domingo, 27 de octubre de 2013

El Mahabharata relatado en 15 episodios (XIII) Karna

El nacimiento del guerrero Karna había sido peculiar. Teniendo al Sol por padre, él había nacido de Kunti, o Pritha, la madre de los Pandavas, antes de su boda, y ella había rogado que el niño, si realmente era hijo de un dios, naciera con aros naturales en las orejas y escudo también natural como símbolo de su inmortalidad. Y esto ocurrió así; y estas cosas fueron los símbolos de que no podía ser muerto por enemigo mortal. Y Kunti, yendo con su criada, colocó al niño al final de la noche en una caja hecha de mimbre, llorando amargamente, y lo botaron con muchas tiernas despedidas sobre la corriente del río.
Y llevado por las olas, y con los símbolos de su origen divino, el bebé llegó a la ciudad de Champa, en el Ganges, y allí fue encontrado por Adiratha el cochero y su esposa, Radha, y ellos lo recogieron y lo adoptaron como su hijo mayor. Los años pasaron y Adiratha dejó Champa para ir a Hastinapura; entonces Karna creció entre los discípulos de Drona y contrajo amistad con Duryodhana y se convirtió en rival de Arjuna. Todos los hijos de Pntha habían tenido dioses por padres, y el padre de Arjuna era Indra. E Indra, viendo que Kama llevaba armadura y aros en las orejas que eran naturales, se preocupó por la protección de Arjuna, dado que se había dispuesto en la naturaleza de las cosas que uno de estos dos debía matar al otro.
Se supo que en el momento en que hacía sus rezos matinales al Sol, Karna no podía negar nada a un mendigo, si éste se lo pedía. Por ello, Indra un día, cogiendo la forma de un brahmán, se presentó ante él a esta hora y audazmente le pidió su armadura y aros.
Pero Karna no iba a perder fácilmente sus símbolos de invencibilidad. Y sonriendo dijo una y otra vez al brahmán que estas cosas eran parte de sí mismo. Por ello, era imposible para él deshacerse de ellos. Pero el suplicante brahmán se negaba a darse por satisfecho con cualquier otro deseo que se le concediese, entonces Karna se volvió de repente hacia él y le dijo: «¡Indra, te conozco! ¡Desde el primer momento te he reconocido! ¡Dame algo a cambio y tendrás mi armadura y aros! »
Indra respondió: «Excepto el rayo, pídeme lo que quieras!»
Entonces dijo Kama: «¡Un dardo invencible! ¡A cambio te daré mi armadura y aros! »

El aro de la muerte


Indra contestó: «iHecho! Te daré, oh Karna, este dardo llamado Vasava. Es incapaz de confundir el blanco, y lanzado por mí regresa a mi mano para matar cientos de enemigos. Arrojado por ti, sin embargo, matará sólo a un poderoso enemigo. ¡Y si, enloquecido de enojo, disparas este arco, mientras todavía quedan otras armas o mientras tu vida no esté en peligro mortal, rebotará y caerá sobre ti mismo!»
Entonces, cogiendo el dardo, Karna, sin pensarlo dos veces, comenzó a cortar su propia armadura natural y su propios aros vivientes, y los entregó al brahmán. E hidra, cogiéndolos, ascendió al cielo con una sonrisa. Y se corrió la noticia en todas partes de que Karna no era más invencible. Pero nadie sabía nada acerca de la flecha de la muerte que él atesoraba, para ser usada una vez contra un enemigo mortal.

La misión de Krishna


Sucedió antes del estallido de las hostilidades que Krishna había ido personalmente a Hastinapura para ver si era posible persuadir a Dhritarashtra de restituir la paz en Indraprastha pacíficamente y así evitar la guerra. Encontrando, sin embargo, que este plan no podía ser llevado a cabo, y dejando ya la capital kuru, él aún intentó una estratagema para evitar la contienda fratricida. Llevando a Kama a un lado, privadamente le contó el secreto de su nacimiento y le rogó que anunciara al mundo entero que era hijo de Pritha y, por tanto, el hermano mayor del mismo Yudhishthira; no sólo un príncipe por derecho de sangre tan espléndido como los mismos Pandavas, sino además, si la verdad se sabía, su actual líder y soberano.
Kama escuchó con su cortesía habitual, no poco conmovido por la pena. Él conocía desde hacía mucho tiempo su propio origen: que Pritha, la madre de los Pandavas, había sido su madre y el Sol su padre, y también sabía que ella lo había abandonado y lo había dejado en el río junto al cual había nacido. Pero no podía olvidar todo el amor y devoción de padres que realmente le habían dado el cochero y su esposa. Tampoco podía olvidar que ellos no tenían otro hijo, y que si los dejaba nadie quedaría para hacer sus ofrendas ancestrales. Además, se había casado en la casta de los cocheros y sus niños y nietos eran todos de ese rango. ¿Cómo podía, sin un mero deseo por el imperio, apartar su corazón de tan dulces lazos? Por encima de todo estaba la gratitud que debía a Duryodhana. Debido a su confianza y heroica amistad había disfrutado de un reino durante trece años sin preocupaciones. Su único deseo en la vida había sido el derecho a un enfrentamiento cara a cara con Arjuna, y era indudablemente el conocimiento de esto lo que había impulsado a Duryodhana a declarar la guerra. ¿Iba a retirarse ahora? Sería una traición a su amigo.
Por sobre todas las cosas era importante que Krishna no contara a nadie el secreto de esta conversación. Si Yudhishthira se enteraba de que su sitio era por derecho de Kama, seguramente no querría retenerlo para él. Y si la soberanía de los Pandavas caía en manos de Karna, él no podría hacer nada sino entregarla a Duryodhana. Era mejor, por ello, para ambas partes que el secreto se mantuviera como si nunca hubiera sido contado, y que él actuara como hubiese actuado si nunca hubiera sido revelado.
Así que, arrastrado por la corriente de su propia melancolía a un humor de profecía, el hijo del cochero dijo: «Ah, ¿por qué me tientas? ¿No he visto yo en una visión a Yudhishthira entrando con sus hermanos, todos de blanco, en un majestuoso salón? Esto no es una batalla sino un gran sacrificio de armas que está por celebrar, y Krishna mismo será su elevado sacerdote. Cuando Drona y Bhishma sean vencidos, entonces este sacrificio se suspenderá durante un intervalo. Cuando yo sea herido por Arjuna comenzará el fin, y cuando Duryodhana sea muerto por Bhima todo concluirá. Ésta es la gran ofrenda del hijo de Dhritarashtra. ¡No dejes que se frustre! ¡Mejor déjanos morir por armas nobles allí en el campo sagrado de Kurukshetra! » Permaneciendo callado por unos momentos, Kama alzó otra vez su vista y sonrió, y entonces, con las palabras: « ¡Después de la muerte nos encontramos otra vez!», se despidió silenciosamente de Krishna, y apeándose de su carro subió en el suyo propio y fue llevado en silencio de vuelta a Hastinapura.

Pritha y Karna


Pero Krishna no era la única persona que podía ver la importancia de Karna para la causa kuru. Fue a la mañana siguiente, junto al río, cuando acababa sus oraciones luego del baño, cuando Karna, al volverse, se encontró sorpresivamente con la anciana Pritha, la madre de los Pandavas, esperando detrás de él. Viviendo en la casa de Dhritarashtra, y oyendo constantemente preparaciones de guerra contra sus propios hijos, se le había ocurrido a su distraído corazón que si ella podía inducir al aliado de Duryodhana a luchar en el otro bando, en lugar de en su contra, podría incrementar inmensamente las posibilidades de victoria para ellos.
Karna estaba de pie con las armas en alto, mirando al Este, cuando ella se colocó detrás de él y esperó temblorosa en su sombra, pareciendo un loto marchito, hasta que fmalmente se volvió. Karna estaba sorprendido por el encuentro, pero controlándose a sí mismo se inclinó gravemente y dijo: «Yo, oh señora, soy Karna, el hijo de Adiratha el cochero. ¡Dime qué puedo hacer por ti! »
La pequeña y anciana mujer, a pesar de su dignidad real, se estremeció por estas palabras. «¡No, no!», exclamó ansiosa. «¡Tú eres mi propio hijo, y no el hijo de un cochero. ¡Oh, reconcfiiate con los Pandavas! ¡Te lo suplico, no te comprometas en una guerra contra ellos!» Y mientras ella hablaba una voz vino desde el mismo Sol diciendo: «¡Escucha, oh Karna, la palabras de tu madre!»
Pero el corazón de Kama era fiel a la rectitud, y ni siquiera los dioses podían desviarlo de ella. Él no vacilaba ahora, aun suplicándolo su madre y padre a un mismo tiempo.
«¡Ay de mí, mi madre!», dijo. «¡,Cómo podría ahora pedirme obediencia quien me abandonó tan tranquilamente cuando era un bebé para dejarme morir? Ni siquiera, oh mi madre, puedo abandonar a Duryodhana, a quien debo todo lo que tengo. Sin embargo, prometo una cosa: sólo lucharé con Arjuna. ¡El número de tus hijos será siempre cinco, ya sea conmigo y sin Arjuna, o con Arjuna y yo muerto!»
Entonces Pritha abrazó a Karna, cuya fortaleza permaneció impasible. «Recuerda», dijo, «me has hecho la promesa de salvación de cuatro de tus hermanos. ¡Recuerda esta promesa en el calor de la batalla!» Y dándole su bendición, desapareció silenciosamente.

Karna lidera la multitud


Quince días de batalla habían pasado, finalizando con la muerte del anciano Drona, y antes del amanecer del decimosexto día Duryodhana y sus oficiales se reunieron y nombraron a Kama comandante en jefe de la multitud kuru. Ésta era una guerra en la que la victoria dependía de la matanza del comando rival, y ahora que había perdido dos generales Duryodhana no podía dejarse tentar por el desánimo sobre todo pensando que el triunfo era esencial. Con cada gran derrota la muerte se deslizaba más y más cerca a él, y realmente pensaba que ahora la comandancia de Kama era su última apuesta, por lo que todo dependía de su éxito. Bhishma podía haber actuado con indebida imparcialidad hacia los hombres que él había amado de niños. Drona podía haber tenido secreta ternura hacia sus discípulos favoritos. Pero toda la vida de Karna se había orientado simplemente hacia un final de combate contra Arjuna hasta la muerte. Aquí había uno que bajo ningún concepto evadiría la rigurosa prueba. Y Karna, de verdad, estaba repitiendo el juramento de la destrucción de los Pandavas cuando cogió su sitio en la batalla. Ningún hombre puede ver claramente en el futuro, y ahora él había olvidado completamente la visión que había tenido, quedando el evento oculto como para cualquier otro. Sólo podía creer, como Arjuna, que él, y sólo él, estaba destinado a triunfar. El decimosexto día de la batalla comenzó y pasó. Karna había organizado a los kurus en la forma de un gran pájaro, y Arjuna había dispuesto a los Pandavas para oponerse a ellos en forma de Luna creciente. Pero aunque lo buscó ardientemente todo ese día a lo largo y a lo ancho del campo de batalla, Karna no fue capaz de encontrar a Arjuna cara a cara. Entonces cayó la noche y los dos ejércitos descansaron.
Al amanecer de la siguiente mañana Karna buscó a Duryodhana. Éste, declaró, sería el gran día del destino. Al caer la noche, sin lugar a dudas, los Pandavas dormirían entre los muertos y Duryodhana sería el indiscutido monarca de la Tierra. Él sólo debía recapitular los puntos de superioridad de cada bando. Y entonces procedió a relatar al rey las armas divinas que él y Arjuna poseían. Si Arjuna tenía a Gandiva, él tenía a Vijaya. Con respecto a sus arcos ellos no eran desiguales. Era cierto que los carcajs de Arjuna eran inextinguibles, pero Karna podía ser abastecido con un suministro de flechas tan abundante que esto no contaría como una ventaja. Finalmente, Arjuna tenía al mismo Krishna por cochero. Y Karna pidió tener a un cierto rey que era famoso en todo el mundo por sus conocimientos de caballos. Esto fue rápidamente dispuesto y, con un rey de auriga, Karna salió a dirigir la batalla el día destinado.
De aquí para allá corría Karna ese día en el campo, constantemente buscando el encuentro mortífero. Pero aunque encontró a cada uno de los Pandavas, teniéndolos a su merced, y tal vez recordando su promesa a Pritha, les permitía partir, él y Arjuna no se encontraron. No fue hasta después del mediodía cuando Arjuna, tensando su arco y lanzando una flecha, mató a Vrishasena, el hijo de su rival, mientras Karna, aunque a la vista, estaba aún demasiado lejos para intervenir. Al ver esto, lleno de cólera y pena, Karna avanzó en su carro hacia Arjuna, pareciendo al venir el oleaje del mar y disparando flechas como torrentes de lluvia a derecha e izquierda. Detrás de él ondeaba su estandarte con su mecanismo de cuerda de elefante. Sus corceles eran blancos y su coche estaba cubierto de filas de blancas campanas. Su figura se recortaba contra el cielo con todo el esplendor del mismo arco iris. Ante el sonido de Vijaya, su gran arco de cuerdas, todas las cosas se rompían y huían aterrorizadas. Siguió, con su auriga real, al sitio en que Arjuna esperaba el ataque. «¡Tranquilízate! ¡Tranquilízate!», murmuró Krishna al Pandava: «¡Ahora, realmente, tienes necesidad de tu anna divina!»

 


La lucha suprema


Un momento después los dos héroes, que se parecían tanto el uno al otro en persona e importancia, como elefantes enojados, como toros furiosos, se enfrentaban en combate mortal. Y todos los espectadores contuvieron su aliento, y por un momento la batalla misma se mantuvo silenciosa, mientras involuntariamente en toda las mentes surgió la pregunta de quién de estos dos resultaría el vencedor. Karna era como un poste lanzado por los Kurus, y Arjuna por los Pandavas. Fue sólo por un momento, y entonces en ambos lados en el aire sonaron trompetas y tambores y aclamaciones, todo sonaba para dar coraje a uno u otro de los combatientes.
Ferozmente se desafiaron el uno al otro y ferozmente se encontraron en la lucha. Y se dijo que inclusp sus estandartes cayeron uno sobre otro y se unieron en la lucha.
Cada uno de los héroes, lloviendo flechas sobre el otro, oscureció todo el cielo. Y cada uno desconcertó las armas del otro con las suyas. Arma contra arma se asestaban golpes uno a otro, pero dado que no eran mortales ninguno parecía dolerse. Entonces las flechas de Arjuna cubrieron el carro de Karna de la misma forma en que una bandada de pájaros oscurece el cielo al volar al nido. Pero cada uno de esos disparos fue desviado por una flecha de Karna. Entonces Arjuna disparó un dardo de fuego. Y al hacer esto él mismo estuvo iluminado por la llama, y las prendas de los soldados a su alrededor estuvieron en peligro de incendiarse. Pero incluso esa flecha fue apagada por Karna disparando una de agua.
Entonces Gandiva descargaba flechas como navajas, flechas como lunas crecientes, flechas como manos unidas y como orejas de verraco. Y éstas atravesaban brazos y piernas, al carruaje y al estandarte de Karna. Entonces Karna en su momento recordó risueñamente el arma divina Bhargava, y con ella cortó las flechas de Arjuna y comenzó a amedrentar a toda la multitud Pandava. El hijo del cochero estaba en el medio haciendo llover innumerables dardos, con toda la belleza de una nube de tormenta descargando lluvia. Y, estimulados por los disparos de los que estaban a su alrededor, ambos pusieron energía redoblada.
De repente la cuerda de Gandiva se rompió con un fuerte ruido, y Kama descargó sus flechas con suave sucesión, cogiendo ventaja en el intervalo así dado. Para ese momento la tropa kuru, pensando que la victoria era ya de ellos, comenzó a dar vivas y a gritar. Esto sólo provocó más energía en Arjuna, que consiguió herir a Kama una y otra vez. Entonces Kama disparó cinco flecha doradas que eran en realidad cinco poderosas serpientes, seguidoras de Ashwasena, a cuya madre había matado Arjuna. Y estas flechas pasaron cada una por el blanco y hubiesen vuelto a la mano de Karna que las había lanzado. Entonces Arjuna disparó hacia ellas y las cortó en pedazos en el camino, y observó que ellas habían sido serpientes. Y su cólera se encendió de tal forma que gritó enojado y atravesó tan profundamente a Karna con sus dardos que el hijo del cochero tembló de dolor. En ese momento todos los kurus abandonaron a su líder y huyeron, pronunciando un gemido de derrota. Pero Karna, cuando se vio solo, no sintió miedo o amargura y se lanzó alegremente sobre su enemigo.
Ahora la poderosa serpiente Ashwasena, viendo el punto a que la contienda había llegado, y deseando gratificar su propio odio sobre Arjuna, entró en el carcaj de Karna. Y él, ansioso a cualquier costa por prevalecer sobre su enemigo, y sin advertir que Ashwasena se había metido entre sus dardos, puso su corazón sobre una particular flecha que había puesto en su carcaj para el disparo fatal.
Entonces su cochero dijo: «Esta flecha, oh Kama, no tendrá éxito. Busca otra que lo decapite!» Pero el guerrero respondió altaneramente: «Karna nunca cambia su flecha. ¡No busques manchar el honor de un soldado! »
Habiendo dicho estas palabras, apuntó con su arco y lanzó esa flecha que había adorado para este fin durante muchos años. Y ésta hizo una línea recta en el firmamento y se dirigió hacia Arjuna a través del aire.
Pero Krishna, entendiendo la naturaleza de la flecha. presionó su pie hacia abajo de modo que el carro de Arjuna se hundió un codo en la tierra. Los caballos también cayeron de rodillas, y la flecha arrancó la diadema de Arjuna pero no dañó a su persona.
Entones la flecha volvió a la mano de Karna y dijo en voz baja: «¡Lánzame una vez más y mataré a tu enemigo!»
Pero Karna contestó: «No, Kama no conquista de esa forma. ¡Nunca usaré la misma flecha dos veces!»
Entonces, habiendo llegado la hora de su muerte, la tierra misma comenzó a tragarse las ruedas dci carro de Karna, y el hijo del cochero, tambaleándose de dolor y cansancio, cogió otra arma divina. Pero Arjuna, viendo esto se adelantó y la desplazó con otra; y cuando Karna comenzó a encordar su arco de cuerdas, sin saber que tenía cien preparados, la facilidad con que reemplazó la cuerda rota le pareció magia a su enemigo.
En este momento la tierra se tragó completamente una de las medas del carro de Kama, y él gritó: «¡En nombre del honor, deja de disparar mientras levanto mi carro!»
Pero Arjuna respondió: «¿Dónde estaba el honor, oh Karna, cuando nuestra reina fue insultada’?», y no paró siquiera un instante.

Entonces Karna disparÓ una flecha que atravesó a Arjuna e hizo tambalear y caer al arco Gandiva. Tomando ventaja de la oportunidad, Karna saltó de su carro y se esforzó sin ayuda a extraer la rueda. Mientras hacía esto. Arjuna. recobrándose, apuntó una afilada flecha y derribó el estandarte de su enemigo, ese espléndido estandarte forjado en oro y con la cuerda de elefante. Al ver la bandera de su comandante caer los kurus que miraban fueron presa de la desesperación y un fuerte grito de fracaso se alzó en el aire. Entonces, dándose prisa para estar antes que Kama, Arjuna volvió a su sitio en el carro y cogió suavemente a Anjaiika, la mayor de todas las flechas, y, poniéndola sobre Gandiva, la disparó directamente a la garganta de su enemigo, y la cabeza de Karna se desprendió con el golpe. Los rayos del Sol naciente iluminaron esa hermosa cara mientras caía y se posaba, como un loto de mil pétalos, sobre la tierra teñida de sangre. Y los Pandavas estallaron en gritos de victoria. Y Duryodhana lloraba por el hijo del cochero, diciendo: «¡Oh, Karna!» ¡Oh, Karna!» Y cuando Karna cayó los ríos se detuvieron, el Sol palideció, las montañas con sus bosques comenzaron a temblar y todas las criaturas sintieron dolor; pero las cosas nocivas y los habitantes de la noche se llenaron de júbilo.

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