miércoles, 3 de abril de 2019

ECO Y NARCISO

La peripecia mítica de la ninfa Eco y el
bello Narciso la cuenta mejor que nadie Ovidio en sus Metamorfosis
(libro III), y de su texto ha pasado a la literatura medieval
y moderna y a la pintura universal. No se trata de una
gran historia trágica, sino de una doble pasión de amor imposible,
de melancólicos reflejos.
La ninfa Eco era demasiado parlanchína y distraía a menudo
a la diosa Hera con sus charlas, mientras su divino esposo,
el enamoradizo Zeus, la engañaba con otras ninfas. La celosa
Hera lo advirtió y enojada castigó a Eco dejándola muda, y
condenada tan sólo a repetir, con su voz, las palabras ajenas. La
ninfa se enamoró perdidamente del bello Narciso, pero no logró
que él la hiciera ningún caso. Era Narciso el bello hijo de la
ninfa Liríope y del río Céfiso —y lo recuerdo porque quizá ese
abolengo acuático explique su carácter un tanto frío en el
amor— y recorría los amenos prados de Beocia. Un extraño
oráculo dijo sobre él —según recuerda Ovidio— que viviría
largo tiempo si no llegaba a conocerse, es decir, a verse a sí mismo.
(Digamos, entre paréntesis, que hay aquí una curiosa alusión
irónica al precepto délfico que aconsejaba «conócete a tí
mismo» como regla de sabiduría.)
El caso es que un buen día, asomado a un estanque,, descubrió
Narciso su bella imagen que lo miraba desde la superficie
del agua con grandes ojos. El joven se quedó prendado de esa
figura seductora en el agua, y comenzó a pasar su tiempo
observándola, obervándose. Nada le interesaba más, nada le
enamoraba más que su propio retrato que se movía según sus
propios gestos. La diosa Afrodita castigaba con ese amor impo
síble el desdén del joven por el amor de otros. La pobre Eco
fue languideciendo de amor y se hizo tan sutil que desapareció,
y quedó sólo como una voz incorpórea y fantasmal, repetitiva y
vana, sin merecer su atención. Como no se saciaba nunca de
contemplarse, Narciso dejó de correr, de comer, de distraerse
en otras cosas, y allí se quedó en el borde del agua mirándose
en el claro espejo, cada vez más escuálido, hasta desfallecer y
morir. De su sangre salió una flor, a la que se dio su nombre: el
narciso. (Véase luego el porqué.)
La unión de esas dos figuras míticas no sé si es un invento
del poeta Ovidio, pero en todo caso me parece un acierto poético
notable. (Pues hay otros relatos sobre el mito de Narciso,
sin que se mezcle en su historia la de Eco.) La ninfa sin voz,
enamorada, y el enamorado de su propia imagen sin voz contrastan
muy bien. Ambos tienen amores imposibles, el de la
que no puede expresar su anhelo con palabras propias y el que
no desea ver ni oir ni amar a nadie más que a sí mismo. La pobre
Eco no alcanza a suscitar lástima, y el narcisista halla en su
pasión su castigo. Defectos de comunicación en ambos casos.
El narcisismo, es decir, el enamorarse de la propia imagen en el
espejo, y el complejo de Eco, ninfa parlera pero sin voz propia,
andan ahora muy extendidos, según parece.
Con respecto a Narciso y su flor, quisiera añadir unos párrafos
del bello artículo de Jeannie Carlier (en el Diccionario de
mitología de I. Bonnefoy), que lo relaciona con otros mitos en
los que surge la flor que fascina y la imagen fascinante en el
espejo:
Pero, ¿por qué el narciso? Narciso, sediento, busca el frescor de una
fuente «en la umbría de los bosques». En medio de este frescor encuentra
un amor ardiente que lo consumirá por completo y «queriendo
calmar su sed, siente nacer una sed nueva». El narciso se encuen
calor excesivo del verano. Muere joven, en suma, como el azafrán, el
jacinto, la violeta y la anémona, esas flores que son las más bellas del
jardín de Flora, todas ellas nacidas de la sangre de hermosos adolescentes
muertos en la flor de la juventud, flores vinculadas a las grandes
diosas ctónicas. Pero el narciso posee, además, otra propiedad:
adormece, fascina; narkissos porviene de narke, embotamiento, según
los griegos. El narciso es el instrumento de una ilusión, de un
error: la tierra lo hace crecer, explica el Himno h om érico a Deméter,
«por astucia», para que su estallido y su perfume se conviertan en la
trampa en la que yacerá, fascinada, la joven Perséfone; así como el espejo
que los Titanes muestran al niño Dioniso fascina y atrapa al joven
dios, del mismo modo que el espejo de las aguas retiene, inmóvil,
hipnotizado, al adolescente Narciso. Entre el narciso, a la vez trampa
mortal, reflejo y perfume, que se abre sobre la oscuridad de la tierra
desgarrada que engulle a Perséfone, y el espejo de las aguas, superficie
helada que abrasa en lugar de refrescar, encerrando al abrigo de
cualquier captura lo que refleja con indiferencia; entre el joven Narciso,
indiferente a todas las seducciones, pero prisionero de la trampa
fascinante que le proporciona su propio reflejo, y Dioniso, maestro
de la ilusión, que, a su vez, es atrapado por un espejo encontramos
unos puntos en común [...].

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