Carácter general de la medicina indígena
La terapéutica indígena se compone de raros y curiosos remedios, algunos de ellos eficaces, pero aplicados siempre con la ayuda de procedimientos supersticiosos; porque el indio y el cholo personifican las enfermedades e infecciones y suponen que son atraidas a su hogar por medio de maleficios y hechizos empleados por sus enemigos, y cuando la enfermedad no es susceptible de ser personificada, la tienen como resultado infalible de algún embrujamiento, y con objeto de conseguir, en el primer caso, que se vaya la enfermedad y recobrar la salud, o deshacerse del hechizo, en el segundo, y sanar los enfermos acuden prestos a los auxilios e intervención de curanderos que, a la vez, deben ser precisamente brujos, sin cuyo requisito indispensable, nada de provecho podrían hacer en favor de sus clientes, ni tendrían influencia sobre éstos y su familia.
El arte de curar de los indios se reduce, en consecuencia, a que abandone la casa la persona de la enfermedad, y en seguida, en desembrujar al enfermo, o en obtener únicamente este último resultado, inutilizando las armas y recursos de hechicería, que contra él se han puesto en ejecución, mediante el empleo de otros más poderosos. La convicción que al respecto tienen aquéllos, es tan arraigada que no admiten réplica en contrario, y sólo les merece fe y dan importancia a quien acompaña sus curaciones con prácticas supersticiosas. Muchos de esos curanderos-brujos o kolla-camanas, son herbolarios entendidos y diestros cirujanos, que proceden con entera conciencia de lo que hacen y de la eficacia de sus recetas, pero los más son embusteros e ignorantes de su oficio. No faltan quienes manifiesten en sus curaciones medios derivados del espiritismo o hipnotismo. Mas, en lo que se parecen todos ellos, es en darlas de zahories y en fanfarronear de que nada hay desconocido o difícil para su saber, en materias relativas a su profesión.
Indios y cholos, con el prejuicio de no provenir las enfermedades de sus excesos o de contagios e infecciones, sino de los manejos aviesos de sus enemigos, que los han hecho embrujar, o de la acción de seres malignos, atraídos por los mismos, dificultan a que la medicina prospere en forma científica en estas clases, sacudiéndose de la hechicería, y de que al médico se exija que sea a la vez brujo.
Conocimientos médicos de los empíricos dedicados a curaciones; empleo de drogas; sus aptitudes para la anatomía y cirugía.—Un caso referido por el P. Cobo. Cómo se forman actualmente los cirujanos
En el imperio incaico los curanderos hacían dimanar sus conocimientos médicos del estudio de las yerbas y del carácter esencial de los fenómenos mórbidos. Despojando a la medicina de aquellos tiempos, y que es la que aun practican los indios, de las preocupaciones que la rodean, se nota que contiene principios y descubrimientos de suma importancia. Los amauttas khechuas y los yatiris kollas, conocían el método homeopático, fundado en la fuerza reactiva de los semejantes, y en la disminución de las dosis y la eficacia del remedio único; estaban familiarizados con el empleo de drogas, como la quinina, la ipecacuana, la copaiba, el azufre y los tónicos amargos y aromáticos, como agentes terapéuticos de primer orden. El gran específico contra las fiebres palúdicas y malignas fué conocido en Europa por la revelación que aquéllos hicieron de las propiedades de la quina. Razón tuvo un escritor argentino, para decir que la antigüedad no ha poseído más que dos escuelas esencialmente clásicas; la de Hipócrates y la de los khechuas[40], o más propiamente de los kollanas.
En cuanto a la anatomía y cirugía, tampoco se puede negar, que las poseían, siquiera en sus generalidades. Dedúcese esto de la casi perfecta preparación de las momias; circunstancia que induce, de paso, a suponer el conocimiento de otra rama completamente moderna en la medicina europea, llamada de los métodos de asepsia y antisepsia.
La preparación de las momias implica que se daban perfecta cuenta de las tres cavidades conocidas del organismo humano y de su consiguiente sometimiento al método antiséptico, que tanto entre los egipcios como entre los kollas y khechuas, ha quedado en secreto inescrutable. Los pálidos vestigios que aun quedan de la ciencia médica de los yatiris y los amauttas, siguen revistiendo en sus sucesores imperfectos, los callahuayas, caracteres de culto sacerdotal, desde su iniciación; especie de ciencia oculta, la de curar, se trasmite ella, de padre a hijo, o entre miembros de la misma familia y tribu, con la desventaja de que cada generación recibe mermada la herencia del saber de sus antepasados y no será extraño que terminen por ignorarlo todo con el trascurso del tiempo.
El callahuaya, tiene entre los indios la misma importancia del mago entre los egipcios, y apenas él se presente en la casa de un enfermo, desaloja a los demás curanderos que le atendían, quienes reconociendo la superioridad de aquél, se retiran voluntariamente y acatan sin observación sus procedimientos terapéuticos o supersticiosos.
Los cráneos excavados de las antiguas sepulturas comprueban que los yatiris y amauttas empleaban también con rara corrección el sistema de las trepanaciones craneanas en sus curaciones, sin embargo de los instrumentos imperfectos y deficientes que debieron poseer para ese objeto. Rezago de tal sistema puede ser el que actualmente aplican los indios del altiplano, para los corderos atacados de la enfermedad del torneo, trepanándoles el cráneo y extrayéndoles con mucho cuidado del interior ciertas materias extrañas que las creen causantes del mal.
La innegable competencia de los médicos indígenas de aquellos tiempos, se encuentra corroborada por el P. Cobo, que dice: «En lo que comúnmente acertaban, era en curar heridas, para las cuales conocían yerbas extraordinarias y de muy gran virtud; y para que más claro sea esto, contaré aquí una cura que hizo un indio en la ciudad de Chuquiabo, como lo refiere un caballero que hubo en aquella ciudad, llamado D. Diego de Avalos, en ciertos papeles suyos que llegaron a mis manos, y es así: De una gran caída que dió un muchacho indio, hijo de D. Alonso Quisimayta (de la generación de los Incas), cacique de la encomienda y repartimiento del dicho D. Diego, se le quebró una pierna por medio de la espinilla, de manera que el hueso de ella rompió la carne y se hincó en el suelo, donde se derramó mucha parte de la médula, lo cual prometía varios accidentes y dificultad en la cura; y por ser hijo del cacique principal y de real sangre, hizo el dicho caballero llamar a los cirujanos para que le curasen con todo cuidado; los cuales, viendo el daño que había recibido el pariente en la pierna se determinaron de cortarla y de aventurar por este camino, porque, de no hacerlo, tenían por cierta su muerte. Mas, como de tal remedio rara vez se haya visto buen suceso en este reino, hubo diversos pareceres en los circunstantes; y su padre del muchacho fué del contrario, el cual mandó llamar a un individuo viejo, cuyo oficio era curar entre ellos y le preguntó qué cura se le ofrecía para su hijo. El viejo se apartó un poco del camino (estaban fuera del pueblo) y cogió cierta yerba que luego quebrantó en las piedras, a fin de que no pudiese ser conocida, como no lo fué; y llegando donde el enfermo estaba, la esprimió, y con el zumo de ella mojó el hilo de lana y con él le ató el hueso que salía de la carne y a raíz de ella, prometiendo cierta salud al enfermo, y otro día estando presente el sobredicho D. Diego de Avalos, con otras personas, volvió el indio a curar al enfermo, y vieron todos los circunstantes, con no poca admiración suya, cómo el hilo de lana con el sumo de la yerba, con su fortaleza había cortado el hueso sin dolor alguno, según el enfermo dijo; y aplicándole el viejo herbolario la misma yerba mezclada con otras, en breve fué sano, quedando por señal un pequeño hoyo en la espinilla, por donde el hueso había salido; pero tan sano y ágil el mozo, como si semejante desastre no le hubiera sucedido.
«Quedó tan deseoso de conocer aquella yerba el dicho D. Diego, que prometiéndole buena paga al indio, con halagos y caricias le pidió la mostrase; y aunque él prometió hacerlo, nunca lo cumplió, sino que le fué entreteniendo con varias excusas, hasta que el hielo del invierno quemó los prados, lo cual tuvo el indio por bastante causa para no cumplir la promesa.»[41]
Semejantes curaciones no son extrañas al presente entre los indios. Como no existen en las poblaciones rurales médicos ni boticas, son los curanderos indígenas los que hacen las reducciones, en los casos de luxaciones y fracturas, con singular maestría y después ponen emplastos de yerbas en las partes enfermas hasta que sane el enfermo. En lo que fallan por completo es en el tratamiento y curación de las enfermedades importadas por los españoles y en las que posteriormente han aparecido, a las que el organismo indígena no está habituado y que por esta causa y por faltar medios para curarlas hacen estragos entre los indios, quienes sucumben sin el menor auxilio médico. En presencia de tales dolencias, para las que se declara impotente su primitiva farmacopea, sólo tienen el recurso de las brujerías.
De dos maneras aprende a curar el cirujano indígena o Sircamana, por trasmisión de conocimientos, en la forma ya indicada, o por observación directa en su persona, cuando ha sufrido una fractura o luxación y consigue sanar por propio esfuerzo. En ambos casos, estos empíricos suelen hacerse tan hábiles en su profesión, que realizan curaciones sorprendentes.
Los callahuayas; sus curaciones y hechizos; sus costumbres y estado actual
El yatiri o sabio por excelencia, que a sus conocimientos médicos une los prestigios de un aventajado brujo, constituye entre los indios, el Callahuaya. En el interior de la república le llaman Kamili; le temen y buscan. El nombre propio de estos famosos curanderos, herbolarios y hechiceros, fué el de Kolla-huayus o sea portadores de medicinas, que con la corrupción fonética y disimilación producidas en las palabras con el uso y el tiempo, llegó a convertirse en el que tienen. Es un error suponer que llevan ese nombre por haber sido provenientes sus antepasados de los valles de Carabaya. No existe entre ellos la tradición más remota de tal procedencia; por el contrario, se notan completas desemejanzas con los habitantes de aquellas regiones y éstos.
Los callahuayas formaban una casta aparte en la antigüedad; se les consideraba como únicos depositarios de la ciencia médica de los Kollanas, sus sabios antepasados. Sus costumbres eran y siguen siendo especiales y diferentes de las que tienen los indios que habitan en la misma región. Su principal obligación consistía en recorrer todos los pueblos, llevando consigo remedios variados y curando a cuantos enfermos demandaban su asistencia, o les pedían auxilios contra los embrujamientos, o amuletos para evitarlos. Tampoco rehusaban ejercer la hechicería, cuando les exigían, ya sea para causar un daño al prójimo o vaticinar el porvenir.
Durante el régimen colonial siguieron desempeñando el mismo papel, y son ellos los que hicieron conocer casi todas las plantas que hoy se usan en la farmacopea indígena, con la circunstancia, de que las propiedades que les señalaron, han sido admitidas por la ciencia y justificadas así sus perspicaces observaciones.
En la actualidad, estos notables y célebres herbolarios y brujos, habitan ciertas circunscripciones de los cantones de Charazani y Curva del Departamento de La Paz, y han perdido mucho de su antiguo prestigio, ya porque han descuidado las observaciones y métodos de curación de sus antepasados, ya porque la enseñanza médica se encuentra adelantada en nuestro país y los médicos abundan relativamente a la época colonial, en la que éstos, por sus escasos y deficientes conocimientos, eran inferiores a los empíricos.
El Callahuaya no se contenta con ser un brujo y curandero, confundido en el común de los que siguen estos oficios, sino que trata siempre de sobresalir en su porte y relaciones con los demás; la vanidad y el orgullo, son pasiones que le dominan demasiado. En las festividades que celebran sus pueblos, se les ve bien y singularmente trajeados: la cabeza envuelta con un elegante pañuelo de seda y encima un sombrero de paja de Guayaquil, pantalón de casimir fino, sujetado a la cintura por una chiripá o cinturón adornado con monedas de plata extranjeras. Los callahuayas de Curva se presentan montados en caballos, ensillados con aperos chapeados de plata, estribos del mismo metal, riendas y cabezada, formadas algunas de cadenas de plata. Su afán es imitar a los gauchos de las pampas argentinas, por lo que cargan puñal en el cinto y pronuncian el castellano con acento gauchesco.
Las mujeres son feas y muy sucias; sujetan su manto con tres grandes tupus o prendedores de plata, que forman sobre el pecho un triángulo; la frente la cruzan con una faja de hilos de varios colores, y encima se ponen un sombrero de paja. El corte de su falda lo usan hasta la rodilla, haciendo que las pantorrillas queden al descubierto.
Los callahuayas hablan aymara, khechua, puquina y castellano. Son tan suspicaces que cuando tratan con los indios, se entienden entre ellos en el lenguaje que ignoran los que se hallan presentes.
La vida que llevan es misteriosa. Los de Curva, regresan de sus viajes arreando cada cual una tropa, más o menos numerosa, de mulas argentinas, y los de Charazani, trayendo mercaderías valiosas y raras. Los vecinos mestizos de ambos pueblos, particularmente los que desempeñan alguna función pública, los exaccionan mucho; si no les arrebatan a viva fuerza lo que traen, les compran por precios ínfimos; a tal punto que han establecido la costumbre de permutar una buena mula con una caja de alcohol. Las mismas autoridades superiores de la provincia, no se excusan de explotar, en igual forma, a estos desgraciados, ya directamente o ya por intermedio de los corregidores; por lo menos estos últimos funcionarios llegan en sus abusos a extremos inconcebibles.
No se han podido averiguar aún los medios de que se valen los callahuayas para conseguir bestias y objetos valiosos en sus viajes; lo probable es que explotando el espíritu supersticioso de los campesinos, se hacen de dinero, con el que compran todas esas especies, o reciben directamente éstas, en pago de sus curaciones y pronósticos.
De conocimientos botánicos, les quedan los suficientes para darse cuenta de las propiedades de algunas plantas, y hacen uso de ellas en sus recetas, que unidas éstas en su aplicación al conjunto de supersticiones que emplean en cada caso, logran su objeto de conseguir la sanidad del enfermo, o la tranquilidad de quien se cree víctima de maleficios. Cuentan, que los callahuayas en sus viajes, van averiguando de los indios, que en el tránsito se hallan enfermos y cuando de ello se convencen y de que es rico el paciente, entierran cerca de la casa de éste, un sapo u otro animal apropiado, con el cuerpo maltratado o entorpecido en el libre ejercicio de alguno de sus miembros, con ligaduras o alfileres, y al siguiente día se presentan, cual si aportaran por casualidad e ignorando en lo absoluto lo que ocurre en la casa.
El enfermo y su familia, reciben la visita de éste, como presagio de buen augurio, e inmediatamente acuden a su saber. El callahuaya, después de muchos ruegos y halagos, accede en hacerse cargo del enfermo. Es entonces que da principio a sus operaciones, revistiéndose de toda la solemne majestad de un agorero. Se provee de una cantidad de coca, que coloca sobre el pecho de su cliente; en seguida le hace varias preguntas relacionadas con sus costumbres y enemigos que puede tener; a continuación, extiende en el suelo un paño negro, y sobre él derrama la coca, examina la forma en que han caído las hojas; sale afuera, mira el cielo y después de pronunciar algunas frases ininteligibles, manifiesta que el enfermo está embrujado en un animal y que él descubrirá el lugar en que el hechizo se encuentra. En efecto, después de nuevas manipulaciones y trebejeos, se dirige, acompañado de los de la casa, al lugar en que enterró el animal expresado, lo saca fuera, le desliga o arranca el alfiler, le cura la herida y predice la pronta sanidad de aquél, a quien le da de beber para mayor éxito, algún mate o yerba en infusión o le pone ciertos parches, con cuyos remedios y la impresión que ha recibido con el encuentro del sortilegio, queda sano el enfermo, y el callahuaya después de recibir su salario y muchos obsequios, se marcha satisfecho.
Antes de emprender sus largos viajes, penetran estos curanderos a los valles de Camata, de donde se proveen de yerbas y raíces, y hasta que llega el día de la partida, se entretienen en pintar de colores diferentes a varias de las últimas, y labrar de huesos manecillas y otros dijes extraños, que después venden a los crédulos, dándoles virtudes sobrenaturales. Aseguran, cuando ningún funcionario o persona ilustrada les ve, de que son talismanes para hacer amar u olvidar a quienes les soliciten su compra. Se jactan de poseer el secreto para tener fortuna y ser dichoso en la vida. La vez que son sorprendidos por la presencia de alguna persona sospechosa, cambian de conversación y al momento contestan a la pregunta de éste: «el secreto para ser amado por la mujer está en tener dinero. La plata es el verdadero huarmi-munachi...»
Otros aforismos que respecto al dinero tienen, son: «El creador de una fortuna es siempre un hábil y audaz estafador.»
«Las riquezas, casi en la totalidad de los casos, son en su origen, productos no del trabajo honrado, sino de la estafa.»
«El rico es un vencedor de los prejuicios sociales; el pobre un paria sujeto a ellos.»
«Los jueces, sólo castigan al estafador que se ha portado como un asno: al listo le lisonjean y aun se prestan a formar parte del séquito de sus aduladores.»
Cuatro días antes del Carnaval hacen una magnífica cabalgata, en la que campean las mejores mulas y caballos enjaezados con todo lujo. Las chapas de plata están esparcidas con profusión en las cabezadas, riendas, arretrancas y estribos de sus monturas. La espuela roncadora de plata, el poncho largo de rico paño y el sombrero del campesino de las pampas de Salta y Tucumán hacen del callahuaya un gaucho completo, pero gaucho de lujo.
Presididos por el Corregidor, a quien le calzan con espuelas de plata, salen a la campaña a recibir la porción de tierras que la autoridad reparte para su cultivo en ese año. Antes de emprender esta tarea llevan a su casa al más sabio de sus brujos. Los aislan en un cuarto, en el que colocan una mesa con tapete negro; sobre los cuatro ángulos de este mueble arden cuatro velas y en el centro hay una botella de aguardiente sobre un montón de coca. Hecho esto, el brujo empieza con sus exorcismos y conjuros en su dialecto callahuaya, que es muy diferente del khechua, que es su lenguaje común. Los ministros le presentan en seguida un costal de conejos vivos, colectados de diferentes casas. De entre éstos escoge cuatro para enterrarlos vivos en los puntos cardinales del terreno que se ha de cultivar, procurando ocultar este acto en las altas horas de una noche oscura. Después de embriagar completamente al Corregidor, lo vuelven del campo con mucha algazara y principian entre ellos las danzas y verbenas hasta después de la ceniza.
Los indios en pago de esa molestia, abonan al Corregidor una contribución con el nombre de chajjra-koco, que asciende, más o menos, a trescientos bolivianos. Además, le hacen varios obsequios de frutos del país y objetos raros que han traído de sus viajes.
Cuando tratan de tomar por esposa a una joven, comienzan por darles pellizcos en los brazos, entre halagos y obsequios que las prodigan, hasta que le quitan su anillo o alguna prenda de vestir a viva fuerza; dueños de alguno de esos objetos, se creen con derecho sobre la mujer y esperan una fiesta en la que las hacen embriagar y después se las llevan muchas veces cargadas sobre sus hombros, a guisa de fardos, acompañados de sus amigos. Por lo regular, la tienen a su lado el tiempo, llamado de prueba. Si la novia demuestra poseer cualidades ventajosas, el amante se casa con ella, y si no la devuelve a sus padres, previa indemnización pecuniaria, por su honor y pago de servicios, llegando ambas familias a convertirse en enemigas. Con ligeras variaciones estas costumbres son comunes en los indios.[42]
«Desde que termina la ceremonia religiosa del matrimonio, los parientes del novio llevan obsequios a la casa de la novia: leña, chuño, chicha y botellas de licor, artículos que son igualmente regalados por los parientes de la novia al novio. La tercera noche se celebra la ceremonia nupcial en casa de los padrinos del matrimonio. El varón al saludar a sus ahijados, les dirige en tono magistral estas palabras: Como esposos consagrados por la iglesia, debéis comprender que vuestra misión en la vida conyugal, es ejercer la suprema autoridad sobre vuestra mujer y sobre vuestros hijos. Sin ella seríais como el humo que se disipa al soplo del viento, y con ella seréis el padre de vuestros hijos y el marido de vuestra mujer. Para ejercer el poder que se os ha dado, recibid este látigo, que es el símbolo de la fuerza, de la razón y de la justicia, que lo usaréis cuando lo exijan las circunstancias. Y vos mujer, nacida para el dolor y el sufrimiento, inclinad vuestra frente en señal de sumisión y respeto al que es vuestro marido y armáos de la resignación que el deber os impone. Vais a recibir la lección del poder de vuestro marido, de ese poder que le dan el derecho y el amor. Entonces el marido armado ya del látigo fatal, lo descarga sobre la infeliz, que gime, llora y grita en medio de un círculo de espectadores, hasta que el padrino levanta la mano para que cese la flajelación. Terminada esta ceremonia bárbara y cruel, el llanto se cambia en risa y el dolor en placer al sonido de las guitarras que amenizan las danzas del festín.»[43]
El regalo de preferencia que se acostumbra ofrecer en las bodas que realizan los de la raza indígena, es de un gallo para la esposa y de una gallina para el novio. Representan estas aves para los indios, los símbolos de la potencia generatriz y de la fecundidad, que deben predominar en la sociedad conyugal que se establece.
Pasados algunos meses emprende el recién casado un viaje sin rumbo fijo ni destino señalado con antelación. Antes de hacerlo, se despide de los suyos embriagándose con ellos y encargando a sus augures y brujos que le vaticinen buen éxito. Parte a media noche y la mujer lo acompaña hasta dos leguas de distancia, de donde, llorando se despide y regresa.
El vestido de viaje del callahuaya se compone de un pantalón de paño azul, viejo, raído y con flecos en las extremidades inferiores; de un poncho largo y angosto, listado horizontalmente, por lo común, de blanco y colorado; sombrero de paja y sobre su espalda o bajo su brazo derecho, asegurada a uno de los hombros, una bolsa cuadrada, grande y de vistosos colores, de la que nunca se separa, porque constituye la divisa de su profesión de curandero. Ella está repleta de yerbas, raíces, cáscaras, semillas, etc., que son reemplazadas a medida que se venden y utilizan, estando todo ello en su interior revuelto y en desordenado maremagnum. Fuera de esto, conduce, algunas veces, dos o más burros cargados de provisiones y especies relacionadas con sus ocupaciones de herbolario y hechicero. Mientras dura su ausencia, que por lo regular es de tres, cinco, hasta diez años, la mujer acostumbra no lavarse ni peinarse, ni ataviarse con nuevos trajes; vive dedicada a sus labores agrícolas y quehaceres de su casa, guardando estricta fidelidad a su esposo ausente y excusándose en lo absoluto de asistir a diversiones y fiestas. Para el callahuaya tiene la fuerza de una convicción indiscutible, la idea de que la mujer siempre se asea y atavía sólo para parecer bien y agradar a los hombres, con objeto de atraerlos. La mujer casada, dicen, cuida mucho de su persona, en ausencia del esposo, cuando siente la necesidad de un amante...
Tienen un profundo conocimiento del corazón humano.
El regreso del viajero, que siempre debe coincidir con la fiesta de la pascua, es anunciado con anticipación. La mujer va a su encuentro hasta el río, situado a legua y media del pueblo de Curva, llevándole chicha y abundante comida. Si aquél acepta esos obsequios, es señal de que se encuentra satisfecho de la conducta que su consorte ha observado durante su ausencia; pero si se muestra serio y la rechaza, es prueba de que se halla disgustado con ella, por haber sabido alguna falta suya. Entonces la afligida esposa, le llora, le ruega, se arrastra a sus pies de rodillas implorando su perdón; si no lo obtiene y continúa el callahuaya implacable, no le queda a la infeliz más recurso que volver al pueblo y arrojarse de una altura, que se encuentra a dos cuadras de la plaza y que se llama Karka y morir embarrancada.
Los callahuayas son celosos, crueles y llevados de augurios. Las mujeres asesinan frecuentemente a sus esposos por celos; viven en habitaciones mal construídas, desmanteladas, frías y pobres. A los vecinos mestizos los aborrecen, porque los exaccionan despiadadamente; les ocultan sus mercaderías, y sólo las sacan y ofrecen al extraño. El lujo para ellos consiste en hacer llegar íntegra la tropa de mulas o mercaderías que adquirieron en sus viajes, y ostentar a las miradas de sus relacionados y paisanos. No son capaces de vender una sola cabeza en el camino, aunque les ofrezcan precios subidos.
Con el prestigio que gozan los callahuayas, de poseer facultades extraordinarias para descubrir el porvenir o las cosas ocultas, y de ser médicos acertados, son temidos por los indios, quienes les brindan todo género de distinciones, les alojan bien, les obsequian y jamás se atreven a sustraer nada de las abultadas y misteriosas bolsas que llevan consigo.
El baile usado por esta raza, es el que en otro trabajo hemos descrito con la denominación de cinta-kcaniris, o sea trenzadores de cinta.
En cuanto a las prácticas religiosas, son muy desidiosos y sus actos no están conformes con las exigencias del culto católico, del cual, no aprecian sino la parte que les permite divertirse y embriagarse. El cristianismo no ha penetrado en el alma indígena por falta de una enseñanza seria y de sanos ejemplos que les debieron ofrecer los encargados de su propagación. El callahuaya ni concurre a misa, fuera de las que él o sus relaciones hacen especialmente celebrar, ni se confiesa ni comulga. Muere como ha vivido, auxiliado por sus brujos.
Cuando alguien se enferma, creen que el alma del paciente pugna por dejar su cuerpo atraído por la persona de la dolencia y para impedirlo se reunen a media noche sus amigos, y colocados en fila, a la entrada de su casa, ruegan a la enfermedad que se vaya, pero que no se lleve el espíritu del enfermo y si lo ha seducido, que desista de su empeño. Le piden con ruegos los más cariñosos, ofreciendo tratarle bien: darle pan, dulce, viandas y licores para su viaje de regreso.
Son estos indios poco hospitalarios y no consienten que un extraño permanezca muchos días en su comarca.
No obstante de que los callahuayas viajan por países remotos y civilizados y aun varios de ellos reciben instrucción en escuelas extranjeras, no han adelantado ni en su manera de ser individual, ni en sus costumbres sociales; lo que fueron sus antepasados, continúan siendo ellos hoy: con las mismas preocupaciones e iguales resistencias para amoldarse a la vida civilizada. En los viajes, lo único que aprenden es hablar un poco el castellano y mostrar cierto despejo en sus relaciones con personas extrañas; maneras que desaparecen en presencia del Corregidor o vecino principal de su pueblo, ante quienes se muestran cohibidos y acortados; porque éstos lejos de cooperar a las tendencias de adelanto que traen aquellos de afuera, no pierden ripio para humillarlos y deprimirlos de la manera más brutal, fuera de robarles con descaro los objetos que traen. El cholo de provincia, particularmente el de aquellos pueblos, ostenta con el indio, que las más de las veces vale más que él, una vanidad ridícula y feroz, que se hace de todo punto imprescindible el reprimirla. Una ocasión regresó al pueblo de Curva un callahuaya joven que habiendo permanecido en Buenos Aires algunos años, pudo ilustrarse y adquirir maneras cultas, muy superiores a los de los vecinos principales del lugar. Mortificado el Corregidor con aquel porte correcto del indio y herido en su amor propio con la manera decente de vestir, lo asesinó sin que mediara provocación por parte de aquél, en la primera fiesta que celebraba el pueblo, y sin que hasta hoy el delincuente hubiera sufrido ninguna sanción.
Quizás esas causas influyen para que los callahuayas se entreguen a la embriaguez y se pongan furiosos en ese estado, e indiferentes y melancólicos, cuando no se hallan dominados por el alcohol.
«Más felices somos en tierras extrañas que en el suelo donde nacimos». Esa es la verdad; amarguras y desengaños solamente les esperan en sus pueblos. En vano se fatigan con largos viajes; los frutos de sus ímprobos trabajos sólo sirven para enriquecer a sus famélicos opresores, cual si una maldita ley evolutiva los hubiera condenado a desaparecer, torturados en las últimas etapas de su decadencia étnica.
Tales son estos famosos herbolarios y hechiceros de la raza indígena.
Explicación de las palabras jampi y jampiri. Relación de otro caso
El Jampiri, llamado más propiamente jampicamana, kollacamana, palabras con las que se designa al médico en aymara, y con las de kolla, hampi, la medicina, y con las de kollana, hampiña, el acto de curar, no es sino el mismo callahuaya que toma ese nombre, o se lo dan las clases populares, según su costumbre y el prestigio que goza entre ellas. A sus imitadores o discípulos, por lo regular a todo individuo dedicado a curar, les dan también tales denominaciones, particularmente si acompañan a sus procedimientos las prácticas supersticiosas de los callahuayas, aunque sin la pericia y variadas formalidades de éstos.
La curación hecha por un jampiri, con todo el aparato que en semejantes casos emplea, la describe un escritor como sigue:
«A poca distancia del sendero que seguían las cabalgaduras, había un grupo de gente (indios), que vociferaban y accionaban ruidosamente. En medio de todos una mujer cubierta de harapos, escuálida y repugnante, se retorcía y gemía dolorosamente. Atraídos por la curiosidad, y con impulsos de turismo, nos acercamos al grupo, con ciertas precauciones de defensa. La mujer protestaba, en medio de estridentes alaridos, que le habían quitado su hija y la habían embrujado por una venganza.
«El indio que en el grupo parecía tener mayor autoridad, era un hechicero de la región, y había sido traído para curar y desembrujar a la histérica [que no era otra cosa en mi opinión].
«Mientras seguía el tumulto y los preparativos de la ceremonia, el arriero nos dijo: «El brujo es el médico de los indios y le llaman jampiri (curandero). Esta bolsa que tiene a la espalda está llena de hojas, flores secas, raíces machacadas, polvos y mil cosas, minerales y vegetales que son los remedios que administra. También tiene grasa de animales, pedazos de cuero, huesos de conejo y ratón etc. etc.
«En este momento empezó la operación de desembrujar. Los indígenas formaron un gran círculo, dejando en medio a la posesa y al brujo, que se arrodilló junto a ella y empezó a proferir palabras ininteligibles, haciendo pases semejantes a los que ejecutan los hipnotizadores. La mujer abría y cerraba los ojos precipitadamente, crispando las manos y dejando escapar leves aullidos. Los espectadores conservaban un silencio religioso.
«Después de un momento pasado así, el brujo sirvió medio calabacín de aguardiente y, derramando un poco en el suelo, mientras continuaba su misteriosa guturación, hizo asperges sobre el rostro de la mujer y obligola a beber, bebiendo él también. Entonces todos los espectadores lanzaron gritos extraños, y los hombres con los sombreros alones y las mujeres con un extremo del vestido se cubrieron el rostro. El brujo, en eso, sacó un poco de hojas de coca y las esparció sobre la paciente embrujada, que permanecía quieta y callada, luego tomó una gran calabaza llena de chicha y virtió el líquido en direcciones distintas, extrajo de su bolsa un par de muñequillos de hueso amarrolos fuertemente uno con otro, ocultándolos en el seno de la mujer. En seguida púsose en pie, y dejando a un lado sombrero y bolsa, cinturón y sandalias [hojotas] batió con fuerza el poncho sobre la posesa, aventando las hojas de coca, que volaron en distintas direcciones. Por tres veces repitió el brujo esta operación, que según la referencia del arriero era la expulsión de los "malos genios" que se habían apoderado de esa mujer.
«Pasado esto, todos inclusive el brujo, se retiraron silenciosos, comentando la habilidad y maestría del jampiri.
«Estos brujos, continúa, son muy inteligentes como médicos, conocen todas las plantas y curan de cualquiera enfermedad. Llevan en la lliglla, oculta bajo el poncho, gran cantidad de remedios, como grasa de serpiente, pelo de gato, huesos molidos, pedazos de madera, carne seca, yeso, mollejas de gallina y tierras de todos colores; y con eso hacen mil operaciones entre estos indios de Chichas y Lipez; pero más al Norte ya no se les encuentra con ese cargamento, sino con yerbal completo, y ahí curan de otra manera; ya parecen médicos de ciudad y no hablan de brujería, porque los matarían, como pasó ahora muchos años en el Río Chico, que a una bruja la chancaron sin perdón.»[44]
Métodos curativos: thalantaña, milluchaña,
trucaka, pichaka y llumpaka
Entre los pocos métodos curativos indígenas que aún quedan y que están en boga, distínguese aquel que la medicina europea inicia recién con el nombre de kienesiterapia y que es conocida por los indios con la denominación de thalantaña o chuyma kakoña, el cual consiste en sacudir suavemente de los brazos al enfermo, mover con cuidado su cuerpo a uno y otro lado, ceñirle el pecho con una faja, logrando así calmar las agitaciones nerviosas del corazón por medio de la acción refleja del masaje. Esta operación la emplean comúnmente en las personas que se enferman a consecuencia de golpes o caídas y en todas las dislocaciones viscerales.
En los casos de fiebres y calenturas, comienza el curandero por frotar el cuerpo del paciente, con millu o sea sulfato de alúmina en costra, con preferencia por los sobacos y pecho; después le ponen el millu cerca a la boca para que el enfermo sople con todo su aliento, por tres veces consecutivas, a fin de que el remedio que se lleva el mal de la superficie arranque también el del interior. En seguida le pasa por el cuerpo con un lienzo empapado en orina caliente, y antes de que se entibie ella, arroja en el líquido el millu, el que produce espuma, y según ésta se presenta, interpreta las causas que motivaron la enfermedad y sobre si esta es grave o leve. Terminados los pronósticos envuelve con trapos la vasija que contiene la orina y el millu, empleados en la curación y la lleva a la carrera hasta un lugar apartado, que debe estar desierto y allí en el silencio de la noche, se oye la débil voz del curandero, que ruega a la enfermedad para que se retire lejos, reconviniéndole por su venida y preguntándole el nombre de la persona que la ha llamado y atraído, y cuando cree haber descubierto al autor del mal, y obtenido la promesa de que se irá, torna corriendo, sin volver la vista atrás, a la casa del paciente. Esta manera de medicinar llamada milluchaña, suele efectuarse con algunos variantes, denominándose entonces trucaka: ambos métodos los tienen por muy eficaces.
También suelen pasar por el cuerpo de los enfermos, yerbas, maíz, cuys y junto con la ropa que le sacan, hacer un atado, llevarlo al camino próximo y abandonarlo allí, para que el mal siga su terrible y lúgubre viaje, empujado por el viento o conducido por los incautos viajeros que se apropian del atado. A este procedimiento llaman pichaka.
Cuando se presenta una epidemia, los indios de la circunscripción afligida por ella, tratan de hacer que el mal los abandone por medio de la práctica llamada llumpaka, que quiere decir purificar, porque suponen que con este procedimiento supersticioso, la enfermedad se marchará y quedará la comarca libre de sus perniciosos efectos. Reunidos el yatiri y sus ayudantes en casa de un enfermo o persona que ha fallecido y después de los acullicos (masticación de la coca) y libaciones, llevadas a efecto, en medio de invocaciones a sus divinidades y súplicas a la enfermedad, friccionan el cuerpo del enfermo con fetos de oveja o chancho y algunas medicinas caseras. Luego envuelven todo esto en taris nuevos o sean pequeños lienzos en forma de servilletas, agregando a los atados caítos y lanas de colores, coca y otros objetos semejantes en los que incluyen la ropa del enfermo, varias prendas nuevas, algunos comestibles, como carne de cordero, panes, tostado, pastillas, confites, huevos dorados con pan de oro y plata, colocándolos por orden de colores y en filas apiñadas. Acompañan también a los bultos dinero, particularmente monedas antiguas, que ponen en parte visible pendientes de hilos y junto a banderillas de colores vistosos y de botellitas de licor o bolsitas. El cargamento acondicionado y distribuido en varios bultos, constituye el equipaje de la enfermedad, a la que no cesan de rogarle que se vaya, y a fin de que se retire contenta, van conduciendo todo aquello hasta el lindero próximo, donde descargan y le imploran que no vuelva más, invocando la intervención del Huasa-Mallcu, para que la obligue a irse. Sobre la carga ponen un rótulo en aymara, respecto a la dirección que debe seguir. Los mandones de la comarca vecina están obligados a hacer pasar el cargamento, con iguales formalidades hasta el lindero opuesto, para que siga su viaje y pare donde le plazca hacerlo, so pena de ser castigado, por la epidemia, si así no lo hacen. Vuelven los conductores corriendo después de descargar el cargamento y de implorar por última vez a la epidemia, que no aflija más a la estancia y se contente con las víctimas que ha causado, y al siguiente día, hacen una fiesta suponiendo que la epidemia se ha ausentado para siempre.
Otras veces, un miembro de la familia, o el brujo, recoge las cosas del finado o sólo las prendas de vestir con las que ha enfermado y las coloca amontonadas sobre el camino, cubiertas de un lienzo colorado o azul, en cuyas cuatro extremidades ponen banderitas de papel vistosas o lanas de color, y debajo un conejo muerto. Generalmente el conejo es dedicado al enemigo, y por ese medio suponen enviarle el mal. Esta llumpaka individual no tiene la resonancia de la anterior, ni se realiza con las solemnidades y aparatos empleados en aquella, pero suponen que sus efectos son los mismos, aunque en escala reducida.
Las tercianas y cuartanas, cuando se presentan, imaginan que toman siempre la forma de mujeres escuálidas, reducidas a piel y huesos, con las rústicas cabelleras desgreñadas, de colores lívidos transparentes, que andan chapoteando en los charcos de los lugares cálidos y en las riberas de los ríos, que corren en los valles profundos y ardientes, donde causando espanto a las personas ante quienes se hacen visibles, desaparecen introduciéndose en los cuerpos de estas durante la emoción del susto. Creen curar la dolencia dando al paciente una fuerte sorpresa que le causa tal efecto de terror, que aquella abandona su organismo con el miedo. No faltan personas que acostumbran insultar a la enfermedad, para que esta molestada con el mal trato se vaya fuera, avergonzada y resentida.
De las demás fiebres tienen iguales opiniones. De las pulmonías y tisis, dicen que son seres flacos, largos, helados y de voracidad insaciable, que viven chupando la sangre de sus víctimas, royéndoles su vitalidad, y a quienes tratan de arrojarlos por parecidos procedimientos. La idea de que las enfermedades se deben en parte a la introducción de cuerpos extraños y vivos en el organismo, está muy generalizada entre los naturales.
Empleo de animales muertos y varias otras preocupaciones
Además los curanderos indígenas emplean con algún acierto el sistema denominado medicina simpática, que constituye algo así como una zooterapia indígena, consistente en la comunicación de ciertas propiedades orgánicas del reino animal, que parece que tienen analogías patológicas con el ser humano. Tal es la que aplican en los casos de fiebre tifoidea, abriendo las entrañas de una gallina de plumaje negro y colocándola sobre el vientre del enfermo, o introduciendo sus pies en la barriga de un perro recién muerto, o poniéndole sobre el estómago conejos negros, inmediatamente después de ser desollados, para que los cadáveres de la animales empleados en esa forma arranquen a la enfermedad, por lo que éstos quedan materialmente descompuestos y en putrefacción a los pocos momentos, lo que les hace suponer que el remedio ha absorvido en su tegumento los gérmenes patógenos del enfermo. Análogas a este sistema son las curaciones por medio de lagartijas vivas o muertas, según los casos, ya sea empleándolas en parches para soldar fracturas, curar luxaciones, o comiéndolas crudas o remojadas en vino. La carne de este reptil posee mucha fuerza alimenticia y cuando se la usa con frecuencia fortifica notablemente el organismo.
La erisipela acostumbran curar, rosando una y otra vez, con la barriga de los sapos las placas erisipelatosas; con cuyo procedimiento, quedan contagiados estos batracios y mueren a las pocas horas y dejan, en cambio, sano al enfermo.
La atrepsia infantil, llamada por los indios y mestizos larpha, curan de varias maneras: pero lo más común es cubrir al enfermo con las hojas del arbusto llamado ñuñumaya (Solanum pacense), bien calentadas, casi quemantes y hacerlo sudar dentro copiosamente; o bien envolviéndolo en el interior de la panza de un toro recién degollado. Según los partidarios de este método, el secreto está en que después no se resfríe el medicinado. Otras veces hacen tomar al niño cocimiento de huesos de perro. No faltan curanderos que aconsejan como remedio eficaz, para esta dolencia, el bañar frecuentemente al enfermo con agua de la yerba rokke. La plebe atribuye, como ya dijimos, la larpha, al haber contemplado la madre, en estado de embarazo, un cadáver.
Para que sane de la ictericia hacen beber al niño enfermo agua de chuño.
Para que sea poco afectuoso y aún ingrato con alguno de sus padres, le dan al niño agua en la que se ha lavado la ropa sucia de aquél.
A la mujer que tiene quebradura o descenso de la matriz se le hace poner el pie por el que cojea sobre la corteza de higuera y cortándola conforme a su planta, se coloca esta forma en la chimenea. A medida que va secando la corteza irá sanando la persona enferma.
La mordedura del perro la curan hiriendo al can, que dió la dentellada, en la misma parte en que está la herida de la persona mordida, con objeto de que lamiéndose el animal la sangre que fluya por la suya, vaya curando, por simpatía, la que ha causado. En seguida cortan su lana la queman y con la ceniza espolvorean la herida del enfermo, después de lavarla con orina podrida. De este tratamiento, que lo tienen por eficaz esperan su sanidad, con la circunstancia de suponer que ella seguirá el mismo curso del perro, por lo que es imposible que a éste lo maten, temerosos de que el paciente tenga igual muerte. Las lesiones de ambos, según la creencia indígena, deberán correr las mismas contingencias en su curación, empeoramiento o desenlace mortal. Al hincar el can sus dientes en la carne del ser humano y corresponder este hiriéndole se establecen una identidad de sufrimientos, una correlación de sus destinos, que sólo desaparecen con la cicatrización de las heridas.
El cuerno de ciervo goza de mucha fama como remedio para los desvanecimientos pasándole por las sienes al que los sufre.
El humo producido por la quemazón de las plumas de la Abubilla ahuyenta las moscas de una habitación.
La flictena motivada por una quemadura, sana si se aplica sobre ella algodón escarmenado.
Para arrancar una muela sin dolor, se toma una lagartija viva, se la introduce en una olla y después de taparla bien se la pone en un horno ardiente y se la tiene hasta que la lagartija se reduzca a ceniza y con estos polvos que se aplican a la encía, aseguran que sale la muela o diente con facilidad.
El aguardiente recetan para el catarro y los constipados, repitiendo a menudo la siguiente fórmula: El catarro se cura con el jarro; si la enfermedad no se quita, con la copita; si a pesar de eso sigue ella, con la botella, y si viene con tos, con dos.
Para neutralizar los efectos de un hechizo, debe bañarse el cuerpo los martes y viernes, en la noche, con agua de retama y derramar esta ya sucia en la puerta de la persona de quién se teme el daño, y no transitar por allí después, hasta que pase algún tiempo; en seguida, empaquetar en saquitos de género, precisamente colorado hojas de retama o solimán y llevar cosido al vestido o a guisa de escapulario. También acostumbran, con el mismo fin, regar la habitación con licores o chicha, sahumando después con kkoa.
Después de comer una mazorca de maíz, se debe partir en dos el marlo para que de él no se valgan los enemigos para embrujar al que lo ha comido. El marlo partido ya no sirve para el caso.
Cuando una persona se enferma a consecuencia en un embrujamiento, debe buscarse el objeto de que le ha hecho el mal y encontrado él, pasarle por el cuerpo y botarlo empapado en aceite. Entonces se aliviará el enfermo y los efectos del hechizo se tornan contra su autor.
El aullido del perro preocupa tanto al indio, cuando lo oye a media noche, que se enferma si está sano y se empeora si está postrado en cama.
La mosca o el moscardón hacen mucho ruido en una habitación, sin querer salir de ella, cuando alguno de sus moradores tiene que enfermarse.
Los parches o vendas que se desprenden de las heridas y tumores, nunca deben arrojarse en parajes donde cae el sol, porque hacen que se calienten aquellos y se agrave el mal. Deben botarse siempre al agua, o mejor en un río para que su corriente se los lleve lejos incluso, la enfermedad.
El que señala en su rostro el sitio en que otro tiene sarna, se contagia de la enfermedad, haciendo que ésta se reproduzca en el mismo lugar.
Las dolencias morales tienen para los indios remedios tan eficaces como las físicas. Las pretenden curar contemplando la caída de un arroyo cristalino a cuyas aguas aconsejan confiar los motivos que las causan y con fe absoluta pedirlas que laven el corazón apenado.
Se vuelve a un individuo demente con sólo darle ochequeccheque, ingeriéndolo con alguna bebida o molido en algún líquido.
Curan el vicio alcohólico dando de beber al enviciado, aguardiente en el que se han remojado y diluído ratones tiernos, o bien introducen en una botella de aquel licor pescados vivos y la tienen bien tapada, hasta que por la acción alcohólica se deshagan y ese brevaje le sirven por copitas.
La cresta del gallo, inmediatamente después de ser recortada, recetan para hacer brotar los dientes a los niños que se han atrasado en la dentición, pasándoles por las encías, una y otra vez, y haciendo que penetre su sangre en las partes precisas.
En los casos de locura dan de comer al atacado, sesos de perro, o hacen hervir la cabeza de de este animal y le sirven en caldo.
Para que los niños tengan un estómago sano les nutren con leche de perra.
La pulmonía se cura poniendo sobre el pulmón enfermo el cuero de un gato negro, inmediatamente después de desollarlo.
No hay que escupir al sapo porque salen granos en el cuerpo. A este hecho llaman la re-salivación de ese bicho.
No se debe dar muerte a las moscas o hurgar las crías de ratones porque salen paperas [cchupus].
En los desvanecimientos producidos por las corrientes de aire, aconsejan hacer abrir el pico del pato y obligarle a que absorba el mal aire.
La orina humana fresca se emplea para curar los sabañones, bañando con ella, antes de acostarse, las manos o pies afectados del mal; la guardada y corrompida, para lavar las heridas y la cabeza de los que adolecen de caspa o granos. La orina ocupa lugar preferente en la farmacopea indígena, por las virtudes medicinales, poderosas y seguras, que se la atribuye, y, en consecuencia, por las múltiples y variadas aplicaciones que se la da.
Sanidad del indio y la influencia de la coca
Los indios son por lo común sanos y robustos; no conocen muchas dolencias que tanto afligen a los blancos, tales como la tisis y el reumatismo. Las enfermedades que contraen con facilidad y suelen hacer estragos entre ellos, son las tifoideas, disenterías y cólicos. Entre los niños causan una mortalidad crecida la viruela y la coqueluche.
Esta relativa sanidad, es tanto más notable, si se tiene en cuenta, el que indio no practica ningún principio higiénico; raras veces se lava la cara y nunca se da baños de cuerpo entero; sus habitaciones carecen de ventilación y su lecho esta formado de andrajos. La salud robusta de que goza el indio, no se puede atribuir sino a sus costumbres frugales y a su alimentación completamente vegetariana.
El se acuesta temprano y se levanta al amanecer; trabaja con método, sin rendirse ni hartarse con alimentos de tardía digestión. Es sólo alcohólico ocasional y cuando se embriaga por completo, adquiere siempre alguna enfermedad que lo postra en cama. Tiene mucha resistencia para soportar las mayores fatigas y combatir las dolencias más graves. Los que no son aficionados a bebidas alcohólicas, viven muchos años y sólo fallecen a edad avanzada.
La coca desempeña entre los indios el papel de un tónico poderoso y mientras continúen masticándola serán poco propensos a contagiarse de muchas enfermedades, según ellos creen. La extraordinaria resistencia para el trabajo, con que se distinguen, proviene del consumo que hacen de esa yerba. Cargados de pesos enormes, recorren distancias largas y por caminos escabrosos, sin más alimento que la coca.
La cocaína contenida en la coca, da lugar a una anestesia en el sistema muscular, que se traduce en la menor fatigabilidad de los músculos y en la anestesia del estómago, de manera que pueden pasar algún tiempo sin comer, es decir, sin hambre. Apenas el indio advierte un cambio de sabor en la papilla y que en su cuerpo se produce una sensación de fatiga, renueva la provisión de coca y muerde un pedacito de la llujtta que llevan y se restablecen inmediatamente sus fuerzas decaídas.
La coca es la panacea del indio.
[40] Vicente Fidel López, Les races Aryennes du Pérou; leur langue, leur religion, leur histoíre. París, 1871.
[41] Historia del Nuevo Mundo por el P. Bernabé Cobo, etc. Tomo IV. Sevilla, 1893, pag. 200 y 201.
[42] En Curva ha llegado a arraigarse en los últimos tiempos, el abuso de pagar diez bolivianos al Corregidor, el joven que quiere contraer matrimonio. El Corregidor envía algunos comisionados para que conduzcan a la mujer por la fuerza, y sin escuchar reclamos, la entrega a su pretendiente.
[43] Este párrafo, así como el anterior, que está entre comillas, hemos tomado, por considerarlos verídicos, de un artículo que se publicó anónimo en un periódico extranjero, con el título de El Callahuaya.
[44] Un viaje al Sud de Bolivia. El jampiri, por Franz Pinochet, inserto en el Boletín de la Sociedad Geográfica de La Paz, Nº 47, correspondiente al mes de julio de 1918, páginas 176, 177 y 178.
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viernes, 1 de marzo de 2019
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: Varias supersticiones complementarias y lo que se entiende por arujaña
Cuando a la persona que está dormida, se le pone sobre el pecho el zapato correspondiente al pie izquierdo del que ejecuta el acto, revela los secretos que tiene contra éste.
Las personas que se lavan de una misma agua, se aborrecen.
La mano izquierda escuece para recibir dinero y la derecha para pagar.
No hay que consentir que nos rasquen la palma de la mano, porque atraen y se llevan el dinero que debíamos ganar o recibir.
No deben quemarse las prendas de vestir cubiertas de piojos, porque el fuego tiene la particularidad de hacer que aquellos parásitos, se propaguen rápidamente en el cuerpo de la persona a la que pertenecen las especies quemadas.
Las patatas no pueden cocerse en la comida cuando la cocinera ha resuelto retirarse de la casa.
No hay que agitar en la noche tizones encendidos, haciendo círculos en el aire, porque se atrae a los ladrones.
Los que han nacido en el invierno, pueden detener o desvanecer las nubes cargadas de lluvia, con sólo soplarlas desde la tierra con fuerza.
Cuando el perrito faldero se alegra, es para que haya dinero en la casa.
Si al salir fuera de la casa se atraca en el empedrado el bastón, debe regresarse porque algo malo le ocurrirá a quien insista en continuar su camino.
Tropezar con un remolino de viento, es para tener pelea con alguien.
Cae de la boca lo que tratamos de comer cuando alguien se acuerda de nosotros.
Se siente zumbido en el oído derecho para tener noticias malas y calor en las orejas, cuando hablan mal de nosotros.
El bostezo dado inadvertidamente es seña de aburrimiento con el que se está.
No debe pegarse con escoba sino se quiere hacer desgraciada a la persona que sufre los golpes.
El que recoge cosas viejas de los basureros nunca tendrá fortuna.
No se debe barrer la casa tarde o en la noche, porque se ahuyenta la buena suerte.
El que tiene costumbre de defecar en su dormitorio será siempre desgraciado.
El equivocarse en una oración que se sabía bien de memoria es de mal augurio.
La avaricia hace crecer verrugas en las nalgas.
El que toma el sobrante de un líquido, que queda en el vaso, sabe los secretos de quien la ha dejado.
Cuando el hombre sirve platos de comida en la mesa, siguen con hambre los concurrentes. Para que queden satisfechos, es necesario que les distribuya la mujer.
No se debe señalar con el dedo en cuerpo propio el lugar en que recibió otro una herida causada por alguna arma blanca o de fuego, porque puede repetirse en el mismo sitio el hecho.
No hay que mirarse de noche en el espejo porque suele mostrarse el diablo.
Cuando se golpea el rostro, tampoco debe mirarse inmediatamente en el espejo, porque sale el cardenal con mayor fuerza.
El viudo o viuda, son los únicos que pueden limpiar el hollín de las cocinas, porque cuando lo hace un soltero o soltera, se augura que en el matrimonio que realice, nunca conservará con vida a su consorte.
Los cabellos de la mujer comienzan a caer cuando los manosea el hombre.
La mosca penetra en la copa de licor, cuando el que deba servirse tiene que embriagarse.
Quien pasa por debajo de una escalera tendrá algún disgusto doméstico.
Para evitar los brujeríos, aconsejan ponerse las enaguas al revés los días martes y viernes.
La persona que encuentra nueve granos de arvejas en una sola vaina, tendrá buena suerte en lo que se propone hacer.
En el comienzo de una faena o en el estreno de algún objeto, nunca se debe desconfiar de su buen éxito, o decir que durará poco o traerá inconvenientes el objeto estrenado, porque se predice y se atrae el mal sin pensarlo, a lo que llaman arjaña. Al menos rechazan y motiva un disgusto, el pronosticar mal de una persona. Temen que por haberse dicho en mala hora se cumpla el vaticinio. Suponen que en el curso del tiempo hay momentos buenos y malos, que influyen decisivamente sobre el resultado de lo que se desea, dice o hace.
Las personas que se lavan de una misma agua, se aborrecen.
La mano izquierda escuece para recibir dinero y la derecha para pagar.
No hay que consentir que nos rasquen la palma de la mano, porque atraen y se llevan el dinero que debíamos ganar o recibir.
No deben quemarse las prendas de vestir cubiertas de piojos, porque el fuego tiene la particularidad de hacer que aquellos parásitos, se propaguen rápidamente en el cuerpo de la persona a la que pertenecen las especies quemadas.
Las patatas no pueden cocerse en la comida cuando la cocinera ha resuelto retirarse de la casa.
No hay que agitar en la noche tizones encendidos, haciendo círculos en el aire, porque se atrae a los ladrones.
Los que han nacido en el invierno, pueden detener o desvanecer las nubes cargadas de lluvia, con sólo soplarlas desde la tierra con fuerza.
Cuando el perrito faldero se alegra, es para que haya dinero en la casa.
Si al salir fuera de la casa se atraca en el empedrado el bastón, debe regresarse porque algo malo le ocurrirá a quien insista en continuar su camino.
Tropezar con un remolino de viento, es para tener pelea con alguien.
Cae de la boca lo que tratamos de comer cuando alguien se acuerda de nosotros.
Se siente zumbido en el oído derecho para tener noticias malas y calor en las orejas, cuando hablan mal de nosotros.
El bostezo dado inadvertidamente es seña de aburrimiento con el que se está.
No debe pegarse con escoba sino se quiere hacer desgraciada a la persona que sufre los golpes.
El que recoge cosas viejas de los basureros nunca tendrá fortuna.
No se debe barrer la casa tarde o en la noche, porque se ahuyenta la buena suerte.
El que tiene costumbre de defecar en su dormitorio será siempre desgraciado.
El equivocarse en una oración que se sabía bien de memoria es de mal augurio.
La avaricia hace crecer verrugas en las nalgas.
El que toma el sobrante de un líquido, que queda en el vaso, sabe los secretos de quien la ha dejado.
Cuando el hombre sirve platos de comida en la mesa, siguen con hambre los concurrentes. Para que queden satisfechos, es necesario que les distribuya la mujer.
No se debe señalar con el dedo en cuerpo propio el lugar en que recibió otro una herida causada por alguna arma blanca o de fuego, porque puede repetirse en el mismo sitio el hecho.
No hay que mirarse de noche en el espejo porque suele mostrarse el diablo.
Cuando se golpea el rostro, tampoco debe mirarse inmediatamente en el espejo, porque sale el cardenal con mayor fuerza.
El viudo o viuda, son los únicos que pueden limpiar el hollín de las cocinas, porque cuando lo hace un soltero o soltera, se augura que en el matrimonio que realice, nunca conservará con vida a su consorte.
Los cabellos de la mujer comienzan a caer cuando los manosea el hombre.
La mosca penetra en la copa de licor, cuando el que deba servirse tiene que embriagarse.
Quien pasa por debajo de una escalera tendrá algún disgusto doméstico.
Para evitar los brujeríos, aconsejan ponerse las enaguas al revés los días martes y viernes.
La persona que encuentra nueve granos de arvejas en una sola vaina, tendrá buena suerte en lo que se propone hacer.
En el comienzo de una faena o en el estreno de algún objeto, nunca se debe desconfiar de su buen éxito, o decir que durará poco o traerá inconvenientes el objeto estrenado, porque se predice y se atrae el mal sin pensarlo, a lo que llaman arjaña. Al menos rechazan y motiva un disgusto, el pronosticar mal de una persona. Temen que por haberse dicho en mala hora se cumpla el vaticinio. Suponen que en el curso del tiempo hay momentos buenos y malos, que influyen decisivamente sobre el resultado de lo que se desea, dice o hace.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: El taripacu
Otro género de taripacus, lo realizan los indios en días anteriores y posteriores a la Navidad, hasta el Año Nuevo, en que se cambian los funcionarios indígenas, llevando de regalo a sus compadres blancos, al son de música, corderos, hasta un novillo joven, cubierto el cuerpo de monedas y de cintas, y varios productos del país. El agazajado recibe los obsequios y les hace beber abundante aguardiente.
También hacen taripacus a las iglesias introduciendo largas pilas de ceras o espermas, adornadas con cintas de diversos colores, seguidos los del obsequio por una banda de música y haciendo reventar petardos y bombas criollas. El sacerdote los recibe en la puerta del templo, pone en la cabeza del principal y de su familia el manípulo, los hace rociar con agua bendita y después de darles su bendición, manda que todo se entregue al sacristán.
Los indios que deben celebrar la fiesta de Navidad, llamados huaranis, por entregárseles la vara de la autoridad para este objeto, conducen la víspera en la noche, al templo o capilla un arco de madera adornado con cintas multicolores, banderillas, plata labrada y espejos; arco que es colocado delante del altar mayor y al alojamiento o casa del alferez, a la danza, usando instrumentos de cuerda y viento. Cada alferez tiene un grupo o comparsa de bailarines.
Pasada la hora de las doce el día de la Navidad, se reunen las comparsas con objeto de proceder a la lucha a honda. Esta lucha es presidida por el alcalde o jilakata, de quién solicitan permiso los duelistas, que ejecutan el acto al son de música. Sólo pueden tomar parte en la lucha los jóvenes casados.
Se colocan dos indios, guardando una distancia de ocho metros entre sí; uno de ellos le da la espalda al otro y este comienza a propinarle una serie de hondazos, que despiden peras. La misma operación repite a su vez el otro. La destreza consiste en que las peras hagan blanco en el occipital del contrario, y la mayor parte de ellos son diestros hondeadores; de manera que las seis peras que a cada uno le corresponde arrojar a su antagonista, dan en el blanco, cayendo la pera con el choque en menudos pedazos.
El veintisiete concluye la fiesta con la acostumbrada despedida o cacharpaya.
La víspera de Navidad acostumbran fabricar los hijos de los indios y mestizos dedicados a la agricultura, figuras de barro, que representan corderos, toritos, llamas y cerdos, llevándolas al templo, y colocándolas en el altar del niño Jesús. Al siguiente día, después de pasada la misa, es que han recibido aquellas figuras la bendición del párroco, las recogen y acomodan sobre las puertas, en el espacio formado por los aleros con objeto de que el ganado que poseen se conserve incólume o que se acreciente; y si no lo tienen que les conceda Dios el adquirirlos. Suponen que tales figuras tienen la virtud de favorecer las intenciones de sus obreros y en ese sentido no omiten adornarlos de flores en la fiesta que les dedican.
También hacen taripacus a las iglesias introduciendo largas pilas de ceras o espermas, adornadas con cintas de diversos colores, seguidos los del obsequio por una banda de música y haciendo reventar petardos y bombas criollas. El sacerdote los recibe en la puerta del templo, pone en la cabeza del principal y de su familia el manípulo, los hace rociar con agua bendita y después de darles su bendición, manda que todo se entregue al sacristán.
Los indios que deben celebrar la fiesta de Navidad, llamados huaranis, por entregárseles la vara de la autoridad para este objeto, conducen la víspera en la noche, al templo o capilla un arco de madera adornado con cintas multicolores, banderillas, plata labrada y espejos; arco que es colocado delante del altar mayor y al alojamiento o casa del alferez, a la danza, usando instrumentos de cuerda y viento. Cada alferez tiene un grupo o comparsa de bailarines.
Pasada la hora de las doce el día de la Navidad, se reunen las comparsas con objeto de proceder a la lucha a honda. Esta lucha es presidida por el alcalde o jilakata, de quién solicitan permiso los duelistas, que ejecutan el acto al son de música. Sólo pueden tomar parte en la lucha los jóvenes casados.
Se colocan dos indios, guardando una distancia de ocho metros entre sí; uno de ellos le da la espalda al otro y este comienza a propinarle una serie de hondazos, que despiden peras. La misma operación repite a su vez el otro. La destreza consiste en que las peras hagan blanco en el occipital del contrario, y la mayor parte de ellos son diestros hondeadores; de manera que las seis peras que a cada uno le corresponde arrojar a su antagonista, dan en el blanco, cayendo la pera con el choque en menudos pedazos.
El veintisiete concluye la fiesta con la acostumbrada despedida o cacharpaya.
La víspera de Navidad acostumbran fabricar los hijos de los indios y mestizos dedicados a la agricultura, figuras de barro, que representan corderos, toritos, llamas y cerdos, llevándolas al templo, y colocándolas en el altar del niño Jesús. Al siguiente día, después de pasada la misa, es que han recibido aquellas figuras la bendición del párroco, las recogen y acomodan sobre las puertas, en el espacio formado por los aleros con objeto de que el ganado que poseen se conserve incólume o que se acreciente; y si no lo tienen que les conceda Dios el adquirirlos. Suponen que tales figuras tienen la virtud de favorecer las intenciones de sus obreros y en ese sentido no omiten adornarlos de flores en la fiesta que les dedican.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: Los compadrazgos
En los últimos jueves anteriores al carnaval y que se llaman jueves de compadres y de comadres, visitaban los tales a sus protectores en la mañana, llevándoles muchos obsequios, con el nombre de taripacu, cubrían de flores los pisos de las habitaciones del compadre, de los corredores y pasillos, coronándoles a él y su esposa de guirnaldas de frescas y olorosas flores. Estos en correspondencia les hacían beber licores y los agazajaban durante el día.
Generalmente el taripacu, solía efectuarse a las cinco de la mañana, hora en que los compadres se presentaban en la casa del individuo al que trataban de cumplimentarlo, acompañados de músicos y haciendo tronar cohetes.
Esta costumbre, como muchas otras, va camino a la decadencia; pocas veces se ven ya taripacus.
Además de los compadrazgos religiosos, existen otros emanados de las preocupaciones sociales, en los que no intervienen los curas, pero que crean vínculos entre los contrayentes y dan origen a que éstos intimen sus relaciones y se tomen muchas confianzas. Por lo común, este género de compadrazgos, se forman entre jóvenes solteros de ambos sexos, que deseosos de estrecharse más, se valen de ese pretexto, que disimule sus amores ante las miradas de extraños.
En la fiesta de Todos los Santos, acostumbran realizarlos, enviando con la sirvienta, a la niña de su predilección un muñequito de rostro infantil, y de muy coloradas mejillas, bien ataviado, o a la casa de un pariente de aquella para que se lo bautice. La persona que pone el nombre es el compadre de la dueña del muñequillo. También ocurre lo contrario que el galán haga bautizar con la señora de sus pensamientos el muñeco: entonces ésta es la comadre.
En las clases populares se sigue la práctica de que cuando llega el natalicio de un niño o niña, los padres eligen una persona, que la víspera del cumpleaños o el mismo día, le ponga al interesado un rosario en el cuello y al siguiente le lleve a misa y después de hacer que el cura le dé su bendición, de regreso a la casa, le saca el rosario con muchas ceremonias, recomendándole que sea un buen ahijado; le regala algún dinero o especie y desde ese momento lo tienen los padres del niño como a su compadre, y el ahijado lo respeta, más que a su padrino de bautismo, llamándole jarakasiri auqui, o sea padrino de desate.
El primer recorte que se hace a un niño del cabello con que ha nacido, acto que se llama rutu-chico, también crea compadrazgos. El día señalado visten decentemente al niño, lo peinan y distribuyen su cabellera en multitud de trenzas y llegado el momento de la fiesta, cada invitado toma una trenza y la recorta y después deposita una suma de dinero en el plato que se halla junto al niño. Pelada la cabeza de éste, invitan los padres licores y manjares a los concurrentes, y se baila a continuación con gran entusiasmo.
Antiguamente existía otra costumbre que ha desaparecido, denominada sucullu, la que consistía en sacar un niño en su cuna o pañales a la plaza y ponerle allí. «Puesto allí—dice Bertonio—venían los mozos de la casa que traían la sangre de las vicuñas, metida en la panza de éstas, con que el tío o lari untaba la cara del niño cruzándole la nariz de un carrillo a otro, y después repartía la carne de las vicuñas a las madres que habían traído allí su niños, para esta ceremonia, porque de ordinario juntaban para esto todos los niños que habían nacido aquel año y solía hacer esto en acabando de coger sus papas, cuando los cristianos celebramos la fiesta de Corpus christi. Añadían a todo esto el vestir a los niños una camiseta negra, que tenía entretejidos tres hilos colorados, una en el medio y dos a los lados de alto a bajo, y por delante y de atrás. Lo mismo hacían con las niñas de aquel año, solamente se diferenciaban en el nombre porque se llamaban huampaña: y en los hilos colorados que eran muchos y entretejidos no de alto a bajo, sino al derredor, y caían en medio de su urquesillo o bayeta, un poco más abajo de donde se faja las mujeres grandes; aunque las niñas de aquella edad no usan de faja o huakca que llaman.»[39] En este acto se hacía ofrecimiento del niño o niña a la huakca preferida. Esta era una fiesta de familia que creaba vinculaciones.
[39] Vocabulario de la lengua Aimara por Ludovico Bertonio, edición Platzmann. Parte segunda, pag. 323.
Generalmente el taripacu, solía efectuarse a las cinco de la mañana, hora en que los compadres se presentaban en la casa del individuo al que trataban de cumplimentarlo, acompañados de músicos y haciendo tronar cohetes.
Esta costumbre, como muchas otras, va camino a la decadencia; pocas veces se ven ya taripacus.
Además de los compadrazgos religiosos, existen otros emanados de las preocupaciones sociales, en los que no intervienen los curas, pero que crean vínculos entre los contrayentes y dan origen a que éstos intimen sus relaciones y se tomen muchas confianzas. Por lo común, este género de compadrazgos, se forman entre jóvenes solteros de ambos sexos, que deseosos de estrecharse más, se valen de ese pretexto, que disimule sus amores ante las miradas de extraños.
En la fiesta de Todos los Santos, acostumbran realizarlos, enviando con la sirvienta, a la niña de su predilección un muñequito de rostro infantil, y de muy coloradas mejillas, bien ataviado, o a la casa de un pariente de aquella para que se lo bautice. La persona que pone el nombre es el compadre de la dueña del muñequillo. También ocurre lo contrario que el galán haga bautizar con la señora de sus pensamientos el muñeco: entonces ésta es la comadre.
En las clases populares se sigue la práctica de que cuando llega el natalicio de un niño o niña, los padres eligen una persona, que la víspera del cumpleaños o el mismo día, le ponga al interesado un rosario en el cuello y al siguiente le lleve a misa y después de hacer que el cura le dé su bendición, de regreso a la casa, le saca el rosario con muchas ceremonias, recomendándole que sea un buen ahijado; le regala algún dinero o especie y desde ese momento lo tienen los padres del niño como a su compadre, y el ahijado lo respeta, más que a su padrino de bautismo, llamándole jarakasiri auqui, o sea padrino de desate.
El primer recorte que se hace a un niño del cabello con que ha nacido, acto que se llama rutu-chico, también crea compadrazgos. El día señalado visten decentemente al niño, lo peinan y distribuyen su cabellera en multitud de trenzas y llegado el momento de la fiesta, cada invitado toma una trenza y la recorta y después deposita una suma de dinero en el plato que se halla junto al niño. Pelada la cabeza de éste, invitan los padres licores y manjares a los concurrentes, y se baila a continuación con gran entusiasmo.
Antiguamente existía otra costumbre que ha desaparecido, denominada sucullu, la que consistía en sacar un niño en su cuna o pañales a la plaza y ponerle allí. «Puesto allí—dice Bertonio—venían los mozos de la casa que traían la sangre de las vicuñas, metida en la panza de éstas, con que el tío o lari untaba la cara del niño cruzándole la nariz de un carrillo a otro, y después repartía la carne de las vicuñas a las madres que habían traído allí su niños, para esta ceremonia, porque de ordinario juntaban para esto todos los niños que habían nacido aquel año y solía hacer esto en acabando de coger sus papas, cuando los cristianos celebramos la fiesta de Corpus christi. Añadían a todo esto el vestir a los niños una camiseta negra, que tenía entretejidos tres hilos colorados, una en el medio y dos a los lados de alto a bajo, y por delante y de atrás. Lo mismo hacían con las niñas de aquel año, solamente se diferenciaban en el nombre porque se llamaban huampaña: y en los hilos colorados que eran muchos y entretejidos no de alto a bajo, sino al derredor, y caían en medio de su urquesillo o bayeta, un poco más abajo de donde se faja las mujeres grandes; aunque las niñas de aquella edad no usan de faja o huakca que llaman.»[39] En este acto se hacía ofrecimiento del niño o niña a la huakca preferida. Esta era una fiesta de familia que creaba vinculaciones.
[39] Vocabulario de la lengua Aimara por Ludovico Bertonio, edición Platzmann. Parte segunda, pag. 323.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: La víspera y el día de San Juan Bautista
San Juan Bautista, suponen que es el santo bajo cuyo amparo se descubren los secretos del porvenir y se obtiene el acrecentamiento de los bienes. Se conmemora su fiesta, encendiendo la víspera en la noche grandes fogatas delante de las casas en honor del santo, para que este no se olvide de sus moradores y haga que su hacienda progrese y sus ganados, si los tienen, se conserven exentos de enfermedades y se multipliquen con profusión.
Los indios queman, a su vez, en el campo, la paja y los arbustos secos de los cerros, produciendo incendios enormes, que suelen abarcar grandes extensiones de terreno. Conceptúan que el fuego, en esta noche, lejos de destruir definitivamente la vegetación y esterilizar el suelo, posee la virtud, concedida por el Santo, de hacerla rebrotar con más lozanía y exuberancia y que los pastos nuevos tengan mayor vigor y fuerza nutritiva. Mantienen la convicción de que el fuego de San Juan, limpia la tierra para que al poco tiempo, se cubra de verde césped y se engalane de fraganciosas flores.
Esa noche, se ilumina el suelo de una luz rojiza y por doquiera se ven levantarse en el campo inmensas columnas de fuego, que hacen pesada la atmósfera por el mucho humo y calor de que se halla impregnada.
Desde la víspera hasta las doce del siguiente día acostumbran las gente echarse indistintamente con agua y bañarse sin reparo alguno. El fuego y el agua son los dos elementos que se ponen en acción durante la fiesta. El agua de San Juan, por más helada que sea y por mucho que haga frío esa noche, no resfría ni produce ninguna enfermedad en el cuerpo del que ha sido empapado.
Rara será la persona del pueblo que ese día no se lave la cabeza y asee su cuerpo con abundante agua. También acostumbran cortarse los cabellos porque dicen, que vuelven a crecer más abundantes, lustrosos y bellos.
La víspera y el día de San Juan, no hay casa donde no se consulte un oráculo o se haga preguntas al destino, derramando en una vasija de agua, estaño (chaantaca) o plomo (malla) derretidos y según la forma en que se enfrían las partículas, preven el porvenir de la persona a la que va dedicado el acto. Si el metal vaciado adquiere la forma de monedas, dicen que tendrá fortuna, si de una espada, que será militar, si de un libro que será abogado o escritor; si en forma de hoyo que morirá; si de un puñal, que será asesinado, si de flores que tendrá dichas, si de dos seres humanos unidos, que se casará, si de hilos enredados, que tendrá pleitos.
Ponen también papelitos escritos y doblados en un cajón o sombrero, con inscripciones afirmativas y negativas de lo que deseen saber, e invocan en seguida la intervención del Santo, después de agitarlos, sacan o dejan uno, que es el que decide la suerte. Asimismo, baten la clara de un huevo y según la espuma que hace presagian sobre lo que debe suceder.
En cualquier forma que se haga, la creencia general, es que esa noche se descubren siempre los arcanos del destino; se sorprenden siempre los verdaderos sentimientos ocultos en el corazón humano. El enamorado, el esposo engañado, el que busca fortuna, el negociante, el agricultor, la joven soltera que desea saber su porvenir, todos los que aquella noche y día han hecho su pregunta a la suerte, sorprenden el camino por donde los guiará el destino o la verdad de lo que ansiaban conocer.
Con agua y fuego celebran a San Juan y éste les corresponde, levantando por un momento el velo que cubre los misterios de lo desconocido.
Los indios queman, a su vez, en el campo, la paja y los arbustos secos de los cerros, produciendo incendios enormes, que suelen abarcar grandes extensiones de terreno. Conceptúan que el fuego, en esta noche, lejos de destruir definitivamente la vegetación y esterilizar el suelo, posee la virtud, concedida por el Santo, de hacerla rebrotar con más lozanía y exuberancia y que los pastos nuevos tengan mayor vigor y fuerza nutritiva. Mantienen la convicción de que el fuego de San Juan, limpia la tierra para que al poco tiempo, se cubra de verde césped y se engalane de fraganciosas flores.
Esa noche, se ilumina el suelo de una luz rojiza y por doquiera se ven levantarse en el campo inmensas columnas de fuego, que hacen pesada la atmósfera por el mucho humo y calor de que se halla impregnada.
Desde la víspera hasta las doce del siguiente día acostumbran las gente echarse indistintamente con agua y bañarse sin reparo alguno. El fuego y el agua son los dos elementos que se ponen en acción durante la fiesta. El agua de San Juan, por más helada que sea y por mucho que haga frío esa noche, no resfría ni produce ninguna enfermedad en el cuerpo del que ha sido empapado.
Rara será la persona del pueblo que ese día no se lave la cabeza y asee su cuerpo con abundante agua. También acostumbran cortarse los cabellos porque dicen, que vuelven a crecer más abundantes, lustrosos y bellos.
La víspera y el día de San Juan, no hay casa donde no se consulte un oráculo o se haga preguntas al destino, derramando en una vasija de agua, estaño (chaantaca) o plomo (malla) derretidos y según la forma en que se enfrían las partículas, preven el porvenir de la persona a la que va dedicado el acto. Si el metal vaciado adquiere la forma de monedas, dicen que tendrá fortuna, si de una espada, que será militar, si de un libro que será abogado o escritor; si en forma de hoyo que morirá; si de un puñal, que será asesinado, si de flores que tendrá dichas, si de dos seres humanos unidos, que se casará, si de hilos enredados, que tendrá pleitos.
Ponen también papelitos escritos y doblados en un cajón o sombrero, con inscripciones afirmativas y negativas de lo que deseen saber, e invocan en seguida la intervención del Santo, después de agitarlos, sacan o dejan uno, que es el que decide la suerte. Asimismo, baten la clara de un huevo y según la espuma que hace presagian sobre lo que debe suceder.
En cualquier forma que se haga, la creencia general, es que esa noche se descubren siempre los arcanos del destino; se sorprenden siempre los verdaderos sentimientos ocultos en el corazón humano. El enamorado, el esposo engañado, el que busca fortuna, el negociante, el agricultor, la joven soltera que desea saber su porvenir, todos los que aquella noche y día han hecho su pregunta a la suerte, sorprenden el camino por donde los guiará el destino o la verdad de lo que ansiaban conocer.
Con agua y fuego celebran a San Juan y éste les corresponde, levantando por un momento el velo que cubre los misterios de lo desconocido.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: Los altares del Corpus
En años no muy alejados del tiempo presente el Corpus Christi, se celebraba en todos los pueblos de la República con solemnidades y prácticas singulares. Seis días antes de la fiesta comenzaban los nombrados el año anterior a levantar altares, armándolos en los lugares de costumbre, debiendo ser colocado cada palo con gran algazara de la concurrencia que acudía a prestar su colaboración a los interesados. El altarero desde ese día estaba obligado a proporcionar abundante chicha y licores para el consumo de los operarios e invitados que honraban el acto con su presencia.
Terminada la armazón del altar, el que tenía que ser lo más elevado posible, la forraban interiormente con sábanas y géneros de colores, adornándola en seguida con espejos, plata labrada, flores y cintas, colocando en el centro el sitial donde debía descansar el Santísimo, el día de la procesión.
En la base del altar existía un hueco, donde dormían en las noches los cuidadores y bebían ponches los invitados o compadres del propietario. Era costumbre que durante el tiempo que permaneciese el altar, los dueños debían convidar en las mañanas, mazamorras de harina de maíz que las servían humeantes y haciendo burbujas en los platos, a consecuencia de pequeñas piedras planas y caldeadas que soltaban en ellos, el momento de invitarlas a los visitantes. Este plato de lagrado de los concurrentes, se llama kalapari. Tras él se servían tazas de té y ponches.
El día de Corpus, los altareros y acompañantes, casi siempre se encontraban achispados, y en ese estado asistían a la procesión del Santísimo. Pasada ella, invitaban aquellos fruta, maní, cañas dulces, pastas con el nombre de tagua-taguas, aloja, chicha y aguardiente. Este día era de comer fruta. Las personas amigas se preguntaban en las visitas o en la calle: ¿Está usted invitado a tomar fruta?—No.—En ese caso la esperamos en casa.
La fiesta duraba hasta la octava, día en que, apenas pasaba la nueva procesión del Santísimo, se desataban los altares con igual bullicio y gritos con que se habían formado y después de efectuada la operación, cada concurrente conducía en hombros y bailando a la casa del altarero, algún objeto perteneciente al altar.
En la casa del altarero seguía la fiesta con más entusiasmo días consecutivos, hasta cuando las provisiones se encontrasen próximas a ser consumidas; entonces salían los asistentes con el dueño de la casa, cada cual con un atado a la espalda, en actitud de viajar y se dirigían en alegres pandillas, seguidos por una banda de músicos, fuera de la población a despedir el Corpus, y después de haberse divertido en el campo, regresaban en la noche a sus casas. Sólo desde ese momento cesaba la fiesta.
Los altares los hacían muy elevados con la preocupación de que ellos, cuando muriesen, les servirían de escalas en la otra vida, para subir con más presteza al cielo.
Otra particularidad de la fiesta era la presencia de un personaje llamado la dama de Corpus que era un hombre disfrazado de mujer, que visitaba las casas y andaba por las calles haciendo contorsiones y ridiculizando a las del sexo femenino, provocando la risa y la hilaridad de los presentes. La mayor injuria, que en aquellos tiempos, se podía dirigir a una mujer melindrosa, o de muchos humos y pretensiones, era llamarla dama de Corpus.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: Lo que fué la fiesta de la Cruz en La Paz. Phuma-cancha y el sihuay-sahua
La fiesta de la Invención de la Santa Cruz fué en tiempos pasados una de las más ruidosamente celebradas. Duraba tres días, siendo la noche del tres de mayo grande el entusiasmo y mayor el desenfreno de la muchedumbre. En la ciudad de La Paz, se desenvolvía ella en la región denominada antiguamente Cusisiñapata, altura para alegrarse, y después en Caja del Agua, con cuya denominación se conoce hoy, a donde afluían en las noches, las pandillas de disfrazados, bailando al son de orquestas entusiastas, poseídas de loca alegría, seguidas de un público que no lo estaba menos.
A media noche, en aquel sitio, todos los asistentes parecían atacados de locura colectiva y se entregaban a los excesos de la lubricidad, acicatados por el alcohol, la chicha y al amparo de extraños disfraces, donde femeninas enaguas ocultaban a un apuesto galán y la púdica doncella cubría con elegante frac o levita, la blancura impoluta de su cuerpo; donde frailes o clérigos aparentado el papel de robustas hembras hacían danzar a sus barraganas vestidas de hombres.
Era una fiesta dionisiaca realizada en homenaje a la Cruz. Caballeros, religiosos y plebeyos, en franca promiscuidad, dominados por la misma fiebre de divertirse, embriagarse y satisfacer sus apetitos sensuales, se sentían hermanos en aquellos fugaces momentos y bebían licores, danzaban frenéticos y se entregan a cuantos placeres les brindaba la ocasión propicia.
No era raro que la blanca y pudorosa niña, perteneciente a una casa de abolengo sonoro, se estremeciese amorosa entre los brazos de algún pobre, pero robusto gañan de su servidumbre y que el jefe de ella ofreciese rendido su corazón a su sirvienta, si bien tosca en sus maneras, de carnes frescas y turgentes.
Cuando las sútiles palideces del alba aproximaban por las plateadas cumbres del Illimani las parejas acopladas por la casualidad se separaban y las pandillas cansadas y en medio de las extridentes risas de las mujeres de los roncos gritos de los hombres, volvían a sus casas.[37]
En la ciudad de Potosí se realizaba otra fiesta semejante a la anterior en el fondo, aunque reducido a una clase social y distinta en la forma, denominada Phuna Cancha, también nocturna y consagrada a Baco y a Venus indígenas. «Las criadas y doncellas de labor—dice Brocha Gorda—se escapan atraidas por el imán de lo misterioso y lo desconocido, por el incentivo del peligro a que los inducía el demonio, desplegando a su vista todo un panorama de concupiscencia.
«Allí iban cuantas muchachas lograban tomar la puerta y se perdían generalmente en sus orgías las preciosas flores que hicieron decir a un poeta:
«Es de vidrio la mujer
y conviene averiguar,
si se puede o no poner
en peligro de romper
lo que no se ha de soldar»[38]
Igual vértigo de lujuria y embriaguez que en la fiesta anterior se apoderaba de los concurrentes a esta última, cesando su furor únicamente con la claridad del nuevo día.
Con la misma o mayor libertad desenfrenada se festejaba la Cruz en las demás poblaciones. Hoy la fiesta ha decaído por completo y de ella no se conserva en algunos pueblos sino la costumbre de dirigirse recíprocamente esa noche frases injuriosas, con el aditamento de Sihuay-sahua. Uno al encontrarse con otro le llama ladrón y en seguida repite, Sihuay-sahua, y todo queda remediado: es una especie de carnaval en que se insultan impunemente.
Esta costumbre de reñir con semejante añadidura, que atenúe y disculpe la ofensa debe ser rezago de tiempos inmemoriales.
[37] Véase al respecto la descripción que se hace en el folleto titulado "Maldición y superstición". Leyenda boliviana del siglo XVIII, por José Rosendo Gutiérrez. Paz de Ayacucho, año 1857, páginas 27 y 28, que se halla conforme con la que hemos hecho.
[38] "La Villa Imperial de Potosí".—Su historia anecdótica.—Sus tradiciones y leyendas fantásticas etc. por Brocha Gorda (Julio Lucas Jaimes) 1905, pag. 139 y 140.
A media noche, en aquel sitio, todos los asistentes parecían atacados de locura colectiva y se entregaban a los excesos de la lubricidad, acicatados por el alcohol, la chicha y al amparo de extraños disfraces, donde femeninas enaguas ocultaban a un apuesto galán y la púdica doncella cubría con elegante frac o levita, la blancura impoluta de su cuerpo; donde frailes o clérigos aparentado el papel de robustas hembras hacían danzar a sus barraganas vestidas de hombres.
Era una fiesta dionisiaca realizada en homenaje a la Cruz. Caballeros, religiosos y plebeyos, en franca promiscuidad, dominados por la misma fiebre de divertirse, embriagarse y satisfacer sus apetitos sensuales, se sentían hermanos en aquellos fugaces momentos y bebían licores, danzaban frenéticos y se entregan a cuantos placeres les brindaba la ocasión propicia.
No era raro que la blanca y pudorosa niña, perteneciente a una casa de abolengo sonoro, se estremeciese amorosa entre los brazos de algún pobre, pero robusto gañan de su servidumbre y que el jefe de ella ofreciese rendido su corazón a su sirvienta, si bien tosca en sus maneras, de carnes frescas y turgentes.
Cuando las sútiles palideces del alba aproximaban por las plateadas cumbres del Illimani las parejas acopladas por la casualidad se separaban y las pandillas cansadas y en medio de las extridentes risas de las mujeres de los roncos gritos de los hombres, volvían a sus casas.[37]
En la ciudad de Potosí se realizaba otra fiesta semejante a la anterior en el fondo, aunque reducido a una clase social y distinta en la forma, denominada Phuna Cancha, también nocturna y consagrada a Baco y a Venus indígenas. «Las criadas y doncellas de labor—dice Brocha Gorda—se escapan atraidas por el imán de lo misterioso y lo desconocido, por el incentivo del peligro a que los inducía el demonio, desplegando a su vista todo un panorama de concupiscencia.
«Allí iban cuantas muchachas lograban tomar la puerta y se perdían generalmente en sus orgías las preciosas flores que hicieron decir a un poeta:
«Es de vidrio la mujer
y conviene averiguar,
si se puede o no poner
en peligro de romper
lo que no se ha de soldar»[38]
Igual vértigo de lujuria y embriaguez que en la fiesta anterior se apoderaba de los concurrentes a esta última, cesando su furor únicamente con la claridad del nuevo día.
Con la misma o mayor libertad desenfrenada se festejaba la Cruz en las demás poblaciones. Hoy la fiesta ha decaído por completo y de ella no se conserva en algunos pueblos sino la costumbre de dirigirse recíprocamente esa noche frases injuriosas, con el aditamento de Sihuay-sahua. Uno al encontrarse con otro le llama ladrón y en seguida repite, Sihuay-sahua, y todo queda remediado: es una especie de carnaval en que se insultan impunemente.
Esta costumbre de reñir con semejante añadidura, que atenúe y disculpe la ofensa debe ser rezago de tiempos inmemoriales.
[37] Véase al respecto la descripción que se hace en el folleto titulado "Maldición y superstición". Leyenda boliviana del siglo XVIII, por José Rosendo Gutiérrez. Paz de Ayacucho, año 1857, páginas 27 y 28, que se halla conforme con la que hemos hecho.
[38] "La Villa Imperial de Potosí".—Su historia anecdótica.—Sus tradiciones y leyendas fantásticas etc. por Brocha Gorda (Julio Lucas Jaimes) 1905, pag. 139 y 140.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: La chicha y su fiesta en Cochabamba; educación de la mujer cochabambina. La chicha, licor nacional
La chicha es el maíz divinizado, dicen hiperbólicamente los partidarios de este Soma indígena, y a ella le atribuyen el don de atraer la dicha, dar plenitud y vigor a la vida, ahuyentando los pesares. La chicha constituye una ambrosía apetecida y de uso habitual para las clases populares. La ofrecen a sus dioses, hacen parte de su culto, escancian en sus fiestas y sin ella no comprenden cómo se pueda existir en la tierra.
Este licor proviene en la harina de maíz maztizada o amazada y secada al sol, que con el nombre de Mukcu, es elaborada en fábricas especiales denominadas Chacas[35], en las que a fuerza de conocimiento se hace el arrope, que es diluído en depósitos apropiados que contienen de antemano agua tibia y en los que se deja bien tapados para su fermentación.
Alguna vez cuando se desea que la chicha tenga bastante fuerza alcohólica y sea agradable al paladar, se la cierra en cántaros, introduciendo adentro gallinas y palomas peladas, cabezas de corderos y de vaca desolladas, y después de taparlos bien, se entierran los cántaros en el suelo, donde con la fermentación llegan a deshacerse todas esas especies y la chicha a ser tan fuerte que un vaso de ella embriaga. Tal bebida especial se la distingue con el nombre de itila.
Si en estado de fermentación la chicha se enturbia y no puede clarificarse, o como dicen las del oficio, rebota la borra a la superficie, es señal de que morirá la dueña o alguien de su familia.
Cuando el licor se halla en sazón, para consumirlo pretextan los dueños que harán celebrar una misa de salud, o a la Virgen o algún santo de su devoción, bajo cuyos auspicios piensan dar comienzo al consumo. Es imposible que levanten las tapas de los cántaros sin ejecutar antes alguna otra ceremonia religiosa, a falta de misa, ni se sirvan las primeras copas sin ponerles una cruz y exclamar: que se comience en buena hora...
El día de la misa se agregan los que elaboraron la chicha al cortejo de los invitados y en séquito concurren al templo. La dueña del áureo líquido, suele ser una chola robusta de anchas caderas, pechos abultados y rostro simpático, la que se pone a la cabeza de los suyos y risueña los conduce a la iglesia, alguna vez seguida de una pequeña banda de músicos, que tocan alegres aires nacionales y de una partida de muchachos que hacen reventar cohetes. Presiden la comitiva dos cholas jóvenes, elegante y pintorescamente trajeadas, que llevan en las manos, acondicionada en paños limpios, bien almidonados y planchados el busto o cuadro de la Virgen o santo, bajo cuyo patrocinio consumirán la chicha.
Al llegar a la puerta del templo se arrodillan, aparentando un fervor religioso que está muy lejos de sentir sus corazones turbados por las alegrías que le esperan; recitan ligeramente una breve oración y persignándose varias veces franquean el umbral del santo recinto. Las conductoras de la efigie, la colocan sobre el altar y haciendo varias genuflexiones se retiran. Empieza la misa, acompañada con la música traída o con la del órgano del templo, infundiendo en los asistentes cierto pesar que se manifiesta en sus rostros contritos y melancólicos. A la conclusión de la misa, el sacerdote se desprende del altar, pone el manípulo sobre la cabeza de los que le han hecho celebrar y después de expresar algunas breves palabras les da su bendición.
Regresa el séquito a la casa de la patrona de la fiesta, con el mismo bullicio de muchachos, cohetes y música. La propietaria saca un vaso de chicha de la primera tinaja que se abre, y se la presenta arrodillándose a la Virgen o santo, cuya protección invoca, y que tiene su altar improvisado con ramos de flores, cintas de diversos colores y velas encendidas, después de humedecer los labios de la imagen con gotas del líquido, invita a los concurrentes a beberlo ya sin temor ninguno, porque los requisitos que la preocupación popular le exigía han sido cumplidos religiosamente.
Desde ese momento se enarbola en la puerta el pendón, consistente en una banderita de color o un muñeco colgado, que sirve de anuncio para la venta de la chicha. Circulan los vasos llenos del rubio licor; se compran unos, e invitan otros; mientras la música sigue tocando sus aires.
A cierta hora la dueña convida a los asistentes varios platos de picantes, que comúnmente son de cuys, gallinas, o asados con bastante ají molido. Esto no lo hace con el objeto de que les sirva principalmente de alimento, sino que les incite a beber más chicha. El ají es considerado como poderoso excitante.
Todo el que pasa por la puerta es llamado a participar de la fiesta. Se encuentran al servicio del establecimiento, por lo común, algunas jóvenes majas, encargadas de atraer varones, enlabiarlos, dándoles esperanzas de que cederán a sus insinuaciones y galanteos, a fin de que estos paguen los gastos del consumo de la chicha, para corresponderlas.
La chola cochabambina nace, por lo regular, en la chichería, crece, desarrolla y vive para la chichería; sus horas plácidas o tristes se desenvuelven allí y allí, después de una existencia borrascosa entrega su último aliento. «Ella es lanzada al mundo en condiciones de completa indefensión e impreparación para la lucha de la vida», dice un escritor nacional y continúa: «No exige ninguna escuela profesional. Ningún rol útil es abierto por la acción fiscal o municipal para hacer actuar las aptitudes de las mujeres de las clases trabajadoras sobre un plano de independencia, de producción y de dignidad. Las escuelas reciben a las muchachas en su infancia, las enseñan a leer, a rezar, a cantar y a vestirse de encajes y llevar flores para el día de exámenes. En seguida las echan a la calle. Después de ese florido paréntesis de la escuela, la muchacha del hogar obrero, entra de lleno en las rudezas de la vida ordinaria. Aprende a soportar las palizas del padre, toda vez que este se emborracha. Cuando ella misma no hace chicha y sirve de atracción a los parroquianos que al atardecer se recogen en las tabernas, va a buscar chicha en el barrio para que su madre y su padre se embriaguen. La vida es penosa, agria... Solamente las borracheras y el fandango sirven para amenizarla. Llegan los días de fiesta, los carnavales, los días de los santos. Detrás de las caras escuálidas de todos los santos del calendario, la gente adora a Baco, rollizo e inyectado. Baco es dios absoluto y esencial. El Baco nacional difiere mucho del sonriente Dionisio griego, fresco como un efebo, coronado de yedra y con los ojos verdes, brillantes de vida y seducción. Nuestro Baco no ha nacido como el dios griego del racimo de uvas, entre las alegrías de la vendimia y del aire libre. Surge de la taberna, a puerta cerrada, bajo el aire infecto y denso, entre los picantes y fermentos de la chicha. De este modo, el Baco cochabambino, es sucio e hirsuto. Su caballera es grasienta y su nariz colorada y velluda. Y así, en vez de las aladas ménades y bacantes, que rodeaban a Dionisio, nuestro culto a Baco, que es el culto nacional por excelencia, pide el sacrificio de la inocencia, de la limpieza, de la juventud, de la hacendosidad y de todas las virtudes femeninas»[36].
Pero ¡ah! ese culto al dios nacional, ha de ser difícil de arrancar por completo de las costumbres del cholo y del indio. El uso y abuso de la chicha está arraigado fuertemente en los hábitos populares. El procedente de la raza khechua, sobre todo, desespera por esa bebida, y en Cochabamba, rara será la persona que pase el día sin consumir siquiera un vaso de tan preciado líquido. Cuando mucho se les censura, lo hacen ocultamente.
Los moralistas, desde aquel célebre Gobernador Viedma, que apellidaba a la chicha asqueroso brevaje, no cesan de reprobar su consumo; sin embargo, a despecho de sus apasionadas críticas, sigue aumentando su fabricación y expendio de día en día. ¿A qué se debe esto? ¿Será que en la naturaleza humana existe una propensión invencible a buscar el agregado del licor, para enervar las penas o acrecentar las alegrías? Pueda ser que así sea; pero, de lo que no cabe duda es que cada nación, cuando tiene costumbres definidas, posee su licor propio: el alemán la cerveza, el francés el vino y el inglés el whisky. La chicha es el licor nacional de Bolivia, el único llamado a contrarrestar el consumo del alcohol y demás licores destilados, una vez que la elaboración, internación y expendio de estos se encuentra permitido, y de impedir por lo mismo, que el país se sumerja en un mar de alcohol, como teme el citado periodista.
[35] La chakha es una cocina que tiene un techo piramidal, formado de barro. El piso de su interior es húmedo; en el centro hay un perol o fondo, como lo llaman los fabricantes, que antes era de cobre y que ahora es de fierro por imposición de las municipalidades. En los extremos, cerca de la pared se ven dos o tres cántaros u ollas de barro en los que se disuelve el caldo del mukcu y después se le somete a cocimiento, hasta que obtenga cierta temperatura. La parte espesa de esta sustancia se precipita, es decir, en el perol se trabaja la extracción de la parte azucarada que tiene el mukcu o mejor dicho, el maíz, y esa solución cuando ya ha tomado punto, como se dice vulgarmente, se disuelve en el caldo, para que una vez producida la fermentación en los depósitos o tinas se obtenga la chicha.
Las municipalidades por ese prurrito que distingue al mestizo de sacudirse de todo lo nacional, para dar preferencia a lo exótico, han gravado estas chakhas, que no deben valer con todos sus utensilios, más de trescientos bolivianos con el impuesto gradual de cien, ciento cincuenta y doscientos bolivianos al año, cuando lo que ganan no alcanza muchas veces a esa suma, porque lo que cobran por la fabricación de cada fanega de mukcu, que se llama viaje, es cinco, seis, hasta ocho bolivianos. El objeto que se persigue es ir, poco a poco, extinguiendo la elaboración de la chicha, y reemplazarla con alcohol y otras bebidas destiladas.
[36] «La Patria» Oruro, 31 de julio de 1919, No. 121.
Este licor proviene en la harina de maíz maztizada o amazada y secada al sol, que con el nombre de Mukcu, es elaborada en fábricas especiales denominadas Chacas[35], en las que a fuerza de conocimiento se hace el arrope, que es diluído en depósitos apropiados que contienen de antemano agua tibia y en los que se deja bien tapados para su fermentación.
Alguna vez cuando se desea que la chicha tenga bastante fuerza alcohólica y sea agradable al paladar, se la cierra en cántaros, introduciendo adentro gallinas y palomas peladas, cabezas de corderos y de vaca desolladas, y después de taparlos bien, se entierran los cántaros en el suelo, donde con la fermentación llegan a deshacerse todas esas especies y la chicha a ser tan fuerte que un vaso de ella embriaga. Tal bebida especial se la distingue con el nombre de itila.
Si en estado de fermentación la chicha se enturbia y no puede clarificarse, o como dicen las del oficio, rebota la borra a la superficie, es señal de que morirá la dueña o alguien de su familia.
Cuando el licor se halla en sazón, para consumirlo pretextan los dueños que harán celebrar una misa de salud, o a la Virgen o algún santo de su devoción, bajo cuyos auspicios piensan dar comienzo al consumo. Es imposible que levanten las tapas de los cántaros sin ejecutar antes alguna otra ceremonia religiosa, a falta de misa, ni se sirvan las primeras copas sin ponerles una cruz y exclamar: que se comience en buena hora...
El día de la misa se agregan los que elaboraron la chicha al cortejo de los invitados y en séquito concurren al templo. La dueña del áureo líquido, suele ser una chola robusta de anchas caderas, pechos abultados y rostro simpático, la que se pone a la cabeza de los suyos y risueña los conduce a la iglesia, alguna vez seguida de una pequeña banda de músicos, que tocan alegres aires nacionales y de una partida de muchachos que hacen reventar cohetes. Presiden la comitiva dos cholas jóvenes, elegante y pintorescamente trajeadas, que llevan en las manos, acondicionada en paños limpios, bien almidonados y planchados el busto o cuadro de la Virgen o santo, bajo cuyo patrocinio consumirán la chicha.
Al llegar a la puerta del templo se arrodillan, aparentando un fervor religioso que está muy lejos de sentir sus corazones turbados por las alegrías que le esperan; recitan ligeramente una breve oración y persignándose varias veces franquean el umbral del santo recinto. Las conductoras de la efigie, la colocan sobre el altar y haciendo varias genuflexiones se retiran. Empieza la misa, acompañada con la música traída o con la del órgano del templo, infundiendo en los asistentes cierto pesar que se manifiesta en sus rostros contritos y melancólicos. A la conclusión de la misa, el sacerdote se desprende del altar, pone el manípulo sobre la cabeza de los que le han hecho celebrar y después de expresar algunas breves palabras les da su bendición.
Regresa el séquito a la casa de la patrona de la fiesta, con el mismo bullicio de muchachos, cohetes y música. La propietaria saca un vaso de chicha de la primera tinaja que se abre, y se la presenta arrodillándose a la Virgen o santo, cuya protección invoca, y que tiene su altar improvisado con ramos de flores, cintas de diversos colores y velas encendidas, después de humedecer los labios de la imagen con gotas del líquido, invita a los concurrentes a beberlo ya sin temor ninguno, porque los requisitos que la preocupación popular le exigía han sido cumplidos religiosamente.
Desde ese momento se enarbola en la puerta el pendón, consistente en una banderita de color o un muñeco colgado, que sirve de anuncio para la venta de la chicha. Circulan los vasos llenos del rubio licor; se compran unos, e invitan otros; mientras la música sigue tocando sus aires.
A cierta hora la dueña convida a los asistentes varios platos de picantes, que comúnmente son de cuys, gallinas, o asados con bastante ají molido. Esto no lo hace con el objeto de que les sirva principalmente de alimento, sino que les incite a beber más chicha. El ají es considerado como poderoso excitante.
Todo el que pasa por la puerta es llamado a participar de la fiesta. Se encuentran al servicio del establecimiento, por lo común, algunas jóvenes majas, encargadas de atraer varones, enlabiarlos, dándoles esperanzas de que cederán a sus insinuaciones y galanteos, a fin de que estos paguen los gastos del consumo de la chicha, para corresponderlas.
La chola cochabambina nace, por lo regular, en la chichería, crece, desarrolla y vive para la chichería; sus horas plácidas o tristes se desenvuelven allí y allí, después de una existencia borrascosa entrega su último aliento. «Ella es lanzada al mundo en condiciones de completa indefensión e impreparación para la lucha de la vida», dice un escritor nacional y continúa: «No exige ninguna escuela profesional. Ningún rol útil es abierto por la acción fiscal o municipal para hacer actuar las aptitudes de las mujeres de las clases trabajadoras sobre un plano de independencia, de producción y de dignidad. Las escuelas reciben a las muchachas en su infancia, las enseñan a leer, a rezar, a cantar y a vestirse de encajes y llevar flores para el día de exámenes. En seguida las echan a la calle. Después de ese florido paréntesis de la escuela, la muchacha del hogar obrero, entra de lleno en las rudezas de la vida ordinaria. Aprende a soportar las palizas del padre, toda vez que este se emborracha. Cuando ella misma no hace chicha y sirve de atracción a los parroquianos que al atardecer se recogen en las tabernas, va a buscar chicha en el barrio para que su madre y su padre se embriaguen. La vida es penosa, agria... Solamente las borracheras y el fandango sirven para amenizarla. Llegan los días de fiesta, los carnavales, los días de los santos. Detrás de las caras escuálidas de todos los santos del calendario, la gente adora a Baco, rollizo e inyectado. Baco es dios absoluto y esencial. El Baco nacional difiere mucho del sonriente Dionisio griego, fresco como un efebo, coronado de yedra y con los ojos verdes, brillantes de vida y seducción. Nuestro Baco no ha nacido como el dios griego del racimo de uvas, entre las alegrías de la vendimia y del aire libre. Surge de la taberna, a puerta cerrada, bajo el aire infecto y denso, entre los picantes y fermentos de la chicha. De este modo, el Baco cochabambino, es sucio e hirsuto. Su caballera es grasienta y su nariz colorada y velluda. Y así, en vez de las aladas ménades y bacantes, que rodeaban a Dionisio, nuestro culto a Baco, que es el culto nacional por excelencia, pide el sacrificio de la inocencia, de la limpieza, de la juventud, de la hacendosidad y de todas las virtudes femeninas»[36].
Pero ¡ah! ese culto al dios nacional, ha de ser difícil de arrancar por completo de las costumbres del cholo y del indio. El uso y abuso de la chicha está arraigado fuertemente en los hábitos populares. El procedente de la raza khechua, sobre todo, desespera por esa bebida, y en Cochabamba, rara será la persona que pase el día sin consumir siquiera un vaso de tan preciado líquido. Cuando mucho se les censura, lo hacen ocultamente.
Los moralistas, desde aquel célebre Gobernador Viedma, que apellidaba a la chicha asqueroso brevaje, no cesan de reprobar su consumo; sin embargo, a despecho de sus apasionadas críticas, sigue aumentando su fabricación y expendio de día en día. ¿A qué se debe esto? ¿Será que en la naturaleza humana existe una propensión invencible a buscar el agregado del licor, para enervar las penas o acrecentar las alegrías? Pueda ser que así sea; pero, de lo que no cabe duda es que cada nación, cuando tiene costumbres definidas, posee su licor propio: el alemán la cerveza, el francés el vino y el inglés el whisky. La chicha es el licor nacional de Bolivia, el único llamado a contrarrestar el consumo del alcohol y demás licores destilados, una vez que la elaboración, internación y expendio de estos se encuentra permitido, y de impedir por lo mismo, que el país se sumerja en un mar de alcohol, como teme el citado periodista.
[35] La chakha es una cocina que tiene un techo piramidal, formado de barro. El piso de su interior es húmedo; en el centro hay un perol o fondo, como lo llaman los fabricantes, que antes era de cobre y que ahora es de fierro por imposición de las municipalidades. En los extremos, cerca de la pared se ven dos o tres cántaros u ollas de barro en los que se disuelve el caldo del mukcu y después se le somete a cocimiento, hasta que obtenga cierta temperatura. La parte espesa de esta sustancia se precipita, es decir, en el perol se trabaja la extracción de la parte azucarada que tiene el mukcu o mejor dicho, el maíz, y esa solución cuando ya ha tomado punto, como se dice vulgarmente, se disuelve en el caldo, para que una vez producida la fermentación en los depósitos o tinas se obtenga la chicha.
Las municipalidades por ese prurrito que distingue al mestizo de sacudirse de todo lo nacional, para dar preferencia a lo exótico, han gravado estas chakhas, que no deben valer con todos sus utensilios, más de trescientos bolivianos con el impuesto gradual de cien, ciento cincuenta y doscientos bolivianos al año, cuando lo que ganan no alcanza muchas veces a esa suma, porque lo que cobran por la fabricación de cada fanega de mukcu, que se llama viaje, es cinco, seis, hasta ocho bolivianos. El objeto que se persigue es ir, poco a poco, extinguiendo la elaboración de la chicha, y reemplazarla con alcohol y otras bebidas destiladas.
[36] «La Patria» Oruro, 31 de julio de 1919, No. 121.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia:La khespía
La noche del viernes santo, es costumbre hurtar alguna especie o llevarse a la joven con quien se tiene compromisos de amor. Este acto llamado khuespicha, que quiere decir despojo o liberación, es una práctica que los indios la han tenido desde una época inmemorial, y que la han seguido ejecutando después de la conquista española, con la circunstancia de haber buscado para efectuarla la noche del viernes santo, en que suponen muerto a Cristo. Esta combinación de la fiesta pagana del indio con la celebrada por la iglesia a la muerte del Salvador, ha debido ser obra de algún indio hábil que supo encubrir sus verdaderos alcances con preocupaciones cristianas.
El indio cuando algo pierde en aquella noche, ni se molesta ni lo busca, se conforma con lo sucedido: me han khespiado, repite y culpa a su falta de pericia y cuidado el haber sido víctima de otro más listo que él.
Esa noche, sabe ya que deben sustraerle y de antemano se halla en vela, no desprendiendo la vista de sus cosas ni de sus hijas, si las tiene crecidas. Es una lucha entre el propietario y padre con el que intenta arrebatarle furtivamente algo. En esta contienda, vence el más avisado y astuto y pierden los tontos. Al siguiente día, cuando nada le ha sucedido, el indio se alegra y cree haber triunfado de las asechanzas de quienes trataron de hacerle daño entre broma y broma y se ríe del khespiador que marró el golpe
El indio cuando algo pierde en aquella noche, ni se molesta ni lo busca, se conforma con lo sucedido: me han khespiado, repite y culpa a su falta de pericia y cuidado el haber sido víctima de otro más listo que él.
Esa noche, sabe ya que deben sustraerle y de antemano se halla en vela, no desprendiendo la vista de sus cosas ni de sus hijas, si las tiene crecidas. Es una lucha entre el propietario y padre con el que intenta arrebatarle furtivamente algo. En esta contienda, vence el más avisado y astuto y pierden los tontos. Al siguiente día, cuando nada le ha sucedido, el indio se alegra y cree haber triunfado de las asechanzas de quienes trataron de hacerle daño entre broma y broma y se ríe del khespiador que marró el golpe
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: Particularidades del carnaval
Ninguna fiesta ha llegado a adaptarse tanto al carácter de la raza, hasta tomar un aspecto indígena en sus manifestaciones, como el carnaval. Las clases populares, sin exclusión de sexos y edades, la esperan con ansias, se ejercitan con anticipación en las danzas; acopian de antemano provisiones de boca y licores para celebrarla con el mayor entusiasmo posible.
Llegado el domingo de Carnaval, el deseo de gozar se apodera de todos los corazones; una corriente de alegría comienza a hormiguear en los espíritus, aumentando de intensidad, y a medida que avanzan las horas, que se consumen bebidas y se propaga el entusiasmo y la zambra.
En la mayor parte de las ciudades y pueblos, se usa harina de maíz o trigo acondicionada en pequeños cartuchos para arrojarse y empolvarse unos a otros, el rostro, la cabeza y todo el cuerpo. Los indios se echan con flores y confites, con la denominación de chayahua, y se golpean las espaldas con el fruto del membrillo o la lucma, embutidos en unos aparatos colgantes, tejidos de hilos de lana de colores diversos y pintorescos, llamados huichi-huichi.
El domingo, trajeados con sus mejores vestidos entran a bailar sus khachuas a la plaza del pueblo, seguidos de sus mujeres y después de haberse regocijado bastante, se retiran a sus estancias a continuar la diversión los siguientes días del carnaval, quedando en el pueblo, alguna que otra pandilla de indios moradores de las proximidades, que penetran a bailar a la plaza, de tarde en tarde.
En la ciudad de Oruro se singulariza la entrada de carnaval, ingresando a la población el domingo, cada tropa de bailarines, acompañada de un cargamento de camas, y petacas, aseguradas en mulas, cubiertas las cargas de vajilla de plata y enseres nuevos de cocina, y colocado en la cima, un niño, perro y mono. Los organizadores o jefes de cada comparsa, comprometidos a fomentar la borrachera, vienen en traje de camino detrás de las cargas, caballeros sobre bestias bien enjaezadas y en monturas chapeadas con plata, espuelas del mismo metal, cual si vinieran de larga distancia, acompañados de sus mujeres que también visten de viaje. Se dirigen a la plaza, seguidos de comparsas de pintorescos bailarines; de aquí continúan al templo, donde el sacerdote que los espera, recibe algunas ofrendas y les da su bendición. Cumplida esta ceremonia en la que se mezclan íntimamente, lo pagano con lo religioso, se retiran a sus casas a entregarse a la diversión más desenfrenada.
Con todo eso, quieren significar, que durante el año se han fatigado, han trabajado mucho para adquirir aquellos objetos, y que ahora llegan cansados para gozar del fruto de sus esfuerzos; que son portadores de la alegría: viajeros que hacen su parada en la vida para divertirse y, después de agotados sus dineros, volver a la dura labor del trabajo cotidiano.
El domingo de tentación, acostumbraban salir en el día al campo las familias que deseaban rematar la fiesta, y regresaban en la noche formando pandillas de bailarines, al son de bandas de música, cada mujer cubierta con alguna prenda de vestir del varón, de cuyo bracero venía agarrada, y este con las enaguas de su pareja, puestas al cuello, llevando su sombrero en la cabeza. Ambos entraban entonando alegres cantares que finalizaban con el estribillo: a pesar de todo—hoy y mañana—¡viva la nación boliviana!
La mujer casada sólo podía entregar sus enaguas y sombrero a su esposo y la soltera a quien tenía compromisos de amor con ella o era su amante, no eran arbitrarias y sin sentido prácticas semejantes.
Algunas veces, durante el día, no faltaba alguien en el campo que, para amenizar la fiesta hacía de cura y comenzaba a casar a las solteras con los solteros, a las viudas con los viudos, en medio de estrepitosos aplausos, risas y alusiones picantes. Los novios carnavalescos, apenas recibían la zurda bendición del falso clérigo, se hacían deferencias, terminando algunos por cortejar deveras a su supuesta esposa y tratarla con más soltura y confianza. Estos matrimonios en broma, solían convertirse en verdaderos o ser comienzos de concubinatos.
En los pueblos de provincia, los funcionarios indios acostumbran visitar a sus autoridades el martes de carnaval, llevándoles muchos obsequios y en seguida vestir al sub-prefecto y a su esposa, si la tuviera, o alguna otra mujer que le den por pareja, o al corregidor y a su compañera, con trajes indígenas y sacarlos a la plaza a bailar con ellos, en correspondencia a las atenciones y servicios que le han prestado durante el año.
En muchos pueblos se llevan a cabo carreras de caballos el miércoles de ceniza, en las que arrancan sortijas y concluyen la diversión colocando un gallo vivo en reemplazo de la sortija, el que es disputado por los más diestros ginetes, colmándose de aplausos al que a toda carrera de su caballería se lleva consigo el bípedo, y después finalizan el día guerreándose entusiastas con peras y duraznos.
En la generalidad de los pueblos se despide el carnaval la tarde del domingo de tentación, haciendo que un grupo de personas disfrazadas de viejos, encorbados y con inmensas jibas conduzcan guitarras e instrumentos músicos destemplados, botellas vacías y vasijas rotas y se dirigen a las afueras de la población, en medio de un bullicio ensordecedor, gritos, vociferaciones de muchachos y personas alegres, o que exteriorizan su contento a voces y allí, en el sitio de costumbre, descarguen los objetos, templen las guitarras y acompañándolas con los otros instrumentos, hagan oír aires nacionales, y dancen contentos, interrumpiéndose sólo cuando tienen que servirse copas de algún licor embriagador, lo que se repite a menudo. Momentos después resuenan carcajadas frenéticas, crece el clamoreo, los bailes se suceden unos a otros y en el auge de la fiesta asalta a alguno la idea de que este carnaval será tal vez el último que pase, porque presiente su muerte. La idea se propaga. Los ánimos se ponen sombríos porque todos se ponen en el mismo trance: la risa se paraliza en los labios de muchos; se acuerdan de sus sufrimientos; pugnan por salir las lágrimas de los ojos y terminan algunos por llorar.
En las mayores diversiones del indio, del cholo y del mestizo, apenas se marean, nunca faltan los ayes de pesar, arrancados por el recuerdo de su vida miserable o de sus desgracias. En su naturaleza está ese algo tierno, triste, intensamente agriado y lastimado por los hombres y las cosas, que de súbito rompe con el olvido y se abre camino y nublando sus horas de regocijo estalla en sollozos. El Momo indígena es llorón. La mueca del dolor, condensación de honda amargura de siglos de sufrimiento, no desaparece por completo de su rostro risueño por grande que sea su alegría.
Llegado el domingo de Carnaval, el deseo de gozar se apodera de todos los corazones; una corriente de alegría comienza a hormiguear en los espíritus, aumentando de intensidad, y a medida que avanzan las horas, que se consumen bebidas y se propaga el entusiasmo y la zambra.
En la mayor parte de las ciudades y pueblos, se usa harina de maíz o trigo acondicionada en pequeños cartuchos para arrojarse y empolvarse unos a otros, el rostro, la cabeza y todo el cuerpo. Los indios se echan con flores y confites, con la denominación de chayahua, y se golpean las espaldas con el fruto del membrillo o la lucma, embutidos en unos aparatos colgantes, tejidos de hilos de lana de colores diversos y pintorescos, llamados huichi-huichi.
El domingo, trajeados con sus mejores vestidos entran a bailar sus khachuas a la plaza del pueblo, seguidos de sus mujeres y después de haberse regocijado bastante, se retiran a sus estancias a continuar la diversión los siguientes días del carnaval, quedando en el pueblo, alguna que otra pandilla de indios moradores de las proximidades, que penetran a bailar a la plaza, de tarde en tarde.
En la ciudad de Oruro se singulariza la entrada de carnaval, ingresando a la población el domingo, cada tropa de bailarines, acompañada de un cargamento de camas, y petacas, aseguradas en mulas, cubiertas las cargas de vajilla de plata y enseres nuevos de cocina, y colocado en la cima, un niño, perro y mono. Los organizadores o jefes de cada comparsa, comprometidos a fomentar la borrachera, vienen en traje de camino detrás de las cargas, caballeros sobre bestias bien enjaezadas y en monturas chapeadas con plata, espuelas del mismo metal, cual si vinieran de larga distancia, acompañados de sus mujeres que también visten de viaje. Se dirigen a la plaza, seguidos de comparsas de pintorescos bailarines; de aquí continúan al templo, donde el sacerdote que los espera, recibe algunas ofrendas y les da su bendición. Cumplida esta ceremonia en la que se mezclan íntimamente, lo pagano con lo religioso, se retiran a sus casas a entregarse a la diversión más desenfrenada.
Con todo eso, quieren significar, que durante el año se han fatigado, han trabajado mucho para adquirir aquellos objetos, y que ahora llegan cansados para gozar del fruto de sus esfuerzos; que son portadores de la alegría: viajeros que hacen su parada en la vida para divertirse y, después de agotados sus dineros, volver a la dura labor del trabajo cotidiano.
El domingo de tentación, acostumbraban salir en el día al campo las familias que deseaban rematar la fiesta, y regresaban en la noche formando pandillas de bailarines, al son de bandas de música, cada mujer cubierta con alguna prenda de vestir del varón, de cuyo bracero venía agarrada, y este con las enaguas de su pareja, puestas al cuello, llevando su sombrero en la cabeza. Ambos entraban entonando alegres cantares que finalizaban con el estribillo: a pesar de todo—hoy y mañana—¡viva la nación boliviana!
La mujer casada sólo podía entregar sus enaguas y sombrero a su esposo y la soltera a quien tenía compromisos de amor con ella o era su amante, no eran arbitrarias y sin sentido prácticas semejantes.
Algunas veces, durante el día, no faltaba alguien en el campo que, para amenizar la fiesta hacía de cura y comenzaba a casar a las solteras con los solteros, a las viudas con los viudos, en medio de estrepitosos aplausos, risas y alusiones picantes. Los novios carnavalescos, apenas recibían la zurda bendición del falso clérigo, se hacían deferencias, terminando algunos por cortejar deveras a su supuesta esposa y tratarla con más soltura y confianza. Estos matrimonios en broma, solían convertirse en verdaderos o ser comienzos de concubinatos.
En los pueblos de provincia, los funcionarios indios acostumbran visitar a sus autoridades el martes de carnaval, llevándoles muchos obsequios y en seguida vestir al sub-prefecto y a su esposa, si la tuviera, o alguna otra mujer que le den por pareja, o al corregidor y a su compañera, con trajes indígenas y sacarlos a la plaza a bailar con ellos, en correspondencia a las atenciones y servicios que le han prestado durante el año.
En muchos pueblos se llevan a cabo carreras de caballos el miércoles de ceniza, en las que arrancan sortijas y concluyen la diversión colocando un gallo vivo en reemplazo de la sortija, el que es disputado por los más diestros ginetes, colmándose de aplausos al que a toda carrera de su caballería se lleva consigo el bípedo, y después finalizan el día guerreándose entusiastas con peras y duraznos.
En la generalidad de los pueblos se despide el carnaval la tarde del domingo de tentación, haciendo que un grupo de personas disfrazadas de viejos, encorbados y con inmensas jibas conduzcan guitarras e instrumentos músicos destemplados, botellas vacías y vasijas rotas y se dirigen a las afueras de la población, en medio de un bullicio ensordecedor, gritos, vociferaciones de muchachos y personas alegres, o que exteriorizan su contento a voces y allí, en el sitio de costumbre, descarguen los objetos, templen las guitarras y acompañándolas con los otros instrumentos, hagan oír aires nacionales, y dancen contentos, interrumpiéndose sólo cuando tienen que servirse copas de algún licor embriagador, lo que se repite a menudo. Momentos después resuenan carcajadas frenéticas, crece el clamoreo, los bailes se suceden unos a otros y en el auge de la fiesta asalta a alguno la idea de que este carnaval será tal vez el último que pase, porque presiente su muerte. La idea se propaga. Los ánimos se ponen sombríos porque todos se ponen en el mismo trance: la risa se paraliza en los labios de muchos; se acuerdan de sus sufrimientos; pugnan por salir las lágrimas de los ojos y terminan algunos por llorar.
En las mayores diversiones del indio, del cholo y del mestizo, apenas se marean, nunca faltan los ayes de pesar, arrancados por el recuerdo de su vida miserable o de sus desgracias. En su naturaleza está ese algo tierno, triste, intensamente agriado y lastimado por los hombres y las cosas, que de súbito rompe con el olvido y se abre camino y nublando sus horas de regocijo estalla en sollozos. El Momo indígena es llorón. La mueca del dolor, condensación de honda amargura de siglos de sufrimiento, no desaparece por completo de su rostro risueño por grande que sea su alegría.
Mitos supersticiones y supervivencias populares de Bolivia: Los alferazgos y sus excesos; prestes y la práctica de curar el cuerpo
La persona que quiere conmemorar el día del santo titular o patrono de la capilla o pueblo de donde es domiciliario, o que con ese objeto es nombrado por su párroco, por haberle llegado el turno, se inviste del cargo el mismo día del santo, o después que su antecesor ha finalizado con las obligaciones que se impuso el año anterior. Al recién designado que toma, desde luego, el título de alferez le corresponde celebrar la fiesta al año entrante. El número de estos alfereces, varía en razón de la mayor o menor popularidad que rodea al santo por sus milagros. Hay ocasiones, cuando la efigie tiene prestigio de milagrosa, que se reciben hasta quince personas, otras, no pasan de uno, y éste se compromete, sólo porque la costumbre no desaparezca del lugar.
El nombrado, apenas lo aclaman el párroco y los asistentes, se dirige a su casa, conduciendo el guión de la iglesia, acompañado de su familia, compadres y amigos, y allí es felicitado y motivo de ceremoniosas atenciones, pasadas las cuales se disuelve el grupo. Desde entonces aquél no tiene otra preocupación que pasar bien su fiesta: trabaja noche y día, acopia víveres, hace sus viajes, se fatiga y suda incesante, todo por tener dinero y por que llegada su fiesta, se realice ella con pompa inusitada, de tal suerte, que digan en el pueblo que fué la más solemne y la mejor de cuantas se sucedieron en la comarca.
Próximo el esperado día, el alferez visita al cura, trayéndole regalos y sus derechos que suelen ser de diez a cuarenta bolivianos, que se los paga en el acto. La víspera obsequia ceras al templo y alguna especie al santo, lo que llama obra. Estos objetos son conducidos con gran ostentación, por individuos que se ponen en fila, llevando cada acompañante, colgada de la mano una cera adornada o en el regazo flores. El párroco los recibe en el templo, mostrándose muy ceremonioso y presumido; arreglan en seguida el altar del santo y visten a este con sus mejores ropas. Más tarde hace el clérigo las vísperas y después, en el atrio del templo o en la casa del alfarez, comienzan a beber licores, aunque sin excederse mucho.
Al siguiente día, desde la mañana, empiezan a servirse tazas de bebidas calientes mezcladas con abundante aguardiente, de tal manera que cuando llega el momento de asistir a la misa el alferez se halla achispado, pero no al extremo de no poder asistir a esa ceremonia religiosa, lo cual a suceder, habría causado gran escándalo en el pueblo. Asiste a la misa vestido de su mejor traje, y seguido de su comitiva. El cura lo coloca en lugar preferente y le presta durante su estadía en el templo las deferencias prescritas por el ritual. Si hay procesión lleva el guión y terminadas las solemnidades de iglesia, vuelve a su casa en medio de acompañantes, entre quienes nunca faltan el cura, el corregidor y demás funcionarios de la localidad.
Constituídos en la morada del alferez, se reanuda la borrachera interrumpida. Las copas de bebidas alcohólicas son vaciadas a menudo; el brevaje o ponche desprendiendo acre vapor de aguardiente, va siendo renovado en las tazas con frecuencia. Los aynis, se presentan a medida que pasan las horas, con arcos y obsequios de víveres. Con mayores o menores presentes, concurren también los tíos o laris y los tollkas o parientes y compadres y los que hacen su cumplido por primera vez. Al atardecer, el alferez con su cortejo de borrachos, sale en pandilla, a recorrer la plaza y mostrarse al público, haciendo rueda en las esquinas y constante rebullicio en todas partes. De regreso a la casa y durante las primeras horas de la noche se entregan los concurrentes a un furioso baile y a beber, en cada descanso o intermedio, tazas de bebida caliente, vasos de chicha, alcoholizándose al extremo de que, cuando llega la hora de dormir, todos, hombres y mujeres, se encuentran completamente embriagados, no faltando quienes se hallan roncando en sus mismos asientos.
Apagadas las luces, comienzan, los que holgar aún pueden, por apoderarse y poseer a las primeras mujeres que se les vienen a las manos y que las encuentran tan acaloradas y dispuestas como ellos lo están. Esto, que se conoce con la gráfica palabra de gateo, consideran las clases populares tan natural que nadie extraña ni se da por ofendido de ello. Ninguna idea de profanación al santo, cuyo día se solemniza, cruza por la mente de los actores y contiene su ejecución en esas bacanales litúrgicas. La fuerza de la costumbre, sostenida por una devoción sensual y desenfrenada, hace que esos actos sean de uso corriente y tengan el carácter de sabroso complemento a la fiesta religiosa. Al otro día, todos despiertan en sus propias camas, como si nada hubiera ocurrido durante la noche; repiten la diversión con más entusiasmo y mayores apetitos alcohólicos que el día anterior; y así siguen días consecutivos, hasta agotar provisiones, resistencia, salud y no poder ya más.
En la importante y extensa provincia de Chayanta, como en toda población de aborígenes, cada indio que valer quiere, está obligado a pasar la fiesta llamada de tabla, porque entre los naturales, quien no se encarga de esa celebración, siquiera por una vez, en el curso de su existencia, es despreciado por los demás y mirado como ser inferior a sus congéneres. Los curas han conseguido inculcar esta idea en el cerebro indígena con sus constantes prédicas y amigables exhortaciones. «Perro es y no gente, repiten con frecuencia y en cualquier circunstancia o acto público, quien no festeja al patrono de su pueblo». Los que han llenado tan onerosa función les apoyan, por egoísmo y deseo de no ser los únicos arruinados por la fiesta.
Finalizados los preparativos, como se tiene dicho, visitan al cura la víspera, llevándole sus derechos que son quince bolivianos, además obsequios de papas, pan, cebollas, trigo pelado y cordero desollado. El cura les da la propina o ttinka, consistente en una botella de alcohol y entrega al alferez el guión de la iglesia. Los indios se retiran borrachos de la casa cural, haciendo algazara y gritando por la plaza y calles, cer, cer con lo que dan a entender que se refieren al cerro de Potosí. Este cerro lo tienen como a su Achachila, aunque terrible para ellos y generoso para los blancos. Los recuerdos del período colonial, no se han borrado de la memoria de los indios.
Después de haberse llevado a cabo la procesión acostumbrada del santo, el cura presta su caballo al alferez, el que montado sobre él recorre por dos veces la plaza, vestido de general o coronel, con el guión en la mano y entre los relinchos y aclamaciones de los curiosos, música de los bailarines y el toque de campanas. Es necesario que caiga de su cabalgadura una o dos veces, para que con los golpes que recibe enardezca más y más el entusiasmo de la concurrencia, que, para mejor hacerlo, comisiona a uno de los suyos para que espante al rocin sacerdotal, con un pollo vivo que le entrega. De trecho en trecho, cuando el ginete no cae, desmonta de su cabalgadura y con los acompañantes se ponen a beber aguardiente y a bailar alrededor del guión. Terminado el paseo ecuestre, se retira borracho y magullado a su estancia, acompañado de sus cofrades. Las mujeres se encuentran obligadas a conducirlo cargado sobre sus espaldas, desde la salida del pueblo hasta su casa, alternándose las cargadoras, momento a momento y a medida que se cansan. Es el único gaje que goza el alferez, en pago de las muchas molestias y gastos que le han proporcionado.
Se denomina preste al individuo que ha manifestado su voluntad para celebrar el aniversario de alguna fiesta religiosa. Para el efecto el interesado, que comúnmente es una mujer obrera o chola, comienza por enviar uno o dos meses antes de la fiesta, tarjetas de recuerdo a las personas que se han comprometido a prestarle su ayuda o cooperación pecuniarias, según la lista formada en su oportunidad. Entre estas, las hay de diversas condiciones; las llamadas de foco, son las que se han encargado de costear cierto número de focos de luz eléctrica, lámparas o ceras, quienes al recibo de la tarjeta, envían la cantidad respectiva de dinero; otras que han anunciado que pagarán la banda de música, ya sea para la víspera o misa, también mandan su cuota las que deben abonar las vísperas, igualmente remiten la suya, la del sermón, el precio que ha de costar, y así cada cual cumple su oferta. Las que mayores sumas erogan entre estas colaboradoras, son las que se han obligado a cancelar al párroco la novena, trecena o quincena que hará rezar a los fieles, ya sea en la mañana o en la noche, por lo que son siempre dos las que se encargan. Estas convienen directamente con el clérigo y avisan a la preste para que asista al acto. En la mañana y durante la misa, se entrega a la preste una cera ardiendo, lo que la llena de satisfacción y orgullo, porque todas las miradas se dirigen a ella y para ella son todas las atenciones.
A las encargadas de esta parte del festival, así como a la que aspira a recibirse de preste y lo ha manifestado, les envían de visita la efigie de un Niño Jesús, en bulto, muy ataviado, con sombrerito y calzados relucientes de plata, traje de raso, adornado con bordado y alamares de oro, bastoncito de este metal, quien permanece en cada una de ellas dos o tres días, pasados los cuales es recogido con igual solemnidad con que se le trajo, habiendo quedado, con su presencia, cerrado el compromiso, con el sello de una imposible retractación.
El día antes de la fiesta se reparten invitaciones para que concurran tanto a las vísperas como a la misa solemne que ha de celebrarse en la mañana siguiente, acompañándolas, para determinadas mujeres, consideradas meritorias y de respeto, bracerillos de plata, vulgarmente calificados de sahumerios, con la mira de que los traigan con carbones encendidos y alimentados con materias aromáticas, a fin de que el humo que hagan, perfume a la santa imagen, en su trayecto, de la casa al templo y en su regreso.
La víspera en la noche, acomódase la preste con su comitiva en el atrio del templo y allí les hace beber ponches y tazas de té con abundante alcohol mientras la música entona aires nacionales, truenan a menudo los cohetes y estallan fuegos artificiales.
A la misa concurre aquélla bien trajeada y adornada de joyas de oro, ocupando en el templo el lugar de preferencia. Terminada la ceremonia, se presenta al público llevando en las manos al Niño Jesús y sigue su camino a la cabeza de su comitiva en medio del humo aromático, que desprenden los bracerillos.
La preste apenas llega a la casa, es objeto de calurosas felicitaciones y enhorabuenas de costumbre. A continuación se destapan botellas y comienza el servicio no interrumpido de copas de licores alcohólicos. A las dos de la tarde, achispados y alegres, pasan a ocupar su asiento, junto a la larga mesa enmantelada limpiamente y cubierta de carnes friambradas, panes, tortas, pasteles, biscochuelos, galletas, pastillas de chocolate, confites y abundantes botellas de vino, pisco, cerveza, y toman las once o lunch, como se estila calificar tan copiosa alimentación. Al final del agazajo, nombran, por votación, a la persona que debe celebrar la fiesta al año entrante, e inmediatamente le colocan delante al Niño Jesús la aclaman y echan con mixtura y le ponen una banda tricolor. En caso de excusa o resistencia para aceptar el nombramiento se busca otra persona. Y, cuando nadie quiere aceptar, suelen traer una gran torta cortada en tajadas, habiendo introducido ocultamente en una de ellas el bastón del Niño y las distribuyen a los asistentes. Quien descubre en su rebanada el bastón, es elegida, ya no, según ellos, por acto humano, sino por el mismo Dios, lo que la hace aceptar el nombramiento sin titubeos, con cierta docilidad, que pone en claro, que el mandato concuerda con su voluntad y gusto. A raíz del hecho y sin dar tregua al entusiasmo y nerviosa agitación que despertara él, se forma la lista de las personas que se prestan a ayudar a la nueva preste con alguno de los gastos o funciones ya enunciadas, lista que se la entregan después de revisada y cuidadosamente enmendada.
Satisfechos los ánimos con la designación de la sucesora, y los estómagos con abundantes alimentos, regocijada la sangre en las venas con las bebidas, abandonan los asistentes la mesa y principia el ruidoso baile, el cual sólo se interrumpe para volver a ocupar de nuevo la mesa a la hora del yantar y ahitos de comidas y licores, regresan después a la sala del baile a continuar con la danza y el bureo hasta horas avanzadas de la noche.
Al día siguiente se presentan nuevamente los invitados del día anterior, ansiosos de comentar los incidentes que hubiesen sucedido en la noche y de repetir el jolgorio a pretexto de curar el cuerpo. Esta frase inventada y religiosamente practicada por los alcohólicos se ha convertido en la memoria popular en artículo de fe, que sirve de disculpa a los que se embriagan días consecutivos. «La mordedura del perro se cura con la lana del mismo animal», dicen estos y continúan desgastando sus fuerzas y sus organismos con tantas libaciones y placeres.
La noche del segundo o tercer día, acompañan a su casa a la nueva preste, llevando siempre al Niño Jesús, que es el encargado de presidir, en todos estos correteos báquicos, donde se reproduce el consumo de licores. De esta manera, en una y otra parte, siguen las gentes del pueblo derrochando su salud y dinero, hasta enfermarse de veras, y sólo entonces se pone punto final al pasado regocijo.
De prestes pasan también los indios, con la diferencia de que los gastos son menores a los realizados por el cholo, o a los que realizan en los alferazgos. La principal fiesta que demanda enormes gastos, es la de la Virgen de Copacabana, y, a quien desempeña la función de preste en aquella, se le tiene en mucha cuenta.
El interés de ser recompensado en alguna forma por la imagen religiosa festejada y la de darse importancia, influyen grandemente en los cholos, más que la devoción o algún ideal místico, el que ocupa lugar muy secundario en su ánimo y miras, para que no se arredren en aceptar y desempeñar tan honrosos cargos, así como impulsan al indio para ello, el deseo de divertirse, embriagarse a sus anchas, y el de satisfacer su pedantesca vanidad. Soy gente, pregona y repite en toda ocasión, el indio que fué alferez o preste, y desde que pasa su fiesta, anda orgulloso y orondo.
El nombrado, apenas lo aclaman el párroco y los asistentes, se dirige a su casa, conduciendo el guión de la iglesia, acompañado de su familia, compadres y amigos, y allí es felicitado y motivo de ceremoniosas atenciones, pasadas las cuales se disuelve el grupo. Desde entonces aquél no tiene otra preocupación que pasar bien su fiesta: trabaja noche y día, acopia víveres, hace sus viajes, se fatiga y suda incesante, todo por tener dinero y por que llegada su fiesta, se realice ella con pompa inusitada, de tal suerte, que digan en el pueblo que fué la más solemne y la mejor de cuantas se sucedieron en la comarca.
Próximo el esperado día, el alferez visita al cura, trayéndole regalos y sus derechos que suelen ser de diez a cuarenta bolivianos, que se los paga en el acto. La víspera obsequia ceras al templo y alguna especie al santo, lo que llama obra. Estos objetos son conducidos con gran ostentación, por individuos que se ponen en fila, llevando cada acompañante, colgada de la mano una cera adornada o en el regazo flores. El párroco los recibe en el templo, mostrándose muy ceremonioso y presumido; arreglan en seguida el altar del santo y visten a este con sus mejores ropas. Más tarde hace el clérigo las vísperas y después, en el atrio del templo o en la casa del alfarez, comienzan a beber licores, aunque sin excederse mucho.
Al siguiente día, desde la mañana, empiezan a servirse tazas de bebidas calientes mezcladas con abundante aguardiente, de tal manera que cuando llega el momento de asistir a la misa el alferez se halla achispado, pero no al extremo de no poder asistir a esa ceremonia religiosa, lo cual a suceder, habría causado gran escándalo en el pueblo. Asiste a la misa vestido de su mejor traje, y seguido de su comitiva. El cura lo coloca en lugar preferente y le presta durante su estadía en el templo las deferencias prescritas por el ritual. Si hay procesión lleva el guión y terminadas las solemnidades de iglesia, vuelve a su casa en medio de acompañantes, entre quienes nunca faltan el cura, el corregidor y demás funcionarios de la localidad.
Constituídos en la morada del alferez, se reanuda la borrachera interrumpida. Las copas de bebidas alcohólicas son vaciadas a menudo; el brevaje o ponche desprendiendo acre vapor de aguardiente, va siendo renovado en las tazas con frecuencia. Los aynis, se presentan a medida que pasan las horas, con arcos y obsequios de víveres. Con mayores o menores presentes, concurren también los tíos o laris y los tollkas o parientes y compadres y los que hacen su cumplido por primera vez. Al atardecer, el alferez con su cortejo de borrachos, sale en pandilla, a recorrer la plaza y mostrarse al público, haciendo rueda en las esquinas y constante rebullicio en todas partes. De regreso a la casa y durante las primeras horas de la noche se entregan los concurrentes a un furioso baile y a beber, en cada descanso o intermedio, tazas de bebida caliente, vasos de chicha, alcoholizándose al extremo de que, cuando llega la hora de dormir, todos, hombres y mujeres, se encuentran completamente embriagados, no faltando quienes se hallan roncando en sus mismos asientos.
Apagadas las luces, comienzan, los que holgar aún pueden, por apoderarse y poseer a las primeras mujeres que se les vienen a las manos y que las encuentran tan acaloradas y dispuestas como ellos lo están. Esto, que se conoce con la gráfica palabra de gateo, consideran las clases populares tan natural que nadie extraña ni se da por ofendido de ello. Ninguna idea de profanación al santo, cuyo día se solemniza, cruza por la mente de los actores y contiene su ejecución en esas bacanales litúrgicas. La fuerza de la costumbre, sostenida por una devoción sensual y desenfrenada, hace que esos actos sean de uso corriente y tengan el carácter de sabroso complemento a la fiesta religiosa. Al otro día, todos despiertan en sus propias camas, como si nada hubiera ocurrido durante la noche; repiten la diversión con más entusiasmo y mayores apetitos alcohólicos que el día anterior; y así siguen días consecutivos, hasta agotar provisiones, resistencia, salud y no poder ya más.
En la importante y extensa provincia de Chayanta, como en toda población de aborígenes, cada indio que valer quiere, está obligado a pasar la fiesta llamada de tabla, porque entre los naturales, quien no se encarga de esa celebración, siquiera por una vez, en el curso de su existencia, es despreciado por los demás y mirado como ser inferior a sus congéneres. Los curas han conseguido inculcar esta idea en el cerebro indígena con sus constantes prédicas y amigables exhortaciones. «Perro es y no gente, repiten con frecuencia y en cualquier circunstancia o acto público, quien no festeja al patrono de su pueblo». Los que han llenado tan onerosa función les apoyan, por egoísmo y deseo de no ser los únicos arruinados por la fiesta.
Finalizados los preparativos, como se tiene dicho, visitan al cura la víspera, llevándole sus derechos que son quince bolivianos, además obsequios de papas, pan, cebollas, trigo pelado y cordero desollado. El cura les da la propina o ttinka, consistente en una botella de alcohol y entrega al alferez el guión de la iglesia. Los indios se retiran borrachos de la casa cural, haciendo algazara y gritando por la plaza y calles, cer, cer con lo que dan a entender que se refieren al cerro de Potosí. Este cerro lo tienen como a su Achachila, aunque terrible para ellos y generoso para los blancos. Los recuerdos del período colonial, no se han borrado de la memoria de los indios.
Después de haberse llevado a cabo la procesión acostumbrada del santo, el cura presta su caballo al alferez, el que montado sobre él recorre por dos veces la plaza, vestido de general o coronel, con el guión en la mano y entre los relinchos y aclamaciones de los curiosos, música de los bailarines y el toque de campanas. Es necesario que caiga de su cabalgadura una o dos veces, para que con los golpes que recibe enardezca más y más el entusiasmo de la concurrencia, que, para mejor hacerlo, comisiona a uno de los suyos para que espante al rocin sacerdotal, con un pollo vivo que le entrega. De trecho en trecho, cuando el ginete no cae, desmonta de su cabalgadura y con los acompañantes se ponen a beber aguardiente y a bailar alrededor del guión. Terminado el paseo ecuestre, se retira borracho y magullado a su estancia, acompañado de sus cofrades. Las mujeres se encuentran obligadas a conducirlo cargado sobre sus espaldas, desde la salida del pueblo hasta su casa, alternándose las cargadoras, momento a momento y a medida que se cansan. Es el único gaje que goza el alferez, en pago de las muchas molestias y gastos que le han proporcionado.
Se denomina preste al individuo que ha manifestado su voluntad para celebrar el aniversario de alguna fiesta religiosa. Para el efecto el interesado, que comúnmente es una mujer obrera o chola, comienza por enviar uno o dos meses antes de la fiesta, tarjetas de recuerdo a las personas que se han comprometido a prestarle su ayuda o cooperación pecuniarias, según la lista formada en su oportunidad. Entre estas, las hay de diversas condiciones; las llamadas de foco, son las que se han encargado de costear cierto número de focos de luz eléctrica, lámparas o ceras, quienes al recibo de la tarjeta, envían la cantidad respectiva de dinero; otras que han anunciado que pagarán la banda de música, ya sea para la víspera o misa, también mandan su cuota las que deben abonar las vísperas, igualmente remiten la suya, la del sermón, el precio que ha de costar, y así cada cual cumple su oferta. Las que mayores sumas erogan entre estas colaboradoras, son las que se han obligado a cancelar al párroco la novena, trecena o quincena que hará rezar a los fieles, ya sea en la mañana o en la noche, por lo que son siempre dos las que se encargan. Estas convienen directamente con el clérigo y avisan a la preste para que asista al acto. En la mañana y durante la misa, se entrega a la preste una cera ardiendo, lo que la llena de satisfacción y orgullo, porque todas las miradas se dirigen a ella y para ella son todas las atenciones.
A las encargadas de esta parte del festival, así como a la que aspira a recibirse de preste y lo ha manifestado, les envían de visita la efigie de un Niño Jesús, en bulto, muy ataviado, con sombrerito y calzados relucientes de plata, traje de raso, adornado con bordado y alamares de oro, bastoncito de este metal, quien permanece en cada una de ellas dos o tres días, pasados los cuales es recogido con igual solemnidad con que se le trajo, habiendo quedado, con su presencia, cerrado el compromiso, con el sello de una imposible retractación.
El día antes de la fiesta se reparten invitaciones para que concurran tanto a las vísperas como a la misa solemne que ha de celebrarse en la mañana siguiente, acompañándolas, para determinadas mujeres, consideradas meritorias y de respeto, bracerillos de plata, vulgarmente calificados de sahumerios, con la mira de que los traigan con carbones encendidos y alimentados con materias aromáticas, a fin de que el humo que hagan, perfume a la santa imagen, en su trayecto, de la casa al templo y en su regreso.
La víspera en la noche, acomódase la preste con su comitiva en el atrio del templo y allí les hace beber ponches y tazas de té con abundante alcohol mientras la música entona aires nacionales, truenan a menudo los cohetes y estallan fuegos artificiales.
A la misa concurre aquélla bien trajeada y adornada de joyas de oro, ocupando en el templo el lugar de preferencia. Terminada la ceremonia, se presenta al público llevando en las manos al Niño Jesús y sigue su camino a la cabeza de su comitiva en medio del humo aromático, que desprenden los bracerillos.
La preste apenas llega a la casa, es objeto de calurosas felicitaciones y enhorabuenas de costumbre. A continuación se destapan botellas y comienza el servicio no interrumpido de copas de licores alcohólicos. A las dos de la tarde, achispados y alegres, pasan a ocupar su asiento, junto a la larga mesa enmantelada limpiamente y cubierta de carnes friambradas, panes, tortas, pasteles, biscochuelos, galletas, pastillas de chocolate, confites y abundantes botellas de vino, pisco, cerveza, y toman las once o lunch, como se estila calificar tan copiosa alimentación. Al final del agazajo, nombran, por votación, a la persona que debe celebrar la fiesta al año entrante, e inmediatamente le colocan delante al Niño Jesús la aclaman y echan con mixtura y le ponen una banda tricolor. En caso de excusa o resistencia para aceptar el nombramiento se busca otra persona. Y, cuando nadie quiere aceptar, suelen traer una gran torta cortada en tajadas, habiendo introducido ocultamente en una de ellas el bastón del Niño y las distribuyen a los asistentes. Quien descubre en su rebanada el bastón, es elegida, ya no, según ellos, por acto humano, sino por el mismo Dios, lo que la hace aceptar el nombramiento sin titubeos, con cierta docilidad, que pone en claro, que el mandato concuerda con su voluntad y gusto. A raíz del hecho y sin dar tregua al entusiasmo y nerviosa agitación que despertara él, se forma la lista de las personas que se prestan a ayudar a la nueva preste con alguno de los gastos o funciones ya enunciadas, lista que se la entregan después de revisada y cuidadosamente enmendada.
Satisfechos los ánimos con la designación de la sucesora, y los estómagos con abundantes alimentos, regocijada la sangre en las venas con las bebidas, abandonan los asistentes la mesa y principia el ruidoso baile, el cual sólo se interrumpe para volver a ocupar de nuevo la mesa a la hora del yantar y ahitos de comidas y licores, regresan después a la sala del baile a continuar con la danza y el bureo hasta horas avanzadas de la noche.
Al día siguiente se presentan nuevamente los invitados del día anterior, ansiosos de comentar los incidentes que hubiesen sucedido en la noche y de repetir el jolgorio a pretexto de curar el cuerpo. Esta frase inventada y religiosamente practicada por los alcohólicos se ha convertido en la memoria popular en artículo de fe, que sirve de disculpa a los que se embriagan días consecutivos. «La mordedura del perro se cura con la lana del mismo animal», dicen estos y continúan desgastando sus fuerzas y sus organismos con tantas libaciones y placeres.
La noche del segundo o tercer día, acompañan a su casa a la nueva preste, llevando siempre al Niño Jesús, que es el encargado de presidir, en todos estos correteos báquicos, donde se reproduce el consumo de licores. De esta manera, en una y otra parte, siguen las gentes del pueblo derrochando su salud y dinero, hasta enfermarse de veras, y sólo entonces se pone punto final al pasado regocijo.
De prestes pasan también los indios, con la diferencia de que los gastos son menores a los realizados por el cholo, o a los que realizan en los alferazgos. La principal fiesta que demanda enormes gastos, es la de la Virgen de Copacabana, y, a quien desempeña la función de preste en aquella, se le tiene en mucha cuenta.
El interés de ser recompensado en alguna forma por la imagen religiosa festejada y la de darse importancia, influyen grandemente en los cholos, más que la devoción o algún ideal místico, el que ocupa lugar muy secundario en su ánimo y miras, para que no se arredren en aceptar y desempeñar tan honrosos cargos, así como impulsan al indio para ello, el deseo de divertirse, embriagarse a sus anchas, y el de satisfacer su pedantesca vanidad. Soy gente, pregona y repite en toda ocasión, el indio que fué alferez o preste, y desde que pasa su fiesta, anda orgulloso y orondo.
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