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jueves, 7 de marzo de 2019

Leyendas del camino de Santiago: Milagro del gallo y la gallina

De los milagros mas conocidos entre los
atribuidos a la intercesión de Santiago es el del Gallo y la Gallina, llamado también el Milagro del
ahorcado.
Desde la Alta Edad Media se dan diversas versiones. Desde el Siglo XVI hasta el Siglo XVIII se
advierte una preocupación entre los Obispos en el sentido de las formas de sociabilidad popular
que surgían en torno a las peregrinaciones, tanto en los caminos como en los centros de
peregrinación.
El consumo del alcohol en las tabernas cercanas a los santuarios, el aire festivo de muchas
romerías, y el contacto entre hombres y mujeres (la mayoría jóvenes) aparte del mercado sexual
existente, era considerado como un peligro para la moral y las costumbres por el clero
postridentino.
La historia que oían los peregrinos del Siglo XVI centraba su atención en la castidad y el empleo
de la narración funcionaba en el marco de un culto a un santo local, en este caso Santo Domingo
de la Calzada. A raíz de ello se construyo a petición del clero local en la misma catedral un
gallinero no lejos del sepulcro del santo, dando lugar a varias versiones, aquí contaremos la del
Siglo XVI. Esta versión esta compactada de una efectuada al comienzo del reinado de Carlos I, en
1533 incluida en un tomo que llevaba por nombre: "De las cosas memorables de España".
En la muy antigua ciudad que la gente llama Santo Domingo de la Calzada, vimos al gallo y a la
gallina. No sabemos de que color eran cuando vivían. Pero después de que fueron degollados y
asados, revivieron todos blancos mostrando así el gran poder de Dios y su gran Milagro, de cuya
veracidad ellos eran la prueba. Un cierto hombre bueno y amigo de Dios y su mujer, que también
era muy buena, fueron con su hijo, un muchacho honrado, hacia Santiago de Compostela y
llegaron cansados de andar a la ciudad.
Pararon en casa de un hombre que tenia una hija que era una mujer joven. Cuando esta vio al
hermoso muchacho se enamoró de él. Como este no quería casarse con ella a pesar de que esta
se lo preguntaba y le molestaba, su amor se convirtió en odio y quiso causarle mal. Cuando los
peregrinos querían irse, metió a escondidas una copa de su padre en la capa del joven.
Por la mañana cuando los peregrinos se habían marchado, la muchacha comenzó a gritar
diciéndoles a sus padres que les habían robado la copa. El juez al escuchar esto, decidió mandar
a sus ayudantes enseguida para que se trajesen a los peregrinos de vuelta, cuando todos les
dieron alcance, la muchacha consciente de su delito se acercó al joven y le arrancó la copa de su
capa.
Por ello como el robo quedaba demostrado, el muchacho fue llevado a un campo y fue ahorcado
tras una condena injusta y siendo inocente. Los padres afligidos y llorando por su hijo, siguieron
por el camino hacia Santiago, a donde llegaron. Después de cumplir allí su devoción, dieron
gracias a Dios y regresaron. Al pasar de nuevo por el sitio donde estaba ahorcado su hijo, la
madre que lloraba mucho, se acercó a él, aunque su marido le recomendaba que no lo hiciese.
Y el hijo que la respetaba enormemente, le dijo: "Madre, no llores por mí, por que estoy vivo,
puesto que la madre de Dios y Santiago, me sostienen y me protegen. Ve, queridísima madre, a
ver al juez que me condenó y dile que aun estoy vivo por que soy inocente, para que me deje
libre y pueda volver contigo".
La madre emocionada se dio prisa y, llorando de alegría, fue a ver al juez que estaba sentado a la
mesa e iba a cortar un gallo y una gallina asados que allí tenía. "Juez -le dijo-, mi hijo esta vivo,
ordena que lo liberen, por el amor de Dios".
Cuando el juez escuchó esto pensó que ella, por su amor de madre, lo había soñado y le
respondió sonriendo: "¿Que es todo esto buena mujer? No te engañes: tu hijo está tan vivo como
estas aves". Y nada más decir esto, el gallo y la gallina salieron volando de encima de la mesa y el
gallo cantó. El juez asombrado, salió enseguida, llamó a los clérigos y a los vecinos y juntos
fueron todos a donde se encontraba el mozo ahorcado encontrándolo vivo y muy feliz.
Se lo devolvieron a los padres y al volver a casa cogieron al gallo y a la gallina y los llevaron con
gran solemnidad a la Iglesia. Allí encerrados son considerados como cosa milagrosa y señal de
poder divino. Allí viven siete años y antes de morir tienen un pollito y una pollita del mismo color
y del mismo tamaño. Esto sucede en esta iglesia cada siete años. También provoca gran
admiración el hecho de que todos los peregrinos que pasan por la ciudad y que son
numerosísimos, llevan una pluma de este gallo y de esta gallina y que estos nunca se quedan sin
ellas.

LEYENDAS DEL CAMINO DE SANTIAGO CORAZÓN PEREGRINO

Los ingleses eran especialmente devotos a peregrinar a Santiago. Un episodio de las crónicas
escocesas del siglo XIV mencionan que antes de morir el rey Roberto I, congregó a sus caballeros
y les manifestó el deseo de que una vez muerto, sacarán de su pecho el corazón y lo llevasen a
Tierra Santa o Compostela Y sus caballeros, que no eran tontos, decidieron llevarlo a Compostela
(que les caía mas cerca). El caballero elegido para esta misión fue Lord James Douglas quien, en
1330, marchó a Compostela con una escolta de 200 caballeros.

LA FUENTE DE LA XANA

Reinaba el rey Mauregato en Asturias, el cual, para no enfrentarse con los musulmanes les había
prometido la entrega de cien doncellas cada año, escogiendo para ello entre las más bellas del
lugar.
Para "recoger" a las doncellas, el rey envió a sus soldados con órdenes de usar la fuerza si era
necesario. Los soldados llegaron al pueblo de Illés (Avilés) y pidieron alojamiento en la primera
casa que encontraron a la entrada del pueblo, dando la casualidad de que los dueños de la casa
tenían una hermosa hija llamada Galinda.
La madre sospechando de las intenciones de los soldados pensó en esconder a su hija, pero
ésta, sin sospechar nada entró en esos momentos en la casa cantando. La muchacha se dio
cuenta en seguida de la situación e intentó distraer a los soldados ganándose su simpatía
cantando y bailando para ellos. Por la noche les ofreció bailar para ellos una danza que solo
podía ser interpretada en el bosque a la luz de la luna, los soldados cómo no, aceptaron.
Una vez en el bosque se alejo de ellos pretextando buscar un lugar adecuado para la danza y
corrió hasta una fuente donde pensaba esconderse. Al llegar a la fuente ésta le habló y le propuso
que fuese su xana, para ello sólo debía beber del agua y así se libraría de los soldados. La
muchacha lo hizo y al ir a beber el agua de la fuente se separo en dos ofreciéndole un lugar
donde esconderse.
Los soldados la buscaron por todas partes pero no la encontraron, así que volvieron a la casa a
dormir. Al día siguiente salieron de nuevo a buscarla y al llegar cerca de la fuente oyeron a alguien
cantar, cuando se acercaron vieron a una mujer de belleza sobrenatural que se peinaba junto a la
fuente, era Galinda.
Cuando se acercaron, la xana con una sola mirada los convirtió en carneros. Al pasar los días y
no recibir noticias, el rey envió nuevos soldados, que al llegar a la fuente solo vieron a la xana
hilando lana y rodeada de carneros, al acercarse a ella también fueron convertidos en carneros.
Finalmente el rey decidió trasladarse al pueblo con una guarnición para ver que ocurría. Cuando
llegó a Illés, tuvo noticia de la fuente y se dirigió a ella, allí vio a la xana y le preguntó por sus
soldados. La xana contestó que el rey no había mandado soldados sino corderos y que él podía
ser su pastor... y lo convirtió en pastor. El rey asustado pidió desencantara a sus soldados y que a
él le devolviera sus atributos reales. La xana le puso como condición que renunciara a pagar el
tributo de las cien doncellas. El rey aceptó y la xana desencantó a todos...

¿QUE HACES AHI, PEDRO?

Un día fueron varios vecinos de Vidiago, concejo de Llanes, al monte de Moreda a ver el ganado
que tenían allí veraneando. Entre ellos había un viejo que se llamaba Pedro. Y como no podia
caminar tanto como sus compañeros, quedose descansando al pie de la fuente de Joyubardal.
Se puso a envolver un cigarrillo, y de pronto apareció el Nuberu dando saltos por el aire y le
pregunto al viejo:
-¿Que haces ahí, Pedro?
-Voy al monte a ver mi ganado.
-Mejor das vuelta para tu casa, porque de ramas arriba voy a soltar una nube como no se ha visto
otra, y te mojaras.
Pedro dio la vuelta por su casa, y en cuanto llego a la arboleda que cubre la falda del monte, el
Nuberu descargo una nube muy grande.

SI VAS A LA CIUDAD DEL GRITO

Una vez, bajo el Nuberu por entre la niebla y pusose encima de un peñasco. Estaba mirando el
cielo, cuando paso por allí un paisano, y al ver a aquel forastero le pregunto que de donde era y
como había podido sentarse en un sitio tan alto.
-Soy de Egipto y vivo en la ciudad del Grito. Me senté aquí porque baje entre la niebla.
-¿Y va usted a pasar ahí la noche?
-No, si tu me das posada.
-En mi pueblo no consentimos que nadie duerma encima de las peñas, venga usted conmigo- y le
hospedo en su casa.
El Nuberu levantose muy de mañana y dijo al paisano:
-Tengo que irme antes de que se quite la niebla. No se como pagarte el favor que me has hecho,
pero si vas a la ciudad del Grito, pregunta por Juan Cabrito.
Paso el tiempo y el paisano fue con dos amigos a comprar una pareja de bueyes a la ciudad del
Grito. Cuando llego a la ciudad llamo a la puerta de la mejor casa:
-Deo Gracias
-¿Quien?- respondió una mujer
-¿Vive aquí Juan Cabrito?
-Si, Juan Cabrito es mi marido, pero no esta en casa. Entra y espera un poco, luego vendrá.
El hombre entro. Y al poco tiempo llegaron los hijos del Nuberu y dijeron:
-Madre: A cristianito nos huele, ¿quien esta aquí?
-Un hombre que pregunta por tu padre; sin duda son amigos, hay que respetarle. Coged los
cuernos y los cencerros y vamos a la peña; se acerca la hora del grito; avisad a los vecinos.
En el centro de la ciudad hay una peña muy alta y sobre ella se pusieron las mujeres y los niños y
comenzaron a dar gritos y a tocar cuernos y cencerros para que el Nuberu se orientara entre la
niebla.
En medio de aquella gritería, bajó el Nuberu y se dirigió a su casa. Sentose en el escaño y dijo a
su mujer:
-Veno muy cansado; estuve sobre un pueblo de Asturias a las doce del día haciendo truenos para
echar una nube sobre el trigo en flor. En cuanto rompí dos truenos salió una mujer de una
casucha y comenzó a hacer cruces y mas cruces con pasta de pan sobre la pala del horno. Por
causa de tantas cruces no pude echar el pedral abajo, volviose contra mi. ¡Que cansado estoy!
-Calle- Le dijo la mujer- que hay un aquí un hombre de ese pueblo.
El Nuberu, enseguida que vio al hombre le reconoció y le dijo:
-¿Qué te trae por aquí, buen asturiano?
-Vine a comprar una pareja de bueyes y me acompañaron dos vecinos míos.
-Tus vecinos habrán muerto entre la niebla, y en cuanto a los bueyes que has venido a comprar,
yo te los regalo.
Y el Nuberu le regalo una pareja de bueyes pintos.

SI VAS A TIERRA DE EGIPTO

SI VAS A TIERRA DE EGIPTO
Cuentan que una vez, mientras el Nuberu contemplaba desde la eminencia de una roca la
hermosura de un huerto que acababa de regar con beneficiosa lluvia, se le escaparon las nubes y
tuvo que quedarse en tierra hasta la mañana siguiente.
Se dirigió a casa de un labrador rico y le pidió posada por una noche; el labrador le contesto que
no admitía mendigos en su casa.
Después fue a la de un labrador de humilde posición y este le acogió cariñosamente; claro es que
ninguno de los dos labradores sabia que aquel hombre era nada menos que el rector de las
tormentas. Este se levanto muy de mañana y después de dar las gracias a su huésped, le dijo:
-Si vas a tierra de Egipto pregunta por Juan Cabrito.
Y el nuberu se dirigió al pico mas alto de una montaña y cabalgando sobre una nube, agrupo a los
redondos truenos, los llevo sobre las propiedades del labrador que le había llamado mendigo, y
haciéndolos chocar unos contra otros se rompieron con gran estruendo, derramando con fuerza
toda el agua que tenian dentro, en las tierras de su enemigo, arrasándolas por completo.
Desde aquel día las tierras del labrador pobre empezaron a dar abundantes frutos, y las del
labrador rico se convirtieron rápidamente en campos estériles.
Sucedió que el labrador pobre, mozo valeroso y dispuesto a meterse en empresas, decidió ir a
Jerusalén como escudero de un noble señor que fue a las cruzadas. Allá cayo prisionero y
después de muchas aventuras fue a dar con su cuerpo a Egipto.
Pregunto que donde vivía Juan Cabrito, y le contestaron asombrados de que se atreviera a
nombrar a tan gran señor.
El labrador averiguo que el Nuberu vivía en una montaña y hacia allá dirigió sus pasos caminando
por un desfiladero. Al final de este aparecía la roca cortada verticalmente y en el interior de ella
tenia sus habitaciones el Nuberu. Salió un criado y le dijo al labrador:
-¿Cómo tenéis valor para acercaros a esta casa? Mi amo ha ido a tronar y no regresa hasta
mañana; además, no recibe a nadie; ¡marchad!
Volvió nuestro labrador al otro día y le suplico al criado:
-Decid a vuestro amo y señor que esta aquí un asturiano que desea saludarle.
Inmediatamente fue introducido a la casa y el Nuberu le trato con atención expresiva y cariñosa;
después le dijo:
-Vengo de romper unos truenos sobre tu pueblo; he regado tus tierras con mucho cuidado; tus
cosechas son mas abundantes cada año y tu familia esta bien. Ahora tengo que darte una mala
noticia: tu mujer, creyéndote muerto, se casa dentro de unos días, pero no te apures, mañana
llegaras a tu morada y tu esposa recibirá mucha alegría. A mi no me volverás a ver porque marcho
esta noche a tronar; levántate antes del amanecer y monta en un macho cabrio que estará
esperándote a la puerta de esta casa; el te conducirá a tu pueblo por el aire; no tengas miedo,
nada malo te ocurrirá, pero no te acuerdes de Dios, ¿eh? que si no tirote.
Y tal como le dijo el Nuberu así sucedió; el labrador llego a su casa en un abrir y cerrar de ojos y
su mujer le recibió amorosamente entre sus brazos.

EL CUELEBRE

Especie de dragón asturiano pero que, a diferencia de lo normal en la península, son
omnipresentes. Todavía hoy, es muy raro encontrarse un municipio sin varias leyendas de
cuelebres
En la población desde la que escribo, hay una leyenda que afirma que un cuelebre habitaba la
región. Los lugareños le daban todos los días un gran pan con la intención de que el bicho no se
comiera a su ganado (y a algún parroquiano, ya puestos).
Hasta que un día, alguien tuvo una genial (y arriesgada) idea. El cuelebre solía ponerse debajo de
un monte con las fauces abiertas, y desde arriban le tiraban el pan, así que lo que hicieron fue
tirarle una roca calentada al rojo. El pobre bicho se trago la piedra inmediatamente y tuvo que ir
hasta el mar (que por otro lado, estaba ahí mismo) a beber para enfriar la piedra.
No se lo que paso después, aunque me imagino que el cuelebre debió ahogarse o algo así... mas
que nada por que esta ciudad sigue existiendo :).
En otras leyendas se dice que cuando entra agua en la herida de un cuelebre, este se muere.

EL CALIZ DE LA XANA

Una mañana de San Juan, un joven que pasando por el monte vio un cáliz de oro. Como vio que
no había nadie vigilando lo cogió y salió corriendo, al rato una xana (legitima propietaria del cáliz)
salió corriendo tras el con la sana intención de recuperar su cáliz y ya puestos matar un poquito a
tan atrevido mozo. Cuando el hombre vio que le iba a alcanzar y que no podría escaparse grito
con todas sus fuerzas "!Ay, San Juan que es para ti!". Y la xana desapareció.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La luz en las ruinas

En medio de un bosque espeso e intrincado,
donde apenas llegaba un rayo de sol, había un viejo
castillo solitario. Era un paisaje áspero y frío: ni la
más pequeña flor ni el menor arroyuelo cantarín
endulzaban la abrupta majestad de aquel paraje.
Sólo allá lejos, en el confín del bosque, unas cuantas
casuchas miserables, donde vivían unos pobres la-
briegos, rompían la monotonía de aquel verde sin
fin.
El dueño del castillo era odiado y temido por
todo el contorno. Hombre despótico y cruel, vivía
solo, sin amigos ni familiares, apenas servido por
una vieja mujercilla. Muchos días se le veía pasear
por entre las almenas de su torre, vigilando todo lo
que sucedía en sus dominios.
Cierto día, un chiquillo, hijo de uno de los la-
bradores que vivían en las casuchas, allá en el
llano, se le ocurrió encender fuego ante su cueva
para calentarse. Las llamas subían saltarinas y
chisporroteaban alegres entre la triste niebla del
atardecer. Desde su atalaya vio el fiero castellano
aquel inusitado resplandor, y, furioso, mandó venir
al causante de ese delito. El pobre labrador confesó
humildemente la fechoría de su pequeño y pidió
clemencia al señor. Pero aquel hombre inflexible le
mandó azotar. Para su constitución débil y enfer-
miza, el castigo fue excesivo y le produjo la muerte.



Al ver el niño el cadáver de su padre, levantó lleno
 de horror su manita, en gesto amenazador,
hacia aquel castillo, mientras sus labios pronun-
ciaron:
—¡Maldito sea!
Aquella maldición del inocente huerfanito tuvo
un efecto prodigioso.
Al poco tiempo murió el señor. Tras él, la vieje-
cita que le servía. Y el castillo, no se sabe por qué
fuerza sobrenatural, fue desmoronándose, como si
fuera construido sobre arena, hasta quedar redu-
cido a un montón de escombros. ¡Una ruina! 

Y cuentan los labradores de aquella comarca
 que en los atardeceres del invierno se ve
 una luz muy clara que sale de entre las
 ruinas, mientras que el alma en pena 
del señor vaga por ellas. A veces se queja, 
como si le azotaran. 


La leyenda del Nuberu

¿No conocéis al Nuberu? En Asturias es un per-
sonaje popular. Ser entre dios y genio; hombre
sobrenatural, que dirige las nubes y descarga las
tormentas donde le parece, con grave riesgo de las
cosechas y de los frutos. Por eso los labradores
asturianos, cuando le ven venir montado en su
nube, lanzan al vuelo las campanas y lo exorcizan
de mil maneras; porque el Nuberu no es cristiano.
Algunos cristianos le buscan un parentesco con el
viejo Wotan de los germanos. Pero los asturianos
dicen que vive en tierras de Egipto y que... Pero si
te interesa lo que dicen, escucha su leyenda.
El Nuberu vive muy lejos, en Egipto, en lo alto
de una montaña. Allí tiene su palacio, que com-
parte con su mujer y sus hijos. Todos los días, el
Nuberu inicia su viaje en una nube. Su nombre es
Juan Cabrito; es muy alto y muy feo. Viste pieles
sobre su cuerpo, y se toca con un viejo sombrerón
de anchas alas. Su fuerza es colosal.
Cierto día, como tantos otros, el Nuberu vino a
Asturias a lanzar sus tormentas. Era por Megu-
yines, en el puerto de Sueve, y cuando le vieron
venir se asustaron mucho y acudieron al señor cura.
Éste, que era un santo varón, se encaró con el
Nuberu, y después de tocar un rato la campana, le
dijo a grandes voces:

—Descárgalo aquí.
Y puso su zapato en medio de su huerta. 
¡Y hubo que ver cómo se puso de granizo la 
huerta del señor cura!
Al Nuberu le hizo mucha gracia aquella salida, y
tanta risa le dio, que se le escapó la nube y se le
hizo de noche en Asturias. Entonces pidió hospita-
lidad en casa de un labrador, quien sin saber, por
supuesto, con quien se las jugaba se la negó. Un
poco más allá, llamó a otra puerta. Era un labrador
joven, pero pobre, y cordialmente le dio entrada en
su casa. A la mañana siguiente, cuando se iba ya a
marchar, el Nuberu le dio las gracias por su aco-
gida, y le dijo:

Si vas a tierra de Egito (sic),
pregunta por Juan Cabrito.
 Y desapareció. Se dio el caso de que
poco despues llamó el Rey a  los cristianos
para que fueran a defender el santo Sepulcro
en Palestina. Y allá fue nuestro labrador.
Tuvo mala fortuna de caer prisionero,y después 
de mil peripecias fue a dar con sus huesos 
en Egipto. Entonces se acordó de su
 huésped de una noche y pregunto 
sencillamente  por el don Juan Cabrito. 
Muy extrañados quedaron todos al ver 
que conocía a  tan alto y poderoso señor, 
y le indicaron su morada en lo alto del monte.

El asturiano subió pacientemente la montaña y
llegó al castillo. Preguntó por el amo, y su mujer
salió a decirle que no estaba en casa; pero que no
tardaría en llegar, y que esperase. A poco llegaron
los hijos del Nuberu y dijeron a su madre:
—¡Madre, a cristianazu nos huele!

— Callad, hijos; que es un asturiano amigo
 de vuestro padre,  que le está esperando.
Por fín llegó el Nuberu y tuvo una gran alegría al
ver al labrador.
—¡Hombre —le dijo—, casualmente vengo de tu
pueblo! Pero no te apures, que tus tierras están muy
bien. Yo me encargo de regarlas suavemente y te
estás haciendo muy rico. No así tu vecino; a ése le
echo las piedras, y el hombre no levanta cabeza.
—Y, ¿qué novedades hay por mi pueblo? —pre-
guntó, interesado, el asturiano.
—Pues muy importante para ti. Todos te creen
muerto, y como estás haciéndote tan rico, creo que
hay varios que cortejan a tu mujer, y no sé si la
convencerán. No puedo darte muchos detalles, pues
apenas me vieron llegar se pusieron a tocar «la
perrina», y tuve que salir corriendo.
El joven labrador se disgustó mucho por aquella
noticia. Entonces el Nuberu le prometió que al día
siguiente le llevaría a su pueblo en una nube, antes
de que su mujer se decidiera a casarse.
Y así fue. El labrador llegó a su casa y fue
recibido por su mujer con los brazos abiertos, en-
contrándose un saneado patrimonio. Que aún fue a
más, pues el Nuberu, agradecido, no dejó de regarle
sus tierras suavemente.

La huella de sangre

Cerca de Oviedo, entre los robledales de la ri-
bera del Nalón, se alzaba en el siglo XIV el castillo
de don Rodrigo, señor de Priorio. Tenía fama éste
de ser un caballero severo y desmedidamente orgu-
lloso. Quiso el destino que su bella hija Irene, único
ser del mundo capaz de despertar su ternura, lle-
gase a ser la más desgraciada víctima de su altivez
y de su incomprensión.
Irene amaba a Pablo, el gallardo paje del infante
don Alfonso. Aunque muy joven, había dado éste
ya cumplidas muestras de su valor y esperaba que
pronto le hicieran el honor de armarle caballero. El
temor que ambos tenían al desmedido orgullo de don
Rodrigo, hizo que sus amores permanecieran se-
cretos.
Un día, Irene, cuando conversaba amorosamente
con Pablo desde su ventana se vio sorprendida por
su padre, que había entrado sigilosamente en la
habitación. Fue inútil disimular. Don Rodrigo es-
cuchó de los labios de su hija la confesión del amor
que sentía por el valiente doncel del infante. A
pesar de las excelentes cualidades de Pablo y de su
reconocido valor, ya elogiado por el Rey en más de
una ocasión, el castellano de Priorio le despreciaba
por su bastardía y le consideraba indigno para su
ilustre heredera, a quien tenia por tan noble como
la misma reina.
Escuchó con enojo la confesión de su hija, 
y abandonó la estancia con gesto sombrío y amena-
zador. Sus pasos resonaron por todo el castillo en
dirección a la puerta. Irene comprendió que iba en
busca de Pablo.
En vano rogó la joven a su amado, desde la
ventana, que huyera, advirtiéndole el peligro. El
paje permaneció donde estaba, como si algo lo
atase a la tierra. ¿Cómo iba a dejar su verdadera
vida por miedo a la muerte? Momentos después el
castellano de Priorio se hallaba ante él y le vocife-
raba palabras injuriosas. Pablo trató de reprimir la
cólera que le producían aquellos insultos, y ni si-
quiera sacó la espada cuando don Rodrigo le arrin-
conó con la suya.
De pronto se abrieron las puertas del castillo y
apareció Irene, pálida como una muerta. Escuchó
impasible las rudas palabras que le dirigió su padre;
pero al ver a Pablo cubierto de sangre, se desmayó.
El desolado joven corrió rápido a socorrerla; pero
don Rodrigo se lo impidió alzando la espada con
ambas manos y diciendo:
—¡Miserable, no cometas el sacrilegio de man-
charla con tu sangre bastarda!
Aquellas palabras aniquilaron la paciencia del
paje, y no pudiendo contenerse más, se abalanzó
sobre el castellano, ciego de ira, y le clavó la es-
pada en el pecho.
Las gentes del castillo acudieron al ruido de las
armas, y al ver el cuerpo de su señor tendido en
tierra, se abalanzaron sobre el matador, deseosos
de venganza. Pablo, que había permanecido durante
unos momentos contemplando fijamente el cadáver,
como si el horror de su acción le hubiera converti-
do en piedra, se dispuso a defenderse. Se habían 
cruzado ya las espadas cuando Irene volvió de su
desmayo. Con un gesto, detuvo a los agresores, que
se retiraron, obedientes; pero en aquel momento
descubrió el cadáver de su padre. Entonces, dando
pruebas de una firmeza que antes no había tenido,
se arrodilló ante él y ordenó con voz segura:
—Apoderaos del matador.
Pablo tiró la espada, dispuesto a dejarse prender,
y suplicó a su amada que se le diera la muerte que
merecía, pero que no le negase el consuelo supremo
de su perdón. Las lágrimas que brotaron de los ojos
de la joven le hicieron comprender que todavía le
amaba, y por unos momentos pareció feliz. Después,
al escuchar la voz adorada diciendo que quedaban
irremediablemente separados por aquella muerte,
se sintió el más desdichado de los hombres, y mur-
murando un adiós triste y velado, se arrojó al río.
Nadie se atrevió a detenerle. Sólo Irene quiso se-
guirle; pero sus doncellas la sujetaron y la hicieron
volver al castillo, mientras las aguas del Nalón
arrastraban el cadáver del infortunado Pablo.
Irene pasó en Priorio el resto de sus días, lle-
vando una existencia más sombría que la muerte.
La impresión que recibió por aquella doble desgra-
cia la volvió loca.
En la orilla izquierda del Nalón, no lejos de
Caldas, hay una peña musgosa, salpicada de som-
bras rojizas. Es la peña desde donde Pablo se arro-
jó al agua, que conserva las señales de sus pies,
manchados con la sangre de don Rodrigo.

Mary-Cuchilla

Hace muchísimos años vivía en Oviedo una joven
llamada María, la cual unía a su prodigiosa her-
mosura un corazón frío como la nieve. Había recha-
zado con altivo desdén a los mejores caballeros del
país, y no se había conmovido lo más mínimo por
las desgracias que a algunos había acarreado su
hermosura: hubo caballero que enloqueció, y galán
desesperado que se quitó la vida.
En cierta ocasión fue a vivir cerca de Oviedo, en
una casuca perdida en el monte, un caballero mozo,
que pronto ganó, por su conducta, fama de santidad.
Alternaba su vida retirada de ermitaño con fre-
cuentes excursiones, en las que llevaba socorros a
las familias más pobres de la comarca. Desde el día
que la desdeñosa María tuvo ocasión de tropezarse
con él, se fundió el hielo de su corazón para dejar
paso a la más encendida pasión. De nada le sirvieron
sus seducciones ni sus extraordinarios encantos; el
joven anacoreta se mantuvo inquebrantable. En-
tonces María conoció por primera vez la desespe-
ración y el dolor.

Sus hechizos no le habían servido para nada;
pero, no queriéndose dar por vencida, acudió a otra
clase de recursos. Y un día visitó a una vieja hechi-
cera y le pidió ayuda. La bruja se ofreció a prestár-
sela si a cambio entregaba su alma al diablo. Cuenta
la tradición que la desventurada María se entrevistó
con el propio Satanás y que recibió de él una cu-
chilla con la orden de que cortase la cabeza a su
hermano menor, en una gruta cercana a donde
moraba el joven caballero; sólo así sería eficaz el
maleficio diabólico y el hombre amado caería im-
plorante a sus pies.
María hizo todo como se había pactado. Cuando
a la mañana siguiente cantó el primer gallo, cogió
cuidadosamente a su hermanito, que dormía pláci-
damente en la cuna, y se lo llevó a la gruta. Se
cuenta que los gritos de una bandada de búhos la
guiaron en la oscuridad, y que al llegar a la entrada
de la cueva, las aves se posaron en los árboles
vecinos, sin cesar de graznar de un modo siniestro.
María entró en la gruta, colocó al niño todavía
dormido, en una peña, y sin un momento de vacila-
ción, le separó la cabeza del tronco con un solo
golpe de cuchilla. La sangre salpicó la piedra, y las
aves, levantando el vuelo, se alejaron, sin cesar en
su estridente griterío. Entonces el terror se apoderó
de María, y quiso huir; pero tropezó con la cabeza
del niño, que había caído al suelo, y se desplomó
sin sentido.
Cuando volvió en sí era ya de día. Ante ella
estaba el joven ermitaño, que la contemplaba, no
como un enamorado rendido, sino con acusadora
severidad. María le miró por primera vez con los
ojos que no eran de pecadora; estaba profundamente
arrepentida. Cayó de rodillas, y el ermitaño, imi-
tándola, rezó fervorosamente durante un rato.
Después se levantó y le notificó en qué consistiría
su penitencia. Para merecer el perdón divino, pa-
saría el resto de su vida en el lugar del crimen; era
preciso borrar aquella sangre. Y mientras decía
estas palabras, tocó en la roca con su báaculo, y de
ella brotó un manantial. Después añadió:
—Pero por mucho que este arroyo limpie las
manchas de sangre, no podrá hacerlas desaparecer
si no mezclas tu llanto a sus aguas.
Nadie volvió a ver desde entonces al virtuoso
anacoreta. María vivió en los lugares que él había
habitado y llevó por el resto de sus días una vida de
penitencia. Las pocas personas que se acercaban
por aquellos contornos contaban que en más de una
ocasión la habían visto raspar furiosamente la roca
con su cuchilla. Todavía existe la creencia de que
de cuando en cuando vuelve a la cueva para raspar
de nuevo las manchas de sangre, que todavía no
han desaparecido.
Cerca de Oviedo se puede ver la gruta, con su
techumbre abovedada, desde donde se desprende el
manantial, y la roca de las manchas rojizas. Este
lugar se conoce con el nombre de Mary-Cuchilla.

La venganza de la ondina Caricea (Lago Noceda)

En tiempos de la invasión romana en España,
dos jefes del ejército invasor, Carisio y Antistio,
penetraron con sus tropas en la Asturias tramon-
tana, trabando con los naturales una gran batalla y
haciéndoles huir hacia el río Nalón.

Carisio, alejándose entonces de Antistio, re-
montó con sus hombres el Narcea, hasta cerca de
Hermo. Enamorado del colorido de aquel paisaje, el
caudillo romano sintió deseos de dar un paseo por
la campiña, y un día, mientras su tropa descansaba,
marchó solo por el camino que conduce al Lago
Noceda. Paseaba distraído, entre la fronda, cuando
distinguió allí cerca la figura esbelta de una mujer
hermosísima, con el abundante cabello suelto que
le caía hasta la cintura. Era la xana Caricea, espíritu
maligno de los lagos y las fuentes, cuyo odio hacia
los profanadores de sus dominios le habían hecho
concebir una cruel venganza contra Carisio. Este al
verla tan hermosa, se le acercó con el intento de
hacerla prisionera y agregarla al botín, ya nutrido,
de bellas asturianas que llevaba. Pero la bella xana
huyó de su lado, sin darle tiempo a pronunciar
palabra. Carisio, cada vez más encendido de pasión
ante tan rara hermosura, la siguió algunos minutos,
sin alcanzarla. Llegaron así a la misma orilla del
Lago Noceda, y la xana, jadeante, detuvo su carrera,
extenuada por la fatiga. Carisio pudo entonces
llegar hasta ella, la contempló extasiado unos ins-
tantes, se miró un segundo en sus verdes y trans-
parentes ojos, y sin poder contener por más tiempo
su desbordado amor, la estrechó apasionadamente
entre sus brazos. La xana se dejó abrazar un instante;
pero luego, abandonando su papel pasivo, rodeó
con sus brazos el cuerpo del soldado con tal fuerza,
que lo dejó asfixiado. Cuando comprobó que sus
pulmones no respiraban, lo arrastró hacia el lago y
lo arrojó en él.
Inútiles fueron las búsquedas de sus hombres por
aquellos alrededores; nadie pudo nunca más hallar
el cuerpo del joven Carisio, sepultado para siempre
en las aguas del Lago Noceda.

El encantamiento de la Princesa

Vivía en Asturias, en la localidad de Tereños, un
Rey con una hija, cuya mano se disputaban cuantos
príncipes contemplaban su hermosura. La Princesa,
que estaba enamorada de un Conde, sostenía te-
nazmente su actitud de rechazar las brillantes pro-
posiciones de matrimonio que se le brindaban. Día
tras día, su padre, el Rey, trataba de hacerle com-
prender con cariño y suavidad lo conveniente de un
enlace que fuera digno de ella y la tranquilidad que
para él supondría el verla bien casada.
La Princesa, a pesar de sus pocos años, no fue
fácil de convencer. Estaba decidida a casarse por
amor, y a ninguno de cuantos príncipes la habían
solicitado por esposa consideraba digno de su afecto.
Así pasaron los meses, sin que nadie lograra disua-
dirla en sentido contrario. El Rey se sentía enveje-
cer por momentos y deseaba cada vez con más
angustia un heredero del trono.

Viendo que por la persuasión no podría nada
contra su hija, se decidió a tomar una actitud mas
enérgica; la mandó llamar a su presencia, y con
gesto grave le ordenó que eligiese, en eí plazo de
unos días, entre los príncipes que habían solicitado
su mano, si no quería exponerse a un severo castigo.
La Princesa no se inmutó ante tales palabras, y con
la misma serenidad de siempre le hizo saber que su
decisión era demasiado firme para dejarse doblegar
por el amor, y que persistía en su idea de casarse
con el Conde o quedarse soltera.
Enfurecido el padre ante tal rebeldía, optó apli-
carle un castigo ejemplar, seguro ya de que nada
podría hacerse contra su voluntarioso empeño. Así,
pues, la invitó a dar un paseo en coche, mas sin
comunicarle sus proyectos, y la condujo hasta el
campo Perola, donde abríase una famosa cueva
encantada de la que el pueblo refería cosas ex-
traordinarias; decían de ella que su interior comu-
nicaba con el infierno, y que el demonio, cuando
venía aL mundo a tentar a los hombres, salía por
ella. Lo cierto era que aquella cueva exhalaba un
tremendo olor a azufre, que hacía volar la imagi-
nación hacia toda clase de sucesos diabólicos.
El coche del Rey paró en la misma entrada de la
gruta y descendieron de él el Monarca y la princesi-
ta. Mientras ella miraba curiosa a su alrededor, su
padre, mirándola muy fijo, la condujo para que, en
castigo de su desobediencia, se convirtiera en cu-
lebra y viviera por siempre en la oscuridad de
aquella cueva. Y añadió que sólo se desharía del
hechizo en el caso de que un hombre le diese tres
besos en la lengua.
Al instante, la rubia y frágil belleza de la prin-
cesa desapareció y en su lugar contempló el Rey la
ondulante y viscosa forma de una culebra mons-
truosa que se deslizó dentro de la gruta.
Satisfecho al ver cumplido así su castigo, volvió
el Rey a palacio; pero he aquí que, entre tanto, un
pastorcillo que apacentaba su ganado por aquellos
contornos y que había visto y oído la escena, se
dirigió a la cueva, y venciendo su natural repug-
nancia, cogió a la culebra y sujetándole la cabeza le

dio tres besos en la lengua. El conjuro quedó
deshecho y la princesita recobro su forma humana.
Agradecida al pastor, aceptó su demanda de ma-
trimonio, y dicen que se quisieron mucho y vivieron
felices el resto de sus días, lejos del palacio del Rey.

El monstruo de Santo Domingo

En tiempos remotos, los frailes de Santo Do-
mingo, de Oviedo, vivían en plácida y santa paz,
dedicados a la oración y a cultivar la pequeña
porción de terreno que rodeaba el convento. Un
día, después de su cotidiano trabajo sobre la tierra,
los frailes regresaron, como de costumbre, a hacer
sus oraciones; pero el Superior notó con asombro
que uno de los bancos de coro estaba vacío. Termi-
nados los rezos, preguntó por el fraile; pero nadie
supo dar razón de él. Le buscaron en su celda y en
el huerto, y no hallaron el menor rastro que los
pudiera poner sobre la pista. Muy intrigados por lo
ocurrido, se dirigieron al anochecer a sus celdas;
pero ninguno pudo conciliar el sueño, haciendo
cabalas y formulando hipótesis sobre aquella desa-
parición, que nadie se atrevía a creer voluntaria.
Se levantaron obsesionados al otro día con lo
ocurrido, y hora tras hora fueron cumpliendo sus
cotidianos deberes. Estuvieron, como siempre, tra-
bajando el huerto, y cuál no sería el asombro de
todos cuando, al abandonar los aperos para hacer
las consiguientes oraciones, se percataron de que
había desaparecido otro fraile. Decidieron entonces
investigar sobre los misteriosos sucesos, seguros ya
de que algo extraño ocurría. Recorrieron el huerto
y salieron de sus límites para ver si en aquellos
alrededores se encondía el causante del daño. Uno




de los frailes pudo descubrir que a pocos pasos de
los terrenos del convento, en una hondonada que
quedaba oculta desde donde trabajaban, había una
enorme gruta, guarida de un reptil antediluviano,
con grandes alas y un cuerpo monstruoso, contra el
que nada podía la fuerza humana. Comunicó a los
frailes la noticia; pero el Prior no se atrevió a faltar
al reglamento ni a dar solución alguna. Con más
miedo que los días anteriores, salieron al huerto los
frailes, encomendándose todos al Señor y temiendo
cada uno ser elegido como nueva víctima por el
monstruo.
Como estaba previsto, el reptil, a la misma hora
de todos los días, abandonó su gruta, y con sólo un
leve movimiento de cabeza arrebató del huerto a
otro de los frailes.
Así pasaron los días, y el terror iba cundiendo en
el convento, sin ninguna posibilidad de defensa.
Hasta que, por fin, el más joven de los Hermanos,
que era uno de los cocineros, se presentó ante en
Prior y le expuso que había ideado un plan para
hacer desaparecer al monstruo, solicitando su per-
miso para llevarlo a cabo.
A la mañana siguiente todos los frailes pudieron
observar cómo el Hermano cocinero bajaba hasta
la gruta del monstruo con un hermoso pan debajo
del brazo, que éi mismo había amasado. El reptil,
al percibir su aroma, salió de la gruta, batiendo
pesadamente sus grandes alas y echando fuego por
las abiertas fauces. El Hermano, entonces, le arrojó
el pan, y el monstruo se precipitó a engullirlo.
Luego, en silencio y con la mayor humildad, re-
gresó el Hermano a su celda.
Aquella tarde, los frailes, ya más tranquilos y
confiados, salieron al Huerto, sin que el monstruo
hiciera su aparición. Bajaron entonces hasta la
cueva, para comprobar a qué pudiera ser debida su
ausencia y se encontraron a la horrible serpiente
retorciéndose entre tremendos dolores y dando
grandes rugidos. A los pocos minutos dio una tre-
menda sacudida y quedó muerta. El Hermano co-
cinero les explicó entonces que aquel pan, de calidad
exquisita, lo había rellenado de punzantes alfileres,
que probablemente habrían perforado los intestinos
del monstruo.

De esta suerte, el convento de los frailes de
Santo Domingo, de Oviedo, volvió a recobrar su
paz y su tranquilidad habituales.

El Puente del Beso

Durante la Edad Media, los mares españoles
estaban infestados de piratas. En el Mediterráneo,
los bajeles turcos y argelinos capturaban cuantas
naves encontraban en sus aguas, apoderándose del
botín, asesinaban a los tripulantes y hundían la
nave después del saqueo. A veces llegaron a asaltar
algunos pueblos costeros, robando doncellas, con
las que luego traficaban en los mercados de Argel y
Constantinopla.
En el Cantábrico, el famoso pirata africano
Cambaral, que capitaneaba un ligero bajel, sem-
braba el terror en sus correrías por aquéllas aguas.
Los pocos navíos que se aventuraban a surcar este
mar eran seguras presas del corsario. Los pesca-
dores estaban atemorizados, sin atreverse a embar-
car, con sus naves fondeadas en los puertos y dár-
senas, mientras el hambre se cebaba en sus pobres
familias; pero el temor de encontrar al pirata les
impedía salir a la pesca.

Tomó parte en ello el Gobierno, enviando unos
barcos de guerra para capturar al bandido; le per-
siguieron con ahínco, con la orden de cumplir la
ley, que condenaba al pirata hallado in fraganti a
ser colgado del palo mayor de su propio navío. Mas
no lograron dar alcance a la ligera goleta, que na-
vegaba veloz a toda vela, rompiendo con su proa
las impetuosas olas, que barrían la cubierta, y de-
jaba tras de sí una larga estela de espuma. Desa-
lentados los perseguidores, tenían que volver al
puerto, y el temido Cambaral quedaba dueño de
aquellas aguas.
En la hermosa y pintoresca villa de Luarca alzá-
base, a la orilla del mar, construido sobre la roca
viva, un suntuoso palacio señorial, de espesos muros,
a los que llegaban las olas en las fuertes galernas
del Cantábrico. Habitaba en él un noble caballero,
que, indignado ante tal estado de cosas, se propuso
capturar por su cuenta y riesgo al endiablado pirata.
Preparó para ello algunos navios de su propiedad y,
embarcando a sus hombres de armas, marchó al
frente de ellos en busca del corsario. Varias millas
habían recorrido, cuando el noble señor divisó en
lontananza un bergantín con todo el aparejo des-
plegado y llevando izada la bandera negra de los
piratas. Dio orden el señor de ir hacia él; pero el
velero, cuyo capitán, sobre el puente, con su cata-
lejo, oteaba el horizonte, ya había descubierto la
flota enemiga, y se dirigía veloz hacia ella, pensando
que fueran nuevas presas. Con gran arrogancia
había dado orden al timonel de acercarse a las
naves, mientras él reunía a sus hombres en la proa
y les daba instrucciones para el ataque, revisando
bien los cuchillos y otras armas blancas. Pronto el
buque pirata llegó al abordaje junto al barco enemi-
go, y unos y otros saltaron a la nave contraria,
trabándose encarnizados combates cuerpo a cuerpo,
en medio de la más terrible confusión, continua-
mente caían por la borda los cuerpos ensangren-
tados de los combatientes. Se buscó a Cambaral y
fue encontrado sobre cubierta, en un charco de
sangre, con heridas en la cabeza y en todo el cuerpo,
que le habían privado del sentido. Herido el capitán,
fácilmente fueron sometidos sus hombres.
El señor, desde el puesto de mando, dio órdenes:
que el herido fuera trasladado a su nave; los ca-
dáveres, arrojados al mar, y los corsarios quedaran
presos en la bodega. Y, bien cerradas las escotillas
del barco pirata, fue remolcado hasta Luarca.
Allí, el caballeroso hidalgo decidió curar al ban-
dido antes de entregarle a la justicia, y mandó
llevarle a su casa y acostarle en un blando lecho,
encargando que se le atendiera y se le curara. Llamó
para ello a su bellísima hija, que ayudó con sus
delicadas manos a restañar las sangre de las heridas
del pirata.
Cuando el capitán recobró el conocimiento, se
encontró en una suntuosa estancia, y junto a su
lecho vio a una joven de fascinadora belleza, de tez
de nácar, que le miraba con sus grandes y sonadores
ojos negros. El pirata, al verla, pensó en una hurí
del paraíso, y trató de preguntar si era una apari-
ción; pero ella, llevándose un dedo a los labios, le
obligó a guardar silencio. El bandido, entonces,
sintió todo el dolor atroz de sus heridas y creyó
llegada su última hora; pero la muerte le parecía
aún dulce al lado de aquella deidad. Varios días pasó
el herido entre la vida y la muerte, continuada-
mente atendido por la bella asturiana, que le había
llegado hasta el fondo de su alma, y con un senti-
miento para él desconocido, creyó amarla más que
a su vida, y díjose que era preferible morir a sepa-
rarse de ella. También la doncella se había ena-
morado del gallardo y valeroso pirata, que había
hecho presa de su corazón, y los dos se comuni-
caban su amor en sus encendidas miradas. Llegó la
ocasión en que mutuamente se descubrieron sus
sentimientos, y ya desbordada la pasión contenida,
se sumergieron en un mar de dichas y embriaga-
dores ensueños. Decidieron huir a donde nadie se
opusiera a su dicha, y una noche se dieron cita a la
orilla del mar. Esperó la muchacha a que su padre
durmiera, y con refinada cautela salió de la casa,
deslizándose como una sombra por la puerta en-
treabierta. Llegó al embarcadero, que estaba a unos
metros de su palacio, y allí ya la esperaba el altivo
pirata junto a la nave que iba a conducirlos a lejanos
mares. Las olas lamían las rocas de la orilla,
mientras un rayo de luna, rompiendo la bruma, caía
sobre las dormidas aguas y dejaba sobre ellas su
rostro de plata bruñida. El pirata transido de amor,
recibió en sus brazos a la doncella, y al notar su
palpitar amoroso, sintió el fuego en sus venas, y sus
almas se unieron en un apasionado beso. En aquel
momento, el padre, que había sido avisado de la
fuga de su hija, sorprendió a los enamorados en el
supremo instante y, ciego de ira, levantó en su
fuerte brazo la afilada espada y segó de un solo tajo
las cabezas de los dos amantes, que rodaron al mar,
mientras sus cuerpos quedaron para siempre fuer-
temente abrazados.
Todavía se conserva vivo el recuerdo de este
hecho. El barrio de pescadores situado en torno de
la dársena luarquesa sigue llamándose el «barrio de
Cambaral» en memoria del famoso pirata. Y sobre
el mismo sitio en que cayeron los cuerpos de los
dos enamorados se construyó más tarde un puente,
del que todos los habitantes conocen la historia, y
que conserva el nombre del Puente del Beso.

El tesoro del Castro de Altamira

Desde tiempos remotos se han querido explicar
el origen de las pepitas de oro que arrastran los ríos
Sil y Cua con la creencia de algún tesoro escondido
en el subsuelo, que va siendo erosionado por las
aguas. El hecho de que fueran halladas cantidades
respetables de oro junto al Castro de Altamira, hizo
que la leyenda acerca de este tesoro se localizara
en ese punto de Asturias. Sobran motivos para
esto, porque se sabe con toda certeza que en una
ocasión fueron halladas en este mismo lugar varias
monedas de oro y luego unas barras de este metal
dentro de un pellejo de ternero junto con noventa
monedas. Hace pocos años se ha encontrado un
juego de bolos, también de oro, con una inscripción
dedicada al Rey y al señor de Altamira. No tiene,
pues, nada de extraño que sobre hechos tan exactos
se haya formado esta leyenda del tesoro del Castro
de Altamira, sedimentada por la tradición oral de
muchos siglos. Se cuenta en ella que un personaje
popular en aquellos alrededores, a quien llamaban
el tío Calamín, decidió buscar el tesoro llevando a
cabo una obra concienzuda de excavación. Con-
trató una cuadrilla de hombres, que, armados de
duras picas, se dirigieron al castro y comenzaron la
labor de perforación de la roca, en busca de las
galerías subterráneas que el hombre creía existían
en su interior. Durante todo un día estuvieron em-
pleados los hombres en este trabajo, y al llegar 
la noche se retiraron a descansar, después de dejar en
la roca una concavidad bastante honda.
Bien de mañana fueron al otro día a continuar la
tarea, y cuál no sería el asombro de todos al ver que
el orificio socavado el día anterior estaba sólida-
mente cegado. Creyendo que algún envidioso habría
llevado a cabo durante la noche la pesada obra,
procediendo a deshacerla y a seguir picando en la
roca. Así terminó la jornada del segundo día. Pero
he aquí que cuando regresaron a la mañana si-
guiente, volvieron a encontrar perfectamente cegada
la labor del día anterior. Atemorizados entonces,
pensando que pudiera tratarse de una obra sobrena-
tural llevada a cabo por los misteriosos guardadores
del tesoro, dejaron la roca como estaba y volvieron
a sus casas decididos a abandonar aquel proyecto.
Al día siguiente era la feria de Espina, y mucha
gente, de camino para dicho pueblo, pudo curiosear
a su paso por el castro lo ocurrido en la superficie
de la roca. Sólo un vecino pasó por ella sin prestarle
la menor atención. Era éste un médico cirujano,
bueno de condición, que, a pesar de su pobreza, no
se había inquietado nunca por aquel tesoro, y mucho
menos por conseguir dinero mediante otros métodos
que los que le proporcionase su modesta profesión.
Marchaba alegre a las ferias; por aquel año había
conseguido unos pocos ahorros y quería emplearlos
en comprar una yunta de bueyes.
Pasaba distraído junto al castro, cuando vio salir
de la roca dos sombras, que tomaron figura humana
y se transformaron en dos muchachos rubios, de
expresiva mirada, que se acercaron a él decididos
para preguntarle adonde dirigía sus pasos. El ciru-
jano los puso al corriente de sus proyectos y los dos 
jóvenes se ofrecieron cortésmente a acompa-
ñarle. En animada charla y escoltanto al cirujano,
llegaron a Espina, que estaba lleno de ganado, por
ser el día de la feria. Los jóvenes manifestaron
entonces cierto interés por las vacas, y empezaron
a ver todas las que por allí había. Se decidieron al
fin, por el grupo más lucido, y compraron cinco,
pagándolas en monedas de oro. Tres de las vacas se
las regalaron al buen cirujano y quedáronse ellos
con las otras dos. El buen hombre no se atrevió en
principio a aceptar tan espléndido regalo; pero ante
la insistencia de sus amables acompañantes, no
tuvo más remedio que acceder.
Más contento que unas pascuas y mirando y
remirando a los tres hermosos ejemplares que lle-
vaban delante de sí, iniciaron el camino de regreso
cuando aún el sol apretaba de firme. AI pasar junto
al castro, los mozos se detuvieron en actitud de
despedida, haciendo saber a su amigo que aquel
terreno que se extendía por detrás de la roca era su
mundo, el cual no difería mucho del de los hombres.
Le explicaron también que hasta allí no podía llegar
ninguno de ellos, porque todos tenían el pecado de
la codicia. Sólo en el cirujano habían encontrado
un hombre desinteresado para los bienes materiales;
de ahí que hubieran premiado su bondad con aquel
regalo.
No paró en esto la generosidad de los mancebos:
a continuación le entregaron una pequeña caña de
siete nudos, explicándole que le serviría de llave
para entrar en el castro sólo con que tocara con ella
la roca. Acto seguido se despidieron, y el cirujano,
doblemente alborozado, llegó a su casa y refirió a
su famina los maravillosos acontecimientos que le
habían ocurrido. Comió alegremente, descansó de
la caminata y, acto seguido, cuando ya anochecía,
se encaminó hacia el castro, sin poder dominar su
curiosidad y sin decidirse a esperar un día más para
traspasar aquel mundo maravilloso. Llegó allí con
su caña, tocó con ella la roca y en el acto ésta giró
pesadamente. Eí buen hombre se encontró en un
mundo nuevo, pero tan completo como el suyo. A
sus ojos se extendían bosques y praderas, en los
que pastaban toda clase de animales, y en el hori-
zonte se dibujaban perfectamente los campanarios
de las iglesias, que se elevaban sobre varios caseríos
y pueblecitos. Se hallaba contemplando atónito todo
esto cuando se presentaron ante él los dos mozos
que le habían acompañado hasta la feria, diciéndo-
le que había llegado oportunamente, porque la Reina
precisaba de los cuidados de un médico. Le condu-
jeron, acto seguido, hasta un maravilloso palacio,
en cuyas lujosas habitaciones le introdujeron, ha-
ciéndole llegar a presencia de la Soberana. La
atendió con todo interés, y cuando ya se disponía a
marcharse, los dos jóvenes rubios le hicieron en-
trega de un pañuelo lleno de ceniza, recomendán-
dole que no lo desplegase en tanto no hubiera lle-
gado a su casa. Le advirtieron asimismo que no
refiriera a nadie nada de cuanto había visto, ni se
diera por enterado, excepto con su familia, de los
misterios que encerraba aquel castro. Así lo pro-
metió el cirujano, y dispuesto a volver al otro día
para seguir atendiendo a la Reina en su enfermedad,
se dirigió a su casa con paso rápido. No bien tras-
puso la puerta, sacó del bolsillo el pañuelo, lo
desplegó en presencia de su mujer y, en lugar de la
ceniza, se encontraron con una buena cantidad de
monedas de oro.
Durmió feliz aquella noche el bondadoso médico,
y a la tarde siguiente volvió al castro, para visitar a
la Reina. Como pago a sus servicios, le fue entre-
gado de nuevo otro pañuelo Heno de ceniza, la cual,
una vez llegado a su casa, se transformó también en
monedas de oro.
Así transcurrieron los días durante la larga en-
fermedad de la Reina, enriqueciéndose el médico
de tal manera, que su cambio de vida y de carácter
llegaron a provocar la curiosidad general. Un día,
al fin, fueron interrogados con tal insistencia, que el
afortunado matrimonio, ardiendo en deseos de con-
fesar aquel secreto a alguien, refirió con todo gé-
nero de detalles la larga aventura desde el día de la
feria. Uno de los vecinos, entonces, tras escuchar el
fantástico relato, y atraído por él, se prestó a acom-
pañarle aquella noche hasta el castro para verle
entrar. Marcharon los dos a la hora en que el
cirujano acostumbraba hacer su visita a la Reina;
pero al tocar con su caña la roca, ésta, por primera
vez, no se conmovió. Comprendiendo entonces que
el hombre que había hecho mal en atraer hasta allí
a una persona extraña, regresó con él hasta el
pueblo, y volvió solo a probar suerte. Esta vez la
roca giró, y pudo introducirse en su interior, pero
no halló en esta ocasión los rostros complacientes
de sus amigos, sino sólo gestos graves de desapro-
bación. Los dos jóvenes rubios, en vez de conducirle
cortésmente, como siempre, hasta las habitaciones
de la Reina, le llevaron a su presencia como pri-
sionero, para que ella pronunciara la pena de muerte,
que, dentro de su código, constituía el castigo des-
tinado a los violadores de secretos. La Reina, 
no obstante, agradecida por los servicios del médico,
que le habían devuelto la salud, quiso perdonarle la
vida y conmutarle la pena por otra, dándole a es-
coger entre quedar ciego, sordomudo o totalmente
calvo.
El atemorizado cirujano eligió esto último, y no
bien lo hubo aceptado, fue despedido de allí sin la
menor cortesía. Cuando la roca se cerró tras él, una
ráfaga de aire sopló sobre su cabeza con una fuerza
extraordinaria y le dejó sin un solo cabello.
Esto le sirvió al buen hombre de lección, y dicen
que en adelante él y su mujer fueron más conocidos
por su discreción que por su cuantiosa fortuna.

La fuente de la Xana

Por los años 790 a 800 de nuestra era reinaba en
la pequeña monarquía asturiana Mauregato, rey
inepto y holgazán, que se había comprometido con
los musulmanes a entregarles cien doncellas cada
año para desposarse con ellas. No servia, según el
regio criterio, cualquier joven asturiana, con ser
todas muy lindas, sino que, queriendo asombrar a
los árabes con las extraordinarias bellezas de su
reino, se elegían las más hermosas mujeres que
encontraban en sus dominios.
Para su cumplimiento, encargó a un numeroso
grupo de guerreros que recorrieran las ciudades y
aldeas, apoderándose de grado o a viva fuerza, si se
oponían, de cuantas jóvenes hermosas encontraran,
para que, llevadas ante la presencia del Rey, eli-
giera éste las cien más hermosas destinadas a los
harenes musulmanes.
Llegaron los guerreros buscadores de jóvenes a
Illés (actual Aviles). Alojáronse en la primera casa
que encontraron a la entrada del pueblo, donde
habitaba un matrimonio con una bellísima hija lla-
mada Galinda. La madre, que salió a abrir, se
alarmó al ver a los soldados, pensando que vendrían
por su hija para pagar el vergonzoso tributo; pero
los soldados la tranquilizaron fingiendo que iban a
cumplir otra misión del Rey y que al día siguiente
emprenderían de nuevo su camino, sin darle más

molestias que las de su alojamiento.

 Pensó la madre, de todos modos, ocultar a
 su hermosa hija,para que aquellos soldados no 
pudieran contem-plaría. Pero Galinda, que 
había ido a la fuente poragua, entró cantando 
en su casa, sin sospechar la
presencia de aquellos guerreros. La doncella, que
era muy inteligente, procuró atraerse la simpatía de
los forasteros, cantándoles bellas canciones y eje-
cutando primorosas danzas ante ellos, que la con-
templaban extasiados. Por último, la joven les
ofreció bailar una danza que sólo debía ejecutarse en
el campo y a la luz de la luna, y aquella misma
noche, a petición de los soldados, salieron de la
casa dispuestos a presenciar la misteriosa danza.
Galinda se alejó del grupo, con el pretexto de elegir
sitio para bailar, y, una vez separada de ellos,
corrió hasta una fuente, pretendiendo esconderse
junto a ella. Allí oyó una voz dulce y melodiosa,
que le decía: «Si quieres ser tú mi xana, vivirás días
dichosos». La joven preguntó; «¿Qué debo hacer
para convertirme en xana?». Y oyó de nuevo: «Bebe
un sorbo de mi agua y te verás libre de los soldados
del Rey y acabarás con el tributo».
Galinda se arrodilló junto a la fuente y apro-
ximó sus labios a las aguas, sorbiéndolas con ansie-
dad, y vio que las aguas se separaban para recibirla
en su seno.
Los soldados, desorientados, empezaron a buscar
a Galinda, repitiendo su nombre a grandes gritos,
que resonaban por las montañas, sin que nadie más
que el lejano eco les contestara. Después de bus-
carla hasta muy avanzada la noche, viendo que no
la encontraban, se volvieron a casa a descansar y
esperar a que fuera de día. Apenas empezaba a
amanecer, se levantaron los soldados y salieron 
dispuestos a buscarla de nuevo. Al llegar a una
fuente, oyeron un melodioso canto y se ocultaron
para observar mejor. Desde allí vieron a Galinda,
que se había transformado en una maravillosa xana
de belleza sobrenatural, que al borde de la fuente
peinaba sus largos y sedosos cabellos rubios con un
peine de oro.
Los soldados salieron de su escondite, queriendo
sorprenderla y apoderarse de ella; pero la xana los
miró fijamente con sus ojos verdes, y al instante se
convirtieron en carneros, que pastaban por aquellas
praderas, en torno a la fuente.
Pasaban los días, y eí Rey estaba impaciente
porque sus soldados no volvían, y mandó nuevas
tropas para que fuesen a indagar lo que les había
ocurrido. Llegaron a Illés las nuevas fuerzas y bus-
caron por todas partes a los soldados del Rey. Al
llegar a la fuente, vieron a una xana que estaba
hilando, con su rueca y su huso, blanquísimos copos
de lana, y rodeada de un rebaño de corderos. Se
acercaron a ella, y al mirarlos con fijeza, se convir-
tieron también en borregos, con los que se aumentó
el rebaño de la xana.
El Rey empezaba a alarmarse por la tardanza de
los segundos guerreros enviados y la carencia abso-
luta de noticias suyas. Seguro ya de que algo ocurría,
mandó reunir las fuerzas que en su guarnición le
quedaban, y al frente de ellas marchó sobre Illés,
dispuesto a castigar con saña a aquel pueblo, que
probablemente se había opuesto a sus mandatos.
Cuando llegó al lugar, tuvo noticia de la misteriosa
desaparición de los soldados en la famosa fuente, y,
apresurado, se encaminó hacia ella, encontrando
allí a una muchacha de deslumbrante belleza que
tendía al sol sus madejas de lana, mientras que los
rebaños pastaban a su alrededor la jugosa y fresca
hierba de aquellas praderas. El Rey se dirigió a
ella, preguntándole, autoritario:
—Xana, ¿dónde están mis soldados?
—¿Qué soldados, señor?
—Los que yo mandé aquí para recoger a las
doncellas.
—Los soldados que tú enviaste, señor, no eran
soldados, sino corderos.
El Rey, enfurecido, contestó:
—Repito que eran soldados como estos que
vienen detrás de mí.
La xana contestó burlona:
—También son corderos, y puedes ser el pastor.
El Rey volvió la cabeza y encontró que le seguía
un rebaño numeroso de corderos, que balaban, y,
aterrado, contempló que sus ricos trajes de armadura
se habían convertido en las pobres vestiduras de un
pastor, sin más atributos que un zurrón y un cayado
en su mano rugosa y quemada por los aires y el sol.
Con voz temblorosa, suplicó humildemente a
xana que desencantara a sus soldados y que a él le
volviera a su regia figura, a cambio de lo que ella
quisiera.
La xana le respondió que tenía en su mano elegir
entre tener un ejército de soldados y un rebaño de
carneros, pues si no renunciaba al tributo de las
cien doncellas, no desencantaría a sus guerreros y
seguiría aumentando su rebaño con cuantos sol-
dados aparecieran en busca de doncellas asturianas.
El Rey le prometió romper el pacto con los moros
y le dio palabra de no volver a tomar a ninguna
joven. Y al momento todos los corderos y carneros
se convirtieron de nuevo en soldados y el Rey
volvió a recobrar su figura, y con todo el ejército
recuperado regresó a Pravia, donde tenia su cuartel
general.
Desde palacio mandó un mensaje a los musul-
manes refiriendo el hecho y rompiendo el pacto,
ante la imposibilidad de cumplirlo por la negativa
de la xana.
Desde entonces no volvieron los soldados a re-
coger nuevas doncellas, gracias a la bella Galinda,
que perpetuó su memoria en Avilés.