sábado, 31 de marzo de 2018

La paloma blanca con pechera roja

Tupá, el dios guaraní, gobernaba el cielo y la Tierra. Desde las alturas miraba
las verdes planicies, las altas montañas, los mares azules, y se alegraba.
Había flores de todos los colores, pájaros de plumaje verde y rojo vivo,
animales de color amarillo, carmelita, negro, y hombres de piel morena.
Su mirada se fijaba en las cumbres blancas de las montañas y en las nubes, y
veía que este color no se repetía en ninguna de sus creaciones vivas.
«Quisiera ver un animal de color blanco; hace falta entre todos estos colores
fuertes», decía. Pero, ¿cómo lograrlo?
Un día en que el Sol ya se había ocultado y Tupá seguía sentado en su silla,
pensando y reflexionando, la Luna apareció en el cielo, bañando la Tierra con
su luz blanca. Al ver a Tupá sentado en su hamaca con la frente fruncida,
mandó a una de sus hijas a averiguar qué preocupaba al dios.
Apenas lo supo tomó una decisión. Ella misma le prestaría a Tupá su color
blanco resplandeciente para que pudiera crear un animal a su gusto.
Tupá le agradeció a la Luna su ayuda y con emoción formó una paloma grácil.
Cuando ésta empezó a moverse entre las manos del dios poderoso, la Luna la
bañó en su resplandor blanco.
«Ty será tu nombre», exclamó el dios, y la paloma, al oír su nombre, abrió con
su pico las manos del dios y voló hacia la Tierra, hacia las selvas que se hallan
entre los ríos Uruguay y Paraná.
El pájaro era feliz. Encontraba pepitas rojas y azules para comer y tenía agua
limpia para tomar y bañarse. Le gustaba acercarse a las casas de los hombres,
mirarlos y volar alrededor de sus pueblos. Allí encontraba los granos de maíz
que tanto le gustaban.
Los hombres aprendieron su nombre y se lo dieron a todo lo blanco. «¿De
dónde viniste, Ty?», le preguntaban. La paloma los oía, mas sin embargo vivía
triste porque en ninguna parte había un ser parecido a ella. Todos eran de
colores fuertes y resplandecientes; sólo ella era blanca.
«Regresaré al cielo y le pediré a Tupá que me cambie el plumaje y me lo llene
de color», se dijo la paloma mientras volaba hacia el cielo.
Llegó cansada y presentó su petición, pero le fue negada. «¿Cómo es que no
estás contenta? ¡Gasté toda una tarde y una noche para hacerte!», le dijo
Tupá, y la despidió. ¡El estaba orgulloso de haber hecho este animal!
«Me siento rechazada. No quiero vivir más. No tengo ganas de seguir sin color
en un mundo lleno de colores», sollozaba la paloma al volver a la Tierra.
Se escondió en la selva entre enredaderas, buscó una mata con espinas largas
y, estrellándose contra ella con toda su fuerza, se clavó una espina en el
pecho. La sangre manchó el plumaje de la paloma y ésta cayó al suelo sin
sentido.
Al atardecer la paloma despertó; ya no sangraba y fue a bañarse al río, pero la
mancha roja no se le quitaba. Ahora tenía dos colores. Era blanca y roja.
Los hombres y los animales supieron de los sufrimientos de la paloma y
aprendieron a quererla porque estuvo a punto de morir por tratar de tener
colores parecidos a los de los otros seres-vivientes de la Tierra.

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