En el bosque se extendía leguas y leguas a través de la provincia de Settsee, resonaban los cuernos de caza, los ladridos de los perros, la gritería de los cazadores y el relinchar de los caballos. El poderoso Miyako estaba cazando. Durante tres días y tres noches sin descanso, la gran cacería agitó aquellos parajes, matando o capturando a todos los animales grandes y pequeños que vivían en aquel bosque secular.
Yasuma, el joven leñador que habitaba en una cabaña en el centro de un claro, oía aquel ruido y sufría. Amaba a los animales del bosque, pues todos eran amigos suyos, y odiaba a aquellos hombres malos y crueles que, por puro pasatiempo, los exterminaban sin piedad. Al anochecer del tercer día, abriose la puerta de su cabaña, y en el umbral apareció temblorosa de espanto una hermosa zorra blanca.
-Escóndeme, te lo ruego- dijo con voz insegura el bello animal, juntando las manos en acción de implorar.
Yasuma la escondió con cuidado: la cacería pasó de largo entre relinchos de caballo y ladrar de perros y hasta que el último eco de aquel estruendo se perdió a lo lejos, la zorra no abandonó s escondite. Y¡ Oh maravilla!, se transformó en una bellísima muchacha de ojos negros y aterciopelados, cabellos sedosos y traje blanco y flotante.
-Soy la princesa Crisantemo- explicó al asombrado leñador-; mi madrina, que era una maga, me transmitió el don de poderme mudar en un animal cualquiera, cuando así lo deseo. Ayer se me ocurrió la idea de transformarme en zorra y participar en la cacería, no como cazadora, que es lo que suelo hacer, sino como animal salvaje ¡Que cosa más horrible! ¡Cuánto he sufrido! Me he jurado a mí misma no cazar más y prohibir a mis vasallos que los hagan, ya que no quiero que las pobres bestezuelas sufran lo que yo he sufrido. De no haber sido por tu bondad, a estas horas estaría despedazada por los perros. Ven a mi castillo; te ofrezco mi mano y mis riquezas, para que compartamos todo.
Así pues el joven leñador fue príncipe, más no se ensoberbeció en modo alguno por ello; siguió siendo modesto y sencillo como cuando habitaba aquella mísera cabaña del bosque y, como entonces, estuvo siempre pronto a socorrer a los pobres seres sin defensa contra la prepotencia de los más fuertes.
martes, 17 de marzo de 2009
El dragón negro
El mikado había enfermado gravemente de una misteriosa dolencia, que ningún medico lograba curar. Los gentilhombres, que velaban a su señor noche y día, notaron que, al filo de la medianoche, el enfermo empezaba a lamentarse, como si sufriese atrozmente, y continuaba así hasta las primeras luces del alba. Cierta noche, además un jardinero que se había quedado en el parque de palacio más de lo que solía, al dar las doce vio elevarse del bosque vecino una inmensa nube negra que, planeando lentamente a través del aire terso de la noche, fue a posarse sobre el tejado del pabellón central del alcázar, donde dormía el Mikado. Corrió al momento a contar lo sucedido, y toda la gente se conmovió; seguramente se trataba de un monstruo que con su maléfico influjo, traía la muerte al poderoso soberano. Todo el mundo estuvo de acuerdo en decir que era necesario matar al extraño ser. Mas ¿Quién lograría hacerlo? Era aquello una empresa sobremanera ardua.
Finalmente, tras prolongada discusión , la elección recayó en el valeroso Yorimasa, de la familia de los minamoto, el más hábil guerrero no sólo del Japón sino del mundo entero.
Yorimasa se puso su reluciente armadura y cogió su arco infalible; luego bajó resueltamente al jardín del palacio, donde permaneció en espera del monstruo.
La noche poco a poco, envolvió el mundo con su manto tachonado de estrellas,; una luna argéntea elevose por el cielo, enviando sus rayos a la tierra. Y he aquí que el primer toque de la medianoche resonó lúgubre en lontananza. Entonces, la nube negra y amenazadora apareció como una mancha de tinta sobre el terso firmamento y fue a posarse sobre el tejado del lacio. Yorimasa lo miró fijamente y vio que tenía la forma de un dragón enorme con cabeza de mino, el cuerpo de tigre y la cola de serpiente. Tendió el arco, apuntó con calma, firme el brazo y seguro el ojo, y disparó la aguzada flecha. La tierra tembló y con un horrible aullido el cuerpo inmenso del monstruo se desplomó sin vida.
Destruido aquél, el Mikado se restableció completamente y recompensó al héroe que lo había librado del maleficio.
Finalmente, tras prolongada discusión , la elección recayó en el valeroso Yorimasa, de la familia de los minamoto, el más hábil guerrero no sólo del Japón sino del mundo entero.
Yorimasa se puso su reluciente armadura y cogió su arco infalible; luego bajó resueltamente al jardín del palacio, donde permaneció en espera del monstruo.
La noche poco a poco, envolvió el mundo con su manto tachonado de estrellas,; una luna argéntea elevose por el cielo, enviando sus rayos a la tierra. Y he aquí que el primer toque de la medianoche resonó lúgubre en lontananza. Entonces, la nube negra y amenazadora apareció como una mancha de tinta sobre el terso firmamento y fue a posarse sobre el tejado del lacio. Yorimasa lo miró fijamente y vio que tenía la forma de un dragón enorme con cabeza de mino, el cuerpo de tigre y la cola de serpiente. Tendió el arco, apuntó con calma, firme el brazo y seguro el ojo, y disparó la aguzada flecha. La tierra tembló y con un horrible aullido el cuerpo inmenso del monstruo se desplomó sin vida.
Destruido aquél, el Mikado se restableció completamente y recompensó al héroe que lo había librado del maleficio.
lunes, 16 de marzo de 2009
Los bandoleros de la montaña
En los abruptos flancos del monte Oyé, cuya cumbre tempestuosa se escondía entre las nubes, abríase una caverna inmensa, hecha d grandes peñascos, cascadas tumultuosas, abismos sin fondo y horribles ecos, donde habitaba una cuadrilla de bandoleros de ojos feroces, negras barbazas y brazos fuertes nudosos.
Todas las noches descendían en tropel, aullando como demonios, a la ciudad de Kyoto y allí saqueaban y cometían asesinatos; luego regresaban al despuntar el alba, con el botín , a su guarida, donde nadie habría logrado penetrar jamás. Muchos guerreros, entre los más valerosos habían partido hacia la montaña maldita con el propósito de exterminar a los bandidos en su propia cueva, pero ninguno de ellos había vuelto. Entre tanto, Kyoto, un tiempo ciudad risueña y pacífica, vivía en el terror.
Por último, el Mikado, deseando poner fin a semejante estado de cosas, mandó llamar al más célebre guerrero del Japón, el terrible Raiko, y le ordenó que, jugándose el todo por el todo, liberara a la ciudad de aquella pesadilla.
Raiko, que además de esforzado guerrero era hombre astuto y sagaz, rehusó el ofrecimiento que le hiciera el Mikado de poner a su disposición un ejército entero de soldados para exterminar a los bandidos. Como compañeros de la ardua empresa sólo quiso cinco samuráis amigos suyos, a los que disfrazó de peregrinos; luego, se cubrió él también con un tosco sayal, se puso a la cabeza del grupo y partió.
Los seis falsos romeros llegaron al pie del monte Oyé, emprendieron la ascensión; pero la aventura se presentaba más difícil de lo que se había pensado . Allí no hallaron señal del sendero, ni árboles ni maleza, sólo rocas abruptas que se alzaban como agujas hacia el cielo, paredes escarpadas, despeñaderos por los que se precipitaban ruidosamente siniestras cascadas espumeantes. Negros nubarrones planeaban en el cielo como aves de mal agüero, interceptando los rayos del sol y descendiendo de cuando en cuando hasta envolver a veces a los viandantes. En medio de aquella niebla oscura y flotante, los guerreros para no extraviarse, se llamaban unos a otros angustiosamente y sus voces, repetidas por los ecos, parecían lamentos de moribundos.
Por fin, al cabo de horas y horas de camino, arriesgando la vida a cada minuto , evitando a duras penas los precipicios que se abrían ávidos bajo sus pies, los falsos peregrinos llegaron ante la poco hospitalaria morada. Raiko llamó a la puerta de hierro que daba acceso a la gruta y pidió refugio para aquella noche. Les hicieron entrar. Los bandidos estaban a la mesa ante un buey entero asado; las inmensas bóvedas de la caverna devolvían los ecos de sus risotadas satánicas y de sus aullidos de fiera.
-Gracias por la hospitalidad, buenos señores- dijo Raiko, avanzando hacia el que parecía el jefe de a banda. Nosotros, los peregrinos, somos pobres y lo único que os podemos ofrecer es este odre de saké.
Y diciendo esto, puso en medio de la mesa un odre lleno de oloroso licor. Los bandidos se abalanzaron ávidamente sobre el recipiente, del que sacaron licor para todos con cucharones de oro macizo. Pero Raiko había mezclado en la bebida un poderoso veneno, de modo que, al cabo de pocos minutos, todos aquellos hombretones yacían inmóviles sobre el pavimento, inmersos en el sueño de la muerte.
Entonces los ecos repitieron los gritos de alegría de los samuráis que , sacando las relucientes espadas que llevaban ocultas debajo de los sayales, contaron la cabezas de los bandidos y con aquellos sangrientos trofeos regresaron a la ciudad, siendo acogidos en triunfo.
Todas las noches descendían en tropel, aullando como demonios, a la ciudad de Kyoto y allí saqueaban y cometían asesinatos; luego regresaban al despuntar el alba, con el botín , a su guarida, donde nadie habría logrado penetrar jamás. Muchos guerreros, entre los más valerosos habían partido hacia la montaña maldita con el propósito de exterminar a los bandidos en su propia cueva, pero ninguno de ellos había vuelto. Entre tanto, Kyoto, un tiempo ciudad risueña y pacífica, vivía en el terror.
Por último, el Mikado, deseando poner fin a semejante estado de cosas, mandó llamar al más célebre guerrero del Japón, el terrible Raiko, y le ordenó que, jugándose el todo por el todo, liberara a la ciudad de aquella pesadilla.
Raiko, que además de esforzado guerrero era hombre astuto y sagaz, rehusó el ofrecimiento que le hiciera el Mikado de poner a su disposición un ejército entero de soldados para exterminar a los bandidos. Como compañeros de la ardua empresa sólo quiso cinco samuráis amigos suyos, a los que disfrazó de peregrinos; luego, se cubrió él también con un tosco sayal, se puso a la cabeza del grupo y partió.
Los seis falsos romeros llegaron al pie del monte Oyé, emprendieron la ascensión; pero la aventura se presentaba más difícil de lo que se había pensado . Allí no hallaron señal del sendero, ni árboles ni maleza, sólo rocas abruptas que se alzaban como agujas hacia el cielo, paredes escarpadas, despeñaderos por los que se precipitaban ruidosamente siniestras cascadas espumeantes. Negros nubarrones planeaban en el cielo como aves de mal agüero, interceptando los rayos del sol y descendiendo de cuando en cuando hasta envolver a veces a los viandantes. En medio de aquella niebla oscura y flotante, los guerreros para no extraviarse, se llamaban unos a otros angustiosamente y sus voces, repetidas por los ecos, parecían lamentos de moribundos.
Por fin, al cabo de horas y horas de camino, arriesgando la vida a cada minuto , evitando a duras penas los precipicios que se abrían ávidos bajo sus pies, los falsos peregrinos llegaron ante la poco hospitalaria morada. Raiko llamó a la puerta de hierro que daba acceso a la gruta y pidió refugio para aquella noche. Les hicieron entrar. Los bandidos estaban a la mesa ante un buey entero asado; las inmensas bóvedas de la caverna devolvían los ecos de sus risotadas satánicas y de sus aullidos de fiera.
-Gracias por la hospitalidad, buenos señores- dijo Raiko, avanzando hacia el que parecía el jefe de a banda. Nosotros, los peregrinos, somos pobres y lo único que os podemos ofrecer es este odre de saké.
Y diciendo esto, puso en medio de la mesa un odre lleno de oloroso licor. Los bandidos se abalanzaron ávidamente sobre el recipiente, del que sacaron licor para todos con cucharones de oro macizo. Pero Raiko había mezclado en la bebida un poderoso veneno, de modo que, al cabo de pocos minutos, todos aquellos hombretones yacían inmóviles sobre el pavimento, inmersos en el sueño de la muerte.
Entonces los ecos repitieron los gritos de alegría de los samuráis que , sacando las relucientes espadas que llevaban ocultas debajo de los sayales, contaron la cabezas de los bandidos y con aquellos sangrientos trofeos regresaron a la ciudad, siendo acogidos en triunfo.
El crisantemo blanco y el crisantemo amarillo
Hace muchos, muchísimos años, crecían en un prado, uno al lado de otro, dos crisantemos: uno era blanco y el otro amarillo. Ambos se querían bien y habían jurado no separarse jamás por razón alguna.
Un día un viejo jardinero reparó en ellos y quedose admirado ante la flor amarilla.
-Jamás he visto flor tan hermosa como tú- le dijo- y si tú quieres te llevaré a mi jardín, donde te cuidaré con amor y haré que te vuelvas más hermosa aún.
Al oír tales palabras , el crisantemo se llenó de orgullo y, olvidando el afecto que había jurado al hermano blanco, se avino a seguir al anciano.
Cuando el crisantemo amarillo y el jardinero se hubieran marchado, el pobre crisantemo blanco, al verse solo, echose a llorar.
-Ha bastado un cumplido para borrarme del corazón de mi ingrato hermano-murmuraba, mientras un copioso llanto resbalaba por sus cándidos pétalos. Bien se ve que soy feo y repelente , ya que el jardinero que admiraba a mi hermano no se ha dignado ni siquiera a mirarme. A estos pensamientos los sollozos redoblaban y las lágrimas regaban la tierra, formando un extenso charco.
Transcurrían los días y el crisantemo amarillo se hacía cada vez más bello en el jardín del hombre; nadie hubiese reconocido en aquella flor refinada y aristocrática a una sencilla florcita campestre. Su tallo era ahora más alto y robusto, sus aterciopelados pétalos habían cobrado una morbidez y una suavidad que le daban un aspecto irreal. Y el crisantemo, consciente de su belleza, erguíase arrogante y engreído, mirando con desprecio a sus semejantes y creyéndose la joya de la creación. Cuando recordaba su vida en el prado y a su mísero compañero de juventud, no podía dejar de sentir un escalofrío de horror y a la vez disgusto.
Un día visitó el jardín un noble señor que pertenecía a la corte.
-Debo regalar un crisantemo al emperador- dijo al jardinero; ¿tenéis alguno lo bastante hermoso para ser digno de él?
Con gran satisfacción el jardinero le mostró el crisantemo amarillo del que tan orgulloso estaba; pero el noble caballero frunció el ceño y dijo, con cierto desdén:
-No, no me gusta; lo preferiría blanco.
Un murmullo de asombro recorrió las flores del jardín al oír aquellas palabras; el crisantemo humillado y confuso, inclinó la cabeza con un suspiro.
El noble visitó a todos los jardineros de la ciudad, pero no lograba hallar la flor que deseaba. Las vio de todas las especies y de todos los colores, pero ninguna, en su opinión, era digna del emperador.
Sucedió que un día, hallándose en el campo, descubrió en el prado al crisantemo blanco, el cual, a fuerza de llorar, había lavado tan bien sus pétalos con lágrimas, que su blancura era deslumbrante. El noble se detuvo ante la flor y, contemplándola admirado, exclamó:
-¡He aquí la flor que me conviene!-
La tomo y la mando al emperador. Este se entusiasmo con el obsequio; regaló a su vez, al donador un feudo como premio; luego transplantó el crisantemo en su jardín. Quiso cuidarle él mismo, y se pasaba la mayor parte del día ante la flor en muda admiración. Todos los cortesanos tenían palabras de elogio para el crisantemo amado de su señor; todas las damas alababan su perfume; los poetas le cantaban, los pintores la retrataban. Y la pobre florecilla del campo se encontró de improviso en el centro de la admiración de todo el imperio.
¿Y la flor amarilla? Desde El día en que el noble habíala despreciado, había enfermado gravemente; sus pétalos perdieron el color, se desdoblaron, y una mañana, el viejo jardinero la halló marchita en el suelo.
Un día un viejo jardinero reparó en ellos y quedose admirado ante la flor amarilla.
-Jamás he visto flor tan hermosa como tú- le dijo- y si tú quieres te llevaré a mi jardín, donde te cuidaré con amor y haré que te vuelvas más hermosa aún.
Al oír tales palabras , el crisantemo se llenó de orgullo y, olvidando el afecto que había jurado al hermano blanco, se avino a seguir al anciano.
Cuando el crisantemo amarillo y el jardinero se hubieran marchado, el pobre crisantemo blanco, al verse solo, echose a llorar.
-Ha bastado un cumplido para borrarme del corazón de mi ingrato hermano-murmuraba, mientras un copioso llanto resbalaba por sus cándidos pétalos. Bien se ve que soy feo y repelente , ya que el jardinero que admiraba a mi hermano no se ha dignado ni siquiera a mirarme. A estos pensamientos los sollozos redoblaban y las lágrimas regaban la tierra, formando un extenso charco.
Transcurrían los días y el crisantemo amarillo se hacía cada vez más bello en el jardín del hombre; nadie hubiese reconocido en aquella flor refinada y aristocrática a una sencilla florcita campestre. Su tallo era ahora más alto y robusto, sus aterciopelados pétalos habían cobrado una morbidez y una suavidad que le daban un aspecto irreal. Y el crisantemo, consciente de su belleza, erguíase arrogante y engreído, mirando con desprecio a sus semejantes y creyéndose la joya de la creación. Cuando recordaba su vida en el prado y a su mísero compañero de juventud, no podía dejar de sentir un escalofrío de horror y a la vez disgusto.
Un día visitó el jardín un noble señor que pertenecía a la corte.
-Debo regalar un crisantemo al emperador- dijo al jardinero; ¿tenéis alguno lo bastante hermoso para ser digno de él?
Con gran satisfacción el jardinero le mostró el crisantemo amarillo del que tan orgulloso estaba; pero el noble caballero frunció el ceño y dijo, con cierto desdén:
-No, no me gusta; lo preferiría blanco.
Un murmullo de asombro recorrió las flores del jardín al oír aquellas palabras; el crisantemo humillado y confuso, inclinó la cabeza con un suspiro.
El noble visitó a todos los jardineros de la ciudad, pero no lograba hallar la flor que deseaba. Las vio de todas las especies y de todos los colores, pero ninguna, en su opinión, era digna del emperador.
Sucedió que un día, hallándose en el campo, descubrió en el prado al crisantemo blanco, el cual, a fuerza de llorar, había lavado tan bien sus pétalos con lágrimas, que su blancura era deslumbrante. El noble se detuvo ante la flor y, contemplándola admirado, exclamó:
-¡He aquí la flor que me conviene!-
La tomo y la mando al emperador. Este se entusiasmo con el obsequio; regaló a su vez, al donador un feudo como premio; luego transplantó el crisantemo en su jardín. Quiso cuidarle él mismo, y se pasaba la mayor parte del día ante la flor en muda admiración. Todos los cortesanos tenían palabras de elogio para el crisantemo amado de su señor; todas las damas alababan su perfume; los poetas le cantaban, los pintores la retrataban. Y la pobre florecilla del campo se encontró de improviso en el centro de la admiración de todo el imperio.
¿Y la flor amarilla? Desde El día en que el noble habíala despreciado, había enfermado gravemente; sus pétalos perdieron el color, se desdoblaron, y una mañana, el viejo jardinero la halló marchita en el suelo.
domingo, 15 de marzo de 2009
La gran cólera de la diosa del Sol
Había gran tumulto en la feliz mansión de los dioses: Suzano, el terrible dios de la tempestad se portaba mal de veras. Exuberante, tosco, torpe, grosero, cual aldeano que por vez primera baja a la ciudad, sentíase extraño entre aquellos áureos edificios, entre aquellos jardines de ensueño, entre aquellas delicadas nebulosas y aquellos evanescentes cometas. Lo derribaba todo a su paso, hollaba los delicados arriates, arrancaba los árboles perfumados, hacía desbordar los plateados ríos, desbarataba las estrellas y arruinaba los palacios divinos.
Todos los dioses estaban cansados de él, pero la más indignada era Amaterasu, la bellísima diosa del sol, que muy a menudo se peleaba con el terrible hermano.
Un día, tras una disputa más violenta que las de costumbre, roja de cólera, cerró los puños, y echando chispas por sus luminosos ojos, con voz enronquecida por la indignación, anunció su firme decisión d vivir oculta para siempre.
Dicho y hecho. Se retiró a su celeste morada de peñas, cerró herméticamente la puerta y desapareció de la vista de todo el mundo. Entonces el universo estuvo de luto. En el cielo y en la tierra ya no había luz ni calor, y se extendía por doquier, con su tupida cortina de tinieblas, una profunda noche eterna.
Los dioses, desesperados decidieron reunirse en la Vía Blanca como la leche, para celebrar consejo. Uno tras otro, a la jora fijada, andando a tientas a través de las tinieblas, llegaron al lugar de la cita. Cuando la asamblea estuvo completa. Ocho millones de dioses se hallaban en el camino celeste; y en aquélla oscuridad, densa como la del infierno, oíase un zumbido semejante al de un enjambre de moscas en pleno verano.
-¿Qué debemos hacer para obligar a la diosa del Sol a reaparecer?- preguntó entonces el rey de los Dioses.
A continuación tomó la palabra Taka-mi-misubi, el dios de la inteligencia y de la astucia.
-Quizá- dijo- la diosa aparecerá si oye cantar los gallos.
La propuesta del astuto dios fue acogida con vivos aplausos. Inmediatamente fueron izados largos caballetes sobre los cuales se colocaron mil caballos de plumaje abigarrado y voz tonante. A una señal, las aves se echaron a cantar a grito pelado, mientras a su alrededor los dioses aguantaban la respiración en espera de la reaparición de Amaterasu.
Pero las tinieblas no fueron surcadas por ningún rayo luminoso y la puerta de la caverna se mantuvo herméticamente cerrada.
Taka-mi-misubi habló entonces de nuevo:
Amaterasu, antes que diosa, es mujer- dijo- y, como todas las mujeres, es ambiciosa, curiosa y celosa. Explotemos estas características femeninas en nuestro beneficio.
En seguida el dios fabricante preparó un estupendo espejo e hizo magnificas alhajas. Los otros dioses trajeron también espléndidos dones: brocados, telas hechas con alas de mariposa, sombrillas vaporosas de abigarrados papeles, chales multicolores cintas leves y suaves, velos, blondas, etc. Todo lo cual fue puesto convenientemente frente a la gruta de la diosa. Al lado de estos espléndidos obsequios, fue colocada una tarima, sobre la cual púsose a danzar con alígera gracia la diosa Uzume. Las otras divinidades admiraban sus graciosos movimientos y aplaudían con entusiasmo sus piruetas.
Amaterasu, desde el fondo de su morada oyó aquellos ruidos y aplausos y muy pronto se sintió picada por la curiosidad.
-¿Qué será lo que tanto les divierte?- se preguntaba , ansiosa. ¡Parece que mi ausencia no los entristece!
Llevada por la curiosidad, entreabrió la puerta para echar una rápida ojeada a los de afuera; los demás dioses se dieron cuenta de ello y la diosa Uzume le dijo:
- Ven, Amaterasu, ven a participar de nuestra alegría. Acaba de llegar entre nosotros una nueva diosa, más bella y resplandeciente que tú.
A tales palabras, la curiosidad de la divina prisionera mudose rápidamente en terribles celos. ¿Una nueva diosa? ¿Y más hermosa y resplandeciente que ella? Abrió un poco más la puerta para ver a aquella terrible rival , y haciendo esto descubrió, reflejada en el espejo, su propia imagen. Un grito de sorpresa, seguido al instante por un suspiro de alivio: Amaterasu se había reconocido en el espejo.
Avanzó hacia el cristal, vistiose las estupendas telas, se adornó con las alhajas centellantes y sonrió. Su sonrisa, más hermosa y resplandeciente que antes, iluminó el mundo.
Entonces todos los dioses la rodearon, obsequiosos y reverentes. Luego todos juntos se encaminaron hacia la morada de Suzano como una avalancha, agarraron al terrible dios, le cortaron, la barba, le arrancaron las ganchudas uñas, que parecían garras y lo expulsaron, como merecía del cielo.
Desde entonces, radiante y benéfica, la luz del Sol resplandece sobre el universo sin oscurecer jamás.
Todos los dioses estaban cansados de él, pero la más indignada era Amaterasu, la bellísima diosa del sol, que muy a menudo se peleaba con el terrible hermano.
Un día, tras una disputa más violenta que las de costumbre, roja de cólera, cerró los puños, y echando chispas por sus luminosos ojos, con voz enronquecida por la indignación, anunció su firme decisión d vivir oculta para siempre.
Dicho y hecho. Se retiró a su celeste morada de peñas, cerró herméticamente la puerta y desapareció de la vista de todo el mundo. Entonces el universo estuvo de luto. En el cielo y en la tierra ya no había luz ni calor, y se extendía por doquier, con su tupida cortina de tinieblas, una profunda noche eterna.
Los dioses, desesperados decidieron reunirse en la Vía Blanca como la leche, para celebrar consejo. Uno tras otro, a la jora fijada, andando a tientas a través de las tinieblas, llegaron al lugar de la cita. Cuando la asamblea estuvo completa. Ocho millones de dioses se hallaban en el camino celeste; y en aquélla oscuridad, densa como la del infierno, oíase un zumbido semejante al de un enjambre de moscas en pleno verano.
-¿Qué debemos hacer para obligar a la diosa del Sol a reaparecer?- preguntó entonces el rey de los Dioses.
A continuación tomó la palabra Taka-mi-misubi, el dios de la inteligencia y de la astucia.
-Quizá- dijo- la diosa aparecerá si oye cantar los gallos.
La propuesta del astuto dios fue acogida con vivos aplausos. Inmediatamente fueron izados largos caballetes sobre los cuales se colocaron mil caballos de plumaje abigarrado y voz tonante. A una señal, las aves se echaron a cantar a grito pelado, mientras a su alrededor los dioses aguantaban la respiración en espera de la reaparición de Amaterasu.
Pero las tinieblas no fueron surcadas por ningún rayo luminoso y la puerta de la caverna se mantuvo herméticamente cerrada.
Taka-mi-misubi habló entonces de nuevo:
Amaterasu, antes que diosa, es mujer- dijo- y, como todas las mujeres, es ambiciosa, curiosa y celosa. Explotemos estas características femeninas en nuestro beneficio.
En seguida el dios fabricante preparó un estupendo espejo e hizo magnificas alhajas. Los otros dioses trajeron también espléndidos dones: brocados, telas hechas con alas de mariposa, sombrillas vaporosas de abigarrados papeles, chales multicolores cintas leves y suaves, velos, blondas, etc. Todo lo cual fue puesto convenientemente frente a la gruta de la diosa. Al lado de estos espléndidos obsequios, fue colocada una tarima, sobre la cual púsose a danzar con alígera gracia la diosa Uzume. Las otras divinidades admiraban sus graciosos movimientos y aplaudían con entusiasmo sus piruetas.
Amaterasu, desde el fondo de su morada oyó aquellos ruidos y aplausos y muy pronto se sintió picada por la curiosidad.
-¿Qué será lo que tanto les divierte?- se preguntaba , ansiosa. ¡Parece que mi ausencia no los entristece!
Llevada por la curiosidad, entreabrió la puerta para echar una rápida ojeada a los de afuera; los demás dioses se dieron cuenta de ello y la diosa Uzume le dijo:
- Ven, Amaterasu, ven a participar de nuestra alegría. Acaba de llegar entre nosotros una nueva diosa, más bella y resplandeciente que tú.
A tales palabras, la curiosidad de la divina prisionera mudose rápidamente en terribles celos. ¿Una nueva diosa? ¿Y más hermosa y resplandeciente que ella? Abrió un poco más la puerta para ver a aquella terrible rival , y haciendo esto descubrió, reflejada en el espejo, su propia imagen. Un grito de sorpresa, seguido al instante por un suspiro de alivio: Amaterasu se había reconocido en el espejo.
Avanzó hacia el cristal, vistiose las estupendas telas, se adornó con las alhajas centellantes y sonrió. Su sonrisa, más hermosa y resplandeciente que antes, iluminó el mundo.
Entonces todos los dioses la rodearon, obsequiosos y reverentes. Luego todos juntos se encaminaron hacia la morada de Suzano como una avalancha, agarraron al terrible dios, le cortaron, la barba, le arrancaron las ganchudas uñas, que parecían garras y lo expulsaron, como merecía del cielo.
Desde entonces, radiante y benéfica, la luz del Sol resplandece sobre el universo sin oscurecer jamás.
sábado, 14 de marzo de 2009
El mundo de los muertos
Izanagui e Izanami vivían felices en su pequeña isla. Pero un aciago día, la hermosa Izanami fue asaltada por una fiebre violenta y perniciosas y murió, ya que los dioses japoneses también podían morir.
La desesperación de Izanagui fue inmensa; el mundo, que hasta entonces le había parecido un jardín encantado, le pareció de pronto un lugar triste y tenebroso; las horas y las jornadas, que antes volaban alegremente, transcurrían ahora monótonas y sombrías. Para él las cosas habían perdido todo atractivo desde el momento en que desapareció de su vida la esposa adorada. De su pecho se escapaban frecuentes suspiros, de sus ojos divinos manaban copiosas lágrimas.
Al cabo de algunos días de profunda angustia, de insoportable dolor, tomó una decisión desesperada: descender al tenebroso reino de los infiernos, donde van todos los muertos, con la esperanza de volver a ver a Izanami y llevarla de nuevo a la luz del sol.
En la provincia de Izumo, había un valle solitario, rodeado de pinos negros y siniestros y recubiertos de rocas oscuras y salvajes, en cuyo centro se abría una misteriosa caverna. Aquélla era la entrad del infierno, y allí llegó un día el joven dios; más cuando iba a trasponer el tenebroso umbral, sintió miedo al instante. Alzó los ojos a¿ hacia el azul firmamento, desde donde sus divinos hermanos estaban contemplándole, atónitos ante su audacia; luego, alentado por las benévolas miradas de los dioses, penetró osadamente en la caverna.
Todo eran tinieblas allá bajo; todo silencio; pero el dios avanzaba intrépido con paso seguro. Así llegó guiado por la voz del corazón, hasta el palacio de la hermosa Izanami. Se paró junto a la puerta, sobremanera turbado. Y oyó entonces una voz dulcísima, la voz de la mujer amada que resonaba a través de la densa atmósfera infernal, llegando hasta él.
- ¡ Querido esposo! ¡Cuán contenta estoy de volverte a ver!
- Dulcísima Izanami, te lo ruego, muéstrate a mí y sígueme hacia el mundo que nosotros creamos. Allí germinan las flores, más coloreadas y olorosas que nuca, allí cantan los pájaros sus dulcísimos melodías, allí todo es alegría contigo, pero sin ti todo es dolor.
- Izanagui adorado- respondió ella con trémula voz. ¡ Con qué ansia deseo seguirte! Mas no puedo hacerlo sin el permiso de los dioses de las tinieblas.
- Corre, Izanami, corre a pedirles ese permiso; estoy seguro de que ninguno de ellos podrá negar nada a tu belleza.
- Lo intentare, esposo mío adorado. Mas tú espérame aquí con paciencia; prométeme formalmente que no harás nada por verme, antes de que sepas que he obtenido su consentimiento.}
- Lo prometo, querida, lo prometo.
Junto a la puerta del palacio, Izanagui aguardó lleno de esperanza, esperó largamente. El tiempo pasaba con lentitud desesperante. ¿ Permaneció allí minutos, horas, días meses? No hubiese podido decirlo. Acaso se trataba de minutos que parecían horas, o de horas que le parecían días.
Y entre tanto, los dulcísimos recuerdos del pasado se agolpaban en su mente. ¡ Oh cuán hermosa era su esposa n el momento, en que, radiante de amor y de felicidad, cruzaba el puente multicolor que atravesaba el espacio infinito! Volvió a ver la burbuja de espuma cómo se transformaba en tierra, revivía con el pensamiento las horas felices transcurridas en la isla venturosa. ¡ Oh, si pudiera volver a la amada Izanami, aunque fuese un breve instante!
Y no pudiendo resistir más a este angustioso deseo que se había apoderado de él, Izanagui, olvidando la promesa hecha, penetró en el palacio. Avanzaba a tientas a través de las tinieblas, profundas, sin distinguir nada. Al llegar a cierto punto, rompió un diente del peine que llevaba entre los cabellos y le prendió fuego. Durante un instante el infierno se iluminó con vivísima luz.
Mas ¡qué atroz espectáculo se ofreció a sus ojos! Izanami, que avanzaba hacia el , al primer resplandor cayó al suelo exánime y en un instante su hermosísimo cuerpo se deshizo, como abrazado por un fuego interior. De la dulcísimo diosa sólo quedaba el terrorífico esqueleto.
Izanagui, horrorizado, retrocedió, mientras un alarido inmenso, un alarido terrible, se levantaba hacia él desde la misteriosa profundidad del reino de los muertos. El dios se volvió y dioses a la fuga, mientras horribles monstruos y furias infernales se lanzaban en pos de él.
Izanagui corría sin tomar aliento, y sentía detrás de sí el galope de los monstruos y los horribles aullidos que emitían. Estaban ya a punto de tocarlo con sus espantosas garras ... Pero el dios, rápido como el pensamiento, arrojó hacia atrás la guirnalda de flores que coronaba su arrogante cabeza. Al caer, cada flor se transformó en un racimo de uva, y las furias se detuvieron para cebarse en ellos.
El alivio, empero, fue sólo de un momento, ya que los monstruos reanudaron casi inmediatamente la persecución. El dios se quitó el peine, lo rompió en mil pedazos y los arrojó detrás de sí. Los monstruos detuviéronse otra vez para devorar aquellos trozos, que se habían transformado, al caer, en brotes de bambú, en tanto el dios reanudaba su afanosa carrera hacia la luz, que empezaba a despuntar en lontananza.
Pero ya las furias habían reanudado su carrera y poco faltaba para que le alcanzaran; sus rugidos de alegría resonaban bajo la tétrica bóveda, y sus garras venenosas rozaban ya las carnes de Izanagui. El pobre fugitvo sintiose perdido; alzó los ojos al cielo en una postrera apelación a las divinidades celestiales; y haciendo esto, advirtió a un melocotonero, del que pendían tres frutos maduros. Cogerlos y arrojarlos a las malditas furias fue cosa de un instante. Aquéllas se detuvieron.
-Seréis frutos divinos- dijo entonces el dios, agradecido a los melocotones.
Luego, de un salto, salió de la caverna y removiendo una inmensa roca la puso delante de la abertura, cerrándola herméticamente. Desde aquel momento, el mundo de los muertos y el de los vivos quedaron definitivamente separados.
Fatigado, jadeante, cubierto de un sudor frío, Izanagui se encaminó hacia la isla Kyushu, por donde corría el Río de los Naranjos, y en cuyas límpidas y purificadoras aguas se bañó repetidamente. Entonces, de una gota de agua que le resbaló de la nariz, nació Suzano, el dios de la tempestades; de una gota que le cayó del ojo derecho nació Tsukino-Kani, el dios de la Luna; y de una gota que se le desprendió del ojo izquierdo, nació Amaterasu, la diosa del Sol.
La desesperación de Izanagui fue inmensa; el mundo, que hasta entonces le había parecido un jardín encantado, le pareció de pronto un lugar triste y tenebroso; las horas y las jornadas, que antes volaban alegremente, transcurrían ahora monótonas y sombrías. Para él las cosas habían perdido todo atractivo desde el momento en que desapareció de su vida la esposa adorada. De su pecho se escapaban frecuentes suspiros, de sus ojos divinos manaban copiosas lágrimas.
Al cabo de algunos días de profunda angustia, de insoportable dolor, tomó una decisión desesperada: descender al tenebroso reino de los infiernos, donde van todos los muertos, con la esperanza de volver a ver a Izanami y llevarla de nuevo a la luz del sol.
En la provincia de Izumo, había un valle solitario, rodeado de pinos negros y siniestros y recubiertos de rocas oscuras y salvajes, en cuyo centro se abría una misteriosa caverna. Aquélla era la entrad del infierno, y allí llegó un día el joven dios; más cuando iba a trasponer el tenebroso umbral, sintió miedo al instante. Alzó los ojos a¿ hacia el azul firmamento, desde donde sus divinos hermanos estaban contemplándole, atónitos ante su audacia; luego, alentado por las benévolas miradas de los dioses, penetró osadamente en la caverna.
Todo eran tinieblas allá bajo; todo silencio; pero el dios avanzaba intrépido con paso seguro. Así llegó guiado por la voz del corazón, hasta el palacio de la hermosa Izanami. Se paró junto a la puerta, sobremanera turbado. Y oyó entonces una voz dulcísima, la voz de la mujer amada que resonaba a través de la densa atmósfera infernal, llegando hasta él.
- ¡ Querido esposo! ¡Cuán contenta estoy de volverte a ver!
- Dulcísima Izanami, te lo ruego, muéstrate a mí y sígueme hacia el mundo que nosotros creamos. Allí germinan las flores, más coloreadas y olorosas que nuca, allí cantan los pájaros sus dulcísimos melodías, allí todo es alegría contigo, pero sin ti todo es dolor.
- Izanagui adorado- respondió ella con trémula voz. ¡ Con qué ansia deseo seguirte! Mas no puedo hacerlo sin el permiso de los dioses de las tinieblas.
- Corre, Izanami, corre a pedirles ese permiso; estoy seguro de que ninguno de ellos podrá negar nada a tu belleza.
- Lo intentare, esposo mío adorado. Mas tú espérame aquí con paciencia; prométeme formalmente que no harás nada por verme, antes de que sepas que he obtenido su consentimiento.}
- Lo prometo, querida, lo prometo.
Junto a la puerta del palacio, Izanagui aguardó lleno de esperanza, esperó largamente. El tiempo pasaba con lentitud desesperante. ¿ Permaneció allí minutos, horas, días meses? No hubiese podido decirlo. Acaso se trataba de minutos que parecían horas, o de horas que le parecían días.
Y entre tanto, los dulcísimos recuerdos del pasado se agolpaban en su mente. ¡ Oh cuán hermosa era su esposa n el momento, en que, radiante de amor y de felicidad, cruzaba el puente multicolor que atravesaba el espacio infinito! Volvió a ver la burbuja de espuma cómo se transformaba en tierra, revivía con el pensamiento las horas felices transcurridas en la isla venturosa. ¡ Oh, si pudiera volver a la amada Izanami, aunque fuese un breve instante!
Y no pudiendo resistir más a este angustioso deseo que se había apoderado de él, Izanagui, olvidando la promesa hecha, penetró en el palacio. Avanzaba a tientas a través de las tinieblas, profundas, sin distinguir nada. Al llegar a cierto punto, rompió un diente del peine que llevaba entre los cabellos y le prendió fuego. Durante un instante el infierno se iluminó con vivísima luz.
Mas ¡qué atroz espectáculo se ofreció a sus ojos! Izanami, que avanzaba hacia el , al primer resplandor cayó al suelo exánime y en un instante su hermosísimo cuerpo se deshizo, como abrazado por un fuego interior. De la dulcísimo diosa sólo quedaba el terrorífico esqueleto.
Izanagui, horrorizado, retrocedió, mientras un alarido inmenso, un alarido terrible, se levantaba hacia él desde la misteriosa profundidad del reino de los muertos. El dios se volvió y dioses a la fuga, mientras horribles monstruos y furias infernales se lanzaban en pos de él.
Izanagui corría sin tomar aliento, y sentía detrás de sí el galope de los monstruos y los horribles aullidos que emitían. Estaban ya a punto de tocarlo con sus espantosas garras ... Pero el dios, rápido como el pensamiento, arrojó hacia atrás la guirnalda de flores que coronaba su arrogante cabeza. Al caer, cada flor se transformó en un racimo de uva, y las furias se detuvieron para cebarse en ellos.
El alivio, empero, fue sólo de un momento, ya que los monstruos reanudaron casi inmediatamente la persecución. El dios se quitó el peine, lo rompió en mil pedazos y los arrojó detrás de sí. Los monstruos detuviéronse otra vez para devorar aquellos trozos, que se habían transformado, al caer, en brotes de bambú, en tanto el dios reanudaba su afanosa carrera hacia la luz, que empezaba a despuntar en lontananza.
Pero ya las furias habían reanudado su carrera y poco faltaba para que le alcanzaran; sus rugidos de alegría resonaban bajo la tétrica bóveda, y sus garras venenosas rozaban ya las carnes de Izanagui. El pobre fugitvo sintiose perdido; alzó los ojos al cielo en una postrera apelación a las divinidades celestiales; y haciendo esto, advirtió a un melocotonero, del que pendían tres frutos maduros. Cogerlos y arrojarlos a las malditas furias fue cosa de un instante. Aquéllas se detuvieron.
-Seréis frutos divinos- dijo entonces el dios, agradecido a los melocotones.
Luego, de un salto, salió de la caverna y removiendo una inmensa roca la puso delante de la abertura, cerrándola herméticamente. Desde aquel momento, el mundo de los muertos y el de los vivos quedaron definitivamente separados.
Fatigado, jadeante, cubierto de un sudor frío, Izanagui se encaminó hacia la isla Kyushu, por donde corría el Río de los Naranjos, y en cuyas límpidas y purificadoras aguas se bañó repetidamente. Entonces, de una gota de agua que le resbaló de la nariz, nació Suzano, el dios de la tempestades; de una gota que le cayó del ojo derecho nació Tsukino-Kani, el dios de la Luna; y de una gota que se le desprendió del ojo izquierdo, nació Amaterasu, la diosa del Sol.
La creación del mundo
En el principio de los tiempos, cuando la tierra todavía no existía y la líquida extensión del mar ocupaba, dueña absoluta, todo el globo, en la infinita bóveda azul del cielo habitaban los dioses inmortales. Eran éstos seres sobrenaturales, parecidos en su aspecto a los hombres, pero más majestuosos, más fuertes, más hermosos , sobre todo más poderosos.
Los dioses se aburrían terriblemente en lo alto de su sidérea morada, en aquella eternidad inmóvil y monótona, sin tiempo y sin espacio. Por esto, un buen día pensaron en crear el mundo. Se reunieron en el blanco camino que surcaba el firmamento con su alfombra de estrellas y decidieron confiar la importantísima tarea de la creación de la tierra a los dioses más jóvenes y hermosos; al dios Izanagui y a la diosa Izanami.
Ambos dioses se presentaron ante el mayestático consejo, Izanagui era joven y fuerte; llevaba largos cabellos ondulados y una abundante barba que le adornaba el soberbio rostro; vestía un manto oscuro de anchos pliegues flotantes y empuñaba una lanza de oro enriquecida con piedras preciosas.
Izanami semejaba una graciosa japonesita de grandes ojos asombrados, de hermosos cabellos, negros como el ala de un cuervo, que le caían sobre las espaldas, y de cuerpo ondulante envuelto en un amplio kimono blanco.
El rey de los dioses sonrió de orgullo al verlos , a aquella sonrisa, el cielo fue rasgado por lívidos relámpagos.
-Descended a las bajas esferas del universo- les dijo y desposaos según las antiguas leyes que gobiernan a los dioses. De vuestra unión nacerán hijos hermosísimos.
Dijo, y levantó en alto, sobre su cabeza coronada de nubes, el cetro fulgurante. De pronto apareció, partiendo de un solio de oro, un puente maravilloso en el que se entrelazaban todos los colores más vivos, el violeta, el turquí , el azul, el verde,, el amarillo, el anaranjado y el rojo; inmenso semicírculo tendido a través de los abismos siderales para unir el cielo al mundo.
Por aquel puente resplandeciente avanzaron los dos dioses radiantes, cogidos de la mano; y en el mismo centro del fantasmagórico arco, se detuvieron. Debajo de ellos se extendía el mar, deliciosamente azul, agitado sin tregua por pequeñas ondas plateadas.
Izanagui hundió la espada del centellante en el agua, agitándola en remolino. Entonces sucedió el primer milagro; cuando el dios la retiro goteante, destacose de ella una burbuja de espuma, la cual se espesó, se solidificó y se convirtió en tierra. Aquella fue la primera tierra bajo el vasto cielo; una tierra pequeñísima, rodeada de agua: la isla Onogoro.
Con la ligereza y la gracia propia de las gaviotas cuando se posan sobre un peñasco que se adentra en el océano , Izanagui e Izanami descendieron sobre la islita verde y risueña y miraron en torno suyo. Sus ojos soñadores reflejaban el encanto del paisaje. Todo era paz y silencio; sólo las hojas de los árboles en flor y un riachuelo de plata, que manaba límpido de una roca, unían sus voces en un canto melodioso. El corazón de los dioses desbordaba de felicidad.
La tímida Izanami volviese entonces hacía su compañero, que le pereció fuerte y hermoso como nunca y , conmovida, exclamó :
-Desposémonos, Izanagui.
Se desposaron y, al cabo de algún tiempo, les nació un hijo monstruoso; una especie de enorme sanguijuela, horrible de ver. Horrorizados, los esposos colocaron en el fondo de una balsa formada de juncos entrelazados y lo abandonaron a las olas. Al cabo de algún tiempo, Izanami dio a luz a un segundo hijo; una segunda desilusión para los padres; esta ves se trataba de una medusa espantosa.
Desolados, Izanagui e Izanami subieron a las altas esferas del firmamento para pedir a los otros dioses la explicación de aquel misterio.
-Nos prometisteis hijos hermosísimos- dijeron, ante las divinidades reunidas en la Vía Láctea. ¿ Cómo es que solo hemos tenido hijos monstruosos?
-Esto sucede- replicó el rey de los dioses, enojado- porque tú, Izanami, pediste a Izanagui que se desposara contigo, cuando sabes bien que, según las antiguas leyes de la moral corresponde al hombre pedir a la mujer en matrimonio. Desobedecisteis y habéis sido castigados.
Izanagui e Izanami suspiraron, vencidos; inclináronse hasta el suelo, y, abandonando el cielo, retornaron a su isla. La pobre diosa, avergonzada, triste, avanzaba con la cabeza gacha y los ojos bajos, sin decir palabra.
A pocos pasos de distancia caminaba el joven dios Izanagui; y también él sentíase naturalmente avergonzado y preocupado, pero, al andar, su mirada dio con su compañera que le precedía en el sendero y quedó como hechizado. ¡Oh, cuán bella era! Nunca la vio tan hermosa como aquel día. Los cabellos negros resbalaban graciosamente por sus espaldas y bajo su paso, armonioso como el de una ninfa, el suelo florecía.
Izanagui se le acercó rápido y le dijo con profunda dulzura:
-¿Quieres convertirte en mi esposa para siempre, Izanami?
A aquellas palabras, la diosa sonrió y su sonrisa iluminó el universo. Finalmente, las antiguas leyes habían sido respetadas; esta vez el hombre habó el primero de matrimonio. Los dioses, aplacados, mantuvieron su promesa y muy pronto la feliz pareja de esposos tuvo hijos bellísimos. Por efecto de ello nacieron las islas japonesas, con sus prados esplendentes, y sus jardines perfumados, con sus graciosas colinas y sus habitantes buenos y laboriosos.
Los dioses se aburrían terriblemente en lo alto de su sidérea morada, en aquella eternidad inmóvil y monótona, sin tiempo y sin espacio. Por esto, un buen día pensaron en crear el mundo. Se reunieron en el blanco camino que surcaba el firmamento con su alfombra de estrellas y decidieron confiar la importantísima tarea de la creación de la tierra a los dioses más jóvenes y hermosos; al dios Izanagui y a la diosa Izanami.
Ambos dioses se presentaron ante el mayestático consejo, Izanagui era joven y fuerte; llevaba largos cabellos ondulados y una abundante barba que le adornaba el soberbio rostro; vestía un manto oscuro de anchos pliegues flotantes y empuñaba una lanza de oro enriquecida con piedras preciosas.
Izanami semejaba una graciosa japonesita de grandes ojos asombrados, de hermosos cabellos, negros como el ala de un cuervo, que le caían sobre las espaldas, y de cuerpo ondulante envuelto en un amplio kimono blanco.
El rey de los dioses sonrió de orgullo al verlos , a aquella sonrisa, el cielo fue rasgado por lívidos relámpagos.
-Descended a las bajas esferas del universo- les dijo y desposaos según las antiguas leyes que gobiernan a los dioses. De vuestra unión nacerán hijos hermosísimos.
Dijo, y levantó en alto, sobre su cabeza coronada de nubes, el cetro fulgurante. De pronto apareció, partiendo de un solio de oro, un puente maravilloso en el que se entrelazaban todos los colores más vivos, el violeta, el turquí , el azul, el verde,, el amarillo, el anaranjado y el rojo; inmenso semicírculo tendido a través de los abismos siderales para unir el cielo al mundo.
Por aquel puente resplandeciente avanzaron los dos dioses radiantes, cogidos de la mano; y en el mismo centro del fantasmagórico arco, se detuvieron. Debajo de ellos se extendía el mar, deliciosamente azul, agitado sin tregua por pequeñas ondas plateadas.
Izanagui hundió la espada del centellante en el agua, agitándola en remolino. Entonces sucedió el primer milagro; cuando el dios la retiro goteante, destacose de ella una burbuja de espuma, la cual se espesó, se solidificó y se convirtió en tierra. Aquella fue la primera tierra bajo el vasto cielo; una tierra pequeñísima, rodeada de agua: la isla Onogoro.
Con la ligereza y la gracia propia de las gaviotas cuando se posan sobre un peñasco que se adentra en el océano , Izanagui e Izanami descendieron sobre la islita verde y risueña y miraron en torno suyo. Sus ojos soñadores reflejaban el encanto del paisaje. Todo era paz y silencio; sólo las hojas de los árboles en flor y un riachuelo de plata, que manaba límpido de una roca, unían sus voces en un canto melodioso. El corazón de los dioses desbordaba de felicidad.
La tímida Izanami volviese entonces hacía su compañero, que le pereció fuerte y hermoso como nunca y , conmovida, exclamó :
-Desposémonos, Izanagui.
Se desposaron y, al cabo de algún tiempo, les nació un hijo monstruoso; una especie de enorme sanguijuela, horrible de ver. Horrorizados, los esposos colocaron en el fondo de una balsa formada de juncos entrelazados y lo abandonaron a las olas. Al cabo de algún tiempo, Izanami dio a luz a un segundo hijo; una segunda desilusión para los padres; esta ves se trataba de una medusa espantosa.
Desolados, Izanagui e Izanami subieron a las altas esferas del firmamento para pedir a los otros dioses la explicación de aquel misterio.
-Nos prometisteis hijos hermosísimos- dijeron, ante las divinidades reunidas en la Vía Láctea. ¿ Cómo es que solo hemos tenido hijos monstruosos?
-Esto sucede- replicó el rey de los dioses, enojado- porque tú, Izanami, pediste a Izanagui que se desposara contigo, cuando sabes bien que, según las antiguas leyes de la moral corresponde al hombre pedir a la mujer en matrimonio. Desobedecisteis y habéis sido castigados.
Izanagui e Izanami suspiraron, vencidos; inclináronse hasta el suelo, y, abandonando el cielo, retornaron a su isla. La pobre diosa, avergonzada, triste, avanzaba con la cabeza gacha y los ojos bajos, sin decir palabra.
A pocos pasos de distancia caminaba el joven dios Izanagui; y también él sentíase naturalmente avergonzado y preocupado, pero, al andar, su mirada dio con su compañera que le precedía en el sendero y quedó como hechizado. ¡Oh, cuán bella era! Nunca la vio tan hermosa como aquel día. Los cabellos negros resbalaban graciosamente por sus espaldas y bajo su paso, armonioso como el de una ninfa, el suelo florecía.
Izanagui se le acercó rápido y le dijo con profunda dulzura:
-¿Quieres convertirte en mi esposa para siempre, Izanami?
A aquellas palabras, la diosa sonrió y su sonrisa iluminó el universo. Finalmente, las antiguas leyes habían sido respetadas; esta vez el hombre habó el primero de matrimonio. Los dioses, aplacados, mantuvieron su promesa y muy pronto la feliz pareja de esposos tuvo hijos bellísimos. Por efecto de ello nacieron las islas japonesas, con sus prados esplendentes, y sus jardines perfumados, con sus graciosas colinas y sus habitantes buenos y laboriosos.
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