domingo, 27 de octubre de 2013

El Mahabharata relatado en 15 episodios (II) La prueba de los principes

Entonces Drona, viendo que sus alumnos habían completado su educación, solicitó a Dhritarashtra, el rey, permiso para llevar a cabo un torneo, en que todos tendrían una oportunidad de exhibir su habilidad. La petición fue aceptada inmediatamente, y comenzó la preparación para la gran ocasión. Se eligió el terreno, y los ciudadanos fueron reunidos mediante proclamas para estar presentes en las ofrendas de sacrificios para su consagración en un día propicio. Las palestras fueron niveladas y equipadas, y un gran salón fue construido para las reinas y sus damas, mientras que tiendas y tribunas se ubicaron para los espectadores en puntos estratégicos.
Y cuando el día señalado para el torneo llegó el rey cogió su sitio, rodeado de sus ministros y precedido de Bhishma y los anteriores tutores de los príncipes. Entonces Gandhari, la madre de Duryodhana, y Kunti, la madre de los Pandavas, con ricos vestidos y joyas y atendidas por sus séquitos, cogieron los sitios que habían sido reservados para ellas. Y nobles, brahmanes y ciudadanos dejaron la ciudad y se acercaron apresuradamente al lugar, hasta que por el sonido de tambores y trompetas y el clamor de las voces la gran reunión pareció un agitado océano.
Finalmente Drona entró a la palestra, con sus blancos cabellos y vestido de blanco, luciendo como la misma Luna apareciendo en un cielo sin nubes, mientras que junto a él su hijo Ashvatthaman parecía una estrella acompañante.
A continuación se celebraron ceremonias de propiciación, y entonces, cuando se extinguió el canto de los himnos védicos, fueron traídas las armas, se oyó el resonar de las trompetas y los príncipes entraron en procesión encabezados por Yudhishthira.
Entonces comenzó el más maravilloso despliegue de habilidades. La lluvia de flechas era tan densa y constante que pocos espectadores podían sostener sus cabezas erguidas sin alterarse, y la puntería de los poderosos arqueros era tan segura que ni una sola flecha perdió su blanco. Cada una, con el nombre de su dueño grabado, fue encontrada en el preciso blanco a que había sido disparada. Luego saltaron sobre el lomo de vigorosos caballos, y saltando y corriendo, volviéndose a un lado y a otro, continuaron disparando a los blancos. Entonces los caballos fueron dejados y cambiados por carros, y conduciendo dentro y fuera, haciendo carreras. volviéndose, frenando a sus corceles o apresurándoles, según demandaba la ocasión, los combatientes continuaron exponiendo su agilidad, su precisión y sus recursos.
Luego saltando de los carros, y cogiendo cada hombre su espada y escudo, los príncipes comenzaron a esgrimir su habilidad con las espadas. Entonces, como dos grandes montañas y sedientos de batalla, Bhima y Duryodhana salieron a la arena, con la porra en sus manos, para un combate individual.
Tonificándose, y reuniendo toda su fuerza, los dos guerreros dieron un poderoso rugido y comenzaron a correr a toda velocidad de la forma usual, a derecha e izquierda, circunvalando la palestra, hasta que llegó el momento del choque y el ataque mímico, en que cada uno procuraría vencer a su oponente apelando a su mayor destreza. Y el brillo de la batalla era tal en los dos príncipes que la enorme asamblea allí reunida se contagió y se dividió según sus simpatías, algunos por Bhima, otros por Duryodhana, hasta que Drona vio que era necesario parar la contienda, dado que de no haberlo hecho ésta hubiera degenerado en una pelea real.
Entonces el mismo maestro entró a la palestra y silenciando la música por un instante, con una voz como la de un trueno de tormenta, presentó a Arjuna, su más adorado discípulo. La real Kunti, madre de los Pandavas, fue arrebatada de placer ante la aclamación que recibía su hijo, y hasta que ésta no se hubo aquietado un poco éste no pudo comenzar a exponer su destreza con las armas. Pero tal era el poder y brillantez de Arjuna que pareció como si con un arma hubiera creado fuego, con otra agua, con una tercera montañas y como si con una cuarta todas éstas se hubieran hecho desaparecer. De repente él parecía alto y otra vez bajo. De repente él aparecía luchando con espada y maza, de pie en la pértiga o en la yunta de su carro; luego en un momento sería visto sobre el carro y en otro instante estaba luchando en el campo. Y con sus flechas acertaba todo tipo de blancos. Ahora, como por un solo disparo, soltó cinco flechas en la boca de un verraco de hierro giratorio. Otra vez descargó veintiuna flechas en el agujero de un cuerno de vaca que se balanceaba de un sitio a otro pendiendo de la cuerda de la que colgaba. Así mostró su habilidad en el uso de la espada, el arco y la maza, caminando en círculos alrededor de la palestra.

La entrada de Karna


Justo cuando la exhibición de Arjuna estaba terminando se oyó un gran ruido que venía desde la puerta como si un nuevo combatiente estuviese a punto de comenzar en la palestra. La asamblea entera se dio vuelta como un solo hombre, y Duryodhana con sus cien hermanos se pararon precipitadamente y se detuvieron con las armas apuntadas, mientras Drona estaba en el medio de los cinco príncipes Pandavas como la Luna en medio de una constelación de cinco estrellas.
Entonces, entró el héroe Karna, centro de todas las miradas, magnífico con sus armas y su hombría. Y lejos, en la tribuna de las reinas, la real Kunti tembló por volver a ver al hijo que había abandonado largo tiempo atrás, temiendo revelar su nacimiento divino. Dado que, cosa que nadie sabía, el mismo Sol había sido el padre de Karna, y Kunti, convertida más tarde en madre de los Pandavas, había sido su madre.
Ahora él era realmente digno de ser observado. ¿No era él en realidad una emanación del ardiente y brillante Sol? Sus proporciones lo hacían como un gran acantilado. De hermosa figura, poseía innumerables atributos. Era de estatura alta, como una palmera dorada, e, imbuido del vigor de la juventud, era incluso capaz de dar muerte a un león. Inclinándose respetuosamente ante su maestro, se volvió hacia Arjuna, y como quien desafía, declaró que había venido a superar la actuación que acababan de observar. Una conmoción atravesó la gran audiencia, y Duryodhana mostró abiertamente su agrado. ¡Pero, ay de mí! El principesco Arjuna enrojeció de furia y desprecio. Entonces, con autorización de Drona, el poderoso Kama, deleitándose al pensar en la batalla, cumplió su palabra e hizo todo lo que Arjuna había hecho antes que él. Y cuando su despliegue de habilidad terminó fue abrazado y aclamado por todos los hijos de Dhritarashtra, y Duryodhana le preguntó qué podía hacer por él. «¡Oh príncipe», dijo Kama en respuesta, «sólo tengo un deseo, y es entablar lucha con Arjuna!» Arjuna, mientras tanto, enardecido por el resentimiento por lo que consideraba un insulto a su persona, dijo tranquilamente a Kama: «¡El día llegará, oh Kama, en que te mate!»
«¡Habla en flechas», respondió clamorosamente Karna, «que con flechas este mismo día haré volar tu cabeza delante de tu mismo maestro! »

Karna y Arjuna


Entonces desafiado à outrance, Arjuna avanzó y tomó su sitio para el combate individual. Y Kama así mismo avanzó y se paró enfrentándosele.
Arjuna era el hijo de Indra, tal como Karna había nacido del Sol, y mientras los héroes se enfrentaban el uno al otro, los espectadores se dieron cuenta de que Arjuna estaba cubierto por la sombra de las nubes, que sobre él se extendía el arco iris, el arco de Indra, y que bandadas de gansos salvajes, volando sobre su cabeza daban un aspecto risueño al cielo. Pero Karna permaneció iluminado por los rayos del Sol. Y Duryodhana se aproximó a Karna, mientras Bhishma y Drona se mantuvieron cerca de Arjuna. Arriba en la tribuna real se oyó gemir y caer a una mujer.
Entonces el maestro de ceremonias avanzó y clamó la estirpe y títulos de Arjuna, una estirpe y títulos que eran por todos conocidos. Y habiendo hecho esto, esperó desafiando al caballero rival a mostrar un linaje similar, dado que los hijos de los reyes no pueden luchar con hombres de inferior origen.
Ante estas palabras Karna palideció y su cara se transformó por la emoción contenida. Pero Duryodhana, ansioso por ver a Arjuna derrotado, exclamó: «¡Si Arjuna sólo quiere luchar con un rey, déjame ya mismo entronizar a Karna como rey de Anga!»
Como por arte de magia, los sacerdotes se adelantaron cantando; un trono de oro fue traído; arroz, flores y el agua sagrada fueron ofrendados, y sobre la cabeza de Karna fue alzado el paraguas real, mientras colas de yak ondeaban a su alrededor en cada lado. Luego, entre los vivas de la multitud, Karna y Duryoclhana se abrazaron y se juraron amistad eterna.
En ese mismo momento, inclinado y temblando por su vejez y debilidad, pobremente vestido, y sosteniéndose sobre un bastón, se vio entrar un anciano a la palestra. Y todos los presentes lo reconocieron como Adhiratha, uno de los aurigas de la servidumbre real. Pero cuando la mirada de Kama lo encontró rápidamente dejó su trono y fue y se inclinó ante el anciano hombre que descansaba sobre su bastón, y tocó sus pies con esa cabeza que aún estaba húmeda con el agua sagrada de la coronación. Adhiratha abrazó a Karna y lloró de orgullo por haber sido Kama hecho rey, llamándole hijo.
Bhima, de pie entre los héroes Pandavas, rió fuertemente mofándose. «¡Qué! ¿Qué héroe es éste?», dijo. «Parece, señor, que el látigo es tu verdadera arma. ¿Cómo puede ser rey quien es hijo de un cochero?»
Los labios de Karna temblaron, pero por única respuesta juntó sus brazos y alzó su vista al Sol. Pero Duryodhana montó en cólera, y dijo: « ¡El linaje de los héroes es siempre desconocido! ¿Qué importa de dónde ha venido un hombre valiente? ¿Quién pregunta por el origen de un río? ¿Un tigre como éste ha nacido alguna vez de sirvientes? Pero aunque esto fuera así, él es mi amigo, y bien merece ser el rey del mundo entero. ¡Dejadle a él, quien no tiene ninguna objeción que hacer, arquear el arco que Karna arquea!»

Fuertes aplausos de aprobación estallaron entre los espectadores, pero el Sol cayó. Entonces Duryodhana, cogiendo a Karna por la mano, lo condujo fuera de la arena iluminada por lámparas. Y los hermanos Pandavas, acompañados por Bhishma y Drona, volvieron a sus respectivos lugares. Sólo a Yudhishthira le perturbaba la idea de que nadie podía vencer a Karna. Y Kunti, la reina-madre, habiendo reconocido a su hijo, apreciaba la idea de que después de todo él era rey de Anga.

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