Existe la costumbre en Oñate, entre los pastores, de llevar un cordero a la Virgen Madre de Aránzazu todos los años en primavera. Y en agradecimiento, los frailes les obsequian con un banquete.
Conforme a la costumbre, un pastor que tenía su rebaño en el monte Aloña, iba con su cordero al hombro y, al pasar frente a Gaizto-zulo (Cueva del malo), le arrebataron el cordero sin que él se diera cuenta.
Asustado, miró a todos los lados para ver quién le había robado, y vio dentro de Gaizto-zulo a una bruja que se reía de la cara de susto del pastor.
El pastor, medio llorando, se fue donde los frailes a contarles lo que le había pasado. Pero estos, suponiendo que quería engañarles, le decían en broma:
—¡Ah! ¡Ah! Lo que usted quiere es comer en el banquete sin traer cordero.
Pero el pastor se mostraba terco:
—Si no quieren, no lo crean; pero es verdad lo que me ha pasado.
Impresionados por su firmeza, preguntaron:
—¿Hay algún fraile tan valiente como para bajar a la sima, a ver si es verdad o no?
Un fraile joven respondió:
—Yo me meteré vestido de roquete y estola, si me atan bien por la cintura y los sobacos con una buena soga de carro.
Todos, pastores y frailes, fueron hasta la sima y, atándole bien al valiente fraile, le fueron bajando lentamente por el aire hacia el fondo de Gaizto-zulo.
—¡Alto! ¡No bajen más! —se oyó gritar al fraile, y en aquel mismo instante se sintió como una bocanada de aire que salía de la sima.
—¡Arriba! —gritó el fraile desde el fondo.
Y a poco, a fuerza de tirar, apareció el fraile en la superficie con el cordero debajo del brazo. Todos exclamaron:
—Pues era verdad lo que el pastor había dicho.
—Sí —dijo el fraile—. Cuando he llegado abajo, me he encontrado a la bruja montada a horcajadas sobre el cordero y peinándole los cabellos con peine de oro. Al ver esto, he asperjado todos los rincones con agua bendita, y allá se ha ido la bruja, montada en un rayo, huyendo. ¿No la han visto cuando salía?
—No, pero cuando usted decía ¡alto!, hemos sentido salir una fuerte bocanada de viento.
—Pues por ahí se iba la bruja, y como la prueba de que el pastor decía la verdad la traigo conmigo, vamos todos a comer ahora con el pastor, de invitado de honor.
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viernes, 1 de marzo de 2019
Tres verdades
Al salir de una tertulia en Gantzaga (Aramayona) un grupo de hombres y mujeres hilanderas vieron luz a lo lejos, en el monte. Era medianoche y las mujeres se pusieron a temblar.
Como los hombres se reían de su miedo, una de ellas, picada en el amor propio, dijo:
—¿Queréis apostar a que el más valiente de vosotros no va hasta donde está la luz?
Nadie quería ir, pues aunque se reían por fuera, por dentro todos tenían miedo también. Al fin acordaron que, al que fuera, le darían un duro de plata.
Un muchacho joven, fornido y robusto, se decidió a ir hasta la luz. Pero para probar que había llegado hasta la misteriosa luz, tenía que traer una rama de un pino que crecía en aquel mismo lugar.
El valiente muchacho echó a andar en plena oscuridad y, tras mucho caminar, cuando se acercaba hacia la luz, le salió al encuentro un enorme perro que, ladrando, le preguntó:
—¿A dónde vas, muchacho?
—Hemos hecho una apuesta —replicó el muchacho dando diente con diente.
—¿Y cuál es esa apuesta?
—A que llego a donde está esa luz. Además, como señal de que lo he hecho, tengo que bajar una rama de ese pino.
Entonces dijo el perro:
—Puedes llevar esa rama, pero antes me tienes que decir tres verdades.
El muchacho, respirando fatigosamente por efecto del miedo, respondió de esta manera:
—He aquí la primera verdad. El día más oscuro es más claro que la noche más clara.
—Bien —ladró el perrazo—. Ahora la segunda verdad.
—La segunda verdad es que la madre propia, por mala que sea, es mejor que la mejor madastra.
—¡La tercera verdad! —exigió a ladridos.
—Pues la tercera verdad es que tengo veinticuatro años y tres meses, y jamás he visto un perro mayor que tú.
—Bien —ladró el animal—. Sube ahora a mi espalda y coge una ramita del extremo superior del árbol.
Cuando después de coger la rama, el joven bajó a tierra, el enorme y terrible perro le dijo estas palabras:
—No hagas otra vez tal apuesta. Para los que son como tú, se ha hecho el día; la noche para los que son como yo.
—¿Y la luz? —se atrevió a preguntar el muchacho—. Todavía no he visto la luz.
—La luz aquí está.
Y abriendo desmesuradamente la boca, vio el muchacho que la luz la tenía el perro en el paladar y brillaba tanto, que la podían ver las hilanderas.
El muchacho, trastornado por el encuentro con aquel ser diabólico, se retiró a casa, se acostó y ya no se levantó más.
Como los hombres se reían de su miedo, una de ellas, picada en el amor propio, dijo:
—¿Queréis apostar a que el más valiente de vosotros no va hasta donde está la luz?
Nadie quería ir, pues aunque se reían por fuera, por dentro todos tenían miedo también. Al fin acordaron que, al que fuera, le darían un duro de plata.
Un muchacho joven, fornido y robusto, se decidió a ir hasta la luz. Pero para probar que había llegado hasta la misteriosa luz, tenía que traer una rama de un pino que crecía en aquel mismo lugar.
El valiente muchacho echó a andar en plena oscuridad y, tras mucho caminar, cuando se acercaba hacia la luz, le salió al encuentro un enorme perro que, ladrando, le preguntó:
—¿A dónde vas, muchacho?
—Hemos hecho una apuesta —replicó el muchacho dando diente con diente.
—¿Y cuál es esa apuesta?
—A que llego a donde está esa luz. Además, como señal de que lo he hecho, tengo que bajar una rama de ese pino.
Entonces dijo el perro:
—Puedes llevar esa rama, pero antes me tienes que decir tres verdades.
El muchacho, respirando fatigosamente por efecto del miedo, respondió de esta manera:
—He aquí la primera verdad. El día más oscuro es más claro que la noche más clara.
—Bien —ladró el perrazo—. Ahora la segunda verdad.
—La segunda verdad es que la madre propia, por mala que sea, es mejor que la mejor madastra.
—¡La tercera verdad! —exigió a ladridos.
—Pues la tercera verdad es que tengo veinticuatro años y tres meses, y jamás he visto un perro mayor que tú.
—Bien —ladró el animal—. Sube ahora a mi espalda y coge una ramita del extremo superior del árbol.
Cuando después de coger la rama, el joven bajó a tierra, el enorme y terrible perro le dijo estas palabras:
—No hagas otra vez tal apuesta. Para los que son como tú, se ha hecho el día; la noche para los que son como yo.
—¿Y la luz? —se atrevió a preguntar el muchacho—. Todavía no he visto la luz.
—La luz aquí está.
Y abriendo desmesuradamente la boca, vio el muchacho que la luz la tenía el perro en el paladar y brillaba tanto, que la podían ver las hilanderas.
El muchacho, trastornado por el encuentro con aquel ser diabólico, se retiró a casa, se acostó y ya no se levantó más.
El dragón
Antiguamente, el actual pueblo guipuzcoano de Mondragón se llamaba Arrasate. Cerca de Arrasate está el monte Murugain, en cuyas estribaciones vivía un fabuloso dragón.
Este dragón había impuesto un terrible tributo a Arrasate. Todos los años, en día señalado, tenían que entregarle las más bellas doncellas de la localidad para que se las comiese.
Para ello, el dragón había trazado con la cola un camino, que aún se conserva hasta el caserío Inchaurrondo, debajo y muy próximo del castillo de Arrasate, en Santa Bárbara.
En cuanto aparecía por Inchaurrondo, tenían que entregarle las doncellas, pues de lo contrario, salvando fácilmente las murallas, entraría en la villa sembrando el terror y la muerte.
Un día se reunieron todos los vecinos poco antes de la fecha de pagar el tributo, y se pusieron a cavilar cómo evitarían entregar las doncellas al dragón, que, ya para atemorizarles, volaba en las noches de plenilunio hacia otras montañas, emitiendo silbidos temerosos, con los que no dejaba sosegar a nadie.
Al fin, un joven tuvo una genial idea:
—Dadme todas las velas que hay en Arrasate —dijo.
Y con sacos, fueron recogiendo todas las velas que había en las casas.
El joven, una vez las tuvo en su poder, las fue arrimando al fuego para calentar la cera y poco a poco fue moldeando la figura de una doncella de singular hermosura.
La pusieron ropas como si fuera una mujer verdadera y la colocaron en las afueras, adonde acudió el dragón el día señalado y al ver a la joven, se abalanzó sobre ella y se la tragó de un bocado.
Entonces el joven, que estaba atento, lanzó una barra de hierro al rojo vivo en las fauces del dragón y la barra, al derretir la cera, le abrasó las entrañas al dragón, ocasionándole la muerte tras terrible agonía.
Los habitantes de Arrasate celebraron el acontecimiento con júbilo indescriptible. Les parecía soñar el estar libres ya de la pesadilla del dragón.
Alfonso X el Sabio, hace 700 años, al otorgar los fueros y franquicias a Arrasate, tuvo en cuenta esta leyenda y cambió el nombre del pueblo por el de Mondragón (monte del dragón), uniendo así para siempre el nombre del pueblo con la historia del dragón.
Este dragón había impuesto un terrible tributo a Arrasate. Todos los años, en día señalado, tenían que entregarle las más bellas doncellas de la localidad para que se las comiese.
Para ello, el dragón había trazado con la cola un camino, que aún se conserva hasta el caserío Inchaurrondo, debajo y muy próximo del castillo de Arrasate, en Santa Bárbara.
En cuanto aparecía por Inchaurrondo, tenían que entregarle las doncellas, pues de lo contrario, salvando fácilmente las murallas, entraría en la villa sembrando el terror y la muerte.
Un día se reunieron todos los vecinos poco antes de la fecha de pagar el tributo, y se pusieron a cavilar cómo evitarían entregar las doncellas al dragón, que, ya para atemorizarles, volaba en las noches de plenilunio hacia otras montañas, emitiendo silbidos temerosos, con los que no dejaba sosegar a nadie.
Al fin, un joven tuvo una genial idea:
—Dadme todas las velas que hay en Arrasate —dijo.
Y con sacos, fueron recogiendo todas las velas que había en las casas.
El joven, una vez las tuvo en su poder, las fue arrimando al fuego para calentar la cera y poco a poco fue moldeando la figura de una doncella de singular hermosura.
La pusieron ropas como si fuera una mujer verdadera y la colocaron en las afueras, adonde acudió el dragón el día señalado y al ver a la joven, se abalanzó sobre ella y se la tragó de un bocado.
Entonces el joven, que estaba atento, lanzó una barra de hierro al rojo vivo en las fauces del dragón y la barra, al derretir la cera, le abrasó las entrañas al dragón, ocasionándole la muerte tras terrible agonía.
Los habitantes de Arrasate celebraron el acontecimiento con júbilo indescriptible. Les parecía soñar el estar libres ya de la pesadilla del dragón.
Alfonso X el Sabio, hace 700 años, al otorgar los fueros y franquicias a Arrasate, tuvo en cuenta esta leyenda y cambió el nombre del pueblo por el de Mondragón (monte del dragón), uniendo así para siempre el nombre del pueblo con la historia del dragón.
La Virgen de Aralar.
Cuentan viejas leyendas que aún corren de boca en boca por los caseríos guipuzcoanos de la sierra de Aralar, que la Virgen de Aránzazu, antes de aparecerse al pastorcillo Rodrigo de Balzategui, se apareció en la sierra de Aralar.
Todos los montañeros que han visitado esta bella sierra, habrán observado que a unos 800 metros al norte de Igaratzako arratea, o portillo de Igaratza, junto al camino que de este prado baja hacia Amézqueta, se halla un peñasco suelto de caliza, que mide 1,90 metros de largo por 1,30 metros de ancho, y 1,40 metros de alto. Los pastores le llaman Amabirjiñen arrie (la piedra de la Virgen).
Cuentan que sobre este peñasco se apareció la Virgen a un pastorcillo de Loidi, y le dijo que subiese tres tablillas y siete tejas, lo mismo que le pidió luego en Aránzazu al zagal Rodrigo de Balzategui. (Aita zurea-arotza da-Itun bat-eiozu. Iru latatxo-zazpi tellatxo-Oraiñ askoko-dituzu).
El niño volvió a su casa y contó el caso a sus padres, los cuales lo tomaron a risa y no le permitieron llevar ni teja ni tablilla para hacer una casita a la Virgen.
Segunda y tercera vez apareciósele la Virgen pidiéndole el mismo favor, mas los padres del muchacho continuaron incrédulos, e impidieron el cumplimiento de sus deseos.
Entonces la Virgen se trasladó a Aránzazu. Y como testimonio de la visita de la Virgen sobre esta piedra de Amabirjiñen arrie, dejó un hueco o huella de un pie que todavía se conserva.
Muchos hemos visto esta huella que, cuando se llena de agua de lluvia, utilizan los pastores para santiguarse. También se deposita dinero en este hueco para alcanzar del cielo alguna gracia. No pertenece a nadie este dinero, pero el que lo recoge ha de entregarlo en alguna ermita o iglesia como limosna o estipendio de Misa o responso en sufragio de las almas del Purgatorio.
Cuéntase a este propósito, que un muchacho tomó una vez el dinero que halló en la huella de la Virgen, mas luego enfermó y no curó hasta que hubo confesado su falta y ordenado fuese celebrada una Misa, entregando como estipendio la cantidad robada.
Todos los montañeros que han visitado esta bella sierra, habrán observado que a unos 800 metros al norte de Igaratzako arratea, o portillo de Igaratza, junto al camino que de este prado baja hacia Amézqueta, se halla un peñasco suelto de caliza, que mide 1,90 metros de largo por 1,30 metros de ancho, y 1,40 metros de alto. Los pastores le llaman Amabirjiñen arrie (la piedra de la Virgen).
Cuentan que sobre este peñasco se apareció la Virgen a un pastorcillo de Loidi, y le dijo que subiese tres tablillas y siete tejas, lo mismo que le pidió luego en Aránzazu al zagal Rodrigo de Balzategui. (Aita zurea-arotza da-Itun bat-eiozu. Iru latatxo-zazpi tellatxo-Oraiñ askoko-dituzu).
El niño volvió a su casa y contó el caso a sus padres, los cuales lo tomaron a risa y no le permitieron llevar ni teja ni tablilla para hacer una casita a la Virgen.
Segunda y tercera vez apareciósele la Virgen pidiéndole el mismo favor, mas los padres del muchacho continuaron incrédulos, e impidieron el cumplimiento de sus deseos.
Entonces la Virgen se trasladó a Aránzazu. Y como testimonio de la visita de la Virgen sobre esta piedra de Amabirjiñen arrie, dejó un hueco o huella de un pie que todavía se conserva.
Muchos hemos visto esta huella que, cuando se llena de agua de lluvia, utilizan los pastores para santiguarse. También se deposita dinero en este hueco para alcanzar del cielo alguna gracia. No pertenece a nadie este dinero, pero el que lo recoge ha de entregarlo en alguna ermita o iglesia como limosna o estipendio de Misa o responso en sufragio de las almas del Purgatorio.
Cuéntase a este propósito, que un muchacho tomó una vez el dinero que halló en la huella de la Virgen, mas luego enfermó y no curó hasta que hubo confesado su falta y ordenado fuese celebrada una Misa, entregando como estipendio la cantidad robada.
El perro de la tea
Ahora no se lo puede imaginar uno, pero hace algunos siglos en Baracaldo, y en toda aquella comarca, solo se hablaba el vascuence.
Las viejas comadres contaban, al calor de la lumbre en los oscuros anocheceres, que siempre que fallecía algún vecino, en las noches siguientes a su muerte, aparecía un terrible perro llevando en el hocico una tea que despedía fuego y, en cuanto veía a alguien, se zambullía en el primer arroyo que encontraba y desaparecía.
En un caserío de las afueras de Baracaldo se puso un hombre enfermo y su hijo, conociendo que estaba en la agonía, salió en busca del sacerdote. Cuando iban los dos juntos al caserío, comentó el muchacho:
—¿Y si ahora se nos apareciera el perro con la tea?
Llegaron al caserío, donde el sacerdote ayudó a bien morir al anciano, y luego, ya de noche cerrada, se volvió para su casa, siendo acompañado por el muchacho. Cuando llegaron a casa del sacerdote, este dijo al muchacho:
—Tienes mucho miedo. No vayas a tu casa. Quédate a dormir aquí.
—Aunque no sea más que para que no se asuste mi madre, tengo que ir —respondió el muchacho—. Si no fuera, pensaría que me había tragado el animal. No tengo más remedio que ir.
—Bueno —dijo el sacerdote—. Entonces lleva en tus manos esta cruz. Si te aparece el perrazo, haz con el mango de la cruz una gran circunferencia, y en la mitad, la señal de la cruz y estate allí sobre la raya, mientras estás hablando con él.
—¡Pobre de mí! ¿Y qué le diré a ese perrazo?
—Lo siguiente: Si eres de buena parte, acércate y dime lo que quieres. Si eres de mala parte, no te acerques en siete leguas a la redonda.
Iba el chico muerto de miedo por los estrechos caminos, saltando los cercados, mirando con temor las oscuras zarzas que bordeaban los senderos, cuando al doblar una curva, ¡zas!, allí estaba el terrible perrazo con una antorcha en la boca, mirándole con sus ojos rojos.
El muchacho fue a hacer la circunferencia con la cruz que llevaba en la mano, pero el perro le dijo:
—No te asustes. Soy fulano (el nombre de un vecino ya fallecido) y estoy condenado.
El niño no podía tenerse de pie y callaba y temblaba sin atreverse a moverse.
—De esas dos heredades de ahí abajo —continuó hablando el animal—, sacaba yo anualmente tierra a mi heredad por la acequia, y por ese robo estoy condenado.
El muchacho pensaba que se iba a caer desmayado oyendo aquellas terribles confesiones a un perro a medianoche y en un camino solitario.
—Aunque tenga cara de perro, me sofoca enormemente este hábito que me vistieron al morir; quítamelo con esa cruz que tienes en la mano.
El muchacho a duras penas quitó su vestido al infortunado en figura de perro, quien dando un salto desapareció para ya nunca jamás aparecer en la comarca.
En cuanto al niño, nada más llegar a casa tuvo que meterse en la cama enfermo.
Las viejas comadres contaban, al calor de la lumbre en los oscuros anocheceres, que siempre que fallecía algún vecino, en las noches siguientes a su muerte, aparecía un terrible perro llevando en el hocico una tea que despedía fuego y, en cuanto veía a alguien, se zambullía en el primer arroyo que encontraba y desaparecía.
En un caserío de las afueras de Baracaldo se puso un hombre enfermo y su hijo, conociendo que estaba en la agonía, salió en busca del sacerdote. Cuando iban los dos juntos al caserío, comentó el muchacho:
—¿Y si ahora se nos apareciera el perro con la tea?
Llegaron al caserío, donde el sacerdote ayudó a bien morir al anciano, y luego, ya de noche cerrada, se volvió para su casa, siendo acompañado por el muchacho. Cuando llegaron a casa del sacerdote, este dijo al muchacho:
—Tienes mucho miedo. No vayas a tu casa. Quédate a dormir aquí.
—Aunque no sea más que para que no se asuste mi madre, tengo que ir —respondió el muchacho—. Si no fuera, pensaría que me había tragado el animal. No tengo más remedio que ir.
—Bueno —dijo el sacerdote—. Entonces lleva en tus manos esta cruz. Si te aparece el perrazo, haz con el mango de la cruz una gran circunferencia, y en la mitad, la señal de la cruz y estate allí sobre la raya, mientras estás hablando con él.
—¡Pobre de mí! ¿Y qué le diré a ese perrazo?
—Lo siguiente: Si eres de buena parte, acércate y dime lo que quieres. Si eres de mala parte, no te acerques en siete leguas a la redonda.
Iba el chico muerto de miedo por los estrechos caminos, saltando los cercados, mirando con temor las oscuras zarzas que bordeaban los senderos, cuando al doblar una curva, ¡zas!, allí estaba el terrible perrazo con una antorcha en la boca, mirándole con sus ojos rojos.
El muchacho fue a hacer la circunferencia con la cruz que llevaba en la mano, pero el perro le dijo:
—No te asustes. Soy fulano (el nombre de un vecino ya fallecido) y estoy condenado.
El niño no podía tenerse de pie y callaba y temblaba sin atreverse a moverse.
—De esas dos heredades de ahí abajo —continuó hablando el animal—, sacaba yo anualmente tierra a mi heredad por la acequia, y por ese robo estoy condenado.
El muchacho pensaba que se iba a caer desmayado oyendo aquellas terribles confesiones a un perro a medianoche y en un camino solitario.
—Aunque tenga cara de perro, me sofoca enormemente este hábito que me vistieron al morir; quítamelo con esa cruz que tienes en la mano.
El muchacho a duras penas quitó su vestido al infortunado en figura de perro, quien dando un salto desapareció para ya nunca jamás aparecer en la comarca.
En cuanto al niño, nada más llegar a casa tuvo que meterse en la cama enfermo.
El seminarista Zatika
Hace varios siglos, los estudiantes del País Vasco iban a estudiar a Salamanca.
Y como es natural, esto costaba mucho, y pocos podían hacer tan largo desplazamiento.
En el barrio Zatika, que está encima de Lequeitio, una viuda tenía un hijo muy piadoso que quería ser sacerdote. Su madre, viendo el deseo del hijo, reunió dinero de aquí y de allá y con grandes apuros mandó a su hijo a Salamanca. Y todos los años, aunque le costaba mucho, mandaba el dinero para pagar el hospedaje. Pues habréis de saber que, antiguamente, los seminaristas no estaban internos en los Seminarios. Vivían de patrona en una posada, cada cual en la que podía pagar, e iban mañana y tarde a la Universidad a estudiar.
Faltándole muy poco para terminar su carrera, se le murió la madre a Zatika. ¡Qué gran desgracia! Y máxime cuando tenía un montón de deudas y esperaba pagarlas con el dinero que mandase su madre.
¿Qué hacer? ¿Qué no hacer? El pobre Zatika no hacía más que darle vueltas en la cabeza al asunto, y cada vez estaba más preocupado. Un zapatero le reclamaba el importe de la compostura de sus zapatos. La deuda era pequeña, seis maravedíes, pero el zapatero le perseguía constantemente reclamándole los seis maravedíes.
Y cuando, en la fonda donde se hospedaba le dijeron que si no pagaba el mes no le darían más ni comida ni cama, el pobre Zatika sintió que se le iban las fuerzas y, desmayándose, cayó cuan largo era en tierra.
En aquellos días había en Salamanca una epidemia de cólera, y constantemente caían las personas como fulminadas por el cólera. Así que no extrañó el desmayo de Zatika; antes bien: supusieron que se había muerto de la peste. Y cargándole en un carro se lo llevaron al cementerio, donde le dejaron en el depósito de cadáveres para enterrarlo al día siguiente.
Mas el zapatero, cuando se enteró que el seminarista Zatika se había muerto y ya no le pagaría sus seis maravedíes, montó en cólera:
—Pues yo me tengo que cobrar de alguna forma —dijo.
Y como sabía que a los muertos les encendían una vela en el depósito, decidió:
—Me cobraré en luz. En vez de trabajar en mi casa a la luz de mi vela, gastándola, iré al depósito y trabajaré a la luz de la vela de Zatika.
Y dicho y hecho. El zapatero se trasladó con todos sus bártulos al depósito de cadáveres y allí, junto al cuerpo sin movimiento de Zatika, se puso a trabajar.
En esto oyó ruidos muy raros y corrió a un rincón a esconderse. Era una cuadrilla de ladrones que había asaltado un Banco y con su botín, iban al depósito de cadáveres para repartir lo robado, pensando que allí nadie les molestaría.
Vaciaron el saco con las onzas de oro que habían robado y fueron haciendo tantos montones iguales de monedas, como ladrones había.
—Una para este, otra para el otro, otra para el de más allá, otra para ti, otra para mí —iba diciendo el jefe de los ladrones, al mismo tiempo que iba echando las monedas en los montones.
En esto despertó el seminarista Zatika quien, al oír a los ladrones, se dio cuenta de la clase de gente que eran y siguió quietecito sin moverse.
Al terminar la repartición, quedó una onza que todos querían.
—Me corresponde a mí —decía uno— por haber tenido la idea de asaltar el Banco.
—Sí; pero yo fui el que entró primero —contestaba otro.
Y al ver que estaban a punto de reñir, el capitán de los ladrones dijo:
—Soy de la opinión que la onza sea para el que le corte la punta de la nariz al cadáver que yace ahí.
En cuanto Zatika oyó aquello, se sentó de golpe y gritó:
—¡Ánimas del Purgatorio! ¡Ayudadme!
Al ver a quien ellos creían muerto, resucitar, los ladrones, llenos de miedo, echaron a correr, abandonando los montones de onzas de oro.
Zatika, en cuanto vio que los ladrones huían, saltó del féretro y comenzó a llenarse los bolsillos de onzas de oro.
En esto apareció el zapatero, que estaba escondido y había visto y oído todo, y le dijo:
—Zatika, me tienes que dar la mitad del oro, si no llamaré a los ladrones que vuelvan.
—Bueno —dijo Zatika—. Toma la mitad.
Cuando acabaron de llenar sus bolsillos y faltriquera con las monedas, se le ocurrió a Zatika que los ladrones volverían, y en seguida, en busca del dinero que habían abandonado.
—Tenemos que escondernos, pues los ladrones, una vez se les pase el miedo, vendrán corriendo por su oro.
Y fueron al rincón donde había estado antes el zapatero y se escondieron.
Y a tiempo, pues en aquel momento entró un ladrón quien, mirando a todas partes, fue avanzando hacia el féretro.
Mientras estaban metidos en aquel agujero, el zapatero empezó a acordarse de los seis maravedíes que le debía Zatika.
Y sin poder contenerse, empezó a gritar como solía hacer por las calles cuando le veía a Zatika:
—¿Mis seis maravedíes? ¿Dónde están mis seis maravedíes?
Al oír aquello, el ladrón apretó a correr y salió afuera, donde aguardaba el resto de la banda.
—¿Qué? —le preguntaron.
—Deben estar allí todas las ánimas del Purgatorio, pues de todo el capital que hemos dejado, solo le ha tocado a cada uno seis maravedíes. Y alguno los reclama, pues no se los quieren dar.
—Huyamos pues. No sea que nos cojan.
Y los ladrones se marcharon dejando a Zatika y al zapatero. Zatika, así, pudo terminar su carrera, y el zapatero poner una tienda hermosa.
Y como es natural, esto costaba mucho, y pocos podían hacer tan largo desplazamiento.
En el barrio Zatika, que está encima de Lequeitio, una viuda tenía un hijo muy piadoso que quería ser sacerdote. Su madre, viendo el deseo del hijo, reunió dinero de aquí y de allá y con grandes apuros mandó a su hijo a Salamanca. Y todos los años, aunque le costaba mucho, mandaba el dinero para pagar el hospedaje. Pues habréis de saber que, antiguamente, los seminaristas no estaban internos en los Seminarios. Vivían de patrona en una posada, cada cual en la que podía pagar, e iban mañana y tarde a la Universidad a estudiar.
Faltándole muy poco para terminar su carrera, se le murió la madre a Zatika. ¡Qué gran desgracia! Y máxime cuando tenía un montón de deudas y esperaba pagarlas con el dinero que mandase su madre.
¿Qué hacer? ¿Qué no hacer? El pobre Zatika no hacía más que darle vueltas en la cabeza al asunto, y cada vez estaba más preocupado. Un zapatero le reclamaba el importe de la compostura de sus zapatos. La deuda era pequeña, seis maravedíes, pero el zapatero le perseguía constantemente reclamándole los seis maravedíes.
Y cuando, en la fonda donde se hospedaba le dijeron que si no pagaba el mes no le darían más ni comida ni cama, el pobre Zatika sintió que se le iban las fuerzas y, desmayándose, cayó cuan largo era en tierra.
En aquellos días había en Salamanca una epidemia de cólera, y constantemente caían las personas como fulminadas por el cólera. Así que no extrañó el desmayo de Zatika; antes bien: supusieron que se había muerto de la peste. Y cargándole en un carro se lo llevaron al cementerio, donde le dejaron en el depósito de cadáveres para enterrarlo al día siguiente.
Mas el zapatero, cuando se enteró que el seminarista Zatika se había muerto y ya no le pagaría sus seis maravedíes, montó en cólera:
—Pues yo me tengo que cobrar de alguna forma —dijo.
Y como sabía que a los muertos les encendían una vela en el depósito, decidió:
—Me cobraré en luz. En vez de trabajar en mi casa a la luz de mi vela, gastándola, iré al depósito y trabajaré a la luz de la vela de Zatika.
Y dicho y hecho. El zapatero se trasladó con todos sus bártulos al depósito de cadáveres y allí, junto al cuerpo sin movimiento de Zatika, se puso a trabajar.
En esto oyó ruidos muy raros y corrió a un rincón a esconderse. Era una cuadrilla de ladrones que había asaltado un Banco y con su botín, iban al depósito de cadáveres para repartir lo robado, pensando que allí nadie les molestaría.
Vaciaron el saco con las onzas de oro que habían robado y fueron haciendo tantos montones iguales de monedas, como ladrones había.
—Una para este, otra para el otro, otra para el de más allá, otra para ti, otra para mí —iba diciendo el jefe de los ladrones, al mismo tiempo que iba echando las monedas en los montones.
En esto despertó el seminarista Zatika quien, al oír a los ladrones, se dio cuenta de la clase de gente que eran y siguió quietecito sin moverse.
Al terminar la repartición, quedó una onza que todos querían.
—Me corresponde a mí —decía uno— por haber tenido la idea de asaltar el Banco.
—Sí; pero yo fui el que entró primero —contestaba otro.
Y al ver que estaban a punto de reñir, el capitán de los ladrones dijo:
—Soy de la opinión que la onza sea para el que le corte la punta de la nariz al cadáver que yace ahí.
En cuanto Zatika oyó aquello, se sentó de golpe y gritó:
—¡Ánimas del Purgatorio! ¡Ayudadme!
Al ver a quien ellos creían muerto, resucitar, los ladrones, llenos de miedo, echaron a correr, abandonando los montones de onzas de oro.
Zatika, en cuanto vio que los ladrones huían, saltó del féretro y comenzó a llenarse los bolsillos de onzas de oro.
En esto apareció el zapatero, que estaba escondido y había visto y oído todo, y le dijo:
—Zatika, me tienes que dar la mitad del oro, si no llamaré a los ladrones que vuelvan.
—Bueno —dijo Zatika—. Toma la mitad.
Cuando acabaron de llenar sus bolsillos y faltriquera con las monedas, se le ocurrió a Zatika que los ladrones volverían, y en seguida, en busca del dinero que habían abandonado.
—Tenemos que escondernos, pues los ladrones, una vez se les pase el miedo, vendrán corriendo por su oro.
Y fueron al rincón donde había estado antes el zapatero y se escondieron.
Y a tiempo, pues en aquel momento entró un ladrón quien, mirando a todas partes, fue avanzando hacia el féretro.
Mientras estaban metidos en aquel agujero, el zapatero empezó a acordarse de los seis maravedíes que le debía Zatika.
Y sin poder contenerse, empezó a gritar como solía hacer por las calles cuando le veía a Zatika:
—¿Mis seis maravedíes? ¿Dónde están mis seis maravedíes?
Al oír aquello, el ladrón apretó a correr y salió afuera, donde aguardaba el resto de la banda.
—¿Qué? —le preguntaron.
—Deben estar allí todas las ánimas del Purgatorio, pues de todo el capital que hemos dejado, solo le ha tocado a cada uno seis maravedíes. Y alguno los reclama, pues no se los quieren dar.
—Huyamos pues. No sea que nos cojan.
Y los ladrones se marcharon dejando a Zatika y al zapatero. Zatika, así, pudo terminar su carrera, y el zapatero poner una tienda hermosa.
La Misa misteriosa
El pueblecito vasco-francés de St. Jean Pied Port, se llama en vascuence Garazi. Donibane-Garazi está situado al pie de unas altas montañas, estribaciones de los Pirineos, y muchos pastores suben encima de los bosques, a la tierra libre, para apacentar sus rebaños.
Una noche, ya amaneciendo, los pastores que tenían sus rebaños cerca de la iglesia del Salvador, que está situada al terminar un frondoso bosque, vieron una inquietante luz en el interior de la iglesia, que estaba cerrada hacía años.
Quedaron atemorizados ante aquella misteriosa luz, y su horror aumentó al ver que, noche tras noche, durante una semana, se repetía el fenómeno en la vacía iglesia.
Pensaron que aquello era cosa del diablo y decidieron abandonar aquellos lugares, no fuera a ocurrirles algo malo a sus ovejas. Pero, por otra parte, los pastizales eran tan hermosos que les daba pena abandonarlos.
Entonces se reunieron todos los pastores, y uno de ellos dijo que, antes de marcharse, había que ver qué era aquella luz.
Y todos juntos, después de signarse con agua bendita, teniendo en la mano un fuerte palo y en la otra un rosario, rezando en voz alta echaron a andar. Era ya la madrugada cuando se acercaron a la solitaria iglesia, y al momento divisaron la misteriosa luz que salía por todas las rendijas.
En cuanto vieron la luz sus perros mastines, se pusieron a ladrar como locos y se volvieron para atrás.
Los pastores estuvieron a punto de echar a correr, pero dándose la mano, siguieron avanzando, temblándoles las piernas a más y mejor.
Cuando llegaron a la puerta, vieron que estaba cerrada. El más decidido se atrevió a mirar por el ojo de la cerradura y quedó mudo de miedo. Los otros pastores, uno a uno, fueron mirando y también quedaron espantados ante el espectáculo.
Todas las velas del altar estaban encendidas y, con los ornamentos sagrados puestos, estaba inmóvil, a los pies del altar, un sacerdote desconocido para ellos.
Al pegar con sus palos en la puerta produjeron cierto ruido, que fue oído por el cura, quien volvió la cabeza y, al momento, y como ahogándose, dio comienzo a la Misa:
—Introibo ad altare Dei.
Uno de los pastores, casi sin darse cuenta de lo que hacía, contestó en voz alta.
Y así fue desarrollándose la Misa. El sacerdote dentro de la iglesia cerrada, y los pastores fuera, ayudándole en las contestaciones.
La Misa fue larguísima para los amedrentados pastores, y cuando terminó esta, oyeron que el cura se volvía hacia ellos, y con alta y jubilosa voz les decía:
—¡Oh, mil gracias, ánimas benditas, quienquiera que seáis! Llevo muchos años esperando la oportunidad de poder decir esta Misa para entrar en el cielo. Nunca había nadie que me respondiera. Mil gracias nuevamente. No os olvidaré desde el cielo.
Y al terminar de decir esto desapareció el sacerdote, se apagaron las luces de la iglesia y los pastores quedaron atónitos, sin saber si aquello había sido soñado o sucedido en realidad.
Pero, por si acaso, se llevaron los rebaños a otros pastizales. Y aquel año todos los pastores tuvieron abundantes y sanos corderos. Seguramente sería la intercesión del misterioso sacerdote.
Una noche, ya amaneciendo, los pastores que tenían sus rebaños cerca de la iglesia del Salvador, que está situada al terminar un frondoso bosque, vieron una inquietante luz en el interior de la iglesia, que estaba cerrada hacía años.
Quedaron atemorizados ante aquella misteriosa luz, y su horror aumentó al ver que, noche tras noche, durante una semana, se repetía el fenómeno en la vacía iglesia.
Pensaron que aquello era cosa del diablo y decidieron abandonar aquellos lugares, no fuera a ocurrirles algo malo a sus ovejas. Pero, por otra parte, los pastizales eran tan hermosos que les daba pena abandonarlos.
Entonces se reunieron todos los pastores, y uno de ellos dijo que, antes de marcharse, había que ver qué era aquella luz.
Y todos juntos, después de signarse con agua bendita, teniendo en la mano un fuerte palo y en la otra un rosario, rezando en voz alta echaron a andar. Era ya la madrugada cuando se acercaron a la solitaria iglesia, y al momento divisaron la misteriosa luz que salía por todas las rendijas.
En cuanto vieron la luz sus perros mastines, se pusieron a ladrar como locos y se volvieron para atrás.
Los pastores estuvieron a punto de echar a correr, pero dándose la mano, siguieron avanzando, temblándoles las piernas a más y mejor.
Cuando llegaron a la puerta, vieron que estaba cerrada. El más decidido se atrevió a mirar por el ojo de la cerradura y quedó mudo de miedo. Los otros pastores, uno a uno, fueron mirando y también quedaron espantados ante el espectáculo.
Todas las velas del altar estaban encendidas y, con los ornamentos sagrados puestos, estaba inmóvil, a los pies del altar, un sacerdote desconocido para ellos.
Al pegar con sus palos en la puerta produjeron cierto ruido, que fue oído por el cura, quien volvió la cabeza y, al momento, y como ahogándose, dio comienzo a la Misa:
—Introibo ad altare Dei.
Uno de los pastores, casi sin darse cuenta de lo que hacía, contestó en voz alta.
Y así fue desarrollándose la Misa. El sacerdote dentro de la iglesia cerrada, y los pastores fuera, ayudándole en las contestaciones.
La Misa fue larguísima para los amedrentados pastores, y cuando terminó esta, oyeron que el cura se volvía hacia ellos, y con alta y jubilosa voz les decía:
—¡Oh, mil gracias, ánimas benditas, quienquiera que seáis! Llevo muchos años esperando la oportunidad de poder decir esta Misa para entrar en el cielo. Nunca había nadie que me respondiera. Mil gracias nuevamente. No os olvidaré desde el cielo.
Y al terminar de decir esto desapareció el sacerdote, se apagaron las luces de la iglesia y los pastores quedaron atónitos, sin saber si aquello había sido soñado o sucedido en realidad.
Pero, por si acaso, se llevaron los rebaños a otros pastizales. Y aquel año todos los pastores tuvieron abundantes y sanos corderos. Seguramente sería la intercesión del misterioso sacerdote.
El carbonero jugador.
En un pueblecito de las montañas navarras, vivía un carbonero muy aficionado al juego. Un día bajó del monte una hermosa carga de leña en su burro y la vendió a buen precio. Pero en vez de llevar el dinero a su casa, se metió en la posada del pueblo y allí le tentó un forastero para que jugase. El contrincante era el diablo y no es de extrañar que Larramet, el carbonero, perdiese rápidamente todo su dinero.
Y el infeliz Larramet, se volvió a su casa triste y pensativo sin saber qué hacer. Había perdido el importe de la leña, y ahora no tenía nada para llevar de comer a su familia.
Al pasar por la orilla del río se encontró con dos hombres. Estos eran Nuestro Señor Jesucristo y San Pedro.
—Larramet —le dijeron—, ¿quisieras pasarnos a la otra orilla del río en tu burro?
—De mil amores —dijo Larramet.
Y uno a uno les pasó tan ricamente al otro lado, sin que se mojaran.
—¿Qué deseas ahora en pago? —le preguntó Nuestro Señor.
Larramet miró su gran saco vacío y decidió:
—¡Poder meter en mi saco a quien quiera!
—Bueno, pues tu deseo te es concedido.
Inmediatamente Larramet volvió a la posada, y al encontrarse con el diablo, le dijo:
—¡Métete en mi saco!
Y quieras que no, como era un mandato de Dios, el diablo tuvo que entrar en el saco.
Larramet puso el saco encima del burro y lo llevó a casa del herrero:
—Amigo herrero —le dijo—, traigo una carga que es un poco dura y le hace daño al burro; dele, por favor, unos buenos martillazos.
Y poniendo el saco encima del yunque, el herrero empezó «kaski-kaska», y el diablo a gritar ¡ay!, ¡ay!, a cada golpe que recibía.
—¡Pegue usted! ¡Pegue! —urgía Larramet al herrero.
—¡No, por favor! —aullaba el diablo—. ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Dejadme con vida, os lo ruego!
El herrero seguía dándole al saco y el diablo gritando, hasta que se le ocurrió decir:
—¡Larramet! ¡Larramet! ¿Qué quieres por soltarme?
—¡Que me llenes el saco de oro!
Y como los golpes menudeaban que era un gusto, el diablo tuvo que acceder y le llenó el saco de oro, marchándose molido al infierno.
Y Larramet, más contento que unas pascuas, cargo el saco de oro en el burro y nunca fue más rápido a su casa. Y esta vez no paró en la posada para jugarse el dinero, no. Desde entonces, Larramet y su familia vivieron estupendamente. Puso cristales en las ventanas para que no entrara el frío, mandó a sus hijos al colegio y hasta comían carne y bacalao una vez por semana.
Mas, ¡ay!, cuando a Larramet le llegó la hora de la muerte y se fue a la puerta del cielo apretando amorosamente el saco que le había dado Nuestro Señor, se encontró a San Pedro con cara ceñuda:
—¿Qué quieres? —le preguntó.
A Larramet le salió una risa de conejo.
—Pues entrar en el cielo, como es natural.
—¡Largo de aquí! Si cuando Nuestro Señor te ofreció lo que quisieras hubieras pedido algo para después de la muerte, ahora habrías podido entrar. Pero te ganó la avaricia. ¡Ospa! ¡Vete adonde tu compañero de juego!
A Larramet no le quedó más remedio que acudir a la puerta del infierno.
—¿Quién llama? —dijo el diablo con voz espantosa.
—¡Larramet!
—¿Eh? —se sobresaltó el diablo—. ¿Es que quieres darme otra paliza? ¡Cerrad la puerta! —ordenó a los otros diablos.
Y Larramet se quedó sin entrar en el infierno.
No le quedó más remedio que volver al cielo. Muy humildemente, le dijo a San Pedro:
—Por favor, San Pedro. Si no me quiere recibir a mí, por lo menos deje entrar este saco en el cielo. Tiene un don de Nuestro Señor.
—Bueno, eso sí; así no caerá en malas manos.
Pero en cuanto el saco estuvo dentro del cielo, dijo Larramet en voz alta:
—Que Dios me meta en el saco.
Y, ¡zas!, se coló de repente en el cielo.
Y cuentan las leyendas que, desde entonces, San Pedro anda rascándose la cabeza, no sabiendo cómo sacar del cielo a Larramet.
Y el infeliz Larramet, se volvió a su casa triste y pensativo sin saber qué hacer. Había perdido el importe de la leña, y ahora no tenía nada para llevar de comer a su familia.
Al pasar por la orilla del río se encontró con dos hombres. Estos eran Nuestro Señor Jesucristo y San Pedro.
—Larramet —le dijeron—, ¿quisieras pasarnos a la otra orilla del río en tu burro?
—De mil amores —dijo Larramet.
Y uno a uno les pasó tan ricamente al otro lado, sin que se mojaran.
—¿Qué deseas ahora en pago? —le preguntó Nuestro Señor.
Larramet miró su gran saco vacío y decidió:
—¡Poder meter en mi saco a quien quiera!
—Bueno, pues tu deseo te es concedido.
Inmediatamente Larramet volvió a la posada, y al encontrarse con el diablo, le dijo:
—¡Métete en mi saco!
Y quieras que no, como era un mandato de Dios, el diablo tuvo que entrar en el saco.
Larramet puso el saco encima del burro y lo llevó a casa del herrero:
—Amigo herrero —le dijo—, traigo una carga que es un poco dura y le hace daño al burro; dele, por favor, unos buenos martillazos.
Y poniendo el saco encima del yunque, el herrero empezó «kaski-kaska», y el diablo a gritar ¡ay!, ¡ay!, a cada golpe que recibía.
—¡Pegue usted! ¡Pegue! —urgía Larramet al herrero.
—¡No, por favor! —aullaba el diablo—. ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Dejadme con vida, os lo ruego!
El herrero seguía dándole al saco y el diablo gritando, hasta que se le ocurrió decir:
—¡Larramet! ¡Larramet! ¿Qué quieres por soltarme?
—¡Que me llenes el saco de oro!
Y como los golpes menudeaban que era un gusto, el diablo tuvo que acceder y le llenó el saco de oro, marchándose molido al infierno.
Y Larramet, más contento que unas pascuas, cargo el saco de oro en el burro y nunca fue más rápido a su casa. Y esta vez no paró en la posada para jugarse el dinero, no. Desde entonces, Larramet y su familia vivieron estupendamente. Puso cristales en las ventanas para que no entrara el frío, mandó a sus hijos al colegio y hasta comían carne y bacalao una vez por semana.
Mas, ¡ay!, cuando a Larramet le llegó la hora de la muerte y se fue a la puerta del cielo apretando amorosamente el saco que le había dado Nuestro Señor, se encontró a San Pedro con cara ceñuda:
—¿Qué quieres? —le preguntó.
A Larramet le salió una risa de conejo.
—Pues entrar en el cielo, como es natural.
—¡Largo de aquí! Si cuando Nuestro Señor te ofreció lo que quisieras hubieras pedido algo para después de la muerte, ahora habrías podido entrar. Pero te ganó la avaricia. ¡Ospa! ¡Vete adonde tu compañero de juego!
A Larramet no le quedó más remedio que acudir a la puerta del infierno.
—¿Quién llama? —dijo el diablo con voz espantosa.
—¡Larramet!
—¿Eh? —se sobresaltó el diablo—. ¿Es que quieres darme otra paliza? ¡Cerrad la puerta! —ordenó a los otros diablos.
Y Larramet se quedó sin entrar en el infierno.
No le quedó más remedio que volver al cielo. Muy humildemente, le dijo a San Pedro:
—Por favor, San Pedro. Si no me quiere recibir a mí, por lo menos deje entrar este saco en el cielo. Tiene un don de Nuestro Señor.
—Bueno, eso sí; así no caerá en malas manos.
Pero en cuanto el saco estuvo dentro del cielo, dijo Larramet en voz alta:
—Que Dios me meta en el saco.
Y, ¡zas!, se coló de repente en el cielo.
Y cuentan las leyendas que, desde entonces, San Pedro anda rascándose la cabeza, no sabiendo cómo sacar del cielo a Larramet.
El carbonero y la Muerte.
En una mísera cabaña de un escondido bosque, vivía de mala manera un pobre, carbonero. Desde que amanecía hasta que anochecía se lo pasaba cortando leña, amontonándola en piras y dándolas fuego para hacer carbón.
Solo comía habas, maíz y queso. Y para beber, tenía agua del río, que era muy clara y no se le subía a la cabeza. El pobre hombre vivía desesperado y no quería dar albergue a nadie si alguna noche se acercaba alguien perdido a su cabaña.
Pero una noche…
—Tam, tam, tam —golpearon en la puerta de su cabaña.
—¿Quién es?
—Quisiera posada para esta noche.
—¿Pero quién es usted?
—Yo soy la Muerte.
—¡Adelante! ¡Adelante! Encantado. A usted sí le doy posada. Usted es igual con todos: lo mismo con los ricos que con los pobres, con los grandes que con los pequeños.
Y abriendo la puerta hizo pasar a la Muerte y le ofreció de todo lo que tenía, le preparó una mullida cama y, a la mañana siguiente, le dio de desayunar.
Antes de marcharse, la Muerte le dijo:
—¿Qué quiere usted que yo le dé?
—Hombre, yo no lo he hecho con esa intención, pero ya que lo ofrece…, pues vivir con algo de comodidad.
—Está bien. Te harás médico. Y cuando visites algún enfermo, si me ves en la cabecera, puedes decir que morirá sin remisión y que vaya preparando sus cosas. Por el contrario, si me ves en la parte de los pies, di con toda tranquilidad que el enfermo sanará; le das de beber cualquier cosa o que le pongan cualquier emplasto y pronto se curará. Y ahora, para empezar a hacerte famoso, vete a la ciudad del rey. La reina está muy enferma y hace mucho tiempo que la visitan los médicos, y no saben cómo curarla. Tú obra como yo te he dicho.
El carbonero, contento con lo que le había dicho, se lavó bien y, sacando del arca el traje de su boda, se fue a la ciudad cantando a más no poder.
Cuando llegó a la puerta del palacio del rey, dijo a los soldados que anunciaran que un médico venía dispuesto a curar a la reina. Pero al verle con aquella ropa y aquel aspecto tan tosco, no le creyeron ni le dejaron entrar.
Mas el carbonero no estaba dispuesto a desaprovechar la ocasión, por lo que se puso a gritar que tenía que ver a la reina, que tenía que ver a la reina, sin parar, una y otra vez.
Con el estrépito de los gritos del carbonero se asomó el rey a su balcón, y al oir que aquel hombre, con tipo de labriego decía que era médico y que pensaba curar a la reina, ordenó que le dejasen entrar, ya que los otros médicos, con aires y trajes de sabios, no habían logrado curar a su mujer.
El carbonero, seguido del rey y rodeado de una nube de doctores, se encaminó hacia la habitación donde estaba la reina. Cuando entró el carbonero, vio que la Muerte estaba a los pies de la cama y se alegró al verla allí. Los demás no tenían la facultad de ver a la Muerte, pues esta solo se aparecía para el carbonero.
El carbonero, adoptando aires de gran médico, tomó el pulso a la reina, examinó su lengua, le miró los ojos y luego dijo con seguridad:
—Yo sanaré en un momento a la reina.
Y pidió algunos ingredientes para hacer una cataplasma: vino, salvado, semillas, etc.
Al oír las cosas que pedía, los médicos se desternillaban de risa pensando en el ridículo que iba a hacer; pero el rey mandó que trajeran cuanto pidió. El carbonero lo mezcló todo, le puso la cataplasma a la reina y esta curó al instante.
Los médicos quedaron humillados, avergonzados, sin saber qué decir ante aquella curación tan repentina. Y decidieron dejarlo en ridículo. Para eso se reunieron en un rincón y acordaron que el más viejo de ellos se metiera en la cama fingiéndose enfermo, y luego pedir el parecer del carbonero.
Y al rey le dijeron:
—Señor. Para que vea Vuestra Excelencia que la curación de la reina ha sido una casualidad, hemos decidido que uno de nosotros se meta en la cama, y usted verá cómo ese hombrecillo nos demuestra que no sabe nada de medicina.
Se metió el médico más viejo en la cama y llamaron al carbonero, diciéndole que había una persona enferma en palacio y que deseaban la sanase.
Al entrar el carbonero en la habitación donde estaba el médico, vio que la Muerte estaba en la cabecera del enfermo, por lo que, sin acercarse siquiera, dijo firmemente:
—Este enfermo va a morir muy pronto.
Todos rompieron a reír y, lanzando carcajadas cada vez más grandes, se acercaron a la cama para decirle al acostado que se levantase. Pero quedaron aterrados al ver que este estaba lanzando su último suspiro.
Al ver el rey que, según había dicho el carbonero, su mujer estaba curada y el médico viejo se había muerto, ordenó a sus criados que arrojaran a palos a todos los médicos ignorantes.
Y dirigiéndose al carbonero le dijo:
—Vamos a ver; ¿qué deseas en premio por haber curado a mi mujer? ¿Y cuánto quieres cobrar por ser médico mío?
Y el carbonero le contestó igual que a la Muerte:
—¿Que qué quiero? Pues vivir con algo de comodidad.
Y habría que ver la vida que se dio en adelante el carbonero. Comía en la mesa del rey manjares que nunca había soñado ni que existían, y luego paseaba por el jardín, bajo los frondosos árboles que antes, en el bosque, tenía que tirar para convertir en carbón.
Un día, cuando mejor lo estaba pasando, detrás de un árbol se le apareció la Muerte y le dijo:
—¡Hola! ¿Ya me conoces, carbonero?
El carbonero sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿A qué has venido, Muerte?
—He venido en tu busca.
—¡No puede ser! Mientras fui un miserable carbonero me dejaste vivir años y años en aquellas amarguras, y ahora, en cuanto llevo viviendo unos cortos días de felicidad, ¿vienes a buscarme?
—¿No decías tú que yo era igual con todos, con pobres y ricos, con grandes y pequeños? Ahora te ha llegado la vez y tienes que venir conmigo, no importa la situación en que estés.
—Bueno, pero en recompensa del favor que te hice aquella noche en la cabaña, te ruego me des tiempo para rezar un Padrenuestro y un Avemaría.
—Te lo concedo. Arrodíllate, rézalos y prepárate para venirte conmigo.
El carbonero se arrodilló, rezó un Padrenuestro, pero luego se levantó y dijo:
—Ahora no tengo ganas de rezar el Avemaría.
—Pero…
—¿No me dijiste que me concedías tiempo para rezar un Padrenuestro y un Avemaría? Pues hasta que no lo haya rezado, no me puedes llevar.
La Muerte se marchó despechada por el engaño que le había hecho el carbonero, y este siguió disfrutando de la buena vida en el palacio del rey. Pero la Muerte, deseando llevárselo con ella, un día fue al bosque y se colgó, pareciendo como si estuviera ahorcada.
El carbonero, al verla, dijo:
—Hombre, sí que es gracioso: la Muerte ha muerto. Ya estoy libre. Ahora no me puede llevar. Voy a rezarle un Avemaría para que tenga buen viaje.
Pero en cuanto rezó el Avemaría, la Muerte se descolgó del árbol y ante el asombro del carbonero, le dijo:
—Un engaño se vence con otro engaño. Ya eres mío.
Y se le llevó con ella.
Solo comía habas, maíz y queso. Y para beber, tenía agua del río, que era muy clara y no se le subía a la cabeza. El pobre hombre vivía desesperado y no quería dar albergue a nadie si alguna noche se acercaba alguien perdido a su cabaña.
Pero una noche…
—Tam, tam, tam —golpearon en la puerta de su cabaña.
—¿Quién es?
—Quisiera posada para esta noche.
—¿Pero quién es usted?
—Yo soy la Muerte.
—¡Adelante! ¡Adelante! Encantado. A usted sí le doy posada. Usted es igual con todos: lo mismo con los ricos que con los pobres, con los grandes que con los pequeños.
Y abriendo la puerta hizo pasar a la Muerte y le ofreció de todo lo que tenía, le preparó una mullida cama y, a la mañana siguiente, le dio de desayunar.
Antes de marcharse, la Muerte le dijo:
—¿Qué quiere usted que yo le dé?
—Hombre, yo no lo he hecho con esa intención, pero ya que lo ofrece…, pues vivir con algo de comodidad.
—Está bien. Te harás médico. Y cuando visites algún enfermo, si me ves en la cabecera, puedes decir que morirá sin remisión y que vaya preparando sus cosas. Por el contrario, si me ves en la parte de los pies, di con toda tranquilidad que el enfermo sanará; le das de beber cualquier cosa o que le pongan cualquier emplasto y pronto se curará. Y ahora, para empezar a hacerte famoso, vete a la ciudad del rey. La reina está muy enferma y hace mucho tiempo que la visitan los médicos, y no saben cómo curarla. Tú obra como yo te he dicho.
El carbonero, contento con lo que le había dicho, se lavó bien y, sacando del arca el traje de su boda, se fue a la ciudad cantando a más no poder.
Cuando llegó a la puerta del palacio del rey, dijo a los soldados que anunciaran que un médico venía dispuesto a curar a la reina. Pero al verle con aquella ropa y aquel aspecto tan tosco, no le creyeron ni le dejaron entrar.
Mas el carbonero no estaba dispuesto a desaprovechar la ocasión, por lo que se puso a gritar que tenía que ver a la reina, que tenía que ver a la reina, sin parar, una y otra vez.
Con el estrépito de los gritos del carbonero se asomó el rey a su balcón, y al oir que aquel hombre, con tipo de labriego decía que era médico y que pensaba curar a la reina, ordenó que le dejasen entrar, ya que los otros médicos, con aires y trajes de sabios, no habían logrado curar a su mujer.
El carbonero, seguido del rey y rodeado de una nube de doctores, se encaminó hacia la habitación donde estaba la reina. Cuando entró el carbonero, vio que la Muerte estaba a los pies de la cama y se alegró al verla allí. Los demás no tenían la facultad de ver a la Muerte, pues esta solo se aparecía para el carbonero.
El carbonero, adoptando aires de gran médico, tomó el pulso a la reina, examinó su lengua, le miró los ojos y luego dijo con seguridad:
—Yo sanaré en un momento a la reina.
Y pidió algunos ingredientes para hacer una cataplasma: vino, salvado, semillas, etc.
Al oír las cosas que pedía, los médicos se desternillaban de risa pensando en el ridículo que iba a hacer; pero el rey mandó que trajeran cuanto pidió. El carbonero lo mezcló todo, le puso la cataplasma a la reina y esta curó al instante.
Los médicos quedaron humillados, avergonzados, sin saber qué decir ante aquella curación tan repentina. Y decidieron dejarlo en ridículo. Para eso se reunieron en un rincón y acordaron que el más viejo de ellos se metiera en la cama fingiéndose enfermo, y luego pedir el parecer del carbonero.
Y al rey le dijeron:
—Señor. Para que vea Vuestra Excelencia que la curación de la reina ha sido una casualidad, hemos decidido que uno de nosotros se meta en la cama, y usted verá cómo ese hombrecillo nos demuestra que no sabe nada de medicina.
Se metió el médico más viejo en la cama y llamaron al carbonero, diciéndole que había una persona enferma en palacio y que deseaban la sanase.
Al entrar el carbonero en la habitación donde estaba el médico, vio que la Muerte estaba en la cabecera del enfermo, por lo que, sin acercarse siquiera, dijo firmemente:
—Este enfermo va a morir muy pronto.
Todos rompieron a reír y, lanzando carcajadas cada vez más grandes, se acercaron a la cama para decirle al acostado que se levantase. Pero quedaron aterrados al ver que este estaba lanzando su último suspiro.
Al ver el rey que, según había dicho el carbonero, su mujer estaba curada y el médico viejo se había muerto, ordenó a sus criados que arrojaran a palos a todos los médicos ignorantes.
Y dirigiéndose al carbonero le dijo:
—Vamos a ver; ¿qué deseas en premio por haber curado a mi mujer? ¿Y cuánto quieres cobrar por ser médico mío?
Y el carbonero le contestó igual que a la Muerte:
—¿Que qué quiero? Pues vivir con algo de comodidad.
Y habría que ver la vida que se dio en adelante el carbonero. Comía en la mesa del rey manjares que nunca había soñado ni que existían, y luego paseaba por el jardín, bajo los frondosos árboles que antes, en el bosque, tenía que tirar para convertir en carbón.
Un día, cuando mejor lo estaba pasando, detrás de un árbol se le apareció la Muerte y le dijo:
—¡Hola! ¿Ya me conoces, carbonero?
El carbonero sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿A qué has venido, Muerte?
—He venido en tu busca.
—¡No puede ser! Mientras fui un miserable carbonero me dejaste vivir años y años en aquellas amarguras, y ahora, en cuanto llevo viviendo unos cortos días de felicidad, ¿vienes a buscarme?
—¿No decías tú que yo era igual con todos, con pobres y ricos, con grandes y pequeños? Ahora te ha llegado la vez y tienes que venir conmigo, no importa la situación en que estés.
—Bueno, pero en recompensa del favor que te hice aquella noche en la cabaña, te ruego me des tiempo para rezar un Padrenuestro y un Avemaría.
—Te lo concedo. Arrodíllate, rézalos y prepárate para venirte conmigo.
El carbonero se arrodilló, rezó un Padrenuestro, pero luego se levantó y dijo:
—Ahora no tengo ganas de rezar el Avemaría.
—Pero…
—¿No me dijiste que me concedías tiempo para rezar un Padrenuestro y un Avemaría? Pues hasta que no lo haya rezado, no me puedes llevar.
La Muerte se marchó despechada por el engaño que le había hecho el carbonero, y este siguió disfrutando de la buena vida en el palacio del rey. Pero la Muerte, deseando llevárselo con ella, un día fue al bosque y se colgó, pareciendo como si estuviera ahorcada.
El carbonero, al verla, dijo:
—Hombre, sí que es gracioso: la Muerte ha muerto. Ya estoy libre. Ahora no me puede llevar. Voy a rezarle un Avemaría para que tenga buen viaje.
Pero en cuanto rezó el Avemaría, la Muerte se descolgó del árbol y ante el asombro del carbonero, le dijo:
—Un engaño se vence con otro engaño. Ya eres mío.
Y se le llevó con ella.
El tambor
Antiguamente ya sabréis que no había insecticidas y, por tanto, las casas, las ropas y aun los cabellos de la gente, estaban llenos de insectos. Había que andar con mucho cuidado, limpia que te limpia, y a pesar de ello siempre se pescaba algún inquilino de los que no pagan renta.
Eso le pasó a una reina que andaba peinando a su hija una mañana y la cogió un piojo. La niña era muy caprichosa y se le ocurrió que, en lugar de matar el piojo, tenían que guardarlo para ver cuánto crecía.
Dicho y hecho: lo guardaron en una habitación y allí fue creciendo, hasta que se convirtió como un cochinillo de tres meses. Pero como la vida de los piojos es corta, en seguida envejeció y murió.
La hija de la reina tuvo gran pena cuando murió su piojo, y con objeto de tener un recuerdo de él, mandaron que le quitaran la piel e hicieron un tambor.
Y cuando se le antojaba, tocaba el tambor y dicen que le recordaba el piojo.
Un día estaba dale que te dale, ¡porrón, pompón!, al tambor y le dijo a la reina:
—¿Quién será capaz de adivinar que este tambor está hecho con la piel de un piojo?
—Estoy segura de que nadie lo adivinaría —respondió su madre.
Estaban con esos comentarios cuando llegó el rey, el cual, como la hija, era muy caprichoso, y al mismo tiempo muy avaro.
Y se le ocurrió que con aquel tambor podría ganar mucho dinero. Y mandó a los heraldos que anunciasen por su reino que en el palacio del rey había un tambor que, a quien adivinase de qué piel estaba hecho, ganaría un gran premio.
Claro que, si no acertaban, tenían que pagar al rey una cantidad.
Mucha gente, pensando que sería fácil adivinar la clase de animal cuya piel se había usado en la confección del tambor, iban al palacio.
Tocaban y retocaban el tambor, lo acercaban a sus ojos y, al fin, decían:
—Este tambor está hecho con la piel de un cerdo.
—¡No! ¡A pagar!
—Pues yo creo que es la piel de un zorro viejo.
—Tampoco. ¡A pagar!
—A mí parece que piel de gato —decía otro.
—No, piel de gallina —decía el de más allá.
Piel de cabrito, piel de lobo, piel de vaca, piel de toro, piel de perro… Nadie acertaba, y el rey iba reuniendo una inmensa cantidad de dinero.
En un pueblo, al otro extremo del reino, vivía un joven que decidió marcharse de casa para buscar fortuna. Y despidiéndose de sus padres echó a andar camino adelante, hasta que al cabo de unas horas, tropezó con un hombre tumbado en el suelo, con el oído aplicado a la tierra.
—¿Te pasa algo? ¿Qué haces así?
—Nada, estoy oyendo cómo crece la hierba.
—Buen oído tienes. Me convienes. ¿Querrías venir conmigo como criado? Voy a buscar fortuna.
—Bueno, pero me darás una parte.
—Claro.
Y ya juntos, siguieron el camino hasta que este entró en un bosque. En él estaba otro hombre ocupado en arrancar árboles con una mano. Los cogía del tronco y, de un tirón, los arrancaba con raíz y todo, a pesar de que eran árboles grandes y fuertes.
—¿Qué haces? —le preguntó el joven.
—Quiero reunir una carga de doce docenas de árboles para llevarlos al pueblo del rey y venderlos.
—¿Y los podrás llevar encima de tus espaldas?
—Naturalmente.
—Entonces, me convienes. ¿Quieres venir conmigo? Voy a hacer fortuna.
—Bueno, a condición de que tenga parte en ella.
—Para todos habrá.
Iban los tres por el camino cuando llegaron a la orilla dé un río. Allí estaba un hombre de rodillas lavándose la cara.
—¿Qué haces en esta soledad? —le preguntó el joven.
—Estoy aseándome; quiero ir al pueblo para la hora de comer.
—¡Para la hora de comer! ¡Es imposible! Hay muchas horas de camino.
—Yo soy muy rápido corriendo. Con mis largas piernas llegaré en un cuarto de hora.
—Me convienes. ¿Quiéres venir conmigo de criado? Voy a hacer fortuna.
—Está bien, pero algo ya ganaré.
—Lo mismo que los otros.
Y los cuatro fueron andando hasta llegar al pueblo, donde no había otra conversación que la del tambor del rey, que nadie podía acertar de qué piel estaba hecho.
El joven decidió que aquel era buen asunto para hacer fortuna y fueron a hospedarse a una fonda próxima al palacio del rey.
Allí hizo situarse en la ventana al criado de oído fino, con orden de escuchar cuantas conversaciones tuvieran lugar en el palacio del rey.
A la caída de la noche, por una ventana abierta, se oyó esta conversación:
—¡Qué dineral hemos recogido con este tambor!
—¡Y lo que recogeremos todavía, pues no es posible que nadie acierte que este tambor está hecho con piel de piojo!
El criado contó esta conversación a su amo, quien se dijo: «¡Esta es la mía!»
Al día siguiente, se puso en la cola que había en la puerta del palacio para adivinar de qué piel estaba hecho el tambor.
Uno a uno fueron entrando todos los que estaban delante de él, y salieron sin lograr dar con la respuesta exacta.
Cuando le tocó el tumo a él, se adelantó:
—Vamos a ver —le dijo el rey con voz gruesa—. Si aciertas la piel del animal de que está hecho este tambor, te daré todo el dinero que quieras…
—Bueno, me parece muy bien. Yo digo que este tambor está hecho con la piel de un piojo.
Al oír eso, al rey, a la reina y a su hija, se les abrió unos ojos inmensamente grandes, y de su boca se escapó un suspiro de desengaño.
—¡Ha acertado!
—¡Ha acertado! —repitieron los criados.
—¡Ha acertado! —gritaban los niños, alborozados, por las calles.
—¡Han acertado que la piel del tambor era de un piojo! —se corrió rápidamente por el reino.
—Bueno —dijo el rey despechado—. Tú dirás cuánto dinero quieres…
—Yo quiero…
—Un momento —le dijo el rey—. Tú puedes pedir todo el dinero que quieras, pero solo te llevarás lo que un hombre puede cargar en sus espaldas.
—Está bien. A ver, ¡que venga el criado!
Y bajaron todos a la cámara del tesoro donde el rey tenía apiladas sus montañas de monedas de oro.
El criado del joven que había acertado, se presentó con una inmensa bolsa hecha con la piel de cien bueyes.
—Que vayan echando oro ahí dentro —dijo.
Los criados del rey, primero a puñados y luego con pala, fueron vaciando todo el tesoro dentro de la bolsa, hasta que no quedó nada en la cámara del tesoro.
—Veremos si lo puede levantar —decía el rey con ira.
Pero el criado, como si fuera una pluma, se echó a las espaldas la bolsa cargada hasta arriba de oro y salió del palacio con ella.
Y el rey se quedó con un palmo de narices, rechinando los dientes de rabia.
A la noche, en la posada, el muchacho que andaba muy rápido, dijo que quería quedarse en el pueblo del rey.
—Bueno —le dijo el joven—. Ten tu parte.
Y a la mañana siguiente, muy tempranito, se marcharon el joven, el forzudo con la carga de oro y el de oído fino.
A media mañana empezó el rey a arrepentirse de haber dado todo su dinero, y decidió quitárselo al ganador. Para ello organizó un escuadrón de caballería y salió al frente de sus soldados.
El criado que se había quedado en el pueblo, al oírlos pasar, preguntó a ver qué era aquello:
—Van a detener, por ladrón, al joven que ayer ganó el tesoro del rey y a quitárselo.
En cuanto oyó esto, echó a correr y, en un dos por tres, alcanzó a los soldados, los pasó y pronto llegó a donde iban el joven y el forzudo con el oro. Cuando llegó, el de oído fino se levantó y dijo:
—Hace rato que oigo galopar de caballos. ¿Los has visto por el camino?
—Sí. Son los soldados del rey que vienen para colgaros por ladrones.
—Bueno. Hay que hacer algo —dijo el joven.
—Yo me encargo de eso —dijo el forzudo.
Se pusieron todos al otro lado de un río y, cuando llegaron los soldados del rey y estaban en medio del puente, el forzudo lo cogió de un extremo y, levantándolo, lo arrojó al agua. Allá se fueron, soldados, caballos y rey, todos río abajo, Dios sabe hasta dónde.
Y el joven, con sus criados, se marcharon tranquilamente a otro reino, para disfrutar en paz del oro ganado.
Eso le pasó a una reina que andaba peinando a su hija una mañana y la cogió un piojo. La niña era muy caprichosa y se le ocurrió que, en lugar de matar el piojo, tenían que guardarlo para ver cuánto crecía.
Dicho y hecho: lo guardaron en una habitación y allí fue creciendo, hasta que se convirtió como un cochinillo de tres meses. Pero como la vida de los piojos es corta, en seguida envejeció y murió.
La hija de la reina tuvo gran pena cuando murió su piojo, y con objeto de tener un recuerdo de él, mandaron que le quitaran la piel e hicieron un tambor.
Y cuando se le antojaba, tocaba el tambor y dicen que le recordaba el piojo.
Un día estaba dale que te dale, ¡porrón, pompón!, al tambor y le dijo a la reina:
—¿Quién será capaz de adivinar que este tambor está hecho con la piel de un piojo?
—Estoy segura de que nadie lo adivinaría —respondió su madre.
Estaban con esos comentarios cuando llegó el rey, el cual, como la hija, era muy caprichoso, y al mismo tiempo muy avaro.
Y se le ocurrió que con aquel tambor podría ganar mucho dinero. Y mandó a los heraldos que anunciasen por su reino que en el palacio del rey había un tambor que, a quien adivinase de qué piel estaba hecho, ganaría un gran premio.
Claro que, si no acertaban, tenían que pagar al rey una cantidad.
Mucha gente, pensando que sería fácil adivinar la clase de animal cuya piel se había usado en la confección del tambor, iban al palacio.
Tocaban y retocaban el tambor, lo acercaban a sus ojos y, al fin, decían:
—Este tambor está hecho con la piel de un cerdo.
—¡No! ¡A pagar!
—Pues yo creo que es la piel de un zorro viejo.
—Tampoco. ¡A pagar!
—A mí parece que piel de gato —decía otro.
—No, piel de gallina —decía el de más allá.
Piel de cabrito, piel de lobo, piel de vaca, piel de toro, piel de perro… Nadie acertaba, y el rey iba reuniendo una inmensa cantidad de dinero.
En un pueblo, al otro extremo del reino, vivía un joven que decidió marcharse de casa para buscar fortuna. Y despidiéndose de sus padres echó a andar camino adelante, hasta que al cabo de unas horas, tropezó con un hombre tumbado en el suelo, con el oído aplicado a la tierra.
—¿Te pasa algo? ¿Qué haces así?
—Nada, estoy oyendo cómo crece la hierba.
—Buen oído tienes. Me convienes. ¿Querrías venir conmigo como criado? Voy a buscar fortuna.
—Bueno, pero me darás una parte.
—Claro.
Y ya juntos, siguieron el camino hasta que este entró en un bosque. En él estaba otro hombre ocupado en arrancar árboles con una mano. Los cogía del tronco y, de un tirón, los arrancaba con raíz y todo, a pesar de que eran árboles grandes y fuertes.
—¿Qué haces? —le preguntó el joven.
—Quiero reunir una carga de doce docenas de árboles para llevarlos al pueblo del rey y venderlos.
—¿Y los podrás llevar encima de tus espaldas?
—Naturalmente.
—Entonces, me convienes. ¿Quieres venir conmigo? Voy a hacer fortuna.
—Bueno, a condición de que tenga parte en ella.
—Para todos habrá.
Iban los tres por el camino cuando llegaron a la orilla dé un río. Allí estaba un hombre de rodillas lavándose la cara.
—¿Qué haces en esta soledad? —le preguntó el joven.
—Estoy aseándome; quiero ir al pueblo para la hora de comer.
—¡Para la hora de comer! ¡Es imposible! Hay muchas horas de camino.
—Yo soy muy rápido corriendo. Con mis largas piernas llegaré en un cuarto de hora.
—Me convienes. ¿Quiéres venir conmigo de criado? Voy a hacer fortuna.
—Está bien, pero algo ya ganaré.
—Lo mismo que los otros.
Y los cuatro fueron andando hasta llegar al pueblo, donde no había otra conversación que la del tambor del rey, que nadie podía acertar de qué piel estaba hecho.
El joven decidió que aquel era buen asunto para hacer fortuna y fueron a hospedarse a una fonda próxima al palacio del rey.
Allí hizo situarse en la ventana al criado de oído fino, con orden de escuchar cuantas conversaciones tuvieran lugar en el palacio del rey.
A la caída de la noche, por una ventana abierta, se oyó esta conversación:
—¡Qué dineral hemos recogido con este tambor!
—¡Y lo que recogeremos todavía, pues no es posible que nadie acierte que este tambor está hecho con piel de piojo!
El criado contó esta conversación a su amo, quien se dijo: «¡Esta es la mía!»
Al día siguiente, se puso en la cola que había en la puerta del palacio para adivinar de qué piel estaba hecho el tambor.
Uno a uno fueron entrando todos los que estaban delante de él, y salieron sin lograr dar con la respuesta exacta.
Cuando le tocó el tumo a él, se adelantó:
—Vamos a ver —le dijo el rey con voz gruesa—. Si aciertas la piel del animal de que está hecho este tambor, te daré todo el dinero que quieras…
—Bueno, me parece muy bien. Yo digo que este tambor está hecho con la piel de un piojo.
Al oír eso, al rey, a la reina y a su hija, se les abrió unos ojos inmensamente grandes, y de su boca se escapó un suspiro de desengaño.
—¡Ha acertado!
—¡Ha acertado! —repitieron los criados.
—¡Ha acertado! —gritaban los niños, alborozados, por las calles.
—¡Han acertado que la piel del tambor era de un piojo! —se corrió rápidamente por el reino.
—Bueno —dijo el rey despechado—. Tú dirás cuánto dinero quieres…
—Yo quiero…
—Un momento —le dijo el rey—. Tú puedes pedir todo el dinero que quieras, pero solo te llevarás lo que un hombre puede cargar en sus espaldas.
—Está bien. A ver, ¡que venga el criado!
Y bajaron todos a la cámara del tesoro donde el rey tenía apiladas sus montañas de monedas de oro.
El criado del joven que había acertado, se presentó con una inmensa bolsa hecha con la piel de cien bueyes.
—Que vayan echando oro ahí dentro —dijo.
Los criados del rey, primero a puñados y luego con pala, fueron vaciando todo el tesoro dentro de la bolsa, hasta que no quedó nada en la cámara del tesoro.
—Veremos si lo puede levantar —decía el rey con ira.
Pero el criado, como si fuera una pluma, se echó a las espaldas la bolsa cargada hasta arriba de oro y salió del palacio con ella.
Y el rey se quedó con un palmo de narices, rechinando los dientes de rabia.
A la noche, en la posada, el muchacho que andaba muy rápido, dijo que quería quedarse en el pueblo del rey.
—Bueno —le dijo el joven—. Ten tu parte.
Y a la mañana siguiente, muy tempranito, se marcharon el joven, el forzudo con la carga de oro y el de oído fino.
A media mañana empezó el rey a arrepentirse de haber dado todo su dinero, y decidió quitárselo al ganador. Para ello organizó un escuadrón de caballería y salió al frente de sus soldados.
El criado que se había quedado en el pueblo, al oírlos pasar, preguntó a ver qué era aquello:
—Van a detener, por ladrón, al joven que ayer ganó el tesoro del rey y a quitárselo.
En cuanto oyó esto, echó a correr y, en un dos por tres, alcanzó a los soldados, los pasó y pronto llegó a donde iban el joven y el forzudo con el oro. Cuando llegó, el de oído fino se levantó y dijo:
—Hace rato que oigo galopar de caballos. ¿Los has visto por el camino?
—Sí. Son los soldados del rey que vienen para colgaros por ladrones.
—Bueno. Hay que hacer algo —dijo el joven.
—Yo me encargo de eso —dijo el forzudo.
Se pusieron todos al otro lado de un río y, cuando llegaron los soldados del rey y estaban en medio del puente, el forzudo lo cogió de un extremo y, levantándolo, lo arrojó al agua. Allá se fueron, soldados, caballos y rey, todos río abajo, Dios sabe hasta dónde.
Y el joven, con sus criados, se marcharon tranquilamente a otro reino, para disfrutar en paz del oro ganado.
Un feligrés con dos cuernos
En un pueblecito guipuzcoano, al atardecer, entró un chivo en la iglesia y allí se quedó, perdido entre los bancos sin poder salir.
Ya casi de noche, salió el monaguillo de la sacristía y fue a cerrar las puertas. Como es costumbre, antes de cerrar gritó, una vez en vascuence y otra en castellano:
—¿Iñor badago? (¿Hay alguno?)
Pero el chivo, como es de comprender, no respondió nada, por lo que se quedó encerrado. El monaguillo, después de cerrar bien las puertas se marchó a su casa, y el chivo, en plena oscuridad, andaba buscando alguna forma de salir, hasta que perdió la paciencia y arremetió contra todo lo que se le ponía delante. ¿Una silla?, ¡tras! Una topetada y la silla patas arriba. ¿Un banco?, ¡tras!, ¡tras! Dos patadas y el banco al suelo.
Así andaba cuando, dos piadosas mujeres que volvían a su casa después de estar jugando a la brisca, oyeron los grandes golpes que salían del interior de la iglesia.
—¿Qué será eso? —se preguntaron. Y se acercaron a la puerta de la iglesia.
—Yo creo que es algún ladrón —dijo una.
—Pero mujer, ¿un ladrón iba a hacer tanto ruido?
—Será alguna ánima del Purgatorio.
—¿Tú crees?
—¡O el diablo, quizá!
—¡Dios mío, qué miedo!
El chivo, mientras tanto, se había tropezado con la puerta, y a pesar de que la daba un zurriagazo tras otro, la puerta no caía.
Los golpes eran tan enormes que las mujeres, aterradas, corrieron a casa del cura párroco y le llamaron con grandes voces:
—Don José, don José; el enemigo infernal anda en la iglesia. Venga usted a hacer los conjuros para despedirle. Venga cuanto antes.
El cura, cuando oyó los terribles golpes que daba el chivo contra la puerta y que retumbaban en el silencio de la noche, decidió pedir compañía. Fue hasta casa del sacristán y le llamó:
—¡Luciano! ¡Luciano!
El sacristán salió a la ventana para ver qué pasaba.
—El enemigo del infierno está dentro de la iglesia y te necesito para que me ayudes a decir los conjuros.
El sacristán, que era muy miedoso, tuvo que agarrarse a la ventana.
—¿El enemigo infernal? Pues no voy.
—Tienes que venir —le decía el cura desde la calle—. Me hace falta monaguillo.
—Mire usted, señor cura. Yo jamás he aprendido las oraciones de los conjuros. No le voy a servir de nada. Para lo que voy a hacer, esas dos mujeres le pueden ayudar mejor.
—Hombre, Luciano. Tienes que venir. Solo debes responder, y de lejos, «Amén», a todo lo que yo diga. Venga, baja, Luciano.
—Pero, señor cura. A mí el demonio no me tiene ningún respeto. En cambio a esas mujeres…, como siempre están rezando. ¡Jesús! Saldrá corriendo en cuánto las vea.
—Ven, Luciano, por favor —gritaban las mujeres.
Al cabo de largo rato, entre ruegos y amenazas, Luciano bajó y fue hacia la iglesia, pero un poco más atrás del cura y las dos mujeres.
En el entretanto, el chivo se había cansado y estaba junto a la puerta, pero en silencio.
Cuando llegó la comitiva a la puerta de la iglesia, se asombraron del silencio que reinaba.
Las dos mujeres se arrodillaron y se pusieron a rezar, mientras el cura avanzaba hacia la puerta con la llave en la mano. Al mismo tiempo que avanzaba el cura, el sacristán caminaba hacia atrás.
El sacerdote se santiguó y, con un miedo terrible, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de un golpe.
El chivo, en cuanto vio claridad delante, arremetió con todas sus fuerzas y se llevó al pobre párroco enganchado en sus cuernos.
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritaba el párroco arrastrado por el chivo, mientras las mujeres gritaban y el sacristán corría como un desesperado para su casa—. ¡Luciano! ¡Luciano! ¡Ayúdame, que me lleva el demonio!
A lo que el sacristán respondió, mientras se metía en su casa:
—¡Amén!
Ya casi de noche, salió el monaguillo de la sacristía y fue a cerrar las puertas. Como es costumbre, antes de cerrar gritó, una vez en vascuence y otra en castellano:
—¿Iñor badago? (¿Hay alguno?)
Pero el chivo, como es de comprender, no respondió nada, por lo que se quedó encerrado. El monaguillo, después de cerrar bien las puertas se marchó a su casa, y el chivo, en plena oscuridad, andaba buscando alguna forma de salir, hasta que perdió la paciencia y arremetió contra todo lo que se le ponía delante. ¿Una silla?, ¡tras! Una topetada y la silla patas arriba. ¿Un banco?, ¡tras!, ¡tras! Dos patadas y el banco al suelo.
Así andaba cuando, dos piadosas mujeres que volvían a su casa después de estar jugando a la brisca, oyeron los grandes golpes que salían del interior de la iglesia.
—¿Qué será eso? —se preguntaron. Y se acercaron a la puerta de la iglesia.
—Yo creo que es algún ladrón —dijo una.
—Pero mujer, ¿un ladrón iba a hacer tanto ruido?
—Será alguna ánima del Purgatorio.
—¿Tú crees?
—¡O el diablo, quizá!
—¡Dios mío, qué miedo!
El chivo, mientras tanto, se había tropezado con la puerta, y a pesar de que la daba un zurriagazo tras otro, la puerta no caía.
Los golpes eran tan enormes que las mujeres, aterradas, corrieron a casa del cura párroco y le llamaron con grandes voces:
—Don José, don José; el enemigo infernal anda en la iglesia. Venga usted a hacer los conjuros para despedirle. Venga cuanto antes.
El cura, cuando oyó los terribles golpes que daba el chivo contra la puerta y que retumbaban en el silencio de la noche, decidió pedir compañía. Fue hasta casa del sacristán y le llamó:
—¡Luciano! ¡Luciano!
El sacristán salió a la ventana para ver qué pasaba.
—El enemigo del infierno está dentro de la iglesia y te necesito para que me ayudes a decir los conjuros.
El sacristán, que era muy miedoso, tuvo que agarrarse a la ventana.
—¿El enemigo infernal? Pues no voy.
—Tienes que venir —le decía el cura desde la calle—. Me hace falta monaguillo.
—Mire usted, señor cura. Yo jamás he aprendido las oraciones de los conjuros. No le voy a servir de nada. Para lo que voy a hacer, esas dos mujeres le pueden ayudar mejor.
—Hombre, Luciano. Tienes que venir. Solo debes responder, y de lejos, «Amén», a todo lo que yo diga. Venga, baja, Luciano.
—Pero, señor cura. A mí el demonio no me tiene ningún respeto. En cambio a esas mujeres…, como siempre están rezando. ¡Jesús! Saldrá corriendo en cuánto las vea.
—Ven, Luciano, por favor —gritaban las mujeres.
Al cabo de largo rato, entre ruegos y amenazas, Luciano bajó y fue hacia la iglesia, pero un poco más atrás del cura y las dos mujeres.
En el entretanto, el chivo se había cansado y estaba junto a la puerta, pero en silencio.
Cuando llegó la comitiva a la puerta de la iglesia, se asombraron del silencio que reinaba.
Las dos mujeres se arrodillaron y se pusieron a rezar, mientras el cura avanzaba hacia la puerta con la llave en la mano. Al mismo tiempo que avanzaba el cura, el sacristán caminaba hacia atrás.
El sacerdote se santiguó y, con un miedo terrible, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de un golpe.
El chivo, en cuanto vio claridad delante, arremetió con todas sus fuerzas y se llevó al pobre párroco enganchado en sus cuernos.
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritaba el párroco arrastrado por el chivo, mientras las mujeres gritaban y el sacristán corría como un desesperado para su casa—. ¡Luciano! ¡Luciano! ¡Ayúdame, que me lleva el demonio!
A lo que el sacristán respondió, mientras se metía en su casa:
—¡Amén!
El toro de fuego
En Bermeo, antiguamente —ahora nos suponemos que serán todos buenos—, eran bastante perversos. Había cada pieza, que ya, ya. Si se veían en peligro hacían muchas promesas, pero en cuanto pasaba este, si te he visto no me acuerdo. Pero la promesa hecha hay que cumplirla y cuando morían, en vez de ir al cielo tenían que estar en el Purgatorio hasta que otro cumpliera sus promesas.
Pero como los vivos no cumplían ni sus propias promesas, ¡cómo iban a hacer las de los difuntos!, entonces estos recurrían a volver a Bermeo, para ver si algún conocido se las cumplía.
Se solían aparecer en las encrucijadas y, cuando veían a algún amigo, se le acercaban. ¡Menudo susto le daban! Como venían del Purgatorio traían un calor tremendo, pues allá estaban ardiendo para purgar sus pecados.
—¡Eh, amigo! —le decían—, ¿tienes un pañuelo?
—Sí.
—Pues dámelo, por favor.
Y cuando el aparecido lo tocaba, ardía el pañuelo.
—¿Ves cómo ardo? Si quieres que deje de arder, debes acompañarme a San Juan de Gaztelugache para cumplir una promesa que hice en vida.
—Bueno.
Y allá se iban los dos. Al pasar por los barrios que están entre Bermeo y San Juan de Gaztelugache, había algunas casas iluminadas y otras estaban oscuras.
Y el alma le decía a su compañero:
—¿Ves allá unas casas que están muy iluminadas?
—Sí.
—¿Y otras oscuras totalmente?
—También.
—Pues en las casas que hay luz indica que han rezado hoy el Rosario, y en las que están oscuras que no lo han rezado.
La ermita marinera de San Juan de Gaztelugache está en la cima de una islita, que se halla unida a tierra por una especie de puente. La ermita está llena de exvotos ofrecidos por marinos que se han salvado de algún terrible peligro en la mar.
Antes, coma sabían que solían ir por las noches las almas de los aparecidos, la ermita no cerraba sus puertas nunca.
Dentro de la ermita, el alma y su acompañante cumplían la promesa que hizo en vida el difunto: rezar un Rosario, ofrecer una vela, dejar una limosna, etc., y luego volvían al lugar donde se había aparecido.
—Ahora tócame.
Y el amigo le tocaba y ya no estaba caliente.
—¿Ves? Ahora me voy para el cielo. Muchas gracias.
Esto mismo le pasó a un marino que, en un barco de vela, en compañía de un amigo, sufrió una terrible tempestad. Cuando las olas amenazaban aplastar el barquito y este era zarandeado como si fuera una cáscara de nuez, los dos amigos hicieron promesa de ir a San Juan de Gaztelugache a rezar un Rosario. Pero la tormenta pasó y, como era costumbre, se olvidaron totalmente de su promesa. Volvieron a Bermeo, vivieron algunos años y luego uno de ellos murió.
Los pecados de los bermeanos habían llegado al colmo. ¡Qué malos eran los bermeanos de entonces! Y Dios decidió castigarlos.
Una noche el difunto se apareció al vivo, que estaba tranquilamente en su casa.
—¡Eh, tú!, ¿te acuerdas de aquella vez, durante aquel temporalazo, que hicimos aquella promesa?
—Sí, ahora me acuerdo.
—Pues tenemos que ir a cumplirla.
—Bueno.
Como el aparecido estaba como rodeado de fuego, el vivo no reconoció a su compañero.
—Te acompaño por lo que me dices, pero no te conozco.
—Es que todos parecemos igual.
Fueron a San Juan de Gaztelugache y cumplieron su promesa. A la vuelta le dijo el aparecido:
—Ya se me ha ido el calor y me voy al cielo. Te voy a dar un consejo: Yo he venido con buenas intenciones, pero si te aparece otro, no le sigas. Querrá hacerte daño.
—Está bien.
Pero pasó el tiempo y, como antes se le olvidaron las promesas, ahora se le olvidó el buen consejo de su difunto amigo.
Y una noche se le volvió a aparecer el alma de un difunto llena de fuego:
—Acompáñeme a San Juan —le dijo el difunto con voz imperiosa.
Y nuestro hombre se fue conforme con él, sin acordarse para nada de las palabras de su amigo. Pero cuando iban subiendo por las escaleras de la ermita, vio que el aparecido tenía una forma espantosa y se dio cuenta de que era algún diablo del infierno. Y le entró miedo y no sabía qué hacer.
En esto vio aparecer un toro que venía despidiendo fuego y, echándose encima de él, le agarró por los cuernos, y el toro, dando saltos y vomitando fuego, y el otro encima, dándose golpes, entraron en Bermeo a la carrera. ¡Qué era aquello! Con el fuego se fueron incendiando todas las casas, y pronto Bermeo entero ardía por los cuatro costados.
Todo el mundo salió a la calle huyendo del fuego, y para expulsar al toro, los curas le lanzaban conjuros hasta que el toro, dando un gran salto, se desprendió del que tenía encima y se marchó hacia el monte.
Así fue castigado Bermeo por sus pecados. El pobre hombre que iba encima enfermó del susto y al poco tiempo murió.
Y los bermeanos, por si volvía el toro de marras, se hicieron todos una póliza de seguro contra incendios.
Pero como los vivos no cumplían ni sus propias promesas, ¡cómo iban a hacer las de los difuntos!, entonces estos recurrían a volver a Bermeo, para ver si algún conocido se las cumplía.
Se solían aparecer en las encrucijadas y, cuando veían a algún amigo, se le acercaban. ¡Menudo susto le daban! Como venían del Purgatorio traían un calor tremendo, pues allá estaban ardiendo para purgar sus pecados.
—¡Eh, amigo! —le decían—, ¿tienes un pañuelo?
—Sí.
—Pues dámelo, por favor.
Y cuando el aparecido lo tocaba, ardía el pañuelo.
—¿Ves cómo ardo? Si quieres que deje de arder, debes acompañarme a San Juan de Gaztelugache para cumplir una promesa que hice en vida.
—Bueno.
Y allá se iban los dos. Al pasar por los barrios que están entre Bermeo y San Juan de Gaztelugache, había algunas casas iluminadas y otras estaban oscuras.
Y el alma le decía a su compañero:
—¿Ves allá unas casas que están muy iluminadas?
—Sí.
—¿Y otras oscuras totalmente?
—También.
—Pues en las casas que hay luz indica que han rezado hoy el Rosario, y en las que están oscuras que no lo han rezado.
La ermita marinera de San Juan de Gaztelugache está en la cima de una islita, que se halla unida a tierra por una especie de puente. La ermita está llena de exvotos ofrecidos por marinos que se han salvado de algún terrible peligro en la mar.
Antes, coma sabían que solían ir por las noches las almas de los aparecidos, la ermita no cerraba sus puertas nunca.
Dentro de la ermita, el alma y su acompañante cumplían la promesa que hizo en vida el difunto: rezar un Rosario, ofrecer una vela, dejar una limosna, etc., y luego volvían al lugar donde se había aparecido.
—Ahora tócame.
Y el amigo le tocaba y ya no estaba caliente.
—¿Ves? Ahora me voy para el cielo. Muchas gracias.
Esto mismo le pasó a un marino que, en un barco de vela, en compañía de un amigo, sufrió una terrible tempestad. Cuando las olas amenazaban aplastar el barquito y este era zarandeado como si fuera una cáscara de nuez, los dos amigos hicieron promesa de ir a San Juan de Gaztelugache a rezar un Rosario. Pero la tormenta pasó y, como era costumbre, se olvidaron totalmente de su promesa. Volvieron a Bermeo, vivieron algunos años y luego uno de ellos murió.
Los pecados de los bermeanos habían llegado al colmo. ¡Qué malos eran los bermeanos de entonces! Y Dios decidió castigarlos.
Una noche el difunto se apareció al vivo, que estaba tranquilamente en su casa.
—¡Eh, tú!, ¿te acuerdas de aquella vez, durante aquel temporalazo, que hicimos aquella promesa?
—Sí, ahora me acuerdo.
—Pues tenemos que ir a cumplirla.
—Bueno.
Como el aparecido estaba como rodeado de fuego, el vivo no reconoció a su compañero.
—Te acompaño por lo que me dices, pero no te conozco.
—Es que todos parecemos igual.
Fueron a San Juan de Gaztelugache y cumplieron su promesa. A la vuelta le dijo el aparecido:
—Ya se me ha ido el calor y me voy al cielo. Te voy a dar un consejo: Yo he venido con buenas intenciones, pero si te aparece otro, no le sigas. Querrá hacerte daño.
—Está bien.
Pero pasó el tiempo y, como antes se le olvidaron las promesas, ahora se le olvidó el buen consejo de su difunto amigo.
Y una noche se le volvió a aparecer el alma de un difunto llena de fuego:
—Acompáñeme a San Juan —le dijo el difunto con voz imperiosa.
Y nuestro hombre se fue conforme con él, sin acordarse para nada de las palabras de su amigo. Pero cuando iban subiendo por las escaleras de la ermita, vio que el aparecido tenía una forma espantosa y se dio cuenta de que era algún diablo del infierno. Y le entró miedo y no sabía qué hacer.
En esto vio aparecer un toro que venía despidiendo fuego y, echándose encima de él, le agarró por los cuernos, y el toro, dando saltos y vomitando fuego, y el otro encima, dándose golpes, entraron en Bermeo a la carrera. ¡Qué era aquello! Con el fuego se fueron incendiando todas las casas, y pronto Bermeo entero ardía por los cuatro costados.
Todo el mundo salió a la calle huyendo del fuego, y para expulsar al toro, los curas le lanzaban conjuros hasta que el toro, dando un gran salto, se desprendió del que tenía encima y se marchó hacia el monte.
Así fue castigado Bermeo por sus pecados. El pobre hombre que iba encima enfermó del susto y al poco tiempo murió.
Y los bermeanos, por si volvía el toro de marras, se hicieron todos una póliza de seguro contra incendios.
La cueva Baltzola
Todos habréis oído hablar de la cueva de Balizola. E incluso muchos habréis ido a visitarla. Hace muchos miles de años, allá vivieron los gentiles. Luego, como es natural, desaparecieron y quedó la cueva llena de sus huesos. Durante siglos, la gigantesca cueva estuvo vacía hasta que, de repente, empezó a vivir en ella una gran culebra.
Esto no lo sabían los habitantes del caserío Iturriondobeti. El caserío de Iturriondobeti pertenece al barrio de Bargondia y está cerca de la cueva de Baltzola.
En Iturriondobeti vivía un matrimonio con dos hijos y tres hijas. Los de Iturriondobeti estaban bien situados económicamente, pues tenían grandes rebaños de ovejas, cabras y caballos y muchas vacas en la cuadra.
Los dos hermanos salían por la mañana con sus rebaños de ovejas para que pastaran en el monte, y de paso vigilaban por dónde andaban las cabras y los caballos.
Al pasar por la cueva de Baltzola, oyeron ruido en su interior y entraron para ver si dentro estaba alguno de sus animales. ¡Cuál no sería su asombro al ver enroscada una gran culebra!
El hermano joven, rápidamente, tomó una piedra y le dio tal golpe a la culebra, que le cortó la cola, y le iba a dar otro en la cabeza cuando el hermano mayor le paró y le dijo que dejara en paz a la culebra, que también era criatura de Dios. Al instante oyeron como un trueno horrible, y llenos de miedo, escaparon de la cueva los muchachos.
A los pocos días se recibió en el caserío la orden de que el hermano mayor tenía que ir a servir al rey y a luchar contra los moros. Allá se fue el hermano mayor y, pasaron los meses, y cuando llegó la Nochebuena le entró una gran tristeza acordándose de lo bien que lo pasaba en su caserío, en el día de Navidad, cantando Gabon gaba, comiendo castañas asadas en el tamboril y bailando el aurresku en la plaza de Dima, frente a la iglesia.
—Si estuviera en Baltzola… —se dijo a sí mismo, pues como su casa estaba cerca de Baltzola, era igual que estar entre los suyos; y al instante de pensar esto de Baltzola se le apareció un hombre bajo, de mal aspecto, que le preguntó de sopetón:
—¿Quieres ir a la cueva de Baltzola?
—Claro que sí —respondió el soldado.
—Bien —dijo el hombre feo—. Yo te llevaré a Baltzola para que pases la Nochebuena entre los tuyos, pero con una condición.
—¿Y cuál es?
—La de que lleves a casa dos cosas que te daré cuando estemos en la cueva.
—Muy bien —contestó el muchacho, y al momento se encontró en Baltzola.
El hombre feo le dijo que esperase un poco, y se metió al interior de la cueva, de donde volvió con un gran pedazo de oro para él y una faja de seda para su hermano.
—Este trozo de oro para ti —le dijo—, y este ceñidor de seda para tu hermano, para que se lo ponga en la cintura y esté guapo. Además, me tienes que prometer que dentro de tres días vendrás con tu hermano a esta cueva para charlar un poco.
—Bien —dijo el soldado; y saltando y brincando llegó en un momento a su caserío. Allá todos se alegraron mucho de verle, pues estaba a varias semanas de viaje y no le esperaban.
El soldado les contó lo maravilloso de su caso: que se le había aparecido un hombre y en un santiamén le había traído hasta Baltzola, donde le había dado un terrón de oro para él y un ceñidor de seda para su hermano.
—¡Hale! —dijo—. Ponte ahora mismo el guerriko, para ver qué bien te queda. (Antes los baserritarras no usaban cinturón ni tirantes, sino una faja de tela, llamada en vascuence guerriko).
Pero el hermano contestó que él no necesitaba el guerriko de ningún desconocido, y que si quería ponérselo a alguien, que se lo ciñera al nogal que había delante de la casa.
El hermano mayor salió y, en broma, se lo puso al nogal y, ante el asombro de todos, del ceñidor empezó a brotar un terrible fuego que consumió el nogal entero, hasta las raíces, y en el lugar donde estaba el nogal quedó una sima tenebrosa.
No solo en Iturriondobeti, sino en todo el barrio de Bargondia, la gente quedó maravillada de aquel acontecimiento y andaba pensando en quién lo habría hecho.
A los tres días, según lo prometido, se presentaron los dos hermanos en Baltzola, y entonces se les apareció un hombre manco, que empezó a insultar al hermano menor.
—¡Por tu culpa estoy manco, sirvergüenza! —le decía—. ¡Por tu culpa! ¿Por qué me dejaste manco?
El hermano menor contestó, estupefacto, que él no había mancado a nadie.
El manco, entonces, le enseñó su brazo sin mano y le recordó:
—¿Te acuerdas a quién pegaste una vez que estuviste en esta cueva?
—Sí; se me apareció una culebra y a ella le pegué.
—Pues no era una culebra, sino yo, y aquí me ves mancado por tu pedrada.
El hermano menor tenía una medalla de oro colgando del cuello con la imagen de la Virgen de Begoña por un lado y, por el otro, con el Corazón de Jesús. El manco le señaló la medalla.
—Da gracias a esa imagen que llevas colgando del cuello, pues si no, hoy estarías perdido; pero recuerda que te lanzo esta maldición: En Iturriondobeti no faltará jamás algún manco.
Y el manco desapareció.
En cuanto a si se cumplió o no la maldición del horrible manco, no lo sabemos.
Esto no lo sabían los habitantes del caserío Iturriondobeti. El caserío de Iturriondobeti pertenece al barrio de Bargondia y está cerca de la cueva de Baltzola.
En Iturriondobeti vivía un matrimonio con dos hijos y tres hijas. Los de Iturriondobeti estaban bien situados económicamente, pues tenían grandes rebaños de ovejas, cabras y caballos y muchas vacas en la cuadra.
Los dos hermanos salían por la mañana con sus rebaños de ovejas para que pastaran en el monte, y de paso vigilaban por dónde andaban las cabras y los caballos.
Al pasar por la cueva de Baltzola, oyeron ruido en su interior y entraron para ver si dentro estaba alguno de sus animales. ¡Cuál no sería su asombro al ver enroscada una gran culebra!
El hermano joven, rápidamente, tomó una piedra y le dio tal golpe a la culebra, que le cortó la cola, y le iba a dar otro en la cabeza cuando el hermano mayor le paró y le dijo que dejara en paz a la culebra, que también era criatura de Dios. Al instante oyeron como un trueno horrible, y llenos de miedo, escaparon de la cueva los muchachos.
A los pocos días se recibió en el caserío la orden de que el hermano mayor tenía que ir a servir al rey y a luchar contra los moros. Allá se fue el hermano mayor y, pasaron los meses, y cuando llegó la Nochebuena le entró una gran tristeza acordándose de lo bien que lo pasaba en su caserío, en el día de Navidad, cantando Gabon gaba, comiendo castañas asadas en el tamboril y bailando el aurresku en la plaza de Dima, frente a la iglesia.
—Si estuviera en Baltzola… —se dijo a sí mismo, pues como su casa estaba cerca de Baltzola, era igual que estar entre los suyos; y al instante de pensar esto de Baltzola se le apareció un hombre bajo, de mal aspecto, que le preguntó de sopetón:
—¿Quieres ir a la cueva de Baltzola?
—Claro que sí —respondió el soldado.
—Bien —dijo el hombre feo—. Yo te llevaré a Baltzola para que pases la Nochebuena entre los tuyos, pero con una condición.
—¿Y cuál es?
—La de que lleves a casa dos cosas que te daré cuando estemos en la cueva.
—Muy bien —contestó el muchacho, y al momento se encontró en Baltzola.
El hombre feo le dijo que esperase un poco, y se metió al interior de la cueva, de donde volvió con un gran pedazo de oro para él y una faja de seda para su hermano.
—Este trozo de oro para ti —le dijo—, y este ceñidor de seda para tu hermano, para que se lo ponga en la cintura y esté guapo. Además, me tienes que prometer que dentro de tres días vendrás con tu hermano a esta cueva para charlar un poco.
—Bien —dijo el soldado; y saltando y brincando llegó en un momento a su caserío. Allá todos se alegraron mucho de verle, pues estaba a varias semanas de viaje y no le esperaban.
El soldado les contó lo maravilloso de su caso: que se le había aparecido un hombre y en un santiamén le había traído hasta Baltzola, donde le había dado un terrón de oro para él y un ceñidor de seda para su hermano.
—¡Hale! —dijo—. Ponte ahora mismo el guerriko, para ver qué bien te queda. (Antes los baserritarras no usaban cinturón ni tirantes, sino una faja de tela, llamada en vascuence guerriko).
Pero el hermano contestó que él no necesitaba el guerriko de ningún desconocido, y que si quería ponérselo a alguien, que se lo ciñera al nogal que había delante de la casa.
El hermano mayor salió y, en broma, se lo puso al nogal y, ante el asombro de todos, del ceñidor empezó a brotar un terrible fuego que consumió el nogal entero, hasta las raíces, y en el lugar donde estaba el nogal quedó una sima tenebrosa.
No solo en Iturriondobeti, sino en todo el barrio de Bargondia, la gente quedó maravillada de aquel acontecimiento y andaba pensando en quién lo habría hecho.
A los tres días, según lo prometido, se presentaron los dos hermanos en Baltzola, y entonces se les apareció un hombre manco, que empezó a insultar al hermano menor.
—¡Por tu culpa estoy manco, sirvergüenza! —le decía—. ¡Por tu culpa! ¿Por qué me dejaste manco?
El hermano menor contestó, estupefacto, que él no había mancado a nadie.
El manco, entonces, le enseñó su brazo sin mano y le recordó:
—¿Te acuerdas a quién pegaste una vez que estuviste en esta cueva?
—Sí; se me apareció una culebra y a ella le pegué.
—Pues no era una culebra, sino yo, y aquí me ves mancado por tu pedrada.
El hermano menor tenía una medalla de oro colgando del cuello con la imagen de la Virgen de Begoña por un lado y, por el otro, con el Corazón de Jesús. El manco le señaló la medalla.
—Da gracias a esa imagen que llevas colgando del cuello, pues si no, hoy estarías perdido; pero recuerda que te lanzo esta maldición: En Iturriondobeti no faltará jamás algún manco.
Y el manco desapareció.
En cuanto a si se cumplió o no la maldición del horrible manco, no lo sabemos.
Chili el «señero».
Hace dos siglos, tres siglos, cuatro siglos, ¡qué digo!, también cinco siglos, en Lequeitio solían salir en noche cerrada los penitentes.
Los penitentes eran hombres a los que la carga de sus pecados abrumaba tanto, que para pedir al Señor perdón por sus culpas, recurrían a una penitencia fuerte.
Esta era el salir de noche, desnudos de la cintura para arriba y, con un cilicio o unas disciplinas, azotarse fuertemente.
El cilicio es un manojo de cadenitas con puntas, y la disciplina una especie de látigo hecho con cáñamo y correas.
Lequeitio, como casi todas las villas antiguas, estaba rodeada de murallas, con puertas que se cerraban al anochecer. Si alguien que estaba de viaje, llegaba después de cerradas las puertas, tenía que estar fuera de Lequeitio hasta que se abrieran al amanecer.
Cada puerta tenía encima la imagen de un Santo y era costumbre que los penitentes se pusieran ante la imagen y se arrearan de lo lindo con sus cilicios o disciplinas.
Y, naturalmente, si alguien tenía que salir fuera de casa de noche y se encontraba con un penitente, con la cabeza cubierta, el torso desnudo, de rodillas ante la imagen y sacudiéndose latigazos, solía sentir miedo. Pues como entonces estaba todo oscuro, temían que fuera algún bandido o ladrón.
Entonces, como ahora, los que más madrugaban eran los pescadores. Se levantaban tempranito para ir con sus embarcaciones al mar. Y al encontrarse de sopetón con algún penitente, a los bravos pescadores les entraba cierto temor.
Para no tener que levantarse en balde, pues muchos días el estado del mar no aconsejaba salir a pescar, los pescadores tenían contratado los servicios de un atalayero, el cual se levantaba antes que nadie y, de noche oscura, con un farol iba hasta la atalaya, desde donde oteaba el horizonte. Si estaba la mar buena, mandaba aviso y entonces todos los pescadores salían a la calle.
Un día comentaron ante el atalayero el miedo que tenían al tropezarse en la oscuridad con algún penitente.
El atalayero, o «señero» en vascuence, se llamaba Chili, y se rió al oírles decir que sentían miedo.
—Pero, Chili, ¿tú no te asustas cuando ves a algún penitente? —le preguntaron.
—¡Yo! ¡Asustarme! ¡Qué va! Muchas veces me tropiezo con alguno de ellos, pero me quedo tan tranquilo. Tendría que ser un gran cobarde para tener miedo.
—Hombre, Chili. Eso se dice fácilmente, pero si tú, a medianoche, totalmente oscura, en que no ves ni por dónde pisas, vas solo por la calle y se te aparece un penitente como un gigante, descubierto, descalzo y medio desnudo, ¿no tendrías miedo?
—¡Ja! Aunque se me apareciera el mismo diablo vestido de penitente y me dijera que lo siguiera, yo no tendría miedo y no me echaría atrás. ¿Creéis que yo no tengo corazón?
Así quedó la cosa; pero a la madrugada siguiente, cuando Chili se presentó en la atalaya para explorar el mar y las nubes, vio que una cosa de grandes dimensiones venía hacia él desde la atalaya de arriba. Era una cosa tan negra, que aún hacía sombra en la oscuridad. Al acercarse:
—Buenas noches, compañero —dijo Chili—. Se ve que madrugamos mucho.
—¿A ti que te importa que ande yo temprano o tarde? —dijo el bulto negro con una horrible voz.
—Bueno, bueno, si lo que quieres es riña, estoy dispuesto a lo que sea —replicó Chili—. ¿Quién eres tú, tximista ori?
Habréis de saber, amigos lectores, que en vascuence no existe ninguna blasfemia, ni juramento, ni palabra gruesa. Cuando los vascos están excitados, dicen como Chili; tximista ori (rayos), o madarikatuba (maldito), o tragauko alaz (que te traguen) y pare usted de contar.
Mas volvamos a nuestra leyenda. El bulto negro le contestó a Chili:
—Pero, ¿no ves quién soy?
—Todavía no se ve bien, pero veo en tu manaza un látigo. Seguramente que estoy hablando con un penitente loco. ¿Qué haces por aquí?
—No suelo contestar a preguntas. Pero te lo diré, a condición de que no me vuelvas a hacer otra. Estoy toda la noche andando, sin saber por dónde, y sin más compañía que mi sombra. Si supiera por dónde, quisiera llegar al pie del monte Oiz antes de amanecer.
—¡Hummm! ¡Antes de amanecer! Ni tampoco aunque fuera el demonio del infierno…
—Si tuviera un buen compañero, sí.
—Por ver eso, ya iría yo.
—Pues ven.
—Es que…
—¿Cómo que, es que…? ¿Eres hombre de dos palabras?
—Yo no —dijo Chili.
—¿No prometiste anoche, delante de todos los pescadores, que tú acompañarías a cualquier penitente que se te apareciera y te dijera que le acompañaría?
—Sí, pero…
—Ya veo que tú no sabes qué inventar para negarte.
—¿Y quién demontres avisará a los pescadores, si hoy se ha de salir a la mar?
—De forma que si hoy hiciera mal tiempo, una marejada que las lanchas no pudieran resistir, ¿me seguirías?
—Sí, ¿por qué no? —contestó valiente Chili. Y en aquel momento desapareció su compañero de enfrente. Al cabo de poco rato volvió a aparecer y le dijo:
—Mira, se ha desatado un fuerte vendaval. Las olas son como casas.
—¡Rayo rojo! —exclamó Chili—. Eres mejor «señero» que yo. ¡Qué pronto has visto la tormenta!
—¿Vienes o no vienes?
—Vamos —replicó Chili.
Y bajaron los dos y cuando llegaron bajo el arco de San Pedro, Chili vio admirado, que su compañero no se paraba.
—Amigo —le reprendió Chili—, estás delante de una imagen santa. Si eres un penitente de buena ley…
—¿Eso a ti, qué te importa?
—A mí, personalmente nada, pero…
—¿Tienes miedo?
—¿Yo? ¿Miedo? ¿Por qué?
—Entonces, ¿me sigues?
—A donde quieras.
En seguida llegaron al segundo arco, situado en el centro de la villa, y tampoco entonces vio Chili que su compañero se parase para darse unos cuantos azotes como hacían todos los penitentes.
—Amigo —le dijo—, si tú no tienes valor para azotar tu corpachón, si te parece igual, te lo azotaré yo para calentar las manos.
—¿Tienes ganas de calentarte? —dijo el otro con voz siniestra—. Ya te calentarás.
—Me parece, amigo, que no eres tú buen pez —dijo Chili.
—¿Tienes miedo?
—No, tximista, no tengo miedo.
La tercera puerta de la villa de Lequeitio tenía encima la imagen de la Virgen. Tampoco paró allí el compañero de Chili; antes bien, pasó con la cabeza gacha, como avergonzado, sin manejar el azote como lo hubiera hecho un penitente de verdad. Chili quiso decirle algo, pero el otro le miró de soslayo con unos ojos brillantes como los de un tigre, y le barbotó:
—Adelante.
Ya habían dejado atrás la última casa del pueblo cuando Chili, por decir algo, comentó que estaba sudando y que, aun andando más despacio, ya llegarían al pie del Oiz.
—¡Sudar! ¡Tú eres un cobarde! Si estás sudándoles de miedo.
Al oírse llamar cobarde, Chili se encolerizó y apretó sus puños dispuesto a zurrarse con el desconocido; pero entonces se dio cuenta de que su compañero tenía las manos como garras, con uñas largas, negras y retorcidas, y se quedó sin aliento.
—¿Tienes miedo, cobarde y sin fuste? —le dijo el penitente.
—No —contestó atemorizado y, sin darse cuenta, Chili dijo la primera mentira de su vida. Se iban acercando al Cristo del Portal y Chili decidió, si su acompañante no se azotaba como los otros penitentes, no seguir más adelante, aunque le llamara miedoso y cobarde. Cuando llegaron ante el Cristo del Portal, su compañero, por no ver la imagen del Cristo crucificado, pasó por detrás de la columna de piedra. Chili quiso decirle algo, pero entonces le miró a la cara y vio que tenía como hocico y dientes de cabra.
—¿Tienes miedo? —le dijo el otro, pero no con palabras de hombre, sino con balidos de cabras. Chili no le contestó y siguió con él, andando cada vez más aprisa. Parecía una carrera.
Al pasar por el puente de Lea, a pesar de que conocía aquellos parajes muy bien por haber ido a pescar anguilas, Chili no distinguió ni casa, ni río, ni puente, ni nada. Cuando llegaron a las inmediaciones de Oibar, Chili registró sus pantalones, sacó el rosario y empezó a rezar sus quince misterios.
—Es inútil —le dijo su compañero. Chili, como si se hubiera despertado de un sueño pesado, le miró con la boca abierta.
—Es inútil —dijo el penitente por segunda vez. El pobre Chili, sin poder cerrar los ojos, le miraba fijamente, como se dice miran los pájaros a las culebras. Ambos estaban quietos, mirándose fijamente a los ojos. Si había alguien en el mundo que tenía miedo, ese era Chili en aquel momento. Veía la cara del penitente como si tuviera cien rostros dando vueltas en una rueda, veía las caras de los perros de ojos más rojos y chatos, los chivos más viejos y barbudos, los cerdos más féos y sucios: todos se habían dado cita en el rostro del compañero de Chili.
Ya se iba a desmayar del susto Chili, cuando el otro, riéndose a carcajadas, repitió por última vez su pregunta:
—Chili, bruto, escucha bien y responde de una vez para siempre: ¿Tienes miedo?
—Madre María de la Antigua, tengo miedo —confesó Chili, y golpeando con la mano la puerta de la ermita de Oibar, cayó de bruces dentro.
Entonces el penitente, lanzando un rugido terrible que le salió de las entrañas, gritó:
—Chili, otra vez deja en paz al demonio del infierno. Soy yo. Mío eras, mío. Da gracias a lo que tienes en la mano y al lugar en que estás.
Y dando un gran golpe en la puerta, el demonio se alejó del valiente Chili.
Los penitentes eran hombres a los que la carga de sus pecados abrumaba tanto, que para pedir al Señor perdón por sus culpas, recurrían a una penitencia fuerte.
Esta era el salir de noche, desnudos de la cintura para arriba y, con un cilicio o unas disciplinas, azotarse fuertemente.
El cilicio es un manojo de cadenitas con puntas, y la disciplina una especie de látigo hecho con cáñamo y correas.
Lequeitio, como casi todas las villas antiguas, estaba rodeada de murallas, con puertas que se cerraban al anochecer. Si alguien que estaba de viaje, llegaba después de cerradas las puertas, tenía que estar fuera de Lequeitio hasta que se abrieran al amanecer.
Cada puerta tenía encima la imagen de un Santo y era costumbre que los penitentes se pusieran ante la imagen y se arrearan de lo lindo con sus cilicios o disciplinas.
Y, naturalmente, si alguien tenía que salir fuera de casa de noche y se encontraba con un penitente, con la cabeza cubierta, el torso desnudo, de rodillas ante la imagen y sacudiéndose latigazos, solía sentir miedo. Pues como entonces estaba todo oscuro, temían que fuera algún bandido o ladrón.
Entonces, como ahora, los que más madrugaban eran los pescadores. Se levantaban tempranito para ir con sus embarcaciones al mar. Y al encontrarse de sopetón con algún penitente, a los bravos pescadores les entraba cierto temor.
Para no tener que levantarse en balde, pues muchos días el estado del mar no aconsejaba salir a pescar, los pescadores tenían contratado los servicios de un atalayero, el cual se levantaba antes que nadie y, de noche oscura, con un farol iba hasta la atalaya, desde donde oteaba el horizonte. Si estaba la mar buena, mandaba aviso y entonces todos los pescadores salían a la calle.
Un día comentaron ante el atalayero el miedo que tenían al tropezarse en la oscuridad con algún penitente.
El atalayero, o «señero» en vascuence, se llamaba Chili, y se rió al oírles decir que sentían miedo.
—Pero, Chili, ¿tú no te asustas cuando ves a algún penitente? —le preguntaron.
—¡Yo! ¡Asustarme! ¡Qué va! Muchas veces me tropiezo con alguno de ellos, pero me quedo tan tranquilo. Tendría que ser un gran cobarde para tener miedo.
—Hombre, Chili. Eso se dice fácilmente, pero si tú, a medianoche, totalmente oscura, en que no ves ni por dónde pisas, vas solo por la calle y se te aparece un penitente como un gigante, descubierto, descalzo y medio desnudo, ¿no tendrías miedo?
—¡Ja! Aunque se me apareciera el mismo diablo vestido de penitente y me dijera que lo siguiera, yo no tendría miedo y no me echaría atrás. ¿Creéis que yo no tengo corazón?
Así quedó la cosa; pero a la madrugada siguiente, cuando Chili se presentó en la atalaya para explorar el mar y las nubes, vio que una cosa de grandes dimensiones venía hacia él desde la atalaya de arriba. Era una cosa tan negra, que aún hacía sombra en la oscuridad. Al acercarse:
—Buenas noches, compañero —dijo Chili—. Se ve que madrugamos mucho.
—¿A ti que te importa que ande yo temprano o tarde? —dijo el bulto negro con una horrible voz.
—Bueno, bueno, si lo que quieres es riña, estoy dispuesto a lo que sea —replicó Chili—. ¿Quién eres tú, tximista ori?
Habréis de saber, amigos lectores, que en vascuence no existe ninguna blasfemia, ni juramento, ni palabra gruesa. Cuando los vascos están excitados, dicen como Chili; tximista ori (rayos), o madarikatuba (maldito), o tragauko alaz (que te traguen) y pare usted de contar.
Mas volvamos a nuestra leyenda. El bulto negro le contestó a Chili:
—Pero, ¿no ves quién soy?
—Todavía no se ve bien, pero veo en tu manaza un látigo. Seguramente que estoy hablando con un penitente loco. ¿Qué haces por aquí?
—No suelo contestar a preguntas. Pero te lo diré, a condición de que no me vuelvas a hacer otra. Estoy toda la noche andando, sin saber por dónde, y sin más compañía que mi sombra. Si supiera por dónde, quisiera llegar al pie del monte Oiz antes de amanecer.
—¡Hummm! ¡Antes de amanecer! Ni tampoco aunque fuera el demonio del infierno…
—Si tuviera un buen compañero, sí.
—Por ver eso, ya iría yo.
—Pues ven.
—Es que…
—¿Cómo que, es que…? ¿Eres hombre de dos palabras?
—Yo no —dijo Chili.
—¿No prometiste anoche, delante de todos los pescadores, que tú acompañarías a cualquier penitente que se te apareciera y te dijera que le acompañaría?
—Sí, pero…
—Ya veo que tú no sabes qué inventar para negarte.
—¿Y quién demontres avisará a los pescadores, si hoy se ha de salir a la mar?
—De forma que si hoy hiciera mal tiempo, una marejada que las lanchas no pudieran resistir, ¿me seguirías?
—Sí, ¿por qué no? —contestó valiente Chili. Y en aquel momento desapareció su compañero de enfrente. Al cabo de poco rato volvió a aparecer y le dijo:
—Mira, se ha desatado un fuerte vendaval. Las olas son como casas.
—¡Rayo rojo! —exclamó Chili—. Eres mejor «señero» que yo. ¡Qué pronto has visto la tormenta!
—¿Vienes o no vienes?
—Vamos —replicó Chili.
Y bajaron los dos y cuando llegaron bajo el arco de San Pedro, Chili vio admirado, que su compañero no se paraba.
—Amigo —le reprendió Chili—, estás delante de una imagen santa. Si eres un penitente de buena ley…
—¿Eso a ti, qué te importa?
—A mí, personalmente nada, pero…
—¿Tienes miedo?
—¿Yo? ¿Miedo? ¿Por qué?
—Entonces, ¿me sigues?
—A donde quieras.
En seguida llegaron al segundo arco, situado en el centro de la villa, y tampoco entonces vio Chili que su compañero se parase para darse unos cuantos azotes como hacían todos los penitentes.
—Amigo —le dijo—, si tú no tienes valor para azotar tu corpachón, si te parece igual, te lo azotaré yo para calentar las manos.
—¿Tienes ganas de calentarte? —dijo el otro con voz siniestra—. Ya te calentarás.
—Me parece, amigo, que no eres tú buen pez —dijo Chili.
—¿Tienes miedo?
—No, tximista, no tengo miedo.
La tercera puerta de la villa de Lequeitio tenía encima la imagen de la Virgen. Tampoco paró allí el compañero de Chili; antes bien, pasó con la cabeza gacha, como avergonzado, sin manejar el azote como lo hubiera hecho un penitente de verdad. Chili quiso decirle algo, pero el otro le miró de soslayo con unos ojos brillantes como los de un tigre, y le barbotó:
—Adelante.
Ya habían dejado atrás la última casa del pueblo cuando Chili, por decir algo, comentó que estaba sudando y que, aun andando más despacio, ya llegarían al pie del Oiz.
—¡Sudar! ¡Tú eres un cobarde! Si estás sudándoles de miedo.
Al oírse llamar cobarde, Chili se encolerizó y apretó sus puños dispuesto a zurrarse con el desconocido; pero entonces se dio cuenta de que su compañero tenía las manos como garras, con uñas largas, negras y retorcidas, y se quedó sin aliento.
—¿Tienes miedo, cobarde y sin fuste? —le dijo el penitente.
—No —contestó atemorizado y, sin darse cuenta, Chili dijo la primera mentira de su vida. Se iban acercando al Cristo del Portal y Chili decidió, si su acompañante no se azotaba como los otros penitentes, no seguir más adelante, aunque le llamara miedoso y cobarde. Cuando llegaron ante el Cristo del Portal, su compañero, por no ver la imagen del Cristo crucificado, pasó por detrás de la columna de piedra. Chili quiso decirle algo, pero entonces le miró a la cara y vio que tenía como hocico y dientes de cabra.
—¿Tienes miedo? —le dijo el otro, pero no con palabras de hombre, sino con balidos de cabras. Chili no le contestó y siguió con él, andando cada vez más aprisa. Parecía una carrera.
Al pasar por el puente de Lea, a pesar de que conocía aquellos parajes muy bien por haber ido a pescar anguilas, Chili no distinguió ni casa, ni río, ni puente, ni nada. Cuando llegaron a las inmediaciones de Oibar, Chili registró sus pantalones, sacó el rosario y empezó a rezar sus quince misterios.
—Es inútil —le dijo su compañero. Chili, como si se hubiera despertado de un sueño pesado, le miró con la boca abierta.
—Es inútil —dijo el penitente por segunda vez. El pobre Chili, sin poder cerrar los ojos, le miraba fijamente, como se dice miran los pájaros a las culebras. Ambos estaban quietos, mirándose fijamente a los ojos. Si había alguien en el mundo que tenía miedo, ese era Chili en aquel momento. Veía la cara del penitente como si tuviera cien rostros dando vueltas en una rueda, veía las caras de los perros de ojos más rojos y chatos, los chivos más viejos y barbudos, los cerdos más féos y sucios: todos se habían dado cita en el rostro del compañero de Chili.
Ya se iba a desmayar del susto Chili, cuando el otro, riéndose a carcajadas, repitió por última vez su pregunta:
—Chili, bruto, escucha bien y responde de una vez para siempre: ¿Tienes miedo?
—Madre María de la Antigua, tengo miedo —confesó Chili, y golpeando con la mano la puerta de la ermita de Oibar, cayó de bruces dentro.
Entonces el penitente, lanzando un rugido terrible que le salió de las entrañas, gritó:
—Chili, otra vez deja en paz al demonio del infierno. Soy yo. Mío eras, mío. Da gracias a lo que tienes en la mano y al lugar en que estás.
Y dando un gran golpe en la puerta, el demonio se alejó del valiente Chili.
La bruja de Gorriti.
Una bruja, en Gorriti, se subió a un árbol y, desde él, comenzó a tocar una esquila que tenía.
Al oírla, las ovejas de un pastor que allí cerca tenía su aprisco, fueron acercándose y, finalmente, se cayeron a un pozo y se ahogaron.
El pastor no podía explicarse la causa de la muerte de sus ovejas.
A la noche siguiente estaba alerta cuando oyó el ruido del cencerro. No le dio importancia, pero al oirlo repetidas veces se levantó y, tomando su escopeta, fue acercándose al fresno de donde salía el sonido.
Y viendo a la bruja sobre la rama tocando el cencerro, le disparó un tiro y la mató.
—Dispara otro tiro —se oyó una voz.
—Ya basta con uno —respondió el pastor volviéndose a su chabola.
Y es que sabía que, de disparar un segundo tiro, la bruja hubiera vuelto a la vida.
Al oírla, las ovejas de un pastor que allí cerca tenía su aprisco, fueron acercándose y, finalmente, se cayeron a un pozo y se ahogaron.
El pastor no podía explicarse la causa de la muerte de sus ovejas.
A la noche siguiente estaba alerta cuando oyó el ruido del cencerro. No le dio importancia, pero al oirlo repetidas veces se levantó y, tomando su escopeta, fue acercándose al fresno de donde salía el sonido.
Y viendo a la bruja sobre la rama tocando el cencerro, le disparó un tiro y la mató.
—Dispara otro tiro —se oyó una voz.
—Ya basta con uno —respondió el pastor volviéndose a su chabola.
Y es que sabía que, de disparar un segundo tiro, la bruja hubiera vuelto a la vida.
El visitante misterioso.
Una mujer, en su caserío, después que su marido se iba a la cama, se solía quedar en la cocina hilando junto al fuego.
Y todas las noches entraba por el hueco de la chimenea un tremendo gato negro, que con los ojos rojizos se le quedaba mirando largo rato y luego se marchaba.
Al fin, un día dijo la mujer al marido:
—No puedo parar de miedo; ya no me voy a quedar por las noches en la cocina.
—¿Y por qué?
—Porque un gran gato negro se me mete por la chimenea y me da unos tremendos sustos mirándome con sus ojos rojos.
—Habrá que acabar con ese gato —dijo el marido.
Y a la noche mandó a su mujer a la cama y él se quedó vestido con las ropas de ella hilando en la rueca.
Al rato, y como todas las noches, cayó el gato por la chimenea levantando una nube de hollín. Luego se acercó adonde estaba el hombre hilando y, mirándole, dijo el gato con voz cavernosa:
—¿Con barbas e hilando?
Y el hombre replicó:
—¿Y tú gato y hablando?
Y agarrando el hierro de la cocina le arreó tal golpe, que lo mató. Luego lo cogió del rabo y lo tiró por la ventana.
Al día siguiente apareció muerta una mujer con saya roja que vivía en la vecindad, y de la que se decía que era bruja.
¡Claro que lo era!
Y todas las noches entraba por el hueco de la chimenea un tremendo gato negro, que con los ojos rojizos se le quedaba mirando largo rato y luego se marchaba.
Al fin, un día dijo la mujer al marido:
—No puedo parar de miedo; ya no me voy a quedar por las noches en la cocina.
—¿Y por qué?
—Porque un gran gato negro se me mete por la chimenea y me da unos tremendos sustos mirándome con sus ojos rojos.
—Habrá que acabar con ese gato —dijo el marido.
Y a la noche mandó a su mujer a la cama y él se quedó vestido con las ropas de ella hilando en la rueca.
Al rato, y como todas las noches, cayó el gato por la chimenea levantando una nube de hollín. Luego se acercó adonde estaba el hombre hilando y, mirándole, dijo el gato con voz cavernosa:
—¿Con barbas e hilando?
Y el hombre replicó:
—¿Y tú gato y hablando?
Y agarrando el hierro de la cocina le arreó tal golpe, que lo mató. Luego lo cogió del rabo y lo tiró por la ventana.
Al día siguiente apareció muerta una mujer con saya roja que vivía en la vecindad, y de la que se decía que era bruja.
¡Claro que lo era!
Guarin.
En un lejano país había un rey que le gustaba que su ejército estuviese compuesto de caballeros jóvenes, fuertes y con ganas de luchar.
Por eso tenía la idea de armar nuevos caballeros, y a todos los viejos caballeros que iban a la corte de visita les preguntaba si tenían hijos.
En esto llegó un viejo caballero a presentarse ante el rey. Este caballero tenía tres hijas y cuando el rey le preguntó:
—¿Qué familia tiene usted?
—Tres hijas, señor.
—¿Algún hijo?
Para no sentir la vergüenza de ser reprochado por carecer de heredero, el viejo mintió:
—Sí, uno, un gentil muchacho llamado Guarin.
La reina estaba sentada en su trono oyendo esto y se acercó al rey y le dijo al oído:
—Es mentira. Ese no tiene ningún hijo.
Se decía que la reina era muy mala, y muchos murmuraban que era medio bruja y aun bruja entera.
—Dile que quieres armar caballero a su hijo y que lo traiga a la Corte —insistió la reina.
El pobre caballero, al oír el mandato del rey, volvió triste y pensativo a su castillo. Y cuanto más lo pensaba más triste se ponía, pues se suponía que al enterarse el rey que le había mentido, seguramente le metería en una mazmorra.
Al entrar en su castillo le salió al encuentro su hija mayor:
—¿Qué os pasa, padre mío, para venir tan triste? —le preguntó.
—¿Que qué me pasa? Pues que he dicho al rey que tengo un hijo y él me ha replicado que se lo presente, y me encuentro en un apuro.
Luego salió la segunda hija, quien al enterarse de lo que había dicho su padre, le apostrofó airada:
—Mejor que decir esto, ¿no hubiera sido, padre, que nos trajera un buen novio a cada una?
Pero la tercera hija, al ver la ansiedad del padre, le consoló:
—No os apuréis, padre —le dijo—. Yo me presentaré al rey disfrazada de muchacho.
Y la muchacha se puso una bonita armadura blanca, se cortó el pelo y, tomando una espada y una lanza corta, montó en un caballo y, junto con su padre, se encaminaron hacia la Corte.
Cuando sonó la trompeta anunciando la llegada de dos caballeros, se asomaron a la ventana del castillo el rey y la reina.
—Mira —dijo el rey a la reina—. Ahí tienes a Guarin, aunque tú digas que no.
—¿Ese, Guarin? No es Guarin, sino una mujer. Vamos a hacer un prueba.
—Bueno.
—Envía a ese Guarin a que atraviese aquel extenso prado.
Había en aquel prado, en un lado hierba y, en el otro, lino con el que las mujeres hacen sábanas y telas finas.
—Como es una mujer, no querrá estropear el lino —dijo la reina al rey.
Pero en el momento en que Guarin se acercaba al galope al prado, se le apareció la Virgen Madre y le aconsejó:
—Métete por el linar.
Y Guarin, obedeciendo, entró por el linar, estropeando todas las plantas.
—Mírale —dijo el rey— cómo anda a galope por el linar. Es un muchacho.
—No, es una muchacha. Y lo vamos a ver en seguida. Dile que venga hacia acá y prepare el caballo para una nueva galopada. Los hombres arreglan los caballos fuera de la cuadra, pero las mujeres lo hacen dentro.
Entonces el rey, llamando al jinete, le dijo:
—¡Guarin! Pon correas nuevas al caballo.
Al ir hacia la cuadra volvió a aparecérsele la Virgen y le dijo al oído lo que tenía que hacer. Así que Guarin dejó el caballo fuera, entró en la cuadra en busca de correas nuevas y se las puso a la vista de todo el mundo.
—¿Ya te has convencido? —preguntó el rey a la reina—. Es un muchacho listo y ágil.
—No es muchacho, sino muchacha. Y hay una prueba fácil. Mándale con un botijo que traiga agua de la fuente. Si es que, efectivamente, trae agua, es muchacho, si no la trae, es chica.
Ya decía esto porque sabía que en la fuente vivía una culebra, y de ser mujer se asustaría al verla.
Y nuestro Guarin, cuando iba hacia la fuente con su botijo en la mano, se le volvió a aparecer la Virgen Madre y le dio este consejo:
—En el pozo de la fuente verás una culebra con los ojos abiertos, pero no tengas miedo, está dormida. Toma este mimbre. Con él atarás bien esa alimaña en la parte trasera del caballo y, después de llenar bien el botijo, ven al palacio.
Todo sucedió según dijo la Virgen y con la culebra atada en la grupa del caballo, volvía Guarin hacia el palacio cuando la culebra soltó una carcajada, al poco rato otra y algo más tarde una tercera.
Guarin, aturdida, oyó las carcajadas de la culebra y no sabía qué pensar. En esto se le apareció la Virgen nuevamente y le dijo:
—Vas a hacer una cosa. Cuando te veas ante el rey, preguntas a la culebra la causa de sus carcajadas.
Ante el asombro de la reina, apareció Guarin con su botijo lleno de agua, que colocó ante el rey, y a continuación pidió permiso al rey, al que rodeaba toda su Corte, para hablar.
—Bien —dijo el rey—. ¿Qué es lo que quieres hablar?
—Solamente hacerle una pregunta a la culebra que traigo en la parte trasera del caballo.
—Tienes mi permiso.
Entonces Guarin preguntó a la culebra:
—Culebra, ¿por qué te has reído tres veces?
Y ante el terror de toda la Corte, la culebra se puso a hablar:
—Me he reído tres veces por lo siguiente: La primera vez, porque he visto el tejado del palacio de mi señora madre. La segunda cuando he visto a mi señora madre junto al rey, su esposo, siendo dueña de todas las llaves. La tercera porque una doncella como usted me ha derrotado.
Al enterarse de que la reina era una bruja, la apresaron entre todos, y el mismo rey mandó encender una hoguera en la plaza delante del palacio y allí arrojaron a la madre y a la hija para que se abrasaran.
Y el rey, al ver que Guarin era una hermosísima doncella, pues más tarde se puso sus vestidos, se enamoró y se casó con ella.
Por eso tenía la idea de armar nuevos caballeros, y a todos los viejos caballeros que iban a la corte de visita les preguntaba si tenían hijos.
En esto llegó un viejo caballero a presentarse ante el rey. Este caballero tenía tres hijas y cuando el rey le preguntó:
—¿Qué familia tiene usted?
—Tres hijas, señor.
—¿Algún hijo?
Para no sentir la vergüenza de ser reprochado por carecer de heredero, el viejo mintió:
—Sí, uno, un gentil muchacho llamado Guarin.
La reina estaba sentada en su trono oyendo esto y se acercó al rey y le dijo al oído:
—Es mentira. Ese no tiene ningún hijo.
Se decía que la reina era muy mala, y muchos murmuraban que era medio bruja y aun bruja entera.
—Dile que quieres armar caballero a su hijo y que lo traiga a la Corte —insistió la reina.
El pobre caballero, al oír el mandato del rey, volvió triste y pensativo a su castillo. Y cuanto más lo pensaba más triste se ponía, pues se suponía que al enterarse el rey que le había mentido, seguramente le metería en una mazmorra.
Al entrar en su castillo le salió al encuentro su hija mayor:
—¿Qué os pasa, padre mío, para venir tan triste? —le preguntó.
—¿Que qué me pasa? Pues que he dicho al rey que tengo un hijo y él me ha replicado que se lo presente, y me encuentro en un apuro.
Luego salió la segunda hija, quien al enterarse de lo que había dicho su padre, le apostrofó airada:
—Mejor que decir esto, ¿no hubiera sido, padre, que nos trajera un buen novio a cada una?
Pero la tercera hija, al ver la ansiedad del padre, le consoló:
—No os apuréis, padre —le dijo—. Yo me presentaré al rey disfrazada de muchacho.
Y la muchacha se puso una bonita armadura blanca, se cortó el pelo y, tomando una espada y una lanza corta, montó en un caballo y, junto con su padre, se encaminaron hacia la Corte.
Cuando sonó la trompeta anunciando la llegada de dos caballeros, se asomaron a la ventana del castillo el rey y la reina.
—Mira —dijo el rey a la reina—. Ahí tienes a Guarin, aunque tú digas que no.
—¿Ese, Guarin? No es Guarin, sino una mujer. Vamos a hacer un prueba.
—Bueno.
—Envía a ese Guarin a que atraviese aquel extenso prado.
Había en aquel prado, en un lado hierba y, en el otro, lino con el que las mujeres hacen sábanas y telas finas.
—Como es una mujer, no querrá estropear el lino —dijo la reina al rey.
Pero en el momento en que Guarin se acercaba al galope al prado, se le apareció la Virgen Madre y le aconsejó:
—Métete por el linar.
Y Guarin, obedeciendo, entró por el linar, estropeando todas las plantas.
—Mírale —dijo el rey— cómo anda a galope por el linar. Es un muchacho.
—No, es una muchacha. Y lo vamos a ver en seguida. Dile que venga hacia acá y prepare el caballo para una nueva galopada. Los hombres arreglan los caballos fuera de la cuadra, pero las mujeres lo hacen dentro.
Entonces el rey, llamando al jinete, le dijo:
—¡Guarin! Pon correas nuevas al caballo.
Al ir hacia la cuadra volvió a aparecérsele la Virgen y le dijo al oído lo que tenía que hacer. Así que Guarin dejó el caballo fuera, entró en la cuadra en busca de correas nuevas y se las puso a la vista de todo el mundo.
—¿Ya te has convencido? —preguntó el rey a la reina—. Es un muchacho listo y ágil.
—No es muchacho, sino muchacha. Y hay una prueba fácil. Mándale con un botijo que traiga agua de la fuente. Si es que, efectivamente, trae agua, es muchacho, si no la trae, es chica.
Ya decía esto porque sabía que en la fuente vivía una culebra, y de ser mujer se asustaría al verla.
Y nuestro Guarin, cuando iba hacia la fuente con su botijo en la mano, se le volvió a aparecer la Virgen Madre y le dio este consejo:
—En el pozo de la fuente verás una culebra con los ojos abiertos, pero no tengas miedo, está dormida. Toma este mimbre. Con él atarás bien esa alimaña en la parte trasera del caballo y, después de llenar bien el botijo, ven al palacio.
Todo sucedió según dijo la Virgen y con la culebra atada en la grupa del caballo, volvía Guarin hacia el palacio cuando la culebra soltó una carcajada, al poco rato otra y algo más tarde una tercera.
Guarin, aturdida, oyó las carcajadas de la culebra y no sabía qué pensar. En esto se le apareció la Virgen nuevamente y le dijo:
—Vas a hacer una cosa. Cuando te veas ante el rey, preguntas a la culebra la causa de sus carcajadas.
Ante el asombro de la reina, apareció Guarin con su botijo lleno de agua, que colocó ante el rey, y a continuación pidió permiso al rey, al que rodeaba toda su Corte, para hablar.
—Bien —dijo el rey—. ¿Qué es lo que quieres hablar?
—Solamente hacerle una pregunta a la culebra que traigo en la parte trasera del caballo.
—Tienes mi permiso.
Entonces Guarin preguntó a la culebra:
—Culebra, ¿por qué te has reído tres veces?
Y ante el terror de toda la Corte, la culebra se puso a hablar:
—Me he reído tres veces por lo siguiente: La primera vez, porque he visto el tejado del palacio de mi señora madre. La segunda cuando he visto a mi señora madre junto al rey, su esposo, siendo dueña de todas las llaves. La tercera porque una doncella como usted me ha derrotado.
Al enterarse de que la reina era una bruja, la apresaron entre todos, y el mismo rey mandó encender una hoguera en la plaza delante del palacio y allí arrojaron a la madre y a la hija para que se abrasaran.
Y el rey, al ver que Guarin era una hermosísima doncella, pues más tarde se puso sus vestidos, se enamoró y se casó con ella.
LAS BRUJAS
¿Hay brujas? ¿No hay brujas? Ahora se niega la existencia de las brujas, pero antiguamente, en el País Vasco, se creía firmemente que existían.
En Navarra, en el pueblo de Zugarramurdi, hay un prado llamado de Akelarre (en vascuence, campo del macho cabrío), porque allí se aparecía el diablo en forma de chivo. Allí acudían las brujas de Navarra y Guipúzcoa y celebraban sus fiestas que, desde entonces y en todas las lenguas del mundo, se llaman «aquelarres».
La Santa Inquisición detuvo a las brujas que iban al Akelarre y las procesó. Las actas de los juicios a las brujas, todavía existen. Un fraile muy listo llegó al convencimiento de que todas las que se decían brujas no eran más que mujeres medio locas, y las cosas que creían hacían, eran soñadas.
De todas formas, hay lugares en Euskalerría llamados Sorginzilo (Pozo de las brujas), Sorgiñerreka (Arroyo de las brujas), Sorginetxe (Casa de las brujas), Sorginiturri (Fuente de las brujas), etc.
En cuanto a saber si existían o no, ya desde antiguo, había gente que dudaba de su existencia. Cuentan las leyendas que una vez, un grupo de costureras estuvo discutiendo sobre si había o no brujas. Al final, todas menos una, se mostraron conformes en creer que sí había brujas.
A la que se mostró incrédula, cuando volvía a casa al anochecer, se le apareció un grupo de brujas en un cruce de caminos y le dijeron cantando:
—Ba gaittuk, ezpagaittuk, ogetamar milla emen gaittuk (Si somos, si no somos, treinta mil aquí estamos).
Y diciendo esto, cada bruja le fue arrancando de la cabeza un pelo. Y como eran tantas, a la pobre costurera la dejaron calva como una bola de billar.
También se tiene por cosa peligrosa el contestar tres veces a la llamada de las brujas.
En Elorrio, volvía un anochecer una aldeanita hacia su caserío, cuando oyó a lo lejos un irrintzi. Ya sabréis que el irrintzi, como el santzo, el oyu o uju son gritos semejantes a relinchos, muy usados por los vascos. Unos, se lanzan en las romerías para demostrar la alegría que se siente; otros, en el monte para dar aviso. Así se comunicaban los antiguos vascos cuando veían venir a los romanos.
Bien: la aldeanita replicó al irrintzi y, al cabo de poco rato, volvió a sonar el lejano irrintzi. Ella, sin dudarlo, contestó por segunda vez. Y cuando sonó el tercero, también replicó.
A la mañana siguiente, en aquel sitio, de la pobre aldeana no se hallaron más que unos pocos cabellos y trozos de vestido.
Mejor suerte corrieron otras jóvenes que también tuvieron la malaventurada idea de contestar a los tres irrintzis de las brujas.
En cuanto lo hubieron hecho, divisaron un objeto de fuego que se dirigía hacia ellas más veloz que el viento.
Cuando lo vieron venir, les entró miedo y se metieron rápidamente en un caserío que estaba allí mismo y cerraron la puerta.
Justo en aquel momento, oyeron un golpe fuerte en ella y, al día siguiente, apreciaron que tenía señales de fuego.
Igualmente los pastores del monte Gorbea cuentan que algunas brujas, en forma de buitres, solían refugiarse en la cueva de Supelegor.
Un pastor que construyó su chabola cerca de la cueva, para contrarrestar el efecto de las brujas, colocó en la entrada de la caverna, cruces y cera bendita.
En cuanto lo hizo, se le colocó una bandada de buitres en el techo de la chabola y le dijeron que quitara de la cueva aquellas cosas si no quería que le hicieran daño. El pastor no tuvo más remedio que quitar las cruces y la cera bendita de la cueva de Supelegor.
Cuando lo supo el cura de Orozko, subió a ver la cueva con su criado, pero no encontró nada. Al salir, se olvidó dentro su libro de oraciones.
Para salir de Itxina, un gran amasijo de peñas donde está situada la cueva, hay que pasar por un túnel natural practicado en la roca, llamado Atxular.
Las peñas que dominaban Atxular estaban llenas de buitres, que hacían intención de asaltar al cura y a su criado. Entonces el cura se dio cuenta de haberse olvidado su libro de oraciones en la cueva, y le mandó al criado que fuera en su busca.
Pero el criado tenía miedo por causa de los buitres.
—No tengas miedo —dijo el cura—; vete tranquilo, que yo me estaré aquí con estas brujas.
Así fue: el criado pudo ir sin cuidado hasta la cueva y, en cuanto salió con el libro en la mano, todos los buitres se metieron en tropel en la cueva.
Cosas de las brujas.
El nombre vasco de las brujas es sorgin, y su plural sorgiñak. Se lee sorguin y sorguiñak.
Si alguna vez hay que golpearlas, debe ser siempre con números impares. Uno, tres, cinco, siete garrotazos, pues si le dan números pares, las brujas pueden hacer daño.
Para causar dolor a una bruja, hay que azotar su sombra, no su cuerpo.
Las brujas suelen reunirse de noche en algunos prados situados lejos del poblado, en medio de un bosque o montaña desierta.
Hay un dicho famoso: Akelarreko baratzan, sorgiñak ezpatadantzan (En el prado de Akelarre las brujas bailan la espatadantza).
Además del lugar de Akelarre, existen otros no menos famosos entre ellos: el de Petralanda, en Dima.
Los días de reunión son varios; en Akelarre se reunían los lunes, miércoles y viernes. En otros lugares, los sábados. Por eso se dice que el sábado es el día de las brujas.
Un aldeano se tropezó con un grupo de brujas que estaban bailando al corro en el claro de un bosque. Estas, que estaban alegres, le invitaron a bailar y el aldeano aceptó.
Al cabo, cuando se cansaron, suspendieron el baile y empezaron a beber agua fresca con un hermoso vaso.
Al llegarle el turno al aldeano, según costumbre, tomó el vaso lleno de agua y se santiguó antes de llevárselo a los labios. Al momento desaparecieron todas las brujas, quedando solo en medio del campo con el vaso precioso en la mano.
Otro de los poderes de las brujas es el de transformarse en figura de animal. Generalmente, para ello solo tenían que dar tres vueltas alrededor de una cosa.
Y para volver a su primitiva figura, era necesario que la cosa continuase de pie.
Una bruja solía transformarse en asno, para lo cual daba tres vueltas alrededor de un árbol. Un vecino que la había observado, mientras la bruja andaba en sus brujerías metamorfoseada en animal, cortó el árbol con un hacha, y la bruja ya nunca más pudo volver a su figura humana.
Los vecinos de Berástegui cuentan, admirados, que una mujer que iba hablando con sus vecinas, se convirtió de repente en bruja tras de dar tres vueltas a la iglesia parroquial. Igualmente, las brujas no pueden salir de la iglesia si el sacerdote no cierra el libro del altar al fin de la Misa.
En un pueblo en el que se le olvidó al sacerdote cerrar el misal, una mujer-bruja no podía salir de la iglesia, por lo que llamó al monaguillo y le dijo:
—Tú, vete y cierra el libro, que al sacerdote se le ha olvidado cerrar.
Si una bruja, a la hora de la muerte cierra la mano, es que quiere pasar a otra su brujería. Al morir las brujas, caen enormes granizadas.
En cambio, si una bruja quiere dejar de serlo, tiene que ir lejos y volver en la misma noche mientras el sacerdote lee el Evangelio. De lo contrario, las otras brujas la ahogarían.
Los marinos de Lequeitio jamás llamaban a las brujas por su nombre cuando estaban en alta mar. No decían sorgiñak, sino pendulen kontrakoak (enemigas de las sondas). Tal vez pensarían que ellas eran las que enredaban las sondas.
Aun ahora, los pescadores de Fuenterrabía no mencionan las brujas, y si sus mujeres, cuando ellos están en la mar, lo hacen, creen que no habrá pesca.
La bruja ladrona.
Hace muchos años, en una casa vivía un padre con sus tres hijos. La casa tenía cerca un gran manzanal, al cual alguien venía todas las noches para robar manzanas.
Deseosos de acabar con aquellos robos, una noche se quedó haciendo guardia el hermano mayor, mas no pudo resistir el sueño y se durmió hacia la madrugada. Al despertarse, se dio cuenta que, al igual que otras veces, les habían robado manzanas.
A la siguiente noche, fue el segundo hermano el encargado de cuidar el manzanal, pero también le venció el sueño a la madrugada y a él también le robaron las manzanas de los árboles.
El hermano pequeño se rió de sus hermanos mayores, y prometió que él saldría a cuidar del manzanal.
—¡Cómo vas a estar toda la noche fuera! —dijeron los mayores—. Tú no vales para eso.
—Sí, señores; yo cuidaré bien el manzanal y nadie robará manzanas —dijo el pequeño.
Y de esta manera, salió el hermano pequeño a cuidar los árboles con una hoz en la mano.
Hacia la madrugada, vio aparecer sobre la tapia del manzanal un gran bulto negro. Sin dudarlo, se dirigió hacia él y le hirió con la hoz. Entonces el bulto negro se escabulló velozmente.
Cuando hubo luz suficiente acudieron los otros hermanos y, ya los tres juntos, fueron a ver si encontraban huellas del ladrón. En efecto: junto a la tapia había una gran mano negra.
Y la ruta por donde había escapado el ladrón, estaba claramente marcada por gotas de sangre.
—Vamos a seguir las huellas de sangre —se dijeron los hermanos, para saber dónde vivía el ladrón.
Y sobre la pista de sangre echaron a andar y, anda que te anda, llegaron a una gran losa donde acababa el reguero de sangre.
—Seguramente debajo de esta piedra estará la guarida del ladrón —pensaron.
Y se decidieron a levantar la losa, bajo la cual encontraron una horrible sima.
—Hay que saber quién bajará —dijeron. E hicieron txotxalamotx (coger varios palillos y, al que le toque el más corto, ese pierde).
El más viejo tuvo la mala suerte de que le tocara, pero el más joven se ofreció a bajar.
—¿Ya podrás?
—Sí.
Entre los dos hermanos le bajaron, sujeto de una cuerda. Cuando descendía el hermano pequeño, llevaba en la mano la hoz, por si acaso.
Al llegar al fondo de la sima, se encontró a una hermosa jovencita.
—¿Quién eres tú y qué haces aquí? —le preguntó.
Ella le dijo que era la hija del rey y que en aquella sima vivía una bruja, la cual la había raptado y tenía cautiva desde hacía mucho tiempo, y que por amor de Dios se marchase, que si no estaba perdido.
Pero el muchacho le dijo que no tuviera miedo, que él la libertaría. Entonces la joven le regaló unos escapularios al muchacho.
El muchacho se soltó de la cuerda, la ató a la cintura de la muchacha y gritó a sus hermanos:
—¡Tirad de la cuerda!
Entre los dos de arriba sacaron a la chica y, con ella, se escaparon rápidos, dejando abajo al hermano menor.
Este echó a andar por el interior de la caverna, y en esto se encontró con la bruja, que estaba sentada en una banqueta con un horrible gato a su lado.
En cuanto le vio, el gato saltó a la cara del muchacho y se puso a arañarle. El muchacho gritó a la bruja que le quitara aquel gato, pero esta contestó que no, y además sacó la lengua para reírse de él.
Arrojando el gato al suelo, el chico saltó sobre la bruja, y agarrados ambos, empezaron a luchar. Y como la bruja sacara la lengua otra vez en señal de burla, el muchacho, con la hoz, se la cortó y se la guardó en el bolsillo.
Mas no por eso la bruja se daba por vencida, por lo que el muchacho, acordándose de los escapularios que le había dado la hija del rey, se los metió a la bruja por la cabeza.
—Arráncame estas cosas —aullaba la bruja desesperada.
—No; no te las quitaré si no me sacas de aquí.
—Bueno.
Y en un momento le sacó fuera.
El muchacho, que quería saber qué había sido de la hija del rey, fue a la ciudad donde tenían el palacio. Y allí oyó que un muchacho la había librado del cautiverio de la bruja, y que se iba a casar con la hija del rey a la mañana siguiente.
—¿Quién será el que se dice salvador de la muchacha? —se preguntó extrañado.
Y tomando una habitación en una posada, se pasó todo el día encerrado, golpeando en la ventana con un martillito de hierro, como si estuviera construyendo algo.
Al día siguiente, se puso en la ventana a vigilar cuándo aparecían los novios. En medio de lo más brillante del cortejo, descubrió a la hija del rey, que iba de la mano de su hermano mayor.
—Ya os voy a dar yo boda —dijo el pequeño.
Y tomando la lengua de la bruja le dijo:
—Lengua, tan pronto como acá, estate allá.
Y se desató un terrible ventarrón que se llevaba tejas, ventanas, arrastraba a la gente y amenazaba con arrasar todo. Por esta causa hubo de retrasarse la boda para el día siguiente.
Y el muchacho, sin salir de su habitación, se pasó todo el día martillando en la ventana: kax-kax-kax.
A la mañana siguiente, el día estaba azul, el cielo sin nubes, y ninguna brisa movía las hojas de los árboles. Hacía un tiempo ideal, por lo que en el palacio se organizó la comitiva y allá se fueron todos camino de la catedral, dispuestos a que la hija del rey se casara con su valiente salvador.
Pero al pasar frente a la posada donde estaba escondido el hermano menor, este tomó otra vez en sus manos la lengua de la bruja, y repitió: Miari, miari, emen urduko an ize’ari (lengua, lengua, tan pronto como acá, estate allá).
Y un viento como jamás se había conocido empezó a soplar, arrastrando sombreros, derribando toneles, haciendo volar colgaduras y asustando a los caballos. ¡Qué era aquello! Todo el mundo se volvía loco, pretendiendo escapar de la furia del terrible viento.
Y los novios tuvieron que volver corriendo a buscar el refugio del castillo y aplazaron la boda para el siguiente.
Y el muchacho promotor de todo el lío, sin salir de su aposento, se pasó el día haciendo kax-kax-kax con su martillito en la ventana.
Al tercer día volvió a salir el cortejo, y vuelta la lengua a desencadenar el viento, por lo que quedaron las calles más barridas que nunca jamás.
Al repetirse el ventarrón por tres días y, en el momento de ir la comitiva camino de la iglesia, dio qué pensar a la gente:
—Aquí hay algún brujo que quiere impedir la ceremonia de la boda.
En seguida empezaron a hacer averiguaciones y se enteraron que tres días antes había llegado a la posada un muchacho extranjero que, sin salir de su habitación, se pasaba todo el día haciendo un ruidito.
Vinieron los guardias y se lo llevaron preso ante el rey.
—¿Quién eres tú y qué poder tienes para que no se celebre la boda? —le preguntaron.
Pero él se negó a decirles nada a ellos.
—Solo declararé quién soy a la hija del rey —dijo.
Cuando se presentó la hija del rey, el muchacho sacó del bolsillo los escapularios que ella le había dado y le preguntó si los conocía.
Al verlos, ella dio un grito. Claro que los conocía; ¡si eran de ella! Y, además, también reconocía al muchacho. Él era el que verdaderamente la libró del cautiverio de la bruja.
Al hermano mayor le dieron un caballo para que se volviera a casa y, al día siguiente, se celebró la boda de la hija del rey con el hermano menor; y estén seguros ustedes que aquella mañana no sopló el menor viento.
En Petralanda.
El lugar de reunión de las brujas de Vizcaya estaba en Dima, en el sitio llamado de Petralanda.
En un pueblo del valle de Arratia, vivía una señora muy rica y orgullosa, la cual iba los domingos a Misa mayor. Como es costumbre en muchos pueblos vascos, durante la Misa mayor se repartía pan bendito entre los feligreses. Un día, al recoger de manos del sacristán el trozo de pan bendito, a esta señora se le cayó de las manos y, no queriéndose inclinar a recogerlo por puro orgullo, lo dejó en el suelo.
Y desde entonces la señora rica empezó a adolecer de un misterioso mal, del que nadie sabía la causa.
Todos los sábados a la noche, se reunían en Petralanda las brujas del valle de Arratia después de disfrazarse en sus casas, untándose con ungüentos mágicos. Una de estas brujas tenía en su caserío un criado al que le picó la curiosidad, y queriendo saber qué ocurría en las reuniones de brujas, se fue un sábado antes de la medianoche y, subiéndose a un roble, esperó. Cuando todas las brujas estuvieron reunidas, comenzaron a hablar de los casos de brujería, mal de ojo, etcétera, que había en el valle de Arratia y mencionaron a la rica vanidosa. Una de las brujas dijo:
—Esa orgullosa no se curará mientras no lama con la lengua el lugar donde estuvo el pedazo de pan.
Tiempo le faltó al muchacho para ir a casa de la rica vanidosa, e insistiendo que tenía que decirle una cosa importantísima y privada, consiguió a solas contarle el secreto oído en el akelarre. En cuanto lo oyó la señora, fue inmediatamente a la iglesia y, ante la sepultura de su familia, se inclinó con humildad y lamió a conciencia el lugar donde se figuraba había estado el pan bendito.
Y convertida en otra mujer, sana y airosa, la señora volvió a su casa.
Deseando enterarse de alguna otra cosa, al sábado siguiente el muchacho se puso a espiar el akelarre en el mismo sitio que la vez anterior. Reunidas las brujas comentaron, asombradas, la curación de la señora orgullosa y, una bruja, dijo que únicamente algún espía que había oído su conversación podía habérselo dicho.
Se pusieron a buscar por los alrededores, pero nada encontraban, hasta que una bruja, levantando la cabeza, divisó al muchacho y gritó:
—Aiko an, aiko an (miradle allí, miradle allí).
Y cogiéndole, le dieron tan soberana paliza que, viéndose el muchacho en peligro, tuvo la feliz idea de decir el nombre más terrible para las brujas: «¡Jesús!»
Y el muchacho se quedó solo en Petralanda.
Por oir Misa.
Es malo el vicio de la curiosidad. Sobre todo, de lo que nada nos importa. Por ejemplo, la curiosidad por saber cosas de utilidad, técnicas, culturales, religiosas, es de gran mérito. Los más grandes curiosos son los sabios, que siempre quieren enterarse de los misterios de la ciencia.
Pero el curioso de hechos y dichos ajenos, que nada les va y, además, que encima se meten en vidas ajenas, suelen tener su justo castigo.
Esto le pasó a un aldeano que, cuando volvía de casa después de trabajar en su ferrería, se tropezó con un grupo de brujas que saltaban y bailaban en el claro del bosque, cantando:
—Egunez zar eta gauez gazte (de día viejas y de noche jóvenes).
Y el hombre no supo resistir la tentación y les contestó:
—Daiogun (que quiere decir: amén).
¡La que se armó! Por decir aquello, las brujas le agarraron y, hasta la madrugada, anduvieron metiéndole y sacándole del río.
Y el pobre hombre, cuando llegó la claridad de la mañana, se encontró en la orilla del río completamente molido y mojado.
Pues bien: ya sabréis que, antiguamente, se traía el vino de la Rioja con recuas de machos. Dos arrieros que andaban trayendo vino se encontraron en el camino hacia la Rioja y comenzaron a discutir.
Joaniko sostenía que primero es la obligación, y Ángel que primero es la devoción. Joaniko, como quería ir rápido por el vino, no pensaba oir Misa el domingo, y Ángel decía que «por oír Misa y echar cebada, no se pierde jornada».
Entonces acordaron apostar sus muías a ver quién llegaba antes al siguiente pueblo. Mientras Ángel se quedaba oyendo Misa, Joaniko se adelantó rápido y llegó muchísimo antes que Ángel. Este tuvo que entregarle su recua de muías y mientras el otro marchaba hacia la Rioja cantando alegres jotas, el otro tuvo que volverse a su casa, triste y pensativo.
Al hacerse de noche, Ángel se perdió en el monte y, no sabiendo dónde cobijarse, subió a un árbol, y al dar las doce de la noche vio que se reunían muchas brujas que rodeaban al diablo y al cual adoraban. Después de bailar un rato, una de las brujas comentó:
—Amigas, ¿sabéis qué le pasa a la infanta María, que es tan orgullosa?
—No —le contestaron.
—Pues que el otro día fue a comulgar y se le cayó un pedacito de la hostia y, como es tan orgullosa, no quiso inclinarse a cogerlo y vino un sapo y se lo llevó en la boca. El sapo está escondido debajo de la sepultura que hay en la iglesia, y la infanta está a la muerte y nadie sabe que no podrá curar de su mal hasta que no maten al sapo.
Cuando llegó el alba se marcharon las brujas montadas en sus escobas, y el arriero fue al palacio del rey y le dijo al portero que él podía curar a la infanta.
No le hicieron caso, pero cuando el rey oyó que un arriero decía que podía curar a su hija, mandó que le dejaran pasar.
El arriero Ángel contó al rey todo lo que había oído a las brujas, y en seguida fueron los criados y mataron al sapo y la infanta se curó. Agradecidos, le preguntaron:
—¿Qué quieres en pago? Pídenos lo que más desees y te lo daremos.
—Pues una recua de muías para seguir trabajando en el vino.
Y le compraron una recua de estupendas muías, las más altas y fuertes que había.
Ángel, el arriero, contento y feliz se encaminó hacia La Rioja y en el camino se encontró con Joaniko que volvía con el vino.
Joaniko se extrañó sobremanera al ver las hermosas muías que traía:
—Chico, ¿de dónde te has hecho con esa recua de muías?
Ángel, que era de buen corazón, le contó lo que le había sucedido.
—Pues, chico —replicó Joaniko—, a pesar de haber perdido la apuesta has quedado mejor que yo. Se ve que el oir Misa no perjudica a nadie.
Y cuando se separaron, Joaniko decidió ir al lugar donde se reunían las brujas para ver si sorprendía algún secreto que le hiciera rico.
Mas, ¡ay!, en cuanto llegaron las brujas, como sospechaban que alguien les había oído la conversación, ya que se habían enterado de la curación de la hija del rey, registraron los alrededores y, agarrándole, le dieron una fenomenal tunda, y además le mataron las dos recuas de muías.
La necia curiosidad es mala consejera, máxime si se quiere sacar algún provecho de ella. Una cosa parecida que al criado de Petralanda y al arriero, le ocurrió a un cheposo en Lequeitio.
En este bellísimo pueblo vizcaíno vivían dos hombres, alegres y bromistas, aunque ambos tenían la desgracia de ser jorobados. Uno, era carpintero y, el otro, herrero.
Un día, el carpintero, gran aficionado a la pesca, fue a pasar la tarde a las peñas de Anzoriz. Allí se le echó encima la noche, y era tan oscura que decidió no volver a Lequeitio y pasarla en el caserío de Elunzeta, donde tenía amigos. Pero estos habían soltados unos fieros perros que le impidieron acercarse al caserío, por lo que tuvo que refugiarse en el hueco de un viejo castaño, que aún existe.
Nuestro jorobado se durmió como un bendito, cuando a medianoche le despertaron unas voces femeninas que cantaban siempre la misma canción:
—Lunes, martes, miércoles… tres.
Se trataba de un grupo de sorgiñak que, cogidas de la mano, bailaban alrededor del árbol. Nuestro carpintero, aburrido de oír tantas veces lo mismo, cantó a su vez y en el mismo tono:
—Jueves, viernes, sábado… seis.
La algazara, las risas y las bromas de las brujas al oír esta salida, fueron tremendas.
Las brujas buscaron al cantor y, al ver que era jorobado, le quitaron la corcova que colgaron del árbol, agradecidas por el buen rato que les había hecho pasar. Al otro día, domingo, en Misa mayor nadie conocía al carpintero, tan esbelto y gentil había quedado.
Su amigo el herrero le acosó a preguntas, hasta saber cómo se había quedado sin chepa y, al siguiente sábado, fue hasta el árbol donde bailaban las brujas, metiéndose en el agujero para esperarlas.
Tardaron tanto, que se quedó dormido. De pronto fue despertado por las risas y canciones de las sorguiñas.
—Lunes, martes, miércoles… tres —cantaban unas, y otras, respondían:
—Jueves, viernes, sábado… seis —y todas reían y daban gritos, bailando alrededor del árbol.
Entonces creyó el herrero que era hora de intervenir y dijo:
—Y domingo… siete.
Pero las brujas, rechinando los dientes al oír el nombre del día santo, buscaron al atrevido y después de darle una paliza que le dejó medio muerto, dijeron:
—Vamos a ponerle sobre el pecho la joroba que le quitamos al anterior, para que no se vuelva a meter donde no le importa.
Y descolgando la giba del carpintero se la pegaron, desapareciendo acto seguido montadas en sus escobas.
¡Pobre herrero, que tuvo que vivir en adelante con dos chepas en lugar de la una que tenía!
El que no se conforma con lo que tiene…
El palacio de las brujas.
Existe en Aranguren un palacio abandonado, que es llamado por el pueblo «El palacio de las brujas».
A pesar de llevar más de doscientos años abandonado, el palacio aún se mantiene enhiesto y señorial, justificando la solidez y magnificencia de su edificación. Este palacio fue construido por uno de los tres hermanos Amézaga, que salieron del valle de Salcedo, jurisdicción de Zalla, del barrio de Aranguti o Aranguren, a buscar honra y fortuna sirviendo al rey Felipe V.
Tan heroicamente se portaron, que uno de ellos murió salvando la vida del rey, y este colmó a los otros dos de gloria y riquezas.
Los Amézaga hablaban con frecuencia con el rey de las bellezas y hermosuras de Aranguren, tanto, que un día les dijo Felipe V que, si se lo permitían sus ocupaciones, iría a visitarles a su casa solariega.
Firmada la paz de Utrech, volvieron los Amézaga a sus lares, dueños de una gran fortuna y, esperando la visita del rey, comenzaron a edificar una magnífica casa-palacio que fuera digno albergue de la persona real.
Había en la vecindad un jorobado de quien los hermanos Amézaga se habían burlado en los años juveniles, y el cual les odiaba mortalmente. Al pecado del odio se unió el de la negra envidia, y no queriendo que para más ennoblecerles les visitara el rey, decidió hacer algo, a fin de impedir la terminación del palacio y la visita real.
El jorobado se fue a la judería de Valmaseda y, a cierto curandero judío, le ofreció su propia condenación con tal de que el palacio no se terminase.
El curandero le dijo:
—Lo puedes hacer fácilmente. Mira: donde ahora se alza el altivo monte Serantes, se extendía hace muchísimos años una magnífica playa. En aquella llanura vivía un gigante que no creía en Dios. Un día se burlaba de cierto joven cristiano, que antes de bañarse hacía la señal de la cruz. Dios castigó al gigante y quedó convertido en la picuda montaña. Y desde entonces, es tradición que sale una voz cavernosa de la montaña incitando a la gente a que no se santigüe antes de entrar en el agua. El que obedece puede pedir una gracia, que se le concede; claro que, a cambio, debe entregar su alma.
Presuroso el jorobado fue hasta la playa y cuando oyó la voz: «No te santigües», formuló su satánico deseo. Días después, recogían su cadáver.
Dice la tradición que, inmediatamente, los Amézaga recibieron orden del rey de acudir en su ayuda para una nueva guerra y, presurosos, abandonaron las obras.
Y ya el palacio nunca jamás logró terminarse, ni los Amézaga volvieron a su tierra natal.
En la cueva de Artekona, donde se dice que fue echado el cuerpo del infeliz suicida, se oían siniestros quejidos que llegaban hasta la casa-palacio.
En 1874, un soldado del Ejército liberal arrojó una cruz de palo al interior y, desde entonces, ha dejado de oirse la triste voz que, saliendo de la cueva, se perdía en el mar.
Y de toda esta historia solo queda el palacio de las brujas, que aún sigue en pie, desafiando los siglos y sirviendo ahora como almacén de un caserío.
Las tres olas
Todas las mañanas, unos pescadores botaban su lancha al agua y se marchaban mar adentro a pescar.
Había tres brujas que, por odio a aquellos pescadores, decidieron provocar su perdición.
Y se convirtieron en tres gigantescas olas y se dirigieron hacia la lancha con la intención de hundirla.
Pero en el camino, las brujas, convertidas en olas, iban hablando. Una de ellas decía:
—Para que no les hundamos necesitan tener la barca de frente y la vela replegada.
Como el viento soplaba fuerte, les llegó la chillona voz de las brujas y rápidamente pusieron la lancha en aquella posición, por lo que las olas, a pesar de ser terribles, no pudieron hundir la lancha.
Y cuando pasaba la última ola, aún tuvieron arrestos para tomar un gran pincho y clavarlo en la ola, con la que aquella bruja quedó casi muerta.
Otra cosa de brujas les pasó a unos pescadores de Elanchove.
Una vez entraron de arribada en el puerto de Elanchove unas lanchas de Bermeo, y sacando fuera los remos, palos y redes, se marcharon a cenar.
Cuando era ya de noche, un anciano volvió de la taberna y, metiéndose en su bote, se tumbó dispuesto a dormir.
En esto llegaron a la lancha dos mujeres con sayas rojas, y saltando al bote, soltaron las cuerdas y empezaron a remar, diciendo a la vez:
—A cada palada sien leguas.
Y en seguida llegaron a La Habana. Las dos brujas saltaron a tierra y se dirigieron a alguna reunión, y entonces el anciano que no había dicho ni palabra por estar muerto de miedo, también salió a tierra firme y después de arrancar una rama a un árbol de La Habana, se volvió a meter en la lancha y, para matar el tiempo, comenzó a fumar en su pipa.
En esto llegaron las dos brujas y se dijeron:
—Aquí hay olor a tabaco. ¡Hum! ¿Se nos habrá metido algún hombre?
El anciano, al oir esto, se quedó quieto, quieto, tapado por las redes con temor de que le descubrieran.
Tranquilizadas las brujas, empezaron a decir:
—A cada palada sien leguas.
Y para el amanecer llegaron a Elanchove y, bajándose del bote, se marcharon con rumbo desconocido.
Cuando volvieron los otros pescadores se quedaron asombrados de lo que decía el anciano: que en aquella noche había ido y vuelto a La Habana.
Y para demostrarlo, les enseñaba la rama verde del árbol de La Habana, y como nadie podía traer una rama verde desde La Habana, todos le creyeron.
Por encima de zarzas y matas.
Hace muchos años, en la carretera que va de Vitoria a Laguardia, había una posada y se decía que la posadera era una bruja de tomo y lomo.
En dicha posada paraban los arrieros y, uno de ellos, tuvo la curiosidad por saber a dónde iba la posadera a hacer sus brujerías.
Al hacerse de noche, se tumbó en un banco que estaba junto al fogón, y envolviéndose en su manta, hizo como que se dormía.
Cuando dieron las doce de la noche, la mesonera levantó uno de los ladrillos de la cocina y sacó una escoba y una vasija de barro. Con un ungüento que sacó del pucherito se untó todo el cuerpo y, guardando la vasija y la escoba otra vez bajo el ladrillo, dijo:
—Por encima de zarzas y matas, van las brujas al campo de las zaragatas.
Y desapareció al momento. En cuanto lo hizo se levantó el arriero y, de debajo del ladrillo, sacó el pucherito, se untó con el ungüento y dijo:
—Por entre zarzas y matas van las brujas al campo de las zaragatas.
Como se había equivocado y en lugar de decir «por encima», dijo «por entre», como un rayo fue al campo de las zaragatas entre las árgomas, los brezos y arbustos. ¡Qué golpes se daba! ¡Cómo se arañaba al pasar como una flecha por entre los zarzales o romper los duros arbustos!
Y de repente, hecho una pura llaga, molido y medio muerto, cayó en medio del campo donde estaban las brujas, las cuales, al verle aparecer, quisieron lanzarse sobre él para matarle.
Mas él recordó la fórmula que usan las brujas para volver a sus casas, y rápidamente la dijo antes de que le echasen mano. Pero también se equivocó. En lugar de decir:
—Por encima de zarzas y matas, van las brujas cada una a su casa —dijo:
—Por entre zarzas y matas, van las brujas cada una a su casa.
Y si fenomenal fue la paliza que recibió en el camino de ida, no menor fue la de vuelta. Otra vez las matas y las zarzas molieron su cuerpo.
Y en cuanto llegó a la posada, sin ganas de esperar la llegada de la mesonera, recogió sus machos y se marchó camino adelante. ¡Bien cara pagó su curiosidad!
La bruja envidiosa.
Cuentan en Murélaga que hace muchos años, y en una casita del bosque de un lejano país, vivía un matrimonio con una hija, muy hermosa y buena.
Un día la madre enfermó y murió, y el padre, no sabiendo cómo gobernar la casa, en cuanto se quitó el luto decidió casarse. Para ello salió al camino para pedir en matrimonio a la primera mujer que viera. Así lo hizo; pero sin saberlo, se casó con una bruja.
Tuvieron otra hija, y cuando ya era mayorcita esta segunda hija, el padre tuvo un accidente y murió. Entonces se quedaron solas en la casa la bruja, su hija y la hijastra.
La bruja quería con delirio a su hija y odiaba con todas sus fuerzas a la hijastra. Claro está que su hija era horrorosamente fea, mientras que su hijastra cada día era más hermosa.
No pudiendo contener su odio, un día decidió acabar con la hija del primer matrimonio de su marido y poniéndola un traje de papel, la mandó, descalza, a recoger fresas, en pleno invierno.
La infeliz niña tomó su cesto y, aterida de frío, empezó a caminar por el bosque sin encontrar más que dura nieve.
En una choza encontró a tres hombres, que se asombraron de verla vestida con un traje de papel y descalza.
—Pero, muchacha, ¿qué haces por aquí de esa forma?
—Mi madre me ha mandado a buscar fresas.
—¿Fresas? ¿Con el frío que hace y ese vestido de papel? ¿Pero qué clase de madre tienes?
—Es mi madrastra.
—¡Ahora se comprende! Mira; te vamos a dar un consejo: mira en las leñas que hay detrás de la choza; debajo de ellas encontrarás fresas, por lo menos para llenar un cesto.
Fue la muchacha y pudo llenar hasta arriba su cesto. Cuando lo hizo volvió adonde los tres hombres para darles gentilmente las gracias.
Estos agradecieron vivamente el comportamiento de la niña y le hicieron tres regalos.
Uno dijo:
—Ojalá te caiga de la boca un trozo de oro por cada palabra que pronuncies.
El segundo:
—Que cada día seas más hermosa.
Y el tercero:
—Ojalá que al morir te lleven los ángeles del cielo.
Cuando la muchacha llegó a casa, mucho más hermosa que cuando salió, con la cesta colmada de fresas y sembrando de oro el suelo a cada palabra que pronunciaba, la bruja llevó un berrinche.
—¿Dónde has estado? —preguntó.
—En una choza al otro lado del bosque.
—¿Y qué te ha pasado allí?
—He visto a tres hombres, que me han enseñado el lugar donde estaban las fresas y me han hecho tres regalos.
Al oir esto, la bruja mandó a su hija que se vistiera con su mejor vestido y, vaciando el cesto de fresas, se lo dio. Y a la hijastra la dijo:
—Acompaña a mi hija hasta cerca de la choza y luego vuélvete sola a casa.
Cuando la hija de la bruja llegó a la choza, se encontró allí a los tres hombres de antes.
—Vengo a por más fresas —dijo ásperamente y de mal humor.
—¡Caramba! ¡Más fresas! ¿Es que no teníais bastante con un cesto?
—¡No!
—Pues no tenemos fresas, pero te vamos a hacer tres regalos.
Y el primero dijo:
—Ojalá te caiga un sapo por cada palabra que pronuncies.
El segundo:
—Que cada día seas más fea.
Y el tercero:
—Y que al morir te lleven al infierno los diablos.
Cuando llegó a casa la hija de la bruja, con el cesto sin fresas, más fea que nunca y echando sapos por la boca, la madrastra decidió acabar cuanto antes con la hija primera de su difunto marido.
Como al día siguiente el río se heló por el terrible frío que hacía, la mandó con unas madejas de hilo para que las lavara y golpeara. La pobre niña iba medio desnuda y descalza. Apenas podía tener en sus manos las madejas, pues sus dedos ya no tenían fuerzas.
Estaba a orillas del río golpeando las madejas, cuando apareció un caballero que, al verla tan hermosa y tan mal vestida, se acercó a ella:
—¿Qué haces aquí, hermosa muchacha?
—Mi madre me ha enviado a lavar estas madejas de hilo.
—¡Con este frío tan terrible y medio desnuda! ¿Qué clase de madre tienes?
—Es mi madrastra.
—¡Ah, ya! Pues mira; desde ahora tendrás nueva madre: será mi madre, pues yo me voy a casar contigo.
Y montándola en el caballo la llevó a su palacio, pues aquel caballero era el rey, que andaba buscando mujer.
La madre del rey quería mucho a su nuera y vivían felices, y su felicidad se aumentó al saber que la hermosa niña del bosque iba a tener un hijo.
Pero en el momento de nacer, y mientras el rey y su madre estaban admirando a la criatura, se presentó en el palacio la bruja y, metiéndose en el cuarto de la joven reina, la raptó y puso a su fea hija en su lugar.
Cuando el rey vio que su hermosa mujer se había convertido de repente en una repugnante harpía que arrojaba sapos por la boca, pensó que era cosa de alguna bruja, pero nadie sabía qué hacer.
En esto un pájaro se puso en la ventana y comenzó a cantar:
Txin txaun txoria
txoritxu txilibitaria
astoan arto-bitxia
upan edergarria zalduna doa zoroa,
moroa langoa daroa.
Una vieja ama de llaves fue la que comprendió el sentido de estos misteriosos versos vascos.
Y corrieron todos a la casita del bosque donde estaba presa la esposa del rey, maltratada por su madrastra la bruja, y la libertaron y allí mismo prendieron fuego a la casa con la bruja dentro.
Y cuando volvieron al palacio, agarraron a la hija de la bruja y la tiraron por la ventana al mar, y allí se ahogó.
La reina sin brazos
Un viudo vivía con su hija única en una casa de las afueras de un gran pueblo. La muchacha era de muy buen corazón y, de entre sus virtudes, destacaba la compasión. Pobre que llamaba a la puerta de su casa, pobre que estaba seguro de no marchar con las manos vacías. Generalmente daba unas monedas, pero si el pobre estaba muy necesitado añadía algo de comida, pan, huevos o chorizos.
Una vez, una bruja muy mala llamó a la puerta de aquella casa. La bruja iba disfrazada de pordiosera, y con voz lastimera pidió algo, pues estaba desfallecida.
La muchacha, compadecida, además de dinero le dio lo que tenía en la mesa. Inmediatamente la ingrata bruja fue al campo donde el padre de la chica estaba trabajando y empezó a hablar mal de ella:
—Tiene usted una hija que es una derrochadora. Además de darme limosna, me ha dado estos huevos y chorizos. Vaya usted haciendo cuentas. Por mucho que gane, es poco para esa manirrota. Pronto se va a arruinar y los acreedores le llevarán a la cárcel.
El hombre, que era un grandísimo majadero, se creyó todo lo que le dijo la bruja y comenzó a pensar en la forma de deshacerse de aquella hija que, según pensaba, le iba a desbaratar la hacienda.
Y con el pretexto de llevar a su hija a una romería, la vistió como para ir a una fiesta y salió con ella camino adelante. Al llegar a un lejano lugar desierto, hizo subir a su hija a un árbol y aquel desnaturalizado padre:
—¡Toma! —dijo—. Por gastarme mis bienes.
Y le cortó los dos brazos.
Luego se marchó, dejándola atada a una rama para que se la comieran los cuervos. La pobre niña allí se quedó llorando amargamente, sin consuelo…
En esto comenzó a llover y, el hijo del rey, que se hallaba cazando por aquellos lugares en compañía de sus soldados, buscó cobijo bajo las ramas de aquel árbol. Al ver que les caían gotas de sangre se quedaron admirados, hasta que, alzando la cabeza, vieron a una hermosa joven que se deshacía en lágrimas.
—¿Qué os pasa, hermosa niña? —le preguntaron.
La niña les contó todo lo que le había ocurrido, y el hijo del rey ordenó que la soltasen y la llevasen con mucho cuidado a su palacio. Allí la curaron y se quedó a vivir con la familia del rey, y todos pronto la quisieron mucho, pues era muy buena y de un trato encantador.
Al fin, un día, el hijo del rey la dijo que quería casarse con ella:
—¡Casarme yo, y con el heredero del trono! Es una locura. Todo el mundo se reiría al saber que el príncipe heredero se casa con una mujer sin brazos.
—No me importa. Si tú no tienes brazos, tendrás muchos criados que te sirvan de brazos.
Y como no había más que hablar, pues se casaron.
Al cabo de unos meses estalló la guerra en las fronteras del reino, y el rey mandó a su hijo al frente de las tropas. El heredero ordenó a sus criados que cuidaran bien a su mujer.
Al poco tiempo de marchar su marido, la pobre mutilada tuvo gemelos. Una niña y un niño muy hermosos. Llenos de júbilo, le escribieron una carta al padre comunicándole la buena nueva.
Pero la bruja, que estaba esperando aquella ocasión para perjudicar a la muchacha, salió al camino del mensajero y le cambió la carta. Puso otra que decía:
—Su esposa, manca de los dos brazos, ha tenido un perro y un gato por hijos, y no sabemos qué hacer.
Cuando recibió la carta el hijo del rey, quedó muy extrañado, pero contestó diciendo:
—Sea lo que sea, cuidarme bien a mi mujer hasta que yo vaya.
Pero nuevamente volvió a salir la bruja al encuentro del mensajero y le cambió la carta:
—Inmediatamente llevar a la madre y sus hijos al bosque y matarlos, y traer luego al palacio el corazón de la madre.
Como por aquellos días había fallecido el rey, ahora resultaba ser rey el heredero que escribía la carta y, al ser una orden real, no les quedó más remedio que obedecer.
Un criado salió con la infeliz mujer y los dos gemelitos, y cuando llegaron a una montaña le dijo que tenía que matarlos a los tres.
Tanto lloró la madre y tanto suplicó que la matase a ella, pero no a los inocentes niños, que al fin el criado se compadeció. Y al perro que llevaba lo mató, y sacándole el corazón para mostrar que había cumplido la orden, se volvió al palacio. Antes colgó a la pobre mujer del cuello dos alforjas, metió allí a ambas criaturas, una delante y la otra detrás, y se marchó.
La joven reina, pues aunque lo ignoraba era ya reina, comenzó a andar sin saber a dónde dirigir sus pasos, cuando los niños empezaron a llorar. Tenían sed.
Oyó ruido de un arroyo y hacia él encaminó sus pasos. Como no tenía manos, se inclinó poco a poco para que el agua les llegase a la boca a los niños, y en eso se le salieron ambos de las alforjas, cayeron al agua y allí se ahogaron delante de sus ojos.
Y la infeliz madre solo tuvo fuerzas para sentarse en el suelo y llorar, llorar.
En esto se le apareció en la otra orilla del río una mujer muy hermosa, con una varita en la mano:
—¿Qué haces? —le preguntó.
Ella le contó todo lo que le había pasado.
—Ten fe en Dios. Mete en el agua el brazo derecho —dijo.
—Pero, señora, si yo no tengo ni brazo ni manos.
—Haz lo que yo te digo.
Así lo hizo y, cuando lo sacó, le brotó el brazo y mano que le faltaba.
—Ahora mete el otro brazo.
Igualmente recobró el brazo izquierdo. Entonces alargó ambos brazos para sacar el cuerpo de sus hijos, y en cuanto estos se hallaron fuera del agua, recobraron la vida.
Entonces aquella hermosa mujer le dijo:
—He aquí una varita. Tómala y, subiendo ahí, sobre la montaña, hallarás un sitio llano, raso, y en medio de él haz una raya con esta vara diciendo: «Padre, Hijo y Espíritu Santo, ayudadme». Diciendo esto, surgirá un hermoso palacio y vivirás allí sin que nada te falte. Pero no dejes de dar limosna y hospedaje a todos los que te lleguen a la puerta.
Y diciendo esto, aquella mujer desapareció como por encanto. Era la Santísima Virgen María.
Obedeciendo las órdenes de la Virgen, subieron el monte y llegando al llano que allí había, trazaron con la vara una raya y apareció un hermoso palacio blanco.
Y durante varios años allí vivieron practicando la hospitalidad y la caridad, mientras los niños crecían en el santo temor de Dios.
Mientras tanto el rey, que había vuelto de la guerra y quemado a la bruja que le cambió las cartas, acompañado del criado que se había apiadado de su mujer, iba por los pueblos y aldeas preguntando:
—¿No han visto ustedes a una mujer hermosa, sin brazos, con dos criaturas metidas en unas alforjas?
Pero nadie le sabía dar razón.
Así pasaron muchos años y, al fin, llegaron a un pueblo donde les dijeron:
—Nosotros nada sabemos, pero en el palacio blanco donde paran todos los viajeros, pobres y pordioseros, seguramente tendrán alguna noticia.
Hacia allá fueron y llegaron anochecido. Pidieron hospedaje, que les fue otorgado al momento. Cuando cenaron todos juntos en la mesa, el rey estaba asombrado de la educación y compostura de los niños, así como de la belleza de su madre. Pensaba:
—Si no fuera porque tiene los dos brazos, pensaría que es mi mujer desaparecida. ¡Tanto se parece!
Cuando acabó la cena, vino el hijo de la casa y, acercándose al rey con una vasija de agua, le dijo:
—Padre, toma agua para que te laves las manos y la cara.
Y después vino la niña con una toalla diciendo:
—Padre, toma la toalla para que seques tus manos y cara.
El rey quedó muy extrañado ante las palabras de los niños, y entonces su madre, que había reconocido a su marido, declaró quién era: la niña sin brazos a la que la Virgen le había devuelto la vida de sus dos hijos y también los dos brazos.
Al día siguiente, cuando todos estaban jugando felices y contentos en el jardín, vieron entrar a un viejo pordiosero con un saco a la espalda.
—Apostaría a que es mi padre —dijo la esposa a su esposo el rey—. Mi padre, el que me cortó los brazos y me abandonó.
Y saliéndole al encuentro le dio limosna y comenzó a preguntarle:
—¿Qué sería de usted si mis padres me hubiesen prohibido darle limosna?
—Pues que me moriría de hambre.
—O sea que nunca se debe prohibir a los hijos dar limosna.
—Pues yo ya lo hice con una hija que tenía de muy buen corazón, ¡Pobre niña!
—¿Pues qué le pasó? —preguntó su propia hija.
—Una bruja, a la que quemaron hace años por cambiar las cartas del mensajero del rey, me hizo creer que mi hija, con sus limosnas, me arruinaría. Yo, tonto de mí, lo creí y la llevé a un lugar salvaje y desierto, donde le corté los brazos y la abandoné. ¡Pobrecita! Moriría pronto. En cuanto a mí, en cuanto dejé de dar limosnas fui empobreciéndome, cada vez más y más, hasta que los acreedores me arrojaron a la calle y se quedaron con todas mis casas. Y ahora ando de pueblo en pueblo pidiendo limosna. Gracias a la que me ha dado usted, hermosa señora, podré vivir mucho tiempo.
—Mírame bien —dijo la hija—. ¿No me conoces?
Entonces el anciano reconoció a su hija, y cayó de rodillas pidiéndole perdón.
—Nada tengo que perdonarte, pues gracias a ti conocí al hijo del rey y ahora soy reina. Echemos la culpa a aquella perversa bruja que te oscureció la mente.
Y dejando al anciano vivir en aquella casa, ellos se fueron a la capital del reino para vivir en el palacio real.
La bruja de Zaukalanda.
Cuando los moros dominaban la mayor parte de España, solían infiltrarse por la llanura alavesa y saqueaban los caseríos vascos de las montañas.
Deseando librarse de aquella peste, se juntaron todos los vascos cristianos y presentaron batalla a los moros en el lugar de Zaukulanda. La batalla fue dura, y para el anochecer todos los moros yacían muertos.
Los vascos se retiraron a sus tiendas para descansar, y cuál no sería su sorpresa al ver a la mañana siguiente que todos los moros habían resucitado.
Y lo sucedido en Zaukulanda se fue repitiendo en todas las batallas que se dieron por aquellos meses. Gran carnicería con los moros y, al día siguiente, todos habían recobrado misteriosamente la vida y se aprestaban para nuevas luchas.
Al fin se enteraron de quién era la causante de las resurrecciones. Una bruja que recorría de noche el campo de batalla con un gran puchero lleno de ungüento y, hombre por hombre, metiendo dos dedos en el puchero, les untaba las heridas, y los muertos, sin más, se levantaban como si hubieran estado durmiendo.
Después de una gran carnicería que hicieron, los cristianos estaban desanimados pensando en que todos sus trabajos eran inútiles, pues la misteriosa bruja vendría a hacer su acostumbrada labor, cuando se presentó un joven vasco a sus jefes:
—Mientras vosotros dormís en vuestras tiendas, alrededor de las fogatas, yo me echaré entre los moros como si fuera un muerto más. Veremos si logro cazar a esa escurridiza bruja.
El joven se tumbó entre los moros muertos y se tiznó de sangre, y allá se estuvo vigilando atentamente a ver quién aparecía.
A medianoche, vio venir a una vieja feísima con un puchero, en el que metió dos dedos y, sacándolos untados, se agachó ante el primer muerto moro y en el momento en que untó las heridas de aquel con el ungüento, se levantó vivito y coleando.
El joven guerrero al ver esto, se incorporó y, acercándose en la oscuridad, le dio un lanzazo al moro resucitado, enviándole otra vez al otro barrio, y acto seguido atravesó a la bruja, dejándola muerta en el acto.
Queriendo cerciorarse si era por aquel ungüento con lo que resucitaba o con otras magias, el joven se untó los dedos y le untó a la vieja bruja las heridas. Esta se levantó al momento resucitada y entonces el joven levantó su lanza amenazándola.
—No me mates, muchacho, no me mates —le dijo la bruja—. Si me dejas viva, te enseñaré a hacer este ungüento.
Pero el muchacho, no fiándose de la bruja, la dio una serie de lanzadas y la dejó ya muerta definitivamente.
Cuando volvió con su puchero a las filas cristianas, nadie quería creer al valeroso joven que aquel ungüento podía resucitar a los muertos.
—¿No me creéis? —decía él—. Pues voy a hacer yo mismo y con mí mismo la prueba. Ahora mismo matadme a lanzadas y luego meted dos dedos en el puchero, rebañar un poco de salsa y luego untadme las heridas. Veréis cómo vuelvo a la vida.
Nadie quería hacer la prueba, pero tanto insistió que, al fin, uno le dio una lanzada y le tumbó muerto. Y al instante, untándole con el ungüento de la bruja, el muchacho resucitó.
Inmediatamente, visto los poderes de aquel ungüento, recorrieron el campo de batalla y todos los barrancos donde podía haber muertos cristianos, y para el amanecer estaban todos con vida.
La pena es que se acabó el ungüento y como solo la bruja muerta sabía la fórmula para hacer otro puchero, pues no ha podido resucitarse a nadie más.
En Navarra, en el pueblo de Zugarramurdi, hay un prado llamado de Akelarre (en vascuence, campo del macho cabrío), porque allí se aparecía el diablo en forma de chivo. Allí acudían las brujas de Navarra y Guipúzcoa y celebraban sus fiestas que, desde entonces y en todas las lenguas del mundo, se llaman «aquelarres».
La Santa Inquisición detuvo a las brujas que iban al Akelarre y las procesó. Las actas de los juicios a las brujas, todavía existen. Un fraile muy listo llegó al convencimiento de que todas las que se decían brujas no eran más que mujeres medio locas, y las cosas que creían hacían, eran soñadas.
De todas formas, hay lugares en Euskalerría llamados Sorginzilo (Pozo de las brujas), Sorgiñerreka (Arroyo de las brujas), Sorginetxe (Casa de las brujas), Sorginiturri (Fuente de las brujas), etc.
En cuanto a saber si existían o no, ya desde antiguo, había gente que dudaba de su existencia. Cuentan las leyendas que una vez, un grupo de costureras estuvo discutiendo sobre si había o no brujas. Al final, todas menos una, se mostraron conformes en creer que sí había brujas.
A la que se mostró incrédula, cuando volvía a casa al anochecer, se le apareció un grupo de brujas en un cruce de caminos y le dijeron cantando:
—Ba gaittuk, ezpagaittuk, ogetamar milla emen gaittuk (Si somos, si no somos, treinta mil aquí estamos).
Y diciendo esto, cada bruja le fue arrancando de la cabeza un pelo. Y como eran tantas, a la pobre costurera la dejaron calva como una bola de billar.
También se tiene por cosa peligrosa el contestar tres veces a la llamada de las brujas.
En Elorrio, volvía un anochecer una aldeanita hacia su caserío, cuando oyó a lo lejos un irrintzi. Ya sabréis que el irrintzi, como el santzo, el oyu o uju son gritos semejantes a relinchos, muy usados por los vascos. Unos, se lanzan en las romerías para demostrar la alegría que se siente; otros, en el monte para dar aviso. Así se comunicaban los antiguos vascos cuando veían venir a los romanos.
Bien: la aldeanita replicó al irrintzi y, al cabo de poco rato, volvió a sonar el lejano irrintzi. Ella, sin dudarlo, contestó por segunda vez. Y cuando sonó el tercero, también replicó.
A la mañana siguiente, en aquel sitio, de la pobre aldeana no se hallaron más que unos pocos cabellos y trozos de vestido.
Mejor suerte corrieron otras jóvenes que también tuvieron la malaventurada idea de contestar a los tres irrintzis de las brujas.
En cuanto lo hubieron hecho, divisaron un objeto de fuego que se dirigía hacia ellas más veloz que el viento.
Cuando lo vieron venir, les entró miedo y se metieron rápidamente en un caserío que estaba allí mismo y cerraron la puerta.
Justo en aquel momento, oyeron un golpe fuerte en ella y, al día siguiente, apreciaron que tenía señales de fuego.
Igualmente los pastores del monte Gorbea cuentan que algunas brujas, en forma de buitres, solían refugiarse en la cueva de Supelegor.
Un pastor que construyó su chabola cerca de la cueva, para contrarrestar el efecto de las brujas, colocó en la entrada de la caverna, cruces y cera bendita.
En cuanto lo hizo, se le colocó una bandada de buitres en el techo de la chabola y le dijeron que quitara de la cueva aquellas cosas si no quería que le hicieran daño. El pastor no tuvo más remedio que quitar las cruces y la cera bendita de la cueva de Supelegor.
Cuando lo supo el cura de Orozko, subió a ver la cueva con su criado, pero no encontró nada. Al salir, se olvidó dentro su libro de oraciones.
Para salir de Itxina, un gran amasijo de peñas donde está situada la cueva, hay que pasar por un túnel natural practicado en la roca, llamado Atxular.
Las peñas que dominaban Atxular estaban llenas de buitres, que hacían intención de asaltar al cura y a su criado. Entonces el cura se dio cuenta de haberse olvidado su libro de oraciones en la cueva, y le mandó al criado que fuera en su busca.
Pero el criado tenía miedo por causa de los buitres.
—No tengas miedo —dijo el cura—; vete tranquilo, que yo me estaré aquí con estas brujas.
Así fue: el criado pudo ir sin cuidado hasta la cueva y, en cuanto salió con el libro en la mano, todos los buitres se metieron en tropel en la cueva.
Cosas de las brujas.
El nombre vasco de las brujas es sorgin, y su plural sorgiñak. Se lee sorguin y sorguiñak.
Si alguna vez hay que golpearlas, debe ser siempre con números impares. Uno, tres, cinco, siete garrotazos, pues si le dan números pares, las brujas pueden hacer daño.
Para causar dolor a una bruja, hay que azotar su sombra, no su cuerpo.
Las brujas suelen reunirse de noche en algunos prados situados lejos del poblado, en medio de un bosque o montaña desierta.
Hay un dicho famoso: Akelarreko baratzan, sorgiñak ezpatadantzan (En el prado de Akelarre las brujas bailan la espatadantza).
Además del lugar de Akelarre, existen otros no menos famosos entre ellos: el de Petralanda, en Dima.
Los días de reunión son varios; en Akelarre se reunían los lunes, miércoles y viernes. En otros lugares, los sábados. Por eso se dice que el sábado es el día de las brujas.
Un aldeano se tropezó con un grupo de brujas que estaban bailando al corro en el claro de un bosque. Estas, que estaban alegres, le invitaron a bailar y el aldeano aceptó.
Al cabo, cuando se cansaron, suspendieron el baile y empezaron a beber agua fresca con un hermoso vaso.
Al llegarle el turno al aldeano, según costumbre, tomó el vaso lleno de agua y se santiguó antes de llevárselo a los labios. Al momento desaparecieron todas las brujas, quedando solo en medio del campo con el vaso precioso en la mano.
Otro de los poderes de las brujas es el de transformarse en figura de animal. Generalmente, para ello solo tenían que dar tres vueltas alrededor de una cosa.
Y para volver a su primitiva figura, era necesario que la cosa continuase de pie.
Una bruja solía transformarse en asno, para lo cual daba tres vueltas alrededor de un árbol. Un vecino que la había observado, mientras la bruja andaba en sus brujerías metamorfoseada en animal, cortó el árbol con un hacha, y la bruja ya nunca más pudo volver a su figura humana.
Los vecinos de Berástegui cuentan, admirados, que una mujer que iba hablando con sus vecinas, se convirtió de repente en bruja tras de dar tres vueltas a la iglesia parroquial. Igualmente, las brujas no pueden salir de la iglesia si el sacerdote no cierra el libro del altar al fin de la Misa.
En un pueblo en el que se le olvidó al sacerdote cerrar el misal, una mujer-bruja no podía salir de la iglesia, por lo que llamó al monaguillo y le dijo:
—Tú, vete y cierra el libro, que al sacerdote se le ha olvidado cerrar.
Si una bruja, a la hora de la muerte cierra la mano, es que quiere pasar a otra su brujería. Al morir las brujas, caen enormes granizadas.
En cambio, si una bruja quiere dejar de serlo, tiene que ir lejos y volver en la misma noche mientras el sacerdote lee el Evangelio. De lo contrario, las otras brujas la ahogarían.
Los marinos de Lequeitio jamás llamaban a las brujas por su nombre cuando estaban en alta mar. No decían sorgiñak, sino pendulen kontrakoak (enemigas de las sondas). Tal vez pensarían que ellas eran las que enredaban las sondas.
Aun ahora, los pescadores de Fuenterrabía no mencionan las brujas, y si sus mujeres, cuando ellos están en la mar, lo hacen, creen que no habrá pesca.
La bruja ladrona.
Hace muchos años, en una casa vivía un padre con sus tres hijos. La casa tenía cerca un gran manzanal, al cual alguien venía todas las noches para robar manzanas.
Deseosos de acabar con aquellos robos, una noche se quedó haciendo guardia el hermano mayor, mas no pudo resistir el sueño y se durmió hacia la madrugada. Al despertarse, se dio cuenta que, al igual que otras veces, les habían robado manzanas.
A la siguiente noche, fue el segundo hermano el encargado de cuidar el manzanal, pero también le venció el sueño a la madrugada y a él también le robaron las manzanas de los árboles.
El hermano pequeño se rió de sus hermanos mayores, y prometió que él saldría a cuidar del manzanal.
—¡Cómo vas a estar toda la noche fuera! —dijeron los mayores—. Tú no vales para eso.
—Sí, señores; yo cuidaré bien el manzanal y nadie robará manzanas —dijo el pequeño.
Y de esta manera, salió el hermano pequeño a cuidar los árboles con una hoz en la mano.
Hacia la madrugada, vio aparecer sobre la tapia del manzanal un gran bulto negro. Sin dudarlo, se dirigió hacia él y le hirió con la hoz. Entonces el bulto negro se escabulló velozmente.
Cuando hubo luz suficiente acudieron los otros hermanos y, ya los tres juntos, fueron a ver si encontraban huellas del ladrón. En efecto: junto a la tapia había una gran mano negra.
Y la ruta por donde había escapado el ladrón, estaba claramente marcada por gotas de sangre.
—Vamos a seguir las huellas de sangre —se dijeron los hermanos, para saber dónde vivía el ladrón.
Y sobre la pista de sangre echaron a andar y, anda que te anda, llegaron a una gran losa donde acababa el reguero de sangre.
—Seguramente debajo de esta piedra estará la guarida del ladrón —pensaron.
Y se decidieron a levantar la losa, bajo la cual encontraron una horrible sima.
—Hay que saber quién bajará —dijeron. E hicieron txotxalamotx (coger varios palillos y, al que le toque el más corto, ese pierde).
El más viejo tuvo la mala suerte de que le tocara, pero el más joven se ofreció a bajar.
—¿Ya podrás?
—Sí.
Entre los dos hermanos le bajaron, sujeto de una cuerda. Cuando descendía el hermano pequeño, llevaba en la mano la hoz, por si acaso.
Al llegar al fondo de la sima, se encontró a una hermosa jovencita.
—¿Quién eres tú y qué haces aquí? —le preguntó.
Ella le dijo que era la hija del rey y que en aquella sima vivía una bruja, la cual la había raptado y tenía cautiva desde hacía mucho tiempo, y que por amor de Dios se marchase, que si no estaba perdido.
Pero el muchacho le dijo que no tuviera miedo, que él la libertaría. Entonces la joven le regaló unos escapularios al muchacho.
El muchacho se soltó de la cuerda, la ató a la cintura de la muchacha y gritó a sus hermanos:
—¡Tirad de la cuerda!
Entre los dos de arriba sacaron a la chica y, con ella, se escaparon rápidos, dejando abajo al hermano menor.
Este echó a andar por el interior de la caverna, y en esto se encontró con la bruja, que estaba sentada en una banqueta con un horrible gato a su lado.
En cuanto le vio, el gato saltó a la cara del muchacho y se puso a arañarle. El muchacho gritó a la bruja que le quitara aquel gato, pero esta contestó que no, y además sacó la lengua para reírse de él.
Arrojando el gato al suelo, el chico saltó sobre la bruja, y agarrados ambos, empezaron a luchar. Y como la bruja sacara la lengua otra vez en señal de burla, el muchacho, con la hoz, se la cortó y se la guardó en el bolsillo.
Mas no por eso la bruja se daba por vencida, por lo que el muchacho, acordándose de los escapularios que le había dado la hija del rey, se los metió a la bruja por la cabeza.
—Arráncame estas cosas —aullaba la bruja desesperada.
—No; no te las quitaré si no me sacas de aquí.
—Bueno.
Y en un momento le sacó fuera.
El muchacho, que quería saber qué había sido de la hija del rey, fue a la ciudad donde tenían el palacio. Y allí oyó que un muchacho la había librado del cautiverio de la bruja, y que se iba a casar con la hija del rey a la mañana siguiente.
—¿Quién será el que se dice salvador de la muchacha? —se preguntó extrañado.
Y tomando una habitación en una posada, se pasó todo el día encerrado, golpeando en la ventana con un martillito de hierro, como si estuviera construyendo algo.
Al día siguiente, se puso en la ventana a vigilar cuándo aparecían los novios. En medio de lo más brillante del cortejo, descubrió a la hija del rey, que iba de la mano de su hermano mayor.
—Ya os voy a dar yo boda —dijo el pequeño.
Y tomando la lengua de la bruja le dijo:
—Lengua, tan pronto como acá, estate allá.
Y se desató un terrible ventarrón que se llevaba tejas, ventanas, arrastraba a la gente y amenazaba con arrasar todo. Por esta causa hubo de retrasarse la boda para el día siguiente.
Y el muchacho, sin salir de su habitación, se pasó todo el día martillando en la ventana: kax-kax-kax.
A la mañana siguiente, el día estaba azul, el cielo sin nubes, y ninguna brisa movía las hojas de los árboles. Hacía un tiempo ideal, por lo que en el palacio se organizó la comitiva y allá se fueron todos camino de la catedral, dispuestos a que la hija del rey se casara con su valiente salvador.
Pero al pasar frente a la posada donde estaba escondido el hermano menor, este tomó otra vez en sus manos la lengua de la bruja, y repitió: Miari, miari, emen urduko an ize’ari (lengua, lengua, tan pronto como acá, estate allá).
Y un viento como jamás se había conocido empezó a soplar, arrastrando sombreros, derribando toneles, haciendo volar colgaduras y asustando a los caballos. ¡Qué era aquello! Todo el mundo se volvía loco, pretendiendo escapar de la furia del terrible viento.
Y los novios tuvieron que volver corriendo a buscar el refugio del castillo y aplazaron la boda para el siguiente.
Y el muchacho promotor de todo el lío, sin salir de su aposento, se pasó el día haciendo kax-kax-kax con su martillito en la ventana.
Al tercer día volvió a salir el cortejo, y vuelta la lengua a desencadenar el viento, por lo que quedaron las calles más barridas que nunca jamás.
Al repetirse el ventarrón por tres días y, en el momento de ir la comitiva camino de la iglesia, dio qué pensar a la gente:
—Aquí hay algún brujo que quiere impedir la ceremonia de la boda.
En seguida empezaron a hacer averiguaciones y se enteraron que tres días antes había llegado a la posada un muchacho extranjero que, sin salir de su habitación, se pasaba todo el día haciendo un ruidito.
Vinieron los guardias y se lo llevaron preso ante el rey.
—¿Quién eres tú y qué poder tienes para que no se celebre la boda? —le preguntaron.
Pero él se negó a decirles nada a ellos.
—Solo declararé quién soy a la hija del rey —dijo.
Cuando se presentó la hija del rey, el muchacho sacó del bolsillo los escapularios que ella le había dado y le preguntó si los conocía.
Al verlos, ella dio un grito. Claro que los conocía; ¡si eran de ella! Y, además, también reconocía al muchacho. Él era el que verdaderamente la libró del cautiverio de la bruja.
Al hermano mayor le dieron un caballo para que se volviera a casa y, al día siguiente, se celebró la boda de la hija del rey con el hermano menor; y estén seguros ustedes que aquella mañana no sopló el menor viento.
En Petralanda.
El lugar de reunión de las brujas de Vizcaya estaba en Dima, en el sitio llamado de Petralanda.
En un pueblo del valle de Arratia, vivía una señora muy rica y orgullosa, la cual iba los domingos a Misa mayor. Como es costumbre en muchos pueblos vascos, durante la Misa mayor se repartía pan bendito entre los feligreses. Un día, al recoger de manos del sacristán el trozo de pan bendito, a esta señora se le cayó de las manos y, no queriéndose inclinar a recogerlo por puro orgullo, lo dejó en el suelo.
Y desde entonces la señora rica empezó a adolecer de un misterioso mal, del que nadie sabía la causa.
Todos los sábados a la noche, se reunían en Petralanda las brujas del valle de Arratia después de disfrazarse en sus casas, untándose con ungüentos mágicos. Una de estas brujas tenía en su caserío un criado al que le picó la curiosidad, y queriendo saber qué ocurría en las reuniones de brujas, se fue un sábado antes de la medianoche y, subiéndose a un roble, esperó. Cuando todas las brujas estuvieron reunidas, comenzaron a hablar de los casos de brujería, mal de ojo, etcétera, que había en el valle de Arratia y mencionaron a la rica vanidosa. Una de las brujas dijo:
—Esa orgullosa no se curará mientras no lama con la lengua el lugar donde estuvo el pedazo de pan.
Tiempo le faltó al muchacho para ir a casa de la rica vanidosa, e insistiendo que tenía que decirle una cosa importantísima y privada, consiguió a solas contarle el secreto oído en el akelarre. En cuanto lo oyó la señora, fue inmediatamente a la iglesia y, ante la sepultura de su familia, se inclinó con humildad y lamió a conciencia el lugar donde se figuraba había estado el pan bendito.
Y convertida en otra mujer, sana y airosa, la señora volvió a su casa.
Deseando enterarse de alguna otra cosa, al sábado siguiente el muchacho se puso a espiar el akelarre en el mismo sitio que la vez anterior. Reunidas las brujas comentaron, asombradas, la curación de la señora orgullosa y, una bruja, dijo que únicamente algún espía que había oído su conversación podía habérselo dicho.
Se pusieron a buscar por los alrededores, pero nada encontraban, hasta que una bruja, levantando la cabeza, divisó al muchacho y gritó:
—Aiko an, aiko an (miradle allí, miradle allí).
Y cogiéndole, le dieron tan soberana paliza que, viéndose el muchacho en peligro, tuvo la feliz idea de decir el nombre más terrible para las brujas: «¡Jesús!»
Y el muchacho se quedó solo en Petralanda.
Por oir Misa.
Es malo el vicio de la curiosidad. Sobre todo, de lo que nada nos importa. Por ejemplo, la curiosidad por saber cosas de utilidad, técnicas, culturales, religiosas, es de gran mérito. Los más grandes curiosos son los sabios, que siempre quieren enterarse de los misterios de la ciencia.
Pero el curioso de hechos y dichos ajenos, que nada les va y, además, que encima se meten en vidas ajenas, suelen tener su justo castigo.
Esto le pasó a un aldeano que, cuando volvía de casa después de trabajar en su ferrería, se tropezó con un grupo de brujas que saltaban y bailaban en el claro del bosque, cantando:
—Egunez zar eta gauez gazte (de día viejas y de noche jóvenes).
Y el hombre no supo resistir la tentación y les contestó:
—Daiogun (que quiere decir: amén).
¡La que se armó! Por decir aquello, las brujas le agarraron y, hasta la madrugada, anduvieron metiéndole y sacándole del río.
Y el pobre hombre, cuando llegó la claridad de la mañana, se encontró en la orilla del río completamente molido y mojado.
Pues bien: ya sabréis que, antiguamente, se traía el vino de la Rioja con recuas de machos. Dos arrieros que andaban trayendo vino se encontraron en el camino hacia la Rioja y comenzaron a discutir.
Joaniko sostenía que primero es la obligación, y Ángel que primero es la devoción. Joaniko, como quería ir rápido por el vino, no pensaba oir Misa el domingo, y Ángel decía que «por oír Misa y echar cebada, no se pierde jornada».
Entonces acordaron apostar sus muías a ver quién llegaba antes al siguiente pueblo. Mientras Ángel se quedaba oyendo Misa, Joaniko se adelantó rápido y llegó muchísimo antes que Ángel. Este tuvo que entregarle su recua de muías y mientras el otro marchaba hacia la Rioja cantando alegres jotas, el otro tuvo que volverse a su casa, triste y pensativo.
Al hacerse de noche, Ángel se perdió en el monte y, no sabiendo dónde cobijarse, subió a un árbol, y al dar las doce de la noche vio que se reunían muchas brujas que rodeaban al diablo y al cual adoraban. Después de bailar un rato, una de las brujas comentó:
—Amigas, ¿sabéis qué le pasa a la infanta María, que es tan orgullosa?
—No —le contestaron.
—Pues que el otro día fue a comulgar y se le cayó un pedacito de la hostia y, como es tan orgullosa, no quiso inclinarse a cogerlo y vino un sapo y se lo llevó en la boca. El sapo está escondido debajo de la sepultura que hay en la iglesia, y la infanta está a la muerte y nadie sabe que no podrá curar de su mal hasta que no maten al sapo.
Cuando llegó el alba se marcharon las brujas montadas en sus escobas, y el arriero fue al palacio del rey y le dijo al portero que él podía curar a la infanta.
No le hicieron caso, pero cuando el rey oyó que un arriero decía que podía curar a su hija, mandó que le dejaran pasar.
El arriero Ángel contó al rey todo lo que había oído a las brujas, y en seguida fueron los criados y mataron al sapo y la infanta se curó. Agradecidos, le preguntaron:
—¿Qué quieres en pago? Pídenos lo que más desees y te lo daremos.
—Pues una recua de muías para seguir trabajando en el vino.
Y le compraron una recua de estupendas muías, las más altas y fuertes que había.
Ángel, el arriero, contento y feliz se encaminó hacia La Rioja y en el camino se encontró con Joaniko que volvía con el vino.
Joaniko se extrañó sobremanera al ver las hermosas muías que traía:
—Chico, ¿de dónde te has hecho con esa recua de muías?
Ángel, que era de buen corazón, le contó lo que le había sucedido.
—Pues, chico —replicó Joaniko—, a pesar de haber perdido la apuesta has quedado mejor que yo. Se ve que el oir Misa no perjudica a nadie.
Y cuando se separaron, Joaniko decidió ir al lugar donde se reunían las brujas para ver si sorprendía algún secreto que le hiciera rico.
Mas, ¡ay!, en cuanto llegaron las brujas, como sospechaban que alguien les había oído la conversación, ya que se habían enterado de la curación de la hija del rey, registraron los alrededores y, agarrándole, le dieron una fenomenal tunda, y además le mataron las dos recuas de muías.
La necia curiosidad es mala consejera, máxime si se quiere sacar algún provecho de ella. Una cosa parecida que al criado de Petralanda y al arriero, le ocurrió a un cheposo en Lequeitio.
En este bellísimo pueblo vizcaíno vivían dos hombres, alegres y bromistas, aunque ambos tenían la desgracia de ser jorobados. Uno, era carpintero y, el otro, herrero.
Un día, el carpintero, gran aficionado a la pesca, fue a pasar la tarde a las peñas de Anzoriz. Allí se le echó encima la noche, y era tan oscura que decidió no volver a Lequeitio y pasarla en el caserío de Elunzeta, donde tenía amigos. Pero estos habían soltados unos fieros perros que le impidieron acercarse al caserío, por lo que tuvo que refugiarse en el hueco de un viejo castaño, que aún existe.
Nuestro jorobado se durmió como un bendito, cuando a medianoche le despertaron unas voces femeninas que cantaban siempre la misma canción:
—Lunes, martes, miércoles… tres.
Se trataba de un grupo de sorgiñak que, cogidas de la mano, bailaban alrededor del árbol. Nuestro carpintero, aburrido de oír tantas veces lo mismo, cantó a su vez y en el mismo tono:
—Jueves, viernes, sábado… seis.
La algazara, las risas y las bromas de las brujas al oír esta salida, fueron tremendas.
Las brujas buscaron al cantor y, al ver que era jorobado, le quitaron la corcova que colgaron del árbol, agradecidas por el buen rato que les había hecho pasar. Al otro día, domingo, en Misa mayor nadie conocía al carpintero, tan esbelto y gentil había quedado.
Su amigo el herrero le acosó a preguntas, hasta saber cómo se había quedado sin chepa y, al siguiente sábado, fue hasta el árbol donde bailaban las brujas, metiéndose en el agujero para esperarlas.
Tardaron tanto, que se quedó dormido. De pronto fue despertado por las risas y canciones de las sorguiñas.
—Lunes, martes, miércoles… tres —cantaban unas, y otras, respondían:
—Jueves, viernes, sábado… seis —y todas reían y daban gritos, bailando alrededor del árbol.
Entonces creyó el herrero que era hora de intervenir y dijo:
—Y domingo… siete.
Pero las brujas, rechinando los dientes al oír el nombre del día santo, buscaron al atrevido y después de darle una paliza que le dejó medio muerto, dijeron:
—Vamos a ponerle sobre el pecho la joroba que le quitamos al anterior, para que no se vuelva a meter donde no le importa.
Y descolgando la giba del carpintero se la pegaron, desapareciendo acto seguido montadas en sus escobas.
¡Pobre herrero, que tuvo que vivir en adelante con dos chepas en lugar de la una que tenía!
El que no se conforma con lo que tiene…
El palacio de las brujas.
Existe en Aranguren un palacio abandonado, que es llamado por el pueblo «El palacio de las brujas».
A pesar de llevar más de doscientos años abandonado, el palacio aún se mantiene enhiesto y señorial, justificando la solidez y magnificencia de su edificación. Este palacio fue construido por uno de los tres hermanos Amézaga, que salieron del valle de Salcedo, jurisdicción de Zalla, del barrio de Aranguti o Aranguren, a buscar honra y fortuna sirviendo al rey Felipe V.
Tan heroicamente se portaron, que uno de ellos murió salvando la vida del rey, y este colmó a los otros dos de gloria y riquezas.
Los Amézaga hablaban con frecuencia con el rey de las bellezas y hermosuras de Aranguren, tanto, que un día les dijo Felipe V que, si se lo permitían sus ocupaciones, iría a visitarles a su casa solariega.
Firmada la paz de Utrech, volvieron los Amézaga a sus lares, dueños de una gran fortuna y, esperando la visita del rey, comenzaron a edificar una magnífica casa-palacio que fuera digno albergue de la persona real.
Había en la vecindad un jorobado de quien los hermanos Amézaga se habían burlado en los años juveniles, y el cual les odiaba mortalmente. Al pecado del odio se unió el de la negra envidia, y no queriendo que para más ennoblecerles les visitara el rey, decidió hacer algo, a fin de impedir la terminación del palacio y la visita real.
El jorobado se fue a la judería de Valmaseda y, a cierto curandero judío, le ofreció su propia condenación con tal de que el palacio no se terminase.
El curandero le dijo:
—Lo puedes hacer fácilmente. Mira: donde ahora se alza el altivo monte Serantes, se extendía hace muchísimos años una magnífica playa. En aquella llanura vivía un gigante que no creía en Dios. Un día se burlaba de cierto joven cristiano, que antes de bañarse hacía la señal de la cruz. Dios castigó al gigante y quedó convertido en la picuda montaña. Y desde entonces, es tradición que sale una voz cavernosa de la montaña incitando a la gente a que no se santigüe antes de entrar en el agua. El que obedece puede pedir una gracia, que se le concede; claro que, a cambio, debe entregar su alma.
Presuroso el jorobado fue hasta la playa y cuando oyó la voz: «No te santigües», formuló su satánico deseo. Días después, recogían su cadáver.
Dice la tradición que, inmediatamente, los Amézaga recibieron orden del rey de acudir en su ayuda para una nueva guerra y, presurosos, abandonaron las obras.
Y ya el palacio nunca jamás logró terminarse, ni los Amézaga volvieron a su tierra natal.
En la cueva de Artekona, donde se dice que fue echado el cuerpo del infeliz suicida, se oían siniestros quejidos que llegaban hasta la casa-palacio.
En 1874, un soldado del Ejército liberal arrojó una cruz de palo al interior y, desde entonces, ha dejado de oirse la triste voz que, saliendo de la cueva, se perdía en el mar.
Y de toda esta historia solo queda el palacio de las brujas, que aún sigue en pie, desafiando los siglos y sirviendo ahora como almacén de un caserío.
Las tres olas
Todas las mañanas, unos pescadores botaban su lancha al agua y se marchaban mar adentro a pescar.
Había tres brujas que, por odio a aquellos pescadores, decidieron provocar su perdición.
Y se convirtieron en tres gigantescas olas y se dirigieron hacia la lancha con la intención de hundirla.
Pero en el camino, las brujas, convertidas en olas, iban hablando. Una de ellas decía:
—Para que no les hundamos necesitan tener la barca de frente y la vela replegada.
Como el viento soplaba fuerte, les llegó la chillona voz de las brujas y rápidamente pusieron la lancha en aquella posición, por lo que las olas, a pesar de ser terribles, no pudieron hundir la lancha.
Y cuando pasaba la última ola, aún tuvieron arrestos para tomar un gran pincho y clavarlo en la ola, con la que aquella bruja quedó casi muerta.
Otra cosa de brujas les pasó a unos pescadores de Elanchove.
Una vez entraron de arribada en el puerto de Elanchove unas lanchas de Bermeo, y sacando fuera los remos, palos y redes, se marcharon a cenar.
Cuando era ya de noche, un anciano volvió de la taberna y, metiéndose en su bote, se tumbó dispuesto a dormir.
En esto llegaron a la lancha dos mujeres con sayas rojas, y saltando al bote, soltaron las cuerdas y empezaron a remar, diciendo a la vez:
—A cada palada sien leguas.
Y en seguida llegaron a La Habana. Las dos brujas saltaron a tierra y se dirigieron a alguna reunión, y entonces el anciano que no había dicho ni palabra por estar muerto de miedo, también salió a tierra firme y después de arrancar una rama a un árbol de La Habana, se volvió a meter en la lancha y, para matar el tiempo, comenzó a fumar en su pipa.
En esto llegaron las dos brujas y se dijeron:
—Aquí hay olor a tabaco. ¡Hum! ¿Se nos habrá metido algún hombre?
El anciano, al oir esto, se quedó quieto, quieto, tapado por las redes con temor de que le descubrieran.
Tranquilizadas las brujas, empezaron a decir:
—A cada palada sien leguas.
Y para el amanecer llegaron a Elanchove y, bajándose del bote, se marcharon con rumbo desconocido.
Cuando volvieron los otros pescadores se quedaron asombrados de lo que decía el anciano: que en aquella noche había ido y vuelto a La Habana.
Y para demostrarlo, les enseñaba la rama verde del árbol de La Habana, y como nadie podía traer una rama verde desde La Habana, todos le creyeron.
Por encima de zarzas y matas.
Hace muchos años, en la carretera que va de Vitoria a Laguardia, había una posada y se decía que la posadera era una bruja de tomo y lomo.
En dicha posada paraban los arrieros y, uno de ellos, tuvo la curiosidad por saber a dónde iba la posadera a hacer sus brujerías.
Al hacerse de noche, se tumbó en un banco que estaba junto al fogón, y envolviéndose en su manta, hizo como que se dormía.
Cuando dieron las doce de la noche, la mesonera levantó uno de los ladrillos de la cocina y sacó una escoba y una vasija de barro. Con un ungüento que sacó del pucherito se untó todo el cuerpo y, guardando la vasija y la escoba otra vez bajo el ladrillo, dijo:
—Por encima de zarzas y matas, van las brujas al campo de las zaragatas.
Y desapareció al momento. En cuanto lo hizo se levantó el arriero y, de debajo del ladrillo, sacó el pucherito, se untó con el ungüento y dijo:
—Por entre zarzas y matas van las brujas al campo de las zaragatas.
Como se había equivocado y en lugar de decir «por encima», dijo «por entre», como un rayo fue al campo de las zaragatas entre las árgomas, los brezos y arbustos. ¡Qué golpes se daba! ¡Cómo se arañaba al pasar como una flecha por entre los zarzales o romper los duros arbustos!
Y de repente, hecho una pura llaga, molido y medio muerto, cayó en medio del campo donde estaban las brujas, las cuales, al verle aparecer, quisieron lanzarse sobre él para matarle.
Mas él recordó la fórmula que usan las brujas para volver a sus casas, y rápidamente la dijo antes de que le echasen mano. Pero también se equivocó. En lugar de decir:
—Por encima de zarzas y matas, van las brujas cada una a su casa —dijo:
—Por entre zarzas y matas, van las brujas cada una a su casa.
Y si fenomenal fue la paliza que recibió en el camino de ida, no menor fue la de vuelta. Otra vez las matas y las zarzas molieron su cuerpo.
Y en cuanto llegó a la posada, sin ganas de esperar la llegada de la mesonera, recogió sus machos y se marchó camino adelante. ¡Bien cara pagó su curiosidad!
La bruja envidiosa.
Cuentan en Murélaga que hace muchos años, y en una casita del bosque de un lejano país, vivía un matrimonio con una hija, muy hermosa y buena.
Un día la madre enfermó y murió, y el padre, no sabiendo cómo gobernar la casa, en cuanto se quitó el luto decidió casarse. Para ello salió al camino para pedir en matrimonio a la primera mujer que viera. Así lo hizo; pero sin saberlo, se casó con una bruja.
Tuvieron otra hija, y cuando ya era mayorcita esta segunda hija, el padre tuvo un accidente y murió. Entonces se quedaron solas en la casa la bruja, su hija y la hijastra.
La bruja quería con delirio a su hija y odiaba con todas sus fuerzas a la hijastra. Claro está que su hija era horrorosamente fea, mientras que su hijastra cada día era más hermosa.
No pudiendo contener su odio, un día decidió acabar con la hija del primer matrimonio de su marido y poniéndola un traje de papel, la mandó, descalza, a recoger fresas, en pleno invierno.
La infeliz niña tomó su cesto y, aterida de frío, empezó a caminar por el bosque sin encontrar más que dura nieve.
En una choza encontró a tres hombres, que se asombraron de verla vestida con un traje de papel y descalza.
—Pero, muchacha, ¿qué haces por aquí de esa forma?
—Mi madre me ha mandado a buscar fresas.
—¿Fresas? ¿Con el frío que hace y ese vestido de papel? ¿Pero qué clase de madre tienes?
—Es mi madrastra.
—¡Ahora se comprende! Mira; te vamos a dar un consejo: mira en las leñas que hay detrás de la choza; debajo de ellas encontrarás fresas, por lo menos para llenar un cesto.
Fue la muchacha y pudo llenar hasta arriba su cesto. Cuando lo hizo volvió adonde los tres hombres para darles gentilmente las gracias.
Estos agradecieron vivamente el comportamiento de la niña y le hicieron tres regalos.
Uno dijo:
—Ojalá te caiga de la boca un trozo de oro por cada palabra que pronuncies.
El segundo:
—Que cada día seas más hermosa.
Y el tercero:
—Ojalá que al morir te lleven los ángeles del cielo.
Cuando la muchacha llegó a casa, mucho más hermosa que cuando salió, con la cesta colmada de fresas y sembrando de oro el suelo a cada palabra que pronunciaba, la bruja llevó un berrinche.
—¿Dónde has estado? —preguntó.
—En una choza al otro lado del bosque.
—¿Y qué te ha pasado allí?
—He visto a tres hombres, que me han enseñado el lugar donde estaban las fresas y me han hecho tres regalos.
Al oir esto, la bruja mandó a su hija que se vistiera con su mejor vestido y, vaciando el cesto de fresas, se lo dio. Y a la hijastra la dijo:
—Acompaña a mi hija hasta cerca de la choza y luego vuélvete sola a casa.
Cuando la hija de la bruja llegó a la choza, se encontró allí a los tres hombres de antes.
—Vengo a por más fresas —dijo ásperamente y de mal humor.
—¡Caramba! ¡Más fresas! ¿Es que no teníais bastante con un cesto?
—¡No!
—Pues no tenemos fresas, pero te vamos a hacer tres regalos.
Y el primero dijo:
—Ojalá te caiga un sapo por cada palabra que pronuncies.
El segundo:
—Que cada día seas más fea.
Y el tercero:
—Y que al morir te lleven al infierno los diablos.
Cuando llegó a casa la hija de la bruja, con el cesto sin fresas, más fea que nunca y echando sapos por la boca, la madrastra decidió acabar cuanto antes con la hija primera de su difunto marido.
Como al día siguiente el río se heló por el terrible frío que hacía, la mandó con unas madejas de hilo para que las lavara y golpeara. La pobre niña iba medio desnuda y descalza. Apenas podía tener en sus manos las madejas, pues sus dedos ya no tenían fuerzas.
Estaba a orillas del río golpeando las madejas, cuando apareció un caballero que, al verla tan hermosa y tan mal vestida, se acercó a ella:
—¿Qué haces aquí, hermosa muchacha?
—Mi madre me ha enviado a lavar estas madejas de hilo.
—¡Con este frío tan terrible y medio desnuda! ¿Qué clase de madre tienes?
—Es mi madrastra.
—¡Ah, ya! Pues mira; desde ahora tendrás nueva madre: será mi madre, pues yo me voy a casar contigo.
Y montándola en el caballo la llevó a su palacio, pues aquel caballero era el rey, que andaba buscando mujer.
La madre del rey quería mucho a su nuera y vivían felices, y su felicidad se aumentó al saber que la hermosa niña del bosque iba a tener un hijo.
Pero en el momento de nacer, y mientras el rey y su madre estaban admirando a la criatura, se presentó en el palacio la bruja y, metiéndose en el cuarto de la joven reina, la raptó y puso a su fea hija en su lugar.
Cuando el rey vio que su hermosa mujer se había convertido de repente en una repugnante harpía que arrojaba sapos por la boca, pensó que era cosa de alguna bruja, pero nadie sabía qué hacer.
En esto un pájaro se puso en la ventana y comenzó a cantar:
Txin txaun txoria
txoritxu txilibitaria
astoan arto-bitxia
upan edergarria zalduna doa zoroa,
moroa langoa daroa.
Una vieja ama de llaves fue la que comprendió el sentido de estos misteriosos versos vascos.
Y corrieron todos a la casita del bosque donde estaba presa la esposa del rey, maltratada por su madrastra la bruja, y la libertaron y allí mismo prendieron fuego a la casa con la bruja dentro.
Y cuando volvieron al palacio, agarraron a la hija de la bruja y la tiraron por la ventana al mar, y allí se ahogó.
La reina sin brazos
Un viudo vivía con su hija única en una casa de las afueras de un gran pueblo. La muchacha era de muy buen corazón y, de entre sus virtudes, destacaba la compasión. Pobre que llamaba a la puerta de su casa, pobre que estaba seguro de no marchar con las manos vacías. Generalmente daba unas monedas, pero si el pobre estaba muy necesitado añadía algo de comida, pan, huevos o chorizos.
Una vez, una bruja muy mala llamó a la puerta de aquella casa. La bruja iba disfrazada de pordiosera, y con voz lastimera pidió algo, pues estaba desfallecida.
La muchacha, compadecida, además de dinero le dio lo que tenía en la mesa. Inmediatamente la ingrata bruja fue al campo donde el padre de la chica estaba trabajando y empezó a hablar mal de ella:
—Tiene usted una hija que es una derrochadora. Además de darme limosna, me ha dado estos huevos y chorizos. Vaya usted haciendo cuentas. Por mucho que gane, es poco para esa manirrota. Pronto se va a arruinar y los acreedores le llevarán a la cárcel.
El hombre, que era un grandísimo majadero, se creyó todo lo que le dijo la bruja y comenzó a pensar en la forma de deshacerse de aquella hija que, según pensaba, le iba a desbaratar la hacienda.
Y con el pretexto de llevar a su hija a una romería, la vistió como para ir a una fiesta y salió con ella camino adelante. Al llegar a un lejano lugar desierto, hizo subir a su hija a un árbol y aquel desnaturalizado padre:
—¡Toma! —dijo—. Por gastarme mis bienes.
Y le cortó los dos brazos.
Luego se marchó, dejándola atada a una rama para que se la comieran los cuervos. La pobre niña allí se quedó llorando amargamente, sin consuelo…
En esto comenzó a llover y, el hijo del rey, que se hallaba cazando por aquellos lugares en compañía de sus soldados, buscó cobijo bajo las ramas de aquel árbol. Al ver que les caían gotas de sangre se quedaron admirados, hasta que, alzando la cabeza, vieron a una hermosa joven que se deshacía en lágrimas.
—¿Qué os pasa, hermosa niña? —le preguntaron.
La niña les contó todo lo que le había ocurrido, y el hijo del rey ordenó que la soltasen y la llevasen con mucho cuidado a su palacio. Allí la curaron y se quedó a vivir con la familia del rey, y todos pronto la quisieron mucho, pues era muy buena y de un trato encantador.
Al fin, un día, el hijo del rey la dijo que quería casarse con ella:
—¡Casarme yo, y con el heredero del trono! Es una locura. Todo el mundo se reiría al saber que el príncipe heredero se casa con una mujer sin brazos.
—No me importa. Si tú no tienes brazos, tendrás muchos criados que te sirvan de brazos.
Y como no había más que hablar, pues se casaron.
Al cabo de unos meses estalló la guerra en las fronteras del reino, y el rey mandó a su hijo al frente de las tropas. El heredero ordenó a sus criados que cuidaran bien a su mujer.
Al poco tiempo de marchar su marido, la pobre mutilada tuvo gemelos. Una niña y un niño muy hermosos. Llenos de júbilo, le escribieron una carta al padre comunicándole la buena nueva.
Pero la bruja, que estaba esperando aquella ocasión para perjudicar a la muchacha, salió al camino del mensajero y le cambió la carta. Puso otra que decía:
—Su esposa, manca de los dos brazos, ha tenido un perro y un gato por hijos, y no sabemos qué hacer.
Cuando recibió la carta el hijo del rey, quedó muy extrañado, pero contestó diciendo:
—Sea lo que sea, cuidarme bien a mi mujer hasta que yo vaya.
Pero nuevamente volvió a salir la bruja al encuentro del mensajero y le cambió la carta:
—Inmediatamente llevar a la madre y sus hijos al bosque y matarlos, y traer luego al palacio el corazón de la madre.
Como por aquellos días había fallecido el rey, ahora resultaba ser rey el heredero que escribía la carta y, al ser una orden real, no les quedó más remedio que obedecer.
Un criado salió con la infeliz mujer y los dos gemelitos, y cuando llegaron a una montaña le dijo que tenía que matarlos a los tres.
Tanto lloró la madre y tanto suplicó que la matase a ella, pero no a los inocentes niños, que al fin el criado se compadeció. Y al perro que llevaba lo mató, y sacándole el corazón para mostrar que había cumplido la orden, se volvió al palacio. Antes colgó a la pobre mujer del cuello dos alforjas, metió allí a ambas criaturas, una delante y la otra detrás, y se marchó.
La joven reina, pues aunque lo ignoraba era ya reina, comenzó a andar sin saber a dónde dirigir sus pasos, cuando los niños empezaron a llorar. Tenían sed.
Oyó ruido de un arroyo y hacia él encaminó sus pasos. Como no tenía manos, se inclinó poco a poco para que el agua les llegase a la boca a los niños, y en eso se le salieron ambos de las alforjas, cayeron al agua y allí se ahogaron delante de sus ojos.
Y la infeliz madre solo tuvo fuerzas para sentarse en el suelo y llorar, llorar.
En esto se le apareció en la otra orilla del río una mujer muy hermosa, con una varita en la mano:
—¿Qué haces? —le preguntó.
Ella le contó todo lo que le había pasado.
—Ten fe en Dios. Mete en el agua el brazo derecho —dijo.
—Pero, señora, si yo no tengo ni brazo ni manos.
—Haz lo que yo te digo.
Así lo hizo y, cuando lo sacó, le brotó el brazo y mano que le faltaba.
—Ahora mete el otro brazo.
Igualmente recobró el brazo izquierdo. Entonces alargó ambos brazos para sacar el cuerpo de sus hijos, y en cuanto estos se hallaron fuera del agua, recobraron la vida.
Entonces aquella hermosa mujer le dijo:
—He aquí una varita. Tómala y, subiendo ahí, sobre la montaña, hallarás un sitio llano, raso, y en medio de él haz una raya con esta vara diciendo: «Padre, Hijo y Espíritu Santo, ayudadme». Diciendo esto, surgirá un hermoso palacio y vivirás allí sin que nada te falte. Pero no dejes de dar limosna y hospedaje a todos los que te lleguen a la puerta.
Y diciendo esto, aquella mujer desapareció como por encanto. Era la Santísima Virgen María.
Obedeciendo las órdenes de la Virgen, subieron el monte y llegando al llano que allí había, trazaron con la vara una raya y apareció un hermoso palacio blanco.
Y durante varios años allí vivieron practicando la hospitalidad y la caridad, mientras los niños crecían en el santo temor de Dios.
Mientras tanto el rey, que había vuelto de la guerra y quemado a la bruja que le cambió las cartas, acompañado del criado que se había apiadado de su mujer, iba por los pueblos y aldeas preguntando:
—¿No han visto ustedes a una mujer hermosa, sin brazos, con dos criaturas metidas en unas alforjas?
Pero nadie le sabía dar razón.
Así pasaron muchos años y, al fin, llegaron a un pueblo donde les dijeron:
—Nosotros nada sabemos, pero en el palacio blanco donde paran todos los viajeros, pobres y pordioseros, seguramente tendrán alguna noticia.
Hacia allá fueron y llegaron anochecido. Pidieron hospedaje, que les fue otorgado al momento. Cuando cenaron todos juntos en la mesa, el rey estaba asombrado de la educación y compostura de los niños, así como de la belleza de su madre. Pensaba:
—Si no fuera porque tiene los dos brazos, pensaría que es mi mujer desaparecida. ¡Tanto se parece!
Cuando acabó la cena, vino el hijo de la casa y, acercándose al rey con una vasija de agua, le dijo:
—Padre, toma agua para que te laves las manos y la cara.
Y después vino la niña con una toalla diciendo:
—Padre, toma la toalla para que seques tus manos y cara.
El rey quedó muy extrañado ante las palabras de los niños, y entonces su madre, que había reconocido a su marido, declaró quién era: la niña sin brazos a la que la Virgen le había devuelto la vida de sus dos hijos y también los dos brazos.
Al día siguiente, cuando todos estaban jugando felices y contentos en el jardín, vieron entrar a un viejo pordiosero con un saco a la espalda.
—Apostaría a que es mi padre —dijo la esposa a su esposo el rey—. Mi padre, el que me cortó los brazos y me abandonó.
Y saliéndole al encuentro le dio limosna y comenzó a preguntarle:
—¿Qué sería de usted si mis padres me hubiesen prohibido darle limosna?
—Pues que me moriría de hambre.
—O sea que nunca se debe prohibir a los hijos dar limosna.
—Pues yo ya lo hice con una hija que tenía de muy buen corazón, ¡Pobre niña!
—¿Pues qué le pasó? —preguntó su propia hija.
—Una bruja, a la que quemaron hace años por cambiar las cartas del mensajero del rey, me hizo creer que mi hija, con sus limosnas, me arruinaría. Yo, tonto de mí, lo creí y la llevé a un lugar salvaje y desierto, donde le corté los brazos y la abandoné. ¡Pobrecita! Moriría pronto. En cuanto a mí, en cuanto dejé de dar limosnas fui empobreciéndome, cada vez más y más, hasta que los acreedores me arrojaron a la calle y se quedaron con todas mis casas. Y ahora ando de pueblo en pueblo pidiendo limosna. Gracias a la que me ha dado usted, hermosa señora, podré vivir mucho tiempo.
—Mírame bien —dijo la hija—. ¿No me conoces?
Entonces el anciano reconoció a su hija, y cayó de rodillas pidiéndole perdón.
—Nada tengo que perdonarte, pues gracias a ti conocí al hijo del rey y ahora soy reina. Echemos la culpa a aquella perversa bruja que te oscureció la mente.
Y dejando al anciano vivir en aquella casa, ellos se fueron a la capital del reino para vivir en el palacio real.
La bruja de Zaukalanda.
Cuando los moros dominaban la mayor parte de España, solían infiltrarse por la llanura alavesa y saqueaban los caseríos vascos de las montañas.
Deseando librarse de aquella peste, se juntaron todos los vascos cristianos y presentaron batalla a los moros en el lugar de Zaukulanda. La batalla fue dura, y para el anochecer todos los moros yacían muertos.
Los vascos se retiraron a sus tiendas para descansar, y cuál no sería su sorpresa al ver a la mañana siguiente que todos los moros habían resucitado.
Y lo sucedido en Zaukulanda se fue repitiendo en todas las batallas que se dieron por aquellos meses. Gran carnicería con los moros y, al día siguiente, todos habían recobrado misteriosamente la vida y se aprestaban para nuevas luchas.
Al fin se enteraron de quién era la causante de las resurrecciones. Una bruja que recorría de noche el campo de batalla con un gran puchero lleno de ungüento y, hombre por hombre, metiendo dos dedos en el puchero, les untaba las heridas, y los muertos, sin más, se levantaban como si hubieran estado durmiendo.
Después de una gran carnicería que hicieron, los cristianos estaban desanimados pensando en que todos sus trabajos eran inútiles, pues la misteriosa bruja vendría a hacer su acostumbrada labor, cuando se presentó un joven vasco a sus jefes:
—Mientras vosotros dormís en vuestras tiendas, alrededor de las fogatas, yo me echaré entre los moros como si fuera un muerto más. Veremos si logro cazar a esa escurridiza bruja.
El joven se tumbó entre los moros muertos y se tiznó de sangre, y allá se estuvo vigilando atentamente a ver quién aparecía.
A medianoche, vio venir a una vieja feísima con un puchero, en el que metió dos dedos y, sacándolos untados, se agachó ante el primer muerto moro y en el momento en que untó las heridas de aquel con el ungüento, se levantó vivito y coleando.
El joven guerrero al ver esto, se incorporó y, acercándose en la oscuridad, le dio un lanzazo al moro resucitado, enviándole otra vez al otro barrio, y acto seguido atravesó a la bruja, dejándola muerta en el acto.
Queriendo cerciorarse si era por aquel ungüento con lo que resucitaba o con otras magias, el joven se untó los dedos y le untó a la vieja bruja las heridas. Esta se levantó al momento resucitada y entonces el joven levantó su lanza amenazándola.
—No me mates, muchacho, no me mates —le dijo la bruja—. Si me dejas viva, te enseñaré a hacer este ungüento.
Pero el muchacho, no fiándose de la bruja, la dio una serie de lanzadas y la dejó ya muerta definitivamente.
Cuando volvió con su puchero a las filas cristianas, nadie quería creer al valeroso joven que aquel ungüento podía resucitar a los muertos.
—¿No me creéis? —decía él—. Pues voy a hacer yo mismo y con mí mismo la prueba. Ahora mismo matadme a lanzadas y luego meted dos dedos en el puchero, rebañar un poco de salsa y luego untadme las heridas. Veréis cómo vuelvo a la vida.
Nadie quería hacer la prueba, pero tanto insistió que, al fin, uno le dio una lanzada y le tumbó muerto. Y al instante, untándole con el ungüento de la bruja, el muchacho resucitó.
Inmediatamente, visto los poderes de aquel ungüento, recorrieron el campo de batalla y todos los barrancos donde podía haber muertos cristianos, y para el amanecer estaban todos con vida.
La pena es que se acabó el ungüento y como solo la bruja muerta sabía la fórmula para hacer otro puchero, pues no ha podido resucitarse a nadie más.
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