domingo, 27 de octubre de 2013

Savitri

Yudbishthira preguntó a Markandeya si él había visto alguna vez u oído acerca de alguna dama noble como la hija Draupadi.
Markandeya respondió:
Había un rey llamado el señor de los Caballos; era virtuoso, generoso, valiente y bien amado. Estaba muy afligido por no tener niños. Por ello hizo grandes penitencias y siguió las reglas de los ermitaños. Durante dieciocho años hizo ofrendas diarias al Fuego, recitó mantras en ruego a Savitri y comió frugalmente en la sexta hora. Finalmente Savitri estuvo satisfecha y se reveló ante él como una forma invisible dentro del fuego de sacrificio. «Estoy bien satisfecha», dijo, «con tu ascetismo, tus bien seguidas penitencias, tu veneración. Pídeme, gran rey, cualquiera sea el deseo que tú quieras.» «Diosa», dijo el rey, «puedo tener niños dignos de mi raza, dado que los brahmanes me han dicho que hay mucho mérito en tener niños. Si tú estás satisfecha conmigo, te pido este deseo.» Savitri respondió: «Oh rey, conociendo tu deseo, he hablado ya con Brahma que tú deberías tener hijos. Gracias a él tendrás una gloriosa hija. Tú no debes hacer penitencias otra vez: éste es el obsequio del gran señor, quien está muy satisfecho con tu devoción.» El rey se inclinó y rezó. «Que así sea», dijo, y Savitri desapareció. Poco después su reina tuvo una radiante niña con ojos de loto. Dado que ella era el obsequio de la diosa Savitri, la esposa de Brahma, ella fue llamada Savitri con toda la debida ceremonia y ella creció en la gracia y el cariño como a la misma Shri. La gente pensaba en ella como en una imagen dorada, diciendo: «Una diosa ha llegado entre nosotros.» Pero nadie se atrevía a casarse con esa dama de los ojos de loto, dado el esplendor radiante y el espíritu ardiente que estaban en ella intimidaban a todo pretendiente.
Un día, después de sus rezos a los dioses, ella fue ante su padre con una ofrenda de flores. Ella tocó sus pies y se paró a su lado con manos juntas. El rey estaba triste y, viendo a su hija en edad de casarse sin ser pedida aún en matrimonio, le dijo: «Mi hija, el momento de tu entrega ha llegado; sin embargo, nadie te busca. Elige, pues, por ti misma un marido que sea tu igual. Elige a quien tú quieras; yo reflexionaré y te entregaré a él, dado que un padre que no entrega a su hija es deshonrado. Actúa por ello tú de forma que no recibamos la censura de los dioses.»
Entonces Savitri sumisamente se inclinó ante los pies de su padre y se marchó con sus sirvientes. Montando en un carro real visitó los bosques de los sabios ermitaños. Adorando los pies de esos reverenciados sabios, ella vagó por todos los bosques hasta que encontró a su señor.
Un día cuando su padre estaba sentado en sesión abierta, conversando con los consejeros, Savitri volvió y, viendo a su padre sentado junto al rishi Narada, se inclinó ante sus pies y le saludó. Entonces Narada dijo: «¿Por qué te demoras en casar a tu niña, que está en edad de casarse?» El rey respondió: «Fue por eso que ella se marchó, y ahora ella regresa. Escucha a quien ha elegido ella para su marido.» Diciendo esto, se volvió a Savitri, ordenándole todo lo que le había sucedido.
De pie, con las manos unidas frente al rey y al sabio, ella respondió: «Había un virtuoso rey de los shalwas, de nombre Dyumatsena. Él se volvió ciego; entonces un antiguo enemigo arrancó el reino de sus manos, y él, con su esposa y una niña pequeña, se marcharon a los bosques, donde practicó las austeridades debidas a la vida de ermitaño. El niño, su hijo, creció en esa ermita del bosque. Él es digno de ser mi esposo, a él lo he aceptado en mi corazón como señor.»
Entonces Narada exclamó: «Gran error ha cometido Savitri al coger este muchacho para su señor, cuyo nombre es Satyavan, aunque lo conozco bien y es excelente en todas las buenas cualidades. Ya siendo niño le deleitaban los caballos y los modelaba en arcilla o los dibujaba; por ello ha sido llamado Pintor de Caballos.»
El rey preguntó: «j,Tiene este príncipe Satyavan inteligencia, compasión, coraje, energía?» Narada respondió: «En energía es como el Sol, en sabiduría como Brihaspati, valeroso como el rey de los dioses, compasión como la misma Tierra. También es liberal, fiel y hermoso a la vista.» Entonces el rey preguntó otra vez:
«Dime ahora cuáles son sus defectos.» Narada respondió: «Tiene un defecto que supera a todas sus virtudes, y ése es irremediable. Está destinado a morir dentro de un año.»
El rey se dirigió a su hija: «Elige, oh Savitri, hermosa niña, otro señor; ya has oído las palabras de Narada.» Pero Savitri respondió: «La muerte puede venir en un instante; una hija puede ser entregada sólo una vez; sólo una vez puede decirse: “¡La entrego!” Sin duda, sea la vida larga o corta, sea virtuosa o viciosa, he elegido mi marido por una sola vez. No elegiré dos veces. Una cosa primero se siente en el corazón, luego se dice, luego se hace; mi mente es testigo de esto.» Entonces Narada dijo al rey: «El corazón de tu hija es inconmovible; no será apartada de su camino. Además nadie supera a Satyavan en virtud; el matrimonio tiene mi aprobación.» El rey, con manos unidas, respondió: «Lo que tú mandes será hecho.» Narada dijo otra vez: «Que la paz sea el obsequio de Savitri. Yo iré por mi camino; estad bien con todos», y con esto ascendió otra vez al cielo.
En un feliz día el rey Señor de los Caballos, con Savitn, viajó a la ermita de Dyumatsena. Entrando a pie, encontró al sabio real sentado en contemplación bajo un noble árbol, el rey lo veneró debidamente, con obsequios apropiados para los hombre santos, y anunció el propósito de su visita. Dyumatsena respondió: «Pero ¿cómo tu hija, delicadamente criada, podría llevar esta dura vida en el bosque con nosotros, practicando austeridad siguiendo las reglas de los ermitaños?» El rey respondió: «No deberías decir esas palabras, dado que mi hija sabe, como yo, que la felicidad y la pena vienen y se van, y nadie dura. No deberías desatender mi oferta.» Se hicieron los preparativos adecuados y en presencia de los sabios de doble nacimiento de las ermitas de los bosques, Savitri fue dada a Satyavan. Cuando su padre había partido ella puso a un lado sus joyas y se vistió con cortezas y ropas marrones. Ella encantó a todos con su amabilidad y abnegación, su generosidad y dulce hablar. Pero las palabras de Narada estaban siempre presentes en su cabeza.
Con el tiempo el momento señalado para la muerte de Satyavan llegó; cuando le quedaban sólo cuatro días de vida Savitri ayunó día y noche, observando la penitencia de las «Tres Noches». El tercer día Savítri estaba mareada y débil, y ella pasó la última infeliz noche con miserables reflexiones acerca de la próxima muerte de su marido. Por la mañana ella cumplió con los acostumbrados ritos y fue a presentarse ante los brahmanes y ante el padre y la madre de su marido, y ellos, tratando de ayudarla, rezaron para que ella nunca fuera una viuda.
Satyavan se marchó a los bosques con el hacha en la mano, sin sospechar nada, para traer a casa madera para el fuego de sacrificios. Savitri pidió ir con él, y él lo consintió, si sus padres también lo permitían. Ella les rogó dulcemente que lo permitieran, diciendo que no soportaba quedarse y que deseaba enormemente ver la floración de los árboles. Dyumatsena le dio permiso, diciendo:
«Desde que Savitri ha sido entregada a mí por su padre para ser mi nuera, no recuerdo que me haya pedido nada. Ahora, por ello, dejad que su ruego sea concedido. Pero no dificultes», dijo, «la tarea sagrada de Satyavan.»
Entonces Savitri partió con su señor, aparentando sonreír, pero con el corazón apesadumbrado; dado que, recordando las palabras de Narada, ella se lo imaginaba ya muerto. Con la mitad de su corazón se lamentaba, expectante de su final; con la otra mitad de su corazón respondía con sonrisas, al pasar juntos arroyos sagrados e inmensos árboles. Al rato él comenzó a trabajar, y al golpear con el hacha las ramas de un poderoso árbol se sintió mal y se mareó, y fue hasta su esposa quejándose de que su cabeza era torturada por un dolor agudo y que dormiría un momento. Savitri se sentó sobre el suelo y puso la cabeza de él sobre su regazo; ése era el momento acordado para su muerte. Inmediatamente Savitri vio una deidad con una radiante y sonrosada cara, de ojos negros y rojos y terrible a la vista; llevaba una cuerda en su mano. Se detuvo y miró a Satyavan. Entonces Saviiri se levantó y le preguntó humildemente quién era y qué quería. «Soy Yama, Señor de la Muerte», respondió, «y he venido a buscar a Satyavan, cuyo lapso de vida se ha terminado.» Diciendo esto, Yama arrancó el alma del cuerpo de Satyavan, atado con la cuerda y totalmente indefenso; con ello partió al Sur, dejando el cuerpo frío y sin vida.
Savitri le seguía de cerca, pero Yama dijo: «Desistid, oh Savitri. Vuelve a hacer los ritos funerarios de tu esposo. No te acerques más.» Pero ella respondió: «Adonde mi señor sea llevado o vaya por su propia voluntad, lo seguiré; ésta es la última ley. El camino está abierto a mí debido a mi obediencia y virtud. Mira, el sabio ha dicho que la amistad tiene siete pasos. Descansando en la amistad así contraída, yo te diré algo más. Tú has ordenado seguir otras reglas que las debidas a una esposa; tú quieres hacer una viuda de mí, sin seguir la regla doméstica. Pero las cuatro reglas son para aquellos que no han seguido su propósito, verdadero mérito religioso. Es diferente conmigo, dado que yo he alcanzado la verdad sólo cumpliendo los deberes de una esposa. No es necesario hacerme una viuda.» Yama respondió: «Dices bien y bien me has agradado. Pide un deseo, cualquier cosa sea lo que quieras, excepto la vida de tu marido.» Ella pidió que Dyumatsena recobrara su vista y salud, y Yama lo concedió. Sin embargo, Savitri no regresaría, diciendo que ella aún seguiría a su señor y, además, que la amistad con la virtud siempre debe dar buenos frutos. Yama admitió la verdad de esto y le otorgó otro deseo; ella pidió que su padre recobrara el reino. Yama dio su promesa de que sería hecho y ordenó a Savitri que retomara. Todavía ella se negó, y habló del deber del grande y el bueno, de proteger y ayudar a los débiles con su ayuda. Entonces Yama le concedió un tercer deseo: que su padre tuviera cien hijos. Todavía Savitri persistía. «Tú eres llamado el señor de la Justicia», dijo, «y los hombres siempre confían en el justo; dado que es sólo la bondad de corazón la que inspira confianza a todas las criaturas.» Cuando Yama le ofreció otro deseo, salvo y excepto la vida de Satyavan, Savitri pidió cien hijos nacidos de ella y Satyavan. Yama respondió: «Tú obtendrás, oh señora, cien hijos, famosos y poderosos, dándote gran goce. Pero tú has llegado demasiado lejos; ahora te pido que regreses.» Pero otra vez ella pidió al justo: «Es el justo», dijo, «quien soporta a la tierra con su vida austera y protege todo.» Otra vez agradado por las palabras de Savitri, garantizó otro deseo. Pero Savitri respondió: «Oh tú que confieres honor, qué no has concedido ya que pueda suceder sin la unión con mi marido; por ello pido su vida junto con todos los otros deseos. Sin él no estoy sino muerta, sin él ni siquiera deseo la felicidad. Tú me has dado cien hijos y te llevas a mi señor, sin el cual no puedo vivir. Te pido su vida, que tus palabras sean cumplidas.»
Entonces Yama cedió y le devolvió a Satyavan, prometiéndole prosperidad y vida por cuatro siglos, y descendientes que serían todos reyes. Concediendo todo lo que Savitri pidió, el señor de los ancestros siguió su camino. Entonces Savitri volvió adonde se encontraba el cuerpo de Satyavan y alzó su cabeza sobre su regazo; le vio volver a la vida como uno que regresa de una estancia en una tierra lejana. «He donnido demasiado», dijo, «¿por qué no me has despertado? ¿Dónde está ese ser oscuro que me hubiese llevado?» Savitri respondió: «Has dormido mucho tiempo. Yama se ha marchado por su camino. Te has recobrado; levántate, si puedes, dado que ya está cayendo la noche.»
Entonces los dos regresaron, caminando a través de la espesa noche a lo largo de los senderos del bosque.
Mientras tanto Dyumatsena y su esposa y todos los sabios estaban afligidos. Sin embargo, los brahmanes tenían buenas esperanzas, dado que ellos juzgaban que la virtud de Savitri podía ayudar aún en contra del destino, y ellos calmaron al rey. Más aún, Dyumatsena repentinamente recuperaba su vista, y todos tomaron esto por un presagio de buena suerte, preanunciando la salvación de Satyavan. Entonces Savitri y Satyavan volvieron a través de la oscura noche y encontraron a los brahmanes y al rey sentados junto al fuego. Cálida fue su bienvenida y agudas sus preguntas; entonces Savitri relató todo lo que había sucedido, y todos la felicitaron; después, y dado que era tarde, todos fueron a sus propias moradas.
El día siguiente al amanecer vinieron embajadores de Shalwa para decir que el usurpador había sido muerto, y el pueblo invitaba a Dyumatsena a regresar y ser otra vez su rey. Él volvió a Shalwa y vivió mucho tiempo; y tuvo cien hijos. Savitri y Satyavan también tuvieron los cien hijos concedidos por Yama. Así fue como Savitri con su sola bondad levantó de una condición pobre a la más alta fortuna a ella, a sus padres, a su señor y a todos los que descendieron de ellos.
«Y», dijo Markandeya a Yudhishthira, «aun siendo tan pequeña Draupadi salvará a todos los Pandavas.»


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