Desembarcó, pues, Arturo con sus tropas en Bretaña y así empezó la guerra entre él y Lanzarote. Los primeros encuentros fueron rudos y sangrientos, a los que siguieron otros muchos, cada vez menos ardorosos. En el fondo, el rey Arturo y sus soldados combatían de mala gana y poco convencidos de la necesidad de aquella odiosa guerra contra Lanzarote que había sido uno de los más valerosos campeones de la tabla redonda y uno de los caballeros más populares y queridos. Por su parte Lanzarote combatía también a disgusto contra aquel rey que había sido su protector, que le había armado caballero y al cual le unían recuerdos de antigua amistad y lealtad probada. En este estado de ánimo, respectivo, ambos contrincantes luchaban con escaso encarnizamiento y la lucha amenazaba, por tanto, prolongarse hasta lo infinito sin una resolución definitiva.
Galván, adivinando las razones de la perplejidad del rey, le dijo un día:
-Señor, acaso lo mejor fuera terminar esta guerra con un desafío. Permitidme enfrentarme con Lanzarote en campo cerrado: si logro la victoria, Lanzarote quedará castigado por su rebeldía y la justicia habrá triunfado; si, por lo contrario, son vencido, podréis hacer la paz con el vencedor.
Y el rey no tuvo ánimo para oponerse.
El desafío tuvo lugar en un prado. Para Lanzarote combatir contra Galván, que había sido su amigo más querido, era una profunda pena, pero ¿cómo hubiese podido rehusar el reto sin ser tachado de cobardía? La lucha duró largo rato por la furia que en ella ponía Galván y porque en cambio, Lanzarote permanecía solo a la defensiva; aun así quedaba manifestada la superioridad de este último. Caballerosamente Lanzarote propuso poner fin a la lucha; pero Galván se enfureció ante tal proposición y sosteniendo que debía combatirse hasta que uno de los dos quedase muerto, volvió al asfalto con vigor renovado Lanzarote paraba los furibundos golpes que le dirigía Galván, y aun así hubo un momento en que no pudo evitar herir al desgraciado adversario que cayó al suelo.
-Señor-rogó Lanzarote volviéndose al rey Arturo- haced que Galván abandone el campo, pues si continuamos no podrá salir vivo.
El rey se conmovió ante tanta generosidad y dio orden de que cesara el duelo. Galván fue llevad a su tienda y curado con premura. Pero su herida era grave y había pocas esperanzas de salvarle. En efecto,a la madrugada empeoró. Llamó entonces al rey Arturo junto a su cabecera y con un hilo de voz, le dijo:
-Señor, ahora que reconozco mi error y me arrepiento de haberos aconsejado una guerra injusta contra Lanzarote , que siempre fue un leal caballero. Me entristece que esta guerra haya llevado vuestro reino a una derrota. Yo quisiera que Lanzarote supiera por lo menos, que mi rencor contra él se ha disipado y que mi antigua amistas por el, está viva todavía. También desearía que perdonaseis a la reina Ginebra. Despedidme de todos mis amigos y ordenad que mi cuerpo sea enterrado en la Gran Bretaña.
Y dicho esto, expiró. Pero como las desgracias no vienen nunca solas, apenas el altivo Galván hubiese exhalado el último suspiro, entró en la tienda de campaña del rey, un mensajero para darle aviso de que Mordrec, a quien el rey Arturo había confiado su reino, acababa de traicionar a su legitimo soberano haciéndose coronar rey en su lugar; a aquellas horas había ya recibido el homenaje de muchos vasallos.
-¡Ah traidor!- exclamó Arturo. Pero el felón me pagará cara su deslealtad.
Aquel mismo día firmo la paz con Lanzarote y ordenó que embarcara su ejército; apenas éste estuvo a bordo de las naves, hicieron vela hacia la Gran Bretaña. Tenía el corazón rebosante de tristes presentimientos y pensaba que el prestigio de su corte acabaría miserablemente. Pocos días después, al atravesar la llanura de Camaló, leyó en una piedra esta inscripción: “En esta llanura tendrá lugar la gran batalla que dejara al reino huérfano de su legítimo rey.”
Arturo reconoció aquellos caracteres como grabados por el mago Merlín que jamás se había equivocado en sus predicciones. Era el anuncio de su próxima muerte. Poco después, su ejecito se encontró en efecto, en aquella llanura con el ejército rebelde de Mordrec. La batalla fue áspera y sangrienta. Mordrec tenía un numero muy superior de soldados y a Arturo le faltaban ahora aquellos valerosos campeones que hubieran podido enfrentarse ellos solos con todo un ejercito. Sin embargo, el rey se sentía impulsado por un gran furor contra el indigno usurpador, y una voluntad intensa de vencer. Buscó con ansia a Mordrec en el campo de batalla para combatir personalmente con él ; al fin lo halló y se lanzó sobre él con vehemencia inaudita, hiriendo con su lanza al traidor en el pecho, y atravesándolo de parte a parte. Pero al mismo tiempo, se sintió herido a su vez en el costado y cayó a tierra.
Kex, el único caballero de la tabla redonda que permanecía aún en sus filas, acudió presuroso a levantarle , Arturo apenas podía hablar.
-Querido Kex- le dijo llévame, te lo ruego, a la orilla del mar.
Kex hizo con algunas ramas cruzadas un camilla y ayudado por dos soldados , llevó al rey a la playa. Allí Arturo quiso que lo depositaran sobre la arena. Arrancó entonces la espada de su cintura y entregándola al fiel Kex, le rogó que la arrojase en un pequeño lago que había detrás de la colina. Kex tomó la espada y se encaminó al lago pero no tuvo ánimo para arrojar a él la espada que había realizado tantas gestas gloriosas; la dejó sobre la hierba y volvió al lado del moribundo a quien aseguró haber cumplido sus ordenes.
-¿Y qué has visto allí?- pregunto el rey.
-Nada: he visto las olas llevarse la espada.
El rey frunció el ceño indignado.
-Kex, tú mientes. No me has obedecido. Vuelve al lago y cumple mi orden.
Avergonzado por haber sido cogido en mentira. Kex desanduvo el camino hasta el lago t esta vez tiró de verdad la espada al agua: enseguida salió del lago una mano que empuñó el arma por la empuñadura y la hundió en el fondo. Cuando Kex relató al rey lo que había visto , éste se apaciguó diciéndole:
-Ahora muero contento. Te ruego que me dejes solo. Llévale mi saludo a la reina Ginebra.
Apenas hubo partido Kex, llegó a la orilla una nave: blanca, reluciendo al sol parecía de plata.
Una dama bajó de ella dirigiéndose hacia el rey.
-Soy tu hermana Morgana-le dijo. Levántate y ven conmigo.
Como por milagro, el rey tuvo súbitamente la fuerza necesaria para ponerse de pie y andar hasta embarcar la nave. Esta desplegó entonces todas sus velas al viento y se alejó, desapareciendo poco a poco en el horizonte.
miércoles, 4 de marzo de 2009
martes, 3 de marzo de 2009
El fruto envenedado
La maga Morgana no podía hallar paz desde que se enteró que Lanzarote había recobrado la razón y andaba siempre ideando nuevas tretas para desahogar su odio contra la reina Ginebra, su cuñada. Cierto día envió a la reina, como presente, una jarra de oro que contenía un dulcísimo licor; la reina lo probó y lo hallo tan exquisito que desde aquel momento ya no pudo pasar un solo día sin tomarse un vasito. Pero aquel licor estaba preparado por la maga Morgana de tal modo, que bebiéndolo, la reina empezaría a sentir progresivamente un odio feroz contra Lanzarote; y en efecto, el licor operó tan rápidamente que, al cabo de una semana, Ginebra ya no podía soportar a su lado a su protegido de antes y le colmaba de desaires y de ofensas. El bueno y devoto Lanzarote sufría mucho y no podía hallar explicación a aquel repentino cambio. Se lo confió a su amigo Galván y éste le aconsejó que partiera para un largo viaje. A Lanzarote le disgustaba separarse de los amigos del rey y, sobre todo, de la reina, pero comprendió que el consejo era acertado y partió.
Pero la maga Morgana no estaba completamente satisfecha.
Un día que el rey Arturo se hallaba ausente de la corte, en una expedición, la reina se sentó a la mesa con los pocos caballeros que habían quedado en el palacio. Y he aquí que , al final del banquete, Morgana hizo aparecer de pronto en la mesa, precisamente delante de la reina un magnifico melocotón , de maravillosos colores, en el que había inyectado disimuladamente un terrible veneno. Sorprendida Ginebra, al ver aquel hermoso fruto aparecer inesperadamente ante ella, lo cogió para examinarlo, luego, viendo que a poca distancia de ella se hallaba sentado Garieno de Karen, el caballero más joven de la Tabla redonda, se lo ofreció. El joven hincó el diente en el fruto, pero apenas ingirió el primer bocado, cayó al suelo fulminado.
Todos los caballeros se pusieron en pie aterrorizados, sorprendidos; la reina, pálida como la muerte, se desvaneció.
Todos los caballeros se pusieron en pie aterrorizados, sorprendidos: la reina, pálida como la muerte se desvaneció.
Cuando el rey Arturo regresó de la expedición hallo a Mador, el hermano de Garieno, que lloroso y suplicante, reclamaba justicia: arrojó a los pies del rey la espada que había recibido de él cuando fue armado caballero y públicamente acusó a la reina de haber matado a su hermano.
El pobre Arturo no sabía que hacer ni qué decir. Amaba mucho a Ginebra y apreciaba a Mador como a un leal y valiente caballero. Por tanto, decidió pedir consejo a Galván, que era considerado el más sabio de los caballeros de la Tabla redonda . Hay que hacer constar que Galván era extremadamente riguroso en cuestiones de honor y tenía un sentido de justicia que, muchas veces, podía incluso parecer excesivo: quien cometía una falta debía según el , ser castigado sin piedad, aunque se tratase de su más querido amigo, o de la persona más afecta a su corazón . El consejo que dio al rey , fue por tanto, el de hacer justicia. Al pobre rey , sin embargo, le parecía monstruoso condenar a Ginebra , su esposa, tanto más cuanto que, ella misma, llorando juraba no haber podido imaginar nunca que el melocotón estuviese envenenado.
-Aun sabiéndolo- decía- no hubiese tenido el valor de ofrecérselo a mi peor enemigo. ¿Cómo entonces, hubiese podido dárselo a Garieno, por quien sentía tanto afecto ?
-Todo eso son mentiras y nada más que mentiras-gritaba Mador, implacable.
A toda osta quería que se hiciera justicia.
Transido de dolor, el rey pensó someter a Ginebra al juicio de Dios: si durante un mes no se presentaba ningún caballero a defenderla contra Galván, la reina sería condenada a la hoguera. Arturo imaginaba que todos sus caballeros pelearían por defenderla. Sin embargo, nadie se presentó. Ningún caballero de la tabla redonda se atrevía a enfrentarse con Galván, a quien todos amaban y estimaban, espejo de lealtad y de justicia. Además, muchos de ellos se hallaban presentes en el momento trágico, y habían visto cómo la reina ofrecía el fruto a Garieno.
Por tanto, inútilmente transcurrido el plazo, la pobre Ginebra fue atada sobre la pira levantada en la mitad de la plaza.
Pero en el momento en que iban a prender fuego a los leños, he aquí que un caballero con la visera calada llegó a galope, se abrió paso entre la multitud de curiosos y llegando junto al rey, se alzó la visera para darse a conocer. Era Lanzarote.
-¿Quién se atreve a matar a la reina?-gritó. ¿Quién ha cometido tal infamia? Aquí estoy yo dispuesto a defender su inocencia.
Entonces, se adelantó Galván. Era el amigo más querido y leal de Lanzarote, pero para su estricto sentido justiciero, ni la amistad ni cualquier otro sentimiento, contaba, tratándose de hacer respetar la ley.
-Lanzarote- le dijo- el plazo para presentarse a defender a la reina, ha transcurrido. Debiste llegar antes: ahora es demasiado tarde y nadie puede ya salvar a Ginebra. Es preciso que se haga justicia y que se cumpla la sentencia.
Pero Lanzarote no lo entendía así. Y antes de que los presentes pudieran darse cuenta de lo que sucedía, se acercó a la pira, cortó con su espada las cuerdas que ataban a la reina , colocó a Ginebra a la grupa de su caballo, y picando espuelas, salió de allí al galope.
Arturo, no estaba en el fondo descontento de tal solución , que salvaba a la mujer a quien tanto amaba, pero Galván indignado, no le dejaba en paz diciéndole que se había violado la ley, que Lanzarote debía ser considerado rebelde y que, como tal, se le castigaría severamente. Se enviaron, por tanto heraldos, por todo el país, a propagar el baldo en que se ofrecía una importante suma por la cabeza de Lanzarote y se invitaba a todos a capturar al rebelde, vivo o muerto.
Pero, Lanzarote se hallaba ahora en lugar seguro; había cruzado el mar yendo a refugiarse en Bretaña , donde había coronado al rey de ese país. Al saber esto, Galván no se dio por vencido e impulsó a Arturo a declarar la guerra al nuevo rey. Se hicieron, en efecto, apresuradamente, los preparativos y apenas éstos terminados, Arturo confió su reino a Mordrec, hermano menor de Galván y partió decidido con cien naves a la conquista de Bretaña.
Pero la maga Morgana no estaba completamente satisfecha.
Un día que el rey Arturo se hallaba ausente de la corte, en una expedición, la reina se sentó a la mesa con los pocos caballeros que habían quedado en el palacio. Y he aquí que , al final del banquete, Morgana hizo aparecer de pronto en la mesa, precisamente delante de la reina un magnifico melocotón , de maravillosos colores, en el que había inyectado disimuladamente un terrible veneno. Sorprendida Ginebra, al ver aquel hermoso fruto aparecer inesperadamente ante ella, lo cogió para examinarlo, luego, viendo que a poca distancia de ella se hallaba sentado Garieno de Karen, el caballero más joven de la Tabla redonda, se lo ofreció. El joven hincó el diente en el fruto, pero apenas ingirió el primer bocado, cayó al suelo fulminado.
Todos los caballeros se pusieron en pie aterrorizados, sorprendidos; la reina, pálida como la muerte, se desvaneció.
Todos los caballeros se pusieron en pie aterrorizados, sorprendidos: la reina, pálida como la muerte se desvaneció.
Cuando el rey Arturo regresó de la expedición hallo a Mador, el hermano de Garieno, que lloroso y suplicante, reclamaba justicia: arrojó a los pies del rey la espada que había recibido de él cuando fue armado caballero y públicamente acusó a la reina de haber matado a su hermano.
El pobre Arturo no sabía que hacer ni qué decir. Amaba mucho a Ginebra y apreciaba a Mador como a un leal y valiente caballero. Por tanto, decidió pedir consejo a Galván, que era considerado el más sabio de los caballeros de la Tabla redonda . Hay que hacer constar que Galván era extremadamente riguroso en cuestiones de honor y tenía un sentido de justicia que, muchas veces, podía incluso parecer excesivo: quien cometía una falta debía según el , ser castigado sin piedad, aunque se tratase de su más querido amigo, o de la persona más afecta a su corazón . El consejo que dio al rey , fue por tanto, el de hacer justicia. Al pobre rey , sin embargo, le parecía monstruoso condenar a Ginebra , su esposa, tanto más cuanto que, ella misma, llorando juraba no haber podido imaginar nunca que el melocotón estuviese envenenado.
-Aun sabiéndolo- decía- no hubiese tenido el valor de ofrecérselo a mi peor enemigo. ¿Cómo entonces, hubiese podido dárselo a Garieno, por quien sentía tanto afecto ?
-Todo eso son mentiras y nada más que mentiras-gritaba Mador, implacable.
A toda osta quería que se hiciera justicia.
Transido de dolor, el rey pensó someter a Ginebra al juicio de Dios: si durante un mes no se presentaba ningún caballero a defenderla contra Galván, la reina sería condenada a la hoguera. Arturo imaginaba que todos sus caballeros pelearían por defenderla. Sin embargo, nadie se presentó. Ningún caballero de la tabla redonda se atrevía a enfrentarse con Galván, a quien todos amaban y estimaban, espejo de lealtad y de justicia. Además, muchos de ellos se hallaban presentes en el momento trágico, y habían visto cómo la reina ofrecía el fruto a Garieno.
Por tanto, inútilmente transcurrido el plazo, la pobre Ginebra fue atada sobre la pira levantada en la mitad de la plaza.
Pero en el momento en que iban a prender fuego a los leños, he aquí que un caballero con la visera calada llegó a galope, se abrió paso entre la multitud de curiosos y llegando junto al rey, se alzó la visera para darse a conocer. Era Lanzarote.
-¿Quién se atreve a matar a la reina?-gritó. ¿Quién ha cometido tal infamia? Aquí estoy yo dispuesto a defender su inocencia.
Entonces, se adelantó Galván. Era el amigo más querido y leal de Lanzarote, pero para su estricto sentido justiciero, ni la amistad ni cualquier otro sentimiento, contaba, tratándose de hacer respetar la ley.
-Lanzarote- le dijo- el plazo para presentarse a defender a la reina, ha transcurrido. Debiste llegar antes: ahora es demasiado tarde y nadie puede ya salvar a Ginebra. Es preciso que se haga justicia y que se cumpla la sentencia.
Pero Lanzarote no lo entendía así. Y antes de que los presentes pudieran darse cuenta de lo que sucedía, se acercó a la pira, cortó con su espada las cuerdas que ataban a la reina , colocó a Ginebra a la grupa de su caballo, y picando espuelas, salió de allí al galope.
Arturo, no estaba en el fondo descontento de tal solución , que salvaba a la mujer a quien tanto amaba, pero Galván indignado, no le dejaba en paz diciéndole que se había violado la ley, que Lanzarote debía ser considerado rebelde y que, como tal, se le castigaría severamente. Se enviaron, por tanto heraldos, por todo el país, a propagar el baldo en que se ofrecía una importante suma por la cabeza de Lanzarote y se invitaba a todos a capturar al rebelde, vivo o muerto.
Pero, Lanzarote se hallaba ahora en lugar seguro; había cruzado el mar yendo a refugiarse en Bretaña , donde había coronado al rey de ese país. Al saber esto, Galván no se dio por vencido e impulsó a Arturo a declarar la guerra al nuevo rey. Se hicieron, en efecto, apresuradamente, los preparativos y apenas éstos terminados, Arturo confió su reino a Mordrec, hermano menor de Galván y partió decidido con cien naves a la conquista de Bretaña.
domingo, 1 de marzo de 2009
El caballero del carro
El rey Arturo tenía una hermana llamada Morgana , a quien amaba mucho pero que era envidiosa. Odiaba por ello de corazón a la esposa del rey Arturo, la hermosa Ginebra, quizás porque ésta era más hermosa que ella. Debe saberse que Morgana era maga y por ello poseía poderes y facultades que no tienen los demás mortales.
Cuando Morgana supo que Lanzarote era el predilecto de Ginebra, para enojar a ésta quiso perjudicar al joven caballero. Por ello, un día en que el héroe se hallaba viajando por el país en busca de aventuras, hizo aparecer ante él, por arte de magia, la figura de un gigante que raptaba a una doncella. Como todo caballero tuviese la obligación de defender a los débiles y a las damas, Lanzarote emprendió la persecución del gigante para liberar a la desdichada doncella y así , siguiéndole , llegó sin advertirlo, hasta el patio del castillo que habitaba Morgana. Una vez en su poder, la maga le hizo s prisionero y le dio a beber un terrible filtro que enloquecía. Sólo entonces, al verle privado de juicio y de memoria, le dejó marchar. El pobre Lanzarote vagó largo tiempo sin saber a donde dirigirse; se alimentaba de hierbas y raíces , bebía en los manantiales y regatos; llegó a estar andrajoso y enfermo, consumido por la fatiga física , manchado de barro, agotado por el hambre. En este estado lamentable le halló un día la Dama del lago, el hada Viviana, y sintió gran compasión; le hizo transportar al palacio encantado que había construid dentro del lago, y con toda suerte de amorosos cuidados logró devolverle a Lanzarote la salud y la razón. Una vez recobradas las fuerzas, el valeroso caballero, solo anheló volver a las batallas de otro tiempo y rogó a la buena ama que le permitiese marchar. La dama del lago accedió , y como su magia le permitía conocer incluso lo que ocurría en países lejanos, le advirtió que la reina Ginebra corría en aquellos momentos grave peligro por causa de un guerrero poderoso y desleal llamado Meliagante. Este había llegado, en efecto a la corte del rey Arturo para medir sus fuerzas en duelo con Lanzarote , y habiendo sabido que el joven caballero estaba ausente, desafió a toda la corte, acusando con insolencia al rey de deslealtad y felonía , y afirmando que si dentro de un plazo fijado Lanzarote no se presentaba, le consideraría un cobarde, y en castigo, raptaría a la reina Ginebra.
Arturo era, por naturaleza, paciente y bondadoso, pero la desfachatez de Meliagante merecía , en verdad un correctivo: así que lo hizo detener y arrojar de su castillo como un perro sarnoso. Meliagante juró vengarse y cierto día que la hermosa reina Ginebra se hallaba paseando por el prado, a traición, la hizo raptar por sus soldados.
Cuando oyó tantas infamias, Lanzarote sintió que la cólera le invadía. Partió, pues, inmediatamente al galope hacia la torre de Gorre, a donde la Dama del Lago le dijo que Meliagante llevaba a la reina Ginebra. Y a pesar de que Meliagante tenia un caballo que corría como el viento, Lanzarote logró darle alcanza y aun adelántasele con ánimo de cortarle el camino. Pero el traidor, de un golpe inesperado, mató el caballo de Lanzarote y el pobre caballero se encontró, de pronto a pie e impotente, mientras Meliagante desaparecía con la reina en el horizonte entre nubes de polvo. Sentado a la orilla del camino, Lanzarote meditó el medio de remediar aquella desgracia, y no pudiendo hacer nada, tal como se hallaba, a pie, las lágrimas acudieron a sus ojos. En aquel momento vio venir hacia él un enano que conducía un carro. Fue a su encuentro y le pidió ayuda. Y el enano dijo:
-Sé que vas en busca de la reina Ginebra, caballero. Si haces lo que yo te diga, mañana podrás verla. En tanto, sube a mi carro.
Montar en un carro, era para un caballero la cosa más ridícula y deshonrosa que pudiera hacer; pero Lanzarote no dudó un instante, tan grande era su deseo de liberar a la reina. Apenas. Lanzarote montó , el enano fustigó el mulo y el carro arrancó. Atravesaron así aldeas y ciudades, y de todas partes acudía la gente para ver aquel espectáculo tan divertido de un caballero que se dejaba transportar en un carro; y todos se burlaban del pobre Lanzarote , pero éste, desafiando el respeto humano, no se daba por entendido. Llegaron así a un pueblecillo y se prepararon a dormir en un pajar. Al amanecer del día siguiente, puntualmente, como había prometido, el enano mostró al caballero la reina Ginebra, que paseaba a caballo con el Meliagante.
Lanzarote buscó un caballo de silla y s lanzó al galope hacia el lugar por donde desaparecieron la reina y su raptor. Llegó así hasta un río anchísimo y muy profundo, que no podía ser vadeado. Un pastor le informó que Meliagante había llevado a la reina a un castillo que se alzaba en la otra orilla del río ; pero le dijo también que para atravesar el río sólo existía un único y extraño puente, que consistía en una hoja delgadísima de una espada. Lanzarote se hizo indicar el lugar donde se hallaba el puente; desgarró su capa en mil pedazos y envolvió con ella sus manos y pies , a fin de que el filo de la espada no le hiriese, y luego empezó a avanzar por él, a fuerza de brazos, suspendido sobre las aguas del río . La sangre fluía de las manos y de los pies del caballero, mal defendidas por la tiras de tela ; pero el héroe no se daba cuenta de ello, obsesionado por la idea de llegar cuanto antes al otro lado para liberar a la reina. Al fin llegó a la tan deseada orilla. Allí se habían reunido todos los habitantes de los países vecinos para asistir al espectáculo increíble del paso del puente, y entre ellos se hallaba también Meliagante. Sin pérdida de tiempo y antes que su enemigo pudiera recuperarse de la sorpresa, Lanzarote se arrojó sobre él con la espada desnuda. El duelo fue breve y Meliagante dejó la vida en él. La hermosa Ginebra, finalmente liberada, tendió la mano a su salvador en prueba de agradecimiento, pero Lanzarote se arrodilló , respetuoso a sus pies.
Cuando regresó a la corte del rey Arturo con la reina Ginebra, se celebraron en su honor grandes fiestas y tuvo la dicha de sentarse a la mesa a la derecha del rey.
Cuando Morgana supo que Lanzarote era el predilecto de Ginebra, para enojar a ésta quiso perjudicar al joven caballero. Por ello, un día en que el héroe se hallaba viajando por el país en busca de aventuras, hizo aparecer ante él, por arte de magia, la figura de un gigante que raptaba a una doncella. Como todo caballero tuviese la obligación de defender a los débiles y a las damas, Lanzarote emprendió la persecución del gigante para liberar a la desdichada doncella y así , siguiéndole , llegó sin advertirlo, hasta el patio del castillo que habitaba Morgana. Una vez en su poder, la maga le hizo s prisionero y le dio a beber un terrible filtro que enloquecía. Sólo entonces, al verle privado de juicio y de memoria, le dejó marchar. El pobre Lanzarote vagó largo tiempo sin saber a donde dirigirse; se alimentaba de hierbas y raíces , bebía en los manantiales y regatos; llegó a estar andrajoso y enfermo, consumido por la fatiga física , manchado de barro, agotado por el hambre. En este estado lamentable le halló un día la Dama del lago, el hada Viviana, y sintió gran compasión; le hizo transportar al palacio encantado que había construid dentro del lago, y con toda suerte de amorosos cuidados logró devolverle a Lanzarote la salud y la razón. Una vez recobradas las fuerzas, el valeroso caballero, solo anheló volver a las batallas de otro tiempo y rogó a la buena ama que le permitiese marchar. La dama del lago accedió , y como su magia le permitía conocer incluso lo que ocurría en países lejanos, le advirtió que la reina Ginebra corría en aquellos momentos grave peligro por causa de un guerrero poderoso y desleal llamado Meliagante. Este había llegado, en efecto a la corte del rey Arturo para medir sus fuerzas en duelo con Lanzarote , y habiendo sabido que el joven caballero estaba ausente, desafió a toda la corte, acusando con insolencia al rey de deslealtad y felonía , y afirmando que si dentro de un plazo fijado Lanzarote no se presentaba, le consideraría un cobarde, y en castigo, raptaría a la reina Ginebra.
Arturo era, por naturaleza, paciente y bondadoso, pero la desfachatez de Meliagante merecía , en verdad un correctivo: así que lo hizo detener y arrojar de su castillo como un perro sarnoso. Meliagante juró vengarse y cierto día que la hermosa reina Ginebra se hallaba paseando por el prado, a traición, la hizo raptar por sus soldados.
Cuando oyó tantas infamias, Lanzarote sintió que la cólera le invadía. Partió, pues, inmediatamente al galope hacia la torre de Gorre, a donde la Dama del Lago le dijo que Meliagante llevaba a la reina Ginebra. Y a pesar de que Meliagante tenia un caballo que corría como el viento, Lanzarote logró darle alcanza y aun adelántasele con ánimo de cortarle el camino. Pero el traidor, de un golpe inesperado, mató el caballo de Lanzarote y el pobre caballero se encontró, de pronto a pie e impotente, mientras Meliagante desaparecía con la reina en el horizonte entre nubes de polvo. Sentado a la orilla del camino, Lanzarote meditó el medio de remediar aquella desgracia, y no pudiendo hacer nada, tal como se hallaba, a pie, las lágrimas acudieron a sus ojos. En aquel momento vio venir hacia él un enano que conducía un carro. Fue a su encuentro y le pidió ayuda. Y el enano dijo:
-Sé que vas en busca de la reina Ginebra, caballero. Si haces lo que yo te diga, mañana podrás verla. En tanto, sube a mi carro.
Montar en un carro, era para un caballero la cosa más ridícula y deshonrosa que pudiera hacer; pero Lanzarote no dudó un instante, tan grande era su deseo de liberar a la reina. Apenas. Lanzarote montó , el enano fustigó el mulo y el carro arrancó. Atravesaron así aldeas y ciudades, y de todas partes acudía la gente para ver aquel espectáculo tan divertido de un caballero que se dejaba transportar en un carro; y todos se burlaban del pobre Lanzarote , pero éste, desafiando el respeto humano, no se daba por entendido. Llegaron así a un pueblecillo y se prepararon a dormir en un pajar. Al amanecer del día siguiente, puntualmente, como había prometido, el enano mostró al caballero la reina Ginebra, que paseaba a caballo con el Meliagante.
Lanzarote buscó un caballo de silla y s lanzó al galope hacia el lugar por donde desaparecieron la reina y su raptor. Llegó así hasta un río anchísimo y muy profundo, que no podía ser vadeado. Un pastor le informó que Meliagante había llevado a la reina a un castillo que se alzaba en la otra orilla del río ; pero le dijo también que para atravesar el río sólo existía un único y extraño puente, que consistía en una hoja delgadísima de una espada. Lanzarote se hizo indicar el lugar donde se hallaba el puente; desgarró su capa en mil pedazos y envolvió con ella sus manos y pies , a fin de que el filo de la espada no le hiriese, y luego empezó a avanzar por él, a fuerza de brazos, suspendido sobre las aguas del río . La sangre fluía de las manos y de los pies del caballero, mal defendidas por la tiras de tela ; pero el héroe no se daba cuenta de ello, obsesionado por la idea de llegar cuanto antes al otro lado para liberar a la reina. Al fin llegó a la tan deseada orilla. Allí se habían reunido todos los habitantes de los países vecinos para asistir al espectáculo increíble del paso del puente, y entre ellos se hallaba también Meliagante. Sin pérdida de tiempo y antes que su enemigo pudiera recuperarse de la sorpresa, Lanzarote se arrojó sobre él con la espada desnuda. El duelo fue breve y Meliagante dejó la vida en él. La hermosa Ginebra, finalmente liberada, tendió la mano a su salvador en prueba de agradecimiento, pero Lanzarote se arrodilló , respetuoso a sus pies.
Cuando regresó a la corte del rey Arturo con la reina Ginebra, se celebraron en su honor grandes fiestas y tuvo la dicha de sentarse a la mesa a la derecha del rey.
Galahad, el elegido
Cuando Merlín quiso que el rey Arturo instituyese la orden de los caballeros de la Tabla redonda, indicó también que a la izquierda del rey debía quedar siempre, en la mesa, un sitio vacío , que sólo debería ser ocupado un día por el caballero elegido por Dios para una misión especial.
En el sitio vacante se encontraron ,e n efecto, escritas misteriosamente (y nunca se ha sabido por quién) estas palabras: “Setecientos setenta y siete años después de la Pasión de Jesucristo, el día de Pentecostés, este sitio será ocupado por el caballero elegido”.
Un día de Pentecostés, precisamente, en que el rey Arturo celebraba consejo, Lanzarote, al pasar junto al sitio vacío, echó una mirada a estas inscripción. ¡Cuántas veces la abría visto y leído! Pero aquel día, no se sabe por qué inspiración , muy pensativo la consideró con más atención que nunca, y haciendo cálculos exclamó:
-Señores, amigos míos. Si echáis un la cuenta como yo, veréis que el día indicado en esta inscripción, es precisamente hoy, hoy conoceremos por fin , al Caballero elegido, digno de sentarse en este sitio.
No había aún terminado la frase, cuando la puerta de la sala se abrió sola, y por ella entró un caballero con armadura roja y sin escudo, hermosos como el sol de primavera.
-La paz sea con vosotros- dijo el recién llegado. Yo soy Galahad, descendiente directo de José de Arimatea, el discípulo de Cristo. Y en prueba de que digo la verdad, muy pronto tendréis una maravillosa visión celestial.
Los caballeros del rey Arturo, mudos de asombro, aguardaba. Y he aquí que se oyó de pronto el fragor de un trueno, mientras una luz vivísima se difundía por toda la sala. Y en medio de aquella luz, apareció milagrosamente suspendida en el aire una copa en forma de cáliz. La visión duró apenas unos instantes: luego , copa y luz desaparecieron.
Entonces Galahad habló de nuevo:
-La copa que habéis visto es el santo grial, esto, es, la copa en que Jesús bebió en su ultima cena y en la que mi antepasado José de Arimatea, recogió la sangre que brotaba de las heridas del redentor. La copa milagrosa pasó de José de Arimatea a sus descendientes, durante largos años; pero luego desapareció misteriosamente hoy no se sabe dónde se encuentra. Hay que encontrarla; ésta es la misión que nos ha sido confiada. Cada uno e nosotros es necesario que haga voto de ir mañana por la mañana a la búsqueda del Grial.
Al oír esto, todos los caballeros se levantaron de sus sillas y juraron emprender inmediatamente la búsqueda. En efecto, al día siguiente, después de oír misa , se armaron, y saltando a la grupa de sus caballos, partieron uno tras otro. El rey Arturo les acompaño hasta las puertas del castillo y vio con pesar cómo su corte quedaba vacía y desierta.
La noche de aquel mismo día, Galahad llegó hasta un convento de frailes y pidió hospitalidad para aquella noche. Y he aquí que, al bajar a la capilla para rezar sus oraciones, antes de acostarse, Galahad vio sobre el altar un escudo que los frailes le aseguraron que no había estado nunca allí. Galahad comprendió entonces que aquel escudo le estaba destinado y lo tomó. Al amanecer del día siguiente, partió de nuevo. A lo largo del camino, se le interpusieron mil obstáculos que superó fácilmente, como impulsado por una fuerza divina; mil enemigos le salieron al paso, más los venció a todos y dispersó; su escudo detenía los golpes protegiéndole milagrosamente. De este modo llegó hasta un bosque, donde en el tronco de una vieja encina halló clavada una espada, con un letrero que decía: “Soy una espada milagrosa; pero nadie, por fuerte que sea, podrá arrancarme del tronco, excepto aquel a quien estoy destinada.”. Galahad la empuño y la espada se desprendió fácilmente del tronco. En la vaina había esta inscripción: “Sólo la hija de un rey podrá dar el cinturón digno de esta espada, formándolo con la cosa que más quiera.”
-Y ahora, ¿Cómo hacer para dar con una hija de rey?- se preguntó Galahad.
Inmediatamente, una voz muy suave le respondió:
-Heme aquí: yo soy hija de rey.
Y apareció una hermosa doncella rubia que ofreció al héroe un cinturón formado de cabellos finos como filigrana de oro. Apenas entregó el cinturón, la doncella desapareció.
Ceñida la espada, Galahad continuó su camino y a la hora del crepúsculo llegó a un castillo, llamado el castillo de las aventuras. Allí fue acogido, como si se le esperase , por un grupo de caballeros vestidos con larga túnicas blancas, sobre las que aparecía bordada en el pecho, una hermosa paloma de plata. Se sentaron todos a la mesa. Terminada la cena, el más anciano de los caballeros abrazó a Galahad y le dijo:
-Nosotros custodiamos aquí el santo Grial y la lanza que el centurión empleó para herir a Jesús en el costado. Ahora, por mandato divino, que nos ha sido revelado por un ángel, estas reliquias deberán ser transportadas a España, a los pirineos, a un castillo llamado Montsalvat . Y tú eres el Elegido que debe transportarlas. Nosotros te seguiremos devotamente , porque, desde este momento, tú eres nuestro rey.
El cáliz sagrado, llamado Grial, fue traído a la mesa. Galahad lo destapó y miró adentro: un sentimiento de dicha sobrehumana le invadió y se sintió, de pronto, desasido de todas las cosas terrenas: cayó de rodillas y rezó.
En el sitio vacante se encontraron ,e n efecto, escritas misteriosamente (y nunca se ha sabido por quién) estas palabras: “Setecientos setenta y siete años después de la Pasión de Jesucristo, el día de Pentecostés, este sitio será ocupado por el caballero elegido”.
Un día de Pentecostés, precisamente, en que el rey Arturo celebraba consejo, Lanzarote, al pasar junto al sitio vacío, echó una mirada a estas inscripción. ¡Cuántas veces la abría visto y leído! Pero aquel día, no se sabe por qué inspiración , muy pensativo la consideró con más atención que nunca, y haciendo cálculos exclamó:
-Señores, amigos míos. Si echáis un la cuenta como yo, veréis que el día indicado en esta inscripción, es precisamente hoy, hoy conoceremos por fin , al Caballero elegido, digno de sentarse en este sitio.
No había aún terminado la frase, cuando la puerta de la sala se abrió sola, y por ella entró un caballero con armadura roja y sin escudo, hermosos como el sol de primavera.
-La paz sea con vosotros- dijo el recién llegado. Yo soy Galahad, descendiente directo de José de Arimatea, el discípulo de Cristo. Y en prueba de que digo la verdad, muy pronto tendréis una maravillosa visión celestial.
Los caballeros del rey Arturo, mudos de asombro, aguardaba. Y he aquí que se oyó de pronto el fragor de un trueno, mientras una luz vivísima se difundía por toda la sala. Y en medio de aquella luz, apareció milagrosamente suspendida en el aire una copa en forma de cáliz. La visión duró apenas unos instantes: luego , copa y luz desaparecieron.
Entonces Galahad habló de nuevo:
-La copa que habéis visto es el santo grial, esto, es, la copa en que Jesús bebió en su ultima cena y en la que mi antepasado José de Arimatea, recogió la sangre que brotaba de las heridas del redentor. La copa milagrosa pasó de José de Arimatea a sus descendientes, durante largos años; pero luego desapareció misteriosamente hoy no se sabe dónde se encuentra. Hay que encontrarla; ésta es la misión que nos ha sido confiada. Cada uno e nosotros es necesario que haga voto de ir mañana por la mañana a la búsqueda del Grial.
Al oír esto, todos los caballeros se levantaron de sus sillas y juraron emprender inmediatamente la búsqueda. En efecto, al día siguiente, después de oír misa , se armaron, y saltando a la grupa de sus caballos, partieron uno tras otro. El rey Arturo les acompaño hasta las puertas del castillo y vio con pesar cómo su corte quedaba vacía y desierta.
La noche de aquel mismo día, Galahad llegó hasta un convento de frailes y pidió hospitalidad para aquella noche. Y he aquí que, al bajar a la capilla para rezar sus oraciones, antes de acostarse, Galahad vio sobre el altar un escudo que los frailes le aseguraron que no había estado nunca allí. Galahad comprendió entonces que aquel escudo le estaba destinado y lo tomó. Al amanecer del día siguiente, partió de nuevo. A lo largo del camino, se le interpusieron mil obstáculos que superó fácilmente, como impulsado por una fuerza divina; mil enemigos le salieron al paso, más los venció a todos y dispersó; su escudo detenía los golpes protegiéndole milagrosamente. De este modo llegó hasta un bosque, donde en el tronco de una vieja encina halló clavada una espada, con un letrero que decía: “Soy una espada milagrosa; pero nadie, por fuerte que sea, podrá arrancarme del tronco, excepto aquel a quien estoy destinada.”. Galahad la empuño y la espada se desprendió fácilmente del tronco. En la vaina había esta inscripción: “Sólo la hija de un rey podrá dar el cinturón digno de esta espada, formándolo con la cosa que más quiera.”
-Y ahora, ¿Cómo hacer para dar con una hija de rey?- se preguntó Galahad.
Inmediatamente, una voz muy suave le respondió:
-Heme aquí: yo soy hija de rey.
Y apareció una hermosa doncella rubia que ofreció al héroe un cinturón formado de cabellos finos como filigrana de oro. Apenas entregó el cinturón, la doncella desapareció.
Ceñida la espada, Galahad continuó su camino y a la hora del crepúsculo llegó a un castillo, llamado el castillo de las aventuras. Allí fue acogido, como si se le esperase , por un grupo de caballeros vestidos con larga túnicas blancas, sobre las que aparecía bordada en el pecho, una hermosa paloma de plata. Se sentaron todos a la mesa. Terminada la cena, el más anciano de los caballeros abrazó a Galahad y le dijo:
-Nosotros custodiamos aquí el santo Grial y la lanza que el centurión empleó para herir a Jesús en el costado. Ahora, por mandato divino, que nos ha sido revelado por un ángel, estas reliquias deberán ser transportadas a España, a los pirineos, a un castillo llamado Montsalvat . Y tú eres el Elegido que debe transportarlas. Nosotros te seguiremos devotamente , porque, desde este momento, tú eres nuestro rey.
El cáliz sagrado, llamado Grial, fue traído a la mesa. Galahad lo destapó y miró adentro: un sentimiento de dicha sobrehumana le invadió y se sintió, de pronto, desasido de todas las cosas terrenas: cayó de rodillas y rezó.
sábado, 28 de febrero de 2009
Lanzarote del Lago
Un día que el rey Arturo regresaba con sus caballeros de una partida de caza, tropezó con un maravilloso cortejo que seguía a una dama vestida de blanco, montada en un hermoso caballo blanco, al lado de un jovencito, muy hermoso y robusto. Cuando el rey se halló frente a la dama, ésta le dijo:
-Señor, yo soy la Dama del Lago. Y he venido hasta vos para pediros un favor: desearía que armaseis caballero a este joven, que es de alto linaje, y a quien he criado como a mi propio hijo. Algún día podré revelaros su verdadero nombre y deciros cuál es su familia.
El rey complació a la gentil dama y armó al joven, consagrándole caballero. La dama besó entonces al joven en la frente y partió . La llegada del misterioso jovenzuelo suscitó gran admiración en toda la corte, y en especial en la reina Ginebra, que quedó fascinada por la luz que irradiaba de su noble rostro y su mirada ardiente. En tanto, el nuevo caballero aguardaba con ansia el momento de poder demostrar, en cualquier empresa difícil, el valor de que era capaz. Y la ocasión no tardó en presentarse.
El día de San Juan se presentó en la corte una doncella que suplicó calurosamente al rey quisiera designar un campeón para defender en duelo las razones de la dama de Noham, que había sido retada por el rey de Nortumberlandia y se exponía por falta de un defensor a perder su feudo. El joven caballero se adelantó entonces pidiendo la gracia de ser elegido, y como el rey sonriera complacido, él creyó leer en su sonrisa un asentimiento, y tomando de la mano a la doncella, se fue guiado por ella. Tanto era el fervor de su entusiasmo que no se acordó siquiera de llevar con él su espada.
Apenas la dama de Noham vio llegar a aquel jovenzuelo imberbe, se creyó perdida y suspiró tristemente. Su sorpresa y su preocupación aumentaron aún al verle sin espada. Preguntó entonces:
-¿Cómo haréis , pues, para combatir?
-No os preocupéis, señora- respondió el adolescente. Haré lo mejor que sepa. Ya veréis.
Hizo en efecto, o mejor que supo, y bien lo aprendió a su costa el rey de Nortumberlandia , pues el ardiente jovenzuelo se lanzó contra él con tal ímpetu, que al solo choque de su escudo lo derribó ; después saltó prestamente de la silla, le arranco de la mano la espada y apuntó con ella a la garganta. El duelo terminó y el feudo de Noham quedó liberado del defensor.
La fama de esta hazaña se difundió rápidamente por todo el país , llegando hasta la corte del rey Arturo. La reina Ginebra eligió entre las múltiples armas de su palacio una bella espada con empuñadura de oro y la envió al caballero como premio a su valor.
Pero las aventuras no acabaron aquí. Pues mientras Lanzarote se volvía a la corte del rey, encontró a Zoraida, una doncella de la dama del Lago, que ésta le enviaba para proponerle una nueva empresa. Se trataba de vencer los hechizos que conturbaban al castillo de la dolorosa guardia. Este castillo estaba defendido por un doble cinturón de murallas y en cada muralla hallábanse diez guardias formidables guerreros. Dentro de la fortaleza ocurrían , sin embargo, hechos misteriosos e inexplicables: aparecían horribles monstruos, resplandecían luces arcanas, se escuchaban espantosos fragores que retumbaban pavorosamente en los subterráneos. En premio a tal empresa, Zoraida prometía al caballero, darle , por fin , a conocer su nombre y su historia. ¡Imaginadse con qué entusiasmo aceptó el audaz jovenzuelo! Sin perder tiempo se dirigió al castillo, venció a los diez guerreros formidables de guardia en la primera muralla, venció también , aunque con más esfuerzos, a los diez de la segunda muralla, y, por fin, penetró en el interior de la fortaleza.
Allí le aguardaban las más duras. Tuvo que pelear contra dragones, hidras, quimeras, espantosas serpientes y monstruos que adoptaban diversos aspectos, nunca antes vistos, y la batalla fue áspera y ruda, pues cada monstruo tenía que ser combatido y vencido de modo diferente. Pero al fin, el caballero, los destruyo a todos. Entonces empezaron a aparecer y desaparecer fantasmas que hacían estremecer con sus formas repugnantes , sus aullidos horrendos, sus cegadores rayos. La lucha con ellos fue más difícil, pues los fantasmas se esfumaban sin poder ser capturados y, al ser heridos, no presentaban consistencia.
Sin embargo, con paciencia y valor, el joven triunfó también con los fantasmas. Creía ya haber terminado la dura hazaña cuando, de los subterráneos , surgieron bandas enteras de diablos desencadenados. ¿Qué hacer? El joven caballero no se turbó , sino que permaneció impasible y sereno, seguro de sí mismo y de sus propias fuerzas. Y cuando hubo disperso y puesto en fuga también las diabólicas legiones, volvieron por fin al castillo la paz y la tranquilidad. Entonces el joven rogó a Zoraida que quisiera revelarle su nombre y su historia.
-Tú te llamas Lanzarote-le dijo Zoraida-, y eres hijo del buen rey Bando, primo de Arturo. Tu madre se llama Elena, y era la reina más bellas de la Gran Bretaña. Habías nacido hacía poco, cuando tu padre fue desposeído de su reino por el malvado rey Claudio de la tierra desierta. El pobre Bando tuvo que huir al destierro con su esposa y contigo, niño e pocos meses . Pero durante el camino el desgraciado del rey cayó victima de una emboscada enemiga y la reina murió de pena antes de cerrar los ojos apareció prodigiosamente en aquel sitio la Dama del Lago, que no es otra que la maga Viviana, esposa del buen mago Merlín, te cuidó y te educo como a hijo suyo. El resto ya lo sabes. Ahora ve y cuéntale tu historia al rey Arturo.
Lanzarote se sintió muy satisfecho al saber que era hijo de un rey, aun cuando sintiera el dolor de no haber conocido a un padre tan noble y a una madre tan bella.
En la corte del rey Arturo fue acogido con todos los honores debidos al valiente caballero que había mostrado ser, y cuando se supo que además era pariente del rey, todos le quisieron y admiraron más todavía, en especial la reina Ginebra. Otras muchas hazañas afortunadas realizó Lanzarote, que ahora sería demasiado largo relatar, algún día quizás las leeréis en un relato más largo.
-Señor, yo soy la Dama del Lago. Y he venido hasta vos para pediros un favor: desearía que armaseis caballero a este joven, que es de alto linaje, y a quien he criado como a mi propio hijo. Algún día podré revelaros su verdadero nombre y deciros cuál es su familia.
El rey complació a la gentil dama y armó al joven, consagrándole caballero. La dama besó entonces al joven en la frente y partió . La llegada del misterioso jovenzuelo suscitó gran admiración en toda la corte, y en especial en la reina Ginebra, que quedó fascinada por la luz que irradiaba de su noble rostro y su mirada ardiente. En tanto, el nuevo caballero aguardaba con ansia el momento de poder demostrar, en cualquier empresa difícil, el valor de que era capaz. Y la ocasión no tardó en presentarse.
El día de San Juan se presentó en la corte una doncella que suplicó calurosamente al rey quisiera designar un campeón para defender en duelo las razones de la dama de Noham, que había sido retada por el rey de Nortumberlandia y se exponía por falta de un defensor a perder su feudo. El joven caballero se adelantó entonces pidiendo la gracia de ser elegido, y como el rey sonriera complacido, él creyó leer en su sonrisa un asentimiento, y tomando de la mano a la doncella, se fue guiado por ella. Tanto era el fervor de su entusiasmo que no se acordó siquiera de llevar con él su espada.
Apenas la dama de Noham vio llegar a aquel jovenzuelo imberbe, se creyó perdida y suspiró tristemente. Su sorpresa y su preocupación aumentaron aún al verle sin espada. Preguntó entonces:
-¿Cómo haréis , pues, para combatir?
-No os preocupéis, señora- respondió el adolescente. Haré lo mejor que sepa. Ya veréis.
Hizo en efecto, o mejor que supo, y bien lo aprendió a su costa el rey de Nortumberlandia , pues el ardiente jovenzuelo se lanzó contra él con tal ímpetu, que al solo choque de su escudo lo derribó ; después saltó prestamente de la silla, le arranco de la mano la espada y apuntó con ella a la garganta. El duelo terminó y el feudo de Noham quedó liberado del defensor.
La fama de esta hazaña se difundió rápidamente por todo el país , llegando hasta la corte del rey Arturo. La reina Ginebra eligió entre las múltiples armas de su palacio una bella espada con empuñadura de oro y la envió al caballero como premio a su valor.
Pero las aventuras no acabaron aquí. Pues mientras Lanzarote se volvía a la corte del rey, encontró a Zoraida, una doncella de la dama del Lago, que ésta le enviaba para proponerle una nueva empresa. Se trataba de vencer los hechizos que conturbaban al castillo de la dolorosa guardia. Este castillo estaba defendido por un doble cinturón de murallas y en cada muralla hallábanse diez guardias formidables guerreros. Dentro de la fortaleza ocurrían , sin embargo, hechos misteriosos e inexplicables: aparecían horribles monstruos, resplandecían luces arcanas, se escuchaban espantosos fragores que retumbaban pavorosamente en los subterráneos. En premio a tal empresa, Zoraida prometía al caballero, darle , por fin , a conocer su nombre y su historia. ¡Imaginadse con qué entusiasmo aceptó el audaz jovenzuelo! Sin perder tiempo se dirigió al castillo, venció a los diez guerreros formidables de guardia en la primera muralla, venció también , aunque con más esfuerzos, a los diez de la segunda muralla, y, por fin, penetró en el interior de la fortaleza.
Allí le aguardaban las más duras. Tuvo que pelear contra dragones, hidras, quimeras, espantosas serpientes y monstruos que adoptaban diversos aspectos, nunca antes vistos, y la batalla fue áspera y ruda, pues cada monstruo tenía que ser combatido y vencido de modo diferente. Pero al fin, el caballero, los destruyo a todos. Entonces empezaron a aparecer y desaparecer fantasmas que hacían estremecer con sus formas repugnantes , sus aullidos horrendos, sus cegadores rayos. La lucha con ellos fue más difícil, pues los fantasmas se esfumaban sin poder ser capturados y, al ser heridos, no presentaban consistencia.
Sin embargo, con paciencia y valor, el joven triunfó también con los fantasmas. Creía ya haber terminado la dura hazaña cuando, de los subterráneos , surgieron bandas enteras de diablos desencadenados. ¿Qué hacer? El joven caballero no se turbó , sino que permaneció impasible y sereno, seguro de sí mismo y de sus propias fuerzas. Y cuando hubo disperso y puesto en fuga también las diabólicas legiones, volvieron por fin al castillo la paz y la tranquilidad. Entonces el joven rogó a Zoraida que quisiera revelarle su nombre y su historia.
-Tú te llamas Lanzarote-le dijo Zoraida-, y eres hijo del buen rey Bando, primo de Arturo. Tu madre se llama Elena, y era la reina más bellas de la Gran Bretaña. Habías nacido hacía poco, cuando tu padre fue desposeído de su reino por el malvado rey Claudio de la tierra desierta. El pobre Bando tuvo que huir al destierro con su esposa y contigo, niño e pocos meses . Pero durante el camino el desgraciado del rey cayó victima de una emboscada enemiga y la reina murió de pena antes de cerrar los ojos apareció prodigiosamente en aquel sitio la Dama del Lago, que no es otra que la maga Viviana, esposa del buen mago Merlín, te cuidó y te educo como a hijo suyo. El resto ya lo sabes. Ahora ve y cuéntale tu historia al rey Arturo.
Lanzarote se sintió muy satisfecho al saber que era hijo de un rey, aun cuando sintiera el dolor de no haber conocido a un padre tan noble y a una madre tan bella.
En la corte del rey Arturo fue acogido con todos los honores debidos al valiente caballero que había mostrado ser, y cuando se supo que además era pariente del rey, todos le quisieron y admiraron más todavía, en especial la reina Ginebra. Otras muchas hazañas afortunadas realizó Lanzarote, que ahora sería demasiado largo relatar, algún día quizás las leeréis en un relato más largo.
viernes, 27 de febrero de 2009
Los caballeros de la tabla redonda
El rey Uter de Pandragón había muerto y toda Gran Bretaña estaba de luto.¿Quién le sucedería en el trono? Del castillo real de Logres fueron enviados seis caballeros en busca del mago Merlín para pedirle consejo sobre tan importante decisión.
Merlín era un mago bueno y muy poderoso, cuyos consejos habían sido siempre preciosos al gobierno del país. Pero no era fácil dar con él. Aparecía cuando menos se esperaba y se escondía, en cambio, cuando sabía que se le necesitaba, transformándose en lagartija, en enano, en niño o en mujer, tomando, en fin , los aspectos más diversos. Aquella vez compareció ante los seis caballeros con el aspecto de un pobre mendigo andrajoso y estuvo burlándose largo rato de ellos antes de darse a conocer. Al fin se mostró en su verdadero aspecto y aconsejó esperar la noche de Navidad para elección del nuevo rey. Les entregó un yunque en el que se hallaba sólidamente incrustada una espada y les dijo que debería ser elegido rey aquel que fuese capaz de arrancarla.
La noche de Navidad llegó a fin. El yunque con la espada fue transportad a la plaza del pueblo y allí en presencia del arzobispo, se presentaron, uno tras otro, todos los barones y nobles del reino para intentar la prueba. Pero fue inútil; ninguno de ellos fue capaz ni tan siquiera de mover un centímetro la espada. Desanimado, el pueblo iba ya a abandonar la plaza y regresar a su casas, cuando se adelantó un jovencillo delgado y tímido. ¿Quién sería? Nadie le conocía. El jovenzuelo preguntó al arzobispo con voz débil si podía intentar la prueba. El arzobispo estaba perplejo y los altos dignatarios que se hallaban a su lado sonreían: ¿Cómo aquel endeble muchachuelo iba a conseguir lo que los grandes y robustos señores de Gran Bretaña no habían logrado? El arzobispo, sin embargo, no dijo que no al muchacho; le dejó hacer. Y con gran asombro de todo, apenas el muchacho empuño la espada ésta se separó sin esfuerzo del yunque. El pueblo entonces le aclamó: era un milagro y con él se manifestaba la bondad divina. Por lo tanto el jovenzuelo fue coronado rey.
Se supo entonces que se llamaba Arturo y que había sido discípulo del mago Merlín.
Apenas subido al trono, el joven rey Arturo supo hacerse amar de sus súbditos por su gran valor y por su exquisita bondad. No había presa empresa temeraria que no intentase, cuando se trataba de defender la inocencia calumnia; y cuando él intentaba una empresa, la llevaba siempre a buen fin.
Bastará recordar el castigo que infligió al desgraciado rey Claudio de la Tierra Desierta, que había invadido el territorio del débil rey Leogadán, molestándole y persiguiéndole durante siete años. El pobre Leogadán no sabía como liberarse de aquel abuso, cuando he aquí que cierto día vio comparecer entre las filas de su ejercito a un caballero desconocido que se ofreció a combatir por él. El caballero demostró más fuerte que todo un ejercito e hizo prodigios de valor. El solo derrotó y exterminó a gran parte del ejercito enemigo, desafiando en duelo al propio rey Claudio y matándole. El valeroso héroe fue llevado en triunfo hasta palacio, donde se celebró un espléndido banquete en su honor. Asistió a él la hija de Leogadán , que se llamaba Ginebra. Era una hermosa princesita, blanca y rubia como un hada. El caballero desconocido se enamoró perdidamente de ella n cuanto la vio y la hermosa Ginebra, por su parte, también se enamoro de él. Pero ninguno de los dos osó demostrar sus sentimientos. Compareció entonces de improviso en la sala el mago Merlín, que, sentándose al lado del rey, empezó a decirle:
-Señor, ¿cómo no habéis pensado todavía en casar a vuestra hermosa y virtuosa hija?
El rey suspiró que no había tenido tiempo de pensar en ello, ocupado en su lucha contra el funesto rey Claudio.
-Pues bien-repuso Merlín, he aquí una ocasión propicia para casarla. Dádsela al caballero desconocido que ha salvado vuestro reino. ¿No veis que está enamorado de vuestra hija y ella de él ? Además os confiaré una cosa: este caballero tan valeroso, y tan sabio, es el célebre rey Arturo, señor de Gran Bretaña. ¡En verdad que vuestra Ginebra no podría aspirar a nada mejor!
Las bodas s quedaron pronto concertadas. Y de este modo, el más esforzado de los caballeros tuvo por esposa a la más bella de las princesas.
En aquél mismo tiempo se casó también el mago Merlín. He aquí como sucedió, esté paseaba cierta ocasión a orillas de un lago, cuando descubrió , sentada en la orilla, a una gentil doncella, llamada Viviana, que se miraba en el agua, peinando sus hermosos cabellos. La doncella era muy hermosa, y parecía también muy inteligente, tanto que Merlín empezó a hablar con ella animadamente . Pronto quedó prendado de su rara ingenuidad, unida, sin embargo, a una instintiva y profunda sabiduría . El la hizo reír mucho con sus juegos de magia, transformándose en luciérnaga o en rana, haciendo surgir en medio del lago un magnifico castillo, o caminad sobre el agua sin mojase. La doncella le preguntó el secreto de aquellos juegos; y Merlín se dio cuenta de que ella poseía una rara facilidad para aprender rápidamente las fórmulas mágicas e incluso repetir aquellos juegos con éxito.
-¿Por qué no nos casamos?-le preguntó Merlín, encantado de su gracia. Haríamos, en verdad, una hermosa pareja.
Viviana aceptó con entusiasmo, con la condición de que Merlín la convirtiese, a su vez, en maga. Algún tiempo después, Merlín se presentó al rey Arturo y le dijo:
-Señor, ahora que he tomado esposa, sólo podremos vernos muy de tarde en tarde. Quizás no me dejaré ver nunca más. Pero antes de dejaros quiero deciros algo muy grave. Estáis destinado a grandes empresas. La mayor de ellas, sin embargo será la búsqueda del Grial. Debéis saber que en alguna parte del mundo existe la copa santa en que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo, pero nadie sabe exactamente donde se encuentra: esta copa se llama Grial. A al fin, deberéis instituir una nueva orden caballeresca, en la que agruparéis a los más valerosos guerreros de nuestro reino y de los reinos vecinos. Y para que exista entre vosotros una completa hermandad de armas y todos seáis considerados iguales, deberéis reunirlos en torno a una mesa redonda. Y por eso la orden instituida se llamara “de la tabla redonda”
La idea agradó al rey Arturo que la hizo proclamar por sus heraldos. Inmediatamente de todas partes afluyo la flor y nata de los caballeros y el día de navidad el rey inauguró la gran Tabla redonda, en torno a la cual se reunieron 150 caballeros. Un solo asiento debería quedar vacío, según el consejo de Merlín, siendo éste destinado al caballero elegido, que algún día comparecería para ocuparlo. Los otros asientos fueron ocupados por los caballeros legados de todas partes del reino; y el rey se sentó entre ellos, como un igual.Pronto sintieron los caballeros sus corazones invadidos por una gran ternura fraterna: un lazo profundo los uniría para siempre en cualquier empresa santa que intentasen. Juraron no negar jamás su ayuda a los débiles y a los oprimidos, y si uno de ellos se hallaba en peligro, todos deberían acudir inmediatamente en su ayuda; y si uno de ellos desaparecería en la conquista del Grial; todos los demás se pondrían rápidamente en su búsqueda, lo mismo durase esta un día o un año.
Merlín era un mago bueno y muy poderoso, cuyos consejos habían sido siempre preciosos al gobierno del país. Pero no era fácil dar con él. Aparecía cuando menos se esperaba y se escondía, en cambio, cuando sabía que se le necesitaba, transformándose en lagartija, en enano, en niño o en mujer, tomando, en fin , los aspectos más diversos. Aquella vez compareció ante los seis caballeros con el aspecto de un pobre mendigo andrajoso y estuvo burlándose largo rato de ellos antes de darse a conocer. Al fin se mostró en su verdadero aspecto y aconsejó esperar la noche de Navidad para elección del nuevo rey. Les entregó un yunque en el que se hallaba sólidamente incrustada una espada y les dijo que debería ser elegido rey aquel que fuese capaz de arrancarla.
La noche de Navidad llegó a fin. El yunque con la espada fue transportad a la plaza del pueblo y allí en presencia del arzobispo, se presentaron, uno tras otro, todos los barones y nobles del reino para intentar la prueba. Pero fue inútil; ninguno de ellos fue capaz ni tan siquiera de mover un centímetro la espada. Desanimado, el pueblo iba ya a abandonar la plaza y regresar a su casas, cuando se adelantó un jovencillo delgado y tímido. ¿Quién sería? Nadie le conocía. El jovenzuelo preguntó al arzobispo con voz débil si podía intentar la prueba. El arzobispo estaba perplejo y los altos dignatarios que se hallaban a su lado sonreían: ¿Cómo aquel endeble muchachuelo iba a conseguir lo que los grandes y robustos señores de Gran Bretaña no habían logrado? El arzobispo, sin embargo, no dijo que no al muchacho; le dejó hacer. Y con gran asombro de todo, apenas el muchacho empuño la espada ésta se separó sin esfuerzo del yunque. El pueblo entonces le aclamó: era un milagro y con él se manifestaba la bondad divina. Por lo tanto el jovenzuelo fue coronado rey.
Se supo entonces que se llamaba Arturo y que había sido discípulo del mago Merlín.
Apenas subido al trono, el joven rey Arturo supo hacerse amar de sus súbditos por su gran valor y por su exquisita bondad. No había presa empresa temeraria que no intentase, cuando se trataba de defender la inocencia calumnia; y cuando él intentaba una empresa, la llevaba siempre a buen fin.
Bastará recordar el castigo que infligió al desgraciado rey Claudio de la Tierra Desierta, que había invadido el territorio del débil rey Leogadán, molestándole y persiguiéndole durante siete años. El pobre Leogadán no sabía como liberarse de aquel abuso, cuando he aquí que cierto día vio comparecer entre las filas de su ejercito a un caballero desconocido que se ofreció a combatir por él. El caballero demostró más fuerte que todo un ejercito e hizo prodigios de valor. El solo derrotó y exterminó a gran parte del ejercito enemigo, desafiando en duelo al propio rey Claudio y matándole. El valeroso héroe fue llevado en triunfo hasta palacio, donde se celebró un espléndido banquete en su honor. Asistió a él la hija de Leogadán , que se llamaba Ginebra. Era una hermosa princesita, blanca y rubia como un hada. El caballero desconocido se enamoró perdidamente de ella n cuanto la vio y la hermosa Ginebra, por su parte, también se enamoro de él. Pero ninguno de los dos osó demostrar sus sentimientos. Compareció entonces de improviso en la sala el mago Merlín, que, sentándose al lado del rey, empezó a decirle:
-Señor, ¿cómo no habéis pensado todavía en casar a vuestra hermosa y virtuosa hija?
El rey suspiró que no había tenido tiempo de pensar en ello, ocupado en su lucha contra el funesto rey Claudio.
-Pues bien-repuso Merlín, he aquí una ocasión propicia para casarla. Dádsela al caballero desconocido que ha salvado vuestro reino. ¿No veis que está enamorado de vuestra hija y ella de él ? Además os confiaré una cosa: este caballero tan valeroso, y tan sabio, es el célebre rey Arturo, señor de Gran Bretaña. ¡En verdad que vuestra Ginebra no podría aspirar a nada mejor!
Las bodas s quedaron pronto concertadas. Y de este modo, el más esforzado de los caballeros tuvo por esposa a la más bella de las princesas.
En aquél mismo tiempo se casó también el mago Merlín. He aquí como sucedió, esté paseaba cierta ocasión a orillas de un lago, cuando descubrió , sentada en la orilla, a una gentil doncella, llamada Viviana, que se miraba en el agua, peinando sus hermosos cabellos. La doncella era muy hermosa, y parecía también muy inteligente, tanto que Merlín empezó a hablar con ella animadamente . Pronto quedó prendado de su rara ingenuidad, unida, sin embargo, a una instintiva y profunda sabiduría . El la hizo reír mucho con sus juegos de magia, transformándose en luciérnaga o en rana, haciendo surgir en medio del lago un magnifico castillo, o caminad sobre el agua sin mojase. La doncella le preguntó el secreto de aquellos juegos; y Merlín se dio cuenta de que ella poseía una rara facilidad para aprender rápidamente las fórmulas mágicas e incluso repetir aquellos juegos con éxito.
-¿Por qué no nos casamos?-le preguntó Merlín, encantado de su gracia. Haríamos, en verdad, una hermosa pareja.
Viviana aceptó con entusiasmo, con la condición de que Merlín la convirtiese, a su vez, en maga. Algún tiempo después, Merlín se presentó al rey Arturo y le dijo:
-Señor, ahora que he tomado esposa, sólo podremos vernos muy de tarde en tarde. Quizás no me dejaré ver nunca más. Pero antes de dejaros quiero deciros algo muy grave. Estáis destinado a grandes empresas. La mayor de ellas, sin embargo será la búsqueda del Grial. Debéis saber que en alguna parte del mundo existe la copa santa en que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo, pero nadie sabe exactamente donde se encuentra: esta copa se llama Grial. A al fin, deberéis instituir una nueva orden caballeresca, en la que agruparéis a los más valerosos guerreros de nuestro reino y de los reinos vecinos. Y para que exista entre vosotros una completa hermandad de armas y todos seáis considerados iguales, deberéis reunirlos en torno a una mesa redonda. Y por eso la orden instituida se llamara “de la tabla redonda”
La idea agradó al rey Arturo que la hizo proclamar por sus heraldos. Inmediatamente de todas partes afluyo la flor y nata de los caballeros y el día de navidad el rey inauguró la gran Tabla redonda, en torno a la cual se reunieron 150 caballeros. Un solo asiento debería quedar vacío, según el consejo de Merlín, siendo éste destinado al caballero elegido, que algún día comparecería para ocuparlo. Los otros asientos fueron ocupados por los caballeros legados de todas partes del reino; y el rey se sentó entre ellos, como un igual.Pronto sintieron los caballeros sus corazones invadidos por una gran ternura fraterna: un lazo profundo los uniría para siempre en cualquier empresa santa que intentasen. Juraron no negar jamás su ayuda a los débiles y a los oprimidos, y si uno de ellos se hallaba en peligro, todos deberían acudir inmediatamente en su ayuda; y si uno de ellos desaparecería en la conquista del Grial; todos los demás se pondrían rápidamente en su búsqueda, lo mismo durase esta un día o un año.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Sigfrido
Bajo la vigilante y amorosa guía de Mime, Sigfrido crecía cada día más hermoso y más fuerte. El enano le había enseñado una porción de cosas útiles : sabía distinguir las hierbas y toda clase de piedras , sabía trabajar el hierro y el oro...Pero el mayor placer del jovenzuelo era correr libremente por el bosque, en rivalidad con el viento, cazar pajarillos, enfrentarse con lobos y osos vagabundos, vencerles y arrastrarles luego atados por el cuello, hasta la cabaña de Mime. Su más ardiente deseo era poseer una espada.
Y en efecto, el enano trabajaba día y noche, forjando espadas, pero con un golpe leve de sus poderosos brazos, Sigfrido las destrozaba todas en un momento: ninguna espada era bastante buena para él, ninguna podía resistir la extraordinaria fuerza del muchacho .Entonces Mime pensó unir los dos trozos de la espada Dolor que Siglinda le había confiado antes de morir. Tal vez sería aquélla precisamente la espada que Sigfrido necesitaba. Pero no consiguió soldar los dos pedazos. No querían unirse, y al primer golpe, volvían a romperse.
Un día, al atardecer, cuando el enano cansado del trabajo, se hallaba a la puerta de su cabaña, esperando a Sigfrido, vio de pronto, a su lado, a un extraño mendigo que le miraba con ojos destellantes.
-¿Qué quieres de mi?- le preguntó Mime de mal talante. Vete.
-Sin embargo...-Empezó a decir el mendigo, con una voz dulcísima. Sin embargo, yo podría decirte muchas cosas...Sé, por ejemplo, que te afanas inútilmente en unir los dos trozos de la espada dolor; sé que quieres armar con ella a Sigfrido para que mate a Fafner, el dragón, y poder de este modo apoderarte del tesoro de los nibelungos...
Al oír estas palabras Mime se tornó pálido como la cera; pero el mendigo , no hizo caso y continuó:
-Y sé también quién podría de nuevo soldar la espada encantada.
-¿Quién?¿Quién?-Pregunto Mime.
-Sólo aquel que no sepa que es el miedo, podrá conseguirlo.
Y diciendo esto , el misterioso mendigo desapareció, mientras un trueno terrible y lejano, retumbaba en todo el valle del Rhin. En tanto Mime pensaba: “¿Cómo puedo ser entonces yo quien una la espada, si siempre tiemblo de miedo?”.En aquel momento se oyó la voz de Sigfrido diciendo:
-¡!Mime, Mime! ¿Tienes ya la espada? Quiero mi espada.¿Cómo?¿No la has conseguido todavía? Vamos, dámela a mí; yo la arreglaré.
Y tomando de manos de Mime los dos trozos de la espada, las arrojó en el crisol, reanimó el fuego e hizo fundir el metal. Sigfrido había comprendido que no era posible soldar los dos pedazos, sino que era precio fundirlos y forjar con la espada rota, una nueva. Cuando ésta salió finalmente de las manos del joven, Sigfrido quiso probarla inmediatamente: la cogió y blandiéndola en el aire, descargó un golpe en el yunque y éste se partió en dos.
-¡Mira, Mime!- gritó entonces Sigfrido, fuera de sí de la alegría .Por fin tengo una espada. Pronto, lévame frente al dragón.
Al amanecer del día siguiente. Sigfrido y Mime abandonaron la cabaña. El bosque se hallaba todavía sumergido en las sombras de la noche y apenas se oía alguno que otro pajarillo madrugador. Un jilguero siguió a los dos hombres, saltando y volando de rama en rama, y parecía que con su canto, quisiera hablar y revelarle a Sigfrido muchas cosas.¿Qué querría decirle el pajarillo? ¿Cómo comprender su lenguaje? Llegaron, por fin, a la cueva donde se hallaba oculto el tesoro de los nibelungos. El enorme dragón Fafner, se hallaba allí, a la entrada de la cueva, vigilante y terrible. Mime, que sentía terror con sólo nombrarlo, se mantuvo aparte; pero Sigfrido se lanzó resueltamente contra el monstruo , que ya empezaba amenazador a mover su horrible cola, preparándose para el asalto y se irguió sobre las patas posteriores para arrojarse sobre el muchacho. Era lo que Sigfrido esperaba para lanzar con todas sus fuerzas la terrible espada contra el pecho descubierto del dragón, hiriéndole en el corazón; luego, de un salto, se hizo rápidamente a un lado enseguida. Pues con un rugido tremendo , Fafner cayó a tierra, como una avalancha y de su enorme corpachón salieron grandes chorros de sangre. Arañó con sus enormes uñas la tierra, se retorció convulsionándose y por último, quedó inmóvil en el suelo, muerto.
Sigfrido se acercó para recuperar su espada, y al arrancarla de la herida, una gota de sangre mojó sus labios. Ahora bien, es cosa sabida que si la sangre de un dragón llega a tocar los labios de un ser humano, el afortunado llegará a comprender el lenguaje de los pájaros. Y, en efecto, Sigfrido, entendió lo que el jilguero quería decirle con su canto:
-Sigfrido, entra en la cueva de los nibelungos y encontrarás en ella oro y piedras preciosas en abundancia; pero mucho más precioso que todo esto, es el yelmo que transforma a las personas y el anillo que proporciona, al que lo lleva, todo lo que desea. Escucha mi consejo, sin embargo: desconfía de Mime que es un traidor y te quiere matar para apoderarse de todas estas cosas.
Sigfrido corrió a la cueva y allí encontró grandes cofres repletos de oro. Arcas rebosantes de maravillosas joyas.
Sin apenas mirarlas, Sigfrido se apresuró a coger el yelmo y el anillo. Luego, fue al encuentro de Mime. El enano estaba acechándole y apenas le vio se lanzó sobre él con un enorme cuchillo para matarle; pero con un golpe feroz de su espada, Sigfrido partió en dos la cabeza del desdichado enano. En tanto, el pajarillo volvió a hablar:
-Báñate ahora en la sangre del dragón , Sigfrido y serás invulnerable. Ninguna espada podrá ya nunca penetrar tu carne.
Sigfrido obedeció a su amigo; se desnudó y se sumergió en la sangre de Fafner que formaba un enorme charco en el suelo. En aquel momento, una hoja de tilo se desprendió de la rama y fue a caer justamente en el medio de la espalda del héroe: de modo que aquel punto del cuerpo que no pudo ser bañado por la sangre dl Dragón quedo vulnerable.
-El jilguero continuó :
-Lejos de aquí se eleva una alta montaña, coronada de fuego sígueme, y te conduciré hasta ella. Una vez allí, atraviesa sin miedo las llamas y encontrarás a la que ha de ser tu esposa.
Sigfrido obedeció una vez más.¿Cómo no obedecer, al sabio pajarillo? Con saltos y revoloteos el pajarillo le predecía, sirviéndole de guía. Llegaron así a la cima de un monte, en el que brillaba un gran incendio. Las llamas altísimas, llegaban casi al cielo; pero el héroe, sin miedo ninguno, se lanzó en medio de ellas, y las cruzó...Al otro lado, había un prado muy verde y una gran paz de paraíso. En medio del pardo, se hallaba tendido un guerrero. ¿Quién sería? ¿Y porqué estaba en aquella posición? ¿Se hallaba muerto o herido? El joven liberó la cabeza del guerrero del pesado yelmo y sólo entonces ,se dio cuenta de que era una hermosa joven, de largos y sedosos cabellos negros.
Era la valquiria Brunilda, a quien el dios Wotan había dejado allí dormida, muchos años antes, en castigo por su desobediencia. Cuando la joven abrió los ojos, miró largo rato a Sigfrido; luego exclamó:
-¿Quién eres, hermoso héroe, y cómo has osado atravesar la muralla de fuego?
Sigfrido callaba, deslumbrado ante tanta belleza, por último, cuando fue capaz de articular alguna palabra, dijo su nombre y narró, en breves palabras, su historia.
-Entonces, gloria a ti ¡Oh héroe que me habías sido prometido!- añadió la valkiria. Has despreciado el peligro y eres, por eso, digno de que yo sea tu esposa. Sigfrido no llegaba a convencerse de que se había ganado una esposa tan bella. Quitó de su dedo el mágico anillo y lo puso en el dedo de Brunilda, en prenda de amor eterno.
Y en efecto, el enano trabajaba día y noche, forjando espadas, pero con un golpe leve de sus poderosos brazos, Sigfrido las destrozaba todas en un momento: ninguna espada era bastante buena para él, ninguna podía resistir la extraordinaria fuerza del muchacho .Entonces Mime pensó unir los dos trozos de la espada Dolor que Siglinda le había confiado antes de morir. Tal vez sería aquélla precisamente la espada que Sigfrido necesitaba. Pero no consiguió soldar los dos pedazos. No querían unirse, y al primer golpe, volvían a romperse.
Un día, al atardecer, cuando el enano cansado del trabajo, se hallaba a la puerta de su cabaña, esperando a Sigfrido, vio de pronto, a su lado, a un extraño mendigo que le miraba con ojos destellantes.
-¿Qué quieres de mi?- le preguntó Mime de mal talante. Vete.
-Sin embargo...-Empezó a decir el mendigo, con una voz dulcísima. Sin embargo, yo podría decirte muchas cosas...Sé, por ejemplo, que te afanas inútilmente en unir los dos trozos de la espada dolor; sé que quieres armar con ella a Sigfrido para que mate a Fafner, el dragón, y poder de este modo apoderarte del tesoro de los nibelungos...
Al oír estas palabras Mime se tornó pálido como la cera; pero el mendigo , no hizo caso y continuó:
-Y sé también quién podría de nuevo soldar la espada encantada.
-¿Quién?¿Quién?-Pregunto Mime.
-Sólo aquel que no sepa que es el miedo, podrá conseguirlo.
Y diciendo esto , el misterioso mendigo desapareció, mientras un trueno terrible y lejano, retumbaba en todo el valle del Rhin. En tanto Mime pensaba: “¿Cómo puedo ser entonces yo quien una la espada, si siempre tiemblo de miedo?”.En aquel momento se oyó la voz de Sigfrido diciendo:
-¡!Mime, Mime! ¿Tienes ya la espada? Quiero mi espada.¿Cómo?¿No la has conseguido todavía? Vamos, dámela a mí; yo la arreglaré.
Y tomando de manos de Mime los dos trozos de la espada, las arrojó en el crisol, reanimó el fuego e hizo fundir el metal. Sigfrido había comprendido que no era posible soldar los dos pedazos, sino que era precio fundirlos y forjar con la espada rota, una nueva. Cuando ésta salió finalmente de las manos del joven, Sigfrido quiso probarla inmediatamente: la cogió y blandiéndola en el aire, descargó un golpe en el yunque y éste se partió en dos.
-¡Mira, Mime!- gritó entonces Sigfrido, fuera de sí de la alegría .Por fin tengo una espada. Pronto, lévame frente al dragón.
Al amanecer del día siguiente. Sigfrido y Mime abandonaron la cabaña. El bosque se hallaba todavía sumergido en las sombras de la noche y apenas se oía alguno que otro pajarillo madrugador. Un jilguero siguió a los dos hombres, saltando y volando de rama en rama, y parecía que con su canto, quisiera hablar y revelarle a Sigfrido muchas cosas.¿Qué querría decirle el pajarillo? ¿Cómo comprender su lenguaje? Llegaron, por fin, a la cueva donde se hallaba oculto el tesoro de los nibelungos. El enorme dragón Fafner, se hallaba allí, a la entrada de la cueva, vigilante y terrible. Mime, que sentía terror con sólo nombrarlo, se mantuvo aparte; pero Sigfrido se lanzó resueltamente contra el monstruo , que ya empezaba amenazador a mover su horrible cola, preparándose para el asalto y se irguió sobre las patas posteriores para arrojarse sobre el muchacho. Era lo que Sigfrido esperaba para lanzar con todas sus fuerzas la terrible espada contra el pecho descubierto del dragón, hiriéndole en el corazón; luego, de un salto, se hizo rápidamente a un lado enseguida. Pues con un rugido tremendo , Fafner cayó a tierra, como una avalancha y de su enorme corpachón salieron grandes chorros de sangre. Arañó con sus enormes uñas la tierra, se retorció convulsionándose y por último, quedó inmóvil en el suelo, muerto.
Sigfrido se acercó para recuperar su espada, y al arrancarla de la herida, una gota de sangre mojó sus labios. Ahora bien, es cosa sabida que si la sangre de un dragón llega a tocar los labios de un ser humano, el afortunado llegará a comprender el lenguaje de los pájaros. Y, en efecto, Sigfrido, entendió lo que el jilguero quería decirle con su canto:
-Sigfrido, entra en la cueva de los nibelungos y encontrarás en ella oro y piedras preciosas en abundancia; pero mucho más precioso que todo esto, es el yelmo que transforma a las personas y el anillo que proporciona, al que lo lleva, todo lo que desea. Escucha mi consejo, sin embargo: desconfía de Mime que es un traidor y te quiere matar para apoderarse de todas estas cosas.
Sigfrido corrió a la cueva y allí encontró grandes cofres repletos de oro. Arcas rebosantes de maravillosas joyas.
Sin apenas mirarlas, Sigfrido se apresuró a coger el yelmo y el anillo. Luego, fue al encuentro de Mime. El enano estaba acechándole y apenas le vio se lanzó sobre él con un enorme cuchillo para matarle; pero con un golpe feroz de su espada, Sigfrido partió en dos la cabeza del desdichado enano. En tanto, el pajarillo volvió a hablar:
-Báñate ahora en la sangre del dragón , Sigfrido y serás invulnerable. Ninguna espada podrá ya nunca penetrar tu carne.
Sigfrido obedeció a su amigo; se desnudó y se sumergió en la sangre de Fafner que formaba un enorme charco en el suelo. En aquel momento, una hoja de tilo se desprendió de la rama y fue a caer justamente en el medio de la espalda del héroe: de modo que aquel punto del cuerpo que no pudo ser bañado por la sangre dl Dragón quedo vulnerable.
-El jilguero continuó :
-Lejos de aquí se eleva una alta montaña, coronada de fuego sígueme, y te conduciré hasta ella. Una vez allí, atraviesa sin miedo las llamas y encontrarás a la que ha de ser tu esposa.
Sigfrido obedeció una vez más.¿Cómo no obedecer, al sabio pajarillo? Con saltos y revoloteos el pajarillo le predecía, sirviéndole de guía. Llegaron así a la cima de un monte, en el que brillaba un gran incendio. Las llamas altísimas, llegaban casi al cielo; pero el héroe, sin miedo ninguno, se lanzó en medio de ellas, y las cruzó...Al otro lado, había un prado muy verde y una gran paz de paraíso. En medio del pardo, se hallaba tendido un guerrero. ¿Quién sería? ¿Y porqué estaba en aquella posición? ¿Se hallaba muerto o herido? El joven liberó la cabeza del guerrero del pesado yelmo y sólo entonces ,se dio cuenta de que era una hermosa joven, de largos y sedosos cabellos negros.
Era la valquiria Brunilda, a quien el dios Wotan había dejado allí dormida, muchos años antes, en castigo por su desobediencia. Cuando la joven abrió los ojos, miró largo rato a Sigfrido; luego exclamó:
-¿Quién eres, hermoso héroe, y cómo has osado atravesar la muralla de fuego?
Sigfrido callaba, deslumbrado ante tanta belleza, por último, cuando fue capaz de articular alguna palabra, dijo su nombre y narró, en breves palabras, su historia.
-Entonces, gloria a ti ¡Oh héroe que me habías sido prometido!- añadió la valkiria. Has despreciado el peligro y eres, por eso, digno de que yo sea tu esposa. Sigfrido no llegaba a convencerse de que se había ganado una esposa tan bella. Quitó de su dedo el mágico anillo y lo puso en el dedo de Brunilda, en prenda de amor eterno.
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