miércoles, 3 de abril de 2019

REYES MAGOS

Como son escasas las figuras bíblicas en
esta galería quiero dejar un breve homenaje a estos tres simpáticos
peregrinos. Esos tres amigos de Oriente adoradores de
Cristo asoman tan sólo un momento en uno de los Evangelios
canónicos, pero han gozado de un estupendo halo mítico en la
tradición popular de Occidente durante muchos siglos. Resulta
éste un ejemplo curioso, creo, para observar cómo se forma y
crece una leyenda enriquecida en sus detalles y unida luego a
un ritual festivo de rememoración anual. En la fiesta de los Reyes
Magos, ilusión de niños ingenuos, queda como el poso o las
cenizas de un episodio mítico de muy emotiva simplicidad.
El caso es que sólo uno de los cuatro evangelistas, Mateo
(en 2, 1-3)) cuenta la visita de los magos a Belén. Y lo hace con
mucha brevedad. Dice:
Nacido Jesús en Belén de Judea en los días del rey Herodes, he aquí
que unos magos venidos del Oriente se presentaron ep Jerusalén
diciendo: «¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos? Porque
hemos visto su estrella en el Oriente y venimos para adorarlo». Y, al
oírles, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén...
El evangelista añade que Herodes consultó enseguida a los
príncipes de los sacerdotes y a los intérpretes de las antiguas
profecías, y luego encaminó a los magos hacia Belén de Judea,
con el aviso de que no dejaran de contarle al regreso el fausto
encuentro. Y los magos, cuenta el texto, siguieron a la estrella
hasta que se detuvo sobre el establo y allí ofrecieron, humillados
y contentos, sus famosos presentes: oro, incienso y mirra,
al pequeño recién nacido. Prosigue contando que, advertidos
en sueños, no volvieron los magos a Jerusalén a informar a Herodes,
sino por otros caminos. Y un ángel aconsejó a José que
tomando a su mujer y al niño huyera a Egipto. El rey Herodes
sintió colmado su recelo con el silencio de los magos y, furioso,
ordenó dar muerte a todos los niños de Belén menores de dos
años. Es el episodio que se conoce con el nombre de la matanza
de los inocentes.
El texto de Mateo es parco en detalles. No nos dice que los
magos fueran tres. Ni que eran reyes. Ni siquiera nos informa de
sus nombres. Ni dice que uno fuera negro. Sólo eran magos de
Oriente seguidores fieles de una estrella fugaz, por entonces.
La escena de la adoración de los magos se encuentra luego
en algunos textos de los Apócrifos (en el Protoevangelio de Santiago,
capítulo 21, en el del Seudo Marco, capítulo 16, y en el
Evangelio árabe de la infancia de Jesús, capítulo 7), y cobró una
resonancia grande pronto, por su efectismo plástico y simbólico.
Sólo más tarde, se consideró a esos tres magos reyes y se
cambió en las imágenes su atuendo persa y su gorro frigio por
los mantos y coronas propios de personajes regios. Orígenes ya
sabe que eran tres, y es Tertuliano (siglo III), al parecer, el primero
que los nombra como reyes, y en el siglo VI Cesáreo de
Arles expresa clara y rotunda la afirmación de que: «lili Magi
tres reges dicuntur». En las representaciones de los magos en el
arte románico suelen salir con sus coronas, incluso cuando se
presentan acostados y compartiendo una misma cama.
La narración se fue enriqueciendo con añadidos muy significativos.
Podemos considerar un buen compendio de esa tradición
de más de mil años el capítulo que le dedica Jacobo de la
Vorágine en su Legenda Aurea, a mediados del siglo XIII. Es el
extenso capítulo de «La fiesta de la Epifanía», una festividad
muy destacada en el ritual católico. En La leyenda dorada han
quedado como las arenas de aluvión de un río de comentarios
y glosas. Junto a los textos habría que considerar las sugestivas y
didácticas ilustraciones del tema en el arte medieval.
Desde época temprana hay representaciones de los magos
en la iconografía y el tema se desarrolla con muchos detalles.
La adoración es, en efecto, un tema predilecto del arte cristiano
en la pintura, uno de los más familiares en retablos y capiteles.
(Puede verse un claro rastreo del tema de los Reyes Magos
en sus imágenes en el excelente libro de L. Réau Iconografía d el
arte cristiano. Nuevo Testamento, Barcelona, 1996, pp. 147-266.)
La tradición antigua los recargó de simbolismos; representaban
las tres partes del mundo (Europa, Asia y África) adorando
al Niño Redentor. Luego fueron adoptados como patrones de
viajeros y peregrinos piadosos.
Volviendo a la Legenda Aurea (que recoge doctas glosas y
comentarios de ilustres teólogos y apologetas, como san Juan
Crisóstomo, san Agustín, Beda el Venerable, Remigio y san
Fulgencio), ahí están ya los nombres de los tres monarcas peregrinos.
El texto de la Legenda a veces se pasa de docto, como
aquí, cuando nos informa de que los magos se llamaban «en
hebreo Apello, Amerio y Damasco; en griego Gálgala, Malgalat
y Sarathim; y en lengua latina Gaspar, Baltasar y Melchor».
Discute luego el texto medieval qué debemos entender
bajo el calificativo, a veces un tanto malsonante, de «magos».
¿Eran ilusionistas, hechiceros o sabios? Prefiere lo último.
Atiende luego a precisar algunos detalles. Asegura quç viajaron
hasta Judea en dromedarios —«como se infiere de‘un texto
profético de Jeremías»—. Reflexiona sobre si la estrella que los
guió era el mismo Espíritu Santo metamorfoseado, o un ángel
luminoso, o un astro fugaz fabricado por Dios a tal efecto. Y el
porqué pasaron por Jerusalén los peregrinos magos. Se esmera
en sutilezas como cuando explica los sentidos de la estrella y,
aclara al fin que, aunque una fuera, ellos vieron cinco estrellas.
«Vieron no sólo una estrella, sino cinco, de diferente naturaleza:
una material, otra espiritual, otra intelectual, otra racional
y otra supersustancial.» (El siglo XIII florecía en sutiles teólogos
y aquí tenemos un eco de la sutil hermenéutica de la
época. A los aficionados a la teología les recomiendo ese pasaje
sobre las cinco estrellas y las cinco alegrías que inspiran en
los fieles.)
La leyenda dorada suministra luego un puñado de selectas
explicaciones sobre los usos de los tres presentes de los reyes:
oro, incienso y mirra. Da cinco opiniones divergentes sobre sus
sentidos y simbolismos. La más práctica es la que atribuye al
ilustre san Bernardo de Claraval. La copio como muestra de
ese enfoque realista: «Dice san Bernardo que los magos ofrecieron
a Cristo oro para socorrer la pobreza de la Virgen Santísima;
incienso, para contrarrestar el mal olor que había en el establo;
y mirra, para ungir con ella al Niño, fortalecer sus
miembros e impedir que se acercaran a él parásitos e insectos».
(Hay otras explicaciones menos utilitarias de los tres regalos,
desde luego.)
Pero no es preciso indagar en las glosas de doctos teólogos
para percibir el encanto de la estupenda escena en que los magos
se postran ante el niño sonriente entre la paja del rústico
pesebre. El aspecto simbólico es claro: los grandes del mundo,
sabios y reyes, .acuden a rendir homenaje al niño divino y sus
humildes padres. Los magos, de saber misterioso y arcano, han
obedecido la llamada celeste y seguido a la estrella fulgurante.
Eran astrólogos, estrelleros venidos de lejos, en peregrinación
para ver al niño y traerle sus regalos. Más sabios que los sacerdotes
de Jerusalén y piadosos frente al turbio Herodes, al que
dejaran sin respuesta, se ganaron un puesto de honor en la iconografía
y la leyenda cristiana. Y cada año reaparecen, conme
morados con una festiva cabalgata, en la fantasía de los niños la
víspera del seis de enero.
Desde el siglo XIII las reliquias de los tres Reyes Magos están
albergadas en un espléndido arcón de oro, en la catedral de
Colonia, donde reciben secular culto, y dieron su nombre a la
gran iglesia.
Me gusta recordar, por otro lado, que los tres magos están
rememorados-en un par de novelas modernas, bastante atractivas.
En Ben-Hur de Lewis Wallace, un best seller de la novela
histórica desde 1880, aparecen en el capítulo inicial. Allí Gaspar
es un ateniense, hijo del rico Cleantes; Melchor un brahmán
hindú, sabio y asceta, y Baltasar un piadoso egipcio. Baltasar
alcanza un mayor papel en la novela, como sabio consejero
de Ben-Hur y padre de la pérfida Iras. (En la tradición popular
española, en cambio, Gaspar es el rey de barba rubia, Baltasar
es el rey negro y Melchor el más viejo, de larga barba blanca.)
En la novela de Michel Tournier Gaspar, Melchor y Baltasar, recién
traducida al castellano (1996), se cuentan las biografías
emotivas de los tres reyes y se añade un cuarto, venido de la India,
Taor de Mangalore, que llegó muy tarde, con treinta y tres
años de retraso trágico, y no vio a Jesús, aunque gozó, de su misericordia
al fin y gustó de su pan santo. La apócrifa leyenda de
un cuarto rey mago es un añadido moderno. Tres es un número
muy cabal y de santo prestigio. Aunque el Evangelio no dice
que los magos fueran tres.

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