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miércoles, 6 de marzo de 2019

El tesoro del Carambolo

Nací en Medina Sidonia, un pueblo de cal, encaramado sobre una loma, que domina las campiñas costeras gaditanas. Mi familia, muy humilde, trabajaba en el campo. Bueno, esto es un decir, en realidad trabajaba de vez en cuando en el campo, cuando la faena nos demandaba, en bastantes menos ocasiones de lo que nuestras necesidades hubieran requerido. Los años de sequía, cuando no había trigo que segar, ni remolacha que escardar, llegábamos a pasar hambre. Y digo bien hambre, que aún recuerdo aquellas noches en las que me tuve que acostar sin cenar, mientras mi madre, con sus cuentos y leyendas al borde de nuestras camas, trataba de engañar el vacío de nuestras tripas.

  Mi padre, desesperado, se angustiaba a la busca del trabajo que permitiera dos comidas al días para su familia, que tres hubiera sido gula en aquellos duros tiempos. Por eso, cuando Alonso Hinojos, un natural del pueblo que había emigrado a Sevilla, le contó que su cuadrilla precisaba un chaval como aprendiz, mi padre no dudó ni un solo instante:

  —Mi Juanillo puede ayudarte. Es despierto y trabajador.

  Esa noche, antes de acostarnos, mis padres me dijeron con cierta solemnidad.

  —Juanillo, en dos días sales para Sevilla. Alonso Hinojos precisa de un aprendiz. Trabaja como albañil en una cuadrilla buena y no le falta trabajo en la capital. Hemos ajustado el jornal con él. No será mucho para comenzar, pero al menos podrás comer todos los días y ahorrar un poco para ayudar a tu familia.

  Y así fue como me vi en Sevilla. Estábamos en la primavera de 1958 y la ciudad, después de los duros años de la posguerra, comenzaba lentamente a despertar. Alonso Hinojos era un buen albañil, a pesar de ser joven todavía, y no le faltaba trabajo. Yo ayudaba a hacer la mezcla, a matar la cal, a acarrear ladrillos y piedras hasta el tajo. Acostumbrado a compartir con a mi padre las duras faenas del campo, el trabajo de los albañiles me resultaba cómodo e interesante. Me gustaba aprender cómo Alonso colocaba las hileras de ladrillos, resolvía ventanas y cornisas, refilaba bordes, siempre con mimo y atención. Era un oficial fino al que nunca le faltaba el trabajo y eso que lo cobraba bien. El maestro de la cuadrilla le tenía en gran aprecio y siempre repetía que pronto podría montar la suya propia.

  —Juanillo, ¿te gusta tu trabajo? —me preguntó una tarde mientras liaba uno de sus cigarros.

  —Sí, mucho.

  —Se te nota, progresas rápido. Si sigues así, pronto dejarás de ser aprendiz para convertirte en oficial. Sí, en todo un oficial, con un buen sueldo que llevar a casa. Tus padres se sentirán muy orgullosos de ti.

  —Gracias, Alonso… algún día me gustaría pertenecer a tu cuadrilla, cuando te conviertas en maestro.

  —Lo conseguirás, Juanillo, lo conseguirás… Y ahora tendrás una buena oportunidad de demostrarlo. Mañana comenzamos a trabajar para la Real Sociedad de Tiro de Pichón, van a mejorar sus instalaciones en El Carambolo. Se trata de gente de dinero y he ajustado un buen pago. Por allí pasa lo mejorcito de Sevilla, si lo hacemos bien nos lloverá el trabajo.

  —¿Tiro de Pichón?

  —Sí, sueltan palomas zuritas y las tiran con escopeta. Gana quien más mata.

  El Carambolo era un cerro encaramado sobre la primera cornisa del Aljarafe, situada a unos tres kilómetros de Sevilla. Desde su altura se dominaba la ciudad entera y sobre la explanada de su cima se encontraban las instalaciones del club, que iban a ser ampliadas y mejoradas para ser sede de una importante competición. Recuerdo que el arquitecto de las obras se llamaba Medina Benjumea.

  —Hace dos mil años —nos contó el arquitecto durante el descanso de la hora del bocadillo—, el mar llegaba hasta ahí abajo. Sevilla, se llamaba entonces Spal y estaba prácticamente en la desembocadura del Guadalquivir, que se conocía como río Tartessos. Desde aquí arriba se podrían ver los barcos fenicios que llevaban la plata de Tartessos hasta el Templo del Rey Salomón.

  Las viejas historias me fascinaban. Desde mi más tierna infancia mi madre me contó cientos de ellas, de templos romanos y princesas moras, de aparecidos y de tesoros escondidos. Pero nunca me habló de Tartessos ni de la plata del rey Salomón.

  Dormía, junto a otro aprendiz, en una humilde fonda en el cercano pueblo de Camas, donde me recogían todas las mañanas para acudir al tajo. Regentaba la pensión —en verdad apenas dos cuartuchos al fondo de un corral— una vieja llamada Mercedes. Mientras nos servía la mesa —potaje de garbanzos todas las noches— la dueña nos preguntaba por nuestros quehaceres.

  —Dicen —nos contó cuando le dijimos por vez primera que trabajaríamos en el Cerro del Carambolo— que ahí se encuentra escondido un tesoro antiguo.

  —¿De los moros? —le pregunté interesado.

  —No lo sé. Sólo sé que dicen que es muy, muy antiguo… Mis abuelos ya contaban que se trataba del tesoro más rico de toda España…

  —¿Y por qué no lo buscan? —preguntamos ansiosos…

  —Niños, debéis aprender una lección que os servirá para la vida. Los tesoros no se buscan, los tesoros aparecen. No olvidad esto nunca.

  Mientras trabajábamos en las obras recordé con mucha frecuencia las palabras de Mercedes. ¿Y si la leyenda del tesoro era cierta? Una mañana le saqué el tema a mi jefe.

  —Alonso, dicen que aquí hay escondido un tesoro antiguo. Me lo ha dicho Mercedes, que ya se lo contaban sus abuelos.

  —Tonterías de viejas. Si existiera, ya lo habrían encontrado. Seguro que muchos de los inocentes que creen esas paparruchadas habrán hechos agujeros por todos estos alrededores… Además, el Tiro de Pichón ya compró estos terrenos en 1940… Tiempo ha tenido de aparecer. No, no creo que exista.

  Pero ni siquiera el respeto que le tenía a mi maestro Alonso pudo contener mi imaginación: seguía soñando con ser el descubridor del tesoro fabuloso que las leyendas del lugar consagraban.

  —¿Sabes? —me dijo Alonso una mañana—. He soñado con tu dichoso tesoro… ¡Al final me has contagiado tu obsesión, chaval!

  Me sentí halagado por aquellas palabras que evidenciaban que se tomaba en serio mis palabras. Ese día, nos pidieron que detuviéramos un rato nuestro trabajo, pues no querían que hiciéramos ruido mientras el presidente del club dirigía unas palabras a un grupo de gente elegante y bien acicalada:

  «Tras la ampliación, gozaremos del mejor club de Tiro de Pichón de toda España, como demostraremos en el próximo Mundial que preparamos. Llevamos aquí dieciocho años, y poco a poco hemos ido mejorando nuestras instalaciones. Nos sentimos muy orgulloso de nuestra actividad deportiva y social. Para los que de ustedes no lo sepan, fueron los ingleses los que reglamentaron este deporte a mediados del siglo pasado. En 1864 se fundó la Real Sociedad de Tiro de Jerez de la Frontera, decana de las sociedades españolas. La segunda en fundarse fue la nuestra, la de Sevilla, en 1873. Después de muchos años sin sede fija, adquirimos por fin estos terrenos en 1940. Como pueden apreciar, gozan de unas vistas insuperables. El presidente que los compró me contó que cuando firmó las escrituras de compra, los vendedores le narraron que, según una leyenda, escondía un tesoro antiguo. Y, ahora, bien podemos decir que esas voces populares tenían razón. ¡Este club es un auténtico tesoro y somos nosotros los que podremos disfrutarlo! Y ahora, con la ampliación y la piscina, estaremos bien preparados para acoger los mundiales de 1960. ¡Seguro que será todo un éxito!».

  Mientras los asistentes aplaudían comedidos las palabras del presidente, Alonso y yo nos miramos incrédulos. ¡Hasta la gente importante hablaba del tesoro!

  —Niño —me comentó Alonso una mañana mientras desayunábamos—, que he vuelto a soñar con el dichoso tesoro y, no sé, tengo como una intuición…

  Ese día, proyectábamos hormigonar una terraza, que ya teníamos rebajada, nivelada y dispuesta para recibir la mezcla. Lo recuerdo todo como si hubiera ocurrido ayer mismo. Era el 30 de septiembre de 1958 y la mañana había amanecido fresca. Cuando nos disponíamos a comenzar la tarea, apareció el arquitecto. Venía con prisas, al parecer tenía que irse enseguida para el aeropuerto. Al llegar hasta nuestro tajo, se quedó observando la explanada que habíamos realizado y, algo disgustado, se dirigió al maestro.

  —No me gusta. La terraza queda al mismo nivel que esas ventanas, no tiene sentido. Tendréis que rebajar el nivel unos quince centímetros más, para que el suelo quede por debajo de los ventanales.

  —Pero… —comenzó a protestar mi jefe, ante la carga adicional de trabajo que caía sobre nosotros—, si ya habíamos acordado que lo dejaríamos a esta altura.

  —No tengo tiempo de discutir, que pierdo el avión. Lo rebajas quince centímetros más y después ajustamos las cuentas.

  Medina Benjumea, sin apenas pronunciar alguna otra palabra, salió raudo para el coche que le esperaba.

  —Bueno, ya lo habéis escuchado. Habrá que rebajar un poco esta terraza, así que dejamos por ahora el hormigón y nos ponemos todos con el pico y la pala.

  Apenas si había clavado Alonso un par de veces el pico en el suelo cuando sonó un ruido metálico. Lo vi agacharse, extrañado, y remover con curiosidad la tierra. Pareció encontrar algo y lo sacudió para limpiarlo. Como quiera que no lograra adivinar de qué podría tratarse, Alonso se acercó hasta un cubo de agua para enjuagarlo. Solo entonces lo escuchamos gritar.

  —¡Es dorado! ¡Es como un trozo de tubo! ¡Parece oro!

  De inmediato, todos los de la cuadrilla acudimos a su vera.

  —Mirad —nos dijo una vez que los hubiera limpiado con más detenimiento—. Parece una ajorca grande, o un brazalete de metal…

  —¿Será de oro? —pregunté sonriente—. ¿Será el tesoro?

  —Anda, niño, que ya estás otra vez con tus fantasías —me ridiculizó otro de los albañiles—. Seguro que es una pieza de latón que alguien enterró aquí. ¡Los tesoros sólo existen en las novelas!

  —Puede que encontremos más piezas. Además, parece que a ésta se le ha caído un adorno, seguro que está debajo… —afirmó Alonso como en trance, mientras cogía una azada para continuar excavando.

  Todos nos situamos a su alrededor, para ver qué ocurría. Alonso excavaba con cuidado mientras que los demás lo observábamos con atención. Yo tenía entre mis manos la pieza a la que los rayos de sol lograban sacar un brillo deslumbrante. Recuerdo que pesaba bastante, por lo que no podía ser de latón, como alguno había afirmado. Mi intuición alborozada me decía que se trataba de oro, y que era la primera pieza del tesoro antiguo que la leyenda pregonaba. El grito de Alonso me sacó de mi ensimismamiento.

  —¡Parece que he roto un tiesto de barro!

  En efecto, sostenía en la mano lo que parecía un trozo de cerámica antigua, en muy mal estado de conservación. Se agachó y comenzó a remover la tierra. Pronto sacó otra pieza similar a la anterior mientras gritaba:

  —¡Hay más, hay más!

  Me acuclillé a su lado, y, con sumo cuidado, fuimos retirando tierra, hasta dejar a la vista un grupo de piezas. El barro adosado impedía que pudiésemos advertir con claridad de qué podían tratarse. Aceleradamente, tanto Alonso como yo las fuimos retirando, sin poner demasiado cuidado en la tarea. Mientras las piezas pasaban de mano en mano por todos los hombres de la cuadrilla, nosotros seguimos escarbando a la busca de más piezas, sin percatarnos que, en nuestra alocada búsqueda, fraccionamos el lebrillo cerámico que durante miles de años las había contenido. Pero eso lo supe después, cuando los arqueólogos nos hicieron saber de la valiosa pérdida de información que la desaparición del tiesto había supuesto. Pero en el momento del descubrimiento, simplemente estábamos ansiosos por desenterrar más y más piezas. Tras comprobar que ya las habíamos sacado todas, nos dispusimos a lavarlas con atención y asombro. No éramos conscientes de la importancia de aquel momento. De hecho, sólo Alonso y yo defendíamos que se trataba de un importante tesoro. Los demás dudaban o, como el caso de aquel albañil de Castilleja de la Cuesta, abiertamente nos despreciaban por ilusos.

  —¿Un tesoro? ¿Estáis locos? ¿Aquí, en el Tiro de Pichón?

  —Los viejos ya nos contaron que aquí se encontraba enterrado un antiguo tesoro —intervine—. ¿Por qué no podría ser éste?

  —Anda, niño, que tienes más fantasía que el cómico de la feria de mi pueblo. Seguro que son piezas de latón o de hojalata, que alguien tiró aquí hace un tiempo y que la tierra tapó. ¡Mira!

  Y entonces, para nuestro espanto, cogió una de las piezas, que parecía una piel de toro extendida y, al presionar con toda su fuerza desde sus extremos, logró quebrarla:

  —¿Lo veis? —gritó ufano—. ¡No es más que latón!

  Pero lo que vimos, en el corte de la pieza quebrada, fue un brillo dorado, como si de oro puro se tratara. Observé el corte, y, asombrado, pude comprobar cómo el metal refulgía intacto, sin mancha alguna ni resto de contaminación. Se trataba de un metal inalterable al paso del tiempo… y, según decían, eso solo ocurría con el oro.

  —¡Es de oro, es de oro! —grité—. ¡Es el tesoro, es el tesoro, por favor, tened cuidado!

  Mis gritos serenaron al grupo. Alonso, investido por la autoridad de haber sido él quien lo hubiera encontrado, tomó la voz por todos.

  —Sí, tenemos que tener mucho cuidado con estas piezas, hasta comprobar qué son, en verdad. Vamos a lavarlas con delicadeza. Y, después, veremos qué hacemos con ellas.

  Al retirarles la tierra, las piezas brillaron bajo el cielo azul del Aljarafe. Y entonces fuimos conscientes de que se trataba de un tesoro, de un gran tesoro. Nos miramos los unos a los otros nerviosos, sin saber ni que decir, ni que hacer. Uno de los oficiales fue el primero que se atrevió a proponer:

  —¿Y si nos lo repartimos? ¡Son muchas piezas, cada uno de nosotros se podría llevar alguna!

  —¡Eso —le apoyó otro—, y que cada uno haga lo que quiera con ellas, que la guarde para sus nietos, que la venda o que la funda, para regalarle unos pendientes a su mujer!

  Aquella dinámica comenzó a preocuparme. Era aún muy joven, no sabía nada de leyes, pero algo en mi interior me advertía que no haríamos bien si hacíamos desaparecer aquel descubrimiento. Gracias a Dios, Alonso hizo volver al grupo a la cordura.

  —Pero… ¿estáis locos? ¿Es que queréis que acabemos todos en la cárcel?

  —¿Qué hacemos, entonces?

  Durante un rato, discutimos entre nosotros qué hacer. No éramos conscientes de la trascendencia del descubrimiento ni, mucho menos, de que nuestra determinación condicionaría el conocimiento de nuestro pasado. No era nada fácil la decisión. En aquel momento, ya sabíamos que estábamos ante un tesoro que podía ser muy valioso y nosotros necesitábamos el dinero de manera imperiosa. La tentación era muy fuerte, máximo en aquellos tiempos en los que no se le daba ninguna importancia a la arqueología y en los que el patrimonio arqueológico no estaba protegido lo suficiente.

  Por hacer corta la historia, después de muchos tiras y aflojas, acordamos repartírnosla, aunque, al final, por una mezcla de miedo y de responsabilidad, pasados unos días, decidimos entregar todas las piezas a la dirección del Tiro de Pichón, solicitando, eso sí, que se nos tuviera en cuenta el hecho de haber sido sus descubridores. El presidente de la sociedad nos felicitó por nuestra decisión y prometió que nos tendría informados de todo lo que a las piezas se refiriera. Y, como ya contaré, la verdad es que cumplió su palabra.

  Pero, antes de continuar con esta historia, quiero reconocer la sensatez de Alonso y de toda mi cuadrilla. Estoy seguro de que en otras muchas ocasiones, los tesoros han desaparecido para siempre y que, en nuestro caso, a pesar de ser obreros humildes y casi analfabetos, supimos estar a la altura de las circunstancias y entregar esas piezas para que pudieran ser conocidas por todos. Espero que la historia también nos haga un pequeño hueco en el recuerdo de este inmenso tesoro.

  La directiva de la Sociedad de Tiro de Pichón puso el tesoro de manera inmediata en conocimiento de las autoridades, que solicitaron la intervención del catedrático y arqueólogo don Juan de Mata Carriazo, la máxima autoridad sobre la materia del momento. Me consta que el académico otorgó desde un principio la mayor importancia al descubrimiento. Lo estudió en detalle y, tras concluir sus indagaciones e investigaciones, realizó un entusiasta informe que sería el trampolín a la fama universal del tesoro. En él, se describe con maestría el descubrimiento: «El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2,950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo». El profesor estableció que las joyas fueron labradas entre los siglos VIII y III antes de Cristo. Y, finalmente, Carriazo afirmó que se trataba de «un tesoro digno de Argantonio, el legendario rey de Tartessos».

  Mata Carriazo fue uno de los grandes impulsores de la investigación sobre Tartessos. En los años 50 también hizo un importante descubrimiento en el Jueves, un mercadillo tradicional sevillano, al identificar una pieza de bronce como un bocado tartésico-fenicio que representaba a la diosa Astarté, datándolo sobre el año 600 antes de Cristo. Con estas líneas quiero brindarle un pequeño homenaje a su figura porque gracias a él, Tartessos encontró un sitio entre las prioridades de la arqueología hispana.

  El descubrimiento del tesoro de El Carambolo se convirtió en una noticia internacional y sus fotografías se reprodujeron en miles de periódicos del mundo entero. Recuerdo el orgullo que experimentaba cada vez que leía algo sobre las joyas tartésicas. De alguna manera, yo también había sido su descubridor. En muchas ocasiones, recordé las palabras de la vieja Mercedes, los tesoros no se buscan, los tesoros aparecen. Y así había sido en nuestro caso, al menos. Parecía que nos había estado esperando, predestinados a encontrarlo. ¿Por qué apareció ese día, tan súbitamente, el arquitecto? ¿Por qué nos ordenó rebajar otros quince centímetros? Se trató del destino, sin duda, que quería que el tesoro volviera a ver la luz. Sin tanto cúmulo de azares, el tesoro seguiría ahora oculto bajo una capa de hormigón que quizás, nadie, nunca, hubiera levantado jamás.

  ¿Y qué decir del tesoro? Pues que aparte de su antigüedad y riqueza, sorprendió por el esmero de su trabajo de orfebrería. El orífice utilizó técnicas de cera perdida, laminado, troquelado y soldado, y algunas de las piezas tuvieron que llevar engarzadas piedras semipreciosas, ahora desaparecidas. Aparte de las láminas y de los pectorales, llamó la atención el colgante de sellos con los que se acreditaría una importante firma oficial.

  Después de muchas dudas y disputas oficiales, el Ayuntamiento de Sevilla lo compró en 1964 al pagar un millón de pesetas por él. Así, lo pudo obtener en propiedad y evitó que fuera trasladado al Museo Arqueológico Nacional. Todas las partes cumplieron sus promesas y ese importe, muy elevado para la época, le fue entregado a Alonso Hinojos. Alonso, en un gesto digno y generoso, ordenó repartir esa fortuna entre todos los miembros de la cuadrilla y entre el personal de guarda del Tiro de Pichón, lo que supuso dividirla entre treinta y una personas. Así era Alonso, con el que aún trabajaría unos cuantos años más. Ojalá, en esta Andalucía nuestra, hubiera muchos más como él. Otro gallo nos cantaría.

  El ayuntamiento de Sevilla, temeroso ante la enorme responsabilidad de poseer el mayor tesoro encontrado nunca en suelo español, decidió finalmente encargar dos copias exactas a Marmolejo, el orfebre más famoso de la ciudad. El original se custodia en la caja fuerte de un banco, mientras que una de las copias se exhibe en el Museo Arqueológico Provincial y la otra en el mismo Ayuntamiento. Todavía hoy, casi sesenta años después, continúan las polémicas entre las instituciones para ver a quién corresponde su custodia y titularidad.

  Pero también siguen las discusiones por la interpretación del tesoro. Si al principio decían que era tartésico, ahora algunos investigadores afirman que se trata en verdad de un tesoro fenicio. Otros dicen que las joyas no eran ni para los sacerdotes ni para los reyes, sino que, en verdad, eran adornos para los bueyes que iban a ser sacrificados en el templo. No sé quién tendrá la razón, aunque yo, por haberme criado en el campo, bien raro veo que a un buey le pongan adornos tan ricos y costosos. Que una cosa son campanitas y trapos de colores y otra bien distinta, piezas de oro labrado. Pero en fin, yo sólo soy un pobre jubilado y corresponde a los científicos y arqueólogos desentrañar ese pasado fastuoso que continúa asombrándonos.

  Intuyo que el Tesoro del Carambolo aún guarda grandes secretos que desentrañar, pero, como ya me dijera Mercedes, a los misterios del pasado le ocurre como a los tesoros, que no se les encuentra, sino que aparecen. Yo puedo morir en paz, pues a mí se me apareció el más importante que vieran los siglos en estas tierras de María Santísima.

La búsqueda de Schulten

Septiembre de 1926. Coto Doñana. Huelva.

    Antepenúltimo día de excavación.
 

  Esto no hay quien lo aguante. Llevamos varias jornadas con temperaturas superiores a los cuarenta grados. Un tórrido infierno cuyo tormento se prolonga por la noche a causa de las picaduras de los mosquitos. Dicen los del lugar que nunca conocieron tantos y con tanta capacidad de contagio. Varios de mis hombres han enfermado de malaria y han tenido que retirarse a hospitales de Huelva y Sevilla. Mala suerte, todo se conjuga en contra de mi proyecto. Debo encontrar Tartessos y me queda muy poco tiempo para conseguirlo.

  —¡Maldita sea! —me escuchan exclamar mis hombres con frecuencia—. ¡Tiene que estar aquí, Tartessos debe ocultarse bajo estas arenas y nosotros vamos a descubrirlo!

  Mis peones no faenan ya con el entusiasmo de los primeros días, y eso que este año hemos cambiado el método de trabajo. En vez de excavar a pico y pala las trincheras con las que descarnamos el terreno durante las campañas de 1923 y 1924, este año hice traer una máquina perforadora que nos permite hacer sondeos de hasta diez metros de profundidad. Así podemos prospectar más superficie en menos tiempo. ¡Qué epopeya fue la de traer el ingenio perforador, entre dunas y pinos, hasta este lugar imposible del Cerro del Trigo! Pero con un esfuerzo titánico de personas y bestias logramos la proeza. Proeza inútil, hasta ahora. La campaña se alarga sin que hayamos obtenido más que unas cuantas monedas en el fondo de casas y balsas romanas. Y el tiempo que el Marqués de Tarifa me concedió para las excavaciones se acaba sin que pueda presentar resultado alguno. Pero no desespero porque sé que Tartessos me está esperando cerca, muy cerca. Sólo tengo que seguir insistiendo, y la gloria de su descubrimiento me corresponderá para siempre.

  —Señor Schulten —me dice Pérez, el encargado, siempre correcto y respetuoso—. Hace rato ya que terminó el tiempo del jornal. No podemos pedir más a los peones. Ha hecho mucho calor y han trabajado durante horas.

  —Tienes razón, finalizamos por hoy… —respondí de mal humor, consciente de que mi última oportunidad se agotaba.

  Sólo me quedan ya dos días de excavación. Sólo dos jornadas más de trabajo para tratar de encontrar algún indicio de que bajo estas arenas del Coto de Doñana se oculta la gran ciudad de Tartessos. Si no consigo algo importante, solvente, me temo que el Marqués no me renovará el permiso para próximas campañas y mi fracaso se habrá consumado. Y eso, no lo pienso consentir. Es cierto que tengo cierta dificultad de trato con los españoles, pero eso no excusa al noble propietario de este terreno de su responsabilidad ante la primera y más misteriosa de las civilizaciones de Occidente.

  Esta noche apenas si tomo un bocado como cena, sentado en una de las chozas de cubierta vegetal típicas de la zona. Tanto para los peones como para los técnicos de la investigación hemos habilitado unas funcionales tiendas de campaña que reúnen unas condiciones dignas para el remoto lugar en el que nos encontramos. Yo podría haberme ido cada tarde a dormir al cortijo-palacio de los señores, pero supondría una hora de cabalgada y alejarme de la excavación. No, yo prefiero pernoctar con los trabajadores junto al yacimiento. Así vigilo a las piedras y a los hombres, siempre tan dados en estas latitudes al vino y a esa extraña música que llaman flamenco y que es un hondo lamento. A mí, aficionado a nuestra gloriosa música clásica, esos cantes me parecen salvajes, irracionales, primitivos… aunque debo reconocer que en algunos momentos me producen una emoción especial… No sé, quizás algún día investigue el origen del cante flamenco, un enigma más de esta tierra misteriosa. Pero ahora debo concentrarme en Tartessos. Quiero ser su descubridor.

  Me siento a la puerta de la choza y me asombro de lo atrasado de este rincón del sur de España. El otro día, un periodista me preguntó que por qué un brillante catedrático alemán como yo y descubridor, además, de la ciudad celtíbera de Numancia, se pudría en estas marismas infectas de mosquitos y malaria. Mi respuesta fue torpe, me limité a contestar que estaba seguro que aquí se encontraba Tartessos y que el riesgo y la incomodidades eran compañeras ciertas de los grandes descubrimientos arqueológicos. Pero mi explicación me pareció superficial e insuficiente. En el fondo, es por algo más. Por eso, he decidido hacer unas anotaciones simples a modo de autobiografía urgente que justifique ante un posible lector —y desde luego ante mí mismo— mi insistencia en excavar en estas tierras perdidas de la mano de Dios. Alumbrado por la luz de una lámpara de carburo, comienzo a escribir con letra firme:

 
    Me llamo Adolf Schulten y nací en el seno de una familia acomodada alemana en 1870. De natural inquieto, desde niño me fascinaron las historia antiguas. Recuerdo como, en mi infancia, escuché embelesado el descubrimiento de la mítica ciudad de Troya por mi compatriota Schliemann gracias a que había sabido interpretar correctamente los textos clásicos de la Ilíada de Homero. Desde entonces arraigó en lo más hondo de mis entrañas la pasión por las lenguas y la historia clásica y su arqueología. De alguna forma, desde mi adolescencia, soñé en convertirme en un nuevo Schliemann.

    Excelente estudiante, me formé en las mejores universidades alemanas, Gotinga, Bonn y Berlín. Conseguí el doctorado a los veintidós años y, desde 1909, la plaza de catedrático de Historia Antigua de la universidad de Erlangen. Tras doctorarme, obtuve una beca del Instituto Arqueológico Alemán para visitar Italia, Grecia y África del Norte. Viajé durante varios meses durante los años 1894 y 1895. Visité cuantas ruinas pude y me empapé de la estética clásica. Pocos años después, en 1899, viaje por vez primera a España y debo reconocer que quedé enamorado del país, a pesar del atraso y de la rudeza de sus gentes. Siempre había escuchado que África comenzaba en los Pirineos y pude comprobarlo desde mi primer viaje. Era la española una cultura atrasada, pero hospitalaria y exótica. Nunca llegaría a comprenderla del todo, sobre todo esa inagotable energía que muestran los españoles en luchar y destruirse los unos frente a los otros. Siempre pensé que malgastan su enorme creatividad en estériles luchas intestinas. Desde antiguo, conviven en su interior unas poderosas energías destructivas, una pena sin remedio.

    Sea como fuere, el caso es que tras esa primera visita, me propuse regresar pronto, lo que conseguí en 1902 interesado por la posible ubicación de la heroica ciudad de Numancia. Tras deambular por el terreno y leer los textos clásicos deduje el lugar dónde debía encontrarse la ciudad que nunca se rindió a los romanos, en una gesta heroica sin precedentes. Los cuatro mil habitantes de la ciudad fueron sitiados por sesenta mil legionarios y tras un prolongado sitio, prefirieron morir todos antes que rendirse. Mi espíritu exaltado vibraba con aquel colosal sacrificio tan heroico como inútil y quise encontrar la ciudad de los celtíberos valientes. Excitado ante la posibilidad de confirmar mi tesis, comencé a hacerme ver por los círculos de influencia política y económica de mi país, hasta conseguir el apoyo suficiente como para iniciar en 1905 la excavación sistemática del lugar en el que yo pensaba que se encontraba las ruinas de Numancia, coincidiendo con una visita del rey Alfonso XII, que me honró con un ágape al finalizar la jornada. Mis credenciales eran excelentes, no en vano el propio káiser Guillermo II financió parte de mis trabajos en la ciudad soriana.

    A pesar de que algunos intentan poner en duda mis logros, debo reiterar en estas líneas en las que me sincero, que soy el descubridor y primer excavador de Numancia y de los campamentos romanos que la sitiaron. Por la lectura de los textos clásicos no tardé en percatarme que bajo la ciudad romana debía encontrarse la ciudad celtíbera. Por eso, con la ayuda de seis hombres, comencé las excavaciones y apenas si tardé cinco horas en encontrar el nivel celtibérico bajo la ciudad romana. Todos conocían los restos de Roma, nadie había demostrado que bajo ellos se encontraba la Numancia celtibérica. Muchos cuestionan mi descubrimiento de Numancia, afirmando que desde siempre se conocían aquellas ruinas. Falso. Nadie había publicado que se trataba de la ciudad celtíbera y yo lo hice. Me corresponde a mí el honor del descubrimiento. Durante varias campañas entre 1905 y 1914 saqué a la luz los restos y la historia de aquella ciudad salvaje que no se rindió ante el poder romano y de los campamentos que la sitiaron. Mis publicaciones sobre la ciudad tuvieron un gran éxito académico en Alemania y me concedieron el gran prestigio que todavía gozo hoy en día.

    Mientras excavaba en Numancia y en sus campamentos romanos, comenzó mi interés por Tartessos. Viajé en dos ocasiones a Sevilla, en 1906 y 1910, para acercarme al territorio tartésico, como posteriormente narraré.

    Por aquel entonces trabajé como un poseso. Cuando no excavaba, leía, estudiaba y escribía hasta el mismo límite de mis fuerzas. Mi total dedicación tuvo altos costes familiares. Me casé en 1903 y me divorcié en 1913, dejando a mis hijas al cuidado de su madre. Entre la dulzura del hogar y la rudeza excitante de la arqueología, opté por la segunda. Algunos españoles, siempre dados a la exageración y la chanza, hicieron cundir el rumor malvado de que la cambié por los celtíberos…
 

  Dejo de escribir estas notas biográficas, estoy cansado. Mañana será otro día intenso de trabajo. Ojalá tengamos mejores resultados. Apago la lámpara y me dispongo a dormir en el humilde jergón que habilité en un extremo de la choza. Espero que esta noche los malditos mosquitos nos concedan una tregua que nos permita dormir en paz.

 
    Septiembre 1926. Coto de Doñana.

    Huelva. Penúltimo día de excavación.
 

  Finaliza nuestra agotadora jornada sin que ningún sondeo arroje nada indiciario de la presencia de Tartessos. ¿Cómo puede ser? Repaso una y otra vez mis anotaciones, releo los textos clásicos, vuelvo a los trabajos previos de Jorge Bonsor y todos me confirman que Tartessos debía estar por aquí. ¿Por qué no lo encuentro, entonces? ¿Qué demonios falla?

  No me puedo permitir el desfallecer. Quizás sea mañana, el último día de excavación, cuando logremos ese gran hallazgo que hará historia. Al fin y al cabo ya nos ocurrió en nuestra primera campaña de excavación, la de 1923, en la que todavía colaborábamos Bonsor y yo. Cuando quedaba tan sólo un día para finalizar los trabajos, encontramos el anillo de oro con extrañas inscripciones que concedió notoriedad a nuestra excavación al resultar reseñada, incluso, en la Revista de Occidente. Los españoles afirman que «cuando menos te lo esperas, salta la liebre». Yo prefiero el dicho alemán de que la suerte alumbra al que la trabaja. Y yo la trabajaré hasta el último segundo.

  En España existen buenos arqueólogos, pero todavía siguen en la cultura del XIX. Son más eruditos de gabinete que excavadores de campo. Yo creo que un arqueólogo debe realizar personalmente sus excavaciones y registrarlas científicamente. Ahora bien, ¿de qué me servirá todo mi método si al final no localizo la ciudad perdida? Bonsor era el mejor, el más parecido a mí. Nuestra rivalidad por encontrar Tartessos nos hizo competir por los permisos de excavación. Recuerdo una conversación que tuve con mi amigo y aliado el duque de Alba, en su Palacio de las Dueñas de Sevilla.

  —¿Adolf, cuándo comenzaste tu relación con Bonsor? —me preguntó directamente el duque mientras tomábamos el aperitivo en un maravilloso patio renacentista.

  —Mi relación personal con él —respondí extrañado por el súbito interés del marqués— comenzó en 1910, aunque lo había conocido antes, durante alguno de mis fugaces viajes al sur. Bonsor me trasladó su convicción de que Tartessos existía, tomando por buenas las fuentes clásicas. Era consciente de que esa idea levantaba muchas suspicacias y reacciones en contra, pero a él no le importaba. Por eso le admiré.

  —Tengo entendido que en 1910 realizasteis una primera prospección en el Coto de Doñana, ¿es cierto?

  —Sí. Ese año obtuve un importante patrocinio del mismísimo Káiser Guillermo II. Monarca piadoso, estaba muy interesado en localizar la Tartessos bíblica. Y con ese dinero y con la ayuda de Bonsor y de otros colaboradores, organicé una primera visita de prospección al Coto de Doñana Nuestro objetivo era reconocer los alrededores del poblado de Torre Carbonera, donde, según todos los estudios basados en fuentes clásicas, debía encontrarse Tartessos. Partimos desde Sanlúcar de Barrameda y anduvimos dieciocho kilómetros de playa hasta llegar hasta el lugar que prospectamos sin ningún éxito. Regresamos de nuevo a pie hasta Sanlúcar, por lo que ese día marchamos treinta y seis kilómetros; nos costó varios días recuperarnos. Ahora bien, el paisaje, la naturaleza salvaje y el paisaje mítico compensaron el esfuerzo realizado.

  —Resulta bien curiosa esa relación de Tartessos con la Biblia…

  —Tartessos, o Tarsich, sale citada en varias ocasiones en los textos bíblicos. De aquí partió la plata que enriqueció el Templo del rey Salomón, por ejemplo.

  Recuerdo que callamos entonces. El duque parecía reflexionar sobre el contenido de nuestra conversación. Como quiera que el silencio se prolongara, quise retomar la charla. Sabedor de su afición por la tauromaquia, le conté una anécdota acontecida en los días previos a la partida de la expedición de 1910.

  —Por cierto, justo antes de ese viaje asistí aquí, en Sevilla, por vez primera en mi vida a una corrida de toros y pude percatarme de la relación que existe entre el culto al toro de la Creta minoica y de Tartessos. Los españoles de hoy de hoy siguen venerando al toro por herencia de los antiquísimos ritos tartésicos y quién sabe si atlantes.

  En aquella ocasión, acerté con mis palabras. El Duque pareció apasionarse por el tema y, un buen rato después, pronunció las palabras que yo deseaba escuchar, la llave que abriría el camino hacia mis sueños.

  —Adolf, cuenta con todo mi apoyo para tus investigaciones en Doñana. Intercederé por ti ante mi buen amigo el Marqués de Tarifa, y no cejaré en el intento hasta conseguirlo. Si Tartessos está en Doñana… ¡tú serás su descubridor! ¡No puedes dejarle esa gloria a Bonsor en exclusiva!

  Mis relaciones con Bonsor, que fueron excelentes desde 1910, se fueron complicando poco después, en paralelo al clima enrarecido que se vivía en Europa y que culminaría con el desastre de la Primera Guerra Mundial. Jorge Bonsor, como francés-inglés, era un firme defensor de los intereses aliados, mientras que yo me posicionaba vehemente a favor de mi admirado káiser Guillermo II.

  Sacudo mi cabeza. Bonsor no me interesa. Ahora, lo importante es planificar correctamente el día de mañana, para que sea lo más útil posible. Tras un buen rato de trabajo en la soledad de mi choza, decido buscar consuelo en mis breves y urgentes notas biográficas.

 
    Desde 1912 el ambiente de trabajo se había complicado. Todo eran suspicacias, recelos… En el mismo gobierno se dividían entre anglófilos y germanófilos. Como yo representaba los intereses científicos del imperio alemán, fui rechazado en muchos ambientes. Comprendí que así no podría seguir trabajando y decidí regresar a mi país. Hice bien, porque por aquel entonces mis muchos enemigos comenzaron a extender el bulo de que yo realizaba tareas de espionaje para el káiser, de ahí su financiación y mi interés por la localización de puntos estratégicos en la costa. ¿Espía yo? Qué absurdo, no lo fui en la vida. Obsesionado como estaba por mis lecturas e investigaciones del pasado remoto, apenas si llegué nunca a comprender el tiempo europeo que me tocó vivir y, todavía menos, la política española, tan errática e irracional ante mis ojos. Pero debo reconocer que sobre mí pesó la leyenda negra del espionaje. Una posible explicación quizás fuera la de mi temprana obsesión por la cartografía. Ya en mis primeras excavaciones en Numancia me hice acompañar por el cartógrafo militar Lammerer, que me resultó de gran utilidad y al que recomendé vivamente a muchos otros arqueólogos españoles, ya que sin buenos planos, la arqueología como ciencia no podría nunca haber avanzado. Lammerer, que llegaría posteriormente al rango de general, era muy meticuloso y sus planos insuperables. Trabajador incansable, levantaba planos de las ruinas, de sus inmediaciones y de las poblaciones cercanas. Siempre, salvo en esta última aciaga campaña, me acompañó. Cuánto lo echo de menos; se presencia me reconfortaba, me daba garantía de un trabajo preciso y excelente y de una conversación culta e inteligente de la que ahora carezco.

    Cuando, estando ya en Alemania, estalló la I Guerra Mundial, recibí la orden reclutamiento para ir al frente. Tenía cuarenta y ocho años, hubiera sido carne de cañón. Moví mis influencias y logré evitar el ir a filas. No me avergüenzo de mi acción, en mi caso se trató de un error que logré subsanar. Una vez finalizada la Gran Guerra regresé a España, invitado por profesores de Barcelona. A partir de ese momento mis mecenas fundamentales fueron Bosch Gimperá y Pericot, dos prohombres de la arqueología a los que les estaré eternamente agradecido. Y fue entonces cuando, por vez primera comencé a trabajar sobre el terreno los textos de la Ora marítima de Avieno, que tanta influencia tendría ya para siempre. Traduje al español esa obra maravillosa, que narra el periplo de un marino de Marsella del siglo VI antes de Cristo a lo largo de toda la costa española. Y mientras lo traducía, me asombraba de la cantidad de datos precisos y localizaciones que aportaba y comprendí que ese libro era una fuente de primer orden para localizar las ciudades allí ubicadas, sobre toda la ciudad de mis sueños, Tartessos.

    Había un trabajo científico que realizar, y era el relacionar los textos clásicos con la cartografía, identificar la geografía real con esas fuentes clásicas que algunos todavía consideraban como simples fantasías y mitos. Y me puse manos a la obra y con el patrocinio del Instituto de Estudios Catalanes —gracias al apoyo de Cambó—, logré la financiación del proyecto. Partimos en nuestro buque de investigación desde el Cabo de Creus hasta llegar a Andalucía. ¿Cómo habían podido despreciar los eruditos españoles la Ora marítima? La escuela alemana de arqueología ya había demostrado, y ahí está el caso de Schlieman con Troya, que los textos clásicos encierran entre sus líneas la respuesta a muchos de los secretos que hoy nos atormentan. Pero claro, para utilizarlos, antes es necesario conocerlos, traducirlos, depurarlos… un trabajo ingente al que muy pocos están dispuestos. Yo sí. Por eso propuse a Bosch Gimperá una obra fundamental que será determinante para el conocimiento de la Hispania antigua. Se trataba, ni más ni menos, que recopilar y traducir todos los textos clásicos y alto-medievales que hagan mención a España. Titulamos el magno proyecto como Fontes Hispaniae Antiquae, obra que se prolongaría durante varios años y que ocuparían, al menos, una docena de volúmenes. Cuando aprobaron el proyecto estuve exultante de alegría. Mi contribución a la arqueología y la historia española ya era importante: además del descubrimiento de Numancia y la traducción y constatación geográfica de la Ora Marítima acababa de impulsar el colosal trabajo de erudición de conocer todas sus fuentes clásicas. Ya sólo me faltaba conseguir mi gran ambición, cumplir mi gran sueño. Ser el descubridor de Tartessos.

    En 1920 volví a recorrer las costas andaluzas y las marismas en busca del rastro de Tartessos. Algunos me acusaban de loco, buscador quijotesco de paraísos perdidos, enajenado por una utopía imposible… Esas críticas me resultaban indiferentes. Yo sabía que Tartessos existía y que estaba aguardando a quien quisiera volver a sacarlo a la luz.

    Por esa época colaboré con César Pemán, hermano de un famoso poeta llamado José María, con el que recorrí concienzudamente el borde de la actual marisma, donde tuvo que estar la línea de costa en época tartésica y sobre la que localizamos docenas de yacimientos. César creía que Tartessos debía encontrarse bajo las ruinas romanas de Mesas de Asta pero yo deseché la idea, ya que el lugar no coincidía con la descripción de Avieno. Visité de nuevo el Coto de Doñana ese mismo año, comprobando que Bonsor se había anticipado a mis pasos. Comprendí que si no me movía rápido, podría adelantárseme, por lo que decidí hablar directamente con él de la cuestión.
 

  Agotado, cierro mi cuaderno. Temo que esta noche no dormiré bien, pero que no serán los mosquitos ni el calor los responsables de mi insomnio, sino que será la angustia ante el fracaso la que me impida cerrar los ojos.

 
    Coto de Doñana. Septiembre de 1926.

    Último día de excavación.
 

  Hemos realizado un par de sondeos sin ningún resultado esperanzador. Todavía nos quedan varias horas de trabajo, mantengo la esperanza de un sorpresivo hallazgo final que otorgue sentido a todo y que nos conceda la esperanza de un nuevo permiso de excavación.

  Mientras limpio el sudor de mi frente, no puedo evitar que los recuerdos se apoderen de mi mente. En 1921, gracias a las autoridades del Puerto de Sevilla, pude navegar el río Guadalquivir desde la capital hispalense hasta Bonanza. Atravesé lo que fuera en tiempos clásicos el lago Ligustino, ahora transformado por los sedimentos en esas infinitas marismas en las que se confunden el agua y el cielo. En algún punto de las orillas de aquel lago, debía situarse Tartessos. Fue un viaje sumamente inspirador, pues me encontraba en plena redacción de mi obra Tartessos. ¡Cuántos mitos clásicos tenían sede en aquel espacio mágico del Bajo Guadalquivir! En aquellas marismas pastaron los bueyes de Gerión, robados por el astuto Hércules. Recuerdo que me volví locuaz en la travesía del río, rememorando tantos y tantos mitos clásicos y dioses que tenían relación con aquel territorio. Poseidón, Medusa, las Hespérides, Gárgoris, Habidis, Hércules, Nórax y tantos otros configuraban un verdadero Olimpo. Ningún otro territorio de la Europa occidental goza de tanto protagonismo en la mitología clásica. Pero los eruditos locales desprecian todas esas señales, tomándolas por cosas de poetas y locos. ¡Ignoran el mayor tesoro de la arqueología europea a pesar de tenerla bajo sus pies!

  Por cierto, he tratado también durante estos años a Pelayo Quintero, director del Museo Arqueológico de Cádiz. Hombre muy culto, amable, algo enigmático, sólo parecía interesado por el rastro fenicio, no importándole la posible existencia de Tartessos. No tengo queja de él, me ayudó en lo que pudo, a pesar de que no confiaba en el proyecto. Una noche, en la confidencia de la cena, me contó que el sueño de su vida sería encontrar el sarcófago fenicio femenino que, según él, debía estar enterrado en algún punto de la ciudad. Advertí, en ese preciso instante, un extraño brillo en sus ojos que me inquietó. Pero ¿quién soy yo para juzgar los sueños de los demás, cuando yo vivo preso de los míos?

  El capataz da la orden de descanso. Dentro de dos horas, cuando haya refrescado algo, volveremos a trabajar hasta el anochecer. Apenas si pruebo bocado y me dirijo a la choza para tratar de descansar algo. No puedo conseguirlo. Me incorporo y retomo la escritura de mis notas biográficas.

 
    Al poco tiempo de mi viaje de 1921 por el río, decidí visitar al gran Bonsor en su casa, el Castillo de Mairena del Alcor. Yo sabía que con el apoyo de la Academia de la Historia, había iniciado en solitario la búsqueda de Tartessos ese mismo año. Inquieto ante sus avances en solitario, quise en mi visita, retomar mi amistad con él y solucionar el asunto de los celos profesionales que nos achacaban. Me recibió afectuosamente, me confirmó sus prospecciones sobre el Cerro del Trigo y su convicción de que Tartessos debía encontrarse bajo su suelo, donde había localizado muchos restos romanos en superficie. Al parecer el yacimiento se había localizado en 1902 al ser usado como cantera para la construcción del palacio de la Marismilla. Bonsor había identificado con claridad el segundo de los dos brazos del río a los que Avieno hacía referencia en su obra entre Matalascañas y Torre Carbonera.

    Coincidí plenamente con él —yo había llegado por mi cuenta a idénticas conclusiones— por lo que le propuse colaborar en la excavación. Pareció dudar y al final me respondió que lo intentaría, pero que ya tenía solicitado el permiso al Marqués de Tarifa y que temía que ampliarlo a mi persona pudiera complicar la cosas. Desde ese mismo momento decidí que en cuanto pudiera solicitaría la intersección del Duque de Alba, para no quedar yo relegado de las posibles campañas de excavación. Ya narré en estas líneas el resultado de mi entrevista.

    Mientras aguardaba mi permiso de excavación, regresé a Doñana en noviembre de 1922 para confirmar nuestros postulados. Tartessos debía encontrarse bajo el yacimiento romano del Cerro del Trigo. Algunos, cuando me veían pasar sonreían y murmuraban: mira, el alemán loco que busca ruinas de ciudades perdidas. Eso me halagaba.

    Aproveché ese viaje para recorrer de nuevo la marisma, Sanlúcar, Jerez y otras ciudades fascinantes del Bajo Guadalquivir. Veía el rostro de sus gentes, analizaba sus costumbres y todo me evocaba el ancestral mundo tartésico. Bien sabía yo por experiencia que la arqueología de una civilización no se encuentra sólo en las piedras antiguas, ni siquiera en los textos, sino que, sobre todo, se puede rastrear por las costumbres y modos de los pueblos que la heredaron; era evidente que los andaluces actuales eran descendientes de aquella remota civilización tan rica como misteriosa. Sus costumbres, su alegría, seguían rezumando el aroma tartésico, indiferentes al paso del tiempo y al ruido de los siglos.

    Que Bonsor y yo coincidiéramos sobre la ubicación de Tartessos Bonsor era una buena señal. Bonsor es el mejor conocedor de la arqueología andaluza: ha descubierto y excavado la necrópolis de Carmona, los restos de los alcores, los dólmenes de Alcalá… Andalucía es su territorio, lleva décadas recorriéndola y excavándola. Su pasado sólo tiene un secreto para él: Tartessos. Y entonces pensé que quizás, sumando nuestros talentos, pudiéramos encontrarla juntos. A pesar de nuestras diferencias, somos los mejores. No podemos equivocarnos los dos al tiempo. El propio Pierre Paris denominó a Bonsor como el Schliemann del Guadalquivir. Se equivocaba. El Schliemann del Guadalquivir sería yo.

    En 1922 publiqué mi libro Tartessos, primero en alemán, algo después en español, que tuvo una inmediata y gran repercusión. En él, expuse varias ideas revolucionarias. La primera, y que levantó gran polémica, es que Tartessos podía ser, de alguna manera, la heredera de la mítica Atlántida. Al fin y al cabo coincidían en la ubicación geográfica. Después defendí que se había tratado de un rico y gran imperio, que se extendía desde el Guadiana hasta el Júcar y que tenía su eje en el Guadalquivir y su capital en Tartessos. Y tercero, que Tartessos había sido fundada uno dos mil años antes de Cristo por colonizadores del Mediterráneo Oriental, probablemente cretenses, de ahí su avanzada y refinada cultura. Mi reputación creció considerablemente, y gracias a eso, y a los buenos oficios del Duque de Alba ante el marqués de Tarifa, obtuve finalmente la licencia de excavación para la campaña de verano de 1923 que compartiría con Bonsor.
 

  Cierro el cuaderno y me incorporo. Intentaré que mis hombres regresen al trabajo un poco antes. Espero que aún podamos realizar dos sondeos más y limpiar los dos que hicimos esta mañana. Quién sabe, quizás todavía podamos encontrar algo que salve esta campaña…

  La presente de 1926 es mi tercera campaña. Trabajé con Bonsor en las dos anteriores, en los veranos de 1923 y 1924 sin que tuviéramos resultado reseñable alguno, aparte de las consabidas monedas y restos romanos. Este año, Bonsor abandonó, centrándose en el interesante yacimiento de Setefilla, en Lora del Río. Yo no estaba dispuesto a retirarme de la búsqueda y obtuve a duras penas el permiso para 1926. Pero el Marqués me advirtió que sería la última, ya que causábamos un gran desorden en sus propiedades. Tonterías. Estoy seguro que se debe a las presiones de mis enemigos de la Academia de Historia, que no están dispuestos a concederme la gloria del descubrimiento. ¡Y pensar que me hicieron miembro correspondiente de la Academia en 1905 tras mi descubrimiento de Numancia! ¡Y que el mismísimo Rey me otorgó la encomienda! Entonces fueron todos parabienes, pero después hemos ido distanciándonos. La mayoría de los académicos son unos parásitos, con conocimientos fósiles, que viven de medrar de lo público. He criticado alguno de los trabajos de los académicos más renombrados y fui pagado con la misma moneda. Mi Tartessos ha sido catalogado como simple relato de ficción, sin base histórica ni científica alguna. ¡Ignorantes! ¡Qué sabrán ellos, que llevan años sin investigar, ni estudiar, ni excavar!

  En todo caso, mi carácter me ha generado grandes conflictos en mi relación con los españoles. Mi amigo Pericot dice que mi rigidez germánica, mi falta de tacto, mis modos de ir directo al asunto sin ningún previo protocolario y cierta soberbia académica me han ganado muchos enemigos. Pero es que yo no sé ser de otra forma, y me exaspera la manera española de abordar los asuntos, dando vueltas, dejando lo importante para el final, perdiendo mucho tiempo en temas menores o frívolos, dilatando la toma de decisión. Lo que ellos consideran aspereza prusiana yo lo denomino efectividad propia de los pueblos avanzados. Por todo ello, la ciencia alemana seguirá volando alto mientras que la española se arrastrará por piélagos tan burocráticos como estériles.

  La campaña de 1923 comenzó el 8 de Septiembre y finalizó el 5 de octubre. Junto a Bonsor, dirigimos una cuadrilla de 25 trabajadores, y nuestros hallazgos más relevantes fueron dos piletas romanas para salazones de pescado. Desde mediados de Septiembre excavamos en el cercano Cerro de la Cebada. Allí sacamos a la luz una construcción romana en cuyo suelo aparecieron catorce ánforas completas y una moneda de Marco Aurelio. El 4 de octubre, un día antes de terminar las excavaciones, apareció el famoso anillo de oro que tantas expectativas suscitó. La campaña de 1924, también dirigida por los dos, obtuvo un resultado similar, lo que terminó desanimando a Bonsor. Y ya veremos en qué queda ésta de 1926, que inicié en solitario y que esta noche finalizaré…

  Trabajamos con ahínco durante toda la tarde. Nada. Ni siquiera nuevas monedas romanas. Al crepúsculo, aún redoblamos nuestro esfuerzo, puede que diéramos con algo en la última paletada. Enajenados por nuestro deseo de desenterrar Tartessos, excavamos y excavamos sin cesar. Sólo cuando la oscuridad nos impide proseguir, comprendemos la esterilidad de nuestro esfuerzo. Decido finalizar. La sombra del fracaso se extiende sobre nosotros. En silencio y cabizbajos, recogemos herramientas y enseres y nos encaminamos hacia la zona de habitación. Mientras me aseo, compruebo como escuece la mordedura del fracaso. Seré humillado, vejado, ridiculizado. ¿Lo ves? —repetirán—, no se trataba más que de un loco tras su quimera. A mí, las críticas me dan igual. Lo que de verdad me duele, y mucho, es haber fallado en mis estimaciones. Tartessos no estaba donde yo creía que debía estar. ¿Significa eso que Tartessos no existe? En absoluto. Tartessos existe y algún día aparecerá. Otros arqueólogos, otros locos como yo, insistirán hasta dar con la ciudad perdida. No hay tarea más importante ni trascendente para la arqueología española que localizarla.

  Arengo a mis hombres antes de la cena para tratar de animarlos, pero no encuentro ni un atisbo de ilusión ni esperanza en ellos. También se saben fracasados y como tal serán tratados y ridiculizados al regresar a sus pueblos. ¡Volveremos! les grito para finalizar mis palabras, pero no me creen. Tras la cena, el silencio se apodera del campamento. Ni cantes, ni risas compiten con el sonido del viento y la estridencia de los grillos.

  Y antes de dormirme, tengo una certeza. Cerca, muy cerca de allí, Tartessos permanece sepultada. Y recuerdo los tristes versos de Avieno en el mismo instante de cerrar los ojos.

 
    «Grande y opulenta ciudad, / ahora pobre, ahora pequeña,

    ahora abandonada, / ahora un campo de ruinas».

El sueño de Pelayo Quintero

Mi vida es el relato de una obsesión. Descubrir el sarcófago de una dama fenicia que vivió en el Cádiz de tres mil años atrás ha consumido los afanes de mis días. No sabía su nombre, pero soñé mil noches con un rostro hermoso que me sonreía desde su tumba. Soy arqueólogo, me llamo Pelayo Quintero y sé que voy a morir pronto. Por eso, antes de que mis restos descansen para siempre en el cementerio blanco de Tetuán, escribo estas líneas deslavazadas para memoria de mi recuerdo desvaído. Aquí me trasladaron —quizás deba decir mejor me exiliaron— en 1939, cuando ya contaba con una edad de setenta y dos años. Estamos en 1946 y poca vida me queda ya por delante, aunque sí mucha a mis espaldas, que quiero narrar y contar.

  Nací en Uclés, un pueblo de la provincia de Cuenca, en junio de 1867, en el seno de una familia acomodada. Mi padre había sido gobernador civil de la provincia y era todo un prohombre. Fui curioso desde mi más tierna infancia y pronto comencé a salir al campo con mi tío Román, que me explicaba de manera rudimentaria el significado de las ruinas que con tanta frecuencia nos encontrábamos en nuestros paseos. Destaqué en el colegio para orgullo de mis padres, que no cesaban de alabar mi inteligencia ante cualquiera que quisiera oírlo. «Este niño va para ministro» presumían satisfechos. Aún recuerdo las lágrimas de mi madre cuando me separé por vez primera de ellos para ir a estudiar la carrera a Madrid. Brillé en mi etapa universitaria, en la que, para asombro de muchos, simultaneé los estudios de Derecho con los de Bellas Artes, obteniendo en ambos excelentes calificaciones. Sin pecar de soberbia, debo reconocer que los libros se me daban muy bien. Pude haber sido notario, letrado de las Cortes, cualquier alto cargo al que se ascendiera por oposición. Pero la llamada de mi tierra me hizo abandonar la Corte para regresar a mi pueblo y dedicarme, en contra de la opinión de mi padre, a mi verdadera vocación, las investigaciones arqueológicas. «Hijo —me repetía— si montas tu despacho de abogado ganarás dinero y prestigio. Podrás entonces, hacer excavaciones para divertirte. Pero si sólo te dedicas a la arqueología, serás un don nadie, morirás en la indigencia». No les hice caso. El descubrir los misterios y secretos del pasado me seducía mucho más que los pleitos y los tratos con leguleyos. En 1887, mientras empleaba largos días en dibujar las piezas arqueológicas que encontraba con mi tío Román —primer investigador de antigüedades de la provincia de Cuenca— un espectacular descubrimiento en Cádiz conmocionaría la arqueología europea y determinaría mi vida por completo.

  Ese año se iniciaban las obras para preparar la Exposición Marítima Universal que se celebraría en la capital andaluza. Cientos de operarios removían cada día la tierra gaditana para cimentar las infraestructuras y las edificaciones proyectadas para la ocasión. Y nada más comenzar aquellas precipitadas excavaciones se produjo un gran descubrimiento que transformaría la arqueología gaditana y que causaría el asombro de propios y extraños. Un bellísimo sarcófago de piedra, representando a un hombre con barba, solemne y mirada serena, salía a la luz después de permanecer sepultado bajo tierra durante miles de años. Los estudiosos afirmaron que se trataba del rico sepulcro de un poderoso, probablemente el sarcófago más hermoso de todos los encontrados en el mundo fenicio. Causó tal conmoción que la ciudad decidió al poco tiempo abrir su museo arqueológico alrededor de su nueva pieza icónica, que fue pronto representada por las revistas y libros de toda Europa. Yo tenía veinte años cuando se produjo aquel formidable descubrimiento. Recuerdo que me encontraba con mi tío excavando en la necrópolis de la Haza del Arca.

  —Tío —le comenté mientras le mostraba con asombro el grabado que representaba el sarcófago fenicio—. ¿Has visto esto?

  —Sí. Es asombroso.

  —¿Crees que podremos encontrar por aquí algo parecido?

  —Eso nunca se sabe. Pero aquí es difícil, el sur fue muy rico en la antigüedad.

  —Parece que el sarcófago de Cádiz es más hermoso que los que se han encontrado en Tiro, Sidón o Cartago. ¿Cómo puedes explicar eso? En teoría, si Cádiz era una colonia de Tiro, las mejores piezas deberían encontrarse en la metrópolis, y no en sus ciudades hijas, ¿verdad?

  —No tengo ni la menor idea, Pelayo. Es extraño, desde luego, pero ya sabes que la arqueología apenas si está dando sus primeros pasos. Seguro que con el tiempo, la ciencia será capaz de responder a esa y a otras tantas preguntas…

  Esa noche, soñé con el sarcófago. Un hombre barbado yacía en su interior, mientras que una bellísima mujer lloraba a su lado. Levantó su rostro y, por un instante, nuestras miradas se cruzaron. Supe que, desde la profundidad del pasado, ella me reclamaba. Me desperté al alba, cuando los gallos comenzaban su algarabía con los primeros rayos de sol y la imagen de la mujer del remoto pasado gaditano aún flotaba ingrávida en mi recuerdo. ¿Quién sería? ¿Cómo podría responder a su llamada?

  Hoy sé que aquel sueño fue el primer aviso de lo que llegaría a convertirse en una obsesión enfermiza. Aquel descubrimiento espoleó aún más mi vocación por la arqueología, e intensifiqué mis lecturas, investigaciones y excavaciones. Pocos años más tarde, en 1892, descubrí y exploré la cueva prehistórica de Segóbriga, así como en el solar de lo que intuimos —y acertamos— que sería una gran ciudad romana que como Segóbriga también bautizamos. Con nuestros hallazgos en la cueva se pudo crear un museo prehistórico en el Convento de Uclés. Pero ese museo fue tan rico como efímero: cuando los jesuitas que lo regentaban regresaron a Francia, se llevaron las piezas con ellos. Una pérdida que sentí, como español y arqueólogo, enormemente. Desde aquel suceso me volví un firme convencido de la necesidad de leyes de defensa del patrimonio nacional.

  Un vértigo excitado me llevó, entre excavación y excavación, a cursar los estudios de la carrera de Archivero Anticuario Bibliotecario, germen de lo que más tarde conformaría el título de Historia. Mientras estudiaba las asignaturas de Prehistoria e Historia Antigua, comprendí los grandes huecos que la arqueología tendría que rellenar. Quise —conocedor de la rica arqueología del sur de la península— iniciar una carrera que me permitiera dirigir excavaciones en Andalucía y bien pronto lo conseguí. Con mi amplio bagaje universitario y teniendo buena mano para el dibujo artístico, no me costó un gran esfuerzo ganar la plaza de profesor de dibujo en las escuelas de Artes y Oficios de Granada y Sevilla. Finalmente, en 1904 me asenté en Cádiz en la que ostentaría las responsabilidades de delegado de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades y director del Museo Provincial de Bellas Artes.

  El Museo de Cádiz se había iniciado con las obras de arte obtenidas tras la Desamortización de Mendizábal, como, por ejemplo, los cuadros de Zurbarán procedentes de la Cartuja de Jerez. Tras el descubrimiento del sarcófago fenicio que tanto me impresionara en mi juventud, el museo creó su colección de arqueología, prontamente enriquecida por piezas de su rico pasado fenicio y romano.

  Desde 1904 trabajé con intensidad en la cultura y arqueología gaditanas. La ciudad me entusiasmó, a pesar de mi adusto carácter castellano. Liberal, extrovertida, alegre, con espíritu emprendedor, seguía manteniendo una vida isleña, como en la época fenicia. Dirigí —dicen que con gran acierto— el Museo y las excavaciones arqueológicas de la ciudad, mientras que escribía libros y artículos sin cesar, pronunciaba conferencias y desarrollaba la función de cónsul de Colombia en Cádiz. Por eso, en muchas ocasiones, me quedaba hasta muy tarde trabajando en mi despacho del museo. Me gustaba el profundo silencio nocturno de sus salas y pasillos, por los que deambulaba sin compañía alguna. Los guardias y funcionarios temían las horas de oscuridad, pues aseguraban que escuchaban ruidos misteriosos.

  Son los espíritus de las tumbas profanadas que aquí se guardan —repetían entre ellos.

  Siempre consideré esos temores como simples supersticiones de gentes sin cultura, por lo que no temía quedarme horas trabajando en la soledad del museo, a oscuras. Sin embargo, poco a poco, las ideas teosóficas y espiritistas que se expandían entre los círculos cultos y liberales fueron influyendo en mi alma racional y positivista. Por eso, a veces, me llegaba hasta la sala donde se exponía el sarcófago masculino y lo observaba en silencio, como queriendo preguntarle qué secretos guardaba. Fue en una de esas noches cuando la imagen de la mujer implorante que soñé en mi juventud se me repitió con toda nitidez. Sus ojos me llamaron desde el más allá. Y supe que tenía que ir a su encuentro. Quizás no fuera más que una simple intuición, pero la sentí tan vivamente, que diría que casi pude tocarla con la mano. Y aquel viejo sueño se convirtió para mí en íntima certeza. Aquella dama hermosa existió y al morir fue honrada con un sarcófago tan hermoso como el del varón. Convencido de su existencia, decidí que dedicaría todos mis esfuerzos en tratar de encontrar su tumba. Y de manera inconsciente, le susurré al varón representado en el sarcófago: «Tranquilo, sé que tu mujer existe y no cejaré en mi esfuerzo hasta encontrarla y traértela. Podréis descansar en paz, juntos ya para siempre, como queréis».

  No fueron aquellos años fáciles para España. Tras la derrota en la Guerra de Cuba de 1898, una grave crisis económica y moral minó la energía y los presupuestos públicos, afectándonos severamente a todos los servidores públicos, que a duras penas lográbamos cumplir con nuestras funciones y responsabilidades. Yo era consciente de que me encontraba sobre el solar de la ciudad europea más antigua, con muchos misterios por desentrañar. Esa certeza me producía una viva ansiedad, que mis muchas horas de trabajo y denodados esfuerzos no lograban apaciguar. De todas maneras, y a pesar de las limitaciones que nos constreñían, me siento orgulloso de la tarea realizada. Por vez primera se iniciaban excavaciones ordenadas y debidamente documentadas, aplicando los métodos científicos según las corrientes europeas que llegaban hasta nosotros.

  En 1912 dirigí las excavaciones de la necrópolis fenicia de Punta de la Vaca, donde en 1887 había aparecido el sarcófago masculino, gracias a las cuales pudimos documentar la importancia del pasado púnico de la ciudad. De todas las excavaciones llevaba una memoria técnica, realizaba fotografías y dibujos que permitirían a los arqueólogos del futuro comprender el cómo hicimos la excavación. Excavé sin cesar el suelo gaditano y cada mañana, al levantarme, me preguntaba si sería ese el día afortunado en el que ella apareciera. Pero pasaban los días, los meses y los años sin que el hermoso sarcófago femenino saliera a la luz. «¿Por qué me rehúyes?» suplicaba en mis sueños a la dama fenicia. «¿Por qué no te muestras, por qué no vienes a mí, si sabes que te espero?». Con cada golpe de pico sobre la tierra te esperaba, te aguardaba, pero tú, esquiva y misteriosa, no te dejabas descubrir. Sabía que existías; terminaría encontrándote, aunque tuviera que dejar mi vida entera en ello.

  Me especialicé en arqueología fenicia. Cádiz fue, tras Cartago, el emporio fenicio más importante. Aquel viejo pueblo del mediterráneo oriental estableció sus colonias en la costa andaluza para comerciar con los indígenas y exportar la plata que sus ricas minas proporcionaban. A veces, me preguntaba cómo serían aquellos indígenas que habitaban en el interior, antecesores de los turdetanos y otros pueblos íberos que comenzaban a conocerse. Fue por entonces cuando la idea de Tartessos comenzó de nuevo a circular, puesta en escena por un ambicioso y excéntrico filólogo alemán, Adolf Schulten, empeñado a toda costa en encontrar la ciudad perdida de Argantonio. Se decía admirador de Schliemann y, al igual que su ídolo había sido capaz de descubrir Troya y sus tesoros a través de lo escrito por Homero en la Ilíada, él creía poder localizar Tartessos según las indicaciones de los textos clásicos, sobre todo de la Ora Marítima de Avieno. No compartí el punto de vista de Schulten, a pesar de lo cual le atendí amablemente durante la visita que realizó a nuestro museo el 1 de marzo de 1920. Schulten vino acompañado por Bonsor, el arqueólogo que excavaba la espectacular necrópolis romana de Carmona. Estaban obsesionados con la idea de que Tartessos se encontraba enterrado en algún lugar del Coto de Doñana. Después de obtener el permiso del Duque de Tarifa excavaron en una lengua de arena conocida como el Cerro del Trigo, sin más resultado que unos pobres restos romanos.

  Creo que Schulten, a pesar de su fracaso arqueológico, obtuvo uno de los mayores éxitos de popularidad de nuestra profesión, ya que puso a Tartessos dentro del imaginario popular. He de reconocer que, a veces, sentí algo de celos de él, dado el renombre que adquiría a pesar de sus escasos conocimientos arqueológicos. No sé, no puedo evitar asociar la idea de Tartessos más al mito, a la leyenda ancestral, que a la realidad científica y arqueológica a la que los profesionales debemos aspirar. Lo único que de verdad sabemos —y eso sí es ciencia— es de la fuerte presencia fenicia en Andalucía, en especial en sus costas, y con Cádiz como su principal ciudad. Probablemente, los indígenas no tuvieran el suficiente grado de desarrollo como para conformar un reino como el cantado por los poetas clásicos. Pero, quién sabe…

  Schulten sedujo a la familia Pemán, que se embarcó en investigaciones y excavaciones en otros puntos de la marisma sevillana y gaditana. Pero yo no me dejé cegar por el ensueño del supuesto reino de Tartessos y continué investigando el riquísimo pasado fenicio de Cádiz y su bahía, lo que me hizo excavar también en San Fernando, entre otros lugares; siempre me sorprendí del riquísimo subsuelo andaluz. En pocos lugares del mundo —si es que existe alguno— podrá existir una densidad arqueológica similar a la de esta tierra que me acogió como hijo adoptivo. Convencido del método científico, dejé descripciones exactas de todos mis trabajos de campo en las Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. La intensidad de mi trabajo profesional al frente del Museo de la arqueología gaditana no fue obstáculo para mantener una fructífera vida social, institucional y cultural en la ciudad, sobre todo en lo que a la relación con países americanos, sobre todo desde mi condición de Cónsul de Colombia.

  Aunque gozaba de un gran éxito y reconocimiento profesional, en mi interior me sentía frustrado. Aún no había logrado encontrar el sarcófago femenino, el mayor de mis objetivos investigadores. Ya reconocí, al inicio de estas líneas, que localizarlo se convirtió para mí en una auténtica obsesión, a la que supedité gran parte de mi quehacer profesional.

  Mi buena estrella pública me granjeó enemigos cada vez más poderosos. El fruto de mis trabajos levantaba la admiración en muchos, pero, también, las envidias e insidias en otros. Mis muchos premios y reconocimientos irritaban a algunos prohombres de la ciudad, que deseaban esos honores para sí. Por eso, comenzaron a extender rumores maledicentes sobre mi reputación personal. Me acusaron de homosexual, de ser amante de mujeres casadas, de traficar con antigüedades… Cualquier argumento era válido para tratar de desacreditarme. Comenzaron a insinuar mi pertenencia a la masonería, un movimiento al que yo respetaba pero en el que nunca ingresé. Quizás fuera mi condición de rotario lo que originara tales habladurías, a las que procuraba no darle mayor importancia.

  En medio de esas luces y sombras, y con los ahorros de muchos años de trabajo, pude comprar un solar y levantar una casa a mi gusto. Me sentí bien en mi nuevo hogar, que me proporcionó paz y sosiego para la continua llama de mi ansiedad. Diseñé los detalles de la que sería mi casa definitiva junto al arquitecto que contraté. Debo reconocer que utilicé algunos símbolos iniciáticos y teosóficos, pero más por otorgarle un aire de misterio erudito que por propia convicción. En esa casa viví los años más plenos y felices de mi existencia, aunque, y he de reconocerlo, también donde más intensamente experimenté la llamada de la mujer fenicia y la angustia lacerante por no poder localizar un sarcófago que intuía cercano. En ese tiempo intensifiqué su búsqueda, con la esperanza de encontrarla cuanto antes. Pero la dama siguió sin aparecer.

  En 1936 estalló la brutal Guerra Civil y, durante los tres años que duró, apenas si pudimos atender las emergencias. Todo estaba comprometido en aquella guerra a vida o muerte. Al poco tiempo de su finalización, en 1939, recibí orden de traslado a Tetuán. Tenía setenta y dos años cumplidos y emprendí, obligado, mi camino —¿debería decir mi exilio?— hacia la capital del Protectorado Español sobre Marruecos, para hacerme cargo de la inspección de las excavaciones arqueológicas y para poner en marcha su museo arqueológico. A pesar de mi edad, lo tomé como un nuevo reto profesional al que me entregaría por completo.

  Antes de abandonar Cádiz, repartí mi gran biblioteca entre las de varios centros culturales, en especial la del Casino Gaditano. No permití dejarme arrastrar por la melancolía de los recuerdos. Me despedí del personal del museo y pedí un rato de soledad con el sarcófago masculino. Allí me sinceré desde el dolor y la impotencia por no haber sido capaz de encontrar a su pareja femenina. Porque esa fue la mayor de las penas que me llevaba de Cádiz, la de no haber sabido satisfacer a la llamada que la hermosa dama fenicia me hiciera desde su sepultura. «Ojalá —le susurré al sarcófago masculino— alguien logre encontrarla en el futuro para traerla aquí, contigo».

  Me dirigí hacia mi casa, para recoger mis pertenencias, y aún fue más vívido mi recuerdo de ella. Me senté en mi cama y le grité a la dama, como si mi voz pudiera llegar hasta su morada de ultratumba, «¡Lo siento! ¡No he conseguido encontrarte, a pesar de hacer puesto todo mi empeño en ello!». Una extraña serenidad se apoderó de mi corazón; supe que mi mensaje había sido recibido. Cargué mi última maleta y, sin volver la vista atrás, abandoné aquella casa para dirigirme en coche hasta Algeciras, desde donde embarcaría para Ceuta.

  Me entregué, al límite mismo de mis pocas fuerzas, a organizar la arqueología tetuaní. Comencé a montar el museo, inicié un sistema de alertas arqueológicas, levanté una primera carta arqueológica de la provincia de Tetuán, obteniendo buenos resultados en tan breve periodo de tiempo. Hace un año, en 1945, abordé la excavación de la ciudad romana de Tamuda, en las afueras de Tetuán, en las que tengo cifradas grandes esperanzas…

  Este otoño de 1946 comienza con fuertes aguaceros y el gris del cielo y el ambiente desapacible me invitan a quedarme en casa, mirando por la ventana, mientras siento la mordedura dulce y traidora de la melancolía. ¿Qué habrá sido de mi casa de Cádiz? ¿Cómo explicar que, a pesar de mis muchos afanes, no consiguiera sacar a la luz pública el sarcófago femenino? ¿Es que, acaso, estaba yo equivocado y la obsesión de mis sueños no existía?

  Dejo ahora de escribir, me encuentro cansado, muy, muy cansado…

  Pelayo Quintero nunca llegaría a terminar estas memorias, ya que falleció el 27 de octubre de 1946, a los pocos días de escribir sus últimas líneas delante de su ventana una tarde lluviosa. Tuve la fortuna de encontrar el cuaderno de sus memorias durante el viaje que realicé a Tetuán para investigar la vida del insigne arqueólogo. Déjenme que me presente, soy Ezequiel Bravo, licenciado en arqueología, y entro en esta historia cuando, por casualidad, hace poco más de un año, me enteré de las curiosas circunstancias que rodearon al descubrimiento del sarcófago femenino de Cádiz. Me causaron tanta impresión, que decidí realizar mi tesis doctoral sobre la vida y obra del para muchos enigmático Pelayo Quintero.

  Comprueben ustedes mismos el curioso devenir de los acontecimientos. El día 26 de septiembre de 1980, cuando se comenzaba a excavar sobre un solar de la calle Ruiz de Alda, en Cádiz, un operario se percató de que la máquina excavadora golpeaba algo duro, unas piedras o unos sillares, pensaron. Pero cuando se acercaron a comprobar que era lo que dificultaba el trabajo de la máquina, descubrieron que se trataba de algo parecido a una gran losa de mármol, que al quebrarse por una de las esquinas había dejado un hueco abierto. Un operario metió la mano en el interior y, para su sorpresa, extrajo unos huesos que identificó como humanos. Tras un primer instante de desconcierto, decidieron, con acierto y prudencia, parar la obra y hacerle llegar el descubrimiento a Ramón Corzo, por aquel entonces director del Museo de Cádiz, puesto que, varias décadas antes, hubiera ocupado Pelayo Quintero. Tras la reglamentaria excavación, los arqueólogos se sorprendieron de la magnitud del descubrimiento. Bajo aquel solar en obras, unos operarios, por simple casualidad, habían descubierto un bellísimo sarcófago fenicio femenino, con sus restos dentro, con las mismas dimensiones y características del masculino que se hubiera encontrado un siglo antes. Recordaron entonces lo desvelos de su antecesor Pelayo Quintero por localizarlo. «Al final, el viejo maestro tenía razón —pensó Corzo para sus adentros—, el sarcófago femenino existía, y era, al menos, tan extraordinario como el masculino».

  Y fue entonces cuando cayó en la cuenta. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Acababa de percatarse de algo realmente sorprendente! El sarcófago había aparecido en el solar que ocupara la vivienda de Pelayo Quintero, apenas a un kilómetro de distancia del lugar donde apareciera, en 1887, el sarcófago masculino. Todo parecía increíble. Durante mucho tiempo, Pelayo Quintero había dormido justo encima del sarcófago de sus sueños. No, no podía ser, era demasiada casualidad. Preguntó a su compañero y le confirmó la información. En efecto, allí había estado la casa del famoso director del museo arqueológico. Increíble, pero cierto.

  Las preguntas fueron tan evidentes como acuciantes. ¿Supo Pelayo Quintero que dormía sobre el féretro de sus deseos? ¿Se trató, por el contrario, de una simple casualidad, de un juego del destino? ¿Azar, predestinación? ¿Encontró Pelayo Quintero el sarcófago en algún otro lugar y lo hizo trasladar con sigilo hasta debajo de su propia casa? ¿Lo localizó allí, y sin decir nada a nadie compró el solar y edificó la casa encima? Nadie supo dar respuestas a estas preguntas, que comenzaron a propagarse con rapidez por toda la ciudad, para pasmo y asombro de unos y otros. ¿Comprenden, ahora, mi gran interés por el asunto?

  De inmediato, al conocer la historia, comencé mi investigación particular, con la esperanza de reunir suficiente material como para redactar mi tesis doctoral. De los informes de excavación, así como por los testimonios de alguno de los arqueólogos presentes, pude deducir que el terreno no se encontraba removido con anterioridad. La evidencia científica apunta a que resulta del todo imposible que Pelayo Quintero hubiese excavado el yacimiento, y, mucho menos aún, que el sarcófago hubiera sido trasladado desde cualquier otro lugar. En principio, por tanto, el sarcófago, ni se movió, ni pudo haber sido descubierto por nadie antes. Sólo queda como posible la tesis del puro y simple azar —la más probable para cualquier alma racional—, o la más esotérica y romántica de algún tipo de conexión extrasensorial entre el arqueólogo y el objeto de sus sueños y deseos. A veces, me inclinaba por una u otra versión, en función de con quién me hubiera entrevistado.

  Después de tomar notas de mis conversaciones con las personas que habían estado imbricadas en la curiosa historia, decidí recomponer los trazos de la biografía de Pelayo Quintero. Poco se sabe de los verdaderos motivos que impulsaron su traslado desde Cádiz a Tetuán en 1939, al finalizar la Guerra Civil, con setenta y dos años ya cumplidos. Si se trataba de una purga política, como algunos apuntan, habría bastado con removerlo directamente del cargo, como a tantos otros, o haberlo jubilado directamente. No parece muy plausible la opción del castigo político cuando se le otorga una nueva dirección de un museo arqueológico, el de Tetuán, así como la excavación de la ciudad romana de Tamuda, ubicada en el perímetro tetuaní. De todos era conocido el carácter pacífico de Pelayo Quintero y sus posibles simpatías por la República, pero nunca hizo bandería política pública, más interesado en sus publicaciones e investigaciones. ¿Por qué, entonces, lo trasladaron/exiliaron? Nadie, tampoco, supo responderme con certeza a esta pregunta fundamental.

  El descubrimiento del sarcófago fue un acontecimiento internacional, que puso de nuevo a la arqueología gaditana en el Olimpo del patrimonio. La Dama fenicia de Cádiz representa a una mujer joven de belleza serena, peinado clásico, magníficamente esculpido sobre el bloque de mármol, hasta configurar un sarcófago de tamaño algo superior al natural, completamente proporcionado al sarcófago masculino, del que parece que, realmente formar pareja, aunque al arqueología no pueda afirmarlo, ya que aparecieron a más de un kilómetro de distancia. La belleza, calidad y excepcionalidad de estos sarcófagos, algo más antiguos que el resto de los que se encuentran a lo largo y ancho del Mediterráneo, levantan algunas dudas por responder. ¿Por qué los sarcófagos de Cádiz son los mejores de su tipo?

  Dedicaré mis próximos años de trabajo a tratar de responder todas esas cuestiones. Antes de abandonar Tetuán, satisfecho por la mucha información obtenida y, sobre todo, por el cuaderno de sus memorias, me dirijo hasta el cementerio, para conocer su tumba. Los restos de Pelayo Quintero descansan en un sencillo enterramiento del cementerio de Tetuán que alguien desconocido se encarga de mantener limpia desde su muerte. ¿Quién? Pues tampoco lo sabemos…

  Sin ser demasiado creyente, rezo por su alma. Y, entonces, tengo una corazonada. Me acerco a la lápida para susurrarle.

  Señor Quintero, quiero que sepa que el sarcófago femenino ya apareció y descansa junto al masculino. Tenía usted razón, ¡la dama existía!

  Me voy a incorporar cuando experimento una extraña ansiedad, como si alguien aún requiriera algo más de mí. Caigo entonces en la cuenta de la información pendiente y vuelvo a inclinarme sobre la tumba.

  El sarcófago apareció justo en el solar de su casa, debajo de su dormitorio. Durante mucho tiempo, durmió sobre ella.

  Sólo entonces la tensión me abandona. Sé que Pelayo Quintero, donde quiera que esté, se encuentra ahora feliz. Decido marcharme, para respetar su descanso. Pero, antes, compro un clavel rojo que deposito sobre su tumba, la tumba del gran, y misterioso, Pelayo Quintero.

La profecía de Julio César

Querido Bruto, a ti que eres mi favorito y el joven en el que he depositado toda mi confianza, quiero contarte uno de los hechos más extraños que me han acontecido en mi accidentada vida. Mi carrera ha sido difícil y arriesgada, como bien sabes. Solo ahora, contigo y rodeado de mis fieles, sé que estoy seguro.

  Aunque soy conocido como Julio César, el conquistador de las Galias, en verdad ha sido la Hispania el territorio más querido y trascendente para mí. Fui nombrado cuestor de la provincia de Hispania cuando contaba con veintiséis años, después de varias vicisitudes en Roma que a punto estuvieron de costarme la vida a manos del cruel Sila.

  Como todo el mundo sabe, el Templo de Melkart —que así conocían los fenicios a nuestro héroe Hércules— es uno de los más venerados de todo el Mediterráneo. Ubicado en la Bética, en al antiguo territorio tartésico, el Templo de Melkart se alza, imponente, en la isla de Sancti Petri, algo al sur de Gadir, el famoso emporio fenicio. Muchos dicen que el origen de ese templo gaditano se remonta a los antiguos egipcios, que mantuvieron ancestrales relaciones con el sur de la Hispania. Sea como fuere, el caso es que desde hace al menos mil años, los fenicios fundaron Gadir y desarrollaron su culto a Melkart en el extraño templo de Sancti Petri, consagrado inicialmente por egipcios o por exiliados de la Guerra de Troya, que eso no lo sé bien y ambas leyendas fundacionales he escuchado.

  Pues bien, algunos de mis hombres de confianza me recomendaron que acudiese al templo para solicitar amparo y auxilio de los dioses. Preocupado por mi presente, quería conocer mi futuro. La fama del templo sagrado atraía a numerosos fieles, que acudían a consultar sus oráculos. En algunas ocasiones, los augures recurrían al escrutinio de las vísceras de los animales sacrificados, pero los presagios más preclaros acontecían durante el sueño sagrado.

  Ya te dije, Bruto, que era un templo misterioso, en el que desde siempre estuvieron prohibidos los sacrificios humanos a pesar de la afición que los salvajes de los cartagineses tuvieron por esos menesteres. Durante su expansión, los cartagineses dominaron estas costas, cercenando la libertad de sus antiguos parientes los fenicios. Cuando hace ya un siglo, aplastamos su maldito imperio tras la Tercera Guerra Púnica, muchos de los poderosos y ricos mercaderes que lograron escapar del Cartago arrasado por Escipión el Africano se instalaron en Gadir y sus alrededores, haciéndose pasar por fenicios. Dado el carácter pacífico de los turdetanos, que así llamamos a los descendientes de los tartesios, aquellos exiliados pudieron prosperar con toda naturalidad, mezclándose con los del lugar. Me temo que, de alguna manera, son los que controlaban el gran templo de Melkart, desde donde dirigían sus prósperos negocios de salazones y metales.

  Enclavado en una isla cercana a la costa, algo al sur del emporio de Gadir, como te conté, el santuario recortaba su imponente silueta al atardecer. No todo el mundo tenía acceso al Herakleión, el recinto sagrado. Mis emisarios ya habían anunciado mi llegada, y los sacerdotes, conocedores de mi alta dignidad en la provincia, habían dispuesto de una pequeña embarcación para que me transportase a la isla. Algunos de mis generales, al comprobar que sólo me dejaban acceder a mí, temieron que pudiera tratarse de una emboscada y me recomendaron no subir a la barca, temerosos de que mi vida corriera riesgo.

  —Un hombre valiente —les respondí— cuando va a conocer los designios de los dioses no teme a las cosas de los humanos. No preocuparos, nada me pasará.

  Embarqué con un remero silencioso que no pronunció palabra alguna durante el corto trayecto hasta el embarcadero del templo. Allí me esperaban dos sacerdotes con sus trajes talares de púrpura y unas capuchas que le concedían un aire misterioso que me estremeció. Por un instante pensé en regresar y atender así los prudentes consejos de mis allegados. Pero la sola idea de retroceder me indignó. ¿Cómo podía ni siquiera pasárseme por la cabeza a mí, uno de los elegidos, la peregrina idea de huir? Nada ni nadie podría impedir la cita que esa noche tenía con los dioses. Ansiaba alcanzar la gloria y esperaba que los presagios sagrados me la confirmaran. Entonces era joven como tú, querido Bruto, y mi ambición no conocía límites. A la edad que yo tenía cuando visité el templo del Melkart, mi admirado Alejandro Magno ya había conquistado imperios y sometidos a monarcas a sus pies. Yo apenas si podía mostrar en mi balanza de éxitos alguna que otra escaramuza militar y cierta habilidad política y dialéctica. Pero mis logros empequeñecían ante los del gran Alejandro al que yo pretendía emular. ¿Qué digo emular? Mi sueño era superar sus gestas, pero, para eso, necesitaría del favor de los dioses, esos mismos dioses que le vaticinaron a Alejandro que llegaría a dominar el mundo durante su sueño sagrado en el oasis de Siwa. A raíz del augurio, el militar más brillante que vieran los siglos se puso al frente de sus tropas y sin descanso avanzó heroicamente hasta la India, derrotando al formidable imperio persa. Los dioses fueron pródigos y generosos con él, ¿por qué no habrían de serlo conmigo?

  Los sacerdotes que me aguardaban se encaminaron hacia el templo, sin pronunciar palabra alguna. Les seguí a una distancia reverencial. Quería ganarme el favor de los dioses y la modestia y la prudencia siempre era buenas embajadoras. El santuario se levantaba, colosal, sobre una elevación en la parte oeste de la isla, construido en su mole exterior con piedra blanca. En las puertas y suelos se advertía el uso de una rica piedra negra, mármol, probablemente. Se adivinaban algunas construcciones muy antiguas y otras de factura más reciente. Antes de acercarme hasta sus puertas monumentales, me estremecí al recordar como el general cartaginés Amílcar Barca hizo jurar a su hijo Aníbal, ante el altar de aquel mismo templo, odio eterno a los romanos. Créeme, Bruto, que el Templo gaditano resulta estremecedor y que podía sentir en mi piel el enorme poder de los dioses que gobiernan nuestras vidas y fortunas.

  Una explanada de piedras pulimentadas nos condujo ante la puerta monumental del santuario, enmarcada entre dos grandes columnas, en cuyas enormes hojas de bronce se encontraban esculpidos los doce trabajos de Hércules, dos de los cuales, el de los toros de Gerión y el del jardín de las Hespérides, habían acontecido sobre aquel feraz territorio del antiguo Tartessos. Los visitantes de menor rango, debían conformarse con realizar sus ofrendas ante las columnas de esas puertas; solo los escogidos podían franquear la entrada a lo más sagrado del templo.

  Una vez dentro, los sacerdotes levantaron sus capuchas para mostrar sus cabezas completamente rasuradas. La tenue luz del crepúsculo doraba las lisas paredes de piedra.

  —Ahora —fueron las primeras palabras que escuché de aquellos sacerdotes—, antes que nada, su donativo. Pasemos a la sala del tesoro, allí podrá depositarlo.

  Ni que decir tiene, querido Bruto, que jamás había visto tal acumulación de riquezas en lugar alguno. Además de joyas, monedas de oro y plata y tesoros varios que harían palidecer al más rico de entre los ricos persas o romanos, destacaban la figura del árbol que el mítico rey fenicio Pigmalión donó al templo y que por frutos daba piedras preciosas. Pude acariciar el cinturón del héroe troyano Teucro, que había sido donado en la consagración del templo. Eran tantas y tan variadas las riquezas de aquella sala que me sentí ridículo con mi donación, por más que de oro fueran las muchas monedas que portaba en mi bolsa. Extendí mi mano con modestia y el sacerdote, sin abrirla, la depositó junto a una escultura de oro y piedras preciosas que representaba a Hércules.

  —Gracias. Hércules comunicará tu generosidad a los dioses, que esta noche te responderán de idéntica manera. Ahora vamos.

  Abandoné la sala del tesoro abrumado por aquella hiperbólica ostentación, ante la que me sentí pequeño y pobre. ¿Compararían los dioses mi estipendio con las magnificencias que allí había podido observar? ¿Me considerarían un pobre insignificante y decidirían castigar mis ínfulas desbordadas?

  —Ahora, vamos a postrarnos ante la sepultura de Hércules. Debes implorar su intercesión para que los dioses sean benignos contigo y te visiten esta noche en sueños.

  En una esquina se encontraban dos altares, uno dedicado al Hércules egipcio y otro al Melkart fenicio, sin imagen alguna. Los altares estaban franqueados por cuatro columnas de bronce que mostraban esculpidos unos extraños signos.

  —Se trata de la antigua escritura sagrada de Tartessos —comentó uno de los sacerdotes al observar mi interés—. Dicen que es antiquísima, nadie sabe leerla hoy en día.

  Rogué a Hércules que los dioses me fueran proclives y que esa noche me visitaran en mis sueños para mostrarme el camino de la gloria. «Hércules —le supliqué— atiende mis plegarias, por favor. Tú, que eres el héroe entre los héroes, comprenderás la ansiedad que me corroe. Pasan los años, me encamino hacia mi madurez, sin que aún haya podido conocer la gloria. Por favor, intercede por mí, quiero igualar al menos al gran Alejandro y ser el más fiel de tus discípulos». Al incorporarme de mi genuflexión experimenté un placentero estremecimiento que tomé por buen augurio. Desde ese mismo instante supe que Hércules intercedería a mi favor.

  Había anochecido y la luz trémula de las antorchas conferían un aire espectral a aquel gran patio en el que se encontraban los altares a los dioses, todos ellos sin figuras ni esculturas alguna.

  —Los sacerdotes tenemos la sagrada responsabilidad de mantener siempre el fuego avivado sobre las aras. Como puedes observar, en este templo los altares no se ocultan en cellas oscuras, sino que se encuentran en la intemperie, en este gran patio, bajo el sol, durante el día, y cubiertos por las estrellas al caer la noche. No puede existir cubierta ni techumbre más del gusto de los dioses.

  —Así es —me atreví a responder.

  —Has tenido suerte, romano. Pocos son los que acceden a este lugar sagrado, vedado para los sacerdotes.

  —Espero poder recompensaros algún día el alto honor que me habéis concedido.

  —Que así sea. Vamos ahora a asearnos.

  De nuevo, en silencio, atravesamos el gran patio, sin acercarnos a los altares, hasta llegar a dos pozos con ricos brocales de piedra tallada.

  Es otra de las muestras de la magia del lugar. Uno de estos pozos es de agua dulce, mientras que del otro mana agua salobre. El primero sube con la pleamar, mientras que el segundo lo hace con la bajamar.

  Siguiendo sus indicaciones, me lavé las manos y la cara en una pila que previamente habían llenado con agua de los dos pozos. Después, me acercaron una toalla del mismo lino con el que tejían sus trajes talares para que pudiera secarme por completo.

  —Ya estás purificado, debes comer y beber ahora algo, para prepararte para el sueño sagrado. Nuestra misión termina aquí, otros serán los que guíen tus pasos a partir de ahora. Nos veremos de nuevo mañana, cuando regresemos a la barca que te transportará hasta donde te esperan los tuyos.

  Dos nuevos sacerdotes, de más edad que los anteriores y descalzos como ellos, me condujeron en silencio ante un reducido triclinium, donde se encontraban dispuestos algunos alimentos y una jarra de vino.

  —Te dejaremos solo ahora. Come frugalmente mientras te bebes el vino con miel que te hemos dispuesto. Aprovecha para ordenar tus ideas y concretar tus peticiones. En un rato, pasaremos a por ti para conducirte hasta la sala del sueño, donde deberás dormir a la espera de que los dioses se dignen a visitarte en tus sueños.

  Apenas si probé bocado, nervioso ante la trascendencia del momento. Saboreé la hidromiel que me había servido con generosidad de la jarra. Aquel vino dulce me supo a gloria. Y, poco a poco, comencé a relajarme. La serenidad y quietud de aquella sagrada penumbra y, probablemente, algún brebaje añadido a la hidromiel, me produjeron con rapidez un estado de somnolencia.

  —Es el momento de partir hacia la sala del sueño —la voz de un sacerdote me sobresaltó—. Disponte a abrir tu mente a los designios de los dioses.

  Me incorporé y lo seguí a través de un largo pasillo, al final de cual se encontraban unas escaleras que bajaban a una sala subterránea, que conservaba un ambiente fresco.

  —Túmbate aquí y cierra los ojos. Procura orar a los dioses mientras te duermes. Si eres digno, conocerás tu futuro a través del sueño sagrado.

  Cuando me dejaron solo me tumbé en un camastro muy cómodo que se encontraba apoyado en una de las paredes. Cerré los ojos y apenas había comenzado a musitar una oración a Júpiter cuando quedé profundamente dormido. Muchas horas después, cuando el sol ya había llegado a su cénit sentí la suave sacudida de una mano que me despertaba.

  —Despierta, ahora iremos a ver al sumo sacerdote, por si necesitas interpretar algunos de tus sueños.

  Acostumbrado a la vida militar, me levanté de un salto. Arreglé algo mis ropajes y atusé mis cabellos, pues no quería aparecer desaliñado ante la máxima dignidad del templo. Mientras subía las escaleras, le comenté al sacerdote que me precedía:

  —Iré a presentar mis respetos al gran pontífice, aunque no precisaré de interpretación alguna de mis sueños. Los dioses me han hablado con claridad suficiente.

  El sacerdote no me respondió y me condujo ante el mayor de los altares que se encontraba en el centro del gran patio. El gran sacerdote me esperaba allí, imponente con sus hábitos talares y sus cintas de púrpura. Extendió sus manos hasta posarlas sobre mis hombros y me presionó para que hiciera una genuflexión de respeto ante las deidades. Después nos sentamos sobre unos bancos de mármol ricamente tallados. Sólo entonces me preguntó.

  —Dime… ¿te han visitado los dioses en sueños?

  —Sí. He tenido sueños tan vívidos que los recuerdo con todo detalle.

  —Eso es bueno. Debes agradecer a los dioses que se hayan dignado a visitarte.

  —Se lo agradezco con toda la fuerza de mi alma —le respondí con sinceridad.

  —¿Necesitas que interprete algún sueño de carácter alegórico cuyo sentido no hayas logrado desentrañar?

  —Muchas gracias, pero creo que no será necesario, he recibido el mensaje con una sorprendente claridad.

  —Entonces, ¿has comprendido los designios divinos?

  —Sí —y mi mirada resplandeció de satisfacción y orgullo—. Seré tan grande como Alejandro Magno, mi nombre pasará a la historia y gobernaré un vasto imperio.

  El sumo sacerdote, sorprendido sin duda por mi seguridad y altivez, tardó un rato en reaccionar. Tras poner la mano sobre mi coronilla, me dijo mientras me levantaba:

  —Sin duda, eres un elegido. Marcha ahora, los dioses te protegerán. Pero cuídate de tu propia soberbia, será tu más peligrosa enemiga.

  El gran sacerdote se giró sin pronunciar ninguna otra palabra y se perdió, solemne, entre las penumbras de una de las puertas laterales. Yo regresé eufórico hasta donde los míos me esperaban ansiosos, inquietos por mi retraso. Cuando les conté la buena nueva, me felicitaron y abrazaron para jurarme obediencia eterna. Esa misma tarde me dirigí hacia Gadir, donde al día siguiente visité al cabeza de la riquísima familia de los Balbo, que gobernaba una vasta fortuna cimentada en la minería, la pesca y el comercio.

  Te ahorro los detalles por hacerte esta historia breve. Estuve varias jornadas con él, hablando de negocios políticos y de alianzas, pues los tentáculos de poder de los Balbos se adentraban en el mismísimo corazón de Roma. A partir de ese momento me ayudó con dinero e influencias y decidí anticipar mi regreso a Roma para afrontar retos mayores. El augurio de los dioses me había otorgado una confianza sin límites y mi osadía asombró a propios y extraños. El resto de la historia, querido Bruto, la conoces bien. Ya en Roma, conquisté el poder de una prelatura. Después regresé a Hispania, donde encabecé la guerra contra los lusitanos. Como te puedes figurar, antes de partir hacia el frente, acudí de nuevo a escuchar el oráculo del templo de Melkart, que me fue también favorable. Tras mi victoria, entré triunfante en Roma, donde logré ser elegido cónsul y formé mi primer Triunvirato con Craso y Pompeyo, entonces mi aliado y después mi peor enemigo.

  Al finalizar mi consulado fui designado como procónsul en la provincia de la Galia, que logré dominar por completo gracias a mi contundente victoria sobre el líder galo Vercingétorix. Tras la batalla de Alesia logré extender los dominios de Roma hasta los bosques oscuros de la Germania. Fui el primer general romano en adentrarse triunfante en la Bretaña y la Germania y mi fama se extendió por todos los rincones del vasto territorio romano. Pero mientras yo arriesgaba mi vida por la gloria de Roma, los intrigantes senadores comenzaron a conspirar contra mí, lo que me hizo desafiar su poder y regresar a Roma para defender mis derechos. Fue entonces cuando crucé el Rubicón y pronuncié aquella frase llamada a convertirse en famosa, «Alea jacta est», la suerte está echada. Muchos me tuvieron por loco por aquella osadía suicida, pero yo me sabía invencible gracias al apoyo de los dioses augurado en mi sueño gaditano.

  Tuvo lugar entonces una cruel guerra civil contra Pompeyo con el que guerreé en Asia, Egipto —donde conocí los encantos de la reina Cleopatra— y de nuevo a Hispania, mi gran provincia, donde obtuve la victoria definitiva de Munda. Debo de confesarte que antes de este último enfrentamiento, dado que mis fuerzas eran inferiores, acudí por tercera, y última vez hasta ahora, al antiguo santuario de la tierra tartésica para solicitar el amparo de los dioses, que se volvieron a mostrar benignos conmigo. Con esa confianza en el apoyo divino encaré la batalla con un arrojo sin límites, obteniendo una sonora e inesperada victoria. Te he de confesar que mientras preparaba nuestro campamento, ordené cortar todos los árboles que pudieran molestarnos y fue entonces cuando me comunicaron la existencia de una palmera, lo que tomé por un excelente presagio, dado que es el símbolo de Astarté, tan querida por los antiguos tartesios, cuya impronta siempre admiré y agradecí.

  Esa victoria me otorgó el poder en Roma y la paz y prosperidad que ahora disfrutamos. Este mes de marzo, por vez primera en mi vida, me siento sereno y feliz. Gracias, Bruto, por acompañarme hoy al Senado y por escuchar las batallitas de este veterano militar que soñó con la gloria y la gloria obtuvo, tal como le vaticinó el sueño sagrado del templo de Melkart. Solo hay una cosa de lo entrevisto en el primer sueño que no logré descifrar. Mi excitación y soberbia me impidió consultársela al sumo sacerdote. Mil veces he pensado en aquella frase que los dioses me susurraron en sueños. «Nadie te derrotará en la batalla. El hierro enemigo no te dañará, el amigo te matará». ¿Le ves sentido a la frase, Bruto? ¿A quién podría yo temer?

  —… Pero, Bruto, ¿qué haces? ¿Por qué se acercan tus amigos con las armas desenvainadas? ¿Qué ocurre? ¡No, no…! ¡¿Tú también, hijo mío?!

  Julio César murió asesinado ese día en el Senado por Bruto y Casio en la famosa conspiración de los «idus de marzo». Su muerte provocó el estallido de otra guerra civil. Los sacerdotes del Templo de Melkart sintieron una honda pena por aquella muerte, que ellos ya sabían segura.