domingo, 27 de octubre de 2013

LOS CICLOS MITOLÓGICOS GALESES (I)

PWYLL, PRINCIPE DE DYFFEDD,

Y ARAWNN, REY De ANWYNN




En los momentos en que comienza esta historia, Pwyll príncipe regente de los siete cantrevs1 de Dyffedd, al suroeste de Gales, se encontraba de cacería en la región de Llwyn Diarywa, en el condado de Arberth, su corte principal. Allí, luego de adentrarse una mañana en los bosques de Glynn Cuch, soltó a sus perros y, soplando su cuerno de caza, salió en su persecución, perdiéndose muy pronto de vista del resto de la comitiva.
Concentrado en los ladridos de sus propios perros, oyó, sin embargo, los aullidos de otra jauría que se aproximaba y, al entrar en un claro del bosque, pudo ver a un ciervo que trataba de huir, aunque infructuosamente, pues antes de haber logrado salir del claro, fue alcanzado y derribado por la jauría que lo perseguía. Inmediatamente, la atención del príncipe se vio atraída por la extraña coloración de los animales que tenía ante sus ojos, ya que jamás había visto sabuesos similares; su color era de un blanco inmaculado y refulgente, al tiempo que sus orejas mostraban una tonalidad escarlata brillante como el ascua de una fragua.
Rápidamente cabalgó hacia los perros extraños, apartándolos para que dejaran el campo libre a su propia jauría, cuando se percató de la llegada de un jinete montado sobre un caballo gris, con un cuerno de caza terciado sobre el hombro y vestido con un impecable traje de caza del mismo color acerado del potro que montaba.
Adelantándose hacia él, el caballero dijo:
—Príncipe de Dyffedd, sé quién eres, pero no te honraré con mi saludo.
—Quizás tu rango sea tan alto que te permita no hacerlo.
—No es exactamente mi rango, sino tus malos modales y tu descortesía lo que me lo impiden —contestó el recién llegado.
—Pues, ¿qué falta de cortesía has notado en mí, caballero?
—Si tú no llamas una descortesía ahuyentar una jauría que ha cazado un ciervo, para permitir que la tuya se alimente, ¡entonces que los dioses pongan nombre a esa actitud!
—Caballero —respondió el príncipe—; creo que me he comportado en forma descortés contigo y deseo recuperar tu favor. ¿Podrías al menos decirme tu nombre y tu dignidad? ¡Ni siquiera sé con quién hablo!
—Soy Arawnn, rey coronado de la tierra de Annwyn.
—¿Y de qué forma, señor de Annwyn, podría recuperar tu buena disposición hacia mí? —preguntó Pwyll.
—Te lo diré. Hay un rey cuyos dominios quedan exactamente frente a los míos y que me hace la guerra continuamente. Su nombre es Hafgan, y si consigues sacarme de encima a esa peste de hombre, obtendrás mi benevolencia y mucho más.
—Me agradaría mucho ayudarte, pero ¿cómo? —preguntó Pwyll.
—Nos uniremos por medio de un juramento sagrado —dijo Arawnn— y te disfrazaré para que ocupes mi lugar en la corte de Annwyn, donde reinarás en mi lugar exactamente durante un año y un día a partir de hoy.
—Todo eso está muy bien y lo acepto, pero, ¿cómo haré para encontrarme con el rey Hafgan?
—Mi encuentro con él está arreglado para dentro de un año exactamente, en el vado que hay pasando el bosque. Irás a su encuentro con mi apariencia, le asestarás un solo golpe y Hafgan no sobrevivirá. Pero no le des un segundo golpe, aunque te lo suplique, pues en ese caso estará de regreso, luchando conmigo, a la mañana siguiente.

—¿Y qué pasará con mi propio reino? —preguntó Pwyll.
—Yo mismo ocuparé tu lugar, de manera que nadie en él sospeche siquiera que no eres tú quien está gobernando. Pero primero te llevaré a mi reino, para que comiences con tus tareas.
A continuación, Arawnn condujo a Pwyll a su palacio y le mostró sus distintas estancias y pabellones, tras de lo cual se despidió diciendo:
—Dejo en tus manos mi reino y mis dominios. Entra; nadie dudará de tu identidad y todos te servirán como lo harían conmigo mismo.
Y, efectivamente, tan pronto como Pwyll ingresó al salón, escuderos y sirvientes acudieron a atenderlo. Al conversar con la reina, el príncipe comprendió que se trataba de una mujer inteligente y culta, de carácter y lenguaje nobles. Cenaron opíparamente y luego se retiraron a descansar, pero cuando llegó el momento de acostarse, Pwylll dio la espalda a la reina, sin intentar otra actitud que la del sueño durante toda la noche; y por más gentiles y tiernos que se mostraran entre sí durante el día, todas las noches del año siguiente fueron igualmente gélidas entre ellos.
Cuando, finalmente, llegó el día fijado para el encuentro entre Arawnn y Hafgan, un hombre a caballo se situó frente a ellos y se dirigió a la concurrencia diciendo:
—Caballeros, en este juicio podrán intervenir exclusivamente los dos jefes que reclaman como propio el reino de Annwyn. El combate será sólo entre ellos y los demás no deberán intervenir.
A continuación se inició la justa, y Pwyll, como sustituto del rey Arawnn, fue quien asestó el primer golpe, que partió como si fuera de papel el escudo de Hafgan y la armadura que se encontraba detrás de él, derribando al jinete por sobre la grupa del caballo, mortalmente herido. Pero cuando Pwyll se acercó, el moribundo musitó:
—¡Señor!, no tienes ningún derecho a matarme, porque yo no te he desafiado ni retado en forma alguna, ni sé de nada que haya hecho por lo que puedas desear mi muerte; pero ahora que ya me has herido mortalmente, termina tu tarea con un segundo golpe.
—Caballero —respondió Pwyll—, quizás me arrepienta de lo que he hecho, pero debes encontrar a otro que te ultime, porque yo no lo haré. Y dirigiéndose a los vasallos de Hafgan, agregó—: En cuanto a vosotros, nobles, os aconsejo que decidáis si os convertiréis en mis vasallos, a partir de este día.
—Rey Arawnn —contestaron los cortesanos al unísono—, desde hoy, todos nosotros te reconoceremos como el único rey de Annwyn.
—¡Bien! —replicó Pwyll—. Acepto vuestra sumisión, ¡y que los arrogantes sean humillados por el filo de la espada! —agregó.
utilizando la tradicional fórmula de sumisión de los ancestros. A continuación recibió el homenaje de los nobles como único rey reconocido, y para el mediodía del día siguiente, los dos antiguos reinos de Annwyn se encontraban bajo su mando.
A continuación, habiéndose cumplido un año y un día de su previo trato con el verdadero Arawnn, Pwyll regresó al vado de Glyn Cuch, donde el primero lo recibió diciendo:
—He oído lo que has hecho por mí. ¡Que los dioses te recompensen por haber mantenido con tanta fidelidad tu promesa de amistad! —le agradeció, para luego devolverle su apariencia, recobrar la suya y regresar a su gente y su familia, a quienes no había visto en todo un año.
Sin embargo, ellos no habían percibido su ausencia, por lo que la cena no fue más animada de lo usual, hasta que llegó el momento de retirarse a descansar. Una vez en sus aposentos reales, el verdadero Arawnn conversó un rato con la reina y luego inició los juegos preliminares del amor, pero su esposa, que se había desacostumbrado a ellos, al cabo de un año y un día de abstinencia, pensó: —¡Por todos los dioses! ¿Cómo puede Arawnn tener hoy sentimientos tan distintos? ¡No recuerdo haber tenido una noche así desde hace más de un año!
Permanecieron en silencio durante un largo rato, hasta que el rey, notándola ensimismada, le preguntó la causa.
—Simplemente, es que te noto distinto. Anoche se cumplió un año desde el momento en que nuestros cuerpos se extasiaron por última vez. Claro que hubo entre nosotros hermosos momentos de conversación, ¡pero eso fue todo!
Ahora le llegó a Arawnn el momento de meditar: "En verdad —pensó para sí —no ha habido amistad más confiable y sólida que la de este compañero que conocí hace un año". Y narrándole toda la historia a su esposa, ésta confirmó su apreciación:
—Pongo a los dioses por testigos de que has encontrado a un amigo fiel y consecuente, tanto en las lides de la guerra como en las de la amistad. ¡Deberías dar gracias por ello durante todos tus días por venir!
Pwyll, por su parte, tan pronto regresó a sus dominios, comenzó a preguntar a sus aristócratas qué opinaban de su gobierno durante el último año.
—Soberano nuestro —respondieron éstos sin dudar—, nunca habías mostrado tanta sabiduría ni tanta amabilidad, ni habías administrado los bienes de la comunidad con tanta prodigalidad y prudencia. El pueblo jamás ha estado tan satisfecho y feliz como ahora.
—Yrofy a Duw2 —respondió Pwyll—, pero sería más justo que testimoniaran su agradecimiento al hombre a quien verdaderamente han tenido ante ustedes.
Y a continuación, les narró la aventura tal y como había ocurrido. Al terminar, el anciano más venerable del Consejo interpretó la voluntad de todos, preguntando:
—En verdad os digo, Señor, que todos debemos agradecer a los dioses por haberos procurado una amistad como ésa, pero... ¿seguiréis administrando el gobierno y la justicia en la misma forma en que lo habéis hecho este año?
—Así lo haré, mientras de mí dependa —confirmó el soberano.

Desde ese momento, Arawnn y Pwyll se concentraron en gobernar sus respectivos reinos y consolidar su amistad, que creció día a día a través del intercambio de regalos amistosos, como caballos, lebreles, halcones y, en fin, todo aquello que cada uno juzgaba que agradaría al otro.

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