Sucedió una vez que una hiena se encontró un hueso; lo toma, y se lo lleva en las fauces.
Como ese día la Luna brillaba con hermosa luz, el agua estaba en calma; la hiena suelta el hueso al ver la Luna en el agua y quiere apoderarse de ella, pensando que era carne. Hunde la cabeza en el agua hasta más arriba de las orejas y no encuentra nada. El agua se agita y se enturbia. La hiena vuelve a la orilla y se queda quieta. El agua se aclara. La hiena da un salto, y trata de hacer presa, creyendo apoderarse de la Luna, que le parece carne porque la ve brillar en el agua; sólo coge un poco de agua, que se le escurre de las fauces, y se enturbia nuevamente. La hiena se retira a la orilla.
Llega otra hiena, se apodera del hueso, y se va, dándole tranquilamente la espalda a la otra. Por fin amanece, y la Luna se atenúa con la luz del día. La hiena fracasa.
Vuelve otro día, hasta que el lugar donde nada encuentra está todo pisoteado.
Entonces, rieron mucho a costa de la hiena, viéndola correr continuamente al agua, morderla, y escurrírsele el agua de las fauces, y volver una y otra vez sin alcanzar nada. Para reírse de un hombre, se dice: «Eres como la hiena que tiró el hueso y no logró nada, porque veía la Luna en el agua».
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jueves, 28 de febrero de 2019
Amaavukutu
Sucedió en el comienzo, en la primera aparición de la fuente de la vida, que unas palomas montaraces fueron a una casa. Allí encontraron a una mujer, sentada afuera. Entraron, y dispersaron las cenizas por la casa. La mujer grita. Era casada, no tenía hijos. Y dice:
—Han venido a burlarse de mí; han visto que no tengo hijos. Han desparramado las cenizas.
Entonces, llegan seis palomas. Una dice:
—Vukutu.
La otra pregunta:
—¿Por qué dices Vukutu?
La primera repite:
—Vukutu.
La otra insiste:
—¿Por qué dices Vukutu?
Esto ocurría en presencia de la mujer.
Entonces la primera paloma dice:
—Toma una espina y aráñate.
La otra repite:
—Vukutu.
La segunda, continúa:
—Toma una espina y aráñate. Recoge un coágulo de sangre, ponlo en un cacharro. Ciérralo por abajo, tenlo apartado ocho meses. Ciérralo por abajo, y al octavo mes, destápalo.
La mujer lo destapa y encuentra un niño. En el cacharro, el coágulo tenía un niño al lado.
La paloma dice a la mujer:
—Toma el niño, ponlo en un saco y dale de comer.
Llega otra y dice:
—Envuélvelo en sus pañales y ponlo detrás de la casa; acuéstalo, que no lo vean las demás mujeres; dale de comer en abundancia, de manera que crezca inmediatamente.
Entonces, el niño creció inmediatamente. De noche, llega el marido. La mujer enciende buena lumbre. El marido no sabía nada del niño; el niño era solamente el hijo del coágulo. La mujer va a buscarlo, lo trae a la parte delantera de la casa, se sienta, y lo coloca ante sí. Toma el alimento del niño, se lo pone delante, y dice:
—Esta es tu comida. Come un poco, hijo mío.
El marido, asombrado pregunta:
—¿De dónde has sacado este niño? ¿Qué niño es este?
La mujer responde:
—Es mi hijo, el hijo de un coágulo de mi sangre, el hijo de las palomas que me han comunicado la sabiduría. Me dijeron que me arañase y cortase yo misma, que tomara un coágulo y lo pusiese en un cacharro, y que se convertiría en un niño.
Entonces, el marido se regocija, le da las gracias, y dice:
—Hoy me siento feliz y contento. Ahora ya tienes un hijo.
Está muy bien.
—Han venido a burlarse de mí; han visto que no tengo hijos. Han desparramado las cenizas.
Entonces, llegan seis palomas. Una dice:
—Vukutu.
La otra pregunta:
—¿Por qué dices Vukutu?
La primera repite:
—Vukutu.
La otra insiste:
—¿Por qué dices Vukutu?
Esto ocurría en presencia de la mujer.
Entonces la primera paloma dice:
—Toma una espina y aráñate.
La otra repite:
—Vukutu.
La segunda, continúa:
—Toma una espina y aráñate. Recoge un coágulo de sangre, ponlo en un cacharro. Ciérralo por abajo, tenlo apartado ocho meses. Ciérralo por abajo, y al octavo mes, destápalo.
La mujer lo destapa y encuentra un niño. En el cacharro, el coágulo tenía un niño al lado.
La paloma dice a la mujer:
—Toma el niño, ponlo en un saco y dale de comer.
Llega otra y dice:
—Envuélvelo en sus pañales y ponlo detrás de la casa; acuéstalo, que no lo vean las demás mujeres; dale de comer en abundancia, de manera que crezca inmediatamente.
Entonces, el niño creció inmediatamente. De noche, llega el marido. La mujer enciende buena lumbre. El marido no sabía nada del niño; el niño era solamente el hijo del coágulo. La mujer va a buscarlo, lo trae a la parte delantera de la casa, se sienta, y lo coloca ante sí. Toma el alimento del niño, se lo pone delante, y dice:
—Esta es tu comida. Come un poco, hijo mío.
El marido, asombrado pregunta:
—¿De dónde has sacado este niño? ¿Qué niño es este?
La mujer responde:
—Es mi hijo, el hijo de un coágulo de mi sangre, el hijo de las palomas que me han comunicado la sabiduría. Me dijeron que me arañase y cortase yo misma, que tomara un coágulo y lo pusiese en un cacharro, y que se convertiría en un niño.
Entonces, el marido se regocija, le da las gracias, y dice:
—Hoy me siento feliz y contento. Ahora ya tienes un hijo.
Está muy bien.
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