En 1829 nació en Orense don Juan de la Coba y Gómez, y su memoria está cada día
más viva entre sus paisanos por lo peculiar de su ingenio. Parece que fue perito
agrimensor, y redactor de muy jugosos consejos en verso y prosa para los
agricultores, y también inventor de algún artilugio, como el llamado «pirandárgallo»,
aunque los autores no acaban de ponerse de acuerdo acerca de su utilidad, pues unos
le atribuyen la condición de enorme paraguas planetario y otros, la de aparato
volador.
Fue aficionado a la escultura, hasta el punto de tallar algunas imágenes de santos
para ciertas parroquias orensanas. Su talla más famosa fue la de un san Roque en que
el artista, por falta de madera, tiempo o ganas, o por mera provisionalidad, talló el
perro del santo aprovechando el volumen y la forma de un gran nabo. Aunque lo
pintó, el perro se fue secando y arrugando, y causó al fin el asombro de las beatas,
que empezaron a ver en aquella figurilla menguante la señal de un milagro. No
obstante, hay que decir que a don Juan de la Coba le causaba enojo la alusión a tal
escultura.
Con todo, empleó lo principal de su talento en la poesía, primero en castellano y
en gallego, y en la escritura de obras dramáticas. Xesús Alonso Montero dice que en
la Sección de Expedientes de Censura del Archivo Histórico Nacional de Madrid
figuran 25 obras suyas, inéditas, escritas entre los años 1858 y 1863, con títulos como
El tío Faceto, Tretas y Ñaque, Mi congojo y mi bien, o Triunfando me voy. El propio
don Juan de la Coba, al imprimir una de sus obras, en 1895, señaló de sí mismo, en el
frontispicio, lo siguiente: «Uno de los muy pocos mejores escritores dramáticos de
España, autor de muchas obras literarias de las cuales cuarenta se hallan aprobadas de
Real Orden».
También añadía, tras exponer algunos de sus méritos: «Hay además títulos y
diplomas a mi favor, ocultos por infames envidiosos».
Lo más notable en la vida de don Juan de la Coba fue la prodigiosa invención de
un idioma que él mismo denominó «trampitán». Lo peculiar del trampitán es que no
se trata de una lengua con vocación de comunicación universal, como el esperanto o
el volapuk, orientada a unificar la pluralidad lingüística del mundo, sino de una
lengua concebida para la personalísima expresión poética de su inventor, que tenía a
gala ser el único que la conocía.
Carlos Casares señala que la invención del trampitán obedece a una secuencia
lógica de don Juan de la Coba en busca de la rima, que al parecer se le resistía.
Desazonado por la búsqueda de la palabra precisa para sus composiciones, descubrió
que no hay palabra más exacta y adecuada que la que el autor elabora a la medida en
cada ocasión. Casares, como antecedente del propio poeta en su camino de búsqueda,
recoge los siguientes versos:
on Viltrampo te ofrecía
los valles del verramoto,
todas las viñas del tría,
montes y vegas del troto,
los prados de la julepa,
los ríos del cantifón,
tantas navas de dulcepa
y llanos del garicón.
A poner en trampitán todos los vocablos, y no solo los asonantes, había un paso, y
don Juan de la Coba lo dio. Su ópera en un acto La trampitana está toda ella escrita
en el nuevo idioma, aunque el autor acompaña la traducción castellana. Veamos,
primero en trampitán y a continuación en la versión castellana, el arranque de la
ópera, en que dialogan Bertoldo y Paulina:
Bertoldo: Sus sos au pusus fer pe oselete
tretos ortase laréta zón.
Paulina: Pengo dofíno la sobenéte
pe to anofo tofo os quiquitón.
Bert: Lotun to vero cele verida.
Paul: Ou canderese min dasimad.
Bert: Lotun te tene pe antofenida.
Paul: A te ten quirme fer ovindad.
Bert:Cele anefita fer pulentóta.
Paul: Treto Bertoldo moble dasán.
Bert: Treto al vante Sabonta anatota.
Bertoldo: Los dos ya somos en que embeleso
eres ilustre preclara luz.
Paulina: Pongo testigo al universo
que te amo tanto con fortitud.
Bert: Siempre te quise, dulce querida.
Paul: Yo correspondo con ansiedad.
Bert: Siempre mi mente que entretenida.
Paul: Y mi majín es firme en verdad.
Bert: Dulce azucena en hermosura.
Paul: Eres Bertoldo noble galán.
Bert: Eres la bella graciosa y pura.
El trampitán tuvo algunos detractores. En una especie de homenaje literario que le
tributó una revista a don Juan de la Coba en 1897, el poeta festivo Enrique Labarta
preguntaba:
¿A qué hundirse en el arcano
de ese idioma incognoscible?
¿Para hacerse incomprensible
no le basta el castellano?
Sin embargo, don Juan de la Coba y Gómez murió en 1899 en su ciudad natal,
bien seguro de que el trampitán «era una lengua tan oral, polisémica, intuitiva y lírica
que solo en el recitado melódico o en el teatro adquiría plenitud de sentido», como ha
escrito de ella Xosé Filgueira Valverde.
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domingo, 24 de marzo de 2019
Roberto Frassinelli, el alemán de Corao
El alemán se llamaba Roberto Frassinelli Burnitz. Había nacido en la ciudad de
Ludwisgburg, en 1811. Cuidadoso y fiel dibujante, iba reflejando en sus láminas las
gentes y los parajes que visitaba. Era bibliófilo, y conoció España en la época de la
desamortización, cuando tantas piezas venerables y libros antiguos se vendieron.
También era montañista, un montañista pionero. Acaso por eso los Picos de Europa
llamaron su atención. Un escritor legendario, dado a los misterios esotéricos, Mario
Roso de Luna, le atribuye saberes y propósitos ocultistas. El caso es que la historia de
Covadonga llamó fuertemente su atención. La gruta misteriosa, las mágicas virtudes
de la fuente, conocidas en tiempos remotos, la famosa victoria de la cruz sobre la
media luna.
En alguno de los antiguos cronicones —el Albendense, el Rotense— leería los
datos de la prodigiosa batalla: el ejército árabe, de ciento ochenta y siete mil
hombres, perdiendo ciento veinticuatro mil en el lugar de Auseva con la ayuda
celestial de la Santina, que hizo que sus propios dardos y lanzas se volviesen contra
ellos; luego, la misma ayuda milagrosa de la Virgen, haciendo que sobre los
supervivientes que huían se desplomase un monte, en Cosgaya, para acabar con la
vida de todos; el triunfo del pequeño grupo que rodeaba a don Pelayo; el comienzo de
la Reconquista en la parte occidental de la península.
El alemán acabó instalándose en 1854 en la aldea de Corao, junto al río Güeña,
muy cerca de Cangas de Onís y de Covadonga. Botánico experto, estudió y clasificó
las flores y plantas de la zona, y en su pomarada llegó a cultivar casi treinta especies
diferentes de manzana. Su curiosidad arqueológica lo llevó a descubrir piezas de
piedra y bronce, monedas romanas, lápidas y dólmenes. Las gentes de los contornos
conocían, con una mezcla de admiración y extrañeza, su afición a bañarse durante
todo el año en una poza del río Pomperi llamada el Pozo del Alemán, y a revolcarse
desnudo en la nieve, cuando subía a las cumbres en sus excursiones cinegéticas, a
menudo solo, otras veces acompañado de uno de los hijos del cercano pueblo leonés
de Caín, conocidos como cainejos, conocedores de todos los vericuetos de los Picos
de Europa y capaces de saltar por los riscos como los rebecos.
En sus excursiones de montaña, solamente llevaba una manta, la escopeta,
cartuchos, un fardel con harina de maíz y una lata para tostarla. El resto de la
alimentación dependía de su buen tino al disparar.
La consideración de lo sagrado de Covadonga le hizo pensar en la manera de dar
solemnidad al lugar. En la gruta se construyó un camarín diseñado por él, que con el
tiempo desaparecería en un incendio. Y de sus conocimientos arquitectónicos fueron
fruto los primeros proyectos, de aire y gusto goticista, de lo que al cabo sería la
basílica erigida en aquellos lugares.
Aunque vivía en una vieja casona, tenía su estudio en la llamada Cueva del
Cuélebre. Se sabía que, en aquella cueva, había habitado una de esas gigantescas
culebras, o dragones, que vivieron con los humanos en tiempo inmemorial. La de
Corao exigía ser cebada cada día, para prevenir que devorase a las gentes del pueblo.
Se asegura que un cura, armado de un trabuco, intentó matarla, pero que solo la hirió,
y debió escapar perseguido por ella. El cura falleció del susto, y el cuélebre, en su
furiosa carrera, quedó aprisionado en un cercano puente, donde se estuvo
desangrando mucho tiempo. Mas por fin pudo retirarse a la cueva, muy debilitado por
la herida, para buscar refugio en los escondrijos más profundos. Ya nunca podrá salir
de allí, porque el alemán de Corao marcó la entrada con el mágico sello de Salomón.
Roberto Frassinelli murió el día del solsticio de verano de 1887, y fue enterrado
en el cementerio de la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, hasta que unas manos
furtivas y piadosas trasladaron sus restos al interior del templo, donde reposan, en el
mismo lugar en que estuvieron enterrados los de don Pelayo y su esposa Gaudiosa.
Dispersos o perdidos, de sus escritos, proyectos y dibujos se conserva muy poca
cosa. Su reflexiva y silenciosa sombra, con la escopeta en bandolera y el fardel del
maíz colgado del cinturón, sigue pisando los musgos y las peñas de los Picos de
Europa.
Ludwisgburg, en 1811. Cuidadoso y fiel dibujante, iba reflejando en sus láminas las
gentes y los parajes que visitaba. Era bibliófilo, y conoció España en la época de la
desamortización, cuando tantas piezas venerables y libros antiguos se vendieron.
También era montañista, un montañista pionero. Acaso por eso los Picos de Europa
llamaron su atención. Un escritor legendario, dado a los misterios esotéricos, Mario
Roso de Luna, le atribuye saberes y propósitos ocultistas. El caso es que la historia de
Covadonga llamó fuertemente su atención. La gruta misteriosa, las mágicas virtudes
de la fuente, conocidas en tiempos remotos, la famosa victoria de la cruz sobre la
media luna.
En alguno de los antiguos cronicones —el Albendense, el Rotense— leería los
datos de la prodigiosa batalla: el ejército árabe, de ciento ochenta y siete mil
hombres, perdiendo ciento veinticuatro mil en el lugar de Auseva con la ayuda
celestial de la Santina, que hizo que sus propios dardos y lanzas se volviesen contra
ellos; luego, la misma ayuda milagrosa de la Virgen, haciendo que sobre los
supervivientes que huían se desplomase un monte, en Cosgaya, para acabar con la
vida de todos; el triunfo del pequeño grupo que rodeaba a don Pelayo; el comienzo de
la Reconquista en la parte occidental de la península.
El alemán acabó instalándose en 1854 en la aldea de Corao, junto al río Güeña,
muy cerca de Cangas de Onís y de Covadonga. Botánico experto, estudió y clasificó
las flores y plantas de la zona, y en su pomarada llegó a cultivar casi treinta especies
diferentes de manzana. Su curiosidad arqueológica lo llevó a descubrir piezas de
piedra y bronce, monedas romanas, lápidas y dólmenes. Las gentes de los contornos
conocían, con una mezcla de admiración y extrañeza, su afición a bañarse durante
todo el año en una poza del río Pomperi llamada el Pozo del Alemán, y a revolcarse
desnudo en la nieve, cuando subía a las cumbres en sus excursiones cinegéticas, a
menudo solo, otras veces acompañado de uno de los hijos del cercano pueblo leonés
de Caín, conocidos como cainejos, conocedores de todos los vericuetos de los Picos
de Europa y capaces de saltar por los riscos como los rebecos.
En sus excursiones de montaña, solamente llevaba una manta, la escopeta,
cartuchos, un fardel con harina de maíz y una lata para tostarla. El resto de la
alimentación dependía de su buen tino al disparar.
La consideración de lo sagrado de Covadonga le hizo pensar en la manera de dar
solemnidad al lugar. En la gruta se construyó un camarín diseñado por él, que con el
tiempo desaparecería en un incendio. Y de sus conocimientos arquitectónicos fueron
fruto los primeros proyectos, de aire y gusto goticista, de lo que al cabo sería la
basílica erigida en aquellos lugares.
Aunque vivía en una vieja casona, tenía su estudio en la llamada Cueva del
Cuélebre. Se sabía que, en aquella cueva, había habitado una de esas gigantescas
culebras, o dragones, que vivieron con los humanos en tiempo inmemorial. La de
Corao exigía ser cebada cada día, para prevenir que devorase a las gentes del pueblo.
Se asegura que un cura, armado de un trabuco, intentó matarla, pero que solo la hirió,
y debió escapar perseguido por ella. El cura falleció del susto, y el cuélebre, en su
furiosa carrera, quedó aprisionado en un cercano puente, donde se estuvo
desangrando mucho tiempo. Mas por fin pudo retirarse a la cueva, muy debilitado por
la herida, para buscar refugio en los escondrijos más profundos. Ya nunca podrá salir
de allí, porque el alemán de Corao marcó la entrada con el mágico sello de Salomón.
Roberto Frassinelli murió el día del solsticio de verano de 1887, y fue enterrado
en el cementerio de la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, hasta que unas manos
furtivas y piadosas trasladaron sus restos al interior del templo, donde reposan, en el
mismo lugar en que estuvieron enterrados los de don Pelayo y su esposa Gaudiosa.
Dispersos o perdidos, de sus escritos, proyectos y dibujos se conserva muy poca
cosa. Su reflexiva y silenciosa sombra, con la escopeta en bandolera y el fardel del
maíz colgado del cinturón, sigue pisando los musgos y las peñas de los Picos de
Europa.
Juan Bautista Antonelli y el puerto de Madrid
Arquitecto e ingeniero español de origen romano, Juan Bautista Antonelli, que tenía
experiencia en canalización de ríos y llevó a cabo fortificaciones tan famosas como
las de Cartagena, Valencia y Orán, concibió la idea de que Madrid, recién declarada
capital del reino de España y cabeza por tanto de tantos países y reinos, debía ser
también puerto de mar, y estudió la manera de enlazarla con el océano a través del río
Tajo, al que se llegaría desde el Manzanares.
Aunque ya en tiempos de Felipe II el río Manzanares era de exiguo caudal, el
ingeniero Antonelli calculaba incrementar sus aguas con las del río Jarama, mediante
la oportuna canalización y un sistema de esclusas que regulase las aguas, de manera
que pudiese llevar los barcos hasta el Tajo, que sería fácilmente adaptable a la
navegación tras un concienzudo trabajo de draga, la remodelación de los puentes del
Arzobispo y Alcántara y el diseño de navíos adecuados a su calado.
Felipe II había visto en Flandes el juego de canales y esclusas que enlazaban las
comarcas y facilitaban el transporte de personas, animales y cosas, y estudió con
mucha atención aquel proyecto que podía convertir a Madrid en el primer puerto
atlántico de España, en una vía acuática que tendría en Lisboa el definitivo punto de
encuentro oceánico. Parece que el proyecto le parecía costoso, pero no quimérico, ni
mucho menos irrealizable. Para estudiarlo, hizo Antonelli en 1582 un viaje en
chalupa desde Lisboa hasta los territorios madrileños del Tajo, y dos años después, en
dos barcas construidas por el ingeniero según el modelo que tendrían las que zarpasen
en su día del puerto de Madrid, toda la familia real, con la corte, viajó desde
Vaciamadrid hasta Aranjuez.
Mas eran los tiempos de la preparación de la armada que debía invadir Inglaterra,
y todos los esfuerzos económicos y hasta el ánimo del monarca estaban puestos en
aquella operación de la que dependía el futuro de sus dominios y del mundo entero.
La empresa de Inglaterra terminó desastrosamente, como bien se sabe, y al
descalabro político se unió la ruina económica, de manera que el rey Felipe descartó
el plan de hacer de Madrid puerto de mar. Así, el proyecto diseñado por Juan Bautista
Antonelli, que además tenía fuerte oposición entre altos miembros de la corte, no
pudo hacerse realidad, y el rumor burlón de que imaginaba obras disparatadas debió
de amargarle hasta su muerte, en 1588.
experiencia en canalización de ríos y llevó a cabo fortificaciones tan famosas como
las de Cartagena, Valencia y Orán, concibió la idea de que Madrid, recién declarada
capital del reino de España y cabeza por tanto de tantos países y reinos, debía ser
también puerto de mar, y estudió la manera de enlazarla con el océano a través del río
Tajo, al que se llegaría desde el Manzanares.
Aunque ya en tiempos de Felipe II el río Manzanares era de exiguo caudal, el
ingeniero Antonelli calculaba incrementar sus aguas con las del río Jarama, mediante
la oportuna canalización y un sistema de esclusas que regulase las aguas, de manera
que pudiese llevar los barcos hasta el Tajo, que sería fácilmente adaptable a la
navegación tras un concienzudo trabajo de draga, la remodelación de los puentes del
Arzobispo y Alcántara y el diseño de navíos adecuados a su calado.
Felipe II había visto en Flandes el juego de canales y esclusas que enlazaban las
comarcas y facilitaban el transporte de personas, animales y cosas, y estudió con
mucha atención aquel proyecto que podía convertir a Madrid en el primer puerto
atlántico de España, en una vía acuática que tendría en Lisboa el definitivo punto de
encuentro oceánico. Parece que el proyecto le parecía costoso, pero no quimérico, ni
mucho menos irrealizable. Para estudiarlo, hizo Antonelli en 1582 un viaje en
chalupa desde Lisboa hasta los territorios madrileños del Tajo, y dos años después, en
dos barcas construidas por el ingeniero según el modelo que tendrían las que zarpasen
en su día del puerto de Madrid, toda la familia real, con la corte, viajó desde
Vaciamadrid hasta Aranjuez.
Mas eran los tiempos de la preparación de la armada que debía invadir Inglaterra,
y todos los esfuerzos económicos y hasta el ánimo del monarca estaban puestos en
aquella operación de la que dependía el futuro de sus dominios y del mundo entero.
La empresa de Inglaterra terminó desastrosamente, como bien se sabe, y al
descalabro político se unió la ruina económica, de manera que el rey Felipe descartó
el plan de hacer de Madrid puerto de mar. Así, el proyecto diseñado por Juan Bautista
Antonelli, que además tenía fuerte oposición entre altos miembros de la corte, no
pudo hacerse realidad, y el rumor burlón de que imaginaba obras disparatadas debió
de amargarle hasta su muerte, en 1588.
Benito Soto
Durante muchos años se recordó en Pontevedra la historia del pirata Benito Soto, un
hijo de aquella villa que, en menos de un año, abordó media docena de barcos y mató
a cerca de cien personas. Su aventura se hizo pública cuando se supo que había sido
ahorcado por los ingleses en Gibraltar, y desde entonces fue narrada con asombro por
sus paisanos.
El joven Benito Soto, hijo único de un matrimonio de pescadores, se fue de casa
muy joven. Parece que entró a servir en la Armada y que luego desertó de ella y
anduvo navegando y haciéndose experto marino, según las noticias sobre su vida que
pueden reconstruirse a partir del proceso que lo llevó al patíbulo.
Es el caso que, en 1828, Benito Soto era segundo contramaestre del bergantín
Defensor de Pedro, a las órdenes de un capitán portugués. El buque se dedicaba a la
trata de esclavos y, por lo que se puede suponer, Benito Soto debía llevar rumiando el
propósito de motín, porque mientras el buque estaba fondeado en algún lugar de la
costa cercano a la desembocadura del río Congo, donde su capitán negociaba con los
reyezuelos que controlaban el tráfico humano el precio de las recuas de infelices
secuestrados en las tierras del interior, se hizo con el barco, apoyado por la mayor
parte de la tripulación, comprometió en su aventura al piloto y se dio a la mar,
dispuesto a conseguir mediante el oficio de pirata la riqueza que nunca podría
alcanzar en toda una vida de marino.
El primer barco que abordaron, el 19 de febrero de 1828, fue la fragata inglesa
Morning Star, que provenía de las Indias Orientales, y celebraron el éxito de la
operación rebautizando el Defensor de Pedro con el nombre de La burla negra. Luego
asaltaron la fragata norteamericana Topaz, también procedente del oriente. Intentaron
más tarde abordar el bergantín Unicornio, pero supo defenderse y logró escapar, tras
causar con sus cañones bastantes daños en el barco pirata. Después de reparar las
averías en algún punto de las islas de Cabo Verde, La burla negra abordó a la nave
inglesa Sunbury, y luego a la fragata portuguesa Ermelinda.
Todos los asaltos fueron sangrientos y los piratas cometieron muchas violaciones
y asesinatos, pero llenaron las bodegas de su barco de fardos de té y café, madera de
ébano, seda, vino de Oporto y piedras preciosas, y también se apoderaron de muchas
alhajas, relojes y buenos doblones de oro contante y sonante.
La cercanía de las costas gallegas despertó la morriña de Benito Soto, que juzgó
que la campaña había sido muy provechosa y que convenía tocar tierra para vender la
mercancía y luego buscar la manera de desprenderse del barco y repartir los
beneficios.
En Pontevedra quiso hacer pasar el barco por otro, pero le dio sucesivamente dos
nombres distintos, lo que despertó las sospechas de los aduaneros. Luego buscó a su
madre y a su tío Jesús, supo que su padre había muerto y prometió a su madre que
dejaría la vida del mar para vivir con ella, pues regresaba muy rico a casa.
En pocos días, su tío entró en tratos con un hombre poderoso de la zona,
vicecónsul inglés, ducho en los negocios del contrabando, que se hizo cargo de todas
las mercancías y de las joyas, para venderlas. Sin embargo, las sospechas que el barco
había despertado llegaron a oídos de la Comandancia de Marina, y el corresponsal del
tío de Benito le aconsejó zarpar rumbo a La Coruña, donde podría protegerlo mejor e
intentar allí vender el barco. En La Coruña, alguno de los hombres de la tripulación
contó lo que no debía y el piloto que había sido obligado por Benito Soto a
acompañarlo en su criminal aventura denunció el caso.
La burla negra debió zarpar a toda prisa, y desde entonces se convirtió en una
obsesión para Benito Soto desprenderse del barco y regresar a Pontevedra junto a su
madre, para hacerla feliz en los años de su vejez. Pero lo extraño de la tripulación, del
barco y de las maniobras para venderlo secretamente, suscitaron en Cádiz nuevas
sospechas, y al fin todos fueron presos, interrogados, juzgados y condenados a muerte
la mayoría.
Benito Soto logró huir a Gibraltar, pero allí fue detenido, y en el juicio que se le
hizo tuvo como testigo de cargo al contramaestre de la fragata Morning Star. El caso
es que se le condenó a muerte, y la sentencia se ejecutó el 25 de enero de 1829, en
que fue colgado con la soga reglamentaria, de esparto siciliano si hemos de creer a
los historiadores. Se cuenta que el verdugo no había calculado bien la altura del reo, y
que hubo que ahondar el hoyo para que terminase de asfixiarse, mientras pataleaba en
una larga agonía.
Su tío Jesús se enriqueció, pero su madre, según cuentan, murió en la mayor
indigencia.
hijo de aquella villa que, en menos de un año, abordó media docena de barcos y mató
a cerca de cien personas. Su aventura se hizo pública cuando se supo que había sido
ahorcado por los ingleses en Gibraltar, y desde entonces fue narrada con asombro por
sus paisanos.
El joven Benito Soto, hijo único de un matrimonio de pescadores, se fue de casa
muy joven. Parece que entró a servir en la Armada y que luego desertó de ella y
anduvo navegando y haciéndose experto marino, según las noticias sobre su vida que
pueden reconstruirse a partir del proceso que lo llevó al patíbulo.
Es el caso que, en 1828, Benito Soto era segundo contramaestre del bergantín
Defensor de Pedro, a las órdenes de un capitán portugués. El buque se dedicaba a la
trata de esclavos y, por lo que se puede suponer, Benito Soto debía llevar rumiando el
propósito de motín, porque mientras el buque estaba fondeado en algún lugar de la
costa cercano a la desembocadura del río Congo, donde su capitán negociaba con los
reyezuelos que controlaban el tráfico humano el precio de las recuas de infelices
secuestrados en las tierras del interior, se hizo con el barco, apoyado por la mayor
parte de la tripulación, comprometió en su aventura al piloto y se dio a la mar,
dispuesto a conseguir mediante el oficio de pirata la riqueza que nunca podría
alcanzar en toda una vida de marino.
El primer barco que abordaron, el 19 de febrero de 1828, fue la fragata inglesa
Morning Star, que provenía de las Indias Orientales, y celebraron el éxito de la
operación rebautizando el Defensor de Pedro con el nombre de La burla negra. Luego
asaltaron la fragata norteamericana Topaz, también procedente del oriente. Intentaron
más tarde abordar el bergantín Unicornio, pero supo defenderse y logró escapar, tras
causar con sus cañones bastantes daños en el barco pirata. Después de reparar las
averías en algún punto de las islas de Cabo Verde, La burla negra abordó a la nave
inglesa Sunbury, y luego a la fragata portuguesa Ermelinda.
Todos los asaltos fueron sangrientos y los piratas cometieron muchas violaciones
y asesinatos, pero llenaron las bodegas de su barco de fardos de té y café, madera de
ébano, seda, vino de Oporto y piedras preciosas, y también se apoderaron de muchas
alhajas, relojes y buenos doblones de oro contante y sonante.
La cercanía de las costas gallegas despertó la morriña de Benito Soto, que juzgó
que la campaña había sido muy provechosa y que convenía tocar tierra para vender la
mercancía y luego buscar la manera de desprenderse del barco y repartir los
beneficios.
En Pontevedra quiso hacer pasar el barco por otro, pero le dio sucesivamente dos
nombres distintos, lo que despertó las sospechas de los aduaneros. Luego buscó a su
madre y a su tío Jesús, supo que su padre había muerto y prometió a su madre que
dejaría la vida del mar para vivir con ella, pues regresaba muy rico a casa.
En pocos días, su tío entró en tratos con un hombre poderoso de la zona,
vicecónsul inglés, ducho en los negocios del contrabando, que se hizo cargo de todas
las mercancías y de las joyas, para venderlas. Sin embargo, las sospechas que el barco
había despertado llegaron a oídos de la Comandancia de Marina, y el corresponsal del
tío de Benito le aconsejó zarpar rumbo a La Coruña, donde podría protegerlo mejor e
intentar allí vender el barco. En La Coruña, alguno de los hombres de la tripulación
contó lo que no debía y el piloto que había sido obligado por Benito Soto a
acompañarlo en su criminal aventura denunció el caso.
La burla negra debió zarpar a toda prisa, y desde entonces se convirtió en una
obsesión para Benito Soto desprenderse del barco y regresar a Pontevedra junto a su
madre, para hacerla feliz en los años de su vejez. Pero lo extraño de la tripulación, del
barco y de las maniobras para venderlo secretamente, suscitaron en Cádiz nuevas
sospechas, y al fin todos fueron presos, interrogados, juzgados y condenados a muerte
la mayoría.
Benito Soto logró huir a Gibraltar, pero allí fue detenido, y en el juicio que se le
hizo tuvo como testigo de cargo al contramaestre de la fragata Morning Star. El caso
es que se le condenó a muerte, y la sentencia se ejecutó el 25 de enero de 1829, en
que fue colgado con la soga reglamentaria, de esparto siciliano si hemos de creer a
los historiadores. Se cuenta que el verdugo no había calculado bien la altura del reo, y
que hubo que ahondar el hoyo para que terminase de asfixiarse, mientras pataleaba en
una larga agonía.
Su tío Jesús se enriqueció, pero su madre, según cuentan, murió en la mayor
indigencia.
Luis Candelas
El día 6 de noviembre de 1837, una multitud expectante asistió, en la plaza de la
Cebada de Madrid, al ajusticiamiento de Luis Candelas.
El reo tenía poco más de treinta años, era moreno, de buena planta, con un rostro
de rasgos enérgicos. Muchas mujeres suspiraban al ver su final, y la mayoría de los
espectadores consideraban que no era justo que se diese muerte a quien nunca había
cometido un solo delito de sangre, pero todos sabían que si la reina gobernadora,
María Cristina, había rechazado el indulto, era por razones políticas: por un lado, la
inclemencia del gobierno absolutista; por otro, los deseos de venganza de una policía
a la que Candelas había burlado durante muchos años.
Para el pueblo de Madrid, Luis Candelas era un personaje casi fabuloso. Se sabía
que había nacido en el barrio de Lavapiés, y se decía que, cuando la comadrona que
ayudó en el parto examinó al recién nacido, descubrió en el reverso de su lengua la
cruz de san Andrés, signo de un destino peculiar, por lo feliz o por lo infausto. Era
hijo de un acomodado ebanista, y en el juicio se supo que desde muchacho había sido
aficionado al robo. Con los años, y sin dejar nunca de pertenecer a bandas y
sociedades secretas de delincuentes, había llegado a ejercer de funcionario del fisco,
y como activista liberal clandestino.
Durante la década anterior a su ajusticiamiento, Luis Candelas había sido la
admiración del pueblo de Madrid y la pesadilla de las fuerzas del orden. Parece que
antes se había dedicado a saquear a los arrieros que llegaban desde Andalucía, y que
se había fugado cuando lo llevaban al Peñón de Alhucemas, castigado a trabajos
forzados.
Desde que se instaló definitivamente en Madrid, sus acciones habían sido cada
vez más audaces, sin que nadie hubiese podido descubrir su paradero. En el juicio se
supo que la herencia de los bienes de su madre le había permitido cambiar de
personalidad. Bajo el nombre de un supuesto hacendado que había venido del Perú,
alternaba con los artistas y los políticos liberales en lugares como La Fontana de Oro
o el Café de Lorencini. Era propietario de una pequeña taberna en el centro, y allí
cambiaba de personalidad, para adoptar distintos disfraces.
Durante aquella década, Luis Candelas había pasmado a las gentes con diversas
fechorías. En su vida de hacendado peruano, hurtaba los relojes y las carteras de los
más connotados hombres públicos, sin que nadie lo identificase. En su vida de Luis
Candelas, llevaba a cabo asaltos, como el de la diligencia que transportaba al
embajador de Francia; robos, como el de la casa de un riquísimo sacerdote;
secuestros, como el de la mujer y la hija de un acaudalado caballero. Disfrazado de
secretario episcopal, desvalijó una famosa tienda de ornamentos sagrados que había
frente a la Posada del Peine.
El colmo de sus hazañas delictivas, que parecía orgulloso de sellar con su
nombre, fue el asalto a la casa de un oidor de la Real Audiencia, muy amigo de los
pájaros, que no podía imaginar quién se ocultaba bajo el disfraz del pajarero que
entró en su casa. En otra ocasión se introdujo en el establecimiento de la propia
modista de la reina, donde se encontraban algunas damas principales que fueron
también concienzudamente desvalijadas. Con ocasión del último robo, la pesquisa
policial se hizo tan acuciante que Luis Candelas decidió marcharse fuera de España
una temporada. Iba con él su joven amante, Clara, y se dice que la nostalgia de la
hermosa por su tierra natal fue entorpeciendo la huida del bandido, que al fin cayó en
manos de la justicia.
Fue encerrado en la cárcel de Corte de Madrid, hoy Palacio de Santa Cruz.
Experto en fugas, Luis Candelas había preparado la suya cuando llevaron a la misma
cárcel al político liberal Salustiano Olózaga, y Luis Candelas dejó que el político
huyese en su lugar por considerar que la vida y la libertad de aquel hombre eran más
importantes que la suya.
La mañana de su ajusticiamiento, se desciñó con parsimonia el pañuelo que
llevaba al cuello, se quitó una sortija, entregó ambas cosas al fraile que lo
acompañaba, se volvió al público y exclamó: «¡Sé feliz, patria mía!». Luego, el
verdugo lo colocó en el fatídico asiento y le dio garrote con mucha pericia.
Cebada de Madrid, al ajusticiamiento de Luis Candelas.
El reo tenía poco más de treinta años, era moreno, de buena planta, con un rostro
de rasgos enérgicos. Muchas mujeres suspiraban al ver su final, y la mayoría de los
espectadores consideraban que no era justo que se diese muerte a quien nunca había
cometido un solo delito de sangre, pero todos sabían que si la reina gobernadora,
María Cristina, había rechazado el indulto, era por razones políticas: por un lado, la
inclemencia del gobierno absolutista; por otro, los deseos de venganza de una policía
a la que Candelas había burlado durante muchos años.
Para el pueblo de Madrid, Luis Candelas era un personaje casi fabuloso. Se sabía
que había nacido en el barrio de Lavapiés, y se decía que, cuando la comadrona que
ayudó en el parto examinó al recién nacido, descubrió en el reverso de su lengua la
cruz de san Andrés, signo de un destino peculiar, por lo feliz o por lo infausto. Era
hijo de un acomodado ebanista, y en el juicio se supo que desde muchacho había sido
aficionado al robo. Con los años, y sin dejar nunca de pertenecer a bandas y
sociedades secretas de delincuentes, había llegado a ejercer de funcionario del fisco,
y como activista liberal clandestino.
Durante la década anterior a su ajusticiamiento, Luis Candelas había sido la
admiración del pueblo de Madrid y la pesadilla de las fuerzas del orden. Parece que
antes se había dedicado a saquear a los arrieros que llegaban desde Andalucía, y que
se había fugado cuando lo llevaban al Peñón de Alhucemas, castigado a trabajos
forzados.
Desde que se instaló definitivamente en Madrid, sus acciones habían sido cada
vez más audaces, sin que nadie hubiese podido descubrir su paradero. En el juicio se
supo que la herencia de los bienes de su madre le había permitido cambiar de
personalidad. Bajo el nombre de un supuesto hacendado que había venido del Perú,
alternaba con los artistas y los políticos liberales en lugares como La Fontana de Oro
o el Café de Lorencini. Era propietario de una pequeña taberna en el centro, y allí
cambiaba de personalidad, para adoptar distintos disfraces.
Durante aquella década, Luis Candelas había pasmado a las gentes con diversas
fechorías. En su vida de hacendado peruano, hurtaba los relojes y las carteras de los
más connotados hombres públicos, sin que nadie lo identificase. En su vida de Luis
Candelas, llevaba a cabo asaltos, como el de la diligencia que transportaba al
embajador de Francia; robos, como el de la casa de un riquísimo sacerdote;
secuestros, como el de la mujer y la hija de un acaudalado caballero. Disfrazado de
secretario episcopal, desvalijó una famosa tienda de ornamentos sagrados que había
frente a la Posada del Peine.
El colmo de sus hazañas delictivas, que parecía orgulloso de sellar con su
nombre, fue el asalto a la casa de un oidor de la Real Audiencia, muy amigo de los
pájaros, que no podía imaginar quién se ocultaba bajo el disfraz del pajarero que
entró en su casa. En otra ocasión se introdujo en el establecimiento de la propia
modista de la reina, donde se encontraban algunas damas principales que fueron
también concienzudamente desvalijadas. Con ocasión del último robo, la pesquisa
policial se hizo tan acuciante que Luis Candelas decidió marcharse fuera de España
una temporada. Iba con él su joven amante, Clara, y se dice que la nostalgia de la
hermosa por su tierra natal fue entorpeciendo la huida del bandido, que al fin cayó en
manos de la justicia.
Fue encerrado en la cárcel de Corte de Madrid, hoy Palacio de Santa Cruz.
Experto en fugas, Luis Candelas había preparado la suya cuando llevaron a la misma
cárcel al político liberal Salustiano Olózaga, y Luis Candelas dejó que el político
huyese en su lugar por considerar que la vida y la libertad de aquel hombre eran más
importantes que la suya.
La mañana de su ajusticiamiento, se desciñó con parsimonia el pañuelo que
llevaba al cuello, se quitó una sortija, entregó ambas cosas al fraile que lo
acompañaba, se volvió al público y exclamó: «¡Sé feliz, patria mía!». Luego, el
verdugo lo colocó en el fatídico asiento y le dio garrote con mucha pericia.
José María el Tempranillo
A mediados del siglo XIX España era tan famosa por sus bandoleros que el curioso
viajero inglés que fue Richard Ford escribió: «Una olla sin tocino sería tan insípida
como un libro sobre España sin bandidos». No obstante, a su juicio, el latrocinio más
común estaba en los precios que cobraban por sus servicios las ventas y los mesones
del camino.
Un bandolero célebre fue José María, apodado el Tempranillo. Nacido en 1805 en
Jauja, Lucena, Córdoba, debió su apodo a su precoz incorporación a la vida
delincuente, a los dieciocho años, cuando era casi un muchacho, por haber matado a
un hombre en una riña.
El Tempranillo organizó una partida de bandidos armados cada vez más fuerte, y
llegó un momento en que sus paisanos lo consideraban más poderoso que el propio
rey. Tenía amigos y confidentes en todas partes, que le avisaban de lo que podía darle
beneficios o causarle daño, y no hubo transporte en que hubiese riquezas de
consideración que no fuese asaltado por su partida, ni escuadrón policial que lograse
acercársele.
Admiradas de su rapidez para moverse de un lado a otro por las difíciles trochas
de la sierra, y de la exactitud y eficacia con que llevaba a cabo sus golpes, las gentes
del pueblo comenzaron a imaginar que tenía virtudes mágicas, que por alguna especie
de sortilegio era capaz de estar en varios lugares a la vez o trasladarse de uno a otro
con la velocidad del pensamiento, y hasta entrar en los pueblos con la naturalidad de
un obispo o de un gobernador, seguido de su séquito, sin que nadie se le enfrentase.
Entre las gentes del pueblo tenía fama de respetar a los humildes y de ser
generoso y agradecido hasta con sus propios enemigos: se contaba la historia de un
oficial que tomó presa a la esposa del bandolero y la trasladó a Sevilla, tratándola con
tal consideración que la detenida le dio un pañuelo diciéndole que lo guardara, pues
algún día podría servirle de talismán frente a su marido. Y parece que la posesión del
pañuelo impidió que el oficial fuese desvalijado, y acaso muerto, por el Tempranillo,
en cierta ocasión que asaltó la diligencia en que aquél viajaba.
Diez años duró el indudable señorío del Tempranillo, y las autoridades acabaron
adoptando la determinación de llegar a un pacto con él, ofreciéndole la seguridad del
perdón del rey a cambio de que prometiese abandonar el bandolerismo y garantizase
que sus hombres también lo harían. José María el Tempranillo, cansado acaso de su
agitada vida, y sin duda provisto ya de la fortuna necesaria para pensar en el retiro,
aceptó la propuesta, y el día 19 de julio de 1833, en el santuario de la Fuensanta, el
general Manso le otorgaba el indulto en nombre del rey Fernando VII. Sin embargo,
hubo muchos bandoleros, acaso los más pobres, que no aceptaron el pacto, y se
echaron otra vez al monte, dispuestos a continuar ejerciendo sus actividades. José
María el Tempranillo era sin duda hombre de palabra, y se dispuso a reducirlos,
ayudando a las fuerzas del orden.
A mediados de septiembre de 1833, apenas dos meses después de su indulto, el
Tempranillo, que durante diez años había esquivado las balas de la justicia, perdía la
vida a manos de sus antiguos compañeros.
viajero inglés que fue Richard Ford escribió: «Una olla sin tocino sería tan insípida
como un libro sobre España sin bandidos». No obstante, a su juicio, el latrocinio más
común estaba en los precios que cobraban por sus servicios las ventas y los mesones
del camino.
Un bandolero célebre fue José María, apodado el Tempranillo. Nacido en 1805 en
Jauja, Lucena, Córdoba, debió su apodo a su precoz incorporación a la vida
delincuente, a los dieciocho años, cuando era casi un muchacho, por haber matado a
un hombre en una riña.
El Tempranillo organizó una partida de bandidos armados cada vez más fuerte, y
llegó un momento en que sus paisanos lo consideraban más poderoso que el propio
rey. Tenía amigos y confidentes en todas partes, que le avisaban de lo que podía darle
beneficios o causarle daño, y no hubo transporte en que hubiese riquezas de
consideración que no fuese asaltado por su partida, ni escuadrón policial que lograse
acercársele.
Admiradas de su rapidez para moverse de un lado a otro por las difíciles trochas
de la sierra, y de la exactitud y eficacia con que llevaba a cabo sus golpes, las gentes
del pueblo comenzaron a imaginar que tenía virtudes mágicas, que por alguna especie
de sortilegio era capaz de estar en varios lugares a la vez o trasladarse de uno a otro
con la velocidad del pensamiento, y hasta entrar en los pueblos con la naturalidad de
un obispo o de un gobernador, seguido de su séquito, sin que nadie se le enfrentase.
Entre las gentes del pueblo tenía fama de respetar a los humildes y de ser
generoso y agradecido hasta con sus propios enemigos: se contaba la historia de un
oficial que tomó presa a la esposa del bandolero y la trasladó a Sevilla, tratándola con
tal consideración que la detenida le dio un pañuelo diciéndole que lo guardara, pues
algún día podría servirle de talismán frente a su marido. Y parece que la posesión del
pañuelo impidió que el oficial fuese desvalijado, y acaso muerto, por el Tempranillo,
en cierta ocasión que asaltó la diligencia en que aquél viajaba.
Diez años duró el indudable señorío del Tempranillo, y las autoridades acabaron
adoptando la determinación de llegar a un pacto con él, ofreciéndole la seguridad del
perdón del rey a cambio de que prometiese abandonar el bandolerismo y garantizase
que sus hombres también lo harían. José María el Tempranillo, cansado acaso de su
agitada vida, y sin duda provisto ya de la fortuna necesaria para pensar en el retiro,
aceptó la propuesta, y el día 19 de julio de 1833, en el santuario de la Fuensanta, el
general Manso le otorgaba el indulto en nombre del rey Fernando VII. Sin embargo,
hubo muchos bandoleros, acaso los más pobres, que no aceptaron el pacto, y se
echaron otra vez al monte, dispuestos a continuar ejerciendo sus actividades. José
María el Tempranillo era sin duda hombre de palabra, y se dispuso a reducirlos,
ayudando a las fuerzas del orden.
A mediados de septiembre de 1833, apenas dos meses después de su indulto, el
Tempranillo, que durante diez años había esquivado las balas de la justicia, perdía la
vida a manos de sus antiguos compañeros.
Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos
En 1750, según un tratado que se firmó en Madrid, las respectivas cancillerías
acordaron que Portugal renunciaría a la Colonia de Sacramento, en la ribera izquierda
del Río de la Plata, que pasaría a manos españolas, y recibiría a cambio el territorio
en que se encontraban las siete reducciones de las misiones jesuíticas del Paraguay,
dependiente hasta entonces de España.
Una de las cláusulas del tratado estipulaba que los misioneros saldrían del
territorio con los indios, llevándose sus muebles y efectos, para poblar otros
territorios españoles que les serían asignados. Los indios eran más de treinta mil y se
rebelaron en 1753, consiguiendo rechazar a las tropas que envió contra ellos el
gobernador de Buenos Aires. En 1756, otra segunda acción militar, ésta comandada
por un general español y otro portugués, aplastaría la revuelta y originaría algunos
mártires de la resistencia indígena, como el Santo Capitán Sepé.
La noticia de las guerras guaraníticas recorrió Europa, despertando el interés de
gente como Voltaire, que la evocará años más tarde en el Cándido. Entre tales
noticias, circuló como muy segura la historia de Nicolás I, rey del Paraguay y
emperador de los mamelucos, que mereció la inmediata publicación y reedición de
opúsculos y libros en francés, italiano y holandés.
El que había de llegar a emperador de los mamelucos, Nicolás Rubiuni, habría
nacido en 1710 en algún pequeño pueblo andaluz, y ya desde su mocedad mostró su
carácter rebelde, pues a los 18 años tuvo que alejarse de su lugar natal por haber
intentado matar a un hombre. Instalado en Sevilla, vivió del juego antes de hacerse
lacayo de una beata rica y cuarentona, sobre la que llegó a tener un ascendiente que
escandalizaba a la vecindad. Un hermano de la beata, coronel de infantería, echó de la
casa al lacayo. La dama murió del disgusto.
Nicolás Rubiuni se hizo arriero, pero un día, en Medina Sidonia, asaltó a unos
recaudadores de contribuciones para robarlos. En su huida llegó a Málaga, donde se
presentó al rector de los jesuitas solicitando su admisión en el convento como lego. El
rector lo puso a prueba, y Rubiuni mostró excepcionales cualidades para ocuparse
muy económicamente de la intendencia del convento, con lo que acabó
incorporándose a él como un hermano lego más. Su trabajo le permitía viajar mucho,
llevó una doble vida y, haciéndose pasar por noble, llegó a contraer matrimonio con
una bella joven.
Las cosas se le complicaron de tal manera que optó por alejarse y solicitó el
traslado a América. Estuvo primero en San Gabriel, colonia portuguesa, y se sabe que
allí aprendió pronto la lengua de los indios y se hizo amigo de muchos de ellos, a los
que trataba de convencer de que debían sacudirse el yugo de la colonización europea.
La firma del Tratado de Madrid fue el detonante para la rebelión que Nicolás
preconizaba, y a partir de entonces, con el nombre de «hijos del sol y de la libertad»,
Rubiuni encabezó un grupo armado que acabó apoderándose de la fortaleza de Santo
Sacramento, tras matar muchos portugueses. Luego obligó a los jesuitas a abandonar
el territorio y los hizo acompañar por algunos de sus hombres de confianza, que en el
traslado causaron la muerte de veinticinco misioneros.
Nicolás Rubiuni, seguro de la fuerza de su rebelión, se proclamó inmediatamente
rey del Paraguay, y mandó acuñar monedas con su efigie, en cuyo reverso se podía
leer: «La venganza pertenece a Dios y a quienes Él la encomienda». A partir de
entonces, y con la ayuda de otro español llamado Mario, puso en marcha un ejército
de cerca de veinte mil hombres que se dedicó a la conquista implacable de las
reducciones, venciendo todas las resistencias que los jesuitas intentaron promover.
Los éxitos de Nicolás I llegaron a oídos del pueblo de los mamelucos, formado
por mestizos de portugueses e indias, llamados así despectivamente por sus enemigos
y que, según éstos decían, habían heredado todos los defectos de sus padres y de sus
madres, y ninguna de sus virtudes. Los mamelucos invitaron a Nicolás I a trasladarse
a São Paulo y fundar allí la capital de un imperio. Nicolás accedió, hizo su solemne
entrada en São Paulo, y el 27 de junio de 1754 fue coronado emperador en la iglesia
mayor de la ciudad.
A partir de aquel momento, la noticia se dispersó por Europa, aunque el libro que
informaba del asunto, tenido ya entonces por algunos como apócrifo, y hasta por un
libelo antijesuita, tardaría más de ciento cincuenta años en ser traducido al castellano,
en una edición de cien ejemplares, con lo que la historia de aquel compatriota pícaro
y rebelde, que había tenido entre los demás europeos tanta aceptación, apenas ha sido
conocida por los españoles.
Lo cierto es que los acuerdos del Tratado de Madrid entre España y Portugal
nunca se llevaron a efecto.
acordaron que Portugal renunciaría a la Colonia de Sacramento, en la ribera izquierda
del Río de la Plata, que pasaría a manos españolas, y recibiría a cambio el territorio
en que se encontraban las siete reducciones de las misiones jesuíticas del Paraguay,
dependiente hasta entonces de España.
Una de las cláusulas del tratado estipulaba que los misioneros saldrían del
territorio con los indios, llevándose sus muebles y efectos, para poblar otros
territorios españoles que les serían asignados. Los indios eran más de treinta mil y se
rebelaron en 1753, consiguiendo rechazar a las tropas que envió contra ellos el
gobernador de Buenos Aires. En 1756, otra segunda acción militar, ésta comandada
por un general español y otro portugués, aplastaría la revuelta y originaría algunos
mártires de la resistencia indígena, como el Santo Capitán Sepé.
La noticia de las guerras guaraníticas recorrió Europa, despertando el interés de
gente como Voltaire, que la evocará años más tarde en el Cándido. Entre tales
noticias, circuló como muy segura la historia de Nicolás I, rey del Paraguay y
emperador de los mamelucos, que mereció la inmediata publicación y reedición de
opúsculos y libros en francés, italiano y holandés.
El que había de llegar a emperador de los mamelucos, Nicolás Rubiuni, habría
nacido en 1710 en algún pequeño pueblo andaluz, y ya desde su mocedad mostró su
carácter rebelde, pues a los 18 años tuvo que alejarse de su lugar natal por haber
intentado matar a un hombre. Instalado en Sevilla, vivió del juego antes de hacerse
lacayo de una beata rica y cuarentona, sobre la que llegó a tener un ascendiente que
escandalizaba a la vecindad. Un hermano de la beata, coronel de infantería, echó de la
casa al lacayo. La dama murió del disgusto.
Nicolás Rubiuni se hizo arriero, pero un día, en Medina Sidonia, asaltó a unos
recaudadores de contribuciones para robarlos. En su huida llegó a Málaga, donde se
presentó al rector de los jesuitas solicitando su admisión en el convento como lego. El
rector lo puso a prueba, y Rubiuni mostró excepcionales cualidades para ocuparse
muy económicamente de la intendencia del convento, con lo que acabó
incorporándose a él como un hermano lego más. Su trabajo le permitía viajar mucho,
llevó una doble vida y, haciéndose pasar por noble, llegó a contraer matrimonio con
una bella joven.
Las cosas se le complicaron de tal manera que optó por alejarse y solicitó el
traslado a América. Estuvo primero en San Gabriel, colonia portuguesa, y se sabe que
allí aprendió pronto la lengua de los indios y se hizo amigo de muchos de ellos, a los
que trataba de convencer de que debían sacudirse el yugo de la colonización europea.
La firma del Tratado de Madrid fue el detonante para la rebelión que Nicolás
preconizaba, y a partir de entonces, con el nombre de «hijos del sol y de la libertad»,
Rubiuni encabezó un grupo armado que acabó apoderándose de la fortaleza de Santo
Sacramento, tras matar muchos portugueses. Luego obligó a los jesuitas a abandonar
el territorio y los hizo acompañar por algunos de sus hombres de confianza, que en el
traslado causaron la muerte de veinticinco misioneros.
Nicolás Rubiuni, seguro de la fuerza de su rebelión, se proclamó inmediatamente
rey del Paraguay, y mandó acuñar monedas con su efigie, en cuyo reverso se podía
leer: «La venganza pertenece a Dios y a quienes Él la encomienda». A partir de
entonces, y con la ayuda de otro español llamado Mario, puso en marcha un ejército
de cerca de veinte mil hombres que se dedicó a la conquista implacable de las
reducciones, venciendo todas las resistencias que los jesuitas intentaron promover.
Los éxitos de Nicolás I llegaron a oídos del pueblo de los mamelucos, formado
por mestizos de portugueses e indias, llamados así despectivamente por sus enemigos
y que, según éstos decían, habían heredado todos los defectos de sus padres y de sus
madres, y ninguna de sus virtudes. Los mamelucos invitaron a Nicolás I a trasladarse
a São Paulo y fundar allí la capital de un imperio. Nicolás accedió, hizo su solemne
entrada en São Paulo, y el 27 de junio de 1754 fue coronado emperador en la iglesia
mayor de la ciudad.
A partir de aquel momento, la noticia se dispersó por Europa, aunque el libro que
informaba del asunto, tenido ya entonces por algunos como apócrifo, y hasta por un
libelo antijesuita, tardaría más de ciento cincuenta años en ser traducido al castellano,
en una edición de cien ejemplares, con lo que la historia de aquel compatriota pícaro
y rebelde, que había tenido entre los demás europeos tanta aceptación, apenas ha sido
conocida por los españoles.
Lo cierto es que los acuerdos del Tratado de Madrid entre España y Portugal
nunca se llevaron a efecto.
La ciudad de los Césares
En 1540, una armada fletada por el obispo de Plasencia, compuesta de cuatro navíos,
que buscaba abrir una vía al tráfico de las especias de las Islas Orientales a través del
estrecho de Magallanes, se encontró en aquellas peligrosas latitudes con una tormenta
que la desbarató, echando a pique un navío, y arrojando otro contra los escollos de la
costa, donde al parecer consiguieron salvarse ciento cincuenta tripulantes. El tercero,
tras intentar rescatar a tales náufragos sin conseguirlo, debió virar y regresar a
España, y fue el cuarto navío el único que consiguió cruzar el estrecho, para buscar
destino en el Perú.
A partir de los supervivientes de aquella frustrada expedición empezó a correr la
noticia de que los ciento cincuenta náufragos, internándose tierra adentro, habían
encontrado una comarca abundante en riquezas de todas clases, que allí se habían
casado con las mujeres indias que habitaban en la zona, y que habían fundado una
ciudad, la ciudad de los Césares, cuyo primer patriarca y emperador había sido uno
de los náufragos, el capitán Argüello.
Parece que en el nombre de la supuesta ciudad influyó una historia anterior,
relacionada con las expediciones que Sebastián Caboto hizo desde España a partir del
descubrimiento del Mar Dulce o Río de la Plata, en busca de los riquísimos territorios
de Tarsis y Ofir, citados en la Biblia. La primera expedición tuvo lugar en 1526, y
Caboto encontró a un superviviente de la expedición de Juan Díaz de Solís, que había
sido aniquilada y devorada por los indios, que habló de las muchas riquezas que
podían encontrarse en la Sierra de la Plata, remontando el río Paraná. Caboto regresó
a España para preparar una nueva expedición. Tres años más tarde llegó a aquellos
parajes y envió tierra adentro a un grupo de exploradores a las órdenes de un capitán
llamado Francisco César, que regresó dos meses después sin haber encontrado la
Sierra de la Plata, pero contando que los indios le habían hablado de las fabulosas
riquezas de una comarca más lejana.
El caso es que la búsqueda de la ciudad de los Césares, que algunos llamaron
Trapalanda, y de cuyos habitantes otros decían que les habían crecido enormemente
los pies, se convirtió en motivo de muchas exploraciones, entre otras la de Juan Jufré
en 1563, la de Juan Pérez Zurita en 1565, la de Domingo de Erazo en 1576, la de
Gonzalo de Abreu en 1579, la de Hernandarias de Saavedra en 1604, la de Jerónimo
Luis de Cabrera en 1622, la del jesuita Nicolás Macardi, a quien guiaba una princesa
india llamada Huanguelé, bautizada con el nombre de Estrella, en 1670, y hasta en
época tan tardía como 1783, un piloto llamado Manuel José de Orejuela pretendió
organizar una expedición desde Chile, aunque no encontró apoyo financiero.
que buscaba abrir una vía al tráfico de las especias de las Islas Orientales a través del
estrecho de Magallanes, se encontró en aquellas peligrosas latitudes con una tormenta
que la desbarató, echando a pique un navío, y arrojando otro contra los escollos de la
costa, donde al parecer consiguieron salvarse ciento cincuenta tripulantes. El tercero,
tras intentar rescatar a tales náufragos sin conseguirlo, debió virar y regresar a
España, y fue el cuarto navío el único que consiguió cruzar el estrecho, para buscar
destino en el Perú.
A partir de los supervivientes de aquella frustrada expedición empezó a correr la
noticia de que los ciento cincuenta náufragos, internándose tierra adentro, habían
encontrado una comarca abundante en riquezas de todas clases, que allí se habían
casado con las mujeres indias que habitaban en la zona, y que habían fundado una
ciudad, la ciudad de los Césares, cuyo primer patriarca y emperador había sido uno
de los náufragos, el capitán Argüello.
Parece que en el nombre de la supuesta ciudad influyó una historia anterior,
relacionada con las expediciones que Sebastián Caboto hizo desde España a partir del
descubrimiento del Mar Dulce o Río de la Plata, en busca de los riquísimos territorios
de Tarsis y Ofir, citados en la Biblia. La primera expedición tuvo lugar en 1526, y
Caboto encontró a un superviviente de la expedición de Juan Díaz de Solís, que había
sido aniquilada y devorada por los indios, que habló de las muchas riquezas que
podían encontrarse en la Sierra de la Plata, remontando el río Paraná. Caboto regresó
a España para preparar una nueva expedición. Tres años más tarde llegó a aquellos
parajes y envió tierra adentro a un grupo de exploradores a las órdenes de un capitán
llamado Francisco César, que regresó dos meses después sin haber encontrado la
Sierra de la Plata, pero contando que los indios le habían hablado de las fabulosas
riquezas de una comarca más lejana.
El caso es que la búsqueda de la ciudad de los Césares, que algunos llamaron
Trapalanda, y de cuyos habitantes otros decían que les habían crecido enormemente
los pies, se convirtió en motivo de muchas exploraciones, entre otras la de Juan Jufré
en 1563, la de Juan Pérez Zurita en 1565, la de Domingo de Erazo en 1576, la de
Gonzalo de Abreu en 1579, la de Hernandarias de Saavedra en 1604, la de Jerónimo
Luis de Cabrera en 1622, la del jesuita Nicolás Macardi, a quien guiaba una princesa
india llamada Huanguelé, bautizada con el nombre de Estrella, en 1670, y hasta en
época tan tardía como 1783, un piloto llamado Manuel José de Orejuela pretendió
organizar una expedición desde Chile, aunque no encontró apoyo financiero.
Las islas de Salomón
El pontevedrés Pedro Sarmiento de Gamboa, al narrar la Historia de los incas, cuenta
que el inca Tupac Yupanqui tuvo noticias, por unos mercaderes, de unas islas muy
ricas que había en la mar, a poniente del Incario, y envió hasta allí a un nigromante
que estaba a su servicio y que tenía la facultad de volar, para que comprobase si su
conquista merecía la pena. El nigromante realizó su mágico viaje e informó al inca de
que las riquezas eran ciertas. El inca mandó fletar las balsas suficientes para
transportar veinte mil guerreros, se dio a la mar y conquistó tales islas, llamadas
Avachumpi y Niñachumpi, de donde regresó un año más tarde cargado de oro.
La noticia de la existencia de esas islas estimuló la imaginación de las gentes
españolas, y algunos visionarios las identificaron con el lugar de donde el rey
Salomón había sacado las riquezas para edificar su templo. Por fin, el virrey del Perú,
marqués de Cañete, organizó en 1567 una expedición dirigida por el gallego Álvaro
de Mendaña de Neira, a quien acompañaba el también gallego Pedro Sarmiento de
Gamboa, como experto cosmógrafo, con la misión de hallarlas.
Los navegantes encontraron varias islas habitadas por antropófagos y, al fin, el
archipiélago que desde entonces tomó el nombre de Salomón, a las que pertenecen
Guadalcanal, la Florida y San Cristóbal, entre muchas otras. Por falta de municiones
y bastimentos, Álvaro de Mendaña se negó a continuar la ruta que pretendía seguir
Sarmiento, y que les hubiera hecho llegar a Australia, y consiguieron regresar a Perú.
Veinticinco años después, Álvaro de Mendaña, llevando consigo a su joven
esposa, Isabel Barreto, gallega como él, y al piloto portugués Pedro Fernández de
Quirós, intentó reencontrar las famosas islas, pero parece que había disimulado tanto
los datos que tomó en su primer viaje, para tener seguro su secreto, que no fue capaz
de descifrarlos y no encontró la ruta, aunque llegó a otro archipiélago, que bautizó
con el nombre de Marquesas en honor del entonces gobernador del Perú. Mendaña
intentó fundar allí una colonia, pero una rebelión indígena terminó con sus proyectos
y con su vida.
Su viuda condujo hasta Manila lo que quedaba de la expedición, antes de regresar
a México. En cuanto a Fernández de Quirós, que participó en nuevas exploraciones
por aquellos contornos y descubrió muchas islas nuevas, estaba convencido de la
cercanía de una Terra Australis, y escribió al rey más de veinte memoriales buscando
su apoyo para encontrarla, sin recibir respuesta.
que el inca Tupac Yupanqui tuvo noticias, por unos mercaderes, de unas islas muy
ricas que había en la mar, a poniente del Incario, y envió hasta allí a un nigromante
que estaba a su servicio y que tenía la facultad de volar, para que comprobase si su
conquista merecía la pena. El nigromante realizó su mágico viaje e informó al inca de
que las riquezas eran ciertas. El inca mandó fletar las balsas suficientes para
transportar veinte mil guerreros, se dio a la mar y conquistó tales islas, llamadas
Avachumpi y Niñachumpi, de donde regresó un año más tarde cargado de oro.
La noticia de la existencia de esas islas estimuló la imaginación de las gentes
españolas, y algunos visionarios las identificaron con el lugar de donde el rey
Salomón había sacado las riquezas para edificar su templo. Por fin, el virrey del Perú,
marqués de Cañete, organizó en 1567 una expedición dirigida por el gallego Álvaro
de Mendaña de Neira, a quien acompañaba el también gallego Pedro Sarmiento de
Gamboa, como experto cosmógrafo, con la misión de hallarlas.
Los navegantes encontraron varias islas habitadas por antropófagos y, al fin, el
archipiélago que desde entonces tomó el nombre de Salomón, a las que pertenecen
Guadalcanal, la Florida y San Cristóbal, entre muchas otras. Por falta de municiones
y bastimentos, Álvaro de Mendaña se negó a continuar la ruta que pretendía seguir
Sarmiento, y que les hubiera hecho llegar a Australia, y consiguieron regresar a Perú.
Veinticinco años después, Álvaro de Mendaña, llevando consigo a su joven
esposa, Isabel Barreto, gallega como él, y al piloto portugués Pedro Fernández de
Quirós, intentó reencontrar las famosas islas, pero parece que había disimulado tanto
los datos que tomó en su primer viaje, para tener seguro su secreto, que no fue capaz
de descifrarlos y no encontró la ruta, aunque llegó a otro archipiélago, que bautizó
con el nombre de Marquesas en honor del entonces gobernador del Perú. Mendaña
intentó fundar allí una colonia, pero una rebelión indígena terminó con sus proyectos
y con su vida.
Su viuda condujo hasta Manila lo que quedaba de la expedición, antes de regresar
a México. En cuanto a Fernández de Quirós, que participó en nuevas exploraciones
por aquellos contornos y descubrió muchas islas nuevas, estaba convencido de la
cercanía de una Terra Australis, y escribió al rey más de veinte memoriales buscando
su apoyo para encontrarla, sin recibir respuesta.
El tornaviaje
Como se sabe, una bula del papa Alejandro VI, y luego el tratado de Tordesillas,
dividieron las tierras de las nuevas exploraciones en dos zonas de influencia católica,
una española y la otra portuguesa, a través de una especie de meridiano que dejaba en
poder de Portugal parte del actual Brasil, así como África y parte de Asia, hasta cerca
de las islas Filipinas, y concedía el resto a España.
Los barcos de cualquiera de ambas coronas que entrasen en la zona de la otra
podían ser apresados por su legítimo adjudicatario, y su carga expropiada. En la
vuelta al mundo que comenzó el portugués Hernando de Magallanes, el guipuzcoano
Juan Sebastián Elcano, que asumió el mando a la muerte de aquél, estuvo a punto de
ver abortada la expedición en la ruta occidental, que controlaban en exclusiva los
portugueses.
Lo cierto era que, al parecer, ni los vientos ni las corrientes hacían posible el
retorno de occidente a oriente por el Pacífico, y los barcos que iban de Acapulco a las
islas Filipinas no podían regresar al punto de partida. En 1528 y 1529, Álvaro de
Saavedra intentó por dos veces regresar desde las Carolinas a México, pero no lo
consiguió, y además murió durante el segundo intento.
Muchos marinos imaginaban que debía existir la que denominaron «la ruta de
retorno», el «tornaviaje», pero nadie era capaz de encontrarlo. Así, se convirtió en
una esperanza legendaria y en un motivo de grave preocupación para las autoridades.
Vivía en aquellos tiempos un marino guipuzcoano llamado Andrés de Urdaneta,
versado en cosmografía, astronomía y matemáticas. Urdaneta había participado en
numerosas expediciones por el Pacífico, había vivido muchos años en las islas de las
Molucas como superviviente de la expedición de Elcano y fue testigo de los dos
frustrados intentos de Saavedra de regresar a México.
En 1553, Urdaneta había ingresado en la orden de San Agustín, y se había
retirado a un convento mexicano. Diez años después, Felipe II le ordenó abandonar
su vida monacal para incorporarse a una expedición dirigida por Miguel López de
Legazpi, cuyo objetivo, además de colonizar las Filipinas, era intentar encontrar la
famosa, desconocida y legendaria «ruta de retorno».
Andrés de Urdaneta, en un viaje de regreso difícil, hizo remontar su navío hacia
latitudes cada vez más altas, hasta que los vientos del noroeste, y una inesperada
corriente marina, la llamada Kurosiva, devolvieron su barco en pocos días a la costa
occidental de América, y por fin a Acapulco, en octubre de 1565.
El sabio cosmógrafo volvió a su convento, y la ruta que había abierto se
denominó paso de Urdaneta, y fue utilizada desde entonces por los galeones
españoles que partían de Manila con destino a Panamá o a Lima. Así hasta el siglo
XX, durante todo el tiempo en que funcionaron los grandes barcos veleros.
Hay que decir que unos miembros de la misma expedición Legazpi, el capitán
Alonso de Arellano, un piloto mulato de Ayamonte de nombre Lope Martín, y un
griego llamado Nicolao, que era el maestre, navegando en un patache que se separó
de la flota, pretendieron haber encontrado también la ruta de retorno, pero no
presentaron ninguna carta náutica ni derrotero que pudiese justificarlo, y su aventura
fue tomada por una superchería.
dividieron las tierras de las nuevas exploraciones en dos zonas de influencia católica,
una española y la otra portuguesa, a través de una especie de meridiano que dejaba en
poder de Portugal parte del actual Brasil, así como África y parte de Asia, hasta cerca
de las islas Filipinas, y concedía el resto a España.
Los barcos de cualquiera de ambas coronas que entrasen en la zona de la otra
podían ser apresados por su legítimo adjudicatario, y su carga expropiada. En la
vuelta al mundo que comenzó el portugués Hernando de Magallanes, el guipuzcoano
Juan Sebastián Elcano, que asumió el mando a la muerte de aquél, estuvo a punto de
ver abortada la expedición en la ruta occidental, que controlaban en exclusiva los
portugueses.
Lo cierto era que, al parecer, ni los vientos ni las corrientes hacían posible el
retorno de occidente a oriente por el Pacífico, y los barcos que iban de Acapulco a las
islas Filipinas no podían regresar al punto de partida. En 1528 y 1529, Álvaro de
Saavedra intentó por dos veces regresar desde las Carolinas a México, pero no lo
consiguió, y además murió durante el segundo intento.
Muchos marinos imaginaban que debía existir la que denominaron «la ruta de
retorno», el «tornaviaje», pero nadie era capaz de encontrarlo. Así, se convirtió en
una esperanza legendaria y en un motivo de grave preocupación para las autoridades.
Vivía en aquellos tiempos un marino guipuzcoano llamado Andrés de Urdaneta,
versado en cosmografía, astronomía y matemáticas. Urdaneta había participado en
numerosas expediciones por el Pacífico, había vivido muchos años en las islas de las
Molucas como superviviente de la expedición de Elcano y fue testigo de los dos
frustrados intentos de Saavedra de regresar a México.
En 1553, Urdaneta había ingresado en la orden de San Agustín, y se había
retirado a un convento mexicano. Diez años después, Felipe II le ordenó abandonar
su vida monacal para incorporarse a una expedición dirigida por Miguel López de
Legazpi, cuyo objetivo, además de colonizar las Filipinas, era intentar encontrar la
famosa, desconocida y legendaria «ruta de retorno».
Andrés de Urdaneta, en un viaje de regreso difícil, hizo remontar su navío hacia
latitudes cada vez más altas, hasta que los vientos del noroeste, y una inesperada
corriente marina, la llamada Kurosiva, devolvieron su barco en pocos días a la costa
occidental de América, y por fin a Acapulco, en octubre de 1565.
El sabio cosmógrafo volvió a su convento, y la ruta que había abierto se
denominó paso de Urdaneta, y fue utilizada desde entonces por los galeones
españoles que partían de Manila con destino a Panamá o a Lima. Así hasta el siglo
XX, durante todo el tiempo en que funcionaron los grandes barcos veleros.
Hay que decir que unos miembros de la misma expedición Legazpi, el capitán
Alonso de Arellano, un piloto mulato de Ayamonte de nombre Lope Martín, y un
griego llamado Nicolao, que era el maestre, navegando en un patache que se separó
de la flota, pretendieron haber encontrado también la ruta de retorno, pero no
presentaron ninguna carta náutica ni derrotero que pudiese justificarlo, y su aventura
fue tomada por una superchería.
El río de las amazonas
El río en que se había embarcado Francisco de Orellana por orden de Gonzalo
Pizarro, para buscar comida aguas abajo, era el Coca, afluente del Napo, tributario del
Marañón, hoy Amazonas.
Orellana contó que no había regresado al punto en que se separó de Gonzalo
Pizarro por impedírselo la fuerza de la corriente, y lo mismo certificaron, para
exculparse, los hombres de su expedición. Gonzalo Pizarro y varios cronistas lo
acusaron de traidor. Lo cierto es que los navegantes continuaron aguas abajo su viaje
hasta cubrir las tres mil millas que los separaban de la desembocadura, a donde
llegaron en agosto de 1542.
Durante su viaje, entre muchas tribus hostiles, encontraron una formada al parecer
solamente por mujeres, que actuaban con la eficacia de los más feroces guerreros.
«Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y
entrenzado y revuelto en la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en
cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos haciendo tanta
guerra como diez indios, y en verdad que hubo mujer de éstas que metió un palmo de
flecha por uno de los bergantines, y otras que menos, que parecían nuestros
bergantines puerco espín».
Esto cuenta Gaspar de Carvajal, un sacerdote que acompañó a los navegantes en
su viaje aguas abajo.
Orellana y sus hombres recordaron la historia de las famosas hijas de Ares, cuya
reina, Hipólita, luchó contra el mismo Hércules, y denominaron amazonas a aquellas
guerreras que les lanzaban flechas con tanta precisión desde la orilla del gran río,
sobre todo cuando un indígena del lugar les habló de aquellas mujeres, de cómo
tenían casas de piedra y caminos bien construidos, y templos muy bien adornados de
oro y de plata, dedicados a Caranaín, y que en un palacio muy rico habitaba la reina
de todas ellas, que se llamaba Coñori.
Carvajal cuenta también que durante muchas jornadas les acompañó un pájaro
prodigioso que les daba la alerta diciendo «huid» cuando había peligro cercano, y
pronunciaba la palabra «bohío» si se estaban aproximando a algún poblado.
Ya de regreso a España, Orellana consiguió que se le nombrase gobernador de
aquellos territorios cuyo gran río había recorrido, y preparó una escuadra con más de
cuatrocientos soldados, dispuesto a encontrar y someter el país de las bravas
amazonas. Sin embargo, esta vez el viaje fue muy adverso, perecieron la mayor parte
de los expedicionarios y el propio Orellana perdió la vida en una de las bocas del
enorme río. En cuanto a las amazonas, nadie ha vuelto a verlas desde entonces.
Pizarro, para buscar comida aguas abajo, era el Coca, afluente del Napo, tributario del
Marañón, hoy Amazonas.
Orellana contó que no había regresado al punto en que se separó de Gonzalo
Pizarro por impedírselo la fuerza de la corriente, y lo mismo certificaron, para
exculparse, los hombres de su expedición. Gonzalo Pizarro y varios cronistas lo
acusaron de traidor. Lo cierto es que los navegantes continuaron aguas abajo su viaje
hasta cubrir las tres mil millas que los separaban de la desembocadura, a donde
llegaron en agosto de 1542.
Durante su viaje, entre muchas tribus hostiles, encontraron una formada al parecer
solamente por mujeres, que actuaban con la eficacia de los más feroces guerreros.
«Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y
entrenzado y revuelto en la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en
cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos haciendo tanta
guerra como diez indios, y en verdad que hubo mujer de éstas que metió un palmo de
flecha por uno de los bergantines, y otras que menos, que parecían nuestros
bergantines puerco espín».
Esto cuenta Gaspar de Carvajal, un sacerdote que acompañó a los navegantes en
su viaje aguas abajo.
Orellana y sus hombres recordaron la historia de las famosas hijas de Ares, cuya
reina, Hipólita, luchó contra el mismo Hércules, y denominaron amazonas a aquellas
guerreras que les lanzaban flechas con tanta precisión desde la orilla del gran río,
sobre todo cuando un indígena del lugar les habló de aquellas mujeres, de cómo
tenían casas de piedra y caminos bien construidos, y templos muy bien adornados de
oro y de plata, dedicados a Caranaín, y que en un palacio muy rico habitaba la reina
de todas ellas, que se llamaba Coñori.
Carvajal cuenta también que durante muchas jornadas les acompañó un pájaro
prodigioso que les daba la alerta diciendo «huid» cuando había peligro cercano, y
pronunciaba la palabra «bohío» si se estaban aproximando a algún poblado.
Ya de regreso a España, Orellana consiguió que se le nombrase gobernador de
aquellos territorios cuyo gran río había recorrido, y preparó una escuadra con más de
cuatrocientos soldados, dispuesto a encontrar y someter el país de las bravas
amazonas. Sin embargo, esta vez el viaje fue muy adverso, perecieron la mayor parte
de los expedicionarios y el propio Orellana perdió la vida en una de las bocas del
enorme río. En cuanto a las amazonas, nadie ha vuelto a verlas desde entonces.
La provincia de la Canela
En los tiempos en que el tráfico de especias era fuente segura de riqueza, llegó a
oídos de Francisco Pizarro, que ya tenía el Perú bajo su dominio, que al noroeste de
Quito se extendía un extensísimo territorio de bosques enteros formados de árboles
de la preciada especia, la provincia de la Canela.
Deseoso de descubrir aquellos lugares y de explotarlos, Francisco Pizarro, tras
nombrar a su hermano Gonzalo gobernador de Quito, lo envió a aquellos lugares con
la orden de organizar una expedición que buscase la maravillosa provincia, y también
el lago de Eldorado, que debía de encontrarse por aquellas mismas latitudes. La
expedición se puso en marcha en febrero de 1541, y la componían doscientos diez
españoles de infantería y caballería y cuatro mil indios e indias auxiliares. Llevaban
con ellos mil perros, cinco mil cerdos y una manada de llamas.
El avance era muy dificultoso, y la famosa provincia no aparecía por ninguna
parte. Furioso, Gonzalo Pizarro ordenó que a los infructuosos interrogatorios de los
indios que iban encontrando se añadiese la tortura, imaginando que le ocultaban la
verdad. A partir de entonces, los indios interrogados decían que la famosa provincia
existía, pero que había que avanzar mucho más en dirección al este.
La expedición se fue internando en una selva impenetrable y ocho meses después
de su salida de Quito llegó a orillas de un río. Gonzalo Pizarro resolvió construir un
bergantín y enviar río abajo a su segundo, el trujillano Francisco de Orellana, para
buscar alimento. Para la clavazón del navío utilizaron todo el hierro que llevaban,
«que lo tenían en más que el oro», cuenta el Inca Garcilaso, y hasta las herraduras de
los caballos muertos. Orellana prometió regresar en un plazo de doce días, pero nunca
volvió.
Tras una larga y hambrienta espera, y un recorrido de más de quinientos
kilómetros en busca del desaparecido Orellana, Gonzalo Pizarro decidió volver a
Quito. A las penalidades de los supervivientes se unieron ciertas pesadillas de
Gonzalo Pizarro, en las que veía a un dragón arrancarle el corazón. Un soldado que
era un poco astrólogo descifró el sueño diciendo que la persona más querida por él
había muerto. Y fue cierto que Francisco Pizarro había sido asesinado por sus
adversarios almagristas.
De aquella frustrada expedición en busca de la provincia de la Canela, que duró
más de año y medio, regresaron únicamente, harapientos y descalzos, enfermos y
malheridos, menos de un centenar de españoles. Todos los demás miembros de su
grupo, personas y bestias, habían perdido la vida en las selvas. Y luego se supo que la
mitad de los hombres que había ido con Orellana murieron también.
oídos de Francisco Pizarro, que ya tenía el Perú bajo su dominio, que al noroeste de
Quito se extendía un extensísimo territorio de bosques enteros formados de árboles
de la preciada especia, la provincia de la Canela.
Deseoso de descubrir aquellos lugares y de explotarlos, Francisco Pizarro, tras
nombrar a su hermano Gonzalo gobernador de Quito, lo envió a aquellos lugares con
la orden de organizar una expedición que buscase la maravillosa provincia, y también
el lago de Eldorado, que debía de encontrarse por aquellas mismas latitudes. La
expedición se puso en marcha en febrero de 1541, y la componían doscientos diez
españoles de infantería y caballería y cuatro mil indios e indias auxiliares. Llevaban
con ellos mil perros, cinco mil cerdos y una manada de llamas.
El avance era muy dificultoso, y la famosa provincia no aparecía por ninguna
parte. Furioso, Gonzalo Pizarro ordenó que a los infructuosos interrogatorios de los
indios que iban encontrando se añadiese la tortura, imaginando que le ocultaban la
verdad. A partir de entonces, los indios interrogados decían que la famosa provincia
existía, pero que había que avanzar mucho más en dirección al este.
La expedición se fue internando en una selva impenetrable y ocho meses después
de su salida de Quito llegó a orillas de un río. Gonzalo Pizarro resolvió construir un
bergantín y enviar río abajo a su segundo, el trujillano Francisco de Orellana, para
buscar alimento. Para la clavazón del navío utilizaron todo el hierro que llevaban,
«que lo tenían en más que el oro», cuenta el Inca Garcilaso, y hasta las herraduras de
los caballos muertos. Orellana prometió regresar en un plazo de doce días, pero nunca
volvió.
Tras una larga y hambrienta espera, y un recorrido de más de quinientos
kilómetros en busca del desaparecido Orellana, Gonzalo Pizarro decidió volver a
Quito. A las penalidades de los supervivientes se unieron ciertas pesadillas de
Gonzalo Pizarro, en las que veía a un dragón arrancarle el corazón. Un soldado que
era un poco astrólogo descifró el sueño diciendo que la persona más querida por él
había muerto. Y fue cierto que Francisco Pizarro había sido asesinado por sus
adversarios almagristas.
De aquella frustrada expedición en busca de la provincia de la Canela, que duró
más de año y medio, regresaron únicamente, harapientos y descalzos, enfermos y
malheridos, menos de un centenar de españoles. Todos los demás miembros de su
grupo, personas y bestias, habían perdido la vida en las selvas. Y luego se supo que la
mitad de los hombres que había ido con Orellana murieron también.
Las siete ciudades de Cibola
En tiempos del rey Rodrigo, cuando España fue invadida por los árabes, siete
obispos, llevando con ellos santas reliquias y objetos sagrados para impedir que
cayesen en manos de los invasores, salieron de Toledo y se embarcaron en Lisboa.
Navegaron muchos días hasta encontrar una isla maravillosa, Antilla, en la que
descansaron, y desde donde partieron nuevamente para fundar siete ciudades en un
reino tan rico en oro que todas las casas, muebles, utensilios y herramientas eran del
precioso metal.
Cuando los españoles se asentaron en América, un fraile franciscano, Marcos de
Niza, tuvo la segura visión de que las siete prodigiosas ciudades estaban al norte de
México, en el país de unos animales llamados cibolos, a los que nosotros damos el
nombre de bisontes. Ésa fue la primera noticia de que existían las siete ciudades de
Cibola.
El salmantino Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de Nueva Galicia, en
el norte de México, partió en 1539 hacia las tierras que se extendían más arriba de su
gobernación en busca de aquellas maravillosas ciudades. Fue el primer europeo que
exploró el Gran Cañón del Colorado, las fuentes del Río Grande y los extensos
territorios de Arkansas y Nuevo México, pero se vio obligado a regresar al punto de
partida sin haber conseguido descubrir las maravillosas ciudades de oro macizo, que
tampoco nadie después de él ha conseguido encontrar.
obispos, llevando con ellos santas reliquias y objetos sagrados para impedir que
cayesen en manos de los invasores, salieron de Toledo y se embarcaron en Lisboa.
Navegaron muchos días hasta encontrar una isla maravillosa, Antilla, en la que
descansaron, y desde donde partieron nuevamente para fundar siete ciudades en un
reino tan rico en oro que todas las casas, muebles, utensilios y herramientas eran del
precioso metal.
Cuando los españoles se asentaron en América, un fraile franciscano, Marcos de
Niza, tuvo la segura visión de que las siete prodigiosas ciudades estaban al norte de
México, en el país de unos animales llamados cibolos, a los que nosotros damos el
nombre de bisontes. Ésa fue la primera noticia de que existían las siete ciudades de
Cibola.
El salmantino Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de Nueva Galicia, en
el norte de México, partió en 1539 hacia las tierras que se extendían más arriba de su
gobernación en busca de aquellas maravillosas ciudades. Fue el primer europeo que
exploró el Gran Cañón del Colorado, las fuentes del Río Grande y los extensos
territorios de Arkansas y Nuevo México, pero se vio obligado a regresar al punto de
partida sin haber conseguido descubrir las maravillosas ciudades de oro macizo, que
tampoco nadie después de él ha conseguido encontrar.
Eldorado
Marco Polo, al describir los tejados de oro puro de Cipango, encendió un fuego
inextinguible en la imaginación occidental, y todos los descubridores y exploradores
que lo sucedieron pusieron en la búsqueda de oro una parte sustantiva de sus afanes.
En las Indias Occidentales, los españoles, siempre atentos a esa pesquisa,
supieron de boca de los indios que existía una ciudad, Manoa, a la orilla de una
enorme laguna llamada Parima, cuyos tejados eran de plata. En aquella ciudad el oro
era tan abundante que su rey, con ayuda de una sustancia pegajosa, se recubría el
cuerpo entero cada día con el rico metal: «Oro molido tan menudo como sal molida;
porque le parece a él que traer otro cualquier atavío es menos hermoso y que ponerse
piezas o armas de oro labradas de martillo o estampadas o por otra manera es grosería
y cosa común, pues otros señores y príncipes ricos las traen cuando quieren; pero
polvorizarse con oro es cosa peregrina, inusitada, nueva y más costosa, pues lo que se
pone un día por la mañana se lo quita y lava en la noche, y se echa y pierde por tierra;
y esto hace todos los días del mundo».
Esto cuenta el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, y añade que más querría él
atender la escobilla del retrete de ese príncipe que barrer las fundiciones de oro del
Perú. A la búsqueda de Manoa, donde sobraba al parecer el oro, y de El Hombre o
Rey Dorado, Eldorado, se dirigieron muchas expediciones, en la enorme región que
se encierra entre los ríos Orinoco y Amazonas. En 1536, se dedicaron a ello a la vez
las de Gonzalo Jiménez de Quesada, Nicolás Federmann y Sebastián Belalcázar,
buscando por distintos territorios y vías infructuosamente, y al fin se encontraron en
el mismo lugar y estuvieron a punto de matarse a tiros los unos a los otros.
Con el tiempo, hubo quien pensó que la laguna sagrada de los chibchas, llamada
de Guatavita, de aguas muy azules y localizada en las montañas, era la famosa
Parima, pues ciertamente en ella se hacían continuamente oraciones y ofrendas, y se
aseguraba que los indios, con tal motivo, arrojaban a sus aguas gran cantidad de
esmeraldas y figuras de oro. Un español, Antonio de Sepúlveda, hizo cavar un
gigantesco tajo en un extremo de la laguna con la quimérica pretensión de vaciarla,
pero las obras, de las que ha quedado una huella clara, no pudieron consolidarse.
El caso es que, si bien la noticia de que Eldorado existía circuló durante
muchísimos años y animó a su busca a numerosos aventureros, nadie ha podido
encontrarlo todavía.
inextinguible en la imaginación occidental, y todos los descubridores y exploradores
que lo sucedieron pusieron en la búsqueda de oro una parte sustantiva de sus afanes.
En las Indias Occidentales, los españoles, siempre atentos a esa pesquisa,
supieron de boca de los indios que existía una ciudad, Manoa, a la orilla de una
enorme laguna llamada Parima, cuyos tejados eran de plata. En aquella ciudad el oro
era tan abundante que su rey, con ayuda de una sustancia pegajosa, se recubría el
cuerpo entero cada día con el rico metal: «Oro molido tan menudo como sal molida;
porque le parece a él que traer otro cualquier atavío es menos hermoso y que ponerse
piezas o armas de oro labradas de martillo o estampadas o por otra manera es grosería
y cosa común, pues otros señores y príncipes ricos las traen cuando quieren; pero
polvorizarse con oro es cosa peregrina, inusitada, nueva y más costosa, pues lo que se
pone un día por la mañana se lo quita y lava en la noche, y se echa y pierde por tierra;
y esto hace todos los días del mundo».
Esto cuenta el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, y añade que más querría él
atender la escobilla del retrete de ese príncipe que barrer las fundiciones de oro del
Perú. A la búsqueda de Manoa, donde sobraba al parecer el oro, y de El Hombre o
Rey Dorado, Eldorado, se dirigieron muchas expediciones, en la enorme región que
se encierra entre los ríos Orinoco y Amazonas. En 1536, se dedicaron a ello a la vez
las de Gonzalo Jiménez de Quesada, Nicolás Federmann y Sebastián Belalcázar,
buscando por distintos territorios y vías infructuosamente, y al fin se encontraron en
el mismo lugar y estuvieron a punto de matarse a tiros los unos a los otros.
Con el tiempo, hubo quien pensó que la laguna sagrada de los chibchas, llamada
de Guatavita, de aguas muy azules y localizada en las montañas, era la famosa
Parima, pues ciertamente en ella se hacían continuamente oraciones y ofrendas, y se
aseguraba que los indios, con tal motivo, arrojaban a sus aguas gran cantidad de
esmeraldas y figuras de oro. Un español, Antonio de Sepúlveda, hizo cavar un
gigantesco tajo en un extremo de la laguna con la quimérica pretensión de vaciarla,
pero las obras, de las que ha quedado una huella clara, no pudieron consolidarse.
El caso es que, si bien la noticia de que Eldorado existía circuló durante
muchísimos años y animó a su busca a numerosos aventureros, nadie ha podido
encontrarlo todavía.
La fuente de la eterna juventud
Es ya muy antigua la noticia de una fuente maravillosa, cuyas aguas conceden a quien
las bebe la gracia de la vida eterna y de la inmarchitable juventud, pero no se sabe de
ningún humano que haya conseguido encontrarla.
Juan Ponce de León, del que unos dicen que era vallisoletano y otros palentino,
ejercía de gobernador en Puerto Rico, a principios del siglo XVI, y con ocasión de
reprimir una violenta revuelta de los indios, tuvo noticia certera de que al norte de
Cuba existía una isla, llamada al parecer Bimini, donde había muchísimas riquezas,
pero cuya principal cualidad era que en ella brotaban las aguas de la famosa fuente de
la eterna juventud.
Juan Ponce de León informó muy sigilosamente al rey Fernando el Católico del
asunto, y el rey lo llamó de inmediato a la península para conocerlo de su boca.
Quedó tan convencido de la verdadera existencia de la isla y de la fuente maravillosa,
«que hacía rejuvenecer e tornar mancebos los hombres viejos», que encomendó a
Ponce de León acometer la empresa de su búsqueda, aunque en los documentos
oficiales se mantuviese la lógica cautela y no se hablase de la maravillosa fuente, sino
del «secreto» que la isla o islas de Bimini guardaban.
A Ponce de León se le concedieron tres años de plazo para su exploración, por lo
que comenzó de inmediato sus viajes hasta llegar el día de Pascua Florida de 1512 a
las tierras que, desde entonces, conservaron el nombre de Florida. La aventura se
prolongó durante varios meses, entre muchas penalidades y peleas con los indígenas
que vivían en aquellas tierras, que se oponían a la invasión. Es de suponer que Ponce
de León probó las aguas de innumerables manantiales sin que consiguiese hallar la de
la famosa fuente, aunque encontró la corriente del Golfo y puso el nombre de Cabo
de Corrientes al actual Cabo Kennedy.
Diez años más tarde, ya con el título de Adelantado de Bimini y sin perder la fe
en su empresa, lo intentó otra vez. La oposición de los indios y la enfermedad
diezmaron sus hombres. En la misma Florida que había sido el primer europeo en
visitar, recibió un flechazo en el muslo que enseguida se infectó, y decidió regresar a
Cuba para buscar médicos que lo pudieran curar o para morir en su cama, después de
dejar bien compuesto su testamento. No murió con él la idea de que la fuente de la
eterna juventud sigue escondida en algún lugar, dejando manar sus aguas milagrosas.
las bebe la gracia de la vida eterna y de la inmarchitable juventud, pero no se sabe de
ningún humano que haya conseguido encontrarla.
Juan Ponce de León, del que unos dicen que era vallisoletano y otros palentino,
ejercía de gobernador en Puerto Rico, a principios del siglo XVI, y con ocasión de
reprimir una violenta revuelta de los indios, tuvo noticia certera de que al norte de
Cuba existía una isla, llamada al parecer Bimini, donde había muchísimas riquezas,
pero cuya principal cualidad era que en ella brotaban las aguas de la famosa fuente de
la eterna juventud.
Juan Ponce de León informó muy sigilosamente al rey Fernando el Católico del
asunto, y el rey lo llamó de inmediato a la península para conocerlo de su boca.
Quedó tan convencido de la verdadera existencia de la isla y de la fuente maravillosa,
«que hacía rejuvenecer e tornar mancebos los hombres viejos», que encomendó a
Ponce de León acometer la empresa de su búsqueda, aunque en los documentos
oficiales se mantuviese la lógica cautela y no se hablase de la maravillosa fuente, sino
del «secreto» que la isla o islas de Bimini guardaban.
A Ponce de León se le concedieron tres años de plazo para su exploración, por lo
que comenzó de inmediato sus viajes hasta llegar el día de Pascua Florida de 1512 a
las tierras que, desde entonces, conservaron el nombre de Florida. La aventura se
prolongó durante varios meses, entre muchas penalidades y peleas con los indígenas
que vivían en aquellas tierras, que se oponían a la invasión. Es de suponer que Ponce
de León probó las aguas de innumerables manantiales sin que consiguiese hallar la de
la famosa fuente, aunque encontró la corriente del Golfo y puso el nombre de Cabo
de Corrientes al actual Cabo Kennedy.
Diez años más tarde, ya con el título de Adelantado de Bimini y sin perder la fe
en su empresa, lo intentó otra vez. La oposición de los indios y la enfermedad
diezmaron sus hombres. En la misma Florida que había sido el primer europeo en
visitar, recibió un flechazo en el muslo que enseguida se infectó, y decidió regresar a
Cuba para buscar médicos que lo pudieran curar o para morir en su cama, después de
dejar bien compuesto su testamento. No murió con él la idea de que la fuente de la
eterna juventud sigue escondida en algún lugar, dejando manar sus aguas milagrosas.
La Escala de la Doncella
En los tiempos en que gran parte de España era árabe, fue señor de Mogente, en
Valencia, un hombre justo llamado Mohamed ben Abderramán ben Tahir, a quien
Dios, con la sabiduría, la riqueza y el poder, le concedió una hija que creció llena de
belleza y de inteligencia, y a quien sus contemporáneos conocieron con el nombre de
Fátima de los Jardines.
El padre de la muchacha estaba tan orgulloso de las aptitudes que su hija tenía
para todas las cosas del espíritu que buscó para formarla los mejores maestros en las
enseñanzas del Corán, en las artes de la música, de las matemáticas y de la poesía, y
en el conocimiento de las maravillas de la creación.
Por fin, advirtiendo que la inteligencia de su hija no parecía colmarse, buscó al
más sabio entre los sabios, un mago famoso en todo el Islam que habitaba en una
lejana ciudad del otro lado del mar, y le ofreció grandes riquezas si accedía, durante
algunos años, a ser preceptor de su hija en los conocimientos secretos sobre la sombra
invisible de lo que existe, y sus potencias y encantos.
El mago, que ya tenía bastantes años y quería asegurarse una vejez confortable,
accedió a lo que Mohamed ben Tahir le proponía, y se trasladó a Mogente para
enseñar a Fátima sus artes secretas. Y con su magisterio, la inteligencia de la hermosa
muchacha encontró nuevos espacios en que expandirse y gozar, pero también nuevos
motivos de extrañeza. Pues las enseñanzas que el mago transmitía a su joven
discípula le hicieron ver las cosas cotidianas de una manera diferente a como las
había contemplado hasta entonces, y con ello surgieron en ella inquietudes y dudas
antes desconocidas que el mago, paciente, iba procurando aclararle.
La muchacha era muy aficionada a contemplar los parajes que rodeaban el
castillo de su padre desde una alta torre que él había mandado construir para que
sirviese de estudio y biblioteca a su hija. Desde que era niña, llamaron la atención de
Fátima las formas que presentaba en un punto el cauce del torrente que atraviesa la
villa, sucesivas plataformas que ordenan una extraña escala de enormes peldaños.
A la luz de sus nuevos conocimientos, la muchacha intuyó que aquellas formas no
respondían a un capricho de la naturaleza, sino que eran un signo de la realidad
misteriosa y secreta que el mago le estaba enseñando a descubrir. Cuando le
comunicó su sospecha, el mago, tras estudiar sus libros, le confirmó que aquellas
formas de la roca anunciaban, ciertamente, el acceso a un palacio subterráneo donde
se guardaban extraordinarias riquezas, pero que su entrada estaba rigurosamente
vedada a los mortales.
La noticia de aquellas desconocidas maravillas que permanecían tan cerca de ella,
pero que le estaban prohibidas, entristeció a la joven, y su pena se hizo tan acuciosa
que dejó de leer, de hacer música, de cantar, de reír y hasta de comer, y vagaba por
los corredores y los jardines del castillo con la mirada perdida, sin pensar en otra cosa
que en aquellos espacios en los que nunca sería capaz de penetrar.
Mohamed ben Tahir sentía en su propio corazón el pesar de su hija, y le ofreció al
mago nuevas riquezas si conseguía que pudiese conocer lo que se guardaba en el
palacio maravilloso que la montaña escondía. El mago aducía que, para entrar allí,
sería preciso conjurar fuerzas muy peligrosas y utilizar sortilegios que podían resultar
fatales para la gente mortal.
Pero Fátima estaba cada día más desmejorada, y su buen padre acabó forzando al
mago a utilizar sus saberes para penetrar en aquel palacio al que conducía la gran
escala de roca. Lo hicieron los tres una noche, después de que el mago, con voz
temblorosa, hubiese dado lectura a la invocación escrita en un viejo manuscrito.
Cuando el mago terminó de pronunciar aquellas palabras, la montaña rugió, como si
le doliese abrirse en la brecha que al fin desgarró la roca y les permitió penetrar en
sus entrañas.
El tiempo de su estancia debería ser muy corto, pues corrían el peligro de que,
acabados los efectos del sortilegio, la montaña se cerrase otra vez, dejándolos para
siempre atrapados en su interior. Por eso apenas pudieron hacerse una idea de lo que
aquel palacio secreto contenía. Todo era tan maravilloso que los tres humanos
sintieron la embriaguez de conocer bellezas cuya existencia no habían podido
imaginar. Mas enseguida el mago les hizo salir, pues el tiempo del sortilegio se
cumplía, y apenas unos segundos después de que hubiesen abandonado el lugar la
roca volvió a cerrarse con un sonido que parecía mostrar el alivio de la montaña al
recuperar su cuerpo compacto.
Aquella visita al palacio encantado no solo no colmó la curiosidad de Fátima,
sino que la enardeció aún más, y a su tristeza se unía la avidez de penetrar otra vez en
el lugar de las maravillas y seguir accediendo a su vista y a su conocimiento. El mago
se resistía, pero el poderoso padre de la muchacha no se oponía a sus deseos, y la
lectura de la secreta invocación volvió a celebrarse una vez, y otra, y otra, ante el
entusiasmo de la muchacha y el creciente terror del mago. Pues, aunque cada vez que
entraban en el palacio encantado tenían muy en cuenta el plazo de su estancia, temía
que las fuerzas dueñas de tanto poder acabasen destruyendo a los osados humanos
que con tanta insistencia lo invocaban.
Por fin, el mago, incapaz de resistir la congoja en que vivía, pidió a Mohamed
ben Tahir y a Fátima de los Jardines que lo liberasen de sus obligaciones y le
permitiesen regresar a su tierra, aunque tuviese que devolver parte de las riquezas con
que había sido pagado su trabajo. Fátima y su padre estudiaron la propuesta, y al fin
decidieron dejar que se marchase sin pedirle a cambio otra cosa que aquel viejo
pergamino manuscrito en que estaba escrito el sortilegio que permitía penetrar en el
palacio encantado. El mago, aunque muy a su pesar, accedió.
Después de la partida del mago, Fátima de los Jardines, tras leer el sortilegio,
visitaba cada noche el palacio encantado, procurando salir antes de que el hechizo
perdiese su poder, y nunca se cansaba de las maravillas que allí se encerraban. Un día
descubrió nuevas bellezas y perdió la noción del tiempo. La abertura en la roca de la
montaña se cerró y Fátima de los Jardines quedó atrapada en su interior.
Después de una búsqueda desesperada, Mohamed ben Tahir supo que su hija
había quedado presa del encanto, al oír sus gritos pidiendo de ayuda, que, muy
amortiguados pero no por ello menos dolorosos, salían del centro de la montaña.
Mohamed ben Tahir buscó al mago que había sido dueño del sortilegio, pero éste le
aseguró que no había otro ejemplar de aquel escrito en el mundo, y que él ya no podía
ser de ayuda.
Mohamed ben Tahir mandó traer a otros magos, a gentes conocedoras de los
umbrales de lo oculto, pero nadie consiguió abrir la montaña. Hizo que brigadas
numerosísimas de hombres fornidos cavasen con sus picos la roca, pero ésta se
mostraba maciza y tantos esfuerzos no tuvieron resultado. Han pasado los siglos y
Fátima de los Jardines permanece prisionera del hechizo en aquel lugar. Dicen que, a
veces, se la oye gritar pidiendo ayuda.
En Mogente, la famosa torrentera es todavía conocida con el nombre de Escala de
la Doncella.
Valencia, un hombre justo llamado Mohamed ben Abderramán ben Tahir, a quien
Dios, con la sabiduría, la riqueza y el poder, le concedió una hija que creció llena de
belleza y de inteligencia, y a quien sus contemporáneos conocieron con el nombre de
Fátima de los Jardines.
El padre de la muchacha estaba tan orgulloso de las aptitudes que su hija tenía
para todas las cosas del espíritu que buscó para formarla los mejores maestros en las
enseñanzas del Corán, en las artes de la música, de las matemáticas y de la poesía, y
en el conocimiento de las maravillas de la creación.
Por fin, advirtiendo que la inteligencia de su hija no parecía colmarse, buscó al
más sabio entre los sabios, un mago famoso en todo el Islam que habitaba en una
lejana ciudad del otro lado del mar, y le ofreció grandes riquezas si accedía, durante
algunos años, a ser preceptor de su hija en los conocimientos secretos sobre la sombra
invisible de lo que existe, y sus potencias y encantos.
El mago, que ya tenía bastantes años y quería asegurarse una vejez confortable,
accedió a lo que Mohamed ben Tahir le proponía, y se trasladó a Mogente para
enseñar a Fátima sus artes secretas. Y con su magisterio, la inteligencia de la hermosa
muchacha encontró nuevos espacios en que expandirse y gozar, pero también nuevos
motivos de extrañeza. Pues las enseñanzas que el mago transmitía a su joven
discípula le hicieron ver las cosas cotidianas de una manera diferente a como las
había contemplado hasta entonces, y con ello surgieron en ella inquietudes y dudas
antes desconocidas que el mago, paciente, iba procurando aclararle.
La muchacha era muy aficionada a contemplar los parajes que rodeaban el
castillo de su padre desde una alta torre que él había mandado construir para que
sirviese de estudio y biblioteca a su hija. Desde que era niña, llamaron la atención de
Fátima las formas que presentaba en un punto el cauce del torrente que atraviesa la
villa, sucesivas plataformas que ordenan una extraña escala de enormes peldaños.
A la luz de sus nuevos conocimientos, la muchacha intuyó que aquellas formas no
respondían a un capricho de la naturaleza, sino que eran un signo de la realidad
misteriosa y secreta que el mago le estaba enseñando a descubrir. Cuando le
comunicó su sospecha, el mago, tras estudiar sus libros, le confirmó que aquellas
formas de la roca anunciaban, ciertamente, el acceso a un palacio subterráneo donde
se guardaban extraordinarias riquezas, pero que su entrada estaba rigurosamente
vedada a los mortales.
La noticia de aquellas desconocidas maravillas que permanecían tan cerca de ella,
pero que le estaban prohibidas, entristeció a la joven, y su pena se hizo tan acuciosa
que dejó de leer, de hacer música, de cantar, de reír y hasta de comer, y vagaba por
los corredores y los jardines del castillo con la mirada perdida, sin pensar en otra cosa
que en aquellos espacios en los que nunca sería capaz de penetrar.
Mohamed ben Tahir sentía en su propio corazón el pesar de su hija, y le ofreció al
mago nuevas riquezas si conseguía que pudiese conocer lo que se guardaba en el
palacio maravilloso que la montaña escondía. El mago aducía que, para entrar allí,
sería preciso conjurar fuerzas muy peligrosas y utilizar sortilegios que podían resultar
fatales para la gente mortal.
Pero Fátima estaba cada día más desmejorada, y su buen padre acabó forzando al
mago a utilizar sus saberes para penetrar en aquel palacio al que conducía la gran
escala de roca. Lo hicieron los tres una noche, después de que el mago, con voz
temblorosa, hubiese dado lectura a la invocación escrita en un viejo manuscrito.
Cuando el mago terminó de pronunciar aquellas palabras, la montaña rugió, como si
le doliese abrirse en la brecha que al fin desgarró la roca y les permitió penetrar en
sus entrañas.
El tiempo de su estancia debería ser muy corto, pues corrían el peligro de que,
acabados los efectos del sortilegio, la montaña se cerrase otra vez, dejándolos para
siempre atrapados en su interior. Por eso apenas pudieron hacerse una idea de lo que
aquel palacio secreto contenía. Todo era tan maravilloso que los tres humanos
sintieron la embriaguez de conocer bellezas cuya existencia no habían podido
imaginar. Mas enseguida el mago les hizo salir, pues el tiempo del sortilegio se
cumplía, y apenas unos segundos después de que hubiesen abandonado el lugar la
roca volvió a cerrarse con un sonido que parecía mostrar el alivio de la montaña al
recuperar su cuerpo compacto.
Aquella visita al palacio encantado no solo no colmó la curiosidad de Fátima,
sino que la enardeció aún más, y a su tristeza se unía la avidez de penetrar otra vez en
el lugar de las maravillas y seguir accediendo a su vista y a su conocimiento. El mago
se resistía, pero el poderoso padre de la muchacha no se oponía a sus deseos, y la
lectura de la secreta invocación volvió a celebrarse una vez, y otra, y otra, ante el
entusiasmo de la muchacha y el creciente terror del mago. Pues, aunque cada vez que
entraban en el palacio encantado tenían muy en cuenta el plazo de su estancia, temía
que las fuerzas dueñas de tanto poder acabasen destruyendo a los osados humanos
que con tanta insistencia lo invocaban.
Por fin, el mago, incapaz de resistir la congoja en que vivía, pidió a Mohamed
ben Tahir y a Fátima de los Jardines que lo liberasen de sus obligaciones y le
permitiesen regresar a su tierra, aunque tuviese que devolver parte de las riquezas con
que había sido pagado su trabajo. Fátima y su padre estudiaron la propuesta, y al fin
decidieron dejar que se marchase sin pedirle a cambio otra cosa que aquel viejo
pergamino manuscrito en que estaba escrito el sortilegio que permitía penetrar en el
palacio encantado. El mago, aunque muy a su pesar, accedió.
Después de la partida del mago, Fátima de los Jardines, tras leer el sortilegio,
visitaba cada noche el palacio encantado, procurando salir antes de que el hechizo
perdiese su poder, y nunca se cansaba de las maravillas que allí se encerraban. Un día
descubrió nuevas bellezas y perdió la noción del tiempo. La abertura en la roca de la
montaña se cerró y Fátima de los Jardines quedó atrapada en su interior.
Después de una búsqueda desesperada, Mohamed ben Tahir supo que su hija
había quedado presa del encanto, al oír sus gritos pidiendo de ayuda, que, muy
amortiguados pero no por ello menos dolorosos, salían del centro de la montaña.
Mohamed ben Tahir buscó al mago que había sido dueño del sortilegio, pero éste le
aseguró que no había otro ejemplar de aquel escrito en el mundo, y que él ya no podía
ser de ayuda.
Mohamed ben Tahir mandó traer a otros magos, a gentes conocedoras de los
umbrales de lo oculto, pero nadie consiguió abrir la montaña. Hizo que brigadas
numerosísimas de hombres fornidos cavasen con sus picos la roca, pero ésta se
mostraba maciza y tantos esfuerzos no tuvieron resultado. Han pasado los siglos y
Fátima de los Jardines permanece prisionera del hechizo en aquel lugar. Dicen que, a
veces, se la oye gritar pidiendo ayuda.
En Mogente, la famosa torrentera es todavía conocida con el nombre de Escala de
la Doncella.
El tesoro de Alí Mohad
En los tiempos en que Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, llevó a cabo la conquista de
Valencia, vivía en ella un rico usurero llamado Alí Mohad, a quien enseguida acudió
el rey Alcadir y otros nobles árabes en demanda de préstamos para poder hacer frente
al pago de los cuantiosos tributos a que les obligaba el conquistador castellano.
Sin embargo, Alí Mohad pensaba que prestar su dinero a aquellos señores
vencidos y arruinados podía ser la señal segura de su propia ruina, y tomó la
determinación de abandonar Valencia. Cargó sus riquezas en una recua de mulas y se
dirigió a Segorbe, donde los antiguos señores árabes estaban tan atribulados como los
valencianos por el peso de los tributos, y acudieron a él en demanda de dinero
prestado. Sin acceder a sus peticiones, Alí Mohad se fue furtivamente de Segorbe y
llegó a Jérica, donde las cosas no fueron más cómodas para él, porque también los
antiguos dominadores estaban agobiados por los impuestos de los cristianos y
necesitaban dinero contante y sonante.
Alí Mohad, hábil siempre para esquivar las peticiones de los señores vencidos, se
dirigió al valle del río Jiloca, decidido a esconder sus riquezas y evitar que se
dilapidasen en manos de unos prestatarios insolventes o acabasen cayendo en poder
de los cristianos.
En los alrededores de Monreal, en un lugar solitario, Alí Mohad encontró una
gran gruta, hoy conocida como el Caño del Gato, que le pareció muy adecuada a sus
propósitos. Empleando albañiles árabes, a los que pagó muy bien para que se alejasen
de aquellas tierras al acabar las obras, Alí Mohad convirtió el interior de la montaña a
que la gruta daba acceso en un verdadero palacio, cuya entrada pasaba inadvertida.
Allí vivió durante muchos años Alí Mohad disfrutando de la compañía de doce bellas
y alegres esposas. Cuando no estaba con alguna de ellas, Alí Mohad se entretenía en
guardar sus riquezas en bolsas de piel de gato.
El correr del tiempo hizo que Alí Mohad avistase cada vez más intrusos por los
alrededores. Se dice que entonces cerró herméticamente la entrada de su palacio
subterráneo, aunque hay quien asegura que fue un corrimiento de tierra lo que
clausuró aquella entrada para siempre. El caso es que los muchos buscadores que
hasta ahora han intentado encontrar el maravilloso palacio y los tesoros de Alí Mohad
solamente han topado con huesos humanos y pellejos de gato.
Valencia, vivía en ella un rico usurero llamado Alí Mohad, a quien enseguida acudió
el rey Alcadir y otros nobles árabes en demanda de préstamos para poder hacer frente
al pago de los cuantiosos tributos a que les obligaba el conquistador castellano.
Sin embargo, Alí Mohad pensaba que prestar su dinero a aquellos señores
vencidos y arruinados podía ser la señal segura de su propia ruina, y tomó la
determinación de abandonar Valencia. Cargó sus riquezas en una recua de mulas y se
dirigió a Segorbe, donde los antiguos señores árabes estaban tan atribulados como los
valencianos por el peso de los tributos, y acudieron a él en demanda de dinero
prestado. Sin acceder a sus peticiones, Alí Mohad se fue furtivamente de Segorbe y
llegó a Jérica, donde las cosas no fueron más cómodas para él, porque también los
antiguos dominadores estaban agobiados por los impuestos de los cristianos y
necesitaban dinero contante y sonante.
Alí Mohad, hábil siempre para esquivar las peticiones de los señores vencidos, se
dirigió al valle del río Jiloca, decidido a esconder sus riquezas y evitar que se
dilapidasen en manos de unos prestatarios insolventes o acabasen cayendo en poder
de los cristianos.
En los alrededores de Monreal, en un lugar solitario, Alí Mohad encontró una
gran gruta, hoy conocida como el Caño del Gato, que le pareció muy adecuada a sus
propósitos. Empleando albañiles árabes, a los que pagó muy bien para que se alejasen
de aquellas tierras al acabar las obras, Alí Mohad convirtió el interior de la montaña a
que la gruta daba acceso en un verdadero palacio, cuya entrada pasaba inadvertida.
Allí vivió durante muchos años Alí Mohad disfrutando de la compañía de doce bellas
y alegres esposas. Cuando no estaba con alguna de ellas, Alí Mohad se entretenía en
guardar sus riquezas en bolsas de piel de gato.
El correr del tiempo hizo que Alí Mohad avistase cada vez más intrusos por los
alrededores. Se dice que entonces cerró herméticamente la entrada de su palacio
subterráneo, aunque hay quien asegura que fue un corrimiento de tierra lo que
clausuró aquella entrada para siempre. El caso es que los muchos buscadores que
hasta ahora han intentado encontrar el maravilloso palacio y los tesoros de Alí Mohad
solamente han topado con huesos humanos y pellejos de gato.
El Teso de las Pozas
El Teso de las Pozas está en la comarca leonesa del río Omaña, cerca de Vegapujín.
Existió allí, en tiempo de los moros, un palacio enorme y muy hermoso, con
gigantescas puertas de bronce, en que todos los suelos, escaleras, muebles y utensilios
eran de oro macizo. Cuando los cristianos se fueron imponiendo en el territorio, los
árabes dueños del castillo consiguieron, mediante algún encantamiento, que el
castillo quedase escondido bajo el monte para evitar que fuese visto, asaltado y
saqueado.
Con el tiempo, las puertas se hicieron visibles, y se cuenta que, en una ocasión,
los mozos de varios pueblos de los alrededores se concertaron para intentar abrirlas,
utilizando para ello siete parejas de bueyes, pero que no lo consiguieron. Luego las
puertas quedaron otra vez ocultas y ya nadie conoce la entrada del fabuloso palacio.
Existió allí, en tiempo de los moros, un palacio enorme y muy hermoso, con
gigantescas puertas de bronce, en que todos los suelos, escaleras, muebles y utensilios
eran de oro macizo. Cuando los cristianos se fueron imponiendo en el territorio, los
árabes dueños del castillo consiguieron, mediante algún encantamiento, que el
castillo quedase escondido bajo el monte para evitar que fuese visto, asaltado y
saqueado.
Con el tiempo, las puertas se hicieron visibles, y se cuenta que, en una ocasión,
los mozos de varios pueblos de los alrededores se concertaron para intentar abrirlas,
utilizando para ello siete parejas de bueyes, pero que no lo consiguieron. Luego las
puertas quedaron otra vez ocultas y ya nadie conoce la entrada del fabuloso palacio.
Un tesoro de la Alhambra
Washington Irving recogió la historia del soldado encantado que guarda parte de los
tesoros de Boabdil. Irving cuenta que, en cierta ocasión, a finales del siglo XVIII, un
estudiante de Salamanca que había encontrado una sortija de oro y plata en que
figuraba el sello de Salomón, y que la guardaba como ornato de su mano derecha,
andaba vagabundeando por Granada en tiempo de vacaciones, con su guitarra al
hombro y los bolsillos vacíos. El estudiante conoció a una hermosa y tímida joven,
criada de un sacerdote, de la que se enamoró, y a la que acosó con asiduas visitas a su
calle y serenatas nocturnas, sin conseguir de ella una sola sonrisa.
Una noche, víspera de San Juan, el estudiante se encontraba en un pequeño
puente sobre el río Darro, apenado por los desplantes de su huidiza amada, cuando
llegó a su lado un guerrero revestido de una armadura antigua, portador de alabarda y
escudo, armas en desuso al menos desde tres siglos antes. El soldado no parecía
llamar la atención de ninguno de los transeúntes que se entregaban a la fiesta propia
de la jornada.
El estudiante trabó conversación con aquel individuo tan extrañamente ataviado.
Luego le siguió a una de las torres aledañas al conjunto de la Alhambra, hacia la parte
del Generalife, y tras entrar con él en una caverna subterránea abierta de repente ante
ellos de modo maravilloso, y encontrarse ante un enorme cofre cerrado, escuchó de la
boca del estrafalario guerrero un relato que lo llenó de admiración.
Aquel guerrero dijo que era un soldado de la Guardia Real de los Reyes
Católicos, que había caído prisionero de los moros durante el cerco de Granada, y que
permanecía cautivo cuando se preparaba la rendición de la ciudad. En su precaria
situación, el soldado tuvo que prestarse a ayudar a un alfaquí a esconder en cierta
gruta, bajo una de las torres del conjunto de la Alhambra, unos tesoros del rey
Boabdil. Lo que el soldado no imaginaba era que el alfaquí era un nigromante que,
con un poderoso hechizo, lo iba a dejar mágicamente ligado a los tesoros, como su
guardián, hasta que él regresase para recuperarlos. Sin embargo, el alfaquí no había
regresado nunca, y el soldado estaba sujeto para siempre al hechizo, que solamente
perdía su poder una vez cada cien años, con ocasión de la noche de San Juan y
durante tres noches sucesivas, en que él tenía la posibilidad de salir de la gruta para
esperar la llegada de alguien capaz de deshacer el hechizo.
Resultaba que aquel sello de Salomón que el estudiante lucía en una de sus
manos, que le había permitido ver al soldado, invisible para todos los demás, podía
ser el talismán con virtud para desencantarlo y conseguir los tesoros escondidos en el
gran cofre que ante ellos se mostraba, aunque le era preciso también contar con la
colaboración de un sacerdote cristiano, en riguroso ayuno de veinticuatro horas, que
debería leer los santos exorcismos para alejar a los diablos, y de una doncella que
portaría en su mano el sello de Salomón.
Ni que decir tiene que el estudiante, que debía tener alguna noticia de las artes
que se aprendían en la salmantina cueva de San Cipriano, pensó en la muchacha que
lo tenía enamorado y en su amo. El propio Irving declara no conocer cuáles fueron
las negociaciones entre el estudiante y el eclesiástico, aunque parece que las que tuvo
con la doncella no fueron prolijas. Y por fin, cuando se iba a cumplir la tercera de las
noches, se encaminaron a la torre para romper los hechizos y hacerse con el tesoro.
El sello de Salomón, sostenido por la doncella, les franqueó la entrada a la gruta.
Dentro estaba el soldado, pidiendo que se apresurasen. El sacerdote leyó los
exorcismos, y un nuevo toque del sello de Salomón en la tapa del cofre hizo que éste
se abriese. El estudiante se apresuró a llenar el zurrón con las prodigiosas joyas que
allí dentro había, pero el soldado le dijo que era preferible sacar el cofre al exterior, y
ambos empezaron a empujarlo con mucho esfuerzo. Mientras tanto, el largo ayuno
del sacerdote era ya para él tan penoso que, considerando que había cumplido con su
obligación, se puso a comer un bocadillo que llevaba guardado para el caso.
El efecto de su gula fue funesto, pues las joyas que el estudiante había puesto en
su zurrón volvieron al cofre, y el cofre se cerró y volvió a la gruta, y la gruta, con el
soldado, quedó de nuevo cubierta por los peñascos que sirven de cimiento a la torre.
Acaso el sello de Salomón habría podido servir para abrirla de nuevo, pero en
aquellos momentos de confusión el anillo había caído de la mano de la doncella y
había quedado dentro de la gruta, con el tesoro y el desventurado soldado que lo
guardaba y que debe de seguir haciéndolo aún, si en las dos vísperas centenarias de
San Juan que median desde el suceso hasta nuestros días no ha aparecido alguien con
ese sello capaz de romper los sortilegios.
Irving dice que estudiante, doncella y sacerdote se fueron tristes de allí, aunque
luego recoge los testimonios de otros narradores, según los cuales no todas las joyas
del zurrón del estudiante habrían vuelto al cofre, de manera que tuvo suficiente
fortuna para casarse con la joven doncella e invitar al eclesiástico a opíparos
banquetes.
tesoros de Boabdil. Irving cuenta que, en cierta ocasión, a finales del siglo XVIII, un
estudiante de Salamanca que había encontrado una sortija de oro y plata en que
figuraba el sello de Salomón, y que la guardaba como ornato de su mano derecha,
andaba vagabundeando por Granada en tiempo de vacaciones, con su guitarra al
hombro y los bolsillos vacíos. El estudiante conoció a una hermosa y tímida joven,
criada de un sacerdote, de la que se enamoró, y a la que acosó con asiduas visitas a su
calle y serenatas nocturnas, sin conseguir de ella una sola sonrisa.
Una noche, víspera de San Juan, el estudiante se encontraba en un pequeño
puente sobre el río Darro, apenado por los desplantes de su huidiza amada, cuando
llegó a su lado un guerrero revestido de una armadura antigua, portador de alabarda y
escudo, armas en desuso al menos desde tres siglos antes. El soldado no parecía
llamar la atención de ninguno de los transeúntes que se entregaban a la fiesta propia
de la jornada.
El estudiante trabó conversación con aquel individuo tan extrañamente ataviado.
Luego le siguió a una de las torres aledañas al conjunto de la Alhambra, hacia la parte
del Generalife, y tras entrar con él en una caverna subterránea abierta de repente ante
ellos de modo maravilloso, y encontrarse ante un enorme cofre cerrado, escuchó de la
boca del estrafalario guerrero un relato que lo llenó de admiración.
Aquel guerrero dijo que era un soldado de la Guardia Real de los Reyes
Católicos, que había caído prisionero de los moros durante el cerco de Granada, y que
permanecía cautivo cuando se preparaba la rendición de la ciudad. En su precaria
situación, el soldado tuvo que prestarse a ayudar a un alfaquí a esconder en cierta
gruta, bajo una de las torres del conjunto de la Alhambra, unos tesoros del rey
Boabdil. Lo que el soldado no imaginaba era que el alfaquí era un nigromante que,
con un poderoso hechizo, lo iba a dejar mágicamente ligado a los tesoros, como su
guardián, hasta que él regresase para recuperarlos. Sin embargo, el alfaquí no había
regresado nunca, y el soldado estaba sujeto para siempre al hechizo, que solamente
perdía su poder una vez cada cien años, con ocasión de la noche de San Juan y
durante tres noches sucesivas, en que él tenía la posibilidad de salir de la gruta para
esperar la llegada de alguien capaz de deshacer el hechizo.
Resultaba que aquel sello de Salomón que el estudiante lucía en una de sus
manos, que le había permitido ver al soldado, invisible para todos los demás, podía
ser el talismán con virtud para desencantarlo y conseguir los tesoros escondidos en el
gran cofre que ante ellos se mostraba, aunque le era preciso también contar con la
colaboración de un sacerdote cristiano, en riguroso ayuno de veinticuatro horas, que
debería leer los santos exorcismos para alejar a los diablos, y de una doncella que
portaría en su mano el sello de Salomón.
Ni que decir tiene que el estudiante, que debía tener alguna noticia de las artes
que se aprendían en la salmantina cueva de San Cipriano, pensó en la muchacha que
lo tenía enamorado y en su amo. El propio Irving declara no conocer cuáles fueron
las negociaciones entre el estudiante y el eclesiástico, aunque parece que las que tuvo
con la doncella no fueron prolijas. Y por fin, cuando se iba a cumplir la tercera de las
noches, se encaminaron a la torre para romper los hechizos y hacerse con el tesoro.
El sello de Salomón, sostenido por la doncella, les franqueó la entrada a la gruta.
Dentro estaba el soldado, pidiendo que se apresurasen. El sacerdote leyó los
exorcismos, y un nuevo toque del sello de Salomón en la tapa del cofre hizo que éste
se abriese. El estudiante se apresuró a llenar el zurrón con las prodigiosas joyas que
allí dentro había, pero el soldado le dijo que era preferible sacar el cofre al exterior, y
ambos empezaron a empujarlo con mucho esfuerzo. Mientras tanto, el largo ayuno
del sacerdote era ya para él tan penoso que, considerando que había cumplido con su
obligación, se puso a comer un bocadillo que llevaba guardado para el caso.
El efecto de su gula fue funesto, pues las joyas que el estudiante había puesto en
su zurrón volvieron al cofre, y el cofre se cerró y volvió a la gruta, y la gruta, con el
soldado, quedó de nuevo cubierta por los peñascos que sirven de cimiento a la torre.
Acaso el sello de Salomón habría podido servir para abrirla de nuevo, pero en
aquellos momentos de confusión el anillo había caído de la mano de la doncella y
había quedado dentro de la gruta, con el tesoro y el desventurado soldado que lo
guardaba y que debe de seguir haciéndolo aún, si en las dos vísperas centenarias de
San Juan que median desde el suceso hasta nuestros días no ha aparecido alguien con
ese sello capaz de romper los sortilegios.
Irving dice que estudiante, doncella y sacerdote se fueron tristes de allí, aunque
luego recoge los testimonios de otros narradores, según los cuales no todas las joyas
del zurrón del estudiante habrían vuelto al cofre, de manera que tuvo suficiente
fortuna para casarse con la joven doncella e invitar al eclesiástico a opíparos
banquetes.
El tesoro de Sa Torre Llafuda
Se ha dado el caso de que, en ciertas ocasiones, los moros han regresado a buscar el
tesoro que sus antepasados dejaron enterrado al huir.
En Menorca existe una atalaya, Sa Torre Llafuda, junto a la que se levantó, hasta
hace poco tiempo, un caserío. Una noche de luna, los habitantes del caserío
despertaron sobresaltados por los apremiantes golpes que daban a las puertas unos
inesperados visitantes. Los recién llegados resultaron ser un grupo de moros, como
sus vestiduras demostraban, que obligaron a los asustados vecinos, mediante las
órdenes que les transmitía uno de ellos en muy claro menorquín, a vestirse con
rapidez y preparar los asnos, las mulas, así como las herramientas necesarias para
cavar, y unos cuantos sacos, alforjas y capazos.
Los moros vendaron luego los ojos de los atribulados campesinos y les
condujeron en silencio hasta determinado lugar. Liberados de sus vendas, los
campesinos, tras apreciar que se encontraban en algún punto del interior de la isla, se
pusieron a cavar donde los moros les mandaron, hasta echar abajo la disimulada
puerta de una cueva. Cuando la luz de las teas y de los faroles iluminó el interior,
resplandecieron piedras preciosas, perlas, cadenas, monedas y objetos de oro y plata
de un inmenso tesoro que los campesinos tuvieron que ir guardando en los sacos y
alforjas y cargar en las mulas, hasta que sus captores dieron la orden de ponerse en
marcha, tras vendarles de nuevo los ojos.
Esta vez el punto de destino era la costa, y precisamente un lugar muy cercano a
la atalaya del caserío, la cala n’Turqueta, que a la luz de la luna mostraba su belleza,
y donde se encontraba fondeada una nave de dos palos, a la que por medio de un jaur
fueron transportando los campesinos el tesoro. Después del último viaje, el barco
levó el ancla y comenzó a alejarse a golpe de remo, mientras iba desplegando las
velas para alejarse de la isla.
Los campesinos contemplaban asombrados aquella imagen que cerraba su
aventura, cuando el moro que hablaba su lengua, desde la cubierta del velero, les
gritó: «¡Sa cova des tresor és a tal punt! ¡Dins hi hem deixada sa vostra part!». Y así
fue como aquellas gentes de Sa Torre Llafuda se hicieron ricos de la noche a la
mañana.
tesoro que sus antepasados dejaron enterrado al huir.
En Menorca existe una atalaya, Sa Torre Llafuda, junto a la que se levantó, hasta
hace poco tiempo, un caserío. Una noche de luna, los habitantes del caserío
despertaron sobresaltados por los apremiantes golpes que daban a las puertas unos
inesperados visitantes. Los recién llegados resultaron ser un grupo de moros, como
sus vestiduras demostraban, que obligaron a los asustados vecinos, mediante las
órdenes que les transmitía uno de ellos en muy claro menorquín, a vestirse con
rapidez y preparar los asnos, las mulas, así como las herramientas necesarias para
cavar, y unos cuantos sacos, alforjas y capazos.
Los moros vendaron luego los ojos de los atribulados campesinos y les
condujeron en silencio hasta determinado lugar. Liberados de sus vendas, los
campesinos, tras apreciar que se encontraban en algún punto del interior de la isla, se
pusieron a cavar donde los moros les mandaron, hasta echar abajo la disimulada
puerta de una cueva. Cuando la luz de las teas y de los faroles iluminó el interior,
resplandecieron piedras preciosas, perlas, cadenas, monedas y objetos de oro y plata
de un inmenso tesoro que los campesinos tuvieron que ir guardando en los sacos y
alforjas y cargar en las mulas, hasta que sus captores dieron la orden de ponerse en
marcha, tras vendarles de nuevo los ojos.
Esta vez el punto de destino era la costa, y precisamente un lugar muy cercano a
la atalaya del caserío, la cala n’Turqueta, que a la luz de la luna mostraba su belleza,
y donde se encontraba fondeada una nave de dos palos, a la que por medio de un jaur
fueron transportando los campesinos el tesoro. Después del último viaje, el barco
levó el ancla y comenzó a alejarse a golpe de remo, mientras iba desplegando las
velas para alejarse de la isla.
Los campesinos contemplaban asombrados aquella imagen que cerraba su
aventura, cuando el moro que hablaba su lengua, desde la cubierta del velero, les
gritó: «¡Sa cova des tresor és a tal punt! ¡Dins hi hem deixada sa vostra part!». Y así
fue como aquellas gentes de Sa Torre Llafuda se hicieron ricos de la noche a la
mañana.
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