domingo, 27 de octubre de 2013

EL CICLO DEL ULSTER O DE CONNOR McNESSA

EL JOVEN CUCHULAINN


 Si bien —como es constante en las leyendas celtas— no se han conservado registros exactos de las fechas en que se desarrollaron las acciones del llamado "ciclo del Ulster", sí se sabe que todas ellas tuvieron lugar dentro   del   reinado  de   Connor  (fonéticamente, Conahar) McNessa, por lo que deben ubicarse antes de la cuarta década de la Era Cristiana, fecha asumida de la muerte del joven rey.
Por otra parte, los rasgos costumbristas, ropas, vehículos y armas de guerra, etc. mencionados tanto en el Leabhar Gabhalla como en el Dunn Cow, tipifican el período La Tene, cuya etapa final encaja perfectamente dentro de la época especificada; esto indicaría también que las hazañas de CuChulainn (fonéticamente Cu-ju-linn) serían contemporáneas de la llegada del cristianismo a las tierras de Erín.
El héroe máximo de la raza celta, posteriormente rebautizado CuChulainn, nació durante el reinado del primer Soberano de Todos los Reinos de Erín, Connor McNessa, en la región próxima al río Boyne, en el reino del Ulster.
En realidad, el rey Connor había accedido al trono de una forma no del todo ortodoxa, ya que, ante la muerte del gigante Fachtna, anterior rey del Ulster, lo sucedió en el trono su medio hermano Fergus, quien estaba secretamente enamorado de la esposa de Fachtna, Nessa, hija de Echid Gwrruagh ("Talón amarillo") y madre de Connor.
Al morir su medio hermano, Fergus propone matrimonio a Nessa, pero ésta le impone, como condición para aceptarlo, que permita que su hijo Connor reine por un año, para que sus futuros nietos puedan ser recordados como hijos de un rey.' Fergus acepta y Connor sube al trono, pero su mandato resultó tan próspero y beneficioso para el Ulster que el pueblo lo obligó a permanecer en el cargo, con gran beneplácito de su medio tío, que era más afecto a la vida cortesana y las expediciones de caza que a las tareas de gobierno. 
Sería imposible aquí pretender narrar todas las hazañas del héroe de los ulates (habitantes del Ulster), ya que sólo sus hechos de guerra se distribuyen en más de setenta relatos diferentes, algunos de los cuales constan de varias versiones que difieren considerablemente entre sí. Por lo tanto, mencionaremos aquí las leyendas más difundidas sobre sus hazañas, tratando de mantener la secuencia coherente de una vida épica, plena de episodios bélicos y de servicio a su rey, a su gente y a la tierra que lo vio nacer.
Cuenta la leyenda que la doncella Dectera, hija de Cathbad, uno de los más destacados nobles de la corte de Connor McNessa, desapareció un día, junto con otras cincuenta jóvenes vírgenes, y durante más de dos años ninguna búsqueda fue suficiente para descubrir su paradero ni quién las había secuestrado.


Ya hacía tiempo que había cesado la búsqueda de las vírgenes desaparecidas, cuando un día en que los grandes señores del Ulster se encontraban en una partida de caza —entretenimiento principal de la nobleza en los tiempos de paz—, vieron posarse sobre una llanura vecina a Emain Macha, capital de la provincia, una bandada de pájaros de extraña conducta, ya que devoraban las plantas y la hierba de los prados sin dejar siquiera las raíces.
Preocupados por el daño que aquellas aves podrían hacer si caían sobre los sembrados, los nobles decidieron cazarlas, por lo que comenzaron a perseguirlas con sus carros, lanzándoles venablos y piedras con sus hondas, ya que los arcos no existían por aquellas épocas.
Nueve fueron los carros que partieron en persecución de las aves, marchando al frente de ellos el del propio rey y, en los restantes, los principales guerreros del Ulster: Connall Cernatch, por aquel entonces mano derecha del monarca, Fergus McRoig, Celtchar McUithetchar, Bricrui Nemthenga ("El de la lengua bífida") y otros destacados cortesanos de Emain Macha.
A campo traviesa, atravesando arroyos y pequeños bosques, los nobles persiguieron a los pájaros durante todo el día, observándolos mientras lo hacían. Pronto notaron que se trataba de aves muy extrañas, ya que volaban divididas en nueve grupos, cantando mientras lo hacían, y cada grupo, integrado por veinte pájaros, era guiado por una pareja sujeta entre sí por un delgado yugo de plata, mientras que los demás también estaban unidos por parejas, pero con delgadas cadenas del mismo metal.
Sin embargo, llegó la noche sin que los cazadores hubieran podido dar alcance a los pájaros y mucho menos capturar alguno, por lo que el rey Connor ordenó desenjaezar los caballos, agotados por la carrera, y envió a Conall Cernatch y Bricriu Nemthenga a buscar un refugio donde pernoctar a salvo de la nevada que había comenzado a caer. Para ello, los dos nobles marcharon siguiendo la ribera del Boyne, hasta llegar a las cercanías del Brug na Boyne,2 donde descubrieron una humilde choza que parecía muy pobre y parcialmente destruida. Sin embargo, viendo que pronto sería ya noche cerrada, los exploradores se acercaron a la cabaña, siendo recibidos por un hombre joven, de encantadora apariencia, junto al cual se encontraba una hermosa dama —su esposa, como se supo más tarde—, quienes salieron a la puerta a recibir a los enviados, aceptando de buena gana compartir por aquella noche con el rey su humilde morada. Sin otro comentario, los nobles volvieron junto al grupo e informaron al rey lo que habían descubierto, comentándole que la casa quizás no fuera digna de él, pero que siempre sería mejor que pasar la noche al raso.
Pero la primera sorpresa se produjo cuando la comitiva cruzó la puerta de la cabaña y la pequeña habitación que se adivinaba desde afuera se convirtió en un verdadero castillo, con su correspondiente salón de banquetes, aposentos, cocinas y hasta establos para sus carros y sus caballos.3 Pero la sorpresa fue mayor aún cuando el rey reconoció en la joven a la hermosa Dectera, en su esposo a Lugh, el del Largo Brazo,4 hijo de Ethlin. y en las doncellas que los acompañaban, a las cincuenta vírgenes que habían desaparecido con la joven.
La velada pasó sin más incidentes, entre amenas conversaciones, risas y una opípara cena, hasta que llegó el momento de retirarse a descansar.
Sin embargo, un motivo más de asombro llegaría para los nobles a la mañana siguiente cuando, al despertarse, se encontraron yaciendo sobre la hierba, ya que tanto el lujoso salón, como la pareja, las doncellas y hasta el mismo castillo habían desaparecido y, en su lugar, sólo podía verse un reducido pabellón, dentro del cual había una pequeña cuna y en ella un niño. Era el regalo que Dectera hacía al pueblo del Ulster, a través de su rey, Connor McNessa, para lo cual lo había atraído, con el señuelo de los pájaros, hasta el mágico sidh5 de Brug na Boyne.
El niño fue llevado por los nobles hasta el palacio real y entregado a Finchaum, la hermana de Dectera, quien lo aceptó de buena gana y lo bautizó Setanta, aunque para esa época se hallaba criando a su propio hijo, Conall. Y aunque él no podía agradecerlo ni comprenderlo, el monarca concedió a la madre adoptiva una extensa zona que recibía el nombre de Llanura de Murthemney, en el condado de Meath, al norte del Ulster, que abarcaba desde Usna hasta Dundalk, ciudad en la que posteriormente establecería su vivienda y su fortaleza.
También se cuenta que el archidruida Morann, cuando se enteró de su llegada, profetizó:
"Sus hazañas le ganarán el aprecio de los hombres y estarán en las bocas de todos. Reyes, sabios, guerreros y aurigas cantarán sus alabanzas, pues este niño vengará las injusticias que los afligen, luchará en sus combates y paliará sus necesidades".

Y cuando Setanta tuvo edad suficiente para comenzar su aprendizaje de guerrero, junto a los hijos de príncipes y señores, se dirigió voluntariamente a la corte de Connor McNessa, donde tuvo lugar el incidente que le dio el nombre de CuChulainn, por el cual se lo conoció de allí en adelante.
Todo se inició una noche en que el rey Connor y sus caballeros más notables debían concurrir a una fiesta a realizarse en el aun (castillo) de un adinerado herrero llamado Cullainn, en la región de Quelny donde, además, tenían planeado pasar la noche. Junto a los nobles concurrirían asimismo los aprendices recién incorporados, pero Setanta, quien también estaba invitado, se encontraba participando en un partido de hurling, por lo que solicitó permiso al rey para seguirlos más tarde, cuando finalizara el juego.
El séquito real arribó a su destino cuando ya estaba anocheciendo, y de inmediato fueron recibidos por el herrero, cuya hospitalidad quedó plenamente demostrada en el gran salón, donde comieron y bebieron, mientras los criados cerraban los aposentos interiores, dejando afuera a un enorme y salvaje dogo alsaciano, bajo cuya protección quedaba todas las noches el dun, cuyos habitantes se sentían tan tranquilos como si estuvieran rodeados por un ejército.
Pero, en medio de la algarabía de la fiesta, nadie recordó a Setanta hasta que, en medio de las risas y la música, se oyó el estremecedor gruñido del mastín de Cullainn (que había advertido la presencia de un extraño) que pronto se transformó en el estruendo de un combate a brazo partido, cuyo estremecedor crescendo culminó repentinamente en un silencio ominoso. Y cuando los asombrados espectadores lograron finalmente abrir las puertas, a la luz de las antorchas se recortó la figura de un joven de corta edad, agachado sobre el cadáver del fiero dogo tendido a sus pies.
Aunque todo estaba perfectamente claro, un atribulado Setanta quiso explicar lo sucedido:
—No lo vi hasta que se me echó encima, y entonces sólo tuve tiempo para aferrarlo del cuello y estrellarlo contra el muro, hasta que murió. Lo lamento sinceramente, pero no pude hacer otra cosa.
Viendo que el incidente no había pasado a mayores, los nobles se mostraron distendidos y contentos, pero pronto cambiaron de actitud al ver a su anfitrión guardando un silencio triste y compungido, mientras se inclinaba sobre el cuerpo de su antiguo amigo, muerto en defensa suya y de su casa.
—Realmente siento haber tenido que matar a tu perro, Cullainn. Entrégame un cachorro suyo y me comprometo a entrenarlo para que llegue a ser tan valiente como su padre. Y mientras tanto, ¡yo mismo cuidaré de tu casa, como ningún perro podría hacerlo jamás!
Cullainn agradeció un ofrecimiento que sabía sincero, y todo el séquito de nobles aplaudió la salida de Setanta quien, desde ese instante, quedó rebautizado con el nombre de CuChulainn, que significa, literalmente, "el Mastín de Cullainn".

Algunos años más tarde, cuando se acercaba el tiempo en que debía tomar las armas de la edad adulta, CuChulainn acertó a pasar un día por un paraje del bosque donde Cathbad, uno de los druidas más considerados de la región, enseñaba a algunos de sus filidh6 el arte de la adivinación mediante las hojas del roble.
—Druida —preguntó en ese preciso momento uno de los aspirantes—, ¿para qué tipo de empresa resultará favorable el día de hoy?
Y el maestro, arrojando al aire algunas hojas de roble, observó su vuelo, consultó las posiciones en que habían caído y respondió:
—El joven guerrero que tome hoy sus armas de la edad adulta será famoso entre todos los hombres del Ulster y de Erín por sus proezas, y si bien su vida será breve, resplandecerá con el fulgor de una estrella fugaz.
CuChulainn no pareció darse por enterado de haber oído las palabras, pero marchó directamente a ver al rey Connor McNessa.
—¿Qué deseas? —preguntó el soberano.
—Tomar las armas de la edad adulta —respondió CuChulainn sin dudar un instante.
—Que así sea, entonces —accedió el rey, entregándole dos robustas lanzas.
Pero el joven aspirante a guerrero, tomando las armas en sus manos las quebró con un solo movimiento de sus muñecas, como si fueran simples ramillas de sauce. Y lo mismo hizo con todas las que le presentaron y con los carros de combate que le ofrecieron para que los condujera, y que él rompió a puntapiés, demostrando tanto la fragilidad de los elementos como la fortaleza de sus músculos. Hasta que finalmente, le presentaron el carro de guerra y las dos lanzas del propio rey, con los cuales quedó satisfecho al ver que no podía romperlos.
A medida que se entrenaba con sus nuevas armas y tomaba parte (y ganaba) en cuanto concurso de destreza con las armas se organizaba, su cuerpo joven fue tomando la contextura del de un atleta, hasta que, al llegar a la mayoría de edad, resultaba tan atractivo a todas las doncellas y matronas del Ulster, que el Consejo de Ancianos le sugirió que tomara una esposa. Pero pasaron los meses sin que encontrara ninguna doncella que le agradara, hasta que en un banquete de la casa real conoció a la hermosa y codiciada Ehmet, hija de Forgall, señor de Lugach, y su joven y ardiente corazón se inflamó de pasión por ella, a tal punto que de inmediato decidió pedirla en matrimonio. Y con ese propósito, al día siguiente hizo enganchar su carro y, acompañado por Laeg, su amigo y auriga, se dirigió sin demoras al dun de Forgall.
Pero mientras él se acercaba, la hermosa Ehmet se encontraba en la balaustrada de una de las torres, departiendo graciosamente con su comitiva de doncellas de la corte, hijas de los nobles súbditos de su padre, y enseñándoles los secretos del bordado, ya que ninguna dama de la corte osaba competir con ella en ese arte. Algo más lejos, sentada sobre un canapé y con los enseres de costura sobre el regazo, su madre Fredia la contemplaba con orgullo, sabedora de que su hija, a pesar de su temprana edad, poseía ya los seis dones de la mujer madura: el don de la belleza, el de la conversación ponderada, el de la voz dulce, el de la aguja, el de la sabiduría reservada y el más importante de todos, el don de la castidad y la pureza de pensamientos.
Pero los pensamientos halagüeños de Fredia pronto se vieron interrumpidos por el estruendo de un carro de guerra que se acercaba por el camino de Math y, reuniéndose madre e hija junto a una de las almenas, enviaron a una de las damas de compañía a la muralla, a ver quién era el que se aproximaba sin haberse hecho anunciar previamente.
—Se acerca un carro de guerra —anunció la criada— tirado por dos briosos potros, negros como la noche; ambos echan fuego por los ollares y sus poderosos cascos levantan trozos de tierra tan grandes como cabezas humanas. En el carro viajan dos hombres; uno de ellos parece ser el hombre más atractivo de todo Erín, pero su expresión es melancólica y su boca parece esbozar un rictus de tristeza. Va vestido con una túnica blanca como la nieve y envuelto en un manto carmesí sujeto con el broche de oro más hermoso que he visto en mi vida. A su espalda cuelga un escudo del mismo color que el manto, con un dragón de plata labrado en su centro y un reborde del mismo metal. Conduciendo el carro, como su auriga, viene un hombre alto, esbelto y pecoso, con el pelo rojo y rizado cubierto por un casco de reluciente bronce, tachonado por rodeles de oro sobre ambos lados del rostro.
Cuando, finalmente, el carro se detuvo en el patio interior del castillo, Ehmet se acercó a saludar a CuChulainn, pero cuando éste le reveló que la razón de su presencia allí era el amor que sentía por ella, la doncella le explicó el rígido control que su padre ejercía sobre su vida, y le mencionó la fuerza y la destreza de los campeones que el señor de Forgall había dispuesto que la guardaran día y noche, para evitar que se casara contra la voluntad paterna. Y cuando él, presionado por sus anhelos, insistió en sus requerimientos, ella le respondió:
—No puedo desposarme antes que mi hermana Fiall, ya que ella es mayor que yo, y ésas son las reglas de la familia.
—No me interesaría por ella ni aun siendo la única mujer en el mundo —respondió de inmediato CuChulainn. No es a ella a quien amo, sino a vos. —Pero mientras ellos hablaban, los ojos del joven descendieron hasta la nívea piel que dejaba entrever, pudorosa pero sugestivamente, el escote de la túnica, y sus inflamadas palabras brotaron incontenibles—: ¡Mía será esa llanura, la dulce y mágica llanura que conduce al valle de la doble esclavitud!
—Nadie llega a esta llanura sin antes haber cumplido con sus deberes, y los vuestros aún están por comenzar a ser cumplidos —fue la cauta pero no desalentadora réplica de la dulce Ehmet.
Ante estas palabras, CuChulainn ordenó a su auriga dar media vuelta los caballos, y ambos regresaron a Emain Macha.

El despertar del guerrero

Las palabras de la doncella calaron muy hondo en el espíritu del joven guerrero, quien al día siguiente ya se encontraba listo para iniciar su preparación para la guerra y las hazañas heroicas que Ehmet le había pedido que realizara. Recordando las conversaciones con sus compañeros de armas y con sus mentores en las artes bélicas, volvieron a su mente las menciones a una poderosa mujer guerrera, de nombre Scatagh,7 que vivía en la Isla de las Sombras y preparaba a los jóvenes que acudían a verla para que pudieran acometer grandes empresas bélicas y hechos de armas de todo tipo.
Sin pérdida de tiempo CuChulainn salió en busca de la diosa guerrera, para lo cual debió enfrentar, desde el comienzo mismo de su viaje, graves peligros, cruzando bosques encantados, llanos gélidos y tórridos desiertos, hasta que, al llegar a la llanura de Iall-Fedhuc (Mala Suerte), se vio detenido por interminables ciénagas de pestilente lodo que inmovilizaba sus pies y elevados riscos resbaladizos donde sus manos no podían afirmarse.
Agotado por los sucesivos e inútiles esfuerzos y ya a punto de darse por vencido, alcanzó a distinguir, a corta distancia de donde se encontraba, la imagen de un hombre joven y apuesto,8 cuya visión, luminosa como el sol naciente, puso nuevas energías en su corazón. Sin que el joven se lo pidiera, el recién llegado le entregó una rueda de madera, indicándole que, cuando tuviera dudas respecto del camino a seguir, la hiciera rodar delante de él y la siguiera, sin apartarse del camino que ella le marcara.
Animado por una nueva esperanza, CuChulainn puso en práctica los consejos del luminoso desconocido, viendo que el artefacto comenzaba a girar y, desde su eje, brotaban rayos centelleantes que consolidaban el camino a su paso, al tiempo que lo guiaban en los tramos más oscuros del camino. Así, siguiendo la rueda, logró salir del peligroso llano de Iall-Fedhuc y, luego de vencer a las indescriptibles bestias del Desfiladero Peligroso, se encontró frente mismo a la entrada del Puente Infranqueable, más allá del cual se levantaba el castillo de la diosa guerrera.
Allí, agrupados en el extremo más cercano del puente, pudo ver a muchos hijos de los príncipes de Erín, que habían acudido a aprender de Scatagh las artes de la guerra, y entre ellos se encontraba su amigo Ferdia, hijo del fir-bolg Damoinn. Al reconocerlo, varios de ellos se acercaron a pedirle noticias de Irlanda, y cuando CuChulainn se las hubo contado, pidió a Ferdia que le explicara la forma de cruzar el puente, ya que éste se veía muy estrecho, inseguro y elevado, a lo que éste le respondió:
—Ninguno de nosotros ha cruzado este puente aún, pues las dos proezas que Scatagh enseña en último término son, precisamente, la forma de cruzar el puente y el lanzamiento de la temible ghalad bolg.9 Para cruzar el Puente Infranqueable deberás esperar a que ella te llame, pues si pisas más acá de la mitad del puente, éste inmediatamente se levanta y te devuelve a la orilla, y si intentas saltar sobre él y no llegas a la otra margen, se agita de tal forma que te hace caer directamente en las fauces de los monstruos que esperan debajo, en el río de lava.
Pero la impaciencia de CuChulainn no le permitió esperar demasiado tiempo, y apenas hubo descansado de su largo viaje, intentó la proeza que ninguno de sus amigos había osado enfrentar. Ante la mirada sorprendida de los príncipes, en el cuarto intento, después de haber sido rechazado en los tres primeros, se encontró en el centro del puente y en uno más lo había cruzado, irguiéndose orgulloso frente a la puerta de la fortaleza de Scatagh. En ella, asombrada por la hazaña, pero sonriendo con satisfacción por lo que había presenciado, se encontraba la diosa, quien inmediatamente lo tomó bajo su tutela, como su alumno predilecto.
Un año y un día permaneció CuChulainn en el feudo de la diosa guerrera, aprendiendo con facilidad todos los hechos de guerra que ella le enseñó, hasta que, finalmente, le demostró el manejo de la letal ghalad bolg, obsequiándole una de aquellas mortales lanzas, que ella misma, y sólo ella, podía construir en su fragua mágica.
—Tómala, es tuya —le dijo al entregársela—; fue el arma predilecta de tu verdadero padre Lugh Lamfada, y es la misma que yo fragüé para que la utilizara en la batalla contra los formaré, y con la que ultimó al cíclope Balor y definió la batalla de Mag Tured.
Una de las primeras hazañas guerreras en que CuChulainn tomó parte activa ocurrió, precisamente, mientras se encontraba aún en la Tierra de las Sombras. Sucedió que la diosa Scatagh se encontraba en guerra con su vecina, la princesa Aiffa, considerada como una de las mujeres-guerreras más fuertes del mundo, razón por la que Scatagh había postergado hasta ese momento el enfrentamiento armado, pues no quería arriesgar las vidas de sus hombres ni la suya propia en combates inútiles y carentes de fundamento.
Pero ante las repetidas agresiones y desafíos de Aiffa, Scatagh no pudo dilatar más el enfrentamiento, y en la primera de las batallas CuChulainn y los dos hijos de la diosa-guerrera mataron a seis de los soldados más fuertes de su enemiga, razón por la cual ésta, enfurecida, la retó a un combate personal.
Sin embargo, CuChulainn, que había sido uno de los responsables de aquel desafío, lo tomó como cosa propia y declaró que él iría en representación de su maestra, para lo cual quiso saber cuáles eran los puntos débiles de su enemiga, a lo cual Scatagh respondió:
—Las cosas que Aiffa más ama en su vida son sus dos caballos de guerra, su carro y su auriga.
A la mañana siguiente, CuChulainn y Aiffa se enfrentaron en combate a muerte y lucharon toda la mañana y la tarde con diferentes alternativas, aunque sin sacarse una ventaja visible uno al otro. Hasta que, ya próximo el atardecer, un golpe afortunado de la amazona quebró la espada del joven a la altura del puño, dejándolo inerme frente al despiadado ataque de Aiffa. CuChulainn retrocedió ante la furia de la mujer defendiéndose como podía, hasta que, mirando más allá de su enemiga, gritó:

—¡Mirad! ¡El carro y los caballos de Aiffa se despeñan por el risco, arrastrando el cuerpo de su auriga!
Instantáneamente, ella detuvo su ataque para mirar a su alrededor, momento en que el joven guerrero aprovechó para atraparla por la cintura y apoyar una daga en su cuello, amenazándola con degollarla si no aceptaba sus condiciones. Imposibilitada de defenderse e impresionada por la sagacidad y la destreza del joven, la reina guerrera suplicó por su vida, a lo que CuChulainn replicó:
—Respetaré tu vida si haces las paces con Scatagh y devuelves los rehenes que tienes prisioneros en tu castillo —a lo que Aiffa accedió de buena gana, ya que se había enamorado perdidamente del joven, y desde ese instante CuChulainn y ella fueron no sólo amigos y compañeros de armas, sino también amantes.
Pero el espíritu inquieto y aventurero de CuChulainn no le permitía permanecer estático durante mucho tiempo, por lo que, al año y un día exactamente, decidió dejar la Tierra de las Sombras, aunque no sin antes entregar a Aiffa, quien se encontraba embarazada de un hijo suyo, un anillo de oro, diciéndole:
—Si el hijo mío que llevas en tus entrañas resultase un varón, le impondrás como geis10 que nunca trate de destacarse injustamente por la fuerza de las armas, que jamás se deje intimidar por hombre alguno y que nunca rechace un combate. Cuando nazca, bautízalo con el nombre de Connla y envíalo a que se reúna conmigo en Erín, tan pronto como su dedo llene el anillo que te dejo.
Y con estas palabras de despedida, CuChulainn se marchó de las tierras de Aiffa, a quien nunca volvería a ver y que, a su debido tiempo, se convirtió en la madre de su único hijo, a quien el héroe mataría con sus propias manos algunos años más tarde.

El regreso del guerrero

Una vez concluido su período de aprendizaje con Scatagh, CuChulainn emprendió su regreso a Erín, ansioso por demostrar su valor y ganar de esa forma su camino hacia el corazón de su amada Ehmet. De modo que ordenó a su auriga que enjaezara los caballos y los encaminara hacia la frontera entre Connaught y Ulster, ya que era de todos sabido que en esa zona limítrofe los combates por cuestiones territoriales estaban siempre a la orden del día.
Siguiendo sus indicaciones, el auriga dirigió los caballos primero hacia White Cairn, el pico más alto de los Montes Bourne, y ambos pudieron contemplar a lo lejos sus añoradas tierras del Ulster, sonriéndoles desde los lejanos valles inferiores. Luego se encaminaron hacia el sur, deteniéndose a ver los Llanos de Bregia, mientras el auriga le señalaba las colinas de Tara y Teltin, el sepulcro de Brug na Boyne y la fortaleza de los hijos de Nechtan, ante cuya vista CuChulainn preguntó al auriga:
—¿Son ésos los mismos hijos de Nechtan de los que se dice que han matado a innumerables guerreros del Uster, pero que, aún así, todavía están vivos?
—Los mismos —contestó su acompañante, ante lo cual CuChulainn ordenó:
—Entonces vayamos hacia allá; quiero encontrarme con ellos personalmente.
Sin ocultar su disgusto, el auriga condujo los caballos hacia la fortaleza de los hijos de Nechtan, pero en el prado, antes de llegar a ella, encontraron un enorme mojón de piedra rodeado por un collar de bronce que mostraba una escritura en caracteres ogham que rezaba textualmente:
"A todo aquel hombre en edad de portar armas que ingrese a estas tierras, se le impone el geis de salir de ellas sin haber retado a un combate personal a ninguno de los habitantes del dun".
Al leer esto, CuChulainn montó en cólera, abrazó fuertemente el pilar y haciéndolo oscilar con violencia, lo arrancó de su sitio, arrojándolo luego a las aguas de un torrente cercano. Al verlo hacer eso, el auriga comentó irónicamente:
—No cabe duda, por tu actitud, de que estáis buscando una muerte violenta, y puedes estar seguro de que no demorarás en hallarla.
Como si las palabras del hombre lo hubieran convocado, Foil, hijo de Nechtan, llegó directamente desde la fortaleza y contemplando a CuChulainn, a quien tomó por un joven imberbe, se sintió tentado a ignorar su actitud, pero éste, firme en su posición, le dijo:
—Os ruego que vayáis a buscar vuestras armas, porque yo no mato sirvientes, mensajeros ni hombres desarmados.
Foil regresó a la fortaleza, momento en que el auriga aprovechó para explicarle a CuChulainn:
—No podréis matarlo, ya que es invulnerable, por estar protegido por un hechizo, contra toda arma de hoja o de punta.
Al oír aquello, el joven guerrero colocó en su honda una pesada bola de acero templado, y cuando Foil apareció de regreso del castillo, la disparó contra él con tal violencia que el proyectil le atravesó limpiamente el cráneo, matándolo instantáneamente. A continuación, CuChulainn recogió su cabeza y la colgó al frente de su carro de guerra, dirigiéndose de inmediato hacia la fortaleza, con la intención de enfrentar a los restantes hijos de Nechtan. Pero éstos, al ver lo sucedido con su hermano mayor, huyeron cobardemente, dejando el dun en manos de su vencedor.
Ante aquella cobarde huida, los defensores de la fortaleza también depusieron sus armas, y el joven atacante pudo llenar su carro con el botín de los triunfadores, dejando el castillo en manos de sus habitantes, y regresar directamente hacia el dun del señor Forgall, donde solicitó la mano de la princesa Ehmet, no sin antes abonar, como lo indicaba la costumbre, la dote correspondiente a la hermana mayor, Fiall.
Y así, Ehmet fue conquistada como ella lo deseaba, y CuChulainn la llevó inmediatamente a Emain Macha y la hizo su esposa, y ya sólo la muerte logró separarlos.
Una segunda versión de la leyenda11 afirma que:
Una vez que CuChulainn hubo matado al primero de los hermanos, los restantes salieron uno a uno a desafiarlo, y uno a uno fueron muertos por el joven, por lanza o espada, hasta que la fortaleza quedó íntegramente en sus manos, así que recogió su botín de vencedor, incendió el dun y marchó exultante hacia el Ulster.
Sin embargo, aquel combate desigual había desatado nuevamente en él su qwarragh mawn,12 y ya no podía detenerse. En su camino encontró una bandada de gansos salvajes, y a dieciocho de ellos los cazó vivos con su honda, atándolos por las patas a su carro; más adelante divisó una manada de ciervos y, ante la imposibilidad de sus caballos de darles alcance, bajó del carro y los persiguió a pie, cazando dos grandes machos que fueron a engrosar su botín de guerra.
Pero para entonces ya había llegado a la vista de los centinelas de Emain Macha, y un vigía del rey Connor McNessa fue corriendo a notificar al rey de que algo extraño estaba sucediendo fuera de las murallas:
—Majestad, un carro de guerra solitario se está aproximando al castillo; a su alrededor vuela una veintena de pájaros salvajes blancos y lleva atados a sus costados los cadáveres de dos ciervos y las cabezas ensangrentadas de al menos cinco enemigos.
Subiendo a las almenas, Connor reconoció el carro de guerra de CuChulainn y se dio cuenta de que el joven aún estaba en las garras de la qwarragh mawn, por lo que ordenó que un grupo de mujeres fueran a su encuentro, llevando una tina y varios odres con agua helada. También envió un contingente de hombres, amigos del joven, a los que sabía que éste no atacaría sin una verdadera razón. Una vez que llegaron junto a él, los hombres lo sujetaron y lo despojaron de sus vestiduras, mientras las mujeres emanias llenaban la tina con el agua helada, donde fue sumergido.
La operación debió ser repetida varias veces, pero poco a poco la furia bélica fue retrocediendo, hasta que CuChulainn, profundamente avergonzado, se recuperó lo suficiente como para acudir a un banquete en su honor, servido en el salón de banquetes del castillo real.
Al día siguiente, CuChulainn marchó hacia el dun de Forgall el Astuto, padre de Ehmet, saltó la elevada muralla como había aprendido en el feudo de Scatagh, y enfrentó, él solo, a los más valientes adalides de los que custodiaban a la dama de sus sueños. Cuando ellos lo atacaron, el joven sopló tres veces, matando con cada soplido a ocho de sus enemigos, hasta que el camino quedó libre, y el mismo Forgall resultó muerto al intentar saltar desde la muralla para escapar a la furia de CuChulainn.
Ejerciendo su derecho de victoria, CuChulainn se llevó a Ehmet y a su hermanastra, junto con dos cargamentos de oro y plata, pero al salir del castillo y aproximarse a las márgenes del Boyne, Fiall, la hermana mayor de Ehmet lanzó sobre la pareja una hueste de sus soldados mejor entrenados, y esto hizo que nuevamente se apoderara de CuChulainn su furia de batalla. Y tal fue su posesión en esta ocasión, y tanta la furia de sus golpes, que el vado de Glondath se tino de rojo y el césped se transformó en barro sanguinoliento desde Olbigny hasta el río Math.
Y así fue conquistada Ehmet, tal como ella lo había pedido, tras lo cual CuChulainn la llevó a Emain Macha y la hizo su esposa, para no separarse más hasta el momento de su muerte.

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