domingo, 13 de octubre de 2013

La leyenda de Santa Eufemia

“EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO, UN SOLO DIOS. AMÉN.”


Este es el discurso pronunciado por San Anastasio, obispo de la isla de Turquía. En él exalta y alaba la grandeza del arcángel San Miguel y se cuenta el gran milagro realizado en favor de Santa Eufemia y las dos historias maravillosas que se deben leer el doceavo día del mes de Paoni. Que sea con nosotros la intercesión del arcángel San Miguel y con el humilde copista. Amén.



Reinando el gran rey Honrius, había un emir llamado Aristarco, que tenía por mujer a Eufemia. Aristarco y Eufemia eran fieles devotos de la ley de Dios; cumplían con todos los preceptos de la caridad, de la fe y de la modestia.

Habían recibido el bautismo de San Juan Crisóstomo (“Boca de Oro”). En sus devociones entraban con particular efecto la del arcángel San Miguel, celebrada por ellos todos los días 12 de cada mes; la de la Virgen María, que celebraban el día 21 de todos los meses, y el Nacimiento de Nuestro Señor el Mesías, celebrada el 29 de cada mes. Aristarco era como un vaso de elección, hombre puro que ni por un momento flaqueaba en su devoción y en su entrega a los deberes y a las prácticas religiosas. Así sucedió que el Señor, queriendo premiar su vida santa, lo llevó a su seno.

Cayó enfermo Aristarco de mortal dolencia. Sabiendo que el fin de sus días estaba próximo, llamó a su esposa y, afirmando su fe en Cristo, le declaró, una vez más, que el mejor camino de salvación era la práctica de las buenas obras, exhortándola a que siguiese la vida hasta entonces llevada y que no dejase de rogar al arcángel San Miguel, para que los protegiese en esta vida y los condujese con ventura a la dicha eterna.

La buena mujer afirmó que seguiría los consejos de su marido y le pidió que le dejase una imagen del santo arcángel para colocarla en la habitación y para que la defendiera contra las asechanzas de Satán, ya que la mujer sin marido es semejante a un cuerpo sin alma. Aristarco tuvo gran alegría por ello y mandó llamar a un habilísimo pintor, el cual ejecutó una imagen perfecta del arcángel, ornándola con una capa de oro y guarneciéndola de piedras preciosas. Cuando el emir vio la imagen, sintió una gran alegría y mandó llamar a su mujer, a la cual dijo:

-Tu deseo ha sido cumplido, he aquí una bella y rica imagen del santo arcángel Miguel.

La mujer lloró de alegría y pidió a su marido que la encomendase al Jefe de las Milicias celestiales para que la protegiera. Aristarco, elevando sus ojos al cielo, rogó ardientemente al arcángel que protegiera a su esposa contra todos los peligros y asechanzas del malo. Cuando Eufemia, la bendita, oyó la plegaria, se alegró grandemente y se afirmó en su fe en el Mesías y en el arcángel San Miguel.

Desde aquel momento sabía que tenía una firme defensa contra las asechanzas del demonio. Poco tiempo después, Aristarco murió santamente y su cuerpo fue enterrado en la iglesia.

Eufemia no dejó ni un día de practicar el bien, de ejercer todas las obras de misericordia. Pero Satán, siempre vigilante, no quiso perder la ocasión de conquistar a una sierva del Señor. Tomó un día la apariencia de una virgen consagrada al Señor e hizo que otros dos demonios, bajo la misma figura, lo acompañasen. Llegaron a la puerta de la casa de Eufemia, llamaron y a la sirvienta que les abrió le dijeron que tres religiosas, enteradas de la fama de santidad de la dueña de la casa, deseaban visitarla.

Cuando supo Eufemia quiénes eran las visitantes, salió ella misma a recibirlas con toda amabilidad y cortesía. Cuando las vio, las hizo entrar en la casa, pues mostraban un aire de modestia y humildad admirable. Las llevó a la habitación en donde había colocado la imagen del arcángel San Miguel que le hiciera pintar su marido. Eufemia dijo a Satán, sin saber quién era en realidad:

-¡Oh hermana!, entra aquí para pedir la bendición del santo Arcángel, cuya figura aquí se muestra. Desde que murió mi esposo nadie ha entrado en esta habitación, salvo yo.

Y Satán le contestó:

-Mal has hecho, mujer. En cualquier sitio en donde no haya un hombre no habrá bendición. Si quieres ser grata a Dios, yo te daré un buen consejo: toma de nuevo a un hombre en matrimonio. Yo conozco a un gran emir, el mayor de todos los que rodean al rey Honorio. Tiene por hombre Heraclio. Es yerno mío y ha enviudado hace poco tiempo. De parte de él vengo a solicitarte en matrimonio, y aquí te traigo estos presentes para que veas cuán grande es su magnificencia y generosidad.

Y mostró a Eufemia una gran cantidad de joyas que brillaban maravillosamente. Mas estas joyas eran para apariencia, ilusión y no realidad. Eufemia contestó:

-He de pedir consejo a mi intendente. Él no me abandona ni por un momento.

Entonces, la falsa religiosa mostró un gran escándalo y le dijo:

-¡Oh hermana!, tus palabras son mentirosas. Acabas de decirme que desde que murió tu esposo no ha entrado hombre alguno en tu habitación, y ahora afirmas que tu intendente no te deja ni de noche ni de día. La Escritura dice que aquel que observa la ley, pero falta a una sola letra de ella, será responsable como si hubiera violado todas las leyes. Dios detesta y condena a los mentirosos.

Pero Eufemia, sonriendo, contestó:

-Tú me has propuesto un nuevo matrimonio con un hombre rico y generoso. Y en tus manos he visto brillar joyas resplandecientes. Pero ni por todas las riquezas del mundo querría faltar a la memoria de Aristarco. Mi cuerpo jamás será tocado por varón, y cuando yo entregue mi espíritu al Señor, aparecerá limpio y sin mancha. En cuanto a mi intendente, no debes escandalizarte. No es de este mundo, aunque su poder sea grande. Conoce los pensamientos de los hombres y acude en socorro de aquel que lo invoca con fe y pensamiento puro.

Satán pidió entonces que le mostrase a su consejero. Pero Eufemia dijo:

-Antes de concederte lo que pides has de orar. Dirige tu mirada al Este y pide a Dios que te perdone por haber pensado mal de mi guardián. Cuando hayas hecho eso, entonces te mostraré a mi guardián.

Satán contestó:

-Aquellos que mi invistieron con este hábito religioso me enseñaron a no elevar las manos para rezar sino en mi monasterio, y a no aceptar ni comida ni bebida en mesa de laicos.

-¡Ah! – exclamó Eufemia-, tú acabas de reprocharme una supuesta falta contra la ley, y sin embargo tú olvidas que el Señor ha dicho: “En cualquier casa en donde entréis decid: Que la paz sea con los habitantes de esta casa. Y si hay alguien digno de recibir vuestro saludo, recaerá sobre él, y en caso contrario volverá sobre vosotros”. También ordena que e rece por todos los caminos, en todos los lugares.

Y con estas y otras razones, confundió a Satán.

Éste, viendo que Eufemia lo había vencido, cambió súbitamente de aspecto, transformándose en una quimera espantosa. Entonces, Eufemia, comprendiendo que se trataba de una asechanza del demonio, exclamó:

-¡Oh arcángel Miguel, que gobiernas las milicias del cielo, ven en mi ayuda! ¡Tú, a quien mi marido Aristarco me confió antes de morir!

Satán, cuando oyó la invocación al Arcángel, tuvo miedo y cambió nuevamente de aspecto, tomando la forma de un negro barbudo, con los ojos inyectados de sangre y con una espada desnuda en la mano. Eufemia se estremeció de espanto; entró corriendo en su habitación y tomó la imagen de San Miguel y, apretándola contra su echo, invocó de nuevo al arcángel. Satán no pudo penetrar tras ella, pues lo impedía la gloria de San Miguel. Satán estalló en orgullosas amenazas:


-¡Yo soy aquel que acecha al hombre desde que fue creado, para dominarlo con mi poder! ¡Ahora me has dominado, Miguel; pero espero mi venganza!
Y a Eufemia le dijo que volvería el día 12 del mes de Paoni.

-Ese día Miguel, con todas las milicias celestiales, estará delante del trono del Señor para pedirle que haga subir las aguas de los ríos, para que haga descender la lluvia y el rocío sobre los campos. Durante tres días y tres noches permaneceré prosternada ante Dios.

-En ese momento yo vendré aquí. Romperé esa tabla en mil pedazos sobre tu cabeza. ¡Y así conocerás cuán grande es mi poder! –replicó Satán.

Eufemia, con la imagen en la mano, amenazó a Satán, saliendo éste corriendo de la casa.

Desde aquel día Eufemia extremó sus devociones, pidiendo a San Miguel que no la abandonase. Se aproximaba la fiesta del Arcángel y Eufemia preparó cuidadosamente las ofrendas y todo aquello que era necesario para celebrar dignamente la festividad. Día era señalado para ella, y por eso esperaba vivamente la llegada. El día 12 del mes de Paoni, la bendita mujer, desde la alborada, se hincó de rodillas y comenzó a orar devotamente.

De pronto Satán se apareció bajo la forma de un ángel inmenso, con largas alas extendidas. Iba ceñido por un resplandeciente cinturón de oro y sobre su cabeza llevaba una diadema de fulgurantes piedras preciosas. En la mano llevaba un cetro de oro que no tenía encima la cruz de Cristo. Eufemia se estremeció de miedo. Satán le dijo las siguientes palabras:

-¡Que la paz sea contigo, mujer bendita de Dios y de sus ángeles! Bendita seas, pues tus ofrendas y sacrificios han llegado hasta el Señor. Él me ha envidado a ti para aconsejarte y guiarte en lo que tienes que hacer. Obedéceme como si fuera él mismo, pues escrito está que la obediencia es mejor que los sacrificios.

La piadosa mujer se inclinó y dijo:

-Presta estoy a oír la orden de mi Señor.

Satán, entonces, comenzó así:

-Durante mucho tiempo has hecho grandes sacrificios y has gastado todo tu caudal en hacer buenas obras en memoria de tu marido Aristarco, más éste, por su santa vida y muerte, ha sido acogido en el seno del Señor. Tú, con tu piadosa vida, excitas la envidia de Satán, el cual puede tentarte, como hizo con Job, el santo paciente. Satán puede arruinar tu casa, como hizo con Job. Tu marido murió sin dejar descendencia. Tú has de contraer nuevo matrimonio. Y Arius ha de ser tu esposo, un señor lleno de riquezas.

Eufemia comprendió que era Satán el que le hablaba. Y decididamente contestó:

-¿En qué libro ha ordenado Dios que no se hagan limosnas, que se abandonen las buenas obras? ¿Dónde ha dicho el Señor que la mujer ha de casar con dos hombres? Todo libro que venga de Dios ha de aconsejar la pureza de alma, la castidad, el abandono de los bienes materiales, el desprecio al mundo, la caridad hacia los pobres y los miserables. En cambio tú me ordenas lo contrario. Dice el sabio Salomón que las tortolillas y las cornejas no toman mas que un marido. Si eso hacen los pájaros mudos y sin inteligencia y conservan puras sus almas, ¿qué hará una criatura racional, que Dios ha creado a su imagen y semejanza? Yo no tomaré otro marido ni abandonaré todas las obras de caridad que realizo en nombre de Dios y del arcángel San Miguel. Dime de dónde vienes y cuál es tu nombre.

Satán contestó:

-Yo soy el arcángel San Miguel, al cual rezas con tanta devoción. Arrodíllate ante mí, pues Dios me ha enviado.

Eufemia contestó:

-Cuando Satán se apareció a Jesucristo y se fue a prosternar ante Jesús el Mesías, éste exclamó: “¡Atrás, Satán!”.

Satán protestó:

-¿Cómo Satán habría tomado esta magnífica apariencia con que yo me he presentado ante ti? Satán fue expulsado del cielo por su orgullo y Dios me encargó que yo tomase su puesto.

Pero Eufemia no se dejó engañar y le preguntó que si, como decía, era el arcángel, dónde estaba la cruz que debía llevar en su espada, pues en la imagen que tenía así lo había visto.

Satán dijo que eso era una invención del pintor, ya que no todos los ángeles llevan la cruz en sus espadas. Eufemia contestó:

-Si el rey envía a un sitio a uno de los soldados, ¿no llevará el enviado el sello de su señor? Pues, de lo contrario, no podrá justificar debidamente que es un enviado y no un traidor que quiere introducirse con falsas palabras, y la persona a quien se dirige no lo recibirá ni atenderá las órdenes que lleva. Si tú eres un enviado de Dios, déjame que traiga el retrato del Arcángel.

Al oír cuanto había dicho, Satán comprendió que había sido vencido, una vez más, por la virtuosa Eufemia y se puso a rugir como un león y gritó con grandes voces. Se lanzó contra la desdichada Eufemia y, agarrándola por la garganta, le dijo con voz tenebrosa:

-Hoy no te me escapas. Desde hace mucho tiempo estoy en acecho, noche y día, para lograr vencerte; mas hoy ya no te valdrá Miguel.

Eufemia, viéndose en atroz peligro de muerte, invocó fervorosamente al arcángel, pidiéndole socorro en tan angustioso trance. Y en aquel mismo momento San Miguel se apareció, revestido de toda su gloria.

La habitación se iluminó con una resplandeciente luz y Satán, temeroso, cayó de rodillas, pidiendo perdón al arcángel y suplicándole que no le maltratara.

-¡Jamás –decía- volveré a entrar en un sitio en donde se encuentre tu nombre y tu imagen!

El arcángel lo tenía bien agarrado en su mano, como si fuera un pajarillo, y al fin lo dejó escapar. Después, volviéndose a Eufemia, le dijo:

-Tranquilízate y confía en mí. Desde este momento nada podrá Satán contra ti. Yo soy el arcángel San Miguel, a quien tanta devoción has tenido desde tu infancia. Las ofrendas y las buenas obras que has realizado en mi nombre han subido hasta el trono del Señor y han sido acogidas con benevolencia. Acaba los preparativos para esta fiesta y disponlo todo bien, pues éste es el último verano que pasarás en la Tierra. Cuando acabe el estío, vendré a buscarte con los escuadrones angélicos y te llevaré hasta el seno del Señor.

Y dichas estas palabras, se elevó en los aires, rodeado de una gran gloria.

Eufemia quedó arrodillada dirigiendo la mirada al arcángel. Cuando éste desapareció en el cielo, se levantó y fue al obispo Anthimos y le relató todo lo ocurrido. El obispo tuvo una gran alegría al oírla y alabó al arcángel San Miguel.

Eufemia le pidió que asistiera a un gran banquete en honor del Arcángel, acompañado del pueblo. Una vez terminadas las ceremonias, Eufemia regresó a su casa para disponerlo todo. Cuando llegaron el obispo con muchos señores y mucha gente, Eufemia les abrió de par en par las puertas de su casa y los introdujo en una hermosa cámara, en donde estaban dispuestas las mesas para el banquete.

En el centro, sobre una silla de marfil y oro, estaba la imagen del arcángel, ante la cual se arrodillaron todos. Después Eufemia abrió las cajas de sus riquezas y las ofreció todas al obispo para obras de caridad, en nombre del arcángel, que aquel mismo día pediría a Dios que le permitiera bajar a buscar a la buena mujer. El obispo llevó consigo todos los bienes de Eufemia. Ésta, por la tarde, dio libertad a todas sus esclavas negras. Su mansión se llenó de un perfume exquisito. Después se volvió hacia Oriente. Santa Eufemia se dirigió al obispo, que había vuelto después de llevar las riquezas a su palacio, y le dijo:

-¡Oh, padre mío!, yo te suplico, en nombre de Dios, que reces por mí al Señor, a fin de que me presente ante Él en un momento propicio. Cercana está la hora de mi muerte. He aquí que detrás de mi está el arcángel San Miguel, con todas sus celestiales milicias.

El obispo empezó a entonar sus plegarias. Santa Eufemia pidió que se le trajese su imagen del arcángel y cuando la tuvo ante ella, le invocó.

Entonces todos pudieron ver que se abría el cielo y aparecía el arcángel San Miguel, resplandeciente como el Sol. Sus miembros parecían brillar como el cobre batido. En su mano tenía una trompeta y estaba encima de un carro que tenía la forma de una barca; su mano izquierda blandía una espada, en cuyo pomo se veía la Santa Cruz. Estaba revestido con hábitos magníficos.

Todos cayeron de rodillas, mientras el arcángel desplegaba su manto luminoso, en el que recibió el alma de Santa Eufemia, que en aquel mismo momento murió.

Un concierto de armoniosas voces se oía. Las palabras que se escucharon eran éstas: “El Señor conoce la vía de los justos y de los pruso. Ellos son los que heredarán los bienes eternos.”

Así murió Santa Eufemia.

Fue enterrada en la iglesia, en el mismo sepulcro de su marido. Cuando quisieron recoger la imagen de San Miguel, vieron que había desaparecido. Pero al día siguiente, cuando entraron en la iglesia, vieron que la tabla estaba en el altar mayor, suspendida en el aire.

Todos se arrodillaron, entonando el Kyrie Eleison. Se extendió la nueva del prodigio y de todos los puntos vinieron gentes que adoran al arcángel.

Su imagen obra muchos milagros.

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