MITOS DE LA CREACIÓN
Para una mentalidad realista y racional como la helénica resultaba muy difícil la comprensión de la eternidad y del vocablo infinito; era más lógico pensar que todo había tenido un principio, incluso los dioses. Si acaso hay «algo» que, en la mayoría de los relatos mitológicos sobre la creación parece preexistente, es el Caos, abismo sin fondo, espacio abierto sumido en la oscuridad en donde andaban revueltos todos los elementos: el agua, la tierra, el fuego y el aire. Nada tenía en él forma fija y durable, todo estaba en constante movimiento con inevitables choques, los elementos congelados contra los abrasadores, los húmedos contra los secos, los blandos contra los duros y los pesados contra los ligeros.
Es decir el Caos es el Vacío primordial, pero concebido como un enorme recipiente para albergar elementos en forma desordenada. Caos es-a la vez Nada y Algo, ¿materia y antimateria o en realidad un primer dios? Pronto se produciría lo que, empleando términos actuales sobre el origen y expansión del Universo, llamaríamos el Big-Bang, la gran explosión que arruinaría al caos y provocaría lo que en el Génesis[2] se relata como Creación por obra de Yahvé, único Ser Supremo.
Veamos las diversas versiones helénicas:
LA CREACIÓN SEGÚN HESÍODO
Es el relato más conocido, el que ha quedado como clásico, por ello lo colocamos en primer lugar, dada su importancia. Sin embargo, ahondaremos en otras narraciones, no por menos conocidas también muy atractivas.
Según Hesíodo, en un principio sólo existía el Caos. Después emergió Gea (la tierra) de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, surgida del Tártaro tenebroso de las profundidades, y Eros (el Amor), el más bello de los dioses[3].
Del Caos nada podía esperarse, hasta que de la acción de Eros, principio vital, salieron Erebos (las tinieblas), cuyos dominios se extendían por debajo de Gea en una vasta zona subterránea, y Nix (la oscuridad o la noche). Erebos y Nix tuvieron amoroso consorcio y originaron al Eter y Hemera (el Día), que personificaron respectivamente la luz celeste y terrestre.
Con la luz, Gea cobró personalidad, pero como no pudo unirse al vacío Caos, comenzó a engendrar sola y así mientras dormía surgió Urano (el Cielo Estrellado), un ser de igual extensión que ella, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada celestial segura y eterna para los dioses bienaventurados. También produjo las altas montañas, para albergue grato de las divinales Ninfas, que escogieron para ello frondosos bosques.
Urano contempló tiernamente a su madre desde las elevadas cumbres y derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, naciendo así las hierbas, flores y árboles con los animales y las aves, que formaron como un cortejo para cada planta. La lluvia sobrante hizo que corrieran los ríos y al llenar de agua los lugares huecos se originaron así los lagos y los mares, todos ellos deificados con el nombre de Titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Cronos; y Titánidas: Temis, Rea, Tetis, Tea, Mnemosine y Febe; de ellos descendieron los demás dioses y hombres. Pero como si Urano y Gea quisieran demostrar que su poder estaba por encima de todo, crearon otros hijos de horrible aspecto: los tres Cíclopes primitivos, llamados Arges, Astéropesy Brontes, quienes tenían un solo ojo redondo en medio de la frente y representaban respectivamente el rayo, el relámpago y el trueno y eran inmortales (uno de los descendientes fue astutamente engañado por Ulises, tal como nos lo cuenta la Odisea), y muchos de éstos ya mortales fueron muertos por Apolo para vengar la violenta desaparición de Asclepio del mundo de los vivos (sus espíritus habitaban las cavernas del volcán Etna en Sicilia). Finalmente, engendraron a los Hecatónquiros o Centimanos, tres hermanos con cincuenta cabezas y cien brazos cada uno que se llamaron Coto, Briareo y Giges.
Por su parte la Noche por sí sola había engendrado a Tánatos (la muerte), a Hipno (el sueño) y a otras divinidades como las Hespéridas, celosas guardianas del atardecer cuando las tinieblas empiezan a ganar la batalla de la luz diurna, fenómeno que se repite cada día; las Moiras (Parcas), defensoras del orden cósmico, representadas como hilanderas que rigen con sus hilos los destinos de la vida; Némesis, la justicia divina, perseguidora de lo desmesurado y protectora del equilibrio.
DESTRONAMIENTO DE URANO
Hasta aquí todo «casi» perfecto, el Universo, los astros, nuestro planeta, las tierras, las nubes, la lluvia, los mares, los ríos, las plantas, los animales… ¡los dioses! La pareja primigenia, el Cielo y la Tierra, es propia de muchas mitologías y se encuentra en lugares tan remotos como Nueva Zelanda, donde aparecen respectivamente como Rangi y Papa, y el relato sigue una línea semejante al de Hesíodo.
Entonces Urano se arrepintió de haber engendrado a seres tan monstruosos como los cíclopes y, sin decir nada a su esposa, los fue aprisionando y arrojando a los abismos tenebrosos del Tártaro, situado en los infiernos, tan distantes de la tierra como ésta del cielo.
Gea no quería que el fruto de sus entrañas, por monstruoso que fuera, tuviera tan horrible destino, y tramó una conspiración, harta ya de ser fecundada por Urano, a quien había elevado al gobierno del Universo y cuyas crueldades aumentaban, pues temeroso de ser destronado se dedicó a encerrar a sus hijos en el vientre de su compañera (es decir, los aprisionó en el seno de la tierra). A tal fin, Gea produjo una especie de mineral del que salió un material blancuzco (el hierro) con el que construyó una gran hoz, y llamó a sus hijos, exhortándoles a vengar el ultraje criminal de un padre descastado.
Sólo Cronos, el hijo menor, se presentó a las súplicas de su madre, pero dejemos al propio Hesíodo que nos cuente con dramáticos acentos el desenlace:
«El gran Urano llegó seguido de la Noche y animado de deseo amoroso se tendió cuan largo era sobre la tierra. Entonces Cronos, saliendo del lugar donde se había emboscado, agarró a su padre con la mano izquierda y, empuñando con la derecha la gran hoz de afilados dientes, le cortó en un instante las partes viriles y las arrojó detrás de sí, al azar. Pero no fue un despojo inútil lo que soltó su mano, porque las gotas de sangre que de aquél se derramaron las recibió la Tierra, fecundándola nuevamente y dando a luz entonces a las robustas furias o Erinias (seres vengadores de horripilante aspecto con la misión de castigar a los parricidas), a los enormes Gigantes, que vestían lustrosas armaduras y manejaban grandiosas lanzas, y a las ninfas Melias.
»Y las partes viriles que Cronos cortó con la guadaña y arrojó desde el continente al proceloso mar, fueron flotando de acá para allá hasta que de la carne inmortal salió una blanca espuma de la que emergió una bellísima deidad, que se dirigió primero a la sagrada Citera y luego a Chipre, situada en medio de las olas del mar. Al tomar tierra brotó la hierba por donde ponía sus plantas y fue llamada Afrodita, la diosa del Amor».
Aunque la alegoría parece ver en Urano la creación del Cielo después de la confusión del Caos, algunos autores lo han identificado con un soberano activo e ilustre. Así lo creyó Lactancio[4] y así lo refiere Diodoro Sículo, cuando asegura que Urano fue el primer monarca que reinó sobre los hombres y que sus súbditos eran los Atlantes, pueblo civilizado en el que nacieron los dioses, rodeado de gentes bárbaras. Urano reunió a las familias errantes por los bosques y llanuras y les enseñó a erigir ciudades, a cultivar la tierra y a conocer el curso de los astros. Fue venerado por los hombres que había civilizado, recibió el título de rey eterno y en vida se le otorgaron honores divinos (apoteosis).
Sea como fuere, este mito patriarcal de Urano fue el que terminó por prevalecer y se incorporó al sistema religioso oficial helénico, que recibió el nombre de Olímpico (derivado del monte Olimpo). Robert Graves, el gran creador británico de novelas históricas famosas como Yo Claudio y Claudio, el dios, investigador también de la Mitología, ha identificado a Urano con el dios pastoral Varuna, uno de lo que constituyen la trinidad del tronco ario o indoeuropeo al que pertenecen los pueblos helénicos, aunque masculinizado, porque la transcripción griega sería Urana. ¿Reflejo de la lucha entre una concepción matriarcal de los pueblos primitivos que habitaron el escenario helénico y la idea patriarcal de los invasores?
LA SEGUNDA DINASTÍA DE DIOSES: CRONOS Y REA
Apartado Urano del poder del Universo, Gea dio paso a la dinastía de su hijo Cronos, que aunque menor que Titán había sido el héroe de la lucha contra su padre. Ambos llegaron a un pacto secreto, Cronos sería considerado como soberano, pero a condición de que devorase a todos los hijos varones que pudiera engendrar. Así la sucesión pasaría a la rama primogénita de Titán. Cronos comienza pues su reinado con la misma obsesión que su padre; eliminar su descendencia.
Cronos eligió como esposa a su hermana Rea. Su padre, probablemente para vengarse de haber quedado inútil, le profetizó que a su vez sería desposeído del trono por sus hijos. Entonces se transformó en un monarca mucho más despótico que lo había sido el propio Urano. A fin de conjurar la predicción, cumplió tan exageradamente el pacto con su hermano mayor, que fue devorando sucesivamente a sus hijos —sin distinción de sexos— habidos con su esposa a medida que ésta los iba alumbrando: Hades y Poseidón varones, Deméter, Hera, Hestia, hembras. Al nacer Zeus, su madre indignada, en vez de dárselo para que se lo engullera, le entregó una piedra envuelta en pañales y él, sin pensarlo, se tragó el engaño, cayendo inmediatamente postrado con agudos dolores de vientre.
Zeus creció en un paraje oculto (del que las distintas versiones conservadas no se ponen de acuerdo, ni en el nombre del lugar, ¿en una cueva de la isla de Creta?, ni en la forma como fue criado: ¿con la leche de la cabra Amaltea?, con cuya piel se fabricó un escudo protector o égida) y con la ayuda de cierto bebedizo Cronos devolvió la piedra y todos los hijos que había devorado.
Zeus, ya adulto, entabló contra sus hermanos una guerra conocida como la Titanomaquia, de la que existen varias versiones. La más conocida relata que en su bando militaban sus hermanos y la Océanide Estigia (una de las tres mil hijas del titán Océano y su hermana Tetis), que gobernaba sobre una extensa laguna subterránea. Los titanes y parte de sus hijos se alinearon del lado de Cronos. En esta lucha monstruosa y sin cuartel temblaron el cielo, la tierra y el mar. Los titanes fueron vencidos y arrojados al Tártaro y Cronos pudo ser desterrado a Italia gracias a la ayuda que prestaron a Zeus y a sus hermanos los Cíclopes y los Hecatónquiros o Centimanos, que ofrecieron a las divinidades, por haberlos liberado, terribles armas forjadas por ellos en su encierro: a Hades le dieron un sólido casco, a Poseidón le armaron con el tridente y a Zeus con el rayo.
Los dioses vencedores ocuparon desde entonces el Olimpo y los más importantes, que describiremos después, recibieron la denominación conjunta de dioses olímpicos, que reconocieron a Zeus como jefe.
LA GIGANTOMAQUIA
Dueño del poder, Zeus lo compartió con sus hermanos, Poseidón y Hades, a quienes dio respectivamente el dominio de los mares y el de las mansiones subterráneas. Pero entonces fueron los gigantes nacidos de la sangre que brotó de la herida infligida a Urano los que quisieron escalar el Olimpo.
Los gigantes tenían espesa cabellera, barba hirsuta y cuerpo de serpiente, su talla era extraordinaria y su fuerza monstruosa. Ante su presencia palidecieron las estrellas, retrocedió el sol y la Osa se hundió en el mar. Para asaltar la morada de los dioses colocaron unas montañas sobre otras: Athos, Osa, Pelión, Ródope (topónimos plenamente helénicos, es decir, montañas que existen en Grecia todavía en la actualidad con este nombre), y desde la cúspide atacaron con furia, utilizando como proyectiles rocas y troncos de árboles inflamados. Los dioses huyeron aterrorizados y muchos de ellos, adoptando la forma de diversos animales, se refugiaron en Egipto hasta que el peligro hubo pasado.
Sin embargo, aunque de origen divino, a los gigantes se les podía dar muerte a condición de que lo hicieran a la vez un dios y un mortal. Como existiera una hierba mágica producida por la Tierra capaz de hacerlos invulnerables a las heridas de los mortales, Zeus recogió esta planta antes que alguien hubiese podido apoderarse de ella y para ello prohibió al Sol, la Luna y la Aurora que brillasen; de este modo, nadie tuvo luz necesaria para buscarla antes de haberla encontrado él.
No todos los dioses se acobardaron, muchos de ellos se agruparon en torno a Zeus e iniciaron la contraofensiva por su supervivencia. La valerosa Estigia fue la primera en prestar su auxilio acompañada de sus hijos: la Victoria, el Poder, la Emulación, y la Fuerza. Agradecido Zeus por su diligencia, dispuso que en adelante fuesen inquebrantables los juramentos que se hiciesen por ella. Por esto los dioses acostumbraron a jurar por la laguna de Estigia (o Estige) y en muchas obras clásicas puede leerse tal expresión.
Tras Estigia acudieron Ares (Marte) y Atenea (Minerva). Pero era imprescindible encontrar rápidamente al mortal que, según la tradición, debía contribuir a la victoria de los olímpicos y ese ser privilegiado no fue sino Heracles [Hércules], tal como le descubrió a Zeus Atenea, a la postre hijo del padre de los dioses.
Heracles, desde el carro paterno, derribó con una flecha a Alcinoeo, el caudillo de los gigantes, pero aunque cayó a tierra se levantó de ella vivificado porque aquella era su tierra natal, de Flegras, en la Tracia, y según la leyenda los gigantes no podían ser muertos en el lugar en que hubieran venido al mundo. «¡Rápido noble Heracles!», clamó Atenea. «¡Arrástralo a otra región!». Heracles tomó a Alcinoeo a cuestas y le arrastró hasta el otro lado de la frontera de su país natal y allí lo remató con una maza.
Luego Porfirión saltó al cielo desde la gran pirámide de montañas realizadas por él y sus compañeros y, no pudiendo sorprender a Atenea, ante la arrogante actitud defensiva de ésta, se lanzó contra Hera, la divina esposa de Zeus, a la que intentó estrangular. Entonces Eros le lanzó una saeta y le hirió en el hígado, cambiando la ira del gigante por una lascivia desenfrenada. Ávido de lujuria, Porfirión rasgó la túnica de la diosa. Zeus, al ver que su esposa iba a ser ultrajada, aprovechó el enajenamiento de su enemigo para herirlo con un rayo. Finalmente Heracles, que regresaba victorioso, terminó por matarle con una flecha.
Mientras tanto Efialtes, otro gigante, había obligado a Ares a arrodillarse ante él, pero Apolo le hirió en el ojo izquierdo y Heracles, clavándole otra flecha en el derecho, fulminó a Efialtes. Porque era Heracles, tal como el oráculo había profetizado, el que tenía que terminar con los monstruosos seres. Así sucedió cuando Dioniso (Baco) derribó a Eurio o Hécate, chamuscó a Clito con sus antorchas, Efesto (Vulcano) escaldó a Mimante con su caldero hirviente de metal o Atenea aplastó al lascivo Pelante con una piedra cuando pretendía forzarla.
Ante el contraataque de los dioses, los gigantes supervivientes se desanimaron y se batieron en retirada perseguidos por los olímpicos. Atenea terminó entonces con Encelado, aplastándolo con la isla de Sicilia. Posidón arrancó una parte de la isla de Cos con su tridente y lo arrojó contra Políbotes, originándose así el islote volcánico de Nisiros o Nisro, bajo el cual yace enterrado el gigante.
Los restantes seres monstruosos organizaron una desesperada resistencia en Batos, cerca de la Arcadia Trapezunte, donde la tierra aparece calcinada y los labradores desenterraron según la leyenda durante mucho tiempo enormes seres antropomorfos. Hades prestó a Hermes [Mercurio] el yelmo de la invisibilidad y mató a Hipólito, y Artemis [Diana] derribó a Gratión de un flechazo. Por su parte, las Moiras [o Parcas], armadas con sus mazos de bronce, rompieron las cabezas de Agrio y Toante, y los que quedaron fueron alcanzados por los rayos de Zeus y la lanza de Ares, los cuales llamaban a Heracles para que rematara a cada gigante. El escenario del gran combate era ubicado unas veces cerca de Tracia, en la península de Pelene, otras en Arcadia, junto al río Alfeo, y otras en los Campos Flegreos, no lejos de Cumas, en Italia. Pero de la sangre derramada por los gigantes se engendró una raza de hombres perversos, fiel reflejo de la tradición universal sobre este fenómeno (igualmente la pareja superviviente, considerada justa a los ojos de los dioses, se salvó gracias a la construcción de un arca).
Esta grandilocuente lucha conocida como la Gigantomaquia (batalla o lucha contra los gigantes), aunque posterior a la creación del hombre, la hemos colocado aquí por ser la confirmación del poder de Zeus y sus compañeros. En ella no faltó lo anecdótico y lo imprevisto, como cuando algunas versiones cuentan que al aparecer los gigantes se asustaron del asno del «sátiro». Sileno[5] y sus rebuznos fueron tan enormes que impidieron el primer asalto de aquéllos, ya que quedaron perplejos ante los extraños sonidos, creyendo que provenían de algún terrible animal. Otras terribles narraciones cuentan que no fue el asno de Sileno sino el de Dioniso, mientras que otras refieren que este suceso ocurrió cuando Tritón empezó a hacer sonar su trompa marina.
Sea como fuere, aunque salta a la vista la ingenuidad de tales relatos como un intento de explicar una fantástica derrota, en Mitología (y la griega no es una excepción) hemos de acostumbrarnos a encontrar lo grandioso y lo terrible mezclado con lo infantil, reflejo subconsciente del modo de ser de los pueblos antiguos creadores de los mitos.
La Gigantomaquia fue un tema favorito de la plástica, y así podemos contemplarla en muchos frontones conservados de los templos clásicos (algunos de los cuales son guardados celosamente en los museos más importantes del mundo). Los cuerpos de los monstruos, rematados en serpientes, se prestaban admirablemente a rellenar los ángulos de los frontispicios y terminar así artísticamente una composición.
El combate contra Tifoeo (Tifón).
Cuando Zeus hubo vencido a los gigantes, la Madre Tierra, disgustada por su destrucción y deseosa de venganza, se unió amorosamente con el Tártaro y poco tiempo después parió a su hijo menor Tifoco (Tifón), el monstruo más grande que jamás haya existido. Según Hesíodo, los brazos de este robusto dios eran aptos para los mayores esfuerzos y alcanzaban centenares de leguas en cada dirección, siempre dispuestos para entrar en combate, y en vez de dedos tenía cien cabezas de dragón. De cintura para abajo estaba rodeado de víboras. Con su cabeza principal, horrible, de asno monstruoso, tocaba el cielo. Sus enormes alas oscurecían el Sol, arrojaba fuego por los ojos y escupía rocas inflamables de todas las espantosas cabezas de sus extremidades, ora profería el lenguaje de los dioses, ora resoplaba como un toro furioso, o semejaba el grito de unos perros o emitía silbidos cuyo eco resonaba por los altos montes.
Según una antigua versión, cuando los dioses vieron que este ser quería apoderarse del Olimpo, corrieron a refugiarse en Egipto (este relato se confunde con el de los gigantes), en donde se ocultaron en el desierto adoptando formas de animales: Apolo se convirtió en milano, Hermes en ibis, Ares en pez, Dioniso en macho cabrío, al igual que el propio Zeus. Sólo Atenea no se acobardó y llegó a afear de tal modo su conducta a su padre que éste, recobrando su verdadera forma, se dispuso a combatir.
Así pues Zeus, haciendo acopio de sus fuerzas cogió sus armas, el trueno, el relámpago y el ardiente rayo y saltando desde lo alto del Olimpo atacó a Tifoeo con la misma hoz con que Crono había castigado a Urano. Pero Tifoeo, huyendo hasta el monte Casión en los confines de Siria, se revolvió de improviso y en un momento de descuido arrebató a Zeus la terrible hoz, paralizándolo con sus millares de enroscamientos y acto seguido le cortó los tendones de manos y pies. Inmovilizando Zeus, fue encerrado en la Cueva Coricia (en Cilicia), mientras Tifoeo ponía a buen recaudo los tendones divinos colocándolos bajo la guardia de su hermana Delfine, monstruoso ser mitad serpiente, mitad mujer.
La noticia de la derrota de Zeus corrió más veloz que el rayo, de confín a confín del Olimpo, y los dioses quedaron consternados. Sin embargo, Hermes y Pan no se amilanaron y lograron recuperar los tendones divinos engatusando a Delfine (otra versión afirma que fue Cadmo el que los consiguió, disfrazado de pastor tras distraer la atención de Tifón con las notas de un caramillo).
Zeus volvió al cielo en un carro alado, cogió de nuevo sus rayos y persiguió a Tifoeo esta vez hasta el monte Nisa. Allí las Moiras le engañaron ofreciéndole carne de mortales, alegando que con ella recuperaría las fuerzas, pero sucedió lo contrario. Todavía Tifoeo resistió en Tracia y el monte Hemo (los Balcanes) recibió este nombre de la sangre (derivado de haima = sangre en griego) derramada allí por Tifoeo. El monstruo pudo huir hasta Sicilia, donde Zeus logró sepultarlo (ya que como era dios no podía matarlo) bajo el volcán Etna, que desde entonces vomita fuego hasta la actualidad.
La lucha contra los atoadas
Los Aloadas van a protagonizar el último intento de apoderarse del Olimpo y destronar a Zeus. Según Homero se llamaban Oto y Efialtes y eran hijos de Poseidón y de la esposa de Aloco, Ifimedia, quien enamorada del dios vertía continuamente las olas del mar en su seno, en sus paseos cotidianos por la playa, hasta que Posidón cedió a sus requerimientos y engendró en ella a los dos citados gemelos.
Su estatura era gigantesca, pues a los nueve años alcanzaban ya diecisiete metros de altura por cuatro de anchura y crecían a razón de metro por año. Pronto resolvieron guerrear contra los dioses e intentaron escalar el Cielo, colocando, tal como habían hecho anteriormente los gigantes, las montañas unas encima de las otras, al tiempo que anunciaban que secarían el mar y lo trasladarían a donde hasta entonces había estado la tierra. Finalmente, mientras Efiliates declaró que no cejaría hasta poseer a Hera, Oto afirmó otro tanto de Artemis.
Iniciaron su ataque en Tracia, desarmando nada menos que al dios de la guerra, Ares, y tras hacerlo prisionero lo ataron y lo encerraron en una vasija de bronce que escondieron durante trece meses en casa de su madrasta Eribea, pues Ifimedia había muerto, hasta que Hermes logró liberarlo cuando el dios se hallaba ya en un estado lamentable.
Formalizado el cerco al Olimpo, Apolo sugirió a Artemis una estratagema. Hizo que ésta enviara un mensaje a Oto en el que le indicaba que se le ofrecería en la isla de Naxos, a condición de que levantara el asedio. Envidioso Efialtes porque no había recibido de Hera una misiva semejante, discutió con su hermano, alegando que por ser el mayor tenía que forzar primero a Artemis. En esta discusión y cuando ambos se hallaban ya en Naxos, apareció una gama blanca que no era sino la propia Artemis. Los dos gemelos intentaron demostrar su destreza con la jabalina y, al lanzarla contra ella, lo único que hicieron fue atravesarse mutuamente. Así perecieron, cumpliéndose el oráculo que anunció que no los matarían ni los hombres ni los dioses. El castigo por su osadía prosiguió en los infiernos: fueron atados a una columna con muchas cuerdas nudosas de víboras vivas. Allí se hallan sus espíritus, espalda contra espalda, y una lechuza los atormenta con sus incesantes gritos.
Las diferentes versiones confunden a veces los relatos sobre los Titanes, los Gigantes, Tifón y los Aloadas, en especial estos últimos, son mencionados como gigantes y la forma de escalar el Olimpo es la misma para ambos. Incluso los Hecatónquiros o Centimanos son frecuentemente añadidos a esta confusión, aunque en general se muestran amigos de Zeus.
¿Qué interpretaciones podemos dar a todos estos relatos? Desde la lucha entre las fuerzas malignas y las más benignas de la naturaleza, pasando por los que creen ver el triunfo del panteón de los nuevos pueblos invasores sobre las creencias de los pueblos primitivos, hasta los que alegóricamente ven en ellos la constante guerra entre el Bien y el Mal. ¿No habla la Biblia de la batalla entre los ángeles buenos y malos, en la que Lucifer quiso apoderarse del Cielo destronando a Dios? Y ¿no narrará más tarde la mitología germánica el «Crepúsculo de los dioses», cuando Loki el dios del mal terminará por incendiar la Walhalla o Cielo germánico, aunque más tarde surgirá otro mejor?, crepúsculo que Wagner cantará con épicos acentos en una ópera inmortal.
[2] Véase en cualquier Biblia el capítulo I del Génesis (es decir, el Libro I de la misma). <<
[3] Elemento primordial que no hay que confundir con Eros y Cupido, hijo de Afrodita. <<
[4] Filósofo cristiano que vivió entre los siglos III y IV d. C. <<
[5] Por llamarlo de alguna manera, porque Sileno no era exactamente un sátiro. <<
Mostrando entradas con la etiqueta Hesíodo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hesíodo. Mostrar todas las entradas
miércoles, 27 de febrero de 2019
jueves, 21 de febrero de 2019
Grandes poemas de la mitología grecoromana
POETAS CLÁSICOS
HESÍODO de Ascra había nacido hacia el año 700 (a. C.) en una insignificante aldea de la región de Beocia, limítrofe con el Ática, llamada Ascra. Hasta aquí se había trasladado su progenitor que, según la opinión más aceptada, formaba parte de un grupo de emigrantes eolios procedentes de Tesalia. Después de varios intentos por salir adelante como comerciante, el padre de Hesíodo decidió dedicarse a la agricultura y a la ganadería y, a tal fin, se estableció en una zona de Beocia bastante miserable, aunque soportaba un considerable trasiego de gente que, de forma cíclica, se reunía en aquella región para ofrecer culto a las Musas del Monte Helicón. El propio Hesíodo, según narran algunos cronistas, tales como Pausanias, recibió la visita de las míticas Ninfas y se convirtió en el más grande de los poetas clásicos. De labrar la tierra pasó a componer versos cargados de premoniciones morales y éticas y llenos de lirismo. Era tal su pericia como aedo, que se enfrentó al mismísimo Homero, con ocasión de los célebres juegos de Anfidamante -hijo de un legendario rey de la mítica Arcadia-, y lo derrotó en buena lid: “El Rey coronó a Hesíodo, diciendo que era justo que venciera el que incitaba al cultivo de la tierra y a la paz, no el que describía guerras y asesinatos.”
Como premio, el ganador obtuvo un trípode de bronce que, con diligencia y premura, donó a las Musas del Helicón, sin duda como reconocimiento a la decisiva ayuda que éstas le prestaron para, así, vencer a su rival. Todo lo expuesto no sólo prueba que Hesíodo y Homero fueron contemporáneos, sino que también nos proporciona suficiente luz para reconocer en Hesíodo uno de los grandes poetas clásicos de todos los tiempos.
”SENTIMIENTO de JUSTICIA”
EN el siglo VIII (a. C.), los griegos eran, en su mayoría, analfabetos y, por lo mismo, no había leyes escritas, sino que la costumbre se erigía en criterio válido para determinar lo justo y lo injusto.
Sin embargo, en lo social, había nobles al mando de las diversas polis, o ciudades estado, que imponían sus leyes al resto de la población. Se erigían en jueces implacables que veían aumentado su poder en detrimento de los campesinos. Hesíodo toma partido por estos últimos, puesto que él mismo y su familia trabajaban la tierra. Además, la agricultura estaba considerada como una actividad íntimamente relacionada con deidades como Deméter, diosa de la agricultura, y Dionisio, que originariamente fue un dios de la vegetación. Estas dos deidades eran objeto de especial culto por la población de Beocia que, en tiempos de Hesíodo, se reunían en los mercados para tratar asuntos temporales y espirituales, es decir, relacionados con sus cosechas y con sus deidades protectoras de sus campos.
Acaso Hesíodo escribió algunos de sus versos para ser recitados en esas asambleas de los campesinos, con lo que tendrán un tinte reivindicativo. Lo cierto es que algunas fábulas de tan ilustre poeta, por ejemplo, la titulada “El Halcón y el Ruiseñor” muestran la importancia que Hesíodo concede a la igualdad entre los hombres. Según Hesíodo, el derecho del fuerte no debe de dominar por encima de los demás seres humanos, pues éstos se diferencian de los animales, precisamente por el sentimiento de justicia.
FABULA de el HALCON y el RUISENOR
EN definitiva, no sólo hay que admirar la carga lírica en la obra de Hesíodo, sino también la fuerza descriptiva que de ella emana. El poeta realiza un gran esfuerzo y se propone llamar la atención sobre la sociedad rural, tribal y campesina de la Beocia de los difíciles siglos VIII y VII (a. C.) Pues, precisamente a finales de este último siglo señalado, aparecieron los primeros gobiernos de tiranos en ciudades como Corinto, Megara y Sición. Por otra parte, el calendario que Hesíodo diseñó para los campesinos y agricultores, pleno de valiosos detalles sobre las lluvias, la poda y la siega, muestran fehacientemente que el propio poeta era un hombre de campo.
Por lo demás, siempre que tenía ocasión, defendía a los labradores -los más necesitados y desamparados, en opinión del poeta-, pues, así, se defendía a sí mismo y a los suyos. Este afán porque la justicia no beneficiara a los nobles y poderosos, en detrimento de los miserables y los débiles, llevó al poeta a profundas meditaciones que, en cuanto se terciaba, exponía en sus propios escritos. Un ejemplo de todo lo reseñado es la fábula de “El Halcón y el Ruiseñor”, la cual se narra a lo largo de ochenta versos de “Los trabajos y los días”. En ella, Hesíodo, se lamenta de que al injusto se le juzgue con mayor benevolencia que al justo. Y espera de Zeus que ponga en orden semejante estado de cosas y que, al mismo tiempo, haga que el justo tenga una descendencia mejor que el injusto. Así se explica Hesíodo:
“Ahora diré una fábula a los reyes, aunque sean sabios. Así habló el halcón al ruiseñor de abigarrado cuello, mientras lo llevaba muy alto en las nubes tras haberlo capturado con sus uñas; éste, atravesado por las curvadas uñas, miserablemente se lamentaba; aquél, de manera altiva, le dijo estas palabras: “Infeliz, ¿por qué estás chillando?, ahora te tiene uno mucho más fuerte, de esta manera irás por donde yo te lleve, por muy cantor que seas, y te comeré, si quiero, o te soltaré. ¡Insensato!, quien quiere compararse a los más poderosos, se priva de la victoria y, además de infamias, sufre dolores”
”EL TRABAJO, SUPERIORIDAD SOBRE el OCIO”
OTRO de los títulos sustanciosos, intercalado en “Los trabajos y los días”, nos describe la importancia del trabajo y su superioridad sobre el ocio. Aquí, el poeta se dirige a su hermano Perses, con quien se enemistó a raíz de la repartición de la herencia del progenitor de ambos:
“Gran insensato Perses, te hablaré tomando en consideración cosas nobles; es posible elegir con facilidad miseria, incluso en tropel, el camino es llano y habita muy cerca; en cambio, delante de la prosperidad, los dioses inmortales pusieron el sudor y largo y empinado es el camino hacia ella, incluso arduo al principio, pero cuando se llega a la cima después es fácil, aunque sea duro.
Pues el mejor es quien, reflexionando consigo mismo, comprende todo lo que después, incluso al final, será lo mejor y a su vez también bueno aquel que obedece al que bien le aconseja, pero quien ni reflexiona por sí mismo ni oyendo a otro lo toma en consideración, éste, por el contrario, es hombre inútil.
(...) Nada reprochable es el trabajo, muy reprochable es la inactividad. Pero si trabajas rápidamente, el hombre inactivo te envidiará a ti que te enriqueces, pues éxito y prestigio acompañan a la riqueza.”
.
”MITO de PROMETEO y PANDORA”
PARECE imposible que los dioses, especialmente el poderoso Zeus, puedan ser objeto de burla y hasta de robo, por parte de los débiles mortales. Mas, según cuenta Hesíodo, a lo largo de sesenta versos de “Los trabajos y los días”, es muy cierto que Zeus -con ocasión de la mítica reunión de dioses y humanos, en la que se acordó la separación de ambos- fue engañado por Prometeo quien, además, burló a todos los demás dioses y les robó el fuego para entregárselo a los hombres.
Cuando Zeus fue informado de tamaña villanía, se irritó sobremanera y urdió un plan para que, en adelante, los mortales sufrieran también engaño. El poderoso rey del Olimpo habló así a Prometeo: “Te regocijas tras robarme el fuego y engañar mi mente, gran pena habrá para ti mismo y para los hombres venideros. A éstos, en lugar del fuego, les daré un mal con el que todos se regocijen en su corazón al acariciar el mal”.
Terminado que hubo de decir tales palabras, el gran Zeus, ordenó a Hefesto “mezclar lo más pronto posible la tierra con el agua, infundir voz y fuerza humanas y asemejar en su rostro a las diosas inmortales, a una hermosa y encantadora figura de doncella.”
El “ilustre cojo” -epíteto con el que Hesíodo designaba a Hefesto - se puso manos a la obra al instante, pues para él las palabras del poderoso Zeus eran siempre órdenes.
“MENSAJERA de la TIERRA”
CURIOSAMENTE, el castigo infligido a los mortales, por haber aceptado el fuego robado por Prometeo a los dioses, era enviarles una hermosa y encantadora mujer. Esta, a instancias de Zeus, fue iniciada -la diosa Atenea se encargó de ello- en el difícil arte de tejer y trabajar las telas. Además, el poderoso rey del Olimpo, ordenó “a la adorada Afrodita que derramase en torno a su cabeza encanto, irresistible sexualidad y caricias devoradoras”. A todo ello, se añadió, por parte de Hermes, “cínica inteligencia y carácter voluble”. Terminada la obra -puesto que todos los participantes en la magna tarea siguieron con premura las órdenes de Zeus-, se le dio a la mujer el nombre de Pandora (que significa “mensajera en la Tierra”), y fue enviada a la tierra como un regalo de los dioses a los hombres. Epimeteo -hermano de Prometeo, pero menos inteligente que éste-, prendado de la hermosura de la mujer, aceptó el don de los dioses. Y, a continuación, sobrevino el mal sobre la Tierra. Termina Hesíodo su mito de “Prometeo y Pandora” del modo siguiente:
“Antes vivían sobre la tierra las tribus de los hombres sin males, y sin arduo trabajo y sin dolorosas enfermedades que dieron destrucción a los hombres (que al punto en la maldad los mortales envejecen). Pero la mujer, quitando con las manos la gran tapa de la jarra, los esparció y ocasionó penosas preocupaciones a los hombres. Sola allí permaneció la esperanza, en infrangible prisión bajo los bordes de la jarra y otras infinitas penalidades estaban revoloteando sobre los hombres, llena de males estaba la tierra, lleno el mar; las enfermedades, unas de día, otras de noche, a su capricho van y vienen llevando males por los mortales en silencio, pues el providente Zeus le quitó la voz; de esta manera ni siquiera es posible esquivar la voluntad de Zeus."
EL ORIGEN del MUNDO
TANTO Homero como Hesíodo, opinaban que la justicia era el fundamento del orden del Cosmos.
Ambos, por otra parte, se propusieron jerarquizar las deidades mitológicas y hallar una explicación al enigma del origen del mundo.
En su libro la “Ilíada”, Homero propone que todas las cosas se formaron a partir del agua: el Océano y Tetis fueron los principios de todas las cosas.
En su obra “Teogonía”, nos asegura Hesíodo que el origen de todas las cosas fue el Caos, materializado en una especie de abismo insondable. Sigue, después, Gea -la Tierra- que, en sus profundidades abisales, acoge al sombrío y oscuro Tártaro. Veamos, al respecto, el texto del insigne Hesíodo: “En primer lugar existió el Caos. Le siguió la Tierra (Gea), redonda y firme sede de todos los Inmortales que moran en la cima del nevado Olimpo. Y, a continuación, en las profundidades de la Tierra, se formó el sombrío Tártaro. En el principio también existía Eros, que es la fuerza motriz y generadora y el más hermoso de los dioses.
Del Caos nacieron Erebo y la negra Noche. De la Noche, a su vez, surgieron Eter y Hémera, a los que engendró como fruto de sus amores con Erebo.”
A continuación, Hesíodo, propone una larga lista de criaturas heterogéneas, tales como el Cielo (Urano) -morada de los dioses-, los grandes Montes, en los que habitan las Ninfas y, además, el Pontos o mar de impetuosas olas.
¿Quién es Erebo? Un profundo y apestoso río subterráneo, conocido como “Río del Infierno”, que corre debajo de esa mansión de los bienaventurados que se denomina “Campos Elíseos”.
¿Quién es la Noche? La diosa de las tinieblas.
De Eter se tiene como única referencia que era hermano de Hémera; ambos habían sido el fruto de los amores de Erebo y la Noche.
En cuanto a Hémera, se le identifica con el Día. Daba vueltas alrededor de la Tierra y producía la luz.
SOBERANO INDISCUTIBLE
TODOS los anteriores nombres de personajes, y lugares, mitológicos que Hesíodo va numerando y definiendo en sus obras quedan anegados por la fuerza significativa y simbólica del gran Zeus. Este es soberano indiscutible y suprema deidad; todos los demás dioses ocupan un lugar inferior a él. La voluntad de Zeus es la voluntad de todos los demás dioses y, los propios mortales, tienen que aceptar la vida -aunque les resulte dura y absurda, en ocasiones-, con todas sus implicaciones, porque así lo ordena el poderoso Zeus y todos los demás dioses.
Hay orden y justicia en el cosmos y en el mundo porque existe Zeus; éste distribuye el todo en tres estadios bien diferenciados y, al propio tiempo, relacionados entre sí: dioses, naturaleza y mundo humano.
En realidad, el gran mérito de Zeus, según explica Hesíodo, ha consistido en instaurar la justicia y el orden en donde antes reinaba el Caos. Aunque para ello tuvo que provocar asimismo actos de agresión y liberar serios combates. Zeus es, por tanto, un vencedor que instituye los elementos primordiales: la Tierra, como soporte de todos los seres; el Caos, especie de espacio vacío en el que se apoya la propia Tierra y Eros que genera todo movimiento creativo y que relaciona al cosmos con las diferentes deidades.
POETA ETERNO
EL gran cantor Homero se diferencia de Hesíodo porque mientras éste compone odas para los campesinos de su tierra, aquél narra las hazañas de los héroes que participaron en la guerra de Troya. Sus dos grandes obras, la “Ilíada” y la “Odisea”, ocupan el primer lugar de la literatura clásica de todos los tiempos; constituyen, de por sí, dos monumentos humanos de incalculable valor. No obstante, existe la convicción de que Homero recopiló toda la tradición oral y la plasmó en las obras aludidas, puesto que hacia el año 750 -fecha aproximada del nacimiento de Homero- acaeció el advenimiento de la escritura en Grecia. Algunos estudiosos del mundo clásico afirman que Homero no fue una persona -aunque se diga que nació en Esmirna, que pasó su vida en Quíos y que era ciego-, sino que, en torno a ese nombre, se escondía en realidad un grupo de personas que, con el seudónimo de “Homero”, se propusieron la vasta tarea de reunir todos los testimonios orales de su pueblo y de su tiempo. Sin embargo, esta tesis apenas tiene, en la actualidad, defensores; y ha quedado como una leyenda más de las muchas que, a través de los tiempos, se han ido tejiendo en derredor de la figura del insigne poeta Homero. Nadie como él ha descrito con más detalle el carácter y la idiosincrasia de los helenos.
LO MAS BELLO en UN CORAZON
EL propio Hesíodo nos da testimonio en sus obras de la personalidad del gran poeta Homero. Cuenta Hesíodo que, al morir Homero a consecuencia de una caída, fue enterrado en Íos y, en su tumba, se colocó el epigrama que el propio poeta había compuesto poco antes de su accidente: “Aquí la sagrada cabeza oculta la tierra, al jefe de héroes, al divino Homero”. También se debe a Hesíodo la expresión “divino Homero”, lo cual indica el reconocimiento de un poeta por la vida y la obra de otro poeta. Ambos se conocían lo suficiente como para respetarse, y de ello da testimonio el debate que mantuvieron con ocasión de los famosos juegos fúnebres, instituidos por Ganíctor en recuerdo de su padre Anfidamante -rey de Eubea-, ya fallecido. Los hombres más sabios fueron convocados para que demostraran su superioridad de conocimientos ante su adversario. Por fin, quedaron como únicos finalistas Homero y Hesíodo; este último recoge en sus escritos el momento en que ambos se inquieren y se responden. Hesíodo pregunta: “Hijo de Meles, Homero, que conoces los designios de los dioses, Ea, dime lo primero de todo, ¿qué es lo mejor para los mortales?” Y Homero responde : “Ante todo, lo mejor para los que habitan sobre la tierra es no nacer, pero, si han nacido, lo mejor es atravesar lo más pronto posible las puertas del Hades.” De nuevo pregunta Hesíodo: “Ea, dime también esto, Homero semejante a los dioses, ¿qué piensas que es lo más bello en el corazón de los mortales?” Y Homero vuelve a contestarle: ”Cuando la alegría reine en el pueblo y en las casas de los comensales oigan al aedo, sentados unos tras otros, y a su lado las mesas estén llenas de pan y carnes y el escanciador, sacando la bebida de la crátera, la lleve y la vierta en las copas. Esto me parece que es lo más bello en un corazón.”
NAVEGANTE y AVENTURERO
COMO se ve, por Hesíodo conocemos ciertos datos sobre Homero que de otro modo no sería posible imaginar. Si analizamos las respuestas del insigne poeta, no podemos menos que reconocer su hondura de pensamiento y, también, su preocupación por que lo cotidiano y lo sencillo no se convierte en algo privativo para muchos de los mortales. No obstante, la popularidad de Homero se debe a obras como la “Odisea” y la “Ilíada”. La primera de ellas narra las aventuras del mítico héroe griego Odiseo, el mayor de los navegantes de toda la historia.
¿Quién era Odiseo -o Ulises, como se le conoce de manera más popular?-” (...) aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el mar, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria.” Así responde Homero a nuestra pregunta, justamente al inicio de su obra; y, en sucesivas páginas, describir todas las vicisitudes, aventuras y eventos que acaecerán a Odiseo y sus compañeros hasta llegar a la isla de Ítaca, que tal era su patria. La “Odisea” entera es la historia de un gran aventurero, paradigma del carácter helénico, que conoce y sabe utilizar toda una serie de recursos con tal de conseguir arribar a su isla natal; aquí le espera su fiel esposa Penélope, otro de los prototipos, pero de alcance universal, de la entereza de carácter de la mujer griega.
DIOSES, GIGANTES y MORTALES
LA “Odisea” consta de veinticuatro capítulos, a los que Homero denomina “Rapsodias”. Cada parte del poema épico, que el rapsoda recitaba de un tirón, por los pueblos griegos, constituía una “Rapsodia”. En cada una de éstas intervenía algún dios del Olimpo, y no sólo Odiseo junto con sus compañeros. Por tanto, son tan protagonistas de las “Rapsodias” de Homero los dioses como los mortales. Y, en la “Rapsodia” novena, el personaje de mayor importancia es un Cíclope -hijo del gran Poseidón, dios de las aguas- llamado Polifemo, quien, al decir de Homero, era un “varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie, y apartado de todos ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se representase aislada de las demás cumbres.”
Por tanto, el libro de Homero no sólo es una epopeya -en este caso de la guerra de Troya-, sino que también contiene datos mitológicos de gran interés, sin los que apenas se sabría gran cosa de los atributos de las diversas deidades, de su poder y de sus cuitas. También se refleja en la “Odisea” el mundo anímico de sus protagonistas mortales, lo que hace que esta célebre obra haya sido considerada, en ocasiones, como una muestra de las mejores descripciones psicológicas de todos los tiempos.
PALABRAS SABIAS
DESDE un punto de vista literario, también se ha catalogado a la “Odisea” como una obra maestra de la literatura universal, con su argumento siempre interesante y con sus descripciones plenas de lirismo. Muchos pasajes corroboran lo apuntado y aseveran la sabiduría del héroe Odiseo. Cuando éste llegó a la corte del rey Alcínoo fue tachado de engreído y, al instante, replicó a su detractor con palabras firmes y precisas: “Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a todos los hombres sus amables presentes: hermosura, ingenio y elocuencia. Hombre hay que, inferior por su aspecto, recibe de una deidad el adorno de la facundia y ya todos se complacen en mirarlo, cuando los arenga con firme voz y suave modestia, y le contemplan como a un numen si por la duda anda, mientras que, por el contrario, otro se parece a los inmortales por su exterior y no tiene donaire alguno en sus dichos. Así tu aspecto es distinguido y un dios no te habría configurado de otra suerte, mas tu inteligencia es ruda. Me has movido el ánimo en el pecho con decirme cosas inconvenientes. No soy ignorante en los juegos, como tú afirmas, antes pienso que no me podían contar entre los primeros mientras tuve confianza en mi juventud y en mis manos. Ahora me hallo agobiado por la desgracia y las fatigas, pues he tenido que sufrir mucho, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles olas. Pero aún así, siquiera haya padecido gran copia de males, probaré la mano en los juegos: tus palabras fueron mordaces y me incitaste al proferirlas.
RESPLANDECIENTE OLIMPO
LA “Ilíada” narra los singulares hechos acaecidos con ocasión del sitio a la ciudad de Troya. El protagonista principal es el célebre héroe Aquiles, hijo de la nereida Tetis, quien, al nacer, sumergió todo el cuerpo del niño -excepto la parte del talón por donde lo sujetaba- en las aguas de la pestilente Laguna Estigia para hacerle invulnerable.
Por las páginas de este singular poema -compuesto por veinticuatro cantos-, desfilan héroes y dioses con sus querencias y sus cuitas. También se nombra en varias ocasiones la morada áurea de los dioses, es decir, el gran Olimpo. Este es un lugar al que el poeta llena de epítetos, pues lo llama “dilatado Olimpo,” “resplandeciente Olimpo”, “nevado Olimpo”, “encumbrado Olimpo”... Sin embargo, todo el libro se halla salpicado de peleas, desavenencias, agresividad y belicosidad. El gran Aquiles es implacable con todos los que luchan contra él, porque los dioses le protegen. Pero, muy lejos del combate, se enamoró de Polixena, hija de Príamo y de Hécuba y, previo asentimiento paterno, se dispuso a casarse con la muchacha, lo cual simbolizaba el cese de la rivalidad entre troyanos y griegos. El mismo día de su boda, Paris le disparó una flecha dirigida a su talón -al único lugar de su cuerpo que era vulnerable-, y el gran héroe Aquiles, “el de los pies ligeros”, murió.
Toda la “Ilíada” es, pues, una especie de relato en el que se intenta describir la fuerza y el valor de su protagonista principal, así como la ausencia de contemplaciones para con sus enemigos; es la narración de la “cólera de Aquiles".
POETA LATINO
EL vasto poema la “Eneida”, del gran poeta latino Virgilio, está compuesto por doce libros, repartidos en dos mitades bien diferenciadas. La acción de los seis primeros cantos -que, por lo demás, forman cada uno de ellos un universo, una especie de aventura completa, si se me permite la expresión-, transcurre a lo largo de más de media docena de años y todo se desarrolla en lugares muy diversos, y muy distantes entre sí. Mientras que los seis restantes libros presentan un relato urdido en un mismo espacio geográfico, y acaecido en un tiempo mínimo, en apenas unas semanas. Las diferencias entre ambas partes han dado pie a numerosas elucubraciones y disquisiciones, por parte de la mayoría de los estudiosos de los autores clásicos y sus obras.
Aunque se sabe que Virgilio nació en la Galia Cisalpina, lugar cercano a Mantua, sin embargo, también los diversos investigadores de sus obras se han preocupado por conocer sus orígenes más primigenios. Y, así, se ha especulado con la idea de que Virgilio era de origen ligur; otras versiones explican que su origen era céltico, y algunos etnólogos de prestigio han defendido la teoría de que Virgilio era de origen etrusco. Sin embargo, en lo que a nosotros respecta, nos preocupa -en este hic et nunc- lo que el propio Virgilio pensaba de su obra y, para ello, nada más apropiado que escuchar el epitafio que el poeta compuso próximo a morir: “Nací en Mantua y he muerto en Calabria. Durante mi vida canté a los pastores, a los campos y a los héroes.” Virgilio, por lo demás, intentó en su “Eneida” describir la guerra como el peor de los horrores, aunque le pareciera inevitable, y sintió compasión por quienes tuvieron que participar en la lucha, fueran del bando que fueran: Desde arriba los míseros troyanos / techos, torres y almenas deshacían / y, viéndose la muerte ya en las manos, / con ellas a los griegos resistían; / vigas, do en oro escudos soberanos / de sus abuelos y el blasón tenían, / con que inmortal renombre procuraban, / sobre sus enemigos arrojaban.
MEMORIA de SI MISMO
EN cuanto a Ovidio, sabemos de él mucho más que de cualquier otro escritor latino, pues en muchas de sus obras aparecen suficientes datos de su vida. Por los demás, se le reconoce como uno de los creadores de la “elegía de carácter autobiográfico”. El mismo Ovidio se llama a sí mismo “cantor de los delicados amores”, y aclara que su patria “es Sulmona (ciudad de Abruzzo Citerior), que dista noventa millas de Roma y abunda en frescos y riquísimos manantiales. Allí nací, en el año en que perecieron dos cónsules con una muerte igual (20 de marzo del año 43 a. C.)”
Quince libros componen “Las Metamorfosis” y, en todos ellos, aparecen dioses y héroes y demás personajes mitológicos, cada cual con sus propias leyendas. El primer libro expone cómo se formó el mundo a partir del caos y, al mismo tiempo, se da cuenta de la creación de los seres humanos: “Antes de existir el mar, la tierra y el cielo, continentes de todo, existía el caos. El Sol no iluminaba aún el mundo. Todavía la Luna no estaba sujeta a sus vicisitudes. La Tierra no se encontraba todavía suspensa en el vacío, o tal vez quieta por su propio peso.”
Los demás libros contienen las más fabulosas leyendas de toda la mitología, y se narran las distintas aventuras amorosas del poderoso, y enamoradizo, Zeus, También hay un pasaje en el que se describe la leyenda de Faetón que intentó conducir el carro del Sol, pero no supo sujetar las bridas y abrasó la tierra entera: “El mismo es muerto por un rayo, y su desdicha hiere a su propia familia: sus hermanas se convierten en árboles y Cicno, su pariente, en cisne. Hasta el propio Sol, progenitor -según la leyenda- de Faetón, se entristece por la muerte de su hijo y profiere lamentos, a la vez que busca consuelo. Entretanto, el Sol, dolorido por la pérdida de su hijo, empalideció. Y todo el universo hubo de conllevar su pena”. Entonces, la Tierra quedó sumida en profunda oscuridad y tuvo que intervenir el propio Zeus -a instancias de los humanos- ante el Sol para que volviera a alumbrarla.
HESÍODO de Ascra había nacido hacia el año 700 (a. C.) en una insignificante aldea de la región de Beocia, limítrofe con el Ática, llamada Ascra. Hasta aquí se había trasladado su progenitor que, según la opinión más aceptada, formaba parte de un grupo de emigrantes eolios procedentes de Tesalia. Después de varios intentos por salir adelante como comerciante, el padre de Hesíodo decidió dedicarse a la agricultura y a la ganadería y, a tal fin, se estableció en una zona de Beocia bastante miserable, aunque soportaba un considerable trasiego de gente que, de forma cíclica, se reunía en aquella región para ofrecer culto a las Musas del Monte Helicón. El propio Hesíodo, según narran algunos cronistas, tales como Pausanias, recibió la visita de las míticas Ninfas y se convirtió en el más grande de los poetas clásicos. De labrar la tierra pasó a componer versos cargados de premoniciones morales y éticas y llenos de lirismo. Era tal su pericia como aedo, que se enfrentó al mismísimo Homero, con ocasión de los célebres juegos de Anfidamante -hijo de un legendario rey de la mítica Arcadia-, y lo derrotó en buena lid: “El Rey coronó a Hesíodo, diciendo que era justo que venciera el que incitaba al cultivo de la tierra y a la paz, no el que describía guerras y asesinatos.”
Como premio, el ganador obtuvo un trípode de bronce que, con diligencia y premura, donó a las Musas del Helicón, sin duda como reconocimiento a la decisiva ayuda que éstas le prestaron para, así, vencer a su rival. Todo lo expuesto no sólo prueba que Hesíodo y Homero fueron contemporáneos, sino que también nos proporciona suficiente luz para reconocer en Hesíodo uno de los grandes poetas clásicos de todos los tiempos.
”SENTIMIENTO de JUSTICIA”
EN el siglo VIII (a. C.), los griegos eran, en su mayoría, analfabetos y, por lo mismo, no había leyes escritas, sino que la costumbre se erigía en criterio válido para determinar lo justo y lo injusto.
Sin embargo, en lo social, había nobles al mando de las diversas polis, o ciudades estado, que imponían sus leyes al resto de la población. Se erigían en jueces implacables que veían aumentado su poder en detrimento de los campesinos. Hesíodo toma partido por estos últimos, puesto que él mismo y su familia trabajaban la tierra. Además, la agricultura estaba considerada como una actividad íntimamente relacionada con deidades como Deméter, diosa de la agricultura, y Dionisio, que originariamente fue un dios de la vegetación. Estas dos deidades eran objeto de especial culto por la población de Beocia que, en tiempos de Hesíodo, se reunían en los mercados para tratar asuntos temporales y espirituales, es decir, relacionados con sus cosechas y con sus deidades protectoras de sus campos.
Acaso Hesíodo escribió algunos de sus versos para ser recitados en esas asambleas de los campesinos, con lo que tendrán un tinte reivindicativo. Lo cierto es que algunas fábulas de tan ilustre poeta, por ejemplo, la titulada “El Halcón y el Ruiseñor” muestran la importancia que Hesíodo concede a la igualdad entre los hombres. Según Hesíodo, el derecho del fuerte no debe de dominar por encima de los demás seres humanos, pues éstos se diferencian de los animales, precisamente por el sentimiento de justicia.
FABULA de el HALCON y el RUISENOR
EN definitiva, no sólo hay que admirar la carga lírica en la obra de Hesíodo, sino también la fuerza descriptiva que de ella emana. El poeta realiza un gran esfuerzo y se propone llamar la atención sobre la sociedad rural, tribal y campesina de la Beocia de los difíciles siglos VIII y VII (a. C.) Pues, precisamente a finales de este último siglo señalado, aparecieron los primeros gobiernos de tiranos en ciudades como Corinto, Megara y Sición. Por otra parte, el calendario que Hesíodo diseñó para los campesinos y agricultores, pleno de valiosos detalles sobre las lluvias, la poda y la siega, muestran fehacientemente que el propio poeta era un hombre de campo.
Por lo demás, siempre que tenía ocasión, defendía a los labradores -los más necesitados y desamparados, en opinión del poeta-, pues, así, se defendía a sí mismo y a los suyos. Este afán porque la justicia no beneficiara a los nobles y poderosos, en detrimento de los miserables y los débiles, llevó al poeta a profundas meditaciones que, en cuanto se terciaba, exponía en sus propios escritos. Un ejemplo de todo lo reseñado es la fábula de “El Halcón y el Ruiseñor”, la cual se narra a lo largo de ochenta versos de “Los trabajos y los días”. En ella, Hesíodo, se lamenta de que al injusto se le juzgue con mayor benevolencia que al justo. Y espera de Zeus que ponga en orden semejante estado de cosas y que, al mismo tiempo, haga que el justo tenga una descendencia mejor que el injusto. Así se explica Hesíodo:
“Ahora diré una fábula a los reyes, aunque sean sabios. Así habló el halcón al ruiseñor de abigarrado cuello, mientras lo llevaba muy alto en las nubes tras haberlo capturado con sus uñas; éste, atravesado por las curvadas uñas, miserablemente se lamentaba; aquél, de manera altiva, le dijo estas palabras: “Infeliz, ¿por qué estás chillando?, ahora te tiene uno mucho más fuerte, de esta manera irás por donde yo te lleve, por muy cantor que seas, y te comeré, si quiero, o te soltaré. ¡Insensato!, quien quiere compararse a los más poderosos, se priva de la victoria y, además de infamias, sufre dolores”
”EL TRABAJO, SUPERIORIDAD SOBRE el OCIO”
OTRO de los títulos sustanciosos, intercalado en “Los trabajos y los días”, nos describe la importancia del trabajo y su superioridad sobre el ocio. Aquí, el poeta se dirige a su hermano Perses, con quien se enemistó a raíz de la repartición de la herencia del progenitor de ambos:
“Gran insensato Perses, te hablaré tomando en consideración cosas nobles; es posible elegir con facilidad miseria, incluso en tropel, el camino es llano y habita muy cerca; en cambio, delante de la prosperidad, los dioses inmortales pusieron el sudor y largo y empinado es el camino hacia ella, incluso arduo al principio, pero cuando se llega a la cima después es fácil, aunque sea duro.
Pues el mejor es quien, reflexionando consigo mismo, comprende todo lo que después, incluso al final, será lo mejor y a su vez también bueno aquel que obedece al que bien le aconseja, pero quien ni reflexiona por sí mismo ni oyendo a otro lo toma en consideración, éste, por el contrario, es hombre inútil.
(...) Nada reprochable es el trabajo, muy reprochable es la inactividad. Pero si trabajas rápidamente, el hombre inactivo te envidiará a ti que te enriqueces, pues éxito y prestigio acompañan a la riqueza.”
.
”MITO de PROMETEO y PANDORA”
PARECE imposible que los dioses, especialmente el poderoso Zeus, puedan ser objeto de burla y hasta de robo, por parte de los débiles mortales. Mas, según cuenta Hesíodo, a lo largo de sesenta versos de “Los trabajos y los días”, es muy cierto que Zeus -con ocasión de la mítica reunión de dioses y humanos, en la que se acordó la separación de ambos- fue engañado por Prometeo quien, además, burló a todos los demás dioses y les robó el fuego para entregárselo a los hombres.
Cuando Zeus fue informado de tamaña villanía, se irritó sobremanera y urdió un plan para que, en adelante, los mortales sufrieran también engaño. El poderoso rey del Olimpo habló así a Prometeo: “Te regocijas tras robarme el fuego y engañar mi mente, gran pena habrá para ti mismo y para los hombres venideros. A éstos, en lugar del fuego, les daré un mal con el que todos se regocijen en su corazón al acariciar el mal”.
Terminado que hubo de decir tales palabras, el gran Zeus, ordenó a Hefesto “mezclar lo más pronto posible la tierra con el agua, infundir voz y fuerza humanas y asemejar en su rostro a las diosas inmortales, a una hermosa y encantadora figura de doncella.”
El “ilustre cojo” -epíteto con el que Hesíodo designaba a Hefesto - se puso manos a la obra al instante, pues para él las palabras del poderoso Zeus eran siempre órdenes.
“MENSAJERA de la TIERRA”
CURIOSAMENTE, el castigo infligido a los mortales, por haber aceptado el fuego robado por Prometeo a los dioses, era enviarles una hermosa y encantadora mujer. Esta, a instancias de Zeus, fue iniciada -la diosa Atenea se encargó de ello- en el difícil arte de tejer y trabajar las telas. Además, el poderoso rey del Olimpo, ordenó “a la adorada Afrodita que derramase en torno a su cabeza encanto, irresistible sexualidad y caricias devoradoras”. A todo ello, se añadió, por parte de Hermes, “cínica inteligencia y carácter voluble”. Terminada la obra -puesto que todos los participantes en la magna tarea siguieron con premura las órdenes de Zeus-, se le dio a la mujer el nombre de Pandora (que significa “mensajera en la Tierra”), y fue enviada a la tierra como un regalo de los dioses a los hombres. Epimeteo -hermano de Prometeo, pero menos inteligente que éste-, prendado de la hermosura de la mujer, aceptó el don de los dioses. Y, a continuación, sobrevino el mal sobre la Tierra. Termina Hesíodo su mito de “Prometeo y Pandora” del modo siguiente:
“Antes vivían sobre la tierra las tribus de los hombres sin males, y sin arduo trabajo y sin dolorosas enfermedades que dieron destrucción a los hombres (que al punto en la maldad los mortales envejecen). Pero la mujer, quitando con las manos la gran tapa de la jarra, los esparció y ocasionó penosas preocupaciones a los hombres. Sola allí permaneció la esperanza, en infrangible prisión bajo los bordes de la jarra y otras infinitas penalidades estaban revoloteando sobre los hombres, llena de males estaba la tierra, lleno el mar; las enfermedades, unas de día, otras de noche, a su capricho van y vienen llevando males por los mortales en silencio, pues el providente Zeus le quitó la voz; de esta manera ni siquiera es posible esquivar la voluntad de Zeus."
EL ORIGEN del MUNDO
TANTO Homero como Hesíodo, opinaban que la justicia era el fundamento del orden del Cosmos.
Ambos, por otra parte, se propusieron jerarquizar las deidades mitológicas y hallar una explicación al enigma del origen del mundo.
En su libro la “Ilíada”, Homero propone que todas las cosas se formaron a partir del agua: el Océano y Tetis fueron los principios de todas las cosas.
En su obra “Teogonía”, nos asegura Hesíodo que el origen de todas las cosas fue el Caos, materializado en una especie de abismo insondable. Sigue, después, Gea -la Tierra- que, en sus profundidades abisales, acoge al sombrío y oscuro Tártaro. Veamos, al respecto, el texto del insigne Hesíodo: “En primer lugar existió el Caos. Le siguió la Tierra (Gea), redonda y firme sede de todos los Inmortales que moran en la cima del nevado Olimpo. Y, a continuación, en las profundidades de la Tierra, se formó el sombrío Tártaro. En el principio también existía Eros, que es la fuerza motriz y generadora y el más hermoso de los dioses.
Del Caos nacieron Erebo y la negra Noche. De la Noche, a su vez, surgieron Eter y Hémera, a los que engendró como fruto de sus amores con Erebo.”
A continuación, Hesíodo, propone una larga lista de criaturas heterogéneas, tales como el Cielo (Urano) -morada de los dioses-, los grandes Montes, en los que habitan las Ninfas y, además, el Pontos o mar de impetuosas olas.
¿Quién es Erebo? Un profundo y apestoso río subterráneo, conocido como “Río del Infierno”, que corre debajo de esa mansión de los bienaventurados que se denomina “Campos Elíseos”.
¿Quién es la Noche? La diosa de las tinieblas.
De Eter se tiene como única referencia que era hermano de Hémera; ambos habían sido el fruto de los amores de Erebo y la Noche.
En cuanto a Hémera, se le identifica con el Día. Daba vueltas alrededor de la Tierra y producía la luz.
SOBERANO INDISCUTIBLE
TODOS los anteriores nombres de personajes, y lugares, mitológicos que Hesíodo va numerando y definiendo en sus obras quedan anegados por la fuerza significativa y simbólica del gran Zeus. Este es soberano indiscutible y suprema deidad; todos los demás dioses ocupan un lugar inferior a él. La voluntad de Zeus es la voluntad de todos los demás dioses y, los propios mortales, tienen que aceptar la vida -aunque les resulte dura y absurda, en ocasiones-, con todas sus implicaciones, porque así lo ordena el poderoso Zeus y todos los demás dioses.
Hay orden y justicia en el cosmos y en el mundo porque existe Zeus; éste distribuye el todo en tres estadios bien diferenciados y, al propio tiempo, relacionados entre sí: dioses, naturaleza y mundo humano.
En realidad, el gran mérito de Zeus, según explica Hesíodo, ha consistido en instaurar la justicia y el orden en donde antes reinaba el Caos. Aunque para ello tuvo que provocar asimismo actos de agresión y liberar serios combates. Zeus es, por tanto, un vencedor que instituye los elementos primordiales: la Tierra, como soporte de todos los seres; el Caos, especie de espacio vacío en el que se apoya la propia Tierra y Eros que genera todo movimiento creativo y que relaciona al cosmos con las diferentes deidades.
POETA ETERNO
EL gran cantor Homero se diferencia de Hesíodo porque mientras éste compone odas para los campesinos de su tierra, aquél narra las hazañas de los héroes que participaron en la guerra de Troya. Sus dos grandes obras, la “Ilíada” y la “Odisea”, ocupan el primer lugar de la literatura clásica de todos los tiempos; constituyen, de por sí, dos monumentos humanos de incalculable valor. No obstante, existe la convicción de que Homero recopiló toda la tradición oral y la plasmó en las obras aludidas, puesto que hacia el año 750 -fecha aproximada del nacimiento de Homero- acaeció el advenimiento de la escritura en Grecia. Algunos estudiosos del mundo clásico afirman que Homero no fue una persona -aunque se diga que nació en Esmirna, que pasó su vida en Quíos y que era ciego-, sino que, en torno a ese nombre, se escondía en realidad un grupo de personas que, con el seudónimo de “Homero”, se propusieron la vasta tarea de reunir todos los testimonios orales de su pueblo y de su tiempo. Sin embargo, esta tesis apenas tiene, en la actualidad, defensores; y ha quedado como una leyenda más de las muchas que, a través de los tiempos, se han ido tejiendo en derredor de la figura del insigne poeta Homero. Nadie como él ha descrito con más detalle el carácter y la idiosincrasia de los helenos.
LO MAS BELLO en UN CORAZON
EL propio Hesíodo nos da testimonio en sus obras de la personalidad del gran poeta Homero. Cuenta Hesíodo que, al morir Homero a consecuencia de una caída, fue enterrado en Íos y, en su tumba, se colocó el epigrama que el propio poeta había compuesto poco antes de su accidente: “Aquí la sagrada cabeza oculta la tierra, al jefe de héroes, al divino Homero”. También se debe a Hesíodo la expresión “divino Homero”, lo cual indica el reconocimiento de un poeta por la vida y la obra de otro poeta. Ambos se conocían lo suficiente como para respetarse, y de ello da testimonio el debate que mantuvieron con ocasión de los famosos juegos fúnebres, instituidos por Ganíctor en recuerdo de su padre Anfidamante -rey de Eubea-, ya fallecido. Los hombres más sabios fueron convocados para que demostraran su superioridad de conocimientos ante su adversario. Por fin, quedaron como únicos finalistas Homero y Hesíodo; este último recoge en sus escritos el momento en que ambos se inquieren y se responden. Hesíodo pregunta: “Hijo de Meles, Homero, que conoces los designios de los dioses, Ea, dime lo primero de todo, ¿qué es lo mejor para los mortales?” Y Homero responde : “Ante todo, lo mejor para los que habitan sobre la tierra es no nacer, pero, si han nacido, lo mejor es atravesar lo más pronto posible las puertas del Hades.” De nuevo pregunta Hesíodo: “Ea, dime también esto, Homero semejante a los dioses, ¿qué piensas que es lo más bello en el corazón de los mortales?” Y Homero vuelve a contestarle: ”Cuando la alegría reine en el pueblo y en las casas de los comensales oigan al aedo, sentados unos tras otros, y a su lado las mesas estén llenas de pan y carnes y el escanciador, sacando la bebida de la crátera, la lleve y la vierta en las copas. Esto me parece que es lo más bello en un corazón.”
NAVEGANTE y AVENTURERO
COMO se ve, por Hesíodo conocemos ciertos datos sobre Homero que de otro modo no sería posible imaginar. Si analizamos las respuestas del insigne poeta, no podemos menos que reconocer su hondura de pensamiento y, también, su preocupación por que lo cotidiano y lo sencillo no se convierte en algo privativo para muchos de los mortales. No obstante, la popularidad de Homero se debe a obras como la “Odisea” y la “Ilíada”. La primera de ellas narra las aventuras del mítico héroe griego Odiseo, el mayor de los navegantes de toda la historia.
¿Quién era Odiseo -o Ulises, como se le conoce de manera más popular?-” (...) aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el mar, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria.” Así responde Homero a nuestra pregunta, justamente al inicio de su obra; y, en sucesivas páginas, describir todas las vicisitudes, aventuras y eventos que acaecerán a Odiseo y sus compañeros hasta llegar a la isla de Ítaca, que tal era su patria. La “Odisea” entera es la historia de un gran aventurero, paradigma del carácter helénico, que conoce y sabe utilizar toda una serie de recursos con tal de conseguir arribar a su isla natal; aquí le espera su fiel esposa Penélope, otro de los prototipos, pero de alcance universal, de la entereza de carácter de la mujer griega.
DIOSES, GIGANTES y MORTALES
LA “Odisea” consta de veinticuatro capítulos, a los que Homero denomina “Rapsodias”. Cada parte del poema épico, que el rapsoda recitaba de un tirón, por los pueblos griegos, constituía una “Rapsodia”. En cada una de éstas intervenía algún dios del Olimpo, y no sólo Odiseo junto con sus compañeros. Por tanto, son tan protagonistas de las “Rapsodias” de Homero los dioses como los mortales. Y, en la “Rapsodia” novena, el personaje de mayor importancia es un Cíclope -hijo del gran Poseidón, dios de las aguas- llamado Polifemo, quien, al decir de Homero, era un “varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie, y apartado de todos ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se representase aislada de las demás cumbres.”
Por tanto, el libro de Homero no sólo es una epopeya -en este caso de la guerra de Troya-, sino que también contiene datos mitológicos de gran interés, sin los que apenas se sabría gran cosa de los atributos de las diversas deidades, de su poder y de sus cuitas. También se refleja en la “Odisea” el mundo anímico de sus protagonistas mortales, lo que hace que esta célebre obra haya sido considerada, en ocasiones, como una muestra de las mejores descripciones psicológicas de todos los tiempos.
PALABRAS SABIAS
DESDE un punto de vista literario, también se ha catalogado a la “Odisea” como una obra maestra de la literatura universal, con su argumento siempre interesante y con sus descripciones plenas de lirismo. Muchos pasajes corroboran lo apuntado y aseveran la sabiduría del héroe Odiseo. Cuando éste llegó a la corte del rey Alcínoo fue tachado de engreído y, al instante, replicó a su detractor con palabras firmes y precisas: “Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a todos los hombres sus amables presentes: hermosura, ingenio y elocuencia. Hombre hay que, inferior por su aspecto, recibe de una deidad el adorno de la facundia y ya todos se complacen en mirarlo, cuando los arenga con firme voz y suave modestia, y le contemplan como a un numen si por la duda anda, mientras que, por el contrario, otro se parece a los inmortales por su exterior y no tiene donaire alguno en sus dichos. Así tu aspecto es distinguido y un dios no te habría configurado de otra suerte, mas tu inteligencia es ruda. Me has movido el ánimo en el pecho con decirme cosas inconvenientes. No soy ignorante en los juegos, como tú afirmas, antes pienso que no me podían contar entre los primeros mientras tuve confianza en mi juventud y en mis manos. Ahora me hallo agobiado por la desgracia y las fatigas, pues he tenido que sufrir mucho, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles olas. Pero aún así, siquiera haya padecido gran copia de males, probaré la mano en los juegos: tus palabras fueron mordaces y me incitaste al proferirlas.
RESPLANDECIENTE OLIMPO
LA “Ilíada” narra los singulares hechos acaecidos con ocasión del sitio a la ciudad de Troya. El protagonista principal es el célebre héroe Aquiles, hijo de la nereida Tetis, quien, al nacer, sumergió todo el cuerpo del niño -excepto la parte del talón por donde lo sujetaba- en las aguas de la pestilente Laguna Estigia para hacerle invulnerable.
Por las páginas de este singular poema -compuesto por veinticuatro cantos-, desfilan héroes y dioses con sus querencias y sus cuitas. También se nombra en varias ocasiones la morada áurea de los dioses, es decir, el gran Olimpo. Este es un lugar al que el poeta llena de epítetos, pues lo llama “dilatado Olimpo,” “resplandeciente Olimpo”, “nevado Olimpo”, “encumbrado Olimpo”... Sin embargo, todo el libro se halla salpicado de peleas, desavenencias, agresividad y belicosidad. El gran Aquiles es implacable con todos los que luchan contra él, porque los dioses le protegen. Pero, muy lejos del combate, se enamoró de Polixena, hija de Príamo y de Hécuba y, previo asentimiento paterno, se dispuso a casarse con la muchacha, lo cual simbolizaba el cese de la rivalidad entre troyanos y griegos. El mismo día de su boda, Paris le disparó una flecha dirigida a su talón -al único lugar de su cuerpo que era vulnerable-, y el gran héroe Aquiles, “el de los pies ligeros”, murió.
Toda la “Ilíada” es, pues, una especie de relato en el que se intenta describir la fuerza y el valor de su protagonista principal, así como la ausencia de contemplaciones para con sus enemigos; es la narración de la “cólera de Aquiles".
POETA LATINO
EL vasto poema la “Eneida”, del gran poeta latino Virgilio, está compuesto por doce libros, repartidos en dos mitades bien diferenciadas. La acción de los seis primeros cantos -que, por lo demás, forman cada uno de ellos un universo, una especie de aventura completa, si se me permite la expresión-, transcurre a lo largo de más de media docena de años y todo se desarrolla en lugares muy diversos, y muy distantes entre sí. Mientras que los seis restantes libros presentan un relato urdido en un mismo espacio geográfico, y acaecido en un tiempo mínimo, en apenas unas semanas. Las diferencias entre ambas partes han dado pie a numerosas elucubraciones y disquisiciones, por parte de la mayoría de los estudiosos de los autores clásicos y sus obras.
Aunque se sabe que Virgilio nació en la Galia Cisalpina, lugar cercano a Mantua, sin embargo, también los diversos investigadores de sus obras se han preocupado por conocer sus orígenes más primigenios. Y, así, se ha especulado con la idea de que Virgilio era de origen ligur; otras versiones explican que su origen era céltico, y algunos etnólogos de prestigio han defendido la teoría de que Virgilio era de origen etrusco. Sin embargo, en lo que a nosotros respecta, nos preocupa -en este hic et nunc- lo que el propio Virgilio pensaba de su obra y, para ello, nada más apropiado que escuchar el epitafio que el poeta compuso próximo a morir: “Nací en Mantua y he muerto en Calabria. Durante mi vida canté a los pastores, a los campos y a los héroes.” Virgilio, por lo demás, intentó en su “Eneida” describir la guerra como el peor de los horrores, aunque le pareciera inevitable, y sintió compasión por quienes tuvieron que participar en la lucha, fueran del bando que fueran: Desde arriba los míseros troyanos / techos, torres y almenas deshacían / y, viéndose la muerte ya en las manos, / con ellas a los griegos resistían; / vigas, do en oro escudos soberanos / de sus abuelos y el blasón tenían, / con que inmortal renombre procuraban, / sobre sus enemigos arrojaban.
MEMORIA de SI MISMO
EN cuanto a Ovidio, sabemos de él mucho más que de cualquier otro escritor latino, pues en muchas de sus obras aparecen suficientes datos de su vida. Por los demás, se le reconoce como uno de los creadores de la “elegía de carácter autobiográfico”. El mismo Ovidio se llama a sí mismo “cantor de los delicados amores”, y aclara que su patria “es Sulmona (ciudad de Abruzzo Citerior), que dista noventa millas de Roma y abunda en frescos y riquísimos manantiales. Allí nací, en el año en que perecieron dos cónsules con una muerte igual (20 de marzo del año 43 a. C.)”
Quince libros componen “Las Metamorfosis” y, en todos ellos, aparecen dioses y héroes y demás personajes mitológicos, cada cual con sus propias leyendas. El primer libro expone cómo se formó el mundo a partir del caos y, al mismo tiempo, se da cuenta de la creación de los seres humanos: “Antes de existir el mar, la tierra y el cielo, continentes de todo, existía el caos. El Sol no iluminaba aún el mundo. Todavía la Luna no estaba sujeta a sus vicisitudes. La Tierra no se encontraba todavía suspensa en el vacío, o tal vez quieta por su propio peso.”
Los demás libros contienen las más fabulosas leyendas de toda la mitología, y se narran las distintas aventuras amorosas del poderoso, y enamoradizo, Zeus, También hay un pasaje en el que se describe la leyenda de Faetón que intentó conducir el carro del Sol, pero no supo sujetar las bridas y abrasó la tierra entera: “El mismo es muerto por un rayo, y su desdicha hiere a su propia familia: sus hermanas se convierten en árboles y Cicno, su pariente, en cisne. Hasta el propio Sol, progenitor -según la leyenda- de Faetón, se entristece por la muerte de su hijo y profiere lamentos, a la vez que busca consuelo. Entretanto, el Sol, dolorido por la pérdida de su hijo, empalideció. Y todo el universo hubo de conllevar su pena”. Entonces, la Tierra quedó sumida en profunda oscuridad y tuvo que intervenir el propio Zeus -a instancias de los humanos- ante el Sol para que volviera a alumbrarla.
Etiquetas:
Hesíodo,
Homero,
Mitología Grecorromana,
Ovidio,
Virgilio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)