EL CALENDARIO ROMANO
La vida religiosa, política y civil de los romanos se regía por un calendario de importación etrusca o preetrusca. Nos ha llegado hasta nosotros en gran parte, esculpido en piedra, bien que estos fragmentos datan de los últimos años republicanos y primeros tiempos imperiales. La tradición atribuye a Numa, el piadoso rey, el establecimiento de las bases del calendario. Por eso, los citados restos toman el nombre de dicho monarca: Calendario de Numa. Los elementos solares provendrían de Babilonia y los lunares de los pueblos itálicos. La coordinación final la habrían llevado sacerdotes de origen etrusco.
Para ayudarnos a reconstruir la agenda estatal de festividades religiosas de la antigua Roma, contamos también con otra fuente de incalculable valor. Se trata de los Fastos (Fasti) del poeta Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.), un largo poema de 4772 versos en el que describe mes a mes y día a día las festividades romanas de la primera mitad del año. Su plan era terminarlo, pero por circunstancias desconocidas nunca lo hizo.
En los tiempos primitivos los romanos poseían un año de diez meses. Pero no es que dividieran el año decimalmente (de diez en diez meses, cada uno de los cuales dividido de diez en diez días, décadas en lugar de semanas), sino que calculaban diez meses desde marzo a diciembre e ignoraban los meses muertos de enero y febrero.
Así, el año romano primitivo se «iniciaba» en el mes de marzo, Mars, dedicado a Marte, a continuación venía abril, Aprilis, derivado de aperire = abrir, porque la tierra «se abre en este mes». Entonces venía mayo, dedicado a Maia, una diosa antiquísima quizás esposa o compañera de Vulcano. Seguía junio, consagrado a la deidad etrusca Uni o Juno. Los restantes meses se trataba de numerales: quintilis y sextilis, quinto y sexto, después desde septiembre a diciembre del séptimo al décimo. En la época imperial, quintilis y sextilis fueron sustituidos por julio y agosto en honor de Julio César y de Octavio Augusto.
Los etruscos introdujeron enero y febrero, dando así vida a los meses muertos. Enero estaría dedicado a Jamis (Jano) el dios de las puertas, de las entradas, pero, expulsada la dinastía etrusca a fines del siglo VI a. C., este plan fracasó y el primero de marzo continuó siendo el primero del año hasta mediado el siglo II a. C.
El mes de febrero se consagró a Februus o Februs (Februo), dios de los muertos, identificado más tarde con Plutón. Personificaba el rito de purificación, realizado sobre los difuntos para que no hicieran daño, o molestaran.
Este calendario era lunar. Marzo, mayo, quintilis y octubre eran de 31 días, febrero de 28 y los restantes de 29, sumando en total 355 días. Como doce lunas no llegan a sumar el año solar, para tener aproximadamente el calendario en relación con el año solar, se intercalaba de cuando en cuando un mes, colocándolo entre el 23 y el 24 de febrero.
Julio César, que como Pontífice Máximo era responsable del calendario, advirtió que el año oficial había sobrepasado en tres meses el año solar. Para subsanar esto, encargó entre el 46 y el 45 a. C., al matemático griego Sosígenes, la adecuación de un calendario egipcio comprobado. Esta reforma dio como resultado el Calendario Juliano (de Julio César, su impulsor), usado todavía en ciertas iglesias orientales y en el Occidente europeo hasta 1582, año en que el Papa Gregorio XIII, lo corrigió y es el que todavía utilizamos en la actualidad.
El mes lunar tenía tres puntos señalados: calendae, el primer día (de donde viene la palabra calendario); dies (idus), la luna llena, y nonae, a medio camino, llamado de esta manera porque se trataba del día noveno, contando desde la luna llena inclusive.
Se llamaba calendae, o avisos, el primer día porque en este día los pontífices, utilizando una fórmula ancestral, avisaban desde el Capitolio si las nonae caerían el séptimo o el noveno día del mes, variación impuesta por la variación de duración de los meses. Así se fijaban los días de luna nueva, cuarto creciente y luna llena. Los famosos idus, recordados por el asesinato Je Julio César (los idus de marzo del año 44 a. C.) correspondían al día 15 de marzo, mayo, junio y octubre; el 13 en los meses restantes.
LAS FESTIVIDADES
Imperfecto, confuso, inexacto o no, el calendario introdujo un orden definido en las prácticas religiosas de los romanos considerados como cabezas de familia o como miembros de la misma y como ciudadanos romanos.
Actuaba pues como una agenda en la que existían 235 días fasti (fastos), hábiles, en los cuales se podían realizar negocios y administrar justicia, y los nefastos (feriados o festivos, aunque no todos funestos o de mal agüero). Entre los días fastos se contaban los 192 comiciales, en especial propicios para la vida política. Existían también días mixtos, en los que sólo ciertas horas eran nefastas.
En el mes de marzo, hacia el 23, los hermanos Salios, sacerdotes saltadores de Marte, bailaban su danza blandiendo las espadas y golpeando los escudos sagrados llamados ancilia, cuyo original se decía que había caído del cielo. Los sacerdotes iban vestidos como los antiguos guerreros latinos y el objetivo de la danza, en la que se invocaba no solamente a Marte sino también a Saturno, dios de la siembra, era doble: hacer huir a todos los espíritus malignos que habían entrado en la ciudad durante el invierno y, con los saltos, simular el crecimiento mediante la denominada magia simpática o imitativa.
El día 19 se purificaban los escudos y el 23 las trompetas. El 14 lo hacían los caballos del ejército. Así pues, las espadas, escudos y caballos, la base militar, se ponían en buen orden espiritual-religioso durante el mes de marzo, consagrado a Marte. El 27 de febrero existían una purificación previa de los caballos. El 24 existía una festividad denominada huida del rey (¿el último rey, Tarquinio el Soberbio?).
Con la llegada del octubre se terminaba la estación bélica y era necesario someterse a un segundo proceso de purificación. El día 19 los Salios plantaban los escudos para significar que se había terminado el período de las acciones militares.
El mes de abril se hallaba más relacionado con la agricultura. El día 15 se sacrificaba una vaca preñada a Tellus, la diosa Tierra y se incineraba el ternero nonato, con el probable fin de asegurar la fertilidad de las semillas. El 19 la fiesta era a la diosa Ceres. El 21 a Pales, el antiquísimo dios rústico que había precedido incluso a la fundación de Roma. Se trataba de una purificación del ganado antes de que marchara a pastorear, a semejanza de lo realizado con el ejército antes de salir para una campaña.
Como se creía que Roma había sido fundada aquel día 21 de abril del 753 de nuestra Era, el 21 de abril era día grande para la ciudad. El 23 se buscaba la protección para las viñas (fiestas vinalias) y el 25, cuando se iniciaba la formación de la espiga, se invocaba formalmente al Róbigo malo para que no perjudicara.
Al término del mes de mayo se purificaba la totalidad de lo que se denominaba el campo romano o dominio del Estado. La ceremonia corría a cargo de los hermanos Arvales, cuya misión era llevar la fertilidad a los campos. Se trataba de una fiesta móvil, que dependía del tiempo atmosférico y el tiempo real solar; por esto no figuraba en el calendario oficial.
Los días 14 o 15 de mayo una solemne procesión visitaba las 27 capillas de la ciudad, llamadas Argeos, en donde recogían muñecos de paja que probablemente se habían colocado dos meses antes; como 27 era tres veces 9 tenía un significado mágico. Los pontífices, las vestales, los pretores y todos los ciudadanos que podían asistir a estas ceremonias legalmente, llevaban estos muñecos al Puente Sublicio, puente de madera debajo del Palatino, única comunicación entre las dos orillas que había defendido el héroe Horacio Cocles. Inmediatamente después del sacrificio arrojaban los muñecos al Tíber. De esta manera se lanzaban hacia el mar todos los males acumulados el año anterior o bien se pacificaba al dios río por el hecho de que aquel puente ahorraba a las gentes tener que mojarse en él para pasar a la otra orilla o bien ahogarse en él mismo, lo cual equivalía a robar una presa a la divinidad. Con esta interpretación se relacionaría la palabra pontifex (pontífice), literalmente hacedor de puentes, por eso eran los encargados-penitentes, como culpables que eran, de intentar aplacar al dios río.
En junio, la tarea más importante de las fiestas era la limpieza de la despensa de Vesta, para prepararla para recibir el grano de la nueva cosecha. Las festividades de las cosechas se iniciaban en agosto: las consualias, el 21, y las opisconsivas, el 25, y se relacionan con el almacenaje de la nueva cosecha. En medio de las dos se hallaban las vulcanalia, para proteger a los pajares de los incendios y fuegos por accidente más frecuentes en tiempo caluroso.
El 17 de diciembre tenían lugar las saturnales. Saturno se relaciona con una raíz que significa sembrar. Poco antes se realizaban unas segundas consualias y unas opalia. Las saturnales terminaron siendo una alegre fiesta invernal que, olvidado su origen agrícola, servía para animar el espíritu poco antes del tiempo más crudo del año, y la fiesta cristianizada fue nada menos que nuestra Navidad.
EL SACERDOCIO
En los tiempos más remotos, el supremo sacerdote de Roma fue el rey. Caída la monarquía, sus poderes religiosos los heredó el rex sacrorum, que siglos más tarde perdió su supremacía en favor del pontífice máximo y únicamente tuvo por misión proclamar las festividades, dirigir el culto a Jano, así como ciertos sacrificios.
Entre los sacerdocios más primitivos, atribuidos según la tradición al piadoso rey Numa, se hallaba el de los flamines, término derivado de flamen, proveniente de la misma raíz indoeuropea que la palabra sánscrita (lengua india sagrada desaparecida) brahmán. Los flamines llegaron a ser quince y cada uno se adscribió vitaliciamente a un dios. Los principales flamines maiores eran los de Júpiter, Marte y Quirino.
El de Júpiter era el más importante y recibía el nombre de Flamen Dialis. Se hallaba rodeado por una extraordinaria cantidad de tabúes que nos dejan conjeturar su origen ancestral. Así no podía comer ni beber nada fermentado (es decir, entre otras cosas ni pan ni vino) ni mirar armas, ni hombres armados o entregados al trabajo, ni cadáveres, ni tocar un caballo, un nudo o un anillo. Todo ello entre decenas de otras prohibiciones y deberes positivos. Tampoco les estaba permitido pasar una noche fuera de casa.
El sacerdocio romano era comparable a una magistratura, en cuanto significaba una forma de servir al Estado y no suponía una vocación ni una santidad especial. Su dedicación era vitalicia y constituían colegios (semejantes a los colegios profesionales de hoy día) especializados en aspectos específicos del culto.
Los cónsules representaban a la ciudad ante sus dioses y efectuaban los sacrificios públicos, presidiendo las festividades, inaugurando templos o consultando los auspicios. El Paterfamilias, por su parte, fue siempre el oficiante del culto doméstico.
Así pues, los sacerdotes romanos tenían el carácter de mediadores necesarios entre los humanos y las divinidades, a la manera de peritos sagrados, expertos en el oficio de realizar el ceremonial formulista que constituyó el único lenguaje que sólo los dioses admitían.
El colegio más alto e importante de los sacerdotales fue el de los pontífices o «constructores de puentes», oficio remontado al de las invasiones itálicas, tiempo en el que tal saber técnico era de importancia transcendental para salvar los ríos y abismos cómodamente. Al llegar la época histórica no sabemos porque transformación se convierten en los supremos guardianes de la pureza de los ritos cumplidos tanto por los magistrados como por los particulares. Las autoridades tenían la obligación de consultarlos y seguir sus prescripciones en los casos de duda que se presentaran respecto de los deberes religiosos del Estado; su presencia en todas las ceremonias públicas constituía la plena garantía de la exactitud de las invocaciones, ofrendas y plegarias.
Los pontífices aumentaron de tres a quince, fueron elegidos primero por el propio colegio llenando las vacantes que se producían y después lo hicieron los comicios por tribus de entre los candidatos presentados por la corporación. A su cabeza se colocó el pontifex maximus, que pronto se convirtió en el principal jerarca religioso de Roma; sus atribuciones le llevaban a designar a los flamines, al rex sacrorum y a las vestales, y le estaban reservados exclusivamente diversos sacrificios. Custodiaba los Libros Pontificios, recopilación de plegarias y ritos, los Grandes Anales y los Comentarios, redactados por el colegio, que reunían los acontecimientos considerados importantes y la jurisprudencia jurídico-religiosa.
Los augures poseían como misión consultar la voluntad de los dioses y verificar su consentimiento antes de las reuniones de las asambleas para las elecciones o para tratar cualquier otro negocio público, según las diversas formas de adivinación, en especial de origen etrusco, y a las que nos referiremos en el culto. Explicaban el significado de los prodigios que después eran conjurados por los pontífices; se trataba pues de los intérpretes de las decisiones divinas.
Los arúspictsse encargaban de la adivinación por medio del examen de las entrañas, haru, en etrusco, de los animales sacrificados. Se trataba de adivinos extranjeros entre los que se contaban verdaderos «especialistas» de origen generalmente etrusco.
De las seis Vestales ya hemos hablado en el lugar de la descripción de la diosa Vesta. Lo propio hemos realizado en su lugar con los hermanos salios —danzantes— sacerdotes de Marte, los arvales, los lupercos, que ejecutaban ritos primitivos con residuos de magia, acompañados de un latín tan arcaico que pronto fue incomprensible. Los feciales se ocupaban de la declaración de la guerra y de las conclusiones de los tratados de paz y alianza.
Por último los sodalicios eran fraternidades de origen gremial a las que, a fines de la república y con el imperio, el Estado encomendaba el culto a una determinada divinidad.
EL CULTO
Los primitivos altares con los que se marcaban los lugares que se entendían frecuentados por los dioses cedieron pronto su importancia a los templos. Sin embargo, continuaron ofreciéndose culto en algunos altares aislados así como bosques y fuentes. Sea como fuere, el santuario pertenecía al dios y se debía limitar con exactitud por medio de un muro o un surco regular que se interrumpía por la entrada orientada hacia el oeste. Frecuentemente la piedad de los particulares levantaba altares callejeros, únicamente preparados para el culto público si los pontífices los dedicaban al dios.
La ceremonia del culto se componía básicamente de dos elementos, la oración y el sacrificio. Previamente se tomaban los auspicios, ceremonia efectuada también antes de los actos civiles: comicios, sesiones del senado, etc. y también antes de las operaciones militares: una batalla, un cruce de un río, una acampada; si los hombres no deseaban conocer previamente la voluntad divina los dioses quedaban resentidos y predispuestos para la venganza.
Con el tiempo, la oración perdió el carácter conminatorio de la primitiva fórmula mágica que intentaba predisponer a la divinidad de forma favorable o parando cualquier acción suya desagradable. Primero se la nombraba, si era conocida, o se usaban fórmulas de precaución si era malévola. Después se le solicitaba el favor deseado, rogándole que aceptara el sacrificio compensatorio. La plegaria se efectuaba rítmicamente y es casi seguro que en la mayoría de los casos se cantaba; tras el sacrificio se repetía, para dar por finalizada la ceremonia como si fuera un resumen de lo realizado.
AUSPICIOS Y ADIVINACIÓN
Los augures eran los sacerdotes especializados en presagiar acontecimientos. Interpretaban la voluntad de los dioses a través de distintos tipos de señales. El augur señalaba en el cielo con su lituus (bastón curvado) y con un templum, rectángulo cuyos lados correspondían a los cuatro puntos cardinales y dividido por una cruz, observaba el sur, aguardando la producción de los signos, que podía ser ex avibus, por la aparición de la aves, de las que según la especie importaba el número, el grito, la manera de volar y por dónde venían o cambiaban de dirección durante el vuelo. También presagiaban cosas funestas las que lo hacían volando a poca altura al contrario de las que volaban muy alto.
Ex coelo, fijándose en el trueno o el relámpago; o signos imprevistos —casi todos de mal agüero—, como el encontrarse concierto tipo de animales, un traspié o la caída de un objeto. Los fenómenos observados en el cielo a la izquierda de augur, al igual que el vuelo de las aves por provenir del este —región de la luz— eran favorables, los de la derecha funestos.
En una observación muy utilizada por los ejércitos o flotas en campaña eran los auspicia pullaria, vinculados a la forma de comer los pollos sagrados que los augures cuidaban en una jaula. Indicaban mal auspicio si al comer se mostraban inapetentes o al comer dejaban caer restos.
El búho era considerado como anuncio de grandes calamidades, mientras que la abeja, insecto sagrado y mensajero de los dioses, era portadora de buena suerte. El águila, ave sagrada de las legiones romanas, anunciaba desgracias imprevistas y tempestades.
Además de esta forma de augurar, que llegó a provocar la ironía de muchos romanos intelectuales como Cicerón, los augures interpretaban los sueños, así como las respuestas de los oráculos y preveían la ira de los dioses, aconsejando sobre cómo protegerse de ellos. El Estado llegó a sostener peculiarmente a seis augures oficiales.
LOS SACRIFICIOS
Constituían el acto más importante del culto. En el ritual doméstico eran incruentos, puesto que el paterfamilias ofrendaba fruta, vino y alimentos. Pero en el culto público, en general, eran cruentos. En ellos no cabía la improvisación, todo se hallaba reglamentado con extrema minuciosidad. Cada divinidad mostraba su predilección por una clase de ofrendas. A Ceres se le ofrecían cerdos, a Júpiter bueyes blancos, a Venus palomas, a Diana una cierva, etcétera.
Degollada la víctima, se dejaban a la vista las entrañas. Venían entonces los arúspices, sacerdotes de origen oriental y etrusco, y examinaban el estado de las mismas. Si detectaban una anomalía era interpretada como mal presagio y conllevaba que la víctima fuera rechazada y se escogiera otra. Una vez aceptada la víctima por los arúspices, se quemaban las entrañas y el resto de la carne se asaba y se ofrecía a los asistentes en una especie de ágape sagrado o comunión.
Tal vez el más típico de los sacrificios fuera el de la suo-ove-taurilia (suovetaurilia), consistente en la inmolación de un cerdo (suo), una oveja (ove) y un toro (taurilla) realizado en especial con motivo de la inauguración o restauración de un templo. Sacrificio realizado también por las familias pudientes en honor de Marte para invocarle su protección sobre las cosechas y el ganado (en este caso, el dios de la guerra posee, como tantos otros dioses romanos, sus atributos típicamente agrícolas).
Asimismo se consideraban sacrificios las lustraciones, purificaciones colectivas que se realizaban en circunstancias importantes y cada cinco años. De ahí la palabra lustro, que ha llegado hasta nuestra lengua.
LOS JUEGOS
Por último, hay que mencionar en el conjunto variopinto de la religión romana, los juegos (ludi). Al igual que las danzas accesorias de muchísimos actos de culto, parecen significar una expansión de energías destinadas a propiciar la fecundidad de la naturaleza. Los más notables fueron los ludi romani o ludi maximi y los ludi plebei, que tenían lugar respectivamente en los idus de septiembre y de noviembre. Después de un ofrecimiento de alimentos y un solemne desfile, se disputaban carreras de carros y competían púgiles por equipos. Paralelamente, se representaban piezas festivas de teatro o pantomimas. Todo ello, remedo de los juegos de origen griego.
Sin embargo, al igual que los combates de gladiadores (al parecer de origen etrusco) que tenían lugar primero con ocasión de los funerales y más tarde como complemento de los juegos, perderían con el tiempo su carácter religioso para asumir el de entretenimiento ofrecido por los magistrados al pueblo de las ciudades y en último término por el propio Emperador, para que la plebe no pensara en reivindicaciones políticas: en ellos se repartía trigo gratuito a los necesitados. De aquí la famosa expresión: panem et circenses = pan y circo.
LA GRAN MADRE
Hacia el año 205 a. C., consultados los Libros Sibilinos, los sacerdotes llegaron a la conclusión de que Aníbal, el gran cartaginés enemigo de Roma, quien aunque derrotado continuaba sus correrías en el sur de Italia, dejaría el país si se traía a Italia el ídolo asiático que simbolizaba la Gran Madre, conocida también como la diosa Cibeles. Se trataba de un aerolito negro esculpido que poseía el rey de Pérgamo (pequeño Estado surgido en Asia Menor a la muerte del gran Alejandro Magno), Atalo I, aliado de los romanos. Atalo escuchó los ruegos de éstos y les cedió la imagen.
Todo Roma se volcó en el puerto de Ostia cuando la estatua de la diosa desembarcó. El propio Escipión, el hombre fuerte en aquellos momentos, que llevaba la campaña contra el cartaginés, salió a recibirla y las más honradas matronas de la ciudad la transportaron en brazos hasta el Palatino, en donde fue solemnemente entronizada en el templo de la Victoria. La gran ceremonia significaba una prueba más de los lazos que unían a la ciudad del Tíber con la famosa y malograda metrópoli de Asia Menor: Troya.
Desde aquel día, 4 de abril del 205 a. C., se celebraron todos los años los Juegos Megalenses, de megala = grande, gran. Todas las familias aristocráticas latinas crearon gremios que se colocaron bajo la protección de la Gran Madre. Y así fue en efecto… Al año siguiente, Aníbal abandonaba el suelo de sus tenaces enemigos para no volver a él jamás.
Cibeles llega a Roma sin su compañero original, Atis, éste lo hará a su vez a partir del siglo I d. C., al parecer importado por los libertos (esclavos liberados) del emperador Claudio. El mito de Atis, pastor de genealogía divina, se halla impregnado de elementos sexuales. En sus fiestas de primavera se dramatizaba su muerte y resurrección por medio de flagelaciones y mutilaciones con cuchillos de pedernal cuya finalidad era fortalecer, por medio del derramamiento de sangre, los poderes generatrices de la tierra.
Según el poeta Ovidio, Atis era un pastor frigio de singular belleza que fue amado por la diosa Cibeles de forma casta. Sin embargo, la pasión se apoderó de la ninfa Sagaritis, que quiso unirse carnalmente con él. Cibeles, llena de celos, mató a la ninfa derribando el árbol cuya vida se hallaba ligada a él y enloqueció a su amado, que se autocastró. Arrepentida la diosa de lo que había desencadenado, volvió a colocar a Atis bajo su tutela y servicio. De aquí las extrañas y cruentas prácticas masoquistas.
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miércoles, 27 de febrero de 2019
Ceremonias fúnebres y vida de ultratumba en la mitología romana
Cuando un romano moría, al entierro iban sus manes, es decir, sus antepasados, representados por maniquíes voluntarios con las máscaras de cera que los identificaban. Se hallaba muy divulgada la creencia de que si no había alguien que se acordase de ellos e hiciese ofrendas en sus tumbas y las cuidase, sus almas andarían errantes y sin sosiego hasta llegar a convertirse en espíritus de influencia nociva. Para evitar este mal, una vez al año, en las fiestas funerarias (semejantes a nuestro Día de los difuntos) se ofrecían en sus tumbas alimentos y bebidas, flores y obsequios, al margen de la oración diaria de la familia y del recuerdo que representaban las mascarillas de cera de los difuntos que colgaban de las paredes de la casa; otras veces se trataba de imágenes completas.
Pero no todos los espíritus de los muertos eran propicios por el mero hecho de acordarse de ellos. Los lemures representaban funciones opuestas a las de los manes. Se trataba de espectros malévolos que podían dañar y atormentar a los vivos, y con el fin de alejarla de la casa y sus moradores, el padre, a la media noche de los días 9, 11 y 13 de mayo, después de lavarse las manos en señal de purificación, echaba puñados de habas negras hacia atrás para que les sirviera de alimento y así apaciguarlos, tal como volveremos a insistir reiteradamente.
Las larvae, o larvas, eran los espíritus de los criminales y de las personas desaparecidas en muerte trágica. Podían actuar sobre los vivos produciéndoles trastornos mentales, que intentaban contrarrestar haciendo uso de los exorcismos conocidos por la propia familia o con la intervención de alguna bruja o hechicero, que pronunciaba las palabras de conjuro al tiempo que suministraba toda clase de pócimas para defenderse de ellas.
El entierro constituía pues una de las ceremonias más solemnes de un romano, a la que asistían «además de los antepasados» todos los miembros de la familia del finado. A los muertos se les incineraba y las cenizas se guardaban en urnas que se colocaban en unos lugares llamados columbarios (de columba = paloma, por tener cada uno de ellos la forma de un nido de paloma, con todo su símbolo de paz que significa además esta mansa ave). También se efectuó la inhumación de cadáveres en los panteones construidos en las afueras de las ciudades. El cristianismo, siguiendo al pie de la letra el dogma de la «resurrección de los muertos», generalizó esta práctica, por considerar más fácil éstas con un cadáver inhumado que incinerado… Un interesante cementerio in situ puede contemplarse en la Plaza de la Villa de Madrid, de Barcelona: data del siglo III d. C.
Dejando aparte la «vida» de los lemures y larvas, la noción de castigo o premio y de Infierno o de vida feliz para los «buenos» es confusa entre los romanos y se vale de toda serie de aportaciones mitológicas, en especial etruscas y griegas.
Entre los poetas latinos, algunos han colocado el Infierno en las regiones subterráneas, situadas directamente debajo del lago Averno (Averno o Infierno son pues sinónimos) en la campiña de Roma, con motivo de los vapores envenenados que se elevaban de este lago antiguo. Según los romanos, los infiernos se dividían en siete lugares diferentes. El primero encerraba los niños muertos al nacer, que no habiendo probado ni las penas, ni los placeres de la vida, no habían contribuido ni a la dicha ni a la felicidad de los hombres y no podían, por consiguiente, ser castigados ni premiados. El segundo lugar estaba destinado a los inocentes condenados a muerte. El tercero contenía a los suicidas. En el cuarto, denominado Campo de lágrimas, erraban los amantes perjuros, y sobre todo la multitud de amantes desgraciados. El quinto lugar era habitado por los héroes cuya crueldad había oscurecido el valor. El sexto era el Tártaro, lugar de los tormentos y el séptimo los Campos Elíseos. Plutón y Proserpina son la pareja reinante de este «mundo» infernal.
Los Campos Elíseos o Elisios son la morada de las sombras virtuosas, la séptima división del Infierno. Reinaba en ellos una eterna primavera y el soplo de los vientos no se hacía sentir sino para esparcir el aroma y el perfume de las flores. Jamás los rayos del sol ni de los astros fueron interceptados por las nubes. Florestas de rosales de mirto y de otras mil plantas y árboles olorosos embellecían la morada de las sombras justas. El Leteo corría por él con un dulce murmullo y sus aguas tenían la propiedad de hacer olvidar los males de la vida. Una tierra siempre fértil renovaba sus producciones tres veces al año, y presentaba alternativamente las flores y los frutos.
Sin ningún dolor, sin sombra de vejez, conservaban eternamente los manes afortunados la edad en que habían sido más felices. Allí se disfrutaban los placeres que más habían gustado, durante su vida: la sombra de Aquiles hacía la guerra a las bestias feroces. Robustos atletas se ejercitaban en la lucha: ancianos alegres se invitaban recíprocamente a los banquetes. A los bienes físicos se reunían la ausencia de los males del alma. La ambición, la avaricia, la envidia y todas las viles pasiones que agitan a los mortales no podían alterar la calma de los habitantes de los Elíseos. Saturno, soberano de esta morada feliz, reinaba en ellos con Rhea, haciendo revivir la Edad de Oro. Otras versiones los hacían gobernar por las sabias leyes de Radamanto.
Unos situaron los Campos Elíseos en la Luna, otros en las islas Canarias o Afortunadas, otros en las Seetland o en Islandia (Thule), los más en la extremidad de la tierra, y en las orillas del Océano, en las islas Blancas del Mar Negro (Ponto Euxino), cerca de las estatuas o columnas de Hércules en Hispania, etcétera.
Los romanos sólo creían en las penas eternas para los grandes malvados. El suplicio de los demás cesaba después del tiempo prescrito por los jueces del infierno. Nada manchado con el vicio entraba en los Campos Elíseos; pero el infeliz que sólo había sido débil, cuyo corazón había gemido con los remordimientos, no era desterrado de ellos para siempre y, tras haber sufrido un castigo justo y necesario, se lo volvía a la tranquilidad y la dicha.
DIOSES PROPIAMENTE ROMANOS Y SUS ATRIBUCIONES
Pero no todos los espíritus de los muertos eran propicios por el mero hecho de acordarse de ellos. Los lemures representaban funciones opuestas a las de los manes. Se trataba de espectros malévolos que podían dañar y atormentar a los vivos, y con el fin de alejarla de la casa y sus moradores, el padre, a la media noche de los días 9, 11 y 13 de mayo, después de lavarse las manos en señal de purificación, echaba puñados de habas negras hacia atrás para que les sirviera de alimento y así apaciguarlos, tal como volveremos a insistir reiteradamente.
Las larvae, o larvas, eran los espíritus de los criminales y de las personas desaparecidas en muerte trágica. Podían actuar sobre los vivos produciéndoles trastornos mentales, que intentaban contrarrestar haciendo uso de los exorcismos conocidos por la propia familia o con la intervención de alguna bruja o hechicero, que pronunciaba las palabras de conjuro al tiempo que suministraba toda clase de pócimas para defenderse de ellas.
El entierro constituía pues una de las ceremonias más solemnes de un romano, a la que asistían «además de los antepasados» todos los miembros de la familia del finado. A los muertos se les incineraba y las cenizas se guardaban en urnas que se colocaban en unos lugares llamados columbarios (de columba = paloma, por tener cada uno de ellos la forma de un nido de paloma, con todo su símbolo de paz que significa además esta mansa ave). También se efectuó la inhumación de cadáveres en los panteones construidos en las afueras de las ciudades. El cristianismo, siguiendo al pie de la letra el dogma de la «resurrección de los muertos», generalizó esta práctica, por considerar más fácil éstas con un cadáver inhumado que incinerado… Un interesante cementerio in situ puede contemplarse en la Plaza de la Villa de Madrid, de Barcelona: data del siglo III d. C.
Dejando aparte la «vida» de los lemures y larvas, la noción de castigo o premio y de Infierno o de vida feliz para los «buenos» es confusa entre los romanos y se vale de toda serie de aportaciones mitológicas, en especial etruscas y griegas.
Entre los poetas latinos, algunos han colocado el Infierno en las regiones subterráneas, situadas directamente debajo del lago Averno (Averno o Infierno son pues sinónimos) en la campiña de Roma, con motivo de los vapores envenenados que se elevaban de este lago antiguo. Según los romanos, los infiernos se dividían en siete lugares diferentes. El primero encerraba los niños muertos al nacer, que no habiendo probado ni las penas, ni los placeres de la vida, no habían contribuido ni a la dicha ni a la felicidad de los hombres y no podían, por consiguiente, ser castigados ni premiados. El segundo lugar estaba destinado a los inocentes condenados a muerte. El tercero contenía a los suicidas. En el cuarto, denominado Campo de lágrimas, erraban los amantes perjuros, y sobre todo la multitud de amantes desgraciados. El quinto lugar era habitado por los héroes cuya crueldad había oscurecido el valor. El sexto era el Tártaro, lugar de los tormentos y el séptimo los Campos Elíseos. Plutón y Proserpina son la pareja reinante de este «mundo» infernal.
Los Campos Elíseos o Elisios son la morada de las sombras virtuosas, la séptima división del Infierno. Reinaba en ellos una eterna primavera y el soplo de los vientos no se hacía sentir sino para esparcir el aroma y el perfume de las flores. Jamás los rayos del sol ni de los astros fueron interceptados por las nubes. Florestas de rosales de mirto y de otras mil plantas y árboles olorosos embellecían la morada de las sombras justas. El Leteo corría por él con un dulce murmullo y sus aguas tenían la propiedad de hacer olvidar los males de la vida. Una tierra siempre fértil renovaba sus producciones tres veces al año, y presentaba alternativamente las flores y los frutos.
Sin ningún dolor, sin sombra de vejez, conservaban eternamente los manes afortunados la edad en que habían sido más felices. Allí se disfrutaban los placeres que más habían gustado, durante su vida: la sombra de Aquiles hacía la guerra a las bestias feroces. Robustos atletas se ejercitaban en la lucha: ancianos alegres se invitaban recíprocamente a los banquetes. A los bienes físicos se reunían la ausencia de los males del alma. La ambición, la avaricia, la envidia y todas las viles pasiones que agitan a los mortales no podían alterar la calma de los habitantes de los Elíseos. Saturno, soberano de esta morada feliz, reinaba en ellos con Rhea, haciendo revivir la Edad de Oro. Otras versiones los hacían gobernar por las sabias leyes de Radamanto.
Unos situaron los Campos Elíseos en la Luna, otros en las islas Canarias o Afortunadas, otros en las Seetland o en Islandia (Thule), los más en la extremidad de la tierra, y en las orillas del Océano, en las islas Blancas del Mar Negro (Ponto Euxino), cerca de las estatuas o columnas de Hércules en Hispania, etcétera.
Los romanos sólo creían en las penas eternas para los grandes malvados. El suplicio de los demás cesaba después del tiempo prescrito por los jueces del infierno. Nada manchado con el vicio entraba en los Campos Elíseos; pero el infeliz que sólo había sido débil, cuyo corazón había gemido con los remordimientos, no era desterrado de ellos para siempre y, tras haber sufrido un castigo justo y necesario, se lo volvía a la tranquilidad y la dicha.
DIOSES PROPIAMENTE ROMANOS Y SUS ATRIBUCIONES
Castor y Pólux
Su culto se introdujo desde Grecia a través de Tusculum. Tradicionalmente fue inaugurado el año 449 a. C., después de que los gemelos divinos lucharan a favor de los romanos en la batalla del lago Regilio. A la sazón los romanos se hallaban empeñados en derrotar a una poderosa coalición enemiga. En lo más tremendo de la lucha, cuando el combate tomaba mal cariz para los romanos, Cástor y Pólux aparecieron de repente a caballo de blancos corceles y armados con refulgentes corazas. Con esta ayuda sobrenatural, los romanos consiguieron una gran victoria.
En Roma, la gente esperaba con angustia el resultado del difícil combate. Los brillantes jinetes aparecieron entonces en el Foro. Se detuvieron ante el templo de Vesta, desmontaron y lavaron a sus corceles alados en la fuente Juturna. Después volvieron a montar y desaparecieron.
Los romanos se dieron entonces cuenta de que la intervención sobrenatural de los dioses gemelos indicaba las preferencias de éstos en la lucha. Agradecidos, levantaron un templo en el Foro en honor de Cástor y Pólux, cercano al de Vesta, y desde entonces los tuvieron como protectores de Roma. Todavía hoy existe el recuerdo del lago por una cisterna rectangular de piedra, así como tres columnas del templo que Augusto construyó por tercera vez. También se asociaron los Gemelos con el comercio; su santuario poseía bajo sus órdenes una oficina de pesos y medidas.
En Roma, la gente esperaba con angustia el resultado del difícil combate. Los brillantes jinetes aparecieron entonces en el Foro. Se detuvieron ante el templo de Vesta, desmontaron y lavaron a sus corceles alados en la fuente Juturna. Después volvieron a montar y desaparecieron.
Los romanos se dieron entonces cuenta de que la intervención sobrenatural de los dioses gemelos indicaba las preferencias de éstos en la lucha. Agradecidos, levantaron un templo en el Foro en honor de Cástor y Pólux, cercano al de Vesta, y desde entonces los tuvieron como protectores de Roma. Todavía hoy existe el recuerdo del lago por una cisterna rectangular de piedra, así como tres columnas del templo que Augusto construyó por tercera vez. También se asociaron los Gemelos con el comercio; su santuario poseía bajo sus órdenes una oficina de pesos y medidas.
Esculapio
El culto al Asclepio griego, se introdujo entre los romanos en el año 291 a. C., tras una terrible epidemia de peste que ocasionó numerosas muertes. Los libros sibilinos revelaron que, para hacer cesar la enfermedad, era necesario ir a Epidauro, en Grecia, en busca del dios Asclepio. Así lo hicieron los romanos y el dios, tras oír las súplicas desesperadas, se avino a realizar el viaje metamorfoseado en una gigantesca serpiente, igual que uno de sus símbolos. Al llegar a Italia, el dios-serpiente buscó un acomodo y se estableció en la isla Tiberina, en medio del río. La epidemia cesó en el acto y, en acción de gracias, los romanos edificaron un templo en la isla, que desde entonces quedó consagrada a Esculapio. El lugar, como todos los consagrados al dios, llegó a ser una especie de hospital en el cual se reunían los enfermos con la esperanza de alcanzar la curación. La isla adoptó la forma de un navío, como recuerdo de la forma como el dios había llegado hasta Roma.
Fue así como Esculapio desplazó de entre los romanos a la primitiva diosa Salus, que junto con Carna o Cardea, que poseía el poder de expulsar a las brujas nocturnas chupadoras de la sangre de los niños, habían velado hasta entonces por la salud del Lacio.
Juntamente con Esculapio se adoraba también a su esposa, Epione (la consoladora), y a la hija de ambos, Higia, protectora de la salud, de donde deriva la palabra higiene, como fuente de salud. Cuando las gentes llegaban hasta el santuario del dios, oraban y sacrificaban antes de retirarse a dormir en emplazamientos cercanos. Entonces se les aparecía el dios en sueños y les indicaba el medio más adecuado para vencer sus dolencias.
Las serpientes fueron tenidas como fieles servidoras del dios, puesto que su característica de mudar cada año de piel simbolizaba la renovada juventud. Hay quien asegura que los resbaladizos bichos eran utilizados de alguna forma en las curas, quizá haciéndoles lamer las heridas o úlceras de los pacientes o utilizando su grasa, veneno, etcétera.
El hospital de la serpiente sagrada fue el primero erigido en Roma en honor de Esculapio y con otro nombre existe en la actualidad un centro hospitalario emplazado en el mismo lugar.
Iconología
El aspecto del dios era el de un hombre de mediana edad, robusto y barbudo con la frente coronada por una rama de laurel. La serpiente y el can eran los animales, símbolo del arte de la adivinación, mientras que el báculo sanador era el emblema del médico.
Fue así como Esculapio desplazó de entre los romanos a la primitiva diosa Salus, que junto con Carna o Cardea, que poseía el poder de expulsar a las brujas nocturnas chupadoras de la sangre de los niños, habían velado hasta entonces por la salud del Lacio.
Juntamente con Esculapio se adoraba también a su esposa, Epione (la consoladora), y a la hija de ambos, Higia, protectora de la salud, de donde deriva la palabra higiene, como fuente de salud. Cuando las gentes llegaban hasta el santuario del dios, oraban y sacrificaban antes de retirarse a dormir en emplazamientos cercanos. Entonces se les aparecía el dios en sueños y les indicaba el medio más adecuado para vencer sus dolencias.
Las serpientes fueron tenidas como fieles servidoras del dios, puesto que su característica de mudar cada año de piel simbolizaba la renovada juventud. Hay quien asegura que los resbaladizos bichos eran utilizados de alguna forma en las curas, quizá haciéndoles lamer las heridas o úlceras de los pacientes o utilizando su grasa, veneno, etcétera.
El hospital de la serpiente sagrada fue el primero erigido en Roma en honor de Esculapio y con otro nombre existe en la actualidad un centro hospitalario emplazado en el mismo lugar.
Iconología
El aspecto del dios era el de un hombre de mediana edad, robusto y barbudo con la frente coronada por una rama de laurel. La serpiente y el can eran los animales, símbolo del arte de la adivinación, mientras que el báculo sanador era el emblema del médico.
Hércules
Hércules es el modelo más acabado de héroe antiguo, forma latinizada del Heracles griego, tal vez por intermediario etrusco según P. Grimal. Tal como escribíamos en nuestra Mitología Griega, publicada en esta misma colección[7], es el «Superman» por antonomasia de la época clásica.
En Italia se atribuían a Hércules «grandes trabajos» también, entre los que destacan la construcción de un dique y una vía de unos ocho estadios de longitud que separaba el mar del lago Lucrino en Campania. Las mujeres se hallaban excluidas del santuario herculino, porque, fatigado el héroe de su lucha contra Caco, solicitó bebida a la diosa Fauna o Bona Dea. Ésta cumplió a rajatabla el no dar acceso a Hércules hasta la fuente sagrada, entonces éste, terriblemente irritado, excluyó para el futuro a las féminas de los recintos sagrados que le consagrasen.
En España recuerda a Hércules y a su legendario paso por la península la torre de Hércules, un faro de La Coruña que ha llegado reconstruido hasta la actualidad y que, al parecer, según consta en una inscripción aparecida al pie del monumento, fue levantado por el arquitecto lusitano Cayo Servio Lupo y consagrado en principio a Marte; las Columnas de Hércules en el Estrecho de Gibraltar y la fundación de ciudades, como Alicante.
[7] Edicomunicación, Barcelona, 1996 <<
En Italia se atribuían a Hércules «grandes trabajos» también, entre los que destacan la construcción de un dique y una vía de unos ocho estadios de longitud que separaba el mar del lago Lucrino en Campania. Las mujeres se hallaban excluidas del santuario herculino, porque, fatigado el héroe de su lucha contra Caco, solicitó bebida a la diosa Fauna o Bona Dea. Ésta cumplió a rajatabla el no dar acceso a Hércules hasta la fuente sagrada, entonces éste, terriblemente irritado, excluyó para el futuro a las féminas de los recintos sagrados que le consagrasen.
En España recuerda a Hércules y a su legendario paso por la península la torre de Hércules, un faro de La Coruña que ha llegado reconstruido hasta la actualidad y que, al parecer, según consta en una inscripción aparecida al pie del monumento, fue levantado por el arquitecto lusitano Cayo Servio Lupo y consagrado en principio a Marte; las Columnas de Hércules en el Estrecho de Gibraltar y la fundación de ciudades, como Alicante.
[7] Edicomunicación, Barcelona, 1996 <<
Fors y Fortuna
En su origen constituyen el propio masculino y femenino respectivamente de la Casualidad, hasta el punto de confundirse en una sola divinidad, y puede considerarse en forma global que la fortuna es producto del azar o la casualidad.
En la época clásica, la Fortuna gozó de mayor predicamento que su oponente Fors, especialmente al ser asimilada a la Tike o Tije griega. Su culto en Roma parece haberse introducido, según la tradición, por el rey Servio Tulio, favorito de la diosa más que ninguno. Se decía incluso que había sido su amante, a pesar de la cualidad mortal del monarca, por eso en el templo cada emperador poseyó una Fortuna particular o diferente. Existió también una Fortuna Redux, pública; Huiusce Diei, la fortuna de cada día, etcétera.
Cada 24 de junio se consagraba una gran multitud en su santuario situado en la orilla del Tíber, para celebrar su fiesta. Nadie se hallaba excluido de los festejos, ni los esclavos, pues a todos podían alcanzar los beneficios de la veleidosa diosa.
Iconología
Ha sido representada con una media luna y un sol en la cabeza para indicar que al igual que estos astros, la fortuna preside todo lo que ocurre en esta tierra. Se le ha dado también un timón como símbolo del imperio de la casualidad al albur de los «golpes de mar» («golpes de timón» necesarios para cambiar el rumbo o evitar catástrofes). A veces posee un pie en la proa de la nave, y otro en tierra, presente al mismo tiempo, sobre la tierra y los mares. Las medallas de los emperadores romanos la representan de diferente forma. En una de Adriano aparece como una hermosa mujer alada, tendida con un timón a sus pies. Otra de Antonio Pío nos la muestra también hermosa: apoya su mano derecha sobre un timón y con la izquierda acaricia un cuerno de la abundancia… En otra de Cómodo posee también el cuerno de la abundancia en la izquierda y con la derecha sujeta un callo por la brida. La Fortuna Victoriosa se apoya también sobre un tigre y tiene una rama de laurel. En una medalla del emperador Geta, la buena Fortuna aparece sentada, se apoya con el brazo derecho sobre una rueda la mano izquierda tiene el famoso cuerno. Algunas veces se substituye la rueda por un globo celeste, cuyo movimiento perpetuo anuncia igualmente la inconstancia.
En el siglo XVIII el pintor francés Gravelot la pintó sentada en un trono, sobre cuyas gradas esparció los atributos de todo lo que objeto de deseo por los hombres; cerca colocó el cuerno de la abundancia y el incienso, que se escapa de un braserillo, pasó a significar las adoraciones de todo el Universo.
En la época clásica, la Fortuna gozó de mayor predicamento que su oponente Fors, especialmente al ser asimilada a la Tike o Tije griega. Su culto en Roma parece haberse introducido, según la tradición, por el rey Servio Tulio, favorito de la diosa más que ninguno. Se decía incluso que había sido su amante, a pesar de la cualidad mortal del monarca, por eso en el templo cada emperador poseyó una Fortuna particular o diferente. Existió también una Fortuna Redux, pública; Huiusce Diei, la fortuna de cada día, etcétera.
Cada 24 de junio se consagraba una gran multitud en su santuario situado en la orilla del Tíber, para celebrar su fiesta. Nadie se hallaba excluido de los festejos, ni los esclavos, pues a todos podían alcanzar los beneficios de la veleidosa diosa.
Iconología
Ha sido representada con una media luna y un sol en la cabeza para indicar que al igual que estos astros, la fortuna preside todo lo que ocurre en esta tierra. Se le ha dado también un timón como símbolo del imperio de la casualidad al albur de los «golpes de mar» («golpes de timón» necesarios para cambiar el rumbo o evitar catástrofes). A veces posee un pie en la proa de la nave, y otro en tierra, presente al mismo tiempo, sobre la tierra y los mares. Las medallas de los emperadores romanos la representan de diferente forma. En una de Adriano aparece como una hermosa mujer alada, tendida con un timón a sus pies. Otra de Antonio Pío nos la muestra también hermosa: apoya su mano derecha sobre un timón y con la izquierda acaricia un cuerno de la abundancia… En otra de Cómodo posee también el cuerno de la abundancia en la izquierda y con la derecha sujeta un callo por la brida. La Fortuna Victoriosa se apoya también sobre un tigre y tiene una rama de laurel. En una medalla del emperador Geta, la buena Fortuna aparece sentada, se apoya con el brazo derecho sobre una rueda la mano izquierda tiene el famoso cuerno. Algunas veces se substituye la rueda por un globo celeste, cuyo movimiento perpetuo anuncia igualmente la inconstancia.
En el siglo XVIII el pintor francés Gravelot la pintó sentada en un trono, sobre cuyas gradas esparció los atributos de todo lo que objeto de deseo por los hombres; cerca colocó el cuerno de la abundancia y el incienso, que se escapa de un braserillo, pasó a significar las adoraciones de todo el Universo.
Pomona
Ya nos hemos referido a ella al hablar de Vertumno. Se trata de una ninfa romana que velaba sobre los frutos. Le estaba consagrado el bosque del Pomonal, situado en el camino entre Roma y Ostia. Su culto se hallaba a cargo de un sacerdote o flamen. Si Ovidio la presentó como esposa de Vertumno, otros poetas lo hicieron como esposa del rey legendario Pico.
Vertumno
Divinidad de raigambre italiana, aunque probablemente de origen etrusco. Poseía una estatua en Roma en el barrio etrusco, a la entrada del Foro. Como tantos dioses itálicos primitivos, se caracteriza por su protección a la naturaleza como dios agreste. Su nombre deriva del latín vertere = cambiar, mudar. Con tal cualidad de mudar o adoptar las formas que quisiera, Vertumno era el dios de los cambios de las estaciones que aseguraba la continuidad y la regularidad de los ciclos anuales de la naturaleza y por ende de los hombres. La estación preferida y que le estaba consagrada era el otoño, rebosante sus vides de uvas, sus árboles cargados de fruta y sus colores calmados.
Según una leyenda, Vertumno se enamoró de Pomona, diosa de los jardines y los árboles frutales. El relato conservado por Ovidio nos narra que Pomona había rechazado las pretensiones de numerosos dioses. También Vertumno recibió previamente «calabazas», pero como poseía el poder ilimitado de transformarse, se presentó ante su amada bajo todas las formas, como cazador y como pastor, como podador, escardador, segador, sembrador… pero el despecho de Pomona continuaba. Finalmente, Vertumno adoptó la figura de una anciana y fue recibido por la esquiva diosa en su huerto sin sospechar la estratagema. La anciana cultivó la vanidad de Pomona, elogiando lo bien cuidadas que tenía plantas, flores y frutos. Hecho esto, comenzó a regañarla por su altivez, orgullo y porque con su actitud a nadie beneficiaba su trabajo. Pomona se turbó y comenzó a reflexionar, fue entonces cuando Vertumno se transformó en un apuesto muchacho y consiguió por fin el amor de la diosa, casándose a continuación.
Iconología y culto
Su culto fue uno de los más importantes. Se representaba con una azada de jardinero en la mano y el regazo lleno de frutos. Un templo erigido en la falda del Aventino se engalanaba para la fiesta del dios el 12 de agosto de cada año, ofreciéndose en él las primicias de la cosecha.
Según una leyenda, Vertumno se enamoró de Pomona, diosa de los jardines y los árboles frutales. El relato conservado por Ovidio nos narra que Pomona había rechazado las pretensiones de numerosos dioses. También Vertumno recibió previamente «calabazas», pero como poseía el poder ilimitado de transformarse, se presentó ante su amada bajo todas las formas, como cazador y como pastor, como podador, escardador, segador, sembrador… pero el despecho de Pomona continuaba. Finalmente, Vertumno adoptó la figura de una anciana y fue recibido por la esquiva diosa en su huerto sin sospechar la estratagema. La anciana cultivó la vanidad de Pomona, elogiando lo bien cuidadas que tenía plantas, flores y frutos. Hecho esto, comenzó a regañarla por su altivez, orgullo y porque con su actitud a nadie beneficiaba su trabajo. Pomona se turbó y comenzó a reflexionar, fue entonces cuando Vertumno se transformó en un apuesto muchacho y consiguió por fin el amor de la diosa, casándose a continuación.
Iconología y culto
Su culto fue uno de los más importantes. Se representaba con una azada de jardinero en la mano y el regazo lleno de frutos. Un templo erigido en la falda del Aventino se engalanaba para la fiesta del dios el 12 de agosto de cada año, ofreciéndose en él las primicias de la cosecha.
Quirino
Dios que dio nombre a la colina del Quirinal, al parecer de origen sabino, puesto que en aquella colina se estableció dicho pueblo o bien, porque derive su nombre de la ciudad sabina de Cures, o bien finalmente, porque se le relacione con curis, nombre sabino de la lanza. Junto con Júpiter y Marte constituyó una segunda tríada de divinidades en la que, por orden jerárquico, ocupó el último lugar. Quirino es un Marte tranquilo, un dios de la paz en la ciudad de Roma. Relacionados con él, los ciudadanos civiles se denominaron Quirites. Desprovisto pues del carácter militar de Marte, algunas de las funciones desempeñadas por el flamen del dios eran de tipo agrario.
Durante una fiesta ofrendada a Quirino, una joven de noble estirpe bailaba con las demás para honrar al dios. De pronto escuchó la llamada divina, penetró en el santuario y el milagro se produjo, quedando embarazada. El hijo que de ella nació, creció de manera rápida y alcanzó pronto una talla extraordinaria. Se le puso por nombre Modio Fabidio, distinguiéndose por sus numerosas hazañas guerreras. Cansado, deseó fundar una ciudad y procurarse un reino. Seguido por un grupo de fieles, inició su marcha hasta que ordenó detenerse en el lugar escogido para la fundación de Cures, denominada así de curis, lanza en sabino, y también recordando el nombre de su padre, Quirino.
Fallecido Rómulo y tras su apoteosis (divinización), se apareció al noble albano Julio Próculo, ordenándole que se le honrase con el nombre de Quirino y se le erigiese un templo en el Quirinal. Paralelamente Hersilia, esposa de Rómulo, adoptó el nombre de Hora Quirini.
Tiberino
Dios protector del Tíber, o el Tíber mismo, río al que entre otras causas debe Roma su existencia. Según la leyenda, su personificación fue el décimo rey de Albalonga, décimo descendiente de Eneas. Esposo de la profetisa Manto, de la que engendró a Octo, fundador de la ciudad de Mantua en honor de su madre. Tiberino habría muerto combatiendo junto al río que primitivamente se denominaba Álbula y que a consecuencia de este hecho, por intervención divina, habría cambiado su nombre por el de Tíber, al confiarle los dioses su eterna protección.
Otra tradición habla de Tiberino como héroe epónimo o que dio nombre al río. De origen divino, no sería descendiente de Eneas, sino del dios Jano y de Camasena, una ninfa del Lacio. Al morir accidentalmente, una tercera versión relata que arrojada Rea Silvia al Tíber por haber perdido su virginidad como consecuencia de su entrega a Marte mientias dormía, Tiberino, dios del río, la salvó, haciéndola su esposa. Otros identifican esta divinidad fluvial con Volturnus que poseía un flamen o sacerdote y una fiesta. El 27 de agosto se celebraban en su honor en Roma las fiestas Volturnalias, aunque al parecer Volturno era en su origen un dios también fluvial, pero de la Campania, padre de la ninfa Yuturna o Juturna.
Durante una fiesta ofrendada a Quirino, una joven de noble estirpe bailaba con las demás para honrar al dios. De pronto escuchó la llamada divina, penetró en el santuario y el milagro se produjo, quedando embarazada. El hijo que de ella nació, creció de manera rápida y alcanzó pronto una talla extraordinaria. Se le puso por nombre Modio Fabidio, distinguiéndose por sus numerosas hazañas guerreras. Cansado, deseó fundar una ciudad y procurarse un reino. Seguido por un grupo de fieles, inició su marcha hasta que ordenó detenerse en el lugar escogido para la fundación de Cures, denominada así de curis, lanza en sabino, y también recordando el nombre de su padre, Quirino.
Fallecido Rómulo y tras su apoteosis (divinización), se apareció al noble albano Julio Próculo, ordenándole que se le honrase con el nombre de Quirino y se le erigiese un templo en el Quirinal. Paralelamente Hersilia, esposa de Rómulo, adoptó el nombre de Hora Quirini.
Tiberino
Dios protector del Tíber, o el Tíber mismo, río al que entre otras causas debe Roma su existencia. Según la leyenda, su personificación fue el décimo rey de Albalonga, décimo descendiente de Eneas. Esposo de la profetisa Manto, de la que engendró a Octo, fundador de la ciudad de Mantua en honor de su madre. Tiberino habría muerto combatiendo junto al río que primitivamente se denominaba Álbula y que a consecuencia de este hecho, por intervención divina, habría cambiado su nombre por el de Tíber, al confiarle los dioses su eterna protección.
Otra tradición habla de Tiberino como héroe epónimo o que dio nombre al río. De origen divino, no sería descendiente de Eneas, sino del dios Jano y de Camasena, una ninfa del Lacio. Al morir accidentalmente, una tercera versión relata que arrojada Rea Silvia al Tíber por haber perdido su virginidad como consecuencia de su entrega a Marte mientias dormía, Tiberino, dios del río, la salvó, haciéndola su esposa. Otros identifican esta divinidad fluvial con Volturnus que poseía un flamen o sacerdote y una fiesta. El 27 de agosto se celebraban en su honor en Roma las fiestas Volturnalias, aunque al parecer Volturno era en su origen un dios también fluvial, pero de la Campania, padre de la ninfa Yuturna o Juturna.
Jano
En latín Iantis. Se trata de uno de los dioses más antiguos de Roma sin equivalencia en Grecia. Su leyenda se halla vinculada a la ciudad del Tíber. Según ella, Jano había reinado allí en tiempos fabulosos, compartiendo el trono con un tal Cameses. Se contaba que Jano había fundado entonces una ciudad en la cima de una de las colinas que denominó Janículo, derivándola de su nombre. De su esposa Camise o Camasena tuvo varios hijos, siendo el más renombrado Tíber, que después daría nombre al río que bañaba aquel escenario. Al morir Cameses, Jano reinó solo en el Lacio y fue entonces cuando acogería a Saturno, expulsado de Grecia por su hijo Júpiter, practicando la hospitalidad tal como habían hecho con él.
Dentro del feliz período de la Edad de Oro que hemos relatado, Jano había enseñado a sus súbditos las artes de la navegación y la utilización de la moneda, tal como muestran las primitivas monedas conservadas del lugar, en las que acuñadas en bronce en el anverso se halla la efigie de Jano y en el reverso una proa de un barco. Jano había contribuido junto con Saturno a civilizar a los aborígenes o pueblos más antiguos del Lacio, según la leyenda.
Tras su muerte fue divinizado. Cierto día, los sabinos habían atacado Roma y ya se hallaban a punto de asaltar el recinto interior de la ciudad previa escalada de sus murallas, cuando Jano acudió en ayuda de sus defensores, haciendo brotar ante los sabinos un surtidor de agua caliente. Sorprendido, el ejército de Tito Tacio se puso en vergonzosa fuga. A partir de entonces y para recordar tal prodigio, la puerta del templo del dios Jano permaneció siempre abierta en tiempos de guerra, a fin de facilitar la ayuda del dios durante las hostilidades, mientras que se cerraba en cuanto se estipulaba la paz. Su propio nombre de Ianus, femenino ianua, significa en latín puerta, por eso, le estaban consagradas todas las puertas y abría los meses del año: lanus = Ianuarius = enero. Se tenía a Cardea, su compañera, como diosa de los goznes. Jano era considerado la misma puerta y desde ellas podía presidir las entradas y salidas de todos los edificios de Roma.
Sin embargo, para algunos mitógrafos en su origen se le había considerado la versión masculina de Diana, la Luna, siendo entonces una divinidad celeste. Pero cuando el culto al Sol se difundió bajo la influencia del griego Helio, los atribuios de Jano pasaron a concretarse en delimitar el principio y el fin de la jornada y al generalizar su protección al comienzo y al término de todas las cosas. ¿Qué mejor que materializar al dios con una puerta, entrada o salida, comienzo o fin de cualquier recinto?
Se contaba también, según otras versiones, que Jano se había casado con la ninfa Yuturna (Juturna), cuyo santuario y fuente se encontraban cerca del templo del dios en el Foro Romano. De esta unión habría nacido el dios Fons o Fontes, protector de las fuentes.
Además de su templo del Foro, Jano poseía numerosos santuarios situados en especial en las encrucijadas, y además de consagrársele el primer mes del año se ponía bajo su protección el primer día de cada mes. En su honor se erigieron algunos arcos, sobresaliendo el de Jano Cuadrifronte, bastante bien conservado. Fue denominado también Putucius y Clusius, derivados de los verbos latinos que significan abrir y cerrar y, relacionado con las puertas, ianua, se conservó el nombre de iani, arcos que forman cualquier bóveda que recordaba la celeste.
Iconología, fiestas y culto
Como todas las puertas y pasajes permiten avanzar en direcciones opuestas, surgió la imagen de Jano, el dios protector, representado con dos caras o bifronte. Sus fiestas más sonadas eran las Agonalía, que tenían lugar el 9 de enero. En ese día, los umbrales de las casas se adornaban fastuosamente con coronas de flores y ramas de laurel y la gente solía visitarse mutuamente con felicitaciones y regalos. Los otros primeros meses del año se realizaban también sacrificios en honor de Jano y ofrendas de vino e incienso en los hogares. La primera hora del día le estaba también consagrada y se le invocaba para obtener una jornada favorable. Antes de iniciar cualquier actividad, como un viaje, un negocio o un sacrificio, se imploraba su protección y las ceremonias propiciatorias eran muy solemnes, cuando se trataba de alguna expedición militar.
Las caras con las que se representaba el dios se esculpían con frecuencia barbudas y excepcionalmente una con barba y otra sin ella. Sus atributos eran el bastón y la llave.
Dentro del feliz período de la Edad de Oro que hemos relatado, Jano había enseñado a sus súbditos las artes de la navegación y la utilización de la moneda, tal como muestran las primitivas monedas conservadas del lugar, en las que acuñadas en bronce en el anverso se halla la efigie de Jano y en el reverso una proa de un barco. Jano había contribuido junto con Saturno a civilizar a los aborígenes o pueblos más antiguos del Lacio, según la leyenda.
Tras su muerte fue divinizado. Cierto día, los sabinos habían atacado Roma y ya se hallaban a punto de asaltar el recinto interior de la ciudad previa escalada de sus murallas, cuando Jano acudió en ayuda de sus defensores, haciendo brotar ante los sabinos un surtidor de agua caliente. Sorprendido, el ejército de Tito Tacio se puso en vergonzosa fuga. A partir de entonces y para recordar tal prodigio, la puerta del templo del dios Jano permaneció siempre abierta en tiempos de guerra, a fin de facilitar la ayuda del dios durante las hostilidades, mientras que se cerraba en cuanto se estipulaba la paz. Su propio nombre de Ianus, femenino ianua, significa en latín puerta, por eso, le estaban consagradas todas las puertas y abría los meses del año: lanus = Ianuarius = enero. Se tenía a Cardea, su compañera, como diosa de los goznes. Jano era considerado la misma puerta y desde ellas podía presidir las entradas y salidas de todos los edificios de Roma.
Sin embargo, para algunos mitógrafos en su origen se le había considerado la versión masculina de Diana, la Luna, siendo entonces una divinidad celeste. Pero cuando el culto al Sol se difundió bajo la influencia del griego Helio, los atribuios de Jano pasaron a concretarse en delimitar el principio y el fin de la jornada y al generalizar su protección al comienzo y al término de todas las cosas. ¿Qué mejor que materializar al dios con una puerta, entrada o salida, comienzo o fin de cualquier recinto?
Se contaba también, según otras versiones, que Jano se había casado con la ninfa Yuturna (Juturna), cuyo santuario y fuente se encontraban cerca del templo del dios en el Foro Romano. De esta unión habría nacido el dios Fons o Fontes, protector de las fuentes.
Además de su templo del Foro, Jano poseía numerosos santuarios situados en especial en las encrucijadas, y además de consagrársele el primer mes del año se ponía bajo su protección el primer día de cada mes. En su honor se erigieron algunos arcos, sobresaliendo el de Jano Cuadrifronte, bastante bien conservado. Fue denominado también Putucius y Clusius, derivados de los verbos latinos que significan abrir y cerrar y, relacionado con las puertas, ianua, se conservó el nombre de iani, arcos que forman cualquier bóveda que recordaba la celeste.
Iconología, fiestas y culto
Como todas las puertas y pasajes permiten avanzar en direcciones opuestas, surgió la imagen de Jano, el dios protector, representado con dos caras o bifronte. Sus fiestas más sonadas eran las Agonalía, que tenían lugar el 9 de enero. En ese día, los umbrales de las casas se adornaban fastuosamente con coronas de flores y ramas de laurel y la gente solía visitarse mutuamente con felicitaciones y regalos. Los otros primeros meses del año se realizaban también sacrificios en honor de Jano y ofrendas de vino e incienso en los hogares. La primera hora del día le estaba también consagrada y se le invocaba para obtener una jornada favorable. Antes de iniciar cualquier actividad, como un viaje, un negocio o un sacrificio, se imploraba su protección y las ceremonias propiciatorias eran muy solemnes, cuando se trataba de alguna expedición militar.
Las caras con las que se representaba el dios se esculpían con frecuencia barbudas y excepcionalmente una con barba y otra sin ella. Sus atributos eran el bastón y la llave.
Saturno
Una de las más antiguas divinidades itálicas. Su nombre figuraba ya en los cantos de la primitiva congregación de los Salios y las fiestas en su honor, las famosas Saturnalias se remontaban a épocas remotísimas. Era el dios de la siembra y de la agricultura en general. La leyenda relataba que había llegado a Italia procedente de Grecia en los albores de la humanidad de los tiempos, cuando Júpiter le destronó por haberse hecho tan odioso como su padre Urano, ya que como rey del universo, casado con Rea, los hijos que iba teniendo los iba devorando para impedir que se sublevaran contra él (cosa que Saturno había hecho con su padre, previa mutilación de las partes engendradoras para que no tuviera descendencia). Júpiter, hijo suyo, se pudo salvar y lo echó del cielo.
Saturno encontró excelente acogida en el Lacio italiano, en donde su rey Jano, también divinizado, le atendió cumplidamente en el Janículo. Establecido después en la otra orilla del Tíber, al pie de la colina del Capitolio, fundó una ciudad que denominó Saturnia. Arrepentido de tiempos pasados y como premio a los habitantes que lo había resguardado de las iras de Júpiter (la religión del Lacio deriva su nombre de latuerat = ocultarse), su reinado en sus nuevas posesiones fue extraordinariamente próspero y conocido como La Edad de Oro, época feliz que recuerda la del paraíso terrenal bíblico y al que en tiempos de Octavio Augusto se creyó haber vuelto.
Saturno prosiguió la obra civilizadora de Jano y enseñó a los hombres, en especial, los secretos de la agricultura. Según la leyenda, la población italiana de aquella remotísima época eran los aborígenes, que recibieron del dios sus primeras leyes. Según Varrón, el lugar que ocupó Saturnia sería después el recinto de la propia Roma. En el Foro se le erigió un templo que fue reconstruido en época de Augusto y del emperador Diocleciano. En su interior se guardó el tesoro del estado. De este templo se conservan todavía en pie en Roma ocho columnas.
Las Saturnalias
Antiquísimas fiestas en honor de Saturno, con ellas terminaba el mes de diciembre y el año. Por aquel entonces Roma era invadida de una alegría desenfrenada, recuerdo de la perdida Edad de Oro vivida bajo el reinado de Saturno. Durante las Saturnalia se suprimían las diferencias sociales, todos eran iguales y hermanos. Se cerraban los tribunales, las escuelas, las tiendas. La gente se abandonaba a toda clase de bromas, incluso las más licenciosas; todo era permitido a todos en aquel período. El primer día después de celebrar un sacrificio en honor del dios, las fiestas se consideraban inauguradas. Durante los seis días restantes se organizaban diversiones populares de todo tipo, entre las que destacaban las loterías y juegos de azar, que gozaban de gran aceptación.
El día más sobresaliente de las fiestas era el diecinueve, porque se dedicaba de manera especial a Opis (Rea), diosa de la abundancia y esposa de Saturno. En aquel día incluso los esclavos participaban de la fiesta y, gozando de completa libertad, se vestían con los trajes de sus amos que debían servirles incluso en la mesa. Podían comer y beber cuando desearan. Los romanos ricos, durante estos días, acostumbraban a tener la mesa completamente llena para cualquiera que se presentara en su casa. Tenían además lugar los mejores juegos en el Circo, a los que asistía gratuitamente todo el pueblo. Las Saturnalia constituían pues una fiesta de alegría para los romanos y en especial para las clases más necesitadas. Con el tiempo degeneraron en las orgías más desenfrenadas. Dada la época del año en que se celebraban el cristianismo, con el fin de santificarlas, colocó las fiestas de Navidad durante esa época como recuerdo del nacimiento de Cristo.
En la época imperial, con el desarrollo de la romanización en África, Saturno no sólo encarnó al Crono helénico, sino también en los países de origen fenicio y cartaginés al gran dios semítico Baal.
Iconología
Se representa a Saturno como un hombre viejo, desnudo, a veces con una pequeña hoz en una mano y un reloj de arena en la otra, a la manera del Crono griego. También se le representa devorando a sus hijos: pinturas por Rubens y Goya en el museo del Prado. En la iconografía de las estaciones personifica el invierno.
La edad de Oro
En Roma la anhelada «Edad de Oro» de todos los pueblos se identificó con la época del reinado de Saturno en Italia, que por entonces se conocía como Ausonia. Los dioses convivían con los mortales. Las puertas no existían, puesto que nadie tenía nada que ocultar y el robo no existía. Los hombres se alimentaban solamente de legumbres y fruta, porque nadie se había planteado el matar. Entonces Saturno enseñó los rudimentos de la civilización y a manejar la hoz, así como a servirse mejor de la fertilidad espontánea del suelo. Era una época en que la lana tomaba por sí misma vivos colores en el lomo de corderos y carneros, las zarzas ofrecían deliciosos frutos y la tierra gozaba de una eterna primavera. Los hombres no conocían las penalidades ni la miseria ni la vejez, siendo siempre jóvenes. Cuando les llegaba la hora de la muerte se sumían en un dulce sueño eterno. Desgraciadamente este paraíso se perdió y los romanos gustaban rememorarlo con la veneración al viejo Saturno, al que habían transformado en un dios civilizador y bienhechor, a semejanza de la versión del Crono griego cantada en Los trabajos y los días por el poeta Hesíodo, hacia el siglo VII a. C.
Saturno encontró excelente acogida en el Lacio italiano, en donde su rey Jano, también divinizado, le atendió cumplidamente en el Janículo. Establecido después en la otra orilla del Tíber, al pie de la colina del Capitolio, fundó una ciudad que denominó Saturnia. Arrepentido de tiempos pasados y como premio a los habitantes que lo había resguardado de las iras de Júpiter (la religión del Lacio deriva su nombre de latuerat = ocultarse), su reinado en sus nuevas posesiones fue extraordinariamente próspero y conocido como La Edad de Oro, época feliz que recuerda la del paraíso terrenal bíblico y al que en tiempos de Octavio Augusto se creyó haber vuelto.
Saturno prosiguió la obra civilizadora de Jano y enseñó a los hombres, en especial, los secretos de la agricultura. Según la leyenda, la población italiana de aquella remotísima época eran los aborígenes, que recibieron del dios sus primeras leyes. Según Varrón, el lugar que ocupó Saturnia sería después el recinto de la propia Roma. En el Foro se le erigió un templo que fue reconstruido en época de Augusto y del emperador Diocleciano. En su interior se guardó el tesoro del estado. De este templo se conservan todavía en pie en Roma ocho columnas.
Las Saturnalias
Antiquísimas fiestas en honor de Saturno, con ellas terminaba el mes de diciembre y el año. Por aquel entonces Roma era invadida de una alegría desenfrenada, recuerdo de la perdida Edad de Oro vivida bajo el reinado de Saturno. Durante las Saturnalia se suprimían las diferencias sociales, todos eran iguales y hermanos. Se cerraban los tribunales, las escuelas, las tiendas. La gente se abandonaba a toda clase de bromas, incluso las más licenciosas; todo era permitido a todos en aquel período. El primer día después de celebrar un sacrificio en honor del dios, las fiestas se consideraban inauguradas. Durante los seis días restantes se organizaban diversiones populares de todo tipo, entre las que destacaban las loterías y juegos de azar, que gozaban de gran aceptación.
El día más sobresaliente de las fiestas era el diecinueve, porque se dedicaba de manera especial a Opis (Rea), diosa de la abundancia y esposa de Saturno. En aquel día incluso los esclavos participaban de la fiesta y, gozando de completa libertad, se vestían con los trajes de sus amos que debían servirles incluso en la mesa. Podían comer y beber cuando desearan. Los romanos ricos, durante estos días, acostumbraban a tener la mesa completamente llena para cualquiera que se presentara en su casa. Tenían además lugar los mejores juegos en el Circo, a los que asistía gratuitamente todo el pueblo. Las Saturnalia constituían pues una fiesta de alegría para los romanos y en especial para las clases más necesitadas. Con el tiempo degeneraron en las orgías más desenfrenadas. Dada la época del año en que se celebraban el cristianismo, con el fin de santificarlas, colocó las fiestas de Navidad durante esa época como recuerdo del nacimiento de Cristo.
En la época imperial, con el desarrollo de la romanización en África, Saturno no sólo encarnó al Crono helénico, sino también en los países de origen fenicio y cartaginés al gran dios semítico Baal.
Iconología
Se representa a Saturno como un hombre viejo, desnudo, a veces con una pequeña hoz en una mano y un reloj de arena en la otra, a la manera del Crono griego. También se le representa devorando a sus hijos: pinturas por Rubens y Goya en el museo del Prado. En la iconografía de las estaciones personifica el invierno.
La edad de Oro
En Roma la anhelada «Edad de Oro» de todos los pueblos se identificó con la época del reinado de Saturno en Italia, que por entonces se conocía como Ausonia. Los dioses convivían con los mortales. Las puertas no existían, puesto que nadie tenía nada que ocultar y el robo no existía. Los hombres se alimentaban solamente de legumbres y fruta, porque nadie se había planteado el matar. Entonces Saturno enseñó los rudimentos de la civilización y a manejar la hoz, así como a servirse mejor de la fertilidad espontánea del suelo. Era una época en que la lana tomaba por sí misma vivos colores en el lomo de corderos y carneros, las zarzas ofrecían deliciosos frutos y la tierra gozaba de una eterna primavera. Los hombres no conocían las penalidades ni la miseria ni la vejez, siendo siempre jóvenes. Cuando les llegaba la hora de la muerte se sumían en un dulce sueño eterno. Desgraciadamente este paraíso se perdió y los romanos gustaban rememorarlo con la veneración al viejo Saturno, al que habían transformado en un dios civilizador y bienhechor, a semejanza de la versión del Crono griego cantada en Los trabajos y los días por el poeta Hesíodo, hacia el siglo VII a. C.
Ceres
Diosa de las cosechas y de la agricultura, fue pronto asimilada a la diosa griega Deméter. La palabra Ceres se relaciona con una raíz que posee el significado de brotar. Originaria de la rica región agrícola itálica de la Campania, donde los cultos rurales adquirieron gran importancia, el numen de la fecundidad agraria consiguió muy pronto concretarse en una divinidad personificada colocando bajo su protección, singularmente, las cosechas. Tras el hambre —ocurrida a comienzos del siglo V a. C.—, como consecuencia del asedio de Roma por el monarca etrusco Porsena, los Libros Sibilinos ordenaron erigir un templo a la Deméter griega en el Aventino. Este nuevo culto terminó por borrar la huella de la primitiva Ceres. La diosa romana celebraba sus fiestas, las Cerealias, del 12 al 19 de abril, en pleno rebrotar de la primavera. Se inauguraban con una solemne y jubilosa procesión en la que todos los participantes iban vestidos de blanco.
La recuperación de Proserpina (la griega Perséfone), hija de Ceres, daba lugar a la celebración de otra fiesta en agosto, durante la cual las matronas de blanco ofrecían las primicias de los frutos y las verduras. Otras ofrendas simbólicas hechas a Ceres eran los panales de miel. Se le sacrificaban el cerdo y el ternero.
Iconología
Generalmente se la representa con el aspecto de una augusta matrona, montada en un carro tirado por leones y con una corona de espigas entrelazadas en la cabeza (recordemos que la palabra cereales deriva del nombre de la diosa). A veces sostiene en una mano un ramo de amapolas y en la otra una antorcha para alumbrar el camino en busca de su amada hija. A su lado se colocaba una caja cerrada, la cesta mística
La recuperación de Proserpina (la griega Perséfone), hija de Ceres, daba lugar a la celebración de otra fiesta en agosto, durante la cual las matronas de blanco ofrecían las primicias de los frutos y las verduras. Otras ofrendas simbólicas hechas a Ceres eran los panales de miel. Se le sacrificaban el cerdo y el ternero.
Iconología
Generalmente se la representa con el aspecto de una augusta matrona, montada en un carro tirado por leones y con una corona de espigas entrelazadas en la cabeza (recordemos que la palabra cereales deriva del nombre de la diosa). A veces sostiene en una mano un ramo de amapolas y en la otra una antorcha para alumbrar el camino en busca de su amada hija. A su lado se colocaba una caja cerrada, la cesta mística
Vesta
Diosa romana de origen muy primitivo, identificada con la Hestia griega, protegía el fuego del hogar doméstico. Probablemente su culto procedía de Lavinium, colocado bajo dependencia directa del Sumo Pontífice y asistido por las Vestales, sobre las que poseía una especie de tutela paterna. El carácter arcaico del culto, que parece probarse por la forma circular de su templo fuera de la ciudad por él fundada, pone confusión en la leyenda. Asimismo el animal sagrado de la diosa era el asno, animal mediterráneo por antonomasia, mientras que el caballo es plenamente indoeuropeo, de lo cual puede deducirse que Vesta era venerada antes de la entrada de los itálicos o italiotas (indoeuropeos) en la península en la que se originaría el Lacio.
Las Vestales, vírgenes consagradas a Vesta, constituían una congregación nacida según la tradición con la propia ciudad de Roma. Primero fueron cuatro y con el tiempo seis o siete. Eran elegidas a suerte por el Sumo Pontífice entre las hijas de las familias patricias. Ingresaban en el futuro servicio del templo de los seis a los diez años, recibían una esmerada educación y entre sus deberes contaban ciertas prácticas de austeridad y la más estricta observancia de la castidad. Se ocupaban de mantener viva la llama del fuego sagrado ante la imagen de Vesta. Si alguna cometía una falta grave contra sus obligaciones podía ser azotada y tras ello quemada o enterrada viva.
Residían en una casa cercana al templo de la diosa, en el foro, y tomaban parte en numerosas ceremonias religiosas. Gozaban de gran prestigio, poseían asientos especiales reservados en el teatro y su residencia se usaba como depositaría de los testamentos. Se las reconocía por su vestimenta: una túnica gris y blanca y un manto de púrpura. Después de los treinta años las vestales podían retirarse e incluso contraer matrimonio, aunque pocas lo hacían.
La festividad de Vesta tenía lugar a mitad de junio (Vestalia). En ese día el templo efectuaba su limpieza anual con un agua no sacada de las conducciones públicas normales, sino de una fuente especial que poseía carácter sagrado. Se coronaba a los asnos de flores y no se les hacía trabajar. Para explicar la predilección por el asno se relataba una leyenda tardía según la cual la diosa, casta entre las castas, había salido indemne de un intento de violación por Príapo gracias a la intervención del humilde animal.
El templo de Vesta y el fuego sagrado mantenido en él simbolizaba el fuego de cada uno de los hogares que debía arder al cuidado del padre de familia que actuaba de sacerdote en cada uno de ellos. Fuego = focus en latín, significa hogar. Sin embargo, como el padre de familia marchaba a sus ocupaciones fuera de casa, delegaba en su esposa (mater familias) dicho cuidado, a semejanza del Sumo Pontífice en las Vestales. Vesta fue así inmensamente venerable y pertenecía al círculo íntimo de los doce dioses mayores.
Iconología
El escultor griego Escopas esculpió una estatua de Hestia, estatua que Tiberio llevó a Roma. Su trasposición romana Vesta fue generalmente representada con velo, llevando en la mano el cetro o pátera: Vesta Giustiniani del Vaticano.
El cuidado femenino del hogar protegido por la diosa pervive hasta en los cuentos o leyendas como la Cenicienta.
Las Vestales, vírgenes consagradas a Vesta, constituían una congregación nacida según la tradición con la propia ciudad de Roma. Primero fueron cuatro y con el tiempo seis o siete. Eran elegidas a suerte por el Sumo Pontífice entre las hijas de las familias patricias. Ingresaban en el futuro servicio del templo de los seis a los diez años, recibían una esmerada educación y entre sus deberes contaban ciertas prácticas de austeridad y la más estricta observancia de la castidad. Se ocupaban de mantener viva la llama del fuego sagrado ante la imagen de Vesta. Si alguna cometía una falta grave contra sus obligaciones podía ser azotada y tras ello quemada o enterrada viva.
Residían en una casa cercana al templo de la diosa, en el foro, y tomaban parte en numerosas ceremonias religiosas. Gozaban de gran prestigio, poseían asientos especiales reservados en el teatro y su residencia se usaba como depositaría de los testamentos. Se las reconocía por su vestimenta: una túnica gris y blanca y un manto de púrpura. Después de los treinta años las vestales podían retirarse e incluso contraer matrimonio, aunque pocas lo hacían.
La festividad de Vesta tenía lugar a mitad de junio (Vestalia). En ese día el templo efectuaba su limpieza anual con un agua no sacada de las conducciones públicas normales, sino de una fuente especial que poseía carácter sagrado. Se coronaba a los asnos de flores y no se les hacía trabajar. Para explicar la predilección por el asno se relataba una leyenda tardía según la cual la diosa, casta entre las castas, había salido indemne de un intento de violación por Príapo gracias a la intervención del humilde animal.
El templo de Vesta y el fuego sagrado mantenido en él simbolizaba el fuego de cada uno de los hogares que debía arder al cuidado del padre de familia que actuaba de sacerdote en cada uno de ellos. Fuego = focus en latín, significa hogar. Sin embargo, como el padre de familia marchaba a sus ocupaciones fuera de casa, delegaba en su esposa (mater familias) dicho cuidado, a semejanza del Sumo Pontífice en las Vestales. Vesta fue así inmensamente venerable y pertenecía al círculo íntimo de los doce dioses mayores.
Iconología
El escultor griego Escopas esculpió una estatua de Hestia, estatua que Tiberio llevó a Roma. Su trasposición romana Vesta fue generalmente representada con velo, llevando en la mano el cetro o pátera: Vesta Giustiniani del Vaticano.
El cuidado femenino del hogar protegido por la diosa pervive hasta en los cuentos o leyendas como la Cenicienta.
Venus
Divinidad itálica muy antigua, protectora de los huertos. Poseía un santuario en Ardea, antes de la fundación de Roma. En Roma se le erigieron dos templos: el primero en el bosque sagrado de Libitina y un segundo cerca del Circo Máximo. Por expreso deseo de los Libros Sibilinos, a fines del siglo III a. C. fue asociada con el dios Marte, con el que llevó a cabo la tarea de la fecundación universal. Fue entonces cuando a través de Sicilia fue asimilada a la Afrodita helénica con todas sus atribuciones. El Eros helenístico, hijo de la diosa Afrodita se convierte en Cupido. A fines del siglo II a. C. se le consagró en Roma un templo con el epíteto de Verticordia, con el significado de la que vuelve o purifica los corazones, advocación que transformó el amor erótico en un sentimiento casto.
En la última época republicana pasó a ser protectora de los estadistas. Así Sula y Pompeyo atribuyeron su buena suerte política a las Venus Félix y Victrix. Estas advocaciones fueron pronto sustituidas por el culto oficial a la Venus Genitrix, a la que César, a través del héroe troyano Eneas, consideró como antepasada de su linaje, la gens Julia, así como protectora del Estado. También las asistentas a los partos decidieron colocarse bajo la protección de la diosa. De esta forma se estableció un vínculo que duró mucho tiempo, puesto que el templum Urbis que se erigió durante la época de Adriano (siglo II d. C.) todavía asociaba a Venus con la ciudad Eterna.
Iconología
Como en tantos otros casos, los artistas romanos buscaron su inspiración sobre todo en modelos griegos de Afrodita, en especial en las obras de Praxíteles, el creador más acabado del canon de belleza escultórico de la diosa, así como en los modelos de sus sucesores. Así se conocen con el apelativo único de «Venus» las obras griegas y sus réplicas o copias romanas: Venus Anadiomena («la que surge del mar», aludiendo a su r cimiento) hallada en Cirene (museo de las Termas, Roma); Venus Cíilípiga («la de las hermosas nalgas»), museo de Nápoles; Venus de Arlés (Louvre); Venus de Cnido, obra del propio Praxíteles (museo Vaticano); Venus de Medicis (Uffizi, Florencia); Venus de Milo (helenística), descubierta en 1828 en Milo, la más célebre de la «época clásica» (museo del Louvre)… Su forma de representarla ha sido completamente desnuda o con escasa vestimenta; de pie, saliendo de las aguas o del baño, sobre un carro tirado por cisnes o por palomas, sustentada encima de una tortuga o de una concha. Durante la «púdica». Edad media, la figura de Venus no fue representada.
Al llegar el Renacimiento, la diosa vuelve a ser fuente de inspiración de los artistas. En pintura Botticelli (Uffizi, Florencia) consiguió uno de los modelos más acabados y famosos: El nacimiento de Venus. A principios del siglo XVI repitió la experiencia en Alemania L. Cranach (Leningrado, Frankfurt del Main, Berlín). También fue uno de los temas más repetidos por la pintura veneciana del siglo XVI y sus grandes maestros: Giorgione (Dresde), Tiziano (Venus de Urbino, Uffizi; Venus recreándose en la música, Prado). Temática continuada en el barroco: Velázquez, Venus del espejo (Galería Nacional, Londres).
En escultura obras de Giambologna (jardines Boboli, Florencia), Coyscvox (Louvre), Marsy (Versallcs), Pigalle (Potsdam), Pajou (Viena), Canova (Palacio Pitti, Florencia; Munich, Galería Borghese), etcétera.
Los romanos, con sus diversos tipos de Venus, idealizaron el modelo mediterráneo de mujer. Éste fue el que nos llegó hasta Hispania (España antigua) procedente de Roma, y los ejemplares que se han conservado dan cuenta de que los modelos tuvieron continuadores en nuestro país. Véase como ejemplo la hermosa Venus de Itálica, la Venus de Ampurias y la no tan conocida, pero de singular atractivo, la Venus de Badalona, la antigua Betulo romana, situada en la costa catalana no lejos de Barcino (Barcelona). Se trata de una escultura de mármol de pequeño tamaño: 28 cm de altura, a la que por desgracia le faltan la cabeza y los brazos, pero de una belleza destacable. Hasta es posible que el modelo fuera una de aquellas hermosas jóvenes badalonesas, al parecer famosas por su atractivo, que han sabido conservar hasta nuestra época la imagen de la joven diosa surgida de la espuma del mar, que los romanos tuvieron por suyo: el Mediterráneo o Mare Nostrum.
En la última época republicana pasó a ser protectora de los estadistas. Así Sula y Pompeyo atribuyeron su buena suerte política a las Venus Félix y Victrix. Estas advocaciones fueron pronto sustituidas por el culto oficial a la Venus Genitrix, a la que César, a través del héroe troyano Eneas, consideró como antepasada de su linaje, la gens Julia, así como protectora del Estado. También las asistentas a los partos decidieron colocarse bajo la protección de la diosa. De esta forma se estableció un vínculo que duró mucho tiempo, puesto que el templum Urbis que se erigió durante la época de Adriano (siglo II d. C.) todavía asociaba a Venus con la ciudad Eterna.
Iconología
Como en tantos otros casos, los artistas romanos buscaron su inspiración sobre todo en modelos griegos de Afrodita, en especial en las obras de Praxíteles, el creador más acabado del canon de belleza escultórico de la diosa, así como en los modelos de sus sucesores. Así se conocen con el apelativo único de «Venus» las obras griegas y sus réplicas o copias romanas: Venus Anadiomena («la que surge del mar», aludiendo a su r cimiento) hallada en Cirene (museo de las Termas, Roma); Venus Cíilípiga («la de las hermosas nalgas»), museo de Nápoles; Venus de Arlés (Louvre); Venus de Cnido, obra del propio Praxíteles (museo Vaticano); Venus de Medicis (Uffizi, Florencia); Venus de Milo (helenística), descubierta en 1828 en Milo, la más célebre de la «época clásica» (museo del Louvre)… Su forma de representarla ha sido completamente desnuda o con escasa vestimenta; de pie, saliendo de las aguas o del baño, sobre un carro tirado por cisnes o por palomas, sustentada encima de una tortuga o de una concha. Durante la «púdica». Edad media, la figura de Venus no fue representada.
Al llegar el Renacimiento, la diosa vuelve a ser fuente de inspiración de los artistas. En pintura Botticelli (Uffizi, Florencia) consiguió uno de los modelos más acabados y famosos: El nacimiento de Venus. A principios del siglo XVI repitió la experiencia en Alemania L. Cranach (Leningrado, Frankfurt del Main, Berlín). También fue uno de los temas más repetidos por la pintura veneciana del siglo XVI y sus grandes maestros: Giorgione (Dresde), Tiziano (Venus de Urbino, Uffizi; Venus recreándose en la música, Prado). Temática continuada en el barroco: Velázquez, Venus del espejo (Galería Nacional, Londres).
En escultura obras de Giambologna (jardines Boboli, Florencia), Coyscvox (Louvre), Marsy (Versallcs), Pigalle (Potsdam), Pajou (Viena), Canova (Palacio Pitti, Florencia; Munich, Galería Borghese), etcétera.
Los romanos, con sus diversos tipos de Venus, idealizaron el modelo mediterráneo de mujer. Éste fue el que nos llegó hasta Hispania (España antigua) procedente de Roma, y los ejemplares que se han conservado dan cuenta de que los modelos tuvieron continuadores en nuestro país. Véase como ejemplo la hermosa Venus de Itálica, la Venus de Ampurias y la no tan conocida, pero de singular atractivo, la Venus de Badalona, la antigua Betulo romana, situada en la costa catalana no lejos de Barcino (Barcelona). Se trata de una escultura de mármol de pequeño tamaño: 28 cm de altura, a la que por desgracia le faltan la cabeza y los brazos, pero de una belleza destacable. Hasta es posible que el modelo fuera una de aquellas hermosas jóvenes badalonesas, al parecer famosas por su atractivo, que han sabido conservar hasta nuestra época la imagen de la joven diosa surgida de la espuma del mar, que los romanos tuvieron por suyo: el Mediterráneo o Mare Nostrum.
Diana
Divinidad itálica que los romanos identificaron muy pronto con la diosa griega Artemis o Artemisa (quizá ya en el siglo VI a. C.) por contacto con las colonias helénicas de la Italia del sur, singularmente Cumas. Sus primeros santuarios en suelo itálico fueron los de Capua. Posiblemente una Diana de origen sabino denominada Tifatina, por referirse al monte Tifata en donde era objeto de culto, cerca de Capua. Esta advocación pronto fue eclipsada por la Diana Aricina, Diana Nemorensis o Diana de Nemi (por hallarse su santuario a orillas del lago Nemi, cerca de Roma). La tradición conserva que en su época primitiva sólo se obtenía el sacerdocio de la diosa después de haber roto la rama de cierto árbol y de matar el sacerdote en funciones.
Se creía que la Diana de Nemi era la Artemis de Táuride que el héroe griego Orestes había llevado a Italia, lo cual explicaría el carácter violento de sus ritos, pues la Diana de Táuride gustaba de los sacrificios humanos, como cuenta la leyenda helénica. Así no es de extrañar la extraña forma con que se podía suceder a su sacerdote, denominado Rex Nemorensis (Rey de los Bosques).
Otra leyenda relataba que Artemis había acogido a Hipólito, hijo del héroe ateniense Teseo, después de su desgraciada muerte provocada por la pasión de su liviana madrastra Fedra y de su consiguiente resurrección gracias al médico Asclepio (Esculapio). Artemis, transformada ya en Diana, lo había ocultado en Italia, precisamente en el santuario de Arida, haciéndole su sacerdote bajo el nombre de Virbio, es decir, «el que ha vivido dos veces». Esta leyenda quizá posea su origen en el tabú que existía en el culto de la Diana de Nemi, que prohibía la entrada en el santuario de caballos. Como este animal había sido el causante directo de la muerte de Hipólito, explicaba perfectamente la inquina contra los animales «culpables».
En Capua existía también la leyenda de una cierva consagrada a Diana (animal preferido de la diosa) que poseía una milagrosa longevidad y cuya suerte se ligaba a la conservación de la ciudad.
Bajo la denominación de Lucina, Diana presidía los dolores del parto. El culto a Diana poseyó durante algún tiempo relevante importancia política. Los miembros de la Confederación Latina tenían sus reuniones en el templo romano de la diosa erigido en el monte Aventino, según la tradición, por Servio Tulio y reconstruido durante los primeros años imperiales.
Iconología
Las imágenes de Diana de la época antigua son muy numerosas. Sobresale la Diana de Efeso (museos del Vaticano y Dresde), protectora de la fecundidad, que simbolizan los numerosos pechos con los que se presenta la diosa. La Diana de Versalles (Louvre), la Artemis pompeyana. La de Lamaca (Viena) y la de Ostia, con réplicas en Dresde, Munich, Estocolmo, Londres, Roma, etcétera.
A partir del siglo XVI su leyenda inspiró a los artistas. Así la Diana en su carro por Correggio (frescos del convento de San Pablo de Parma) y por Gabriel Blanchard (Versalles, salón de Diana); Rubens (Prado), Claudio de Lorena (Nápoles), P. Brill (Louvre), J. Fyt (Viena), etcétera.
El Baño de Diana inspiró los pinceles de Clouet (Ruán), Carracci (Bruselas), Cambiaso (Génova), Albani (Louvre), Watteau, Boucher (Louvre); Diana sorprendida por Acteón es obra de Tiziano (Prado); Correggio (villa San Vítale, junto a Parma); Diana descubriendo el embarazo de la ninfa Calisto, por Tiziano (Londres y Viena); Carracci (Louvre); Diana y Venus, por Primaticcio (Aix-en-Provence); Diana y Pan, por Lanfranco (Louvre); Diana e Indimión, por Carracci (galería Farnesio, Roma); Blanchard (Versalles), J. B. Van Loo (Louvre).
Las historias de la diosa y su temática pasaron también a los dibujos, grabados, porcelanas, tapices, motivos de estuco, etcétera.
Se creía que la Diana de Nemi era la Artemis de Táuride que el héroe griego Orestes había llevado a Italia, lo cual explicaría el carácter violento de sus ritos, pues la Diana de Táuride gustaba de los sacrificios humanos, como cuenta la leyenda helénica. Así no es de extrañar la extraña forma con que se podía suceder a su sacerdote, denominado Rex Nemorensis (Rey de los Bosques).
Otra leyenda relataba que Artemis había acogido a Hipólito, hijo del héroe ateniense Teseo, después de su desgraciada muerte provocada por la pasión de su liviana madrastra Fedra y de su consiguiente resurrección gracias al médico Asclepio (Esculapio). Artemis, transformada ya en Diana, lo había ocultado en Italia, precisamente en el santuario de Arida, haciéndole su sacerdote bajo el nombre de Virbio, es decir, «el que ha vivido dos veces». Esta leyenda quizá posea su origen en el tabú que existía en el culto de la Diana de Nemi, que prohibía la entrada en el santuario de caballos. Como este animal había sido el causante directo de la muerte de Hipólito, explicaba perfectamente la inquina contra los animales «culpables».
En Capua existía también la leyenda de una cierva consagrada a Diana (animal preferido de la diosa) que poseía una milagrosa longevidad y cuya suerte se ligaba a la conservación de la ciudad.
Bajo la denominación de Lucina, Diana presidía los dolores del parto. El culto a Diana poseyó durante algún tiempo relevante importancia política. Los miembros de la Confederación Latina tenían sus reuniones en el templo romano de la diosa erigido en el monte Aventino, según la tradición, por Servio Tulio y reconstruido durante los primeros años imperiales.
Iconología
Las imágenes de Diana de la época antigua son muy numerosas. Sobresale la Diana de Efeso (museos del Vaticano y Dresde), protectora de la fecundidad, que simbolizan los numerosos pechos con los que se presenta la diosa. La Diana de Versalles (Louvre), la Artemis pompeyana. La de Lamaca (Viena) y la de Ostia, con réplicas en Dresde, Munich, Estocolmo, Londres, Roma, etcétera.
A partir del siglo XVI su leyenda inspiró a los artistas. Así la Diana en su carro por Correggio (frescos del convento de San Pablo de Parma) y por Gabriel Blanchard (Versalles, salón de Diana); Rubens (Prado), Claudio de Lorena (Nápoles), P. Brill (Louvre), J. Fyt (Viena), etcétera.
El Baño de Diana inspiró los pinceles de Clouet (Ruán), Carracci (Bruselas), Cambiaso (Génova), Albani (Louvre), Watteau, Boucher (Louvre); Diana sorprendida por Acteón es obra de Tiziano (Prado); Correggio (villa San Vítale, junto a Parma); Diana descubriendo el embarazo de la ninfa Calisto, por Tiziano (Londres y Viena); Carracci (Louvre); Diana y Venus, por Primaticcio (Aix-en-Provence); Diana y Pan, por Lanfranco (Louvre); Diana e Indimión, por Carracci (galería Farnesio, Roma); Blanchard (Versalles), J. B. Van Loo (Louvre).
Las historias de la diosa y su temática pasaron también a los dibujos, grabados, porcelanas, tapices, motivos de estuco, etcétera.
Mercurio
En latín Mercurius, dios romano del comercio. Identificado con el Hermes griego. En su nombre latino se encuentra la raíz merx, significando mercancía. Ademas de los comerciantes es el protector de los viajeros. Hijo de Júpiter, tras su helenización se le representa como mensajero de su divino padre y, hasta de forma satírica, como compañero de las múltiples aventuras amorosas del padre de los dioses.
El primer templo se le edificó en el valle del Circo Máximo, en la falda del Aventino, hacia comienzos del siglo V a. C. Construido fuera del recinto sagrado de la ciudad, parece indicar un origen extranjero del ilios o quizá de su culto.
Como Hermes sus atributos son el sombrero provisto de dos alas (petaso), el caduceo en la mano (vara de laurel o de olivo con dos serpientes enroscadas y dos alitas) y sandalias también aladas; por último, lleva también una bolsa, símbolo de las ganancias que proporciona el comercio.
Al igual que la mayoría de las divinidades romanas, Mercurio carece también de leyenda propia y sólo es una simple traducción de Hermes cuando es presentado como padre de Evandro. Se le considera también padre de los lares, ya que éstos como Mercurio-Hermes son también dioses de las encrucijadas de los caminos, descanso para los viajeros.
Iconología
Las representaciones del Mercurio romano se inspiran en la del Hermes griego. En la época Moderna también fue muy representado: Mercurio de Giambologna (Florencia, Bargello); fílente de Mercurio por A. de Vries en Augsburgo; Mercurio en un caballo alado por Coysevox (Tullerías, París); Mercurio poniéndose los talares por Pigalle y por Rude (Louvre). En pintura uno de los temas más divulgados del dios es en su aventura con Argos: Rubens (Prado, Dresde); Teniers el Viejo (Viena); Velázquez (Prado); J. A. Both (Munich); Jordaens (Dijon); Mercurio aparece también en el Rapto de Psique, por Rafael (Farnesio); Educación del amor, por Correggio (Chalóns-sur-Marne); La primavera, por Botticelli (Florencia), etcétera
El primer templo se le edificó en el valle del Circo Máximo, en la falda del Aventino, hacia comienzos del siglo V a. C. Construido fuera del recinto sagrado de la ciudad, parece indicar un origen extranjero del ilios o quizá de su culto.
Como Hermes sus atributos son el sombrero provisto de dos alas (petaso), el caduceo en la mano (vara de laurel o de olivo con dos serpientes enroscadas y dos alitas) y sandalias también aladas; por último, lleva también una bolsa, símbolo de las ganancias que proporciona el comercio.
Al igual que la mayoría de las divinidades romanas, Mercurio carece también de leyenda propia y sólo es una simple traducción de Hermes cuando es presentado como padre de Evandro. Se le considera también padre de los lares, ya que éstos como Mercurio-Hermes son también dioses de las encrucijadas de los caminos, descanso para los viajeros.
Iconología
Las representaciones del Mercurio romano se inspiran en la del Hermes griego. En la época Moderna también fue muy representado: Mercurio de Giambologna (Florencia, Bargello); fílente de Mercurio por A. de Vries en Augsburgo; Mercurio en un caballo alado por Coysevox (Tullerías, París); Mercurio poniéndose los talares por Pigalle y por Rude (Louvre). En pintura uno de los temas más divulgados del dios es en su aventura con Argos: Rubens (Prado, Dresde); Teniers el Viejo (Viena); Velázquez (Prado); J. A. Both (Munich); Jordaens (Dijon); Mercurio aparece también en el Rapto de Psique, por Rafael (Farnesio); Educación del amor, por Correggio (Chalóns-sur-Marne); La primavera, por Botticelli (Florencia), etcétera
Vulcano
Dios del fuego y la metalurgia, hijo de Júpiter y Juno. En un principio había sido una divinidad itálica muy antigua venerada por los etruscos y al parecer su nombre es también de este origen, según algunos autores. Contaba con un sacerdote (flamen) y una fiesta, la Vulcanalia, que se celebraba el 23 de agosto. Se dice que fue el sabino Tito Tacio el que introdujo en Roma su culto después de las guerras entre ambos pueblos. Otra tradición afirma que fue Rómulo el que ordenó la construcción del primer santuario del dios y toda su área cercana recibió el nombre de Vulcanal. En las Vulcanalia se arrojaban al fuego pececitos y pequeños animales que representaban las vidas humanas puestas bajo la protección del dios. Tras las guerras púnicas Vulcano, que no poseía leyenda propia, se fue identificando cada vez más con el griego Hefesto (Hefaistos). Sus santuarios fueron con frecuencia construidos fuera del recinto urbano y en Roma hubo uno en el campo de Marte. Octavio Augusto, el 9 d. C., le consagró un altar en el Foro. Su culto adquirió relevante importancia en Ostia, puerto primitivo de Roma hacia la desembocadura del Tíber. Al ser considerado como divinidad ígnea telúrica (del fuego interior de la tierra), de su nombre derivó la palabra Volcán, Vulcanología (Ciencia de los volcanes), etc. En algunas versiones se presenta a veces a Vulcano como padre de Caco, muerto por Hércules durante su estancia en Italia, de Céculo e incluso del rey legendario Servio Tulio.
Iconología
Primero fue representado como un atleta desnudo y todavía joven; pero pronto fue el tradicional herrero barbudo y cojo (fiel a la leyenda griega sobre Hefesto), vestido con una túnica corta, tocado con gorro de lana y sosteniendo un martillo y las tenazas en las manos; a veces se le representa forjando los rayos de Júpiter como en una pintura de Pompeya y un mosaico de Herculano o las armas de Aquiles; precipitado del cielo por Júpiter (acción por la que según la leyenda quedó cojo), bajorrelieve de Berlín, o sostenido ebrio por Hércules (cerámica); igualmente se halla representado en su famosa fragua, recibiendo a su esposa Venus o sorprendiéndola en flagrante adulterio con Marte. Sobresale en pintura el famoso cuadro sobre la fragua de Vulcano de Velázquez (Museo del Prado). Representa el momento en que Apolo le revela la liviandad de su bella esposa.
Iconología
Primero fue representado como un atleta desnudo y todavía joven; pero pronto fue el tradicional herrero barbudo y cojo (fiel a la leyenda griega sobre Hefesto), vestido con una túnica corta, tocado con gorro de lana y sosteniendo un martillo y las tenazas en las manos; a veces se le representa forjando los rayos de Júpiter como en una pintura de Pompeya y un mosaico de Herculano o las armas de Aquiles; precipitado del cielo por Júpiter (acción por la que según la leyenda quedó cojo), bajorrelieve de Berlín, o sostenido ebrio por Hércules (cerámica); igualmente se halla representado en su famosa fragua, recibiendo a su esposa Venus o sorprendiéndola en flagrante adulterio con Marte. Sobresale en pintura el famoso cuadro sobre la fragua de Vulcano de Velázquez (Museo del Prado). Representa el momento en que Apolo le revela la liviandad de su bella esposa.
Apolo
En la lista de los doce dioses Consentí que hemos ofrecido anteriormente, en los que se produjo la asimilación grecolatina vemos que hay uno solo con el mismo nombre para las dos culturas: es Apolo. Podría decirse que en realidad sólo pertenece a la cultura helénica y no tiene contrapartida en la romana. En efecto, Apolo, dios del Peloponeso predórico, fue desconocido de los primeros romanos y sólo entró en relación con ellos al primer contacto entre latinos y griegos en Italia por medio de la colonia de Cumas, en la punta más septentrional de la bahía de Nápoles, famosa por ser la sede de una sibila o profetisa de Apolo. Más tarde, después de haber consultado los libros sibilinos, Roma, amenazada por Aníbal (siglo III a. C.), instituyó unos juegos en honor de Apolo (Ludi Apollinares).
La Sibila de Cumas
Era una doncella de origen troyano de noble cuna, dotada por Apolo del don de la profecía. Emigró a Cumas desde Eritrea en las costas de Asia Menor, cerca de Quíos. Apolo le había concedido el privilegio de vivir tantos años como granos de arena pudiese contener en su mano a condición de que nunca volviera a ver su país natal; pero un día recibió una carta de los eritreos sellada inconscientemente con tierra de su país. La Sibila murió en el acto. Asimismo se contaba que había solicitado a Apolo, que la amaba, una larga vida, pero olvidándose de pedirle también una constante juventud. Apolo le concedió el primer don, pero en cuanto al segundo, el dios le solicitó a cambio su virginidad, cosa que la Sibila rehusó. De esta forma, la Sibila fue envejeciendo cada vez más, hasta que arrugada y seca terminó pareciendo una cigarra. Entonces los de Cumas la enjaularon como si fuera un pájaro y la colgaron del templo de Apolo, su benefactor. Los chiquillos llegaban hasta ella y le preguntaban: «Sibila, ¿qué deseas?». «Deseo morir», respondía ella una y otra vez.
La influencia de la Sibila de Cumas en la historia de Roma se había iniciado en la época de Tarquino el Soberbio, cuando ofreció venderle sus famosos nueve libros (tal como ya hemos expuesto en la historia de este rey). Cuando el monarca, tras haberse negado por dos veces, compró los últimos tres que le quedaban y los depositó en el templo de Júpiter Capitolino, la Sibila desapareció. En realidad, quizás en su origen, los oficiantes o encargados de estas cuestiones, primero dos y después hasta diez, viajaban a Cumas para consultar al Oráculo los problemas que necesitaban su consejo y después realizaron una recopilación de fórmulas que fueron los Libros Sibilinos, guardados bajo la protección de Júpiter en el Capitolio.
Los inicios de la influencia sibilina en los asuntos romanos parece que datan del año 493 a. C., cuando como consecuencia del hambre sucedida al ser atacada Roma por el etrusco Porsena, el Oráculo ordenó la construcción de un templo a Ceres, Liber y Libera, al pie del Aventino. Es decir, un santuario a la tríada griega Deméter (Ceres), Yaco y Perséfone (Proserpina), siendo Yaco el hijo de Deméter o de Perséfone y, según otra versión, el marido de Deméter y a veces el propio Dionisios (Baco). La introducción de esta tríada es de trascendental importancia puesto que fueron conocidos así en Roma los famosos misterios griegos eleusinos, en los que los emperadores se sentían orgullosos de ser iniciados y de los que Yaco era el portador del hacha e iba frente de la solemne procesión conmemorativa.
Los libros sibilinos fueron consultados en caso de desgracia, de un prodigio o de un suceso extraordinario. Se componían de prescripciones religiosas, sacrificios expiatorios, introducción de un nuevo culto y de nuevos dioses: Hermes (Mercurio), Posidón (Neptuno), Asclepio (Esculapio), etc. Todo ello destinado a salvar cualquier situación imprevista. Magistrados especiales se hallaban encargados de la conservación, consulta e interpretación de los mismos.
Virgilio da a la Sibila de Cumas el papel de guía en su descenso a los Infiernos a su héroe, Eneas, en el famoso poema la Eneida.
El Apolo romano
Los mitos apolíneos, más propios de una Historia de las religiones, aparecieron con singular persistencia por su promesa salvadora a sus iniciados en los muros de la basílica de la Porta Maggiore, de Roma, al igual que en una incontable cantidad de sarcófagos romanos esculpidos. Octavio Augusto, fundador del sistema imperial, se puso personalmente bajo protección de Apolo. De esta forma atribuyó a su divina intervención la victoria de Actium sobre Marco Antonio y Cleopatra, el 31 a. C. La leyenda popular contaba que Atia, madre de Octavio, le concibió una noche pasada en el templo del dios por obra y gracia de éste. Augusto ordenó la erección de un templo a Apolo en el Palatino y le rindió especial culto. En su mayor parte fueron dedicados a Apolo los Juegos Seculares del 17 a. C. En ellos se entonó el Canto Secular de Horacio. En este himno Apolo y su hermana Artemis (Diana) son citadas como divinidades mediadoras entre el pueblo romano y Júpiter. Son ellas las que derraman todas las gracias enviadas por el padre de los dioses a sus fieles.
Iconología
Debido a que Apolo no posee un antecedente más o menos asimilado en Roma, su estatuaria es con más razón griega, simples copias de los grandes maestros: Praxíteles, Fidias o su escuela, etc. Así la podemos ver en el museo nacional de Roma, en el del Vaticano, Nápoles, etc. y fuera de Italia, en el Louvre, gliptoteca de Munich, británico y, naturalmente, en el de Atenas, los más helénicos. Todos representan un hermoso joven, apenas hombre, canon de la belleza masculina. El denominado Apolo Belvedere (siglo IV a. C.) del Vaticano influyó extraordinariamente en los artistas del Renacimiento y en especial en Miguel Ángel. Los distintos episodios de la leyenda singularmente helénica de Apolo son algunos de los temas mitológicos principales del arte renacentista y barroco. Así, por ejemplo, la composición escultórica Apolo y la ninfa Dafne realizada en mármol por Bernini (1622-24), de la galería Borghese (Roma), en la que el dios coge a su amada y cuando intenta hacerla suya, ésta, para preservar su virginidad, inicia su conversión en laurel. Desde entonces es la planta predilecta del dios.
LAS NUEVE MUSAS QUE PRESIDIERON LAS NUEVE ARTES DE LAS QUE ERA DIOS APOLO
La Sibila de Cumas
Era una doncella de origen troyano de noble cuna, dotada por Apolo del don de la profecía. Emigró a Cumas desde Eritrea en las costas de Asia Menor, cerca de Quíos. Apolo le había concedido el privilegio de vivir tantos años como granos de arena pudiese contener en su mano a condición de que nunca volviera a ver su país natal; pero un día recibió una carta de los eritreos sellada inconscientemente con tierra de su país. La Sibila murió en el acto. Asimismo se contaba que había solicitado a Apolo, que la amaba, una larga vida, pero olvidándose de pedirle también una constante juventud. Apolo le concedió el primer don, pero en cuanto al segundo, el dios le solicitó a cambio su virginidad, cosa que la Sibila rehusó. De esta forma, la Sibila fue envejeciendo cada vez más, hasta que arrugada y seca terminó pareciendo una cigarra. Entonces los de Cumas la enjaularon como si fuera un pájaro y la colgaron del templo de Apolo, su benefactor. Los chiquillos llegaban hasta ella y le preguntaban: «Sibila, ¿qué deseas?». «Deseo morir», respondía ella una y otra vez.
La influencia de la Sibila de Cumas en la historia de Roma se había iniciado en la época de Tarquino el Soberbio, cuando ofreció venderle sus famosos nueve libros (tal como ya hemos expuesto en la historia de este rey). Cuando el monarca, tras haberse negado por dos veces, compró los últimos tres que le quedaban y los depositó en el templo de Júpiter Capitolino, la Sibila desapareció. En realidad, quizás en su origen, los oficiantes o encargados de estas cuestiones, primero dos y después hasta diez, viajaban a Cumas para consultar al Oráculo los problemas que necesitaban su consejo y después realizaron una recopilación de fórmulas que fueron los Libros Sibilinos, guardados bajo la protección de Júpiter en el Capitolio.
Los inicios de la influencia sibilina en los asuntos romanos parece que datan del año 493 a. C., cuando como consecuencia del hambre sucedida al ser atacada Roma por el etrusco Porsena, el Oráculo ordenó la construcción de un templo a Ceres, Liber y Libera, al pie del Aventino. Es decir, un santuario a la tríada griega Deméter (Ceres), Yaco y Perséfone (Proserpina), siendo Yaco el hijo de Deméter o de Perséfone y, según otra versión, el marido de Deméter y a veces el propio Dionisios (Baco). La introducción de esta tríada es de trascendental importancia puesto que fueron conocidos así en Roma los famosos misterios griegos eleusinos, en los que los emperadores se sentían orgullosos de ser iniciados y de los que Yaco era el portador del hacha e iba frente de la solemne procesión conmemorativa.
Los libros sibilinos fueron consultados en caso de desgracia, de un prodigio o de un suceso extraordinario. Se componían de prescripciones religiosas, sacrificios expiatorios, introducción de un nuevo culto y de nuevos dioses: Hermes (Mercurio), Posidón (Neptuno), Asclepio (Esculapio), etc. Todo ello destinado a salvar cualquier situación imprevista. Magistrados especiales se hallaban encargados de la conservación, consulta e interpretación de los mismos.
Virgilio da a la Sibila de Cumas el papel de guía en su descenso a los Infiernos a su héroe, Eneas, en el famoso poema la Eneida.
El Apolo romano
Los mitos apolíneos, más propios de una Historia de las religiones, aparecieron con singular persistencia por su promesa salvadora a sus iniciados en los muros de la basílica de la Porta Maggiore, de Roma, al igual que en una incontable cantidad de sarcófagos romanos esculpidos. Octavio Augusto, fundador del sistema imperial, se puso personalmente bajo protección de Apolo. De esta forma atribuyó a su divina intervención la victoria de Actium sobre Marco Antonio y Cleopatra, el 31 a. C. La leyenda popular contaba que Atia, madre de Octavio, le concibió una noche pasada en el templo del dios por obra y gracia de éste. Augusto ordenó la erección de un templo a Apolo en el Palatino y le rindió especial culto. En su mayor parte fueron dedicados a Apolo los Juegos Seculares del 17 a. C. En ellos se entonó el Canto Secular de Horacio. En este himno Apolo y su hermana Artemis (Diana) son citadas como divinidades mediadoras entre el pueblo romano y Júpiter. Son ellas las que derraman todas las gracias enviadas por el padre de los dioses a sus fieles.
Iconología
Debido a que Apolo no posee un antecedente más o menos asimilado en Roma, su estatuaria es con más razón griega, simples copias de los grandes maestros: Praxíteles, Fidias o su escuela, etc. Así la podemos ver en el museo nacional de Roma, en el del Vaticano, Nápoles, etc. y fuera de Italia, en el Louvre, gliptoteca de Munich, británico y, naturalmente, en el de Atenas, los más helénicos. Todos representan un hermoso joven, apenas hombre, canon de la belleza masculina. El denominado Apolo Belvedere (siglo IV a. C.) del Vaticano influyó extraordinariamente en los artistas del Renacimiento y en especial en Miguel Ángel. Los distintos episodios de la leyenda singularmente helénica de Apolo son algunos de los temas mitológicos principales del arte renacentista y barroco. Así, por ejemplo, la composición escultórica Apolo y la ninfa Dafne realizada en mármol por Bernini (1622-24), de la galería Borghese (Roma), en la que el dios coge a su amada y cuando intenta hacerla suya, ésta, para preservar su virginidad, inicia su conversión en laurel. Desde entonces es la planta predilecta del dios.
LAS NUEVE MUSAS QUE PRESIDIERON LAS NUEVE ARTES DE LAS QUE ERA DIOS APOLO
Juno
Deidad itálica, después romana por excelencia, asimilada a la diosa Hera griega. Hija de Saturno y de Rea y esposa de Júpiter. Reina del cielo, diosa de la luz, de la mujer y de la unión legítima. Como tal presidía los esponsales y los matrimonios. Juno, homologa de la divinidad etrusca Uni, personificaba la luz celeste entre los pueblos itálicos y también e1 ciclo lunar. Con Júpiter y Minerva forma la tríada venerada en primer lugar en la colina del Quirinal y después en el Capitolio. Con el epíteto de Lucina protegía los nacimientos, siendo en tal aspecto más parecida a la Artemis griega. Cualquier lazo, cinturón, nudo, etc., podía resistir el parto si se asistía con ellos a su templo para depositarle las ofrendas, era pues condición indispensable el soltarse o desligarse de tales impedimentos.
En su honor se celebraba la fiesta de las Matronalia, correspondiente al día primero de marzo de cada año. Tan sólo las mujeres participaban en ella, llevando a su templo ofrendas a la diosa, su protectora. Al regresar a casa recibían regalos de los hombres y en aquella ocasión servían a sus esclavas, a semejanza de lo que realizaban los varones en las Saturnalia o fiestas en honor de Saturno. Las Matronalia recordaban por un lado el nacimiento de Marte, hijo de Juno, y por otro la intervención de las mujeres sabinas consiguiendo la paz, al interponerse entre sus padres y sus nuevos maridos, tras su rapto por los romanos.
Santuario importante fue el de Juno Moneta, diosa de los buenos consejos, o diosa que avisa (del latín moneo, avisar), recibiendo su culto en la Ciudadela. Los gansos de su recinto sagrado, con sus chillidos, avisaron a los romanos de la presencia de los galos que intentaban escalar el recinto amurallado y salvaron así a la ciudad de Roma. En el siglo III a. C. se instaló una ceca junto a su templo y a su producción se denominó en general moneta, de donde derivó la palabra moneda, puesta bajo la protección de la diosa.
Otros epítetos fueron: Juno Caprotina, protectora de la fecundidad y venerada con fiestas populares y licenciosas; Juno Sospita, diosa compasiva honrada en Lanuvium. La Juno Caelestis fue asimilada después de la tercera guerra púnica (siglo II a. C.) a la Astarté cartaginesa.
A semejanza de los Genius protectores de los varones, las mujeres poseían su Juno particular, auténtico «doble» divino que guardaba su feminidad. Incluso las mismas diosas poseían su Juno. En la leyenda de los Horacios, la hermana de Horacio vencedor ofreció un sacrificio expiatorio tras el duelo a su Juno Sororia (del latín soror, hermana).
Iconología
Simbolizada como esposa de Júpiter, las representaciones de Juno adoptan el modelo de la Hera helénica. Las repúblicas de originales griegos o romanos que muestran a la diosa con velo, o con una diadema y sosteniendo un cetro o un rayo, son numerosas. Una media luna y estrellas pueden verse en la frente de la Juno Caelestis. La Juno Sospita descrita por Cicerón blandía una jabalina (Museo del Vaticano). Sin embargo, el tipo romano por excelencia es el que aparece como una matrona con diversos objetos: pinzas, tijeras, un niño, etcétera.
Rubens, Tintoretto y el Veronés representaron a Juno en su producción pictórica. Famosa es la Juno creando la Vía Láctea del Museo del Prado, pintado por el primero.
En su honor se celebraba la fiesta de las Matronalia, correspondiente al día primero de marzo de cada año. Tan sólo las mujeres participaban en ella, llevando a su templo ofrendas a la diosa, su protectora. Al regresar a casa recibían regalos de los hombres y en aquella ocasión servían a sus esclavas, a semejanza de lo que realizaban los varones en las Saturnalia o fiestas en honor de Saturno. Las Matronalia recordaban por un lado el nacimiento de Marte, hijo de Juno, y por otro la intervención de las mujeres sabinas consiguiendo la paz, al interponerse entre sus padres y sus nuevos maridos, tras su rapto por los romanos.
Santuario importante fue el de Juno Moneta, diosa de los buenos consejos, o diosa que avisa (del latín moneo, avisar), recibiendo su culto en la Ciudadela. Los gansos de su recinto sagrado, con sus chillidos, avisaron a los romanos de la presencia de los galos que intentaban escalar el recinto amurallado y salvaron así a la ciudad de Roma. En el siglo III a. C. se instaló una ceca junto a su templo y a su producción se denominó en general moneta, de donde derivó la palabra moneda, puesta bajo la protección de la diosa.
Otros epítetos fueron: Juno Caprotina, protectora de la fecundidad y venerada con fiestas populares y licenciosas; Juno Sospita, diosa compasiva honrada en Lanuvium. La Juno Caelestis fue asimilada después de la tercera guerra púnica (siglo II a. C.) a la Astarté cartaginesa.
A semejanza de los Genius protectores de los varones, las mujeres poseían su Juno particular, auténtico «doble» divino que guardaba su feminidad. Incluso las mismas diosas poseían su Juno. En la leyenda de los Horacios, la hermana de Horacio vencedor ofreció un sacrificio expiatorio tras el duelo a su Juno Sororia (del latín soror, hermana).
Iconología
Simbolizada como esposa de Júpiter, las representaciones de Juno adoptan el modelo de la Hera helénica. Las repúblicas de originales griegos o romanos que muestran a la diosa con velo, o con una diadema y sosteniendo un cetro o un rayo, son numerosas. Una media luna y estrellas pueden verse en la frente de la Juno Caelestis. La Juno Sospita descrita por Cicerón blandía una jabalina (Museo del Vaticano). Sin embargo, el tipo romano por excelencia es el que aparece como una matrona con diversos objetos: pinzas, tijeras, un niño, etcétera.
Rubens, Tintoretto y el Veronés representaron a Juno en su producción pictórica. Famosa es la Juno creando la Vía Láctea del Museo del Prado, pintado por el primero.
Júpiter
Hijo de Saturno y de Rea. Homólogo de la divinidad etrusca Tinia. Posteriormente fue asimilado al Zeus griego, del que tomó la genealogía y las aventuras. Dios de los Cielos, es la divinidad por excelencia del panteón romano, rectora de la luz del día, del tiempo atmosférico, el rayo, el trueno y la lluvia reparadora. Ciertos árboles como los robles le estaban particularmente consagrados. El primer Júpiter se llamó «Lacial» y su santuario se levantaba en lo alto del actual monte Cavo, al este del lago Albano y no muy alejado de la residencia papal.
El santuario más antiguo erigido en el Capitolio romano lo fue al Júpiter Feretrio, el «Despedazador», al que se le consagraban los despojos de cualquier jefe enemigo de los romanos muerto en combate. Según la leyenda, Rómulo ordenó su construcción para cumplir la promesa por su victoria sobre los sabinos y su rey Acrón. Pierre Grimal afirma que el primer templo se erigió al pie del Palatino bajo el apelativo de Stator («el que detiene» a los enemigos).
Una tradición conservada atribuye al rey-sacerdote Numa Pompilio el culto a Júpiter Elicius, con el significado de «el que atrae al rayo y permite al hechicero hacerlo descender».
Júpiter fue adquiriendo una importancia paralela al crecimiento de la ciudad de Roma hasta convertirse en Júpiter Optimus Máximus («el Mejor y Mayor de Todos»). De esta forma, alcanza el poder supremo de las divinidades y la presidencia del consejo de los dioses (los Dii Consentís). Durante la República cada uno de los dos cónsules, antes de comenzar su mandato, dirigía a Júpiter sus primeras oraciones. Los vencedores, en procesión solemne, le ofrendaban su corona triunfal y le ofrecían toros blancos como víctimas. El rayo y el águila eran los principales símbolos del gran dios y ambos figuraban en los estandartes de las legiones romanas.
Ciertas piedras de pedernal o de sílex, que sacan chispas al frotar unas con otras, fueron relacionadas con Júpiter Lapis, en tanto que dios del rayo y el trueno. A través de dichas piedras se solicitaba a Júpiter una lluvia abundante y servían también para garantizar un juramento solemne o la firma de un tratado. Uno de los denominados sacerdotes Feriales —miembro de los veinte sacerdotes que aconsejaban en los asuntos internacionales— mataba un cerdo con una piedra de sílex e invocaba a Júpiter para sellar el juramento.
Los emperadores gustaron de colocarse bajo la protección del poderoso dios y algunos quisieron hacerse pasar por su encarnación o bien relataban sus contactos con él, en especial en sueños. Uno de los fieles más agradecidos fue el propio Octavio Augusto, que ordenó levantar en el Capitolio un templo a Júpiter Tonante. Años después, el desequilibrado Calíguia se autonombró Optimusy Máximus, y comunicó su palacio del Palatino con un paso directo que desembocaba en el santuario de Júpiter en el Capitolio.
En todas las ciudades provinciales era imprescindible levantar un capitolio semejante al de Roma, como enlace del Júpiter de cada una de ellas con el capitalino, ya que las ciudades intentaban ser «Romas» en pequeña escala.
Además de su asimilación al Zeus helénico, Júpiter fue asociado a diversos dioses supremos orientales: Sabacio, Amón, Doliqueno, etcétera.
El santuario más antiguo erigido en el Capitolio romano lo fue al Júpiter Feretrio, el «Despedazador», al que se le consagraban los despojos de cualquier jefe enemigo de los romanos muerto en combate. Según la leyenda, Rómulo ordenó su construcción para cumplir la promesa por su victoria sobre los sabinos y su rey Acrón. Pierre Grimal afirma que el primer templo se erigió al pie del Palatino bajo el apelativo de Stator («el que detiene» a los enemigos).
Una tradición conservada atribuye al rey-sacerdote Numa Pompilio el culto a Júpiter Elicius, con el significado de «el que atrae al rayo y permite al hechicero hacerlo descender».
Júpiter fue adquiriendo una importancia paralela al crecimiento de la ciudad de Roma hasta convertirse en Júpiter Optimus Máximus («el Mejor y Mayor de Todos»). De esta forma, alcanza el poder supremo de las divinidades y la presidencia del consejo de los dioses (los Dii Consentís). Durante la República cada uno de los dos cónsules, antes de comenzar su mandato, dirigía a Júpiter sus primeras oraciones. Los vencedores, en procesión solemne, le ofrendaban su corona triunfal y le ofrecían toros blancos como víctimas. El rayo y el águila eran los principales símbolos del gran dios y ambos figuraban en los estandartes de las legiones romanas.
Ciertas piedras de pedernal o de sílex, que sacan chispas al frotar unas con otras, fueron relacionadas con Júpiter Lapis, en tanto que dios del rayo y el trueno. A través de dichas piedras se solicitaba a Júpiter una lluvia abundante y servían también para garantizar un juramento solemne o la firma de un tratado. Uno de los denominados sacerdotes Feriales —miembro de los veinte sacerdotes que aconsejaban en los asuntos internacionales— mataba un cerdo con una piedra de sílex e invocaba a Júpiter para sellar el juramento.
Los emperadores gustaron de colocarse bajo la protección del poderoso dios y algunos quisieron hacerse pasar por su encarnación o bien relataban sus contactos con él, en especial en sueños. Uno de los fieles más agradecidos fue el propio Octavio Augusto, que ordenó levantar en el Capitolio un templo a Júpiter Tonante. Años después, el desequilibrado Calíguia se autonombró Optimusy Máximus, y comunicó su palacio del Palatino con un paso directo que desembocaba en el santuario de Júpiter en el Capitolio.
En todas las ciudades provinciales era imprescindible levantar un capitolio semejante al de Roma, como enlace del Júpiter de cada una de ellas con el capitalino, ya que las ciudades intentaban ser «Romas» en pequeña escala.
Además de su asimilación al Zeus helénico, Júpiter fue asociado a diversos dioses supremos orientales: Sabacio, Amón, Doliqueno, etcétera.
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