sábado, 31 de marzo de 2018

La princesa de las mariposas

En las noches tibias, cuando el cielo se ve bordado de estrellas, el viento lleva
mariposas azules desde las orillas del mar hacia las montañas.
Los mexicanos las miran con cariño. Tal vez se acuerdan de la princesa Mirra,
que se convirtió en una mariposa de alas bordeadas de oro y anda buscando a
su hijo perdido.
Pero ¿quién es Mirra? ¿Quién conoce su historia?
Mirra fue la hija del gran rey azteca Acamapichtli. Acamapichtli la adoraba por
su belleza, por su piel delicada y suave, y porque en sus ojos se reflejaban la
luz de las velas y la luz del oro que adornaba su trono.
Un día una gran sequía agotó los campos del país. La gente sufría hambre y el
dios de las siembras y de las cosechas, para aplacar su ira, pedía que se le
entregaran las jóvenes más hermosas del país. Veinticuatro sacerdotisas,
todas niñas, esbeltas, sanas y bellas debía tener el dios a su servicio para que
las cosechas se dieran abundantes. Pero poco tiempo duraban las niñas en el
templo, pues cuando comenzaban a perder la juventud, el dios, que no quería
ver la vejez sino la belleza, las ocultaba en un monasterio al pie del templo.
Acamapichtli no quería separarse de Mirra, quien se encontraba entre las
jóvenes que debían ser enviadas al templo, pero el pueblo le rogó al rey que lo
hiciera, y la niña no opuso resistencia. Se puso los vestidos largos y los
adornos de plumas y turquesas que acostumbraban lucir las sacerdotisas,
empezó a aprender las danzas y los ritos del templo y prometió pasar su vida al
servicio del gran dios. Jamás había habido una doncella que lo hiciera con más
gracia y más devoción que ella.
Un día, un hacendado noble y joven, llamado Yariz, subió a lo alto de la
montaña para pedirle ayuda al gran dios de la siembra. Sus cosechas se
estaban secando y estaba desesperado.
El joven se arrodilló y trató de orar, pero el baile de Mirra no se lo permitió.
«No me dejes ceder a la tentación», le rogaba al dios días después, pero todo
fue en vano. El recuerdo de Mirra y su servicio sagrado no lo abandonaban, y
hasta en sueños la veía bailar.
El joven subía cada noche al monasterio y luego al templo. Esperaba el culto
que se celebraba antes del amanecer y volvía a bajar a la salida del Sol. No le
importaba ya que la lluvia hubiera empezado a caer, y no regresó a sus
haciendas.
La gente, sorprendida, empezó a cuchichear, y los sacerdotes del rey lo
llamaron para que explicara sus continuos paseos al templo. Entonces Yariz
reveló los sentimientos que lo llevaban a las alturas: «Quiero pedirles que me
concedan como esposa a la sacerdotisa Mirra. No puedo seguir viviendo sin
ella. El gran dios de la siembra ha hecho llover y estoy seguro de que no me la
negará».
Los sacerdotes no comprendieron el atrevimiento del noble Yariz. «¿No sabes,
acaso», le preguntaron, «que una sacerdotisa no debe casarse jamás? ¿No te
das cuenta de que pondrás en peligro todas las cosechas del reino? ¿No
sientes vergüenza ante la majestad del dios y de nuestro rey?»
«Quiero hablar con el padre de Mirra», contestó el joven. «Pertenezco a la
familia más poderosa de su reino y no soy menos que él».
Mas el rey lo recibió con cara severa. «Mirra ya no pertenece a esta tierra. Ella
debe servir al dios durante toda su vida», le contestó.
Yariz estaba desesperado. No podía dejar de pensar en Mirra y siguió
escalando la montaña para mirarla durante el servicio sagrado; sólo de noche
se atrevía a subir aquel camino que conducía al templo.
Una noche la sacerdotisa salió del templo y se encontró con el joven, que en
ese momento se aproximaba.
«No puedo seguir viviendo sin ti», le dijo Yariz, contándole sus sufrimientos y
expresándole su amor. La princesa lo escuchó con la cabeza inclinada.
Después lo tomó de la mano, lo llevó al templo, se arrodilló ante la imagen del
dios y le pidió perdón. «Deseo dejar el servicio del templo. No me castigues por
lo que hago, ni dejes de bendecir nuestras cosechas. Sé que soy mala y
desobediente, pero me duele el corazón y sé que moriría si no me dejaras ir».
Y al terminar su plegaria dejó su precioso vestido sobre las piedras y salió
corriendo del templo.
Yariz y Mirra sabían que jamás podrían dejarse ver en el reino de Acamapichtli,
así que huyeron al monte, escondiéndose de día y caminando de noche. Al fin
se detuvieron e hicieron una cabaña; ésta era muy pobre, pero no les
importaba.
Estaban felices de estar juntos. Yariz cazaba animales en el monte y se los
traía a Mirra, y ella preparaba la comida y lavaba la poca ropa que habían
llevado.
Pero su felicidad no iba a ser duradera. El rey envió cientos de soldados a
buscarlos y por fin los encontraron.
Yariz trató de defender a Mirra, pero al fin lo abatieron y cayó muerto. Eran
demasiados enemigos. A Mirra y al pequeño hijo que había nacido los hicieron
prisioneros y los llevaron al palacio de Acamapichtli.
El rey no pudo contener las lágrimas cuando vio a Mirra con su hijo en brazos.
Esta no había probado comida desde la muerte de Yariz, y sus ojos
expresaban una profunda tristeza.
«Separen al niño de su madre», ordenó el rey. «Lleven a la princesa a sus
aposentos y déjenla allí encerrada».
El rey pensó que el pueblo iba a olvidar a la princesa, pero no fue así. La
sequía amenazaba nuevamente las cosechas y no caía ni una gota de agua.
«El dios de las siembras está enojado porque la sacerdotisa infiel que lo
traicionó sigue con vida. Pedimos que la maten y le saquen el corazón»,
clamaba el pueblo.
Mas el rey no permitió que mataran a su hija; ordenó que la llevaran al
monasterio y la encerraran en una torre, que sólo tenía una pequeña ventana
por la cual no entraba mucha luz. El padre no quería que el Sol viera a su hija
otra vez, y Mirra tampoco se atrevía a mostrarle la cara. Al contrario, se
escondía en la oscuridad y sólo de noche se acercaba a la ventana y buscaba
en el cielo la única estrella que podía ver.
Mirra no comía; estaba pálida y delgada, y las mujeres que le traían el alimento
tenían que llevárselo nuevamente.
Una mañana sucedió algo inesperado. La princesa desapareció y los guardas
no pudieron encontrarla.
Buscaron por todas partes, mas lo único que encontraron fue una mariposa
posada sobre la ventana de la torre. Era la mariposa más grande y hermosa
que jamás habían visto: sus alas eran de un azul oscuro luminoso y llevaban un
borde de oro. Sin embargo, cuando trataron de atraparla, la mariposa huyó y
desapareció.
Al cabo del tiempo la mariposa volvió a dejarse ver. Venía de noche, con las
brisas del mar, entraba en las casas, buscaba las alcobas de los niños, miraba
sus rostros y salía otra vez.
«Mirra está buscando a su hijito», decían los mexicanos, y también decían que
para ayudar a Mirra las estrellas habían hecho sus alas del manto de la noche,
y luego las habían bordado con su luz. Y aún lo dicen, especialmente cuando
en las noches tibias las estrellas parecen contar el cuento de la desafortunada
princesa azteca.

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