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viernes, 15 de marzo de 2019

El dios Oba, su hijo el Sol, la creación del mundo, del árbol que llegó al Sol, de los hombres y relato de los amores entre la Luna y el Sol

En un palacio de oro, allá en lo más alto del cielo, vivía Oba, el dios
supremo de los indios cunas, que habitan en la región de San Blas.
Oba era hermoso, y su corazón latía enamorado por todas las bellas
mujeres que lo rodeaban. Todas aspiraban a conquistarlo y que fuera
suyo exclusivamente. Fue la más afortunada la que le dio un hijo, robusto
y semejante a su padre, que lo hizo feliz por completo.
El niño crecía sano y fuerte, haciendo su vida en los mágicos jardines
del palacio. Su padre lo contemplaba a todas horas. Oba tuvo un
disgusto con la madre de su hijo, y para castigarla, escogió como víctima
a la inocente criatura, sabiendo que así sufriría su madre, que lo
adoraba. Tomó en brazos al pequeño y, transformándolo en pez, lo echó
al río que regaba los jardines del palacio.
Los pececillos del río no recibieron bien al recién llegado. Tendrían
que compartir con él sus alimentos y los lugares escondidos y protectores
entre las piedras del fondo del río. El nuevo pececito era listo y
alegre, y era difícil jugarle una mala pasada. Pero al fin llegó la ocasión,
listaba entretenido en comer sapitos diminutos, cuando los peces más
grandes lo cogieron desprevenido y lo echaron en una olla de agua hirviendo.
Los gritos y gemidos de dolor del pececillo llegaron a oídos de
su padre. Su amor paternal pudo más que el enojo y acudió a salvarlo.
Lo sacó de la olla y lo llevó de nuevo a su palacio, donde volvió a ser
un niño.
Pero era un niño distinto, porque durante el tiempo que permaneció
en el río había crecido mucho. Era tan hermoso y arrogante, que
su padre quedó maravillado. Y quiso darle un destino digno de su alta
jerarquía.
Oba tenía el proyecto de construir un mundo nuevo. Y resolvió
transformar al niño en el Sol y darle el gobierno de ese mundo.
Nada quiso decirle hasta no tener terminada su labor. Empezó por
hacer el cielo, lugar en que su hijo habría de permanecer dominando la
Tierra. Para hacer la Tierra, llamó a dos pequeños seres laboriosos, el
perico-ligero y la perdiz. Les enseñó una masa de color extraño y les
indicó el lugar, extendiendo el brazo, donde tenían que ir colocándola,
poco a poco hasta hacer un mundo nuevo. Todos los días iban los dos
animalitos a buscar la Tierra y a depositarla en el lugar indicado por
Oba. Cuando estuvo terminada la labor, Oba llamó a un paj arillo muy
ligero, el visitaflor, para confiarle un encargo. Le mandó pasearse en
toda la anchura y longitud de la Tierra que acababan de hacer el pericoligero
y la perdiz, y había de hacer el recorrido en el mismo tiempo que
tardara en llegar a su destino el salivazo que Oba iba a lanzar sobre la
Tierra. El encargo fue cumplido con vertiginosa rapidez.
El hijo de Oba fue convertido en el Sol, poderoso dueño de la Tierra
y de su destino. Sus tareas más importantes serían alumbrar y dar
calor al nuevo mundo. Para auxiliarlo en la primera tarea y que pudiera
tener algún descanso, su padre quiso darle un ayudante. Oba buscó y
mezcló los ingredientes para hacer un varón diligente, útil para ayudar
a su hijo. Sus graves preocupaciones lo distrajeron y se equivocó en la
sustancia y en la medida. Por este error, nació un ser femenino: la Luna.
El Sol hizo poco caso de su ayudante, entusiasmado con su cargo de
jefe omnipotente de todo el universo. Organizó los vientos y las lluvias
para atenuar el calor de sus rayos sobre la tierra. Adornó el cielo con
nubes de todos los colores y buscó gusanitos de luz para que brillaran
en las noches claras. Creó luego las plantas adornándolas con hojas y
flores maravillosas, y creó las aves, dotándolas de vistosos ropajes de
plumas de todas formas y colores. Dio la virtud de crear y multiplicarse
a todo lo existente, ya que tanto se había esmerado en crearlo bello.
Después de crear los ríos, quiso hacer otro mayor, en el cual los
demás derramaran sus corrientes. A la orilla de este gran río plantó un
árbol. Al principio era débil; parecía que los vientos iban a doblar su
tallo. Pero el tiempo lo hizo fuerte y resistió muchos años. Creció tanto
que sus ramas llegaron al Sol, interrumpiendo su camino. El Sol, iracundo,
tomó las medidas necesarias para poner fin a tal desacato. Llamó
a las ardillas y les dio el encargo de derribar aquel inmenso árbol.
Las ardillas argumentaron que eran débiles sus fuerzas para tan gran
labor. Pero el Sol les recordó que tenían dientes y que para algo servirían.
Las dos bajaron por las ramas del árbol, hasta la Tierra. Y empezaron
su paciente labor. La ardilla mayor fue herida por una rama que
se desprendió y cayó sobre ella, y no pudo seguir trabajando. La ardilla
pequeña se resguardó de todo accidente y trabajó con tanto afán, que
cuando menos lo pensaba vio terminada la faena. El árbol se desplomó
cuan largo era, haciendo un gran ruido por todo el mundo. La ardilla
comunicó al Sol el final de su empresa y recibió como premio el don de
permanecer erguida sobre sus dos patitas, para tener libres las otras dos
y ayudarse con ellas a roer cuanto le placiera.
El Sol bajó a ver el árbol; y vio cómo su tronco había obstruido
la corriente del gran río, formando un lago inmenso. El hijo de Oba,
impresionado por su obra involuntaria, decidió no salirse de su ámbito,
ni avanzar sobre el resto de la Tierra. Y el mar prometió obedecerle.
En premio a esta sumisión, le ofreció no dejarlo solo. Y creó en su
fondo hermosas plantas y extrañas flores para su adorno; peces grandes
y pequeños que le alegraran con sus juegos y sus amores. Le dio
corrientes de todas clases, frías y calientes, y embelleció las aguas con
variadísimos colores, que sus rayos le llevaban cada día. Del tronco del
árbol caído hizo nuevos seres que vivían indistintamente en el agua y
en la tierra, y así nacieron las tortugas, las iguanas y los lagartos. El
mar, desde entonces, es un verdadero torbellino de seres variadísimos
y sorprendentes. Y para expresar al Sol su gratitud, mueve sus grandes
superficies para hacer sonar un murmullo delicioso que arrulla y conforta
a quienes lo escuchan.
Para que ningún otro árbol tuviera la arrogancia de subir hasta el
cielo, proporcionó a éstos varios enemigos que le restan fuerzas y deshacen
sus pimpollos. Son los gavilanes y los monos y hasta esas diminuías
hormigas que pueden destrozar lo que quieran.
Después de crear todo aquello, el Sol pensó que hacían falta unos
seres distintos y superiores, que pudieran gozar y ser dueños de todo
lo existente. Y pensó en hacer hombres. Con sólo este deseo, en un
abrir y cerrar de ojos aparecieron sobre la Tierra los seres humanos.
Contento de su obra, al contemplarlos, quiso darles las mayores perfecciones.
Para defenderse y ser dueños de todo, era necesario darles
fuerza. Llamó a un hombre y le dijo que pronunciara la palabra carque
(fuerte). Pero el hombre, emocionado y confuso, no comprendió bien,
y no queriendo hacer repetir la palabra al Sol, profirió la palabra muy
(débil). Esta equivocación o falta de decisión del hombre hizo perder a
la humanidad toda el don de la inmortalidad.
Los demás hombres se enfurecieron al saber la torpeza del que fue
elegido para hablar y lo golpearon hasta hacerlo caer en tierra y allí lo
despedazaron y le arrancaron las quijadas. El Sol se compadeció de él
y convirtió el cadáver en un pájaro. Este pájaro es el muy, que cuando
canta va proclamando sus desdichas: «muy, muy, muy».
El Sol estaba satisfecho de su obra, creía haberla hecho completa
y perfecta. Volvió a su palacio en las alturas y no tuvo otra ocupación
que enviar calor y luz al universo. Esto era tan fácil y cómodo para él
que empezó a aburrirse. Recordó que su padre, Oba, le había dado una
compañera para ayudarlo en su tarea mientras él descansaba. Y tuvo el
deseo de ver a la Luna y dar un largo paseo con ella. Fue a buscarla.
Pero la Luna estaba advertida de su llegada y escapó antes que llegara,
evitando su encuentro. Sabía que el Sol no traía buenas intenciones y
era necesario ponerse en guardia y defender sus castos velos. Su carrera
no tenía fin, y huía vertiginosa en cuanto vislumbraba el primer rayo
del Sol que la perseguía. A veces, parecía cansada o conmovida por la
tenacidad y la constancia con que el Sol seguía cortejándola. Pero siempre
encontraba refugio en una nube o en el mar. El Sol se había enamorado
de ella y tan pronto estaba triste como se enfurecía, redoblando la
persecución. Ella se dio cuenta del amor sincero de su perseguidor y le
correspondió tiernamente. Pero su coquetería la dominaba y seguía en
su carrera, gozando en verlo sufrir tras ella; así retrasaba el momento
que ya era inevitable.
Y un día, el momento tan ansiado por el Sol llegó. La Luna, rendida
de amor, cayó en sus abrasadores rayos y quemó en ellos los largos
velos que cubrían su belleza. Su felicidad no es nunca prolongada. Pasados
los breves instantes de un apasionado abrazo, los dos siguen su
camino de luz y resplandores. Pero siempre vuelven a encontrarse y en
su gran dicha olvidan el encargo que Oba les hiciera: la Tierra se oscurece
porque no recibe los rayos del Sol, ni alumbra la Luna.

jueves, 14 de diciembre de 2017

La primer víbora

Una vez que Oba, el gran padre de los dioses y los hombres
cunas, había creado la tierra, mandó a Píler, su primogénito, para
que la poblase y organizase. Los hijos de Píler fueron numerosos,
y como en la tierra había muchas cosas que hacer, enseguida comenzaron
a ayudar a su padre en la enorme tarea.
Entre los hijos de Píler había dos gemelos, eran Olocuma y
Olocuna, dos muchachos que se querían entrañablemente y que
siempre andaban juntos correteando por la pelada y lisa tierra.
-Tengo ganas de ser mayor -decía muchas veces Olocuma a
¿u hermano-; tengo ganas de ayudar a los demás y hacer algo
que sea bueno para esta tierra.
A Olocuna le sucedía lo mismo, pero como todos consideraban
a los dos gemelos con muy poca edad, nadie hacía caso de lo que
decían.
Mas pasó el tiempo, y los dos muchachos se convirtieron en
dos jóvenes fuertes. Su padre quedó un día asombrado al verlos
-pues aún tenía la reciente visión de los dos niños correteando
por la arena-, y les dijo:
-Veo que ya son dos hombres. Desde ahora tendrán que ayudarme.
Vayan pensando en lo que desean hacer que, mientras
tanto, yo les buscaré las que serán sus mujeres.
Los dos gemelos se sintieron llenos de gozo; pues, al fin, había
llegado el momento que tanto habían soñado en su infancia,
y, en cuanto se vieron solos, comenzaron a imaginar infinidad de
cosas.
-Yo -dijo Olocuma- quisiera ver la tierra de otra forma.
Es tan parda y arenosa, tan igual, tan plana que está pidiendo
algo, aunque no sé qué.

Asintió Olocuna, pues también él había pensado lo mismo.
-Realmente -le contestó-, la tierra resulta fatigosa a la vista.
Menos mal que a lo lejos el mar es un descanso. Pero ¿qué podríamos
hacer?
-Eso no lo sé -replicó Olocuma-, sólo Oba sabe qué es lo
que esta tierra necesita.
Entonces los dos gemelos determinaron consultar al gran padre
de los dioses para que les instruyese sobre lo que debían hacer,
pero antes esperaron a que Píler les diese las esposas prometidas.
Éstas fueron Olonaguiguir y Olocundile.
Después, los cuatro se sumieron en un letargo profundo para
ponerse en comunicación con Oba, que hablaba a sus descendientes
a través del sueño.
Despertaron lentamente, pues sus miembros parecían adormecidos,
y los cuatro se miraron como si apenas se reconociesen.
Olocuma dijo al fin:
-He escuchado la voz de Oba; sé que tenemos que cambiar el
aspecto de esta tierra.
Entonces su mujer, Olonaguiguir, dijo como si hablase para
ella misma:
-Sí; ahora recuerdo. El dios me dijo: baja tu mano y toma lo
que cerca de ella encuentres.
Olonaguiguir bajó la mano y cogió un poco de tierra humedecida.
Los otros la miraban hacer aquello llenos de un recogimiento
profundo. Olonaguiguir miró primero el barro que en
su mano había, después a los demás con un gesto de impotencia.
-No sé qué hacer con ello -les dijo.
Pero, impulsada por una fuerza mayor, comenzó a estrujar el
barro entre sus manos hasta darle una forma alargada, después
lo colocó sobre el suelo y al momento surgió de él el tronco
de un árbol. Sin embargo, era tan débil que cayó al primer airecito.
Olonaguiguir no desistió de su empeño; tomó de nuevo
en sus manos el pequeño tronco, que volvió a convertirse en
barro, lo moldeó y lo fijó con fuerza, incrustándolo, en la tierra.
Allí echó raíces con las que se fijó a ella fuertemente, y el primer
árbol comenzó a crecer pujante. Todos lo miraban entusiasmados,
excepto Olonaguiguir que, acuciada por un ciego instinto,
cogió más barro e hizo unos finos travesanos que colocó sobre
ei tronco. Entonces creyó que su obra había quedado terminada,
y dijo:
-Ya está. Esto es lo que Oba me ha mandado que hiciese.
Pero mis manos han quedado llenas de pegotes de lodo.
Al mirarse las manos, comprendió que aún le faltaba algo por
hacer. Con cuidado fue desprendiendo el barro que a ellas estaba
pegado, lo aplastó entre sus dedos y lo colocó en los extremos
de los travesanos. Después, con un fuerte suspiro, recobrando
su actividad acostumbrada, se levantó.
-Yo he terminado -dijo.
En aquel momento el sol pareció acercarse y concentrar sus
rayos sobre el árbol recién nacido. El barro de los travesanos se
secó y se fijó fuertemente al tronco. En sus extremos aparecieron
tiernas hojitas.
Fue entonces cuando Olocuna sintió que había llegado su hora
y, arrodillándose, cogió un puñado de arena que colocó junto a
las hojas. El sol seguía calentando, y pronto las arenas fueron
creciendo hasta reventar.
-¡Qué hermoso! -gritó Olocundile.
Los cuatro miraban inmóviles el árbol prodigioso. Junto a
las hojas y contrastando con su color, habían surgido flores amarillas
y encarnadas. Después apareció el fruto: era el cacao.
De este modo, entre los dos hermanos y sus mujeres fueron
llenando la tierra pelada de árboles hermosos, y el deseo de los
gemelos quedó satisfecho. La visión de aquellos campos ya no
era fatigosa como antes, pues desde lejos semejaba un mar de
aguas más verdes que las que se extendían a todo lo largo de la
costa.
Creyeron ellos que su obra sobre la tierra había terminado y
se dispusieron a descansar, pero Oba les tenía reservados aún
muchos trabajos, y habló a Olocuna y a su mujer:
-Aún les queda mucho que hacer en la tierra.
-Díganos, Señor, cuáles han de ser las obras de nuestras manos
-preguntó Olocuna.
-Han visto -continuó el dios- que son muchos y muy diversos
los árboles y las plantas que han crecido. Pero ahora es necesario
que las distingan y sepan para qué sirven, pues todas les
serán muy útiles. Unas les darán frutos; otras, sin embargo, serán
venenosas y pueden causar la muerte.
Entonces, Olocundile preguntó temerosa:
-¿Y cómo las distinguiremos?
Apaciguó Oba el temor de los dos esposos, y les dio la facultad
de conocer las virtudes de todas las plantas, y ellos vieron
con asombro que algunas poseían la propiedad de curar las eníerm
edades.
Mientras los dos hijos gemelos de Píler y sus esposas se dedicaban
a la tarea encomendada, sucedió que una de las mujeres
de la tribu vivía en continuo tormento. Iban sucediéndose los
años y, mientras las demás tenían hijos fuertes y hermosos, ella
no tenía ninguno. Su carácter se fue haciendo huraño y envidioso,
y terminó deseando el mal para todos aquellos que eran felices.
Un día, no pudiendo soportar por más tiempo su situación, llevada
por el espíritu maligno, se fue hacia el mar y se escondió
entre unas rocas. Todos los días se reunían allí para jugar sobre
la arena muchos niños de la tribu, y ella esperó pacientemente
la llegada de los muchachos. Éstos no tardaron, y la mujer, llena
de contento, imploró al mal espíritu:
-¡Ven y ayúdame! ¡Que la angustia que me atormenta lleve
el dolor y la desesperación a estos muchachos y a sus madres!
Al instante, la envidiosa mujer se sintió llena del espíritu
del mal y saliendo de entre las rocas corrió hacia los niños.
Pero Oba, que vio desde el cielo lo que sucedía, castigó a la
mujer, que en un instante perdió su figura y se vio arrastrándose
por el suelo. Ella quiso gritar, suplicar al padre de los dioses,
pero se sintió impotente para ello, y toda su rabia, su envidia,
su rencor, pareció concentrarse en aquel deseo de hablar,
mas ya no era posible, se había convertido en un reptil asqueroso:
sobre el país de los cunas había aparecido la víbora llena
de veneno.
Con cautela avanzó hacia los niños, que jugaban confiados.
-¡Miren, miren qué animal tan extraño! -gritó uno de ellos.
Todos se quedaron quietos mirándola, sin sospechar el mal
que podía causarles. Ella siguió avanzando, y, de pronto, alargó
su cabeza hasta el niño que había dado la voz de alarma. Gritó
él aterrado, pero la víbora lo mordió llena de saña y le dejó
su veneno.
Al ver los demás niños lo que sucedía, echaron a correr; uno
de ellos se encontró con Olocuna y le explicó lo que había sucedido.
Inmediatamente el gran padre de los dioses puso ante los ojos
de Olocuna la visión de la planta cuya sustancia podía contrarrestar
el veneno de la víbora. Corrió el joven, cogió al niño mordido
y lo llevó en sus fuertes brazos en busca de la planta bienhechora;
caminó lleno de angustia, pues comprendía que cada
instante que pasaba era esencial, pero a pesar de que tenía una
visión clara de la planta, no la hallaba por ninguna parte. jSi
al menos encontrase a su mujer y a sus hermanos ! Ellos eran
los únicos que podrían ayudarlo en aquella empresa, pero cada
vez se iba alejando más y no era fácil hallarlos. De pronto,
cuando ya estaba fatigado y creía que su esfuerzo era inútil, vio
entre los árboles la pequeña mata. Su fuerza aumentó en un momento
y llegó rápido hasta ella. Al poco rato, el niño dejaba de
quejarse; poco después Olocuna lo llevó al poblado.
Desde aquel momento los dos gemelos y sus mujeres comprendieron
que con el conocimiento que Oba les había dado de las
plantas, podían hacer mucho bien entre los suyos, y a ello consagraron
sus vidas.
Pasaron los años, y Oba deseó que comenzase para aquellas cuatro
personas un poco de descanso; y Olocuna, a pesar de los muchos
conocimientos que poseía para recobrar la salud, enfermó
y murió.
Olonaguiguir se consumió de tristeza, de un dolor profundo
que le llenaba siempre los ojos de lágrimas. Fue primero un
llanto angustiado, irreprimible, enloquecedor; después se fue
tornando más sosegado, pero ya no la abandonó durante su
vida.
Olonaguiguir se separó de los suyos y, casi enloquecida, caminó
a través del bosque, y subió hasta las altas montañas. Sus
lágrimas fluían continuamente y caían al suelo fertilizando la
tierra reseca. Tan grande fue su llanto, que de él surgieron los
torrentes del país de los cunas.
Han pasado miles de años, pero la memoria de los hijos de
Píler y sus mujeres se conserva, por las cosas buenas que hicieron
en aquella tierra.