domingo, 27 de octubre de 2013

Manasa Devi

Manasa Devi era la hija de Shiva y una hermosa mujer mortal. Ella no era la favorita de su madrastra, Bhagavati, o Parvati, la esposa de Shiva; por eso ella cogió su morada en la Tierra con otra hija de Shiva, llamada Neta. Manasa deseaba recibir la adoración debida a las diosas; ella sabía que no sería fácil obtener esto si ella pudiera una vez afianzar la devoción de un príncipe-mercader muy poderoso y rico de Champaka Nagar, llamado Chand Sadagar. Durante largo tiempo ella intentó persuadirle, pero él era un resuelto devoto del mismo Shiva, a quien no iba a abandonar por una diosa de serpientes. Dado que Manasa era diosa y reina de las serpientes. Chand había hecho un hermoso jardín en las afueras de la ciudad, un verdadero paraíso terrenal, donde acostumbraba tomar el aire y disfrutar de las flores cada tarde. La primera cosa que Manasa hizo fue enviarle sus serpientes para reducir su jardín a cenizas. Pero como Chand había recibido del mismo Shiva el poder mágico de restituir los muertos a la vida, era para él una cuestión fácil restituir a los jardines toda su belleza meramente pronunciando los hechizos apropiados. Manasa apareció seguidamente a Chand en la forma de una niña hermosa, tan plateada y radiante que incluso el mismo mediodía se escondía detrás de las nubes cuando la veía. Chand se enamoró locamente de ella, pero ella no oiría una palabra de él hasta que le prometió conferir sus poderes mágicos sobre ella; y cuando lo hizo, ella se desvaneció y apareció en el cielo con su propia forma, y dijo a Chand: «Esto no es casualidad, ni tampoco el curso de la naturaleza.» Pero él no escucharía. Entonces ella destruyó otra vez su jardín. Pero Chand ahora envió por su amigo Shankara, un gran mago, que muy pronto revivió las flores y árboles e hizo al jardín tan bello como antes. Entonces Manasa consiguió matar a Shankara con astucia, y destruyó el jardín por tercera vez; ahora no había remedio. Cada vez que uno de esos infortunios caía sobre Chand ella susurraba en su oreja: «No es por casualidad…»
Entonces ella envió serpientes para matar cada uno de sus seis hijos; a la muerte de cada uno ella susurraba en la oreja de Chand diciendo: «Adórame ahora y yo me portaré bien.» Chand era un hombre obstinado y, triste como estaba, no se rendiría. Por el contramo, preparó sus barcos para un viaje comercial y partió. Éste fue muy exitoso, y estaba aproximándose a casa, con un cargamento de tesoros y bienes, cuando una tormenta cayó sobre sus barcos. Chand inmediatamente rogó a Bhagavati, la esposa de Shiva, y ella protegió sus barcos. Manasa, sin embargo, protestó ante su padre que esto no era justo. «¿No está suficientemente contenta con desterrarme del cielo, sino que además tiene que interferir en todas mis acciones?» Entonces Shiva persuadió a su esposa a regresar con él al cielo. Comenzó a gritar: «Por las cabezas de tus hijos favoritos, Ganesh y Kartikkeya, debes venir inmediatamente, Bhagavatio…»
«¿O qué?», dijo ella.
«Bueno, no importa», respondió el; «pero, mi querida, deberías ser razonable. ¿No sería justo que Manasa tuviera su propio camino por una vez? Después de todo, ella ha sido muy malamente rechazada y tú puedes permitirte ser generosa.»
Entonces Bhagavati se marchó con Shiva, el barco se hundió, y Chand fue dejado en el mat Manasa no tenía intención de dejarlo ahogar, de modo que ella echó su trono de loto dentro del agua. Pero Manasa tenía otro nombre, Padma, y esto también es el nombre del loto; entonces Chand que vio que el objeto flotante con el que se iba a salvar era realmente padina lo dejó sólo, prefiriendo ahogarse a recibir ayuda de algo que llevara el odiado nombre de su enemigo. Pero ella susurró: «Adórame ahora, y yo me portaré bien.»
Chand podía estar totalmente deseoso de morir; pero esto no conformaría a Manasa en absoluto; ella lo llevó hasta la costa. Observando, vio que había llegado a la ciudad donde un viejo amigo, Chandraketu, tenía su casa. Allí fue tratado muy amablemente, y comenzó a recobrarse un poco; pero muy pronto descubrió que Chandraketu era devoto a Manasa, y que su templo estaba adjunto a la casa. Inmediatamente él partió, tirando incluso las vestimentas que su amigo le había ofrecido para cubrirse.
Mendigó comida y, yendo río abajo, tomó un baño. Pero mientras se estaba bañando Manasa envió un gran ratón, que comió toda su arroz, de modo que él no tenía nada para comer salvo algunas cáscaras de banana crudas dejadas por unos niños en la orilla del río. Entonces consiguió trabajo como cosechero y trillador en la familia de un brahmán; pero Manasa se le subió tanto a la cabeza que trabajó con total estupidez, y su jefe le despidió. Pasó mucho tiempo hasta que encontró su camino de vuelta a Champalca Nagar, y odiaba a Manasa Devi más que nunca.
Ahora Manasa tenía dos grandes amigos, apsaras de los cielos de Indra. Ellos se dedicaron a convencer al obstinado mercader. Uno iba a renacer como hijo de Chand, el otro como hijo de Saha, un mercader de Nichhani Nagar conocido de Chand. Cuando Chand llegó a su hogar encontró que sus esposas le habían obsequiado con un hermoso niño, y cuando llegó el momento de su matrimonio no había nadie tan hermosa y rica como Behula, la hija de Saha. Su caza era como un loto abierto, su cabello caía hasta sus tobillos y sus puntas terminaban en los más hermosos rizos; ella tenía los ojos de un ciervo y la voz de un ruiseñor, y podía bailar mejor que cualquier joven bailarina en toda la ciudad de Champaka Nagar.
Desafortunadamente, los astrólogos predijeron que el hijo de Chand, cuyo nombre era Lakshmindara, moriría de la mordida de una serpiente en la noche de su boda. Todo ese tiempo, por supuesto, los dos apsaras habían olvidado su naturaleza divina, y sólo se consideraban a sí mismos comunes mortales muy enamorados; también eran muy devotos al servicio de Manasa Devi. La esposa de Chand no permitiría que el matrimonio fuera pospuesto, de modo que Chand debió continuar con los preparativos, aunque estaba totalmente seguro de que Manasa intentaría meterse en este asunto para satisfacer sus deseos. Sin embargo, hizo construir una casa de acero, teniendo cuidado de que no hubiera fisuras lo suficientemente grandes para permitir que entrase un alfiler. La casa fue vigilada por centinelas con espadas desenvainadas, ocas y pavos reales fueron dejados sueltos en el parque alrededor, y todos saben que estas criaturas son enemigos mortales de las serpientes. Aparte de esto, hechizos, antídotos y venenos para serpientes fueron esparcidos por todos los rincones.
Pero Manasa se presentó al artesano que construyó la casa y le amenazó con matar a él y a su familia si no hacía un pequeño agujero en la pared de acero. Él era muy reacio a hacerlo, dado que decía no poder traicionar a su patrón; fmalmente se rindió por puro miedo, e hizo el agujero del tamaño de un cabello, escondiendo la abertura con un poco de carbón en polvo.
Entonces llegó el día de la boda, y fueron muchos los malos augurios: la guirnalda de boda del novio se cayó de su cabeza, el poste del pabellón de la boda se rompió, Behula accidentalmente se borró la marca de su propia frente después de la ceremonia como si ya se hubiera convertido en una viuda.
Finalmente las ceremonias acabaron, y Lakshmindara y Behula fueron dejados solos en la casa de acero. Behula escondió su cara entre sus manos, ya que era demasiado tímida para mirar a su esposo y dejarle abrazarla, y él estaba tan cansado por el largo ayuno y ceremonias del matrimonio que se dunnió. Behula estaba igual de cansada, pero ella se sentó junto a la cama y observó, dado que le parecía demasiado bueno para ser cierto que algo tan hermoso como Lakshmindara fuera realmente su marido; él le parecía a ella un dios en un santuario. De repente vio aparecer una abertura en la pared de acero, y una gran serpiente se arrastró adentro; algunas de las serpientes de Manasa tenían el poder de apretarse dentro del espacio más minúsculo y luego expandirse a voluntad. Pero Behula ofreció algo de leche a la serpiente, y mientras estaba bebiendo, deslizó un cordón sobre su cabeza y lo ajustó. Lo mismo sucedió con otras dos serpientes. Entonces Behula se sintió tan cansada que no pudo mantenerse despierta; se sentó en la cama con los ojos cerrados, abriéndolos intermitente-mente con una sacudida para mirar el agujero en la pared. Finalmente se durmió del todo estirada a los pies de Lakshmindara. Entonces entró la serpiente Kal-nagini, la misma que había destruido el jardín de recreo de Chand, y mordió al novio dormido; él gritó a Behula, y ella despertó justo a tiempo para ver la serpiente saliendo por el agujero en la pared.
Por la mañana la madre de Lakshmindara fue a la cámara nupcial y lo encontró muerto, mientras Behula sollozaba a su lado. Todos culparon a Behula, dado que no creyeron que una serpiente pudiera entrar en la casa de acero; pero un momento más tarde vieron las tres serpientes atadas y luego vieron que el novio había muerto de mordida de serpiente. Pero Behula no atendía a lo que ellos decían, debido a que ella hubiera deseado por lo menos no haberse negado a la primera y última petición de su marido cuando ella había sido demasiado tímida para dejarle abrazarla.
Era la costumbre que cuando alguien moría de mordida de serpiente su cuerpo no fuera quemado, sino botarlo sobre una balsa, con la esperanza de que, tal vez, un habilidoso físico o encantador de serpientes encontrara el cuerpo y le devolviera la vida. Pero cuando la balsa estuvo lista Behula se sentó junto al cuerpo y dijo que ella no lo dejaría hasta que el cuerpo fuera restituido a la vida. Nadie quería en realidad que eso pudiera pasar, y ellos pensaban que Behula estaba totalmente loca. Todos trataron de disuadirla, pero ella sólo dijo a su suegra: «Adorada madre, la lámpara aún está encendida en nuestra cámara nupcial. No llores más, sino que ve y cierra la puerta de nuestra habitación, y sabe que mientras la lámpara esté encendida esperaré que mi señor sea devuelto a la vida.» De modo que no hubo caso: Behula se fue flotando y pronto Champaka Nagar estuvo fuera de su vista. Pero cuando ella pasó junto a la casa de su padre sus cinco hermanos la estaban esperando, y trataron de persuadirla de que abandonara el cuerpo muerto, diciéndole que aunque ella era una viuda ellos querían tenerla de vuelta, que la cuidarían mucho y que la harían muy feliz. Pero ella dijo que no podía soportar la idea de vivir sin su marido, y que prefería quedarse con su cuerpo muerto a ir a algún otro sitio. De modo que ella se alejó flotando lejos río abajo. No pasó mucho tiempo antes de que el cuerpo comenzara a hincharse y pudrirse; sin embargo, Behula continuó protegiéndolo, y la vista de su inevitable cambio la hacía totalmente inconsciente de sus propios sufrimientos. Ella pasó pueblo tras pueblo flotando, y todos pensaron que estaba loca. Ella rogaba todo el día a Manasa Devi, y aunque no devolvió la vida al cuerpo, la diosa, sin embargo, lo protegió de tormentas y cocodrilos, y apoyó a Behula con fuerza y coraje.
Behula estaba totalmente resignada; sentía un poder sobrehumano en ella. Ella parecía saber que tanta fe y amor no podían ser en vano. Algunas veces vio visiones de diablos que trataban de asustarla, a veces veía ángeles que la tentaban a una vida cómoda y segura, pero continuaba quieta e indiferente; seguía pidiendo por la vida de su esposo.
Finalmente pasaron seis semanas, y la balsa tocó tierra justo donde vivía Neta, la amiga de Manasa. Ella estaba lavando ropa, pero Behula pudo ver por la gloria alrededor de su cabeza que no era una mujer mortal. Un niño de hermoso aspecto jugaba junto a ella y estropeaba todo su trabajo; de repente alcanzó al niño y lo estranguló, y dejando el cuerpo en el suelo junto a ella continuó con su trabajo. Pero cuando el Sol se puso y su trabajo estuvo hecho, salpicó unas pocas gotas de agua sobre él, y él despertó y sonrió como si hubiese estado muy dormido. Entonces Behula desembarcó y cayó a los pies de la lavandera. Neta la llevó arriba hasta el cielo para ver si los dioses podían ser convencidos de otorgarle un deseo. Ellos le pidieron que bailara, y su baile les agradó tanto que le prometieron que le devolverían a su marido a la vida y restituirían todas las pérdidas de Chand. Pero Manasa Devi no estaba de acuerdo con esto mientras Behula no consiguiera convertir a su suegro y le persuadiera de honrar y adorar a la diosa. Behula lo prometió.
Entonces Behula y Lakshmindara partieron de vuelta a casa. Después de largo tiempo llegaron a la casa de su padre y pararon a visitar a su padre y madre. Pero no se quedarían, y partieron el mismo día para Champaka Nagar. Sin embargo, ella no entraría a casa hasta que no hubiese cumplido con la promesa hecha a Ma-nasa Devi. La primer persona que vio fue a su propia cuñada, quien había ido a la orilla del río a buscar agua. Behula se había disfrazado como una pobre navegante, y tenía en su mano un hermoso abanico sobre el cual tenía el retrato de cada miembro de la familia Chand. Ella le enseñó el abanico a su hermana, y le dijo que su nombre era Behula, una joven navegante, hija de Saha, una navegante, y esposa de Laskhmindara, hijo del navegante Chand. La hermana corrió a casa a enseñar el abanico a su madre, y le dijo que el precio era cien mil rupias. Sanaka estaba muy sorprendida, pero pensó en la lámpara en la casa de acero, y cuando fue comendo a la cámara nupcial que había estado cerrada firmemente durante un año, vio que la lámpara aún estaba encendida. Entonces corrió a la orilla del río, y allí estaba su hijo con Behula. Pero Behula dijo: «Querida madre, aquí está tu hijo; pero no podemos ir a casa hasta que mi suegro acepte adorar a Manasa Devi; ésta es la razón por la que te he traído hasta aquí con un ardid.»
Chand no pudo resistir más; Manasa Devi había vencido. Él la adoró el día undécimo de la Luna menguante de ese mismo mes. Era cierto que el ofrecía flores con su mano izquierda, y que apartó su cara de la imagen de Manasa; pero, a pesar de todo, ella estaba satisfecha, y le confirió riqueza y prosperidad, y felicidad, y restituyó a su amigo Shankara a la vida. Desde entonces la llamada de Manasa Devi a la adoración de los mortales ha sido aceptada libremente.

Nota sobre Manasa Devi 

Esta leyenda de Manasa Dcvi, la diosa de las serpientes, que debe ser tan antigua como el estrato Mykeneo en la cultura asiática, refleja el conflicto entre la religión de Shiva y las deidades femeninas en Bengala. Posteriormente Manasa, o Padma, fue reconocida como una forma de Shakti (L,no se dice en el Mahabharata que todo lo que es femenino es parte de Urna?), y su adoración aceptada por los shaivas. Ella es una fase de la divinidad-madre, quien para tantos devotos es más cercana y más querida que el alejado e impersonal Shiva, aunque aún él, en estas leyendas populares, es tratado como uno de los olímpicos con un verdadero carácter humano.
«En el mes de Shravana [julio - agostol», escribe Babu Dinesh Chancha Sen, «los pueblos del bajo Bengala presentan una escena única. Éste es el momento en que Manasa Dcvi es adorada. Miles de hombres en Sylhet, Backergunge, y otros distritos atestan las orillas del río para recitar las canciones de Behula. Las vigorosas regatas que participan en la festividad y el entusiasmo que caracteriza la recitación de estas canciones no puede sino hacer evidente ante un observador la vasta influencia sobre las masas. A veces hay cien remos en cada uno de los estrechos botes, los remeros cantan fuerte a coro mientras los empujan toda la noche. Los botes se mueven con la velocidad de una flecha, incluso dejando atrás a embarcaciones de vapor. Estas festividades de Manasa Puja a veces ocupan un mes entero... Qué amplia es la popularidad de estas canciones en Bengala puede ser imaginada a partir del hecho de que el sitio de nacimiento de Chand Sadagar es revindicado por no menos de nueve distritos», y por el hecho de que Manasa Mangal, o Historia de Manasa, ha sido contada en hasta seis versiones por poetas cuyos nombres son conocidos, desde el siglo xii en adelante hasta el presente.

«Debe recordarse», agrega Dinesh Babu, «que en un país donde la mujeres frecuentemente buscan la muerte en la pira funeraria de su marido, esta historia de Behula puede ser vista como el tributo natural de un poeta a los pies de sus ideales.»

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