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miércoles, 27 de marzo de 2019

El Holandés Errante

Un erudito flamenco, nacido en Harlem, esa ciudad que, en un breve poema, que
va al final de este artículo como regalo, retrató en su Gaspard de la Nuit el poeta
Aloysius Bertrand, ha escrito la crónica de las puntuales apariciones, en diversos
lugares del planeta, y desde el año 1614, del Holandés Errante. El erudito se llama
Michael van der Veen, y ha sido discípulo del maestro Huizinga. Un amplio apéndice
documental a la historia de las fugaces apariciones del vagabundo, apenas deja lugar,
en el curioso espíritu del lector, para la duda.
En el año 1731 el Holandés entra con su navío en el puerto de Génova, y un viejo
marinero ligur lo reconoce: bebió con él en Lisboa en el año 1689, y a los cuarenta y
dos años pasados, lo encuentra tan joven, el mismo negro pelo y la misma inquieta
melancolía. A la justicia genovesa llegan rumores de la brujería, y el Holandés, al
alba de una mañana de tempestad, huye. Pero, en 1718, ha sido visto en Saint-Maló:
enamora a la hija de un consejero de la Cámara de Cuentas, la rapta y meses más
tarde la abandona en una playa próxima a Boloña; la niña morirá loca, gritando que
viene «el hombre que quema». En 1736 está otra vez en Lisboa, y viene de Nueva
España: visita a una mujer en la Rúa dos Franqueiros, a la que trae noticias del
marido, dueño de un mesón en Veracruz. Enamora el Holandés a todas las mujeres y
a primera vista, pero la portuguesa, que tiene un amigo negro, quiere asesinar al
Holandés para robarlo; el negro apuñala al Holandés, pero la afilada hoja se quiebra
como frágil cristal contra la carne del Errante, y el negro huye enloquecido, gritando,
y la mujer, al ver descubierto su engaño, se ahorca. El Holandés desaparece con el
viento. Tajo abajo… Casi todos los que entran en contacto con el Holandés Errante se
vuelven locos, y nunca se sabe cuál será el suceso que ponga fin a su desventurada
peregrinación. ¿Cómo será rescatado? El señor van der Veen se atreve a señalar que
«una sangre inocente, voluntariamente derramada por él, dando vida por vida», puede
ser el precio del rescate. Pero, en 1751, todavía el Holandés Errante no ha sido
rescatado; está en Nápoles, una dama de la aristocracia le da una cita, y acudiendo a
ella encuentra al marido y a dos hermanos de la hermosa, espada en mano. El
Holandés hiere a los tres en la boca —es su estocada, su señal— y huye. La dama
confiesa a la justicia napolitana quién es el fugitivo, cómo no puede estar más de
nueve días en tierra firme, y cada nueve días que está en tierra tiene que vagar por el
mar nueve meses y que sólo puede ser muerto por el fuego, y que, preguntándole ella
cómo se llamaba, respondióle el Holandés: «¡Llámame extranjero!».
Hasta 1779 no se sabe nada de él, pero este año está en Londres y compra dos
pistolas ricamente labradas: las paga con tres monedas de oro que queman la mano
del tendero al cogerlas. El tendero se desmaya, y su bella esposa abrazándose al
Holandés lo besa en la boca y le pide que huya antes de que su marido se recobre.
Todo esto ante la mirada estupefacta del aprendiz de batihoja. El Errante, desde la
puerta de la tienda, le dice a la mujer, que solloza: «¡Acuérdate del Holandés, que
nunca volverá!».
Un aspecto muy curioso de la vida del Holandés Errante es la conversación que
con él sostuvo en Marsella, el año 1819, M. Claude Gabin de la Taumière, antiguo
secretario de Fouché, que ya había conocido al Holandés Errante en Lubeca, en los
años del bloqueo europeo[5]. Se trata de raptar a Napoleón en Santa Elena y traerlo a
Burdeos. El Holandés Errante pide a Gabin tres cosas: que el Emperador ha de subir
solo a su barco y ha de permanecer todo el tiempo del viaje con los ojos vendados y
encerrado en la Cámara; que se le pagará su peso en oro, y M. Gaubin permitirá la
boda de su nieta, los más bellos catorce años de Francia, con el fugitivo Holandés. M.
Gabin escribe a Luciano Bonaparte y a otros miembros de la imperial familia, pero
antes de que llegue respuesta, el Holandés ha de hacerse a la mar, y cuando pasado un
año regresa a Marsella, M. Gabin ha muerto y su nieta se ha casado con un oficial de
artillería montada.
Es ésta la última noticia documentada de la estancia del Holandés Errante en
algún puerto, recogida por el erudito holandés, profesor Michael van der Veen.
Harlem fue retratada así por Aloyslus Bertrand: «Harlem, esta admirable fantasía
que resume la escuela flamenca. Harlem pintada por Juan Breughel, Peeter Nef,
David Tèniers y Pablo Rembrandt; y el canal donde el agua azul tiembla, y la iglesia
donde el vitral de oro flamea, y el balcón de piedra donde seca la ropa blanca al sol, y
los tejados, verdes de lúpulo; y las cigüeñas que baten sus alas alrededor del reloj de
la ciudad, tendiendo el cuello al aire y recibiendo en su pico las gotas de lluvia; y el
inquieto burgomaestre que acaricia con la mano su doble papada, y la enamorada
florista, que enflaquece contemplando un tulipán; y la gitana que ensueña tocando su
mandolina, y el viejo que toca el pandero, y el niño que infla una vejiga; y los
bebedores que fuman en el estrecho portal, y la sirvienta de la posada que cuelga de
la ventana un faisán muerto». Ésta es el Harlem de Michael van der Veen, y del
perpetuo Holandés Errante.

Nuevas sobre el Holandés Errante
Un discípulo de Huizinga, Caño Cordié, ha publicado recientemente un conjunto
de breves estudios sobre diversos temas literarios e históricos, y uno de ellos se
refieer a II vascello fantasma, de Wagner, es decir, a la fábula de El Holandés Errante
(Der fliegende Holländer). Cordié estudia las fuentes de Wagner, asegura el origen
noruego de la leyenda, sus variantes conocidas en los puertos del Norte, y
especialmente entre los hanseáticos: entre los marineros de la Hansa corría una
canción báquica en la que se brindaba con el holandés. Pero es casi seguro que
Wagner, para su texto de «El buque fantasma», ha utilizado una leyenda de un
navegante solitario, quien con una tripulación de fantasmas viaja en un tres palos
cargado de tesoros en busca de una muchacha cuyo espejo encontró en una playa,
bajando a ella a hacer aguada. El espejo perdido refleja constantemente el hermoso
rostro de la muchacha. Wagner inventa el naufragio de la nave del noruego Daland y
la aparición en medio de la terrible tempestad de la nave del Holandés Errante. Como
saben, cada siete años, el Holandés puede bajar a tierra a ver si encuentra a una mujer
que lo ame y le sea por siempre fiel. Daland, que sabe de los tesoros que lleva el
barco del Holandés, le ofrece a su hija Senta. En la primera leyenda, un mago que
quiere hacerse con los tesoros del marino solitario, cuyo nombre nadie conoce, ha
sido quien ha dejado el espejo en la playa. Daland, en Wagner, aspira a los tesoros del
Holandés, pero también tiene pena de él, y piensa que su hija puede poner fin a la
perpetua navegación a la que está castigado. En la leyenda del solitario sin nombre ni
patria, éste no encontrará nunca a la muchacha cuyo retrato conserva el espejo, pese a
los recursos del mago. Por otra parte, la muchacha del espejo no existe ni ha existido
nunca. Es una invención del mago. En Wagner, Senta existe y sabe hilar, y es dulce y
apasionada. E inocente. Conoce la balada del Holandés Errante —la que cantaban los
hanseáticos— y la canta ella misma, claro que no la música antigua, sino la
wagneriana. Senta se emociona y exalta cantando, y declara ofrecerse a redimir al
Holandés y poner fin a su penitencia, lo que aterroriza a su prometido, el joven Erik.
Cordié hace notar que, si en la leyenda, quizá de origen danés o báltico, pero
relacionada con otra u otras leyendas bretonas, el navegante solitario ve a su posible
enamorada en el espejo, en Wagner, Senta tiene la visión de un hombre pálido e
inmensamente triste, de un «bel tenebreux». Cuando el Holandés aparece ante Senta,
ésta reconoce en él al desdichado de la visión, y le promete fidelidad hasta la muerte.
Hay todavía otras coincidencias. Ya saben cómo termina II vascello fantasma, de
Wagner: el Holandés huye, descubriendo quién es, temiendo que Senta se condene al
no seguirle, cuando su antiguo novio le recuerda su promesa matrimonial, pero Senta,
fiel hasta la muerte, se arroja desde una roca al mar. El buque fantasma se hunde, y,
en medio de las enormes olas, el Holandés y Senta aparecen, él rescatado de la eterna
navegación para la paz de la muerte. El poema wagneriano le había gustado mucho a
Baudelaire.
Pero parece que el Holandés todavía anda por esos mares de Dios. Cordié señala
diversas apariciones del Holandés Errante, una de ellas cuando Wagner, nacido en
1813, era todavía un niño. Estando Napoleón Bonaparte prisionero de los ingleses en
Santa Elena, Fouché recibe la visita de un desconocido, quien le asegura que dentro
de pocos meses el buque del Holandés Errante va a acercarse a tierra, pues se cumple
la pausa que cada siete años le es concedida para que busque su salvación. Si al
Holandés se le da ocasión de elegir a una esposa hermosa y fiel, puede salvar a
Napoleón, eligiendo Santa Elena como lugar de desembarco. Fouché vacila, interroga
durante dos días al desconocido, que habla el francés con «rudo acento alemán», el
cual confiesa que tiene a la heroína que no vacilará en unirse al Holandés y salvarlo.
Fouché se preocupa, no duerme, sueña con el Holandés y está a punto de ceder a las
pretensiones del desconocido, quien solicita por su información dinero contante y
sonante. Parece ser que hubo una cena, en la que el desconocido se embriaga. Lo
llevan a la casa donde se hospeda, y en su habitación encuentran a una niña muy
hermosa, pero tonta, que abre sorprendida sus grandes ojos verdes y exclama una y
otra vez:
—¡Yo amaré siempre al Holandés! ¡Yo moriré por el Holandés!
La tonta no sabe ni cómo se llama, ni si tiene padres, ni qué tiene que ver con el
desconocido. Cuando le preguntan de dónde viene, responde:
—¡Nací de las tempestades del mar!
Eso y que amará al Holandés eternamente es todo lo que sabe decir. Nadie
escuchará otra cosa de su boca, salvo cuando la llevan a un asilo, en el que va a morir.
Coge la mano de la enfermera y dice:
—¡Mamá! ¡Mamá!
El desconocido ha desaparecido.
Todos están de acuerdo en que el barco del Holandés es un tres palos, pintado de
negro, y por cuya cubierta corren luces amarillas. Aunque la mar esté en calma,
alrededor del velero se levantan grandes olas y silba el viento. Calculando la fecha en
que le fue anunciada a Fouché la bajada a tierra del Holandés Errante —ya saben,
veintiún días cada siete años—, le toca desembarcar en la primavera de 1977. Si se
toman las precauciones debidas, se sabrá a lo largo de qué costas navega, porque está
dicho que siempre ha de acercarse a tierra en medio de súbita y terrible tempestad.
Las flotas del mundo unidas podían acercársele y decirle por banderas que baje sin
temor, y que con la colaboración de la «tele» y la radio, y la prensa, y las revistas
ilustradas, le encontrarán esposa, tan fiel como la Senta de Wagner. Podría
organizarse un concurso. Creo que sobrarían candidatas. Habría que evitar, eso sí, que
el buque fantasma se hundiese, el hermoso velero de Amsterdam, botado en el siglo
XV. Podría servir como museo a flote, o como refugio de los fantasmas de todos los
naufragios antiguos.

Las islas del Cuarto Libro

Es decir, el mar y las islas del Quart Livre, de los hechos y dichos heroicos del
buen Pantagruel, escrito por mestre Rabelais. El primer viaje de Pantagruel por mar
se hizo paro ir a ver al oráculo de la Diva Botella Bacbuc. Doce eran las naves de la
flota de Pantagruel, y en la almirante izaba éste por insignia una enorme botella, la
mitad de plata, bien pulida y lisa, y la mitad de oro esmaltado, de rojo color. Así la
botella denotaba que allí se bebía blanco y tinto. Antes de levar anclas, y temiendo
tempestad en el mar, todos los viajeros bebieron durante varias horas hasta reverter, y
ello con la intención de que durante la travesía nadie sintiese mareos, ni vomitase, si
tuviese perturbación alguna de estómago ni de cabeza. Rabelais, el autor, que había
estudiado Medicina en Montpellier, comenta que se hubieran ahorrado esta colosal
ingestión de los grandes vinos, bebiendo desde algunos días antes de la partida agua
de mar pura, o mezclada con vino, con corteza de limón o granada, u observando una
larga dieta, o poniendo papel sobre el estómago.
El oráculo de la Diva Bacbuc estaba cerca de Catay —es decir, China—, «en la
India superior». Pantagruel, siguiendo el consejo de su piloto mayor, decidió en su
navegación no seguir la ruta de los portugueses hacia las Indias Orientales, «que,
pasando la zona tórrida y el cabo de Buena Esperanza en la punta meridional de
África, más allá del equinoccio, y perdiendo la guía del eje polar septentrional, hacen
una navegación enorme». Pantagruel decidió pasar a la India Superior por el
Noroeste, sin aproximarse al mar Ártico o Glacial, por miedo de ser retenido por los
hielos. Hicieron, pues, el viaje por esta ruta, sin naufragios ni peligros en menos de
cuatro meses, mientras los portugueses tardaban tres años por su camino. Esta ruta es
la primera mención de la búsqueda de un paso por el Noroeste hacia Catay, hacia el
Pacífico. Sorprendido de este hallazgo, Rebeláis se va a burlar de sí mismo, diciendo
que esta ruta de fortuna fue la que usaron los indios cuando decidieron viajar a
Germania, donde fueron honorablemente tratados por el Rey de los suecos. ¿En qué
época? Pues en los días de los romanos, ya que, cuando los indios llegaron a
Germania, la actual Alemania, era procónsul de Roma en las Gañas, la actual Francia,
Quintus Metellus Celer, «como lo escriben Cornelio Nepote, Pomponio Mela y Plinio
después de ellos». De hecho, este imaginado viaje de los indios a Germania estaba
inspirado en los llamados indios de Ruán, que fue que unos balleneros encontraron en
el mar de Iroise, al Sudeste del Gran Sol, una canoa con dos tripulantes muertos,
vestidos de pieles y tocados de plumas, con cuyos trajes se hizo uno para una imagen
de santo de la catedral de Ruán, unos dicen que San Martín, otros que San Juan
Evangelista, y que allí fue venerado el santo vestido de indio canadiense hasta la
Revolución de Francia. Hay textos.
La ruta seguida por Pantagruel y sus doce naves estaba llena de extrañas islas,
como la de Chéli, en la que reinaba el Rey santo Panigon, y las de Tohu y Bohu —de
la Confusión o del Barullo—, y de la Farouche, antigua residencia de las Andouilles
—de los Embutidos o de las Longanizas, como quieran—. Más allá estaba la isla del
Viento —lo que le permite a Rabelais glosar el refrán que dice, y es de gente de mar,
«que pequeñas lluvias abaten grandes vientos»—. En cada isla, Pantagruel encuentra
lo suficiente para sus desayunos, almuerzos y comidas, y ya saben que era hombre de
apetito proporcionado a su gigantesca talla. Recuerden que un día quiso ensalada y
salió a la huerta a buscar lechugas, que eran del tamaño de árboles, y bajo las cuales
se habían echado a dormir unos peregrinos de Nantes. Los cuales fueron con la
lechuga a la fuente, y Rabelais los metió en la boca, aunque hubo de escupirlos, por
duros, y uno de ellos con su bordón le tocó una muela que tenía cariada, lo que le
produjo al héroe rabelaisiano enorme dolor, y le obligó a beber un gran trago, con el
cual estuvo a punto de ahogar a los peregrinos, quienes al fin, con el enjuague,
cayeron a tierra y huyeron…
Conviene subrayar que la descripción del mar y de sus tempestades es cosa muy
moderna, y Rabelais, por lo tanto, nada nos dice del paisaje marino, del alba en el
mar, de los largos ponientes, ni siquiera de las aves marinas en las proximidades de
las islas, cuyas disparidades le sirven para su varia crítica de las cosas y los saberes.
Desde el capítulo XVIII hasta el XXIII se nos cuenta de una gran tempestad en el mar,
pero excepto unas veinte líneas para decirnos en el XVIII cómo estalla:
«Repentinamente, la mar comenzó a hincharse y a hervir desde el fondo de los
abismos, las olas batían los flancos de los navíos; el mistral, acompañado de un
torbellino desenfrenado, de negras borrascas, se puso a silbar a través de los cordajes,
relampagueaba, llovía, granizaba, el aire perdía su transparencia, se hacía opaco,
tenebroso, oscuro…»; el resto de los capítulos está dedicado a decirnos cómo la
pasaron Pañurgo y fray Juan, y «un breve discurso sobre los testamentos hechos en
mar». Con toda su brevedad, y aunque en ella se deslice algún tópico antiguo, esa
descripción de la tempestad por Rabelais es insólita en las letras europeas del siglo
XVI, y tiene un algo de veracidad de la terribilità de las tormentas marinas, bien que
sepamos que Rabelais nunca salió al mar, ni que haya visto más agua marina que la
de Narbona. Aunque el mar de Narbona haya sido un mar de naufragios. Ese viento
mistral que ha conocido en Montpellier. ¿Nos está Rabelais diciendo de la mar una
tempestad que ha conocido en tierra?
En fin, en cada isla hubo sus banquetes, y las copas estaban recibiendo
constantemente vino. Las islas, ya dijimos, con sus diversos regímenes y costumbres
le sirven a Rabelais para su crítica del mundo y para la carcajada, mientras va
navegando de una en otra por la ruta de fortuna del Noroeste, camino de Catay y de la
India Superior. Esta ruta de fortuna es verdadera novedad. Pero al almirante
Pantagruel se le da un pito de la navegación, que lo que quiere es filosofar, comer,
beber y combatir monstruos sopladores. Y, cuando la tempestad termina, recuerda
que se llamaba Tempestad un gran latigacizador de alumnos del colegio Montaigu,
con lo cual reduce toda la mar a una anécdota escolar.

Pleito por un reino submarino

Un historiador normando ha publicado recientemente un estudio sobre el
sumergido, asolagado diríamos los gallegos, reino de Ys, en Bretaña de Francia, es
decir, en el mar de Bretaña. Yo suelo de vez en cuando, quizá los domingos por la
tarde, escuchar el disco de Alain Stivell que se titula «El arpa céltica», y el tal
comienza con el hundimiento de Ys en el mar, y, antes de que principie el arpa
dolorida a decirlo, se escuchan grandes y poderosas olas batir contra las rocas. Es
emocionante. Parte del libro de Pierre Beaulieu está dedicado a las pretensiones que
al reino de Ys dijeron tener en su día los arzobispos de Rennes, en Bretaña, y de
Rúan, primados de Normandía, y cómo hubo pleitos, en los que intervinieron los
capitulares de Saint-Ouen, unos canónigos muy ricos, buena cocina, muy etiqueteros,
con diezmos y primicias de salmones, y derecho a un sombrero de paja teñido de rojo
en los veranos y a llevar tras ellos, en las procesiones, a pajes con sillas de cuero y
brazo, en las que de vez en cuando se arrellanaban cómodamente. Una procesión de
cuarto de leguas con tales sosiegos duraba desde hora de alba a la hora de entre
salmón y sirena, que son las siete de la tarde en el fresco y dulce mayo. Los pleitos de
etiqueta duraron en Normandía hasta la Revolución francesa y, en España, todo el
siglo XVIII. En Santiago de Compostela también hubo en el XVIII, un pleito sobre
quiénes del Cabildo tenían derecho o no a silla en las procesiones. Volviendo a Ys y
tras leer a Beaulieu, no se sabe todavía a quién pertenece en derecho, y nadie ha ido a
disputarles bajo las aguas la posesión del rico y desgraciado reino a los congrios y los
rodaballos más que unos criados de los señores de Kervodec, quienes, según se
prueba con complejas genealogías, descienden de Lanzarote del Lago y de la princesa
de Fraicheterre. Los criados de los señores de Kervodec eran anfibios, así como sus
perros, de la casta llamada ganne-oaled o ganne-foenme, descendientes directos del
perro joven de Tobías, manchados de rojo en el lomo y bragados en blanco, alegres
ladradores, y que, como buenos hebreos, rechazaban las carnes de los animales
impuros que vienen señalados en el Pentateuco, con todas aquellas sutiles
distinciones del rumiar y la pezuña, etc. No se les podrá llamar a estos canes lebreles,
como lo hace Beaulieu, pues no comerían liebre, y, por ende, nunca la cazarían,
atendiendo a la impureza notoria de la liebre en Deuteronomio, XIV, 7. ¡Pensar que
ningún mosaísta ortodoxo haya comido nunca un civet de liebre!
Volviendo a Ys, ¿a qué bajaban al reino sumergido los criados de los Kervodec?
Pues a cobrar tributos, y precisamente el día 29 de junio, festividad de San Pedro. Los
tributos del reino sumergido consistían en oro, una piedra preciosa cada seis años y
dos sacos de hierbas medicinales —algunas de las cuales han sido estudiadas entre
nosotros por el catalán Joan Perucho—. El oro estaba amonedado con la efigie y el
título del Rey Arturo, rex perpetuus et juturus Britanniae, y la piedra preciosa venía
dentro de un pez, que se comía en la mesa de los Kervodec después de haber contado
el oro y haber clasificado las hierbas medicinales submarinas, y repartidas a los
enfermos de Bretaña que esperaban su llegada para ser curados de sus dolencias.
Llegaba el pez asado, lo partían, y aparecía la piedra en un lugar por la parte de las
agallas. Todos se sorprendían, como el rico Rey griego cuando apareció su anillo en
el gran salmonete. Algunos eruditos, de ésos que lo quieren aclarar todo, dijeron que
lo de la piedra preciosa en el pez, era, en Bretaña, copia de la fábula griega. Nadie
sabe adónde han ido a parar las piedras preciosas de los Kervodec de la Edad Media,
máxime teniendo en cuenta que los Kervodec de la Edad Moderna fueron gente
pobre, pequeños terratenientes, siempre discutiendo que podían probar más apellidos
de nobleza que los Chateaubriand, y, finalmente, cazadores furtivos. Un año —hay
quien estima que el de 1372—, los criados y los perros de los Kervodec no regresaron
de debajo de las aguas.
Antes de que Ys desapareciese bajo las aguas ya había desaparecido el reino de
Fraicheterre, el de la princesa que tuvo amores con don Lanzarote. Este paladín era
ya anciano y la princesa casi una niña. Estuvieron toda una tarde jugando a hacer
nudos y deshacerlos con cordón de plata, y, sin haber más, de este juego quedó la
princesa preñada. Los arzobispos de Rennes enviaron, en distintas épocas,
expediciones para ver de localizar la catedral de Fraicheterre, en la que es fama que
están los huesos de los doctores que discutieron con el Niño Jesús en el Templo.
Junto a los huesos están las orejas de ellos, como cuando eran vivos, pues que por
ellas había pasado la palabra del Señor y la carne no se pudo corromper. Ya pensaban
los prelados de Rennes en construir una iglesia donde pudieran venerarse aquellas
orejas santificadas por la palabra del Salvador, y ya contaban, cuento de la lechera,
las grandes rentas de las romerías. Pero nunca se logró averiguar hacia dónde caía
Fraicheterre en el mar de Iroise.
Servidor de ustedes, despreocupado y dado a la poética, se contenta con escuchar
el mar en el disco «El arpa céltica», de Alain Stivell: el mar siempre recomenzando,
con las ruidosas olas tragándose el reino de Ys, dulce tierra siempre vestida de verde,
amada antaño de la oropéndola y adornada con la vinca. Las orejas de los doctores
del Templo de Jerusalén serán como otras más caracolas marinas posadas en las finas
arenas de las playas de allá.

El gran remolino

La noticia de la existencia de un gran remolino en el océano, capaz de tragarse las
mayores naves, parece ser común a muchos pueblos marineros. El etnógrafo
Malinowski la ha encontrado en Polinesia, entre los que él llama «los argonautas del
Pacífico Occidental». Los navegantes árabes medievales del océano Índico creían
firmemente en la existencia de tal remolino, lo mismo que marinos de Irlanda y de
Islandia, quienes lo situaban muy al Oeste. Si griegos y latinos creyeron en Scila y
Caribdis, no parece que lo hayan hecho en un enorme remolino en aguas
mediterráneas, ni en las peligrosas Sirtes —costa Occidental de Egipto y mar de la
Cirenaica—, ni aun en las proximidades de la Ultima Tule, la más boreal de las
tierras habitadas, rodeada «por turbulentas y sombrías aguas». Juvenal, hablando de
la feliz extensión de la retórica latina por Occidente, exagerando, llega a decirnos que
«en Tule ya se habla de contratar a un profesor de retórica». Juvenal compara la
difusión de la cultura en su tiempo con la que tenía en otros más antiguos, y sus
afirmaciones nos tocan también algo a los hispanos: «Donde había… un estoico
cántabro… La Galia ha formado elocuentes abogados entre los britones, y de
conducendo inquitur iam rhetore Thule». Siempre oscuro el cielo sobre la extrema
isla, el retórico tendría que enseñar las flores griegas y las latinas a la luz de una vela,
aun a mediodía.
La imagen del gran remolino se ha popularizado desde que Edgar Allan Poe ha
escrito su cuento «Descenso al Maelstrom». Contra la opinión antigua nórdica de
situarlo a cien leguas al Sur de Groenlandia, más o menos, Poe ubica el gran remolino
cerca de la costa de Noruega. El guía que acompaña al narrador concreta:
—Estamos ahora muy cerca de la costa noruega, a los sesenta y ocho grados de
latitud, en la gran provincia de Nordland y en la sombría comarca de Lofoden. La
montaña en cuya cumbre nos encontramos es la Helgessen, la Nubosa.
El guía le indicaba al viajero, a quien acompañaba, que mirase más allá, al otro
lado del cinturón de vapor que había bajo ellos, hacia el horizonte marino. Poe, o
quien fuese el viajero, asiste desde aquella altura a la formación, en el océano, del
gran remolino. La descripción del Maelstrom es a la vez precisa y poética. «El ruido
del remolino —nos dirá Poe— apenas es igualado por las más atronadoras y terribles
cataratas; este ruido se escucha a varias leguas, y los vórtices u hoyas poseen tal
extensión y profundidad que, si un barco entra en su zona de atracción, es
inevitablemente absorbido, arrastrado al fondo y despedazado allí contra las rocas.
Cuando las aguas se calman, los restos son devueltos a la superficie». A este vómito
del gran remolino se debe la salvación del guía en el cuento de Poe, abrazado a una
barrica, atado a ella con unas cuerdas… En fin, lean a Poe y mediten un poco sobre
sus opiniones sobre el comportamiento de los cuerpos esféricos y los cilíndricos en la
rueda terrible del remolino.
Pero en el gran remolino de los pilotos árabes en el Índico, las naves no eran
destrozadas contra el fondo, sino que se posaban suavemente sobre fondo de arena, y
alguna, en raras circunstancias, volvió a la superficie, como se lee en un kitab, en un
Libro de los mares y de las islas. Con toda la tripulación que quedaba a bordo
ahogada, eso sí. Y se cuenta en el citado libro que la fuerza de expulsión del gran
remolino era tan grande que la nave expulsada salía más de cien cuartas fuera de las
olas, con lo cual se vaciaba de agua, y al volver a caer en el mar, flotaba como si la
acabaran de botar. Se estimaba que era funesto subir a la susodicha nave, o
remolcarla, pero en más de una ocasión hubo marineros de Basora o de Ormuz que
fueron nadando hacia la nave surgida de los abismos, subieron a ella, dieron los
cadáveres de los ahogados al mar y navegaron felizmente hasta un puerto del Califa,
haciéndose ricos con el cargamento de especias, canela, pimienta, clavo y todas las
delicias orientales que perfumaban las cocinas de Bagdad y de Damasco.
Los polinesios creen, según Malinowski, que el gran remolino lo provoca un
movimiento de la gran bestia marina que duerme en el fondo del océano. No se sabe
muy bien cuál sea esta bestia, aunque las versiones más comunes le dan forma de
serpiente. No solamente al moverse da origen al gran remolino, sino a los maremotos.
Los marineros de las barcas polinesias, que pasan por donde se supone que la gran
bestia está durmiendo, le echan alimentos. Por ejemplo, un cochinillo. También le
cantan y le echan flores.
Pero, desde Poe, para nuestra imaginación, el gran remolino es el Maelstrom de la
costa noruega. Yo creí en él a pies juntillas, y hubiera dado algo por subir a la
montaña Helgessen, la Nubosa, a verlo en toda su terrible actividad.
Desgraciadamente, parece que, si hay remolinos allí, ninguno iguala al descrito por
Poe. Imagínense cuántos viajeros del mundo entero no viajarían a Lofoden a ver, en
un mar «oscuro como tinta», el inmenso remolino del océano.

El reino sumergido

Me regalan un disco de Alain Stivell, «Renacimiento del arpa céltica», para que
me distraiga en las ya breves tardes de otoño. Y el primer tema que interpreta el
músico bretón es «Ys», composición suya sobre antiguos temas folklóricos. Ys, como
es sabido, capital de un reino en Armórica, fue sumergida por las aguas, y hay
eruditos que aseguran que lo fue en el siglo V de nuestra era, y por divinal castigo de
los pecados que allí había. Era como una especie de Place Pigalle entre los
armoricanos, según unos, pero otros señalan que lo que era el pecado propio de Ys
era el incesto, y en especial padres con hijas. Y, aunque Diógenes sostuvo que el
incesto era algo que no tenía la menor importancia, el Creador no fue de la misma
opinión, y mandó al mar que cubriese Ys en una terrible marea de olas como
montañas.
Stivell, en el sobredisco, filosofa un poco, y nos dice que se trata de un tema
eterno (Atlántida, Diluvio), que explica cómo el progreso material, sin progreso
moral, sin un respeto creciente del hombre por el hombre, conduce a estas grandes
catástrofes. En el disco se escucha el mar medrar. Stivell nos confiesa que trata el
tema con técnicas nuevas, algunas tomadas del picking de la guitarra americana,
«para acentuar el carácter universal de la leyenda».
A mí, personalmente, esto de las ciudades sumergidas me interesa de manera muy
especial, con o sin música de Stivell, porque, como ha probado el arqueólogo
Monteagudo, hay en Galicia más de un centenar de ciudades sumergidas —nosotros
decimos en nuestra habla asolagadas—. Unas sumergidas por el mar, en horas de
insólita violencia, mientras otras yacen en el fondo de nuestras lagunas.
Muchas de las historias que cuentan la sumersión, el asolagamento, de las
ciudades, han sido cristianizadas. Pasa por Galicia, por ejemplo, en la huida a Egipto,
la Sagrada Familia, y teniendo hambre y sed, José va a pedir pan y agua a un zapatero
que remienda en un arrabal de una rica ciudad; el remendón niega el zatico y el jarro
y, porque José insiste, le tira la lezna del oficio, que le alcanza en un tobillo y le hiere;
por cuya herida comienza a manar agua que se multiplica a cada instante, y ahoga la
ciudad entera con su torre, su arrabal y su zapatero remendón.
La más importante de nuestras ciudades sumergidas era la llamada Antioquía de
Galicia, en la laguna Antela, en Orense. Cuando allá por los años cincuenta fue
desecada la laguna por el Ministerio de Agricultura, éramos muchos los que
aguardábamos noticias de la Antioquía nuestra asolagada. Y no apareció nada. Ni
rastros de las murallas, ni de los siete castillos, ni del palomar del Rey, ni de la plaza
de armas, ni de la iglesia, cuyas campanas sonaban en ciertas noches, tocadas por no
se sabe qué campanero, quizás un humano convertido en sinuosa anguila.
Nunca sabremos quién tocaba las campanas en la catedral sumergida de Debussy.
Tampoco sabremos por qué Antioquía fue castigada. Que lo que empareja a todas las
ciudades sumergidas es que fueron castigadas por sus pecados. Cosa que, y que me
perdone Alain Stivell, no parece haber sucedido con la Atlántida. Parece ser, me
contó un día el etnógrafo Taboada Chivite, que hierbas de las riberas de la Antela
fueron utilizadas por las brujas del país. O que decían haberlas cogido allí.
A uno le tienta creer que algunas de esas hierbas serían las mismas que menciona
en el siglo XVII el médico Jean de Nynauld en su tratado de licantropía y de la
transformación y éxtasis de las brujas: hierbas adormideras, otras que hacen
contemplar figuras, lo mismo en la vigilia que en el sueño, y sobre todo dos plantas
especialmente maravillosas, la synochitides, que hace aparecer ante quien la toma —
la masca, creo— las sombras del infierno, y la anachitides, que permite contemplar
los ángeles en plena luz…
El lugar donde la ciudad yacía bajo las aguas, la laguna Antela y su río Limia,
pudo ser aceptado por los ojos humanos como lugar bien misterioso. ¿Qué fue lo que
les indujo a creer a los romanos, cuando llegaron a aquellas aguas, que aquella lenta
corriente era nada menos que el famoso Letheo, el río del Olvido? Quien cruzase el
río se trocaría en un amnésico, olvidando su lengua, su patria, su familia. Tuvo, quien
mandaba los legionarios, Décimo Junio Brutus, que atravesar el río y desde la otra
orilla hablar latín y llamar por los nombres a los veteranos. Y Galicia quedó abierta.
Siempre me imaginé que fue la cosa en una mañana de marzo, cuando tan espesas
son por allí las nieblas y vuela el avefría.
No había tal Antioquía de Galicia. Al desecar la Antela, perdieron los orensanos
unas de sus tapas favoritas: las ancas de rana, que allí daban rebozadas y fritas.
Servidor las ha comido en salsa verde y en salsa de perdiz. Perdimos, pues, un mito y
un plato. Sólo nos queda recordar que en Ys y en Antioquía, el hombre quiere que
Dios castigue los terribles pecados. Renan en su plegaria ante la Acrópolis,
dirigiéndose a la diosa de ojos azules, dice descender de padres bárbaros, entre los
cimerianos, buenos y virtuosos… Si así fuese, no se hubiera hundido Ys bajo las
aguas, ni ahora el suceso estaría en el arpa céltica de Alan Stivell.

De demonios submarinos

En primer lugar, según Patai, están aquellos que permanecieron en las aguas
durante el Diluvio Universal, sin tocar tierra ni subir al Arca de Noé. Varios de ellos
hallaron refugio en la boca de las bestias marinas —como más tarde Jonás en la boca
o en el vientre de la ballena (todo este asunto de Jonás está ahora muy discutido, y la
verdad es que no quiero explayarme en él hasta que, próximamente, esté más
documentado)— y otros lograron encaramarse al Arca, y aun uno de ellos, quizás
escasamente dotado para acuático, meterse dentro. En seguida les habló de él. El
hecho indiscutible es que no se ahogó ningún demonio durante el Diluvio, y algunos
talmúdicos han creído que los más tomaron la suficiente altura para ponerse más
arriba del cielo de las aguas. A algunos de los que se sumergieron en las aguas, o
flotaron en ellas, les salieron escamas, de las cuales aún no se han logrado librar por
completo: escamas rojizas, que especialmente les cubren pies y piernas y los
genitales. Uno de éstos fue visto en Italia, concretamente en Pisa, en 1437, y sus
pretensiones mayores eran llevarse mujeres a la mar, donde las convertía en amadoras
y perfumadas sirenas. Léanlo en el cronista Giovanni Dañero, en su Tratado de
Invisibles. Esto les prometía el demonio, cuyo nombre se ignora, a las féminas con las
que llegó a íntimo trato. Descubierto por un dominico, huyó a lomos de un delfín,
como Aristón, el músico de los helenos antiguos. Dañero supone que el delfín no
sería tal, sino otro demonio que tomó esa forma, y que entre ambos se repartirían las
ganancias.
Aquí llegamos a un punto importante: desde los escritores contra brujas del XV se
supone que los demonios tienen horror a las naves y a pasar el mar, y, si hacen una
larga travesía, será ya bien acomodados en el cuerpo de un humano, con el que han
hecho trato. Así, en los procesos de la Inquisición de Lima, en el XVI, algunos de los
herejes —muchos portugueses—, que terminaron quemados —Caro Baroja escribió
de aquellos procesos—, confesaron que habían pasado a Indias en su cuerpo, pero
con más frecuencia en el de sus mujeres, algunos demonios, los cuales se lo habían
rogado mucho, y además les habían pagado contante y sonante. Hay que suponer que
con monedas antiguas, romanas o persas, o de los días de Cleopatra, que hasta el
siglo XVIII, tiempo en el que, según Cabell, hubo una gran reforma monetaria en el
Infierno, los demonios no manejaban monedas modernas. Los tháleros de María
Teresa de Austria, la moneda favorita de los jeques árabes casi hasta nuestros días,
fueron llevados a Damasco y Bagdad, y aun a la India del Gran Mongol, por ricos
demoníacos. Por ese mismo temor al viaje por mar sostiene Burroughs que no han
sido localizados en Australia demonios mayores ni menores… Como ven, hay
algunas contradicciones en el saber de las relaciones entre el demonio y el medio
marino. Eso sin tener en cuenta la historia del demonio que logró meterse en el
Arca[3].
Éste es el gran príncipe, un demonio muy importante llamado Shemnazai.
Ustedes saben que Noé prohibió toda relación sexual en el Arca. Apartó a sus hijos
de sus esposas, y lo mismo hizo con todos los animales, aves y reptiles. De los
animales le desobedecieron el perro y el cuervo, y por ello Noé castigó al perro
uniéndolo vergonzosamente a la perra después de la copulación, y al cuervo,
haciendo que inseminara a la hembra por el pico, cosa esta última que creían los
campesinos hebreos y aún seguían creyendo los judíos de las aljamas de Castilla y de
los «pueblos de Dios» de Polonia y de Ucrania. Pero también desobedeció Cam, hijo
de Noe, y fue que Cam se enteró de que un demonio, que se había metido en el Arca
por un respiradero, convertido en humo, habiendo encontrado dormida a su mujer, se
echó con ella y la dejó preñada. La mujer lloraba y Cam se apiadó de ella. Además
que de saberse lo de Shemnazai y su mujer, ésta aparecería deshonrada a los ojos de
la población del Arca. Así, Cam dijo que no había podido contenerse, y había
engendrado en su mujer. Shemnazai se ocultó hasta que el Arca halló tierra en la que
posarse, y, cuando los animales salieron de aquélla, Shemnazai salió metido en el
macho cabrío. Aún conserva el olor de éste, que no se lo puede quitar ni con toda la
perfumería de París.
Entre los inconvenientes que se encontraban en la Edad Media para evitar los
baños —aparte de que muchas veces, como se prueba con la novela Flamenca y otros
textos— estaba la presencia constante de demonios que iban a ellos, con mucha
pompa de jabón y paños calientes, y entre ellos uno llamado Algabat, el cual tomaba
la forma de mujer para ir precisamente al baño de las mujeres. Cuando a principios de
siglo comenzó el auge de los baños de mar, Rémy de Gourmont escribió un artículo
en «Le Figaro», de París, más bien en contra, y avisando que le había dicho un rabino
amigo suyo —creo que el abuelo del recientemente fallecido Kaplan, gran rabino de
Francia—, contrario por ciencia médica a los baños marinos, que habría judíos que no
se bañarían nunca en Deauville ni en Biarritz por miedo al tentador Algabat.

Los mapas de Clam’aorthen

Los mapas de que escribo son los famosos de la antigua abadía de San Brid de
Lenri, que pues Brígida aparece con frecuencia ya como mujer, ya como hombre en
el santoral irlandés, aquí la tenemos como un ilustre abad barbilampiño que viajaba
en los veranos por las que Yeats llamó «las eternas colinas», hasta llegar al Oeste
explicándoles a los pequeños ríos lo que era el océano en el que iban a morir, no se
asustasen. Los mapas, que todo hay que decirlo, no los vio nunca nadie, salvo algún
santo abad de Lenri o algún forastero misterioso, que, queriendo regresar a su país
donde lo esperaban mujer e hijos, necesitaba la ayuda de aquel mapa por haber
perdido memoria del camino. Abierto el mapa, el forastero hablaba en su lengua, y el
país del que era nativo, el país pintado en el mapa, la mayor parte de las veces una
isla, le respondía, y le daba los rumbos y diversas señas de otras islas, de escollos y
remolinos. Las ideas geográficas de los gaélicos concebían el mundo terrenal como
un conjunto de islas, de manera que todos los caminos lo eran por el mar. Weston P.
Joyce cayó en la cuenta de que como Irlanda era una isla, de la que solamente se
podía salir por mar, los gaélicos creyeron que lo mismo acontecía en todos los otros
países, como en la vecina Gran Bretaña, que también era isla, o la última Tule, otra
isla… De que los países que figuraban en los mapas de Clam’aorthen hablaban, no
hay duda, según el relato de la visita de San Coh, a quien habiéndole sido mostrados
los mapas, abiertos en el claustro de la abadía, desenrollados sobre blancas sábanas
de lino que sostenían novicios con los ojos vendados, nada menos que el día de
Pentecostés, todos los países se pusieron a hablar, alabando al Señor Jesús, cada uno
en su lengua. Al fin, tras dar este concierto, callaron todos, y entonces el país de
Roma, la isla de Roma, que estaba en el mapa susodicho pintada, rodeada de puentes,
en el inmenso silencio de la tarde de Pentecostés, calladas las aves de mayo, las
abejas suspendiendo la busca de azúcar en el brezal florido, estupefactos los conejos
y el urogallo, los ratones y los hombres, exclamó:
—¡Agnus Dei qui tollis pecata mundi, miserere nobis!
No solamente hablaban, sino que se confesaban. Había una isla en el océano,
puesta en el mapa en el extremo Oeste, que pidió confesión a San Brid, el cual la
encontró tan santa a la isla misma, pequeña y fecunda, y de clima tan dulce, y a sus
pocas gentes como una familia cristiana, que el santo, al absolverla, le dijo:
—¡Ego te absolvo! ¡Tan limpia como eres, podías ir a jugar con las islas del
Paraíso!
Y la isla salió del mapa, se hizo de tamaño natural, se sacudió el agua del mar que
quedaba entre sus rocas, y se fue por los aires. Cualquier día regresa, y los grandes
transatlánticos y los cargueros que viajan al Oeste o vienen de él, y los aviones que
cruzan el aire, la verán posarse en el océano. ¿Y cómo preservar su santidad, impedir
que alguien abra allí una sala de cine y una discoteca, y que el turismo internacional
se abalance sobre sus playas? ¿No traerá de allá, para impedir que los bárbaros la
marchitemos, un ángel armado de una espada de fuego que impida el paso?
En los mapas de Clam’aorthen se podían ver, dice, los sesenta caminos que hay
en el mundo, «y como estos sesenta son todos». Y la condición de los caminos del
Mar es la misma que la de los caminos de la Tierra, y así los hay anchos y estrechos y
tortuosos, y para ir a Tule el camino es una larga cuesta, que fatiga a las naves, por
mucho viento que les venga por popa, mientras que el camino que lleva a Tirnagoge
va por en medio de un llano de la mar, siempre tranquilo, con mucho saludo de
delfines y mucho techo de aves marinas, y donde se cruza el camino de Tirnagoge o
de la Florida con el camino que lleva a la isla de Jerusalén, los cristianos se apean del
barco sobre las olas y pasean un rato sobre ellas. Pero los paseantes han de ser
hombres, que tal alameda les está vedada a las mujeres. Es más, estudiosos de estos
caminos, como parece ser que lo fue San Brendan, sugirieron que solamente podían
pasar los niños, o aquellos adultos que se llamasen Jonás, a condición de que este
nombre no les hubiese sido impuesto en el sacramento del Bautismo con la intención,
por parte de padres y padrinos, de verlo pasear sobre las aguas. El que luego el Jonás
se exhibiese, era por su cuenta. Hubo uno que llegó, en los días de la primera
cruzada, a pie a Constantinopla, y le dieron un banquete y, cuando estaban a la mitad
de éste, en el plato de las perdices rellenas, se recordó el Jonás de que había dejado en
la mar unas alforjas con pan de su casa y unos zancos de conejo ahumado, y salió
corriendo por ellas, pero debió tropezar con algún pez griego y, cayendo, se ahogaría,
que nunca más regresó. Yo escribí una vez una historia en la que daba otra
explicación, y es que en las alforjas el Jonás llevaba un traje de verde color y unas
tenacillas para rizarse el bigote, y, habiendo entrado en la sala donde almorzaba con
los grandes del Imperio una sobrina del Basileo, viniendo Jonás de las jornadas de la
mar algo rijoso por el mucho ligue verbal con sirenas, salió a ponerse lucido por
mejor lograr el tantear de la princesa, y eso lo perdió en las olas. Contaba yo muy
detalladamente el destape de la bizantina, y cómo los gaélicos antiguos tenían un
lenguaje de bigotes tan variado como el lenguaje de las flores o de los abanicos en los
enamorados del pasado siglo.


Demonios acuáticos

Como estamos en el mes de agosto, en días de vacación, yo me tomo unas horas
de vagancia para contarles a ustedes de demonios acuáticos. Acaso alguno está
bañándose cerca de donde yo lo hago, en las aguas de la ría viguesa, en cualquiera de
las largas y finas playas de su orilla izquierda. Como saben —lo han contado Patai y
Graves en su libro Mitos de los hebreos, tan curioso—, los talmudistas y cabalistas
sostienen que los luciferinos no pueden meterse en el agua, y por dos razones: a)
porque se denunciarían a las gentes que los vieran sumergirse, ya que producirían el
mismo humo y el mismo chirrido que hace, al entrar en el agua, el hierro al rojo vivo
en la fragua del herrero; b) porque, entrando el demonio en el agua, provoca
tempestades en las que él mismo perece. No obstante, la tradición europea —Horst
con su Demonomagia al canto— cree que el demonio puede bañarse en el mar y en
los ríos, y si bien, cuando viaja en barco, éste padece una mala travesía, ya
tempestades, ya calmas chichas, la nave llega a su destino. Se sabe que varios
demonios han utilizado la nave del Holandés Errante para trasladarse de Europa a
América, o viceversa, o viajar por el Mediterráneo. En un proceso de la Inquisición,
en la Lima del siglo XVII, un demonio apareció instalado cómodamente, con todos los
servicios a su disposición, en el cuerpo de un comerciante, natural de Badajoz —que
no todos los extremeños de Indias iban a ser conquistadores, centauros o casi dioses
—. No había quien echase del cuerpo del extremeño el diablo aquél, quien dijo
llamarse Tuno, y el infernal discutía con los inquisidores, los cuales le preguntaron
cómo había llegado al Perú y de dónde. Dijo Tuno que en nave procedente de Sevilla,
aunque él desde hacía siglos vivía en Toledo, «cabe las tiñerías», y que, gracias a él,
pese a las tempestades, la flota del año de su viaje había llegado sin novedad. Y para
probar lo del viaje en nave Tuno dijo a los inquisidores «cuarenta y dos términos de
marinería, velas y maniobras, y algunos obscenos». Se asegura que, en el XVIII,
estando el que luego sería famoso violinista Paganini condenado a servir un remo en
las galeras de Génova, tenía como compañero diestro de banco un demonio, al que
vendió su alma por la libertad y el arte de tocar el violín. El demonio habría ido a
galeras por hacerse con aquella alma sombría y misteriosa de Paganini, de la que nos
cuenta Heine, que le escuchó tocar, en las «Noches florentinas»… Por de pronto,
pues, ya tenemos «un demonio que sabía remar».
El cardenal Hiller —hombre muy puntual en sus relatos: en Escocia vio una
sirena, recogida en casa rica, domiciliada en una bañera, y que sabía calcetar—, que
escribió una Historia de Inglaterra, asegura que los demonios que pasaron a la Gran
Bretaña fueron nada menos que setecientos setenta y siete, y lo hicieron a nado, al
mismo tiempo que el Judío Errante, el cual iba de pie sobre las olas como si caminase
por un prado. Esta noticia de Hiller plantea problemas: o todos los demonios saben
nadar y pasaron a Gran Bretaña los que quisieron, o fueron escogidos entre los
demonios setecientos setenta y siete que sabían nadar y eran capaces de hacer la
travesía del Canal. Sería interesante saber el tiempo que los demonios nadadores
tardaron en atravesar el Canal, y si su récord ha sido o no batido por los que en
nuestros tiempos se dedican a hacer la travesía a nado. Podían haber ido en vuelo a
Inglaterra, pero Hiller es formal: fueron a nado. Hay más: de esa travesía a nado les
ha quedado, a los demonios que trabajan en Inglaterra, un lunar escamoso en la nalga
derecha.
Se saben todas las preocupaciones de los europeos medievales al construir un
puente. Un puente, y esto lo sabían los griegos, violaba el orden natural, pues unía las
dos orillas de un río, que por algo estaban separadas. El río había que cruzarlo, pues,
por un vado o en barca. Los persas fueron derrotados por los atenienses en tierra y en
mar, en Maratón y Salamina, con la ayuda de los dioses, furiosos contra el miedo
porque habían hecho un puente de barcas para que su ejército pudiese pasar el
Bosforo. En otros lugares, un puente, como entre etruscos, era una cosa sagrada, y el
pontifex, el hacedor de puentes, altísimo magistrado. El Papa de Roma ha heredado
de la religión antigua su título de Sumo Pontífice, de máximo hacedor de puentes. En
la Edad Media se sacrificaron, en algún lugar de Europa, humanos para enterrar las
víctimas bajo los pilares de los puentes. Y de algunos puentes se dice todavía que
fueron construidos por el demonio —a veces en una noche—. Pero también hay la
versión contraria, la que hace que el demonio impida la construcción de puentes,
buscando que la gente siga pasando los ríos en barca, o, por pasos de piedra en un
vado. El demonio hace resbalar al que cruza, lo sujeta en el agua amenazándolo con
ahogarlo, y por salvarlo le pide el alma. Hay demonios especialistas, y algunos
hicieron famoso en la alta Edad Media a Frankfurt, ciudad cuyo nombre significa
Vado de los Francos. Y también hay demonios que no pueden pasar un río por un
puente. En la Inquisición renana, se supo que un diablo no era culpable de un crimen
cometido en el medio de un puente, «porque es de saber común que el demonio no
puede atravesar el río por un puente». En este caso, o natación o vado. Y por si el
demonio en el vado acechaba al cristiano, allí estaba Cristobalón, transportista.
En fin, hay demonios que no le tienen miedo al agua, atraviesan el canal y los
ríos. Habrá muchos que aprovechan el verano para ir a las playas y a las piscinas. Los
más elegantes irán a Saint-Tropez, y aún habrá los que anden a escandinavas por las
playas de la Costa Brava o de las Canarias. Y alguno se habrá acercado a Galicia, y
nadará en la misma onda en que yo lo hago, «ondas do mar de Vigo», caricias de
amor en la Edad Media cuando trovaba Martín Codax, un poeta que parece que sabía
nadar.

De estrellas propicias y de un raro hechizo

Todos hemos dedicado alguna vez a la constelación que llamamos las Pléyades
alguna mirada. Son graves compañeras del hombre. El labriego helénico sabía que
debía regar cuando las Pléyades salían al amanecer y que tenía que labrar cuando se
ponían al alba. Durante mucho tiempo se creyó que su nombre era el griego plein,
navegar. Webb nos dirá que fueron llamadas las «estrellas marineras» porque, en los
tiempos de Hesíodo y de Homero, su orto marinero ocurría cuando los vientos
bruscos del invierno griego cedían su lugar a los cielos despejados y a la mar calma
de la primavera. Durante siglos se ha creído que la salida matutina de las Pléyades le
decía al marino del Mediterráneo que había llegado el tiempo de las navegaciones, y
su ocaso vespertino que había que anclar la nave en la ribera. Aunque fuese Ulises el
piloto. Pero, recientemente, los estudiosos han establecido que su nombre no viene de
navegar, plein, que las Pléyades son simplemente las Peleidades, las palomas. En
Esquilo se describe a las hijas de Atlas como «palomas sin alas». En la Odisea, XII,
donde se habla de las rocas Planctae, quizás «erráticas», se puede leer algo que
quizás aclare lo de Palomas. (Puedo decir que un poeta checo, amigo mío, a quien le
estaba vedado salir de su país después de la invasión soviética tras la primavera de
Praga, me citaba una vez este pasaje, su comienzo: «Por allí no pasan las naves sin
peligro, ni aun las tímidas palomas», dedicándome uno de sus libros). El texto
odiseico dice: «Por allí no pasan las naves sin peligro, / ni aun las tímidas palomas
que llevan ambrosía a Zeus, / pues cada vez la lisa roca arrebata alguna / y el Padre
manda otra para completar su número». ¿Qué pueden ser —pregunta Webb— estas
palomas, con su misión divina, sino las Pléyades celestiales? Y lo que se dice de una
de ellas, arrebatada por una roca, es la conocida historia de la Pléyade perdida,
constantemente ausente «cuando se cuenta a las siete hermanas y nos encontramos en
que sólo son seis».
Ahora se sabe que los indígenas australianos las llaman a las Pléyades «bandada
de cacatúas», y en la Europa medieval se creyó que se trataba de una gallina clueca
con su pollada. Para el poeta Tennyson fueron un enjambre de luciérnagas, y, según el
ya citado Webb, alguna vez fueron vistas como un racimo de uvas. Así, pues, aunque
rijan las épocas propicias y las nefastas del marinero antiguo, su nombre será el de
palomas, las Peleiades, aunque, por haberlas usado para andar el mar, creyeran los
que contemplaban estrellas en la Grecia antigua que su nombre estaba unido a la
navegación. Ahora son ya los días de las Pléyades vespertinas, cuando un santo
griego misterioso llamado Ulises, como el héroe homérico, que había inventado el
remo, descubrió el deseo de regresar al hogar.
No se iba al mar sin ciertos hechizos, pero el maestro Joan Coraminas ha dado
con uno más, del que nos cuenta en su Diccionario crítico etimológico. Ustedes saben
que hay una especie de bollo que imita cierta figura de mono, y se hace con masa de
bizcocho o de mazapán, con frutas en conserva de añadido, y además algunos
hechizos. Covarrubias dice que «es pan mezclado con hechizos de bien querencia: dar
a uno bollo maimón, es avele ganado a todo punto la voluntad». Por los folkloristas,
sabemos que esto de dar a uno bollo maimón sigue vivo en muchos lugares del Sur de
España, y aun del antiguo Reino de Toledo. Y en sus estudios se pueden aprender qué
porquerías se meten en dicho bollo como hechizo. Corominas cita a un médico
valenciano, quien, hacia 1460, en su Libro de las mujeres, asegura que meten en el
bollo maimón draps, trapos o paños del menstruo: «del drap que’s muden / fediles
jan», hacen hechizos. Y esos mismos paños, para que les den ventura en el mar, los
atan los marineros en los maimonetes de las naves. Los maimonetes de las galeras
son «unos curvatones o palos de pie derecho que están en la cubierta superior, cerca
del palo mayor y trinquete, y tienen sus roldanas para laborear por ellas las brazas del
trinquete y velacho, y otros diversos cabos de labor» (Vocabulario marítimo de
Sevilla, 1696, citado por Corominas). La cosa es que marineros supersticiosos —
explica el citado Corominas— atarían al maimonete trapos menstruosos de la mujer
amada, en forma de pendoncillo, con la esperanza de que tales trapos trajesen vientos
favorables. El citado médico Roig se burla de esto: «més al maymó / de les galeres,
bon vent no esperes…».
Mar en calma y vientos de popa, para navegar a papahígos, los pedía el griego a
las Pléyades, a las estrellas, mientras que esos hechizos sucios del paño atado al
maimonete eran la ayuda del marinero de las galeras del Reino de Aragón y de
Marsella y de Génova y Pisa. Los hechizos expresaban el deseo de volver adonde los
esperaba la coima, en Barcelona o en Valencia.

El pesebre en el océano

No el pesebre, a la manera de Nápoles y de Cataluña, tal como está dicho por el
poeta Sagarra, y, en fin, tal y como en el barrio romano de Grecia lo montó el
poverello de Asís, sino una visión del nacimiento de Jesús tal como fue en realidad, y
visto más de mil años después en el océano, en una isla de doradas pajas, a la que
hacía techo una perenne bandada de gaviotas. Todos conocen las navegaciones de
San Brendan, y especialmente la parte aquélla de la celebración por él y los monjes
que lo acompañaban de la Pascua de Resurrección, cuando decidieron asar en una isla
desierta, de oscuras rocas, el cordero lechal para el banquete. Mejor dicho, cocer, que
parece ser que no eran aquellos celtas gente de asados y sí de cochura. La isla era el
lomo del pez Jasconius, quien, al sentir el fuego, se puso en marcha, cayendo los
monjes al agua. Pero nadie nos dice qué pasó con Brendan y sus monjes cuando
llegó, en el año litúrgico, el día de Navidad; ni siquiera ese marino francés que
escribió el Diario de a bordo de San Brendan y nos dice la singladura de cada día, y
las tempestades y visiones.
Si es cierto, conforme a la mitología céltica de la inmortalidad, que a Oeste estaba
el Paraíso Terrenal —contrariamente a todos los otros pueblos cristianos, que lo
sitúan en Oriente—, y lo es también que a la puerta del Paraíso están Belén y
Jerusalén, unidas por un arco de piedras jaspeadas, de manera que el que entra al
Jardín, pasa entre el pesebre del Nacimiento y el Gólgota de la Pasión, podemos
imaginar la llegada de Brendan y sus monjes a Belén de Judá, el otro, el de Poniente,
justamente cuando nacía el Niño. Lo primero que les sorprendería sería la música
celestial que hacían los ángeles y la de los pastores —que, siendo gaélicos los
viajeros, otra música no podrían imaginar que la que naciese de las grandes arpas
antiguas o de las gaitas alegres—. Los monjes de Brendan saltarían a la playa del
Paraíso y correrían hasta la puerta de Belén diciendo ¡aleluya! y ¡aleluya!, mientras
Brendan se arrodillaba y decía aquellas oraciones que solamente supieron los santos
irlandeses de antaño, y que se hacían luz en el aire e inventaban el enorme silencio,
ese mismo silencio que, según Ernesto Helio, y nos lo ha recordado alguna vez
Eugenio Montes, sigue a la realización del milagro. Los monjes vieron a José y a
María, y al dulce y sonriente infante en las pajas. Ignoro el porqué, pero desde muy
antiguo se cree, en himnos y en leyendas e historias, que Jesús, al nacer, era rubio. En
los villancicos gallegos se nos dirá o Neniño que é como un ouro. Pero entonces no
había rubios entre las Doce Tribus, y solamente habrá hebreos rubios en Europa
después de muchos siglos de diáspora. En un documento de Orense que ha publicado
el finado Ferro Couselo, al hacer nómina de pobladores, se cita a alguien que no
podía precisamente pasar inadvertido, o xudeo rubio e capado. Jesús era de blanca
piel y de cabello rubio: ésta es la constante afirmación, y nadie osaría decir que era
moreno, porque la morenez no se ha llevado hasta nuestro siglo de agosto en playas.
(Y menos en Galicia, donde llamar «morena» a una chica hasta podía ser insulto: la
mocita se quejaba porque podía quedarle de mote moreniña para sempre. Y hay una
cantiga en la que la muchacha prefiere que le llamen Siega la Hierba y no morena).
Pero volvamos a Brendan, arrodillado en la última playa a Poniente, a la puerta
del Belén del Paraíso. Por celta, sabía que las visiones de los grandes hechos del
tiempo pasado dan la ceguera al visionario. Pero dan también la visión perpetua del
suceso. Si ver el nacimiento de Jesús daba la ceguera a Brendan, también le daba el
ver siempre la hora aquélla, la máxima de la Historia del mundo. Para siempre tendría
Brendan la estampa coloreada en el fondo de sus ojos ciegos. ¿Se acercó Brendan,
flor de santidad, al pesebre de Belén y vio a Jesús en el regazo de su madre, y a José
como ausente y soñador al lado de la Virgen? Es casi seguro, y entonces tiene una
explicación su regreso a Irlanda y el fin de su vida con los azules ojos muertos. No se
le quitaba de los labios la sonrisa, porque estaba viendo al Niño, recién nacido, en un
pesebre silencioso que le ocupaba todas las salas de su alma. (Fueron los hombres del
Norte, los irlandeses y noruegos, al cristianarse, quienes preguntaron qué forma tenía
el alma, y parece que quien les predicaba el Evangelio en la ocasión tuvo la respuesta
certera para aquellos osados navegantes, cuyas madres, cuando era posible, iban a
parirlos al mar).
—El alma tiene forma de nave —les dijo.
—¿Con proa, popa, quilla, remos, velas y banco para el Rey?
—¡Con todo ello!
Y Malar de Malarendi, que viene en la Heimskringla comentó que por eso tantas
veces sentía el alma suya aprestarse a navegar por el mar oscuro que lleva a la isla de
la muerte.
Brendan está de vuelta en Irlanda y cuenta el nacimiento de Jesús, que lo ha visto,
a los poetas vagabundos, y sus monjes les repiten la música celestial a los arpistas y
gaiteros. Quizás a esto último se refería Padráic Colum cuando aseguraba que hay
músicas en Irlanda que, recordadas cuando uno está lejos de la isla, se ve que no son
humanas, sino sonatas del Paraíso. Es decir, de los ángeles que saludaron al Salvador
del mundo, que nacía en Belén. La nave de Brendan, regresando del Oeste, podía
llevar un vigía como el infante Arnaldos que gritase:
¡Yo no digo mi canción
más que a quien conmigo va!
El viento llena la pequeña vela y en el aire chillan las aves marinas, como locas.
Hay un verso de Mallarmé que dice que «hay pájaros que están borrachos por vivir
entre la espuma desconocida y los cielos». Un arco iris va desde Finisterre hasta el
Belén del Oeste.

Monstruos en la mar

Si ahora mismo estuviesen los hebreos antiguos del Talmud y de la Cábala en La
Coruña, junto al faro antiguo famoso, de Breogán céltico o de Hércules griego,
podrían sospechar, de acuerdo con sus mitos, que el petróleo derramado por el
«Monte Urquiola» era la baba o la podre interior de Leviatán. Graves y Patai han
publicado unas notas acerca de esta bestia marina en su tan conocido libro Los mitos
de los hebreos, pero nunca nos han dicho de dónde les habían llegado a los hebreos
noticias del océano, ya que no parecen haberse asomado jamás al Indico y no haber
visto otro mar que el Mediterráneo oriental. Una constante de aquel pensamiento
mítico es que primero fueron las aguas. En la época anterior a la Creación, Ráhab,
príncipe del océano, se rebeló contra Dios, que le ordenaba abrir la boca y tragarse
todas las aguas del mundo. Ráhab le dijo a Dios:
—¡Señor del Universo, déjame en paz!
Inmediatamente, Dios «lo mató a patadas y hundió su cadáver bajo las aguas,
pues ningún animal terrestre podría soportar su hedor». Para unos, Leviatán tiene
forma de ballena; para otros, los menos, de cocodrilo; ahora, para muchos, podrá
tener forma de petróleo. Los colmillos de Leviatán «difundían el terror, de su boca
salían fuego y llamas, de las ventanas de su nariz humo… Vagaba por la superficie
del mar, dejando una estela resplandeciente, o por su abismo inferior, haciendo que
hirviese como una olla». Imaginen el naufragio de un gran petrolero, que comienza a
arder y suelta petróleo de sus tanques, produciendo una marea negra. Es una imagen
valedera de Leviatán en el mito hebreo, máxime cuando se acepta que Leviatán
mancha el mar y, cuando lo toma la violencia y se mueve irritado, «produce un
cataclismo tal que deben transcurrir setenta años para que se restablezca la calma en
el mar». Si el «Monte Urquiola», encallado a la entrada de la bahía coruñesa, es como
figura de Leviatán, ¿vamos a tener que esperar los gallegos setenta años para que el
mar quede limpio, haya percebes en las rocas, fanecas en la ría, almejas y
berberechos en los arenales?
A pocos hombres se les ha concedido el ver a Leviatán. Una vez, Rab Saphra,
viajando por el mar, vio a un animal con dos cuernos, que sacaba la cabeza fuera del
agua. Grabadas en los cuernos llevaba estas palabras: «Esta minúscula criatura
marina, que mide apenas trescientas leguas de largo, está en camino para servir de
alimento a Leviatán». Eso da idea del tamaño del petrolero, es decir, de la bestia
llamada Leviatán. En B. Baba Bathra, 75 a, se lee que Leviatán, como Ráhab, exhala
un hedor terrible. «Si no fuera porque de vez en cuando el monstruo se purifica
olfateando el aroma de las flores del Paraíso, todas las criaturas de Dios se
asfixiarían, seguramente».
Afortunadamente, Leviatán está ahora confinado en una caverna del océano,
solitario. Tuvo hembra, pero Dios la mató, de miedo que procreasen otros leviatanes.
Con la piel de la hembra de Leviatán se hicieron Adán y Eva brillantes vestidos, y la
carne de ella está conservada en salmuera, para el banquete de después del Juicio
Final. También, parece ser, la carne de Leviatán, limpia y aderezada, será comida.
Pero solamente será comestible al final de los tiempos. Yo mismo, cualquiera, puede
entender que el comer carne de Leviatán equivale a comer productos alimenticios
obtenidos del petróleo, si actualizamos el mito, o vemos como mito y simbólicamente
la presencia, y poder y riqueza, del petróleo.
En fin, nos ha tocado la china a los gallegos; le ha tocado al mar de los ártabros
—que basta decir su nombre para que aparezca ante los ojos la verde, espumeante,
viva superficie, con la huella de los pies del viento, como en el poema de Swinburne
— la aparición súbita de Leviatán una mañana de mayo, soltando fuego y baba negra,
sembrando muerte y destrucción, y bien difícil y lenta será la restauración de la vida
en las aguas, la limpieza de las oscuras rocas y de los blancos arenales.
Dios tiene, como dije, sujeto a Leviatán, lo que no impide su ira y los desastres.
Pero el hombre, ese suplente de Dios, debía razonar sobre sus propios leviatanes, los
que ha creado con su técnica. Parece más de aventura y despreocupación que de
reflexión y previsión mandar un leviatán de cien mil toneladas hacia una costa donde
cerca de medio millón de gallegos vive de las cosechas marinas. Si Dios tomó tantas
precauciones con su Leviatán, ¿cómo toma tan pocas el hombre con los suyos?
Antaño, nosotros, los gallegos teníamos santos taumaturgos entre nosotros: San Ero,
que escuchando un pajarillo, echaba una siesta de trescientos años, o San Gonzalo,
quien, rezando Avemarías, hundía una flota normanda. Uno de ellos podría, desde el
faro coruñés, detener a Leviatán, a los leviatanes de la técnica hodierna, con su mano
o su voz, y limpiar el océano con la mirada de sus ojos. Pero los taumaturgos han sido
sustituidos por los técnicos del detergente y del biodegradante, y la turba rusa,
etcétera. ¿Cuántos años habrá que esperar para que al viejo traje del mar, que ondula
al viento, le limpien las manchas de grasa y volvamos a verlo, enorme y delicado,
alegre, acercándose a la tierra con su corona de espuma?

Los dioses del mar

Hace pocos días que he recibido el regalo de un par de discos en los que una
anciana finesa recita trozos del gran poema «Kalevala». Y uno de los trozos recitados
corresponde a aquel momento en que, Runa XXII, el gran héroe Wainamoinen, canta,
acompañándose del instrumento llamado kantele, que él mismo inventó, en una de las
colinas de la montaña de oro. Todos los seres vivos que pueblan la Tierra acuden a
escucharlo, desde el lobo gris al salmón plateado. El canto del héroe llega hasta las
profundidades de los mares, y el dios del mar y de las aguas, Ahto, lo escucha. Y dice
la Runa que Ahto, «antiguo como el océano, el de la larga barba, asomó fuera de las
olas, y su fértil mujer, que se estaba peinando con un peine de oro, al oír el canto, se
estremeció de placer, y el peine le cayó de las manos; y saliendo del abismo verde se
acercó a la costa y se echó de bruces sobre una roca, escuchando la voz del kantele
mezclada a la voz de Wainamoinen. Y lloró». Ahto podía cubrir su cuerpo con
escamas rojas o azules, y en los días de niebla tocaba con el dedo meñique de su
enorme mano los barcos que quería guiar a buen puerto. Las grandes tempestades
eran sus sueños, sueños en los que peleaba con los grandes vientos, a los que lograba,
tras largo y ruidoso combate, hundir en los abismos del mar.
Este dios del mar de los fineses antiguos es un dios simplote y gamberro,
caprichoso; al contrario de otros dioses del mar. Poseidón de los griegos o Llyr de los
celtas, nunca intervendrá en asuntos que no se refieran al mar y, puntualmente, todos
los veranos, le hará un hijo a su esposa, la cual dará a luz en el medio de un coro
estupefacto de ballenas. El Poseidón de los griegos fue quien, primero, dios con
forma humana, se embarcó. Lo cual supone que sabía construir una nave, o tenía con
él súbditos que carpinteaban de ribera. Hermano de Zeus, llegó a pensar en
destronarlo, pero terminó sometiéndose, y aun le ayuda en sus aventuras amorosas.
Separa las aguas para que Zeus pueda pasar cuando, convertido en toro, rapta a
Europa. Es vengativo, y, cuando dos ríos transformados en árbitros le dan la razón a
Hera, la diosa de los vacunos ojos, que pretende la Argólida, los seca para siempre.
Los cauces y las riberas del Cefiso y del Asteris nunca más conocerán el agua. Era —
estos dioses de antaño se han ido muy lejos— un enamoradizo turbulento y con una
gran capacidad de metamorfosis para llevar a feliz término sus aventuras. Por
ejemplo, Deméter rechazaba sus insinuaciones y, para evitar que Poseidón siguiese
incomodándola, se transformó en yegua. En seguida que lo supo Poseidón se
transformó en caballo y se fue al prado donde pacía la hembra, e incontinente la
cubrió. Hay quien dice que siete veces seguidas. Lo que fuese. Deméter parió a una
hija que no puede ser nombrada, y un potro Arión, dotado de inteligencia, que
aprendió a leer y a escribir, y tuvo por tanto el don de la palabra. La lujuria de
Poseidón no tiene par. Viola a la Medusa, un centauro hembra de gran belleza, en el
mismo templo de Atenea, y se acuesta con Gea una noche y hace en ella dos gigantes,
a los que dará muerte Hércules. Y con otras hembras tiene hijos que son terribles
monstruos, salteadores de caminos, cíclopes y otras criaturas extrañas. Y hasta un
boxeador de una ninfa, un tal Amico, el cual morirá a manos de Pólux, cuando Jasón
va en busca del toisón, del vellocino de oro. El caballo era su animal favorito —las
olas del mar, avanzado hacia tierra, sugieren caballos de planteadas crines; donde yo
veía mejor este ejemplo era en San Sebastián, en el puente que preside la llegada del
Urumea al mar—, y parece ser que fue quien inventó el arte de domarlo. Pero ésta
será una invención posterior.
Los celtas tenían un dios del mar que se llamaba Llyr, Llwyr, Ller… Parece ser
que el gran Rey Lear, célebre desde Shakespeare, el anciano rey del reparto, es el
mismo antiguo dios. Los gallegos, con eso del celtismo nuestro, estábamos muy
contentos porque en una cantiga de los cancioneros gallego-portugueses se
mencionaba al viejo dios del mar. El trovador cantaba:
En Lisboa sobre lo mar
Barcas novas mandei labrar.
En Lisboa sobre lo ler
Barcas novas mandei facer.
Este sobre lo ler, este ler, era interpretado como otro nombre del mar, el nombre
del dios celta del mar usado para designar el mar. ¡Se hacían las barcas sobre la piel
salada del dios del mar, del diosmar! Pero los filólogos han acabado con nuestras
ilusiones. Ler, como glera, llera, Laredo, lo que significa es una playa guijarrosa. No
había, pues, memoria de Ler o Lear o Llyr, en la gente marinera de Galicia, ni en
Portugal, ouh meus país das naos e mais das flotas! Ler inventó las más antiguas de
las embarcaciones de Irlanda, pero no inventó la dorna, que es bien menos antigua, al
parecer, de lo que se viene creyendo. Admirable embarcación, de una absoluta
perfección formal, su nombre procede de una medida de capacidad, especialmente
usada para el vino. Corominas, en su Diccionario da una amplia explicación.
Hay otros dioses del mar, pero estos tres, Atho, Poseidón y Ler, serán siempre los
mayores.

Algunos milagros en la mar

Días pasados me encontré en la calle con un amigo, ilustre médico, quien me
recordó que en su casa tenía un tríptico con los milagros que yo había contado de San
Gonzalo. Este santo fue obispo de San Martín de Mondoñedo, y no solamente
pastoreó las almas, sino que también defendió la tierra contra los hombres del Norte,
los viquingos depredadores. Una vez apareció en la costa norte de Galicia una armada
noruega, y San Gonzalo fue advertido. He escrito que quizá fue la hora más hermosa
de esta ribera. Fue su Lepanto. Gonzalo sube a un alto que llaman A Grela y
contempla las naves normandas que pasan la barra en la marea mayor. No tiene
trompetas ni guerreros que se opongan a los hombres del Norte. Pero tiene la oración,
el avemaría, y Gonzalo reza. Y, como Dios escucha, las armadas celestiales se ponen
en marcha, se abaten como una tempestad sobre la flota normanda, como el gerifalte
sobre la paloma, y llegan a las naves enemigas convertidas en horrible tempestad.
Todas las naves normandas se hunden, y sólo una nave escapa. En la única nave
salvada de la catástrofe, contaba yo, los guerreros no osan hablar. Sus miradas se
cruzan con las miradas de los dysir de Odin, que van al campo de batalla a buscar las
almas de los guerreros muertos, para llevarlos al festín donde los dioses y los héroes
beben el hidromiel. Los dysir se tapan el rostro con paños blancos y llevan siempre
una estela de niebla en los pies…
Seducido por el tema de la ballena en las costas lucenses desde que leí un estudio
del profesor Cotarelo Valledor sobre las rentas de la ballena en el obispado de
Mondoñedo, ¿cómo inventarle al obispo Gonzalo un milagro con ballena? Fue uno de
los que pintó Urbano Lugrís para el tríptico de mi amigo médico. Se había
aposentado en el mar de San Ciprián una ballena tan grande, tanto como Leviatán,
que no había lancha ballenera que osase acercarse. Cuando movía la cola se
levantaban inmensas olas, y en la noche su voz se oía dos leguas tierra adentro: un
gemido largo y melancólico como el que han registrado a las ballenas atlánticas los
del equipo de Cousteau. En toda la costa no se hablaba más que de la ballena de San
Ciprián.
Notaron algunos marineros que, cuando tocaban las campanas de la iglesia
parroquial, la ballena se acercaba a tierra y se lamentaba más suave, como si hablase
de amor con su lengua marina. Se lo contó el arcediano de Trasancos a San Gonzalo,
y, como el suceso parecía extraño y los pescadores se quejaban de la ballena, de que
seguía sus barcas y la temían, y ya no pescaban y pasaban hambre sus familias, el
obispo decidió ir allá. Y bajó a la playa con su báculo y su mitra. Gonzalo sabía que
la ballena le estaba mirando. La ballena se acercó lo que pudo al arenal, buscando no
quedar en seco. Murmuró en su lengua con más suavidad que nunca y Gonzalo la
escuchó como a un cristiano que se confiesa y, cuando la ballena calló, Gonzalo la
bendijo y pidió que en una dorna le llevaran hasta su boca. Sólo un mocito de quince
años osó llevarlo. Acercóse la dorna al monstruo, quien abrió su boca enorme. En ella
se apeó Gonzalo, el cual en la oscuridad de la garganta del cetáceo se perdió. Al poco
tiempo apareció con una imagen de Nuestra Señora en los brazos. Una imagen de la
Virgen con el Niño, de menos de una vara de alto, muy bien vestida de azules. La
ballena se fue como vino, nadando, y el obispo Gonzalo llevó la imagen a una iglesia,
quizás a Villaestrofe, y pidió que hicieran romería todos los marineros del país.
Urbano Lugris pintó el milagro con la minucia de una miniatura medieval, una
miniatura para unas «Ricas Horas».
Otro milagro marinero conté de Gonzalo, el obispo. Tenía canteros trabajando en
el claustro de su cátedra de San Martín. Labraban hermosos capiteles, en los que se
encabritan los caballos odínicos y otros con selvas como barbas de patriarcas del
Antiguo Testamento. Gonzalo gustaba de ver los canteros en la tarea —esos canteros
que todavía en nuestro tiempo irán a Francia a reconstruir catedrales, tras las grandes
guerras—. Y un día, una tarde en que Gonzalo daba a canteros, le avisaron de que un
monje desconocido y con raro escapulario quería verle. Era un anciano, de celestes
ojos, hábito corto, descalzo de pie y pierna. Algas, percebes, mejillones, llevaba
adheridos al hábito, como si fuese roca de bajío.
—Soy el abad de Guidán, señor obispo. Bajo las olas tengo iglesia, monjes y un
rebaño de ovejas. Con un Sudeste se cayó la espadaña de la iglesia y se levantó el
tejado. ¡Quería que me prestases un albañil!
Y un albañil de los que estaban junto a los canteros, en la obra de San Martín, se
fue con el monjo, y a los pocos días regresó.
—¿Qué viste?
—Pues, señor, una iglesia pequeña y una huerta grande, con manzanos
tabardillos. La espadaña queda buena. Me dio el abad este corderillo trasalbillo para
que me lo coma por Pascua Florida.
—¡Te lo compro por dos monedas de León! —dijo el obispo.
Y, desde entonces, el cordero sigue a Gonzalo a todas partes, se les escucha
conversar, y he soñado más de una vez que cuando Gonzalo muere, su alma va al
cielo acompañada del corderillo, que se quedó en eso, durante siglos, en corderillo.
(Sin duda que el no haber comido al corderillo submarino ha sido una pérdida para la
cocina cristiana occidental. ¡Que Dios me perdone este osado, casi sacrílego
pensamiento!)
Imágenes que vienen por el mar, iglesias bajo la mar. Cuento de esto ahora que,
en el verano, la Galicia marinera celebra fiestas a sus patéticos Cristos que el océano
le dio: Cristos de Finisterre, de Bouzas, de Cangas, de Vigo… Este último, que ahora
titulan Cristo de la Victoria, es el antiguo Cristo da Sal, el protector de los galeones
salinarios, de la flota que para las salazones gallegas traía cada año la blanquísima sal
del Sur.

Noticias de Navidad con el mar de fondo

Cuentan que en las semanas anteriores a la Navidad se ve por los caminos que
llevan a Finisterre —al cabo final de la tierra desconocida— un extraño personaje al
que ladran los perros horas antes de que aparezca y al que siguen ladrando cuando ya
camina a varias leguas de distancia. Aún no es Navidad, aún no ha nacido el Niño de
Belén de Judá, y ya ese personaje va con una terrible noticia hasta o cabo do mundo.
Se trata de un criado del rey Herodes, que va hasta el Finisterre a dar la orden de que
hay que degollar a los inocentes. El tal criado es un tipo moreno, vestido a la morisca,
gran corredor; de vez en cuando se detiene para beber en una fuente, que deben
secarle la boca las palabras de la terrible orden herodiana. Dos cosas me preocupan
de este oficial de órdenes de Herodes: su presencia en Galicia y en Finisterre
transforma la degollación de los inocentes en un acontecimiento universal, como si
todos los niños del mundo fueran degollados el día 28, y qué hace o dice cuando llega
a Finisterre y tiene ante sus ojos y su voz la inmensa soledad del océano. ¿Atraviesa
el mar, tiene tan poderosa voz que llega a la ribera de las Indias Occidentales, a
América, su grito arameo? Porque parece que la degollación haya de hacerse en todo
lugar de cristianos y, al mismo tiempo, lo que se prueba, entre otras cosas, por la
aparición de inocentes degollados en los más diversos lugares de Europa, tanto en la
cristiana romana como en la ortodoxa griega. Muchos de los que me lean saben que,
pasados varios siglos del nacimiento de Jesús, aparecían en Palermo o en Aquisgrán
niños degollados todavía con un soplo de vida, y que eran escapados de la matanza
ordenada por Heredes. En Palermo, en el siglo XIII, en un convento de franciscanos.
En un río cercano a Aquisgrán, en el siglo IX. En Palermo, la sangre que derramaba el
inocente por la gran herida de su garganta, manchó el suelo y aún hoy no se ha
borrado la mancha. En el río de Aquisgrán, el niño pudo decir quién era y lo llevaron
ante Carlomagno, quien dijo que en mayo saldría a hacerle guerra a aquel Heredes tan
asesino… Entre nosotros, los gallegos, no se sabe que haya aparecido ningún
degollado, ni en Santiago de Compostela ni en alguna posada del «camino francés»,
del camino de las grandes peregrinaciones, que sería lugar adecuado. Por ello me
pregunto: ¿qué hará el criado de Heredes ante el océano? ¿Quién lo escucha en las
rocas extremas? El océano es asesino también, pero a su manera. Lo ha dicho Yeats
en un verso memorable:
La asesina inocencia del mar
El océano, con su enorme violencia, con sus grandes olas y sus fuertes vientos,
destruye las naves que lo surcan, pero no tiene la voluntad de Dedanar. Enorme bestia
que respira dos veces al día, ignora los límites de su fuerza, desconoce el poder de sus
tempestades, ahoga humanos creyendo acariciarlos y, con los mayores temporales,
cree que está jugando. Me inclino a juzgar que el criado de Herodes a quien le grita
es a Leviatán, la enorme ballena, la gran bestia del mar, para de alguna manera
hacerla participar en el crimen.
Hace algunos años me habían pedido un villancico, para que lo cantase un coro de
niños en una iglesia de La Marina, de Lugo. La iglesia está en la vecindad misma del
mar, y de su ábside a las aguas hay un pequeño campo y unas grandes rocas oscuras,
que sirven de rompeolas. Y se me ocurrió que algo del mar había de entrar en mis
versos. Los niños cantores eran casi todos hijos de marineros, de pescadores —como
varios de los compañeros del Señor, con barcas en un lago, que no en el mar—. Y se
me ocurrió comenzar mi villancico —traduzco de mi lengua gallega— así:
San José tenía miedo
de que el Niño le saliese marinero,
y se le fuese un día por el mar
en un velero…
Yo me imaginaba a San José preocupado, contemplando el mar de Foz o de San
Ciprián, el Cantábrico verde y torvo, y el Niño jugando en la playa a navíos, con dos
trozos de madera, donde la ola comienza a ser espuma que lame la arena. Sí, San José
tenía miedo.
De que o neno lle saíse
mireñeiro
e se lle fose un día pelo mare
num veleiro…
Y por mis propios simples versos me emocionaba la aventura del niño saliendo al
mar mayor en una dorna, diciéndole adiós a la ribera oscura, a las luces de los
grandes faros nuestros, Vilan, Finisterre, Corrubedo, Silleiro.
Como saben, hubo discusiones entre los pesebristas italianos —después de que
San Francisco hiciese el primer pesebre o Nacimiento— de si había de ponerse el mar
en el pesebre. Y como uno de aquellos primeros franciscanos dijese que en el
Nacimiento debía aparecer il mondo nel suo ordine intero, fue decidido que siempre,
bordeando el país de colinas, bosques y ríos, debía aparecer el mar con sus barcas. Un
trocito de mar, que se fingía con cristal o con tela pintada de azul. Y, de aparecer el
mar en el pesebre, se llegó a poner en la fingida playa a gente de remo, que ella
también subía a Belén de Judá a adorar al Niño, juntamente con los ángeles y los
pastores. Belén está tierra adentro, pero a los marineros que en la playa se apoyan en
sus largos remos ha debido llegarles la extraña gran noticia: han visto estrellas, no
usadas, escuchado músicas que viajan con el viento terral… Cuando en un pesebre no
veo el mar, me parece, desde que supe de aquellas discusiones franciscanas, que le
falta algo y en el pequeño que me hago para mí mismo, pongo un poco de arena, y en
ella una pequeña barca, varada. Y así soy dueño de la ilusión de que acude a Belén la
gente toda de la costa gallega, y de las islas, de Sálvora, Ons, las Cíes, que se entera
de que le ha nacido un Salvador al mundo. Y de paso le doy a la gente del mar el
puesto que merece en el ordine intero universale, en los trabajos y los días. Con el
acento claro y cantarín de las gentes gallegas ribereñas suenan cantos, en mi
imaginación, en el Belén de Judá tan lejano. Y acaso uno de los marineros lleve en la
mano diestra una caracola, para que, puesta en el oído del Niño, éste escuche cómo
ronca el mar.

La atlántida siempre

Escucho en mi transistor una emisión cultural, y así me entero de que ha salido un
nuevo libro sobre la Atlántida, traducción al castellano de la obra de un inglés, cuyo
nombre no logro recordar. Para el nuevo sucesor de Platón y de Termier, la Atlántida
era una gran isla situada al noroeste de Inglaterra y, tal como los sacerdotes egipcios
de Sais le dijeron a Solón, desaparecida bajo las aguas en un espantoso y breve día y
una larga y terrible noche. Quizá salió fuego del mar, y la isla se tambaleó en sus
cimientos antes de ser cubierta por las más grandes olas que jamás haya conocido el
océano.
La nueva situación dada a la Atlántida contradice la opinión generalmente
admitida de que la gran isla estaba situada en el centro del Atlántico, digamos que
entre las islas Canarias y las del mar Caribe. La Atlántida sería, por definición, la
gran Florida, la isla de la eterna primavera. Hace años que un pastor luterano alemán,
en inteligente libro, situaba la Atlántida en donde es hoy la isla de Heligoland, en la
costa germánica del mar del Norte. Pero, aunque se discuta la ubicación de la isla,
todos han estado conformes en que sus gentes habían desarrollado un complejo
sistema político, una civilización tecnológica y una refinada cultura.
Según el nuevo libro, los atlantes colonizaban toda Europa y Oriente Medio y
llegaban al Indo, cuando se produjo el hundimiento de su tierra natal. La verdad es
que se ha ido pasando del concepto del atlante como buen salvaje a un tipo metido en
el engranaje de una sociedad super reglamentada, sus individuos perfectamente
clasificados, y que en ningún caso podrían salir, sin grave castigo, de sus casillas.
Algo así como el Estado de las Islas Sevarambas, o la organización del «mundo feliz»
de Huxley. En este último había una «reserva para salvajes», es decir, para los
inadaptados. En toda isla de Utopía, desde Moro, parece que haya que reservar un
lugar para los que por algún fallo educativo, o por perturbación de la mente, por la no
aceptación de los cánones, se niegan a cumplir la ordenanza establecida. También la
Atlántida, según el nuevo libro, tenía su «reserva de salvajes», un gran penal que
ocupaba nada menos que toda Inglaterra.
Creo recordar que Huxley situaba la «reserva» en la gran selva centroamericana.
Allí, los disidentes, en ocio y en vagabundaje, vivían según sus apetitos. Me gustaría
que alguien con saber suficiente estudiase la influencia de los disidentes en la
evolución de estas sociedades tan reglamentadas y cuadriculadas, en las que la
clasificación inexorable de los individuos preservaba el orden y hacía imposible el
futuro. El Gran Protector de los atlantes se frotaba las manos con evidente
satisfacción ante el hormiguero afanado:
—¡Todo queda atado y bien atado! —decía.
También Hitler quería establecer un orden para mil años. Aunque parece que en
su mente no tuviese una «reserva de salvajes», porque tenía, como ya se ha visto,
otras soluciones. En fin, jamás nadie ha logrado atar la Historia.
Lo de Inglaterra, transformada en penal, sorprende. Dada la situación de la
Atlántida al noroeste de Inglaterra, la prisión, con un Gran Inquisidor, estaría mejor
situada en el frío, en Groenlandia o en Islandia, la Ultima Tule, un laberinto
construido entre las nieves perpetuas. El disidente pagaría su condición de tal en
largas y solitarias jornadas en una celda triangular. Parece ser que, en el siglo XVII, en
la India, un Gran Mogol hizo experimentos al respecto y encontró que la celda
triangular, con alto techo, desconcertaba al recluso y le causaba una sensación de
prisión, por decirlo así, mucho mayor que una celda cuadrada, como una habitación
normal.
Por lo oído, el nuevo tratadista de la Atlántida cree que los atlantes tenían
máquinas voladoras, lo que evidentemente supone, en principio, una metalurgia
avanzada. Es curioso, pero no ha aparecido ni un tornillo de toda la complicada
maquinaria que habían fabricado los atlantes para la dominación del mundo. Ni rastro
de sus artilugios ni en México ni en Egipto, ni en Tartesos ni en Grecia. Ni un solo
objeto «moderno» en la inmensa masa pétrea del mundo antiguo. Sin embargo, hay
ahora mismo quien nos dice que los ovnis son máquinas de los atlantes
supervivientes, escondidos no sabemos en qué lugar de nuestro planeta. Parece que
en nuestro tiempo, las gentes, a fuerza de no creer en nada, están dispuestas a creerlo
todo, las mayores pamplinas, con tal de que caigan del lado de lo misterioso y
sobrenatural, violen la estampa del vivir cotidiano.
No hace falta decir que uno prefiere la concepción que me atrevo a llamar
romántica de las islas desconocidas, perdidas al oeste, las islas de los celtas y las
Floridas medievales, aquéllas hacia las que navegó San Brendan en busca del Paraíso
terrenal. Y, por ende, la imaginación de una Atlántida feliz, patria de hombres libres,
regida por los augurios y la concordia. Y quizás algo hubo en el océano, ya la
Atlántida, ya otra isla de la fortuna, porque siempre se buscó al oeste un lugar feliz,
donde sopla el céfiro blanco y nadie conoce el hambre, la enfermedad, ni aun la
muerte.

Las flotas infernales

Hace años que he adquirido y leído el libro de Harry Cobdan y Cabell, Los hijos
de Satán, pero ignoro por qué razón había dejado una parte de los apéndices sin leer y
sin siquiera meter la plegadora en los folios. Tiene que haber alguna razón, ya que en
estos libros que tratan de demonios es muy difícil que algo pase por casualidad. Y
ahora releo todo el libro, con todos los apéndices, y encuentro que uno de ellos trata
de la potencia marítima de Satanás y de su flota mercante, la cual tuvo su máximo
momento de esplendor en los grandes días de la trata en el siglo XVIII. Era jefe de las
naves militares y mercantes de Satán un demonio que se hacía pasar por holandés y
llegó a tener relaciones con los grandes jefes de la revolución americana,
especialmente con Jefferson, al que más de una vez parece haber sacado de apuros
económicos. Jefferson lo conocía como marino holandés, que no como demonio, e
ignoraba que aquel pequeño, gordo y rubicundo capitán Lutfson era un príncipe muy
importante en el Infierno, domador de ballenas y práctico en artillería como si
hubiera leído el tratado de pirotecnia del Biringucho, llamado Babel. La flota militar
que mandaba el almirante Babel estaba compuesta por una nave capitana, «construida
como el Arca de Noé, pero de menor tamaño», y por setenta bestias marinas capaces
de transportar en su lomo cada una setenta demonios desde Lisboa, o de las costas del
África negra, a las costas de América del Norte o del Brasil en una sola noche.
Según Cabell, las flotas demoníacas solamente navegan en la noche. Cabell
insiste en las numerosas historias recogidas de la boca de esclavos negros, ya en el
Brasil, ya en los estados sudistas norteamericanos, en la que éstos contaban que ellos
mismos, o sus padres, «habían hecho el viaje solamente en una noche, atados sobre
una piel azul, resbaladiza, húmeda». Estos esclavos habían hecho el viaje en las
bestias marinas de Babel y no en las calas de los negreros.
Es sabida la enemistad de los poderes demoníacos con Napoleón Bonaparte, con
quien, en ningún momento, quisieron trato alguno, aunque se cree que personalidades
infernales conocieron y conversaron en alguna ocasión con el ministro de la Policía,
M. Fouché. Dada la cierta enemistad con el francés, Harry Cobdan supone que lord
Nelson puede haber conocido a Babel por medio de lady Hamilton, a la que un
demonio, Barotto, habría enseñado baile y posturas de estatuaria griega y trucos
amatorios, y que la flota de Babel podía haber tomado parte en las batallas navales
del inglés, y a su favor. Así, pues, Babel pudo haber estado en nuestro triste día de
Trafalgar. ¿Con naves visibles o invisibles? ¿Con la nave almirante en forma de arca
de Noé o con las bestias marinas, en la ocasión disfrazadas?


Según Cobdan y Cabell, aparece desposeído de su mando naval hacia 1820 y,
desde entonces, no ha sido señalada en los mares la aparición de ninguna flota
infernal.
Cobdan y Cabell son los que afirman la gran calidad de artillero de Baliel. Se ha
sostenido siempre que la artillería la usaron antes los demonios que los hombres, y
que no necesitaban pólvora para sus cañones, ya que utilizaban los rayos y centellas
de las grandes tormentas. (La tesis que José María Castroviejo y servidor sostuvimos
siempre de que hubo en Compostela, en la víspera del Apóstol, fuegos artificiales aun
antes de la invención de la pólvora, fuegos a base de aparato eléctrico como en
tormenta, que por algo a Santiago se le conoce como Hijo del Trueno). Cobdan ha
analizado ciertos documentos, en virtud de los cuales está en condiciones de afirmar
que los cañones de los demoníacos se colocaban, o colocan, con la culata de espaldas
a la batalla y, al salir la bomba por la boca, describía una curva hacia atrás e iba
infalible a caer entre el enemigo.
Ahora que se habla tanto de la educación de los delfines, de su inteligencia y de
su posible utilización en los mares como servidores del hombre, habrá que
preguntarse si las bestias marinas de la flota de Baliel no estarían formadas por
alguna especie desconocida del delfín. El problema de saber qué bestias eran las
naves babélicas es complejo. En el Báltico, allá por el siglo XV, fueron capturados
una especie de delfines menores, que se alegraban y coleaban cuando delante de ellos
se nombraba a los príncipes cristianos, y lloraban y amustiaban si escuchaban los
nombres de los príncipes paganos. ¿Dónde habrían aprendido unos y otros? Gomara
cuenta que, en una isla del Caribe, los delfines se acercaban a la playa si estaban en
ella los españoles, a los que distinguían porque usaban barba, y se alejaban si estaban
los indios, que no la tenían, y además los comían. Habrá que buscar, pues, en estas
tribus delfínicas aquellos que tengan una inclinación natural por los satánidas, por el
olor a azufre del demonio, por la caprichosidad de su talante, o sepan obedecer a
voces secretas y cabalísticas. O también pueden suceder que esas bestias fueron
creadas por el demonio como el sabio hebreo es capaz de construir el Golem, el ser
vivo hecho con el juego de las palabras y el Nombre.