa realización de virilidad, de fidelidad, en su obediencia; el subordinado cuya gloria está en su propia inferioridad.
Hanuman debía ser ya viejo cuando el Ramayana fue concebido por primera vez. Es inútil intentar adivinar cuál puede haber sido el primer impulso que le creó. Pero él está ligado a una clase más distinguida que Sugriva y Bali, los príncipes a los cuales él sirve, puesto que de él, como de Jatayu, se dice que es hijo de Vayu, conocido en el Veda como el dios de los vientos. En cualquier caso la profundidad y la seriedad del papel asignado a él en el gran poema le aseguran una imborrable inmortalidad. Cualquiera que haya sido su edad u origen, Hanuman es ubicado por el Ramayana entre concepciones religiosas de la mayor importancia. Cuando él se inclina ante los pies de Rama, aquel príncipe que es también una divina encarnación, nosotros somos testigos del punto de encuentro de la primitiva adoración a la naturaleza con los grandes sistemas que van a dominar el futuro de la religión. Pero no debemos olvidar que en esta figura estos sistemas antiguos han alcanzado la calidad espiritual y hecho una contribución duradera al idealismo del hombre. En las épocas venideras la religión de Vishnu, el Protector, nunca podrá prescindir del más grande de los devotos, el dios-mono, y Hanuman nunca es realmente desplazado, incluso en estas fases tardías, cuando Garuda —el pájaro divino, que cazaba la imaginación de todas las primeras personas— ha cogido su sitio final como el vehículo, o asistente, de NaRavana. La maravillosa creación de Valmiki va a guardar hasta el final del tiempo su dominio sobre los corazones y la conciencia de los hombres.


La historia de Rama según Valmiki


Un día el ermitaño Valmiki preguntó al gran rishi  Narada si él podía nombrar un solo hombre que viviera en la bondad, la virtud, el coraje y la benevolencia. Entonces Narada le relató toda la historia que ahora se llama el Ramayana, dado que un hombre tal como del que Valmiki quería saber era el gran Rama.
Valmiki retomó a su choza del bosque. Al atravesar los bosques él vio un hombre-pájaro y una mujer-pájaro cantando y bailando. Pero en ese mismo momento un malvado cazador disparó al hombre-pájaro con una flecha de modo que éste murió, y su compañera lo lamentó larga y amargamente. Entonces el ermitaño, movido por piedad y enojo, maldijo al cazador y siguió. Pero en su camino sus palabras se le repetían, y encontró que ellas formaban una copla de un nuevo metro: «Llamemos a esto un shloka», dijo.
Al poco tiempo de llegar a su choza apareció ante él el brillante Brahma de cuatro caras, el Creador del Mundo. Valmiki lo adoraba; pero el infeliz hombre-pájaro y la recién compuesta shloka invadieron sus pensamientos. Entonces Brahma se dirigió a él con una sonrisa: «Fue mi deseo el que envió esas palabras que salieron de vuestra boca; el metro será muy famoso en adelante. Debéis componer en él la total historia de Rama; relata, oh sabio, todo lo que es sabido y todo lo que aún no es conocido por vos de Rama y Lakshrnana y la hija de Janaka, y de toda la tribu de los rakshasas. Lo que no es conocido por vos os será revelado, y el poema será verdad de la primera palabra a la última. Además, el Ramayana se divulgará entre los hombres tanto como en los mares y las montañas permanezcan.» Diciendo esto, Brahma desapareció.
Entonces Valmiki, viviendo en una ermita entre sus discípulos, se impuso a sí mismo la tarea de hacer el gran Ramayana, que ofrece a todo quien lo oye justicia y salud y satisfacción de deseos, tanto como rigurosas ataduras. Él buscó una visión en la historia que había oído de Narada, y además se sentó de acuerdo con el ritual yoga, y se impuso a sí mismo reflexionar sobre ese asunto y no otro. Entonces con sus poderes-yoga contempló a Rama y a Sita, a Lakshmana y a Dasharatha con sus esposas en sus reinos, riendo y conversando, soportando y no soportando, haciendo y deshaciendo como en la vida real, tan claro como uno podría ver una fruta sostenida sobre la palma de una mano. Él percibió no sólo lo que le había pasado, sino lo que pasaría. Luego, después de intensa meditación, cuando toda la historia se encontraba como un dibujo en su cerebro, él comenzó a darle forma en shiokas, de los cuales, cuando estuvo terminado, no hubo menos de veinticuatro mil. Entonces él pensó cómo podría ser publicado en tierras lejanas. Para esto él eligió a Kusi y Lava, los expertos hijos de Rama y Sita, que vivían en la ermita del bosque, y eran eruditos en los Vedas, en música y en recitación y en todas las artes, y además muy agradables de ver. Valmiki les contó todo el Ramayana hasta que ellos pudieron recitarlo perfectamente desde el principio al fm, de modo que aquellos que los oyeran parecieran estar viendo todo lo que se les contaba pasando frente a sus ojos. Posteriormente los hermanos fueron a la ciudad de Rama, Ayodhya, donde Rama los encontró y los recibió, pensando que ellos eran ermitaños; y allí frente a la corte entera, el Ramayana fue por primera vez recitado en público.


Dasharatha y el sacrificio del caballo


Había una vez una hermosa y gran ciudad llamada Ayodhya —esto es, «Inconquistable»— en el país de Koshala. Allí todos los hombres eran honrados y felices, cultos y satisfechos, veraces, bien provistos de bienes, autocontrolados y caritativos y llenos de fe. Su rey era Dasharatha, un auténtico Manu entre los hombres, una luna entre las estrellas. Él tenía muchos sabios consejeros. entre los cuales estaba Kashyapa y Markandeya, y también tenía dos píos sacerdotes unidos a su familia, a saber, Vashishtha y Vamadeva. Él entregó a su hija Santa a otro gran sabio, Rishyasringa. Estos sacerdotes eran unos hombres tales que podrían aconsejarle y juzgar sabiamente sobre las cosas; ellos estaban bien versados en las artes de la política y sus palabras siempre expresaban justicia. Sólo uno de los deseos de Dasharatha no era satisfecho: no tenía hijo para continuar su linaje. Por ello, luego de muchas austeridades vanas, se decidió por fin por la mayor de todas las ofrendas —el sacrificio de caballo—, y llamando al sacerdote de la familia y a otros brahmanes dio todas las órdenes necesarias para esta tarea. Entonces, volviendo a habitaciones más interiores del palacio, les dijo a sus tres esposas lo que se estaba tramando, ante lo cual sus caras brillaron de júbilo, como flores de loto en la primavera.
Un año más tarde el caballo, que había sido puesto en libertad, volvió y Rishyasringa y Vashishtha llevaron a cabo la ceremonia, y hubo gran festejo y alegría. Entonces Rishyasringa dijo al rey que le nacerían cuatro hijos, que perpetuarían su raza; dulces palabras por las cuales el rey se alegró enormemente.

Nace Vishnu como (con la forma de) Rama y sus hermanos


En este momento todas las deidades estaban reunidas para recibir su parte de las ofrendas hechas, y estando juntas se acercaron haciendo una petición a Brahma: «Un cierto rakshasa malvado llamado Ravana nos oprime sobremanera», dijeron, «a quien sufrimos pacientemente porque vos habéis otorgado a él un deseo: no ser muerto por gandharvas, o yakshas, o rakshasas, o dioses. Pero ya su tiranía es inaguantable, y, oh señor, vos deberíais inventar algún método para destruirlo.» A ellos Brahma les respondió:
«Ese perverso rakshasa desdefló pedirme inmunidad del ataque de los hombres: sólo por el hombre puede y será muerto.» Ante esto las deidades se alegraron. En ese momento llegó el gran dios Vishnu, vestido con traje amarillo, sosteniendo una maza y un disco y una caracola, y cabalgando sobre Garuda. Las deidades lo reverenciaron y le pidieron que naciera en la forma de los cuatro hijos de Dasharatha para la destrucción del astuto e incontenible Ravana. Entonces el de los ojos de loto, haciéndose a sí mismo cuatro seres, eligió a Dasharatha de padre y desapareció. En una extraña forma, como un tigre en llamas, reapareció en el fuego de sacrificios de Dasharatha y, saludándolo, se nombró a sí mismo como el mensajero de Dios. «Vos aceptaréis, oh tigre entre hombres», dijo, «este arroz y leche divinos, y lo compartiréis con vuestras esposas.» Entonces Dasharatha, lleno de alegría, cogió la comida divina y llevó una porción a Kaushalya, y otra porción a Sumitra, y otra a Kaikeyi, y la cuarta a Sumitra otra vez. A su debido tiempo, de ellas nacieron cuatro hijos, a partir del propio Vishnu —de Kaushalya, Rama; de Kaikeyi, Bharata, y de Sumitra, Lakshmana y Satrughna, y esos nombres les fueron dados por Vashishtha.
Mientras tanto los dioses crearon poderosas multitudes de monos, bravos y sabios y veloces, que podían cambiar su forma, difíciles de ser muertos, para ser los ayudantes del heroico Vishnu en la batalla contra los rakshasas.
Los cuatro hijos de Dasharatha crecieron hasta alcanzar la virilidad, sobresaliendo todos en valentía y virtud. Rama especialmente se convirtió en el ídolo de la gente y el favorito de su padre. Versado en el Veda, no era menos experto en las ciencias de los elefantes y los caballos y conduciendo coches, y un verdadero ejemplo de cortesía. Lakshmana se dedicó personalmente a servir a Rama, de manera que los dos estaban siempre juntos. Como una fiel sombra Lakshmana seguía a Rama, compartiendo con él todo lo que era suyo, y protegiéndolo cuando éste salía a hacer ejercicios o a cazar. De la misma manera Satrughna se dedicó personalmente a Bharata. Así sucedió hasta que Rama alcanzó la edad de dieciséis años.
En ese momento hubo un cierto gran rishi llamado Vishvamitra, originariamente un kshatriya, quien, mediante la práctica de inaudita austeridad, había ganado de los dioses el estado de brahma-rishi. Él vivía en la ermita de Shaiva llamada Siddhashrama, y había llegado para obtener un deseo de Dasharatha. Dos rakshasas, Mancha y Suvahu, apoyados por el malvado Ravana, perturbaban continuamente sus sacrificios y contaminaban su fuego sagrado: nadie sino Rama podría vencer a estos diablos. Dasharatha le recibió a Vishvamitra con mucho gusto, y le prometió cualquier obsequio que desease; pero cuando supo que era requerido su querido hijo Rama para una empresa tan terrible y peligrosa, se deprimió, y parecía como si la luz de su vida se hubiese apagado. Sin embargo, no pudo romper su palabra, y sucedió que Rama y Lakshmana se fueron con Vishvamitra durante los diez días de sus ritos sacrificatorios. Pero aunque fue por tan poco tiempo, esto fue el comienzo de su virilidad y del amor y de la lucha.
Vashishtha vitoreó el corazón de Dasharatha, y le aseguró la victoria de Rama. Así, con la bendición de su padre, Rama partió con Vishvamitra y su hermano Lakshmana. Una brisa fresca, encantada al ver a Rama, abanicó sus canas, y sobre ellos llovieron flores desde el cielo. Vishvamitra los guió en el camino; y los dos hermanos, llevando arcos y espadas, y vistiendo joyas espléndidas y guantes de piel de lagarto en sus dedos, siguieron a Vishvamitra como llamas gloriosas, haciéndolo brillar con la reflexión de su propia radiación.
Llegados a la ermita, Vishvamitra y los otros sacerdotes comenzaron su sacrificio; y cuando los rakshasas, como nubes que oscurecían el cielo, corrieron hacia adelante formando horribles formas, Rama hirió e hizo que se fugaran Mancha y Suvahu, y mató a los demás malvados habitantes de la noche. Pasados los días de sacrificio y rito en Siddhashrama, Rama preguntó a Vishvamitra qué otro trabajo quería de él.


Rama desposa a la hija de Janaka


Vishvamitra respondió que Janaka, rajá de Mithila, estaba por celebrar un gran sacrificio. «Hasta allí», dijo, «nosotros debemos ir. Y vos, oh tigre entre los hombres, debéis venir con nosotros, y allí contemplar un estupendo y maravilloso arco. Los dioses dieron hace mucho tiempo este gran arco al rajá Devarata; y ni dioses ni gandharvas ni asuras ni rakshasas ni hombres han conseguido encordarlo, aunque muchos reyes y príncipes lo han intentado. Este arco es adorado como una deidad. Debéis contemplar el arco y el gran sacrificio de Janaka.»
Así, todos los brahmanes de esa ermita, encabezados por Vishvamitra, y acompañados por Rama y Lakshmana, partieron para Mithila; y los pájaros y las bestias que vivían en Siddhashrama siguieron a Vishvaniitra, cuya riqueza era su ascetismo. Mientras recorrían las sendas del bosque Vishvamitra contaba antiguas historias de dos hermanos, y especialmente la historia del nacimiento de Ganga, el gran río Ganges.
Janaka dio la bienvenida a los ascetas con gran honor, y asignándoles sitios de acuerdo con su rango, preguntó quiénes podrían ser esos hermanos que caminaban entre hombres como leones o elefantes, hermosos y semejantes a dioses. Vishvamitra contó al rey Janaka toda la historia de los hijos de Dasharatha, su viaje a Siddhashrama y su lucha contra los rakshasas, y cómo ahora Rama había llegado a Mithila para ver el famoso arco.
Al día siguiente Janaka convocó a los hermanos para ver el arco. Primero les contó cómo ese arco había sido entregado por Shiva a los dioses, y por los dioses a su propio ancestro, Devarata. Y agregó: «Tengo una hija, Sita, no nacida de los hombres, sino surgida del surco cuando araba el campo y lo santificaba. A quien doble el arco yo ofreceré mi hija. Muchos reyes y príncipes han intentado encordarlo y han fallado. Ahora les enseñaré el arco, y si Rama consigue encordánlo le entregaré a mi hija Sita.»
Entonces el gran arco fue traído sobre un carro de ocho ruedas llevado por cinco mil hombres altos. Rama sacó el arco de su funda e intentó curvarlo; éste cedió fácilmente, y él lo encordó y lo tensó hasta que finalmente se partió en dos con el sonido de un terremoto o un trueno. Los miles de espectadores estaban pasmados y asustados, y todos, salvo Vishvamitra, Janaka, Rama y Lakshmana, cayeron al suelo. Entonces Janaka elogió a Rama y dio órdenes para la preparación de la boda, y envió mensajeros a Ayodhya para invitar al rajá Dasharatha a la boda de su hijo, para dar su bendición y aprobación.
Después de eso los dos reyes se encontraron y Janaka entregó su hija a Rama, y su segunda hija Urmila a Lakshmana. A Bharata y Satrughna, Janaka dio a Mandavya y Strutakirti, hijas de Kushadhwaja. Entonces esos cuatro príncipes, cada uno cogiendo la mano de su novia, circunvalaron el fuego de los sacrificios, al estrado de matrimonio, al rey y a todos los ermitaños, mientras llovían flores desde el cielo y sonaba música celestial. Entonces Dasharatha y sus hijos y sus cuatro novias volvieron a su hogar, llevando con ellos muchos regalos, y fueron bienvenidos por Kaushalya y Sumitra y Kaikeyi, la de la delgada cintura. Y así, habiendo conseguido honor, riqueza y esposas nobles, esos cuatro hombres ejemplares vivieron en Ayodhya, sirviendo a su padre.
De esos cuatro hijos, Rama era el más querido por su padre y por todos los hombres de Ayodhya. En cada virtud sobresalía; dado que era de temperamento sereno en todas las circunstancias de fortuna o desgracia, nunca se enojaba en vano; recordaba una sola amabilidad, pero olvidaba cien injurias; era entendido en los Vedas y en todas las artes y las ciencias de la guerra y la paz, como hospitalidad, y política, y lógica, y poesía, y entrenamiento de caballos y elefantes, y tiro al blanco; honraba a los de edad madura; tenía poco en cuenta su propio deseo; no despreciaba a nadie sino que era solícito para el bienestar de todos; atento con su padre y sus madres, y leal a sus hermanos, especialmente a Lakshmana. Pero Bharata y Satrughna residían con su tío Ashwapati en otra ciudad.


Rama es nombrado sucesor


Entonces Dasharatha reflexionó que ya había gobernado muchos, muchos años, y que estaba fatigado, y pensó que ninguna alegría podía ser mayor que ver a Rama establecido en el trono. Convocó un consejo de sus vasallos y consejeros y reyes y príncipes vecinos que acostumbraban residir en Ayodhya, y con solemnes palabras, que tronaron como un tambor, dirigió un discurso a este parlamento de hombres:
«Vosotros sabéis bien que por muchos largos años he gobernado este reino, siendo como un padre para todos los que vivían en él. Sin pensar en buscar mi propia felicidad, he pasado mis días gobernando según dharma. Ahora yo desearía descansar, e instituir a mi hijo mayor Rama como sucesor y confiarle el gobierno. Pero, aquí, mis señores, solicito vuestra aprobación; porque el pensamiento imparcial es diferente del pensamiento apasionado, y la verdad surge del conflicto de varias opiniones.» Los príncipes se alegraron con las palabras del rey, como los pavos reales bailan al ver nubes cargadas de lluvia. Se levantó el murmullo de muchas voces, dado que por un momento los brahmanes y los líderes del ejército, los ciudadanos y los hombres del campo consideraron juntos sus palabras. Entonces respondieron:
«Oh anciano rey, aseguramos nuestra voluntad de ver al príncipe Rama nombrado sucesor, cabalgando sobre el elefante del Estado, sentado debajo del paraguas del dominio.»
Otra vez el rey les requirió mayor certeza: «¿Por qué querríais vosotros a Rama por vuestro gobernante?», y ellos respondieron:
«Por la razón de sus muchas virtudes, dado que él destaca sobre los hombres como Sakra entre los dioses. En compasión él es como la Tierra, en debate como Brihaspati. Dice verdades y es arquero poderoso. Siempre se ocupa del bienestar de la gente, y no quita méritos cuando encuentra un defecto entre muchas virtudes. Es hábil en la música y sus ojos miran con justicia. Ni sus placeres ni sus enojos son vanos; él es fácil de abordar y autocontrolarlo, y no lleva adelante una guerra o la protección de una ciudad o provincia sin un retorno victorioso. Es amado por todos. Realmente, la Tierra lo quiere como su señor.»
Entonces el rey convocó a Vashishtha, Vamadeva y otros de los brahmanes, y les encargó la preparación de la coronación de Rama. Fueron dadas órdenes para proveer oro y plata y joyas y vasijas rituales, granos y miel y mantequilla clarificada, tela no utilizada todavía, armas, carros, elefantes, un toro con cuernos dorados, una piel de tigre, un cetro y un paraguas, montones de arroz y cuajada y leche para alimentar cientos y miles. Se izaron banderas, se regaron las calles, en cada puerta se colgaron guirnaldas; se notificó a los caballeros que se presentaran vestidos con sus armaduras de malla, y a bailarines y cantantes que estuvieran preparados. Entonces Dasharatha mandó buscar a Rama, el héroe, que parecía una luna en toda su belleza, y Rama pasó a través de la asamblea agradando a los ojos de todas la personas, destacando como una luna en el cielo otoñal de claras estrellas, e inclinándose adoró los pies de su padre. Dasharatha lo alzó y lo colocó en un trono preparado para él, dorado y cubierto de piedras preciosas, donde parecía una imagen reflejada de su padre sobre el trono. Entonces el anciano rey habló a Rama de lo que había sido decidido, y anunció que sería nombrado su sucesor. Y agregó un sabio consejo en estas palabras: «Aunque tu arte es virtuoso por naturaleza, yo te aconsejaré por amor y por tu bien: practica aún más la amabilidad y domina tus sentidos; evita toda codicia y enojo; mantén tu arsenal y tesoro; personalmente y por medio de otros hazte informar de los asuntos de Estado; administra justicia libremente a todos, que la gente se alegrará. Prepárate, mi hijo, emprende tu tarea.»
Entonces los amigos de Kaushalya, madre de Rama, le contaron a ella todo lo que había sucedido, y recibieron oro y animales y joyas en recompensa por las buenas noticias, y todos los hombres agradecidos se dirigieron a sus hogares y veneraron a los dioses.
Entonces otra vez el rey mandó buscar a Rama y tubo una conversación con él. «Mi hijo», dijo, «te instituiré mañana como sucesor, porque estoy viejo y he soñado malos sueños, y los astrólogos me informaron que mi estrella de la vida está amenazada por los planetas Sol y Marte y Rahu. Por ello vosotros, con Sita, desde el momento de la puesta del sol, vais a guardar ayuno bien vigilado por vuestros amigos. Yo quisiera coronarte pronto, dado que incluso los corazones de los virtuosos cambian con la influencia de acontecimientos naturales, y nadie sabe lo que sucederá.» Entonces Rama dejó a su padre y buscó a su madre en las habitaciones interiores. La encontró en el templo, vestida de seda, adorando a los dioses y rezando por su bienestar. Allí también estaban Lakshmana y Sita. Rama se inclinó ante su madre, y le solicitó que preparara lo que ella creía necesario para la noche de ayuno, para él y Sita. Volviéndose luego a Lakshmana: «Gobierna tú la Tierra conmigo», dijo, «ya que esta buena fortuna es tanto tuya como mía. Mi vida y reino sólo los deseo por ti.» Entonces Rama fue con Sita hasta sus propios cuartos, y hasta allí también fue Vashishtha para bendecir el ayuno.
Toda la noche las calles y caminos de Ayodhya estuvieron llenos de hombres ansiosos; el tumulto y el murmullo de las voces sonaba como el rugido del mar cuando hay Luna llena. Las calles estaban limpias y lavadas, y con guirnaldas y cordeles con banderas; lámparas encendidas fueron puestas sobre candelabros. El nombre de Rama estaba en los labios de cada hombre, y todos estaban expectantes del día siguiente, mientras Rama guardaba ayuno en el interior.


La conspiración de Kaikeyi


Todo este tiempo la madre de Bharata, Kaikeyi, no había oído una palabra de la intención del rajá Dasharatha. Kaikeyi era joven y apasionada y muy hermosa; ella era generosa por naturaleza, pero no tan sabia y amable como para no ser dominada por los torcidos mandatos de su propio deseo u otra instigación. Ella tenía una fiel vieja y jorobada criada de una malvada disposición; su nombre era Manthara. Ahora Manthara, oyendo los festejos y enterándose de que Rama iba a ser nombrado sucesor, se apresuró a informar a su señora de la desgracia que caía sobre Bharata, ya que de esa forma veía ella el honor que se otorgaba a Rama. «Oh insensata», dijo, «¿por qué actúas con pereza y con alegría cuando esta desgracia te está ocurriendo?» Kaikeyi le preguntó qué mal había ocurrido. Manthara respondió con enojo: «Oh mi señora, una terrible destrucción espera a tu felicidad, tanto que estoy sumergida en un miedo terrible y afligida con pesar y tristeza; ardiendo como un fuego, te he buscado apresuradamente. Actúas como una verdadera reina de la Tierra, pero sabe que mientras tu señor habla afablemente, él es astuto y deshonesto por dentro, y te desea daño. Es el bienestar de Kaushalya lo que él persigue, no el tuyo, a pesan de que sean amables las palabras que tiene para ti. ¡ Se desentiende de Bharata y Rama será puesto en el trono! Realmente, mi niña, has criado para marido una víbora venenosa. Ahora actúa rápido y encuentra una forma de salvarte a ti misma y a Bharata y a mí.» Pero las palabras de Manthara dieron risa a Kaikeyi: ella se alegró sabiendo que Rama sería sucesor y, obsequiando con una joya a la jorobada criada, dijo: «¿Qué beneficio puedo darte por esta noticia?» Estoy realmente contenta de oír este relato. Rama y Bharata son muy queridos para mí, y no encuentro diferencia entre ellos. Está bien que Rama sea puesto en el trono. Te doy las gracias por la noticia.»
Entonces la jorobada criada se puso más enojada y tiró la joya. «Realmente», dijo, «actúas con locura al alegrarte ante tu calamidad. ¿Qué mujer de buen sentido se alegraría por las noticias mortíferas de la preferencia por el hijo de una coesposa? Deberías estar como si fueras la esclava de Kaushalya, y Bharata como el sirviente de Rama.»
Pero todavía Kaikeyi no tuvo envidia. «¿Por qué afligirme por la fortuna de Rama?», dijo. «Él está bien dotado para ser rey; y si el reino es suyo, también lo será de Bharata, dado que Rama siempre mira por sus hermanos como por sí mismo.» Entonces Manthara, suspirando muy amargamente, contestó a Kaikeyi: «Poco entiendes tú, pensando que es bueno lo que es una mala fortuna. ¿Deberías concederme una recompensa por la preferencia a tu coesposa? Seguramente Rama, cuando esté bien establecido, desterrará a Bharata a una tierra lejana o a otro mundo. Bharata es su enemigo natural, porque ¿qué otro rival tiene él, dado que Lakshmana desea sólo el bienestar de Rama, y Satrughna está ligado a Bharata? Tú deberías salvar a Bharata de Rama, quien lo dominará como un león a un elefante: vuestra coesposa, la madre de Rama, también te buscará venganza por la acción que en una ocasión tú has hecho a ella. Lo sentirás mucho cuando Rama gobierne la tierra. Deberías, mientras haya tiempo, hacer planes pasa establecer a tu hijo en el trono y expulsar a Rama.»
Así fueron despertados el orgullo y los celos de Kaikeyi, quien poniéndose roja de enojo y respirando hondo y fuerte contestó a Manthara:
«Este mismo día Rama debe ser expulsado y Bharata nombrado sucesor. ¿Tienes algún plan para conseguir esta voluntad mía?»
Entonces Manthara le recordó una antigua promesa: largo tiempo atrás en una gran batalla con los rakshasas Dasharatha había sido herido y casi muerto; Kaikeyi lo había encontrado inconsciente sobre el campo de batalla, y lo había conducido hasta un sitio seguro y allí lo había curado; Dasharatha, agradecido, le había concedido dos deseos, y ella había reservado estos deseos para pedírselos cuando y como a ella le conviniera. «Ahora», dijo Manthara, «pide a tu marido estos deseos: establecer a Bharata como sucesor en el trono y desterrar a los bosques por catorce años a Rama. Durante esos años Bharata se habrá establecido tan bien y se habrá hecho tan querido por la gente que no tendrá que temer a Rama. Por tanto, entra en la cámara-del-enojo: deshazte de tus joyas y ponte una sucia prenda, no pronuncies palabra o mires a Dasharatha. Tú eres su más querida esposa a quien él no puede negar nada, ni tampoco soportar verte afligida. Te ofrecerá oro y joyas, pero tú rechaza todo ofrecimiento que no sea el destierro de Rama y la coronación de Bharata.»
Así fue llevada Kaikeyi a elegir como bueno aquello que era en realidad lo más malvado; excitada por las palabras de la sirviente jorobada, la justa Kaikeyi actuó como una yegua dedicada a su potro y corrió a lo largo de un mal camino. Ella agradeció y elogió a la jorobada Manthara, y le prometió ricos regalos cuando Bharata fuera establecido en el trono. Luego se arrancó sus joyas y hermosas ropas y se lanzó al suelo de la cámara-del-enojo; ella apretó su pecho y gritó: «Sabed que o Rama es desterrado y mi hijo coronado o yo moriré: si Rama no se va al bosque, no desearé cama o guirnalda, pasta de sándalo o ungüento, carne o bebida, o la misma vida.» Así como un cielo estrellado escondido por las nubes, la real señora se enfurecía y entristecía; en su dolor se encontraba como una mujer-pájaro atacada por astiles envenenados, como la hija de una serpiente en su cólera.
Entonces, cuando aún faltaba mucho para el amanecer, Dasharatha se dirigió a informar a Kaikeyi de la ceremonia a realizarse. No encontrándola en sus decoradas estancias ni tampoco en sus propias habitaciones, él supo que habría ido a la cámara-del-enojo. Hasta allí fue y encontró a la más joven de sus esposas yaciendo en el suelo como una parra arrancada o como un ciervo cogido en una trampa. Entonces ese héroe, como un elefante del bosque, tocó tiernamente a la reina de los ojos de loto y le preguntó qué le sucedía: «Si estás enferma hay médicos; o si quieres que alguien que debe recibir castigo sea recompensado, o aquellos que deberían ser recompensados sean castigados, menciona tu deseo: no puedo negaste nada. Tú sabes que no puedo negar ningún pedido de los tuyos; pide por tanto cualquier cosa que desees y cálmate.»
Así consolada, ella respondió: «Nadie me ha agraviado; pero tengo un deseo que, si me lo otorgas, te lo contaré.» Entonces Dasharatha juró por el mismo Rama que cumpliría cualquier cosa que ella pidiese.
Entonces Kaikeyi reveló su pavoroso deseo, llamando al cielo y a la Tierra y al día y a la noche y a los dioses domésticos y a toda cosa viviente para que atestiguaran que él había prometido cumplir sus deseos. Ella le recordó aquella antigua guerra con los asuras cuando ella había salvado su vida y él le había prometido dos deseos. Así el rey fue atrapado por Kaikeyi, como un ciervo entrando a una trampa. «Ahora esos deseos», dijo, «que tú has prometido concederme aquí y ahora, son éstos: deja que Rama vista piel de ciervo y lleve una vida de ermitaño en el bosque de Dandaka durante catorce años, y que Bharata se establezca como tu sucesor. ¿Demostrarás ahora la palabra real, de acuerdo con la raza y carácter y nacimiento? La verdad es —eso nos dicen los ermitaños— de supremo beneficio al hombre cuando alcanza el otro mundo.»

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