lunes, 31 de diciembre de 2012

El caballero de la miseria


El emperador de Japón, Tokiyori, decidió un día viajar por su reino disfrazado de monje, para darse cuenta directamente de los sentimientos y los deseos de sus amados súbditos.
Una tarde, al anochecer, caminaba por los escapados senderos de una montaña, mientras la nieve caía a grandes copos. Un tupido y blanco manto cubría el paisaje, un viento frío soplaba desde la tempestuosa cumbre, y el gran emperador se vio perdido en medio de aquella blancura infinita. Una sensación de angustia le asaltó por primera vez desde que abandonara su magnífico alcázar. Pero he aquí, a un centenar de pasos, una cabaña, medio sepultada por la nieve, adosada a una falda rocosa. Allí encontraría tal vez hospitalidad por aquella noche.
Llamó lleno de esperanza y la puerta se abrió rechinando; un hombre apareció en el umbral, un hermoso anciano de aire majestuoso, de largos cabellos blancos, de mirada brillante. El emperador le reconoció enseguida: era Tsemueyo, uno de sus más valerosos caballeros, que hacía varios años había desaparecido misteriosamente. ¿Cómo podía encontrarse en aquella mísera cabaña? ¿porque llevaba aquel vestido descolorido y andrajoso?¿Por qué sus mejillas estaban profundamente hundidas y sus rodillas temblaban?
Tsumeyo acogió al falso monje, que se cubría el rostro con la capa para no ser reconocido.
-Entrad, santo varón- dijo-; la cabaña es pequeña, pero grande es mi corazón. Soy pobre, pero todavía me queda un pedazo de hogaza de mijo que guardaba para mi comida de mañana, y os lo daré. Desgraciadamente, como bebida, solo puedo ofreceros un poco de nieve fundida.
Tokiyori comió con apetito. Entre tanto, la nieve seguía cayendo, y el viento aullaba entre los desnudos troncos del bosque. Hacía un  frío glaciar, y el falso monje temblaba bajo la capa. Tsumeyo se dio cuenta de ello.
-Voy a encender un poco de fuego- dijo. Poseo todavía, restos de mejores tiempos, tres árboles enanos, un ciruelo, un cerezo y un pino. Ellos alegran mis magras jornadas, recordándome años de mi esplendor. Pero no importa, los echaré al fuego por vos.
La dorada llama iluminó la cabaña. Calentados por aquel fuego, los dos hombres se pusieron a hablar y Tsumeyo confió al monje sus desventuras. Sus enemigos le habían privado de sus tierras, he aquí porque se hallaba en aquella soledad, pobre y olvidado de todos.
¿Por qué no apelaste al emperador?
-No quise molestar a mi señor con mis lamentaciones. Adoro a nuestro emperador y estoy pronto a servirle aun en mi presente estado, ¿Veis colgada de la pared aquella armadura desgastada y mohosa? ¿Oís un relincho cansado que viene de mi cuadra en ruinas? Es mi caballo magro y hambriento. Pues bien; el día que Tokiyori tenga necesidad de todos sus guerreros, vestiré esa armadura, cabalgare aquel caballo y acudiré a su llamada.
Una lágrima se desprendió de los ojos del falso monje, el cual dio las gracias para sí al gran Buda, que le permitía descubrir tanta fidelidad en el corazón de uno de sus súbditos. A la mañana siguiente, se despidió de su huésped y partió.
Pasaron algunos meses, y un día llego a la cabaña perdida en el bosque la noticia de que el emperador convocaba a todos sus guerreros. Tsumeyo  partió también y compareció en la corte con su armadura vieja y su caballo rocinante, que suscitaron las risotadas de los magníficos guerreros vestidos de aceros resplandecientes, montados en fogosos corceles de guerra. Pronto sacaron un mote al recién llegado: el Caballero de la Miseria.
Tsumeyo, consciente de su lamentable estado, trataba de pasar inadvertido en aquella brillante asamblea. En esto, el chambelán se le acercó y le dijo que el emperador deseaba verlo. El caballero de la Miseria fue conducido ante el soberano, sentado en un trono de oro y rodeado de mil caballeros, con armaduras incrustadas de piedras preciosas; parecía un cortejo refulgente de estrellas es una noche de nubes. El caballero avanzó hasta los pies del trono; su yelmo estaba enmohecido, su armadura llena de abolladuras; más parecía un espectro que un guerrero.
-Caballero-dijo el emperador-, ¿no me reconocéis? ¿Os habéis olvidado del monje a quien disteis alojamiento una noche de tormenta? Sabed que este llamamiento a los caballeros ha sido par probaros, para ver si como me dijisteis, acudiríais a mi voz. Tanta fidelidad de vuestra parte merece una recompensa. Ordeno que os sean restituidas vuestras tierras. Además, como quiera que no he olvidado que para calentar al pobre peregrino extraviado en la borrasca sacrificasteis vuestros tres preciosos arbolillos, os concedo tres importantes feudos, uno por cada árbol: el campo de los ciruelos de Kaja, la Fuente de los Cerezos en Etchu, y Ramas de Pino en Kozuyo.
Tsumeyo, aturdido, feliz, se prosternó  a los pies del reluciente trono, mientras un murmullo de admiración recorría la asamblea, que hacía solo unos minutos reíase despectivamente mirando al caballero de la Miseria.

Los diez platos de oro del emperador


La castellana de Himeji había recibido del emperador el presente de diez magníficos platos de oro, que brillaban cual otros tantos pequeños soles. Orgullosísima de aquella dádiva, la mujer la mostraba a sus amigos y visitantes, que se ponían verdes de envidia; y esto hacía feliz a la castellana. Con todo, habían ocurrido en el país algunos robos y la anciana condesa no estaba tranquila, temiendo por su tesoro. Desconfiaba incluso de los gentilhombres del palacio. El valor  de los platos era grandísimo y podía tentar a unos y otros. ¿Dónde podría esconderlos?¿A quien podría confiarlos? Estos pensamientos la atormentaban tanto que no lograba hallar la paz ni de día ni de noche.
Finalmente, una mañana, tras una noche de insomnio más agitada que de costumbre, se levanto con una luz de esperanza en los ojos. Había encontrado a la persona apta a quien confiar el precioso don imperial. Mandó llamar a su dama de compañía más joven y , cuando la muchacha estuvo ante ella, le dijo:
-Crisantemo, eres leal y noble. La tuya es una familia de samuráis, y por eso puedo fiar en ti. Toma estos platos de oro que el emperador me regaló y vigílalos con todo cuidado; procura conservarlos sin la más pequeña mancha, sin la huella más leve; haz que reluzcan siempre como ahora y, sobre  todo vela porque nadie los robe. Eres responsable de este precioso depósito.
Crisantemo se inclinó hasta el suelo y tomando los diez platos, se los llevó a su estancia. Desde aquel día la muchacha vivió en una inquietud continua. No abandonaba casi nunca su estancia y dejó de sonreír. Todas las noches, antes de acostarse, contaba y limpiaba los platos de oro; y todas las mañanas, apenas abría los ojos, los volvía a contar de nuevo. A veces, durante la noche, se despertaba sobresaltada con un gran peso en el corazón, corría a ver los diez platos y sólo cuando se había asegurado de que estaban todos en su sitio, volvía a dormir.
Pasó el tiempo, Crisantemo, viendo que nadie intentaba quitarle aquel tesoro, empezaba a sentirse más tranquila; poco a poco la sonrisa volvió a sus labios rojos y las arrugas desaparecieron de su frente pura y tersa. Moderó su vigilancia y volvió a pasar gran parte de su tiempo con las amigas en alegres entretenimientos.
Pero un mal día, al contar, antes de acostarse, los platos de oro, advirtió con terror que solo había nueve. Trastornada, corrió hasta la castellana, cayó de hinojos ante ella y le revelo la horrible realidad. La anciana, primero por el terrible golpe, quedose inmóvil y muda como una estatua; luego su disgusto y su cólera se desbordaron en una serie de insultos para la desgraciada muchacha; la declaro ladrona y la expulsó del castillo.
Crisantemo vagó en la noche, extraviada, inconsciente; ni una luz en aquellas tinieblas; hasta los perros parecían ladrar a su paso. Se sentó sobre el brocal de un pozo, rodeado de setos de espinos, y miró abajo el agua negra y profunda; algo le pareció ver allí, algo amarillo, algo que resplandecía, ¿era tal vez el decimo plato? ¡Pobrecilla! Era sólo el disco de la luna que se reflejaba en las aguas del pozo. Pero esto ella no lo sabía; una zambullida, un borboteo, luego no se escucho nada más… Crisantemo había desaparecido.
Mas no para siempre. Cuando llegó la primavera, cuando la naturaleza reverdeció, cuando las flores se abrieron y los canoros pájaros trenzaron  sus vuelos en el aire, salió del pozo un insecto nievo, una especie de mariposa multicolor, que se puso a revolotear en el aire como ansiosa de gozar la luz del sol. Todas las tardes la mariposa iba a posarse sobre las enmohecidas murallas del castillo y allí su levísimo zumbido tomaba un significado especial, parecía una voz humana que contase sumisamente: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…Al llegar a nueve callaba y, después de una breve pausa, empezaba de nuevo.

El espíritu del sauce

En el jardín de un rico samurái en Kioto, crecía un magnífico sauce llorón, de bellas ramas gris-plata. Pero el samurái no sentía simpatía por el sauce, porque estaba persuadido de que le traía desgracia, según la opinión de muchos japoneses; tanto que un día decía derribarlo. Comunicó sus propósitos a un vecino, el noble samurái Inabata.


-No lo derribes-dijo Inabata. Sé de cierto que los sauces suelen ser la prisión de algún espíritu. Es un árbol magnifico. Dámelo, que lo plantaré en mi jardín.

El otro accedió. Inabata hizo transportar la planta a su jardincillo, y allí la trasplanto y cuidó con esmero. La regaba él mismo, la preservaba con una pantalla de hojas, del ardiente sol estival y de las intemperies invernales, y pasaba buena parte de su tiempo contemplándola con amor.

Una mañana, al bajar como solía al jardín para visitar la planta, encontró apoyada en el tronco a una muchacha de rara belleza. Pasada la sorpresa del primer instante el samurái no preguntó a la desconocida quién era ni cómo pudo entrar en su casa y le ofreció una taza de té.

La desconocida aceptó de buen agrado la invitación y se mostró tan agradable y tan alegre y simpática que, hechizado por su hermosura y su ingenio, Inabata acabó por pedirle si quería casarse con él. La mujer acepto con entusiasmo y las bodas fueron celebradas el mismo día. Los esposos vivieron felices durante algunos años y tuvieron un hermoso niño, al que le pusieron por nombre Yanagi.

Pero la felicidad de este mundo, tarde o temprano, tiene fin. Un mal día, el señor de Kioto mandó a unos hombres a la casa de Inabata con la orden de derribar el sauce. Había sucedido que, en el templo de Kioto, una pilastra se había quebrado y los sacerdotes dijeron que para repararla, era menester el sauce más hermoso de la ciudad. Y dado que el sauce de Inabata, al decir de todo el mundo, era el más bello ejemplar que podía imaginarse, había obtenido del soberano la orden de derribarlo. El samurái se inclinó respetuoso ante el mando de su señor, aunque sintiese su corazón oprimido por la angustia. Pero, cundo los hombres bajaron al jardín para iniciar su trabajo, la esposa se acercó al atribulado Inabata y le dijo:

-Debo hacerte una confesión. Tú has tenido la delicadeza de no preguntarme nunca quien soy . También yo hubiese preferido guardar el secreto pero a hora ya no es posible. Yo soy el espíritu del sauce. Cuando impediste a tu vecino que lo derribase, sentí una inmensa gratitud por ti. Cuando me acogiste en tu jardín y me atendiste con tanto cariño, mi reconocimiento se transformo en amor; he aquí que fui tu esposa. Mas ahora debo morir. Tú no puedes y no debes desobedecer a tu señor. Sufro mucho al tener que separarme de ti, pero te dejo la mejor parte de mí misma, nuestro hijito Yanagi, que estará siempre a tu lado, te amará y te honrará. Adiós.

Inabata, desesperado, quiso detenerla; tendió los brazos, mas sólo estrecho el aire. La mujer, convertida ya en un fantasma, se dirigió hacía el sauce y desapareció en su tronco.

Los hombres enviados por el señor de Kioto no se habían dado cuenta de nada y continuaban golpeado a hachazos la base del árbol para derribarlo. Finalmente, entre crujidos y gemidos, que parecían suspiros humanos, el sauce cayó al suelo. Ahora era necesario transportarlo hasta el templo. Pero el árbol tendido en tierra se resistía a todos los esfuerzos. Entonces los hombres pidieron ayuda; fueron al jardín de Inabata todos los ciudadanos jóvenes y robustos; una cuerda fue atada al tronco, y trescientos hombres empezaron a tirar de ella. En vano. El sauce permanecía quieto y no se movía ni un centímetro.

Inabata y Yanagi observaban asombrados aquel prodigio. En esto, el pequeñoYanagi, que entonces sólo tenía cuatro años, se acercó al sauce, le acarició suavemente las hojas de plata y luego cogiendo una rama, murmuro:

-Ven conmigo.

El árbol cedió, al dulce ruego, se agitó y púsose en movimiento; arrastrado por la mano del niño, dócilmente, la planta se dejó transportar hasta el templo.

Los tres árboles enanos

Nevaba a grandes copos desde hacía más de tres días; los campos estaban sepultados bajo un manto de blancura inmaculada. Por doquiera había desolación y tristeza. Parecía que de repente el mundo se había despoblado, que los hombres y los animales hubieses desaparecido, abandonando a su destino unas pocas plantas desnudas, esqueléticas, que alzaban sus descarnados brazos hacia el cielo, como en demanda de piedad.


También las viviendas de los hombres habían desaparecido, sepultadas bajo aquel lienzo blanco, inmenso, que se extendía monótono e inexorable sobre todas las cosas. Pero no, o por lo menos no todas, ya que en el centro de aquella llanura blanca y desolada, había una cabaña. El tejado estaba cargado de nieve, la chimenea estaba encapuchada de blanco y no despedía humo alguno. Todo era silencio en torno, un silencio mortal desconsolador.

¿Estaban tal ve muertos los habitantes de aquella solitaria cabaña? No. Tomanari y Maharita estaban vivos, bien vivos, pero acaso hubiese sido mejor que hubiesen muerto. En la cabaña reinaba una miseria absoluta; y ello se veía no sólo en los rostros descarnados de sus dos habitantes, no sólo en las andrajosas y descoloridas ropas que los cubrían sin lograr resguardarles del punzante frío, sino también en el hogar apagado, en la desnudez de las paredes, en la sordidez de la estancia, con la despensa absolutamente vacía, a lo sumo quedaría un pedazo de pan.

Sólo en un rincón se veían tres arbolillos enanos, plantas que en el Japón son apreciadísimas; uno era un thuya que tenía cien años, el segundo era un pino de ciento veinte años, el tercero un arce de doscientos años.

Tomanari y su mujer adoraban aquellas tres plantas, las cuidaban como si fuesen sus hijas, las acariciaban con ternura y se pasaban días enteros contemplándolas con la misma adoración con que un avaro contempla su tesoro. Si las hubiesen vendido, la miseria habría desaparecido de la cabaña, la despensa colmada de alimentos. Pero ellos preferían morir antes que separarse de las tres plantitas adoradas.

Al atardecer, alguien llamó a la puerta de la mísera morada. ¿Quién podía aventurarse por aquel lugar tan desolado y en tal hora? ¿Quién podía visitar a aquellos dos desgraciados, abandonados de todos? Maharita fue a abrir.

En el umbral apareció un mendigo, tembloroso de frío.

-Dispénsame –murmuró-, pero tengo tanto frío, tengo tanta hambre y estoy tan cansado…Concédeme hospitalidad por esta noche; si no, moriré en el camino…

Tomamari y Maharita se miraron ¿había, pues en el mundo un ser más pobre y desvalido que ellos? ¿Había, pues quien no tenía ni siquiera un techo en que cobijarse?

-Entra, entra-dijo Tomamari, con voz emocionada. Nosotros somos pobres, muy pobres; pero lo poco que tenemos es también tuyo.

Y ofreció al mendigo el último pedazo de pan duro que había quedado en la despensa y que habían guardado para la sopa del día siguiente. El desconocido lo devoro famélico; pero seguía temblando de frío. ¿Qué hacer? No quedaba ni un trozo de madera en la cabaña; lo habían quemado todo: las sillas, las mesas, las camas. Sin embargo, sí, algo quedaba todavía. Tomanari y Maharita se miraron con angustia. ¿Debían ahora sacrificarlos?

-Si-dijo Maharita, ahogando apenas un sollozo. No podemos soportar que este hombre muera de frío ante nuestros ojos.

Y valerosamente, mientras gruesas lágrimas regaban sus mejillas, la mujer tomó el thuya centenario y lo hecho a la hoguera. Las llamas se alzaron a legres bajo la campana de la chimenea que por tanto tiempo había estado fuera de servicio, esparciendo en torno un ligero calor. Pero muy pronto el fuego se apago, y Maharita tuvo que alimentarla con el pino. Al poco tiempo, el arce siguió la suerte de sus hermanos.

Pero he aquí que entre el crepitar y el culebrear de as lívidas lenguas de fuego, apareció la figura majestuosa y sublime de Buda, el dios de los japoneses, al tiempo que una voz parecía provenir a la vez del cielo y de la tierra, decía:

-Habéis dado todo cuanto teníais a un pobre y yo bendeciré vuestra casa. De ahora en adelante no os faltará nada.

La aparición se desvaneció. Ambos se volvieron hacia el peregrino, pero éste había desaparecido.

Tomanari y Maharita lanzaron un grito de asombro: las paredes de la casa ya no estaban desnudas, sino que aparecían cubiertas de espléndidos tapices; por el suelo extendíanse muelles alfombras; ricos muebles aparecían repartidos por la estancia, y la despensa abierta de par en par mostraba una espléndida variedad de manjares.

El fuego seguía chisporroteando en la chimenea, y, por último, cosa, más prodigiosa aún, en su rincón estaban sanos y verdes los tres arbolillos enanos que momentos antes habían sido pasto de las llamas.

Habían sufrido mucho de hambre y frío, pero, gracias a su bondad, ahora tenían su justa recompensa. Tomanari y Maharita se echaron uno en brazos del otro y estallaron en llanto. Pero esta vez eran lágrimas de alegría.

La princesa Kuannon.

Erase una vez, hace muchos años, en el Japón, una princesa bellísima, que se llamaba Kuannon. Sus trenzas eran larguísimas, de un negro hermoso y brillante, que parecían de seda, tenía ojos de almendra, profundos como los insondables abismos marinos, y una sonrisa dulcísima que iluminaba su admirable rostro.


Todo el mundo adoraba a Kuannon por su ilimitada bondad. La princesa entraba en todas las casas, en todos los palacios, en todas las cabañas del reino, para cuidar a los enfermos, socorrer a los pobres, consolar a los afligidos, devolver la esperanza a los desesperados, y con su sonrisa traía dondequiera que iba un rayo de alegría y de consuelo.

Pero Kuannon tenía una congoja que la atormentaba noche y día sin reposo: su pensamiento no podía apartarse de los condenados que sufrían terriblemente en los abismos infernales. Era verdad que, habiendo sido malvados y pecadores, la divinidad los había castigado justamente; pero la dulce doncella no podía pensar en ellos sin sentir el corazón oprimido, y se atormentaba porque no podía socorrer a los muertos como socorría a los vivos. Por eso rogaba a todas las divinidades japonesas para que le concedieran la gracia de poder descender al infierno.

Tanto suplico, con tanta fe y tanto fervor, que finalmente su oración fue escuchada. Un día se le apareció Jizo , el dios protector de los niños; tenía el aspecto de un pequeño sacerdote, con la cabeza completamente afeitada y una expresión de gran benevolencia en el rostro. En una mano llevaba un juguete, un caballito de madera y en la otra un bastón adornado con muchos anillos de metal. Kuannon lo reconoció enseguida. Cayó de hinojos reverente y dobló la cabeza sobre el pavimento.

-Los dioses han decidido satisfacer tu deseo, Kuannon-dijo el dios. Su voz era suave, pastosa; su acento era persuasivo.

-¿Te sientes capaz de descender al infierno?-añadió luego.

-Sí, sí…-murmuró Kuannon, temblando de alegría.

-Entonces, sígueme.

El dios echo a andar y la princesa le siguió valerosamente. Ambos llegaron al pie de una montaña rocosa y abrupta, cuya alta cima se perdía entre las nubes. En la pared de la montaña se abría una caverna, negra como la noche. Jizo entró en ella y Kuannon le siguió sin dudarlo.

Descendieron una escalera interminable que conducía a las entrañas de la tierra; y a medida que avanzaban, la oscuridad era más densa, casi palpable; el aire se hacía más pesado, tanto que la princesa respiraba fatigosamente. Con todo, ni por un instante pensó en retroceder.

Cuando estuvieron más próximos a la morada de los condenados, oyeron gritos desgarradores, terribles chillidos, atroces blasfemias, rugidos de monstruos; un humo denso y lívido invadía la caverna, cuyo ámbito era atravesado por pájaros horribles, con garras ganchudas y ojos fosforescentes, que se acercaban amenazadores al bello rostro de la muchacha. Pero bastaba un ademán de Jizo para ponerlos en precipitada fuga.

Finalmente se acabo la caverna subterránea, y el reino de los condenados apareció en todo el horror a los ojos asombrados de Kuannon. Por un instante sintió temblar su corazón, pero se sobrepuso y avanzó entre aquella turba de maldiciones sonriendo.

Entonces se produjo el milagro; ante aquella sonrisa, los condenados cesaron de sufrir, trataron de sonreír ellos también y una alegría misteriosa invadió sus pobres corazones. La luminosa aparición seguía avanzando, rodeada por una aureola de oro. Las llamas se doblaban reverentes a su paso. Horribles serpientes que se retorcían arrastrándose por el suelo, se transformaron en flores multicolores, formando una perfumada alfombra bajo sus pies. Sólo con su presencia Kuannon había convertido aquel lugar de tormento en un lugar de delicias, el infierno se había troncado en el paraíso.

sábado, 29 de diciembre de 2012

La Óctuple Serpiente de Koshi/ El dragón de 8 cabezas

La Óctuple Serpiente de Koshi atrozmente figura en los mitos cosmogónicos del Japón. Ocho cabezas y ocho colas tenía; sus ojos eran del color rojo oscuro de las cerezas; pinos y musgo le crecían en el lomo, y abetos en las frentes. Al reptar, abarcaba ocho valles y ocho colinas; su vientre siempre estaba manchado de sangre. Siete doncellas, que eran hijas de un rey, había devorado en siete años y se aprestaba a devorar la menor, que se llamaba Peine- Arrozal. La salvó un dios, llamado Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho. Este paladín construyó un gran cercado circular de madera, con ocho plataformas. En cada plataforma puso un tonel, lleno de cerveza de arroz. La Óctuple Serpiente acudió, metió una cabeza en cada tonel, bebió con avidez y no tardó en quedarse dormida. Entonces Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho le cortó las ocho cabezas. De las heridas brotó un río de sangre. En la cola de la Serpiente se
halló una espada, que aún se venera en el Gran Santuario de Atsuta. Estas cosas ocurrieron en la montaña que antes se llamó de la Serpiente y ahora de Ocho Nubes; el ocho, en el Japón, es cifra sagrada y significa "muchos". El papel-moneda del Japón aún conmemora la muerte de la Serpiente. Inútil agregar que el redentor se casó con la redimida, como Perseo con Andrómeda.
En su versión inglesa de las cosmogonías y teogonías del Japón (The Sacred Scriptures of the Japanese, Nueva York, 1952), Post Wheeler recuerda los mitos análogos de la Hidra, de Fafnir y de la diosa egipcia Hathor, a quien un dios embriagó con cerveza color de sangre, para librar de la aniquilación a los hombres

Tomado de :
Jorge Luis Borges
El libro de los seres imaginarios (1968)


Aquí una versión de esta leyenda que me encontre en un tomo de Fabulas, leyendas y cuentas de UTEHA (1983)

Suzano, el dios de las tempestades, expulsado del cielo, se refugió en la tierra y se puso a  viajar de un sitio a otro, observando las cosas y estudiando a los hombres.
Una tarde, hacia la puesta del sol, llegó cerca de una alquería  situada en pleno campo y , decidido a pedir hospitalidad por aquella noche, encaminó sus pasos con decisión hacia la puerta. Cuando estuvo a pocos pasos, unas voces lamentables, interrumpidas de vez en cuando por sollozos  y suspiros, hirieron sus oídos.
El dios  se detuvo perplejo en el umbral y echó una ojeada al interior de la casa. En el centro de la estancia, desnuda, y con el hogar sin fuego, se hallaban tres personas: un anciano, una anciana y una muchacha de rara belleza,  de larga cabellera fluente, negra como las alas del cuervo, y hermosos ojos brillantes como estrellas. Los tres se lamentaban, lloraban y golpeándose el pecho en señal de desesperación.
-¿Qué sucede?- preguntó Suzano. ¿Por qué tanto dolor?
El anciano alzó el rostro lleno de arrugas y húmedo de lagrimas hacia el desconocido y contestó  de esta manera:
-Soy Asizanuci, esta es mi mujer Tenazuci  y la muchacha que  aquí veis llorando es mi hija Kunisada, a quien dentro de poco el dragón de las ocho cabezas vendrá a buscar para llevársela a su guarida y devorarla .
-¿Quién es ese monstruo?- pregunto el dios.
-¡Oh ! es un monstruo enorme, que con  su mole ocupa ocho valles y ocho colinas; y tiene  ocho colas y ocho cabezas. Sus ojos  son de fuego, su vientre lanza chispas, su cuerpo está cubierto de un espeso bosque de cedros gigantes. Este monstruo se ha llevado todas mis riquezas; ha matado uno tras otro cuanto animal había en mi establo  y también los  ciervos que poblaban mi hacienda. Ahora que me ha despojado de todo,  viene a quitarme la única alegría de mi vida, esta hija adorada, en quien había  puesto todas mis esperanzas.
-Si Kusanida quiere ser mi mujer, la protegeré contra el monstruo- dijo Suzano, conmovido por aquel relato.
Y para revelar su identidad, abrió la capa de peregrino que lo cubría. De momento apareció a los ojos de los presentes en toda su prestancia y majestad divinas. Kusanida se le acercó confiada, ofreciéndole su blanca manita, que Suzano estrechó  entre las suyas con ternura.
Pero en aquel preciso momento la tierra tembló espantosamente y un aullido terrible resonó en la noche; el dragón se acercaba. Se divisaban ya las dieciséis  llamas de sus ojos, que desgarraban las tinieblas con lívidos resplandores, en tanto que su cuerpo inmenso, semejante a una montaña, se iba aproximando, arrollándolo todo a su paso.
Suzano desenvainó su refulgente espada y ordenó  a los dos ancianos, que en un rincón de la estancia rezaban temblorosos, que preparaban frente  a la alquería ocho odres llenos de vino.
El dragón avanzaba veloz, como el pensamiento, a pesar de su mole.  Pero al llegar cerca de la casa se detuvo: había sentido los efluvios del vino, del que  era sobremanera glotón. Sin vacilar, metió las ocho cabezas en los ocho odres y se puso a beber con avidez. Y bebió y bebió , hasta que borracho, perdido, cayó a tierra profundamente dormido.
Entonces Suzano se le acercó  y hundió muchas veces la hoja de su espada en el cuerpo inmóvil. Chorros de sangre negrusca manaron de la herida como cascadas y fueron a regar la tierra del contorno, formando un agitado río de olas sangrientas.
El monstruo estaba ya muerto; pero, para mayor seguridad, Susanoo hundió una vez más  su arma en medio del cuerpo inmenso . Un rumor metálico, y la espada divina voló hecha pedazos. ¿Con qué obstáculo se había topado ? El dios quiso averiguarlo; descuartizó el cuerpo del monstruo e imaginen su asombro al descubrir en sus entrañas una larga espada diamantina.
-Esta espada- se dijo, mientras la sacaba de su original vaina- la regalare a mi hermana Amaterasu para obtener su perdón.
Luego, tomo de la mano a la hermosa Kunisada  y la condujo a su maravilloso palacio, ceñido de ocho nubes plateadas, donde vivió para siempre feliz y contento.

Los Trolls

En Inglaterra, las Valquirias quedaron relegadas a las aldeas y degeneraron en brujas; en las naciones escandinavas los gigantes de la antigua mitología, que habitaban en Jotunheim y guerreaban con el dios Thor, han decaído en rústicos Trolls. En la cosmogonía que da principio  a la Edda Mayor, se lee que, el día del Crepúsculo de los Dioses, los gigantes escalarán y romperán Bifrost, el arco iris, y destruirán el mundo, secundados por un lobo y una serpiente; los Trolls de la superstición popular son Elfos malignos y estúpidos, que moran en las cuevas de las montañas o en deleznables chozas. Los más distinguidos están dotados de dos o tres cabezas.
El poema dramático Peer Gynt (1867) de Henrik Ibsen les asegura su fama. Ibsen imagina que son, ante todo, nacionalistas; piensan, o tratan de pensar que el brebaje atroz que fabrican es delicioso y que sus cuevas son alcázares. Para que Peer Gynt no perciba la sordidez de su ámbito, le proponen arrancarle los ojos.

Tomado de :
Jorge Luis Borges
El libro de los seres imaginarios (1968)