sábado, 31 de marzo de 2018

La flor del Lirolay

Dicen que en tiempos pasados había una flor milagrosa en nuestro país, la flor
del lirolay. Era una flor de color rojo encendido, que florecía a la medianoche y
que al abrir sus pétalos dejaba ver una perla que resplandecía con una luz
amarillenta.
Sin embargo, muy pocos lograban verla en todo su esplendor, pues sólo los
que tenían un corazón puro y los que pensaban en el bienestar de los demás la
podían encontrar.
Pero sucedió que una vez un príncipe la encontró. Era el hijo más joven del rey
Asportuma, que gobernaba en el vasto territorio de los incas, y sus reinos se
extendían por montañas y llanuras, de mar a mar.
Asportuma había sido un rey bueno y caritativo, pero ahora pasaba los días
lleno de tristeza. No podía ver lo que hacía su pueblo, pues había perdido la luz
de sus ojos.
-Un día apareció un anciano ante las puertas del palacio y les pidió a los
guardias que lo dejaran pasar, pues traía un remedio para la vista del rey. Los
guardias, aunque pensaron que era poco lo que el pobre hombre podía hacer
en favor de su rey, lo dejaron entrar y lo llevaron ante él. El viejo se arrodilló, y
mirándolo a los ojos le dijo: «Majestad, usted puede curarse con la milagrosa
flor del lirolay, pero tengo que advertirle que es muy difícil encontrarla. Sólo la
ven las personas buenas y generosas, y para encontrarla tienen que ir a las
montañas por donde se levanta el Sol».
Los tres hijos del rey habían escuchado las palabras del anciano, y decidieron
ir en busca de la flor. El rey los abrazó, y le prometió la corona a aquél que la
encontrara. Los muchachos marcharon juntos, subieron las montañas y
pasaron por desiertos llenos de piedras y de hielo, hasta que al fin vieron las
llanuras a sus pies. Entonces resolvieron separarse, tomando cada uno un
camino distinto, y quedaron en que volverían a encontrarse cuando la Luna
estuviera llena por tercera vez.
El mayor llegó a un país que se llamaba Jujuy. Le preguntaba a todo el mundo
si conocía esa flor milagrosa que se llamaba lirolay, pero nadie pudo darle
razón. Y así pasaron los meses hasta que el príncipe decidió regresar.
El segundo había llegado a un territorio que se llamaba Tucumán. Este también
le preguntaba a la gente que encontraba en las aldeas y pueblos si conocía
una flor llamada lirolay, pero nadie le supo decir nada, porque, además de no
saber hablar con la gente humilde, tenía una manera orgullosa de preguntar.
En eso se parecía mucho a su hermano mayor, que ya se creía rey. Así que
este príncipe también se cansó, y decidió regresar.
El más joven llegó a un país llamado Salta. Este muchacho era distinto de sus
hermanos; sonreía y sabía hablar con la gente humilde. A todos les contaba
que su padre había perdido la vista, y ellos, al oírlo, adivinaban que el hijo
amaba a su padre y que el rey, al igual que el hijo, debía de ser un hombre
bueno y generoso. Así que todos trataron de ayudarlo. Lo llevaron a donde los
médicos que entendían algo de plantas medicinales, pero ninguno conocía el
nombre de aquella flor. Sin embargo, el joven no se cansó y siguió buscándola.
Un día decidió abandonar el territorio donde vivía aquella gente, pues
recordaba que una anciana le había hablado de Pacha Mamma, la madre de la
Tierra, y también había oído hablar de un altar que estaba muy escondido en la
selva, entre grandes piedras. Estas piedras, según el cuento, habían sido
amontonadas en honor de aquella diosa de la vida y de la fertilidad.
Después de mucho buscar, el joven encontró el sitio deseado, y colocó encima
de las piedras todo lo que llevaba: sus panes de maíz, las hojas de coca que lo
habían mantenido con vida, y, finalmente, el poncho de lana de llama que lo
había abrigado. A continuación, se puso a rezar, pidiéndole ayuda a la diosa de
estos territorios. De pronto se le apareció Pacha Mamma: era una mujer de
extraña belleza, llena de vida, de ojos risueños. Se quedó mirándolo como lo
hacía su madre, y el joven sintió que era igual a ella, que también era de
descendencia celestial, según le habían dicho.
«¡Hijo mío!», le dijo con voz suave y melodiosa, «sé que andas en busca de la
flor del lirolay. Tú la encontrarás. Sigue por este camino y penetra más y más
en la selva. No pienses en otra cosa, y repítete en todo momento que tienes
que llevarle a tu padre la flor del lirolay. No podrás dormir durante todos estos
días, porque sólo a la medianoche, cuando la flor esté abriendo sus pétalos,
lograrás verla».
El muchacho estaba arrodillado ante la señora, con la cabeza inclinada.
Cuando la levantó, Pacha Mamma había desaparecido. Al principio el
muchacho creyó que se trataba de un sueño, pero estaba seguro de haber
visto a la diosa, y al acercarse al altar encontró una canasta de deliciosos
alimentos: bizcochos de maíz y natas, frutas frescas y una bebida fuerte y
dulce que lo animó a seguir adelante.
No le fue fácil penetrar en aquella selva. Tuvo que luchar contra las
enredaderas y la vegetación que le cerraban el paso, pero no se dio por
vencido. Al fin llegó a un lago en el cual desembocaban algunos arroyos que
llevaban agua pura de los montes, y allí vio a una linda muchacha que se
estaba refrescando la frente. «¿Me puedes decir dónde puedo encontrar la flor
del lirolay?», le preguntó.
«Al otro lado del río», le respondió; «pero quédate conmigo, soy la dueña de
estos territorios y las aguas me obedecen».
El príncipe se sintió tentado. ¡Qué bella era aquella niña! Mas recordó que su
padre lo esperaba y le pidió a la joven que lo dejara pasar, pues no podía
demorarse. Debía atravesar el lago para proseguir, y al principio no le pareció
peligroso; pero al meterse entre las aguas, comenzó a hundirse. A lo lejos oía
las carcajadas de la muchacha, pero entonces le pidió ayuda a Pacha Marnma
y así pudo salvarse y seguir adelante.
El trayecto siguiente era todavía más difícil. Las enredaderas lo ahogaban y le
parecía oír voces por todos lados. «¿Qué selva será ésta?», se preguntaba, y
entonces se le ocurrió gritar: «Estoy buscando la flor del lirolay. ¿Es por aquí
por donde se encuentra?» Una voz le contestó:
«Sí, en esta selva florece esa flor; pero ¿por qué no te quedas con nosotras?
Somos las dueñas de la selva». Y al buscar de dónde provenía la voz, vio a
unas hermosas niñas de cabellos negros adornados con flores, que lo miraban
tiernamente. Nuevamente el joven se sintió tentado, mas cerró los ojos para no
dejarse convencer. Se liberó y quedó otra vez solo; se caía y se enredaba en la
vegetación continuamente, y tenía la impresión de que las niñas se burlaban de
él. «Pacha Mamína, no me desampares», gritaba en su desolación. Y sucedió
que apenas pronunció el nombre de la diosa, se acabaron sus penas y una luz
suave y bella alumbró a su alrededor.
La luz salía de una flor de pétalos rojos que llamaba al joven a su lado. Con
manos temblorosas la tomó y vio que ahora ella lo guiaba, y que el camino se
le abría sin tener que hacer ningún esfuerzo.
Sus hermanos lo estaban esperando, cuando por fin llegó al sitio en donde se
habían separado, cuatro meses antes; mas éstos no se alegraron cuando lo
vieron. No podían aceptar que el más joven hubiera encontrado la flor del
lirolay. No dijeron nada, pero comenzaron a urdir un plan para deshacerse de
él.
«Nuestro hermano menor será el rey. Tendremos que obedecerle a un
muchacho. No podremos tolerar esto», dijeron. Y decidieron quitarle la flor para
llevársela a su padre, y dividir el reino entre ellos, siempre que lograran
deshacerse del hermano menor.
El joven no sospechaba nada. Estaba feliz con su flor. La llevaba como una
vela, cuidándola y acariciándola continuamente.
Una noche, después de pasar el alto de la cordillera, y habiendo acampado a
orillas de un río, los hermanos mayores agarraron al menor, mientras dormía, y
lo echaron al agua.
Después, tomaron la flor, se la llevaron al padre y la colocaron sobre su rostro,
haciéndole recobrar la vista. El rey les dio las gracias a sus hijos mayores, pero
no podía ocultar la pena que sentía por la pérdida del hijo menor. Los mayores
le habían dicho que lo habían perdido de vista al bajar la cordillera.
El rey lanzó entonces una proclama por todos sus territorios, ofreciendo una
gran recompensa a quien supiera algo del principe menor y le trajera noticias
de él. «El precio que he pagado por recobrar mi salud ha sido demasiado
caro», les decía a sus súbditos.
El hijo menor realmente había desaparecido. Las aguas del río lo habían
arrastrado hasta una laguna llena de cañas. Pero Pacha Mamm.a se había
enterado de lo sucedido y vino en ayuda del muchacho, a quien había tomado
mucho cariño. El joven volvió a respirar al ser sacado de las olas, pero no se
despertó. La diosa lo dejó dormir entre las cañas que se mecían con el viento.
Por esos días pasó por allí un pastor que venía a cortar una caña para hacer
una flauta. Cuál no sería su asombro cuando, al empezar a tocarla, escuchó
una voz que cantaba:
No me toques, pastorcito,
ni me dejes de tocar.
Mis hermanos me mataron
por la flor del lirolay
El pastor metió la flauta debajo del poncho y se encaminó al palacio. Los
guardias lo dejaron pasar cuando les dijo que tenía noticias del príncipe. Se
arrodilló ante el rey y le dio la flauta para que la hiciera sonar.
No me toques, padre mío,
ni me dejes de tocar.
Mis hermanos me mataron
por la flor del lirolay.
Cuando el rey escuchó la voz de su hijo y supo lo que había pasado, llamó a
sus hijos mayores y los obligó a tocar la f lauta.
«¿Para qué servirá?», le preguntaron,
pero pronto oyeron la voz de su hermano que cantaba:
No me toquen, hermanitos,
ni me dejen de tocar,
porque ustedes me mataron
por la flor del lirolay.
Cuando la flauta dejó de sonar, los hermanos confesaron lo que habían hecho
y le rogaron al rey que los perdonara. Pero éste no les contestó sino que les
ordenó que lo siguieran hacia la laguna, donde el pastor había encontrado
aquella caña que cantaba con la voz del príncipe. Una vez allí, y mientras
sostenía en sus manos la f lor del lirolay, el rey les pidió a sus hijos que
cortaran la caña y la sacaran a la orilla.
Al anochecer encontraron al príncipe. Todavía respiraba, pero tenía los ojos
cerrados. Entonces el rey le puso la flor milagrosa en el rostro, y su hijo recobró
la vida. Se levantó y abrazó a su padre.
No recordaba lo que había pasado.
«Ya recobraste la vida de tus ojos. Gracias a Pacha Marnma, gracias a las
selvas de Salta», fueron sus primeras palabras.
Una vez en palacio, contó sus aventuras. Nadie se dio cuenta de que los
hermanos mayores habían desaparecido. El padre y el hijo pasaron toda la
noche juntos, y cuando empezó a aclarar se acordaron de la flor del lirolay.
Volvieron al sitio donde el rey se la había puesto al príncipe en la cara, pero no
pudieroi i e, icontrarla. Tampoco volvieron a oír de los príncipes hermanos.
Nadie sabe si ellos se llevaron la flor cuando huyeron del reino o si lograron
atravesar la cordillera, pues el invierno estaba por empezar jamás se sabrá.
Pero el rey Asportuma y su hijo menor vivieron felices durante muchos, muchos
años, y cuando el príncipe, después de la muerte de su padre, se convirtió en
rey, gobernó con bondad y sabiduría, como lo había aprendido de su padre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario