domingo, 27 de octubre de 2013

Mitos eslavos (II)

Leyendas eslavas
Leyenda de la vida

Sin embargo, entre los eslavos eran muy frecuentes las historias que
narraban hechos en los cuales la vida aparecía como algo externo a su
usufructuario, como algo que se podía esconder entre los elementos de la
naturaleza.
Existe, al respecto, una historia rusa que narra los amores de una joven y
hermosa princesa con un bello efebo que se enamoró de ella en cuanto la vio.
Cuenta el relato que la muchacha se encontraba prisionera en el castillo dorado
de un brujo que se llamaba Koshchei — nombre que significa "huesudo",
"delgado" — el Inmortal, cuando acertó a pasar por aquellos lejanos parajes un
príncipe muy joven y muy valiente. Este descubrió, desde una de las tapias que
acotaban aquella extraña y refulgente mansión, castillo de oro, a una muchacha
solitaria que paseaba, con semblante apenado, por los largos pasillos de un
artístico jardín. Era tal su belleza que el joven príncipe se enamoro de ella al
instante y, pleno de energía, saltó hacia el interior del recinto y, en cuanto la
princesa le relató su infortunio, el joven propuso a la muchacha que huyera con
él. Para ello, antes tenía que deshacerse del poderoso Koshchei, por lo que la
infeliz princesa ideó un plan tendente a conocer el lugar en el que el brujo
escondía su vida. De manera candorosa y zalamera, la joven princesa le
preguntó a su inmortal anfitrión cuál era el lugar en el que escondía su corazón o
su vida. Y es que el brujo le había dicho que él no moriría nunca porque no tenía
corazón, sino que lo tenía escondido en un lejano lugar que nadie conocía.
Un cofre de hierro bajo un roble verde
El relato explica que el taimado brujo no se fiaba de nadie, así es que le
dijo a la muchacha que su corazón se hallaba en la escoba que había en una de
las salas del rastrillo. La princesa fue corriendo hasta el lugar indicado, cogió la
escoba y la echó al fuego, y esperó hasta que terminara de arder, y la vio
reducida a cenizas. Pero el brujo no murió, lo cual significaba que le había
mentido. De nuevo le inquirió, aduladora y zalamera la princesa, para que le
desvelara el lugar en el que escondía su corazón y, el brujo, volvió a mentir. Le
explicó a la princesa que tenía guardada su muerte, o su corazón, en el interior
de un gusano que se hallaba en las raíces de un viejo roble que se erguía en el
jardín. Enseguida la princesa le contó todo a su joven enamorado y, éste,
después de hallar el gusano, lo aplastó; pero el brujo Inmortal seguía vivo, lo
cual indicaba que se había burlado otra vez de la princesa.
Por fin, la infortunada muchacha, se armó de valor y volvió hasta donde se
hallaba Koshchei; al tiempo que lo llenaba de caricias y ternuras, volvió a
preguntarle por el lugar en el que escondía su corazón, o su muerte, no sin antes
recriminarle por haber desconfiado de su amor y por mentirle. El brujo se sintió,
esta vez, culpable por sus actuaciones para con la joven princesa que estaba a su
lado y le daba muestras de amor y, sin pensárselo dos veces, le desveló el
verdadero lugar en el que escondía su corazón, o su muerte.

Amores que matan.
La minuciosidad con que el brujo Koshchei, halagado y azuzado por las
fingidas caricias de la princesa —por lo demás, enamorada de un joven y
apuesto príncipe—, describe el lugar en el que se encuentra escondida su muerte
es plasmado por Frazer en "La Rama Dorada" con toda la sencillez y la fuerza
que la circunstancia requiere. Nos dice Frazer que, esta vez, el brujo, vencido
por los arrumacos de la muchacha, abrió su corazón y le dijo la verdad. "Mi
muerte, dijo él, está lejos de aquí y es difícil de encontrar en el ancho océano. En
este mar hay una isla, y en la isla crece un roble verde, y bajo el roble hay un
cofre de hierro, y dentro del cofre hay una cestita, y en la cestita una liebre, y en
la liebre hay un pato, y el pato tiene un huevo; el que encuentre el huevo y lo
rompa, me matará a mí en el mismo instante". El príncipe, naturalmente,
consigue el huevo fatal y con él en las manos se enfrenta al inmortal brujo. El
monstruo quiere matarle, pero el príncipe comienza a estrujar el huevo, a lo que
el brujo, encogido por el dolor, se vuelve hacia la falaz princesa, que está
riéndose satisfecha. "¿No era una prueba de amor para ti, le recriminó, que te
dijera dónde estaba mi muerte? ¿Es ésta la manera que tienes de pagarme?".
Diciendo esto requirió su espada, que colgaba de un gancho en la pared, pero
antes de que tuviera tiempo de alcanzarla, el príncipe aplastó con firmeza el

huevo y el brujo inmortal encontró su muerte en aquel instante.
El palacio del sol.
No se agota con lo antedicho, la mitología eslava respecto a la importancia
que para ellos tiene la luz, el fuego, la lumbre y el propio astro rey.
Por ejemplo, cuando se encendía el fuego de la lumbre que ardía en los
hogares, todos debían permanecer en silencio, especialmente los más jóvenes de
la casa, para que fueran aprendiendo los diferentes rituales de su tribu. La
mitología en la que aparecía envuelto el Sol era muy amplia entre los eslavos,
para quienes esta luminaria tenía su morada en un lejano lugar de oriente, al que
consideraban el país de la abundancia, y el verano, ininterrumpidos. El Sol
habitaba en un palacio refulgente, todo de oro y, cuando se disponía a recorrer el
espacio, lo hacía en un carro brillante, tirado por doce caballos blancos que
tenían sus crines doradas. Todo esto se parece mucho a la descripción que la
mitología clásica hacía del Sol y, al igual que Faetón era un hijo del Sol entre los
griegos, lo mismo sucede con los eslavos. La mitología de estos últimos
contempla al Sol como la personificación de un hermoso joven que se sienta en
un trono de oro y, a su lado, aparecen dos hermosas muchachas que son sus
hijas: la Aurora de la Mañana, y la Aurora de la Tarde.
Los eslavos llamaban "Zorias" a las hijas del Sol y las consideraban
servidoras de su padre, pero también deidades. La Zoria, o Aurora de la Mañana,
tenía la función de abrir la puerta del reluciente palacio para que saliese su padre
el Sol, mientras que a la Zoria, o Aurora de la Tarde, le correspondía cerrarla

para que su padre se recogiera.
La madre tierra.
Al igual que los griegos, los eslavos también concedían gran importancia a
la Tierra, a la que divinizaban y consideraban madre universal. El culto a la
Tierra, en cuanto que madre universal, que encerraba en sus entrañas toda la
energía suficiente para hacer fertilizar las plantas y las cosechas, estaba bastante
extendido entre los pueblos esteparios, aunque se sabe muy poco sobre ello. Por
ejemplo, algunos campesinos rusos mantienen la costumbre ancestral de horadar
el suelo para conocer si su cosecha va a ser buena, mala o regular. Ponen un oído
en el agujero que han hecho en el suelo y escuchan; si el sonido que oyen es
semejante al de un trineo que arrastra su carga por la nieve, es seguro que habrá
buena cosecha. Si, por el contrario, el sonido se asemeja más bien al de un trineo
que no lleva carga, es seguro que la cosecha será muy mala. Por otro lado, a la
Tierra nunca se la debía engañar —pues para eso era la madre universal, que
procuraba todo lo necesario a las diversas criaturas— y, los eslavos, la
invocaban con frecuencia, aunque muy especialmente para dirimir sus
diferencias respecto a la posesión, y el disfrute, de la misma. El ritual exigía que
quien decía el juramento debía poner un puñado de tierra sobre su cabeza y, de
este modo, el juramento se convertía en algo sagrado y perdurable.
Los eslavos también tenían dioses domésticos, como los lares romanos, y
los denominaban, sobre todo en Rusia, los abuelos de la casa. Existía la creencia
de que por el día se escondían por detrás de la chimenea y, por la noche, salían

para comer las viandas que les habían preparado los dueños de la casa.


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