sábado, 31 de marzo de 2018

Como la virgen permitio que prepararan Aloja

El Sol calentaba todo el día. La sequía era tremenda, las quebradas ya no
tenían agua y por las noches el viento soplaba fuertemente secando hasta la
última brizna de pasto. Los niños estaban enfermos de hambre, y las madres
reflejaban en sus caras demacradas la angustia que les producía pensar en la
suerte que les esperaba a sus pobres hijos. Pronto sus barriguitas se inflarían y
la muerte se los llevaría.
Muchas de las familias habían abandonado sus casas y sus sembrados para
marcharse a otros lugares. El viento se llevaba los tejados de paja y las puertas
abiertas de las casas crujían.
En la pequeña iglesia de barro, ubicada entre las abandonadas casas, el cura
párroco estaba solo. Los quechuas ya no se acercaban a la iglesia; habían
perdido la esperanza de que el taita Dios los socorriera. Nadie acudía cuando
el cura celebraba la misa ni cuando le pedía a San Isidro que les ayudara.
Un domingo el cura tocó la campana para llamar a misa, y nadie acudió. Todos
se habían marchado a las montañas a ofrecerles en sacrificio a los antiguos
dioses sus últimos granos de maíz, el último sorbo de chicha, sus preciadas
pieles de jaguar y hasta sus ponchos. Pero no había señales de que los dioses
fueran a compadecerse.
Tanto el cura como los quechuas sabían que Dios no iba a enviar las lluvias,
pues habían gastado el maíz fabricando chicha y se la habían tomado sin dejar
nada. El cura se sintió culpable por no haber pensado en el castigo que su
conducta podría traer, pues él también se había embriagado con los hombres
del pueblo. No volvió a salir de la iglesia; pasaba todo el día pidiéndole a Dios
que lo perdonara. y que mandara la lluvia. También invocaba a la Virgen
diciéndole: «Virgencita, ten compasión de nosotros y de los niños; ellos no
tomaron chicha». Delante de los altares les pedía a todos los santos perdón
para él y para su pueblo.
A veces se arrodillaba y se quedaba dormido un rato; al despertar, seguia
pidiéndole a Dios que tuviera compasión. Fue en una de esas ocasiones.
cuando sucedió el milagro- la madre de Jesús bajó del altar -así lo contó el
sacerdote- y le dijo que los había perdonado y que les iba a mandar lluvia, pero
que les prohibía que volvieran a usar el maíz para fabricar chicha. Le dio al
padre una ramita que él no conocía, y le explicó que era la planta que mejor se
daría en esas alturas.
«Siémbrala», le dijo. «Cuando crezca les dará frutos para que preparen
bebidas. El maíz deben usarlo solamente para alimentar a los hombres y a los
animales».
Cuando el cura despertó encontró una mata junto a él: era la algarroba.
Tomándola en las manos salió del templo. Ya se oía en ese momento el ruido
de las gotas de lluvia que caían sobre la tierra, y las gentes, reunidas en la
plaza, dejaban que la lluvia las mojara.
El padre les contó el milagro; sembraron la mata, y con el tiempo creció y dio
frutos grandes como habichuelas, que servían para hacer ricas bebidas. Desde
entonces los quechuas volvieron a rezar y a alabar a la madre de Dios nuestro
Señor por el milagro que les había hecho.
Hacían fiestas para recolectar la cosecha, y durante ellas bailaban al compás
de flautas y tambores, vestían sus mejores ropas y los hombres se ponían las
pieles de jaguar para demostrar su valentía, y máscaras y plumas como
adorno.
Colocaban los frutos en grandes ollas de barro, y para la Navidad y el Año
Nuevo preparaban con ellos aloja, bebida que tomaban en honor a la Virgen.

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