domingo, 8 de diciembre de 2013

Algunos apuntes de mitología china

Mitología: historia, filosofía, política, religión y moral
A partir de la reforma de Confucio (K'ung Fu-Tzu o Kong Fuzi, 551-479) se inicia un proceso de “historización” del mito mediante el cual los hechos recogidos por la tradición son sometidos a un procedimiento de racionalización con el fin de dotarles de veracidad. Así, los grandes pensadores del confucianismo, un sistema letrado que sólo puede ser liderado por quienes detentan el conocimiento,  modificaron los relatos mitológicos relacionándolos, por ejemplo, con los primeros emperadores de la dinastía Xia (o Hsia).
Un hecho histórico puede ser reinterpretado como mítico si sus consecuencias fueron benefactoras para el imperio, como en el caso de los sacrificios sufridos por un emperador, convertido así en objeto de culto. De hecho, las “biografías” de emperadores como Yu o Shun incluyen no pocos elementos mágicos.
El proceso de fusión entre lo real y lo mítico abarca también la adoración a los elementos, la creencia en el poder de los talismanes o la existencia de lugares mágicos como las cinco montañas sagradas que más adelante describiremos. La falta de un límite entre lo real y lo imaginario hizo que los espacios míticos se convirtieran en objeto de innumerables expediciones, por supuesto siempre infructuosas; como en el caso de Penglai Shan, una de las moradas de los Inmortales según las creencias del taoísmo además de símbolo de la felicidad.
Como ejemplo de hasta qué punto el estudio de la mitología china obliga a detenerse en los campos de la política y la religión puede citarse el caso de Shangdi (T´ien sang-ti), que además de recibir el atributo de “señor de lo alto” y “señor del tiempo” es según la tradición el primer emperador de la dinastía Shang (1765-1122 a.C.). Su condición divina lo convierte además en el regulador del orden natural, que transmite a los emperadores para que éstos sepan dirigir a los hombres. Todos los atributos de Shangdi fueron heredados por Huangyi cuando el emperador Zhen Zhung (998-1023), de la dinastía Song del Norte, lo nombró “Autor del Universo” (1015). A partir de entonces, alrededor del Venerable Huangyi fue creada toda una corte celestial, fiel reflejo de la propia corte imperial.
Según los principios del confucianismo, establecido como sistema oficial en siglo II d.C. por el emperador Wudi, el máximo dirigente político del Imperio es también el intermediario supremo y el sacerdote del cielo, con la capacidad de aceptar o rechazar nuevos dioses y permitir nuevos ritos. Así, el llamado “Ministerio de los Ritos” estaba encargado de presentar los informes que ayudaban al emperador a decidirse a favor de la legalización de nuevas ceremonias (Li).
De acuerdo con los preceptos confucianistas, quien gobierna el Imperio debe ajustarse al Tao, ser conforme al orden cósmico y seguir el Tianming (‘mandato del cielo’), porque de no ser así estaría justificado su derrocamiento. Todo ello viene a confirmar la función del confucianismo como “religión oficial”, es decir, como instrumento político y burocrático que explica muchas de las peculiaridades de la política china.
En cuanto a la vinculación de la mitología china con la filosofía y la religión, tanto el confucianismo como el taoísmo encuentran en la morada de los dioses, especialmente en la figura de los emperadores míticos, el componente espiritual del que ninguna concepción filosófica oriental puede prescindir. Por citar dos ejemplos, el taoísmo parte de las enseñanzas del rey mítico Huang-Ti, y la “Regla de Yao” descrita en uno de los libros esenciales del confucianismo, el Shu-ching o Libro de historia, está basada en la vida del soberano mítico Yao.
También es difícil distinguir entre las doctrinas morales, políticas y religiosas de estas creencias, especialmente en el caso del confucianismo, según el cual la moral es el único elemento que puede regular toda relación social y por lo tanto también la política. El fin último del confucianismo es ofrecer un modelo de gobierno perfecto conforme al sentido del deber y la justicia.
Yin-Yang y Tao
No es posible acercarse a cualquier aspecto de la milenaria cultura china sin atender a dos conceptos fundamentales cuyo origen se encuentra en el pasado más remoto de su tradición: el Yin Yang y el Tao.
En la concepción china del mundo, el Tao es el principio creador de todas las cosas, resultado de la fusión de los dos elementos abstractos, el Yin y el Yang, de cuya alternancia resultan todos los cambios, según se descubre en el I-Ching o Libro de las transformaciones. Así, de los cinco elementos, el metal y el agua son Yin, el fuego y la madera se identifican con el Yang, y la tierra se encuentra entre el Yin y el Yang. En general, se debe tener el cuenta que el Ying Yang condiciona el pensamiento chino del tal forma, que sólo desde este sistema se explica por qué en esta mitología los valores emocionales siempre se subordinan a un orden estructurado con anterioridad.
Para el taoísmo, el “Tao” es un concepto filosófico esencial que representa la fuerza y la razón, considerado por Laozi como “la madre del mundo”. Según la doctrina taoísta, este ideal se consigue sólo a través de la espontaneidad y dejando vía libre a la naturaleza, lo que explica la importancia de la libertad individual. La persona debe someterse al Tao, que como principio inmutable es superior al hombre y al orden cósmico. Por ejemplo, el personaje de la mitología china Pengzi no consiguió alcanzar la edad de ochocientos años con la ayuda de ninguna fórmula mágica sino a través del Tao, que le permitió sincronizar su ritmo vital con el de la naturaleza.
En cambio, el sistema confucianista se preocupa más por la vertiente moral de estos conceptos. Durante la dinastía Han, la base tradicional del naturalismo del Yin Yang fue adoptada por la ética confuciana trasladando la relación de los elementos contrarios de la naturaleza (por ejemplo lluvia-sequía) al ámbito social (bondad-maldad). Por otra parte, y frente a la "amenaza" del budismo, durante la época Song los miembros de la doctrina neoconfucianista también incidieron en los valores éticos del Tao.
Concepción china del tiempo (Shih)
El concepto del tiempo es indudablemente una de las características más importantes del pensamiento chino. Muy distinto al tiempo fenomenológico, que determina la vida de los seres, es para los chinos el tiempo cósmico “innombrable”; en palabras del propio Laozi “el Tao que puede ser expresado con palabras no es el Tao eterno” (Dao De Jing). El taoísmo concibe el tiempo que transcurre desde la vida a la muerte como algo cíclico, de la misma manera que la doctrina brahmánica hindú. La determinación del tiempo sólo puede concebirse a partir de los cambios que conforman los ciclos anuales, que como se repiten una y otra vez no merecen ser medidos. La “parte física” del tiempo es su reflejo en la naturaleza, con las etapas de floración, gestación, etc., que tan directamente han marcado la vida de la sociedad china. Así, por citar un ejemplo, durante la época de los reinos feudales, el periodo comprendido entre 771-476 a.C. recibe el nombre de "era de las Primaveras y Otoños". 
En cuanto a lo que la Astronomía tradicional china pudiera aportar a la comprensión científica del tiempo, conviene mencionar la teoría huntian, formulada por el astrónomo chino Chan Heng (78-139 d.C.), Según esta teoría, la tierra es un fluido que, como veremos adelante, se originó de la yema del huevo cósmico y está rodeada por el cielo (la clara del huevo). Así, la teoría huntian afirma que el movimiento ascendente y descendente de la tierra origina las distintas estaciones del año. De acuerdo con esta teoría, el Sol se encuentra por las mañanas más cerca de la Tierra.
El investigador Joseph Fericgla señala que en el pensamiento chino la verdadera importancia radica en el instante, como tratan de reflejar los haikai (o haiku), que buscan transcribir la instantánea de un momento, la impresión del instante, en tan sólo tres versos. Esto se debe a la trascendencia que el pensamiento chino otorga al tiempo subjetivo, entendido como un estado de consciencia, el Shih, que nada tiene que ver con una concepción del tiempo como algo computable. Según el pensamiento chino tradicional, no es necesario comprender el tiempo cósmico, pues lo realmente importante es la “calidad del momento”, que puede ser cuantificada por el oráculo, en cuanto el tiempo concreto viene a ser una sucesión de instantes. De hecho, el concepto chino de “calendario” (Shi Ling) no implica la división del año en meses y días, sino que hace referencia al impulso vital que motiva las estaciones y a partir del cual se determina desde el color que debe ser predominante en el vestuario, hasta los sonidos, la alimentación, etc.
Asimismo, la importancia ya mencionada de la armonía explica el papel preponderante que el pensamiento tradicional chino concede a la coincidencia del tiempo del cosmos con el tiempo de la tierra y los humanos, algo que condiciona la actividades en apariencia más intrascendentes pero también las decisiones de los gobiernos. En definitiva, se trata de armonizar el Cielo y la Tierra con el propósito de establecer el orden perfecto, de ahí que a cada estación del año le correspondan unos ritos determinados.
Por último, conviene mencionar que en la lengua china, en lugar de la concreción temporal característica de las lenguas occidentales, lo fundamental es reflejar la trascendencia del momento, de acuerdo con esta concepción particular del tiempo.
Inmortalidad
Aunque la mitología china presenta muchas de las características de la estructura social, tan jerarquizada -con la figura del dios como gobernante supremo frente a otras divinidades inferiores-, en el vasto panteón chino existen deidades de muy diversa naturaleza. Los líderes religiosos que hubieran sido fieles al concepto ancestral del Tao (‘camino, sabiduría’) podían convertirse en mitos si su obra alcanzaba verdadera trascendencia, como en el caso de Laozi (o Lao Tzu, ‘viejo maestro’), longevo filósofo chino que en el siglo VI a.C. escribió la obra esencial del taoísmo, Dao De Jing (‘Libro del camino’), aunque este movimiento religioso no fue sistematizado hasta ocho siglos después. En la vida de Laozi, que fue deificado como dios director del panteón de los inmortales y normalmente se representa a lomos de un búfalo, lo legendario y lo biográfico se unen de tal forma que incluso llega a ser discutida su existencia.
En la mitología china la inmortalidad puede ser atributo no sólo de los sabios, sino también de gobernantes, militares o héroes de la tradición folclórica. De hecho, el fin último del taoísmo es precisamente alcanzar la inmortalidad y cualquiera que consiga la armonía con la naturaleza puede conseguirlo.
Así, en la tradición taoísta, Baxian (o Cao Guoji) es el nombre genérico que reciben siete hombres y una mujer que lograron convertirse en dioses. Cada uno de ellos, precisamente por esta condición “democrática” de la inmortalidad, representa un estado distinto de la condición humana (masculino-femenino, madurez-juventud, aristocracia-plebe y pobreza-riqueza). Sus nombres son: Cao Guoji, Han Xiangzi, He Xiangu, Lancaihe, Li Tieguai, Lu Dongbin, Zhan Guolo y Zhongli Quan; todos ellos viven en las montañas y tienen el poder de hacerse invisibles. Desde la dinastía Yuan, los componentes de Baxian se convirtieron en un motivo iconográfico muy habitual, ya sea individualmente o en grupo. Para más información, véase Ocho Inmortales.
También consiguieron la inmortalidad, por ejemplo, Tong Fangshuo, ministro del emperador Wudi, de la dinastía Han, después de comer melocotones robados del jardín de Xiwangmu; Liu Hai, de la dinastía Jin (265-419), gracias a su benevolencia; o Guan Di, dios de la guerra, personaje real que destacó en el ejercicio de las armas durante la época de los Tres Reinos (222-265). Otro héroe mitológico, Li Bing, gobernador del reino de Shu durante el mandato del rey Zhao de Qin, alcanzó la inmortalidad tras dar muerte al dios del río y acabar así con el sacrificio de doncellas.
Por otra parte, el confucianismo, especialmente en la obra La Lámpara de la Cámara Oscura, de temática tanto moral como religiosa, incide en que del mismo modo que el alma del difunto puede acceder a la divinidad si éste ha llevado una vida heroica o ha sido un benefactor de la humanidad, también puede ser condenada a vidas inferiores.
La actitud impasible frente al final de la vida es, por otra parte, una de las más claras influencias del budismo en el pensamiento chino; por ejemplo, según la tradición, uno de los siete sabios viajaba acompañado por un sirviente encargado de llevar una botella y una azada para enterrarle cuando llegara su final. La creencia en una vida más prometedora después de la muerte predicada por Buda vino a satisfacer el deseo de hallar una respuesta a las calamidades sufridas por la población china durante el periodo de crisis entre los siglos III y VI. Para más información, véase China: Historia (Prehistoria-siglo X).
La mayoría de los mitos chinos tiene su origen en el tradicional culto a los antepasados, uno de los pilares de la cultura china. Tras la muerte de un familiar, los chinos inician unos ritos destinados a que el difunto consiga la inmortalidad. Serán precisamente las ofrendas y los ritos ofrecidos por los familiares lo que permitirá que tras la separación del hun (principio activo o yang, que equivale a la inteligencia) y el po (principio pasivo o yin, que representa el alma), el difunto conserve su espíritu, satisfecho con su estancia en el paraíso de los inmortales. De no ser así podría convertirse en un espíritu errante (guei) que regresaría al mundo de los vivos para recordar a su familia que no se preocupó de rendirle el obligado culto.
Los antepasados se suelen representar mediante tablillas que se guardan en santuarios (ts´eu-tang) y donde aparecen el nombre del difunto y sus títulos tras las palabras: “Sitio del alma de”. La mitología china cuenta incluso con un dios encargado de proteger a los integrantes de una familia de las críticas externas. Este dios debe ser invocado quemando varillas de incienso cada mañana y cada noche.
En los Diálogos de Confucio y en el Libro de los ritos se describe detalladamente cómo deben comportarse los familiares de un difunto. Llama la atención, por ejemplo, que el hijo del fallecido debe volver a comer a los tres días “para enseñar al pueblo que los difuntos no dañan a los vivos y que el dolor excesivo no debe destruir la vida”.
La naturaleza mítica
Culto a la naturaleza y fecundidad
Los campesinos de la Edad Media china celebraban fiestas relacionadas con los ciclos de la naturaleza, especialmente durante las fases de recolección o los periodos invernales. Las celebraciones del Gran Nao y Pa Cha representan así la muerte de la naturaleza que volverá a resurgir. En la mitología china, la custodia de este orden natural corresponde al dios supremo Shangdi.
Asimismo, para la mitología china son sagrados los ríos, cuyas aguas, se creía, podían fecundar a las vírgenes; de ahí la existencia de un rito primitivo que consistía en que las mujeres cruzasen el río. Los cursos fluviales tienen asimismo su propia divinidad, que se encarga de proteger a los humanos de las riadas y conseguir el mayor beneficio de sus aguas. Según una leyenda mitológica, la diosa de los Ríos dejó las huellas de sus manos en el monte Huashang y las de sus pies en las montañas de Shouyang, después de obligar al río Huang He a realizar su serpenteo característico.
De forma periódica, las aguas de éste y otros ríos asolaban los campos del Imperio. Como reflejo de la importancia de las inundaciones en la cultura china, diversas leyendas mitológicas describen la necesidad de controlar las riadas: cuando la diosa Kun (‘pez’), madre del emperador mítico Yu, fue incapaz de detener unas inundaciones perdió todos sus poderes; asimismo, el éxito de su hijo en el control de las aguas le convirtió en el líder de las tribus chinas.
El papel esencial de la actividad agraria en China (la religión oficial era agraria), unido a la concepción del tiempo anteriormente expuesta explican la preocupación por la exacta coincidencia en la tradición china entre los ciclos estacionales y los ciclos agrarios. Pero también esta sincronía se reproduce entre estos ciclos y los distintos periodos que conducen a la fecundidad. Según la tradición, es durante la primavera cuando los jóvenes buscan pareja y los matrimonios celebran sus contactos sexuales. Convencidos de sus beneficios, los sabios confucianistas buscaron la forma de regular los mecanismos que explicarían estas coincidencias.
Los ritos de la primavera, como el cruce del río o los diversos juegos y cánticos, buscan garantizar para los humanos la misma fecundidad que se refleja en los campos. Según la tradición, la pareja alcanza el prometedor acuerdo de su unión cuando la mujer acepta las flores o las semillas que el hombre le ofrece.
Con el invierno llega el recogimiento, los ancianos se visten de luto y se celebra la estación muerta, que trae consigo el periodo de improductividad. Con estas fechas coinciden los cultos a No y a Pa Tscha. En el antiguo reino de Wei, durante este periodo se celebraba un rito que consistía en arrojar a una doncella a un río con el propósito de que se produjera un matrimonio entre ambos.
Todo ello guarda relación con una sociedad, fundamentalmente la de la época Shang, de características matriarcales. Una de las diosas más veneradas de China, Mazu, disponía de la capacidad de dominar la naturaleza, y fue capaz incluso de evitar que su padre, un humilde pescador, muriera ahogado; de ahí que sea la patrona de los pescadores. Por otra parte, la única guerrera de la mitología china, Mulan (o Hua Mulan), se hizo pasar por un hombre después de que se le exigiera a su padre que mandase a un varón para sustituirle en el ejército. Al no tener hermanos varones, fue Mulan quien haciéndose pasar por hombre consiguió las más elevadas distinciones militares. Sin embargo, después de abandonar el ejército, cuenta la leyenda que Mulan volvió a casa para atender a sus padres.
Los cambios sociales provocaron que fuera el hombre quien pasara a ocupar el primer lugar también en el terreno espiritual, aunque, como ya se expuso, en el pensamiento chino el poder creador sólo puede proceder de la unión de las dos fuerzas antagónicas, el yin y el yang.
La relación entre la naturaleza y la política se refleja en la importancia que la cultura china atribuye a los presagios, que, por lo general, suponen la interpretación de un fenómeno natural como el anticipo de un acontecimiento político.
Feng Shui: animismo chino
El complejo sistema chino de Feng Shui, relacionado tanto con la topografía como con la geomancia, parte de una concepción animista de la naturaleza; Feng Shui significa ‘viento y agua’, “incomprensible como el viento, inasible como el agua”. El dragón azul (macho, fuerza positiva) y el tigre blanco (hembra, fuerza negativa) componen las fuerzas de la naturaleza que dan vida a la corteza terrestre; de hecho, las montañas son los miembros del dragón. En cualquier lugar estos animales irradian su energía espiritual, que debe ser medida antes de decidirse la localización de cualquier edificio.
La importancia en el pensamiento chino de este sistema, que adquirió su forma definitiva durante la dinastía Song aunque ya era ya muy tenido en cuenta en época Han, se refleja claramente en la iconografía tradicional. Es la metafísica Feng Shui el motivo de esos extraños perfiles antropomórficos o animales que se diluyen tras de la representación pictórica de paisajes naturales. En muchas de las pinturas pertenecientes a la época Tang (618-907) que representan montañas pueden descubrirse motivos tan dispares como rostros demoníacos o pelos del buey.
Las palabras de uno de los más destacados pensadores de la época Song, Jao Tzujan, ejemplifican con claridad esta concepción animista: “Las montañas deberán tener pulsaciones, de suerte que sean como cuerpos vivos y no como cosas muertas”.
Como se verá más tarde, no debemos olvidar que según la cosmogonía china cada uno de los elementos de nuestro Universo procede de una de las partes del cuerpo del dios creador Pan Gu.
Las cinco montañas sagradas
Las cinco montañas sagradas (Taishan, montaña del Este; Huashan, montaña del Oeste; Hengshan, montaña del Norte; Hengshan, montaña del Sur, y Sungshan, montaña del centro) fueron divinizadas en los tiempos remotos de la civilización china. En la tradición más próxima al taoísmo, cada una de estas montañas está asociada a un color, una orientación y un elemento, de forma que en conjunto representan el sistema de los cinco elementos (Wuxing), de enorme importancia durante la dinastía Han. Del mismo modo, según la cosmogonía china, las cinco grandes montañas proceden de distintas partes del cuerpo del dios creador Pan Gu y también representan las cinco regiones en las que Nuwa dividió el mundo.
Taishan (‘monte Tai’) se encuentra en la provincia de Shandong y es uno de los lugares donde habitan los dioses. Su culto se inició durante la dinastía Zhou y presenta unas características claramente animistas. En los templos dedicados al culto de esta montaña se suele leer la inscripción: “Procura la vida a todos los seres, su autoridad preside el mecanismo de la vida”. En cuanto a la presencia del culto al monte Tai en la doctrina confucianista, conviene destacar que Taishan se halla muy cerca de lugar donde nació Confucio, quien, según la leyenda, advirtió la pequeñez del mundo visto desde su cima. El mismísimo emperador, también sumo sacerdote, se encargaba de celebrar en la cima de Taishan un rito de agradecimiento (feng) al Cielo por la prosperidad del reino.
Ubicada en la provincia de Shaanxi, la montaña Huashan (o montaña del Oeste) debe su nombre a su intenso colorido (el término chino hua significa ‘florido’). Cuenta con 2.604 m de altura, lo que la convierte en una de las cotas más elevadas de la región central china y en un lugar de difícil acceso. Motivo de infinidad de obras pictóricas y poemas, en Huashan se celebraban los ritos de adoración a Xiwangmu, Diosa Madre de Occidente.
Hengshan (o montaña del Sur), ubicada en la provincia meridional de Hunan, ha sido tradicionalmente el lugar elegido para infinidad de cultos tanto taoístas como budistas. Fue en la cumbre de Hengshan donde uno de los representantes más destacados de la escuela taoísta maoshan, Wei Huacun, hija de un ministro del emperador Wu alcanzó el estado místico del Tao.
El papel más destacado de Hengshan (o montaña del Norte, cuya trascripción a caracteres occidentales coincide con la montaña del Sur, no así su nombre chino original) ha sido siempre su función defensiva contra las invasiones procedentes de los territorios del norte.
Por último, Sungshan (o montaña del Centro) está ubicada en la provincia de Henan. Su importancia mística abarca tanto a la tradición taoísta como al budismo channa o zen, y también ha sido inspiración de artistas tan destacados como el poeta Wang Wei, durante la dinastía Tang. En una de las pagodas que pueblan esta montaña se conserva una tablilla grabada por el emperador Xuanzong a mediados del siglo VIII, donde el envejecido gobernante solicita a los sabios el elixir que permita conservar su amor a Yang Guifei, su concubina favorita.
Los árboles mitológicos
El árbol sagrado es uno de los motivos más frecuentes en la mitología china. Según la leyenda de la creación del universo y el ordenamiento del caos, los árboles y las hierbas se formaron a partir de los cabellos de Pan Gu.
Durante el periodo de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.) aparece la figura del árbol cósmico que sirve de eje del mítico monte Kunlun (o Kuenlun) en su movimiento rotatorio. Su importancia fundamental radica en su condición de pilar entre el mundo celestial y el terrenal, por lo que Fuxi, uno de los Tres Augustos Soberanos, pudo utilizarlo de escalera para ascender al cielo.
De acuerdo con las creencias taoístas en un mundo ultraterrenal, las almas de los inocentes podían ser enviadas por el dios Yama a la Tierra de la Extremada Felicidad de Occidente, donde residían la esposa del Señor del Cielo, los dioses inmortales y las almas de los bienaventurados. Se trataba de un lugar de enorme belleza, rodeado de una vegetación eternamente primaveral y en el que podía hallarse el Árbol de la Inmortalidad, de cuyos frutos se alimentaban las almas de los justos.
El emperador Qinshi Huangdi (220-206 a.C.) ordenó la búsqueda del Árbol de los Melocotones de la Longevidad, que según la tradición taoísta se encontraba en Penglai, una de las Islas de los Inmortales. Por último, la morera llamada Fusang servía según la mitología china para que el Sol ascendiera y descendiera.
Los astros y los dioses
La adoración al Sol y la Luna es uno de los más extendidos en la tradición china, y guarda relación tanto con los cultos oficiales como con los más populares. Suelen representar la personificación de distintos dioses y en su honor se realizaban sacrificios. En relación al Yin Yang, la Luna es considerada como el elemento pasivo (Yin) y el Sol como el principio activo (Yang), por lo que ambos se oponen y se necesitan mutuamente.
Aunque se conocían sus causas desde antiguo y a pesar de que el taoísmo desprecia la hechicería, para el pensamiento tradicional chino los eclipses son nefastos. Según se describe en los Anales de primavera y Otoño de Ch´un-chiu en referencia al eclipse del año 719 a.C., nada bueno puede traer que la luna-hembra (Yin) oculte tras de sí al sol-macho (Yang).
Una leyenda mitológica cuenta que después del gran diluvio la diosa Nuwa pudo arreglar el pedazo de bóveda celeste que había caído a la Tierra, pero el cielo quedó inclinado al noroeste y la tierra hacia el sureste, lo que explica la dirección de los astros hacia el oeste y el fluir de los ríos hacia el sureste.
En la mitología china, la diosa Xihe es la madre de los diez soles. Esta diosa en tiempos del emperador Yao, tuvo diez hijos, a quienes el Señor del Cielo ordenó que cada día uno de ellos descendiera hasta el mundo de los mortales; el Shanhaijingngng (Clásico de las montañas y los ríos) describe a estos diez soles míticos descansando sobre las ramas del árbol Fusang. Los diez soles se rebelaron contra esta imposición y decidieron marchar juntos hacia el mundo de los seres humanos, lo que provocó la más terrible de las sequías. El Señor del Cielo decidió recurrir al arquero Hou Yi, uno de los héroes mitológicos más destacados del panteón chino. Éste consiguió acabar con la vida de nueve de los diez soles, ya que el emperador Yao le advirtió que la vida en la tierra necesitaba de un Sol. Más tarde, Hou Yi moriría a manos de la encarnación de la envidia en la mitología china, Feng Meng, gracias a los efectos mágicos de un garrote fabricado con madera de melocotonero.
La esposa de Hou Yi se llamaba Chang´e, y es uno de los más célebres personajes mitológicos relacionados con la Luna. Después de que su marido consiguiera vencer a los nueve soles, el matrimonio fue recompensado por la diosa Xiwangmu con el elixir de la Inmortalidad. Pero la felicidad de ambos fue interrumpida para siempre cuando Chang´e se vio obligada a beberse todo el elixir con el fin de evitar que la poción mágica cayera en manos de los malvados discípulos de su marido. Convertida en inmortal, Chang´e hizo de la Luna su nueva morada. Otra leyenda cuenta que Chang´e arrebató a su marido el elixir y huyó a la Luna, pero los dioses la encontraron para convertirla en rana. En esta leyenda se basa un motivo habitual en la iconografía china: la sombra de una rana proyectada sobre la Luna.
El amor entre el heroico arquero Hou Yi y su esposa Chang´e también es utilizado por la mitología china para explicar de un modo poético el equinoccio de otoño: Hou Yi trató de alcanzar a su amada pero sólo llegó hasta el Sol, por lo que este equinoccio se interpreta como la unión anual de los dos amantes.
Con el nombre de Sanxing (‘tres estrellas’) se conoce en China al conjunto celestial formado por los dioses de la Longevidad (Shouxing), que vive en el Polo Sur y en cuyo jardín se encuentra la planta de la inmortalidad; de la Felicidad, y de la Prosperidad (Cai Shen o Luxing), que se considera la reencarnación del sabio de siglo XIII a.C. Bi Gan.
La importancia de la seda a lo largo de la historia de China (véase Ruta de la seda) explica la existencia de diversos leyendas mitológicas sobre su procedencia. Comúnmente se le atribuye a Leizi, también llamada Dama Xiling, su descubrimiento. Una de las leyendas más interesantes es la del mito del dios estelar de la Muchacha Tejedora, creado ya en época histórica. Junto a otro personaje mítico, el Pastor de Bueyes (Vaquero), la Tejedora se funde a la Vía Láctea (o Río Celestial, Tianhe) con la llegada de la primavera, lo que supone el comienzo de la época de lluvias y la aparición del arco iris; este momento también coincide con la reencarnación de los muertos. Tal vez lo más importante sea destacar que tanto la labor de la Muchacha Tejedora como la del Pastor de Bueyes, que consiste en poner el yugo al buey, nunca llega a su fin, lo que guarda una estrecha relación con la concepción china del tiempo antes expuesta.
A partir de la dinastía Han, el mito de la Tejedora fue enriquecido con la leyenda del amor entre ésta, hija del Soberano del Cielo, y el Pastor de Bueyes. Pero la distinta naturaleza de los amantes hizo que fueran condenados a vivir separados eternamente por la Vía Láctea excepto un día al año, que coincide con el 7 de julio del calendario lunar, durante el cual los esposos pueden estar juntos.
Por último, uno de los motivos iconográficos más representativos del arte chino es el chi (o qi), especie de nube que viene a representar la espiritualidad o la “energía vital interior”. En el proceso de su evolución formal, el chi tomó forma de manto que envuelve el cielo o los elementos de la naturaleza, o de traje de dragón que cubre el cuerpo de un humano protegido por los dioses.
Otros mitos relacionados con la naturaleza
Suiren (‘el que produce el fuego’) es un personaje legendario cuya naturaleza se sitúa entre lo humano y la divino. Fue un sabio anterior a la época del emperador Fuxi, que recibió de un pájaro las enseñanzas necesarias para la producción del fuego, lo que más tarde le permitió enseñar a los humanos a cocinar alimentos.
En la mitología china Lei Gung es el encargado de regular las lluvias. Durante la época Han presentaba aspecto humano pero, más tarde y por influencia del budismo, fue representado como un pájaro con cara de mono.
Existen muchas leyendas mitológicas sobre Magu, la diosa del Cáñamo, relacionada también con la longevidad y los buenos augurios. Según la tradición, vivió en el siglo II a.C. y suele representarse como una muchacha apoyada en una caña de bambú y con las uñas muy largas.
En la leyenda del héroe mitológico Hou Ji de Zhou, que recibe el sobrenombre de “el Abandonado” son los animales los que hicieron ver a la madre del héroe, Jiangyuan, que su hijo poseía atributos divinos. Cuando Jiangyuan, que temía que su hijo fuera portador de desgracias, abandonó a su hijo en un bloque de hielo, los pájaros fueron a cubrir al niño para que no muriera de frío. La vinculación de este dios con la naturaleza lo convirtió en el dios de la Agricultura, además de atribuírsele la introducción del cultivo del mijo en China; en chino ji significa ‘mijo’.

Por último, conviene destacar la importancia de los peces en la iconografía tradicional china. Los chinos convirtieron a los animales acuáticos en seres mágicos como los peces-dragón. En la cerámica neolítica Yangshao aparecen ya unos seres que vienen a representar la unión entre los peces y los humanos. Al ser uno de sus motivos más habituales, el desarrollo de sus distintos significados, así como la evolución técnica en el dibujo de las distintas clases de peces, facilita la distinción de las distintas etapas de la porcelana china. 

Algunos apuntes de mitología inca

El imperio Inca comprendió, en la época de su mayor extensión, los actuales territorios del Ecuador, Perú, Bolivia, el Noroeste Argentino, la mitad del norte de Chile y la parte meridional de Colombia. La religión de los incas fue en un principio sencilla, solo adoraban a Viracocha (Dios creador), Inti, etc., a los cuales rendían ritos y sacrificios, al igual que otras mitologías, algunos dioses se repetían o eran llamados igual en distintas provincias del Imperio Inca, aunque posteriormente todos estos dioses se unificaron para formar el verdadero panteón inca de divinidades.

Dioses Incas

VIRACOCHA: (Illa Viracocha Pachayachachi), (Esplendor originario, Señor, maestro del mundo), fue la primera divinidad de los antiguos Tiahuanacos, proveniente de Titicaca, al igual que su homónimo Quetzalcoatl, surgió del agua, creó el cielo y la tierra y la primera generación de gigantes que vivían en la oscuridad, dado que el culto del Dios creador suponía un concepto intelectual y abstracto, dicho culto estuvo limitado a la nobleza. Igual como el Dios Nórdico Odín, Viracocha fue un dios nómada, y como aquél, tenía un compañero alado, el pájaro Inti, gran sabedor incluso de los acontecimientos futuros.
INTI: (El Sol), llamado "Siervo de Viracocha", ejercía la soberanía actual en el plano divino, del mismo modo que un intermediario, el Emperador, llamado "Hijo de Inti", reinaba sobre los hombres. Inti era la divinidad popular más importante, se adoraba en múltiples santuarios, para rendirle ofrendas de oro, plata y ganado, así como las llamadas vírgenes del Sol.
MAMA QUILLA: (Madre Luna), Esposa del Sol, y madre del firmamento, de ella se tenía una estatua en el templo del Sol, a la cual una orden de sacerdotisas le rendía culto, dicha orden se extendía a lo largo de toda la costa.
PACHA MAMA: "La Madre Tierra", tenía un culto muy extendido por todo el imperio, puesto que era la encargada de propiciar la fertilidad en los campos.
PACHACAMAC: Casi una reedición de Viracocha, venerado en la costa central y más tarde incorporada al Imperio Inca.
MAMA SARA: (Madre del Maíz).
MAMA COCHA: (Madre del Mar).

ALGUNAS LEYENDAS:

La Primera Creación: "Caminaba por las inmensas y desiertas pampas de la meseta Viracocha Pachayachachi, "el hacedor de las cosas", después de haber creado el mundo en un primer ensayo como si se tratara de un bosquejo, sin luz, sin sol y sin estrellas. "Pero cuando vio que los gigantes eran muchos más grandes que él, dijo: No es conveniente crear seres de tales dimensiones, ¡me parece mejor que tengan mi propia estatura! Así creó Viracocha los hombres según sus propias medidas, tal como son hoy en día, pero aquellos vivían en oscuridad".
La Maldición: Viracocha ordeno a los hombres, vivir en paz, orden y honrarle, pero aquellos se entregaron a la mala vida, los excesos y fue así como el Dios creador, los maldijo, convirtiéndolos en piedras o animales, algunos quedaron sembrados en la tierra, otros fueron absorbidos por las aguas, finalmente arrojo sobre ellos un diluvio en el cual todos perecieron.

La Segunda Creación: Solo tres hombres quedaron con vida, y con el recado de ayudarlo en su nueva creación, luego de pasado el diluvio, "el maestro del mundo", decidió dotar a la tierra con luz, y fue así como junto con sus tres súbditos ordenó que brillase el sol, la luna y las estrellas y ocuparan su lugar en el vasto firmamento. 

Algunos mitos del antiguo Egipto

Numerosos mitos unen a los dioses entre sí; el más conocido es el de Osiris, el cual gobernaba en Egipto como un rey sabio y justo, enseñando a sus súbditos a labrar la tierra, obedecer las leyes, pero su hermano Set (encarnación del mal), envidioso por el éxito de su hermano, le tendió una trampa, invitándolo a un festín, en el cual preparó un cofre que prometió obsequiar a quien entrara exactamente en él. Curiosamente ninguno de los invitados logro realizar tal proeza, salvo su hermano Osiris, que sí lo consiguió, al instante de introducirse al cofre, Set, junto con algunos cómplices, lanzó a Osiris al río Nilo. Cuando Isis supo del complot cometido, se marcho vertiginosamente al río, gracias a sus poderes logro encontrar a su esposo, ocultándolo en el pantano, no obstante Set, logro encontrar el escondite y lleno de ira, descuartizo el cadáver de Osiris y nuevamente lo arrojo al río, Isis al no saber nada de su esposo, comenzó a buscarlo en el pantano, sin embargo lo único que logro fue conseguir pedazos y enterró cada uno de ellos en el sitio donde los encontró, posteriormente Horus, hijo póstumo de Osiris, se enfrentó a Set, para vengar a su padre y así subir al trono de Egipto y poder seguir con la labor desempeñada por su padre.
El Cerdo Negro: Ra, Set y Horus están implicados en una leyenda egipcia que intenta explicar los eclipses del Sol y la Luna. Set y Horus eran amargos rivales, pero Set no se atrevió a entrar en combate abierto, ya que temía a Horus como la maldad teme al bien. Así que maquinó unos planes que le permitieran derrotar a su temible enemigo. Un día Horus buscó a Ra con la petición de que se le permitiese leer el futuro en sus ojos. Ra le otorgó dicha petición voluntariamente debido a su amor por Horus, el ser amado de los dioses y del hombre. Mientras conversaban pasó a su lado un cerdo negro, un enorme animal siniestro, de aspecto feroz, con ojos que brillaban con astucia y crueldad. Ahora bien, aunque ni Ra ni Horus fueron conscientes del hecho, el cerdo negro era el mismo Set, que tenía el poder de adoptar la forma de cualquier animal que quisiera. "Qué monstruo más malvado", exclamó Ra, al mirar al animal. También Horus dirigió su mirada hacia el cerdo negro que seguí sin reconocer como su enemigo. Ésta era la oportunidad de Set, se abalanzó sobre Horus arrancándole un ojo y se lo tragó, pero Ra le obligó a devolvérselo. Sin duda, los ojos de Horus son el Sol y la Luna, uno de los cuales es tragado o destruido por el "cerdo negro" durante un eclipse. La devolución de la luz a la tierra acaece gracias a ala felicidad de Horus por ser obsequiado con la ciudad de Pe.
Maldición y Nacimiento: Nut, la diosa del cielo, era la mujer de Ra. Sin embargo, era amada por Gheb a cuyo amor correspondía. Cuando Ra descubrió la infidelidad de su esposa, se puso rabioso y la maldijo, diciendo que su hijo no nacería en ningún mes ni en ningún año. La maldición del poderoso Ra no podía ser ignorada, debido a que Ra era el jefe de todos los dioses. Angustiada, Nut apeló al dios Thot, quien también la amaba, Thot sabía que la maldición de Ra debía cumplirse, pero encontró una vía de salida al problema, mediante una estratagema muy hábil. Acudió a la diosa de la Luna, cuya luz rivalizaba con la del Sol mismo, y le retó a un juego de mesa. Las apuestas por ambos lados eran altas, pero la diosa de la Luna apostó un poco de su luz, la decimoséptima parte de cada una de sus iluminaciones, y perdió. De aquí procede que su luz mengua y disminuye en ciertos períodos, de tal forma que ya no es rival del Sol. De la luz que le había arrebatado a la diosa de la luna, Thot creó cinco días, de tal manera que no pertenecían ni al año anterior, ni al año siguiente, ni a un mes. Nut tuvo a sus cinco hijos durante esos días: Osiris nació el primer día, Horus el segundo día, Set el tercer día, Isis el cuarto día y Neftis el quinto.
Los Siete Seres Sabios: Se encuentra en ocasiones a Ptah en compañía de unos seres llamados Los siete Seres Sabios de la diosa Meh-urt, que era su madre. Salían del agua, de la pupila del ojo de Ra, y adoptaron la forma de siete halcones, que salieron volando, y junto con Thot presidieron la enseñanza y las letras. Ptah, como arquitecto, realizando los diseños de Thot y sus acompañantes, de igual modo que la diosa Sekhmet, tenía algo de sus atributos.
Ojo de la Luna: El ojo izquierdo de Horus, representaba a la Luna, lucharon Set y Horus por este ojo, finalmente el malvado Set consiguió robarlo y devorárselo (menguante lunar), pero Horus mismo le arrebató el ojo a su enemigo con la ayuda de otros dioses, extirpándolo del vientre de su envidioso tío. Horus se lo presentó a su padre Osiris, ayudándole así a obtener una nueva vida.

Pesando el Corazón: El Juicio final se celebraba en la Sala de las dos verdades. En ella, Anubis pesaba el corazón del difunto para comprobar el peso causado por los pecados cometidos. Si era más ligero que la pluma de la verdad, la persona vivía eternamente. Si no, arrojaban el corazón al monstruo Ammit, "Devorador de muertos".

La mitología de los aborígenes australianos II

Otro de los mitos de creación más extendidos y conocidos entre los aborígenes australianos es el de la «Madre Serpiente», también llamada «Serpiente Arco Iris». Esta divinidad ancestral es la personificación de la fertilidad, la diosa de la lluvia y tiene poderes para dar vida. Según cuenta la leyenda, al principio la Tierra era un espacio vacío y llano, en cuyo interior descansaba la «Gran Madre Serpiente» que permaneció en un profundo sueño durante muchísimo tiempo. Repentinamente se despertó y reptó por el interior de la Tierra hasta llegar a la desierta superficie. Comenzó a recorrer la Tierra y, a medida que avanzaba, tal era su poder, que provocó una gran lluvia, formándose lagos, ríos y pozos de agua. Cada sitio que visitó lo nutrió con la leche de sus pechos rebosantes, haciéndolo fértil y una frondosa vegetación creció en la Tierra antes yerma. Grandes árboles con frutos de muchos colores y formas brotaron de la tierra.
     La diosa introdujo su nariz en el suelo, levantando cadenas montañosas y abriendo profundos valles, mientras que otras partes las dejó lisas y desiertas. La «Madre Serpiente» regresó entonces a la Tierra y despertó a los animales, a los reptiles y a los pájaros que poblaron por vez primera la Tierra, y finalmente creó a los peces. Por último, según cuenta la leyenda, la diosa extrajo de las entrañas de la propia Tierra a la última de las criaturas, el ser humano. De la «Madre Serpiente» los seres humanos aprendieron a vivir en paz y armonía con todos las criaturas de la creación, ya que eran sus primos espirituales. Además, la diosa enseñó al hombre la vida tribal, a compartir y tomar de la Tierra solamente aquellos bienes que necesitasen, respetando y honrando a la Naturaleza.
     Según esta leyenda, gracias a la «Diosa Serpiente», hombres y mujeres aprendieron a convivir como hermanos con la naturaleza y también aprendieron que cada elemento había sido colocado por la diosa en equilibrio. El ser humano entendió que su papel era el de guardián y protector de ese equilibrio y que debía transmitir este conocimiento de generación en generación. Antes de desaparecer, la «Madre Serpiente» advirtió que si el hombre abusaba y mataba por placer o por gula, encontraría al culpable y le castigaría.
     En algunas variantes de este mito, la «Madre Serpiente», llamada «Madre Eingana» vivía, y aún vive, en el «Tiempo del Sueño», de donde regresa en algunas ocasiones para crear más vida. Según esta versión, la serpiente primigenia, que carecía de vagina, se sentía torturada por su embarazo, por lo cual empezó a girar y a revolverse. El dios Barraiya, que la vió, la pinchó cerca del ano para que pudiese dar a luz y todas las criaturas que llevaba en su vientre pudiesen nacer. Del mismo modo es considerada como la «Madre Muerte» y según este mito, la diosa Eingana tiene un nervio conectado o atado a cada una de sus criaturas y cuando lo deja marchar esa vida se detiene. Siguiendo este planteamiento, si esta diosa muriese, todo dejaría de existir.




Yhi, la diosa creadora de los karraur

     En la mitología de los karraur, Yhi es una divinidad de primer orden, ya que es la diosa creadora. Según cuenta una leyenda de estos aborígenes australianos, la diosa permanecía dormida en el «Tiempo del Sueño» antes de la creación de nuestro mundo, en un lugar pacífico y de montañas tranquilas. Un susurro repentino, desveló a la diosa que dió un gran bostezo y abrió sus ojos, inundando al mundo con nueva luz. Yhi descendió a esta nueva Tierra iluminada por su luz, recorriéndola de este a oeste y de norte a sur. A medida que la diosa caminaba, las plantas brotaban bajo sus pies y no descansó hasta que hubo recorrido cada centímetro de tierra y todo quedó cubierto por un manto verde. Cuando terminó, la diosa fue a descansar y mientras contemplaba su reciente creación, se percató de que las plantas no podían moverse y en aquel momento le apeteció ver algo que pudiese agitarse graciosamente.
     Con la idea de crear estas nuevas criaturas, la diosa descendió a la Tierra y tuvo que enfrentarse a unos espíritus malignos que intentaron acabar con su vida. La diosa, más poderosa y fuerte, derrotó a estos espíritus y la calidez de la diosa se mezcló con la oscuridad, surgiendo unas diminutas formas de vida que empezaron a moverse por allí. Esas formas de vida se transformaron en danzarinas mariposas, juguetonas abejas y otros insectos que comenzaron a revolotear en torno a la diosa. Pero en este mundo luminoso y vivo, aún había cuevas oscuras y heladas; sobre ellas la diosa esparció también su mágica luz y en el interior de las cuevas formó agua. Pronto vió como aparecían nuevas criaturas: peces y lagartos que se deslizaban por el agua. La diosa había derrotado definitivamente a la oscuridad y el nuevo mundo se llenó de pájaros y animales que poblaron la Tierra, llenándola de vida.
     Por otro lado, el mito de los karraur sirve para explicar la salida y la puesta del sol. Cuando el mundo estuvo lleno de luz y de vida, Yhi dijo a las criaturas que ella se marchaba, bendiciéndoles con el cambio de las estaciones, y prometiéndoles que cuando muriesen se encontrarían con ella. Entonces, la diosa se transformó en una potente bola de luz y se alzó en el cielo, para desaparecer después en el horizonte. Todas las criaturas de la Tierra se asustaron porque a medida que Yhi desaparecía, la oscuridad llenaba la Tierra. Poco a poco, las criaturas fueron quedándose dormidas en la nueva oscuridad de la noche, para ir despertando lentamente ante la luz de un nuevo amanecer. Lo que pronto supieron las criaturas, es que Yhi nunca iba a abandonar totalmente su creación y que tras anochecer, volvería a aparecer por el este, día tras día.
     Sin embargo, la diosa tuvo que regresar una vez más a la Tierra, ya que los animales empezaron a estar descontentos con sus formas, a ser infelices y a pedir a la diosa que satisficiese sus deseos. Así, según cuenta la leyenda, Yhi descendió sobre la superficie terrestre y preguntó a las criaturas qué necesitaban: el murciélago quería alas, la foca quería nadar... Yhi les dijo que cumpliría sus deseos, sólo por esta vez y a cada uno le concedió lo que deseaba. Así es como, de los seres ancestrales con formas bellas de la anterior creación, surgieron las extrañas criaturas de nuestra Tierra.
     A esta diosa también le atribuyen los karraur la creación del hombre y de la mujer. Yhi había creado primero al hombre, que rodeado de plantas y animales, vagaba por la Tierra y se sentía sólo ya que ni bestias ni vegetales se parecían a él. Una mañana la diosa se acercó a él, mientras descansaba ceca de un árbol y tenía insólitos sueños. A medida que se despertaba de su profundo sueño, vió la flor del árbol brillando a la luz del sol. Atónito el hombre pudo contemplar el auténtico poder de Yhi actuando sobre el tallo de la resplandeciente flor. Repentinamente el tallo empezó a moverse y tomó aliento. De improviso, la flor mudó de forma y se convirtió en una mujer, que emergió pausadamente desde la luz. Así apareció la primera mujer de la creación.
     Después de aproximarnos a este conjunto de relatos legendarios ligados a la creación y ordenación del Mundo, según la mitología aborigen australiana, podemos apuntar una serie de rasgos comunes entre tanta diversidad. En primer lugar, en la mayoría de dichos relatos, la creación tiene lugar en un período mítico, llamado «Dreamtime» («Tiempo del Sueño»), en el cual habitan los espíritus ancestrales encargados de la creación. En segundo lugar, en estos mitos, ya sea el de Baiame o el de Yhi, el dios protagonista es el autor de toda la creación: Tierra, animales y ser humano; es decir: da forma a la Tierra, la llena de vida vegetal y animal, y crea al ser humano. Por otro lado, puede desprenderse otro rasgo común a muchos de estos mitos, que es el desarrollo de la creación y ordenación del Mundo en distintas fases, más o menos marcadas según el relato. Así, en un primer momento la divinidad creadora, da forma a la Tierra, levantando montañas, creando la lluvia y disponiendo lagos y ríos. Después da vida a los seres que pueblan la Tierra, también siguiendo un orden evidente: primero crea el manto vegetal de la Tierra, surgiendo espacios verdes con frondosos árboles, seguidamente crea a los animales, después a los pájaros y finalmente a los peces. Por último, crea al ser humano, primero al hombre y después a la mujer.

     Para finalizar señalamos otro aspecto común en todos los relatos mitológicos, fundamental para comprender el modo de vida tradicional de los aborígenes australianos. En la mayoría de estos mitos se aprecia un contenido moral de vital importancia: el respeto y la vinculación con la Naturaleza, de la que todos forman parte. Al final de cada relato podemos apreciar que la divinidad creadora, transmite al hombre una serie de conocimientos: el fuego, el uso de algunas herramientas (cuchillo o boomerang), normas de convivencia (matrimonio, modo de vida tribal...). Entre el conjunto de conocimientos, se halla esa admiración por la naturaleza y la idea de que todos los seres son de igual importancia para el equilibrio natural y todos forman parte de una entidad mayor, la Naturaleza. De estas enseñanzas se extrae el papel que debe cumplir el ser humano, honrar a la Naturaleza y mantener su equilibrio, mediante la práctica de rituales y transmisión de esos conocimientos. Estos mitos y ritos garantizan el mantenimiento del orden establecido y permiten al aborigen australiano descubrir su lugar en el Mundo.

La mitología de los aborigenes australianos

Mitos relacionados con el origen y ordenación del Mundo

La cosmovisión de los aborígenes australianos

     Uno de los elementos que destaca en esta cultura es la fuerte conexión que los aborígenes sienten con la naturaleza. Esa intensa unión sienta las bases de su visión particular del mundo y del papel que cumple el ser humano en la Tierra y también impregna todos los aspectos de su vida diaria. Creen que el ser humano forma parte de una esencia superior que es la Naturaleza, de la cual forman parte los seres vivos y los muertos, desde la roca, la lluvia, la lombriz, o los árboles, hasta los canguros y los hombres. De acuerdo con esta concepción, el hombre no es un ser superior, sino que comparte el medio ambiente con el resto de los seres de la Tierra, y tan necesaria es la existencia de los lagartos como la suya propia. Para comprender mejor este gran aprecio y respeto que sienten por la naturaleza, debemos de considerar que estamos ante una sociedad de recolectores y cazadores, cuya supervivencia dependía exclusivamente de los bienes que obtuviesen de la naturaleza, de ahí la necesidad de preservarla y de mantener su equilibrio. Para preservar ese equilibrio, todos los elementos de la naturaleza debían ser tenidos en cuenta y todos tenían su función.
     La función del ser humano es la de honrar a la Naturaleza y a sus elementos, mediante la práctica de rituales; se establece así una relación simbiótica, ya que el hombre recibe cobijo y sustento de la Naturaleza, y a cambio, ayuda a mantener el orden mediante rituales. Siguiendo este planteamiento, podemos entender que el aborigen australiano nunca perjudique el medio, sino que lo proteja. Esa veneración y esa unión que sienten con la Naturaleza la manifiestan materialmente mediante los tótems, que están vinculados con algún elemento o algún aspecto de la Naturaleza, al que una tribu, una casa o un individuo aborigen rinde culto. Mediante este sistema totémico, los aborígenes podían venerar a cualquier aspecto o elemento de la Naturaleza: la roca, la lluvia, la lanza, el lago, las flores, los animales o las plantas. Además, los aborígenes realizaron una clasificación de tótems desde los que eran de culto individual, hasta los de índole local, pasando por los vinculados con el sexo o con la familia.
     Este orden fundamentado en tótems favoreció el desarrollo de una organización social basada en clanes, que a su vez se dividieron en casas, con lo cual se difundió una gran variedad de relatos, mitos, héroes y creencias particulares, que nos son imposibles conocer en su totalidad. Sin embargo, a pesar de esa enorme diversidad, la mayoría de los aborígenes australianos comparten un conjunto de creencias a cerca del Universo, su origen, la Naturaleza o el papel del ser humano. Así, la mayoría de su mitología está relacionada con la Naturaleza y con la Tierra, mostrada como antítesis al cielo y al océano.

     La creación y la ordenación del Mundo, en la mitología de los pueblos nativos australianos, se explica mediante relatos mitológicos que tienen como protagonistas a seres legendarios, dioses y héroes ancestrales. Del mismo modo que ocurría con los mitos africanos o con la cosmogonía clásica, el origen del mundo y su forma, tal y como la conocemos, se debe a la intervención de seres mágicos y dioses primitivos, cuya actuación permite, no sólo que exista nuestro mundo, sino también la vida en él. De igual modo, estos relatos mitológicos ayudan a comprender el origen de ciertos fenómenos naturales o el origen de ciertas costumbres y normas sociales, justificándolas. De forma que estos mitos, acompañados de los correspondientes rituales, ayudaban a conservar este orden establecido, tanto desde el punto de vista natural como desde el punto de vista social. En este trabajo nos centraremos en esas leyendas y creencias comunes a la mayor parte de los aborígenes australianos: la estructura del Universo, leyendas sobre el origen de algunos cuerpos celestes, el «Tiempo del Sueño», la historia de Biame o el relato de la Madre Serpiente.

El Tiempo del Sueño

     Dentro de la mitología aborigen australiana, los mitos de la creación ocupan un lugar muy importante. La creación y ordenación del mundo tuvo lugar en un periodo mitológico y sobrenatural, conocido como «Alchera», Dreaming o Dreamtime, cuya traducción literal es «Tiempo del Sueño». En este tiempo mágico, la Tierra tomó forma y la vida surgió en ella. En la mayor parte de las leyendas que hablan del Dreaming, se relatan los viajes de los espíritus ancestrales, llamados Wondjina, que crearon el mundo tal y como lo conocemos, con sus ríos y sus rocas, las estrellas y dieron vida al ser humano, a las plantas y a los animales. Posteriormente, durante el Dreamtime, estos espíritus, viajaron libremente por Australia y después de transmitir a lo seres humanos los conocimientos necesarios para su supervivencia y para el mantenimiento del orden establecido, los Wondjina desaparecieron dentro de la Tierra y habitan en las formas del mundo natural que crearon: rocas, pájaros, ríos, etc...
     En la mayoría de estos mitos, la Tierra surgió de la materia preexistente y el paisaje fue paulatinamente transformado por la acción de unas criaturas con forma parecida a la de gigantes serpientes. Estas «serpientes» fueron levantando, horadando y retorciendo, el terreno existente, y a medida que lo hacían iban configurando el paisaje actual. Estos seres ancestrales, que dieron forma a la Tierra, surgieron de la propia Tierra. Posteriormente dedicamos un epígrafe al mito de la «Madre Serpiente»
     Al «Tiempo del Sueño», también se puede entrar en el presente mediante la práctica de ciertos rituales, utilizando tótems. Así, la conservación de los mitos y la práctica de los rituales se mantiene en cierto modo, la continuidad de este tiempo sobrenatural, tan importante en la mitología aborigen, y garantiza también la continuidad de la vida.

Estructura del Universo y origen de algunos elementos celestes

     En este sistema de creencias, donde la Tierra y la Naturaleza ocupaban un lugar privilegiado, el firmamento era poco atendido de manera que la mayor parte de su cosmología estaba basada en la mitología y en observaciones astronómicas muy generales.
     La estructura del Universo varía poco de un pueblo aborigen a otro. En general para estos nativos, en el Universo había tres planos: la Tierra, el cielo y el subsuelo. La Tierra, cuya forma es circular, está cubierta por el cielo que se estrecha en el horizonte. El cielo es el hogar de los héroes ancestrales y de los seres sobrenaturales. Además, el cielo era descrito como el lugar donde iba el alma de una persona cuando esta moría, curiosamente como explica el Cristianismo, salvando las muchas diferencias, claro está. Como su Tierra (Australia) era un espacio bastante seco, donde el agua no era muy abundante, a los ojos del aborigen australiano, el cielo se imaginó como un espacio verde, donde el suministro de agua era mayor que en la tierra, resultando una morada digna de los dioses y de esas almas que abandonaban el cuerpo al morir. La luz, el brillo de las estrellas era visto como las hogueras de los seres que residían en el cielo. Algunos mitos explican que el cielo era sostenido por unos apoyos gigantescos situados en los extremos de la Tierra sujeto. Esta idea de grandes pilares o apoyos que sujetan el cielo, también es recogida por otras mitologías, por ejemplo, la china. Los aborígenes australianos sentían un gran respeto por la figura del chamán, de quien se decía era capaz de viajar del plano terrestre al plano celeste, mediante una serie de rituales y utilizando ciertas semillas de árboles que se hallaban entre el cielo y la tierra.
     El plano subterráneo, era un plano inferior a la Tierra con la cual tenía un mayor parecido que el cielo. En este plano, situado por debajo del terrestre, estaba ocupado por gente que se parecía bastante a la que ocupaba la Tierra. Otros relatos sostenían que el subsuelo es un plano más oscuro y que está vacío, deshabitado. Una leyenda aborigen cuanta que el hombre luna y la mujer sol, atravesaban cada día este plano subterráneo para volver al horizonte este, desde el oeste. De este modo, explicaban la desaparición tanto del sol como de la luna en el horizonte oeste, y su aparición en el este cada día.
     Como ya hemos apuntado en el párrafo anterior, para los aborígenes australianos, la luna era identificado con una figura masculina, mientras que el sol era considerado una figura femenina, justa al revés que en muchas otras culturas, como puede ser la clásica. Esto puede deberse a la importancia que los nativos australianos otorgaban a la figura femenina, sin la cual no era posible la vida. Del mismo modo, la vida en la Tierra no es posible sin el sol, con lo cual pudo establecerse una relación entre la feminidad y el astro rey. El mito que nos narra el origen del sol, nos cuenta que éste surgió de la propia Tierra en un lugar concreto, señalado por una gran roca; cada día el sol se alza en el cielo y vuelve a la Tierra cada noche, justo al mismo lugar del que surgió por vez primera. Existe otra narración, completamente distinta, que también explica la aparición del sol en el cielo cada día. Según esta leyenda, una mujer dejó a su hijo en el interior de una cueva mientras buscaba comida; cuando anocheció, la mujer se perdió y entró en la región celeste, que comenzó a recorrer con una antorcha; la mujer aún sigue perdida y cada día cruza el cielo con su antorcha, iluminándolo mientras busca a su hijo perdido.
     También es curioso el relato mitológico que explica el origen de la luna, que como ya hemos indicado era una entidad masculina. Según este mito, un miembro del tótem de la zarigüeya tenía un fabuloso cuchillo con la luna dentro, de modo que podía cazar por la noche con la luz que proyectaba. En cierta ocasión, un miembro de otro tótem se lo arrebató y huyó. El dueño del cuchillo, corrió tras él, sin éxito. Como no pudo alcanzarlo, se dirigió a él vociferando y propuso al ladrón que dejase la luna en el cielo para que todos pudiesen sacar provecho de su luz y pudieran cazar de noche. Existe otro mito distinto, pero igual de interesante, que explica las fases de la luna. El relato cuenta cómo un miembro del tótem de la zarigüeya murió y poco después se alzó de su tumba, volviendo a ser un hombre; nuevamente envejeció y murió otra vez; en determinados puntos, se vuelve a levantar como un hombre joven, para ir envejeciendo y volver a morir.
     Pero en la mitología de los aborígenes australianos, no solamente se recogen mitos sobre el sol y la luna, sino que otros cuerpos celestes también merecieron su atención. Entre ellos destaca el mito de las Pléyades y de Orión, que fueron importantes grupos de estrellas para los nativos de Australia. Las Pléyades eran siete hermanas que iban siempre juntas a cualquier sitio y un día aterrizaron todas en su lugar favorito, donde encontraron a un grupo de hombres llamados Yayarr. Estos hombres acompañaron y ayudaron a las hermanas, hasta que se cansaron. Solamente uno se quedó con ellas. Cuando las estrellas se fueron al cielo, el hombre las siguió también hasta el firmamento y se convirtió en Orión.
     Las estrellas de Escorpio también tienen su propio mito, según el cual un recién iniciado fue seducido por una mujer y mantuvo relaciones sexuales antes de haber sido purificado. Los maestros del joven querían castigarle por haber roto las normas, pero la pareja huyó al cielo. Los maestros les persiguieron arrojándoles bumeranes, pero fallaron. Entonces todos se transformaron en estrellas para mostrara que el iniciado jamás podría finalizar su formación.
     Otros fenómenos celestes también fueron explicados mediante mitos que ayudaban a comprender hechos, que, de otra forma, eran inexplicables. Así sucedía con los eclipses de sol; para los nativos australianos los eclipses de sol, eran debidos a la intromisión de un demonio, Arungquilta, que quería introducirse en el sol para vivir en él. Cada vez que tenía lugar un eclipse, el chamán debía de realizar un ritual, para expulsar al demonio Arungquilta y expulsarle lejos del sol.



Biame, el Gran Dios Espíritu y otros dioses creadores

     Dentro de los mitos de creación, puede que el más extendido entre los pueblos nativos australianos sea el de el dios Baiame, también conocido bajo los nombres de Balame, Byamee o Biame, que procede del vocablo biai, «hacer». Este dios ancestral es conocido como «El más Grande» o «El Creador» y es el responsable de haber creado por primera vez la Tierra.
     Uno de estos relatos sobre Biame resulta tener cierto contenido moral, además de justificar la necesidad de que todos los seres de la Tierra permanezcan unidos, siendo todos iguales. Este relato, nos cuenta que Biame estableció tres tribus diferentes de seres vivos para poblar la Tierra. En primer lugar creó la tribu de los animales y habitantes del suelo; en este grupo encontramos seres de tamaños y formas diversas, desde los reptiles que se arrastran por el suelo, hasta los canguros y los koalas. En segundo lugar, creó a la tribu de los pájaros, integrada por curiosas aves de todas las dimensión y colores. En último lugar, dió vida la tribu de los peces que poblaron los ríos, los lagos, las charcas y los amplios mares. En medio de estas tribus vivía una extraña criatura, llamada platypus que compartía cualidades con cada una de esos grupos; así, tenía piel como los animales, ponía huevos como los pájaros y nadaba como los peces. Este ser tenía amistad con las tres tribus, que pronto sintieron una gran admiración y respeto por él. Según cuenta la leyenda, un desafortunado día las tribus empezaron a discutir sobre cuál de ellas era la mejor. La discusión se volvió tan enérgica, que la lucha estalló y los grupos se separaron. Cada una de las tres tribus invitó a platypus a que se uniera a ella; primero la de los animales, con el gran canguro Bagaray a la cabeza, después la de los pájaros liderada por Buntil, el gran águila y finalmente los peces, con Goodoo al frente. Platypus agradeció a todos su interés y tras meditar unos instantes, respondió: «Animales, me gustaría unirme a vosotros, ya que tengo fur como vosotros; pájaros, pongo huevos como vosotros y como gusanos y me gustaría unirme a vuestra tribu; peces, nado con vosotros diariamente y somos grandes amigos. Es una decisión muy difícil, pero he considerado que no me uniré a ninguna como tribus separadas; sin embargo me uniré a todos vosotros como parte que sois de mí, del mismo modo que yo soy parte de todos vosotros, por lo tanto ningún grupo o tribu es mejor que otra, ni yo tampoco. Cada uno de vosotros sois especiales y únicos en vuestra existencia». Como hemos indicado al comienzo del relato, esta leyenda tiene un contenido moral muy importante en la vida aborigen australiana: todos los seres de la Tierra son iguales y deben permanecer unidos.
     Otra leyenda de Baiame, nos cuenta como el dios después de crear la Tierra, creó al primer hombre y a la primera mujer a partir del barro y el polvo. Según cuenta este relato legendario, antes de desaparecer, el dios indicó a la pareja, aquellas plantas que podían comer, advirtiéndoles que tenían prohibido comer animales y les dejó en un lugar muy bueno. La lluvia y el sol daban vida a las plantas, cuyo fruto servía de alimento a esta pareja y a su creciente prole. Pero un día la lluvia cesó y, por vez primera, en la Tierra se supo lo que era el hambre. En un momento de desesperación, el hombre se atrevió a matar a un animal, un canguro, que compartió con su hambrienta esposa. La pareja ofreció parte del novedoso sustento a un amigo enfermo y debilitado por la falta de alimento. Sin embargo, el hombre rechazó la oferta y, advirtiéndoles de su error, se marchó. Por su parte, la pareja continuó con su festín, tras lo cual siguieron las hullas tambaleantes de su pobre amigo. Le encontraron a los pies de un eucalipto al otro lado de un río de fuerte corriente. Desde la otra orilla la pareja, contemplaba a su amigo y, cuando estaba a punto de marcharse, quedó estupefacta y aterrorizada ante la visión de una figura negra, mitad humana, mitad bestia, que saltando de las ramas de aquel árbol, se abalanzó sobre el cuerpo de su inmóvil amigo. Aterrorizados el hombre y su esposa, vieron como aquella figura horrible, se llevaba a su amigo y desaparecía. De repente, una gran humareda salió del árbol, tras lo cual se escuchó un ruido desgarrador, como si el árbol se rompiese sólo y sus raíces se despegaran de la tierra. El árbol se levantó y se alejó de la pareja volando hacia el sur. Así es como, según la mitología de los aborígenes australianos, por primera vez en la Tierra, la muerte llegó a un hombre. Un ser humano había perdido la vida a manos de una criatura llamada Yowee que es el Espíritu de la Muerte. En este relato vuelve a ser interesante el matiz moral de su contenido, ya que la primera vez que muere un ser humano, puede ser vista como un castigo por haber matado un animal, incumpliendo las normas establecidas por el creador. Ciertamente es un final triste, porque el mundo ideado por Baiame se ve repentinamente truncado por la ruptura del equilibrio inicial y se abre camino una nueva creación.
     Además del dios Baiame, dada la gran diversidad de tribus que encontramos en la cultura aborigen australiana, podemos hallar una importante lista de divinidades ancestrales vinculadas con la creación y ordenación del mundo. Incluso puede ocurrir que tantos nombres diferentes aludan al mismo ser superior que creó el Mundo. Entre algunas tribus de Australia Central, por ejemplo, Altjira es considerado el padre del cielo y el dios del «Tiempo del Sueño», que creó la Tierra, retirándose después a lo más alto del cielo, donde aún permanece. Por otro lado, los bagadjimbiri son dos hermanos a los que los karadjeri del noroeste de Australia, atribuyen la creación del mundo, indicando que con anterioridad al ascenso de ellos desde el suelo, no había nada. Para las tribus de los kulin y los wurunjerri de Australia, Bunjil es el dios supremo y creador y ambas tribus se refieren a él como « Padre Nuestro» e igual que sucede en el resto de mitos, después de terminar su tarea en la Tierra, marchó al cielo. En Australia Central, los aranda creen que Mangar-kunjer-kunja, es el dios creador; se trataba de un dios lagarto que encontró seres primigenios sin desarrollar, a los que separó y con su cuchillo les abrió los orificios para los ojos, la nariz, la boca y los oídos y además les mostró el fuego, el cuchillo, el boomerang y el matrimonio. Waramurungundi es considerada por los gunwinggu como la primera mujer, la madre de Australia que dió a luz a la Tierra, dictó las normas de todas las criaturas vivientes y enseñó al hombre a hablar.