Mostrando entradas con la etiqueta mitología basuta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mitología basuta. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de marzo de 2019

LOS CUATRO JÓVENES Y LA MUJER

Cuentan que había en otro tiempo cuatro jóvenes. Había también una mujer. Esta mujer vivía en la vertiente de una colina pequeña. Los cuatro mozos vivían en otra colina. Los mozos se dedicaban a cazar animales fieros. La mujer no sabía cazar; permanecía sentada, sin hacer nada, sin tener qué comer. Los mozos cazaban animales fieros y se alimentaban de su carne. 
Uno de ellos dijo: 
–Allí hay un ser semejante a nosotros. ¿Quién caza para él, puesto que se pasa el día sentado? 
Otro respondió: 
–No es semejante. Es un ser que no puede cazar animales como nosotros cazamos. 
Replicó el primero: 
–Tiene manos, pies y cabeza, como nosotros. ¿Por qué no ha de ir también de caza? 
Otro dijo: 
–Voy a ir a ver qué clase de persona es. 
La encontró sentada, como siempre. Le preguntó: 
–¿Cómo eres tú? 
Respondió ella: 
–No como nada; me alimento de agua. 
–¿De veras? 
–Sí. 
Volvió a sus compañeros y les dijo: 
–No es Un ser de nuestra especie; es de una especie muy diferente; es un ser que no puede ir de caza. 
Le preguntaron: 
–¿Qué forma tiene? 
–Tiene, como nosotros, manos, pies y cabeza; en lo demás no se nos parece. 
–¿Enciende lumbre? 
–No, vive sin lumbre. 
–¿Qué come? 
–Bebe agua; no come absolutamente nada. 
Los otros mozos se maravillaron. Y, acostándose, se durmieron. 
Al día siguiente fueron de caza y volvieron con las piezas cobradas. Entonces uno de ellos dijo: 
–Compañero, voy a dar un pedazo de carne a esa persona, a ver si la come. 
Y, efectivamente, cortó un pedazo de carne, tomó lumbre, reunió estiércol seco y fue donde estaba la mujer, echó lumbre, asó la carne y se la dio, diciendo: 
–Toma y come. 
La mujer tomó la carne y se la comió. El mozo la vio comer y se maravilló. Entonces le dio otro pedazo de carne, diciendo: 
–Toma y ásalo tú misma. 
Después se volvió con sus compañeros y les dijo: 
–Esa persona ha comido carne igual que nosotros; pero no es de nuestra especie, porque no puede matar caza. 
La mujer estaba desnuda; también los mozos, pero ellos se cubrían con pieles frescas de los animales que mataban; no sabían curtirlas ni conservarlas. Llevaban las flechas enredadas en la cabellera. Al día siguiente el joven volvió a buscar a la mujer y le llevó carne. Los otros le dijeron: 
–Si vas a estar cazando para esa persona, no te daremos ya parte en nuestras presas. 
Cuando la mujer se hartó de carne tuvo sed; entonces tomó arcilla y formó un vasito; lo puso al sol para secarlo, y enseguida fue a tomar agua en el vaso; pero se rajó. La mujer, disgustada, fue a beber, como siempre, de bruces en el agua. 
Empezó a hacer otro vaso de arcilla, después otro, los secó al sol, reunió estiércol seco y encendió lumbre para cocer los vasos; terminados, fue a buscar agua y vio que el agua no los destruía. Puso en uno de ellos agua y carne y lo arrimó a la lumbre. Cocida la carne, la sacó del vaso, la puso en una piedra lisa y se la comió; pero dejó un pedazo en el vaso. 
El hombre llegó, trayendo la caza que acababa de matar. Ella le dijo: 
–Come un poco de esto, ya verás lo bueno que está. 
El mozo comió la carne, bebió el caldo y se maravilló. Después volvió con sus compañeros, y les dijo: 
–Compañeros: aquella persona moldea la arcilla; en un vaso toma agua, en otro hierve la carne; probad la carne que ha cocido. Seguramente, esa persona no es de nuestra misma especie. 
Maravillado, fue otro de ellos en busca de la mujer, la miro, comió la carne, bebió el caldo y se quedó estupefacto al ver los vasos de arcilla que había moldeado. Volvió a sus compañeros, y les dijo: 
–Es un ser de otra especie. 
Entonces, el joven que se había ocupado primero de ella, permaneció con la mujer, y le llevaba todos los días la caza que mataba; ella, por su parte, se la preparaba lo mejor que podía. Los otros tres mozos se fueron, dejando a su compañero con la mujer. De este modo vivieron juntos. 

jueves, 28 de febrero de 2019

Seetetelané

Había un hombre sumamente pobre llamado Seetetelané.

  Ni siquiera tenía una mujer. Se alimentaba de ratones del campo.

  La capa y el pantalón estaban hechos de pieles de dichos insectos.

  Un día que salió a cazar ratones encuentra un huevo de avestruz y dice: «Me comeré este huevo cuando el viento sople de aquella parte». Y lo escondió en el fondo de su choza.

  Al siguiente día salió, según costumbre, a cazar ratones. De regreso, se encontró con un pan recién cocido y yoala recién preparado. Y así le ocurrió varios días seguidos. Y se decía: «Seetetelané, ¿es que realmente no tienes mujer? ¿Quién, no siendo tu mujer, habría podido cocerte el pan y prepararte el yoala?».

  En fin, cierto día una mujer joven salió del huevo y le dijo:

  —Seetetelané, incluso cuando estés borracho de yoala, no me llames nunca hija de un huevo de avestruz.

  Desde ese mismo momento aquella mujer se convirtió en la compañera de Seetetelané. Un día le dijo:

  —¿Te gustaría tener gente a tu mando?

  Respondió él:

  —Sí, me gustaría.

  Entonces la mujer salió y empezó a golpear con un palo en el sitio donde estaban las cenizas. Al día siguiente, cuando se despertó, Seetetelané oyó gran ruido como de muchedumbre de gentes. Se había transformado en jefe y se adornaba con hermosas pieles de chacal. Las gentes acudieron a él muy solicitas; de todas partes le gritaban:

  —¡Salud, jefe! ¡Salud, jefe!

  Todo el mundo lo saludaba así con respeto. Hasta los perros se mezclaban en la manifestación. Dondequiera se oían balidos de animales; Seetetelané era jefe de una aldea inmensa. Ahora despreciaba los pellejos de ratón; se vestía únicamente con pieles de chacal, y de noche dormía en buenas frazadas.

  Un día, borracho de yoala hasta el punto de no poder moverse, gritó a su mujer:

  —¡Hija de un huevo de avestruz!

  Su mujer le preguntó:

  —¿Eres tú, Seetetelané, quien me llama hija de un huevo de avestruz?

  —Sí, soy yo; eres hija de un huevo de avestruz.

  Por la noche se acostó, bien abrigado en las pieles de chacal, y se durmió profundamente. A medianoche se despertó y, al palpar a su alrededor, advirtió que estaba acostado en el duro suelo y que se cubría con los antiguos pellejos de ratón, que apenas le llegaban a las rodillas; estaba terriblemente transido. Advirtió también que su mujer no se hallaba a su lado y que toda la aldea había desaparecido. Entonces lo recordó todo y exclamó:

  —¡Ay! ¿Qué va a ser de mí? ¿Por qué he dicho a mi mujer: eres hija de un huevo de avestruz?

  Volvió a ser un hombre sumamente pobre, sin mujer ni hijo.

  Así envejeció, teniendo por único sustento la carne de ratones de monte y vistiéndose con sus pieles, hasta que murió.

Los cuatro jóvenes y la mujer

Cuenta que había en otro tiempo cuatro jóvenes. Había también una mujer. Esta mujer vivía en la vertiente de una colina pequeña. Los cuatro jóvenes vivían en otra colina, y se dedicaban a cazar animales fieros. La mujer no sabía cazar; permanecía sentada, sin hacer nada, sin tener qué comer. Los jóvenes cazaban animales fieros y se alimentaban de su carne.

  Uno de ellos dijo:

  —Allí hay un ser semejante a nosotros. ¿Quién caza para él, puesto que se pasa el día sentado?

  Otro respondió:

  —No es un semejante. Es un ser que no puede cazar animales como nosotros cazamos.

  Replicó el primero:

  —Tiene manos, pies y cabeza, como nosotros. ¿Por qué no ha de ir también de caza?

  Otro dijo:

  —Voy a ir a ver qué clase de persona es:

  La encontró sentada, como siempre. Le preguntó:

  —¿Cómo eres tú?

  Ella respondió:

  —No como nada; me alimento de agua.

  —¿De veras?

  —Sí.

  Volvió donde sus compañeros y les dijo:

  —No es un ser de nuestra especie; es de una especie muy diferente; es un ser que no puede ir de caza.

  Le preguntaron:

  —¿Qué forma tiene?

  —Tiene, como nosotros, manos, pies y cabeza; en lo demás no se nos parece.

  —¿Enciende lumbre?

  —No, vive sin lumbre.

  —¿Qué come?

  —Bebe agua; no come absolutamente nada.

  Los otros jóvenes se maravillaron. Y, después de acostarse, se durmieron.

  Al día siguiente fueron de caza y volvieron con las piezas cobradas. Entonces uno de ellos dijo:

  —Compañeros, voy a dar un pedazo de carne a esa persona, a ver si la come.

  Convinieron en ello. Cortó un pedazo de carne, tomó lumbre, reunió estiércol seco y se fue donde estaba la mujer, echó lumbre, asó la carne y se la ofreció, diciendo:

  —Toma y come.

  La mujer tomó la carne y se la comió. El joven la vio comer y se maravilló. Entonces le dio otro pedazo de carne y le dijo:

  —Toma y ásalo tú misma.

  Después regresó junto a sus compañeros y les relató:

  —Esa persona ha comido carne igual que nosotros; pero no es de nuestra especie; porque no puede matar caza.

  La mujer estaba desnuda; también los jóvenes, pero ellos se cubrían con pieles frescas de los animales que mataban; no sabían curtirlas ni conservarlas. Llevaban las flechas enredadas en la cabellera. Al día siguiente el joven volvió a visitar a la mujer y le llevó carne. Los otros dijeron:

  —Si vas a estar cazando para esa persona, no te daremos ya parte en nuestras presas.

  Cuando la mujer se hartó de carne tuvo sed; entonces tomó arcilla y formó una vasija pequeña; la puso al sol para secarla, y enseguida fue a tomar agua en la vasija; pero esta se rajó. La mujer, maravillada, fue a beber, como siempre, de bruces en el agua.

  Empezó a hacer otra vasija de arcilla, después otra, la secó al sol, reunió estiércol seco y encendió lumbre para cocer las vasijas; cuando estuvieron terminadas, fue a buscar agua y vio que el agua no las destruía. Puso en una de ellas agua y carne y la arrimó a la lumbre. Cocida la carne, la sacó de la vasija, la puso en una piedra lisa y se la comió; pero dejó un pedazo en el recipiente.

  El hombre llegó, con la caza que acababa de matar.

  Ella le dijo:

  —Come un poco de esto, verás lo bueno que está.

  El joven comió la carne, bebió el caldo y quedó agradablemente sorprendido. Después regresó junto a sus compañeros, y les dijo:

  —Compañeros: aquella persona moldea la arcilla; toma agua en una vasija, en otra cuece la carne; prueben la carne que ha cocinado. Seguramente, esa persona no es de nuestra misma especie.

  Maravillados, fue otro de ellos en busca de la mujer, la miró, comió la carne, bebió el caldo, y se quedó estupefacto al ver los recipientes de arcilla que había moldeado. Cuando estuvo de nuevo junto a sus compañeros les dijo:

  —Es un ser de otra especie.

  Entonces, el joven que se había ocupado primero de ella, permaneció con la mujer, y le llevaba todos los día la caza que mataba; ella, por su parte, se la preparaba lo mejor que podía.

  Los otros tres se fueron, dejando a su compañero con la mujer.

  De este modo vivieron juntos.

Khoedi-Sefubeng

Había una vez un jefe llamado Bulané, que tenía diez mujeres; su favorita se llamaba Morongoé. Bulané tenía en el pecho la imagen de la luna llena, por eso la apodaban KhoediSefubeng (luna en el pecho). Cierto año, el jefe dijo a sus mujeres:

  —La reina parirá un hijo semejante a mí, que llevará la imagen de la luna llena; las otras tendrán hijos con la imagen de los cuartos de luna, o simplemente de las estrellas. El hijo de Morongoé se llamará como yo: Khoedi-Sefubeng.

  El día que las mujeres de Khoedi-Sefubeng habían de parir, la segunda mujer dijo a la vieja que iba a partear a Morongoé:

  —Si adviertes que el hijo de Morongoé lleva en el pecho la imagen de la luna llena, mátalo y pon en su lugar un perrillo.

  Cuando el hijo de Morongoé nació, la vieja lo tomó sin que lo advirtiese su madre y lo echó al fondo de la cabaña, entre los cacharros. Unos ratones lo recogieron y lo alimentaron.

  El jefe se informó de los niños que le habían nacido de sus mujeres. Le respondieron:

  —Una ha dado a luz un cuarto de luna; las otras unas estrellas. Morongoé ha dado a luz un perrito.

  Entonces el jefe se separó de la primera mujer y se aficionó a la segunda. Morongoé pasó a ser su criada.

  Un día que la segunda mujer cruzaba por delante de la cabaña de Morongoé, vio en ella un niño muy hermoso, que tenía en el pecho la imagen muy exacta de la luna llena: unos ratones jugaban con él. De noche dijo a su marido:

  —Estoy enferma; dicen las tabas que para curarme hay que quemar la cabaña de Morongoé, la que acaba de parir un perrito, para que perezcan todos los ratones que allí hay.

  El jefe dijo:

  —Está bien; mañana se quemará.

  Entonces los ratones llevaron al niño a Thamaha, un buey grande, colorado y listón.

  —Cuida mucho de este niño —le dijeron—, porque mañana nos matan.

  Thamaha consintió en encargarse del niño de Morongoé. Al día siguiente, la cabaña de Morongoé ardió, y todos los ratones perecieron. Un día, la mujer del jefe fua a buscar estiércol fresco en el corral del ganado, y vio al niño, que jugaba con Thamaha.

  La mujer buscó al marido y le dijo:

  —Estoy mala, pero dicen las tabas que me curaré si mandas matar a Thamaha.

  El jefe respondió:

  —Lo matarán mañana.

  Entonces Thamaha se dirigió a los cangrejos y les dijo:

  —Cuiden de este niño, porque van a matarme mañana.

  —Los cangrejos lo cuidaron y lo alimentaron durante mucho tiempo. Un día, la mujer del jefe dijo a las otras mujeres:

  —Vamos a buscar junco para tejer estera.

  Entonces vio en la laguna al niño, ya crecido, que jugaba con los cangrejos; seguía teniendo en el pecho la imagen de la luna llena. La mujer dijo a las otras:

  —Estoy enferma; volvamos a casa.

  Ya de regreso, dijo a su marido:

  —Estoy enferma, pero dicen las tabas que me curaré si mandas desecar la laguna para que perezcan todos los cangrejos y mandas cortar todos los juncos.

  El jefe respondió:

  —Mañana se hará lo que deseas.

  Entonces los cangrejos lo llevaron a los mercaderes diciéndoles:

  —Cuiden de él, porque mañana nos matan.

  Al día siguiente, el jefe mandó desecar la laguna y cortar todos los papiros. El niño creció en la cabaña de los mercaderes.

  Un día, gentes de la casa de Bulané vinieron a hacer un trato en aquella cabaña. Uno de ellos observó que el joven tenía en el pecho una cosa que brillaba; entonces volvió a casa de Bulané y dijo:

  —He visto un joven muy hermoso que tiene en el pecho la imagen de la luna llena.

  Bulané se apresuró a ir a verlo. Le preguntó:

  —¿De quién eres hijo? ¿Quién te ha traído aquí?

  Entonces el joven le contó cuanto le había sucedido; le dijo:

  —Cuando mi madre me dio a luz, la segunda mujer de mi padre mandó echarme en un rincón de la cabaña, entre cacharros. Los ratones me recogieron y cuidaron de mí; la segunda mujer de mi padre me puso en mi lugar un perrito, sosteniendo que era el hijo de mi madre.

  Oído esto, Bulané miró atentamente al joven y recordó que su segunda mujer había dicho que la primera había parido un perrito. Entonces el joven continuó relatando cuanto le había sucedido, cómo los ratones habían cuidado de él, después Thamaha, después los cangrejos, hasta el día en que se refugió en casa de los mercaderes.

  Entonces el padre descubrió el pecho del joven y vio que tenía, en efecto, la imagen de la luna llena; comprendió que era su hijo. Lo tomó consigo y lo llevó a su aldea, donde lo ocultó en una cabaña. Después convocó a toda su tribu en asamblea pública. Se preparó una gran fiesta, sacrificaron bueyes, hicieron mucho yoala. Entonces Bulané hizo tender esteras de paja delante de la cabaña en que había escondido a su hijo Khoedi-Sefubeng.

  Reunidos todos, hizo salir a su hijo y lo presentó a su pueblo; después explicó cómo su segunda mujer había estado engañándole mucho tiempo. La madre de Khoedi-Sefubeng fue repuesta en todos sus derechos, le quitaron los harapos que llevaba y la vistieron con buena ropa nueva. Khoedi-Sefubeng reemplazó a su padre en el puesto de jefe. En cuanto a la mujer que lo había perseguido y había querido matarlo, fue expulsada con todos sus hijos y tuvo que refugiarse en un país lejano.

Huevo

Había una vez un jefe cuyas mujeres sólo parían hijas; un día una de ellas parió un huevo, gordo como el de un avestruz.

  El padre tomó el huevo y lo escondió. Un día, mucho tiempo después, fue a una fiesta de canto en casa de otro jefe. Allí vió a una hija de este, que le agradó en extremo; entonces dijo al padre de la joven:

  —Tu hija me agrada mucho, es menester que me la des para casarla con mi hijo.

  Fue a su casa en busca en busca del ganado con que había de dotar a la joven; después se la llevó consigo. Le construyó una cabaña y la instaló en ella, en compañía de sus propias hijas.

  Pasaron años sin que la joven viese nunca a su marido; continuaba viviendo sola con las hijas de su suegro. Un año, labrando el campo para sembrar, faltó la semilla; el jefe envió a una de sus hijas a casa, para que las trajera. Al entrar en el lapa vio que el huevo había salido de la choza y daba vueltas alrededor del lapa diciendo:

  —¡Ja, ja! Mi padre me ha dado mujer.

  Su hermana lo recogió y lo volvió a su escondite, en el fondo de la choza; después se fue al campo con las semillas.

  Al siguiente día faltó otra semilla; el padre envió de nuevo a su hija a buscarla. Esta vez también encontró que el huevo había salido de la choza y que rondaba en torno del lapa diciendo:

  —¡Ja, ja! Mi padre me ha dado mujer.

  Su hermana lo recogió y lo escondió en la cabaña; después volvió al campo con la semilla. Al siguiente día faltó de nuevo la semilla cuando estaban en el campo. El padre dijo otra vez a su hija:

  —Ve a buscar la semilla.

  Pero la nuera exclamó:

  —No; hoy iré yo.

  Fue allá, y, cuando entró en el lapa, halló al huevo, que rondaba como siempre, diciendo:

  —¡Ja, ja! Mi padre me ha dado mujer.

  Muy espantada, la mujer le dijo:

  —¡Cómo! ¿Esta cosa redonda es mi marido?

  Tomó el huevo y, en lugar de llevarlo a la choza de su suegro, lo guardó en la suya; después regresó al campo con la semilla.

  A nadie dijo lo que había hecho; el padre y la madre no advirtieron que el huevo no estaba ya en su cabaña. Por la noche, la nuera dijo:

  —Quiero dormir sola en mi cabaña; que no entre nadie.

  Su suegro le preguntó:

  —¿Por qué quieres hacer eso?

  Ella le respondió:

  —Estoy enferma, me duele la cabeza; temo que mis compañeras hagan ruido.

  Se acostó, pues, sola en su cabaña; pero a medianoche se levantó sin hacer ruido y huyó a casa de sus padres. Llegó antes de amanecer y dijo a su padre:

  —Padre mío, has renegado de mí.

  Su padre le respondió:

  —No, hija mía; no he renegado de ti, te he dado en casamiento.

  Replicó ella:

  —Mi marido no es un hombre. Mi marido es un huevo de avestruz. —Y añadió—: Padre mío, es menester que devuelvas el ganado de mi dote, porque yo no vuelvo a casa de mi marido.

  El padre dijo:

  —Debes volver.

  Respondió ella:

  —Nunca.

  Entonces su padre dijo:

  —Te daré una medicina con la cual metamorfosearás al huevo en hombre.

  Y así el padre le dio un hechizo y le advirtió:

  —Toma esta medicina, hija mía, y regresa a casa de tu marido. En cuanto llegues toma un puchero viejo, llénalo de agua, haz fuego y pon el agua a hervir.

  La joven regresó a su casa antes de rayar el día. Hizo cuanto su padre le había ordenado; después tomó el huevo y lo depositó en una esterilla de cañas, tomó el agua hervida y la vertió sobre el huevo, después lo untó de grasa y lo cubrió con mantas. Entonces se tendió en el suelo y, al cabo de un momento, oyó una voz que decía:

  —¡Me sale una pierna…, me sale la otra pierna; me sale un brazo…, me sale el otro; ahora asoma mi cabeza…, la nariz…, un ojo…, el otro ojo…, una oreja…, la otra oreja…!

  Luego, en fin, dijo la voz:

  —Ahora tengo todos los miembros completos.

  Al mismo tiempo la mujer oyó romperse la cáscara del huevo y caer con ruido los pedazos al suelo.

  Entonces ella se levantó y quitó las envolturas; descubrió que el huevo se había trocado en un hombre muy guapo, perfectamente conformado, sin que le faltase nada. Calentó agua, vertió en ella la medicina que le había dado su padre, con la que frotó a su marido de pies a cabeza, y lo untó de grasa. Enseguida recogió cuidadosamente todos los cascarones del huevo y los guardó en un tarro. Cuando amaneció salió de la cabaña, dejando encerrado en ella a su marido, y se sentó delante de la puerta. Su suegra se acercó a preguntarle:

  —¿Cómo va tu cabeza?

  Respondió ella:

  —Sigue doliéndome mucho.

  La suegra le preguntó:

  —¿No quieres comer un poco de sopa?

  La mujer respondió:

  —Sí, tráigamela.

  La suegra se la llevó y dijo:

  —Ahora nos vamos al campo; quédate aquí tranquila, hija mía.

  Cuando todos salieron al campo, la joven se levantó y se encaminó de prisa a casa de sus padres. Dijo a su padre:

  —He hecho todo lo que me ordenaste; el huevo es ya un hombre.

  Su padre le dijo:

  —Ya ves, hija mía, ya ves. Ahora te daré ropas de hombre para tu marido.

  Le dio un capotillo de piel de buey y un cinturón de piel; le dio también un broquel, con un airón, una azagaya y un sombrero de juncos entretejidos. La mujer regreso veloz a su casa con tales objetos, y se los entregó a su marido diciendo:

  —Huevo, esta es tu ropa.

  Huevo tomó el cinturón y se lo ciñó; el capotillo, y se lo puso; el sombrero, y se cubrió.

  De tarde, cuando volvían del campo, la mujer dejó al marido solo en la cabaña y cerró la puerta diciendo:

  —Huevo, quédate aquí y cuídate de que no te vean.

  Después salió, y como siempre se sentó delante de la cabaña.

  Vino la suegra y le preguntó:

  —¿Cómo te encuentras, hija mía?

  Respondió ella:

  —Sigue doliéndome la cabeza.

  La suegra preguntó:

  —¿Quieres que te traiga más sopa?

  Respondió la nuera:

  —Sí, tráigamela. —Tomó sopa y añadió—: Tráigame también estiércol para hacer lumbre.

  Entró en su casa, encendió lumbre y compartió con su marido la sopa que le habían traído.

  Al siguiente día, cuando amaneció, despertó a su marido:

  —Huevo, levántate pronto, sal de la cabaña y ve a sentarte en el khotla, en el sitial de tu padre.

  Huevo se vistió, se caló el sombrero, tomó el broquel adornado de su airón y la azagaya, salió de la cabaña y fue a sentarse en el khotla, en el sitial de su padre; nadie se había levantado aún en la aldea. Cuando los pastores salieron de sus chozas para ordeñar las vacas, se preguntaban unos a otros:

  —¿Quién es aquel hombre sentado en el sitial del jefe?

  —No sabemos quién podrá ser; quizá sea un extranjero.

  —Un extranjero sentado en el sitial del jefe.

  Huevo llamó a uno de ellos y le dijo:

  —Tráeme la leche, para que yo la vea.

  El hombre se la llevó. Huevo le dijo:

  —Está bien, llévala al lapa.

  Entonces el hombre fue en busca del jefe y le dijo:

  —Mi amo, hay un extranjero sentado en el khotla, en tu mismo sitial, y nos ha dicho que le llevemos la leche para verla.

  El jefe preguntó:

  —¿De dónde viene?

  Respondió el hombre:

  —No lo sé, mi amo.

  Entonces salió el jefe y se dirigió al encuentro del extranjero:

  —Salud —le dijo.

  Respondió el otro:

  —A ti te la deseo.

  —¿De dónde vienes?

  —Soy tu huésped, vengo a visitarte. —Y Huevo añadió—: ¿No me conoces?

  Respondió el jefe:

  —No te conozco, dime tu nombre.

  —Huevo —le dijo—. Yo soy Huevo, tu hijo.

  Entonces el jefe llamó a todas sus gentes y, mostrándoles al hombre, les dijo:

  —Aquí tienen a mi hijo, que nació en forma de huevo; hoy se ha metamorfoseado en hombre.

  El jefe se sentía lleno de júbilo; la aldea entera se regocijó: sacrificaron bueyes, hicieron grandes fiestas en honor del hijo del jefe. Después, el jefe preguntó a la mujer de Huevo.

  —¿Cómo te has arreglado para metamorfosearlo?

  Respondió ella:

  —Mi padre me ha dado una medicina con la que le he hecho salir del huevo.

  —Yo te recompensaré, hija mía.

  Entonces le dio mucho ganado en señal de gratitud. Huevo fue reconocido jefe, y reinó en lugar de su padre.

  Al cabo de algún tiempo, Huevo tomó segunda mujer y se alejó de la primera; no entró ya nunca más en su casa ni siquiera una vez, hasta le quitó las ropas y la privó de todo auxilio. En fin, un día la mujer perdió ánimo, lloró mucho tiempo, mucho tiempo, y fue luego a buscar a su suegro, diciéndole:

  —Padre mío, ¿por qué me abandona Huevo de este modo?

  El suegro respondió:

  —He hecho cuanto he podido, pero inútilmente; Huevo dice que ahora el jefe es él.

  A la caída del sol, Huevo entró en la cabaña de la mujer que amaba, para pasar allí la noche. Entonces, la primera mujer se acordó de los cascarones de huevo que había guardado; fue a buscarlos, los puso en su envoltura y se acercó a la cabaña donde Huevo había entrado. Se acurrucó junto a la puerta y dijo:

  —Salud, jefe.

  Le devolvieron el saludo y añadió:

  —Dadme un poco de tabaco.

  Huevo respondió:

  —Ya no tengo tabaco.

  Insistió ella:

  —Dadme de beber, tengo sed.

  La segunda mujer de Huevo respondió:

  —No queda agua.

  Pero Huevo la reprendió y dijo:

  —Vamos, da un poco de agua a esa pobre mujer. Entonces, la primera mujer de Huevo esparció los cascarones cerca del sitio en que su marido debía reposar la cabeza. Después regresó a su cabaña.

  La segunda mujer de Huevo le oyó decir:

  —Sosténme, siento que una pierna se me mete hacia dentro… también la otra; sosténme, se me encoge un brazo…, el otro también; sosténme, la cabeza se me entra dentro…, la espalda…

  Al cabo de un instante había vuelto a ser huevo de avestruz. La mujer, palpándolo, se dio cuenta de que no era más que un huevo. Entonces salió de la cabaña y huyó despavorida. Al siguiente día la gente de la aldea aguardó mucho tiempo a que su jefe, Huevo, saliese de la cabaña; pero no lo vieron. Preguntaron a su padre:

  —¿Dónde está Huevo?

  Este respondió:

  —No lo sé; estará durmiendo.

  Ya hacía mucho que habían terminado de ordeñar, y Huevo continuaba sin aparecer. Su madre fue a la cabaña y gritó:

  —¡Huevo! ¡Huevo!

  No obtuvo respuesta. Entonces entró y levantó las sábanas: vio que su hijo había vuelto a convertirse en huevo. Llamó a su marido, que se cercioró de lo que ocurría. Ambos lloraron amargamente y decían:

  —¡Ay! Pobre hijo nuestro, ¿cuándo volveremos a verte?

  ¿Qué podemos hacer?

  Entonces el jefe se dirigió a casa de los padres de su nuera, donde esta se había refugiado. Le suplicó mucho que se apiadase de él, pero la nuera se negaba obstinadamente, repitiendo:

  —No, no voy; tu hijo me ha hecho padecer mucho. En vano el padre de Huevo trataba de enternecerla; persistía en negarse a hacer algo. Por fin, su padre le dijo:

  —Vamos, hija mía, toma esta medicina y ve a casa de tu marido. Si vuelve a las andadas, podrás separarte de él para siempre.

  La mujer tomó la medicina. Regresó a su casa y operó como la vez primera. Huevo salió del cascarón y se convirtió en hombre. Entonces dijo a su mujer:

  —Ahora me arrepiento de todo lo que te he hecho, mujer mía; no lo haré nunca más.

  Repudió a su segunda mujer y permaneció unido a la que lo había metamorfoseado, y le decía:

  —Si yo muero, entonces y sólo entonces, podrás casarte con otro; si te mueres tú la primera, entonces, y sólo entonces, me casaré con otra.