miércoles, 3 de abril de 2019

LAS SIRENAS Y LOS ARGONAUTAS

El encuentro de las sirenas con Ulises tiene muchos más ecos que el terco desafío musical que cuenta Apolonio, en el que el famoso Orfeo enfrenta su canto al encanto de aquellas. Sin duda, el prestigio de la Odisea homérica y el truco del astuto Ulises merecen sus perdurables y repetidos ecos en la literatura posterior. Pero al episodio que cuenta el poeta helenístico –y más tarde el autor de los Argonáuticos órficos– no le han faltado curiosos reflejos. Quisiera recordar dos o tres, sueltos y poco conocidos, pero atractivos.
1
El primer traductor al castellano del poema de Apolonio de Rodas fue José María Ignacio Montes de Oca y Obregón, más conocido por su pseudónimo de “Ipandro Acaico”. Este admirable y singular humanista mexicano, nacido en Guanajuato en 1840 y muerto en Nueva York en 1921, combinó su labor eclesiástica con su buen oficio de poeta y traductor de muchos poetas clásicos griegos (Píndaro y Teócrito entre otros). Fue obispo de Tamaulipas y San Luis de Potosí y capellán del emperador Maximiliano; durante la revolución mexicana se exilió en Roma y luego en Madrid. Tradujo en sus últimos años la Argonáutica en octavas reales, con una tremenda libertad poética, como se verá en el breve fragmento que citaré. Observemos que, como era usual en su tiempo, sustituye los nombres de dioses griegos por los correspondientes latinos. Y, por su cuenta, añade muchos detalles que no están en los versos de Apolonio, como el pintoresco dato de la evolución de la figura de las sirenas: “Hoy en cola de pez su cuerpo estriba”. El lector pude comparar estas octavas con la versión más literal que hemos citado antes del pasaje y degustar la fantasía desaforada y la poética dicción neoclásica y decimonónica de Ipandro Acaico. (La edición por la que cito es la original; no sé si se han hecho otras posteriores).
Apolonio de Rodas,
Argonáutica.
Traducido del griego en verso castellano.
(Versión de Ipandro Acaico. Tomo II. Madrid, 1920).
CXCV
Izan las lonas, alzan las entenas;
Céfiro lanza su apacible brisa;
marcha la nave con las velas plenas:
isla florida presto se divisa.
Moran allí las pérfidas sirenas
cuyas canciones y falaz sonrisa
llaman al nauta a sus abiertos brazos.
¡Ay si lo enredan sus traidores lazos!
CXCVI
Nacieron del enlace misterioso
de Aquelóo y Terpsícore divina,
la musa, cuyo baile prodigioso
a las demás Piérides fascina.
Supo encantar también a Proserpina,
virgen aún, ajena a los placeres,
digna progenie de la diosa Ceres.
CXCVII
Hoy en cola de pez su cuerpo estriba;
de vírgenes la cándida belleza
ostenta de cintura para arriba,
y de oro es el color de su cabeza.
Dos alas, de que, al fin, Jove las priva,
de pájaros les daban ligereza
en otro tiempo. Siempre en atalaya,
al marinero acechan en la playa.
CXCVIII
No escapan a sus ansias de conquista
los héroes de Jasón; y empieza el canto
apenas el bajel está a la vista.
De la celeste voz al dulce encanto
no hay entre los remeros quien resista,
y Tetis y sus ninfas, con espanto,
ven que parece desdeñar su ayuda
el Argo y a la costa va, sin duda.
CXC
¡Vanos temores! El cantor de Tracia,
Orfeo, templa su Bistonia lira
y empieza a modelar con tanta gracia,
que apagarse su voz sienten con ira
las hembras, y presienten su desgracia.
El desviado bajel de nuevo vira,
y ya sin vacilar sigue adelante
riesgos mayores a afrontar constante.
CC
No a todos asustó la muerte lenta
de consunción fatal con que acostumbra
su amor funesto, la pasión violenta
pagar de aquel que su beldad deslumbra.
Aunque apagado el canto, a Butes tienta;
horas de dicha en su ilusión columbra.
Del banco de remero, alucinado,
al ponto salta y lo atraviesa a nado.
CCI
La isla de perdición ya casi toca
cuando lo mira Venus Ericina;
a compasión su suerte la provoca
y lo arrebata a la onda cristalina.
De Lilibeo la saliente roca,
donde ella reina, encuéntrase vecina,
y, salvo de la muerte y los placeres,
casa y hogar allí le da Citeres.
2
Me gustaría recordar la recreación de este mismo episodio órfico por dos admirables escritores ingleses de la época victoriana. Dos escritores que fueron muy famosos en su tiempo –en una Inglaterra muy atenta a los estudios helénicos– pero son poco leídos hoy: el novelista Charles Kingsley (1819-1875) y el influyente pintor prerrafaelita y notable poeta William Morris (1834-1896). De Kingsley quisiera recordar un pasaje de su libro The Heroes (1856) y de W. Morris algunas estrofas de su The Life and Death of Jason (1867), un libro leído y citado por J. L. Borges. Uno y otro –en ágil prosa Kingsley y en verso Morris– intentaron recrear los mitos griegos en un nuevo estilo, con renovado fervor y notable influencia romántica. Morris tradujo la Odisea (1887) en versos rítmicos influidos por la poesía de Tennyson.
En cuanto a The Heroes, hay que subrayar que fue un libro para jóvenes, de gran éxito, en una época en que esa literatura juvenil, de cuentos y leyendas, tenía gran boga y espléndida difusión en el mundo británico. Doy un apunte del texto, traduciendo algunas líneas y abreviando otras.
Tras visitar a la maga Circe, en el brumoso Atlántico, los argonautas vuelven:
Se levantó un favorable viento y navegaron rumbo al oeste, pasando Tartesos y la costa de Iberia, hasta llegar a las Columnas de Hércules y al mar Mediterráneo. Y desde ahí navegaron cruzando los hondones de Sardinia, y más allá ante las islas Ausonias y los cabos del litoral tirreno, hasta alcanzar una isla florida, en un brillante atardecer de verano. Y cuando se acercaban, lenta y penosamente, oyeron dulces voces viniendo de la costa. Pero apenas Medea las oyó, se levantó y gritó: ‘¡Cuidado, héroes, porque esas son las rocas de las sirenas! Tenéis que pasar muy cerca de ellas, porque no hay otro camino; pero los que escuchen su canto están perdidos’.
Entonces habló Orfeo, el rey de todos los cantores: ‘Dejadlas enfrentar su canto contra el mío. Yo he encantado piedras y árboles y dragones, ¡cuánto más los corazones humanos!’. Así que tomó su lira, se alzó en la popa de la nave y comenzó su canto mágico.
Y entonces pudieron ver a las sirenas en Antemoesa, la isla florida: tres bellas muchachas sentadas en la playa, junto a una roca roja en el sol poniente, entre prados de amapolas purpúreas y asfódelos dorados. Cantaban lenta y melodiosamente, con voces de plata, suaves y claras, que se deslizaron sobre las doradas aguas y en el corazón de todos los héroes, a despecho del canto de Orfeo.
Todo quedó en calma: tierra y mar, como un mundo hechizado por ese canto.
Y en cuanto los héroes lo escucharon, los remos se les cayeron de las manos, y sus cabezas se inclinaron sobre sus pechos, y se les cerraron sus pesados párpados, y soñaban con suaves y luminosos jardines, y sueños suaves bajo el murmullo de los pinos, de modo que todo su esfuerzo les parecía locura y ya no se cuidaban para nada de la fama.
Y entonces uno levantó de pronto la cabeza, y gritó: ‘¿De qué sirve este eterno viaje errante? ¡Detengámonos aquí y descansemos un rato!’.
Y otro: ‘Rememos hasta la orilla y oigamos las palabras que ellas cantan’.
Y otro: ‘No me importan las palabras, sino su música. Me cantarán para dormirme, y entonces podré descansar’.
Y Butes, el hijo de Pandión, el más hermoso de todos los hombres mortales, saltó fuera y nadaba hacia la orilla gritando: ‘¡Voy, voy, bellas jóvenes, a vivir y morir ahí, escuchando vuestra canción!’.
Entonces Medea dio un palmada y gritó: ‘¡Canta más fuerte, Orfeo, entona un canto más vibrante, despierta a estos desdichados perezosos, o ninguno de ellos verá jamás la tierra de Grecia!’.
Y entonces Orfeo comenzó a cantar con voz estruendosa, como una trompeta en la tarde, como un retumbo que entró como un fuerte vino en el pecho de sus compañeros. Y les cantó las hazañas de Perseo, que mató a la Gorgona y recibió gloria inmortal. Y todos se enardecieron y batieron con sus remos el agua del mar hasta que se apagaron las voces de las sirenas confundidas con el murmullo de la espuma del mar. Solo Butes nadó hacia ellas y desapareció rumbo a la isla donde blanqueaban muchos huesos humanos. Pero la bellísima Afrodita lo vio y, surcando el cielo como un rayo de luz, lo raptó envuelto en una nube dorada y se lo llevó al monte Lilibeo. Las sirenas perdieron a su única presa.
Y cuando vieron las sirenas que habían sido vencidas, se estremecieron de furia y envidia, y se lanzaron de la costa al mar, y quedaron cambiadas en rocas desde ese día.
3
El relato de William Morris –ese que había leído Borges– es demasiado largo incluso para resumirlo bien. Ocupa unas veinte páginas de la edición original (198-215). Lo más novedoso del mismo es que el desafío musical entre Orfeo y las sirenas se nos cuenta aquí, en estrofas alternadas, a lo largo de unas doce páginas. Es, pues, la única vez que podemos enterarnos de lo que cantaban ellas y de lo que Orfeo les respondía. Las promesas de felicidad de las sirenas están en la línea de la sugerida oferta de placer; y las respuestas de Orfeo insisten en la exhortación al esfuerzo, el deber y luego la gloria, y en recordar una y otra vez la dulzura del regreso a la patria.
Para dar una idea del estilo del texto, y del enfrentamiento de las canciones citaré las primeras estrofas en el idioma del poeta, para que se aprecie el airoso estilo del relato.
THE SIRENS
O happy seafarers are ye,
And surely all your ills are past,
And toil upon the land and sea,
Since ye are brought to us as last.
To you the fashion of the world,
Wide lands laid waste, far cities burned,
And plagues, and kings from kingdoms hurled,
Are nought, since hither ye have turned.
For as upon this beach we stand,
And o’er our heads the sea-fowl flit,
Our eyes behold a glorious land,
And soon shall ye be kings of it.
LAS SIRENAS / Sois felices navegantes, / y seguro que todos vuestros males ya han pasado, / igual que vuestro duro trabajo en tierra y mar, / pues por fin sois traídos junto a nosotras. / Para vosotros las modas del mundo, / vastas tierras arrasadas, ciudades lejanas quemadas, / y pestes, y reyes de reinos derrocados, / no son nada, pues habéis llegado hasta aquí. / Porque mientras estamos en esta playa / y las aves marinas revolotean sobre nuestras cabezas, / nuestros ojos contemplan una tierra espléndida, / y pronto seréis sus reyes.
ORPHEUS
A little more, a little more,
O carriers of the Golden Fleece,
A little labour with the oar,
Before we reach the land of Greece.
E’en now perchance faint rumours reach
Men’s ears of this our victory,
And draw them down unto the beach
To gaze across the empty sea.
But since the longed-for day is nigh,
And scarce a God could stay us now,
Why do ye hang your heads and sigh,
And still go slower and more slow?
ORFEO / Un poco más, un poco más, / portadores del Vellocino de Oro, / un poco de esfuerzo con los remos / antes de que lleguemos a la costa de Grecia. / Incluso ahora lleguen tal vez leves rumores / a oídos de los hombres de nuestra victoria, / y los empujan abajo hacia la playa / para avistar el desierto mar. / Pero como ya se acerca el anhelado día, / y aun a un Dios le sería difícil detenernos, / ¿por qué bajáis vuestras cabezas y suspiráis, / y vais aún más y más lentos?
Las promesas de felicidad paradisíaca de las sirenas se oponen a las exhortaciones de Orfeo al esfuerzo heroico y al regreso con gloria al hogar. Y el cantor tracio vence y se impone; no en vano es mago y su voz y música de lira hechizan a todo tipo de fieras. Tan solo uno de los héroes, Butes, rebelde y espontáneo, se precipita echándose al mar y nada hacia la orilla seducido por las fascinantes doncellas. Y allí, en la isla, habría perecido de no haber sido salvado milagrosamente –según cuenta el mito– por la muy oportuna Venus (Afrodita) que llegó rauda de Chipre para llevárselo en vuelo mágico a su siciliano santuario en el monte Lilibeo.
En ninguno de estos dos textos se alude a la figura híbrida de las sirenas. Se resalta, en cambio, su fascinante belleza, su piel blanca y sus cabelleras rubias, aunque están vistas desde lejos. Notemos, de paso, que el canto de Orfeo evoca la moral heroica, y no una historia mítica particular (como hacía en el poema de Apolonio). La atmósfera y los decorados evocan como paisaje de fondo una ribera marina de intenso colorido romántico.

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