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jueves, 28 de febrero de 2019

MITOLOGÍA FINLANDESA

La mitología finlandesa es común a una porción de pueblos emparentados por la raza y por la lengua, pero que vicisitudes históricas han separado de tal modo, que hoy forman diversos grupos, de los cuales el más importante y el único que todavía es un estado es Finlandia; los demás, englobados en la masa de otros países, carecen de personalidad política propia, ocupando unos la Siberia occidental otros la cuenca del Volga en gran parte, y otros las Laponias sueca, noruega y rusa. Los magiares que forman casi toda la población de Hungría, pertenecen también al mismo grupo étnico. Todos son de origen mongol, y aunque separados unos de otros, y no obstante haber sufrido influencias diversas, arias, eslavas y escandinavas, influencias que les han empujado hacia religiones distintas, han conservado no pocos vestigios de sus antiguas creencias, vestigios que son particularmente fuertes aun entre los grupos asiáticos. Gracias a estas supervivencias y a los muchos elementos míticos que encierra la gran epopeya de los fineses del Oeste, el Kalevala, se ha podido llegar a conocer cuáles eran las creencias religiosas y mitológicas de estos pueblos hermanos hoy dispersos.

  Hacia el año 1828, el erudito finlandés Elias Loennrot tuvo la feliz idea de buscar y reunir los numerosos cantos populares de la antigua Finlandia. Decidido a obtener el mayor número posible de ellos, se puso a recorrer el país y a recoger con paciencia y tenacidad todos los runot (canciones), que los campesinos se transmitían de generación en generación hacía muchos siglos. Habiendo reunido un gran número, formó con sagacidad admirable un primer poema, al que dio el mencionado nombre de Kalevala, que contenía unos doce mil versos, poema que publicó el año 1835. Animado por el éxito que obtuvo al punto su primer trabajo, siguió buscando, y catorce años después, en 1849, apareció la edición definitiva, compuesta esta vez de veintidós mil ochocientos versos. El argumento de este gran poema es la lucha entre Kalevala («la patria de los héroes») y Pohja («el país del fondo», la Finlandia más septentrional, la Laponia ya). La riqueza mitológica de este poema es tan grande, que basta hojearle para poder reconstituir el Panteón antiguo de los pueblos fineses.

  El héroe principal del Kalevala es Vainamoinén. Vainamoinén era hijo de la Virgen del Aire. El poema empieza contando el maravilloso nacimiento de este héroe, que, ya en el mundo, trabaja la tierra, hasta entonces inculta, la siembra y la hace producir. Luego triunfa del hijo de Laponia, Jukahainén, de cuya hermana, Eno, se enamora y con la que pretende casarse. Pero Eno se arroja al mar, convirtiéndose en una divinidad de las aguas.

  Entonces Vainamoinén, tras conseguir escapar a las asechanzas de Jukahainén, va en busca de esposa a Pohja, país en el que manda Luhi. Y, en efecto, Luhi le promete la mano de su hija mayor, pero con la condición de que le forje el sampo, talismán misterioso que no se sabe a punto fijo en qué consistía. Vainamoinén encarga a Ilmarinen, el habilísimo herrero, que haga el talismán, y éste, en efecto lo hace. Pero como la prometida de Vainamoinén prefiere a Ilmarinen, la boda de ambos jóvenes se celebra con toda esplendidez. Entonces aparece un nuevo personaje, Lemminkainén, joven alegre, gran seductor de muchachas, batallador travieso y turbulento, que ha ido también al país de Pohja en busca de esposa. Incluso había perecido en el viaje, pero su madre, maga consumada, le había vuelto a la vida. Lemminkainén, furioso por no haber sido invitado a la boda de la hija de Luhi, emprende una expedición contra Pohja, consiguiendo incluso matar al gran jefe de la familia. Pero el pueblo entero se levanta contra él, incendia su casa, aniquila sus campos y tiene que huir. Una nueva expedición le es funesta. Los poderes mágicos de Luhi, maga también muy experta, son superiores a toda su fuerza y a todo su valor. Entretanto, la mujer de Ilmarinen perece devorada por los osos de Kullervo, el genio del mal. Entonces el maravilloso forjador va a Pohja a pedir a Luhi su segunda hija. Y como ésta no se la quiere dar, la rapta. Poco después sería, la nueva esposa aprovecha el sueño de su marido para entregarse a otro hombre. Ilmarinen al saberlo la transforma en gaviota. Luego regresa a Kalevala, donde hace saber a Vainamoinén la prosperidad que el sampo, talismán maravilloso que, como ha sido dicho, había construido para Luhi, ha procurado a Pohja, el país vecino.

  Los dos héroes deciden ir a apoderarse del talismán con objeto de que los beneficios que producen sean para su patria, Lemminkainén, dispuesto siempre a todo, se une a ellos. Camino de Pohja, al atravesar un río, la barca que los conduce choca contra un enorme lucio. Le pescan, y con sus espinas construye Vainamoinén un kantele (especie de cítara) maravilloso. Gracias a ella el héroe consigue adormecer a sus adversarios una vez llegados a Pohja y se apodera del talismán codiciado. Pero un canto intempestivo de Lemminkainén despierta a los de Pohja, y Luhi suscita una terrible tempestad, durante la cual el kantele es arrebatado por las olas y el sampo destrozado. Vainamoinén únicamente puede recoger los restos, pero estos restos bastan para hacer la prosperidad del país de Kalevala. Entonces Luhi, furiosa, desencadena contra Kalevala una serie terrible de calamidades; llega hasta encerrar en una caverna al Sol y a la Luna. Pero Vainamoinén acaba por triunfar. Tras ello, dando por terminada su misión, construye un navío, se embarca en él, solo, y llevado por las olas se aleja mar adentro desapareciendo para siempre.

  El Kalevala es, ante todo, un poema en el que la magia cumple el principal papel. Todos, sin descontar los héroes principales, deben su poder, más que a otra cosa, a sus conjuros, encantamientos y a las fórmulas mágicas que conocen y que ponen en juego. Y como las leyendas que forman este poema eran toda la religión y toda la mitología de los antiguos fineses, no es extraño que en la actualidad pasen por maestros en cuanto atañe a las ciencias ocultas. Durante toda la Edad Media, en que la magia estaba a la orden del día y en que brujos, brujas, talismanes y su fuerza eran considerados como cosa real, y peligrosa por satánica, abundaron los decretos de los reyes y jefes de los pueblos inmediatos a las regiones habitadas por los fineses prohibiendo todo contacto con ellos. Durante los siglos XVI y XVII, las autoridades suecas buscaban y confiscaban los tambores mágicos de los lapones, tambores utilizados hasta hace muy poco, por los sacerdotes-brujos, llamados chamanes. En lo que al Kalevala afecta, hay que distinguir, pues, dos partes: la relativa a la magia y la que afecta a la mitología propiamente dicha.

  La predestinación del imperturbable Vainamoinén es señalada ya antes de su nacimiento por circunstancias absolutamente extraordinarias: «pasó en el seno de su madre treinta veranos y otros tantos inviernos, durante los cuales reflexiona y medita sobre cómo vivir, cómo existir en su sombría morada». A Lemminkainén, su madre, para volverle sabio, le baña tres veces una noche de verano y nueve durante otra de otoño, Luego, cuando pereció por haber intentado matar al cisne del río infernal sin conocer las palabras mágicas que protegían contra las serpientes su madre recoge sus pedazos, como en Egipto Isis los de Osiris y en Grecia, Atena los de Zagros, y le devuelve la vida; pero es que la madre de Lemminkainén no es diosa, sino maga, como Kirke y Medea, y es a fuerza de fórmulas mágicas como realiza el milagro. Cuando el temerario Jukahainen, «el delgado joven de Laponia», va a desafiar a Vainamoinén, en vez de desafiarle a combatir con espada, maza, flechas o garrotazos o a pedradas, lo que hace es lanzar contra él una serie de conjuros mágicos.

  Vainamoinén le escucha sin pestañear, y luego canta a su vez, y entonces «los pantanos mugen, la tierra tiembla, las montañas se bambolean y losas enormes vuelan hechas pedazos». Y no ha hecho sino cantar. No obstante, abruma a Jukahainén con sus encantamientos: transforma su trineo en un tronquillo de árbol seco, su látigo rodeado de perlas, en una de esas miserables cañas que por lo visto nacen en Finlandia al borde del mar; sin duda también por artes mágicas, su caballo de estrellada frente, en una roca como esas de las cataratas bañadas por blanca espuma, y el propio Jukahainén es precipitado por la mágica melodía, primero, en un pantano, donde se hunde hasta los riñones; luego, en un prado, donde queda clavado hasta la cintura, y después, en una tierra llena de brezos, pero esta vez hasta las mismas orejas. Y lo mismo que los hombres, animales y elementos son sometidos a los poderes de la magia.

  DIOSES FINESES

  A la cabeza del Panteón finés o finlandés estaba Jumala, dios supremo. Dios creador, entidad medio abstracta de la cual la encina era, como de otros muchos dioses, el árbol favorito. Como este nombre pertenece a una raíz que significa trueno, que también ha dado nacimiento a no pocos dioses, Jumala debió de ser en un principio un dios del Cielo. Luego fue apartado, bien que sin desaparecer completamente, por otro dios supremo, Ukko, «padre antiguo que reina en el cielo», dios del cielo y del aire, dios que soportaba el mundo (al Norte, como Atlas al Sur), amontonaba las nubes y hacía caer la lluvia. Especie, de Zeus finlandés. No se le invocaba sino cuando tras haberse dirigido a las demás divinidades las súplicas habían sido inútiles. La esposa de Ukko era Akka, llamada también Rauni, nombre del serbal, árbol que la estaba consagrado. Otras potencias Celestes eran Paiva, el Sol; Kuu, la Luna; Otava, la Osa mayor, y más importante aún lima divinidad del aire, cuya hija Luonnotar, la madre de Vainamoinén, estaba íntimamente mezclada al mito de la creación.

  Luonnotar, cuyo nombre significa hija de la Naturaleza, aburrida de su virginidad inútil y de su existencia solitaria allá en las celestes regiones del aire, se dejó caer en el mar sobre la blanca grupa de las olas. Traída y llevada por éstas, «el soplo del viento vino a acariciar su seno y el mar la hizo fecunda». Así vagó y bogó durante siete siglos sin hallar un lugar donde descansar. Se lamentaba de ello, cuando apareció un águila (o un pato) que buscaba asimismo sitio donde hacer su nido. Y viendo una de las suaves y blancas rodillas de Luonnotar, que sobresalía del agua, le hizo sobre ella, puso sus huevos y los cubrió durante tres días. «Entonces la hija de lima sintió que un calor ardiente le quemaba la piel, hundió su rodilla y los huevos rodaron al abismo… Pero no se perdieron, al contrario, de la parte inferior de estos huevos se formó la Tierra, madre de todos los seres de la parte superior, el Cielo sublime, de sus partes amarillas, el Sol radiante; de sus partes blancas, la Luna y las estrellas; de sus restos negros, las nubes de aire». Luego, Luonnotar completó la obra de la creación haciendo surgir promontorios, aplanando las orillas, formando golfos, etcétera.

  Entre las divinidades de la Tierra, personificada ésta en la Madre de Mannu, hay que citar a la Madre de Metsola, que personificaba el bosque; a Pollervoinén, dios protector de los campos, amo de árboles y plantas; a Tapio, «el de la barba sombría, el del gorro de abeto, el del manto del musgo», que con su mujer, Millikki; su hijo Niirikki, y su hija, Tuulikki, representaban las divinidades de los bosques, invocadas por los fineses con objeto de obtener caza abundante.

  El dios principal de las aguas era Ahto, o Ahti, que vivía con Vallamo, su esposa, y sus hijas «en la extremidad del cabo nebuloso, bajo las olas profundas, en medio del fango negro, en el corazón de una enorme roca». En torno de él estaban los Veteheinén, genios de las aguas, en general maléficos, y los Tursas, genios de aspecto monstruoso. El mundo terrestre estaba también lleno de genios malos: Lempo, Paha e Hiisi, entre otros.

  EL INFIERNO

  El infierno del Kalevala no era un lugar de castigo, sino el reino de los muertos, reino o mansión como otra cualquiera, bien que más sombría. No obstante, el Sol lucía en él y los bosques abundaban. Este infierno tenía dos nombres: Tuonela (país de Tuoni, dios o diablo de esta región) y Manala (país de Mana). Un río de ondas negras era preciso franquear para llegar hasta él. Sin contar que era menester también caminar mucho hasta alcanzar aquel lugar siniestro: marchar una semana a través de bosquecillos claros, otra a través de bosques, ya grandes, y aún una tercera cruzando bosques espesos y profundos. Pero ¡ay de los que llegaban a él!, porque «muchos entran en el Manala, pero muy pocos salen», como dice el poema. Lemminkainén, que se aventuró a ir hasta la orilla del río negro dispuesto a abatir con una flecha al pájaro de Tuoni, el cisne de largo cuello, fue precipitado en los abismos del río y su cuerpo, despedazado por el sangriento hijo de Tuoni, fue dispersado por las fúnebres ondas del Manala.

  Tan sólo Vainamoinén escapó sin daño de la peligrosa excursión. Habiendo ido al país de Tuonela con la esperanza de encontrar allí las palabras mágicas necesarias para la construcción de su navío, vio, al llegar al borde del río, a las hijas de Tuoni (estatura mínima, cuerpo desmedrado) lavando viejos harapos en las aguas bajas. A fuerza de ruegos consiguió que le trasportasen al otro lado, a la isla de Manala, país de los muertos, donde fue recibido por Tuonetar, reina de Tuonela, que cortésmente le ofreció la cerveza de bienvenida en un jarro todo lleno de ranas y de gusanos que hormigueaban en el líquido, al tiempo que le anunciaba que ya no saldría de allí. En efecto, mientras Vainamoinén dormía, el hijo de Tuoni, el de los dedos ganchudos, echó a través del río una red de mallas de hierro de mil brazas de larga, con objeto de coger en ella al héroe y mantenerle cautivo mientras durasen sus días. Pero Vainamoinén, cambiando súbitamente de forma, se lanzó a las aguas, «y se deslizó, como una serpiente de hierro, como una víbora, sobre las ondas del Tuonela, a través de la malla de Tuoni».

  En Tuonela reinaban, pues, Tuoni y su esposa, Tuonetar. Sus hijas eran divinidades del sufrimiento: Krippu-Tytto, diosa de las enfermedades, y Loviatar, «la más despreciable de las hijas de Tuoni, fuente de todo mal, principio de mil calamidades; su cara era negra, su piel de un aspecto horrible». De su unión con el Viento (verdadero azote en las regiones glaciales del Norte, y por ello considerado como enemigo maldito) nacieron nueve monstruos: Pleuresía, Cólico, Gota, Tisis, Ulcera, Sarna, Chancro, Peste, y «un genio fatal: ser devorado por la envidia», que no recibió ni nombre. Entre las diosas de las enfermedades y de los dolores estaban Kivutar y Vammatar. La muerte era personificada en Kalma (kalma significa en finés «olor a cadáver»). En el umbral de la morada de Kalma estaba el monstruo Surma, personificación del destino fatal o de la muerte violenta; monstruo siempre dispuesto a coger con sus dientes asesinos y a devorar con su boca enorme al imprudente que pasaba a su alcance. Según las antiguas creencias finesas, todos los seres, hombres, animales y plantas, estaban dotados de alma (haltia), alma indisolublemente unida al cuerpo y sin existencia distinta de la de éste, por lo que perecía con él. Los vogules (pueblo de raza finesa establecido en los Urales) hacían residir el alma en el corazón y los pulmones, y a causa de ello comían estas visceras a los vencidos, con objeto de absorber al hacerlo su fuerza vital. Otros pueblos como los lapones, creían que el alma residía en el esqueleto.

  INNUMERABLES GENIOS

  El mundo estaba, además, según ellos, lleno de espíritus o genios. Y creían en tantos, que sería pesado e inútil enumerarlos. Cada uno de estos genios estaba adscrito a una función. Las aguas especialmente, estaban llenas de ellos. Como los nombres de estos espíritus variaban con cada pueblo y éstos se dividieron en tantas ramas su estudio resulta un verdadero laberinto. Por ejemplo, los fineses, entre cuyas muchas divinidades acuáticas, era popular Nakki. En la actualidad, las tradiciones del oeste y del sur de Finlandia cuentan que en los lagos hay sitios «sin fondo», de los que parte el camino para el reino del dios del agua, que habita un soberbio castillo lleno de riquezas. Nakki sale de su morada y visita la Tierra al levantarse y al ponerse el Sol. Cuando se desea tomar un baño hay que decir antes de zambullirse: «Nakki, sal del agua porque yo voy a entrar». Para protegerse contra esta divinidad es conveniente también tirar al agua una moneda de metal, pronunciando al hacerlo el siguiente exorcismo: «Que yo sea ligero como una hoja y Nakki pesado como el hierro». De este modo el dios no puede subir a coger por los pies al que se baña y ahogarle.

  En el Kalevala, se conservan también algunos mitos. Por ejemplo, el del origen del fuego. Véase: El fuego provenía de una chispa que Ukko hizo salir golpeándose una uña con su espada fulgurante, chispa que confió a una de las Vírgenes del Aire. Pero ésta, en un descuido, la dejó escapar abriendo sus dedos, y la chispa «rodó por entre las nubes a través de las nueve bóvedas y de las seis coberteras del aire», yendo a caer finalmente a un lago, donde fue tragada por una trucha azul, que a su vez, fue pasto de un salmón rojo, víctima luego de un lucio plateado. Pero Vainamoinén, ayudado por Ilmarinén, consiguió apoderarse del lucio y liberó la chispa, que, tras haber producido numerosos incendios, acabó por ser capturada por el héroe bajo la raíz de un abedul, donde se había escondido, y encerrada en un vaso de cobre. Otro mito, que se ha perpetuado entre los lapones, es el relativo a la creación del hombre por una pareja divina: Mader Atcha y Mader-Akka. El primero crea el alma y su esposa el cuerpo. Si el hijo que nazca ha de ser niño, Mader-Atcha le envía a casa de su hija Uks-Akka; si niña, a casa de su otra hija, Sar-Akka. El producto de la creación celeste es depositado al punto en el seno de la madre terrestre

domingo, 27 de octubre de 2013

Mitología Finlandesa (II)

Lemminkáinen el amante

Ahti Lemminkáinen nació en Kauko y fue un joven tímido hasta que pescó
una perca y ésta, para salvar su vida, prometió enseñarle la palabra encantada
que le haría el hombre más amado por las mujeres, pero no había tal palabra, era
necesario comerse el pez para lograr ese encanto y Ahti se la comió.
Ciertamente, pronto Ahti era un ser querido por todos, especialmente por las
mujeres, como lo demuestra su primera aventura con Kylliki, la preciosa joven
de famosa belleza a la que rapta y enamora; pero Ahti Lemminkáinen cree que
su mujer no le ha guardado la debida ausencia y marcha a Pohjola, pretendiendo
esta vez a la hija de Louhi, y teniendo que cumplir una dura prueba para
conseguirla, la captura del alce de Hiisi, caza que le costaría la vida en las aguas
del río Tuoni, asesinado por la venganza de un viejo al que había humillado.
Ahti cayó al reino de la muerte, al reino de Tuoni y Tuonetar, en medio del
horror y el sufrimiento. Desaparecido Ahti, su madre inicia la penosa búsqueda
del hijo perdido, sumergiéndose en las aguas, cruzando las tierras del norte,
preguntando a la Luna y, por fin, oyendo lo que el Sol le contaba, que Ahti había
sido arrastrado al Tuoni. La madre pidió a Ilmarinen que forjara un rastrillo de
cien brazas para sacar a su hijo del fondo del río; con él rescató a su amado hijo,
y con su amor le devolvió la vida. Volvieron a casa, pero Kylliki se había ido
para siempre. Entonces Ahti partió de nuevo a Pohjola, esta vez airado, por no
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haber sido invitado a las fastuosas celebraciones de la boda de la hija de Louhi
con Ilmarinen. Llegado al norte, Ahti Lemmikáinen va a provocar al Hijo del
Norte, al anfitrión, retándole a un duelo a muerte, en el que vence Ahti, pero la
satisfacción por su victoria es breve, porque tiene que huir, puesto que todos los
hombres de Pohjola, al saber que su jefe ha muerto a manos de Ahti, se lanzan
en su persecución. Durante tres años se refugió en la Isla de las Mujeres, siendo
amado por todas y amando a casi todas, pero llegó la hora de volver junto a su
madre y no hubo más remedio que abandonar tan dulce refugio. Cuando alcanzó
la orilla de sus tierras, divisó sólo destrucción y cenizas, pero lo que veía no lo
era todo; también pudo ver, al poco, a su dulce madre, escondida entre las
ruinas, esperando siempre su regreso, convencida de que él volvería junto a ella
otra vez más, sabiendo que todavía le quedaba mucho por hacer a su hijo, el

alegre héroe Ahti Lemminkáinen.
Volvamos a Váinámáinen y a  Ilmarinen
Váinámáinen construía un barco y estaba a punto de terminarlo, pero le
faltaban tres palabras mágicas para terminar de darle forma; no había manera de
recordar cómo eran y Váinámáinen se desesperaba, pensando que era una tarea
imposible, hasta que se acercó un pastor y le dijo que el gigante Antero Vipunen
sabía todo lo que él necesitaba saber. Fue Váinámáinen a Ilmarinen, para que el
herrero le forjara el equipo de hierro que debía llevar para llegar hasta la morada
de Antero Vipunen; entonces supo, por boca del herrero, que Antero había
muerto hacía muchos años. Pero ni eso detuvo a Váinámáinen, quien, equipado
con la armadura que le permitía atravesar las agujas de las mujeres, las espadas
de los hombres y las hachas de los héroes, llegó hasta donde yacía Vipunen con
su magia. Metió su maza en la garganta del gigante y le ordenó erguirse.
Vipunen se levantó al momento, con la boca inmovilizada por la maza de
Váinámáinen. Aprovechando la sorpresa, el viejo saltó a su garganta y se metió
en su vientre, montando dentro de él una fragua para atormentar a Antero,
comiéndose sus entrañas y golpeando su cuerpo. Así, hasta que logró que el
gigante le enseñara toda su inmensa sabiduría.
Cuando hubo conseguido su propósito, el imperturbable Váinámáinen
volvió a su casa y terminó su barco. Con él quería navegar hacia el norte, para
pedir de nuevo la mano de aquella virgen que no podía olvidar. Terminado de
construir su navío, Váinámáinen lo botó y fue gozoso rumbo a Pohjola, pero la
virgen Anniki se acercó a preguntar la razón de su viaje. Váinámáinen mintió
una y otra vez, provocando la duda en Anniki, quien le amenazó con una
tremenda tormenta si Váinámáinen no decía, ahora ya, la verdad. El viejo
confesó y la virgen fue corriendo a decir a Ilmarinen que el viejo había decidido
ir solo en busca de la virgen de Pohjola. Ilmarinen se preparó para ir en busca

del viejo y consiguió, tras tres días de carrera en su trineo, alcanzarle.

El pacto de los dos amigos
Tras acordar que ya no habría más luchas por la virgen de Pohjola y hartos
de ser inútiles rivales por ese difícil amor, Váinámáinen e Ilmarinen deciden
seguir por separado su camino a Pohjola, éste por tierra, aquél por mar, a la
búsqueda de aquella virgen tan hermosa y tan deseable como esquiva, siempre
prometida como recompensa al viejo y al herrero, y nunca recibida. Pero ahora
van a hacer que ella diga, de una vez por todas, por cuál de los se decide la
escurridiza doncella La elección es rápida esta vez, la virgen prefiere a
Ilmarinen, por que no es un viejo como Váinámáinen, aunque antes lo hubiese
rechazado de un modo tan definitivo. Pero Louhies una vieja retorcida y
soberbia, que ahora quiere hacerlo todo más costoso al buen herrero,
proponiéndole nuevas pruebas a cada momento Ilmarinen se ve obligado a
descifrar los complejos (y absurdos) problemas propuestos pero la vieja no
cuenta con la complicidad antagonista de su propia hija, de la virgen sin nombre
que tantas páginas llenó de la historia del Kalevala. Con ella a su lado, la
victoria es segura, y la boda va a celebrarse por todo lo alto. Sólo quedan fuera
Váinámáinen, por su tristeza, y Lemminkáinen, que no ha sido invitado, lo que
va a ser motivo de su ira y del comienzo de aquel duelo a muerte con el Hijo del
Norte que ya hemos relatado antes. Pero con la boda no va a llegarle la felicidad
por mucho tiempo al enamorado Ilmarinen: su esposa, su bella y ansiada esposa
es una mujer malvada y la cruel burla que hace al buen esclavo Kullervo, al
darle una piedra como única comida hace que éste ponga en marcha su venganza
(mágica, por supuesto) con la complicidad del lobo y del oso, dando muerte a
quien le humillara. Es la desolación para Ilmarinen, al ver muerta a su amada
Kullervo, ya antes traicionado por su hermano Untamo, quien le había vendido
como esclavo, y ahora castigado por el destino, al enterarse de que la virgen con
la que ha yacido no es sino su propia hermana. Kullervo, aún más enfurecido,
mata a su hermano Untamo, pero tampoco le sirve de consuelo esta muerte, sólo

descansará cuando se quite la vida con su propia espada.

La desesperación de Ilmariner
El herrero pensó que podría encontrar consuelo en una nueva esposa que él
mismo forjase a imagen de la desaparecida, y se puso a trabajar incansablemente
en su fragua, hasta que consiguió la más hermosa mujer jamás construida de oro
y plata; pero fría era su compañía, muda su presencia, inútil su existencia.
Ilmarinen quiso regalar la mujer de oro y plata a Váinámáinen, pero él no la
quiso, y recomendó a Ilmarinen que la volviera a fundir, pues nadie debía
dejarse deslumbrar por el oro, o por la plata. Ilmarinen comprendió que debía
buscar una nueva esposa de carne y hueso y pensó en Pohjola, en otra hija de
Louhi que le recordase a su perdida mujer. Pero nada consiguió de Louhi, y tuvo
que raptar a su segunda hija. Tampoco sirvió de mucho el rapto, pues en la
primera noche ya se acostó ella con un desconocido. Ilmarinen, al despertar, vio
la escena y casi la mató, pero su espada se negó a terminar con la vida de aquella
coqueta y el desgraciado Ilmarinen se contentó con ordenar que la infiel raptada
fuera a convertirse en solitaria gaviota, condenada a vivir sobre un peñasco,
entre las frías aguas del mar. Más solo que jamás hubiera estado, el herrero
siguió su interrumpido camino hacia el hogar. Al paso le salió el viejo
Váinámáinen, y juntos se propusieron rescatar de Pohjola aquel campo
construido para lograr la pretendida felicidad, y que tan tristes frutos había
deparado a ambos. Construyeron un navío poderoso, forjaron una espada
vencedora, y partieron a la búsqueda del campo mágico, recogiendo por el
camino al retirado héroe Lemminkáinen, que presto se sumó a la expedición,
gozoso de poder volver a luchar contra la gente de Pohjola, de la que tan

penosos recuerdos guardaba su memoria.
La creación del Kantele
Chocaron los navegantes contra algo extraño, contra algo que les detuvo en
su marchaVáinámóinen hizo un arpa, el kantele. Todos los que vivían en las
proximidades fueron a probarlo, pero ninguno conseguía sacar un sonido de
aquella arpa hecha de las espinas del lucio gigante. Hasta que las manos del
viejo Váinámáinen acariciaron el kantele: entonces brotó un torrente de sonido
que causó la admiración de los dioses, de los hombres y hasta de los animales,
que abandonaban sus guaridas, escondrijos y nidos y corrían, nadaban y volaban
para oír la música inigualable de Váinámáinen con su kantele. Después, cuando
la gran fiesta hubo acabado, los tres héroes reemprendieron rumbo hacia
Pohjola. Allí, la vieja Luohi les preguntó el motivo de su visita y ellos fueron
sinceros, dijeron que querían compartir aquel campo que pidiera Váinámáinen a
Ilmarinen para que Louhi lo disfrutara. Pero la vieja se encolerizó, ella no estaba
dispuesta a compartir su tesoro; nunca lo había estado, por eso lo tenía encerrado
bajo tierra, en la oscuridad más impenetrable, porque lo quería poseer, aunque
no disfrutara de su potencia mágica. La horrible madre de Pohjola llamó a sus
hombres para que acudieran en su auxilio, para que mataran a Váinámáinen; de
nuevo fue inútil su maigno esfuerzo contra el imperturbable y sabio
Váinámáinen; al viejo runoia no le complacía tener que matar una y otra vez,

por eso le bastó sentarse ante su kantele y tocar en él; pronto los guerreros estaban hechizados por su música y su magia. Libres los héroes para moverse
por Pohjola, fueron en busca del campo. Váinámáinen, Ilmarineny
Lemminkáinen lo arrancaron de su escondite con la ayuda de un toro gigante; ya
era suyo el molino; era llegada la hora de embarcarse y volver triunfantes a
Kaleva con la riqueza que el campo representaba, con la magia del molino en su
poder.

La batalla entre Kalevala y Pomola
Estaban muy lejos de Pohjola Váinámóinen, Ilmarinen y Lemminkáinen y
los tres héroes, creyéndose victoriosos en su expedición, pero Louhi ya había
recobrado el sentido y supo que le habían quitado su campo. Entonces más
furiosa que nunca antes, pidió a la diosa de la niebla que enviara una niebla tal a
los navegantes que los detuviera donde quiera que se hallaran. Uuta, la diosa,
oyó su petición y envolvió a la embarcación en la más tupida niebla durante tres
días, pero la espada de Váinámáinen la hendió y se libraron de ella. Después
Ukko, dios del cielo, envió sus vientos contra los navegantes, y las olas
arrebataron el kantele, pero la magia de Váinámáinen venció a los vientos.Louhi
desesperada movilizó su ejército y lo lanzó en un barco con cien remeros y mil
guerreros, en pos de los tres héroes, pero la magia de Váinámáinen hizo surgir
escollos de las aguas y el barco enemigo se hundió al chocar contra ellos. Pero
Louhi se transformó en águila y montó sobre sus espaldas al ejército de Pohjola
y se puso de nuevo en marcha contra los tres héroes. Váinámáinen la vio llegar y
le ofreció de nuevo compartir el campo, pero la vieja sólo lo quería para ella.
Váinámáinen empezó su combate contra Louhi y destrozó su ejército, pero la
vieja avara agarró el campo en su caída, arrastrándolo con ella al fondo del mar,
roto ya el molino en mil pedazos, tras su pérdida, la vieja Louhi se volvió a su
casa del norte, llorando amargamente por su avaricia. Váinámáinen no se inmutó
por la pérdida, antes bien al contrario, predijo que los restos del campo servirían
para repartir entre todos su poder, para fecundar la tierra con generosidad, y —
en efecto—los restos le esperaban sobre la arena de la playa cuando llegó a su
casa, todo lo que tuvo que hacer fue llevarlos tierra adentro y el grano floreció

para siempre de esa semilla.
El kantele de Abedul
Trató inútilmente Váinámáinen de recuperar su kantele del fondo del mar
con ayuda de un rastrillo forjado por su buen amigo Ilmarinen que con su
madera iba a fabricar un kantele, con los cabellos de una virgen sus siete
cuerdas; de nuevo hizo sonar Váinámáinen su arpa, de nuevo, dioses, humanos y
animales acudieron atrapados por su música sin par. Pero acechaba de nuevo la
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desgracia, porque la vieja Louhi aprovechó que el Sol y la Luna se habían
acercado tanto a la Tierra para oír la música de Váinámáinen, que ésta los atrapó
y los encerró en Pohjola. No se contentó con este secuestro de la luz, también
robó el fuego de Ilmarinen y la oscuridad se abatió sobre toda Kalevala. Se
reunieron todos los hombres y mujeres de Kalevala para pedir a Ilmarinen que
forjase un nuevo cielo, para que construyese un nuevo Sol y una nueva Luna y, a
la luz de las luciérnagas, hizo un Sol de oro y una Luna de plata, pero ninguno
de los dos astros de metal pudo restaurar la luz perdida. Así que Váinámáinen
pidió a la Suerte que le dijera dónde estaban el Sol y la Luna desaparecidos, y la
Suerte le respondió que en Pohjola. Solo fue Váinámáinen al norte, sólo se
enfrentó con todos los guerreros de Pohjola y a todos los destruyó, pero no podía
sacar a la Luna ni al Sol de su encierro. Sólo volvió a Kalevala, a pedir a su
amigo Ilmarinen que le forjara una docena de cuñas, unas llaves de todo tipo y
un tridente. Pero Louhi fue, convertida en pájaro carroñero, al sur, a espiar a
Ilmarinen en su taller. Le preguntó la vieja, transmutada en pajarraco, que era
aquello que el famoso herrero estaba forjando tan afanosamente en su yunque y
el inocente herrero le contestó, sin sospechar quién era su interlocutor, que se
trataba de una argolla de hierro para aherrojar a la siniestra vieja de Pohjola. Se
asustó Louhi con la descripción y la finalidad de su trabajo, pues ya se veía
apresada por los airados enemigos. Así que Louhi voló rápidamente al norte,
para liberar a la Luna y al Sol de su encierro y devolverlos al sur, al cielo de
Kalevala digio del regreso de la luz, para robarles el fuego del herrero sin que
tuvieran tiempo ni ocasión de reaccionar. Cuando pudieron darse cuenta, el país
de Kalevala tenía de nuevo su luz en el cielo, pero faltaba el fuego de Ilmarinen;
toda actividad cesó, nada podía fabricarse en la fragua apagada, nada podía
cocinarse en sus hogares sin lumbre. Se reunieron los preocupados héroes,
Váinámáinen, Ilmarinen, Lemminkáinen y su buen amigo Tiera,aquel de quien
sospechara cuando su esposa Kyllikki desapareció, para tratar de solucionar
definitivamente el constante problema que planteaba la vieja y malvada Louhi,
la Madre del Norte. Todos ellos bien sabían que sólo Louhi podía ser la culpable
de aquel crimen; todos ellos bien sabían que sólo apresándola y enviándola a
Manbala, al infierno del negro río Tuoni, podían asegurarse la paz de una vez

por todas.
La muerte de Louhi el triunfo del bien
Cuando estaban reunidos los cuatro héroes en el bosque, pergeñando su
plan contra Louhi, un cuervo voló sobre ellos, advirtiéndoles del peligro que
representaba esa conversación entre ellos, que podía también ser escuchada del
mismo modo por sus enemigos. Aceptaron el consejo y fueron a casa de
Lemminkáinen, allí vieron cuáles eran las fuerzas propias y cuáles las ajenas.

Decidieron que no podían contar con los dioses ni con la justicia, pues no podían ni unos ni otra implicarse en un asunto en el que fueran invocados por ambas
partes opuestas. Se consideró que tampoco los hechizos contarían, pues los dos
bandos eran igual de poderosos en asuntos de magia; quedaban pues Louhi y su
gente, la poca superviviente de las anteriores batallas, y los cuatro héroes,
Váinámáinen, Ilmarien, Lemminkáinen y Tiera. Los cuatro irían por caminos
diferentes, Váinámáinen e Ilmarinen por tierra y Lemminkáinen y Tiera por mar,
hasta reunirse en las inmediaciones de la mansión de Louhi, para allí hacer salir
a la vieja y acabar con ella, clavándola después Lemminkáinen con sus flechas a
la corteza de un abedul, como si de una mariposa se tratase. Cuando
Váinámáinen e Ilmarinen estaban tomando su última comida junto a los fuegos
apagados de Kalevala, vieron que caía hollín de la chimenea y entraba un fuerte
olor a hierbabuena; alguien trataba de entrar por ella y, por el aroma de la
hierbabuena, no podía ser otro que el buen enano Kul, que venía a ayudarles y a
decirles que conocía su plan; que mientras ellos estaban allí Yanki-murt estaba
acompañando a Lemminkáinen y a Tiera en su navegación, y que Louhi había
mandado contra ellos el hielo para inmovilizarlos en medio del mar, cosa poco
probable, puesto que Yanki-murt sabía los conjuros necesarios para acabar con
esas magias de la vieja de Pohjola. Vánámáinen respondió a su amigo Kul que,
con toda seguridad, Louhi mandaría contra ellos al monstruo Tursas, y Kul le
tranquilizó, asegurándose que ya estaba en camino Vuvozo, con un tonel de
cerveza para invitar a Tursas, puesto que esa era su bebida favorita. Kul también
había tramado un plan para ellos, puesto que el buen enano sabía que había una
grieta oculta en el camino, esperando su trineo y había pensado en mandar un
trineo con sus ropas, para que Louhi creyera que había acabado con ellos, como
creería que había acabado también con Lemminkáinen y Tiera, pues los cuatro
irían volando en los dos grandes albatros. Allá en Pohjola, junto a la casa de
Louhi, estaban colgadas las pretendidas ropas de los pretendidos héroes
vencidos y ella y su gente celebraban la imaginaria victoria; pero entonces llegó
un viejo a la casa y Louhi salió a recibirle, creyendo que era Poi, que venía a
traer las fresas para el banquete. Pero el viejo espetó a Louhi que se pegara a la
puerta que Yanki-murt había cerrado al entrar, mientras que Vu-vozo había
adormecido a los sicarios de la vieja con su mirada. Lemminkáinen apuntó con
su arco a la vieja y le dijo que venían a buscar su ropa, que venían a recuperar su
fuego. Pero Louhi no estaba dispuesta a dejarse vencer y se negó a decirles el
escondite del fuego, y Kul apremió a Lemminkáinen para que acabara lo que ya
estaba empezado, pues ellos siete encontrarían el fuego robado sin ninguna otra
ayuda. Entonces Lemminkáinen soltó la mano que tensaba el arco y la flecha
voló para atravesar de muerte el cuerpo de la vieja y clavarlo a la hoja de la
puerta, como se clavan las mariposas al tronco de un abedul, mientras su negra
alma iba a parar al fondo del río Tuoni, para quedar por siempre allí, sumergida
en el reino de la muerte.
El colofón de Marjatta
Tras este relato de la lucha entre el sur y el frío norte, el Kalevala se alarga
con un canto, el poema quincuagésimo, en el que se habla de la virgen Marjatta,
que da a luz a un niño sin intervención de varón —la inmaculada concepción—
y dice que ese niño será nombrado rey de Karelia, mientras que el viejo y sabio
Váinámáinen, cediendo su puesto a ese niño prodigioso, abandona Kalevala y

lega al pueblo finés su canto y su música.

Mitología finlandesa (I)

Muchas otras tribus nómadas, que provienen del extremo oriente, desde los
confines del mar Amarillo, vienen a configurarse en la zona septentrional de
Eurasia. Primero viven del pastoreo y de la cría de ganado, por ello necesitan
asentarse en lugares muy extensos y con mucha vegetación. Desarrollan sus
creencias, también a partir del temor que les imponen los fenómenos naturales, y
unifican su trabajo de forma conminatoria para hacer frente a la depredación y al
robo. Su origen étnico es muy dispar, por lo que es preferible denominarlos
genéricamente como los pueblos de la estepa, y su pragmatismo era su principal
característica. Por ello, todas las tribus aceptaban el caudillaje y se organizaban
de forma férrea y sólida, tanto en lo político como en lo social. Sus
asentamientos debían realizarse en espacios abiertos y extensos; cada horda
tenían plena autonomía, y sus guerreros gozaban de igualdad de derechos y
obligaciones. Al mando de todos ellos se hallaba el príncipe o caudillo
—"Kan"— que ejercía su autoridad a partir de su conocimiento y relación con
las armas de hierro. El oficio de herrero era uno de los más estimados, pues se
pensaba que quien era capaz de dominar el hierro con el fuego es porque
conocía secretos que los propios dioses le habían confiado. Por todo esto, los
jefes eran, a menudo, identifica dos con la divinidad. Por ejemplo, uno de los
dirigentes más célebres, como era el caso de Gengis, estaba considerado como el
enviado de los dioses, y su poder perduraría después de su muerte. Una de las
hordas más sanguinarias fue la de los hunos, que tuvieron por jefe al feroz Atila,
quien consiguió invadir occidente y saqueó numerosas poblaciones galas;
también devastó ciudades como Padua y Milán.
Estos pueblos de la estepa tenían gran fe en la magia que los "Chamanes"
—sus sacerdotes— sabían utilizar en momentos críticos. Los "Chamanes"
afirmaban, también, que el cosmos estaba poblado de genios de naturaleza
ambivalente: y, así, había buenos y espíritus malos. Toda persona acoge dentro
de sí misma ambos espíritus, y otro tanto sucede en el cosmos y en la naturaleza.
Los espíritus que habitan en el aire son benéficos; los que habitan en la tierra,
maléficos. Por ello, es muy importante contentar a estos últimos. El firmamento
era el lugar en el que se hallaban las divinidades y, también, las nubes que
enviaban la lluvia necesaria para que hubiera pasto para los animales.
Las leyendas de Finlandia
Luonnotar, virgen e hija del aire, se lanzó al mar y allí quedó henchida por
el viento durante siete siglos y nadando sin cesar por todos los mares, hasta que
pidió a Ukko, dios supremo, que la ayudase a parir tras aquel interminable
embarazo del aire. Un pájaro, una magnífica águila del cielo, vino a posarse
sobre sus piernas y en ellas puso su nido y seis huevos de oro y otro más de
hierro, empollándolos durante tres días, hasta que Luonnotar sintió el calor
abrasador de los siete huevos y vendió sus piernas en el agua, para refrescarlas;
entonces los huevos cayeron al mar y de ellos brotó la Tierra, con su cielo, su
Luna y su Sol, pero la virgen seguiría en el agua, durante otros diez años más,
hasta que Luonnotar decidió crear vida en esa Tierra y dar forma a los
continentes y a las islas; pero todavía esperó otros treinta años más, hasta que
por fin parió al ya viejo y gigantesco Váinaámáinen, quien cayó al mar y en él
siguió, como su madre, nadando, hasta que después de ocho años, tocó la tierra
firme y pudo contemplar ensimismado aquella primera isla, aquel mundo
maravilloso que su madre había creado y que ahora le rodeaba con todo su
esplendor. Solo estaba Váinámáinen, hasta que el dios Sampsa vino a enseñarle
como cultivar el suelo con sus semillas, aunque a Váinámáinen no le pareció
demasiado perfecto lo que creció en su isla. Así que cuatro vírgenes salidas del
mar cortaron la hierba y quemáronla hasta que de la verde vegetación sólo
quedó ceniza. Y una encina comenzó a crecer, imbatible, apoderándose de la
tierra y del aire. Así que Váinámáinen pidió a su madre que le ayudara a tumbar
aquel árbol, y apareció un diminuto ser que luego creció y creció también, como
la encina. Con una hoja de hierba formó un hacha y con ella derribó de tres
golpes la encina. Había probado cual era la fuerza y el poder de la magia; había
dejado también espacio para que la vegetación recibiera la luz del sol y todas las
plantas medrasen. Váinámáinen se hizo él mismo un hacha y tumbó todos los
árboles que habían crecido, todos menos el abedul, sobre el cual se posaron los
pájaros del cielo.
Joukajainen y Aino

Váinámáinen era cantor de potente voz y profundo verso, y su fama llegó
hasta las tierras del norte perdido, hasta Pohjola. Un lapón presuntuoso, el
joven Joukahainen, emprendió la marcha al sur, para desafiar al viejo en su
terreno, en su casa de Vainola, a pesar de los consejos en contra de sus prudentes
padres. Y en tres jornadas de marcha desenfrenada llegó a los bosques de
Vainola, para enfrentarse con Váinámáinen, para demostrarle que era más sabio
que el viejo aquel, pero no pudo ganarle con la palabra y quiso imponerse con la
fuerza de su espada, obteniendo sólo mayor desprecio por parte de su rival
Váinámáinen, que se puso a cantar sus magias, y a dominarle con su poder.
Joukahainen quedó anonadado, dándose cuenta de quién era en realidad su rival.
Intentó comprar su libertad, pero sólo podía ofrecer sus arcos, algo de oro, algo
de plata, pero nada conseguía de su vencedor, hasta que ofreció a su propia
hermana Aino. Aquella oferta le gustó al viejo y cambió la magia de sentido,
liberando al presuntuoso Joukahainen de su hechizado encierro y ordenándole ir
a buscar a su hermana, según había prometido. Joukahainen volvió al norte, aún
más rápidamente que había venido, y llegó a casa de sus padres, para
comunicarles que había dado su hermana a Váinámáinen para recuperar su
libertad. Pero la madre estaba orgullosa de que su bella Aino fuera la esposa de
tan poderoso señor, aunque la joven Aino sufría por su infortunio y no quería
unirse a un viejo como Váinámáinen, sabía que debía cumplir la palabra dada
por su hermano, para que sobre ellos no cayeran las maldiciones del poderoso
viejo. Aino aceptó resignadamente su suerte y luego, entre los bosques, conoció
a Váinámáinen, en un penoso y mágico primer encuentro, que apenas pudo
resistir. Sobreponiéndose a sus deseos de huir, Aino marcha hacia su destino en
el lejano Sur, pero no llegará a Kaleva, porque se ahoga mientras nada
alegremente en las aguas del mar, inocente víctima de un destino que se volvió

en contra suya.
El dolor de Váinámáinen
Fue muy triste para todos conocer la cruel muerte de Aino; lloraron sus
padres, sus amigas, todos; lloró más que nadie, Váinámáinen. Pero salió al mar,
como tantas veces, con su aparejo de pesca para olvidar a Aino, y la encontró sin
saberlo, bajo la forma de un pez desconocido que escapó a tiempo de su
cuchillo, diciéndole quién había sido ella antes de convertirse en salmón.
Váinámáinen se quedó aún más triste, al comprender que la había perdido de
nuevo y para siempre. Pero su madre la virgen del aire se apiadó de su pena y le
habló sobre cómo debía buscar en Pohjola una bella virgen que fuera su esposa.
Obedeció Váinámáinen a su madre y marchó al norte, en busca de la novia
recomendada, sin saber que Joukahainen le esperaba dispuesto a vengarse, listo
para matarle con su arco tenso y sus flechas afiladas, desoyendo de nuevo los
consejos de su madre. Pero esos consejos desviaron la puntería de Joukahainen y
sus flechas fallaron, no alcanzaron al jinete, sino a la cabalgadura. Váinámáinen
cayó al mar y tragado por sus aguas, mientras Joukahainen creía haberle matado
y se jactaba de ello ante su horrorizada madre, que le maldecía por el daño
cometido. Joukahainen supo, después, por intermedio de la sombra de la
Justicia, que Váinámáinen, tras nueve días flotando a la deriva, había sido
sacado de las aguas por un águila y llevado hasta Pohjola; el viejo estaba vivo y
más cerca que nunca de conseguir la meta de su viaje: la novia que su madre
Luonnotar le había designado desde su tumba marina. El pobre y estúpido
Joukahainen no pudo superar su cobarde angustia, su miedo al castigo que sin
lugar a dudas se le venía encima, y se ahorcó de las ramas de un árbol que iba a

cortar.
Louhi y su hija
Váinámáinen estaba en las tierras de Pohjola, pero estaba cansado, herido y
perdido, al menos hasta que la buena Louhi supo de él y se le acercó para
ofrecerle la solución a sus cuitas, el regreso pronto a su casa de Vainola, todo a
cambio de un campo, un molino mágico, y — además— le ofrecía a su hija, una
virgen como la que su madre le había señalado. Váinámáinen no sabía forjar el
campo, pero sí prometió, de regreso a su hogar, mandarle a Ilmarinen el herrero
más capaz, el mismo que había forjado la cúpula celestial. Louhi aceptó el trato
y le dio un caballo mágico para que regresara al sur en un encantamiento sin
levantar la vista de su regazo, so pena de maldiciones sin fin. Y no era fácil la
tarea, ya que, a poco de empezar su camino, oyó un telar sobre él, sin acordarse
de lo que le había dicho Louhi, Váinámáinen levantó la cabeza y vio a la
hermosa doncella que tejía en oro y en plata, a la bella que le pidió un sitio en su
trineo, no sin antes exigirle que partiese la crin de su caballo rojo con una espada
sin filo, y que hiciera un nudo invisible con un huevo. Así lo hizo Váinámáinen,
pero no bastó, la caprichosa doncella le exigió una y otra vez nuevas pruebas. El
enamorado no llegó a darse cuenta de que los tres genios del mal estaban tras de
él, hasta hacer que se hiriera con su hacha, con una tremenda herida que
sangraba sin parar. Así que Váinámáinen no tuvo más remedio que abandonar a
la deseada doncella y salir en busca de alguien que pudiera cerrar su herida, pues
él había perdido todo poder mágico. Curado y repuesto, Váinámáinen prosiguió
su ruta hasta Kalevala para llegar al taller del herrero Ilmarinen y convencerle de
que debía ir a Pohjola a forjar el campo; no lo logró y tuvo que recurrir a su
recobrada magia para hacer que un torbellino lo arrebatara de su forja y lo

llevara hasta la oscura y fría tierra del norte.

La promesa cumplida en parte
Luohi vio llegar mágicamente al herrero Ilmarinen a su casa y apenas se
sorprendió cuando supo que se trataba de él. Ordenó al punto que se le preparase
el mejor acomodo y hasta hizo que se adornase con las mejores galas su bella
hija virgen, para ser después mostrada a Ilmarinen y ofrecida como recompensa
a cambio del campo anhelado. A la vista de la preciosa criatura Ilmarinen fue
buscando por Pohjola el lugar donde realizar su trabajo, y se puso a trabajar
febrilmente en la construcción de aquella forja, primero, y en la realización del
campo pedido después. Tardó tres días Ilmarinen en preparar la fragua y tres
días en fraguar el molino de tapa suntuosa, que era molino de harina por un lado,
molino de sal por otro y molino de moneda por el tercero. En su primer trabajo,
el campo molió una medida para ser comida, otra medida para ser vendida y una
tercera para que fuera guardada. Entregado el molino a Luohi, ésta lo guardó en
el lugar más recóndito de su casa. Fue entonces, cumplida su parte, cuando
Ilmarinen reclamó aquella virgen prometida, pero ella se negó a acompañarle,
porque no estaba dispuesta a ser su esposa. Ilmarinen se abatió, sin fuerzas para
nada, hasta tal punto que la madre de la virgen, la anciana Luohi se compadeció
de su tristeza y lo envió en una barca de regreso al sur, envuelto en la fuerza
mágica de un viento que ella convocó para que fuera transportado sin peligro en
tres singladuras hasta su añorada Kalevala. Allí, en la orilla, le esperaba el viejo
y a él dijo que el campo había sido construido y entregado a Luohi, según se
había acordado, pero también hizo saber que la doncella prometida no cumplió
su parte del trato y él, Ilmarinen, tanto como Váinámáinen, habían sido

doblemente burlados por la virgen de Pohjola.