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lunes, 21 de octubre de 2013

El país venturoso

El mandarín Tao- Lang, gobernador de la provincia de Shan-Si, estaba muy satisfecho de sus administradores y de sí mismo. Pensaba con orgullo: “Mi sabiduría y la docilidad de mi pueblo tocan ciertamente el gran corazón de Buda. Recibiremos del dios los dones más excelsos”. Sin embargo, Tao-Lang tenía una sombra en su ánimo.
Entre su gente amable y alegre había un hombre a quien despreciaba profundamente: Lu.
Este, viudo desde hacía muchos años, sin hijos y sin amigos, vivía en una casucha solitaria haciendo de zapatillero. Era en verdad un hábil artesano y sus pantuflas tenían una gracia muy particular. Pero las hacia pagar harto caras. Y montaba en cólera cuando alguien, una vez elegida la mercancía, regateaba el precio.
-Deja mi mercancía –gritaba agriamente- si tienes miedo de adelgazar tu bolsa. Y ve a comprar a quien pueda satisfacer tu avaricia.
Una vez arrebato un par de pantuflas, de las manos de Jen, la mujer de Tao-Lang, la cual para poner a prueba el carácter del artesano, le había propuesto un precio muy bajo.
-No me importa en absoluto que seas la mujer de nuestro gobernador. Yo no regalo la mercancía. Me cuesta trabajo y quiero una justa recompensa a mi obra.
Jen, muy ofendida, había corrido a su casa a desfogarse con Tao-Lang.
-Un hombre tan iracundo y malvado entre nosotros es una mancha –exclamo la mujer.
Desde aquel día precisamente, el mandarín solo tuvo un deseo: alejar a Lu de la provincia.
Pero ¿Cómo conseguirlo? Por más que pensase, no lograba hallar un expediente que estuviese en armonía con su dignidad de hombre prudente.
Un día decidió consultar el caso con el viejo Tan, que habitaba mas allá de los Montes Azules, este anciano, a pesar de su edad, tenía el alma de niño; y se decía que, en los momentos de éxtasis hablaba con el propio Buda. Tao-Lang, pues se presento al santo anciano y le dijo:
-En la vasta provincia de Shan-Si solo hay personas llenas de virtud, gente que con sus buenas maneras honra al señor del Universo. Pero entre todas esas criaturas hay un hombre áspero, codicioso de ganancias, grosero, que turba la paz de nuestra feliz región.
-¿Conoces bien a ese hombre? –pregunto el sabio anciano Tao.
-Lo conocen todos. Su alma es un pozo de malignidad. Y yo quiero arrancar la mala hierba que ofende con su presencia las hermosas flores de mi jardín. Ayúdame.
El anciano medito largo rato en profundo silencio; luego dijo:
-El gran Buda me ha inspirado. Escucha. Anuncia a tu pueblo que, dentro de tres días, todos los habitantes de la provincia deberán atravesar el río Ir por el puente de mayólica turquí que une las dos riberas. El pájaro Ba de largo pico escarlata cortara el cabello a todos aquellos que tengan alguna mancha en su conciencia. Ya que tu afirmas que tu gente vive en la paz de la bondad y el amor y que solamente Lu el zapatillero tiene la conciencia negra del color de la pez, podrás cuando sea señalado de tal modo por el pájaro Ba, castigarle como se merece, alejándole de sus tierras.
Tao-Lang quedo muy satisfecho de tal consejo. Le dio las gracias al anciano y corrió a su palacio. Poco después, sus mensajeros recorrían la provincia impartiendo sus órdenes.
Tres días más tarde, al amanecer, todos los habitantes de la provincia de Shan-Si, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se reunieron, según las instrucciones recibidas, a la orilla del río, En una tribuna, levantada frente al puente de mayólica, estaban Tao-Lang y su bellísima esposa, muellemente recostados sobre alfombras suntuosas y blandos almohadones.
-El gran Buda –grito entonces Tao-Lang-, el gran dios que lee en el libro secreto de las almas sabrá revelarnos, con una señal, a las personas que no son dignas de vivir entre nosotros. Y esas personas indignas serán expulsadas de nuestro venturoso país de bondad y justicia.
Primero pasaron por el puente los hombres reputados más sabios y prudentes. Eran cinco ancianos de solemne porte, vestidos de blancas túnicas. Subieron en silencio los relucientes peldaños de mayólica, llegaron sobre el puente. Mas impetuoso que el viento, un enorme pájaro de plumas multicolores y majestuosas alas, descendió de lo alto, y valiéndose de su pico escarlata, cual si fuesen un par de tijeras, corto a todos ellos la nobilísima coleta.
-No comprendo –balbuceó Tao-Lang.
Y dio orden para que subieran las cinco mujeres consideradas como las prudentes y virtuosas; el pájaro del pio escarlata no perdono la melena a ninguna de ellas.
-Y ahora que pasen los bonzos –ordeno Tao-Lang. Los bonzos guardan fidelidad a Buda, profesan la justicia, son piadosos y leales.
Los bonzos avanzaron serios, dignos de cinco en cinco. Y todos, bajo las despiadadas tijeras del pico justiciero, perdieron sus hermosos cabellos relucientes como la seda.
Pasaron por el puente largas filas de frescas muchachas, de jóvenes alegres. Y Ba, el terrible pájaro, no se daba tregua.
Finalmente, muy entrada la tarde, llegole el turno a Lu, el zapatillero.
-El pájaro Ba –pensaba el mandarín- tendrá mucho trabajo con la cabeza desgreñada de Lu.
Sucedió precisamente lo contrario. El zapatillero fue el único habitante de la provincia que paso incólume a través del puente y llego a la otra orilla con su cabello integro.
En el jardín de los cerezos apareció entonces Tan, el anciano inspirado por Buda:
-¡Oh, amigos! –dijo. Miraos bien unos a otros. La envidia, la codicia, el odio, la adulación, la maledicencia, la frivolidad ensucian vuestra conciencia. Ni uno, excepto Lu, se ha salvado del pico del pájaro Ba. Tras la puerta de las dulces sonrisas, de las palabras melosas, de los suaves cumplidos, cada uno de vosotros disimula la sombra tenebrosa de la maldad. Solo Lu, se ha revelado puro, honrado, generoso, bajo la tosca corteza de sus maneras, no siempre corteses. El solo trabaja con celo y la recompensa que exige es siempre inferior al esfuerzo que su mercadería le ha costado, a la perfección que le da a sus pantuflas. Únicamente el no envidia a nade, no engaña a nadie. Mas aprended todos, y también tu, noble mandarín Tao-Lang, a no juzgar nunca temerariamente a vuestro prójimo. Solo Buda conoce el secreto de las almas.


La ciudad del rey

Wang, gobernador de la provincia de Hunan, era un hombre avaro. Estafaba monedas a la pobre gente para aumentar su riqueza. Y era incapaz de ofrecer ni un grano de arroz a su pariente mas próximo.
Una noche Wang se despertó sobresaltado.
Una mano fría y misteriosa le tiraba fuerte de los cabellos
-¡Ay! –susurro, aterrado.
El susto y asombro le impedían gritar. Por eso no protestaba, como solía, con arrogancia. Más bien se quejaba, implorando.
-¡Déjame, por favor…!
La mano fría invisible siguió tirando y al fin lo dejo sin un pelo. Wang se toco la cabeza dolorida. Era monda y brillante como la superficie de un jarro. Salto de la cama y, a la débil luz de la lámpara, vio, reflejada en el espejo, su pelada calabaza.
Para no parecer ridículo, embucho en silencio su humillación. Afortunadamente tenia, en su vieja casa, algunas pelucas. Eligio una de ellas, la cepillo un poco y, cuando llego el día, se la coloco en la cabeza.
Precisamente aquella mañana un pobre hombre, llamado Chien,  acudió a su casa en actitud implorante:
-Excelencia, te traía la suma requerida. Ya sabes que procuro pagar los tributos con puntualidad. Pero, desgraciadamente, al pasar por una calle solitaria, un hombre misterioso me ha arrebatado el dinero que llevaba y ha huido.
-Eso –grito Wang colérico- es una excusa, una mentira.
-Créeme –dijo el hombre-, no soy hipócrita.
-No quiero palabras sino dinero –ordeno el gobernador. Mira te concedo dos días de tiempo. Si al expirar el plazo no has satisfecho tus impuestos de contribuyente, te mandare azotar y después te encerrare en la cárcel.
El pobrecito lloro, suplico, pero sin conseguir ablandar el alma endurecida de Wang. Salió pues, consternado del palacio del implacable señor. No tenía valor para regresar a su casa. ¿Qué habría podido decir a su buena mujer, a sus hijos? Volvió a pasar por la solitaria calle, haciéndose a si mismo afanosas preguntas, a las cuales por desgracia no podía responder.
De improviso oyó una voz amable:
-Valor, Chien. La injusticia no agrada a Buda. Y Buda sabrá confortarte.
El infeliz alzo los ojos. Tenía ante él un bonzo de pequeñísima estatura, magro como un gato ayuno de tres meses.
-Valor. Ten fe.
Chien se animó.
-¿Me conoces? –dijo.
-Si Buda quiere, el universo se abre ante mis ojos y no existen secretos para mí.
Quisiera recuperar la suma que me han robado – expuso Chien. Ayúdame a buscar al ladrón que me la ha quitado.
El pequeño bonzo se echo a andar.
-Sígueme –le dijo
Chien siguió al siervo de Dios, sin preguntar nada. Ambos caminaron un día entero. Primero se dirigieron hacia Oriente, luego doblaron hacia Occidente. Cuando llego la noche, mudaron de dirección y caminaron hacia el Mediodía.
Chien estaba asombrado de no sentir cansancio, de no tener sueño, ni hambre ni sed.
Al amanecer del segundo día, ambos llegaron a una extraña ciudad. Las casas eran muy pequeñas, con los tejados de oro. Y la gente vestía de un modo cómico.
El bonzo llamo a un hombre que llevaba una capa de lana blanca y le hablo.
Luego dijo a Chien:
-Confíate a este nuevo guía. Yo debo irme.
Y desapareció de repente, como una nube de incienso.
El misterioso personaje de la capa blanca condujo a Chien a un jardín, le hizo andar largo rato entre quioscos y arriates. Luego le indico un deslumbrante palacio de cristal.
-Ve allá abajo. Las puertas se abrirán solas a tu paso.  Y una monita blanca te llevara a la presencia del rey.
Dicho lo cual, también este segundo personaje desapareció. Chien llego al palacio de cristal.
Una puerta de se abrió, y una monita blanca como la nieve le salió al encuentro.
-Sígueme –dijo.
Atravesaron esplendidas estancias, hasta que llegaron a la sala del trono.
El rey llevaba una larga vestidura roja bordada de perlas. Era viejo, pero sus ojos negrísimos brillaban como gemas.
-Se tu historia –dijo a Chien. Tú quieres recuperar el dinero para llevarlo a Wang. Aquí tienes una carta. La entregaras al gobernador, en vez de la suma que espera de ti.
-¿Una carta? –pregunto extrañado Chien. Wang quiere dinero.
-Le bastara la carta, puedes estar seguro.
El pobre hombre no se atrevió a hacer comentarios y tomo el pliego que el rey tendía.
De repente, irrumpió en el salón un águila verde de proporciones gigantescas.
-Tiéndete sobre la espalda de Tim –ordenó el monarca.
Chien obedeció temblando. Luego le pareció que todo daba vueltas a su alrededor y cerró los ojos.
El águila lo llevo en pocos minutos hasta el palacio del gobernador. El pobre Chien, aturdido por el singular viaje, se presento  al avaro Wang.
-¿Tienes el dinero? –le pregunto el codicioso de buenas a primeras.
En vez de responder, el pobrecito entregole la carta del rey.
El gobernador abrió de mala gana el pliego. Y leyó:
“Yo soy el rey de los justos, fui precisamente yo quien te arranco los cabellos la otra noche. Y también yo quite a Chien la suma que te era destinada. Tus extorsiones empobrecen a tu pueblo y lo hacen cada vez más infeliz. Restituye hoy mismo el dinero obtenido con malas artes. Si no lo haces, los castigos continuaran y serán cada vez más terribles”
Wang volviose rojo de terror, luego estallo en cólera. Volvió a leer la extraña carta. Y el terror fue más grande que la cólera.
Chien esperaba una decisión, guardando un respetuoso silencio.
-¿Podrías acompañarme ante la persona que te ha entregado esta carta que viene dirigida a mi? –pregunto al fin a Chien.
-Ciertamente –dijo Chien, que tenía muy buena memoria.
Wang hizo aprestar varias sillas de manos: una para él, otra para Chien y otras para veinte personas de su séquito.
La caravana se puso en camino.
Chien era el guía. Pero tras el largo y fastidioso viaje, las sillas de manos llegaron al lugar donde debía levantarse la misteriosa ciudad del viejo rey, los hombres se hallaron ante una espesa selva.
-Has mentido, has querido mofarte de mí –grito Wang a Chien.
Y Chien, pobrecito, no sabía cómo justificar el hecho de inexplicable y excusarse.
Estallo un trueno, los arboles volvieronse rojos: luego se incendiaron.
De pronto apareció el pequeño bonzo y el personaje de la capa blanca que paseaban tranquilamente entre las llamas.
-Esto es un encantamiento –murmuro Wang, amedrentado.
Entonces resonó en lo alto una voz terrible:
-Buda quiere que te justifiques. Buda es el rey de la justicia. Regresa a tu provincia de Hunán, oh, gobernador codicioso y avaro. Vuelve y restituye a tu pueblo el dinero que has usurpado. Si no obedeces, esas llamas te alcanzaran y te reducirán a cenizas.
Wang no se hizo repetir la orden. Comprendía que el mandato venia de Buda.
Las sillas retornaron al punto de origen. Wang, al llegar a su palacio, vacio las arcas llenas de oro y mando distribuir entre el pueblo la enorme riqueza que había acumulado a lo largo de muchos años de despotismo. Luego renuncio al cargo de gobernador y se hizo bonzo.

El muchacho del corazón puro

Dos hombres sabios, Ti-Chi-Lo y Na-Lai, Vivian en la ladera de una montaña. Bebían agua, se alimentaban de hierbas y de fruta silvestre y empleaban el tiempo en meditar y orar. Cuando  soplaba el furioso viento del norte o llovía, se refugiaban en una caverna. Por lo demás, preferían estar al aire libre, con el inmenso techo del cielo sobre sus cabezas. Una tarde, Nai-Lai, debilitado por los continuos ayunos y por las noches en vela, se dejo vencer por el sueño mientras oraba. Su compañero, cuando las sombras cayeron sobre el monte, se extraño de no verlo y fue en su busca. Anduvo de acá para allá inútilmente. Por fin, cegado por la oscuridad, piso sin querer la cabeza del durmiente. El cual despertó con un grito. Cuando oyó la voz de Ti-Chi-Lo y se dio cuenta de que lo había atropellado, no pudo frenar su cólera.
-Yo soy amigo de Buda, llevo dentro de mi algo del espíritu divino. Por eso mi cuerpo es sagrado. Al insultarme, has insultado al señor del universo.
-Amigo mío –trato de excusarse Ti-Chi-Lo-, tú olvidas que también soy amigo de Buda, que también llevo dentro de mí el divino espíritu. Me duele sinceramente haberte atropellado. Pero no te había visto, créeme, no lo hice adrede.
El otro, en vez de calmarse, poníase cada vez mas colérico.
-¡Has puesto tu pie sobre mi cabeza! Mi cabeza llena de pensamientos divinos, y tú la has tratado como cosa inmunda.
-Hermano, la debilidad te hace injusto. Te respeto y te quiero, tú lo sabes.
-¡Famoso respeto, famoso afecto! Pretendías aplastarme el cráneo.
Al fin, también Ti-Chi-Lo perdió la paciencia. La disputa fue agriándose cada vez más, y los dos ermitaños se dirigieron mutuamente las más sangrientas injurias.
-¿Sabes que te digo? –vocifero, al fin, Na-Lai. Usando de los poderes que me ha otorgado Buda, ordeno que mañana al salir el sol, una espada invisible te decapite.
-También a mi –grito el otro es el colmo de la cólera- Buda me ha concedido altos poderes. Ordeno que mañana no salga el sol.
Los dos hombres, que por largos años habían vivido en la más santa concordia, se separaron enemigos. Uno de ellos se fue a ocultar en una cueva más estrecha aun.
Al día siguiente, no salió el sol. Y cuando hombres y mujeres se dieron cuenta de este fenómeno, la ciudad y las aldeas se alborotaron. Incluso el rey, en su alcázar, sintiose deprimido, mando llamar a los sabios del reino para que le explicaran el motivo inaudito. Los sabios expresaron las propias opiniones con mucha cautela. Uno hablo de una nube inflada de humo que ocultaba el sol; otro dijo que el sol habíase precipitado en el inmenso báratro de los espacios; un tercero insinuó la posibilidad de que los malos espíritus lo hubiesen destruido con la fuerza de su voluntad maléfica.
Las palabras de los sabios no satisficieron al rey. Fueron llamados a continuación adivinos, magos, ermitaños. Pero ninguno de ellos acertó a explicar el enigma. Cuando los relojes anunciaron las horas nocturnas, los ánimos se tranquilizaron un poco. Un hermoso cielo tachoneado de estrellas fulguraban sobre la ciudad, las aldeas, los bosques y los ríos. La gente se fue a dormir con la viva esperanza de que al día siguiente el bendito sol, reaparecería, como siempre, con todo su esplendor sobre la tierra.
Pero al día siguiente las cosas sucedieron de la misma manera. No hubo dulzura de alba, ni alegría de aurora. Las estrellas continuaron brillando  en un oscuro cielo nocturno. “Buda nos abandona”, se desesperaban todos.
Los ancianos, los niños, las mujeres lloraban. Y los hombres no acertaban a consolarlos. Por lo demás, también los hombres, hasta los más fuertes y valerosos, tenían el corazón lleno de terrible incertidumbre y de angustia.
Un muchacho de quince años, Vu-Li, que vivía en una mísera cabaña en el confín del bosque, no se entrego a la desesperación como hacían todos, no corrió a la ciudad, no sintió deseos de interrogar al rey y a los sabios, ni de hacerse consolar por los ermitaños y magos. Dijo entonces el abuelo.
-Tal vez Buda quiere que durmamos.
El pobrecito estaba siempre cansado, porque se afanaba de lo lindo en el bosque cortando leña y preparando haces con las ramas de los árboles derribados. Se echo sobre la yacija al lado del abuelo y se entrego al sueño. Y en sueños precisamente se le apareció Buda y le explico el motivo de la noche continua. Luego le dijo: “Tu eres una criatura inocente y pacífica. Pero quiero ponerte a prueba”. Entonces entro un hombre tosco de mirada fogosa e impertinente. “Quiero el árbol más alto del bosque”, dijo “Voy a tomarlo”. Vu-Li busco a Buda, pero había desaparecido. Solo veía al hombre tosco de los ojos pérfidos, oía su voz imperiosa.
-Voy a tomar el árbol alto, el más alto del bosque –gritaba.
El muchacho se echo a llorar y contesto entre sollozos.
-No es fácil desraizar un árbol y traerlo aquí. Mis fuerzas no me permiten satisfacer tu deseo.
-Ve, ve –vociferaba el energúmeno.
Y comenzó a golpearle. Entonces apareció el abuelo. Y también el parecía ser ahora enemigo suyo; se puso a abofetearle, a darle puñetazos y puntapiés.
-¿Qué mal he hecho? – se quejaba el muchacho. Y su alma era oscura y le daba más aflicción que los golpes que recibía en su cuerpo.
-Obedece rápidamente –se puso a gritar también el abuelo-, ve a buscar el árbol.
Vu-Li se fue, suspirando, al bosque. Por el camino encontró a dos pilluelos, que se empezaron a burlar de él.
-Ve, tonto, ve a arrancar l árbol. Note dará mucho trabajo, se trata de una cosa demasiado sencilla. ¡Ja,Ja!
Vu-Li habría podido deshacerse de aquel par de granujas con algunos pescozones. Pero no quería golpear a nadie, menos aun a las criaturas más débiles que el. Opto por suplicar:
-Dejadme. Debo obedecer a mi abuelo.
Los pilluelos siguieron atormentándolo. Uno de ellos le tiro un canto que le hirió en la cabeza; otro se abalanzo encima por sorpresa, como un bólido y lo hizo caer.
-Dejadme –rogo, levantándose con trabajo. ¿Qué mal os he hecho?
Llego finalmente al bosque. Vio al árbol alto y su alma inocente sintiose confortada. “Hare lo posible para contentar al abuelo”, se dijo, No se acordaba de la injustificable severidad del anciano, ni de sus bofetadas. En su alma limpia y generosa, solo había lugar para la ternura.
“¡Oh, Buda!”, rezo, “ayúdame en este difícil trabajo”.
Y entonces Buda apareció ante sus ojos atónitos cual una nube esplendorosa.
-Tienes un alma noble y por eso te ofrezco el don de hacer milagros. Ti-Chi-Lo y Na-Lai son indignos de mi gracia y ya no tendrán poderes sobrehumanos. Preséntate al rey y pórtate según tu corazón.  Cuando el muchacho se despertó, la oscuridad seguía envolviendo la tierra.
-Estamos condenados a tinieblas perpetuas
-Lamentose el abuelo. Se levanto de la yacija y tomo la linterna.
-No te asustes -dijo el nieto. Buda está con nosotros. Espérame con fe.
Tomo la linterna y se fu al alcázar. No le resulto difícil ser recibido por el rey.
-¿Qué quieres? –le pregunto el monarca.
Inspirado por Buda, el muchacho del alma limpia hablo:
-Hubo dos hombres que un día se amaban y que hoy se odian. Y ha sido su odio el que nos ha sumergido en las tinieblas. Pero yo he recibido del señor de las almas y de los astros el don de hacer milagros. Y por esto ordeno al sol que vuelva a brillar para alegría de todos.
Justo en aquel momento, un paje que estaba junto a la ventana lanzo un grito de júbilo.
-¡El alba! ¡El cielo clarea en Oriente!
Estallo en la ciudad, las aldeas y en el alcázar una alegría incontenible.
Y el muchacho, que llevaba en su limpio corazón la señal de la voluntad divina, se fue hacia los ermitaños sin paz para librar también sus almas de las tinieblas del odio.

El cerezo

Buda se encontraba en su palacio azul, más allá de las nubes. Sintió el deseo de descender sobre la tierra para ver a los hombres de cerca y leer en su alma, Se deslizo sobre el reluciente hilo de un rayo de sol y llego a una casita que se levantaba en medio del campo.
Buda no tenia cuerpo, era solo una sombra luminosa. Por eso Chi-Pan, el dueño de la casita, que meditaba sentado al pie de un árbol, no lo vio. Chi-Pan era un hombre codicioso, cruel, sin conciencia. Y en aquel momento pensaba: “Conviene realmente que Pao-Chiú, mi primo, muera. No tiene mujer, ni hijos, ni hermanos. Yo soy su pariente más próximo. Su campo pasara a  ser mío. Es vecino al mío y podre llenar la zanja divisoria con poco trabajo”.
Buda leía como en un libro abierto en el alma del malvado. Y sentía un gran disgusto, una profunda tristeza. La sombra luminosa que era su cuerpo se adensaba con tonos oscuros.
“Hoy mismo”, pensaba Chi-Pan, “mi primo debe morir. Sí, tengo una idea buena. Quiero ponerla en práctica en seguida. Es esta: Pao-Chiú va al mercado a vender verdura. Es un bobo, caerá fácilmente en la trampa”.
Llamo al pariente:
-Pao-Chiú, un poco sorprendido, avanzo hacia él. Era un hombre de rostro franco y apacible. Buda puso en su alma pensamientos honrados, leales y generosos.
-¿Me necesitas? –pregunto amablemente Pao-Chiú.
Chin-Pan le rogo que se sentara a su lado.
-Realmente no me explico como yo y tú, siendo vecinos, no encontramos nunca tiempo para conversar amigablemente.
A Pao-Chiú las palabras del pariente le parecieron muy simpáticas.
-Creía que tú me tenías por tonto y aburrido.
Nunca me hubiese atrevido a visitarte.
-Al contrario, te aprecio muchísimo. Y quiero que vivas eternamente, como viviré yo.
-¿Vivir eternamente? No es posible.
-Hablas como un pobre ignorante. ¿No sabes que en el mundo existen ciertos cerezos cuya fruta, que debe comerse en el mismo árbol, hace inmortales a los hombres? Yo poseo uno de esos árboles milagrosos. Tiene mil años, dos mil años, que se yo.  Míralo: allá abajo, el más alto. Tú treparas hasta la cima, cogerás y comerás muchas cerezas. Y la virtud de la vida eterna entrara en ti, resplandecerá en tu sangre.
Chi-Pan se levanto y empujo al primo hacia el cerezo.
-Sube, Buda te asiste; está contigo.
-Alabado sea Buda –exclamo muy emocionado Pao-Chiú.
Luego comenzó a encaramarse al árbol. Ya no era joven, pero en aquel momento sentíase milagrosamente ágil. Llego sin esfuerzo a las ramas más altas.
-Come cerezas –invitaba el primo, mirándolo cínicamente-, muchas cerezas.
Pao-Chiú arrancaba de las ramas los relucientes pezones, se metía en la boca las encarnadas bolitas, dulces como el azúcar.
-¿Ves? –le grito Chi-Pan desde abajo. Ahora has conquistado la inmortalidad. Ya nadie te puede hacer ningún daño. Déjate caer, lánzate tranquilamente al vacio.
El buen hombre no sospechaba el engaño. Abrió los brazos y se lanzo al espacio. Pero Buda, que había leído en su alma inocente y honrada, lo amparo con sus manos invisibles, lo dejo incólume y contento en el suelo.
-¡Soy feliz, primo mío! – exclamo
Chi-Pan, que había esperado verlo muerto a sus pies, sufrió una fuerte decepción. Luego pensó que tal vez el cerezo era efectivamente el árbol de la inmortalidad.
Se encamino a su vez, comió muchas cerezas y luego se lanzo también el al vacio. Pero Buda esa vez queriendo castigar su perfidia, no lo amparo. Cayo como bólido y se rompió la cabeza contrala piedra del pozo.
Pao-Chiú heredo el campo y la casa de su primo Chi-Pan. Vivió luego años trabajando y socorriendo a los pobrecitos.

El collar

Luna-Triste, la bella princesa, rompió en sollozos, Y enseguida, en el alcázar, lloraron con intensa tristeza los dignatarios, las damas, los pajes y criados. Porque se sabía que Ta-O, el emperador, haría responsables de la pena de su hija a las personas que la rodeaban. Todos temían la cólera del monarca, que siempre estaba de un modo violentísimo.
Ta-O interrogo a la muchacha.
-¿Qué te falta, fresca fuente de mi jardín, única alegría de mi corazón?
-Quiero –dijo la princesa, sin dejar de llorar-, quiero un collar hecho de burbujas de agua.
Un padre razonable se habría reído de tal petición. Ta-O en cambio, llamo al joyero de la corte.

-Oye, joyero: Luna-Triste desea un collar de burbujas de agua. ¿Por qué no darle una cosa que le gusta tanto?
El joyero trato de defenderse.
-Es imposible hacer un collar semejante.
-Tu respuesta es osada. Podría hacerte ahorcar ahora mismo. Pero prefiero que pongas manos a la obra sin dilación. Si dentro de dos días no entregas a mi hija el collar de burbujas de agua, te hare cortar la cabeza.
El desgraciado se echó de hinojos.
-No puedo hacer milagros. Soy servicial e ingenioso; tú lo sabes; pero no puedo hacer esto, que esta fuera de mi alcance.
-En mi reino –grito el emperador- se hacen milagros. Ahora te hare encarcelar y cuando un joyero, inteligente haya confeccionado la alhaja que Luna-Triste pide, serás ejecutado y mi desprecio hará aun más trágicas tus ultimas horas.
-Si otro joyero logra satisfacer el deseo de tu hija sufriré resignado el suplicio.
-Ta-O llamo a otros orfebres, pero todos declararon, consternados, que no podían contentar a la princesa. Y uno tras otro fueron encarcelados.
Luna-Triste, a causa de la decepción tornábase mas y mas taciturna, rehusaba la comida, se pasaba las noches en blanco.
Llego el día en que en todo el imperio ya no se hallo otro joyero, pues los orfebres que habían podido eludir la cárcel, cambiaron inmediatamente de oficio.
Ta-O, no sabiendo que hacer para satisfacer aquella locura de su hija, anuncio a los súbditos que, no presentarse, dentro de una semana, un hombre dispuesto a confeccionar el collar de burbujas de agua, haría matar a los desgraciados que estaban en la cárcel y la orden del emperador se extendería también a sus familias. La terrible decisión afectaba a muchísima gente, y cayó sobre el imperio una profunda congoja. Precisamente en aquellos días, un viejo ermitaño se presento al monarca.

-Luna-Triste tendrá la alhaja que sueña.
Ta-O miro con asombro al anciano, y tuvo la sospecha de que estaba loco.
-¿Sois joyero?
-¿Qué te importa? Yo hare el collar. Pido, empero, que sean libertados los hombres que has arrebatado a sus familias y a su trabajo. Tu ciega e injusta cólera no debe seguir castigando a esos desgraciados.
Nadie había hablado jamás tan severamente a Ta-O. El cual, sin embargo, escucho con calma las temerarias palabras, puesto que amaba demasiado a su hija y habría hecho cualquier sacrificio por verla sonreír.
-Bien –dijo-, ordenare la libertad de los prisioneros y tu harás el collar.
El mismo día fueron abiertas las cárceles donde languidecían los joyeros.
-¿Ves? Te he contentado, ¡oh viejo presuntuoso! Ahora prepara en seguida el collar.
Acudió la princesa. Y también ella incitaba con su impaciencia al ermitaño a ponerse al trabajo.
-Calma, calma –dijo el anciano. Antes de empezar mi delicadísima tarea, pido otra cosa.
-Puedes pedir todo cuanto desees –proclamo el monarca. Soy capaz de darte la mitad de mis riquezas. Pero quiero que Luna-Triste, el dulce fuego de mi corazón, el alma de mi alma, le vuelva a tomar gusto a la vida.
-¿Prometes, pues, oh gran Ta-O, satisfacer mi segunda petición?
-Lo prometo.
-¿Palabra de rey?
-Palabra de rey.
-Muy bien. Tráeme pues las burbujas de agua. Y yo hare un magnifico collar.
El emperador abrió la boca pero la volvió a cerrar sin lograr decir una sola palabra.
Comprendía que había sido objeto de una burla. De repente, se volvió hacia su hija, a quien debía aquella humillación, y le propino dos solemnes y saludables bofetadas. Y así, con júbilo del pueblo, tuvo fin la historia del collar imposible.

domingo, 28 de julio de 2013

El amigo

Ti-Lu trabajaba con afán. Había perdido a sus padres, no tenía hermanos ni hermanas, ni mujer ni hijos. Ningún pariente, ni un solo amigo. Pero gracias a su esforzado trabajo de tejedor olvidaba su soledad y sentíase contento.
Sin embargo, un amigo si hubiese querido tenerlo. Alguna vez reflexionaba en ello. Pensaba en  un amigo leal y generoso que supiera darle buenos consejos, que le contase hermosas historias de los tiempos antiguos y que, en los días grises, lo acompañase y le sonriese. Pero Ti-Lu sabía que en este mundo no existen semejantes amigos, porque sus tentativas para hallar a uno de ellos habían naufragado siempre en la desilusión.
Una vez logró tejer en un tapiz la figura de un hombre que tenía las manos una luminosa bola de plata. El tejido, una obra  maestra de arte y de buen gusto, le satisfizo sobre todo, la imagen masculina. Precisamente el rostro de aquella imagen revelaba sus secretos sueños. Era un rostro cordial y puro, lleno de benévola agudeza y de sabiduría, el rostro del amgio que inutilmente habìa buscado. Y dijo:
-Te quedarás conmigo, criatura de mi trabajo y de mi imaginación. Y me consolarás con tu rostro plácido y bueno, me espolearás en el trabajo con tu sonrisa cálida y afectuosa.
Decidió, pues, no vender jamás, a ningún precio, el hermosísimo tapiz. Pero un día llegó a su casa un mensajero del rey, un soberbio gentilhombre que llevaba ricos vestidos de raso.
-Tienes fama de ser un excelente artesano-le dijo. Su majestad, mi Señor, quiere un tapiz hecho por ti.
Ti-Lu, inclinándose respetuosamente prometió al ilustre personaje un tapiz artístico y original.
-Deja que piense un poco en ello, deja que la fantasía abra su saco mágico. Cuando la inspiración llegue, no dudare; pondré manos a la obra con entusiasmo.
El mensajero del rey contempló con admiración el tapiz con la figura del hombre que sostenía una bola de plata. Y le gustó.
-Quiero esté -dijo.
-Es demasiado sencillo- se apresuró a explicar el pobre Ti-Lu. En los amplios salones del rey desentonaría.
-Quiero éste- insistió el soberbio personaje. –Tómalo, entonces-contestó con gran suspiro el pobre artesano.
-¿El precio?
-Nada. Lo regalo.
-Eres astuto. Lo regalas porque esperas una espléndida recompensa.
A Ti-Lu le asomaron las lágrimas en los ojos. El hombre del tapiz, con su rostro afable, no era una simple imagen de la fantasía, sino un ser vivo, un amigo. ¿Habría podido vender a un amigo?
 No espero recompensa alguna.
-Bien. Como quieras.
Vinieron del palacio los criados del monarca, arrollaron el tapiz y se lo llevaron. Ti-Lu diose cuenta, por primera vez, del peso de la soledad. Era tan deprimente que no pudo soportarla. Salió afuera para distraerse. Caminó horas enteras por el campo. Le parecía  haber perdido a una persona muy querida, la única persona fiel. Llegó a la orilla de un río y sentose junto al agua. Y el humor de las ondas soba a sus oídos, a su alma, como una voz tierna, la voz del hombre sonriente, del hombre del tapiz.
Oscurecía; en el cielo se abrían los negros abismos de una noche profunda y tranquila. Daba pereza levantarse, emprender el camino de regreso.
Rezaba: “Buda, haz que pueda querer todavía mi casa, haz que pueda reanudar mi trabajo”.
Poco a poco, sobre su cabeza afligida se encendían las estrellas. Se detuvo un instante, contempló los luminares de oro.
-Estrellitas-vosotras no estáis solas: todas amigas, todas contentas. Consoladme. Yo soy un pobre solitario.
Las estrellas lo miraban titilando.
Prosiguió su camino. Despacio, fatigosamente. Su casa estaba abierta. Extrañose al erla iluminada. ¿Quién podía haber encendido la luz? Se acercó con ansia al umbral, miró dentro.Un hombre estaba sentado ene l suelo. Le sonrió amablemente.
-Entra, no te asustes.
Reconoció en él  a la imagen tejida en la alfombra, al amigo ideal.
Dio algunos pasos.
-No comprendo-balbució.
-Tu amor me ha dado vida. El amor anima las cosas y puede sacar de la impasibilidad de la materia la luz del espíritu.
Ti-Lu experimento una sensación cálida y confortante  de alegría. Y sentose al lado del amigo.
-¿Te quedarás siempre junto a mí?
-Me quedaré siempre contigo. Pero no aquí. Mira: la bola de plata que me pusiste en las manos anda ya rodando por los espacios. Dentro de poco la veremos brillar en el cielo. Y yo iré alla arriba para alcanzarla. Y desde lo alto, mientras todos, en la tierra, dormirán, yo solo velaré tu sueño, y cuando trabajes, te sonreiré para confortarte y estar contigo todo el tiempo.
Una fuerza misteriosa empujó otra vez a Ti-Lu fuera de su casa. En el cielo, entre las estrellitas, ahora casi invisibles, resplandecía luminosa su bola de plata.
Y pareciole que allá arriba un amigo lo miraba con ternura. Volviose para hablar con el hombre, pero había desaparecido. Apagó la lámpara y se sentó en el umbral de la csa. Y quedó contemplando, encantado, el hermoso rostro cordial que le sonreía desde el redondo, argentino disco de la luna.

El mago Tom-bu

Un hombre se detuvo en la plaza de un pueblo. Era un tipo extraño: alto, magrisìmo, con unos ojos que parecían encendidos en perenne cólera. Hablaba con voz estridente, mirando amenazadoramente a los que estaban en torno suyo. Abrió una cajita de madera y sacó de ella un hombrezuelo de un palmo de estatura.
-Pim-gritó-; divierte a hombres y mujeres, divierte a viejos y niños.
El enano, de pie, sobre la mano de su dueño, saludo a diestra y siniestra, mientras sus minúsculas pupilas, negrísimas y opacas, daban vueltas sobre su esclerótica amarillenta. La gente reía. Nang pensó que Ling, su hijita, habría celebrado con risas los ademanes y los guiños de Pin. Pero Lin, pobre niña, no podía moverse de su camita. Estaba enferma desde hacía dos años, la tristeza se aliaba con la dolencia para acabar con ella. Hacía mucho tiempo que el padre no había visto sonreír a su criatura.
“Si quiero tener a Pim, es necesario que me apodere de el” Nang era hábil y prudente. El hombre alto y magro volvió a meter al enanito en la caja y pasó el platillo entre los circunstantes. Entonces Nang se acercó y le dijo:
-Yo debo irme a mi pueblo, que dista a una legua de aquí. Tengo la barca a la orilla del ròp. Si quieres trasladarte a algún pueblo de los alrededores puedo llevarte.
Y Nang contribuyó al espectáculo con una moneda de cobre.
El dueño de Pim lo miró con desconfianza. Luego dijo con una mueca:
-Acepto- y continúo pasando el platillo.
Hubiérase dicho que dispensaba a Nang un favor supremo. Cuando hubo recogido una cierta suma, el dueño de Pim despidió con voces coléricas a la gente que no se decidía a abandonar la plaza.
-Siégueme- Invito Nang.
Ambos caminaron un largo trecho. La barca reposaba en la arena de la ribera. Era brillante y roja; una alfombre verde de lana le daba un aspecto cómodo y acogedor. El hombre larguirucho salto adentro sin doblarse. Tenía la imposibilidad y la rigidez de un palo.
-Puedes echarte-aconsejo Nang-; la barca es blanda como una cama.
El hombre se echó sin muchos cumplidos.
Estrechaba contra su pecho la cajita de madera.
Nang empujó la ligera embarcación hacia el agua. Y se puso a remar. Cantaba con dulzura:
La luna despierta
En su palacio de nubes.
Y dentro de poco
Se asomará a la ventana.
La barca se deslizaba sobre el agua apacible del río. En el cielo palpitaban las sombras violentas del crepúsculo. El larguirucho estaba cansado; la voz de Nang, armoniosa y amable, lo acunaba. Acabó por dormirse, estrechando como siempre la cajita de madera.
Cuando se convencido de que el sueño del compañero era profundo, Nang detuvo la barca y la varó en la orilla. Entonces se apodero de la cajita y echo a correr. Llegó a su pueblo en pocos minutos y se precipitó a su casa, donde lo esperaba la mujer y la enfermita.
-Traigo un regalo-gritó alegremente.
Abrió la cajita y ante todo asombro de la mujer y la niña, sacó de ella Pim.
El hombrecito se escabullo de su prisión  y púsose a hacer piruetas por la estancia, dando saltos sobre la cama de la niña.
De repente se puso grave:
-Oh, amigo mío!-dijo saltando velozmente sobre el hombro de Nang. Yo soy el príncipe Ven-Sa. Vivía feliz en mi palacio de madreperla y cristal. Mis padres me adoraban, mis amigos me querían y admiraban. Y fui a parar no sé cómo a la casa del Mago Tom-Bu. Un verdadero diablo. Tom-Bu odiaba a mi padre. Y precisamente para hacerle daño, me transformo en una especia de ridículo juguete, pronunciando algunas palabras mágicas. Hace diez años que me lleva consigo,  obligándome a hacer el bufón ante miles de espectadores.
Nang se conmovió. Y también se conmovieron profundamente su mujer y su hijita.
-Quiero librarte del mal encantamiento-dijo Nang, con generosidad.
-No es posible-Lámentose pin-; nadie en el mundo conoce las palabras misteriosas que poseen de hacer que recobre mis proporciones. En cambio, conozco muy bien  las palabras que hacen empequeñecer. Se necesitan pronunciarlas al aire libre. Sin embargo, yo no  puedo utilizarlas en mal de nadie. Porque no soy un hombre como los demás. Me veo reducido a un miserable estado, preso en las redes de un siniestro maleficio.
La enfermita estallo en sollozos.
-¡Oh, padre mío, ayuda a este pobrecillo!
Nang tuvo una idea genial.
-¿Cuáles son las palabras que se pronuncian para empequeñecer a un hombre?
-Estas Baquicá Coquequé
-¡Ah! Baquicá Coquequé. Muy bien no las olvidare: Baquicá Coquequé.
La enfermita ceso de llorar inmediatamente.
-Esperadme- dijo el hombre. Y hecho a correr hacia el río. La barca seguía en la orilla, en el mismo sitio en que la dejara. Tom-Bu seguía durmiendo.
Nang empujó la embarcación hacía el agua, salto adentro y se puso a remar, cantando.
El mago, finalmente se despertó y lanzó un grito de rabia.
-¿Y la cajita? ¿Dónde está mi cajita? Nang, sin inmutarse, pronunció las palabras mágicas:
Baquicá Coquequé.
El hombretón  se convirtió inmediatamente en un enanito de apenas un palmo de alto.
Era realmente cómico, y la cólera lo hacía más ridículo.
Quiero recobrar mis proporciones, yo no puedo ser un muñeco.
-Transfórmate, si quieres-dijo Nang.
-¡Ah! Lo haría con gusto y te aplicaría  un castigo tremendo, te lo aseguro. Mas así reducido, soy como una monda de manzana; no puedo hacer nada.
-Lastima-dijo Nang con ironía.
Tom-bu guardo unos momentos de silencio. Luego fingió cierta calma y se esforzó en hablar amablemente.
-Tú podrías ayudarme. A pesar de todo, no creo que seas malo.
-¿Y cómo podría ayudarte?
-¡Oh! Es muy sencillo. Pronunciando las palabras: Mitutú, napopó.
-Con mucho gusto, con muchísimo gusto. Pero temo que estas palabras sean demasiado difíciles para mí. ¿Sabes? Tengo un forúnculo en la lengua, y no puedo decir todo lo que quiero.
-Pruébalo, te lo ruego, Mitutú, napopó.
Nang había varado la barca.
-Espérame-gritó al hombrecito-; voy a ponerme en la lengua los polvos de zit. Los polvos de zit son milagrosos.
Echó a correr, y llegó  a su casa en un abrir y cerrar de ojos. Su mujer y su hija estaban consolando a Pim.
-¡Alegraos todos!-grito Nang.
Y exclamo victoriosamente:
¡Mitutú, napopó!
Pim volvió de golpe a ser el bellísimo príncipe que antes había sido. Y la niña enferma sintió tan grande alegría con el milagro, que sanó repentinamente de su enfermedad.
-¡Oh, Nang!-dijo el joven. Ven-Sa conoce la gratitud. Me voy al reino de mis padres. Pero volveré pronto. Y entonces vosotros me acompañaréis, y tu hijita será mi esposa.
-¿Y qué haremos con el mago que he transformado en enano?-preguntó Nang.
-Abandónalo a su suerte- aconsejó Ven-Sa, antes de alejarse de sus amigos.
Nang no pudo resistir la tentación  de volver a ver a Tom-bu. A pesar de todo, le daba lástima. Pero Tom-Bu ya no estaba en la barca. Dando saltos de impaciencia y de rabia, acabó por car al río, ahogándose lastimosamente.
Dos años más tarde, el príncipe Ven-Sa contraía nupcias con Flor de lila, la hijita de Nang. Fueron largos días de festejos y esplendor.


domingo, 14 de julio de 2013

Las tres monedas de cobre

Un vendedor ambulante de tabaco fue abordado en la calle por un anciano que llevaba una larga barba blanca.
-Anda, jovencito, llena mi pipa con tabaco del más fino.
El hombre examinó al cliente. Parecía muy pobre. Su cuerpo enjuto estaba cubierto de una túnica harapienta.
-No creo-dijo, mirando con suspicacia al viejo- que estés en condiciones de pagar lo que me pides.
El anciano se encolerizó. Sus ojuelos, hundidos en el lívido abismo de las orbitas, relampaguearon de desdén.
Dame el tabaco, calabacín. Y no te preocupes por la recompensa.
El vendedor llenó entonces de tabaco la pipa que el viejo le tendía.
-Bueno- dijo. Tu edad y tu abandono  me dan lastima. Y me gusta hacerte un regalito.
-No quiero regalitos; no necesito limosna.
El anciano, con ademan orgulloso, arrojo en uno de los cestos que el hombre llevaba, tres monedas de cobre  y se alejó sin mirar atrás.
“Mi tabaco vale más pensó el joven.” Anochecía; el vendedor había agotado casi su mercancía y se encamino hacia su cabaña.
“Si, el tabaco vale realmente más” Pero no importa. Estoy contento de haber hecho una buena obra. Buda, que ve todas las cosas y lee en el corazón de los hombres, sabrá ciertamente recompensarme de algún modo”.
Mientras recorría a buen paso una larga calle desierta, el vendedor se dio cuenta de que el cesto en que el viejo arrojara las tres míseras monedas de cobre pesaba mucho. Se detuvo un instante y vio, con enorme asombro, que las moneditas se habían multiplicado. Lucían de forma extraordinaria y formaban un pesado montón e iban aumentando misteriosamente por momentos.
El joven, para poder transportar sin excesiva fatiga, puso una parte de ellas en el cesto que llevaba en la otra mano, pero el dinero no cesaba de multiplicarse milagrosamente. Cuando medio muerto de cansancio, llego a su cabaña, los cestos eran insuficientes para contener las monedas, que comenzaron a derramarse, y a amontonarse  en el pavimento. Para guardarlas y esconderlas, el hombre cavó detrás de su pequeña cabaña un hoyo ancho y profundo. Hasta que lucio el alba no ceso el maravilloso chorro de monedas. Pero ahora el joven vendedor de tabaco poseía una suma considerable.
Decidió abandonar su humilde comercio. Aunque procuro disimular con tierra y maleza la abertura del hoyo que contenía el tesoro; al alejarse, no quería correr el riesgo de ser robado. Volviese suspicaz, desconfiado. La avaricia empezó a corroerle. De noche, en lugar de dormir, contaba las monedas. Le asaltó  el deseo loco de poseer más dinero. La codicia de ganancias sugiriole la idea de explotar a la gente pobre, prestando dinero con usura. Quitaba a los miserables lo poco que poseían, pagándoles poco o nada.
Un día se presentó un anciano. Parecía muy pobre; estaba enfermo y cansado. Sacó de su bolsa mugrienta dos medallas de oro macizo.
Hace cinco días que no cómo- dijo. Quiero comprar un poco de arroz para no morir de hambre.
El usurero examinó las medallas.
-¿Las vendes?
Si, las vendo. ¿Cuánto ofreces por ellas?
Puedo darte tres monedas de cobre. No más, te lo aseguro.
Los ojos del anciano brillaron misteriosamente.
-¿Te parece justo?
-Es justo. Te digo que es justísimo. Si mi propuesta no te satisface, vete. Y el arroz, conténtate en comerlo con la imaginación.
-No discutamos. El hambre no tiene espera. Dame las tres monedas de cobre, pues,  y toma las medallas.
El usurero fue a buscar la miserable cantidad y la entregó al viejo.
-Los tiempos son difíciles. Hoy en día nadie compra trastos inútiles. Pero tengo buen corazón y la pobre gente me da lástima.
-Mira-dijo el anciano-; ya anochece. Tú debes contar tus monedas. Nunca podrás contarlas todas. El hoyo está lleno.
-¿Qué sabes tú de mis monedas?- preguntó, alarmado, el usurero. ¿Eres un ladrón, tal vez? ¿Un espía?
El hombre no podía sufrir que alguien conociera su secreto.
-¿Quién te ha hablado del hoyo? No existe tal hoyo. Yo no soy rico.
El anciano había desaparecido. Cuando el usurero se dio cuento de ello, le entró una terrible inquietud. Y no paraba de gritar, como un loco:
-El hoyo no existe. Yo soy pobre, pobre y desnudo como un gusano. Buda lo sabe.
Oyó una voz que le helo la sangre en las venas:
-Sí, Buda lo sabe. Buda sabe que eres pobre. Más pobre que los mendigos, más pobre que las pobrísimas personas que explotas. Buda sabe que el hoyo no existe.

El usurero salió de la cabaña y arrojose sobre la tierra y la maleza que disimulaba la abertura del hoyo. Las apartó. Y encontró más tierra sobrepuesta y más maleza. Cavó aullando como una fiera herida, desesperadamente. Nada. No halló rastro de su tesoro. Volvió a la cabaña, trastornado. Comprendió entonces que su riqueza le había venido de Buda. No había sabido administrarla noblemente. Y Buda  había vuelto para llevársela. Y todavía comprendió otra cosa: que la fortuna es un don del cielo, que comporta deberes y responsabilidades. Quien no tiene alma limpia y el corazón caritativo, se hunde bajo su propio peso.

La flor azul

Jo-Fu, un joven muy inteligente, apuesto y bueno, se enamoró de Estrella Triste, la melancólica hija del rey. Pero Jo-Fu era pobre y de origen humilde. Jamás osaría declarar su sentimiento a la princesa de sus sueños. Con todo, el amoroso secreto era un gran peso para su corazón. Y fue a pedir consejo al anciano Mi.
El viejo Mi le dijo:
-Ve en busca de la flor azul. Mira ahí tienes una caja. Está hecha de madera de cerezo. La flor azul de la felicidad no crece en los jardines, ni en las praderas, ni en los bosques, aparecerá, por milagro, dentro de esa caja, tan pronto encuentres a quien te demuestre que no es egoísta.
Jo-Fu estaba radiante de alegría.
¿Podrá amarme, pues Estrella Triste?
-Te amara cuando vayas a ofrecerle la flor azul. Te amará y su melancolía desaparecerá de su corazón y de su rostro.
-¡Oh anciano! Entonces todo es fácil.
-No es tan fácil como crees, hijito. El egoísmo es el torvo dueño del alma humana.
-Tengo muchos amigos que son generosos.
-Ponlos a prueba, pidiéndoles algún sacrificio.
-Lo hare, sabio Mi.
-El primero que te de una prueba de altruismo, hará nacer la flor de la alegría. Entonces abre la caja, y verás cómo brilla con tierna luz su delicada corola.
Jo-Fu dio las gracias al anciano y se alejó con el ánimo lleno de esperanza.
Y se dirigió a la blanca casa de Wan, su amigo más querido.
Wan lo recibió con amabilidad y le ofreció dulces y licores.
Jo-Fu palpaba la cajita de madera oculta en el bolsillo de su chaqueta, y pensaba “Wan es realmente bueno. Me daría todo cuanto posee, si se lo pidiese”
-¿Cómo van las cosas?- pregunto el amigo.
-Por desdicha me van muy mal. Un incendio destruyo mi casa. No me ha quedado nada; tengo que ir errante de ciudad en ciudad. ¿Puedes hospedarme tú?
-Puedes quedarte aquí un día. No más. Ya que espero a un viejo tío, a quien debo mucho. Habita al otro lado del río. Estaba cansado de vivir solo.
-¡Oh, pero  tu casa es espaciosa! Los tres cabemos perfectamente.
-A mi tío le acompañan tres criados.
-La casa es grande –Insistió Jo Fu-; un rinconcito me basta.
-Dentro de poco tomaré esposa. Luego, naturalmente, vendrán los hijos.
-Comprendo- dijo Jo- Fu, decepcionado.
Saludó a Wan y fue a visitar a otro amigo. Este tenía mujer e hijos. Era de carácter muy expansivo. Lo acogió cordialmente.
-Estoy contento de verte- dijo.
Le presento a su esposa y a sus hijitos, lo invitó a comer. “Realmente me quiere”, pensaba Jo-Fu con alivio. “En su rostro alegre y sincero se lee la bondad”
¿Eres rico preguntó?
El amigo lo miro sin suspicacia.-Riquísimo. Me dedico al comercio ¿sabes? Mis colegas dicen que soy hábil. Tengo en verdad el instinto de los negocios.
¡Feliz tú! A mí en cambio la fortuna me es adversa. Tal vez, si me prestaras una suma, lograría rehacer mi vida.
La alegría del amigo se hizo trizas como un cristal golpeado por un palo de hierro.
-¿Una suma? En este momento mi caja de caudales está vacía. Mis acreedores no me pagan. Estos tiempos son malos.
Jo-Fu  comprendió que también este segundo amigo era esclavo del egoísmo. La florecilla azul ciertamente no se abriría gracias a él. Por eso fue a poner a prueba el corazón de otros jóvenes, de cuyo afecto no había dudado nunca. Mas ¡Pobrecito!, no hizo otra cosa que multiplicar sus decepciones. Convenciose, con el alma llena de amargura, que el altruismo no existe en la tierra.
Una tarde, cansado y descorazonado, fue a parar en casa de un leñador.
¿Puedes darme alojamiento por esta noche? Llueve y hace un día que ando sin descanso. No puedo con mis piernas.
El leñador era un hombre rudo.
-No creas que tu petición es de mi gusto. ¡Bah, échate en la yacija, allá en el rincón! ¿Tienes hambre? Pues has caído en mal sitio. A mí no me sobra nada. ¡Ah mira! Puedo ofrecerte un poco de pescado salado y un puñado de arroz. Agua  sí la hay en abundancia. La jarra está llena.
-No quiero que te sacrifiques por mí- dijo Jo-Fu. Me echaré en el suelo, sin más.
-¿Crees que no tengo una cama, una verdadera cama para mí? Tampoco me falta comida. Poseo una casita a poca distancia de aquí.
El hombre encendió la lámpara, porque ya la noche invadía la estancia.
-Arréglate como puedas. Yo me voy.
Jo-Fu comió el arroz  y el pescado que el hombre había dejado sobre una mesita, bebió agua fresca de la jarra y se echó en la yacija. Mas, a pesar de estar muy fatigado, no lograba conciliar el sueña. Pensaba en la princesa Estrella Triste, tan dulce, tan melancólica, tan lejana. Tenía en su pensamiento la flor azul que nunca podría ofrecerle para hacerla feliz y ser amado por ella.
Recordó las palabras del anciano Mi “El egoísmo es el torvo dueño del alma humana”. Paso la  noche en la inquietud. Al amanecer se levantó  y salió de la cabaña. Ya no llovía. El cielo, sobre la oscura cabellera de los arboles tenía un luminoso, delicadísimo color azul. El joven dio unos cuantos pasos y se detuvo. Un hombre estaba echado al pie de una encina. Jo-Fu se inclinó ansioso sobre él, le agarro un brazo, lo sacudió.
-¿Duermes? Cuidado el suelo esta empapado de agua. Levántate, haz un esfuerzo. Te acompañare a la cabaña del leñador.
El sueño del leñador era pesado.
-Te digo que despiertes.
De repente, Jo-Fu lanzó un pequeño grito de asombro. El durmiente no era otro que el mismo leñador. El buen hombre le había ofrecido su modestísima casa, su poca comida. Y para que aceptara la hospitalidad sin remordimiento, le había  contado la mentira de otra casa con un lecho cómodo y comida en abundancia.
“Entonces el altruismo existe”, pensaba  el joven satisfecho.
En su corazón, como en el cielo, renacía la esperanza. Ayudó a su bienhechor a levantarse, lo acompaño a la cabaña, lo despojó de los vestidos calados y lo obligó a echarse en la yacija. Luego abrigo con una manta el cuerpo del anciano. El hombre pronto se quedó dormido.
Jo-Fu salió de la cabaña emocionado y alegre. Atravesó  el bosque a paso ligero. El sol hacía de brillar las hojas llevadas por la lluvia nocturna; llegaba con sus rayos a todos los rincones, borrando las últimas sombras. Los pajaritos gorjeaban, las mariposas confiaban al aire del nuevo dìa sus pequeñas alas multicolores.
Jo-Fu tocó instintivamente la caja que hacía tanto tiempo  guardaba en el bolsillo. La tomo con ansiedad, abriola y vio, conmovido, la mágica flor de la alegría que libera el alma de la tristeza, la delicada flor azul.
Dirigiose resueltamente al palacio real.
Y dijo a los recelosos guardias que intentaban negarle el paso:
-La princesa Estrella Triste no sabe sonreír, tiene el alma oscura como la noche. Yo le traigo un don que disipara su melancolía.
-Mientes- dijeron los guardias, que eran seis hombres fuertes como colosos. Mientes.
Trataron de rechazarlo.
Pero Jo-Fu se sentía protegido por Buda.
-me ire- dijo-; pero antes quiero entregar mis ofrenda a Estrella Triste.
-¿Crees, tonto de ti, que Estrella Triste, nuestra maravillosa princesa, la hija del monarca más poderoso de la tierra, pude recibir a un joven de tu estampa? Vete, si no quieres salir mal parado.
Un viento formidable se levantó de improvisó, echó a tierra a los tozudos guardias, empujó  a Jo-Fu arriba, por una escalera de mármol rojo, hizole atravesar con prodigiosa rapidez, galerías, claustros, salones, corredores, terrazas… y finalmente lo izó, como  hubiese sido una pluma, en la cumbre e la torre de oro. La princesa estaba sola allá arriba: contemplaba la ciudad, el río lejano, las nubes. Llevaba un vestido de raso blanco adornado con perlas.
La aparición de Jo-Fu la sobresaltó.
-¿Quién eres?- preguntó la muchacha con débil voz emocionada.
También el joven estaba conmovido.
-Un día te vi- explicó. Pasabas entre la multitud en tu carroza de oro. Y me dije “La princesa no sabe sonreír. Su esplendor no tiene alegría”. Desde aquel instante, sólo pienso en ti, tan hermosa y tan inexplicablemente infeliz.
El joven abrió la cajita de madera y ofreció a Estrella Triste la flor azul. La muchacha se animó, brillaron sus ojos, su boquita se abrió en una radiante sonrisa.
-Te esperaba-dijo. Buda me había advertido en sueños que un joven de almo limpia, confiado en la bondad de los hombres, vendría un día a ofrecerme la flor azul de la alegría. La duda de no verte llegar me atormentaba, encendía en mi animó  un ansia  dolorosa y ardiente.
-Debo decirte-confesó el joven- que ya no tengo demasiada confianza en la bondad de los hombres. Pero estoy seguro de que existe todavía algún hombre generoso. Si no tuviese este convencimiento, la flor que te ofrezco, la flor del milagro, no se habría abierto.
Estrella Triste llevó al joven a presencia de su padre, el emperador.
El anciano monarca, que veía sonreír a su amantísima hija por primera vez, abrazó a Jo-Fu con  paternal ternura. Y llamó a Pa-Tu, su ministro y amigo para encargarle la organización de los festejos nupciales.

Jo-Fu y Estrella Triste, que tomó luego el nombre de Estrella Radiante, se desposaron con gran pompa. Todos notaron, sobre los negrísimos cabellos de la princesa, una extraordinaria diadema: la flor de la felicidad.