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miércoles, 6 de marzo de 2019

El alegre cazador y el hábil pescador

Hace mucho, mucho tiempo, gobernaba Japón Hohodemi, el cuarto Mikado, descendiente directo de la ilustre Amaterasu, la diosa del Sol. No solo rivalizaba en belleza con su antepasada, sino que también era muy fuerte y valiente. Tenía la fama de ser el mejor cazador de la tierra. Debido a su incomparable habilidad como cazador, se le llamaba Yamasachi-hiko («El príncipe afortunado en las montañas»).

    Su hermano mayor era un pescador muy hábil, por ello, como era mucho mejor que sus rivales en la pesca, se le llamaba Umisachi-hiko («El príncipe afortunado en el mar»). Los hermanos llevaban así vidas felices, disfrutando sin reparos en sus respectivos trabajos, y los días pasaron agradablemente mientras cada uno iba por su camino, el uno cazando y el otro pescando.

    Un día, Hohodemi se acercó a su hermano.

    —Bueno, hermano mío, te veo ir al mar todos los días con la caña en la mano, y cuando vuelves, llegas cargado con peces. En cuanto a mí, disfruto yendo a las montañas y a los valles. Durante mucho tiempo, hemos seguido cada uno nuestro trabajo favorito, así que ahora debemos estar cansados, tú de pescar y yo de cazar. ¿No sería adecuado que cambiáramos? ¿Qué tal si te vas tú de caza a la montaña y yo de pesca al mar?

    El hábil pescador escuchó en silencio a su hermano y durante un momento se quedó pensativo.

    —Oh, sí, ¿por qué no? —dijo, finalmente—. No es una mala idea para nada. Dame tu arco y tus flechas y partiré a las montañas de caza.

    Así quedó decidido, y los dos hermanos empezaron a probar el trabajo del otro, sin imaginarse lo que podría suceder. No era inteligente por su parte, pues Hohodemi no sabía nada de la pesca, y Umisachi-hiko, cuyo mal genio era conocido por todos, sabía lo mismo, es decir nada, de la caza.

    El cazador se llevó la caña y el anzuelo más apreciados por su hermano, bajó a la costa y se sentó en las rocas. Puso el cebo en el anzuelo y lo tiró torpemente al mar. Se sentó y miró fijamente el pequeño flotador que subía y bajaba en el agua. Deseaba que un buen pez llegase y cayese en la trampa. Cada vez que se movía ligeramente, tiraba de la caña, pero nunca había ningún pez al final del hilo, solo el anzuelo y el cebo. Si hubiera sabido pescar apropiadamente, hubiera podido capturar muchos pescados, pero, aunque era el mejor cazador en la tierra, no podía evitar ser el peor pescador.

    Pasó todo el día así, sentado en las rocas sosteniendo la caña y esperando en vano tener suerte. Al final, empezó a oscurecer, y llegó la noche, pero todavía no había capturado ni un solo pez. Sacó la caña por última vez antes de irse a casa y descubrió que había perdido el anzuelo sin siquiera saber cuándo había ocurrido.

    Empezó a sentirse extremadamente ansioso, pues sabía que su hermano se enfadaría con él por haber perdido su anzuelo, pues, al ser único, lo valoraba más que ninguna otra cosa. Hohodemi se puso a buscar entre las rocas y en la arena el anzuelo perdido, y mientras iba de un lado a otro buscando, su hermano llegó al lugar. No había conseguido encontrar ninguna presa mientras cazaba ese día, y no solo estaba de mal humor, sino que parecía aterradoramente enfadado. Cuando vio al cazador buscar en la playa supo que algo debía haber ido mal.

    —¿Qué haces, hermano?

    Hohodemi se acercó con timidez, pues temía la ira de su hermano.

El alegre cazador rogó en vano a su hermano que lo perdonase.

   

    —Oh, hermano mío, sin duda he cometido un error.

    —¿Qué sucede? ¿Qué has hecho? —preguntó el hermano mayor con impaciencia.

    —He perdido tu preciado anzuelo…

    Su hermano lo interrumpió, gritando con ira:

    —¡Has perdido mi anzuelo! Justo lo que esperaba. Por esto precisamente, por esto, cuando propusiste al principio tu plan de cambiarnos los papeles estaba en contra, pero parecías desearlo con tantas ganas que cedí y permití que hicieras lo que quisieras. ¡El error de hacer algo que no conocemos es obvio! Y encima tú lo has estropeado todo. No te devolveré tu arco y tus flechas hasta que hayas encontrado mi anzuelo. Búscalo hasta que lo encuentres y me lo puedas devolver.

    El cazador sintió que tenía la culpa de todo lo que había pasado y soportó el enfado de su hermano con humildad y paciencia. Buscó por todas partes el anzuelo, pero no estaba en ningún sitio. Al fin tuvo que aceptar que no iba a encontrarlo. Fue entonces a casa y con desesperación rompió su amada espada en piezas e hizo quinientos anzuelos con ella.

    Llevó estos a su enfadado hermano y se los ofreció, pidiendo su perdón, y suplicando que aceptara estos a cambio del que él había perdido. No sirvió de nada, su hermano no lo escuchó siquiera y menos aún le concedió su petición.

    Hohodemi hizo otros quinientos anzuelos y volvió a llevárselos a su hermano, suplicando su perdón.

    —Aunque hicieras un millón —dijo el pescador, negando con la cabeza—, no me servirían de nada. No puedo perdonarte a menos que me traigas el mío.

    Nada calmaría la ira de Umisachi-hiko, pues tenía un mal temperamento y siempre había odiado a su hermano por sus virtudes. Ahora, con la excusa del anzuelo perdido, pensaba matarlo y usurpar su lugar como gobernante de Japón. Hohodemi lo sabía perfectamente, pero no podía decir nada, pues al ser el menor debía a su hermano mayor obediencia, así que volvió a la costa y volvió a buscar el anzuelo. Estaba deprimido, pues había perdido toda esperanza de encontrar alguna vez el anzuelo de su hermano. Mientras estaba allí, perplejo y preguntándose qué podría hacer ahora, un anciano apareció de repente con un palo en la mano. El feliz cazador recordaría después que no había visto de dónde había salido el anciano, ni sabía cómo había sabido este de su presencia allí, simplemente levantó la mirada y vio al anciano acercarse.

    —¿Eres Hohodemi, el Augusto, al que a veces llaman Yamasachi-hiko? —preguntó el anciano—. ¿Qué haces en un lugar así?

    —Sí, soy yo —respondió el joven infeliz—. Por desgracia, mientras pescaba, perdí el preciado anzuelo de mi hermano. He registrado toda la costa, pero no puedo encontrarlo, y estoy muy preocupado, pues mi hermano no me perdonará hasta que se lo devuelva. Pero ¿quién eres?

    —Me llamo Shiwozuchino Okina y vivo cerca de aquí. Qué desgracia más grande te ha ocurrido, pero no creo que encuentres el anzuelo aquí. No te pongas nervioso, o bien ha llegado al fondo del mar, o algún pez se lo ha tragado. En serio, por más que lo busques no lo vas a encontrar.

    —¿Qué puedo hacer entonces? —preguntó el atribulado hombre.

    —Será mejor que vayas a Ryūgū-jō y le digas a Ryūjin, el Rey Dragón del Mar, cuál es tu problema y le pidas que te encuentre el anzuelo. Creo que esa sería la mejor solución.

    —¡Qué idea más espléndida! —dijo Hohodemi—. Pero me temo que no puedo llegar al reino del Rey del Mar, pues siempre he oído que está en el fondo del mar.

    —Oh, no tendrás ninguna dificultad para llegar allí —dijo el anciano—. Puedo hacerte en poco tiempo algo para que puedas atravesar el mar.

    —Gracias —dijo Hohodemi—. Te estaría eternamente agradecido por ello.

    El anciano se puso a trabajar y pronto terminó una cesta y se la ofreció al Mikado. La recibió con felicidad y la llevó al agua, se montó en ella y se preparó para el viaje. Se despidió del amable anciano que tanto lo había ayudado y le dijo que, sin duda, lo recompensaría en cuanto encontrase su anzuelo y pudiera volver a Japón sin miedo de la ira de su hermano. El anciano señaló la dirección que debía tomar y le dijo cómo llegar al reino de Ryūgū-jō, y lo vio salir hacia el mar en la cesta, que parecía una pequeña barca.

    Hohodemi se apresuró cuanto pudo en la cesta que le había dado su amigo. Su extraño bote parecía atravesar el agua por su propia voluntad, y la distancia era mucho menor de lo que había esperado, pues en pocas horas vio la puerta y el techo del palacio del Rey del Mar. ¡Y qué lugar más grande era, con sus innumerables techos inclinados y frontones, sus enormes puertas y sus paredes de piedra gris! Aterrizó al poco tiempo y, dejando su cesta en la playa, se acercó a la gran entrada. Los pilares de la puerta estaban hechos de hermoso coral rojo, y la propia puerta estaba adornada con gemas brillantes de todo tipo. Grandes árboles katsura le daban sombra. Nuestro héroe había oído hablar muchas veces de las maravillas del palacio del Rey del Mar, pero todas las historias que había escuchado se quedaban cortas ante la realidad, que tenía ante él por vez primera.

    Hohodemi hubiera querido entrar por la puerta en ese mismo momento, pero vio que estaba bien cerrada, y que no había nadie cerca a quien pudiera pedirle que la abriera. Se paró a pensar qué debería hacer. A la sombra de los árboles cerca de la puerta, vio un pozo lleno de agua fresca. «Sin duda, alguien saldrá a sacar agua del pozo en algún momento», pensó. Entonces escaló al árbol que había sobre el pozo, se sentó para descansar en una de las ramas, y esperó a ver qué sucedía. No mucho después, vio cómo la enorme puerta se abría de par en par, y dos hermosas jóvenes salieron. El Mikado había escuchado que Ryūgū-jō («el reino del Rey Dragón del Mar») estaba habitado por dragones y criaturas semejantes, así que, cuando vio a las dos adorables princesas, cuya belleza llamaría la atención incluso en el mundo del que venía, lo sorprendieron por completo y se preguntó qué podía significar.

    No dijo ni una palabra, sin embargo, sino que las observó en silencio a través de las hojas de los árboles, esperando ver qué iban a hacer. Vio que en sus manos llevaban cubos dorados. Lentamente, y con gracia, se acercaron con sus vestidos que llegaban hasta el suelo. Se quedaron bajo la sombra de los árboles katsura y se acercaron al pozo, sin saber nada del extraño que las estaba viendo, pues el feliz cazador se hallaba bien oculto detrás de las ramas del árbol en el que se había situado.

    Cuando las dos damas se inclinaron sobre el lateral del pozo para bajar sus cubos dorados, lo que hacían todos los días del año, vieron reflejado en el agua el rostro de un bello joven observándolas desde las ramas del árbol bajo cuya sombra se cobijaban. Nunca antes habían visto el rostro de un mortal; se asustaron y sacaron con prisas los cubos dorados. Su curiosidad, sin embargo, les dio valor al poco tiempo, miraron con timidez hacia arriba para ver la causa del inusual reflejo, y vieron al feliz cazador sentado en el árbol mirándolas con sorpresa y admiración. Lo miraron fijamente cara a cara, pero sus lenguas estaban paralizadas por la sorpresa y no pudieron encontrar ninguna palabra que decirle.

    Cuando el Mikado se dio cuenta de que lo habían descubierto, bajó de un salto del árbol.

    —Soy un viajero y, como estaba sediento, me acerqué al pozo con la esperanza de calmar mi sed, pero no pude encontrar ningún cubo con el que sacarla. Así que subí al árbol, molesto, y esperé que alguien se acercara. En ese momento, mientras esperaba con sed impaciente, ustedes, nobles damas, aparecieron, como si respondieran a mis plegarias. Por tanto, suplico que se apiaden de mí y me den algo de agua, pues soy un viajero sediento en tierra extraña.

    Su dignidad y su gracia superaron su timidez, y con una reverencia en silencio, ambas volvieron a acercarse al pozo y sacaron agua con sus cubos dorados, la echaron en una copa enjoyada y se la ofrecieron al extraño.

    La recogió con ambas manos, se la llevó a la frente como muestra de su respeto y bebió el agua rápidamente, pues su sed era grande. Cuando terminó su largo trago, puso la copa en el borde del pozo y con su espada cortó una de las extrañas magatama («joyas curvadas»), un collar que colgaba de su cuello y caía sobre su pecho. Puso la joya en la copa y se la devolvió con una profunda reverencia.

    —¡Aquí tienen una muestra de mi agradecimiento!

    Las dos damas cogieron la copa y miraron dentro para ver qué había puesto, pues no sabían de qué se trataba. Dieron un salto de sorpresa, pues encontraron una bella gema al fondo de la copa.

    —Ningún mortal común daría una joya así con tanta tranquilidad. ¿Nos hará el honor de decirnos su nombre? —dijo la dama mayor.

    —Sin duda —dijo el feliz cazador—. Soy Hohodemi, el cuarto Mikado, a quien llaman en Japón Yamasachi-hiko.

    —¿Es usted entonces Hohodemi, el nieto de Amaterasu, la diosa del Sol? —preguntó la dama que había hablado—. Soy la hija mayor de Ryūjin y me llamo Tayotama.

    —Y yo —dijo la doncella menor, que por fin encontró fuerzas para hablar— soy su hermana, la princesa Tamayori.

    —¿Son ustedes las hijas de Ryūjin? No se pueden imaginar la felicidad que me da conocerlas —dijo Hohodemi. Y sin esperar su respuesta continuó—: El otro día fui a pescar con el anzuelo de mi hermano y se me cayó, aunque no sé cómo pudo pasar. Como mi hermano aprecia su anzuelo por encima de todo lo demás, esta es la mayor calamidad que podía haberme ocurrido. A menos que lo encuentre de nuevo, no puedo ganarme su perdón. Lo he buscado muchas veces, pero no lo he podido hallar, por eso estoy muy preocupado. Mientras buscaba el anzuelo, muy triste, di con un sabio anciano que me dijo que lo mejor que podía hacer era venir a Ryūgū-jō y pedir a Ryūjin que me ayudara. El amable anciano también me enseñó cómo llegar hasta aquí. Quiero preguntarle si sabe dónde está el anzuelo perdido. ¿Serían tan amables como para llevarme hasta su padre? ¿Creen que querrá verme?

    La princesa Tayotama escuchó la larga historia y luego habló.

    —No solo es fácil que vea a mi padre, pues estará encantado de conocerle. Estoy segura de que dirá cuán buena fortuna le ha llegado, que un hombre tan grande y noble como usted, el nieto de Amaterasu, baje hasta el fondo del mar. —Después se giró hacia su hermana menor, y dijo—: ¿No crees, Tamayori?

    —Por supuesto —respondió la princesa Tamayori, con su dulce voz—. Como dices, no podremos tener un honor mayor que recibir al Mikado en nuestra casa.

    —Entonces, por favor, llevadme hasta él.

    —Entre con nosotras, Mikado —dijeron ambas hermanas, y, con una reverencia lo guiaron hacia el interior.

    La joven princesa dejó a su hermana encargarse de Hohodemi, se adelantó a ellos y llegó la primera al palacio. Corrió hasta la habitación de su padre, le contó todo lo que había ocurrido en la puerta y le avisó de que su hermana estaba acompañando al Mikado. El Rey Dragón del Mar estaba completamente sorprendido por la noticia, pues hacía mucho, tal vez un centenar de años, que el palacio del Rey del Mar no recibía mortales.

    Ryūjin dio una palmada y convocó a todos sus cortesanos y sirvientes. Al jefe de todos los peces del mar le dijo solemnemente que el nieto de la diosa del Sol, Amaterasu, iba al palacio. Ordenó que siguieran todas las ceremonias y que fueran corteses al servir a tan augusto visitante. Después conminó a todos a que fueran a la entrada del palacio a dar la bienvenida al Mikado.

    Ryūjin se vistió con sus túnicas de ceremonia y salió a recibirlo. En pocos momentos, la princesa Tayotama y Hohodemi llegaron a la entrada, y el Rey del Mar y su esposa hicieron una reverencia profunda y le agradecieron el honor que les hacía al venir a verlos. Después, el rey guio al Mikado hasta la habitación de invitados, y le puso en el mejor asiento.

    —Soy Ryūjin, el Rey Dragón del Mar, y esta es mi esposa. Acuérdese siempre de nosotros.

    —¿Es usted entonces Ryūjin de quien tanto he oído hablar? —respondió Hohodemi, saludando ceremoniosamente a su anfitrión—. Debo disculparme por todos los problemas que le estoy ocasionando con mi inesperada visita.

    —No tiene que agradecérmelo —dijo Ryūjin—. Soy yo quien debe agradecerle que venga. Aunque el palacio del Rey del Mar es un lugar sencillo, como puede ver, me sentiré muy honrado si nos hace una larga visita.

    Había mucha alegría entre el Rey del Mar y el Mikado, se sentaron y hablaron mucho tiempo. Al cabo de un rato, el Rey del Mar dio una palmada y un gran cortejo de peces apareció, todos vestidos con túnicas ceremoniales, que cargaban en sus aletas varias bandejas en las que estaban preparados distintos tipos de delicias del mar. Pusieron un gran festín ante el Rey y su invitado real. Todos los peces que les servían fueron elegidos entre los mejores peces del mar, así que podéis imaginaros el maravilloso grupo de criaturas del mar que atendía a Hohodemi ese día. Todos en el palacio se esforzaron para agradarlo y mostrarle cuán honrados se sentían de tenerlo como invitado. Durante la larga sobremesa, que duró horas, Ryūjin ordenó a sus hijas que tocaran algo de música, y las dos princesas entraron y tocaron el koto, y cantaron y bailaron por turnos. El tiempo pasó de forma tan agradable, que el Mikado parecía haber olvidado el problema que lo había llevado hasta allí. Se rindió a la diversión de tan maravilloso lugar, ¡la tierra de los peces hada! ¿Quién ha oído hablar de un lugar tan maravilloso? Pero el Mikado recordó de repente lo que le había traído hasta allí y dijo a su anfitrión:

    —Tal vez sus hijas le hayan dicho, Ryūjin, que he venido a intentar recuperar el anzuelo de mi hermano, que perdí mientras pescaba el otro día. ¿Puedo pedirle si sería tan amable como para preguntar a sus súbditos si alguno lo ha visto?

    —Por supuesto —dijo el amable rey—, ahora mismo los llamo y se lo pregunto.

    En cuando dio la orden, el pulpo, el atún, la sepia, la anguila, el pez globo, la gamba y la platija, y muchos otros peces de todo tipo llegaron, se sentaron ante su rey y se colocaron en fila.

    —Nuestro visitante, que está sentado ante vosotros, es el augusto nieto de Amaterasu. Se llama Hohodemi, es el cuarto Mikado, y también se le conoce como Yamasachi-hiko. Mientras estaba pescando en la costa de Japón, alguien le quitó el anzuelo de su hermano. Ha venido hasta aquí, a nuestro Reino, porque ha pensado que uno de vosotros podía haber cogido el anzuelo como travesura. Si alguno lo ha hecho, que lo devuelva inmediatamente, o si alguno de vosotros sabe quién es el ladrón debe decirme al momento su nombre y dónde se encuentra.

    Todos los peces se sorprendieron cuando escucharon estas palabras y se quedaron sin palabras. Se sentaron mirando al Rey Dragón. La sepia se acercó y dijo:

    —¡Creo que el ladrón fue el besugo!

    —¿Qué prueba tienes? —preguntó el rey.

    —Desde ayer por la noche, el besugo no ha podido comer nada, ¡y parece estar sufriendo dolor de garganta! Por esta razón creo que el anzuelo puede estar en su garganta. ¡Será mejor que lo mande llamar al momento!

    Todos los peces mostraron su acuerdo.

    —Sin duda es extraño que el besugo sea el único pez que no ha obedecido su convocatoria. Mándelo llamar y pregúntele sobre ello. Entonces verán que somos inocentes.

    —Sí —dijo el rey—, es extraño que el besugo no haya venido, pues debería haber sido el primero en llegar. ¡Id a buscarlo!

    Sin aguardar la orden del rey, la sepia se dirigió hacia el hogar del besugo, y lo trajo consigo hasta el salón del trono.

    El besugo se sentó, asustado y enfermo. Sin duda tenía dolores, pues su rostro, habitualmente rojo, estaba pálido, y sus ojos estaban casi cerrados y parecía haber adelgazado mucho.

    —¡Responde, besugo! —gritó el rey—. ¿Por qué no has venido cuando te convoqué?

    —Llevo enfermo desde ayer —respondió este—; por eso no pude venir.

    —¡No digas nada más! —gritó enfadado Ryūjin—. Tu enfermedad es el castigo de los dioses por robar el anzuelo del Mikado.

    —¡Así es! —dijo el besugo—. El anzuelo sigue en mi garganta y todos mis esfuerzos para sacarlo han sido inútiles. No puedo comer y apenas puedo respirar, y cada momento siento que me ahogo, y algunas veces me causa mucho dolor. No tenía intención de robar su anzuelo. Descuidadamente, mordí el cebo que vi en el agua y el anzuelo se soltó y se clavó en mi garganta. Así que espero que me perdone.

    La sepia se adelantó entonces y dijo al rey:

    —Tiene razón. Puede ver que el anzuelo aún sobresale de la garganta del besugo. Espero poder sacarlo en presencia del Mikado para poder devolvérselo.

    —¡Oh, date prisa y sácalo! —gritó el besugo, pues sentía volver el dolor en la garganta—. Quiero devolvérselo cuanto antes al Mikado.

    —Muy bien, besugo —dijo su amiga la sepia, y abriendo la boca del besugo tanto como pudo, y poniendo uno de sus tentáculos por la garganta, sacó rápidamente el anzuelo de la gran boca del paciente. Después lo lavó y se lo trajo al rey.

La sepia abrió la boca del besugo.

   

    Ryūjin lo tomó y se lo devolvió respetuosamente a Hohodemi, que no cabía en sí de gozo al recuperar el anzuelo. Se lo agradeció muchas veces, con el rostro brillante de gratitud, y le dijo que debía el final feliz de su aventura a su sabia autoridad y amabilidad.

    Ryūjin deseaba ahora castigar al besugo, pero Hohodemi le suplicó que no lo hiciera, puesto que había recuperado su anzuelo perdido, no quería ocasionarle más problemas al pobre besugo. Sin duda, se había llevado el anzuelo, pero ya había sufrido suficiente por ello. Lo que había hecho, había sido por descuido y no con malicia. El Mikado se sentía culpable, si hubiera entendido cómo pescar adecuadamente, nunca habría perdido el anzuelo. Todos sus problemas venían de creer que podía hacer algo sin entrenarse para ello. Así que suplicó al Rey del Mar que perdonase a su súbdito.

    ¿Quién puede resistirse a las súplicas de un juez tan sabio y compasivo? Ryūjin perdonó a su súbdito al momento por petición de su augusto invitado. El besugo estaba tan feliz que agitó sus aletas por alegría y él y el resto de peces se alejaron de la presencia del rey, alabando las virtudes de Hohodemi.

    Ahora que ya había hallado el anzuelo, el Mikado no tenía nada que hacer en Ryūgū-jō, y estaba ansioso por volver a su propio reino y hacer las paces con su enfadado hermano, Umisachi-hiko; pero el Rey del Mar, que había empezado a amarlo y quería tenerlo como hijo, le suplicó que no se fuera tan pronto, sino que hiciera del palacio del Rey del Mar su hogar tanto tiempo como quisiera. Mientras Hohodemi todavía dudaba, las dos adorables princesas, Tayotama y Tamayori entraron. Con las reverencias y las palabras más dulces, se unieron a su padre para presionarlo y convencerlo. Así que, para no parecer desagradecido, se vio obligado a quedarse un tiempo.

    Entre el Reino del Mar y Japón no había diferencias en el paso del tiempo, y el Mikado descubrió que tres años pasaron rápidamente en una tierra tan agradable. Los años pasan rápido cuando se es verdaderamente feliz. Pero aunque las maravillas de esa tierra encantada parecían nuevas cada día, y aunque la hospitalidad del Rey del Mar parecía incrementarse en vez de disminuir, Hohodemi sentía cada vez más nostalgia de su hogar conforme pasaban los días. No podía reprimir una gran ansiedad por saber qué había ocurrido en su casa, su país y su hermano mientras intentaba marcharse.

    Al final, se acercó al Rey del Mar y dijo:

    —Mi estancia aquí con usted ha sido feliz y le estoy muy agradecido por su amabilidad, pero gobierno Japón, y, por muy agradable que sea este lugar, no puedo ausentarme para siempre de mi país. Además, debo devolver el anzuelo a mi hermano y pedirle perdón por la tardanza. Sin duda, lamento separarme de ustedes, pero no se puede evitar este momento. Con su permiso, me marcharé hoy. Espero volver pronto. Por favor, no puedo quedarme más tiempo.

    Ryūjin se apenó terriblemente ante la idea de perder al amigo que tanto quería, y sus lágrimas caían como una catarata.

    —Lamentamos, sin duda, separarnos de usted, Mikado, pues hemos disfrutado mucho de su estancia con nosotros. Ha sido nuestro invitado más noble y honorable, y le hemos recibido de corazón. Comprendo que, como gobierna Japón, debe estar allí y no aquí, y no serviría de nada que intentemos mantenerlo con nosotros más tiempo, por más que nos pudiera gustar que se quedase. Espero que no nos olvide. Extrañas circunstancias nos han unido y confío en que nuestra amistad entre la Tierra y el Mar dure y crezca cada vez más.

    Cuando el Rey del Mar terminó de hablar, se giró hacia sus dos hijas y les dijo que trajeran las dos Joyas de la Marea del Mar. Las dos princesas hicieron una reverencia, se levantaron y se deslizaron fuera de la sala. En unos minutos volvieron, cada una con una brillante gema que llenaban la habitación de luz en sus manos. Cuando el Mikado las miró, se preguntó qué podían ser. El Rey del Mar las agarró y dijo a su invitado:

    —Estos dos valiosos talismanes los hemos heredado de nuestros ancestros. Ahora se los damos como regalo de despedida como muestra de nuestro gran afecto por usted. Estas dos gemas se llaman nanjiu y kanjiu.

    Hohodemi hizo una reverencia.

    —Nunca podré agradecerles lo suficiente su amabilidad. ¿Y aún quieren incluir otro favor y decirme qué son estas gemas y qué debo hacer con ellas?

    —El nanjiu —respondió el Rey del Mar— también se conoce como «Joya de la Inundación», y quien la tenga puede ordenar al mar que entre e inunde la tierra cuando quiera. El kanjiu es la «Joya de la Marea», y puede controlar el mar y las olas, y puede incluso detener un tsunami.

    Entonces Ryūjin enseñó a su amigo cómo usar los talismanes y se los entregó. El Mikado era muy dichoso por tener estas dos gemas maravillosas como recuerdo del viaje, pues sentía que lo protegerían en caso de peligro ante cualquiera de sus enemigos. Después de volver a agradecer a su amable anfitrión varias veces, se preparó para partir. El Rey del Mar y las dos princesas, Tayotama y Tamayori, y todos los habitantes del palacio salieron a despedirse, y, antes de irse, Hohodemi salió por la puerta y pasó por delante del pozo de felices recuerdos que había a la sombra de los árboles katsura de camino a la playa.

    Allí encontró, en vez de la extraña cesta en que había llegado, un gran cocodrilo que lo esperaba. Nunca había visto uno tan enorme. Medía ocho codos de largo desde la punta de su cola hasta el final de su larga boca. El Rey del Mar había ordenado al monstruo que llevase al Mikado de vuelta a Japón. Como la maravillosa cesta que había hecho Shiwozuchino Okina, el anciano, el animal podía viajar más deprisa que ningún barco de vapor, y de esta extraña manera, cabalgando a lomos de un cocodrilo, Hohodemi volvió a su propio reino.

    Tan pronto como el cocodrilo lo llevó a la playa, el cazador se apresuró a ver a Umisachi-hiko. Entonces le dio el anzuelo que había sido la causa de tanto dolor entre ellos. Pidió con ansiedad el perdón de su hermano, contándole todo lo que le había ocurrido en el palacio del Rey del Mar y las aventuras maravillosas que habían llevado al descubrimiento del anzuelo.

    Umisachi-hiko había utilizado el anzuelo perdido como excusa para sacar a su hermano del país. Cuando este se marchó tres años antes y no volvió, se alegró en el fondo de su malvado corazón y usurpó al momento su lugar como gobernante de la Tierra, y se había hecho rico y poderoso. Mientras disfrutaba de lo que no le pertenecía, confiaba en que su hermano no volviera nunca para reclamar sus derechos. Sin embargo, ante él se acababa de presentar Hohodemi.

    Umisachi-hiko fingió que lo perdonaba, pues no podía encontrar otra excusa para volver a alejar a su hermano. En su corazón solo había ira y la semilla del odio crecía cada vez más, hasta que no pudo siquiera verlo. Empezó a planear y a buscar una oportunidad para matarlo.

    Un día, mientras el Mikado caminaba por los campos de arroz, su hermano lo siguió con una daga. Hohodemi sabía que su hermano quería matarlo y presentía que se acercaba el momento de usar las gemas para defenderse.

    Así que sacó la Joya de la Inundación de su túnica y la alzó hasta su frente. Al instante, sobre los campos y sobre las granjas, el mar llegó en oleadas hasta alcanzar el lugar donde se encontraba su hermano. Umisachi-hiko se quedó sorprendido y aterrorizado al ver lo que estaba ocurriendo. Al siguiente minuto estaba luchando con el agua y pidiendo a su hermano que lo salvara de ahogarse.

Sacó la Joya de la Inundación de su túnica.

    

    Hohodemi tenía un corazón amable, y no podía soportar ver a su hermano en problemas. Al momento, guardó la Joya de la Inundación y sacó la de la Marea. En cuanto se la puso en la frente, el mar volvió a su lugar y las inundaciones desaparecieron, y las granjas, los campos y la tierra volvieron a su sitio.

    Umisachi-hiko recordaba con terror lo cerca que había estado de la muerte. Al mismo tiempo, estaba muy impresionado por las cosas maravillosas que había visto hacer a su hermano. Descubrió que había cometido un error fatal al posicionarse contra él, por joven que fuera, pues se había vuelto tan poderoso que podía dominar las idas y venidas del mar. Así que se humilló ante Hohodemi y le pidió que le perdonara todas las maldades que le había hecho. Umisachi-hiko prometió que le devolvería sus derechos y juró que, aunque Hohodemi fuera el hermano menor y le debiera lealtad por derecho de nacimiento, él, Umisachi-hiko, lo elevaría como su superior y se arrodillaría ante él como Señor de todo Japón.

    Entonces, Hohodemi dijo que perdonaría a su hermano si este se deshacía de toda la maldad que le quedara. Umisachi-hiko se comprometió y hubo paz entre los dos hermanos. Desde ese momento, mantuvo su palabra y se convirtió en un buen hombre y un hermano amable.

    El Mikado gobernaba ahora su reino sin problemas familiares y hubo paz en Japón durante un largo, largo tiempo. Entre todos los tesoros de su casa, los que más apreciaba eran las gemas que le había dado Ryūjin, el Rey Dragón del Mar.

    Este es el final feliz de Yamashi-hiko y Umisachi-hiko.


La medusa y el mono

Hace mucho, mucho tiempo, en el antiguo Japón, el Reino del Mar estaba gobernado por un maravilloso rey. Se llamaba Ryūjin («Rey Dragón del Mar»). Su poder era inmenso, pues gobernaba todas las criaturas del mar, grandes y pequeñas, y en su poder estaban las Joyas de la Marea y de la Inundación. La Joya de la Marea, cuando se lanzaba al océano, hacía que el mar se alejara de la tierra, y la Joya de la Inundación hacía crecer olas tan altas como montañas, que llegaban hasta la costa como tsunamis.

    Su palacio estaba en el fondo del mar, y era tan hermoso que nadie había visto algo así ni en sueños. Las paredes eran de coral; el techo, de jade y crisoprasa; los suelos, de la mejor madreperla. Pero el Rey Dragón, a pesar de su extenso reino, su hermoso palacio y todas sus maravillas, y su poder que nadie discutía en todo el mar, no era feliz, pues reinaba solo. Al cabo de un tiempo, pensó que si se casaba sería no solo más feliz, sino también más poderoso. Así que decidió conseguir una esposa. Llamó a todos sus vasallos, eligió a varios para que buscaran una joven princesa dragona que fuera su novia.

    Cuando regresaron a palacio, traían consigo a una adorable dragona. Sus escamas eran de un verde brillante como las alas de los escarabajos de verano, sus ojos lanzaban fuego y estaba vestida con hermosísimas túnicas. Todas las joyas del mar iban entretejidas en la más fina seda.

    El rey se enamoró al momento, y se celebró una boda con toda la pompa posible. Todas las criaturas del mar, desde las grandes ballenas hasta las pequeñas gambas, llegaron en grandes grupos para felicitar a los novios y desearles una larga y próspera vida. Nunca había habido tal reunión ni festividad más alegre en el mundo de los peces hasta ese momento. El grupo de portadores que llevaban las posesiones de la novia hasta su nuevo hogar parecía llegar de un extremo del mar al otro. Cada pez llevaba un farol fosforescente e iba vestido con ropas ceremoniales, y brillaban todas azules, rosas y platas entre las olas. Los faroles, al alzarse y romperse esa noche, parecieron masas de fuego blanco y verde, pues el fósforo brillaba con fuerza para honrar el evento.

    Por un tiempo, el Rey Dragón y su amada vivieron muy felices. Se amaban con pasión, y el novio se alegraba de mostrar a la novia día tras día las maravillas y los tesoros de su palacio coralino, y ella nunca se cansaba de caminar con él a través de las vastas salas y los amplios jardines. La vida les parecía un largo día de verano.

    Dos meses pasaron de esta manera, y entonces la Reina Dragona enfermó y tuvo que guardar cama. El rey estaba muy preocupado al ver que su amada esposa estaba tan enferma, y al momento mandó llamar al pez doctor para que fuera y le diera una medicina. Dio órdenes especiales a sus sirvientes para que la cuidaran con especial atención y que la atendieran con diligencia, pero, a pesar de los cuidados y de la medicina del doctor, la joven reina no mostró señales de recuperación, sino que empeoraba cada día.

    Entonces el Rey Dragón se entrevistó con el médico y lo culpó por no ser capaz de curar a la reina. El doctor se asustó ante el disgusto evidente de Ryūjin, y disculpó su falta de habilidad diciendo que, aunque sabía cuál era la medicina adecuada que dar a la inválida, era imposible encontrarla en el mar.

    —¿Quieres decir que no puedes traer la medicina? —le preguntó el rey.

    —¡Exactamente! —dijo el médico.

    —Dime qué necesitas para la reina —exigió Ryūjin.

    —¡Necesito el hígado de un mono vivo!


El Rey Dragón se entrevistó con el médico y lo culpó por no ser capaz de curar a la reina.

   

    —¡El hígado de un mono vivo! Por supuesto, eso será muy difícil de conseguir —dijo el rey.

    —Si pudiéramos conseguir eso para la reina, sin duda se recuperaría pronto.

    —Muy bien, eso lo deja claro. Tenemos que conseguirlo de alguna manera. Pero ¿dónde podríamos encontrar a un mono? —preguntó el rey.

    Entonces el doctor le dijo al Rey Dragón que a cierta distancia al sur había una Isla del Mono donde vivían muchos monos.

    —Si pudiera capturar uno de esos monos… —dijo el doctor.

    —¿Cómo podría mi gente capturar a un mono? —preguntó, confuso, el Rey Dragón—. Los monos viven en tierra, mientras que nosotros vivimos en el agua, ¡y fuera de nuestro elemento moriríamos! ¡No veo cómo podríamos hacerlo!

    —Por eso es difícil —dijo el doctor—. ¡Pero entre sus innumerables sirvientes seguro que alguno podría ir a la playa con ese motivo!

    —Debemos hacer algo —dijo el rey, y llamó a su mayordomo jefe para preguntarle sobre el asunto.

    El mayordomo jefe pensó un tiempo y entonces, como si tuviera una idea repentina dijo feliz:

    —¡Sé lo que debemos hacer! Está la medusa, o kurage. Es un pez horrible, pero está orgulloso de poder caminar por la tierra con sus cuatro patas como una tortuga. Que vaya a la Isla del Mono a capturar uno.

    La medusa fue convocada entonces a presencia del rey, y Su Majestad le dio sus órdenes.

    La medusa, al ver la inesperada misión que se le confiaba, parecía muy preocupada, y dijo que nunca había estado nunca en la isla en cuestión, y como no tenía ninguna experiencia en capturar monos, temía no ser capaz de capturar uno.

    —Bueno —dijo el mayordomo jefe—, si intentas confiar en tu fuerza o tu destreza, nunca lo capturarás. ¡Tienes que engañarlo!

    —¿Y cómo hago eso? No sé cómo hacerlo —dijo la perpleja medusa.

    —Esto es lo que tienes que hacer —dijo el astuto mayordomo jefe—, cuando te acerques a la Isla del Mono y encuentres alguno, debes intentar hacerte buen amigo suyo. Dile que eres un sirviente del Rey Dragón, e invítalo a venir a visitarte y ver el palacio del Rey Dragón. ¡Intenta describirle tan claramente como puedas la grandeza del palacio y las maravillas del mar para incentivar su curiosidad y hacerle desear verlo!

    —¿Y cómo lo traigo hasta aquí? ¿Sabes que los monos no nadan? —dijo la medusa, reticente.

    —Debes traerlo sobre tu lomo. ¡De qué sirve tu concha si no!

    —¿No será demasiado pesado?

    —No debería preocuparte eso, pues estás trabajando por tu Rey Dragón.

    —Haré todo lo que pueda —dijo la medusa, y nadó hacia la Isla del Mono. Nadando rápidamente, llegó a su destino en un par de horas y apareció en una playa gracias a una conveniente ola. Al mirar alrededor, no muy lejos vio un gran pino con ramas caídas y en una de ellas, justo lo que estaba buscando: un mono vivo.

    «¡Qué suerte he tenido!», pensó la medusa. «Ahora debo halagar a la criatura e intentar tentarla para que venga conmigo al palacio, ¡y habré hecho mi parte!».

    Así que la medusa caminó lentamente hacia el pino. En esos antiguos días, la medusa tenía cuatro patas y un caparazón duro como el de una tortuga. Cuando llegó al pino, alzó la voz y dijo:

    —¿Qué tal está, señor Mono? ¿A que hace un buen día?

    —Un día muy bueno —respondió el mono desde el árbol—. Nunca la he visto en esta parte del mundo antes. ¿De dónde viene? ¿Cómo se llama?

    —Me llamo kurage o medusa. Soy uno de los sirvientes del Rey Dragón. He oído hablar tanto de su hermosa isla que he venido a propósito para verla —respondió la medusa.

    —Encantado de conocerla —dijo el mono.

    —Por cierto —dijo la medusa—. ¿Ha visto alguna vez el palacio del Rey Dragón del Mar donde vivo?

    —He oído hablar de él, ¡pero nunca lo he visto! —respondió el mono.

    —Entonces debe venir, sin duda. No sabe lo que se pierde al no haberlo visto. La belleza del palacio es indescriptible, para mí, el lugar más hermoso del mundo.

    —¿Tan hermoso es? —preguntó asombrado el mono.

    Entonces, la medusa vio su oportunidad y empezó a describir lo mejor que pudo la belleza y la grandeza del palacio del Rey del Mar, y las maravillas del jardín con sus curiosos árboles de blanco, rosa y rojo coralino, y las frutas aún más extrañas como grandes joyas colgando de sus ramas. El mono se sintió cada vez más interesado, y conforme escuchaba bajó del árbol paso a paso para no perderse ni una palabra de la maravillosa historia.

    «¡Ya lo tengo!», pensó la medusa, pero dijo en voz alta:

    —Señor Mono. Ahora debo volver. Como nunca ha visto el palacio del Rey Dragón, ¿no quiere aprovechar esta espléndida oportunidad para venir conmigo? Así podría actuar como guía y enseñarle todas las vistas del mar, que serán incluso más maravillosas para usted, un terrestre.

    —Me encantaría ir —dijo el mono—, ¡pero cómo voy a atravesar el agua! ¡No puedo nadar, como seguro que sabe!

    —Eso no supone ninguna dificultad. Puedo llevarle en mi lomo.

    —Eso sería demasiado molesto para usted —dijo el mono.

    —Puedo hacerlo sin dificultad. Soy más fuerte de lo que parezco, así que no se preocupe —dijo la medusa, y llevando al mono en su lomo, entró en el mar—. Quédese muy quieto, señor Mono —dijo la medusa—. No debe caer al mar, soy responsable de su llegada a salvo al palacio del rey.

    —Por favor, no vaya tan rápido, o me caeré seguro —dijo el mono.


Por favor, no vaya tan rápido, o me caeré seguro.

   

    Así fueron juntos, con la medusa atravesando las olas con el mono en el lomo. Cuando iban a mitad de camino, la medusa, que sabía muy poco de anatomía, empezó a preguntarse si el mono llevaba el hígado consigo.

    —Señor Mono, dígame, ¿lleva consigo el hígado?

    El mono estaba muy sorprendido con esta extraña pregunta, y preguntó qué quería la medusa con un hígado.

    —Es lo más importante de todo —dijo la estúpida medusa—, así que en cuanto lo recogí, me pregunté si tendría el suyo.

    —¿Por qué es tan importante el hígado para usted? —preguntó el mono.

    —¡Oh! Ya lo descubrirá —dijo la medusa.

    El mono sintió cada vez más curiosidad, que dio paso a la sospecha, y apremió a la medusa para que le dijera para qué quería su hígado, y acabó apelando a sus sentimientos al decir que estaba muy preocupado por lo que había oído.

    Entonces, la medusa, al ver cuán preocupado parecía el mono, sintió lástima por él y le contó todo. Cómo había caído enferma la Reina Dragón y cómo el doctor había dicho que solo el hígado de un mono vivo la curaría, y cómo el Rey Dragón lo había enviado a encontrar uno.

    —Ahora que he hecho lo que me han dicho, en cuanto lleguemos al palacio, el doctor querrá su hígado, así que me da un poco de lástima.

    El pobre mono se horrorizó cuando lo descubrió, y se enfadó mucho con el truco que le habían jugado. Tembló con miedo ante lo que le esperaba.

    Pero el mono era un animal inteligente, y pensó que el mejor plan era no mostrar ninguna señal del miedo que sentía, así que intentó calmarse y pensar en alguna forma de poder escapar.

    «¡El doctor piensa abrirme y sacarme el hígado! ¡Sin duda, moriré!», pensó el mono. Por fin, una brillante idea se le ocurrió, así que le dijo alegremente a la medusa:

    —¡Qué lástima, señora Medusa, que no me dijera nada antes de salir de la isla!

    —Si le hubiera dicho por qué quería que me acompañara, sin duda se hubiera negado —respondió la medusa.

    —Está muy equivocada —dijo el mono—. Los monos podemos vivir tranquilamente sin un hígado o dos, especialmente si era lo que quería la Reina Dragona del Mar. Si solo hubiera sabido lo que necesitaba… Podría haberle regalado uno con que me lo pidiera. Tengo varios hígados. Pero la mayor lástima es que, como no habló a tiempo, me los he dejado todos colgando de un pino.

    —¿Se ha dejado el hígado? —preguntó la medusa.

    —Sí —dijo el astuto mono—, durante la mañana suelo dejar mi hígado colgado en una rama del árbol, pues es muy incómodo pasar de árbol en árbol con él. Hoy, al escuchar esa interesante conversación, me olvidé de ello, y me lo dejé detrás cuando vine con usted. Si me lo hubiera dicho antes, podría haberlo recordado, ¡y lo habría traído conmigo!

    La medusa se sintió muy decepcionada cuando lo escuchó, pues se creyó todo lo que el mono le dijo. El mono no le servía de nada sin hígado. Por fin, la medusa se detuvo y se lo dijo al mono.

    —Bien —dijo el mono—, eso tiene fácil arreglo. Siento mucho ver cuántos problemas se ha tomado; pero si pudiera llevarme de vuelta donde me encontró, podría recogerlo pronto.

    A la medusa no le gustaba la idea de volver de nuevo a la isla, pero el mono le aseguró que si fuera tan amable como para llevarlo de vuelta, cogería su mejor hígado y se lo traería. Convencida, la medusa cambió su curso y volvió hacia la Isla del Mono.

    En cuanto la medusa alcanzó la playa y el astuto mono pisó tierra, subió al árbol donde la medusa lo había visto por primera vez. Cortó varias alcaparras entre las ramas con la alegría de volver a estar a salvo en casa. Después, miró a la medusa.

    —¡Muchas gracias! ¡Lamento todos los problemas que le he causado! ¡Preséntele mis respetos al Rey Dragón cuando vuelva!

    La medusa se asombró ante esas palabras y el tono de burla con el que fueron dichas. Entonces, preguntó al mono si no tenía intención de volver con él cuando recuperara su hígado.

    El mono respondió, riéndose, que no podía permitirse perder el hígado: era demasiado importante para él.

    —¡Pero recuerde su promesa! —le pidió la medusa, ahora muy desalentada.

    —¡Esa promesa era falsa, y de todos modos, acabo de romperla! —respondió el mono. Entonces empezó a reírse de la medusa y le dijo que había estado engañándola en todo momento; no tenía intención de perder la vida, lo que le hubiera pasado si hubiera llegado al palacio donde lo esperaba el doctor, en vez de persuadir a la medusa de volver.

    —Por supuesto, no pienso darte mi hígado, ¡pero ven a por él si puedes! —añadió el mono, riéndose desde el árbol.

    No había nada que pudiera hacer la medusa excepto arrepentirse de su estupidez, y volver donde el Rey Dragón del Mar y confesar sus errores, así que empezó a nadar lentamente y con tristeza. Lo último que escuchó mientras se alejaba, dejando detrás la isla, fue al mono reírse de ella.

    Mientras tanto, el Rey Dragón, el médico, el mayordomo jefe y todos los sirvientes esperaban impacientes el regreso de la medusa. Cuando lo vio, se acercó al palacio, la llamaron con alegría. Empezaron a agradecerle sus esfuerzos al ir hacia la Isla del Mono, y luego le preguntaron dónde estaba el mono.

    Llegó el momento de la verdad para la medusa. Murmuró todo lo que había sucedido mientras contaba su historia. Cómo había traído al mono la mitad del camino, y después se le había escapado el secreto de su trabajo, cómo el mono la había engañado al hacerle creer que se había dejado el hígado en casa.

    La ira del Rey Dragón fue grande, y dio órdenes al momento de que la medusa debía ser severamente castigada. El castigo fue terrible: sacarle todos los huesos del cuerpo y golpearla con palos.

    La pobre medusa, humillada y horrorizada más allá de toda descripción, gritó pidiendo perdón. Pero las órdenes del Rey Dragón eran irrevocables. Los sirvientes del palacio sacaron cada uno un palo y rodearon a la medusa, y después de arrancarle los huesos, la golpearon hasta la saciedad, y después la arrastraron fuera del palacio y la lanzaron al agua. Allí la dejaron para que sufriera y se arrepintiera de su estúpida charla, y para que se acostumbrara a su falta de huesos.

Golpearon a la medusa hasta la saciedad.

   

    De esta historia aprendemos que en la Antigüedad la medusa tuvo concha y huesos como los de una tortuga, pero, desde que sus ancestros sufrieron la sentencia del Rey Dragón, sus descendientes han sido suaves y faltos de huesos como los veis hoy en las olas de las playas de Japón.

La historia de Urashima Tarō, el joven pescador

Hace mucho, mucho tiempo, vivía, en la provincia de Tango, en la costa de Japón, en la pequeña aldea de pescadores de Mizu-no-ye, un joven pescador llamado Urashima Tarō. Su padre había sido pescador antes que él, y el joven había heredado el doble de su habilidad, pues era el mejor pescador del lugar. Podía capturar más bonito y besugo en un día que sus compañeros en una semana.

    Pero en la pequeña aldea de pescadores lo conocían más por su buen corazón que por su habilidad de pescador. En toda su vida, nunca había causado daño a ninguna criatura, ni grande ni pequeña. De niño, sus compañeros se habían reído de él siempre, pues nunca se unía a ellos en molestar a animales, sino que intentaba apartarlos de tan cruel práctica.

    Un suave ocaso de verano, estaba volviendo a casa al final de un día de pesca cuando se encontró con un grupo de niños. Gritaban con todas sus fuerzas y parecían estar muy nerviosos por algo. Al acercarse para ver qué sucedía, se encontró con que estaban atormentando a una tortuga. Primero un chico tiraba de ella en una dirección, luego otro en otra, mientras un tercero la golpeaba con un palo y el cuarto se subía encima de su concha y la intentaba romper con una piedra.

    Urashima sintió mucha pena por la pobre tortuga y decidió rescatarla.

    —¡Ey, chavales, estáis tratando tan mal a la pobre tortuga que pronto morirá! —dijo a los niños.

    Los niños, que tenían esa edad a la que parecen disfrutar siendo crueles con los animales, no dieron importancia a la amable regañina de Urashima, sino que siguieron molestando al animal como antes. Pese a que lo ignoraban, decidió persuadirles para que le dieran la tortuga.

    —¡Estoy seguro de que sois chicos de buen corazón! —dijo con una sonrisa—. ¿Por qué no me dejáis a mí la tortuga? ¡Me gustaría tanto tener una!

    —No, no te la vamos a dar —dijo uno de los niños—. ¿Por qué íbamos a hacerlo? La hemos capturado nosotros.

    —Lo que dices es cierto —dijo Urashima—, pero no te estoy diciendo que me la deis por nada. Os daré algo de dinero a cambio. En otras palabras, os la compraré. ¿Qué os parece, chavales? —Levantó el dinero, que eran unas monedas que tintineaban atadas a un cordel—. Mirad, chicos, con este dinero podréis comprar lo que queráis. Podéis hacer muchas más cosas con él de las que podéis hacer con la pobre tortuga. ¡Qué buenos chicos! ¡Cuánto caso me hacéis!

    Los niños no eran malvados, sino solo traviesos. Se rindieron ante la amable sonrisa y las tiernas palabras de Urashima. Poco a poco, se acercaron todos a él, con el líder de la pequeña banda sosteniendo la tortuga.

    —¡Muy bien, señor, te daremos la tortuga si nos das el dinero! —Y Urashima dio el dinero a los chicos, que, gritándose, se separaron y desaparecieron de su vista.

    Entonces, Urashima acarició la espalda de la tortuga mientras decía:

    —¡Oh, pobrecita! ¡Pobre mía! ¡Venga, venga! ¡Ya estás a salvo! Dicen que la cigüeña vive mil años, pero la tortuga alcanza los diez mil. Tienes la vida más larga del mundo, y por poco la terminan esos niños crueles. Por suerte pasaba por aquí y te salvé, así que sigues viva. Ahora voy a llevarte a casa, al mar. ¡Que no te capturen de nuevo, porque puede que entonces no haya nadie para salvarte!

    Mientras hablaba, el amable pescador caminaba hacia la playa sobre las rocas. Entonces, puso a la tortuga en el agua y vio cómo se alejaba y desaparecía. Después, volvió a casa, pues estaba cansado y ya se había puesto el sol.

    A la mañana siguiente, Urashima partió en su bote como siempre. Hacía buen tiempo, y el mar y el cielo brillaban azules en la suave luz de la mañana de verano. Urashima se subió a la barca y soñadoramente la sacó al mar, mientras dejaba puesta la caña. Pronto pasó al resto de pescadores y los dejó atrás hasta que se perdieron en el horizonte. Su barca seguía avanzando sobre las azules aguas del mar. Por algún motivo que desconocía, se sentía especialmente feliz esa mañana, y no pudo evitar desear que, como la tortuga a la que había liberado el día anterior, él pudiera vivir miles de años en lugar de su corta vida como humano.

    De repente, una voz que gritaba su nombre lo sacó de su ensoñación.

    —¡Urashima, Urashima!

    Clara como una campana y suave como el viento de verano, la voz flotaba sobre el mar.

    Se levantó y miró en todas direcciones, pensando que algún bote se le habría acercado, pero por más que miraba, en la vasta extensión de agua no había señal de ninguno, así que la voz no podía ser humana.

    Sorprendido, y preguntándose quién o qué lo estaba llamando con tanta claridad, miró por todas partes, y vio que sin que él se hubiera dado cuenta, una tortuga se había puesto al lado del bote. Urashima se percató con sorpresa de que era la misma tortuga que había salvado el día anterior.

    —Vaya, señora Tortuga —dijo Urashima—, ¿ha dicho mi nombre hace un momento?

    La tortuga asintió varias veces.

    —Sí, fui yo. Ayer, su amable corazón salvó mi vida, y he venido a ofreceros mi agradecimiento y a expresaros cuán importante fue su amabilidad para mí.

    —Vaya —dijo Urashima—, qué educado por su parte. Suba a la barca. Le ofrecería un cigarro, pero como es usted una tortuga, supongo que no fumará. —Se rio de su propio chiste.

    —¡Je, je, je! —rio la tortuga—. El sake es mi bebida favorita, pero no me gusta el tabaco.

    —Vaya —dijo Urashima—, lamento no tener sake que ofrecerle en mi barca, pero suba y seque su espalda al sol. Por lo que tengo entendido, a las tortugas les encanta hacer eso.

    Así que la tortuga se subió a la barca, con la ayuda del pescador, y después de un intercambio de cumplidos, la tortuga dijo:

    —¿Ha visto alguna vez el Ryūgū-jō? Es el Palacio de Ryūjin («Rey Dragón del Mar»).

    El pescador negó con la cabeza.

    —No, todos estos años, el mar ha sido mi hogar, pero aunque he oído hablar del reino de Ryūjin bajo el mar, nunca he podido verlo con mis propios ojos. ¡Debe estar muy lejos, si es que existe!

    —¿De verdad? ¿Nunca ha visto su palacio? Entonces se está perdiendo una de las visiones más maravillosas del universo. Está muy lejos, en el fondo del mar, pero, si le llevo yo, tardaríamos poco en llegar. Si desea ver las tierras del Rey Dragón, yo seré su guía.

    —Me gustaría mucho ir, y es muy amable al ofrecerse a hacerme de guía, pero debe recordar que no soy más que un pobre mortal, y no puedo nadar como lo hace una criatura del mar como usted…

    Antes de que el pescador pudiera seguir, la tortuga lo interrumpió:

    —¿Qué? No necesita nadar en absoluto. Si se sube a mi espalda, estaré encantado de llevarle hasta allí.

    —Pero ¿cómo voy a subirme en su pequeña espalda? —preguntó Urashima.

    —Puede parecerle absurdo, pero le aseguro que puede hacerlo. ¡Inténtelo! Venga, súbase a mi espalda, ¡a ver si es tan imposible como piensa!

    Cuando la tortuga terminó de hablar, Urashima miró su concha, y por extraño que pueda parecer, se dio cuenta de que la criatura había crecido tanto que un hombre podía montarse sin problemas en su espalda.

    —¡Qué maravilla! —dijo Urashima—. Bueno, señora Tortuga, con su permiso, me subiré a su espalda.

    La tortuga, sin cambiar de expresión, como si esto fuera lo más normal del mundo, dijo:

    —Ahora partiremos de viaje. —Con esas palabras saltó al mar con Urashima encima y rauda se sumergió. Durante mucho tiempo, los dos extraños compañeros atravesaron el mar. Urashima no se cansó en ningún momento, ni sus ropas se humedecieron en el agua. Al cabo de un tiempo, a lo lejos, una magnífica puerta apareció y, detrás de la misma, los largos y curvos tejados de un palacio.

    —Ahí —exclamó Urashima—. ¡Parece la puerta de un enorme palacio! Señora Tortuga, ¿puede decirme qué lugar es ese?

    —Esa es la gran puerta del Ryūgū-jō, el gran tejado que puedes ver es el del palacio.

    —Entonces, ya hemos llegado al reino del Rey Dragón del Mar.

La puerta del Ryūgū-jō.

   

    —Sí, por supuesto —respondió la tortuga—, ¿a que no hemos tardado nada? —Mientras hablaba, llegó al lado de la puerta—. Ya hemos llegado, por favor, camine a partir de aquí. —Después, la tortuga se adelantó y habló con el portero—: Este es Urashima Tarō, del país de Japón. Tengo el honor de traerlo como huésped de este reino. Por favor, cuide de él.

    Entonces, el portero, que era un pez, los llevó al otro lado de la puerta.

    Todos los vasallos de Ryūjin se acercaron para hacer reverencias corteses al extranjero.

    —¡Noble Urashima, noble Urashima! Bienvenido al Palacio del Mar, hogar del Rey Dragón del Mar. Sea tres veces bienvenido, pues desde un lejano país viene. ¡Qué deuda más grande tenemos con usted, señora Tortuga, por traernos a Urashima! —Después, se giraban de nuevo hacia el invitado—. Síganos, por favor. —Y todo el banco de peces se convirtió en su guía.

    Urashima, al ser solo un pobre pescadorcillo, no sabía cómo comportarse en un palacio tan majestuoso, pero, aunque todo le resultaba extraño, no sentía vergüenza o molestia alguna, sino que seguía a sus amables guías con calma hasta que lo llevaron al interior del palacio. Cuando llegó a la puerta, una hermosa princesa con sus doncellas salió a recibirlo. Era más hermosa que ninguna mujer, y estaba vestida con alegres ropas de ese suave verde que hay en las olas. Hilos de oro brillaban en las costuras de su vestido. Su adorable cabello negro caía sobre sus hombros como una cascada. Cuando habló, su voz resonó como música en el agua. Urashima estaba ensimismado mientras la miraba, y no podía hablar. Entonces, recordó que debía hacer una reverencia, pero antes de que pudiera hacerlo, la princesa lo tomó de la mano y lo guio a una hermosa sala, y allí, en el lugar de honor, lo hizo sentarse.

    —Urashima Tarō, me complace daros la bienvenida al reino de mi padre —dijo la princesa—. Ayer, liberasteis a una tortuga, y he mandado llamaros para agradeceros que salvarais mi vida, pues yo era aquella criatura. Ahora, si así lo deseáis, podéis quedaros a vivir aquí para siempre, pues esta es la tierra de la eterna juventud, donde el verano nunca acaba y la pena nunca llega. Y yo seré vuestra esposa, si me queréis, ¡y viviremos felices para siempre!

    Conforme escuchó sus dulces palabras, Urashima siguió observando su hermoso rostro y su corazón se llenó de maravilla y felicidad.

    —Mil gracias por sus amables palabras —respondió, preguntándose si no sería todo un sueño—. No hay nada que me pudiera hacer más feliz que vivir aquí contigo, en esta bella tierra de la que tanto he oído hablar, pero que no había visto hasta hoy. No tengo palabras para describir lo maravilloso que me parece este lugar.

    Mientras hablaba, otro banco de peces apareció, todos vestidos con ropajes ceremoniales y brillantes. Uno a uno, silenciosamente y con pasos medidos, entraron en la sala, con bandejas de coral que portaban delicias del mar, como nadie ha podido siquiera soñar. ¡Qué maravilloso banquete se dispuso ante los novios! El matrimonio se celebró con obnubilante esplendor, y todo el reino se alegró. En cuanto la pareja dijo los votos ante la copa matrimonial de sake, realizando así la san-san kudo1, empezó a sonar la música, y se cantaron canciones. Peces de escamas plateadas y colas doradas atravesaron las olas y danzaron. Urashima lo disfrutó con todo su corazón. Nunca se había encontrado ante un festín tan maravilloso.

    Cuando este terminó, la princesa preguntó a su esposo si querría pasear por el palacio para contemplar las vistas. Entonces, el feliz pescador, acompañado de su esposa, la hija del Rey del Mar, observó todas las maravillas que aquella tierra encantada donde la felicidad y la alegría van de la mano, y donde ni el tiempo ni la edad podían tocarles, tenía que ofrecer. El palacio estaba construido de coral y adornado con perlas, y la belleza del lugar era tal que ninguna palabra le haría justicia.

    Pero, para Urashima, lo más maravilloso del palacio era el jardín que lo rodeaba. Allí se podía ver al mismo tiempo el paisaje de las cuatro estaciones: todas las maravillas del verano, del invierno, de la primavera y del otoño se mostraban ante el visitante al mismo tiempo.

    Primero, al mirar al este, los ciruelos y los cerezos estaban en flor, los ruiseñores cantaban en las rosadas avenidas y las mariposas revoloteaban de flor en flor.

    Al sur, los árboles reverdecían al calor del verano, y la cigarra y el grillo ruidosamente se llamaban.

    Al oeste, los sauces de otoño se recortaban contra el ocaso, y los crisantemos florecían perfectos.

    Al norte, el cambio sorprendió a Urashima, pues el suelo, plateado por la nieve, brillaba y los árboles y el bambú se doblaban bajo el gentil peso de los copos que caían. El hielo cubría con tesón el pequeño lago.

    Cada día, nuevas alegrías y maravillas alcanzaban a Urashima, y tan grande era su felicidad que se olvidó de todo, incluso del hogar que había abandonado y de los padres y el país que había dejado atrás. Tres días pasaron sin que su mente alcanzara a recordarlos. Al tercer día, volvieron a su mente, y pensó que no pertenecía a aquella tierra.

    —¡Oh! —se dijo—. No debo quedarme, pues tengo unos ancianos padres en casa. ¿Qué puede haberles pasado en este tiempo? Qué nerviosos deben estar al ver que no volvía a la hora de costumbre. Debo volver al momento, ni un día más puedo quedarme. —Y empezó a prepararse para su viaje con mucha prisa.

    Después, se acercó a su hermosa esposa, la princesa, y con una profunda reverencia dijo:

    —Ay, he sido tan feliz con vos durante este largo tiempo, noble Otohime y no tengo palabras para agradecer vuestra amabilidad. Pero ahora debo despedirme. He de volver con mis ancianos padres.

    —¿Acaso no sois feliz conmigo, Urashima? —dijo con tristeza y suavidad, mientras lágrimas plateadas caían por sus mejillas—. ¿Tan pronto deseáis abandonarme? ¿Qué prisa hay? ¡Quedaos conmigo otro día!

    Pero Urashima había recordado a sus ancianos padres, y en Japón el deber para con los padres es más fuerte que cualquier otra cosa, ya sea amor o placer, y no pudo convencerlo.

    —Debo marchar. No creáis que deseo abandonaros. No sois vos, soy yo, que tengo que cuidar a mis ancianos padres. Dejadme ir un día y volveré después.

    —Entonces —dijo con lástima la princesa—, nada puedo hacer. Os mandaré de vuelta hoy, y, en lugar de intentar manteneros conmigo un día más, os daré esta muestra de mi amor. Por favor, lleváosla. —Y le entregó una bella caja lacada atada con una cuerda de seda y borlas rojas.

    Urashima había recibido tanto de la princesa, que sintió vergüenza a la hora de aceptar el regalo.

    —No parece correcto que reciba otro regalo más, después de todos los favores que me habéis hecho, pero ya que me lo pedís, así lo haré. —Después preguntó—: ¿Qué es?

    —Esa —respondió la princesa— es la tamate-bako («Caja de la mano enjoyada»), y contiene algo muy valioso. ¡No debéis abrir la caja en ningún caso! ¡Si lo hacéis, algo horrible os sucederá! ¡Prometedme que nunca la abriréis!

    Y eso hizo Urashima. Prometió que nunca, en ningún caso, bajo ningún concepto, abriría la caja.

    Después de despedirse de la princesa, volvió a la playa. La princesa y sus doncellas lo acompañaron y allí descubrió una gran tortuga que lo estaba esperando.

    Se montó rápidamente en el lomo de la criatura y lo llevó al este por el brillante mar. Se dio la vuelta para despedirse de la princesa hasta que ya no pudo verla, y la tierra del Rey del Mar y los tejados del maravilloso palacio se perdieron en el horizonte. Después, con el rostro entusiasmado, se giró hacia su propia tierra, donde buscó las azules colinas en el horizonte que se abría ante él.

    Por fin, la tortuga lo llevó a la bahía que tan bien conocía, y de allí a la playa de donde había partido. Pisó tierra y miró a su alrededor mientras la tortuga volvía al Ryūgū-jō.

    Pero ¿qué extraño terror inundó a Urashima mientras miraba su alrededor? ¿Por qué miraba tan fijamente a la gente que pasaba por su lado y por qué estos le devolvían la misma mirada? La playa era la misma y las colinas también, pero la gente que veía caminar ante él tenía rostros muy diferentes de los que él tan bien conocía.

    Se preguntó por qué sería mientras caminaba a toda prisa hacia su antigua casa. Incluso esta parecía diferente, pero estaba en el mismo lugar.

    —¡Padre, ya he vuelto! —gritó mientras estaba a punto de entrar. Entonces, vio salir de allí a un extraño.

    «Tal vez mis padres se han mudado mientras estaba fuera, y se han marchado a otro lugar», pensó el pescador. A pesar de eso, empezó a sentir una extraña ansiedad, que no sabía reconocer.

    —Perdone —dijo al hombre que se había quedado mirándolo—, hasta hace unos días vivía en esta casa. Me llamo Urashima Tarō. ¿Dónde han ido mis padres?

    Una expresión muy confusa se reflejó en el rostro del hombre, y, mirando fijamente el rostro de Urashima, dijo:

    —¿Qué dice? ¿Es usted Urashima Tarō?

    —Así es —dijo el pescador—. ¡Soy Urashima Tarō!

    —¡Ja, ja! —rio el hombre—. No deberías hacer chistes así. Es cierto que hace mucho tiempo un hombre con ese nombre vivió en esta aldea, pero de eso hace trescientos años. ¡No puede seguir vivo!

    Cuando Urashima escuchó esto se asustó.

    —Por favor, por favor, no haga esas bromas. Estoy perplejo. De verdad, soy Urashima Tarō, y no he vivido trescientos años. Hasta hace cuatro o cinco días vivía aquí. Dime lo que quiero saber sin más bromas de mal gusto, por favor.

    Pero el rostro del hombre estaba cada vez más serio.

    —Seas o no Urashima Tarō, el hombre del que yo he oído hablar vivió hace trescientos años. ¿No serás su espíritu que vuelve a casa?

    —¿Por qué se burla de mí? —dijo Urashima—. ¡No soy ningún espíritu! ¡Estoy vivo! ¿Acaso no ve mis pies? —dijo, dando un par de pisotones, pues es bien sabido que los fantasmas no tienen pies.

    —Pero yo todo lo que sé es lo que está escrito en las crónicas de la aldea, y ese Urashima Tarō vivió hace trescientos años —dijo el hombre, que no podía creerse las palabras del pescador.

    Urashima estaba confuso y molesto. Se quedó mirando a su alrededor, completamente perdido. Todo parecía diferente a como él lo recordaba, y tuvo el presentimiento maldito de que lo que decía el hombre tenía algo de verdad. Parecía encontrarse en un extraño sueño. Los pocos días que había pasado en el Ryūgū-jō en el mar no habían sido días realmente, habían sido siglos. En ese tiempo, todos aquellos a los que conocía habían muerto y la aldea había escrito su nombre en la historia. No tenía sentido seguir allí. Debía volver con su hermosa esposa en el mar.


Un bonita nube de humo morado salió de la caja.

   

    Volvió a la playa, con la caja que su princesa le había dado en la mano. ¿Por dónde debía ir? No podía volver solo. De repente, recordó la tamate-bako.

    —La princesa me dijo cuando me dio la caja que nunca la abriera, que contenía algo precioso. Pero ahora que no tengo hogar, que he perdido todo lo que me era querido, y mi corazón se llena de amargura, ahora, si abro la caja, sin duda encontraré algo que me ayudará. Seguro que es algo que me llevará con mi princesa en el mar. No queda nada más que hacer. Sí, sí. ¡Abriré la caja y miraré!

    Y así su corazón aceptó esa desobediencia, e intentó convencerse de que hacía lo correcto al romper su promesa.

    Muy lentamente, desató la cuerda de seda roja, lentamente y maravillado, y levantó la tapa de la preciada caja. «¿Qué fue lo que encontró?», os preguntaréis. Pues le pareció extraño que solo una hermosa y pequeña nube púrpura saliera en tres suspiros de su interior. Por un instante cubrió su rostro y se agitó como si se apenara de marcharse, pero luego se apartó de él como el vapor que sale del mar.

    Urashima, que hasta ese momento había sido un joven fuerte y hermoso de veinticuatro años, de repente se hizo muy, muy viejo. Su espalda se inclinó con la edad, su cabello se volvió blanco como la nieve, su rostro se arrugó y cayó muerto en la playa.

    ¡Pobre Urashima! Por su desobediencia, no pudo volver al reino de Ryūjin ni regresó con su amada princesa en el mar.

    Niños, nunca desobedezcáis a aquellos más sabios que vosotros, pues la desobediencia es el inicio de todas las miserias y tristezas de la vida.

        1 Ceremonia matrimonial en la que los novios comparten una copa de sake, que luego pasan a las familias para que atestigüen la unión.

La historia del hombre que no quería morir

Hace mucho, mucho tiempo, vivía un hombre a quien llamaban Sentarō. Su apellido significaba «Millonario», pero, aunque no era tan rico como para merecerlo, estaba lejos de ser pobre. Había heredado una pequeña fortuna de su padre y vivía de ello, pasando el tiempo sin preocupaciones, sin pensar en ningún momento en trabajar, hasta que tuvo treinta y dos años.

    Un día, sin ninguna razón aparente, el pensamiento de la muerte y la enfermedad le asaltó. La idea de caer enfermo o morir lo molestaba mucho.

    —Me gustaría vivir —se dijo— hasta los quinientos o seiscientos años al menos, libre de toda enfermedad. La duración habitual de la vida de un hombre es muy corta.

    Se preguntó si sería posible, viviendo sencilla y frugalmente a partir de aquel momento, prolongar su vida hasta ese punto.

    Sabía que había mucha gente en las antiguas historias de los emperadores que había vivido mil años. Además, de una princesa de Yamato se decía que alcanzó los quinientos años. Esa era la última historia reconocida de una vida especialmente larga.

    Sentarō había oído a veces la historia del rey Shin no Shiko. Fue uno de los gobernantes más hábiles y poderosos de la historia china. Construyó todos los grandes palacios y la famosa Gran Muralla China. Consiguió todo lo que pudo querer del mundo, pero a pesar de toda su felicidad, sus lujos y el esplendor de su corte, la sabiduría de sus consejeros y la gloria de su reino, era miserable porque sabía que un día iba a morir y a perderlo todo.

    Cuando Shin no Shiko se iba a la cama por la noche, cuando se levantaba por la mañana, y conforme pasaba el día, el pensamiento de la muerte siempre lo acompañaba. No podía librarse de él. Ah, si solo pudiera encontrar el Elixir de la Vida, sería feliz.

    Al final, el emperador convocó una reunión de sus cortesanos y les preguntó si no podrían encontrarle el Elixir de la Vida, del que tanto había leído y escuchado.

    Un viejo cortesano, llamado Jofuku, dijo que más allá de los mares había un país llamado Horaizan, y que ciertos ermitaños que vivían allí poseían el secreto del Elixir de la Vida. Quien bebiera tan maravilloso líquido viviría para siempre.

    El emperador ordenó a Jofuku partir hacia la tierra de Horaizan, encontrar a los ermitaños y traerle un vial del mágico elixir. Le dio uno de sus mejores juncos, lo preparó todo para él y lo cargó con grandes cantidades de tesoros y piedras preciosas para llevar como regalo a los ermitaños.

    Jofuku partió hacia allí, pero nunca volvió a ver al emperador. Desde entonces, se dice que el monte Fuji es el fabuloso Horaizan y por tanto la casa de los ermitaños que poseían el secreto del elixir. Jofuku se convirtió en el protector de sus secretos y su divino patrón dentro del Shinto.

    Sentarō se decidió a partir en busca de los ermitaños y, si podía, convertirse en uno de ellos, para poder obtener el agua de la perpetua vida. Recordó que, de niño, le habían dicho que esos ermitaños no solo vivían en el monte Fuji sino que vivían en todos los grandes picos.

    Así que dejó su vieja casa al cuidado de sus familiares, y empezó su viaje. Atravesó todas las regiones montañosas del país, escalando hasta las cumbres de los picos más altos, pero nunca consiguió encontrar ningún ermitaño.

    Al final, después de vagar por una región desconocida muchos días, conoció a un cazador.

    —¿Puedes decirme —preguntó Sentarō— dónde viven los ermitaños que poseen el secreto del Elixir de la Vida?

    —No —dijo el cazador—. No sé decirte dónde viven, pero hay un notorio ladrón por esta zona. Se dice que lidera una banda de doscientos hombres.

    La extraña respuesta irritó mucho a Sentarō, y pensó cuán estúpido era perder el tiempo buscando así a los ermitaños, así que decidió ir al altar de Jofuku, que era adorado como el patrón de los ermitaños del sur de Japón.

    Sentarō se acercó al altar y rezó durante siete días, pidiendo a Jofuku que lo guiara hasta un ermitaño que pudiera darle lo que él tanto quería.

    A medianoche del séptimo día, mientras Sentarō se arrodillaba en el templo, la puerta del sancta sanctorum se abrió de repente y apareció Jofuku en una nube luminosa, y pidió a Sentarō que se acercara.

    —Tu deseo es muy egoísta y no te lo puedo conceder con facilidad. Piensas que te gustaría convertirte en un ermitaño para encontrar el Elixir de la Vida. ¿Sabes cuán dura es la vida de uno? Solo se les permite comer frutas y moras, y la corteza de los pinos; un ermitaño debe alejarse del mundo para que su corazón sea tan puro como el oro y esté libre de todo deseo terrenal. Poco a poco, después de seguir estas estrictas reglas, el ermitaño deja de sentir hambre, frío o calor, y su cuerpo se vuelve tan ligero que puede montar en un cuervo o en una carpa, y puede caminar sobre el agua sin sentir los pies mojarse.

    »Tú, Sentarō, gustas de la buena vida y de todas las comodidades. No eres ni siquiera como un hombre común, pues eres especialmente vago, y más sensible al calor y al frío que la mayoría de la gente. ¡Nunca podrías ir descalzo o vestirse solo con un fino vestido en invierno! ¿Crees que tendrías la paciencia o la resistencia para llevar la vida de un ermitaño?

    »Como respuesta a tus plegarias, sin embargo, te ayudaré a encontrar otro camino. Te mandaré al país de la Vida Eterna, donde la muerte nunca llega, ¡donde la gente vive para siempre!

    Tras decir esto, Jofuku puso en la mano de Sentarō una pequeña grulla hecha de papel, diciéndole que se sentara en su lomo y lo llevaría allí. Sentarō obedeció, admirado. La grulla creció lo suficiente para montarla cómodamente. Después extendió las alas, se alzó en el aire y voló sobre las montañas directamente hacia el mar.

La grulla voló hacia el mar.

   

    Al principio, Sentarō se asustó, pero, poco a poco, se acostumbró al ligero vuelo por el aire. Y así siguieron durante miles de kilómetros. El pájaro no descansó ni comió, pues al ser de papel ningún sustento necesitaba y, lo que era más extraño, tampoco Sentarō lo necesitó.

    Después de unos cuantos días, llegó a la isla. La grulla voló sobre la tierra y después aterrizó.

    Cuando Sentarō se bajó del lomo del pájaro, la grulla se dobló por su propia cuenta y se metió en su bolsillo.

    Sentarō empezó a mirar a su alrededor, sorprendido; tenía curiosidad de ver cómo era el país de la Vida Eterna. Dio un paseo primero por el campo y luego a través del pueblo. Todo era, por supuesto, bastante extraño, diferente de su propia tierra. Pero tanto el lugar como la gente parecían prósperos, así que decidió que sería bueno para él quedarse allí y asentarse en uno de los hoteles.

    El propietario era un hombre amable y, cuando Sentarō dijo que era un forastero pero que quería vivir allí, le prometió arreglar un encuentro con el gobernador de la ciudad. Incluso encontró una casa para su invitado. Así, Sentarō obtuvo su gran deseo y se convirtió en residente del país de la Vida Eterna.

    Por lo que recordaban los isleños, ningún hombre había muerto allí, y las enfermedades eran algo desconocido. Los sacerdotes habían llegado allí desde India y China y les hablaron de un bello país llamado Paraíso, donde la felicidad, la dicha y la alegría llenaban los corazones de los hombres, pero sus puertas solo podían alcanzarse mediante la muerte. La tradición se perdía en los albores del tiempo y nadie sabía exactamente qué era la muerte, excepto que llevaba a Paraíso.

    A diferencia de Sentarō y del resto de gente ordinaria, en lugar de tener verdadero temor de la muerte, todos, tanto ricos como pobres, lo veían como algo bueno y deseable. Estaban cansados de sus largas, largas vidas y deseaban ir a la feliz tierra de la alegría llamada Paraíso de la que les hablaron los sacerdotes siglos antes.

    Todo esto descubrió Sentarō al hablar con los isleños. Pensó que debía encontrarse en la Tierra al Revés, porque nada tenía sentido. Todo funcionaba al revés. Había deseado escapar de la muerte, para ello, se había ido a la tierra de la Vida Eterna con alegría y felicidad. Y ahora lo mortificaba ver que sus habitantes, malditos con la eternidad, considerarían una bendición encontrar la muerte.

    Lo venenoso en el mundo normal, esa gente lo comía como si fuera buena comida, y todas las delicias que había apreciado en su antigua vida las rechazaban. Cuando los mercaderes de otros países llegaban, los ricos se acercaban en busca de venenos. Se los bebían con fruición, esperando que la muerte llegara para poder ir a Paraíso.

    Pero lo que eran venenos mortales en otras tierras no tenían efecto en este lugar tan extraño, y la gente se los bebía con la esperanza de morir, solo para descubrir que al poco tiempo se sentían mejor en vez de peor.

    En vano, trataban de imaginar cómo podía ser la muerte. Los ricos hubieran dado todo su dinero y sus bienes solo para acortar las vidas en doscientos o trescientos años. Para todas estas personas, vivir para siempre solo daba más posibilidades de sentirse triste y cansado.

    En las farmacias, había un medicamento que siempre tenía mucha demanda, pues después de usarlo durante cien años, se suponía que hacía que el pelo se volviera gris y ponía mal del estómago al paciente.

    Sentarō vio sorprendido cómo servían el venenoso pez globo en restaurantes como un plato maravilloso, y los tenderos de las calles vendían salsas hechas de moscas españolas. Nunca vio a nadie enfermar por comer esas horribles cosas, ni siquiera se acatarraban.

    Sentarō estaba feliz. Se dijo que nunca se cansaría de vivir, y que consideraría profano desear la muerte. Se dijo que era el único hombre feliz en la isla. Por su parte, él deseaba vivir miles de años y disfrutar de la vida. Puso un negocio y ni se le pasó por la cabeza volver a su tierra de origen.

    Conforme pasaron los años, sin embargo, las cosas no fueron tan sencillas como al principio. Tuvo graves pérdidas en sus negocios y varias veces hubo asuntos complicados con sus vecinos. Por ello, se sintió incómodo.

    El tiempo pasaba como el vuelo de una flecha para él, pues estaba ocupado desde la mañana hasta la noche. Trescientos años pasaron de esta forma monótona, y al final empezó a estar cansado de la vida en ese país, y deseaba ver su propia tierra y su vieja casa. Viviera cuanto viviera, todo sería lo mismo, así que, ¿no sería estúpido y agotador quedarse allí para siempre?

    Sentarō, con su deseo de escapar del país de la Vida Eterna, recordó a Jofuku, que lo había ayudado cuando deseaba escapar de la muerte, y le pidió que lo devolviera a su propia tierra.

    En cuanto lo hizo, la grulla de papel salió de su bolsillo. Sentarō se sorprendió de que no hubiera sufrido ningún daño en todos aquellos siglos. Una vez más, el pájaro creció y creció hasta que volvió a ser lo suficientemente grande para que se montara sobre él. Cuando lo hizo, la grulla extendió sus alas y volaron. Atravesó rápidamente el mar en dirección a Japón.

    Sin embargo, tal es la naturaleza del hombre que no pudo evitar mirar atrás y arrepentirse de todo lo que había dejado detrás. Intentó detener al pájaro en vano. La grulla mantuvo su camino durante miles de kilómetros a través del océano.

Llamó con fuerza a Jofuku para que lo salvara.

   

    Entonces llegó una tormenta, y la maravillosa grulla de papel se empapó, se arrugó y cayó al mar. Sentarō fue con ella. Muy asustado ante la idea de ahogarse, llamó con fuerza a Jofuku para que lo salvara. Miró a todas partes, pero no había ningún barco a la vista. No pudo evitar que entrara una gran cantidad de agua en su garganta, lo que no hizo más que empeorar las cosas. Mientras estaba luchando para mantenerse a flote, vio al monstruoso tiburón que nadaba hacia él. Conforme se acercaba, abrió su enorme boca, listo para devorarlo. Sentarō se quedó paralizado del miedo, ahora que sentía su fin tan cercano, y volvió a gritar con todas sus fuerzas para que Jofuku se acercara y lo rescatara.

    Asombraos pues, ya que Sentarō se despertó por sus propios gritos, para descubrir que durante su larga plegaria se había quedado dormido ante el altar y que sus extraordinarias y aterradoras aventuras habían sido un sueño tenebroso. Sentía el frío sudor caer por el miedo y la confusión.

    De repente, una brillante luz se le acercó y allí se encontraba un mensajero. Este sostenía un libro en las manos.

    —Me envía Jofuku quien, en respuesta a tus plegarias, te ha permitido ver en un sueño la tierra de la Vida Eterna. Pero te aburriste de vivir allí y suplicaste que te permitiera volver a tu tierra y morir. Jofuku, para poder probarte, permitió que cayeras al mar, y después envió a un tiburón para que te comiera. Pero tu deseo de morir no era real, pues incluso en aquel momento gritaste y pediste ayuda con todas tus fuerzas.

    »Es en vano que desees, por tanto, convertirte en un ermitaño, o encontrar el Elixir de la Vida. Esas cosas no son para la gente como tú, tu vida no es lo suficientemente austera. Es mejor que vuelvas a tu casa y vivas una vida larga y provechosa. Recuerda siempre los aniversarios de tus ancestros y asegura el futuro de tus hijos. Así vivirás una vida larga y feliz, pero abandona el vano deseo de escapar a la muerte, pues ningún hombre puede hacerlo. Ya debes haber descubierto, además, que, incluso cuando se consiguen, los deseos egoístas no traen la felicidad.

    »En este libro que te doy hay muchos preceptos que deberías conocer. Estúdialos, para que te guíen de la mejor manera posible.

    El ángel desapareció en cuanto terminó de hablar, y Sentarō se tomó en serio el mensaje. Con el libro en la mano, volvió a su antigua casa y abandonó todos sus deseos vanos, intentó vivir una vida buena y útil y siguió las lecciones del libro, y así él y su linaje prosperaron desde entonces.

El espejo de Matsuyama

Una historia del antiguo Japón

   

   

    Hace muchos años, en Japón, vivían en la provincia de Echigo, una parte remota de Japón incluso en la actualidad, un hombre y su mujer. Llevaban casados varios años y habían sido bendecidos con una hija pequeña. Era la alegría y el orgullo de sus vidas, y en ella tenían una fuente interminable de felicidad para su vejez.

    Los días grabados con letras doradas en sus memorias eran los que habían marcado su crecimiento desde su nacimiento: la visita al templo a los treinta días, con su orgullosa madre llevándola, vestida con un kimono ceremonial, para ponerla bajo la protección del dios de la familia; su primer festival de las muñecas, cuando sus padres le regalaron unas cuantas con sus objetos diminutos y cada año le daban una nueva; y, tal vez la ocasión más importante de todas: su tercer cumpleaños, cuando ataron su primer obi escarlata y dorado alrededor de su diminuta cintura, señal de que había abandonado la infancia y se había convertido en una niña. Cuando cumplió los siete años, y hubo aprendido a hablar y a atenderles de esas pequeñas maneras que tanto afectaban al corazón de sus adorados padres, la copa de su felicidad parecía llena. No podía haber en todo el Imperio una familia más feliz.

    Un día, hubo mucha alegría en la casa, pues de repente habían convocado al padre a la capital por negocios. En estos días de ferrocarriles y jinrikisha1, y otros rápidos medios de transporte, es difícil percatarse de lo que un viaje de Matsuyama a Kioto suponía. Las carreteras eran duras y malas, y la gente común tenía que andar todo el camino, aunque fueran cientos de kilómetros. Sin duda, en aquellos días era tan difícil ir a la capital como para un japonés actual ir a Europa.

    Así que la esposa estaba muy ansiosa mientras ayudaba a su marido a prepararse para el largo viaje, al saber qué tarea tan ardua le esperaba. En vano deseó acompañarlo, pero la distancia era demasiado grande para una madre y una niña. Además, la tarea de la esposa era ocuparse del hogar.

    Cuando por fin estuvo preparado para el viaje, toda la pequeña familia se reunió en el porche.

    —No te pongas nerviosa, volveré pronto —dijo el hombre—. Mientras estoy lejos, cuida de todo, en especial de nuestra pequeña hija.

    —Sí, nosotros estaremos bien, pero tú debes tener cuidado y no tardar un día más de lo necesario en volver con nosotras —dijo la esposa, mientras las lágrimas caían como lluvia de sus ojos.

    La pequeña era la única que sonreía, pues no comprendía la tristeza de la separación, y no sabía que ir a la capital era muy diferente que caminar hasta el pueblo cercano, lo que su padre hacía a menudo. Corrió a su lado y agarró su larga manga para que se detuviera un momento.

    —Padre, seré buena mientras espero tu vuelta, así que, por favor, tráeme un regalo.

    Cuando el padre se volvió a echar una última mirada a su llorosa esposa y a la sonriente y nerviosa niña, tan difícil le resultaba alejarse que sintió como si alguien tirara de su cabello para que se quedara, pues nunca habían estado separados antes. Pero él sabía que tenía que irse, pues la convocatoria era imperativa. Con mucho esfuerzo, dejó de pensar en ello y se giró con resolución, atravesó rápidamente el pequeño jardín y salió por la puerta. Su esposa, cogiendo a la niña en sus brazos, corrió hasta la puerta y lo vio pasar por la carretera entre los pinos hasta que se perdió en la niebla de la distancia. Lo último que pudo ver fue la punta doblada de su sombrero, que no tardó en desaparecer también.
Lo vieron pasar por la carretera.

   

    —Ahora que Padre se ha ido, tú y yo debemos cuidar de todo hasta que vuelva —dijo la madre mientras volvían a la casa.

    —Sí, seré muy buena —dijo la niña, asintiendo—, y cuando Padre vuelva a casa, por favor, dile lo buena que he sido y tal vez así me dé un regalo.

    —Seguro que Padre te trae algo que te guste mucho. Lo sé, pues le he pedido que te traiga una muñeca. Debes pensar en tu padre todos los días, y rezar por que tenga un buen viaje hasta que vuelva.

    —Oh, sí, cuando vuelva a casa verá lo feliz que soy —dijo la niña, dando palmadas, con el rostro brillante de felicidad. A la madre le pareció que cuanto más tiempo miraba el rostro de la niña, más crecía su amor.

    Entonces se puso a trabajar para hacer las ropas de invierno para los tres. Sacó su rueca de madera sencilla y preparó el hilo antes de tejer las cosas. En los intervalos de su trabajo, dirigió los juegos de la pequeña niña y la enseñó a leer las antiguas historias de su país. Así se consoló la esposa en el trabajo durante los solitarios días de la ausencia de su marido. Mientras el tiempo pasaba rápido en la silenciosa casa, el marido terminó sus negocios y volvió.

    El hombre había cambiado tanto durante su viaje, que ni siquiera sus amigos más cercanos lo hubieran reconocido con facilidad. Había viajado día tras día, expuesto a las lluvias y al calor, durante un mes entero, y su piel estaba bronceada por el sol, pero su amada esposa e hija lo reconocieron nada más verlo y corrieron a abrazarlo desde ambos lados, cada una tirando de las mangas para saludarlo con emoción poco contenida. El hombre y su esposa se alegraron de ver que el otro estaba bien. La madre y la hija le ayudaron a desatarse las sandalias de paja, dejó su gran sombrero de ala ancha y se sentó de nuevo entre las dos en el viejo salón familiar que tan vacío había estado en su ausencia.

    En cuanto se sentaron en las esterillas blancas, el padre abrió una cesta de bambú que había traído con él, y sacó una hermosa muñeca y una caja lacada llena de pasteles.

    —Aquí tienes —le dijo a la pequeña—. Un regalito para ti. Es un premio por cuidar tan bien a tu madre y la casa mientras estaba fuera.

    —Gracias —dijo la niña, inclinando la cabeza hasta el suelo, y después puso su mano como si fuera una pequeña hoja de arce, con los dedos ansiosos por tomar una muñeca y la caja. Ambas, al venir de la capital, eran más hermosas que nada que hubiera visto. No había palabras para expresar la felicidad de la pequeña niña, su rostro parecía arder de felicidad y no podía ver ni pensar en otra cosa.

    Después, el marido volvió a revolver en la cesta y esta vez sacó una caja de madera cuadrada, cuidadosamente atada con hilo rojo y blanco, y se la dio a su esposa.

    —Y esto es para ti.

    La esposa tomó la caja y la abrió con cuidado para sacar un disco de metal con asa. Un lado era brillante como un cristal, y el otro lado estaba cubierto de un grabado de pinos y cigüeñas, que había sido tallado en su suave superficie como si fueran reales. Nunca había visto algo así en su vida, pues había nacido y crecido en la provincia rural de Echigo. Miró el disco brillante y se sorprendió al ver su rostro.

    —¡Veo a alguien en esta cosa redonda! ¿Qué es lo que me has dado?

    El marido se rio.

    —Vaya, pues es tu propio rostro. Lo que te he traído se llama espejo y quienquiera que mire en su superficie podrá ver su propio rostro reflejado. Aunque no se puede ver en un sitio tan alejado como este, se han usado en la capital desde tiempos antiguos. Allí, el espejo se considera un objeto necesario para una mujer. Hay un viejo proverbio que dice: «Si la espada es el alma del samurái, el espejo lo es de la mujer», y según la tradición popular, el espejo de una mujer muestra su propio corazón, si lo mantiene limpio y brillante, su corazón es igual de puro y bueno. Es también uno de los tesoros que forman las joyas del emperador. Debes guardar con cuidado tu espejo y usarlo con amor.

    La esposa escuchó a su marido y se alegró de aprender tantas cosas que desconocía. Y le gustó aún más el precioso regalo, un símbolo de su amor mientras había estado lejos.

    —Si el espejo simboliza mi alma, sin duda lo atesoraré como una posesión valiosa y nunca lo usaré descuidadamente —dijo. Lo levantó hasta su frente, para agradecer el regalo y después lo guardó en la caja y se lo llevó.

    La esposa vio que su marido estaba muy cansado y se puso a servir la cena y a preparar todo para que estuviera cómodo. La pequeña familia pensó que no había conocido la verdadera felicidad antes; así de alegres estaban de volver a estar juntos, y esa noche el padre contó muchas anécdotas de su viaje y de todo lo que había visto en la capital.

    Pasó el tiempo en la tranquila casa, y los padres vieron que sus deseos más profundos tomaron forma conforme su hija creció desde la infancia hasta ser una bella joven de dieciséis años. La habían criado con incesante amor y cuidado como si fueran dueños de una gema de incalculable valor. Y ahora su esfuerzo recibía una recompensa doble. Qué calma era para su madre que fuera por la casa ocupándose de las tareas, y cuán orgulloso estaba su padre de ella, pues le recordaba a su esposa cuando la vio por primera vez.

    Pero, por supuesto, en este mundo nada dura para siempre. Ni siquiera la luna tiene una forma perfecta, sino que pierde su redondez con el tiempo y las flores crecen y se marchitan. Así, la felicidad de la familia se rompió debido a una gran desgracia: la buena y gentil mujer y madre cayó enferma un día.

    En los primeros días de su enfermedad, el padre y su hija pensaron que era solo un catarro y no se preocuparon demasiado. Pero los días pasaron y la madre no mejoró, sino que empeoró y el doctor estaba asombrado, pues a pesar de todo lo que hacía la pobre mujer se debilitaba cada día. El padre y la hija estaban desconsolados por la pena, y día y noche pasaban al lado de la madre. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, la vida de la mujer no pudo salvarse.

    Un día, mientras la chica estaba sentada en la cama de su madre, intentando ocultar con una alegre sonrisa la preocupación que le reconcomía el corazón, la madre se levantó y tomó su mano, y la miró directa y amorosamente a los ojos. Su respiración era trabajosa y habló con dificultad.

    —Hija mía. Estoy segura de que nada puede salvarme ahora. Cuando muera, prométeme que cuidarás a tu amado padre e intentarás ser una buena y trabajadora mujer.

    —Oh, madre —dijo la chica mientras se le llenaban los ojos de lágrimas—. No debes decir esas cosas. Todo lo que tienes que hacer es apresurarte a ponerte bien, eso será lo que más felices nos hará a Padre y a mí.

    —Sí, lo sé, y es una alegría para mí ver en mis últimos días cómo deseáis que mejore, pero no va a suceder. No te entristezcas tanto, pues era mi destino desde mi estado anterior de existencia que moriría en esta vida justo en este momento; al saberlo, me he resignado a mi destino. Ahora te daré algo para que me recuerdes estés donde estés cuando muera.

La madre se incorporó y tomó la mano de su hija.

   

    Sacó la mano y sacó de un lado de la almohada una caja cuadrada de madera atada con una cuerda de seda borlada. Tras deshacer los nudos con cuidado, sacó el espejo que su marido le había regalado años antes.

    —Cuando eras pequeña, tu padre fue a la capital y me trajo como regalo este tesoro: es un espejo. Esto es lo que te doy antes de morir. Si, cuando haya dejado de estar en esta vida, te sientes sola y deseas verme, saca este espejo y en su clara y brillante superficie siempre me verás, así podrás encontrarte conmigo a menudo y contarme las penas que te aquejen, y, aunque no seré capaz de hablar, te entenderé y te compadeceré, pase lo que pase. —Con estas últimas palabras, la mujer moribunda le dio el espejo a su hija.

    La mente de la buena madre pareció quedarse en calma, y volvió a hundirse en el lecho. Sin decir ni una palabra más, su espíritu pasó tranquilo al Otro Mundo ese mismo día.

    La hija y el padre estaban desolados y confusos, y se abandonaron a su amarga pena. Sentían que era imposible olvidar a la amada mujer que hasta ese momento había llenado sus vidas y enterrar su cuerpo sin más. Pero ese estallido inevitable de lamentaciones pasó, y a pesar de estar conmocionados por la resignación, recuperaron el control de su corazón. Aun así, a la hija le parecía que su vida había quedado desolada. El amor que sentía por su madre no disminuyó con el tiempo, y tanto quería recordarla, que todo en su vida diaria, hasta la lluvia y el viento, le recordaban la muerte de su madre y todo lo que habían amado y compartido juntas. Un día, mientras su padre estaba fuera, y ella estaba haciendo las tareas de la casa sola, su soledad y su pena la abrumaron. Se tiró al suelo de la habitación de su madre y lloró como si su corazón se hubiera roto. Pobre niña, pues solo ansiaba un vistazo del rostro amado, el sonido de su voz llamándola, o el olvido momentáneo del doloroso vacío de su corazón. De repente, se irguió. Por fin se acordó de las últimas palabras de su madre.

En el espejo vio reflejada la cara de su madre.

   

    —¡Oh! Mi madre me dijo cuando me dio el espejo como regalo de despedida, que cuando mirara en él podría verla. Casi me había olvidado de sus últimas palabras, ¡qué estúpida soy! ¡Tomaré el espejo y veré si es posible!

    Se secó rápido los ojos y se acercó al armario donde había guardado la caja que contenía el espejo. Su corazón latía con fuerza por la expectación al levantar el espejo y mirar en su cara pulida. ¡Sorprendente, las palabras de su madre eran verdaderas! «Sabe cuán miserable me siento y ha venido a reconfortarme. Cuando quiera verla, se encontrará conmigo pronto, ¡qué agradecida estoy!», se asombró la chica.

    Y, desde entonces, el peso de la lástima que había en su corazón se aligeró en gran medida. Todas las mañanas, para conseguir fuerza para los trabajos que el día ponía ante ella, y todas las noches, para consolarse antes de irse a descansar, la joven sacaba el espejo y miraba su reflejo que, con la sencillez de su inocente corazón, creía que era el alma de su madre. Cada día se parecía más a su madre muerta, y era gentil y amable con todos, una buena hija para su padre.

    Pasó un año de luto así en la pequeña casa, cuando, por recomendación de sus conocidos, el hombre volvió a casarse, y la hija se vio ahora bajo la autoridad de una madrastra. Era una posición difícil, pero los días que pasó recordando a su amada madre y al querer ser lo que su madre quería que fuera, hicieron a la joven dócil y paciente y ahora estaba decidida a ser una buena hija para la esposa de su padre en todos los aspectos. Todo iba bien aparentemente en la familia. Durante algún tiempo, bajo el nuevo régimen, no hubo ningún torbellino ni olas de desacuerdo que enturbiasen la superficie de la vida diaria, y el padre estaba feliz.

    Pero la mujer corre el peligro de ser cruel y envidiosa, y así son las madrastras proverbialmente en todo el mundo, y las primeras sonrisas que mostró no llegaban a sus ojos. Conforme los días y las semanas se convirtieron en meses, la madrastra empezó a ser cruel con la huérfana, e intentó posicionarse entre el padre y la niña.

    Algunas veces se acercaba a su marido y se quejaba del comportamiento de su hijastra, pero el padre sabía que esto era lo esperable, no se fijó en sus quejas con mala intención. En vez de disminuir el afecto hacia su hija, como la mujer deseaba, sus gruñidos solo le hacían quererla más. La mujer pronto vio que él empezaba a mostrar más preocupación por su solitaria niña que antes. Esto no le gustó nada, y empezó a devanarse los sesos pensando cómo podría, de cualquier forma, echar a la hijastra de la casa. Así de podrido tenía el corazón.

    Vigiló a la chica con cuidado, y, mirando un día en su habitación de buena mañana, pensó que había descubierto un pecado suficientemente grave como para acusar a la niña ante su padre. La propia mujer estaba un poco asustada por lo que había visto.

    Entonces fue a su marido, y, limpiándose unas lágrimas falsas, le dijo con voz triste:

    —Por favor, permíteme abandonaros hoy.

    El hombre se quedó anonadado por lo repentino de su petición y le preguntó cuál era el problema.

    —¿Qué encuentras tan horrible en mi casa —preguntó— como para querer irte sin demora?

    —¡No! ¡No! No tiene nada que ver contigo, incluso en mis sueños, nunca hubiera pensado que desearía dejar tu vera, pero si sigo viviendo aquí, temo perder la vida. ¡Así que creo que lo mejor para todos es que me dejes volver al hogar de mi padre!

    Y la mujer empezó a llorar de nuevo. Su marido, preocupado al verla tan infeliz, y pensando que no podía haberla oído bien, dijo:

    —¡Qué quieres decir! ¿Cómo va a estar tu vida en peligro aquí?

    —Ya que me lo preguntas, te lo diré. Tu hija me odia. Durante un tiempo, se ha encerrado en su habitación por las mañanas y por las noches, y al mirar al pasar, estoy convencida de que ha hecho una imagen mía y está intentando matarme por medio de artes mágicas, maldiciéndome todos los días. No estoy segura aquí. Sin duda, tengo que irme. No podemos vivir más bajo el mismo techo.

    El marido escuchó la horrible historia, pero no podía creer que su gentil hija fuera capaz de tamaña maldad. Sabía que por superstición popular, la gente creía que una persona podía causar la muerte poco a poco a otra al hacer una imagen de la persona odiada y maldecirla todos los días, pero ¿dónde había adquirido ese conocimiento su joven hija? Eso era imposible.

    Aunque recordaba haberse dado cuenta de que su hija pasaba mucho tiempo en su habitación en los últimos tiempos, y se mantenía alejada del resto, incluso cuando los visitantes iban a casa. Al unir esto a la alarma de su esposa, pensó que podía haber algo importante en la extraña historia.

    Su corazón estaba dividido entre dudar de su esposa y confiar en su hija, y no sabía qué hacer. Decidió ir a ver a su hija al momento para descubrir la verdad. Reconfortó a su esposa, le aseguró que sus miedos eran infundados y se dirigió en silencio a la habitación de su hija.

    La chica llevaba mucho tiempo siendo infeliz. Había intentado ser amable y obediente para mostrar su buena voluntad y complacer a la nueva esposa, así como para romper esa muralla de prejuicios que ella sabía era inevitable entre padrastros e hijastros. Pero pronto descubrió que sus esfuerzos eran en vano. La madrastra nunca confió en ella, y parecía malinterpretar todas sus acciones, y la pobre chica sabía muy bien que a menudo le iba con mentiras y cuentos a su padre. No podía evitar comparar su presente infeliz con el tiempo en que su madre estaba viva hacía apenas un año. ¡Qué cambio tan grande en tan corto tiempo! Por la mañana y por la noche lloraba por la nostalgia. Cuando podía, se iba a su habitación y cerrando las pantallas, sacaba el espejo y miraba, según pensaba, el rostro de su madre. Era su única alegría en esos días aciagos.

    Su padre la encontró así ocupada. Apartó el fusama y la vio inclinada sobre algo con mucho interés. Miró por encima de su hombro, para ver quién había entrado en la habitación y se sorprendió al ver a su padre, pues generalmente la mandaba llamar cuando quería verla. Estaba confusa por que la hubiera encontrado mirando el espejo, pues no le había hablado a nadie de la última promesa de su madre, sino que lo había mantenido oculto en su corazón. Así que antes de girarse hacia su padre, lo deslizó dentro su larga manga. Su padre notó su confusión y que había ocultado algo.

    —Hija, ¿qué estás haciendo? —le dijo con severidad—. ¿Y qué es eso que llevas oculto en la manga?

    La chica se asustó ante la severidad de su padre. Nunca le había hablado con ese tono. Su confusión se convirtió en aprensión, su color, de escarlata a blanco. Se sentó atontada y avergonzada, incapaz de responder.

    Las apariencias estaban, sin duda, en su contra, la joven parecía culpable y su padre pensó que tal vez su esposa le había dicho la verdad.

    —Entonces, ¿es verdad que estás realizando una maldición todos los días contra tu madrastra, y que rezas por su muerte? —le dijo enfadado—. ¿Has olvidado lo que te he dicho? ¿Qué aunque fuera tu madrastra tenías que ser obediente y leal con ella? ¿Qué espíritu malvado se ha apoderado de tu corazón para que seas tan cruel? ¡Sin duda has cambiado, hija mía! ¿Qué te ha hecho desobediente y desleal?

    Y los ojos del padre se llenaron repentinamente de lágrimas al pensar que había fallado al criar a su hija.

    Ella, por su parte, no sabía a qué se refería, pues nunca había oído hablar de esa superstición. Pero vio que debía hablar y aclarar las cosas cuanto antes. Amaba a su padre con todo su corazón, y no podía soportar que estuviera enfadado. Le puso una mano en la rodilla.

    —¡Padre! ¡Padre! No digas esas cosas. Soy todavía tu niña obediente. Por supuesto que lo soy. Por estúpida que sea, nunca sería capaz de maldecir a nadie que te perteneciera, mucho menos rezaría por la muerte de alguien a quien ames. Sin duda alguien te ha estado contando mentiras, y estás confuso, no sabes lo que dices, o algún espíritu malvado ha tomado posesión de tu corazón. Pues yo no entiendo, no, ni siquiera una gota, esa maldad de la que me acusas.

    Pero el padre recordó que había escondido algo cuando entró en la habitación e incluso su sincera protesta no le satisfizo. Quería librarse de las dudas para siempre.

    —Entonces, ¿por qué siempre estás sola en tu habitación estos días? Y dime qué has escondido en tu manga. Enséñamelo.

    Entonces, la hija, aunque no quería confesar cómo adoraba la memoria de su madre, vio que debía decírselo a su padre para poder limpiar su nombre. Así que sacó el espejo de su larga manga, y lo puso ante él.

    —Esto —dijo— era lo que estaba mirando ahora mismo.

    —Vaya —dijo sorprendido—. ¡Este es el espejo que traje como regalo a tu madre cuando fui a la capital hace muchos años! ¿Y lo has guardado todo este tiempo? Entonces, ¿por qué pasas tanto tiempo delante del espejo?

    Entonces le dijo las últimas palabras de su madre y cómo había prometido ver a su hija cuando ella mirara en el espejo. Pero su padre no podía entender la simplicidad de su hija al no saber que lo que veía reflejado en el espejo era en realidad su propio rostro y no el de su madre.

    —¿Qué quieres decir? —preguntó—. No entiendo cómo puedes ver el alma de tu madre perdida al mirar el espejo.

    —Pero es cierto —dijo ella—, y si no me crees, mira tú mismo. —Y puso el espejo ante ella. Allí, mirando desde el otro lado del espejo, estaba su propio rostro dulce. Señaló el reflejo con seriedad—: ¿Todavía dudas de mí? —le preguntó con emoción, mirándolo a la cara.

    Con una exclamación de repentina comprensión, el padre dio una palmada con fuerza.

    —¡Qué estúpido soy! Por fin lo entiendo. Tú y tu madre sois como dos gotas de agua, por eso al mirar el reflejo de tu rostro todo este tiempo, pensabas que estabas cara a cara con ella. Eres sin duda una niña leal. Parecería una cosa estúpida que hacer, pero no es así, muestra cuán profunda es tu piedad filial y cómo de inocente es tu corazón. Vivir acordándote siempre de tu madre, te ha ayudado a crecer a su imagen y semejanza. Qué inteligente por su parte decirte eso. Te admiro y te respeto, hija mía, y me avergüenza pensar que por un instante creí a tu suspicaz madrastra y sospeché que hacías el mal, y venía con la intención de regañarte con severidad, mientras que todo este tiempo tú has sido sincera y bondadosa. Ante ti, no me queda honor alguno, y te suplico que me perdones.

    Y su padre se echó a llorar. Pensó cuán solitaria debía sentirse la pobre chica, y todo lo que debía haber sufrido a manos de su madrastra. Su hija mantuvo con orgullo su fe y su sencillez en mitad de circunstancias tan adversas, soportando todos sus problemas con amabilidad y paciencia; la comparó con el loto cuyas hojas de belleza sin par crecen del limo y del barro de pozas y charcas, emblema adecuado para el corazón que se mantiene libre de mácula alguna al pasar por el mundo.

    La madrastra, ansiosa de saber lo que ocurría, había estado todo el tiempo de pie fuera de la habitación. Se acercó lentamente y abrió poco a poco la pantalla hasta que pudo ver todo lo que pasaba. En ese momento, entró de repente en la habitación y se tiró al suelo, poniendo la cabeza entre los brazos extendidos ante su hijastra.

    —¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! —exclamó con la voz rota—. No sabía qué hija tan bondadosa eras. No es culpa tuya, pero con el corazón celoso de una madrastra, te he odiado todo este tiempo. Al sentirme así, era natural que pensara que el sentimiento era recíproco, por eso cuando vi que ibas tantas veces a la habitación te seguí, y cuando te vi mirar todos los días al espejo durante largos intervalos, decidí que habías descubierto cuánto te odiaba y que buscabas venganza quitándome la vida por medio de artes mágicas. Mientras viva no olvidaré el mal que te he ocasionado al juzgarte tan mal, y al hacer que tu padre sospechara de ti. Desde ahora, olvidaré mi viejo y malvado corazón y pondré en su lugar uno nuevo, limpio y lleno de arrepentimiento. Pensaré en ti como si fueras mi propia hija. Te amaré y te cuidaré con todo mi corazón, para liberarte de esa infelicidad que te he causado. Por tanto, olvida todo lo que ha ocurrido y otórgame, te suplico, algo de ese amor filial que hasta ahora has reservado para tu difunta madre.

    Así se humilló la cruel madrastra y pidió el perdón a la chica que tan mal había tratado.

    Tal era la dulzura de la disposición de la chica que perdonó sin dudarlo a su madrastra, y nunca tuvo ni un momento de malicia ni resentimiento hacia ella después. El padre vio en el rostro de la esposa que estaba verdaderamente arrepentida del pasado, y se sintió muy aliviado de ver que ese terrible malentendido desaparecía de la memoria de ambas.

    Desde entonces, los tres vivieron felices como peces en el agua. Ningún problema oscureció de nuevo el hogar, y la joven olvidó poco a poco ese año de infelicidad envuelta en el amor dulce y el cariño que su madrastra ahora le dedicaba. Su paciencia y su bondad fueron recompensadas al final.

     
        1 Vehículo a dos o cuatro ruedas tirado por una persona, ya sea a pie o en bicicleta. Es la palabra japonesa para el rickshaw.